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1/9/23

“En EEUU se está restringiendo lo que los profesores de Historia podemos decir y hacer en el aula”... en Historia, las pautas de Florida rara vez incluyen temas de género y sexualidad. Así que desde la AHA emitimos una declaración que planteaba una serie de preguntas: ¿Significa esto que cuando se habla de la Revolución Americana, no se puede mencionar el matrimonio [heterosexual] entre John y Abigail Adams? Los miembros del Consejo de Educación respondieron de forma bastante dramática. “¿Por qué los historiadores intentan sexualizar a los niños?”

 "La guerra cultural de la derecha norteamericana contra las escuelas, las universidades y los profesores de Historia –disfrazada como una cruzada contra los “conceptos divisivos” (como el racismo) y la “teoría crítica de la raza”– no da señales de amainar. Según un proyecto de seguimiento de la Facultad de Derecho de la UCLA, desde septiembre de 2020, “un total de 229 entidades gubernamentales locales, estatales y federales de todo Estados Unidos han presentado 750 proyectos de ley, resoluciones, órdenes ejecutivas, cartas de opinión, declaraciones y otras medidas contra la Teoría Crítica de la Raza”. Mientras tanto, crece la sensación de inseguridad entre las y los profesores. 

Brendan Gillis, historiador colonial de los Estados Unidos y del Imperio Británico, supervisa las iniciativas de enseñanza y aprendizaje de la Asociación Histórica Americana (AHA), que fue fundada en 1884 y, con sus más de 11.000 miembros, es la mayor organización gremial de historiadores profesionales del mundo. Desde su puesto en la AHA, Gillis tiene el ojo puesto en los retos a los que se enfrentan los profesores de historia de todo Estados Unidos. Colabora en la iniciativa “Libertad para aprender” de la AHA, a través de la cual la organización responde a las nuevas leyes y crea recursos para los profesores afectados. Este verano, Gillis ha dirigido el primer taller de desarrollo profesional de la AHA para 40 educadores de secundaria. Hablé con él a finales de julio.

¿Por qué han decidido ofrecer un taller para profesores de secundaria ahora?

Teniendo en cuenta lo tensas que se han vuelto las cosas en el ámbito de la educación y viendo que estas cuestiones han atraído el interés de algunos actores alevosos, pensamos que es importante dar más apoyo a profesores de secundaria y primaria.

¿Actores alevosos?

Es una palabra demasiado fuerte. Digamos que algunos grupos que trabajan para remodelar la política educativa se mueven por agendas que van más allá de lo meramente profesional. Desde luego, la Historia siempre ha sido controvertida, y la forma en que la enseñamos siempre ha tenido una dimensión política. Pero desde 2020, después de la Comisión de 1776 de Trump y la conciencia emergente de que la “teoría crítica de la raza” como concepto de moda podría movilizar energías en un lado del espectro político, la Historia y la Educación Cívica se han convertido en un campo de batalla a nivel nacional. Esto significa que, de repente, hay mucho dinero canalizándose hacia la enseñanza de la Historia. Por supuesto, hay un montón de buenas organizaciones que se centran en equipar a los profesores con las habilidades, el conocimiento y el apoyo que necesitan para hacer su trabajo. Pero también hay otros grupos que dicen ofrecer desarrollo profesional, cuando en realidad pretenden intervenir en las guerras culturales. Existe la sensación en la derecha, y entre algunas figuras intelectualmente conservadoras del ambiente educativo, de que éste es un momento de crisis: que el dominio de lo woke de las escuelas de educación ha ido demasiado lejos y que necesitamos algún tipo de intervención drástica para reconstruir la educación desde cero.

¿Logran tener algún impacto?

En algunos lugares, sí. El ejemplo emblemático quizá sea Dakota del Sur, un estado que acaba de revisar de arriba abajo sus pautas para las asignaturas de Estudios Sociales. Normalmente, estas son normas elaboradas por profesionales: comités de profesores, historiadores y líderes comunitarios. Ahora bien, el año pasado el Consejo Estatal de Educación optó por desechar un borrador revisado que se había desarrollado y examinado durante muchos meses. Contrataron a un consultor, un profesor jubilado de Hillsdale College [una institución notoriamente conservadora], para que reescribiera las normas estatales de Estudios Sociales desde cero. Fue una revisión estructural con enormes implicaciones para los distritos escolares locales, que ahora tendrán que reasignar o reformar a los profesores.

¿Qué cambios ha habido?

Entre otras cosas, las nuevas normas restan importancia a la historia del propio Estado de Dakota del Sur [el tercer estado con mayor proporción de población indígena]. Sin embargo, a pesar de las enormes protestas que se produjeron en las audiencias públicas, en las que todos, desde los sindicatos de profesores hasta las naciones tribales, se manifestaron en contra de las nuevas normas, éstas se acabaron aprobando. Y además, para la tarea de formar a los profesores en estas nuevas normas, el Departamento de Educación de Dakota del Sur ha recurrido a organizaciones conservadoras.

 Yo sabía de las leyes sobre “conceptos divisivos”, pero no me había dado cuenta de que la derecha también tiene el ojo puesto en las pautas. 

La verdad es que las leyes sobre conceptos divisivos han sido en muchos casos el primer frente de la campaña para reformar la educación pública en este país. Las pautas estatales son el frente siguiente. Son importantes porque establecen puntos de referencia para evaluar el aprendizaje de los alumnos en cada asignatura. En Virginia, el Consejo Estatal de Educación intentó llevar a cabo una revisión radical de todo el marco didáctico oficial para Historia y Estudios Sociales. En agosto de 2022, el Consejo rechazó un borrador revisado que había sido elaborado mediante el proceso habitual, democrático e inclusivo. Después, el superintendente de Educación del Estado contrató a un consultor para que elaborara a toda prisa otro marco didáctico, que terminó tomando prestado muchos elementos del marco propuesto por la llamada Civics Alliance bajo el concepto de American Birthright (Patrimonio Norteamericano). En Colorado, una moción para sustituir las pautas para los Estudios Sociales directamente por ese marco conservador fracasó por solo un voto. Algo parecido ocurrió también en Ohio.

¿Cuáles son los límites de lo que la AHA cree que debe o puede hacer, y en qué se diferencia de otras organizaciones que se han opuesto a la nueva legislación, como la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU) o la Asociación Americana de Profesores Universitarios (AAUP)?

Lo que estamos viendo con la legislación de conceptos divisivos, así como los esfuerzos por utilizar las pautas estatales para reorientar la educación pública, no tiene precedentes. Se trata realmente de un esfuerzo por utilizar el poder estatal para restringir lo que los profesores pueden decir y hacer en el aula. Como AHA, queremos asegurarnos de que los profesores tengan la formación, los conocimientos y el apoyo que necesitan para enseñar profesionalmente, para compartir conocimientos históricos y hábitos mentales con sus alumnos, sin interferencias de personas que intentan restringir sus libertades.

 Jim Grossman, director ejecutivo de la AHA, fue uno de los primeros críticos de la legislación sobre conceptos divisivos. Señaló que estas leyes, tal y como están redactadas, harían ilegal parte del trabajo básico que nosotros realizamos como historiadores y educadores. Por ejemplo, el Consejo de Educación de Florida, en un documento en el que explicaba cómo se aplicaba la ley apodada “Don’t Say Gay” (‘No digas gay’) a la educación primaria y secundaria, decía que los profesores desde educación infantil hasta sexto grado no podían decir nada que tuviera que ver con el concepto de la orientación sexual. Pero después de un recurso judicial hubo una revisión, según la cual los profesores sólo pueden abordar los temas de género y sexualidad en contextos en los que las normas estatales lo obliguen expresamente. 

Ahora bien: se da el caso de que, en Historia, las pautas de Florida rara vez incluyen temas de género y sexualidad. Así que desde la AHA emitimos una declaración que planteaba una serie de preguntas: ¿Significa esto que cuando se habla de la Revolución Americana, no se puede mencionar el matrimonio [heterosexual] entre John y Abigail Adams? ¿Está prohibido apuntar que la imagen del presidente Theodore Roosevelt se asociaba con cierta masculinidad robusta? 

