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31/1/23

El "síndrome de Estocolmo" de Europa con respecto a Estados Unidos

 "Un 23 de agosto de 1973 fue asaltado un banco de Estocolmo por un atracador que, al verse descubierto por la policía, se encerró en el banco, con un pequeño grupo de rehenes, entre los que estaba una joven de veintidós años llamada Kristin Ehnmark. Pasaban los días y Kristin se fue identificando con el secuestrador y poniéndose de su parte. Kristin criticó a la policía, le pidió a otro rehén que se dejara disparar en una pierna para que la policía creyera que el secuestrador iba en serio -el tiro, finalmente, no se produjo- y llegó a discutir con el primer ministro sueco, por teléfono, defendiendo que el secuestrador "era bueno" y que tenían miedo de que un ataque policial "causara su muerte".

 Un año después, un periodista de la revista New Yorker entrevistó a parte de los secuestrados y encontró que todos ellos seguían manteniendo una actitud indulgente hacia el secuestrador, tanto, que sus respuestas contenían gratitud hacia él, como si "le debieran la vida". El jefe negociador con los asaltantes, Nils Bejerot, llamó 'síndrome de Norrmalmstorg' [Plaza de Normalm] al proceso psicológico que llevó a los rehenes a identificarse con su captor, a pesar del peligro que corrían. Después, el proceso psicológico de identificación de la víctima con el victimario pasó a llamarse "síndrome de Estocolmo".

En junio de 1944 se produjo el desembarco angloestadounidense en las playas de Normandía. Ningún otro episodio de la II Guerra Mundial ha sido tan insistentemente conmemorado, alabado, homenajeado y jaleado de mil formas, desde el cine a los discursos. A tal punto ha sido glorificado, que ese desembarco ha quedado, en el imaginario colectivo europeo occidental, como 'el' episodio que decidió la II Guerra Mundial, de lo que resultaba que EEUU había ganado la guerra y salvado a Europa, de los nazis (y de los soviéticos). Poco ha importado, en ese imaginario, alimentado interesadamente desde el otro lado del Atlántico, que el llamado Día D tuviera, realmente, un impacto menor en el desarrollo de la guerra. Para ese junio de 1944, el Ejército Rojo había destruido el espinazo del ejército nazi, de Stalingrado a Kursk.

Porque, entre julio y agosto de 1943, en Kursk, se enfrentaron tres millones de soldados, 6.000 tanques y 5.500 aviones, en una de las mayores batallas de la historia mundial, con victoria contundente del Ejército Rojo. En Normandía, unas 7.000 embarcaciones transportaron a 156.000 soldados. Pero será en Kursk, a 640 kilómetros al sur de Moscú, donde la Wermacht fracasó en su intento de infligir una derrota definitiva al Ejército Rojo.

La victoria soviética permitió lanzar una ofensiva abrumadora sobre Alemania. En junio de 1944, la Operación Bagratión terminó con la mayor derrota militar de la historia alemana. Cerca de medio millón de soldados germanos perecieron y el Cuerpo Central de la Wermacht fue destruido. Berlín estaba a un paso. El 12 de enero, el Ejército Rojo penetró en Alemania, mientras las fuerzas anglo-estadounidenses habían sido detenidas en las Ardenas, en Bélgica. A finales de enero, millón y medio de soldados soviéticos empezaban a desplegarse en torno a Berlín. El 2 de mayo de 1945, el general Weidling rindió Berlín ante el mariscal soviético Zukov.

Esa es la historia real. La contada es otra. Llegó el Séptimo de Caballería, desembarcó en Normandía y los invencibles herederos del general Custer derrotaron a la Alemania nazi y liberaron Europa. Luego trajeron zurrones cargados de dinero -el Plan Marshall- y cantidades infinitas de bienes -las futuras multinacionales- y la libertad y el bienestar brillaron en la Europa Occidental gracias a la generosidad infinita del tío Sam. En 1947, el tío Sam garantizó la seguridad de la temerosa Europa creando la OTAN y pasaron, europeos occidentales y 'americanos', a ser felices comiendo perdices sobre cañones. El cuento de hadas, como todos los cuentos, tiene otra lectura, que devuelve el sueño a la realidad, y, ya saben, mala cosa es confundir sueños con realidades. Aquí la otra lectura.

Ningún país del mundo se ha beneficiado tanto de las debacles europeas como EEUU. Durante las guerras napoleónicas, la movilización masiva de campesinos dejó desiertos los campos y las potencias en guerra estaban urgidas de alimentos. En EEUU se dieron prisa en llenar el hueco y pasaron años vendiendo todo lo vendible a la Europa en guerra. Los beneficios fueron tan altos que sembraron las bases del prodigioso crecimiento económico durante el siglo XIX. Hubo otro beneficio indirecto: la pobreza y las hambrunas que dejo la guerra obligaron a millones de europeos a emigrar a EEUU, país básicamente despoblado, que recibió a unos diez millones de parias en poco menos de veinte años. Con los emigrantes europeos llegaron nuevas tecnologías, nuevas ideas y mano de obra abundante, barata y dispuesta a hacer cualquier cosa. Un chollo.

No obstante, mayor fue el regalo que significó para EEUU la Primera Guerra Mundial (IGM). Con las grandes potencias autodestruyéndose, EEUU se aplicó a comerciar con los dos bloques en lucha, obteniendo beneficios astrales. No entró en guerra hasta meses antes de final del conflicto, por la presión desesperada del Imperio Británico, al que la guerra estaba desangrando humana, comercial y económicamente. Hasta ese momento, el comercio con el bloque británico había pasado de 824 millones de dólares en 1914 a 3.215 millones de dólares en 1916. Sus ventas a las potencias centrales -Alemania, sobre todo- pasaron de 169 millones a 3.214 millones en el mismo periodo.

Las tropas de EEUU entraron en Francia en junio de 1918 y Alemania, agotada y sin reservas, se rindió en noviembre de ese año. EEUU combatió únicamente cuatro meses y perdió en total menos soldados que Francia o Alemania en una única batalla. De 115.000 muertos estadounidenses sólo 50.000 lo fueron en combate. El resto murió por enfermedades. Europa quedó en ruinas y endeudada con EEUU. El negocio, para este país, fue tan pingüe que su PIB pasó de 33.000 millones de dólares en 1914 a 72.000 millones en 1920. Un incremento del 120% en apenas seis años. Desde su hegemonía económica, EEUU manejó a su antojo la Conferencia de Versalles, que condenó a Alemania a la ruina más total. En esa conferencia, guiada por el odio a lo germano, se gestó la Segunda Guerra Mundial (IIGM). Por lo demás, los soldados estadounidenses llevaron a Europa la mal llamada gripe española, que contribuyó a agravar todavía más el colapso europeo.

La Segunda Guerra Mundial obligó a EEUU a realizar un esfuerzo mayor y más temprano, pero, aun así, le dejó más beneficios que la primera. Fue cosa que la guerra estallara para que su producción industrial aumentara un 20%. En abril de 1940, EEUU había superado el nivel existente en 1929, cuando la Gran Depresión. Al concluir el conflicto, los muertos de EEUU sumaron un total de 404.399 soldados (cifras oficiales), menos de la mitad que las bajas soviéticas en Stalingrado. Era, además, era el único país beligerante cuyo territorio no había sufrido ningún daño. Merced a la destrucción europea, la marina mercante estadounidense representaba el 66% del tonelaje mundial y su superávit comercial era, en 1945, de 40.700 millones de dólares. Para que se haga una idea, un dólar de 1940 equivaldría a 20 dólares de 2022. Es decir, el superávit era de unos 800.000 millones de dólares actuales.

Europa, en cambio, estaba destruida. La producción industrial había descendido un 40% y la agrícola hasta un 50%, además de estar los países ahogados en deudas. El Plan Marshall acrecentó la riqueza de EEUU y, ciertamente, permitió a los beneficiarios levantarse, pero ese plan -empréstitos, en la realidad- fue pagado religiosamente por los europeos. Era negocio, no caridad (de ahí que el PIB per cápita medio en Europa fuera de 5.013 dólares, por 27.331 el de EEUU). Con el Plan Marshall llegaron las empresas estadounidenses, en lo que fue el acta de nacimiento de las transnacionales. Y con el plan Marshall llegó la OTAN, organización que tradujo a términos militares la hegemonía política y económica de EEUU.

La IIGM dejó a EEUU como amo y señor de Europa Occidental, como la Gran Guerra lo había reconvertido en la mayor potencia industrial del mundo. Como afirmaría el economista canadiense John Kenneth Galbraith, "Ningún país de los tiempos modernos surgió de una guerra en unas circunstancias económicas tan felices como EEUU en 1945". Tanto que, en 1950, EEUU poseía el 50% del PIB mundial, algo nunca visto en la breve historia del tiempo humano. Europa Occidental, en cambio, quedaba supeditada en todo a las políticas de EEUU. Si bien las raíces se remontaban a la IGM, la dependencia de Europa Occidental respecto a EEUU se crea en el marco de la Guerra Fría, y esa dependencia (repetimos, política, comercial, económica, militar e ideológica) se hizo patológica. La UE se convirtió en gallinero.

