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22/8/22

Teoría de la conspiración... Ayer se hizo viral la escena de indepes reventando el homenaje a las víctimas del atentado del 17A en BCN. Hubo insultos a los familiares y a "los españoles". Ahora bien, esto es la punta de un iceberg conspiranoico alimentado durante años

Authentic Indepe Hours @Authenticindepe

Ayer se hizo viral esta escena de indepes reventando el homenaje a las víctimas del atentado del 17A en BCN. Hubo insultos a los familiares y a "los españoles". Ahora bien, esto es la punta de un iceberg conspiranoico alimentado durante años. Breve hilo

Комісаp @Casfetera

Han increpado incluso a los familiares de las víctimas. Les han llamado "burros", "falsos " e "hipócritas". A un hombre que les reprocha los insultos (dirigiendose a ellos en catalán) le llaman "puto español de mierda".

2:35 p. m. · 17 ago. 2022
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¿En qué se basa la teoría de la conspiración según la cual España es responsable del atentado ocurrido en el 2017 en Barcelona y Cambrils? En nada. Pero como veremos, eso no ha impedido a docenas de políticos, “periodistas” y twittstars sin escrúpulos a difundir el bulo.

Este es un buen resumen, pero cae en el problema que abordaremos aquí: asume que solo una parte de las organizaciones indepes, las cercanas a Puigdemont, han comprado la teoría de la conspiración. Eso no es cierto.

"Teoría conspiranoica del 17-A; así se fabrica el relato que una parte del independentismo ha comprado" (CatalunyaPlural)

La realidad es que, durante años, todos los partidos independentistas con representación en el Parlament catalán han difundido la teoría de la conspiración. (...)

También las dos principales organizaciones políticas indepes, ANC y Òmnium Cultural, la han alimentado. Aquí vemos la posición oficial de la ANC y un extracto de una carta firmada en el 2018 por los que entonces eran presidentes de Òmnium y la ANC, Jordi Ciuxart y Jordi Sànchez. (...)

El actual presidente de Òmnium no parece pensar de manera muy distinta, por cierto: (...)

Por supuesto, el chiringuito de Puigdemont, el Consell per la República, también se suma a la fiesta. (...)

Finalmente, la teoría de la conspiración ha llegado tan lejos que hasta ha sido comprada por el entorno soberanista o no oficialmente indepe, gracias al entorno mediático pabloiglesiense y de los medios de Roures. (...)

Esto último sobre todo a partir de 2 elementos: 1. El INVENT de Villarejo de “el CNI quería pegarle un susto a los catalanes”, dicho en enero para apoyarse en la conspiranoia y ganar apoyos en el contexto del follón judicial en el que está, chantajeando al Estado.

... Dicho por el mismo que acusa a los servicios secretos franceses de estar detrás del atentado del 11-M, por cierto.

2. Los bulos difundidos por Público en 2019, basados en un informe fantasma publicado por cierto “periodista” que ha recurrido varias veces a esas jugarretas. Antonio Maestre le cantó las cuarenta en su día

Fin del hilo. Las conspiranoias se basan en la nada, pero algunas cuentan con algo de “chicha”: el apoyo institucional para darles alas. Si te ha gustado el hilo, puedes retuitear el primer tweet.

BONUS: ERC y su entorno han difundido la teoría de la conspiración desde sus primeras etapas y hoy en día siguen haciéndolo aunque no le gusten "las formas" de los de ayer.

Ah, me olvidaba de la "disidencia" (spoiler: son seguidores de nostro sinyó Puigdemont) del entorno de los CDR y de Albano Dante, este último compartiendo hoy otro artículo-bulo del mismo autor de Público que hemos visto antes. Están en modo control de daños tirano de hemeroteca

11:31 a. m. · 18 ago. 2022
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30/11/21

Metamorfosis del Estado-nación. En el discurso del cosmopolitismo se considera que el estado-nación ya no es útil. Esta visión de la historia es simplista y engañosa

 "Metamorfosis del Estado-nación

El estancamiento posneoliberal consiste en un estancamiento político entre los órdenes nacional y global como resultado de una lucha aún no decidida sobre el futuro del Estado-nación en un mundo económico cada vez más interconectado desde la década de 1980. 

En el discurso del cosmopolitismo, que se ve a sí mismo como no-nacional y anti-nacional, se considera una conclusión inevitable, especialmente en Alemania, que "el estado-nación" no sólo ha superado funcionalmente su utilidad -todos los "problemas importantes" ahora sólo pueden ser resueltos "internacionalmente", por lo que queda sin resolver cómo exactamente y en particular por quién- sino también moralmente, en vista de "su" historia sangrienta de dictaduras en casa y guerras en el extranjero.

 A continuación resumiré brevemente por qué esta visión de la historia no sólo es simplista, sino que es engañosamente defectuosa.

 En primer lugar, hay que recordar que los nacientes Estados-nación de la Europa del siglo XIX libraron sus guerras, en la medida en que participaron en ellas, predominantemente no contra otros Estados-nación, sino contra los imperios y regímenes dinásticos y, por tanto, estrictamente antinacionalistas de su época, que a menudo fueron los primeros en tomar las armas para evitar su desintegración en una multitud de "Estados-pueblos" burgueses más pequeños (la traducción de "democracia" que entonces también utilizaban Marx y Engels). 

El nacionalismo europeo comenzó tanto como un movimiento de liberación hacia el exterior como un movimiento de democratización liberal-burgués hacia el interior. Fue belicoso no tanto hacia otros nacionalismos dentro del sistema estatal europeo en formación -a menos que, como la Francia revolucionaria, fuera atacada por los poderes del antiguo régimen u obstruida en su construcción de la nación por los estados-nación preexistentes- como hacia el mundo exterior no europeo, ya que los nuevos estados-nación trataron de transformarse, con mayor o menor éxito, en "potencias mundiales" colonialistas, esforzándose en esto por emular a sus predecesores dinásticos de la era moderna temprana. 

La mala reputación del Estado-nación proviene, por tanto, si se prescinde de los restantes y nada despreciables partidarios de los imperios multinacionales del interior de Europa, como el Imperio Otomano o el Imperio de los Habsburgo[1], sobre todo del periodo posterior a la Primera Guerra Mundial, cuando las potencias vencedoras, bajo el liderazgo de Estados Unidos y Francia, se dedicaron a desmembrar los imperios derrotados en Estados-nación según el principio de "autodeterminación de los pueblos". [2] 

Con ello, al igual que las propias naciones liberadas de sus "cárceles de pueblos" imperiales, buscaban fronteras estatales que fueran al mismo tiempo fronteras de pueblos, pensando en los pueblos como unidades étnicas de forma natural.

 Como es bien sabido, lo que podría describirse como el primer intento de gobernanza global terminó en una limpieza étnica generalizada y una deshumanización racista sin precedentes. Los Estados-nación debían establecerse desde arriba sobre una base fronteriza, entendiendo las naciones como comunidades descendientes y viéndose a sí mismas como tales. Pero casi ningún Estado-nación es étnicamente homogéneo y, sobre todo, no puede serlo si no quiere ser un Estado enano o se va a establecer en el territorio de un antiguo imperio multinacional con estructuras de asentamiento mixtas, por ejemplo en los Balcanes. 

Los Estados-nación, parafraseando un bon mot atribuido erróneamente a Bismarck, son por tanto en muchos casos como las salchichas y las leyes: Es mejor no querer saber cómo se fabrican. Antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando la represión estaba disponible en abundancia como medio para lograr la unificación nacional, los Estados podían construir naciones en lugar de ser construidos por ellas, en Francia[3] con más éxito y en Yugoslavia con menos. 

Las guerras de naciones (Francia con Napoleón, Alemania con Bismarck -aunque aquí, con el legado del Antiguo Imperio, sólo podía surgir un Estado federal y no central desde el principio-) y las guerras civiles (Estados Unidos) fueron útiles en este sentido, al igual que las bofetadas a los alumnos que hablaban su lengua regional en clase. 

Luego, en la Segunda Guerra Mundial, las tensiones entre las ambiciones imperiales de algunos grandes Estados-nación que se sentían fuera de lugar en un mundo dominado por los angloamericanos, junto con el potencial de agresión de los mitos culturalistas y racistas, desplegados para legitimar la represión interna y la expansión externa, estallaron en un baño de sangre mundial de proporciones hasta entonces inimaginables.

 Hoy, tres cuartos de siglo después del final de la guerra, la distinción entre estados nacionales y naciones parece firmemente establecida, al menos en Europa. Las naciones, o pueblos, son comunidades de experiencia y entendimiento que han evolucionado históricamente. Sus recuerdos colectivos, plasmados en una lengua común, establecen identidades colectivas, apoyadas en vínculos afectivos inevitablemente "monoculturales" con el paisaje, la lengua materna, el dialecto, la música, la cocina, etc., construidos desde la infancia. 

Cuanto más se distingan de sus vecinos, más probable será que se vean a sí mismos como especiales y que sean vistos así por sus vecinos: los westfalianos y los renanos con menos frecuencia que los tiroleses (del sur) y los italianos[4]

 Los estados-nación, por otra parte, son instituciones, constituidas no por la descendencia sino por las luchas políticas y sociales y los derechos civiles que se aplican en ellos, incluidos los derechos de participación democrática. Los Estados-nación y las naciones se relacionan entre sí, pero casi nunca son congruentes; en casi todas partes hay elementos no idénticos, lingüísticos, étnicos, culturales, aunque las mayorías étnicas sean a menudo reticentes o no sean conscientes de ello[5]. 

Además, las fronteras entre los Estados-nación son casi siempre más o menos arbitrarias, y los grupos que se sienten naciones y quieren ser vistos como tales pueden encontrarse en un Estado-nación que no les parece suyo, por lo que buscan su propio Estado. Escocia y Cataluña no son los únicos ejemplos de tendencias separatistas más o menos fuertes en los Estados-nación europeos multiétnicos; volveré sobre ellos en breve.