¿Cómo contestó el estado?

Los miembros del Consejo de Educación respondieron de forma bastante dramática. “¿Por qué”, tuiteó uno de sus vocales, “los historiadores intentan sexualizar a los niños?” Lo que queríamos decir, por supuesto, no es que se esté tratando de prohibirnos que enseñemos elementos fundamentales de la historia, sino que estas nuevas políticas, interpretadas literalmente, prohibirían a los profesores hacer su trabajo.

 Es posible que muchas de estas leyes contra los “conceptos divisivos” acaben siendo derrotadas en los tribunales. Pero como parte de una guerra cultural más amplia, pueden tener un efecto amedrentador sobre el profesorado. 

Ya lo están teniendo. Los profesores de Florida están muy preocupados, sobre todo los más jóvenes, porque a menudo no saben lo que pueden o no pueden enseñar. La controversia en torno a las nuevas pautas de Historia Afroamericana en las últimas semanas es un buen ejemplo. Mucha gente está más confundida de lo que estaba antes de que se publicaran las nuevas normas. En declaraciones públicas, además, algunos funcionarios de Educación de Florida dejan claro que no les temblará el pulso a la hora de despedir a profesores que no se atengan a las normas. Este ambiente hostil está produciendo efectos notables. La Rand Corporation, por ejemplo, publicó un estudio que encontró pruebas estadísticamente significativas de un efecto amedrentador, especialmente relacionado a los temas de género y raza. Un grupo de investigación de la Universidad de California en Riverside, por otra parte, realizó un estudio similar en el que se documentaba la alarma y la preocupación de muchos profesores por la forma en que la política se cruza cada vez más con el trabajo que realizan. Una de las conclusiones claras es que muchos distritos escolares están dejando de enseñar cualquier tema que pueda causar polémica. La opción más fácil es no enseñar nada que se pueda relacionar con la actualidad.

 Lo que más me sorprende es la desconfianza generalizada hacia los profesores y los historiadores.

Parte del problema, para mí, es que no estamos teniendo suficientes conversaciones que unan a la gente. A veces parece que vivimos realidades distintas. Por ejemplo, ha habido una oleada de proyectos de ley estatales que intentan obligar a las universidades públicas a impartir cursos introductorios de Historia de Estados Unidos que incluyan una serie de documentos fundacionales: la Declaración de Independencia, la Constitución, etcétera. Estas leyes se presentan como una especie de medida punitiva basada en la suposición de que los historiadores y los profesores se niegan a enseñar la historia de Estados Unidos. Pero cualquiera que conozca a un profesor de Historia, sabrá que por lo general nos encanta incluir documentos así. Si algo nos gustaría es tener más tiempo en las aulas para tratar la Revolución, la Constitución y otros documentos fundacionales. Por eso nos parece absurdo que se presenten proyectos de ley estatales insistiendo en que se nos obligue a hacerlo.

Los políticos y los padres no tienen ningún reparo en rechazar el criterio experto.

En Carolina del Norte, el estado no sólo ordenó qué documentos debían enseñarse, sino que además estipuló que estos tenían que evaluarse en un examen final con un formato que nosotros, como educadores, sabemos que es ineficaz en términos didácticos. Ahora bien, cuando el profesorado universitario se opuso al proyecto de ley por este motivo, Fox News recogió la noticia diciendo: “¡El profesorado de Carolina del Norte ya no quiere enseñar la Constitución!”. Por otra parte, me consta que muchos demócratas están convencidos de que los republicanos no quieren enseñar la historia de la esclavitud, cuando la verdad es que muchos republicanos creen que la esclavitud debería formar parte de cualquier curso de Historia.

 O sea, que el desacuerdo es menor de lo que parece.

Si nos fijamos en los datos de las encuestas, en realidad hay mucho más consenso en lo que se refiere a la enseñanza de la Historia de lo que a muchos expertos les gustaría admitir. Lo que nos preocupa, como AHA, es que grupos que operan al margen de ese consenso intenten aprovechar este momento como una oportunidad para promulgar un cambio radical.

¿Hay esperanza?

Lo alentador es que muchos cargos electos están abiertos a lo que tenemos que decir los historiadores profesionales universitarios. En lo que se refiere a la política educativa, hay mucha desconfianza hacia los profesores de primaria y secundaria, pero muchos funcionarios desprecian menos a los académicos. Por eso, si un historiador profesional viene y dice: “Lo que están intentando obligar a hacer a estos profesores de primaria y secundaria es imposible”, le escucharán mejor que a los propios profesores. Si hay algo que estoy predicando ahora mismo, por tanto, es la solidaridad. En muchos contextos, los profesores de primaria y secundaria se sienten muy presionados, pero muchos aliados potenciales están demasiado callados. Podemos hacer mucho para apoyarnos mutuamente y preservar la integridad profesional básica de nuestro trabajo frente a los esfuerzos autocráticos por interferir en lo que hacemos en el aula."                (Sebastiaan Faber   , CTXT, 29/08/2023)

31/1/23

El "síndrome de Estocolmo" de Europa con respecto a Estados Unidos

 "Un 23 de agosto de 1973 fue asaltado un banco de Estocolmo por un atracador que, al verse descubierto por la policía, se encerró en el banco, con un pequeño grupo de rehenes, entre los que estaba una joven de veintidós años llamada Kristin Ehnmark. Pasaban los días y Kristin se fue identificando con el secuestrador y poniéndose de su parte. Kristin criticó a la policía, le pidió a otro rehén que se dejara disparar en una pierna para que la policía creyera que el secuestrador iba en serio -el tiro, finalmente, no se produjo- y llegó a discutir con el primer ministro sueco, por teléfono, defendiendo que el secuestrador "era bueno" y que tenían miedo de que un ataque policial "causara su muerte".

 Un año después, un periodista de la revista New Yorker entrevistó a parte de los secuestrados y encontró que todos ellos seguían manteniendo una actitud indulgente hacia el secuestrador, tanto, que sus respuestas contenían gratitud hacia él, como si "le debieran la vida". El jefe negociador con los asaltantes, Nils Bejerot, llamó 'síndrome de Norrmalmstorg' [Plaza de Normalm] al proceso psicológico que llevó a los rehenes a identificarse con su captor, a pesar del peligro que corrían. Después, el proceso psicológico de identificación de la víctima con el victimario pasó a llamarse "síndrome de Estocolmo".

En junio de 1944 se produjo el desembarco angloestadounidense en las playas de Normandía. Ningún otro episodio de la II Guerra Mundial ha sido tan insistentemente conmemorado, alabado, homenajeado y jaleado de mil formas, desde el cine a los discursos. A tal punto ha sido glorificado, que ese desembarco ha quedado, en el imaginario colectivo europeo occidental, como 'el' episodio que decidió la II Guerra Mundial, de lo que resultaba que EEUU había ganado la guerra y salvado a Europa, de los nazis (y de los soviéticos). Poco ha importado, en ese imaginario, alimentado interesadamente desde el otro lado del Atlántico, que el llamado Día D tuviera, realmente, un impacto menor en el desarrollo de la guerra. Para ese junio de 1944, el Ejército Rojo había destruido el espinazo del ejército nazi, de Stalingrado a Kursk.

Porque, entre julio y agosto de 1943, en Kursk, se enfrentaron tres millones de soldados, 6.000 tanques y 5.500 aviones, en una de las mayores batallas de la historia mundial, con victoria contundente del Ejército Rojo. En Normandía, unas 7.000 embarcaciones transportaron a 156.000 soldados. Pero será en Kursk, a 640 kilómetros al sur de Moscú, donde la Wermacht fracasó en su intento de infligir una derrota definitiva al Ejército Rojo.

