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9/11/23

El populismo es lo suficientemente flexible como para asociarse con otras ideologías o adoptar formas de izquierda o de derecha... La insatisfacción con la política y el descreimiento de las instituciones —incluyendo a la democracia— fueron puestas de relieve en encuestas de carácter internacional que muestran un descontento global y generalizado. De esta forma, la crisis de las instituciones y reglas democráticas propició el desarrollo de condiciones políticas y sociales favorables para el surgimiento de discursos de ultraderecha fagocitados por personalismos que supieron elaborar estrategias de recepción entre la ciudadanía, canalizando su desencanto frente a la política en clave reaccionaria... Las representaciones altamente moralistas de los discursos populistas implican una cosmovisión maniquea en torno a esa dicotomía pueblo-élite... Las democracias corren el riesgo de desmoronarse cuando grandes segmentos de la población pierden la fe en las instituciones y desconfían de las autoridades electas y los servidores públicos... por eso, la retórica populista propone una conexión directa con el líder

"Las intentonas golpistas en Brasilia y Washington luego de que Bolsonaro y Trump perdieran las elecciones son ejemplos del auge de la ideología denominada «derecha radical populista». Para hacerle frente no alcanza con las recetas del pasado: es necesario conocerla mejor, y aquí ofrecemos algunas claves para su análisis.

ras la finalización del mandato de Jair Bolsonaro (2019-2022) como presidente de la República Federativa de Brasil, la asunción de Luiz Inácio Lula da Silva se vio condicionada por acontecimientos que rememoraron lo sucedido en Washington durante el 6 de enero de 2021, con la invasión del Capitolio por parte de los partidarios del expresidente norteamericano Donald Trump. La irrupción de simpatizantes bolsonaristas a los palacios del Congreso, la Justicia y la Presidencia fue percibida por estos como una oportunidad para desencadenar un golpe de Estado y evitar el «comunismo», en esa lucha ideológica contra lo que denominan «marxismo cultural».

El saldo de dichos acontecimientos fue una destrucción patrimonial escandalosa y un golpe frustrado. La reacción de Lula, los jefes de los tres poderes, el Tribunal Supremo y los 27 gobernadores no se hizo esperar, cerrando filas a favor de la democracia. Los radicales fueron detenidos, enfrentan penas de cárcel, y el episodio le dio al actual presidente la oportunidad de depurar responsabilidades y hacer «rodar las cabezas» de algunos políticos y comandantes fieles a Bolsonaro, indudable responsable político de la intentona golpista.

Los eventos sucedidos en Brasilia y Washington, que intentaron poner en jaque la democracia de los respectivos países, son ejemplos del auge de la ideología denominada derecha radical populista (Cas Mudde, 2019). En este artículo, analizaremos dos de los elementos ideológicos que componen dicho fenómeno: el nativismo y el populismo. Posteriormente, indagaremos sobre el modo en que han incidido en el bolsonarismo a la hora de explicar el accionar de ciertos sectores radicalizados en la toma de los tres poderes del Estado Federal.
Nativismo y populismo
La derecha radical populista es el reflejo de un síntoma de la crisis por la que atraviesa la propia globalización neoliberal impulsada por Occidente en las últimas décadas. Algunos autores plantean que el orden liberal internacional posee una serie de aspectos que han comenzado a transitar una situación de crisis a partir de la segunda década del siglo XXI. Así, las tres premisas cuestionadas del orden son el liberalismo[1], universalismo[2] y la preservación del propio orden[3]. Estas son puestas en tensión por un conjunto de tendencias globales, entre las que sobresalen el ascenso de China, la emergencia y extensión de liderazgos políticos iliberales y cierto grado de retroceso del libre comercio en favor de políticas menos multilaterales y más proteccionistas. En particular, la extensión de liderazgos políticos iliberales es un proceso que puede encasillarse en la figura de Bolsonaro que, al igual que los liderazgos de Trump, Putin, Erdogan, etc., ponen en jaque los pilares centrales del orden liberal internacional.

América Latina tampoco es inmune a este virus ideológico. Las fuerzas nacionalistas instrumentalizan un discurso populista cargado de fuertes connotaciones ideológicas, mediante el cual interpretan y politizan el descontento social en contra de la globalización y sus efectos. Los líderes que surgen en medio de tales coyunturas proyectan un discurso ideológico radical, se presentan como hombres fuertes, de mano dura, predican una política del miedo y demandan el rechazo de las sociedades abiertas que promueven la diversidad cultural.

¿Cómo comprender desde un punto de vista teórico esta ideología? Según Mudde (2019), se puede establecer una diferenciación entre dos subgrupos de la «ultraderecha»: la derecha radical y la derecha extrema. La primera «acepta la esencia de la democracia, pero se opone a elementos fundamentales de la democracia liberal, y de manera muy especial, a los derechos de las minorías, al Estado de derecho y a la separación de poderes». Mientras que la extrema derecha es revolucionaria, la derecha radical tiende a ser más reformista. En esencia, la derecha radical confía en el poder del pueblo y la extrema derecha no.

En ese sentido, Mudde define como derecha radical a aquellas «ideologías para las que las desigualdades entre las personas son naturales y positivas, y para las que la democracia es aceptable en su forma más esencial, pero no lo son ciertos elementos fundamentales de la democracia liberal». De esta forma, ambos subgrupos se oponen al consenso liberal de posguerra, aunque en sentidos fundamentalmente diferentes. Para Mudde, uno de los elementos ideológicos que conforman a la derecha radical populista es el nativismo:
(…) una combinación de nacionalismo y xenofobia. Se trata de una ideología que defiende que en cada Estado deberían vivir únicamente miembros del colectivo nativo —la nación—, y que los elementos no nativos —o «foráneos»—, ya sean estos personas o ideas, constituyen una amenaza para la pervivencia del Estado nación homogéneo.

El autor explica que estos discursos buscan instaurar una etnocracia, es decir, una democracia en la que la ciudadanía se base en la etnia. Sus exponentes se proponen recrear una especie de Estado monocultural y homogéneo «cerrando las fronteras a los inmigrantes y dando a los “extranjeros” residentes la opción de asimilarse o ser repatriados». Los procesos de asimilación a los que son sometidos los ciudadanos son planteados como indispensables para su permanencia en el país, pese a que el grado de asimilación exigido difiere entre cada caso. Algunos consideran que solo los grupos étnicos relacionados con el nativo pueden asimilarse, mientras que otros, producto de diferencias de carácter cultural, no pueden hacerlo en las sociedades occidentales.

Siguiendo a Moffitt (2022), la utilidad del término nativismo radica en el hecho de que es más específico que hablar únicamente de nacionalismo y, a su vez, más amplio que hablar únicamente de líderes o partidos políticos racistas o antinmigrantes. Por su parte, Pereyra Doval (2022) argumenta como el nativismo en tanto elemento ideológico presente en Bolsonaro busca establecer un «nosotros necesario» que privilegia los derechos de los nativos sobre la población no nativa, entendida como una amenaza para la cohesión nacional.

En América Latina no todas las derechas de este tipo presentan componentes xenófobos fuertemente marcados, lo cual no olvida la existencia de actitudes negativas o discursos securitarios frente a ciertos temas de agenda. Sin embargo, en el discurso de las derechas radicales en América Latina, el «otro» es muchas veces asociado con lo foráneo, o en ocasiones, con lo plurinacional y el reconocimiento de la diversidad sociocultural, frente a lo que contrapone una concepción más homogeneizadora de la identidad nacional. Entonces, más que una combinación de nacionalismo y xenofobia, parece ser más ajustado pensar en una combinación de nacionalismo y soberanismo, en cuanto rechazo a lo considerado foráneo o lo diverso.

Ese rechazo puede incluir no solamente personas, sino ideas consideradas ajenas a la propia comunidad nativa; en ese sentido se circunscribe la noción de marxismo cultural o comunismo, presente en el discurso del bolsonarismo como un sistema de ideas ajeno a dicha comunidad nacional y a la propia identidad del pueblo brasileño.

El segundo elemento ideológico de la derecha radical, el populismo, ha sido objeto de distintos análisis y enfoques. Según Benjamin Moffitt (2022), se pueden destacar tres enfoques o aproximaciones al estudio del populismo: el populismo como estrategia política, la dimensión performativa y la dimensión ideacional. Cada una de ellas se relaciona entre sí, y no puede explicarse en ausencia de las otras.

En el primer caso, se puede optar por concebir al populismo como una estrategia política, es decir, como una práctica, y analizar cómo dicha estrategia incide en el diseño de las políticas de los países de América Latina (Moffitt, 2022). No se trata al populismo como una característica inherente a un actor político, sino como algo que se hace. En palabras de Jansen (2011), el populismo no es una cosa o un objeto que estudiar, sino un modo de práctica política. Esto implica enfocarse en cómo los populismos procuran alcanzar el poder y conservarlo, como así también entender los modos y medios fundamentales por los cuales un actor político accede al poder, toma y hace cumplir decisiones de autoridad. En este enfoque, el rol del líder es central, ya que el populismo se funda sobre un líder personalista. También se le da importancia vital a la idea de que los líderes populistas operan a través de apelaciones no mediadas, cuasi directas, evitando intermediarios normales como los partidos políticos y las redes clientelistas.

En el segundo caso, el enfoque discursivo-performativo, sigue siendo el más usual entre los teóricos políticos, no así entre los investigadores empíricos. Las raíces de este enfoque se encuentran en la obra de Ernesto Laclau (1985). Suele considerarse el fenómeno como un discurso que enfrenta al pueblo con la élite. En ese sentido, la Escuela de Essex influenciada por Laclau y Mouffe combina las teorías posestructuralistas y gramscianas de la hegemonía, y concibe el discurso como intentos de fijar significados e identidades en el contexto de la lucha por el poder (Moffitt, 2022). Se toma al populismo como un tipo particular de lenguaje que tiene efectos significativos en la manera en que se estructura y obra la política.

Aquí, el populismo debe entenderse como un estilo político que consiste en una apelación del pueblo contra la élite, en donde —a diferencia del enfoque ideacional planteado por autores como Cas Mudde, que ven al populismo como un atributo de los actores políticos— el populismo es visto como una práctica discursiva en la que las palabras y el discurso no solo describen el mundo sino que operan sobre él, constituyen sujetos políticos, como «pueblo» y «élite». Este enfoque se interesa en cómo se construye ese pueblo, lo cual refleja una ontología socioconstructivista en la que las identidades políticas no están dadas de antemano, sino que deben ser construidas por los actores políticos.

En tercer término, el populismo también se presenta en los estudios de Ciencia Política como un elemento ideacional, es decir, como un atributo. Se lo concibe como una ideología, un conjunto de ideas o una cosmovisión. La obra de Mudde y Kaltwasser (2017) es central en este tipo de enfoque, entendido como una ideología delgada. Es decir se trata de una ideología, pero una ideología que —a diferencia de las ideologías densas desarrolladas en el siglo XX como el liberalismo, fascismo o comunismo— no llega a constituir una visión del mundo completa y autónoma, sino que se limita a tres características generales: un discurso antiélite, de tipo moral, y que enfatiza la necesidad de respetar la voluntad general (Casullo, 2020).

Definir el populismo como una ideología delgada es útil para comprender la supuesta maleabilidad del concepto en cuestión. A diferencia de las ideologías densas, las delgadas como los populismos tienen una morfología restringida, que necesariamente aparece adherida —y en ocasiones incluso asimilada— a otras ideologías. De hecho, el populismo casi siempre aparece unido a otros elementos ideológicos, cruciales para la promoción de proyectos políticos que atraigan a un público más amplio. En consecuencia, el populismo por sí solo no puede ofrecer respuestas complejas ni integrales a las preguntas políticas que generan las sociedades modernas. Esto significa que el populismo puede tomar formas muy diferentes, que dependen de las formas en que los conceptos centrales del populismo parecen estar relacionados con otros conceptos, formando marcos interpretativos que pueden ser más o menos atractivos para diferentes sociedades.

Visto de esta manera, el populismo puede entenderse como una especie de mapa conceptual a través del cual los individuos analizan y comprenden la realidad política. No es tanto una tradición ideológica coherente como un conjunto de ideas que, en el mundo real, aparecen en combinación con ideologías bastante diferentes y, a veces, hasta contradictorias.

La misma delgadez de la ideología populista es una de las razones por las que algunos académicos han sugerido que el populismo debe concebirse como un fenómeno transitorio: fracasa o, si tiene éxito, se trasciende a sí mismo en algo más grande. La principal fluidez radica en el hecho de que el populismo inevitablemente emplea conceptos de otras ideologías, que no solo son más complejos y estables, sino que también permiten la formación de subtipos de populismo. En otras palabras, aunque el populismo como tal puede ser relevante en momentos específicos, una serie de conceptos estrechamente alineados con la morfología de la ideología populista son, a la larga, al menos tan importantes como la primera para la resistencia de los actores populistas. Por lo tanto, el populismo no existe en forma pura. Más bien, aparece en combinación y logra sobrevivir gracias a otros conceptos.