 Un medio a menudo, aunque no siempre, probado para evitar la secesión de un Estado-nación multinacional es una constitución estatal federalista: la exitosa fórmula de Suiza con sus cuatro grupos étnicos, o de Bélgica (hasta ahora) y Canadá (desde los años 70) con tres y dos respectivamente, y en cualquier caso todavía de la India con sus 28 estados constituyentes y 24 lenguas oficiales. 6] 

En los años de paz posteriores a 1945, muchos Estados-nación europeos aprendieron la lección de las catástrofes del periodo de entreguerras y, en aras de su paz interior, respondieron a la diversidad étnica interna con la descentralización y la autonomía constitucionalmente garantizada en lugar de la negación y la represión, al tiempo que aseguraban su paz exterior reconociendo mutuamente sus fronteras históricamente establecidas y renunciando a las reivindicaciones territoriales[7] incluso allí, donde las comunidades étnicas están cortadas por las fronteras estatales, como en el Tirol y el Alto Adigio, respectivamente, o en el enclave germanohablante del este de Bélgica. [8]

 Sin embargo, las constituciones federalistas no fueron la única razón, y probablemente ni siquiera la más importante, por la que los Estados-nación multinacionales de Europa Occidental se libraron de las aspiraciones separatistas durante tanto tiempo, sobre todo porque la delegación de derechos al autogobierno también puede tener el efecto contrario al deseado y proporcionar una base institucional para las tendencias secesionistas (más adelante se habla de ello).

 En este contexto, merece la pena volver al modelo estándar de la democracia occidental de posguerra, que institucionalizó la división de clases como la principal línea de conflicto social, relegando así las diferencias étnicas a un segundo plano o a la clandestinidad.

 Las organizaciones sindicales e industriales nacionales, así como un sistema de partidos dividido entre el centro-derecha y el centro-izquierda para todos, tanto para los castellanos como para los catalanes, convirtieron el conflicto de clases en el vehículo de la integración social nacional,[9] incluso cuando los partidos y las asociaciones tuvieron sabiamente en cuenta la diversidad regional, étnica o de otro tipo, mediante la creación de subunidades organizativas adecuadas para articular los respectivos intereses especiales.

 Junto con el modelo estándar de democracia de posguerra, este acuerdo no sobrevivió al triunfo del internacionalismo neoliberal. La transformación del Estado del bienestar en el Estado competitivo[10] como látigo local y ejecutor del mercado mundial ilimitado recompensó y sigue recompensando la colaboración entre el trabajo y el capital, tanto a nivel nacional como empresarial. 

Sin embargo, a diferencia del corporativismo de la democracia de posguerra, en la configuración neoliberal esto no tiene lugar a nivel de mirada colectiva-conflictiva, sino bajo la hegemonía del capital, que tiene una especie de última palabra innata, es decir, garantizada por los derechos de propiedad, sobre lo que es mejor en la competencia para "la economía" y, por tanto, para "todos nosotros". 

Así, la integración en clases a través del conflicto está siendo sustituida por la integración a través de la competencia en comunidades de trabajo de diversa índole, no sólo a nivel empresarial sino también regional[11].

 La aparición de comunidades locales competitivas puede producir o reforzar las tendencias a la independencia de la política subestatal frente a la nacional; así, en casos extremos, puede poner en cuestión la integridad territorial de los Estados-nación multinacionales. 

Varios mecanismos pueden contribuir a ello. En condiciones de un mercado mundial más o menos completo, las posibilidades de los Estados centrales de redistribuir internamente entre las regiones fuertes y débiles disminuyen. Las empresas de éxito internacional, que se encuentran en regiones subnacionales de éxito, pueden resistirse a la imposición nacional en favor de las regiones rezagadas, alegando la necesidad de defender la competitividad que en su día consiguieron mediante una elevada inversión y unos beneficios competitivos.

 Como Alesina et al.[12] han argumentado de forma convincente, la indispensabilidad del mercado nacional para las economías regionales subnacionales disminuye de todos modos en la medida en que el mercado nacional ha sido absorbido por un mercado mundial; la integración política nacional pierde interés si puede ser sustituida por una integración económica internacional sin impuestos redistributivos a la baja[13] Además, los motivos subnacionalistas tradicionales, no económicos, si se quiere, para abandonar y secesionarse ya no se ven frenados por los intereses económicos[14].

 No sólo las regiones prósperas pueden verse tentadas a desprenderse de la pertenencia a un Estado multinacional y, a su vez, constituirse en Estados-nación soberanos, para probar suerte por su cuenta. Las regiones que se quedan atrás pueden llegar a la conclusión de que no se puede esperar una redistribución nacional efectiva a su favor dentro de un estado competitivo impulsado por el mercado mundial. 

De hecho, en la mayoría de los países europeos, las disparidades económicas entre regiones, medidas por la renta per cápita, han aumentado entre 2000 y 2016; sin embargo, no puede establecerse una correlación directa con las tendencias políticas abiertamente separatistas[15] En los casos en los que la capacidad política redistributiva regional de los Estados tampoco era fuerte en el pasado, un mayor crecimiento general en ese momento puede haber enmascarado esta situación y haber contenido los conflictos distributivos interregionales. 

Sin embargo, no cabe esperar un gran crecimiento en la actualidad. La privación relativa regional también se produce, por cierto, como resultado de la inadecuada inversión estatal en la infraestructura nacional que une las zonas urbanas y rurales[16] y del deterioro de las condiciones demográficas fuera de los centros urbanos, a menudo en auge;[17] ambas cosas se reflejan, en el mejor de los casos, de forma indirecta en las estadísticas de ingresos. 

Las regiones periféricas, que han renunciado a la esperanza de un apoyo más que simbólico por parte de su gobierno central, podrían plantearse la idea de exigir una redistribución de competencias como sustituto de una redistribución de recursos, hasta llegar a una (sub o pequeña) autonomía estatal, para poder identificar y desarrollar, sin obstáculos nacionales, sus capacidades especiales, con la ayuda de las cuales podrían mantenerse mejor en la competencia internacional.

 Las tendencias centrífugas -demandas de descentralización federalista, de autonomía regional o incluso de soberanía estatal- deberían preocupar especialmente a los Estados grandes, porque su heterogeneidad étnica, cultural y económica interna es, ceteris paribus, mayor que la de los Estados más pequeños. 

Para un Estado central, lidiar con las divisiones regionales es más difícil que con la comparativamente simple división de clases, aunque sólo sea porque los patrones de conflicto regional suelen ser más complejos que el frente entre las dos clases principales de una sociedad industrial capitalista, el trabajo y el capital, que puede estilizarse como binario.

 Además, a diferencia del conflicto de clases, los conflictos entre regiones no pueden institucionalizarse de forma que alivien el Estado y produzcan compromisos, externalizándolos a un segundo nivel de gobierno corporativo.

 Cuando incluso los grandes Estados ya no pueden ofrecer a sus regiones el acceso a su mercado nacional como incentivo para la lealtad al Estado-nación, porque sus economías nacionales hace tiempo que se han disuelto en la economía global, a menudo sólo les queda la represión política para defender su cohesión multinacional y su capacidad de gobernar frente a las crecientes reclamaciones subnacionales de los escasos recursos nacionales y de los poderes del Estado. 

Aquí puede residir una de las razones por las que, en el apogeo de la globalización tras el cambio de siglo, numerosos estados multinacionales han pasado a modos de gobierno más autoritarios, como India, Turquía, Filipinas, Brasil, Rusia e incluso, en condiciones diferentes de política de escala y geoestrategia, Estados Unidos, con su sociedad fracturada en dos campos hostiles"[18].

 La estatalidad y el particularismo constitutivo de la socialización humana

 Hay muchas razones por las que un orden unitario a gran escala que no subdivida y combine universalmente las diferentes sociedades no puede funcionar, o sólo puede funcionar con la ayuda de la opresión del poder-estado, que es precaria a largo plazo. Todos ellos pueden remontarse al particularismo o pluralismo constitutivo de la socialización humana que se ha mencionado brevemente en la introducción, y que ahora me gustaría tratar con más detalle, porque es fundamental para mi argumento[19] 

En comparación con los animales no humanos, para los que su "mundo" está dado de forma específica y cerrada, el hombre como especie está esencialmente "abierto al mundo":[20] El tipo de mundo en el que vivirá no está ya decidido al nacer. El sustrato orgánico en el que el hombre se convierte en hombre es en gran medida poco instructivo; la differentia specifica del hombre como especie es su falta de especificidad natural. 

Ninguna otra especie animal se manifiesta en formas de expresión tan diversas como la humana: Un niño humano, independientemente de dónde y de quién nazca, puede crecer como monje tibetano o como cazador de ballenas de Groenlandia, como pescador filipino, como nómada árabe en camello, como abogado laboralista escocés o como taxista neoyorquino, como renano y como westfaliano, y seguir siendo miembro de la misma especie[21]

 Todo, o casi todo, lo que constituye el ser humano en sus respectivas expresiones puede ser también diferente, según la sociedad en la que alguien entre en un estado aún no descrito. Esto es precisamente lo que se quiere decir cuando Aristóteles habla del hombre como el ζῷον πολιτικόν: el animal social (no: político[22]) que, como señala Marx siguiendo a Aristóteles, "sólo puede individuarse en la sociedad", donde "individuarse" significa: convertirse en individuo.

 "Natural" es la diversidad de sus formaciones que caracteriza a la humanidad y supera toda imaginación sólo en la medida en que la naturaleza humana ha trasladado su respectiva realización a su socialización; es precisamente esto lo que hace de la existencia humana un hecho social y no (meramente) biológico. 

Para el individuo, la socialización tiene lugar bajo la influencia de congéneres específicamente pre-socializados en espacios y tiempos históricos, en tradiciones culturales y órdenes institucionales particulares y contingentemente desarrollados. Es característico de estas últimas que se condensen como conjuntos locales en sociedades totales distintas, que en las condiciones modernas pueden constituirse más o menos en Estados (nacionales). 