La victoria soviética permitió lanzar una ofensiva abrumadora sobre Alemania. En junio de 1944, la Operación Bagratión terminó con la mayor derrota militar de la historia alemana. Cerca de medio millón de soldados germanos perecieron y el Cuerpo Central de la Wermacht fue destruido. Berlín estaba a un paso. El 12 de enero, el Ejército Rojo penetró en Alemania, mientras las fuerzas anglo-estadounidenses habían sido detenidas en las Ardenas, en Bélgica. A finales de enero, millón y medio de soldados soviéticos empezaban a desplegarse en torno a Berlín. El 2 de mayo de 1945, el general Weidling rindió Berlín ante el mariscal soviético Zukov.

Esa es la historia real. La contada es otra. Llegó el Séptimo de Caballería, desembarcó en Normandía y los invencibles herederos del general Custer derrotaron a la Alemania nazi y liberaron Europa. Luego trajeron zurrones cargados de dinero -el Plan Marshall- y cantidades infinitas de bienes -las futuras multinacionales- y la libertad y el bienestar brillaron en la Europa Occidental gracias a la generosidad infinita del tío Sam. En 1947, el tío Sam garantizó la seguridad de la temerosa Europa creando la OTAN y pasaron, europeos occidentales y 'americanos', a ser felices comiendo perdices sobre cañones. El cuento de hadas, como todos los cuentos, tiene otra lectura, que devuelve el sueño a la realidad, y, ya saben, mala cosa es confundir sueños con realidades. Aquí la otra lectura.

Ningún país del mundo se ha beneficiado tanto de las debacles europeas como EEUU. Durante las guerras napoleónicas, la movilización masiva de campesinos dejó desiertos los campos y las potencias en guerra estaban urgidas de alimentos. En EEUU se dieron prisa en llenar el hueco y pasaron años vendiendo todo lo vendible a la Europa en guerra. Los beneficios fueron tan altos que sembraron las bases del prodigioso crecimiento económico durante el siglo XIX. Hubo otro beneficio indirecto: la pobreza y las hambrunas que dejo la guerra obligaron a millones de europeos a emigrar a EEUU, país básicamente despoblado, que recibió a unos diez millones de parias en poco menos de veinte años. Con los emigrantes europeos llegaron nuevas tecnologías, nuevas ideas y mano de obra abundante, barata y dispuesta a hacer cualquier cosa. Un chollo.

No obstante, mayor fue el regalo que significó para EEUU la Primera Guerra Mundial (IGM). Con las grandes potencias autodestruyéndose, EEUU se aplicó a comerciar con los dos bloques en lucha, obteniendo beneficios astrales. No entró en guerra hasta meses antes de final del conflicto, por la presión desesperada del Imperio Británico, al que la guerra estaba desangrando humana, comercial y económicamente. Hasta ese momento, el comercio con el bloque británico había pasado de 824 millones de dólares en 1914 a 3.215 millones de dólares en 1916. Sus ventas a las potencias centrales -Alemania, sobre todo- pasaron de 169 millones a 3.214 millones en el mismo periodo.

Las tropas de EEUU entraron en Francia en junio de 1918 y Alemania, agotada y sin reservas, se rindió en noviembre de ese año. EEUU combatió únicamente cuatro meses y perdió en total menos soldados que Francia o Alemania en una única batalla. De 115.000 muertos estadounidenses sólo 50.000 lo fueron en combate. El resto murió por enfermedades. Europa quedó en ruinas y endeudada con EEUU. El negocio, para este país, fue tan pingüe que su PIB pasó de 33.000 millones de dólares en 1914 a 72.000 millones en 1920. Un incremento del 120% en apenas seis años. Desde su hegemonía económica, EEUU manejó a su antojo la Conferencia de Versalles, que condenó a Alemania a la ruina más total. En esa conferencia, guiada por el odio a lo germano, se gestó la Segunda Guerra Mundial (IIGM). Por lo demás, los soldados estadounidenses llevaron a Europa la mal llamada gripe española, que contribuyó a agravar todavía más el colapso europeo.

La Segunda Guerra Mundial obligó a EEUU a realizar un esfuerzo mayor y más temprano, pero, aun así, le dejó más beneficios que la primera. Fue cosa que la guerra estallara para que su producción industrial aumentara un 20%. En abril de 1940, EEUU había superado el nivel existente en 1929, cuando la Gran Depresión. Al concluir el conflicto, los muertos de EEUU sumaron un total de 404.399 soldados (cifras oficiales), menos de la mitad que las bajas soviéticas en Stalingrado. Era, además, era el único país beligerante cuyo territorio no había sufrido ningún daño. Merced a la destrucción europea, la marina mercante estadounidense representaba el 66% del tonelaje mundial y su superávit comercial era, en 1945, de 40.700 millones de dólares. Para que se haga una idea, un dólar de 1940 equivaldría a 20 dólares de 2022. Es decir, el superávit era de unos 800.000 millones de dólares actuales.

Europa, en cambio, estaba destruida. La producción industrial había descendido un 40% y la agrícola hasta un 50%, además de estar los países ahogados en deudas. El Plan Marshall acrecentó la riqueza de EEUU y, ciertamente, permitió a los beneficiarios levantarse, pero ese plan -empréstitos, en la realidad- fue pagado religiosamente por los europeos. Era negocio, no caridad (de ahí que el PIB per cápita medio en Europa fuera de 5.013 dólares, por 27.331 el de EEUU). Con el Plan Marshall llegaron las empresas estadounidenses, en lo que fue el acta de nacimiento de las transnacionales. Y con el plan Marshall llegó la OTAN, organización que tradujo a términos militares la hegemonía política y económica de EEUU.

La IIGM dejó a EEUU como amo y señor de Europa Occidental, como la Gran Guerra lo había reconvertido en la mayor potencia industrial del mundo. Como afirmaría el economista canadiense John Kenneth Galbraith, "Ningún país de los tiempos modernos surgió de una guerra en unas circunstancias económicas tan felices como EEUU en 1945". Tanto que, en 1950, EEUU poseía el 50% del PIB mundial, algo nunca visto en la breve historia del tiempo humano. Europa Occidental, en cambio, quedaba supeditada en todo a las políticas de EEUU. Si bien las raíces se remontaban a la IGM, la dependencia de Europa Occidental respecto a EEUU se crea en el marco de la Guerra Fría, y esa dependencia (repetimos, política, comercial, económica, militar e ideológica) se hizo patológica. La UE se convirtió en gallinero.

¿Ha cambiado eso en 2022? Sí, para peor. Le dejamos unos datos para que saque, el inteligente lector, las conclusiones que desee. El gallinero enfrenta una crisis energética sin -casi- solución, que EEUU aprovecha para venderle su gas a cuatro o cinco veces el precio de febrero pasado. La histeria armamentista deja un claro y total vencedor: el complejo militar-industrial de EEUU. El imperio está arrastrando al gallinero a la guerra con China; si hay guerra, el gallinero colapsará (Alemania la primera), pues la relaciones económicas con China son vitales para la UE, como vital es el gas ruso.

EEUU arrebató sus tierras a los indígenas y a México y se enriqueció con la esclavitud de los negros. Eso se conoce bien. Menos se conoce que el dinero líquido, fresco, dinero en cantidades ingentes, astronómicas, ha salido de Europa, ordeñada en cada guerra y conflicto por EEUU. A EEUU no le interesa el gallinero. Solo su dinero. El euro ha colapsado (el rublo no) y está a la par del dólar. Con pingües beneficios para EEUU, pues gas y petróleo se pagan en dólares, como centenares de bienes más. Esto quiere decir que al aumento del precio de los combustibles hay que agregarle un 20% extra, pues hasta hace pocas semanas se pagaban 1.20 dólares por un euro. ¿Lo capta?

Pero, atentos al hecho. En este siglo XXI no hay el binomio Europa/EEUU dominando el mundo. Hay otro mundo, plural, multipolar, industrial, esperando su oportunidad. Son China, Rusia, India, Indonesia, Irán, Brasil, Sudáfrica... En ese mundo la UE cuenta poco, cuenta nada. Su síndrome de Normandía puede acelerar su fin, pues la sumisión patológica a EEUU le ha llevado a renunciar a defender sus intereses.