¿Ha cambiado eso en 2022? Sí, para peor. Le dejamos unos datos para que saque, el inteligente lector, las conclusiones que desee. El gallinero enfrenta una crisis energética sin -casi- solución, que EEUU aprovecha para venderle su gas a cuatro o cinco veces el precio de febrero pasado. La histeria armamentista deja un claro y total vencedor: el complejo militar-industrial de EEUU. El imperio está arrastrando al gallinero a la guerra con China; si hay guerra, el gallinero colapsará (Alemania la primera), pues la relaciones económicas con China son vitales para la UE, como vital es el gas ruso.

EEUU arrebató sus tierras a los indígenas y a México y se enriqueció con la esclavitud de los negros. Eso se conoce bien. Menos se conoce que el dinero líquido, fresco, dinero en cantidades ingentes, astronómicas, ha salido de Europa, ordeñada en cada guerra y conflicto por EEUU. A EEUU no le interesa el gallinero. Solo su dinero. El euro ha colapsado (el rublo no) y está a la par del dólar. Con pingües beneficios para EEUU, pues gas y petróleo se pagan en dólares, como centenares de bienes más. Esto quiere decir que al aumento del precio de los combustibles hay que agregarle un 20% extra, pues hasta hace pocas semanas se pagaban 1.20 dólares por un euro. ¿Lo capta?

Pero, atentos al hecho. En este siglo XXI no hay el binomio Europa/EEUU dominando el mundo. Hay otro mundo, plural, multipolar, industrial, esperando su oportunidad. Son China, Rusia, India, Indonesia, Irán, Brasil, Sudáfrica... En ese mundo la UE cuenta poco, cuenta nada. Su síndrome de Normandía puede acelerar su fin, pues la sumisión patológica a EEUU le ha llevado a renunciar a defender sus intereses.

Así, por ejemplo, EEUU tiene sus propias y autosuficientes fuentes de energía mientras que Europa carece de ellas. EEUU cobrará los miles de millones de euros que se paguen demás por el gas, el petróleo y las armas estadounidenses y, con ello, seguirá el trasvase de dinero fresco del gallinero europeo a los bolsillos del tío Sam. EEUU gana, la UE pierde. Una Europa cautiva que agradece su cautiverio e, incluso, se presenta dispuesta a morir por su captor, aunque ese captor jamás arriesgaría su seguridad por este triste gallinero envejecido y ciego.

El cine de Hollywood ha hecho el resto, con el bombardeo audiovisual de una industria que ha tenido lazos históricos directos con la CIA y el Pentágono. Fue así que surgió y se creó en Europa Occidental la visión de EEUU como una superpotencia inmortal que todo lo puede. EEUU es Superman, Batman, Spiderman, Aquaman... El análisis político se ha hecho obediencia ciega. En el inconsciente europeo quedó grabada la imagen del Día D y de un país que, en cualquier momento, puede llenar de suministros y armas a la Europa Occidental. El mito de todos esos superhéroes hecho síndrome, el síndrome de Normandía. Como el de Estocolmo, pero a nivel de plaga de zombis. Y, ya saben, esos muertos vivientes terminan, en las películas, muriendo todos. Tampoco se equivoquen. No habrá otro Séptimo de Caballería. Está ocupado con China. 'Happy end'."                      

(Augusto Zamora R. , Exembajador de Nicaragua en España, La Haine, 29/07/22)

30/11/21

Metamorfosis del Estado-nación. En el discurso del cosmopolitismo se considera que el estado-nación ya no es útil. Esta visión de la historia es simplista y engañosa

 "Metamorfosis del Estado-nación

El estancamiento posneoliberal consiste en un estancamiento político entre los órdenes nacional y global como resultado de una lucha aún no decidida sobre el futuro del Estado-nación en un mundo económico cada vez más interconectado desde la década de 1980. 

En el discurso del cosmopolitismo, que se ve a sí mismo como no-nacional y anti-nacional, se considera una conclusión inevitable, especialmente en Alemania, que "el estado-nación" no sólo ha superado funcionalmente su utilidad -todos los "problemas importantes" ahora sólo pueden ser resueltos "internacionalmente", por lo que queda sin resolver cómo exactamente y en particular por quién- sino también moralmente, en vista de "su" historia sangrienta de dictaduras en casa y guerras en el extranjero.

 A continuación resumiré brevemente por qué esta visión de la historia no sólo es simplista, sino que es engañosamente defectuosa.

 En primer lugar, hay que recordar que los nacientes Estados-nación de la Europa del siglo XIX libraron sus guerras, en la medida en que participaron en ellas, predominantemente no contra otros Estados-nación, sino contra los imperios y regímenes dinásticos y, por tanto, estrictamente antinacionalistas de su época, que a menudo fueron los primeros en tomar las armas para evitar su desintegración en una multitud de "Estados-pueblos" burgueses más pequeños (la traducción de "democracia" que entonces también utilizaban Marx y Engels). 

El nacionalismo europeo comenzó tanto como un movimiento de liberación hacia el exterior como un movimiento de democratización liberal-burgués hacia el interior. Fue belicoso no tanto hacia otros nacionalismos dentro del sistema estatal europeo en formación -a menos que, como la Francia revolucionaria, fuera atacada por los poderes del antiguo régimen u obstruida en su construcción de la nación por los estados-nación preexistentes- como hacia el mundo exterior no europeo, ya que los nuevos estados-nación trataron de transformarse, con mayor o menor éxito, en "potencias mundiales" colonialistas, esforzándose en esto por emular a sus predecesores dinásticos de la era moderna temprana. 

La mala reputación del Estado-nación proviene, por tanto, si se prescinde de los restantes y nada despreciables partidarios de los imperios multinacionales del interior de Europa, como el Imperio Otomano o el Imperio de los Habsburgo[1], sobre todo del periodo posterior a la Primera Guerra Mundial, cuando las potencias vencedoras, bajo el liderazgo de Estados Unidos y Francia, se dedicaron a desmembrar los imperios derrotados en Estados-nación según el principio de "autodeterminación de los pueblos". [2] 

Con ello, al igual que las propias naciones liberadas de sus "cárceles de pueblos" imperiales, buscaban fronteras estatales que fueran al mismo tiempo fronteras de pueblos, pensando en los pueblos como unidades étnicas de forma natural.

 Como es bien sabido, lo que podría describirse como el primer intento de gobernanza global terminó en una limpieza étnica generalizada y una deshumanización racista sin precedentes. Los Estados-nación debían establecerse desde arriba sobre una base fronteriza, entendiendo las naciones como comunidades descendientes y viéndose a sí mismas como tales. Pero casi ningún Estado-nación es étnicamente homogéneo y, sobre todo, no puede serlo si no quiere ser un Estado enano o se va a establecer en el territorio de un antiguo imperio multinacional con estructuras de asentamiento mixtas, por ejemplo en los Balcanes. 

Los Estados-nación, parafraseando un bon mot atribuido erróneamente a Bismarck, son por tanto en muchos casos como las salchichas y las leyes: Es mejor no querer saber cómo se fabrican. Antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando la represión estaba disponible en abundancia como medio para lograr la unificación nacional, los Estados podían construir naciones en lugar de ser construidos por ellas, en Francia[3] con más éxito y en Yugoslavia con menos. 

Las guerras de naciones (Francia con Napoleón, Alemania con Bismarck -aunque aquí, con el legado del Antiguo Imperio, sólo podía surgir un Estado federal y no central desde el principio-) y las guerras civiles (Estados Unidos) fueron útiles en este sentido, al igual que las bofetadas a los alumnos que hablaban su lengua regional en clase. 

Luego, en la Segunda Guerra Mundial, las tensiones entre las ambiciones imperiales de algunos grandes Estados-nación que se sentían fuera de lugar en un mundo dominado por los angloamericanos, junto con el potencial de agresión de los mitos culturalistas y racistas, desplegados para legitimar la represión interna y la expansión externa, estallaron en un baño de sangre mundial de proporciones hasta entonces inimaginables.

 Hoy, tres cuartos de siglo después del final de la guerra, la distinción entre estados nacionales y naciones parece firmemente establecida, al menos en Europa. Las naciones, o pueblos, son comunidades de experiencia y entendimiento que han evolucionado históricamente. Sus recuerdos colectivos, plasmados en una lengua común, establecen identidades colectivas, apoyadas en vínculos afectivos inevitablemente "monoculturales" con el paisaje, la lengua materna, el dialecto, la música, la cocina, etc., construidos desde la infancia. 