La adhesión a la política de derecha o de izquierda es algo que define al populismo desde este enfoque. Dependiendo del contexto socioeconómico y sociopolítico en el que surja, el populismo puede adoptar diferentes formas organizativas y apoyar diversos proyectos políticos. Esto significa que la naturaleza delgada del populismo en tanto ideología le permite ser lo suficientemente maleable para adoptar formas distintivas en diferentes momentos y lugares[4].

El atractivo de este enfoque radica en que permite comprender la capacidad del populismo para convivir con otras ideologías más abarcadoras, como también entender la manera en que el mismo aparece casi siempre asociado a otros elementos ideológicos. En otras palabras, la delgadez del populismo le permite ser lo suficientemente flexible como para asociarse con otras ideologías o adoptar formas de izquierda o de derecha, combinándose con ideologías densas como el socialismo o el conservadurismo. Así, resulta difícil imaginar cómo sería un populismo «puro», ya que este necesita convivir con otras ideologías para tener sentido. La forma en que el líder articula discursivamente la división pueblo-élite solo puede llenarse con el contenido de otras ideologías; de otro modo, carecería de significado.

Vittori reconceptualiza el término populismo como una ideología delgada cuyo núcleo está representado por un posicionamiento antielitista[5] y una crítica de la política representativa. Con respecto a este último punto, el populismo es entendido como parasitario de la democracia representativa, ya que no es ajeno a ella y compite con ella en el sentido y uso de la representación o en la forma de detectar, afirmar y gestionar la voluntad del pueblo. La crítica de la representación política tal como se concibe en las poliarquías es un elemento característico del fenómeno populista. Para dicho autor, el carácter iliberal del populismo es central en su fundamentación. Por el contrario, según Moffitt (2022) el populismo no solo amenaza con minar al liberalismo, sino también a la propia democracia, cuyas dos principales amenazas son la caracterización del pueblo y el tratamiento dispensado a la oposición por parte del populismo. En sus palabras, «(…) el problema fundamental del populismo en lo relativo a la democracia radica en su concepción homogénea del pueblo». Así, el populismo pasa a cumplir una función sinecdótica; es decir, el pueblo, una parte del sistema de gobierno, pasa a representar todas las identidades y visiones legítimas dentro de la totalidad del sistema.

¿De qué manera han incidido el nativismo y el populismo en tanto constitutivos de la derecha radical populista, en el accionar de los grupos bolsonaristas tras los eventos del 8 de enero de 2023?
Nativismo, comunismo y marxismo cultural
Ana Priscila Azevedo, una de las militantes con papel protagónico en la organización del asalto brasileño, posteó una convocatoria tres días antes a la toma de los Tres Poderes: «Vamos a colapsar el sistema, vamos a sitiar Brasilia y vamos a tomar el poder por asalto; ese poder nos pertenece». El llamado tenía destinatarios específicos: los hombres y mujeres del campamento montado desde noviembre de 2022 frente al cuartel general del Ejército brasileño, en una localización próxima a la Plaza de los Tres Poderes. Otros videos revelaron el llamamiento previo a «un encuentro en masa» en el lugar, y allí, los jefes de la organización mencionaban: «es la última chance de que Brasil no se torne comunista».

Durante todo el mandato de Jair Bolsonaro, los principales referentes del bolsonarismo y del denominado sector olavista advirtieron sobre el peligro del denominado «marxismo cultural», una alianza, según sus —cuando menos original— tesis del «narcotráfico y las ideas de Antonio Gramsci». La discursividad nativista, expresada en forma de soberanismo, suele instrumentalizarse tanto contra personas como contra ideas ajenas a la supuesta comunidad soberana, circunscribiendo así la idea de marxismo cultural como ideología o sistema de creencias ajeno a la comunidad nativa.

Pablo Stefanoni (2021) lo define como blanco de una teoría conspirativa de derecha, bajo la idea de que la Escuela de Frankfurt inició un amplio movimiento, que va desde el ámbito político al estético, tendiente a debilitar e incluso destruir a la cultura occidental. El término es utilizado en ámbitos de extrema derecha, incluidas sus variantes libertarias y cristianas, y acaba siendo un paraguas que incluye cualquier expresión de progresismo, como la defensa del feminismo, el multiculturalismo o la justicia social, y totaliza de manera paranoica. Así, dice Stefanoni, el marxismo cultural agitado por estos sectores reaccionarios «(…) devino casi en un vector para mantener vivo un discurso anticomunista que había perdido su poder de fuego tras la caída del Muro de Berlín hace ya tres décadas».

También el bolsonarismo suele utilizar como sinónimo de este concepto a la idea o noción de comunismo o globalismo. La finalidad de instrumentalizar dicha ideología es la misma, más allá de si se habla de marxismo cultural, globalismo o comunismo: una reivindicación ideológica de la soberanía o nativismo de la comunidad brasileña y de los valores conservadores, en contraposición a dichas ideas «de izquierda» (Frenkel y Azzi, 2021). Son los sectores olavistas dentro de la alianza de gobierno[6] los que parten de una agenda en donde el peso de dicha cosmovisión está presente[7]. Si bien colocan al marxismo en el centro de la denuncia, los sectores olavistas ven como enemigas incluso a las ideas previas al nacimiento de Karl Marx (Goulart da Silva, 2020).

Jorge Boaventura esclarece el origen del enemigo que combate Bolsonaro, cuando señala que «el Occidente cristiano está siendo descristianizado y materializado, frente a falsas élites paralizadas por los errores con los que se han dejado comprometer durante mucho tiempo». El autor afirma que Occidente se estaría descristianizando «a causa de un liberalismo impregnado de naturalismo, de egoísmo y de una terrible miopía histórica». El bolsonarismo, al luchar contra el «marxismo cultural», está luchando contra una versión distorsionada del marxismo que, después de todo, es una versión de la democracia burguesa misma. En ese sentido, no estaría mal decir que Bolsonaro y los sectores ideológicamente afines dentro de su gobierno son completamente contrarios incluso a los logros de la democracia liberal nacida de las revoluciones burguesas.

Por su parte, Pereyra Doval (2022) plantea que la «guerra cultural contra el marxismo» se convirtió en el punto de partida y primera piedra angular del discurso de Bolsonaro. Esta guerra cultural se «combatió» también haciendo referencia constante a Trump. El círculo íntimo del expresidente afirmaba que el exmandatario estadounidense había emprendido la misión de salvar a la civilización occidental contra un enemigo interno bajo la influencia del marxismo cultural global. Pero la finalidad de dicha postura, ante esta serie de ideas consideradas foráneas, es más simbólica que material.

Al «combatir el marxismo cultural», Bolsonaro mantiene movilizado a su electorado conservador, anticomunista y anti-PT, además de reforzar su alineamiento ideológico-cultural con Washington y el trumpismo, considerando que el electorado bolsonarista percibe a Estados Unidos como una nación ejemplar e indiscutible a la que hay que seguir. Bolsonaro se basó en esta antipatía hacia el PT luego de Lava Jato para fomentar la noción de una amenaza comunista y presentarse como el salvador de la identidad nacional, representada en los valores religiosos y tradicionales brasileños. Partió así de una estrategia discursiva en la que tomaba al comunismo y al marxismo cultural como medio para movilizar a sus seguidores y crear un clima de polarización política y división social.
Pueblo vs. élite
La acción de los sectores radicalizados del bolsonarismo en la intentona golpista es un reflejo de la incapacidad de los Estados Latinoamericanos de lograr dar una respuesta a las demandas y expectativas de la ciudadanía tras la crisis de 2008 y el fin del súper ciclo de los commodities. La insatisfacción con la política y el descreimiento de las instituciones —incluyendo a la democracia— fueron puestas de relieve en encuestas de carácter internacional que muestran un descontento global y generalizado. De esta forma, la crisis de las instituciones y reglas democráticas propició el desarrollo de condiciones políticas y sociales favorables para el surgimiento de discursos de ultraderecha fagocitados por personalismos que supieron elaborar estrategias de recepción entre la ciudadanía, canalizando su desencanto frente a la política en clave reaccionaria.

Combinando narrativas anti-establishment y con alegatos de cuño nacionalista, estos nuevos líderes y fuerzas políticas se arrogaron la representación de las personas comunes, del «verdadero pueblo», que estaría siendo traicionado por élites corruptas y subordinadas a los intereses foráneos. Estos discursos adoptan una estética y retórica de rebeldía reivindicando lo «políticamente incorrecto».

Los populistas de derecha suelen definir al pueblo como un grupo nacional: cuando los líderes populistas aseguran hablar en nombre del pueblo, solo se refieren a quienes consideran miembros de la nación (Moffitt, 2022). Lo que se trasluce con esta articulación restringida entre nacionalismo y populismo es que los grupos pertenecientes a minorías étnicas o culturales, y otros nacionales, quedan excluidos del pueblo y no comparten esa caracterización. Ello también refleja ese carácter nativista de la derecha radical populista a la hora de determinar ese «nosotros y ellos» que establece la idea de pueblo. La derecha radical populista combina su propia clase de nacionalismo/nativismo con populismo y juega con la ambigüedad del significante de pueblo, enfrentándolo con las élites políticas.

Así, el pueblo que aparece en la retórica de los «neopatriotas», o de los líderes de derecha radical populista, es en definición homogéneo, pero también difuso en tanto actor. Asume por momentos la imagen arquetípica del hombre común, asentándose en una visión tradicional del orden social eminentemente patriarcal, contraponiéndose a una élite, nacional y trasnacional, supuestamente corrupta que defiende el nuevo orden mundial, cuestiona la soberanía nacional y trata de imponer valores contrarios a los tradicionales.

Ahora bien, a diferencia de la categoría de pueblo, pocos autores han teorizado sobre los significados de la élite en el populismo. Un aspecto crucial es la moralidad, ya que la distinción es entre el pueblo «puro» y la élite corrupta, pese a que esto no especifica quiénes forman parte de la elite. Esta se define sobre la base del poder, es decir, incluye a las personas que ocupan puestos de liderazgo en la política, la economía, los medios de comunicación y las artes, aunque excluye a los propios populistas y sus simpatizantes. Los populistas también suelen argumentar que la élite no solo ignora los intereses del pueblo, sino que incluso está trabajando en contra de los intereses del país.

El populismo puede fusionarse completamente con el nacionalismo cuando la distinción entre el pueblo y la élite es tanto moral como étnica. Aquí, la élite no solo se ve como agente de un poder extraño, sino que ellos mismos son considerados «extraños». Si bien la distinción clave en el populismo es moral, los populistas utilizan una variedad de criterios secundarios para distinguir entre el pueblo y la élite. Esto les proporciona una flexibilidad que es particularmente importante cuando adquieren poder político.

Aunque tendría sentido que la definición de la élite se base en los mismos criterios que la del pueblo, no siempre es así. En muchos casos, los populistas combinarán diferentes interpretaciones de la élite y el pueblo, es decir, clase, etnicidad y moralidad. Así pues, en lo que respecta estrictamente a la derecha radical populista, Mudde plantea que ésta se focaliza en la élite propiamente política, «(…) que engloban bajo la etiqueta genérica de la izquierda y a la que se acusa de corromper la nación con sus ideas posmodernas y marxistas culturales». A su vez, «diversos políticos ultraderechistas de todo el planeta han acusado a académicos, artistas y periodistas de ser, no solo elitistas o izquierdosos, sino también antinacionales, es decir, traidores a la nación, que es el peor insulto que un nacionalista puede proferir».

Las representaciones altamente moralistas de los discursos populistas implican una cosmovisión maniquea en torno a esa dicotomía pueblo-élite. Dependiendo de la ideología densa que propugnen los populistas, pero también del contexto político y las oportunidades relacionadas, lo que cuenta como élite puede variar significativamente. Aún así, una de las principales amenazas que representa el populismo —y que se vio reflejada en los acontecimientos golpistas de enero de 2023 en Brasilia— es la tensión que presenta con la democracia liberal. La propia concepción o caracterización del pueblo en la noción del populismo es en sí misma una de las principales amenazas para la democracia liberal (Moffitt, 2022).

El problema fundamental del populismo radica en su concepción homogénea del pueblo. Al desconfiar de cualquier institución no elegida que limite el poder del demos, el populismo puede convertirse en una forma de extremismo democrático o, mejor dicho, de democracia iliberal (Mudde y Rovira Kaltwasser, 2017). El populismo tiende a favorecer la participación política, ya que contribuye a la movilización de grupos sociales que sienten que sus preocupaciones no son consideradas por las élites políticas. Como su creencia central es que el pueblo es soberano, todo el pueblo —y solo él— debe determinar la política.

En ese sentido, el objetivo del bolsonarismo siempre fue socavar los cimientos de la democracia liberal (Muggah, 2023). Durante los cuatro años de Bolsonaro en la presidencia, él y sus aliados desafiaron la integridad del proceso electoral y difundieron afirmaciones falsas de elecciones fraudulentas y máquinas de votación electrónicas que «funcionaban mal». Luego, Bolsonaro encendió la mecha del ataque y huyó de la escena del crimen. En lugar de participar en la toma de posesión de Lula, de acuerdo con la tradición democrática del país, se mudó a una casa alquilada en Orlando, Florida, desde donde ha negado cualquier participación y responsabilidad en el comportamiento de sus seguidores. Al igual que Trump en 2020, se negó a reconocer los resultados de las elecciones presidenciales. En cambio, él y sus hijos impugnaron enérgicamente la validez del proceso, intentaron anular los resultados en los tribunales, desafiaron la legitimidad del presidente entrante e instaron a sus partidarios a salir a las calles.