Así, por ejemplo, EEUU tiene sus propias y autosuficientes fuentes de energía mientras que Europa carece de ellas. EEUU cobrará los miles de millones de euros que se paguen demás por el gas, el petróleo y las armas estadounidenses y, con ello, seguirá el trasvase de dinero fresco del gallinero europeo a los bolsillos del tío Sam. EEUU gana, la UE pierde. Una Europa cautiva que agradece su cautiverio e, incluso, se presenta dispuesta a morir por su captor, aunque ese captor jamás arriesgaría su seguridad por este triste gallinero envejecido y ciego.

El cine de Hollywood ha hecho el resto, con el bombardeo audiovisual de una industria que ha tenido lazos históricos directos con la CIA y el Pentágono. Fue así que surgió y se creó en Europa Occidental la visión de EEUU como una superpotencia inmortal que todo lo puede. EEUU es Superman, Batman, Spiderman, Aquaman... El análisis político se ha hecho obediencia ciega. En el inconsciente europeo quedó grabada la imagen del Día D y de un país que, en cualquier momento, puede llenar de suministros y armas a la Europa Occidental. El mito de todos esos superhéroes hecho síndrome, el síndrome de Normandía. Como el de Estocolmo, pero a nivel de plaga de zombis. Y, ya saben, esos muertos vivientes terminan, en las películas, muriendo todos. Tampoco se equivoquen. No habrá otro Séptimo de Caballería. Está ocupado con China. 'Happy end'."                      

(Augusto Zamora R. , Exembajador de Nicaragua en España, La Haine, 29/07/22)

15/10/21

Ana Iris Simón: La Hispanidad es una familia extensa, humilde y rural... la Hispanidad es hoy periferia del mundo... millones de hispanos entretejidos por una lengua, una cosmovisión y unos valores... cuando me anunciaron que iban a traducir el libro al alemán pensé en cómo creo que ellos lo mirarán con ojos de exotismo y no de vivencia aunque compartamos moneda y pasaporte

 "Siempre digo que aprendí a leer dos veces: la primera, con seis años, me enseñó mi profesora Rosa en el colegio. La segunda, ya en el instituto y con 16, fue Julio Cortázar. En su Rayuela descubrí, como tantos adolescentes, una nueva forma de mirar al mundo y de estar en él, pero sobre todo una nueva manera de narrarlo.

Mis años de la ESO suenan al llanto de Rocamadour, a fiesta en Macondo y al silencio de la Biblioteca de Babel, porque después de Cortázar vinieron García Márquez y Borges, Carlos Fuentes y Vargas Llosa. Leyendo a los del lado de allá descubrí la belleza de una lengua que partió del lado de acá hace más de medio milenio.

Después de leerlos mucho, el año pasado, publiqué mi primer libro y lo hice con pena porque mi yo niña nunca tendría la gracia de los críos de Formas de volver a casa de Zambra. Y han sido muchas las sorpresas que me he llevado desde entonces, porque la generosidad de los lectores es infinita, pero uno de los mensajes que más ilusión me ha hecho en todo este tiempo llegó hace unos días y desde muy lejos. Lo firmaba una muchacha llamada Génesis que desde Masaya, en Nicaragua, me contaba que, “aunque nos separaba un océano” se había sentido “muy hermanada conmigo” al leer mi relato.

A mí me emocionó leerla a ella y en mi soberbia me sentí muy orgullosa por haber conseguido hacer universalizable un relato repleto de mancheguismos y que habla de una infancia entre paredes encaladas en blanco y añil. Pero, releyendo su mensaje, me daba cuenta de que el tanto no lo había marcado mi pericia relatora sino la realidad. De que nos separa, en efecto, un océano, pero nos unen una cultura y unos valores, nuestra querencia por los vínculos fuertes y nuestra manía de anteponer —aún y menos mal— lo afectivo a lo productivo.

Génesis no había empleado el término “hermanada” en vano, pensaba, y pensaba también en la sorpresa que me llevé cuando me anunciaron que iban a traducir el libro al alemán y en cómo creo que ellos lo mirarán con ojos de exotismo y no de vivencia aunque compartamos moneda y pasaporte. Como los Simones de mi libro, la Hispanidad es una familia extensa, humilde y rural que entiende poco de la realidad tecnificada y acelerada que quieren imponerle los que no son capaces de ver ya lo sagrado del mundo. Como La Mancha de mi relato, la Hispanidad es hoy periferia del mundo.

En el encabezado de su mensaje Génesis me preguntaba que dónde estaba enterrado el tío de mi madre, porque en el libro hablo de él. Era escolapio y murió muy joven durante una misión en Nicaragua en los ochenta. Y ella quería llevarle flores décadas después. Pueda finalmente hacerlo o no, su gesto encierra, además de un tremendo amor, la evidencia de que la Hispanidad no es solo un capítulo en nuestros libros de texto y la razón por la cual discutimos cada 12 de octubre. 

Que no se escribe solo en pasado, sino que cose en presente a millones de hispanos entretejidos por una lengua, una cosmovisión y unos valores. Que es la culpable de enseñarle a tantos adolescentes a lo largo y ancho del globo su propia lengua de ida y vuelta a través de la mejor literatura. Y de que, a miles de kilómetros de su familia de sangre, alguien le lleve un ramito de flores a la tumba del misionero que se dejó la vida en el lado de allá."              (Ana Iris Simón , El País, 09/10/21)

13/10/21

La celebración de la fiesta nacional es una práctica común en todos los países del mundo que sirve para afirmar la pertenencia a una comunidad a través de un hecho histórico mayor. No cabe ninguna duda de que el descubrimiento de América lo fue, no solo para España, sino para la humanidad entera... La elección del 12 de octubre como fiesta nacional, que no es una herencia del franquismo, sino que fue decisión del Gobierno de Felipe González en 1987, no pretende exaltar ninguna conquista violenta, sino que se justifica porque simboliza un momento histórico fundacional a finales del siglo XV... Hay que huir siempre de los excesos patrióticos, pero tampoco podemos caer en el extremo contrario ni olvidar el sentido de la continuidad histórica, lo cual nos obliga a ser críticos con nuestro pasado, pero sin asumir culpas por hechos que caducaron hace siglos y de los que ya no nos podemos sentir responsables

 "Puesto que mañana es 12 de octubre, que no solo es el día del Pilar, sino también Fiesta Nacional de España y de la Hispanidad, vale la pena hacer alguna reflexión con el ánimo de contribuir a quitarnos de encima algunos absurdos complejos, los mismos que, por ejemplo, ahora mismo nos impiden mostrarnos orgullosos de que nuestro país figure entre los primeros del mundo en la campaña de vacunación contra la Covid. Es un éxito del sistema público salud y sus profesionales, pero también de la sociedad española en su conjunto, en la que no ha habido un rechazo significativo hacia las vacunas.

 En cambio, solo que hubiéramos estado por debajo de la media europea, nos lo estaríamos reprochando cada día. Sin duda en España hay muchos problemas de los que avergonzarnos, pero si nos mostráramos un poquito más orgullosos de lo que somos y de nuestras fortalezas, nos iría todo mucho mejor.

 La celebración de la fiesta nacional es una práctica común en todos los países del mundo que sirve para afirmar la pertenencia a una comunidad a través de un hecho histórico mayor. No cabe ninguna duda de que el descubrimiento de América lo fue, no solo para España, sino para la humanidad entera.

 Solo hay que pensar en el importantísimo intercambio de alimentos entre ambos continentes. En Europa, la dieta mejoró extraordinariamente gracias a la patata, el tomate, el maíz, el pimiento, la calabaza o el pavo, por no hablar del chocolate o la vainilla. La comida que llegó de América evitó no pocas hambrunas.