Cuanto más se distingan de sus vecinos, más probable será que se vean a sí mismos como especiales y que sean vistos así por sus vecinos: los westfalianos y los renanos con menos frecuencia que los tiroleses (del sur) y los italianos[4]

 Los estados-nación, por otra parte, son instituciones, constituidas no por la descendencia sino por las luchas políticas y sociales y los derechos civiles que se aplican en ellos, incluidos los derechos de participación democrática. Los Estados-nación y las naciones se relacionan entre sí, pero casi nunca son congruentes; en casi todas partes hay elementos no idénticos, lingüísticos, étnicos, culturales, aunque las mayorías étnicas sean a menudo reticentes o no sean conscientes de ello[5]. 

Además, las fronteras entre los Estados-nación son casi siempre más o menos arbitrarias, y los grupos que se sienten naciones y quieren ser vistos como tales pueden encontrarse en un Estado-nación que no les parece suyo, por lo que buscan su propio Estado. Escocia y Cataluña no son los únicos ejemplos de tendencias separatistas más o menos fuertes en los Estados-nación europeos multiétnicos; volveré sobre ellos en breve.

 Un medio a menudo, aunque no siempre, probado para evitar la secesión de un Estado-nación multinacional es una constitución estatal federalista: la exitosa fórmula de Suiza con sus cuatro grupos étnicos, o de Bélgica (hasta ahora) y Canadá (desde los años 70) con tres y dos respectivamente, y en cualquier caso todavía de la India con sus 28 estados constituyentes y 24 lenguas oficiales. 6] 

En los años de paz posteriores a 1945, muchos Estados-nación europeos aprendieron la lección de las catástrofes del periodo de entreguerras y, en aras de su paz interior, respondieron a la diversidad étnica interna con la descentralización y la autonomía constitucionalmente garantizada en lugar de la negación y la represión, al tiempo que aseguraban su paz exterior reconociendo mutuamente sus fronteras históricamente establecidas y renunciando a las reivindicaciones territoriales[7] incluso allí, donde las comunidades étnicas están cortadas por las fronteras estatales, como en el Tirol y el Alto Adigio, respectivamente, o en el enclave germanohablante del este de Bélgica. [8]

 Sin embargo, las constituciones federalistas no fueron la única razón, y probablemente ni siquiera la más importante, por la que los Estados-nación multinacionales de Europa Occidental se libraron de las aspiraciones separatistas durante tanto tiempo, sobre todo porque la delegación de derechos al autogobierno también puede tener el efecto contrario al deseado y proporcionar una base institucional para las tendencias secesionistas (más adelante se habla de ello).

 En este contexto, merece la pena volver al modelo estándar de la democracia occidental de posguerra, que institucionalizó la división de clases como la principal línea de conflicto social, relegando así las diferencias étnicas a un segundo plano o a la clandestinidad.

 Las organizaciones sindicales e industriales nacionales, así como un sistema de partidos dividido entre el centro-derecha y el centro-izquierda para todos, tanto para los castellanos como para los catalanes, convirtieron el conflicto de clases en el vehículo de la integración social nacional,[9] incluso cuando los partidos y las asociaciones tuvieron sabiamente en cuenta la diversidad regional, étnica o de otro tipo, mediante la creación de subunidades organizativas adecuadas para articular los respectivos intereses especiales.

 Junto con el modelo estándar de democracia de posguerra, este acuerdo no sobrevivió al triunfo del internacionalismo neoliberal. La transformación del Estado del bienestar en el Estado competitivo[10] como látigo local y ejecutor del mercado mundial ilimitado recompensó y sigue recompensando la colaboración entre el trabajo y el capital, tanto a nivel nacional como empresarial. 

Sin embargo, a diferencia del corporativismo de la democracia de posguerra, en la configuración neoliberal esto no tiene lugar a nivel de mirada colectiva-conflictiva, sino bajo la hegemonía del capital, que tiene una especie de última palabra innata, es decir, garantizada por los derechos de propiedad, sobre lo que es mejor en la competencia para "la economía" y, por tanto, para "todos nosotros". 

Así, la integración en clases a través del conflicto está siendo sustituida por la integración a través de la competencia en comunidades de trabajo de diversa índole, no sólo a nivel empresarial sino también regional[11].

 La aparición de comunidades locales competitivas puede producir o reforzar las tendencias a la independencia de la política subestatal frente a la nacional; así, en casos extremos, puede poner en cuestión la integridad territorial de los Estados-nación multinacionales. 

Varios mecanismos pueden contribuir a ello. En condiciones de un mercado mundial más o menos completo, las posibilidades de los Estados centrales de redistribuir internamente entre las regiones fuertes y débiles disminuyen. Las empresas de éxito internacional, que se encuentran en regiones subnacionales de éxito, pueden resistirse a la imposición nacional en favor de las regiones rezagadas, alegando la necesidad de defender la competitividad que en su día consiguieron mediante una elevada inversión y unos beneficios competitivos.

 Como Alesina et al.[12] han argumentado de forma convincente, la indispensabilidad del mercado nacional para las economías regionales subnacionales disminuye de todos modos en la medida en que el mercado nacional ha sido absorbido por un mercado mundial; la integración política nacional pierde interés si puede ser sustituida por una integración económica internacional sin impuestos redistributivos a la baja[13] Además, los motivos subnacionalistas tradicionales, no económicos, si se quiere, para abandonar y secesionarse ya no se ven frenados por los intereses económicos[14].

 No sólo las regiones prósperas pueden verse tentadas a desprenderse de la pertenencia a un Estado multinacional y, a su vez, constituirse en Estados-nación soberanos, para probar suerte por su cuenta. Las regiones que se quedan atrás pueden llegar a la conclusión de que no se puede esperar una redistribución nacional efectiva a su favor dentro de un estado competitivo impulsado por el mercado mundial. 

De hecho, en la mayoría de los países europeos, las disparidades económicas entre regiones, medidas por la renta per cápita, han aumentado entre 2000 y 2016; sin embargo, no puede establecerse una correlación directa con las tendencias políticas abiertamente separatistas[15] En los casos en los que la capacidad política redistributiva regional de los Estados tampoco era fuerte en el pasado, un mayor crecimiento general en ese momento puede haber enmascarado esta situación y haber contenido los conflictos distributivos interregionales. 

Sin embargo, no cabe esperar un gran crecimiento en la actualidad. La privación relativa regional también se produce, por cierto, como resultado de la inadecuada inversión estatal en la infraestructura nacional que une las zonas urbanas y rurales[16] y del deterioro de las condiciones demográficas fuera de los centros urbanos, a menudo en auge;[17] ambas cosas se reflejan, en el mejor de los casos, de forma indirecta en las estadísticas de ingresos. 

Las regiones periféricas, que han renunciado a la esperanza de un apoyo más que simbólico por parte de su gobierno central, podrían plantearse la idea de exigir una redistribución de competencias como sustituto de una redistribución de recursos, hasta llegar a una (sub o pequeña) autonomía estatal, para poder identificar y desarrollar, sin obstáculos nacionales, sus capacidades especiales, con la ayuda de las cuales podrían mantenerse mejor en la competencia internacional.

 Las tendencias centrífugas -demandas de descentralización federalista, de autonomía regional o incluso de soberanía estatal- deberían preocupar especialmente a los Estados grandes, porque su heterogeneidad étnica, cultural y económica interna es, ceteris paribus, mayor que la de los Estados más pequeños. 

Para un Estado central, lidiar con las divisiones regionales es más difícil que con la comparativamente simple división de clases, aunque sólo sea porque los patrones de conflicto regional suelen ser más complejos que el frente entre las dos clases principales de una sociedad industrial capitalista, el trabajo y el capital, que puede estilizarse como binario.

 Además, a diferencia del conflicto de clases, los conflictos entre regiones no pueden institucionalizarse de forma que alivien el Estado y produzcan compromisos, externalizándolos a un segundo nivel de gobierno corporativo.

 Cuando incluso los grandes Estados ya no pueden ofrecer a sus regiones el acceso a su mercado nacional como incentivo para la lealtad al Estado-nación, porque sus economías nacionales hace tiempo que se han disuelto en la economía global, a menudo sólo les queda la represión política para defender su cohesión multinacional y su capacidad de gobernar frente a las crecientes reclamaciones subnacionales de los escasos recursos nacionales y de los poderes del Estado. 

Aquí puede residir una de las razones por las que, en el apogeo de la globalización tras el cambio de siglo, numerosos estados multinacionales han pasado a modos de gobierno más autoritarios, como India, Turquía, Filipinas, Brasil, Rusia e incluso, en condiciones diferentes de política de escala y geoestrategia, Estados Unidos, con su sociedad fracturada en dos campos hostiles"[18].