La democracia nunca puede darse por sentada. Los mismos edificios que albergan los Tres Poderes y que fueron saqueados el 8 de enero constituyeron el escenario de un jubiloso evento de inauguración solo unos días antes. Las democracias corren el riesgo de desmoronarse cuando grandes segmentos de la población pierden la fe en las instituciones y desconfían de las autoridades electas y los servidores públicos. De esta forma, la derecha radical populista lleva a impugnar valores, normas e instituciones que aseguran las libertades democráticas.

La retórica populista propone una conexión directa con el líder. Al posicionarse de esta manera en el espacio político se estimula una confrontación polarizadora que muchas veces utiliza la confrontación «pueblo» versus «élites». La crítica a la representación política del populismo parte de poner en cuestionamiento el eje vertical de la división política, que divide al pueblo de la élite. En ese sentido, retomando la definición de Mudde de derecha radical populista, vemos que dicha ideología acepta la democracia en su forma más esencial, pero pone en cuestionamiento el componente liberal de la misma: «(…) cuando la derecha radical populista llega al poder en una democracia liberal, trata de reconducir el país por una senda iliberal: ataca la independencia de los jueces y los medios, desprecia los derechos de las minorías y socava la división de poderes».

Vemos así como la conjunción entre populismo y democracia liberal termina siendo un anacronismo. El populismo como elemento ideacional termina por erosionar el componente liberal de la democracia representativa. A su vez, el carácter homogéneo del pueblo hace que el populismo sea una amenaza a la misma, concibiendo al otro como enemigo. En este sentido, los acontecimientos ocurridos el 8 de enero de 2023 en Brasilia fueron un fiel reflejo de la incidencia de la ideología populista en la acción política de dichos sectores radicalizados.

La irrupción al edificio del Congreso, la Corte Suprema y el palacio presidencial fue considerado el peor ataque contra las instituciones del país desde la misma restauración democrática a fines de la década de los ochenta, hace ya cuatro décadas. Si bien el expresidente Jair Bolsonaro condenó los hechos en un mensaje a través de redes sociales desde el exterior del país, los mismos reflejaron un desprecio por parte de sus simpatizantes y los principales dirigentes bolsonaristas hacia la esencia misma de la institucionalidad democrática, en un intento de erosionarla mediante una intentona golpista. 
 
Aun así, el accionar antidemocrático no cumplió su cometido, y millones de personas salieron a las calles en ciudades de todo Brasil en defensa de la democracia, encontrando dichos sectores imbuidos por esta ideología radical una resistencia de gran parte de los movimientos sociales y amplios sectores de la sociedad brasileña a su agenda extremista. En adelante, el actual presidente Lula tendrá que afrontar los retos de división y polarización para unificar al país, proceso en el cual el respeto por las instituciones democráticas exhibido durante su mandato anterior será un antecedente importante en su intento de contención a los sectores destituyentes y antidemocráticos."                ( , JACOBINLAT, 15/06/23)

31/1/23

«Podemos es un experimento fallido»

 "Filósofo. Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas de la UCM. Autor de varios libros. Entre ellos, “La mirada republicana” (Editorial Catarata) y “Visconti y la decadencia” (El Viejo Topo). Ahora, también en el Viejo Topo, publica, junto a Francisco Herreros, “Podemos, izquierda y ‘nueva política”, desde una perspectiva republicana y democrática.

¿Cuáles son los ingredientes de la receta Podemos?

Se puede decir, resumiendo mucho, que Podemos es un experimento fallido. Para explicar su génesis, hay un elemento fundamental, que es el 15M, como excusa, como oportunidad. Sin él, Podemos no hubiera existido. Otro ingrediente del guiso es la línea que desarrolla, a través, sobre todo, de su relación con Latinoamérica, con esta concepción neo-peronista y neo-populista. Sin pertenecer al 15M, Podemos sobreimpone un modelo de acción política, de comunicación política, completamente ajeno a él.

¿La manifiesta incapacidad de Podemos para organizarse puede ser también consecuencia de su contaminación con el asamblearismo del 15M?

El 15M es un movimiento espontáneo, horizontalista, igualitarista… Una concepción de la política de abajo a arriba. Podemos trata de llevar algo de eso a su organización política, y no lo consigue. Pero creo que sus dificultades para organizarse son, sobre todo, consecuencia de que carece de una base territorial. Podemos tiene una visión de la política más bien de arriba abajo. En un artículo, titulado “Comprender Podemos”, en New Left Review, de 2015, Pablo Iglesias explicaba claramente cómo hay que entender los platós de televisión como los nuevos parlamentos, y la nación como una “Acción TV”. Esto marca una particularidad en su intervención política y comunicativa, completamente contraria al 15M. Cosa que quiere decir que lo que vamos a hacer, desde los platós de TV, es fabricar slots, anuncios publicitarios, y enviarlos desde arriba a una ciudadanía, que pasa así a ser un sujeto pasivo. 

¿Los vínculos de algunos de los promotores más significados de Podemos con América Latina eran más bien de carácter ideológico (Laclau, Chantal Mouffe…) o, digamos, operativos, activistas…?

Como es de conocimiento público, algunos de los dirigentes de Podemos fueron asesores, bien pagados, a través de organismos como la 

fundación Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS). Intervienen, sobre todo, en Venezuela, pero también se relacionan con otros agentes, como el kirchnerismo. Ahí adquieren mucha experiencia política. Su vinculación a América Latina no fue, en fin, tanto intelectual como de práctica política. Durante un tiempo, Monedero es un personaje importante en Venezuela. Luego importan su experiencia a Europa, contribuyendo también a legitimar a los regímenes con los que trabajaron que, finalmente, también han sido un cierto fracaso. En su caso, como Podemos, empieza despertando muchas expectativas, ilusiones, y acaba en decepción.

En la presentación de vuestro libro, advertís al lector al descubrir la profunda raíz schmittiana del modo de entender la política de Podemos…

Si, nos referimos a Karl Schmitt, el que fue un gran jurista, que acabó abrazando el nazismo. De él aplicamos lo que sostenía en su época pre-nazi, como gran crítico de la democracia liberal. Es una raíz, que exploramos en profundidad, que no solo tiene Podemos sino parte de la izquierda, llamada “neoschmittiana”. Su concepción de la democracia es peligrosa, porque se pueden ver las debilidades de la democracia liberal, pero la alternativa schmittiana tiene un desarrollo que no se sabe cuál es y que, al final, termina socavando la infraestructura de contrapoder, las libertades que, mal que bien, las democracias liberales mantienen. Su concepción de la política es más bien la de un pueblo homogéneo, que se identifica simbólicamente con un líder carismático, que acaba con el pluralismo. 

¿Construyendo al enemigo, del modo que lo explica Umberto Eco?

Otra de las digamos filiaciones schmittianas es la incorporación de la oposición entre amigo y enemigo. Podemos ha dicho abiertamente que considera la política como política de poder, por un lado, y como antagonismo por otro. Cosa que genera una identidad: “Somos porque nos confrontamos”. Empezaron con la casta, con la banca, empresarios particulares, medios de comunicación, con todo aquello que les criticaba, como fue el caso de Vallecas en las últimas elecciones autonómicas de Madrid, donde acabaron insultando a los propios votantes. Así acaba confrontándose a sí mismo. Del “amor y los besos” se pasó a tirarse a degüello. Todo este planteamiento más tribal de la política permitió un ascenso de Podemos, pero ha acabado pasando factura a su líder, que ha resultado bastante antipático.

Desde la derecha no faltan quienes perciben o califican a Podemos de comunista. ¿Hasta qué punto es esto cierto?

Desde el punto de vista del discurso ideológico, Podemos es una especie de amalgama de ideas. Tiene algunos elementos socialdemócratas, pero muy convencional; otros posmodernos… Es verdad que la derecha los ha visto como marxistas-leninistas. Dedicamos un epígrafe del libro a preguntarnos hasta qué punto incluir a Podemos en la tradición marxista. La conclusión es bastante negativa. Pensamos que no forman parte de ella. Podemos es más bien neo-peronista, neo-popiulista, que poco tiene que ver con el marxismo. Por ejemplo, la noción de clase es fundamental en el marxismo, y no tanto en Podemos. Al principio, cundo el tándem Errejón-Iglesias referenció la cuestión de clase a ese populismo negativo, un denominador común, que, al final, era políticamente inerme. Luego, en el acuerdo electoral con Izquierda Unida tampoco lo recuperan. Su alianza estratégica con el independentismo… en el que cualquier marxista habría visto su componente burgués o pequeño-burgués. Al final, también han acabado renunciando a un proyecto federal.

¿Dónde empieza y dónde acaba la posmodernidad de Podemos?

Podemos tiene una concepción un poco constructivista de lo social y de la propia individualidad. Por ejemplo, el nuevo feminismo radical, que ellos abrazan y que ha supuesto una quiebra para el feminismo de izquierdas (más allá de la biología), como si la biología no contara. Un feminismo totalmente constructivista, en el sentido de que un individuo puede construirse sin ningún límite, de manera completamente fluida. Esta es una raíz posmoderna muy clara. También su concepción de los significantes pasivos y de la importancia del lenguaje como algo que construye realidad y, de la mano de esta idea, su relativismo. Si vienes de la tradición más bien marxista tienes la idea clara de que el ser social determina la conciencia. En Podemos, muchas veces, parece todo lo contrario. Entiende que si cambias los nombres cambias la realidad. Esto no es así. Es un giro lingüístico de la política, con una raíz posmoderna muy clara. Podemos ha tenido urnas para ser utilizadas plebiscitariamente. Los círculos fue algo de cara a la galería. “Todo el poder a los círculos”, se llegó a decir, emulando a los bolcheviques. Muchas veces, se han olvidado de los problemas reales. Empezaron con una crítica feroz al gran capital, a la gran banca, al IBEX 35, las deudas soberanas… 

Inicialmente, pareció que Podemos irrumpía en la política con, digamos, aire fresco académico. ¿Fue esto así o más bien era otro espejismo?

Es verdad que entre los creadores de Podemos había profesores: Monedero, Bescansa, Pablo Iglesias… Tenían su discurso. Intentamos hacer con el libro una interpretación más bien global de Podemos, aprovechando la dimisión de Pablo Iglesias. Esto nos permitió, de alguna manera, cerrar el ciclo político, porque una de las dificultades que teníamos es que Podemos no dejaba de cambiar. La metáfora que utilizamos para explicar esto es que era como intentar cazar una lagartija. En cualquier caso, los académicos fundadores de Podemos son muy anti-académicos. Se presentan como disidentes, considerando la Academia parte del establishment, cuando en realidad están muy integrados en él. La cosa es ponerse un pañuelo palestino al cuello, disfrazarse de revolucionarios.

¿Se pasea el fantasma de Maquiavelo por los corredores de Podemos?

En el libro referenciamos “El Príncipe” de Maquiavelo sobre la figura de Pablo Iglesias, para intentar entender al personaje. Como el partido terminó convirtiéndose en algo plebiscitario, donde el líder carismático tenía el control absoluto, tenía sentido interpretar a Pablo Iglesias, teniendo en cuenta que él se dice discípulo de Maquiavelo. Y no hay que olvidar que tiene un libro que se titula “Maquiavelo ante la gran pantalla”. Se queda con la gramática parda, el instrumentalismo maquiavélico, pero se olvida del Maquiavelo más republicano."                    (Entrevista a Francisco Herreros,

14/2/22

Podemos definir este período como el reingreso de la política en la sociedad... las tropas contemporáneas de QAnon y las protestas anticuarentena se parecen a «enjambres»: grupos que responden a estímulos breves y explosivos generados por influencers carismáticos y por demagogos digitales... los nuevos partidos populistas están construidos casi exclusivamente alrededor de unos cuantos jugadores estrella... es la forma que toma el conflicto político en ausencia de toda política de masas... la política debe entrar de nuevo en la esfera pública. Pero sin el resurgimiento de organizaciones de masas, eso solo sucede a nivel discursivo o bajo el prisma de la política mediática: cada acontecimiento político importante es escudriñado en función de su carácter ideológico... En ese proceso mucho se politiza pero poco se logra... los dirigentes populistas de hoy nacen como animales mediáticos

 "Hacia la mitad de su autobiografía, titulada The Years, la novelista francesa Annie Ernaux resume el panorama político de los años 1990:

Corría el rumor de que la política había muerto. Sonaban las campanas del «nuevo orden mundial». El Fin de la Historia estaba cerca […]. Se condenaba la palabra «lucha» como una recaída indeseada en el marxismo, convertido en un objeto de burla. En cuanto a la «defensa de los derechos», los primeros que venían a la mente eran los del consumidor.