 La elección del 12 de octubre como fiesta nacional, que no es una herencia del franquismo, sino que fue decisión del Gobierno de Felipe González en 1987, no pretende exaltar ninguna conquista violenta, sino que se justifica porque simboliza un momento histórico fundacional a finales del siglo XV.

 Por un lado, la aventura americana no se entiende sin la construcción del Estado moderno en España a partir de nuestra pluralidad y de la integración de los diversos reinos en una misma monarquía. Sin la unión entre las coronas de Castilla y Aragón, no cabe duda de que América se hubiera descubierto igualmente por parte de los europeos, pero todo hubiera sucedido de otra manera. Y, por otro, es una efeméride con la que nuestro país inicia su proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos, cuya relevancia llega hasta hoy.

Hay que huir siempre de los excesos patrióticos, pero tampoco podemos caer en el extremo contrario ni olvidar el sentido de la continuidad histórica, lo cual nos obliga a ser críticos con nuestro pasado, pero sin asumir culpas por hechos que caducaron hace siglos y de los que ya no nos podemos sentir responsables. En realidad, hoy la hispanidad nos habla más de España que de América."             (Joaquim Coll, 20Minutos, 11/10/21)

11/10/21

El 12-O, entre la demagogia y la banalización... el colonialismo es una de las grandes vergüenzas de la historia... La expansión colonial en América y África fue probablemente también, una fatalidad de la historia, determinada por la necesidad de expansión del naciente capitalismo europeo... Resulta difícil, aunque quizá no sea imposible, pensar en que pudiera haberse dado una situación diferente... anque los ejemplos más claros de genocidio se dieron más claramente después de la independencia de las repúblicas americanas... Un ejemplo sobre el que nos ha ilustrado largamente Hollywood, sería el «Go to West» en los Estados Unidos, o en Argentina... y desde luego, durante el siglo XX ha habido bastantes, como el nazi o el armenio...

 "Salvo error, quien construyó la primera pila atómica y consiguió la consiguiente pionera reacción nuclear en cadena fue el físico italiano Enrico Fermi. ¿Se le podría considerar en consecuencia culpable de los muertos en Hiroshima y Nagasaki? La asociación entre ambos hechos podría parecer forzada, por diversas razones, que sería prolijo revisar. Ahora bien, no […]

Salvo error, quien construyó la primera pila atómica y consiguió la consiguiente pionera reacción nuclear en cadena fue el físico italiano Enrico Fermi. ¿Se le podría considerar en consecuencia culpable de los muertos en Hiroshima y Nagasaki? La asociación entre ambos hechos podría parecer forzada, por diversas razones, que sería prolijo revisar. Ahora bien, no lo es mucho más que los argumentos esgrimidos por sectores soberanistas, y afines, incluyendo la primera edil de Barcelona Ada Colau, en vísperas del 12-O de 2015, al identificarlo con el inicio del supuesto genocidio de los pueblos indígenas americanos. Supongo que este año vamos a tener más de lo mismo, a tenor de la propuesta de la CUP de demoler el monumento a Colón del puerto de Barcelona. Buen comienzo.

Claro que con la iglesia han topado. Los de «Nova Història» han puesto el grito en el cielo, ya que es cosa sabida que «Cristòfor Colom fou català», como reza un panfleto que circula desde hace ya bastantes años. También peligra la estatura de Antonio López que, como su cuñado Güell, mecenas de Gaudí, hizo fortuna al parecer con el tráfico de esclavos. Pero con Güell no se meten; quizá porque no se llamaba López. Y puestos a hacer, queda pendiente otro monumento de un racista, el del Dr. Robert. Claro que como él lo que intentaba demostrar era que los catalanes eran de una raza superior a la de los españoles, no se le tiene en cuenta.

Veamos. Empecemos por el sustantivo «descubrimiento». Estoy bastante de acuerdo en que calificar el 12-O así, es en gran medida impropio. De manera más o menos fortuita, debió haber bastantes europeos que cruzaron el Atlántico antes que Colón. O quizá asiáticos por el Pacífico. También es impropio en la medida en que el almirante estaba convencido de haber alcanzado las costas de Cipango (Japón). El verdadero «descubrimiento» fue la evidencia de que la circunferencia terrestre era mucho mayor de lo que se había asumido, ya que la existencia de América alejaba necesariamente Europa de Asia.

Sea cual fuere el tipo de descubrimiento, el resultado fue la colonización de todo un continente por diferentes monarquías europeas, no solo la Hispánica. Y no creo que haya desacuerdo en considerar globalmente el colonialismo como una de las grandes vergüenzas de la historia.

Ahora bien, colonialismo no implica irrevocablemente genocidio sino, en cierta manera, algo totalmente contrario. En principio, al colonialista lo que interesa es sacar el máximo provecho de los recursos naturales, mediante la consiguiente explotación de la mano de obra nativa, sin interés especial en exterminarla. Y cuando esa mano de obra resulta insuficiente, por una u otra causa, se busca otra. Caso típico, el tráfico de esclavos de África a América. Las enfermedades introducidas por los europeos habían mermado considerablemente la población amerindia. Pero no tengo noticias de que en el siglo XVI haya habido Mengeles que les inocularan a los indios la viruela, por ejemplo, para exterminarlos. Las jornadas extenuantes a que estaban sometidos los mineros del Potosí boliviano, por ejemplo, se pueden calificar de crueles y despiadadas, pero no son propiamente un genocidio, en el sentido de cómo se estableció el concepto (voluntad de exterminio), como veremos enseguida.

Otro ejemplo, el «Estado Libre del Congo» de Leopoldo II. El rey de los belgas no estaba interesado en matar negros, sino en sacar el máximo provecho de su trabajo esclavo, para pagarse las francachelas. Asimilar explotación, colonial o no, a genocidio, nos llevaría a calificar también como tal el capitalismo llamado manchesteriano. ¿O es que vamos a ser más laxos al juzgar lo descrito por Engels que lo que denunciaba Bartolomé de las Casas? Que por cierto según «Nova Història» era también catalán y se llamaba Casaus. Sobre Engels, todavía no se han pronunciado.

El error se prolonga cuando se asocia exclusivamente la idea de colonialismo y sus víctimas a pueblos no europeos. Como ha demostrado más de un historiador, los primeros en experimentar las consecuencias de la aventura colonial fueron los europeos, digamos, periféricos.

Veamos el caso inglés. Roma somete a la población celta. Cuando el Imperio retira sus legiones, los anglosajones arrinconan a los celtas en los confines occidentales, Gales y Cornualles. Luego, después de Hastings, son los normandos los que feudalizan el país, desposeyendo a los sajones de sus derechos y propiedades. El sojuzgamiento del espacio celta prosigue en Irlanda.

En el este europeo, son los Caballeros Teutónicos los que colonizan, a costa de los pueblos bálticos y eslavos.

Podemos encontrar situaciones no muy diferentes en nuestro entorno inmediato. Por ejemplo, la expansión mediterránea de la Corona de Aragón, con las «gestas» almogávares en Grecia o la conquista de Cerdeña (¿por qué fue necesario repoblar L’Alguer?). También la Reconquista, en sentido global, tema válido para todas las coronas ibéricas. Un ejemplo.

El 9 de octubre de 1238, Jaime I entraba en Valencia. En realidad la ciudad se había rendido el último día de setiembre. El retraso se debió a la necesidad de expulsar la población musulmana, a fin de distribuir sus hogares entre los conquistadores. ¿Fue mejor o peor la suerte de los musulmanes de las Baleares, muchos de ellos vendidos como esclavos? ¿No se asemeja más esto a lo que hoy llamamos genocidio, que hechos aludidos anteriormente? Será casualidad pero, hasta el momento, nunca he visto que en los círculos nacionalistas cunda el mismo nerviosismo cuando se acerca el citado 9 de octubre, o el 31 de diciembre (conquista de Mallorca), como ocurre en las vísperas del 12-O.