 La estatalidad y el particularismo constitutivo de la socialización humana

 Hay muchas razones por las que un orden unitario a gran escala que no subdivida y combine universalmente las diferentes sociedades no puede funcionar, o sólo puede funcionar con la ayuda de la opresión del poder-estado, que es precaria a largo plazo. Todos ellos pueden remontarse al particularismo o pluralismo constitutivo de la socialización humana que se ha mencionado brevemente en la introducción, y que ahora me gustaría tratar con más detalle, porque es fundamental para mi argumento[19] 

En comparación con los animales no humanos, para los que su "mundo" está dado de forma específica y cerrada, el hombre como especie está esencialmente "abierto al mundo":[20] El tipo de mundo en el que vivirá no está ya decidido al nacer. El sustrato orgánico en el que el hombre se convierte en hombre es en gran medida poco instructivo; la differentia specifica del hombre como especie es su falta de especificidad natural. 

Ninguna otra especie animal se manifiesta en formas de expresión tan diversas como la humana: Un niño humano, independientemente de dónde y de quién nazca, puede crecer como monje tibetano o como cazador de ballenas de Groenlandia, como pescador filipino, como nómada árabe en camello, como abogado laboralista escocés o como taxista neoyorquino, como renano y como westfaliano, y seguir siendo miembro de la misma especie[21]

 Todo, o casi todo, lo que constituye el ser humano en sus respectivas expresiones puede ser también diferente, según la sociedad en la que alguien entre en un estado aún no descrito. Esto es precisamente lo que se quiere decir cuando Aristóteles habla del hombre como el ζῷον πολιτικόν: el animal social (no: político[22]) que, como señala Marx siguiendo a Aristóteles, "sólo puede individuarse en la sociedad", donde "individuarse" significa: convertirse en individuo.

 "Natural" es la diversidad de sus formaciones que caracteriza a la humanidad y supera toda imaginación sólo en la medida en que la naturaleza humana ha trasladado su respectiva realización a su socialización; es precisamente esto lo que hace de la existencia humana un hecho social y no (meramente) biológico. 

Para el individuo, la socialización tiene lugar bajo la influencia de congéneres específicamente pre-socializados en espacios y tiempos históricos, en tradiciones culturales y órdenes institucionales particulares y contingentemente desarrollados. Es característico de estas últimas que se condensen como conjuntos locales en sociedades totales distintas, que en las condiciones modernas pueden constituirse más o menos en Estados (nacionales). 

Dónde se originan las diferencias entre las sociedades en detalle, y cómo pueden explicarse en cada caso, puede dejarse abierto; la adaptación a las condiciones geográficas ciertamente juega un papel, así como la limitada gama de contextos humanos de acción, experiencia e influencia, también los eventos "coincidentes" en puntos de inflexión históricos a veces muy lejanos en el tiempo, la siempre discutible interpretación autorizada de las tradiciones culturales, las tradiciones en general, que siempre, pero nunca completamente, y en su mayoría sólo pueden ser revisadas y refrescadas con medios proporcionados por ellos mismos. 23]

 Lo que importa aquí es que, por muy contingente que sea la sustancia institucionalmente cristalizada y formadora de identidad de una sociedad, su "forma de vida" (no está, como he dicho, biológicamente determinada), una vez que está en el mundo, ya no se puede sacar de él sin más. Contingente, sí, pero por lo tanto de ninguna manera arbitrariamente desechable.

 Es importante entender lo que esto no significa. En primer lugar, no significa que las identidades, individuales y colectivas, estén fundidas en hormigón. De hecho, las formaciones históricas de lo humano están siempre en flujo, social e individualmente. 

Ninguna identidad, ninguna forma de vida está libre de contradicciones en sí misma o tan fija que no sea cambiable en los encuentros con otras identidades y formas de vida; en este sentido, incluso el individuo socializado, como la sociedad institucionalmente integrada, sigue siendo capaz de cambiar y, por tanto, de desarrollarse. Las personas pueden aprender, con más o menos éxito, a vivir y a desenvolverse en una sociedad distinta de la "propia" sin sentirse demasiado "diferentes" ni demasiado "nostálgicos"[24]

 Es cierto que los distintos individuos y sociedades se prestan de manera diferente a la socialización e integración secundarias, e incluso en el mejor de los casos casi siempre queda un elemento de extranjería identificable para ambas partes. 25] Se puede discutir sobre qué es más mutable, el habitus cultural o las estructuras institucionales, siempre que no se olvide que la contingencia de la socialización, en segundo lugar, y viceversa, no significa que sus construcciones puedan ser remodeladas en cualquier momento y sin más, sobre todo no por tecnólogos de la identidad venidos de fuera. 26]

 La historia rebosa de ejemplos en los que las identidades, una vez adoptadas, se defienden hasta la muerte, y desde luego hasta la propia sangre. Los forasteros -personas cuyas identidades, igualmente contingentes, han llegado a ellos, son diferentes- pueden no tener ningún sentido, o encontrarlo todo una locura, si alguien prefiere morir de hambre o ser torturado y ejecutado antes que comer cerdo. 

Pero lo que se defiende cuando las personas no pueden conciliar con su dignidad el hecho de poner su vida por encima de su identidad no es tanto esta identidad -en efecto, no es "natural" y, por tanto, decididamente no es la única posible- como su autonomía en relación con ella: su derecho a determinar por sí mismos, según sus propios principios pertenecientes a su identidad, si quieren cambiar su identidad y, por tanto, a sí mismos, y en qué dirección"[27].

 Lo mismo ocurre con las sociedades, y probablemente en mayor grado. Las sociedades son complejos de instituciones históricamente aglutinadas que se han vuelto más o menos interdependientes como resultado, a menudo, pero no siempre, agrupadas, formalizadas, defendidas y revisadas en y por los estados[28] Como tales, están, en mayor o menor grado, en sintonía con su entorno social y natural y con los límites y oportunidades que establecen.

 Frente a sus miembros, las instituciones agrupadas en una sociedad, de forma más o menos coherente, reivindican la fuerza vinculante, apoyadas por sus Estados dotados del monopolio del uso de la fuerza. Sus miembros, a su vez, se identifican más o menos con la sociedad con la que cuentan y son contados. 

Para ellos, "su" sociedad es, en el caso establemente normal, un depósito de cosas fiables y evidentes, un acervo de rutinas según las cuales uno puede y debe comportarse de forma incuestionable y sin dudas "con nosotros" y con las que "la gente como nosotros" gestiona su vida cotidiana, no sin contradicciones, pero por lo general pragmáticamente compatibles entre sí. 

Las instituciones así cristalizadas, cada una anidada de forma única en el tiempo y el lugar, también cambian, pero al igual que los individuos que educan, tienen sus propios programas para hacerlo, que prefieren a las recetas únicas dictadas desde el exterior"[29].

 "Cosmopolitismo", por retomar el término, no significa, pues, ni ausencia de fijación ni compromiso moral con el desarraigo o el desamparo. Como estado de ánimo antropológico básico, no puede reivindicarse un programa político-moral según el cual los individuos, las comunidades, las sociedades, las naciones deben mantener constantemente sus identidades particulares desechables a efectos de su anulación universalista, es decir, no deben ocuparlas afectivamente, como si la contingencia del ser humano tuviera que incluir una constante disposición a la alteridad arbitraria. 

Precisamente por su apertura al mundo, el ser humano cosmopolita necesita un orden en el que pueda confiar. Si lo relativizara a la manera de Gehlen y Luhmann como arbitrario -lo principal es que es un orden, no importa cuál- lo socavaría como orden; el orden, sin embargo, es un asunto completamente serio para la persona cosmopolita. 

Por esta razón, no puede existir realmente una sociedad cosmopolita; las sociedades tienen fronteras y producen identidades que, porque el hombre cosmopolita no puede vivir sin ellas, son ocupadas por él libidinosamente, en casos graves religiosamente. 30] 

Políticamente, el cosmopolitismo sólo puede practicarse a partir de un mundo existente (parcial), en el reconocimiento de la alteridad de otros mundos (parciales) y, como concesión a ellos, en el reconocimiento de un derecho al autogobierno soberano de sus identidades -un derecho que sólo puede concederse a los demás si uno se lo concede a sí mismo y lo reclama para sí, así como viceversa.

 Las instituciones e identidades particularistas no pueden ser universalizadas -o liquidadas en un "discurso racional" conducente a la globalización- por la misma razón de que no son de origen natural; y quienes exigen a las sociedades la apertura al mundo en un sentido sustancial se la niegan en su único sentido formal posible: su libertad de desarrollo ulterior autónomo.

 Por cierto, un destino similar al del concepto de cosmopolitismo le ha tocado a otro concepto clave del catálogo de valores neoburgués alemán, el de la "sociedad abierta". Para Karl Popper, su inventor, una sociedad era "abierta" si permitía a sus miembros criticar sus instituciones incluso de forma radical, en contraste con las sociedades comunistas y fascistas, las sociedades de sus "enemigos". 31] 

Quien reinterprete la "sociedad abierta" como una sociedad abierta, es decir, no particularista, que se esfuerza por alcanzar el universalismo, tendría que ocuparse, además, de la cuestión de cómo debe cumplirse en ella la función del Estado (nacional) postulada por Popper, de garantizar la mayor igualdad posible entre sus ciudadanos, y en principio sólo entre ellos. 