Publicado en 2008, el libro de Ernaux apareció poco antes de la quiebra de Lehman Brothers. La traducción inglesa fue publicada recién en 2017 y la castellana en 2019. La década «populista» estaba llegando a su fin. La obra de Ernaux remite a un mundo en el que la gente vivía recluida en la esfera privada, la política era relegada a un segundo plano y los tecnócratas estaban en el poder. Tony Blair había dicho que oponerse a la globalización era como oponerse al cambio de las estaciones. «No sabíamos exactamente qué era lo que más nos tiraba abajo» —recuerda Ernaux—, «si los medios y sus encuestas de opinión, que no se cansaban de preguntar en quién confiábamos, sus comentarios condescendientes, los políticos y sus promesas de reducir el desempleo y paliar las deficiencias del presupuesto de seguridad social, o las escaleras de la estación de trenes, que siempre estaban rotas».

Diez años y una década de agitación populista después, el testimonio de Ernaux es a la vez familiar y extraño. La rápida individualización de las instituciones colectivas que diagnosticaba la autora nunca detuvo su marcha. Salvo excepciones, los partidos políticos no recuperaron a sus afiliados. Las organizaciones sociales no registraron más participación. Las iglesias no volvieron a llenar sus largos bancos y los sindicatos no crecieron. En todo el mundo la sociedad civil sigue empantanada en una profunda y prolongada crisis.

Pero, por otro lado, esa mezcla de timidez y apatía característica de los años 1990, tan bien retratados por Ernaux, no parece aplicar hoy. Biden resultó electo en el marco de unas elecciones con una concurrencia sin parangón en la historia de Estados Unidos; el referéndum del Brexit registró la votación democrática más popular de la historia de Gran Bretaña. Las protestas de Black Lives Matter fueron espectáculos de masas; muchas de las empresas más grandes del mundo adoptaron la túnica de la justicia racial y adaptaron sus marcas a la nueva causa.

Hoy una nueva forma de «política» habita las canchas de fútbol, los programas más populares de Netflix y las redes sociales. Muchas personas en la derecha sienten que viven un caso Dreyfus permanente, que atraviesa sus cenas familiares, sus salidas con amigos y sus almuerzos de trabajo. Muchas personas en el centro añoran la época previa a esta hiperpolítica, tienen «nostalgia de la poshistoria» de los años 1990 y 2000, cuando los mercados y los tecnócratas gobernaban solos.

Está claro que la época de la «pospolítica» terminó. Sin embargo, la política del siglo XX —partidos de masas, sindicatos y militancia obrera— no parece haber resurgido y todo indica que nos salteamos un paso. Quienes empezaron a militar en la época de la crisis financiera recordarán ese momento en que nada era política, ni siquiera las medidas de austeridad impuestas entonces por los gobiernos. En cambio hoy, todo es política. Y aun así, a pesar de la intensa politización que atraviesa todas las esferas de nuestras vidas, muy pocas personas participan de esos conflictos de intereses organizados que solíamos definir como política en el sentido clásico, es decir, en el sentido que esa palabra tenía en el siglo XX.

La época populista

Para comprender este desplazamiento de la «pospolítica» a la «hiperpolítica» es necesario recordar la forma del interregno que estamos abandonando. En los años posteriores a 2008, la denominada «era de hielo política» instaurada después del colapso del Muro de Berlín, comenzó a derretirse sin prisa pero sin pausa. En todo Occidente —desde Occupy en Estados Unidos hasta el fervor antiausteridad en Gran Bretaña, pasando por el 15-M en España— surgieron movimientos que revitalizaron el viejo espectro de la lucha de intereses. No ocuparon los sitios de la política formal, y muchos analistas definieron su retórica «Ni izquierda, ni derecha» como una forma de antipolítica. Sin embargo, marcaron el fin de una época de consenso.

Todos esos movimientos encontraron los mismos problemas. El fetiche del horizontalismo, coronado en la época del altermundialismo, siguió reinando después de la crisis financiera y condujo a la creación de instrumentos de decisión política deficientes, incapaces de crear programas de gobierno y de visibilizar representantes. En efecto, muchas veces parecía que estos movimientos imitaban a los de los años 1960, bien criticados en el emblemático panfleto de Jo Freeman, La tiranía de la falta de estructuras. Un intento de superar la situación fue pasar de la forma movimiento a la forma partido-movimiento, pero con frecuencia esa transición terminó creando más problemas que los que solucionaba. Aunque estas nuevas formaciones presionaron a la centroizquierda a cambiar y adaptarse, pocas veces lograron aprender la importancia de las organizaciones democráticas de afiliados que habían sostenido sus predecesores socialdemócratas.

En otra parte de su novela, Ernaux menciona las oficinas del Partido Socialista, organización por la que ella votó en 1981. Los socialistas franceses se habían mudado a ese edificio en la década de 1980 bajo la presidencia de François Miterrand, representante hipotético de un programa de reformas sociales radicales elaborado en conjunto con los comunistas. En 2017, después de que los socialistas quedaron varados en el quinto lugar de las elecciones presidenciales, los dirigentes del partido decidieron entregar el edificio a un escribano público. Así pusieron en venta ese bastión orgulloso de la política de izquierda del siglo XX.

Desde entonces, formas nuevas y bastante extrañas ocupan ese lugar vacante. Los denominados «partidos digitales» —desde La France Insoumise y Podemos, organizaciones de izquierda, hasta La République en Marche de Macron, situada en el centro del espectro político, y el Movimiento Cinco Estrellas, que ocupa un lugar amorfo en la derecha— prometían menos burocracia, más participación y nuevas formas de horizontalidad. En realidad, terminaron concentrando todo el poder en las personas en torno a las cuales habían surgido.

En Gran Bretaña, el Partido del Brexit fue al menos más honesto. Fundado como una corporación durante las elecciones de 2019, prometió continuar como una fuerza seria solo si el partido era favorable a la carrera de Nigel Farage. Todas estas organizaciones pueden afirmar que sus raíces están en la repolitización de ciertas capas sociales, pero ninguna se ganó el compromiso de sus simpatizantes en el sentido político clásico.

No cabe duda de que uno de los factores que impulsa este nuevo «movimientismo» es el oportunismo electoral. Para la mayoría de los partidos europeos, la reciente conversión al modelo del movimiento toma lugar frente a la constatación de dos hechos: la disminución de la cantidad de afiliados en el largo plazo y el achicamiento continuo de los electorados. Bélgica ilustra esta tendencia. Sorprendentemente, en los años 1990, el Partido Cristiano Demócrata y Flamenco conservaba todavía 130 000 miembros. Hoy cuenta unos magros 43 000. Durante el mismo período, el socialismo se desplomó y pasó de 90 000 a 10 000 miembros. El Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) pasó de contar 1 millón de miembros en 1986 a contar 400 000 en 2019, mientras que la cantidad de afiliados de los socialdemócratas holandeses cayó de 103 760 a 41 000 en 2021. La misma historia se repite en todos lados: el antiguo partido de masas sobrevive como un proveedor de políticas públicas (los especialistas hablan de un «factor de output» de la democracia), pero a nivel interno es devorado por los especialistas en RR. PP. y por los funcionarios.

Hasta cierto punto, Gran Bretaña es una excepción. Bajo la dirección de Jeremy Corbyn, la cantidad de afiliados del Partido Laborista creció exponencialmente (pasó de 150 000 a 600 000 en su punto más álgido). Y no eran simpatizantes, sino afiliados. Es decir que tenían toda una serie de derechos constitucionales y de voto: aun aquellos que no participaban tanto de la vida cotidiana del partido, podían participar de las elecciones internas y tomar posición sobre temas candentes, como la definición de los representantes públicos de la organización. No es sorprendente que la contrarrevolución liderada por Starmer dentro del Partido Laborista haya apuntado principalmente contra la estructura de afiliados: si la organización debe llegar a convertirse en un vehículo más de los políticos profesionales, es necesario dejar sin poder a los afiliados, incentivarlos a abandonar el partido o directamente expulsarlos. La pérdida de cerca de 150 000 afiliados indica que ese proceso está en marcha.

Las lecciones que deberían asimilar los populistas de izquierda son bastante duras. Mientras que la mayoría de las experiencias de izquierda de los últimos años —desde Syriza hasta Podemos y France Insoumise— intentaron expresarse adoptando nuevas formas organizativas, es probable que el corbinismo haya sido el último intento de revivir el partido obrero de antaño, percibido hoy por los políticos y por los ciudadanos como un instrumento demasiado lento y aparatoso. Los antiguos miembros de los partidos cuentan ahora con la posibilidad de evitar asumir compromisos a largo plazo en el marco de asociaciones que limitan su voluntad, y el poder ejecutivo encuentra cada vez menos resistencia en los parlamentos.

Hace poco, el máximo dirigente del socialismo belga celebró el nuevo clima de su partido y se refirió alegremente, en una publicación de Instagram donde mostraba a sus seguidores, al ambiente acogedor y al espíritu emprendedor que reinaban en la organización. Ahora los partidos buscan especialistas en gestión de redes sociales e invitan a los influencers a que formen parte de los gabinetes (hace poco Macron recibió en su palacio presidencial a dos vloggers de YouTube). En última instancia, es difícil decir que estos nuevos partidos digitales y los movimientos que los engendraron hayan sido negaciones de la economía posindustrial. Más bien, son expresiones de esa economía: informales y provisorios, sin acuerdos a largo plazo, organizados alrededor de negocios y empresas fugaces.

Los ciudadanos que deambulan de un empleo temporario a otro tienen cada vez más dificultades para construir relaciones duraderas en sus lugares de trabajo. Internet y los círculos reducidos de amigos y familiares parecen ser hoy ambientes sociales mucho más propicios. Estos dos polos promueven tipos de solidaridad absolutamente concretos o absolutamente abstractos: las familias son el mejor fondo de seguridad social mientras que internet es una asociación completamente voluntaria.

Es el mismo voluntarismo que resuena en el ánimo típico de las protestas contemporáneas. En principio, las manifestaciones de Black Lives Matter y las de QAnon, o las revueltas del 6 de enero de 2021 ocurridas en Wahington D. C., parecen tener poco en común. Efectivamente, en términos morales, son mundos distintos: unos protestan contra la represión policial y contra el racismo, otras contra procesos ficticios de fraude electoral y a favor de teorías conspirativas. Sin embargo, en términos organizativos, estos movimientos son similares: no tienen listas de afiliados, tienen muchas dificultades a la hora de imponer una disciplina sobre sus seguidores y no son organizaciones formales.

El sociólogo Paolo Gerbaudo describió estos nuevos movimientos de protesta como cuerpos sin órganos: tensos y musculares, pero sin metabolismo interno. No debería sorprendernos la concordancia armónica entre esa forma fluida de autoritarismo y la economía de servicios contemporánea. La época de los contratos precarios y el autoempleo no estimula los lazos duraderos dentro de las organizaciones. En su lugar encontramos una combinación curiosa de lo horizontal y lo jerárquico, con dirigentes que nuclean a un grupo endeble de fanáticos sin suscribir jamás a un marco partidario definido.

Obras como Masa y poder de Elias Canetti, publicada por primera vez en 1938 en la Viena de entreguerras, supieron identificar bien este tipo de dirección política. Canetti concibió su clásico libro como una respuesta frente a los enormes levantamientos obreros de los años 1930. El movimiento obrero de entreguerras despertó una fuerte reacción de la derecha, y el período terminó con dos movimientos de masas enfrentados. En vez de una «masa» móvil, las tropas contemporáneas de QAnon y las protestas anticuarentena se parecen a «enjambres»: grupos que responden a estímulos breves y explosivos generados por influencers carismáticos y por demagogos digitales. Cualquiera puede unirse a un grupo de Facebook que simpatiza con QAnon: como sucede con todos los medios digitales, los costos de pertenecer son relativamente bajos.

Por supuesto, los dirigentes pueden intentar coreografiar estos enjambres con tuits, intervenciones televisivas o hipotéticos bots rusos. Pero esa coreografia no basta para crear una organización duradera. Este proceso marca un desplazamiento, decisivo pero inestable, que está dejando atrás la democracia partidaria fundada en la política de masas. Mientras que los partidos de la posguerra contaban con un equipo ceñido de mediocampistas y defensores, los nuevos partidos populistas están construidos casi exclusivamente alrededor de unos cuantos jugadores estrella. Como destaca Gerbaudo, los dirigentes populistas de hoy nacen como animales mediáticos.

En muchos sentidos, parece que la lección que realmente aprendieron de la época «pospolítica» es que la política debe entrar de nuevo en la esfera pública. Pero sin el resurgimiento de organizaciones de masas, eso solo sucede a nivel discursivo o bajo el prisma de la política mediática: cada acontecimiento político importante es escudriñado en función de su carácter ideológico, eso genera polémicas que evolucionan en campos claramente delineados por las plataformas de los medios sociales y después rebotan en las redes preferidas por cada uno de los bandos. En ese proceso mucho se politiza pero poco se logra.