Dónde se originan las diferencias entre las sociedades en detalle, y cómo pueden explicarse en cada caso, puede dejarse abierto; la adaptación a las condiciones geográficas ciertamente juega un papel, así como la limitada gama de contextos humanos de acción, experiencia e influencia, también los eventos "coincidentes" en puntos de inflexión históricos a veces muy lejanos en el tiempo, la siempre discutible interpretación autorizada de las tradiciones culturales, las tradiciones en general, que siempre, pero nunca completamente, y en su mayoría sólo pueden ser revisadas y refrescadas con medios proporcionados por ellos mismos. 23]

 Lo que importa aquí es que, por muy contingente que sea la sustancia institucionalmente cristalizada y formadora de identidad de una sociedad, su "forma de vida" (no está, como he dicho, biológicamente determinada), una vez que está en el mundo, ya no se puede sacar de él sin más. Contingente, sí, pero por lo tanto de ninguna manera arbitrariamente desechable.

 Es importante entender lo que esto no significa. En primer lugar, no significa que las identidades, individuales y colectivas, estén fundidas en hormigón. De hecho, las formaciones históricas de lo humano están siempre en flujo, social e individualmente. 

Ninguna identidad, ninguna forma de vida está libre de contradicciones en sí misma o tan fija que no sea cambiable en los encuentros con otras identidades y formas de vida; en este sentido, incluso el individuo socializado, como la sociedad institucionalmente integrada, sigue siendo capaz de cambiar y, por tanto, de desarrollarse. Las personas pueden aprender, con más o menos éxito, a vivir y a desenvolverse en una sociedad distinta de la "propia" sin sentirse demasiado "diferentes" ni demasiado "nostálgicos"[24]

 Es cierto que los distintos individuos y sociedades se prestan de manera diferente a la socialización e integración secundarias, e incluso en el mejor de los casos casi siempre queda un elemento de extranjería identificable para ambas partes. 25] Se puede discutir sobre qué es más mutable, el habitus cultural o las estructuras institucionales, siempre que no se olvide que la contingencia de la socialización, en segundo lugar, y viceversa, no significa que sus construcciones puedan ser remodeladas en cualquier momento y sin más, sobre todo no por tecnólogos de la identidad venidos de fuera. 26]

 La historia rebosa de ejemplos en los que las identidades, una vez adoptadas, se defienden hasta la muerte, y desde luego hasta la propia sangre. Los forasteros -personas cuyas identidades, igualmente contingentes, han llegado a ellos, son diferentes- pueden no tener ningún sentido, o encontrarlo todo una locura, si alguien prefiere morir de hambre o ser torturado y ejecutado antes que comer cerdo. 

Pero lo que se defiende cuando las personas no pueden conciliar con su dignidad el hecho de poner su vida por encima de su identidad no es tanto esta identidad -en efecto, no es "natural" y, por tanto, decididamente no es la única posible- como su autonomía en relación con ella: su derecho a determinar por sí mismos, según sus propios principios pertenecientes a su identidad, si quieren cambiar su identidad y, por tanto, a sí mismos, y en qué dirección"[27].

 Lo mismo ocurre con las sociedades, y probablemente en mayor grado. Las sociedades son complejos de instituciones históricamente aglutinadas que se han vuelto más o menos interdependientes como resultado, a menudo, pero no siempre, agrupadas, formalizadas, defendidas y revisadas en y por los estados[28] Como tales, están, en mayor o menor grado, en sintonía con su entorno social y natural y con los límites y oportunidades que establecen.

 Frente a sus miembros, las instituciones agrupadas en una sociedad, de forma más o menos coherente, reivindican la fuerza vinculante, apoyadas por sus Estados dotados del monopolio del uso de la fuerza. Sus miembros, a su vez, se identifican más o menos con la sociedad con la que cuentan y son contados. 

Para ellos, "su" sociedad es, en el caso establemente normal, un depósito de cosas fiables y evidentes, un acervo de rutinas según las cuales uno puede y debe comportarse de forma incuestionable y sin dudas "con nosotros" y con las que "la gente como nosotros" gestiona su vida cotidiana, no sin contradicciones, pero por lo general pragmáticamente compatibles entre sí. 

Las instituciones así cristalizadas, cada una anidada de forma única en el tiempo y el lugar, también cambian, pero al igual que los individuos que educan, tienen sus propios programas para hacerlo, que prefieren a las recetas únicas dictadas desde el exterior"[29].

 "Cosmopolitismo", por retomar el término, no significa, pues, ni ausencia de fijación ni compromiso moral con el desarraigo o el desamparo. Como estado de ánimo antropológico básico, no puede reivindicarse un programa político-moral según el cual los individuos, las comunidades, las sociedades, las naciones deben mantener constantemente sus identidades particulares desechables a efectos de su anulación universalista, es decir, no deben ocuparlas afectivamente, como si la contingencia del ser humano tuviera que incluir una constante disposición a la alteridad arbitraria. 

Precisamente por su apertura al mundo, el ser humano cosmopolita necesita un orden en el que pueda confiar. Si lo relativizara a la manera de Gehlen y Luhmann como arbitrario -lo principal es que es un orden, no importa cuál- lo socavaría como orden; el orden, sin embargo, es un asunto completamente serio para la persona cosmopolita. 

Por esta razón, no puede existir realmente una sociedad cosmopolita; las sociedades tienen fronteras y producen identidades que, porque el hombre cosmopolita no puede vivir sin ellas, son ocupadas por él libidinosamente, en casos graves religiosamente. 30] 

Políticamente, el cosmopolitismo sólo puede practicarse a partir de un mundo existente (parcial), en el reconocimiento de la alteridad de otros mundos (parciales) y, como concesión a ellos, en el reconocimiento de un derecho al autogobierno soberano de sus identidades -un derecho que sólo puede concederse a los demás si uno se lo concede a sí mismo y lo reclama para sí, así como viceversa.

 Las instituciones e identidades particularistas no pueden ser universalizadas -o liquidadas en un "discurso racional" conducente a la globalización- por la misma razón de que no son de origen natural; y quienes exigen a las sociedades la apertura al mundo en un sentido sustancial se la niegan en su único sentido formal posible: su libertad de desarrollo ulterior autónomo.

 Por cierto, un destino similar al del concepto de cosmopolitismo le ha tocado a otro concepto clave del catálogo de valores neoburgués alemán, el de la "sociedad abierta". Para Karl Popper, su inventor, una sociedad era "abierta" si permitía a sus miembros criticar sus instituciones incluso de forma radical, en contraste con las sociedades comunistas y fascistas, las sociedades de sus "enemigos". 31] 

Quien reinterprete la "sociedad abierta" como una sociedad abierta, es decir, no particularista, que se esfuerza por alcanzar el universalismo, tendría que ocuparse, además, de la cuestión de cómo debe cumplirse en ella la función del Estado (nacional) postulada por Popper, de garantizar la mayor igualdad posible entre sus ciudadanos, y en principio sólo entre ellos. 

También podía recordar el veredicto crítico del sociólogo liberal Ralf Dahrendorf, que no encontraba lugar en la "sociedad abierta" para esos lazos sociales permanentemente vinculantes ("ligaduras") sin los cuales no era posible la estabilidad social. 32] 

En cualquier caso, la sociedad abierta como imagen ideal de la superación universalista sin límites de la socialización particularista no puede invocar la teoría de Popper de la sociedad abierta, no sólo porque simplemente no es el sentido de esta última, sino también por su silencio sobre el problema fundamental de lo que constituye y mantiene unida una sociedad[33].

 El particularismo constitutivo de la vida social no imposibilita de ninguna manera la estatalidad multinacional; pero no debe asumir la diversidad social que se le atribuye. Cuanto más diverso es el panorama de socializaciones que abarca un Estado-nación multinacional, más precaria es su existencia. Más allá de un cierto grado de diferenciación, sólo la descentralización puede ayudar - o, si no se desea, la violencia, es cierto que sólo si y mientras esté disponible.

 Especialmente cuando se busca la cohesión a través de la descentralización, mucho, si no todo, depende de los detalles institucionales; éstos no pueden ser examinados aquí en sus múltiples ramificaciones. Además, siempre debe haber una buena medida de "estadismo", virtù y fortuna, habilidad y suerte, si se quiere armar y mantener una estructura heterogénea."               (Wolfgang Streeck , Soziopolis, 01/07/21)

5/3/21

ETA y la teoría de la conspiración de la heroína... el presunto plan del Estado español para intoxicar a la juventud vasca. Una teoría de la conspiración muy extendida y consolidada que, sin ningún tipo de rigor histórico, ha conseguido una legión de adeptos dentro y fuera del País Vasco

 "En 2017, el año que empecé mi tesis doctoral, cuando uno buscaba información sobre la dura campaña de ETA contra el narcotráfico de heroína, la mayoría de entradas no hablaban de las víctimas de los atentados, sino de un presunto plan del Estado español para intoxicar a la juventud vasca y así destruir las bases del Movimiento de Liberación Nacional Vasco (MLNV). Una teoría de la conspiración muy extendida y consolidada que, sin ningún tipo de rigor histórico o académico, ha conseguido una legión de adeptos dentro y fuera del País Vasco.

De hecho, la falta de una historia social de la crisis de la heroína ha hecho que con el paso de los años se consolide una visión deformada de los años 80 del pasado siglo, que está muy alejada de la realidad de los datos y las estadísticas.

Un ejemplo, en 1985 la primera investigación a gran escala del Ministerio de Sanidad estimó que en España el número de heroinómanos oscilaba entre 80 000 y 125 000. En cuanto a los consumidores habituales, en su Memoria de 1987, la Delegación del Plan Nacional de las Drogas calculó que aproximadamente podrían estar enganchados en torno a los 230 000. Para esas fechas, estamos hablando de un porcentaje de adictos inferior al 0.5% y menos de un 1% de consumidores habituales del total de la población española.

Pero este pequeño porcentaje tuvo un gran impacto social precisamente porque alimentó la grave crisis de seguridad ciudadana de la transición, en la que el Estado, en pleno proceso de transformación, no supo afrontar determinadas problemáticas sanitarias y sociales.

Para complicar aún más la cuestión, la aparición en escena del sida a mediados de los años 80 mitificó aún más el fenómeno por la elevada mortalidad de principios de los años 90 (por ejemplo, 736 muertes asociadas a la heroína en 1990), momento en que alcanzó su punto álgido llegando a ser según algunos estudios la primera causa de muerte entre los jóvenes de las grandes ciudades. Aun así, la heroína tuvo un exceso de protagonismo y distorsionó la visión de otras adicciones, como el alcohol, que según datos del Ministerio de Sanidad superaba las 12 000 muertes anuales.