También podía recordar el veredicto crítico del sociólogo liberal Ralf Dahrendorf, que no encontraba lugar en la "sociedad abierta" para esos lazos sociales permanentemente vinculantes ("ligaduras") sin los cuales no era posible la estabilidad social. 32] 

En cualquier caso, la sociedad abierta como imagen ideal de la superación universalista sin límites de la socialización particularista no puede invocar la teoría de Popper de la sociedad abierta, no sólo porque simplemente no es el sentido de esta última, sino también por su silencio sobre el problema fundamental de lo que constituye y mantiene unida una sociedad[33].

 El particularismo constitutivo de la vida social no imposibilita de ninguna manera la estatalidad multinacional; pero no debe asumir la diversidad social que se le atribuye. Cuanto más diverso es el panorama de socializaciones que abarca un Estado-nación multinacional, más precaria es su existencia. Más allá de un cierto grado de diferenciación, sólo la descentralización puede ayudar - o, si no se desea, la violencia, es cierto que sólo si y mientras esté disponible.

 Especialmente cuando se busca la cohesión a través de la descentralización, mucho, si no todo, depende de los detalles institucionales; éstos no pueden ser examinados aquí en sus múltiples ramificaciones. Además, siempre debe haber una buena medida de "estadismo", virtù y fortuna, habilidad y suerte, si se quiere armar y mantener una estructura heterogénea."               (Wolfgang Streeck , Soziopolis, 01/07/21)

14/2/17

Salí de su despacho (de Tudjman, presidente de Croacia) convencido de haber estado hablando con un ser vil y chiflado que a conciencia, fuese por ambición de poder o por fanatismo nacionalista, iba a provocar una guerra y la muerte de muchas personas.

"El doctorado honoris causa que el 23 de mayo le va a conceder a Peter Handke (Griffen, Carintia, Austria, 1942) la Universidad de Alcalá de Henares me hace recordar, como recuerdo cada vez que salta el nombre del escritor austriaco --o sea, cada vez que publica otro libro--, el linchamiento al que la prensa europea le sometió en 1996 con motivo de Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina, o justicia para Serbia.

Por atreverse a publicar aquel texto en el suplemento cultural de un periódico alemán, y luego en forma de libro, se le retiró el sustancioso premio Heine que se le iba a conceder, se canceló la representación de una pieza teatral en la Comédie Française, su nombre cayó de todas las quinielas del Nobel de Literatura. Alain Finkielkraut le llamó “monstruo ideológico”, y Salman Rushdie “idiota internacional del año”.

 Pero lo peor fue que el aura que le realzaba como autor independiente y singular quedó dañada, quizá para siempre, por la sombra de la sospecha: y de pronto sus libros ya podían ser contemplados como las frívolas deposiciones intelectuales de un caprichoso gilipollas que, empujado por un vulgar deseo de notoriedad o por una carencia moral básica, respaldaba a Milosevic y justificaba los crímenes del ejército y la milicia serbia en las guerras civiles yugoslavas, la limpieza étnica, las matanzas de Srebrenica, el asedio criminal de Sarajevo.

Anoche releí el libro supuestamente ignominioso, el Viaje de invierno. Aunque Handke está considerado un finísimo estilista, un maestro de la prosa, tuve que superar ciertas dificultades de comprensión de frases como ésta:

“Al querer aclarar el problema estoy apuntando a algo completamente real, real del todo, algo en lo que los modos de realidad, que se enmarañan unos con otros, dejarían adivinar algo así como una trama entre varias cosas”. A saber qué demonios significa este galimatías, como otras construcciones arduas e irritantes que entorpecen la lectura de sus libros.

Pero más allá de eso he comprobado que, como pensé entonces pero no escribí, allí no vi rastro de ningún crimen intelectual; el autor no ampara, justifica ni niega ningún crimen sino que se hace algunas preguntas sobre a quién interesaba y beneficiaba la destrucción del gran país del sureste europeo, quiénes fueron los provocadores y beneficiarios de aquellas guerras.

 Pero plantearse esas preguntas significaba cuestionar el relato maniqueísta de unos acontecimientos repulsivos, de los cuales estaba decidido ya desde antes de que empezasen a suceder quién era el culpable y quién la víctima, quién el agresor y quién el agredido.

No excuso a Milosevic ni justifico los crímenes de su ejército, como por cierto tampoco lo ha hecho Handke. Pero recuerdo que en 1990 entrevisté a Franjo Tudjman, presidente de Croacia, durante quince o veinte minutos en Zagreb. Era una de las personas más desagradables que he conocido en mi vida.

 Acababa de ser elegido, le pregunté por sus proyectos inmediatos y me dijo: “Declarar la independencia”. Le hice ver lo obvio: que eso significaba la guerra civil. Se puso como un energúmeno a gritarme que si la voluntad democrática del pueblo croata, que si la comunidad internacional, que si la ayuda de Europa... Salí de su despacho convencido de haber estado hablando con un ser vil y chiflado que a conciencia, fuese por ambición de poder o por fanatismo nacionalista, iba a provocar una guerra y la muerte de muchas personas.

 Como así fue. Pero a Tudjman nadie le consideró un criminal, ni le llevó ante ningún tribunal internacional. Era “nuestro hijo de puta”. En fin.

Volviendo a Handke: si la primera parte del libro Viaje de invierno plantea los interrogantes que ya he referido y que le costarían ser satanizado por el mundo intelectual y periodístico europeo, en la segunda parte narra sus impresiones de viaje por Serbia, las cosas que ve y la gente con la que habla, gente común, en la retaguardia, a la que retrata afectuosamente como personas generosas, de buen corazón. Hay algunas imágenes demasiado cariñosas que me parecen cursis.

De la lectura de hace veinte años yo guardaba sobre todo una vaga imagen fantasmal: la imagen de unos varones serbios que pasean por no sé dónde, ensimismados y silenciosos, envueltos en la niebla y como preocupados. Ahora he reconocido fácilmente el párrafo que hace veinte años me impresionó.

Es demasiado largo para reproducirlo entero, pero acaba así: “No, a mis ojos no podían ser patriotas serbios o chovinistas; no podían ser feligreses ultraortodoxos, ni monárquicos o viejos chetniks, y menos aún antiguos colaboradores de los nazis, pero también era difícil imaginárselos como partisanos al lado de Tito y luego como funcionarios, políticos e industriales yugoslavos; sólo estaba clara una cosa: que todos ellos, quien más quien menos, habían perdido lo mismo, y que esta pérdida, mientras paseaban por allí, la tenían bastante fresca ante sus ojos sombríos.

 ¿Cuál había sido la pérdida? ¿Pérdida? ¿No había sido más bien como si les hubiesen estafado brutalmente?”."            (Ignacio Vidal-Folch, Crónica Global, 05/02/17)

9/2/16

“La primera patrulla rusa avistó el campo hacía mediodía”

"La primera patrulla rusa avistó el campo hacía mediodía”, narra Primo Levi en su Trilogía de Auschwitz (Si esto es un hombre / La tregua /Los hundidos y los salvados), uno de los libros más importantes del Siglo XX. 

Los alemanes se habían ido precipitadamente y en el campo habían quedado ochocientos enfermos, de los que quinientos fallecieron en los días que precedieron a la llegada de los rusos. Levi y su compañero Charles estaban transportando el cadáver de un colega de habitación a la fosa común entre nieve sucia, cuando vieron a cuatro soldados jóvenes que avanzaban a caballo con la ametralladora presta.

 Intercambiaban palabras breves y tímidas, y lanzaban miradas llenas de extraño embarazo a los cadáveres descompuestos y a los pocos vivos que deambulaban como fantasmas entre los barracones destruidos: “Cuatro hombres armados, pero no armados contra nosotros”, enfatiza. 

Levi y el puñado de supervivientes de Auschwitz inician entonces un largo y serpenteante periplo ferroviario por Rumanía, Ucrania y Rusia, que finalmente se detiene unos meses en Bielorrusia. 

El narrador rendiría ahí homenaje a “aquella tierra sin límites de horizontes intactos y primigenios que había presenciado la batalla a la que debíamos nuestra liberación”. Bajo las desaliñadas y anárquicas apariencias, distingue en los “rostros rudos y abiertos” de aquellos soldados soviéticos, “a los hombres valientes de la Rusia antigua y nueva, mansos en la paz y atroces en la guerra, fuertes por una disciplina interior nacida de su concordia, amor mutuo y amor a la patria”. 

Una disciplina, dice, “mucho más fuerte, precisamente porque era interior, que la disciplina mecánica y servil de los alemanes”. “Viviendo entre ellos era fácil comprender”, concluye, “por qué era aquella y no ésta la que había prevalecido”.