En muchos sentidos podemos definir este período como una transición de la «pos-» a la «hiperpolítica», o como el reingreso de la política en la sociedad. Con todo, la nueva «hiperpolítica» también se distingue por el eje que pone en las costumbres personales e interpersonales, por su moralismo incesante y por su incapacidad de pensar las dimensiones colectivas de toda lucha. En ese sentido, la «hiperpolítica» es lo que queda cuando termina la «pospolítica»: es la forma que toma el conflicto político en ausencia de toda política de masas. La pregunta por la propiedad y el control es reemplazada por una indagación sobre el verdadero ser de las personas: el collage de las identidades toma el relevo de la lucha de clases.

No cabe duda de que la «pospolítica» está llegando a su fin. No corre más «el rumor» de que la política murió, como decía Ernaux en 2008. El nuevo modo de la «hiperpolítica» se presenta hoy como la alternativa débil a la política del siglo XX. Ernaux también supo reconocerlo: en el final de su libro, llama a los lectores a «salvar algo de esa época que nunca volverá»."                     ( , JACOBIN América Latina, 09/02/22)

1/2/22

Jorge Tamames: "Es peligroso equiparar el populismo de izquierdas con el de derechas"

 "Mucho se ha escrito sobre la palabra y el concepto de "populismo". El politólogo Jorge Tamames, investigador en el Real Instituto ElCano y colaborador de medios como Público, lo aborda desde una perspectiva novedosa en su nuevo libro. La brecha y los cauces (Lengua de Trapo, 2021), analiza "el momento populista" tanto en España como Estados Unidos. Lo hace centrándose principalmente, por un lado, en el ejemplo del movimiento y la candidatura de Bernie Sanders en el país estadounidense. Por otro, en el surgimiento y evolución de Podemos hasta nuestros días. La publicación está prologada por el exintegrante del partido morado, Pablo Bustinduy. El epílogo corre por cuenta de la pensadora francesa Chantal Mouffe, referencia en los estudios sobre populismo. De las líneas principales del libro, habla Tamames en esta entrevista con Público. 

La primera pregunta es casi obligada, ¿cuál es la definición correcta o académica de "populismo" que defiende?

Es una palabra controvertida porque cada cual la usa y manosea un poco a su antojo. Yo en el libro trabajo con la definición académica que han desarrollado principalmente Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Pero es verdad que hay otras. La corriente dominante en la academia lo entiende como una ideología que divide a la sociedad entre un pueblo puro y unas élites corruptas. Yo le encuentro alguna que otra pega a esta forma habitual de tratar el populismo, porque me parece que ni siquiera los propios líderes populistas creen en esta ideología en la medida que un liberal puede creer en el libre mercado o un socialdemócrata en la redistribución. Pocas veces se ha analizado esta cuestión desde el punto de vista de la economía política. Esta aproximación discursiva al fenómeno del populismo se queda en una forma de entenderlo desde ese punto de vista pero no de manera estructural, de los cambios económicos y las transformaciones sociales que han afectado a nuestros países en las últimas décadas.

Por sintetizar mucho, la definición de Laclau y Mouffe del populismo señala una estrategia política en la que se representa al pueblo enfrentado con las élites, con un componente de antagonismo, pero lo que pasa es que el pueblo no es una realidad ontológica que existe ahí fuera, sino que es un concepto a construir. En función de cómo construyas ese pueblo y a qué tipo de élites te opongas, puedes dar con un tipo de populismo de izquierdas u otro de derechas y reaccionario. 

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¿Cuáles serían las diferencias en los populismos de ambas ideologías?

Puede que tu pueblo sea el 99% de la sociedad frente al 1%, como denunciaba el movimiento Ocuppy Wall Street. La solución sería una mayor distribución económica y justicia social. Es una división que introduce un cierto antagonismo en la sociedad pero que se puede encauzar con las herramientas de una democracia liberal. Por otro lado, puede que tu enemigo sean unas especies de élites globalistas compinchadas con los inmigrantes, con George Soros, las minorías étnicas o las feministas. Te encuentras con que son grupos que en tu modelo de sociedad no tienen un encaje muy cómodo. 

El populismo de izquierdas ha tenido menor éxito electoral que el de derechas. Cuando han llegado al poder, en España de manera limitada en una coalición pero sí en Grecia con Syriza, no se ha producido un retroceso democrático como sí ha sucedido en EEUU con Trump, Brasil con Bolsonaro o Hungría con Orban. Me parece que la emergencia de estos partidos sí tiene algunos elementos en común y sí se puede usar un enfoque que los intenta analizar como manifestaciones diferentes de un mismo problema. Pero me parece que es peligroso hacer un ejercicio de simetría y equiparar sobre lo que sale de un lado y otro sea idéntico. 

La primera frase del primer capítulo es llamativa: "la democracia liberal está bajo asedio". ¿Está amenazada realmente la democracia?

Es un frase un poco dramática pero es un discurso que llevamos escuchando mucho tiempo. El problema de este discurso, que siendo verdad en muchos países europeos, muchas veces se entiende como que son cuestiones absolutamente ajenas a la democracia liberal las que han producido estos movimientos. Siempre hay una especie de otro que llega para subvertir un status quo que funcionaba perfectamente. Una de las cosas que intento señalar en el libro es que la aparición de partidos populistas que se perciben como amenaza a la democracia liberal, en muchas ocasiones responde a procesos propios de democracias liberales. Trump es un producto profundamente americano. No es el resultado de que los rusos interfirieran en las elecciones. Presentarle como un fenómeno que responde a dinámicas externas es muy cómodo, pero en realidad es perfectamente posible analizar la deriva de EEUU en las últimas décadas y entenderlo en base a eso.

Hay una involución democrática, es un problema que nos debe preocupar. Pero hay que entender que lo hemos generado nosotros a nivel doméstico con decisiones muy concretas y específicas.

Comentaba que hay una serie de fenómenos similares para explicar el surgimiento de estos partidos a un lado y otro del tablero. ¿Cuáles serían? En el libro apunta especialmente al crecimiento de la desigualdad y cuestiones económicas.

La idea principal del libro es que el populismo no se debe a que líderes demagogos encandilen a las masas de un momento a otro, sino que hay procesos de largo recorrido que tienen que ver con el desarrollo de nuestras economías. Para intentar anclar la teoría de Laclau y Mouffe en un marco de economía política uso el trabajo de un pensador austrohúngaro, Karl Polanyi. Escribió un libro en 1944, La gran transformación, en el que viene a decir que todas las sociedades que ha habido en nuestra historia usan los mercados para el intercambio de bienes pero de una manera muy limitada. Y lo que tiene de particular la civilización liberal-capitalista que surgió en el s.XIX es que la lógica del mercado se va trasladando a cada vez más esferas sociales. El mercado se convierte en un mecanismo que regula y gobierna cada vez más aspectos de nuestra vida. Nos puede parecer algo razonable si hablas de salir a comprar palmeras de chocolate. Pero si hablas de derechos laborales o la propia tierra como bien de mercado, nos encontramos con una externalidades que generan una gran inestabilidad social. 

Lo que Polanyi plantea es que en algún momento las sociedades, de manera prácticamente espontánea, se movilizan contra el avance de los mercados. Escribió el libro en 1944 y defiende la idea de un contramovimiento social para embridar a los mercados desde una perspectiva socialista. Pero es consciente de que ese contramovimiento es el que llevó al auge del fascismo en la Europa central. Esto me parece interesante porque capta muy bien la dinámica de los partidos populistas que han surgido en la última década, después de 40 años de gobernanza económica neoliberal. 

Uno de estos contramovimientos de los que habla el libro es el 15M. ¿Cómo contribuyó a abrir esta brecha populista en España?

Es casi un ejemplo de libro de texto de lo que Polanyi llamaba un contramovimiento social contra el mercado. La teoría de cambio de Polanyi difiere un poco del marxismo. Él, que tiene un trasfondo como antropólogo, señala que estas revueltas contra el mercado se producen en el conjunto de la sociedad, no tienen que estar ubicadas en una clase específica. Con el 15M pasó un poco eso. Salió a la calle mucha gente, en ocasiones con un perfil más de clases medias que de clase trabajadora. Salen de manera espontánea, con una reivindicaciones que, sobre el papel, parecen muy radicales, pero que en la práctica tienen el respaldo de gran parte de la sociedad española. Tienen algunos eslóganes como "no somos mercancía en manos de políticos y banqueros". Está clarísimo.

Ese ciclo prendió la mecha. Pero otra cosa es que se traduzca en la arena política. Podemos hizo un intento, con una serie de mecanismos discursivos bien planteados de ser el partido que representaba esa indignación. Lo consiguió hasta cierto punto pero sin alcanzar los márgenes de representación que generaba el 15M. 

El libro trata ampliamente la evolución de aquel primer Podemos con la actualidad. ¿Ha dejado el partido de usar el momento populista de sus inicios?

Podemos hizo un uso bastante inteligente de estas herramientas de análisis en 2014, 2015 y 2016. Pero el planteamiento inicial era convertirse en el primer partido en representación electoral en un espacio de 2 años. Como si se hubiese generado una ventana de excepcionalidad en la política española que permitiese una operación de ese calado. Casi le sale bien la jugada, la plantearon bien. España en esos años tenía una crisis de representación política pero no una crisis de Estado como otras sociedades latinoamericanas o incluso en el caso de Grecia. Se encontraron con un panorama en el que no era tan viable hacer una operación que en dos año cambiara por completo el mapa electoral. Los politólogos hablan de clivajes, brechas de participación electoral dependiendo de la edad, género, etc. Una sociedad como España en 2014 tenía muchas fallas de este tipo que configuran la participación electoral y tú no puedes con una simple dicotomía pueblo-élites comprimirlas todas de manera que ganes con mayoría absoluta. 

¿Se puede volver a abrir una nueva brecha de oportunidad populista de este tipo desde la izquierda?

Vivimos en un momento de agotamiento de los registros que inauguraron estos partidos. Hay como una fatiga bastante clara. Hablar del pueblo contra las élites o la casta está relativamente trillado. Eso no quiere decir que el mecanismo que desarrollaron estos partidos no sea eficaz. Simplemente atravesamos una etapa en la que priman más perfiles sosegados. La entrada de Podemos en el Gobierno ha puesto de manifiesto que no solo es importante tener un buen discurso o un  buen relato sino gestionar cosas como un Ministerio. Se requiere una capacidad técnica considerable. En este caso, perfiles como el de Yolanda Díaz han salido ganando en el momento actual. 

¿Quiere decir esto que no va a haber más momentos populistas? 

No, yo creo que sí los veremos. Las dinámicas económicas y sociales tampoco han empujado hacia una resolución clara de todos los problemas que había en 2014. 

El libro no menciona casi a Vox, porque no es el objeto del libro. Pero sí me gustaría preguntarle por cómo ve su evolución y su cercanía a tener poder.

Yo con los vaticinios electorales soy muy malo, así que en eso no me voy a arriesgar. Es verdad que Vox ha ganado impulso y todos los sondeos lo sitúan muy por encima de Podemos. Tampoco soy experto en la derecha radical, pero en la medida que he seguido casos, me llama la atención algo desde la perspectiva de la economía política. El partido más conocido en Europa durante mucho tiempo en la extrema derecha era el Frente Nacional de Marine Le Pen. Ellos sí que han adoptado un cierto perfil obrerista. Tienen muchas contradicciones, eso sí. En función de eso se ha llegado a pensar que los partidos populistas de derechas plantean una agenda social reaccionaria y políticas económicas que van contra el liberalismo y que incluso coinciden con la izquierda. En la práctica, lo que vemos es que una vez llegan al Gobierno o en sus programas electorales prima mucho más el generar batallas culturales contra la izquierda que promover ningún tipo de agenda económica alternativa. Es más la agenda económica de un partido como Vox es extraordinariamente ortodoxa y ultraliberal. 

La maniobra que hacen en la coyuntura actual es canalizar esa frustración que se genera en torno a otro tipo de enemigos que no son las élites económicas, si bien es verdad que tienen un discurso populista. Vox ha crecido principalmente, aunque tiene otros nichos, a partir del conflicto con el independentismo catalán. Ahora parece que ya se ha consolidado con una base de votantes considerable. Creo que va a depender mucho de qué tipo de estrategia vaya a adoptar el PP, que nunca está muy claro si pretende entenderles como un socio de confianza siempre o si pretende distanciarse. 

El libro analiza también en profundidad el fenómeno en EEUU de Bernie Sanders y ese populismo de izquierdas allí. ¿Cómo ha sido su evolución y cuáles son las similitudes con lo que hemos visto en España?

Lo curioso de Sanders es que tuvo momentos similares a Podemos. Surgió en un país muy diferente y en la misma época. Las similitudes fueron un candidato anti-establishment, con un discurso marcadamente más radical que el del centro-izquierda al uso. Y un discurso en el que no tiene problema en señalar a los millonarios como parte del problema. La campaña de Sanders, a diferencia de la Podemos, apostó menos por confrontar verbalmente y más por construir organización electoral. Lo hizo con un éxito notable pero no fue suficiente para revertir que todo el resto del partido se configuró contra él. Sanders, en 2016 contra Hillary Clinton nadie daba un duro por él y, sin embargo, llegó a disputar las primarias. En 2020 hubo un momento en el que parecía que iba a ser el candidato demócrata. Pesó, sobre todo, una dinámica que también está presente en España. La base de votantes de una iniciativa como la de Sanders es predominantemente joven y la de sus rivales era de mayor edad, un grupo que participa más democráticamente. 