No creo que ningún historiador digno del calificativo acepte simplificar el fenómeno del colonialismo calificándolo de genocidio. Cuestión aparte son determinados hechos puntuales que pueden llegar a calificarse como tal, por características muy específicas. Es el caso de las situaciones de colonización unidas a la introducción de una población ajena, que exige «vaciar» previamente el espacio. Curiosamente, y volviendo al caso americano, los ejemplos más claros de dicho proceder se dieron más claramente después de que se hubiera obtenido la independencia. Un ejemplo sobre el que nos ha ilustrado largamente Hollywood, sería el «Go to West» en los Estados Unidos. Pero hay otros que nos son culturalmente más cercanos. Por ejemplo, Argentina.

La ocupación de las tierras aborígenes del sur, con los consiguientes perjuicios para sus habitantes, comienza no mucho después de la independencia, de la mano de Juan Manuel de Rosas. Culmina con la llamada «campaña del desierto» de Julio A. Roca. En ambos casos el proceso se lleva a cabo en beneficio de las familias criollas, las llamadas «patricias», ya que les permite pasar a poseer enormes latifundios. Me gustaría saber si interpreta de igual manera la cuestión cierto «lobby» argentino establecido en Barcelona con, sospecho, unas más que probables raíces en el peronismo de izquierdas, dado que todo el justicialismo siempre ha sido ardientemente rosista.

Tampoco fue genocidio el idealizado sistema patriarcal de las reducciones jesuíticas, pero sí el exterminio de la etnia tupí-guaraní, especialmente en Brasil, cuando aquellas desaparecieron, cosa que tuvo lugar ya después de la independencia. En prácticamente todas las repúblicas sudamericanas se ha producido el mismo fenómeno: la «leyenda negra» de la colonización (ya de por si suficientemente negra) ha sido una construcción de un sector de la oligarquía criolla, los mismos que en muchos casos llevaron a cabo la política de expansión territorial para el asentamiento de los inmigrantes europeos y que, durante 200 años de independencia, han mantenido segregada a lo que quedaba de la población amerindia.

Se cuenta que Vicente Blasco Ibáñez, en una visita a un país sudamericano, tuvo que aguantar de un criollo una larga retahíla sobre las barbaridades que los conquistadores habían llevado a cabo. Su respuesta fue, más o menos, la siguiente: «Eso lo debieron hacer sus antepasados, porque los míos se quedaron en España».

La expansión colonial en América, y luego África, fue sin lugar a dudas una vergüenza, como ya he dicho antes, pero probablemente también una fatalidad de la historia, determinada por la necesidad de expansión del naciente capitalismo europeo y el atraso tecnológico de los pueblos nativos, en ambos continentes. Resulta difícil, aunque quizá no sea imposible, pensar en que pudiera haberse dado una situación diferente

Recordemos además que la idea de genocidio es relativamente nueva. Fue establecido por el jurista Raphael Lemkin, judío polaco emigrado a Estados Unidos, en 1944, con la siguiente definición: » La puesta en práctica de acciones coordinadas que tienden a la destrucción de los elementos decisivos de la vida de los grupos nacionales, con la finalidad de su aniquilamiento» . La consecuencia es que se aplica el calificativo de forma retroactiva, a situaciones en un pasado más o menos lejano.

Durante el siglo XX ha habido bastantes casos que, desgraciadamente, se pueden calificar sin titubear como genocidio. La más evidente, por supuesto, es el exterminio nazi contra judíos y romaníes, o incluso homosexuales, aunque en este caso el apelativo de «grupo nacional» no sería aplicable, de tal manera que quizá la definición original resulte insuficiente. El otro gran genocidio en la misma centuria es el de los armenios y cristianos asirios, emprendido hace un siglo por los Jóvenes Turcos, eficazmente ayudados por la población kurda, muy idealizada por cierta izquierda. Y también tuvo visos genocidas la acción del ejército japonés en China en la década de 1930. Recuérdese la toma de Nankín.

Hace ya más de 50 años Hanna Arendt teorizó sobre la banalidad del mal. En el tema que se aborda, asistimos a una banalización terminológica muy peligrosa, ya que vacía de contenido los conceptos correspondientes. Cuando a un mero reaccionario se le califica de «fascista», se le está lavando la cara al fascismo, y lo mismo se hace con la Shoa, cuando se califica como genocidio algo que no lo es. Un análisis de los acontecimientos históricos implica documentarse en aras del máximo rigor conceptual, no ir por la vida de fetichista de fechas o hechos. Y en el caso concreto que aquí se trata, supone distinguir explotación, en sus diversos grados de crueldad y brutalidad, del puro fanatismo asesino.

No creo en la casualidad cuando veo que año tras año, cuando se acerca el 12-O, sea en Cataluña donde aparecen los elementos más radicales de ese sesgo demagógico con el que se juzga la colonización americana. Desengañémonos, en diversos ámbitos del nacionalismo catalán, el hecho de que la supuesta «lengua opresora» tenga la importancia que tiene, molesta en grado sumo. Cuando lo normal sería felicitarse de que los hablantes de una lengua minoritaria tengamos acceso, en nuestra condición de bilingües, a todas las ventajas que supone una de los pocos idiomas de carácter mundial. El terreno ha estado abonado por supuesto durante años por la historiografía nacionalista, reflejada convenientemente en el día a día. Sería interesante, por ejemplo, estudiar el fenómeno en la enseñanza, especialmente en el ámbito de las ciencias sociales.

En realidad, es pura hipocresía. Cuando oigo determinadas voces que reclaman una escuela con solo catalán e inglés, me pregunto cuántos de nuestros industriales, incluidos los del «Cercle Català de Negocis», la patronal independentista, estarían dispuestos a renunciar a las ventajas que supone hablar castellano, para penetrar en el jugoso mercado latinoamericano. Quizá los que están fuera del juego. Al fin y al cabo, la inmersión no funciona en las escuelas de élite."                   (Rebelión, 08/10/21)

8/10/21

El populismo historiográfico como problema y síntoma del presente. No solo se politiza la historia, también se la moraliza. En estos discursos abundan los “buenos” y “malos” y se intercalan juicios de valor. Con ello fomentan maniqueísmos que favorecen la polarización e intolerancia... los gobiernos, los movimientos de todo tipo e incluso las personas individuales han sentido la tentación de legitimarse y reafirmarse desde la “autoridad del pasado”... lo más distante pueda ser lo más próximo y presente a nivel emotivo o político... las leyendas negras denunciadas por los nacionalismos son justamente creaciones que proceden en gran medida de otras historiografías nacionalistas y que, al mismo tiempo que se las combate, no se las deja de imitar... las utopías propugnadas en la actualidad no residen tanto en el futuro como en el pasado, pues este se ha convertido ahora mismo, en tiempos de posverdad, en un espacio mucho más manipulable que un futuro poco promisorio

 "La importancia de la historia para la política viene de antiguo. También, naturalmente, las tentaciones de instrumentalizarla. De ahí que se convierta en un terreno de persistente politización y proliferen visiones sesgadas y presentistas del pasado. Además, como se comprueba actualmente, estas visiones son muchas veces las que más éxito tienen, no solo en ventas o público, sino también a nivel político. 

En buena medida, eso se explica por el auge de relatos históricos que incurren en lo que podríamos llamar “populismo historiográfico”, el cual se caracteriza por propagar explicaciones sesgadas del pasado cuyo éxito en buena medida descansa en saber servirse de recursos populistas que colisionan con una investigación académica a la que se enfrentan o suelen desdeñar e incluso desacreditar en público.

Lo curioso es que esto ocurre en una época en que, con sus limitaciones, el nivel de la investigación histórica tanto en España como en el extranjero es en realidad muy elevado. La paradoja contemporánea es que en el momento en que la calidad de esa investigación se encuentra en un gran momento de su existencia, cuando tantos libros buenos hay para conocer y matizar desde diversos ángulos lo acontecido en el pasado, es también cuando proliferan best-sellers de historia que se refugian en perspectivas más sesgadas y pragmáticas que omiten o desconocen el estado de esas investigaciones y propagan tesis hace tiempo refutadas; tesis que, más deformadas aún, se repiten, amplifican y circulan abundantemente por los medios o las redes.