ETA y la conspiración de la heroína

Por esta razón, en el libro que recientemente he publicado en la editorial Catarata, ETA y la conspiración de la heroína, analizo en profundidad el impacto de la crisis de la heroína en el País Vasco y explico las causas y factores que permiten comprender por qué tuvo una mayor incidencia de consumo que otras regiones de España. Factores tales como la configuración social en “cuadrillas”, los altos niveles de consumo de alcohol o la incapacidad de las fuerzas de seguridad del Estado para actuar en materia de drogodependencias por la necesidad de autoprotección.

Pero cualquier explicación razonada de la crisis de la heroína fue puesta en duda tras el primer atentado de ETA contra el narcotráfico en 1980. El 27 de abril la banda declaró oficialmente la guerra contra la “mafia de la droga” con la voladura del pub El Huerto, de San Sebastián. A la semana siguiente, el diario Egin difundió un largo comunicado para reivindicar esta acción contra este supuesto punto de venta de droga:

“Se corrompe a la sociedad vasca y se desorienta a la juventud en el verdadero objetivo de liberación personal y colectiva que se manifiesta en la lucha revolucionaria. Nuestros esfuerzos se dirigirán a realizar ataques de advertencia sobre establecimientos de distribución y consumo de tales productos, así como a realizar ataques de eliminación física sobre miembros significados de este alienante y corrompido mundillo de la droga”.

Por culpa de la intromisión de la organización terrorista y su entorno, la cuestión se politizó y se perdió toda objetividad. Los medios de comunicación, los partidos políticos y algunos médicos especialistas participaron del juego, la especulación sustituyó a la razón y, en este terreno, la izquierda abertzale se movió como pez en el agua.

En total, entre 1980 y 1994, la organización asesinó, utilizando la “excusa” de la droga, a cuarenta y tres personas repitiendo en sus comunicados el mismo mantra: la víctima era un confidente y traficante de droga que trabajaba para las fuerzas de seguridad del Estado.

Una idea ya presente en uno de los primeros atentados de la campaña:

“A partir de ahora combatiremos con todos los medios a nuestro alcance a todos aquellos traficantes y distribuidores de droga dura en Euskadi Sur que actúan en estrecha colaboración con la Policía y para quienes la libertad personal y colectiva del pueblo vasco no es sino un objeto de compraventa en el plano socio-político que se enmarca en la estrategia genocida del Estado español contra Euskadi”.

Muchos de los asesinados no tenían nada que ver con la heroína, como Agapito Sánchez Angulo, un joven peluquero de Portugalete asesinado en enero de 1985 por un rumor infundado de una excuñada que no tenía ningún tipo de prueba. A pesar de ello, ETA no dudó en acusarle en un breve y duro comunicado:

“Agapito era uno de los traficantes de heroína que más destacaban en la villa de Portugalete, que había sido elegida por los enemigos de la causa vasca para, a través de la droga, romper su ritmo”.

Las víctimas

La mancha del narcotráfico fue permanente para las víctimas y sus familias, quienes, impotentes ante las acusaciones de ETA, intentaron, la mayoría sin éxito alguno, defenderse de una acusación que no presentaba prueba alguna. Olvidadas y enterradas por “el algo habrá hecho” que, como a tantas otras víctimas, las ha relegado a la desmemoria.

Precisamente, sobre este hecho reflexionó en su momento Gregorio Ordoñez, quién, a raíz de uno de los atentados de esta campaña, el del matrimonio de Miguel Paredes y Elena Moreno en San Sebastián en 1990, afirmó a la prensa lo siguiente:

“Hasta en los muertos hay ciudadanos de primera y de segunda categoría, porque cuando el asesinado por ETA lleva banda de música, desde el ministro del Interior hasta el último concejal se empujan para salir en la foto, pero cuando los muertos son una pareja de desconocidos como Miguel y Elena no se ve a los políticos importantes por ninguna parte”.

ETA y las drogas

Al fin al cabo, una campaña de atentados llena de contradicciones por las implicaciones de la organización terrorista con el narcotráfico, puesto que la banda estuvo en constante contacto directo con este entramado internacional mafioso para poder blanquear dinero, conseguir armas y abastecer sus comandos.

Dos ejemplos recientes. En la década del año 2000 investigaciones de la jueza francesa Laurence Le Vert y la fiscalía alemana de Augsburgo determinaron que la organización terrorista vasca había lavado dinero con fondos procedentes del tráfico de cigarrillos y blanqueados en bancos suizos.

También en España, el Servicio Ejecutivo de la Comisión de Prevención de Blanqueo de Capitales e Infracciones Monetarias (SEPBLAC) desarrolló numerosas investigaciones sobre la financiación de ETA y sus mecanismos de blanqueo. Solo entre 2004 y 2006, ambos incluidos, el SEPBLAC llevó a cabo 296 operaciones relacionadas con ETA.

En cuanto al consumo de drogas, el frontal rechazo de la dirección de ETA a la heroína y otras sustancias no impidieron que dentro de sus filas surgieran diferentes problemas asociados a las toxicomanías. De hecho, la banda como parte de la sociedad vasca, tuvo que hacer frente a las mismas problemática y no comprendió que incluso ellos mantenían una relación compleja con las drogas. Casos como el del máximo responsable del “comando Txarito” que en 1987 ingresó por su adicción a la heroína en un centro de rehabilitación de El Patriarca en Mondoñedo (Galicia). Detenido dos años más tarde en casa de un nacionalista bretón cerca de Nantes, el 30 de noviembre de 1990 fue condenado por la justicia francesa a siete años de prisión, donde murió años después de VIH en una cárcel a las afueras de París.

Otro caso muy simbólico fue precisamente el de uno de sus últimos líderes, Garikoitz Aspiazu Rubina, Txeroki. La madrugada del 17 de noviembre del año 2008, el máximo responsable de la banda fue detenido por la Policía Judicial francesa en Cauterets, una localidad de los Pirineos al suroeste del país. Entre los documentos y material incautado en el piso, la policía encontró cerca de cien gramos de hachís, una pequeña piedra para consumo propio. El mismo día de la detención, el por entonces ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, confirmó la aprehensión del hachís y valoró este hecho:

“Si históricamente ETA ha combatido con saña a los narcotraficantes con argumentos sobre la pureza de la juventud vasca, parece que en esto no tienen una moral muy clara. Por hablar de moral, que yo creo más bien que habría que hablar de amoralidad, pero, en fin, mientras persiguen narcotraficantes parece que ellos se fuman unos cuantos porros”.

La conspiración y sus adeptos

En definitiva, una serie de factores fueron aprovechados por ETA para atacar al Estado e instalar en el imaginario colectivo de la sociedad vasca la posibilidad de una conspiración a gran escala contra la juventud vasca.

Una teoría integrada en el pensamiento político de la izquierda abertzale y que reúne todas las características típicas de las conspiraciones: Unos hechos sin verificar, una explicación alternativa a la versión oficial, de marcado carácter sensacionalista, en la que nada ocurre por accidente, todo es un plan orquestado por los conspiradores y son ellos quienes controlan a la sociedad y los medios de comunicación para evitar que el plan se conozca.

Conspiraciones secretas, como la del Informe Navajas, una serie de informes preliminares escritos por el fiscal Luis Navajas sobre un posible foco de corrupción de contrabando en el cuartel de Intxaurrondo, que nunca fue probado en sede judicial, pero que sirvió para alimentar todo tipo de elucubraciones desde la izquierda abertzale y desde el equipo de investigación de Egin encabezado por Pepe Rei.

Una teoría de la conspiración que para ser desmontada exige contrastar toda la información publicada sobre el tema, reunir todas las fuentes posibles, investigar y finalmente determinar que no hay ninguna prueba sólida para sostener que el Estado intoxicó con heroína a la juventud vasca.

En definitiva, mi ensayo creo que servirá para que mucha gente de todos los arcos ideológicos comprenda la complejidad de la crisis del fenómeno de la heroína y entienda que no hubo ninguna conspiración. Hay causas y factores que explican racionalmente la problemática; es tan simple como que el Estado no estaba listo para hacer frente a un fenómeno de tal magnitud y no se tomaron las mejores decisiones para desarrollar una política de drogodependencias efectiva."              

 (. Investigador externo universitario, Universidad del País Vasco, The Conversation, 03/03/21)

14/2/17

Salí de su despacho (de Tudjman, presidente de Croacia) convencido de haber estado hablando con un ser vil y chiflado que a conciencia, fuese por ambición de poder o por fanatismo nacionalista, iba a provocar una guerra y la muerte de muchas personas.

"El doctorado honoris causa que el 23 de mayo le va a conceder a Peter Handke (Griffen, Carintia, Austria, 1942) la Universidad de Alcalá de Henares me hace recordar, como recuerdo cada vez que salta el nombre del escritor austriaco --o sea, cada vez que publica otro libro--, el linchamiento al que la prensa europea le sometió en 1996 con motivo de Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina, o justicia para Serbia.

Por atreverse a publicar aquel texto en el suplemento cultural de un periódico alemán, y luego en forma de libro, se le retiró el sustancioso premio Heine que se le iba a conceder, se canceló la representación de una pieza teatral en la Comédie Française, su nombre cayó de todas las quinielas del Nobel de Literatura. Alain Finkielkraut le llamó “monstruo ideológico”, y Salman Rushdie “idiota internacional del año”.

 Pero lo peor fue que el aura que le realzaba como autor independiente y singular quedó dañada, quizá para siempre, por la sombra de la sospecha: y de pronto sus libros ya podían ser contemplados como las frívolas deposiciones intelectuales de un caprichoso gilipollas que, empujado por un vulgar deseo de notoriedad o por una carencia moral básica, respaldaba a Milosevic y justificaba los crímenes del ejército y la milicia serbia en las guerras civiles yugoslavas, la limpieza étnica, las matanzas de Srebrenica, el asedio criminal de Sarajevo.