Este miércoles se cumplió el 71 aniversario de aquella liberación. Convertida hoy en “Jornada internacional en memoria de las víctimas del holocausto y de la prevención de crímenes contra la humanidad”, el día en el que Levi inicia la segunda parte de su relato ha justificado la inauguración, en el memorial de la Shoa de París, de la exposición “Después de la Shoa; escapados, refugiados, supervivientes”.

 La jerarquía en la numeración no es arbitraria. Los supervivientes al final, porque fueron los menos: unos 60.000 en total, de los que una tercera parte desapareció, o murió poco después de las secuelas del martirio.

Restadas las 6 millones de víctimas del holocausto a los diez u once millones de judíos que había en Europa antes de la guerra, aún quedan cinco millones. El destino de esos cinco millones, más los escasos y frágiles supervivientes, entre 1944 y 1947, es el objeto de esta exposición, un drama hasta cierto punto disuelto en otro más general: el caos de la posguerra.

Tras la gran carnicería y destrucción, 30 millones de desplazados se movían por Europa, algo que da mucho que pensar en la actual y vergonzante crisis de los refugiados de la Unión Europea. La mayoría de ellos, 13 millones, eran expulsados alemanes, de los que más de dos millones murieron en la operación, sancionada por las potencias aliadas en Potsdam.

 El nuevo nacionalismo alemán postreunificación reivindica un holocausto alemán que incluye capítulos tan horrorosos como la operación revancha indiscriminada y colectiva que aniquiló al 8% de los sudetes (250.000 muertos), una población muy hostil al estado checo y entusiasta de los nazis. 

“En determinados respetables ámbitos se sugiere e insinúa a los judíos que no fueron las únicas víctimas, ¿es este recuerdo público una señal de salud política, o sería a veces más prudente olvidar?”, se preguntaba escéptico el historiador Tony Judt en su libro sobre la Europa de posguerra.

En cualquier caso, más allá de los nuevos revisionismos (alemán, polaco, báltico y ahora ucraniano) es un hecho que, “los judíos eran una minoría en aquel apabullante mar de desplazados”, explica Henry Rousso, comisario de la exposición parisina, que desmiente rotundamente que en la inmediata posguerra no hubiera, hasta el proceso de Eichmann en Jerusalén de 1961, conciencia o información sobre lo que había sido la Shoa. 

Se sabía, pero la especificidad de aquello quedaba, de alguna forma, disuelta en el catastrófico contexto general: 55 o 60 millones de víctimas de la guerra, 29 millones de muertos soviéticos, 3,3 millones de presos soviéticos aniquilados, de los 3,5 millones de soldados alemanes, austriacos, rumanos y húngaros apresados por los soviéticos, de los que pocos regresaron con vida, y otras enormidades. Eso explica que del libro de Levi, publicado en 1947, apenas se vendieran 2000 ejemplares y pasara desapercibido hasta 1963.

La exposición se centra en tres países; Polonia, Alemania y Francia. En Francia se repatría a 1,7 millones de personas. En Alemania muchos judíos que han sobrevivido escondidos o disimulados, destruyendo documentos de identidad que les condenaban a muerte, deben ahora demostrar documentalmente que son judíos para beneficiarse de ayudas, “una situación alucinante”, dice Rousso. 

Aparecen los submarinos, personas como Marie Simon, que se esconde de la Gestapo en Berlín cambiando 19 veces de apartamento. 

En Polonia solo 400.000 sobre los más de tres millones de judíos escapan a la muerte (240.000 huyendo a la URSS). Al regresar se enfrentan a las violencias que desata contra ellos una violencia antisemita post-genocidio, fenómeno que se vive también en Hungría y Rumanía, y que en Polonia da lugar a casos como el pogrom de Kielce de julio de 1946, y un total de 1500 o 2000 muertos, según los últimos estudios: “No nos perdonarán nunca lo que nos hicieron”, dice una sutil sentencia judía.

En medio de este dramatismo, el periodo del gran desplazamiento de posguerra es una época de búsqueda de seres queridos, de vidas rotas que quieren reconstruírse, de emigración -a Estados Unidos, a Israel- de solidaridad (de las organizaciones judías de Estados Unidos) y también de recuerdo: “Durante mucho tiempo prevaleció el mito de un “silencio” y ocultación sobre la Shoa, sin embargo, nada caracteriza mejor la inmediata posguerra como el florecer de testimonios y relatos de todo tipo sobre la persecución”, explica el comisario."                 (Rafael Poch , La Vanguardia, en Rebelión, 29/01/16)

9/6/15

La excelente salud de la lucha de clases

"Las comprensiones clásicas de la lucha de clases fueron el correlato teórico de la efervescencia política de una gran masa de asalariados empobrecidos. Sin embargo, en algún momento de la segunda mitad del siglo XX, los análisis de las clases sociales empezaron a adquirir una textura mantecosa producto de su fermentación académica. 

Las desigualdades se incrementaron con consecuencias aberrantes, pero las teorías que trataban de explicarlas en términos de enfrentamientos colectivos transmitían una fuerte sensación de artificialidad. 

En la última década, en cambio, hemos asistido a una amplia revitalización de este campo de estudio a medida que el foco se ha desplazado desde la clase trabajadora hasta las clases altas. La lucha de clases goza de excelente salud: sencillamente estábamos mirando hacia el lugar equivocado.

Owen Jones se dio a conocer en 2011 con Chavs. La demonización de la clase obrera, un ensayo en el que denunciaba la generalización de un virulento clasemedianismo aspiracional que estigmatizaba a las clases populares. El correlato de aquel primer texto es El establishment. La casta al desnudo —el subtítulo es un añadido de la edición española—. 

Formalmente sigue un modelo muy similar. Jones emplea periodismo de investigación, sociología, entrevistas, testimonios personales y crítica política para construir un ensayo empático y energético marcado por una irresistible ausencia de cinismo. Su tesis central es que la contrarreforma neoliberal ha producido una subordinación de las élites políticas a los poderes económicos y una oligarquización extrema de los instrumentos de representación democrática. Este vaciamiento institucional es la causa última de la profunda desafección política de amplias capas de la población.

 El establishment comienza reconstruyendo la génesis de la hegemonía liberal en el Reino Unido. La victoria electoral de Margaret Thatcher fue la culminación de la estrategia de un conjunto de publicistas inteligentes, entusiastas y muy bien financiados que lograron desplazar el sentido común de la mayoría social hacia la defensa de la desregulación económica. 

El resultado fue una clausura ideológica completa: "El recorte de impuestos a los ricos, la venta de recursos públicos; los recortes de la seguridad social; el debilitamiento de los sindicatos; todo esto se hace pasar constantemente por la normalidad, por el 'centro' del que sólo se desvían los extremistas y los que nunca saldrán elegidos".

Según Jones, en este proceso ha desempeñado un papel esencial la transformación de los medios de comunicación en herramientas de propaganda al servicio de un número muy reducido de empresarios que mantienen estrechas conexiones personales con la clase política: "En Gran Bretaña no existe la libertad de prensa. Existe una prensa libre de la intervención directa del Gobierno, que es algo completamente distinto". 

De modo análogo, las fuerzas del orden han quedado groseramente subordinadas a los intereses de los privilegiados, y su labor se ha visto cada vez más enturbiada por el autoritarismo y el abuso de poder.

El argumento de fondo de El establish­­ment es que, en realidad, la ideología meritocrática del mercado libre es una farsa, una excusa para promover la alianza antidemocrática entre la clase política y las grandes empresas. La Gran Bretaña contemporánea es, en realidad, un "socialismo para los ricos" que asegura la transferencia sistemática de recursos públicos a manos privadas a expensas de la sociedad, mientras se permite a las grandes fortunas niveles siderales de fraude fiscal.

La mayor virtud de El establishment es, también, su principal defecto para el lector español. No es un panfleto impresionista, sino una obra maestra del periodismo de investigación. Jones se entrevista con una larga serie de políticos, periodistas, empresarios, economistas, policías o víctimas de las privatizaciones de los servicios públicos y detalla numerosos episodios que sacan a la luz los entresijos del poder británico contemporáneo. Eso hace que el libro resulte absorbente para el lector británico, pero ligeramente extenuante para quienes no estén familiarizados con la vida pública anglosajona.
 
Es un problema que lastra también La casta. De cómo los políticos se volvieron intocables, un superventas en Italia. Es un ensayo con un tono muy local, acentuado por el estilo sarcástico de los periodistas Sergio Rizzo y Gian Stella. La casta se centra exclusivamente en los privilegios y la mala gestión de los gestores públicos italianos. La degradación que describen Rizzo y Stella es asombrosa: la política italiana parece haberse convertido casi exclusivamente en un nicho de suntuosas canonjías caracterizadas por un exceso babilónico. 