 Ciertamente, se debería hablar aquí de las dificultades de la academia a la hora de divulgar los progresos alcanzados, que se explican por factores como el exceso de especialización, la tendencia a encerrarse en los círculos académicos, la difícil legibilidad de muchos de sus textos, un publish or perish materializado en papers solo leídos por especialistas o una precariedad que dificulta una divulgación tan importante y necesaria como poco valorada para medrar en la universidad. Todo eso influye en la progresiva pérdida de presencia de los historiadores en la esfera pública.

Sin embargo, el auge del populismo historiográfico no solo deriva de los errores o limitaciones de “la academia” –una palabra problemática pues no pocas grandes contribuciones a la historia se han hecho con rigor desde fuera de los ámbitos universitarios, mientras que dentro también se han escrito obras muy cuestionables–. Los mismos requisitos y virtudes ideales de la investigación histórica (imparcialidad, desapasionamiento, consulta de fuentes de todos los bandos, problematización y tratamiento crítico de los documentos, evitación en la medida de lo posible de anacronismos y del presentismo, no generalización, cautela a la hora de sacar conclusiones…) dificultan que sus libros puedan ser altamente populares. Y es que uno de los clásicos problemas de la historia ha sido la gran atracción que siempre ha suscitado. Por ello, continuamente, los gobiernos, los movimientos de todo tipo e incluso las personas individuales han sentido la tentación de legitimarse y reafirmarse desde la “autoridad del pasado” y, con ello, de ahormarlo a los intereses del presente desde una historia oportunamente distorsionada.

 Si bien este populismo historiográfico es una categoría transversal, también hay que decir que encuentra un acomodo más fácil en los nacionalismos (europeos o no europeos y se reconozcan como tales o no). Sin embargo, y pese a que haya importantes elementos en común y la nación no sea entonces más que otro rostro de ese pueblo al que se dirige, no se lo debería identificar con el nacionalismo historiográfico. No pocos libros de historia influidos por el nacionalismo no pretenden venderse como best-sellers ni siguen necesariamente el modus operandi populista. De facto, muchas obras de “la academia” no son totalmente ajenas a unas influencias políticas entre las cuales también están las nacionalistas. Precisamente porque el populismo historiográfico es transversal puede darse en cualquier movimiento político, y sin duda los usos populistas del pasado no son privativos ni exclusivos de ninguna ideología. En verdad, es menos importante qué se defiende que el cómo, aunque ambas cuestiones no se desliguen con facilidad y la nación haya sido y siga siendo una fórmula históricamente muy exitosa a la hora de construir un nosotros político. El populismo historiográfico es en tales casos la forma más eficaz, mas no la única, que asume hoy en día el relato histórico nacionalista.

Por otro lado, el populismo historiográfico tampoco es lo mismo que el revisionismo. A menudo ciertamente revitaliza tesis revisionistas como si fuesen nuevos descubrimientos o, al contrario, como si hubieran sido injustamente perseguidas por el establishment académico. Ahora bien, no siempre el revisionismo ha pretendido ser populista, mientras que el populismo historiográfico persigue clara e incluso descaradamente la conquista de la opinión y, al mismo tiempo, la construcción, reafirmación o redefinición de un pueblo desde el discurso histórico. La escritura de la historia conecta así con la reescritura de la memoria y el pasado aparece como una especie de presente extendido hacia atrás; uno en el que lo que vende es la relectura de ese pasado que, por muy lejano que pueda ser, nos interpela todavía en la actualidad.

 Al fin y al cabo, la memoria no solo sirve para recordar sino también para olvidar, o al menos para postergar otros episodios menos cómodos o digeridos. Eso se percibe en el revival de una Leyenda Negra asociada cronológicamente a la etapa más esplendorosa del Imperio español y de la que, sobre todo desde la derecha, se declara su plena vigencia contemporánea. En cambio, desde los mismos posicionamientos también se repite que la memoria de la mucho más reciente Guerra Civil o del franquismo solo forma parte del pasado y que ya es hora de superarla, como si fuera una historia lejana y muerta para el presente. En el campo de la memoria no es contradictorio que lo más distante pueda ser lo más próximo y presente a nivel emotivo o político.

 Por eso, mientras que la investigación histórica reivindica la distancia, dar cuenta de las diferencias y comprender el pasado desde el pasado, el populismo historiográfico incurre sin cesar en el presentismo y en otros anacronismos flagrantes. El retrato del pasado, pues, se confunde y entremezcla continuamente con lo que preocupa en el presente y, no por casualidad, aparecen los mismos sujetos políticos, los mismos enemigos, los mismos problemas que nos absorben hoy en día...

Por último, el populismo historiográfico no debe ser directamente tachado de pseudohistoria, algo más atribuido a iniciativas como el Institut Nova Història (conocido por sus tesis sobre la catalanidad de Colón, Cervantes y un largo etcétera) en el libro Pseudohistòria contra Catalunya (2020), coordinado por Vicent Baydal y Cristian Palomo, y que desmonta posverdades propagadas en nombre de la historia, incluyendo también las de la historiografía anticatalanista. Y no es tanto pseudohistoria porque el populismo historiográfico no se define tanto por la mentira o la ficción absoluta como por la exageración. Su problema es más bien el de tomar ventajosamente una parte por el todo y, con ello, invisibilizar o menospreciar lo que no cuadra con su relato. De ahí que lo contrario a un relato populista no suela ser la tesis contraria, que puede recaer en muchos de sus defectos y la retroalimenta, sino la problematización y el matiz.

 Si la historia como herramienta crítica se propone problematizar y matizar, evitar generalizaciones y deshacer prejuicios o clichés, el populismo historiográfico difunde otros nuevos o actualiza antiguos mientras ofrece grandes explicaciones generales más fáciles de vender. Además, estas explicaciones tienden a ser prácticamente monocausales, con lo que puede pretender dar cuenta de un fenómeno complejo de varios siglos desde un único factor que mágicamente lo explica todo (por cierto, muchas veces psicológico, bajo la forma de fobias, envidias, resentimientos o complejos de inferioridad o superioridad) o desde un colectivo culpable que conecta el pasado con el presente y facilita una oportuna dialéctica como la del amigo/enemigo. Por ello, son obras con una tesis clara y rotunda que anuncian, recuerdan y demuestran machaconamente. Además, la información recolectada se adapta ad hoc a esa tesis con procedimientos como una selección (cherry picking) muy voluntarista y con frecuencia cita pasajes descontextualizados, adaptados e incluso modificados, como desgrané en su momento en relación a Imperiofobia y leyenda negra (2017).

 

Así pues, lo que suelen faltar más son las aristas, los matices y los contraejemplos, todo aquello que pueda invalidar la tesis expuesta. En vez de abordarlo o mencionarlo, se prefiere infravalorarlo o pasarlo por alto como si no existiera. De este modo se impulsa una unidimensionalización de la historia que también pasa a serlo de la política. Por añadidura, eso conduce a revelar que lo importante de estos relatos no es solo lo que dicen sino sobre todo lo que omiten. En realidad, pueden describir episodios concretos más o menos correctamente y exponer tesis parcialmente ciertas, pero estiran esa parcialidad para convertirla en un todo exagerado o falso. Por eso, una clásica respuesta a las críticas no es “descender” al debate constructivo y sosegado sino desautorizarlas globalmente desde acusaciones generales (discurso negrolegendario, facha o las variantes correspondientes) que sustituyen a la argumentación.