Anoche releí el libro supuestamente ignominioso, el Viaje de invierno. Aunque Handke está considerado un finísimo estilista, un maestro de la prosa, tuve que superar ciertas dificultades de comprensión de frases como ésta:

“Al querer aclarar el problema estoy apuntando a algo completamente real, real del todo, algo en lo que los modos de realidad, que se enmarañan unos con otros, dejarían adivinar algo así como una trama entre varias cosas”. A saber qué demonios significa este galimatías, como otras construcciones arduas e irritantes que entorpecen la lectura de sus libros.

Pero más allá de eso he comprobado que, como pensé entonces pero no escribí, allí no vi rastro de ningún crimen intelectual; el autor no ampara, justifica ni niega ningún crimen sino que se hace algunas preguntas sobre a quién interesaba y beneficiaba la destrucción del gran país del sureste europeo, quiénes fueron los provocadores y beneficiarios de aquellas guerras.

 Pero plantearse esas preguntas significaba cuestionar el relato maniqueísta de unos acontecimientos repulsivos, de los cuales estaba decidido ya desde antes de que empezasen a suceder quién era el culpable y quién la víctima, quién el agresor y quién el agredido.

No excuso a Milosevic ni justifico los crímenes de su ejército, como por cierto tampoco lo ha hecho Handke. Pero recuerdo que en 1990 entrevisté a Franjo Tudjman, presidente de Croacia, durante quince o veinte minutos en Zagreb. Era una de las personas más desagradables que he conocido en mi vida.

 Acababa de ser elegido, le pregunté por sus proyectos inmediatos y me dijo: “Declarar la independencia”. Le hice ver lo obvio: que eso significaba la guerra civil. Se puso como un energúmeno a gritarme que si la voluntad democrática del pueblo croata, que si la comunidad internacional, que si la ayuda de Europa... Salí de su despacho convencido de haber estado hablando con un ser vil y chiflado que a conciencia, fuese por ambición de poder o por fanatismo nacionalista, iba a provocar una guerra y la muerte de muchas personas.

 Como así fue. Pero a Tudjman nadie le consideró un criminal, ni le llevó ante ningún tribunal internacional. Era “nuestro hijo de puta”. En fin.

Volviendo a Handke: si la primera parte del libro Viaje de invierno plantea los interrogantes que ya he referido y que le costarían ser satanizado por el mundo intelectual y periodístico europeo, en la segunda parte narra sus impresiones de viaje por Serbia, las cosas que ve y la gente con la que habla, gente común, en la retaguardia, a la que retrata afectuosamente como personas generosas, de buen corazón. Hay algunas imágenes demasiado cariñosas que me parecen cursis.

De la lectura de hace veinte años yo guardaba sobre todo una vaga imagen fantasmal: la imagen de unos varones serbios que pasean por no sé dónde, ensimismados y silenciosos, envueltos en la niebla y como preocupados. Ahora he reconocido fácilmente el párrafo que hace veinte años me impresionó.

Es demasiado largo para reproducirlo entero, pero acaba así: “No, a mis ojos no podían ser patriotas serbios o chovinistas; no podían ser feligreses ultraortodoxos, ni monárquicos o viejos chetniks, y menos aún antiguos colaboradores de los nazis, pero también era difícil imaginárselos como partisanos al lado de Tito y luego como funcionarios, políticos e industriales yugoslavos; sólo estaba clara una cosa: que todos ellos, quien más quien menos, habían perdido lo mismo, y que esta pérdida, mientras paseaban por allí, la tenían bastante fresca ante sus ojos sombríos.

 ¿Cuál había sido la pérdida? ¿Pérdida? ¿No había sido más bien como si les hubiesen estafado brutalmente?”."            (Ignacio Vidal-Folch, Crónica Global, 05/02/17)

13/9/16

El relato de la muerte de Yugoslavia

"[Comentario de Y llegó la barbarie. Nacionalismos y juegos de poder en la destrucción de Yugoslavia, José Ángel Ruiz Jiménez, Ariel, Barcelona, 2016, 455 pp.] (...)

(...) El ensayo de Ruiz Jiménez se ocupa fundamentalmente de cuatro cuestiones: 1) los antecedentes internos de las guerras yugoslavas de la década de los noventa del pasado siglo; 2) el desarrollo de los conflictos armados en el espacio de la antigua Yugoslavia; 3) la implicación internacional en la génesis, enconamiento y resolución provisional de dichos conflictos; y 4) la situación de las distintas sociedades de la antigua Yugoslavia tras la guerra. 

A continuación intentaré exponer en forma de relato las tesis más destacadas del autor en torno a estas cuatro cuestiones. Aunque prescindiré en las siguientes líneas de las usuales referencias al autor, se ha de entender que reflejan las ideas de José Ángel Ruiz Jiménez, según la interpretación que de su obra se ha hecho aquí.

Como es sabido, el estado yugoslavo, cuya forma estatal inicial era la monarquía constitucional, fue el producto de la combinación de la victoria serbia en la primera guerra mundial, en tanto que país integrado en el bando de las potencias aliadas, y la disolución del viejo Imperio Austro-Húngaro [1]. La Yugoslavia monárquica acabó con la invasión nazi de primavera de 1941, que dio lugar, entre otras calamidades, a un estado genocida croata aliado del Tercer Reich responsable directo del asesinato de cientos de miles de serbios y judíos. 

Tras la liberación en 1945, protagonizada por un movimiento partisano comunista multiétnico, el estado yugoslavo fue restablecido con las mismas fronteras, en líneas generales, que había tenido su estado predecesor. El nuevo estado se constituyó como 'democracia popular'. Esta 'democracia popular' no otra cosa que una dictadura de partido único liderada por el héroe de la liberación yugoslava, Josip Broz, alias Tito. 

La estatalización de la economía fue mucho menor que la que caracterizó al modelo soviético, pues las empresas 'autogestionadas', formalmente de titularidad popular en lugar de estatal y de gestión autónoma, tenían más peso económico que las estatales propiamente dichas. Además, Yugoslavia rompió con el Pacto de Varsovia, lo que le ayudó a mantener buenas relaciones con Europa occidental. 

Pero al igual que la Unión Soviética postestalinista, incluso en un grado mayor, el proyecto político titista pretendía combinar la construcción de una identidad nacional yugoslava fuerte con el reconocimiento o el fomento políticos, según los casos, de identidades nacionales de nivel subestatal. 

Se consideró que esta era la vía adecuada para neutralizar la desconfianza que entre la población no serbia de Yugoslavia había generado la excesiva centralidad de Serbia en la experiencia del primer estado yugoslavo y para superar los odios asociados a la colaboración croata con la Alemania nazi. Se diseñó y puso en práctica un estado federal, conformado por seis repúblicas federadas ―Serbia, Montenegro, Macedonia, Eslovenia, Croacia y Bosnia-Herzegovina― y dos provincias autónomas dentro de Serbia, Kosovo y Voivodina. 

La más homogénea de estas entidades territoriales desde el punto de vista cultural (étnico, en el sentido antropológico del término) era Eslovenia y la menos homogénea, Bosnia-Herzegovina, donde convivían tres grupos principales: croatas, serbios y 'musulmanes' o 'bosníacos' y los matrimonios mixtos sólo eran habituales en las ciudades.

 Las presidencia federal era en teoría rotatoria, si bien la autoridad de Tito nunca fue cuestionada por el establishment político. El partido comunista (más tarde denominado Liga de los Comunistas Yugoslavos) estaba igualmente federalizado. Las diferencias en cuanto a nivel de vida entre regiones eran notables y venían de antes de la guerra, siendo la república más rica Eslovenia y Kosovo la región más pobre del país.

 El gobierno federal puso en práctica políticas de distribución de la riqueza entre las repúblicas y las provincias autónomas, pero la gestión de los fondos correspondía a éstas y no al gobierno federal, con las consiguientes corruptelas entre las administraciones regionales.

La constitución de 1974 reforzó aún más los poderes de las repúblicas federadas y de las provincias autónomas: la federación se quedó sólo con las competencias de defensa exterior, moneda y relaciones exteriores y todo lo demás pasó a las repúblicas federadas, incluyendo la administración de los OT/TO, los planes y arsenales dispuestos para una eventual lucha partisana contra una posible invasión soviética, amén de la policía ―sólo los servicios secretos eran federales―.

 Se reconoció las repúblicas, por si todo lo anterior fuera poco, el derecho de secesión. Hasta el tribunal constitucional estaba federalizado, formado por representantes de las diversas repúblicas y con presidencia rotatoria.

 Las encuestas oficiales obligaban a definirse a los ciudadanos como eslovenos, croatas, serbios, montenegrinos, macedonios, bosnios o yugoslavos y sólo una exigua minoría escogía esta última opción. Lo único que mantenía la coherencia del sistema era la figura de Tito, la doctrina política oficial comunista y los préstamos occidentales.

En la década de los ochenta, la situación empezó a degradarse muy rápidamente. El endeudamiento creció, los préstamos occidentales empezaron a reducirse y el monopolio político-ideológico del partido a resquebrajarse y perder crédito. Los factores exteriores jugaron un papel crucial en esos fenómenos. 

Yugoslavia había gozado de una línea de crédito generosa procedente de Occidente a causa de su posicionamiento antisoviético durante la Guerra Fría. Esa línea de crédito fue positiva para la economía yugoslava, pero como consecuencia de las vicisitudes económicas de los años setenta, ésta comenzó a tener problemas para refinanciar su deuda

. Tuvo que acudir a las instituciones económico-financieras internacionales y aceptar algunas medidas de ajuste neoliberales (todavía muy limitadas, de todos modos) con efectos negativos en las políticas de redistribución internas. Peor aún fue el creciente desinterés de Occidente en mantener su generosidad económica para con los yugoslavos a medida que se iba descubriendo la ruinosa situación de la URSS y el tigre de papel en que se estaba convirtiendo el Pacto de Varsovia. La financiación externa se redujo a mínimos.

 En cuanto al resquebrajamiento y pérdida de crédito de la ideología oficial comunista, Yugoslavia, a pesar de no formar parte del Pacto de Varsovia, pasó por el mismo proceso de acartonamiento-desencantamiento ideológico y hastío hacia el antiguo régimen 'socialista' en un contexto de relajación del terror policial generalizados ―cuyo punto de partida estuvo en la mismísima elite política de ese régimen― que el resto del espacio de dominio o influencia soviético.