Es un camino que nuestro país parece estar recorriendo a paso acelerado, según explican Eva Belmonte (Españopoly, Ariel) y Rafa Burgos (La casta. Quiénes son y cómo actúan, El Viejo Topo) en sendos ensayos urgentes que analizan la estructura de la oligarquía política, económica y mediática en nuestro país y la amenaza que supone para la democracia.

El establishment. La casta al desnudo. Owen Jones. Traducción de Javier Calvo. Seix Barral. Barcelona, 2015. 476 páginas. 19,90 euros (digital, 12,99).

La casta. De cómo los políticos se volvieron intocables Sergio Rizzo y Gian A. Stella. Traducción de Martín López. Capitán Swing. Madrid, 2015. 336 páginas. 23 euros

Españopoly. Cómo hacerse con el poder en España (o, al menos, entenderlo). Eva Belmonte. Ariel. Barcelona, 2015. 232 páginas. 16,90 euros (digital, 9,99).

La casta. Quiénes son y cómo actúan. Rafa Burgos. El Viejo Topo. Barcelona, 2015. 142 páginas. 14 euros."               (   , El País,   5 JUN 2015)

29/5/15

El terrorismo de la OTAN

"El 2 de agosto de 1990, el entonces presidente de Italia, Giulio Andreotti, reconoció ante el Senado italiano la existencia de una red de ejércitos secretos a lo largo de la Europa occidental.

 Aquella noticia era terrible y confusa en términos iguales. Terrible debido a que habían existido tropas paramilitares no controladas por el poder civil; confusa porque no se sabía ni cuáles eran los objetivos de estas tropas stay behind, ni quiénes la formaban, ni qué acciones habían llevado a cabo.

En este artículo se intentará dar respuesta a qué fueron los ejércitos secretos de la OTAN, quiénes lo formaron y cuáles fueron sus operaciones y sus objetivos. (...)

Después de la II Guerra Mundial, Italia quedó encuadrada dentro del bloque occidental. Sin embargo, Estados Unidos sabía a la perfección que las probabilidades de que el PCI llegase al poder en las elecciones de 1948 eran bastante altas. 

Con el objetivo de evitar tal situación, la CIA organizó un operativo cuyo principal fin era que la Democracia Cristiana se alzase con la victoria en las elecciones del 48. Para ello se usaron varios recursos, desde una campaña difamatoria contra el PCI dirigida y realizada por la Iglesia católica italiana, pasando por un refuerzo económico a Italia y a la Democracia Cristiana para llevar a cabo su campaña, finalizando en una operación donde los italo-americanos enviaban cartas a sus familiares en Italia avisándoles de los peligros de votar al PCI.

La estrategia funcionó a la perfección y la Democracia Cristiana obtuvo los mejores resultados en su historia en esas elecciones de 1948. Pero lo más relevante de la victoria de la DC fue el éxito de una de las primeras acciones encubiertas de la CIA. De hecho, en caso de que el PCI hubiera ganado aquellas elecciones, los EEUU habían planeado un Plan B que consistía en una invasión de la Italia, tal y como reconoció décadas después Francesco Cossiga, presidente de Italia entre 1985 y 1992. 

No sería hasta la década de 1960, más concretamente en 1963, cuando Italia volvería a estar en el radar de los Estados Unidos. En esta ocasión no se trataban de una posible llegada del PCI al poder italiano, sino de la entrada del Partido Socialista Italiano (PSI) en el ejecutivo nacional. El objetivo de la alianza cristiana-socialista era dar mayor estabilidad al panorama político y social italiano a través de una coalición de centro-izquierda. 

Sin embargo, la CIA y los sectores más reaccionarios de la política italiana y estadounidense mostraron una preocupación ante el giro a la izquierda y aprovechando el asesinato de J.F. Kennedy en noviembre de 1963, planearon llevar a cabo un golpe de estado. Dicho golpe fue marcado para el año siguiente, aunque finalmente no fue necesario ejecutarlo debido a la salida de los socialistas del ejecutivo. El golpe, que ha pasado a ser conocido bajo el nombre de “Piano Solo”, triunfó sin poner en marcha el músculo militar que había tras él.

“Piano Solo” no fue el único golpe de estado planificado en Italia durante la Guerra Fría. Apenas seis años después del éxito del golpe de 1964, en 1970 desde los servicios secretos y militares italianos junto con los paramilitares de Borghese, se volvía a preparar otro golpe de estado, en esta ocasión liderado por Valero Borghese. Los golpistas debían ocupar las sedes del Ministerio de Defensa y de Interior, al mismo tiempo que hacerse con el poder en la sede de la RAI y otros medios de comunicación de importancia. 

Posteriormente, todos aquellos elementos calificados como subversivos serían detenidos y un gobierno militar sería instalado con el objetivo de volver a instaurar el orden y la disciplina a Italia. Sin embargo, y por razones que aún hoy se desconocen, Borghese ordenó que el golpe se detuviese y que Italia no se despertase bajo un gobierno militar.

La Estrategia de la Tensión, los años del plomo y la Operación Gladio

Para comprender la década de 1970 en Italia, primero deben ser clarificados los significados de “años del plomo” y “estrategia de la tensión”. Respecto al primero, se puede definir como el contexto de violencia callejera que evolucionó a la lucha armada por parte de grupos extremistas (de derecha y de izquierda) que recurrieron a la violencia para conseguir sus objetivos aprovechando la debilidad de las instituciones políticas y económicas, del caos político y de la negativa coyuntura económica italiana derivada de la crisis del petróleo de 1973. 

Por otro lado, respecto al segundo concepto, se puede considerar como una táctica para cometer actos terroristas y atribuirlos a la otra parte. El término tensión se refiere a la tensión emocional, a aquella que crea una sensación de miedo; el término estrategia se refiere a quién alimenta el miedo en la sociedad y lo dirige contra un grupo o sector determinado. En el caso italiano, el grupo era la izquierda, representada principalmente por el Partido Comunista Italiano.

La Operación Gladio, esto es, el uso indiscriminado del terrorismo contra la población civil italiana, comenzó el 12 de diciembre de 1969 con la explosión de cuatro bombas en Roma y en Milán que mataron a 16 personas. De estos cuatro atentados, el más famoso ha sido el de la sede de la Banca Nazionale dell’ Agricoltura, localizada en Piazza Fontana. En un primer momento, las autoridades culpabilizaron de los atentados a la izquierda, exactamente a grupos anarquistas.

No obstante, desde los primeros momentos del atentado muchas dudas surgieron en torno a la autoría de los atentados. De hecho, legal y jurídicamente, ninguna persona y/u organización ha sido declarada culpable de la matanza. Aún con lo anterior, un informe secreto del SID, los servicios secretos italianos, datado a 16 de diciembre, mencionaba la posibilidad de que los atentados en Milán y Roma hubiesen sido perpetrados por grupos de la derecha con el apoyo de la CIA. Esta mención se vio confirmada años después con las declaraciones del General Maletti sobre cómo la CIA brindaba apoyo a terroristas de la extrema derecha para detener el avance de la izquierda en Italia.

En 1972, cuando Italia aún se recuperaba de los acontecimientos de 1969, tres miembros de los carabinieri fueron asesinados en un atentado acontecido en Peteano. Al igual que los sucesos de 1969, el atentado fue atribuido a grupos de extrema izquierda revolucionaria. Sin embargo, como sucedió en Roma y Milán, las dudas surgieron rápidamente. 

En primer lugar, porque según el General Serravalle, tres de los siete depósitos de explosivos C4 localizados en Trieste y pertenecientes a la red Gladio habían desaparecido a sólo dos meses del atentado de Peteano. 

Y en segundo lugar porque, durante su juicio en 1984, Vincenzo Vinciguerra confirmó la existencia de una “superorganización” organizada por la OTAN y con la colaboración de los servicios secretos italianos y fuerzas militares y paramilitares italianas. Pero no sólo eso, sino que Vinciguerra contextualizó las acciones de grupos paramilitares de extrema derecha tales como Ordine Nuovo o Avanguardia Nazionale como acciones llevadas a cabo dentro de la Operación Gladio.

En 1974 se produjeron nuevos incidentes. Por un lado, en una manifestación anti-fascista en la ciudad de Brescia se produjo un atentado en donde fallecieron ocho personas y 102 resultaron heridas. Llevado a cabo por personajes encuadrados en grupos de extrema derecha, en 1982 los imputados por el caso fueron declarados inocentes, lo que llevó a una manifestación espontánea en el lugar donde había tenido lugar el atentado y a una reflexión por parte de la izquierda institucional que cobraría todo su sentido tras el descubrimiento del ejército paralelo de Gladio: 

¿Cómo era posible que mientras a los responsables del terrorismo de la extrema izquierda se les juzga y se les condena, a los de extrema derecha nunca se les consigue condenar porque al final resultan siempre inocentes? 