A la hora de la verdad no solo se politiza la historia, también se la moraliza. En estos discursos abundan los “buenos” y “malos” y se intercalan juicios de valor, incluidas alusiones o difamaciones ad hominem para desacreditar a personajes históricos o historiadores. Con ello fomentan maniqueísmos que, pasados por el filtro de la moralización, favorecen la polarización e intolerancia contemporáneas. Además, también recrudecen los problemas políticos actuales al proyectarlos al pasado y retratarlos como si fueran fatalmente crónicos e inevitables.
Así pues, mientras que el populismo historiográfico apunta a priori a un pueblo que pretende unificar y cohesionar, lo que hace en realidad es crear división, polarización y antagonismo. En esta misma línea, reproduce visiones unilaterales que solo se preocupan por los de un lado y que lo “explican” todo desde ese lado. Las fuentes de autoridad reivindicadas también vienen principalmente de ahí. Obviamente, el autor en cuestión se alinea explícitamente con una causa y recurre con frecuencia a una retórica del “nosotros y ellos”, aunque a menudo ese mismo “nosotros” sea incompleto y tenga como sintomáticas excepciones a esos enemigos internos contra los que combatir y que al mismo tiempo ayudan a forjar y delimitar el potencial cohesivo anhelado.

Para acabar, este populismo historiográfico también se sirve de un tono apasionado y vehemente o de expresiones inflamadas con las que atrae y fideliza a la audiencia. En los tiempos actuales, esta retórica se identifica con frecuencia con una “sinceridad”, un “compromiso” y una “valentía” que se alaban públicamente. De hecho, muchas de estas obras, pese a que puedan tener gran apoyo mediático e incluso político, se presentan como osadas y sus autores son retratados desde una retórica épica como “políticamente incorrectos”.

Sin embargo, en rigor no se trata de una novedad sino más bien de una tendencia que se ha ido consolidando en el decurso de los últimos años. Desde una perspectiva semejante, Jean Sévillia creó ya en 2006 el “Premio al libro incorrecto del año” en Francia y, siguiendo varios de los aspectos mencionados, ha publicado libros exitosos como Históricamente correcto (2004), Moralmente correcto (2007) o Históricamente incorrecto (2011). En el último ha criticado lo “históricamente correcto” como forma colectiva de odio a sí mismo que entronca con la pérdida de valores comunes en una sociedad francesa “cuya cohesión cultural se tambalea por la brusca introducción del Islam”. Por ello, Sévillia proporciona una interpretación alternativa de la historia gala y propugna un olvido de los episodios divisorios, a lo que añade lamentos nacionalistas y pasajes en los que escribe que “en las escuelas de antaño, la historia tenía como finalidad formar franceses. Esto se hacía con mentiras, como hacer recitar Nuestros antepasados los galos por todos los niños. Sin embargo, era mejor que nuestra escuela actual, que se dirige a mentes que están de vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte”.

 La Leyenda Negra como síntoma

La Leyenda Negra, tan en boga de nuevo, en realidad no solo hace referencia a la historia de las contumaces injurias padecidas por España, también es el símbolo victimista y la justificación de buena parte de estos populismos, nacionalismos o revisionismos historiográficos en otras partes. De ahí que, con las mismas palabras u otras equivalentes, haya renacido en tantos lugares, incluso Domenico Losurdo se empeñó hace años en criticar y “desmontar” la Leyenda Negra de Stalin, lo que no impide que cada colectivo se centre en la propia y no en la de los otros. Eso mismo se observa en el libro de Jean Sévillia, quien denuncia la “leyenda negra” (sic) de la derecha y del catolicismo en Francia y justifica la Inquisición francesa, que “en la Edad Media no indignaba a nadie”. En cambio, no sale tanto en defensa de la española, de la que prudentemente afirma que fue más un producto hispano que católico para señalar acto seguido que “Torquemada no es, pues, el fruto del catolicismo: es el producto de una historia nacional”.

El propósito de estos populismos historiográficos es patrimonializar el agravio. Se nutren de un victimismo movilizador que se propone reconquistar la memoria y restaurar así la autoestima colectiva. Por ello, cada uno de estos relatos populistas compite por ser la verdadera y mayor víctima, a la vez que deniega los agravios sufridos por los demás, en especial por los antagonistas políticos. El problema es que estos relatos rivalizan entre sí y a la postre se retroalimentan de manera conflictiva, pues para salvar la memoria nacional deben recurrir a comparatismos ventajistas que, además de destacar las injusticias padecidas, se centran en resaltar que las otras naciones eran peores. En otras palabras, lo paradójico es que las leyendas negras denunciadas por los nacionalismos son justamente creaciones que proceden en gran medida de otras historiografías nacionalistas y que, al mismo tiempo que se las combate, no se las deja de imitar.

 

No es extraño, pues, que encontremos estos populismos en muchos otros países, especialmente en aquellos que se proponen hacer una nueva historia oficial del pasado. En Polonia se intenta eximir al siempre heroico pueblo polaco de toda responsabilidad en el exterminio judío y culpar únicamente a los alemanes, algo materializado en leyes mordaza para silenciar a aquellos historiadores que damnifiquen la imagen nacional. En la Hungría de Viktor Orbán se ha reivindicado la memoria de un dictador como el almirante Horthy y, mientras se retrata a los húngaros como víctimas, héroes o al menos inocentes, también se culpa en exclusiva a los alemanes del Holocausto. En Alemania, Alternative für Deutschland ha llegado a calificar a la etapa nazi como una simple minucia o nadería histórica (Alexander Gauland la llamó Vogelschiss, literalmente “mierda de pájaro”), ha impulsado una cruzada contra lo que desdeñosamente llaman el culto a la culpa (Schuldkult) y fomenta frente a este una memoria nacional de la que enorgullecerse. En Rusia, Putin ha rehabilitado parcialmente la memoria de Stalin y promueve relatos que centran la culpa de la Segunda Guerra Mundial en Francia y Gran Bretaña y que sirven para justificar históricamente el Pacto Molotov-Ribbentrop y la ocupación de Polonia oriental como una necesidad de una Unión Soviética retratada como víctima. Para ello se ha basado mucho incluso en textos producidos por Stalin y su entorno como Los falsificadores de la historia (1948), mientras ha preferido no mencionar la guerra contra Finlandia de 1939-1940 o las anexiones de Besarabia y los Países Bálticos en 1940.

En Francia, un gran best-seller como Le suicide français (2014) de Eric Zémmour –quien ahora se ha apuntado a la carrera presidencial– aporta una reinterpretación nacionalista y revisionista de un gobierno de Vichy que habría tenido el mérito de “salvar a un 90% de los judíos franceses”. Critica a Robert Paxton y su demonizada “doxa paxtoniana”, la cual deriva de la exhaustiva investigación acerca de Vichy promovida y realizada por este historiador, tachada por Zemmour de antifrancesa por haber dejado desvalido al Estado francés frente a la actual “amenaza migratoria”. En su opinión, y mezclando de nuevo pasado y presente, el Estado francés ya no puede “mantener sus fronteras contra la avalancha de inmigrantes del sur, por miedo a ser acusado de enviar a los judíos a campos de exterminio”.

La conclusión común de este tipo de retóricas es la promoción de una historia afirmativa que salga en defensa de la autoestima del pueblo o la nación y que elimine aquello que pueda hacerle sombra. De ahí que apunten hacia una suerte de reconstitución moral nacional en un contexto como el actual, tan influido por la importancia de las redes, la crisis de las mediaciones o el auge de la posverdad. Además, coincide en una época marcada por una crisis de futuro que, caracterizada por la dificultad del presente de imaginar y creer en un porvenir sustancialmente distinto y mejor, contribuye a la actual ubicuidad de estos pasados que no pasan y de una memoria deformada e instrumentalizada. La consecuencia lógica fue advertida por Zygmunt Bauman en su libro Retrotopía (2017): las utopías propugnadas en la actualidad no residen tanto en el futuro como en el pasado, pues este se ha convertido ahora mismo, en tiempos de posverdad, en un espacio mucho más manipulable que un futuro poco promisorio y que ya no brinda grandes esperanzas de cambio."                  (Edgar Straehle, CTXT, 06/10/21)