Por aquel entonces, casi todo el poder político efectivo, dada la radical federalización del estado y el partido comunista yugoslavos, estaba en manos de las burocracias de las repúblicas, y el factor cohesionador de la figura de Tito había desaparecido con su muerte en 1980 (el resto de los viejos líderes de la guerra partisana paneslava de 1941-1945 también habían muerto o se habían retirado con el paso del tiempo). 

Dado el carácter rotatorio anual de la dirección del gobierno federal, cuyos miembros, además, eran los representantes en él de los cinco gobiernos federados y los dos provinciales, el fin del sistema de partido único por la aparición de nuevos partidos, por lo general, nacionalistas, y la creciente autonomización de las ligas comunistas de cada república de cualquier aparato central, la única entidad capaz de forzar la continuidad de la Yugoslavia titista era el ejército (JNA), una entidad, obviamente, no federalizada. Pero el JNA carecía de tradición golpista y no estuvo nunca dispuesto a imponer una dictadura militar o civil dependiente de militares.

En los años ochenta, los líderes de las ligas comunistas en proceso de disolución de cada república y de los gobiernos regionales tuvieron que empezar a buscarse una nueva fuente de legitimación para conservar el poder o medrar en la vida política en medio de una intensa crisis económica y de valores. 

Como ocurrió en tantos países del antiguo Pacto de Varsovia, en los cuales el liderazgo postestalinista había creado o reanimado por prejuicios ideológicos y conveniencia política gran número de nacionalismos subestatales creyendo poder domesticar la fiera, esa fuente de legitimación fue el nacionalismo excluyente, una herramienta muy socorrida para afrontar crisis de legitimación. 

Y puesto que desde la salida de escena de la vieja guardia titista, el gobierno federal estaba de hecho en manos de los dirigentes de las repúblicas y ningún impulso de un nacionalismo yugoslavista podía esperarse de él, la clase política de cada región se dedicó a explotar la supuesta identidad nacional de su región.

 Ha de tenerse, en cuenta, por otro lado, que los medios de comunicación de masas en la Yugoslavia de los ochenta eran técnicamente más limitados que los actuales y muy poco plurales: televisión, radio y prensa en un número de cadenas reducido controlados por el establishment político, el cual los empleó a fondo para politizar las identidades culturales y manipular la historia con el objetivo de insuflar nacionalismo en las poblaciones. 

La ventaja del nacionalismo sobre otras fuentes de legitimación es clara: posibilita responsabilizar de todo lo malo a agentes externos a la propia nación (y, por tanto, excusar a los dirigentes locales de sus fracasos o su dosis de responsabilidad real en los problemas de la sociedad); obnubilar la capacidad de raciocinio y crítica de las gentes, so pena de convertirse en traidores; y subordinar toda clase de reivindicación, proyecto o sentimiento de injusticia sociales a la entelequia metafísica de la Nación que lucha por sobrevivir frente a la inquina de otras naciones o estados.

 El desempleo, la desigualdad, la falta de expectativas o la corrupción en la propia Nación pasan a un segundo plano hasta olvidarse. Las tendencias nacionalistas centrífugas estaban bien vistas, por añadidura, en Washington, que durante un tiempo las animó para fomentar esas mismas tendencias en otros países de Europa del Este y en la URSS esperando con ello debilitar a su rival soviético (la URSS comenzó a tener problemas serios de conflicto interétnico en el Cáucaso en los ochenta, mucho antes de hacer implosión).

Habiendo apostado las elites de cada república, en un grado mayor o menor, por el nacionalismo exclusivista y sin apenas impedimento federal alguno para desbaratar esa apuesta era sólo cuestión de tiempo y estrategia política que las repúblicas proclamasen su independencia.

 En 1990-1991 el proceso en esa dirección se aceleró mucho cuando Eslovenia y Croacia reformaron sus ordenamientos jurídicos con el objeto de establecer el principio de que sus leyes debían de prevalecer siempre sobre las leyes federales, comenzaron a montar ―con mayor éxito Eslovenia que Croacia― sus propios ejércitos aprovechándose de los OT/TO y el contrabando de armas y bloquearon la acción de las cada vez más fantasmagóricas instituciones federales arguyendo, no sin razón, que la Serbia de Milošević intentaba hacerse con su control en ventaja suya.

El punto más dramático de todo el asunto era que la antigua Yugoslavia constituía un pasto ideal para nacionalismos no sólo excluyentes, sino también irredentistas. Las regiones 'irredentas', pobladas mayoritariamente por grupos con la misma identidad étnico-cultural (y ahora político-nacional) pero situadas en las fronteras de una república federada con otra identidad étnico-cultural (y político-nacional) dominante, eran (y son) muy numerosas en los Balcanes.

 Las extensas regiones de Krajina y Eslavonia Oriental en Croacia estaban habitadas por serbios; Bosnia-Herzegovina era un verdadero mosaico de municipios croatas, serbios y 'bosniacos' (o 'musulmanes'); los albaneses eran mayoría en el noreste de Macedonia; y la provincia autónoma de Kosovo contaba con un 80% de pobladores albaneses, según el censo de 1981. 

El discurso nacionalista cuestionaba las fronteras republicanas y defendía que cada 'nación', término que ya no tenía sólo un sentido cultural, sino también político-estatal, debía contar con su propio estado, del cual debían formar parte todas las tierras con una misma 'nación' predominante en número (salvo que algún mito histórico-nacional señalara otra cosa, como Serbia respecto a Kosovo). 

No es de extrañar, por tanto, que, mientras la proclamación de la independencia de Eslovenia previo referéndum en la primavera de 1991 no degeneró en un conflicto civil armado, las proclamaciones de independencia de Croacia, también en 1991, y de Bosnia-Herzegovina en invierno de 1992, ambas referéndum previo mediante, condujesen a sendos conflictos civiles genocidas: Krajina y Eslavonia Oriental proclamaron por la fuerza de las armas sus propias repúblicas independientes (de Croacia) con la expectativa de una futura fusión con Serbia y los líderes serbobosnios y bosniocroatas hicieron lo propio frente al gobierno bosnio musulmán de Itzetbegović con vistas a una futura incorporación a sus estados-nación matriz. 

Estos líderes gozaban del apoyo financiero y armado de Serbia y Croacia respectivamente, cuyos presidentes, Milošević y Tudjman habían decidido en 1991 repartirse entre ellos dos terceras partes de Bosnia-Herzegovina. La única fuerza armada yugoslava capaz de detener, si quiera provisionalmente, los conflictos armados civiles de los noventa, el JNA, resultó inoperante por su respeto hacia la autoridad civil federal ―que ya no era más que un fantasma―. 

En cuestión de meses, los altos manos serbios yugoslavistas fueron purgados por Milošević, los no serbios desertaron masivamente del JNA y éste acabó transformado en el ejército de la nueva Yugoslavia reducida, formada tan sólo por Serbia y el minúsculo Montenegro, pues Macedonia también había proclamado con éxito su independencia. 

La guerra en Croacia terminó provisionalmente en 1992, con una Croacia incapaz por el momento de liquidar las repúblicas de Krajina y Eslavonia Oriental. En cambio, el conflicto en Bosnia-Herzegovina se prolongó hasta 1995, con la población civil convertida en blanco de sistemáticas limpiezas étnicas por parte de todos los bandos ―paramilitares croatas, 'bosníacos' y serbios, aunque con mayores medios estos últimos por su más fácil acceso a los recursos del JNA― y víctima de una economía de guerra mafiosa.

 La posición de EE.UU. y las grandes potencias europeas fue decisiva a la hora de enconar el conflicto en Croacia y Bosnia-Herzegovina y dar forma a su desenlace final. El gobierno norteamericano, partidario en abstracto de la integridad de Yugoslavia, pero, como se ha apuntado, no en la práctica, se había desentendido del tema en 1991, una vez que el país balcánico no le servía ya para nada en su disputa por la hegemonía mundial.

 Los estados de Europa occidental insistían en el principio de la intangibilidad de las fronteras estatales internacionales acordado en Helsinki en los años setenta, un principio muy razonable, en mi opinión, para preservar la paz en Europa y no volver a sufrir desastres como los padecidos durante la primera mitad del siglo XX. 

Sin embargo, la posición pro integridad de Yugoslavia fue saboteada por la Alemania recién unificada, deseosa de pasar a un primer plano en la escena internacional, reafirmar su poder en Europa, lograr mayor influencia en su tradicional zona de influencia y más comprensiva por razones históricas al tipo de nacionalismo romántico [2] que se estaba prodigando en los países ex comunistas. 

En efecto, Alemania reconoció unilateralmente las independencias de Eslovenia y Croacia, arrastrando con su decisión al resto de miembros de la CE ―pronto UE―. Y lo que es peor: hizo asumir a la UE una mezcla explosiva de principios de Helsinki adulterados (se respetaba el principio si se respetaban las fronteras regionales internas del estado desmembrado) y nacionalismo etnicista (cada nación ha de tener su propio estado porque la convivencia entre naciones dentro de unas mismas fronteras no es posible).

 Cuando el gobierno norteamericano volvió a intervenir en la zona en 1995 por razones de prestigio y para humillar la ineficaz diplomacia europea, asumió esa mezcla explosiva. En consecuencia, EE.UU. decidió dos cosas: 1) Que las fronteras internacionales de los estados salidos de la antigua Yugoslavia debían coincidir con las fronteras republicanas internas de la extinta federación; y 2) Que cada nueva república independiente debía ser de alguna manera étnicamente homogénea. 

Por esta razón, bombardeó duramente a las fuerzas serbobosnias alrededor de Sarajevo y obligó a Milošević, que había dejado de apoyarles con la finalidad de conseguir el levantamiento de las sanciones contra Serbia, a presionarles para que aceptasen la paz, al mismo tiempo que permitía que Croacia expulsase a la población serbia de Krajina y Eslavonia Oriental y bosniocroatas y serbobosnios 'simplificasen' el mapa de Bosnia-Herzegovina desde el punto de vista étnico. 