Sanders contaba en su hipótesis de campaña con que iba a ser capaz de reconfigurar el mapa político estadounidense haciendo que participasen muchos estadounidenses de clase baja que habían estado desmovilizados durante décadas. Aunque el trabajo de organización que hicieron fue muy notable, no fue suficiente como para activar a esa base. Si la hipótesis de Podemos era gobernar en dos años y la de Sanders era activar a un montón de votantes, ninguna se concretó en el plazo de tiempo que se habían dado ambos movimientos para lograr tener éxito. "                  (Entrevista a Jorge Tamames, Miguel Muñoz, Público, 08/01/22)

29/12/21

Nancy Fraser: Tal vez el calentamiento global le plantee un límite al capitalismo en sí mismo... entonces existen distintas posibilidades. Algunas deseables, como por ejemplo alguna forma de socialismo democrático mundial... en el otro extremo del espectro, tenemos toda una serie de resultados poscapitalistas o no capitalistas realmente terribles: escenarios dominados por caudillos militares autárquicos, guerras permanentes, regresión social o algún tipo de régimen mundial autoritario. Hay también, supongo, otra posibilidad, que es que la crisis no se resuelva, que simplemente se desarrolle una lenta canibalización de la sociedad humana, una especie de lento retroceso que nos devuelva a la mera lucha por la supervivencia... Y es posible que un Green New Deal a nivel mundial, aun si no es sustentable en el largo plazo, sirva como una especie de programa transicional que nos guie hacia el socialismo democrático

 "Durante décadas, la teórica estadounidense Nancy Fraser ha aportado a la izquierda algunas de sus ideas más potentes. Por momentos, estas ideas son de corte claramente políticas, como cuando Fraser reclama que el feminismo corte sus vínculos con la élite económica y adopte una política de clase que pueda atacar la opresión desde sus raíces. En otras ocasiones, son conceptos poderosamente teóricos, como cuando Fraser analiza la interacción entre el capitalismo y las «condiciones de fondo» de las que depende el capitalismo y que no puede subordinar completamente.

En sus últimos trabajos, Fraser aboga por una síntesis entre lo práctico y lo teórico, con el fin de evitar el desastre que se avecina y que ella denomina, en su próximo libro, «capitalismo caníbal»: la perspectiva de que el capitalismo, al invadir todas las esferas de la vida, pueda destruir sus condiciones de supervivencia y, lo que es más importante, las nuestras.

Martín Mosquera de Jacobin América Latina habló con Fraser sobre los escenarios futuros que se vislumbran en el horizonte si no actuamos decisivamente para socavar el poder del capital y sobre los retos que implica construir un frente común de lucha política.

 Tus trabajos más recientes desarrollan un «concepto ampliado de capitalismo». Se trata de cuestionar la definición tradicional que se concentra de manera estrecha en el capitalismo como sistema económico, ¿es así?

Efectivamente, la concepción ampliada del capitalismo es un intento de abandonar las interpretaciones inadecuadas y burdas de cierto marxismo que piensa en términos de base y superestructura, es decir, que afirma que el fundamento real de la sociedad es el sistema económico y que todo lo demás es una superestructura. En ese modelo, la causalidad fluye de manera unidireccional desde la base económica hacia la superestructura jurídico-política. En cambio, si hablamos de la relación entre el subsistema económico de la sociedad capitalista y las condiciones de posibilidad que constituyen su trasfondo necesario, la imagen de la base y la superestructura se complica. Afirmar que algo es una condición necesaria de la economía implica que las actividades que hacen al funcionamiento del sistema económico capitalista —la producción de mercancías, la posibilidad de venderlas para obtener ganancias y acumular capital, la compra de la fuerza de trabajo y su utilización— no pueden desarrollarse a menos que otros elementos, que a veces se piensa que están fuera de la economía, se encuentren en su debido lugar.

En este sentido, por ejemplo, son necesarias las relaciones de parentesco que organizan los nacimientos, el cuidado, la socialización y la educación de las nuevas generaciones, que reponen la fuerza de los trabajadores adultos que deben alimentarse, bañarse, vestirse y descansar para poder retornar a sus trabajos al día siguiente. Creo que este es un argumento que los lectores de Jacobin conocen bien y que fue desarrollado en detalle por las feministas que trabajan en el marco de esa variante del feminismo marxista que se denomina Teoría de la Reproducción Social. Si tomamos el ejemplo de la reproducción social, percibimos inmediatamente que, de no realizarse adecuadamente esta condición de fondo, se estropea la producción. Esto implica que las posibilidades de acumular capital por medio del sistema económico están limitadas por algunos rasgos de las relaciones de parentesco, como las tasas de nacimiento o las tasas de mortalidad. Por lo tanto, las condiciones de fondo tienen consecuencias importantes sobre todo el proceso. De esta manera, podemos construir una imagen más compleja de la causalidad.

Podríamos decir algo similar de las condiciones de fondo denominadas «naturales» o «ecológicas»: la producción capitalista y la acumulación de capital suponen que todas las cosas materiales que necesita el sistema están disponibles sin reservas y desde siempre en la naturaleza, que basta con elaborarlas en el proceso de producción. Pero las materias primas, las fuentes de energía y la posibilidad de eliminar los residuos —todas condiciones de fondo indispensables— no son necesariamente ilimitadas. Al mismo tiempo, está claro que las fallas en los ecosistemas esenciales (por ejemplo, el agotamiento de las fuentes de energía o la contaminación excesiva) también pueden estropear las industrias. El COVID-19 que, al menos en un nivel, es resultado de una disfunción ecológica, nos brinda en este momento un ejemplo particularmente interesante de todo esto. Se trata de un derrame zoonótico, es decir, de la transmisión de un virus que, a través de algunas especies intermedias —probablemente los pangolines—, pasa de los murciélagos a los seres humanos y hace que todo el sistema económico se contraiga y cierre por la fuerza. En este sentido, podemos decir que el COVID-19 es un excelente ejemplo de una causalidad que avanza en la dirección contraria a la del esquema de la base y la superestructura.

Quisiera saber algo más sobre el lugar que ocupa el subsistema económico en tu teoría. En tus términos, el capitalismo no es un sistema económico autónomo porque depende de «condiciones de fondo» que, en algún sentido, son parcialmente externas. Surgió el ejemplo de la naturaleza. Pero aun si todas estas esferas son relativamente autónomas, son «condiciones de fondo» del subsistema económico, el «primer plano» del capitalismo. ¿No continua siendo el subsistema económico, en tu enfoque, el elemento predominante, para decirlo de algún modo, «en última instancia»?

Sí, efectivamente hay algo específico en la economía que le otorga un vigor causal particular, una fuerza real y una gran importancia: el imperativo de acumular y expandirse. Sabemos que la economía capitalista no se trata de individuos que ganan dinero y luego se tiran a descansar y a consumir lo que compraron en hogares lujosos. El capitalismo conlleva el imperativo de la reinversión continua, que genera cada vez más plusvalor, más ganancias y más capital. En las sociedades capitalistas, se trata de una fuerza realmente dinámica que históricamente dispuso del poder causal para torcer —en mayor o en menor medida— ciertas condiciones externas a voluntad del capital. No es un poder absoluto. Siempre corre el riesgo de retroceder frente a lo que recién mencionaste, de forma adecuada, como «esferas relativamente autónomas»: la naturaleza tiene sus propios tiempos y obedece a un tipo de reproducción que, a la larga, cae por fuera del control capitalista.

 De todas formas, la dinámica capitalista es una compulsión bruta y ciega que está fuertemente anclada en el sistema y es mucho más poderosa que la voluntad de los seres humanos individuales que personifican al capital, lo poseen y realizan su voluntad. El impulso es tan poderoso que, en algunos casos, es capaz de modificar las condiciones de fondo. Aunque probablemente siempre encontrará un límite.  Lo que intento decir es que Marx y la mayoría de los marxistas tienen razón cuando insisten en el poder y en la fuerza transformadora que conlleva la dinámica de la acumulación. Aun así, no creo que esto necesariamente se traduzca a la imagen causal de la base y la superestructura. Existen toda clase de presiones porque las denominadas «condiciones de fondo» tienen una gramática de reproducción propia y valores normativos que influencian las decisiones de la gente.

Me gustaría centrarme ahora en tu concepto de «luchas de frontera». Se trata de las luchas por definir los límites entre la economía y la sociedad, la producción y la reproducción, etc., es decir, entre el «primer plano» y sus «condiciones de fondo». En algún punto, parecería que estas luchas de frontera son sinónimos de la lucha de clases. Al abordar las luchas sociales de esta forma, ¿no existe el riesgo de extraviar la especificidad de la lucha de clases? Si volvemos a leer tu respuesta a Butler en la New Left Review, podríamos preguntarnos si la Nancy Fraser de 2021 corrige a la Nancy Fraser de 1998. Te cito:

Butler pretende llegar a la conclusión de que las luchas de liberación sexual son económicas, pero esta conclusión se vuelve tautológica. Si las luchas en torno a la sexualidad son económicas por definición, entonces no son económicas en el mismo sentido en el que lo son las luchas en torno a la tasa de explotación. Llamar «económicas» a ambos tipos de lucha supone arriesgarse a hacer colapsar las diferencias, generando la falsa impresión de que entran en sinergia de manera automática y anulando nuestra capacidad de plantear y responder a cuestiones políticas complicadas, pero acuciantes, relativas a cómo hacerlas entrar en sinergia aunque, de hecho, sean divergentes o estén en conflicto.

En realidad, no. Creo que descubrí que podía expresar mejor lo que quería decir sirviéndome de otra terminología. Pienso que existen dos estrategias. Históricamente, al menos en el marxismo tradicional y en los principales movimientos obreros y socialistas, hubo una tendencia a pensar las luchas de clase en un sentido estrecho, como luchas en el campo de la producción que se desarrollan a partir de disputas por la tasa y la distribución del plusvalor que se extrae a los trabajadores asalariados por medio de la explotación en las fábricas. Y luego sí, por supuesto, se supone que esas luchas deben expandirse más allá de las puertas de la fábrica, desarrollar una dimensión política y asumir otras reivindicaciones más lejanas. Pero sigo pensando que, en general, esta imagen de la lucha de clases como algo esencialmente relacionado con el trabajo asalariado en entornos industriales es una imagen muy poderosa.

 Esa imagen ha llevado a mucha gente a intentar argumentar contra lo que Mouffe y Laclau llaman «esencialismo de clase». Estas personas argumentan que las luchas de clases no son las únicas que existen en las sociedades capitalistas y que no tienen la potestad absoluta para definir qué es una reivindicación justa o qué sería una sociedad justa. No tienen el monopolio sobre los nombres de la opresión y la injusticia. Y, de hecho, a lo largo de la historia, las sociedades capitalistas han sido espacios en los que se desarrollaron luchas enormes alrededor de la esclavitud y el trabajo forzado, el género y múltiples ejes de opresión y dominación. Entonces, una estrategia consiste en decir: «Bien, las luchas de clases son esta cosa específica y, por lo tanto, debemos reconocer las luchas que no son luchas de clases, que son otra cosa».

Sin embargo, desde otra perspectiva, podríamos decir que el problema es la definición estrecha de lo que es una lucha de clases. Si analizamos la cuestión de una manera más sofisticada y con más detalle (y creo que esto es lo que quise decir cuando discutí con Butler) podemos afirmar que las otras también son luchas de clases, pero en un sentido diferente. Esto nos lleva de vuelta al inicio de nuestra conversación, cuando hacías referencia a mi idea de un concepto ampliado del capitalismo. En la medida en que el capitalismo no es solo una economía, la clase no se define únicamente en el campo de la producción. Si comprendemos al capitalismo como una realidad que abarca todas estas condiciones de fondo, necesarias para que funcionen los sitios especializados en los que se acumula plusvalor a costa de la explotación del trabajo asalariado, comprendemos también que la reproducción social es un componente esencial del sistema y de la forma en la que sus partes encastran unas con otras. Si decimos lo mismo sobre la naturaleza, sobre los bienes públicos y las capacidades regulatorias, sobre las formas legales que consideramos políticas, si todo esto también es esencial, entonces podría darse el caso de que las luchas que se generan alrededor de estas realidades también sean luchas anticapitalistas, o al menos luchas en torno a componentes esenciales del sistema capitalista. También podemos decir que, si logran conjugarse de forma adecuada —y no siempre sucede así— estas luchas pueden ser comprendidas como luchas de clases.

A lo largo de la historia, las luchas alrededor de la reproducción social formaron parte de la lucha de clases. Esto es lo que está detrás de la poderosa reivindicación de un salario familiar defendida por el movimiento obrero. Se trata a la vez de una lucha por las condiciones de trabajo —en términos literales— y una lucha por las condiciones de la reproducción social y las actividades del hogar. Resultó ser una solución que no siempre favoreció a las mujeres ni a esas porciones de la clase trabajadora a las que no se consideraba idóneas para un salario familiar. Pero podemos percibir que rápidamente, dependiendo de cómo hablemos sobre la lucha clases, las cosas pueden volverse muy complicadas.