El resultado final fueron los acuerdos de la base norteamericana de Dayton suscritos con grandes dificultades por Tudjman, Milošević y los líderes bosniocroatas, serbobosnios y 'bosniacos'. 

Esos acuerdos ponían fin a la guerra y, si bien reconocían formalmente la independencia e integridad de Bosnia-Herzegovina, creaban un engendro inclasificable e ingobernable sin intervención exterior (estrambótica confederación de tres entidades: la Federación Croata-Musulmana, la República Serbia de Bosnia y el distrito capitalino de Sarajevo; las dos primeras divididas, a su vez, en un gran número de cantones autónomos croatas, bosníacos y serbios, todo ello bajo la supervisión de una especie de gobernador colonial designado por las potencias occidentales).

Las guerras balcánicas de los años noventa tuvieron un corolario en la intervención de la OTAN en la ex provincia autónoma de Kosovo en la primavera de 1999. A día de hoy se sabe que los problemas de convivencia en Kosovo no habrían trascendido a la opinión pública internacional de no haber mediado los intereses nada humanitarios de los Estados Unidos.

 Desde principios de los ochenta, Kosovo había devenido una región problemática para el gobierno regional serbio a causa de las reivindicaciones albanokosovares de elevación de su estatus al de república federada, la pobreza de la provincia autónoma ―la zona más pobre de toda Yugoslavia, como ya se ha indicado antes― y la corrupción excepcional y la política discriminatoria anti serbia de las autoridades kosovares. 

En un contexto en que el nacionalismo etnicista, excluyente e irredentista, había pasado a ser una fuente de legitimación de primer orden de las elites políticas establecidas y de los intelectuales deseosos de medrar, tanto las autoridades provinciales como la oposición albanokosovares lo abrazaron con gran pasión. 

La respuesta serbia, igualmente dictada por el nuevo frenesí nacionalista no se hizo esperar: Milošević, entonces presidente de Serbia, anuló de facto y por la fuerza la autonomía kosovar en 1988. Un movimiento independentista de signo pacífico, cuya principal estrategia de lucha era la desobediencia civil y la construcción de estructuras estatales paralelas a la administración pública oficial, dominó el nacionalismo albanokosovar, pero sus éxitos, desde el punto de vista del proyecto independentista, fueron escasos. 

Las estructuras paralelas ofrecían un servicio peor a la población que la administración serbia, aparte de hallarse infiltradas por toda clase de mafias. Kosovo ni siquiera recuperó su autonomía provincial. Aún más importante que esta falta de éxito a efectos de explicar el arrinconamiento de ese movimiento de signo pacífico, fue la proliferación de armas y del contrabando en Kosovo a raíz del colapso del estado albanés a mediados de los noventa.

 Al final, una anárquica organización mafioso-guerrillera llamada UÇK apareció como el paladín de la causa independentista albanokosovar en los últimos años del siglo XX. Su estrategia era el atentado y la extorsión. El gobierno norteamericano la incluyó en su lista de organizaciones terroristas. Las operaciones del UÇK y las contraoperaciones de la policía serbia generaron una espiral de violencia que afectó a la población civil de Kosovo.

Las acciones del UÇK y el gobierno serbio y la violencia contra civiles inocentes desplegada por ambos, mucho más limitada de lo que luego dieron a entender los mass media, no preocupaban demasiado ni a los EE.UU. ni a la opinión pública internacional. 

Pero la Casa Blanca vio en ellas un excelente pretexto para llevar a cabo una intervención militar de poco riesgo y mucho beneficio. En aquel momento, EE.UU. quería fortalecer la imagen de la OTAN ampliando su radio de acción, cambiando su naturaleza de alianza occidental defensiva y asegurando su expansión hacia el este.

 De paso, deseaba demostrar que ningún gobierno que se resistiese al reformismo socioeconómico neoliberal y su ola 'liberalizadora'-privatizadora, como era todavía el caso del gobierno de Milošević, podía sobrevivir en Europa. Nada mejor para alcanzar esos objetivos que una intervención militar humanitaria en Europa oriental contra un malvado líder genocida. Presupuesto lo anterior, todo lo demás vino de suyo.

Los medios de comunicación de masas difundieron la noticia de que se hallaba en curso en Kosovo un (inexistente) genocidio de vastas proporciones implementado por Milošević y sus salvajes sicarios.

 Para aparentar que se había intentado encontrar una salida negociada y pacífica a la crisis, se ofreció a la delegación yugoslava un acuerdo-trampa imposible de aceptar (más deshonesto aún que el ultimátum austro-húngaro a Serbia de julio de 1914: la delegación yugoslava tenía que aceptar convertir toda Serbia y Montenegro en un protectorado militar de la OTAN). El UÇK aceptó el acuerdo, pero, naturalmente, la Yugoslavia reducida no. 

Y la OTAN se puso a bombardear Serbia y Kosovo en un acto de agresión contrario a la Carta de Naciones Unidas, impulsando con sus bombardeos un intento serbio de limpieza étnica de albanokosovares, esto es, aquello que precisamente se suponía que iba a evitarse. Por si esto fuera poco, como los mandos serbios habían sido muy eficaces a la hora de proteger los posibles objetivos militares, las bombas 'otánicas' destruyeron infraestructuras civiles, provocaron 'daños colaterales' o, simplemente, cayeron en la nada, pero apenas dañaron al ejército y los cuerpos de seguridad enemigos. Eso sí, sembraron el país de tóxicas toneladas de plutonio y uranio empobrecidos. 

Tras 78 días de absurdo e infructuoso bombardeo ―desde el punto de vista de la misión publicitada en los medios de comunicación de masas−, Milošević aceptó un nuevo trato a priori mejor para él [3] y, todo sea dicho, también para su país. La administración serbia se debía retirar de Kosovo, pero se descartaba la exigencia de la ocupación 'atlántica' de Serbia y Montenegro y EE.UU. se comprometía a asegurar la integridad territorial del país bombardeado.

El desmembramiento de Yugoslavia y las subsiguientes guerras balcánicas dejaron a los flamantes nuevos estados independientes, salvo Eslovenia, en una situación lamentable. Todavía al acabar la primera década del siglo XXI todos los territorios de la antigua Yugoslavia estaban en términos relativos peor que al inicio del proceso de disolución de Yugoslavia [4]: todos estaban más endeudados, más deprimidos económicamente, con más desempleo e inseguridad que antes, aunque, claro está, con grandes diferencias entre ellos. 

Serbia y Macedonia (por sus problemas con su minoría albanesa y con el gobierno griego) son poco menos que unos parias internacionales y las mafias violentas campan a sus anchas [5]. Bosnia-Herzegovina es un protectorado internacional con la kafkiana organización política territorial antes descrita. 

Sus instituciones confederales y federales no funcionan, su burocracia cantonal es inmensa en proporción a la población, el país depende económicamente de la ayuda exterior y las mafias, su desempleo es astronómico (cerca de la mitad de la población activa) y las divisiones y animadversidades interétnicas están muy lejos de haberse superado.

 Lo mismo puede decirse de Kosovo, excepto respecto al problema de la convivencia interétnica, 'resuelto' por la expeditiva vía expulsar a las últimas familias serbokosovares ante las mismísimas narices de los estadounidenses. Por cierto, EE.UU. incumplió su promesa de respetar la integridad territorial yugoslava (y, por ende, serbia, en tanto que estado sucesor) al incitar la proclamación unilateral de independencia del gobierno kosovar y reconocerlo, propinando con ello el tiro de gracia a los principios de Helsinki [6]. Eslovenia y Croacia han conseguido entrar en la Unión Europea y en la zona euro, si bien muchos de sus ciudadanos comienzan a plantearse si eso es una suerte o, más bien, una desgracia.

Este es a grandes rasgos el relato que se puede encontrar en forma mucho más detallada y argumentada en los capítulo 1 a 7 de Y llegó la barbarie. El ensayo de José Ángel Ruiz Giménez se cierra con un apartado conclusivo en que el autor reflexiona sobre la narración precedente producto de años de investigación.

 En ese apartado pueden leerse interesantísimas ideas acerca de los usos de la historia, la tarea del historiador, los peligros del nacionalismo en determinados contextos, la guerra como negocio y el papel de la comunidad internacional, los medios de comunicación y la sociedad civil en la evolución de los conflictos.

 Me gustaría finalizar este escrito con una admonición. La Europa surgida de las revoluciones y contrarrevoluciones del siglo XIX ha girado durante demasiado tiempo en torno a la idea de estado-nación y la politización de las identidades étnico-culturales que está en su base [7]. Incluso hoy eso sigue siendo así a pesar de la crisis de la soberanía estatal y la globalización (más aún: también gracias a ellas, como reacción a las mismas y a los trastornos sociales que han causado).

 Es necesario emplear toda nuestra imaginación para idear discursos y proyectos políticos que tengan como meta la despolitización final de esas identidades. Esta despolitización, y en modo alguno las ideas de soberanía y autodeterminación nacionales, constituye el único camino a transitar si se quiere evitar que las sociedades europeas sigan precipitándose por el despeñadero nacionalista.

Notas

[1] La presencia turca en los Balcanes había quedado circunscrita a sus límites actuales como consecuencia de la derrota del Imperio Otomano en las guerras balcánicas de 1912-1913.
[2] Y base última, a fin de cuentas, del principio de autodeterminación de los pueblos de matriz wilsoniana.
[3] No obstante, Milošević fue desalojado del poder al año siguiente tras una derrota electoral por un margen muy estrecho. Como se sabe, fue extraditado poco después a La Haya y falleció durante su juicio ante el TPIY por crímenes contra la humanidad.
[4] Es decir, comparando tanto los indicadores socioeconómicos y los niveles de violencia de la Yugoslavia de los ochenta con los propios de sus ex territorios veinte años después como sus respectivas posiciones respecto a Europa en los mismos períodos de tiempo.
[5] La Unión Europea intenta convertir ahora Serbia en un inmenso campos de retención y detención de refugiados, en la medida en que estos no queden confinados en Turquía o la 'solución final' turca fracase.
[6] Vaya independencia la de Kosovo: ¡ser una inmensa base militar de la OTAN!
[7] En contraste con otras épocas históricas: por ejemplo, el mundo romano clásico. Un modelo de diversidad cultural (dentro de sus confines)."                         (Ramón Campderrich Bravo, Mientras tanto)

8/4/16

«El imperio español se preocupó por sus condiciones morales, eso es impresionante»

"En una librería londinense de la mayor cadena del Reino Unido, Waterstones, está expuesto en un lugar de honor un voluminoso tocho con unas letras doradas en portada, titulado «Spain».