Pienso que en términos intelectuales, la mejor solución es redefinir la clase y la lucha de clases de una manera más amplia. Pero, al mismo tiempo, debemos tener mucho cuidado a la hora de precisar lo que significa que estas luchas sean luchas de clases. Lo digo teniendo en mente una cuestión en particular: ¿cuál es la mejor manera de promover el tipo de alianzas amplias que necesitamos para enfrentar a los enormes poderes, profundamente arraigados, contra los que debemos luchar y a los que debemos desarmar? A primera vista, afirmar que se trata de luchas de clases parece abrir el campo de lo posible: estamos todos juntos y enfrentamos el mismo enemigo. Todos somos parte del mismo proyecto. Por otro lado, hay gente que suele interpretar este tipo de lenguaje en términos de disputa: «Tratan de hegemonizar nuestra lucha y niegan su especificidad».

Si adoptamos una concepción ampliada del capitalismo y, por lo tanto, de la lucha de clases y de las luchas anticapitalistas, tenemos la obligación de definir con mucha precisión los motivos por los que estas luchas no armonizan inmediatamente. Pero esa es una tarea que compete a la política y, en efecto, una tarea difícil.

Por cierto, para explicar las luchas de frontera, suelo referirme a la perspectiva de Karl Polanyi. Sin utilizar el término, Polanyi estaba muy interesado en las luchas de frontera entre lo que denominaba el mercado autorregulado —podríamos decir, simplemente, la economía— y la sociedad. Este enfoque también enfrenta múltiples problemas sobre los cuales no voy a explayarme en este caso, pero lo interesante y fructífero es la idea de que la lucha no se desarrolla simplemente alrededor de la distribución del plusvalor. Se desarrolla más bien en torno a aquellos elementos que definirán la gramática de la vida. En una comunidad determinada, ¿se le dará carta blanca al capital o no? Esto suscita preguntas muy profundas sobre el poder y sobre quienes disponen del poder para moldear la gramática de la vida de una sociedad. Todas estas son cuestiones que, en las sociedades capitalistas, se eliminan subrepticiamente de la agenda política y se le delegan sin nuestro consentimiento al capital y a quienes se encargan de la acumulación de capital.

 Hablar de las luchas de fronteras en este sentido nos acerca a la pregunta que planteas. No es solo una cuestión de distribución, sino de la gramática de la vida social. La clase tiende a hacernos pensar que se trata de «quién gana cuánto» y esto no es del todo adecuado. Lo que digo también suena un poco populista. La noción de luchas de fronteras nos indica que hay un problema fundamental a la hora de trazar la línea que separa a la sociedad de la naturaleza, y esto nos lleva de nuevo al coronavirus y al derrame zoonótico. Estas cuestiones se volvieron ineludibles en la actualidad y creo que la situación actual debería bastar para dejar atrás cualquier tipo de ingenuidad al respecto.

 Se plantean problemas muy serios cuando se piensa en la relación entre el trabajo remunerado —que asumo que existirá, de alguna manera, en una sociedad socialista— y las otras actividades que realizamos en nuestras comunidades, las relaciones familiares, la crianza de los niños, etc. Estos problemas no desaparecerán y son precisamente a los que me refiero cuando hablo de luchas de frontera. Es probable que, en el momento en que nos involucramos en estas luchas, los intereses no estén del todo claros. Como socialista democrática, asumo que en una sociedad socialista deberá haber algún tipo de mercado. No creo que podamos seguir hablando de economías planificadas. Pero los problemas se plantean cuando nos preguntamos cuáles son las fronteras legítimas en el marco de las cuales deben funcionar los mercados o qué cosas es legítimo comprar y vender. Pienso que hablar de luchas de frontera implica asumir que debemos disputar todo esto en las sociedades capitalistas. No es solo que las luchas de frontera sean una alternativa a las luchas de clases. Es que las luchas de clases a veces toman la forma de luchas de frontera y las luchas de frontera —cuando son bien conducidas— a veces toman la forma de luchas de clases.

 En tu conversación con Rahel Jaeggi rechazaste la idea de un capitalismo «posracista» o «postsexista», pero en «¿Es el capitalismo necesariamente racista?», tu conclusión es que tal vez nos dirigimos hacia una forma de acumulación capitalista en la que se diluirá «la base estructural del racismo», porque ya no se separará tajantemente la expropiación (que fundamentaba la opresión racista) de la explotación. ¿Podríamos decir lo mismo de la reproducción social y el patriarcado?

No planteo esta cuestión para embarcarnos en «experimentos mentales» sobre una eventual forma del capitalismo «indiferente al género», sino más bien para evaluar el significado y el estatus de los avances del movimiento feminista. Empujados por las luchas feministas, ¿asistimos a una despatriarcalización parcial del capitalismo?

 Personalmente, evito usar el término patriarcado porque tiene un sentido técnico que remite al dominio de hombres mayores y a una idea de dependencia que incluye tanto a hombres como a mujeres. Prefiero hablar de las formas específicamente capitalistas de dominación masculina. Y creo que estas formas de dominación remiten a algo que —hasta donde alcanza mi entendimiento— es específico de las sociedades capitalistas en tanto se oponen a las sociedades precapitalistas. Lo que es específico en las sociedades capitalistas es la diferenciación aguda entre la producción de mercancías, que se apoya en el trabajo asalariado y en la acumulación de capital, y la reproducción social, que se apoya en gran medida en el trabajo no asalariado de la familia y de ciertos miembros de las comunidades, especialmente las mujeres. Creo que la separación de estas dos funciones esenciales de la sociedad en función del género es específica del capitalismo, y si hay un eje estructural de las formas de dominación masculina, es ese.

Ahora bien, diría que no es posible superar completamente la dominación masculina sin modificar esa separación. Debemos imaginarnos de una forma completamente nueva la relación entre la producción y la reproducción, una forma que haga que sean mucho más porosas la una a la otra. Lo cierto es que estas esferas no pueden diferenciarse de manera categórica, tanto en términos de su relación con la acumulación de capital como en términos de las formas en las que se relacionan con el género. Es como el cambio climático y la idea de que en realidad la descarbonización es imposible. No se puede construir una sociedad sustentable sin descarbonizar. No se puede tener una sociedad realmente justa en términos de género sin meterse con esa división. En algún sentido, se trata de argumentos paralelos. Y agregaría que allí donde la raza está en juego, es imposible alcanzar la justicia racial sin meterse con la distinción entre explotación y expropiación, trabajo libre y trabajo injusto o forzado, que creo que es el fundamento de la cuestión racial.

 Pero también agregaría lo que Hester Eisenstein denomina «relaciones peligrosas» entre el feminismo —o las formas del feminismo burgués liberal— y el capitalismo, que tiene que ver con el hecho de que muchas fuerzas que promueven el capitalismo también quieren desmontar estas relaciones tradicionales de género, estas jerarquías tradicionales que pueden representar en sí mismas obstáculos a la mercantilización, la capitalización y la financierización de las cosas a gran escala. Si no percibimos esto, seguiremos imaginando al capitalismo como un sistema conservador, aristocrático y paternalista. Este es también el motivo por el cual existe una extraña hostilidad entre las élites liberales (que incluyen a la feministas liberales, Wall Street, Hollywood, Silicon Valley y todos los sitios en los que existe un capitalismo neoliberal progresista) y las comunidades evangélicas y aquellos sectores de lo que podríamos denominar el «mundo de Donald Trump», que están a favor de la familia tradicional. 

Tenemos ahora una nueva jueza en la Corte Suprema de los Estados Unidos que representa esto a la perfección. Es la antítesis de Hillary Clinton. Estas dos figuras icónicas representan la oposición entre el feminismo liberal de Wall Street y los valores de la familia tradicional. Frente a esta situación, los movimientos feministas que, a falta de una palabra más adecuada, podemos definir como anticapitalistas, se encuentran entre la espada y la pared. Es necesario luchar contra ambos a la vez.

 Como mencionaste, la crisis del COVID-19 es un ejemplo impresionante de cómo las externalidades interactúan con el capitalismo de manera compleja y pueden conducir al tipo de crisis capitalistas que defines como «multidimensionales». En otra parte también afirmaste que, al menos desde 2008, la etapa actual de capitalismo financiarizado y neoliberal atraviesa una crisis —tal vez terminal— que podría implicar eventualmente el desplazamiento hacia una forma diferente de acumulación capitalista. ¿Qué se puede decir de la crisis actual?

 Me gustaría señalar algunos elementos en la forma en que planteas la pregunta. Uno es que debemos distinguir entre crisis sectoriales y crisis generales. Una crisis sectorial implica que, en un régimen capitalista de acumulación o en una fase de desarrollo capitalista, un área importante empieza a ser disfuncional, enfrenta algún obstáculo insuperable, desestabiliza el sistema, etc. Solemos pensar las crisis económicas de esta manera. Los historiadores pueden brindar ejemplos de estas crisis en una esfera o sector de la sociedad, en este caso, la economía.

No es lo mismo que una crisis general de todo el orden social. Los historiadores también utilizan este concepto de crisis general: una suerte de sobredeterminación de obstáculos y disfuncionalidades. De hecho, creo que esto es lo que estamos viviendo en este momento. Es verdad que vivimos formas periódicas de crisis económica, como la de 2007-2008, que estuvo a punto de convertirse en un colapso financiero, aunque al parecer nuestros gobernantes encontraron la forma de resolver el problema. Pero pienso que ahora podemos comprender que este impulso hacia la financierización es una bomba de tiempo que está siempre a punto de explotar y que, en este sentido, la crisis no se resolvió.

Al mismo tiempo, tenemos el problema del calentamiento global y una crisis ecológica muy grave, tal vez catastrófica, que se estuvo gestando durante mucho tiempo y que ahora se volvió evidente. Cada vez más sectores de la población mundial, incluso aquellos que lograron mantenerse relativamente aislados de los efectos más nocivos, están empezando a comprender la magnitud de la crisis. También tenemos una crisis de la reproducción social, es decir, de todas aquellas actividades esenciales vinculadas al nacimiento y el cuidado de los seres humanos, que no siempre están directamente mercantilizadas: educación, salud, trabajo doméstico, trabajo de cuidados, etc. Este sector también está en crisis. Es muy interesante observar el activismo que se genera en torno a estos sectores, que en algunos casos albergan más actividad sindical que ciertas áreas de la industria.

Hasta aquí tenemos una crisis de la reproducción social y una crisis ecológica. Pero creo que también atravesamos una grave crisis política. Y la elección de Joe Biden en los Estados Unidos está lejos de ser una solución. Se trata en parte de una crisis de gobierno, con lo cual me refiero a que incluso los países más poderosos, como Estados Unidos, carecen en este momento de la capacidad de gestión para resolver los problemas que enfrentan. El poder corporativo los supera. Son incapaces de lidiar con una cuestión como el cambio climático, que no es susceptible de ser contenida en los límites de una frontera jurisdiccional. La crisis de gobierno se está desarrollando a nivel estructural.

Sin embargo, también hay una crisis de hegemonía en el sentido gramsciano, un abandono generalizado de la «normalidad» política. La gente se aleja de los partidos políticos tradicionales y de las élites asociados con (y habría que añadir: deslegitimados o mancillados por) las políticas neoliberales. Todos estos elementos se suman y resultan en una crisis general. Una buena metáfora para pensar la crisis es la metástasis: es posible forzar a un cáncer que surge en un lugar determinado a retroceder, pero luego puede irrumpir en otro lugar. En nuestro caso, puede tratarse tanto de un lugar geográfico como de uno sectorial. Pienso que esta crisis se está volviendo palpable y evidente para mucha gente. Sin embargo, esto no significa que nos estemos acercando a algún punto de colapso total o resolución revolucionaria que nos llevará a tomar el Palacio de Invierno o algo por el estilo. Desafortunadamente, las crisis pueden desarrollarse durante mucho tiempo.

 El hecho de que esta crisis sea particularmente aguda, multidimensional, sobredeterminada o metastásica no significa que podamos saber cuál será el resultado del juego ni cuándo se terminará. En la historia del capitalismo hubo crisis generales que se desarrollaron durante décadas. Podríamos decir que todo el siglo XX, hasta la derrota del fascismo y el final de la Segunda Guerra Mundial, fue solo el despliegue de la crisis general del capitalismo colonial liberal o de laissez faire. Tal vez quede un largo camino por andar.

 Las previsiones son siempre difíciles, sobre todo ante grandes eventos todavía en desarrollo. Sin embargo, quisiera insistir: ¿se perciben tendencias hacia un nuevo modo de acumulación o, para ponerlo en tus términos, hacia una redefinición de «las fronteras» que dieron forma a la fase actual del capitalismo?

 Diré algo sobre los escenarios posibles, pero quiero destacar que no son predicciones. En primer lugar, podemos imaginar que la crisis actual es lo que la Escuela de Binghamton denomina una «crisis de desarrollo», es decir, que no se trata de una crisis de época. Una crisis de desarrollo implica que lo que entra en crisis es un régimen específico de acumulación, una forma específica de organizar la naturaleza, la economía, la producción, la reproducción, la relación entre el Estado y el mercado, etc. Hay momentos en la historia del capitalismo en los que un régimen establecido y profundamente arraigado entra en crisis. Y la crisis se resuelve eventualmente mediante la restructuración del sistema: una nueva manera —en el marco del capitalismo— de organizar la producción y la reproducción.

Podríamos pensar en la socialdemocracia o en el New Deal, en el caso de Estados Unidos, como formas de reorganizar la relación entre la producción y la reproducción. Los Estados asumieron una responsabilidad mucho más explícita a la hora de garantizar cierto equilibrio social y se comprometieron en la financiación o en la organización de algunos trabajos de cuidado sociales y reproductivos. En teoría, podemos imaginar una analogía ecológica en la actualidad: las organizaciones intergubernamentales probablemente podrían asumir la responsabilidad de internalizar estas externalidades, en el sentido de someterlas a la gestión y la regulación para prevenir que se salgan de control, por decirlo de alguna forma, o evitar que se vuelvan en su contra. Una crisis que termina así no es una crisis del capitalismo en sí mismo, es decir, una crisis ética en la que el capitalismo mismo cede el paso a una forma de organización social no capitalista o poscapitalista. Habrá sido, en cambio, una crisis de desarrollo intrínseca al capitalismo, que hace que el capitalismo entre en una nueva fase de desarrollo.

Así sucedió a lo largo de toda la historia del capitalismo. Podríamos decir que nos sorprendieron su creatividad y su ingenio, su capacidad para encontrar nuevas maneras de reformarse a sí mismo. Estoy haciendo un juicio antropomórfico que en realidad debería evitar, porque son siempre actores sociales los que promueven estos proyectos de reforma y restructuración. Pero la idea de la crisis de desarrollo es esta: luego de un largo andar en la crisis —durante el cual se despliegan muchas luchas hegemónicas para conformar nuevos bloques históricos— se presenta una alternativa y gana suficiente apoyo. El resultado es una nueva forma de capitalismo. Esto es lo que intentó hacer la socialdemocracia a nivel del Estado nación: garantizar algunas de las condiciones de fondo para que el capital se mantuviera en funcionamiento y salvaguardar la dinámica de la acumulación como eje impulsor mientras gestionaba algunas cosas en los márgenes. Es como Ulises que se ata al mástil para impedirse a sí mismo destruir sus propias condiciones de posibilidad.

 

Digo esto porque hay otra alternativa, que implicaría un punto de inflexión de tal magnitud que no seríamos capaces de resolver la crisis por medio de una nueva forma de capitalismo. Por ejemplo, es probable que el calentamiento global represente algo más que los límites de un régimen específico. Tal vez el calentamiento global le plantee un límite al capitalismo en sí mismo. Por supuesto, no lo sabemos, o al menos yo no creo poder decidir si esto es así o no, porque la historia de la creatividad del capitalismo siempre me da que pensar. Si resulta que se trata de una crisis ética del capitalismo en tanto tal, entonces existen distintas posibilidades. Algunas deseables, como por ejemplo alguna forma de socialismo democrático mundial. De nuevo, es muy difícil describir exactamente cómo sería, pero de alguna manera desmontaría la dinámica de la acumulación, la ley del valor, etc. Y luego, en el otro extremo del espectro, tenemos toda una serie de resultados poscapitalistas o no capitalistas realmente terribles: escenarios dominados por caudillos militares autárquicos, guerras permanentes, regresión social o algún tipo de régimen mundial autoritario. Hay también, supongo, otra posibilidad, que es que la crisis no se resuelva, que simplemente se desarrolle una lenta canibalización de la sociedad humana, una especie de lento retroceso que nos devuelva a la mera lucha por la supervivencia.

Quiero volver a destacar que no estoy haciendo ninguna predicción. Pero creo que sería más justo decir, en los horizontes del presente, que los dos escenarios más alentadores giran en torno a un Green New Deal a nivel mundial en el marco del capitalismo o a alguna forma de socialismo democrático que vaya más allá del capitalismo. Tampoco estoy segura de si puede existir un Green New Deal a nivel mundial en el marco del capitalismo. Es probable que no sea posible alcanzar la reducción de carbono necesaria en los límites del capitalismo. En tal caso, esta alternativa no existiría en absoluto. Luego viene la solución del socialismo democrático a nivel mundial, que es aquella a favor de la cual me posiciono, al menos en teoría. Estos son los dos escenarios por los que considero que vale la pena luchar y que deberíamos intentar generar.

 Y es posible que un Green New Deal a nivel mundial, aun si no es sustentable en el largo plazo, sirva como una especie de programa transicional (como solían decir los trotskistas) que nos guie hacia el socialismo democrático

 Por supuesto, nadie puede saber lo que sucederá, porque en realidad depende de las acciones de la gente. En este sentido, lo que intento hacer con mi obra es aclarar la magnitud, la dinámica y la naturaleza de la crisis en sus múltiples dimensiones. Mi objetivo final es brindar una especie de mapa para la gente que está comprometida o que está pensando en comprometerse con alguna forma de activismo político. Esta gente tiene toda una serie de preocupaciones y de intereses que resultan apremiantes. Pero estos intereses son parciales por definición, y lo que quiero hacer es ayudar a que la gente perciba en dónde encajan en el mapa general de esta crisis y brindar una imagen de la situación de las fuerzas sociales, de forma tal que todas estas preocupaciones e intereses particulares puedan ser movilizados para producir una mejor solución a la crisis.

 Tu descripción se asemeja a una estrategia populista: la idea de que la sociedad está compuesta de intereses o demandas parciales y que el desafío es hacer que estos intereses diversos se fusionen en un agente político coherente. En ocasiones anteriores también hablaste favorablemente del populismo de izquierda. Sin embargo, los acontecimientos recientes parecen mostrar experiencias fallidas del populismo de izquierda, mientras que su variante de derecha parece exhibir un historial más exitoso. ¿Qué balance se puede extraer de esto?

 Empecé a pensar seriamente en el populismo luego de Occupy Wall Street. Me sorprendió mucho este lenguaje del 99% y el 1%. Desde mi punto de vista, este es el lenguaje del populismo por antonomasia. Tal vez carezca de la precisión y del rigor del análisis de clase, pero es inmediatamente comprensible y poderoso. Evoca una respuesta afectiva. Me sorprendió mucho la velocidad con la que se comprendía este discurso, fue un momento de genialidad retórica de quienes lo inventaron. Al menos en el contexto de Estados Unidos, este lenguaje se popularizó con Bernie Sanders, que empezó a usar una palabra muy potente: «rigged» [arreglado, amañado], como cuando se dice que la economía está arreglada, que las elecciones están arregladas, que el sistema arreglado, etc. Trump tomó este lenguaje de Bernie Sanders y le dio un giro propio.

De nuevo, estoy pensando en Estados Unidos, aunque creo que lo que digo también es pertinente en otros países. En la época de Occupy Wall Street empecé a pensar en la cultura política estadounidense y en el período previo del activismo, que estuvo fuertemente centrado en lo que se denomina «políticas identitarias». El hecho de que la gente estuviese hablando de repente del 99% contra el 1% me hizo pensar que existía, al menos en potencia, una enorme fuerza de izquierda en Estados Unidos. Me pareció que este discurso lograba llegar a mucha gente que sentía, tal vez sin darse cuenta, que necesitaba un análisis capaz de explicar de las conexiones y de armar una gran fuerza capaz de superar la fragmentación que tanto había debilitado a la izquierda. También me di cuenta de que podía distinguir el populismo de izquierda del populismo de derecha.

Básicamente, mi idea es que ambos brindan una especie de mapa que define quiénes están arriba y quiénes abajo, quiénes pisan las cabezas de quiénes. En el caso del populismo de izquierda, tal como muestra el 99% contra el 1%, se afirma que existe una oligarquía elitista o un pequeño grupo de gente que parasita a todo el resto. Entonces la idea es intentar movilizar a todo el mundo en contra de ese pequeño grupo. El populismo de derecha no tiene esta estructura dual. Tiene una estructura tripartita. Hay una élite parasitaria y luego una clase baja parasitaria que «nos roba lo que es nuestro». En el populismo de derecha, al «pueblo» lo conforman quienes están atrapados en el medio. Por lo tanto, el populismo de derecha se alza contra el 1% pero también contra los inmigrantes, contra la gente de color, contra las minorías sexuales, etc. Es un cuadro muy diferente, un mapa muy diferente. Pienso que es importante enfatizar que el populismo de izquierda tiene una estructura distinta.

Una segunda diferencia es que el populismo de derecha define al enemigo en términos concretos, identitarios o sustantivos. Por lo tanto, cuando definen a quienes están arriba, siempre se trata de una conspiración internacional judía o, si están abajo, de inmigrantes sucios o negros vagos, etc. Son distinciones identitarias concretas que definen una categoría de persona —el enemigo— en términos de sus características culturales o sustantivas. En contraste, el populismo de izquierda como mucho define las características del enemigo, es decir, no define a nadie en términos de su cultura, su identidad ni nada concreto, sino en términos de la función que ocupa en el sistema. Cuando se dice «Wall Street», por ejemplo, comprendo que históricamente la frase puede desplazarse hacia los banqueros judíos. Es verdad que no hay una barrera absoluta entre los dos populismos. Pero desde mi punto de vista, la identificación del mundo de las finanzas con «el sistema» es correcta. Hoy existe una forma de capitalismo en la cual las finanzas juegan un rol muy importante, muy distinto del que jugaban en otras formas de capitalismo anteriores.

Luego hay que pensar si el populismo de izquierda así definido funciona como una especie de formación transicional capaz de conquistar victorias. Y no solo victorias. La cuestión es también saber si, en el curso de la lucha, este mismo populismo de izquierda puede enseñarles a las personas cosas nuevas, si puede ayudarlas a comprender el sistema y explicar lo que significa afirmar que el sistema esté arreglado. Arreglado, en el sentido del populismo de izquierda, no significa como dice Trump que alguna gente está hackeando las máquinas para votar y moviendo datos de una columna a otra. Como marxistas, sin importar la tendencia a la que pertenezcamos, deberíamos ser capaces de darle contenido a la afirmación y explicar qué significa que el sistema esté arreglado para funcionar en contra de los trabajadores. Tal vez las formaciones populistas de izquierda sean capaces de brindar una puerta de acceso a la lucha política que, a medida que se desarrolle, logre refinar el discurso y aclarar qué es el sistema y qué es lo que se necesita para cambiarlo.

Ahora bien, una vez dicho esto, acuerdo perfectamente contigo en que el historial del populismo de izquierda hasta el momento, si se lo compara con el de derecha, no es tan impactante, en el sentido de que el populismo de derecha tuvo mucho más éxito a la hora de ganar y sostener el apoyo de un gran número de personas. Pero añadiría que, en este caso, una parte del problema es el descrédito que afecta a la socialdemocracia en todo el mundo, es decir, el descrédito de los partidos socialdemócratas, muchos de los cuales se autodenominan socialistas. Hubo gente, que no provenía de la derecha dura, que tuvo una enorme responsabilidad en la institución del neoliberalismo: los Clinton en Estados Unidos, Blair en Gran Bretaña y Schröder en Alemania. Lo que intentaron hacer estas formas de populismo de izquierda es ocupar una parte del espacio que solía pertenecerle a los partidos socialdemócratas, y lo hicieron utilizando un lenguaje diferente. Obviamente, existen puntos en los que la política socialdemócrata y el populismo de izquierda se superponen: si analizamos en detalle a Bernie Sanders, por ejemplo, sería difícil negar que es un socialdemócrata. Se trata de una ética distinta, de otra retórica.

 En cualquier caso, no veo otra estrategia viable. Debemos disputar a los sectores que en este momento apoyan al populismo de derecha. Por supuesto, me refiero a aquellos que no pasaron de la raya, porque ciertamente hay algunos que son irrecuperables. Sea como sea, no podemos partir de que perdimos a las grandes mayorías contra la política de derecha. Si esto es así, entonces el juego está terminado. Debemos empezar por asumir que es posible recuperar a una porción significativa de los votantes de Trump en Estados Unidos, o de los de Bolsonaro en Brasil. Porque sabemos que no siempre fue así: mucha gente votó a Lula o a Dilma, del mismo modo en que alrededor de 8 millones de personas votaron por Obama. Creo que lo que hace el populismo de izquierda es reconocer, validar y defender los reclamos legítimos de las personas y brindarles, al mismo tiempo, una interpretación diferente de cuál es el problema: quién es exactamente el que está manipulando qué cosa, por qué el eje puesto en el desprecio a las clases bajas lleva a un callejón sin salida, por qué jamás será posible crear una coalición lo suficientemente grande como para derrotar a las fuerzas reales del capital global y de las finanzas mientras la clase trabajadora esté dividida, etc. En otras palabras, creo que en este punto nuestra única esperanza es un populismo de izquierda que sea capaz de evolucionar hacia algún tipo de movimiento socialista."

( Entrevista a , Martín Mosquera, JACOBIN América Latina, 27/12/21)