Debajo, un subtítulo: «The centre of the world, 1519-1682». El autor es un historiador londinense llamado Robert Goodwin, y publica una editorial de fuste, Bloomsbury. Ojeas el libro y sonríes con una inesperada satisfacción. Esta vez no se trata del enésimo zurriagazo de la academia anglosajona al imperio español.

Goodwin parece un apasionado de los hombres que construyeron aquel prodigio y expone con pasión sus méritos. Hay que buscar a este tipo y charlar con él. (...)

Goodwin se arranca comentando algo poco sabido: Samuel Johnson, el gran sabio británico del XVIII, «era un admirador de algunos logros intelectuales del Siglo de Oro español, en concreto de la Escuela de Salamanca, que fue precursora en cierto modo de lo que hoy llamamos derechos humanos».

-Me ha llamado la atención su enfoque. Lo habitual en el mundo anglosajón es más bien denigrar la conquista española, enfatizar que fue un acto de barbarie.

-Está claro que desde el punto de vista indígena, para los que habitaban allí, el colonialismo fue una especie de desastre. Eso es así. Pero se puede decir lo mismo de cualquier imperio y de cualquier acto colonial. No han sido los españoles los exclusivamente malos.

También los británicos, por ejemplo, o los chinos. Lo que sí se puede añadir y destacar es que en aquel entonces en España la gente se preocupaba por lo salvajes que eran algunos españoles. Un imperio tiene sus buenos, malos y mediocres.

-¿Qué aportaciones positivas destacaría de nuestro Siglo de Oro?

-Pues para mí, por ejemplo, lo interesante es que en el siglo XVI, en el inicio de la época moderna, cuando aún no había llegado la Ilustración, cuando Europa no tenía todavía dos o tres siglos de desarrollo intelectual a sus espaldas, españoles importantes y con influencia, como Francisco de Vitoria, Bartolomé de las Casas, toda la Escuela de Salamanca, preguntaban cuáles serían las cuestiones morales y legales que deberían reglar todo el proceso del imperialismo, del colonialismo. Eso es impresionante.

-¿Los escuchó la Monarquía?

-Pues ahí viene justamente lo más importante. La Monarquía de los Austrias, en la figura de Carlos V primero y luego con Felipe II, intentó parar los actos más salvajes del imperio en las Indias.

Su junta de teólogos y juristas se ocupaba de estas cosas, por ejemplo en los famosos debates de Valladolid, que en realidad entroncan ya con lo que se hacía desde una generación atrás; las leyes de Burgos, que intentaron amortiguar y aliviar la experiencia del indígena, eran de 1512. La Monarquía intervino con la intención de establecer para el imperio un armazón legal y conceptual de naturaleza moral.

-Leyéndole, usted parece reivindicar que en aquel momento España alumbró varias instituciones relevantes, como sus universidades, un cierto respeto a la ley, o lo que acaba de referir…

-Sí, sobre todo la universidad y el sistema legal de aquella España. Aunque en realidad, cuando digo España hablamos fundamentalmente de Castilla, que era entonces el centro del mundo. Hemos puesto «Spain» de título porque para vender libros en Londres o Nueva York es más fácil, pero fundamentalmente hablamos de instituciones castellanas.

En el siglo XVI, Castilla era uno de los reinos más litigiosos de la historia, y un campesino no acude a un tribunal sino considera fiable el sistema. La gente normal se fiaba de su sistema legal, que dependía de una Corona lo suficientemente poderosa como para imponer su ley, el derecho, a las grandes casas aristócratas y otras instituciones fuertes, como las ciudades.

-¿Fueron cambios rápidos?

-Sí, asombrosos. En medio siglo, España pasó de ser un país donde los poderosos eran una banda de aristócratas con sus propios ejércitos, a un país en el que si tú como individuo tenías alguna queja frente a alguna casa importante disponías de la posibilidad de querellarte de una manera más o menos eficaz.

Evidentemente había muchísima corrupción, pero la opción estaba ahí. La gente acudía a las audiencias a resolver sus problemas, todo el mundo lo hacía.

-Sin embargo, los españoles actuales no ponemos en valor todo esto, parecemos empecinados en denigrar lo nuestro. ¿Por qué cree que actuamos así?

-Es curioso, porque allá donde vayas en el mundo, normalmente la gente del país reacciona mal frente a un comentario político o histórico de un extranjero. Pisas sobre ascuas. Yo lo he visto en reseñas de mis libros en Estados Unidos, cuando dicen «el historiador británico», y ese británico no es neutro, porque derrotarnos fue su mito fundacional. Pero en España, curiosamente, desde hace una o dos generaciones, han sido mucho más receptivos a la idea de que lleguemos gentes de fuera a comentar sobre su país.

Normalmente eso se interpreta como una especie de complejo de inferioridad. Pero también se puede interpretar como que el español está muy seguro de sí mismo, que le da igual. Es como cuando te dicen en Sevilla: «¿Viajar? Yo solo voy al extranjero para saber que aquí se está mejor que en cualquier otro sitio». España es un país maravilloso.

-Usted lo acaba de decir, «un país maravilloso». Pero me temo que los españoles, en general, no se dan cuenta.

-España vive tan solo un momento de resaca, la gran resaca española. Hubo una época que era como una boda con barra libre. En Sevilla todo el mundo se montaba a caballo en la feria. (...)

Pero no se debería confundir la fiesta y su resaca con lo que es lo esencial de España, que es un país con muchísima calidad humana. Además se come muy bien. Aunque curiosamente, a nivel de local ordinario, algo peor a raíz de ese boom de riqueza, que se llevó aquellas glorias sencillas, como unos huevos con patatas fritas. Ahora hay muchas tascas superpijas, pero sin gracia.

-¿El problema catalán forma parte de esa resaca?

-Yo soy poco fan de cualquier tipo de nacionalismo. Lo de Cataluña me parece una mala idea. Durante el referéndum de Escocia, yo decía que si los escoceses decidían irse tendríamos que aceptar su decisión y abrir los brazos a muchos amigos de Escocia que tendrían que marcharse por la política nacionalista.

Hasta cierto punto diría lo mismo en lo de Cataluña. Si quieren separarse sería una tragedia. Pero se debe superar, tendiendo además una mano de amistad a todos los catalanes que pasarían a sentirse extranjeros en su propio país.

-Triste panorama.

-Sí. Yo soy abonado del Chelsea y me siento al lado de un amigo escocés. Tres días después del referéndum nos vimos en el partido y le dije: «Oye, enhorabuena». Y me respondió: «Sí, enhorabuena, porque podía estar aquí en un estadio del extranjero». En un mundo democrático toca aceptar si se quieren ir de España, pero sería una tragedia.

-Pero sería el principio del fin de España, ¿no?

-Eso no lo tengo muy claro. España sin Cataluña no sería la España que conocemos, eso sí. Pero personalmente dudo mucho de que se vayan de España. Al político nacionalista le interesa sobre todo tener apoyo popular, y eso se logra mejor funcionando dentro del Estado, porque es más fácil protestar que gobernar.

Fuera de España, al pueblo catalán le resultaría muy difícil conseguir unas condiciones de vida mejores que las que tienen las otras regiones españolas.

«Felipe II superó la primera crisis de deuda soberana de la historia»

-¿Qué valoración hace de la figura de Carlos I, un hombre que aterriza en España como un marciano?

-Aterrizó en España con 17 años y acaba muriendo en Yuste, en Cáceres, en 1558. A lo largo de 40 años está continuamente de viaje fuera de España.

Pero en a lo largo de esa vida impresionante llegó a la conclusión que España era su casa, su hogar. También es verdad que si Tiziano no miente en el cuadro, su emperatriz, Isabel de Portugal, era guapísima, aunque se casó con ella sobre todo por los Comuneros.

-Usted cuenta con detalle sus homenajes gastronómicos en Yuste, ¡qué saque!…

-Sí. Era un ser fascinante. Un monarca que tenía una colección de relojes, que era la última tecnología de la época, y el tío se dedicaba a desmontarlos y montarlos. Luego está también la importante movida de los Comuneros, que se podría interpretar casi como una reacción nacionalista castellana frente un rey extranjero.

Dicho en términos taurinos, al principio de su experiencia en España los castellanos lo castigaron con una puya en condiciones, y les ganó con una nobleza y bravura que le resolvió el tema para el resto del reinado.

-¿Qué tal gobernante fue su hijo? No hay película, documental o serie inglesa sobre el tema que no pinte a Felipe II como un incompetente burlado por Isabel I de Inglaterra. Un poco maniqueo, ¿no?

-El hijo fue un gran gobernante y administrador. Siempre es más difícil dominar un imperio que conquistar sus tierras. Fíjate en la Guerra de Irak. El problema no fue la guerra, un gran éxito militar de Estados Unidos, sino que no se preocuparon de ganar la paz. Cuando llega Felipe II tiene que manejar muchas novedades.

Le quieren prestar dinero constantemente, un poco como ha pasado ahora en la España actual. En 1575 se da cuenta de que no puede pagar lo que debe. Fue la primera crisis de deuda soberana de la historia y él, negociando dos años con sus banqueros, consiguió reestructurar esa deuda.

Nunca se había hecho algo así. Además reconoció que no se podía gobernar sin una estructura, virreyes, administradores, adelantados… Su padre no tenía eso, intentó hacerlo como un príncipe potentado del Medievo.

-De todos los personajes que aborda, ¿quién goza de sus mayores simpatías?

-Cervantes, sin duda. Soy un enamorado de él. Me encanta cómo escribe y su ironía, que no sé de dónde la sacó. En España esa ironía, parecida a la inglesa, solo la hay en Sevilla y en Galicia." (Entrevista a Robert Goodwin, ABC, 07/06/15)