Esta reflexión es también válida para los resultados de la investigación de la “Operación Tora Tora” donde las pesquisas llevadas a cabo sobre el caso dieron el resultado de 145 personas acusadas, de las cuales 78 de ellas fueron llevadas a juicio y de estas 78, 46 fueron sentenciadas culpables, los cuales apelaron al Tribunal Supremo Italiano y fueron finalmente exonerados de sus cargos.


Otro incidente de importancia ocurrido en 1974 se localizó en el tren que hacía la ruta Roma-Münich, en donde fallecieron 12 personas y 48 resultaron heridas. Además, en este año, el que había sido miembro de la logia P2 y director del Servizio Informazioni Difesa (SID), Vito Miceli, fue arrestado bajo los cargos de “conspiración contra el Estado” en relación con la “Operación Tora Tora”. Durante el juicio, Miceli declaró la existencia del Operativo Gladio (sin nombrarlo) y cómo éste estaba coordinado desde la OTAN y desde los EEUU.

Del Compromiso Histórico al atentado de Bolonia

Formulado en octubre 1973, el “compromiso histórico” es como se conoce a la intención del PCI de formar una coalición de gobierno junto con la DC con el objetivo de dar estabilidad política a Italia y así evitar que una solución más autoritaria fuera tomada para internar resolver los problemas económicos y sociales por los que atravesaba el país. 

En el fondo de este compromiso está el fundamento ideológico del Eurocomunismo, pero también el temor de Berlinguer de que si el PSI y el PCI formaban una alianza para formar un ejecutivo, esto provocaría una reacción de la derecha en forma de golpe de estado. 

La sombra de Salvador Allende y el golpe de estado de Pinochet eran alargada. Desde el ala más progresista y moderada de la Democracia Crsitiana se acogió la idea del “compromiso histórico” favorable, por lo que la DC y el PCI acercaron posturas y comenzaron a armonizar sus objetivos.

Un año después de la formulación del “compromiso histórico”, Aldo Moro, primer ministro de Italia, viajó a Washington donde le comentó a Henry Kissinger y a Gerald Ford su intención de incluir al PCI en el ejecutivo italiano, a lo cual recibió una respuesta negativa por parte de ambos, los cuales recordaron a Aldo Moro que ningún elemento comunista podía participar en el gobierno. 

Sin embargo, los resultados de las elecciones de 1976, en donde el PCI logró el mejor resultado en su historia, llevaron en 1978 a Aldo Moro a intentar poner en marcha el “compromiso histórico” formulado cinco años antes. El 16 de marzo de 1978, Aldo Moro se dirigió a la Cámara de los Diputados para presentar el proyecto. Sin embargo, nunca llegó al Parlamento ya que fue secuestrado ese mismo día.

Durante 55 días Aldo Moro estuvo secuestrado, hasta que el 9 de mayo su cadáver apareció en una calle céntrica de Roma. Supuestamente su secuestro y ejecución fueron realizadas por las Brigate Rosse, pero lo cierto es que el secuestro y posterior asesinato del ex primer ministro italiano estaba lleno de misterios.

 El principal era si la CIA, los servicios secretos italianos o la estructura Gladio tenían algo que ver con la cuestión Moro. Según el periodista italiano Carmine Pecorelli detrás de la muerte de Aldo Moro no estaban las Brigate Rosse sino la CIA y la estructura Gladio. Si Pecorelli tenía razón o no fue algo imposible de verificar ya que fue asesinado el 20 de marzo de 1979. 

Lo más inquietante es que entre los imputados por el caso se encontraba el entonces primer ministro Giulio Andreotti, el cual fue declarado inocente junto al resto de acusados en 1999. Sin embargo, en 2002 Andreotti fue declarado culpable de instigador de homicidio, aunque finalmente el Tribunal Supremo italiano lo exoneró de la anterior condena en el 2003.

Es probable que nunca se sepa a ciencia cierta quién estuvo detrás del secuestro y asesinato de Aldo Moro. La comisión del Senado que investigó la estructura Gladio en la primera mitad de la década de 1990 sospechaba que la CIA, los servicios secretos italianos y la estructura Gladio estaban tras el asesinato de Moro. Sin embargo, cuando se dispusieron a investigar esa hipótesis descubrieron que la mayor parte de los documentos relacionados con el secuestro y asesinato habían desaparecido.

La última acción de importancia que se encuadra dentro de la “estrategia de la tensión” fue el atentado de 1980 en la estación de tren de Bolonia. Un total de 85 personas fallecieron y los heridos ascendieron a más de 200 en uno de los peores atentados sobre suelo europeo que se había registrado hasta aquel momento. Según la comisión investigadora del Senado, el atentado de Bolonia fue la acción más mortífera conectada con la red Gladio.

Tras la masacre de Bolonia, la estrategia de la tensión, los años de plomo y los atentados de bandera falsa comenzaron a cesar debido a que el Estado fue capaz de controlar la situación y a que la opinión pública, tras una década de asesinatos, atentados, muertes y heridos rechazó de plano la violencia.

 Sin embargo, la consecuencias sociales de la década de 1970 en Italia fueron tremendamente dolorosas, tal y como constató la comisión de investigación del Senado en su informe, señalando que entre 1969 y 1987, 491 civiles fallecieron, mientras que 1.181 fueron heridos.

Conclusiones

Originariamente, la stay-behind nació como un ejército paralelo y secreto que sólo se accionaría en caso de ataque por parte fuerzas extranjeras, que en la lógica de la Guerra Fría no podía ser más que las fuerzas del bloque socialista sobre un territorio del bloque capitalista. Y así ocurrió en 7 de los 15 países que integraban la estructura secreta de la OTAN. 

Sin embargo, en los restantes países de la trama parece claro que sus estructuras stay-behind han tenido alguna relación con actos de terrorismo con el objetivo de desacreditar a la izquierda y que ésta no pudiera llegar al poder a pesar de la aceptación de la “reglas del juego” exigidas por los Estados del bloque occidental.

Desmantelada a comienzos de la década de 1990, no se puede asegurar si los ejércitos secretos de la OTAN han sido disueltos definitivamente, ya que la OTAN jamás ha reconocido oficialmente la existencia de esta estructura. 

Sin embargo, su existencia está fuera de toda duda, mientras que en Italia el operativo estuvo ligado estrechamente con atentados terroristas que tenían el objetivo de desacreditar a la izquierda, especialmente al PCI, para restarle el gran apoyo popular con el que contaba.

Que una estructura similar a Gladio pueda seguir existiendo es una posibilidad y más después de que la prensa italiana diera a conocer la existencia de Department of Anti-terrorism Strategic Studies (DSSA), especia de policía paralela, fundada por Gaetano Saya y Rocardo Sindocca, los cuales habían formado parte de la red Gladio. 

Aun así, dictaminar la existencia de una red paralela como Gladio es en la actualidad imposible por falta de evidencias. Sin embargo, nunca es descartable que los Estados vuelvan a usar este recurso con el fin de ejecutar decisiones u obtener objetivos de distinta naturaleza que serían imposibles conseguir sin el uso de la tensión y las operaciones de falsa bandera."              ( , El orden mundial en el siglo XXI, 27 may, 2015)

21/4/15

La Francia de Vichy

"En el Hôtel de Soubise, sede de los Archivos Nacionales, en pleno Marais parisiense, el mariscal Pétain da la bienvenida al visitante junto a la efigie circunspecta del mismo Adolf Hitler. 

La colaboración 1940-1945 es una muestra de pasillos estrechos y escenografía oscura que permite recordar, hasta el 5 de abril, lo sucedido durante el lustro que duró la colaboración con la Alemania nazi. Lo hizo Francia acomodándose a las exigencias del invasor, antes de abrazar su proyecto de civilización a través de una legislación manifiestamente antisemita.

 El régimen de Vichy, fundamentado en valores como "el trabajo, la familia, la patria, la piedad y el orden", excluyó a los judíos de la vida en común, prohibiéndoles ejercer oficios como los de funcionario, banquero, profesor, médico o artista.

 A partir de 1942, les obligó a lucir la funesta insignia amarilla y participó en su exterminio en nombre de la reconversión aria de Europa, con la deportación de 75.000 personas que residían en el territorio francés.

Los cientos de documentos, en su mayoría desclasificados por primera vez por las autoridades francesas, permiten reexaminar la actitud de los autóctonos durante la ocupación y los distintos grados de implicación que tuvieron en el avance del nazismo, desde el compromiso convencido e incondicional con la causa hitleriana a un acercamiento circunstancial y no necesariamente sincero.

 El objetivo es demostrar que el colaboracionismo pudo tener distintos grados, pero también que en ningún caso se trató de un fenómeno marginal. "La colaboración no fue solo política, sino también económica, administrativa, policial, militar, ideológica y cultural. Vichy no fue una simple sucursal alemana, sino un sistema plenamente francés, ligado a la tradición de la extrema derecha local", afirma el historiador Denis Peschanski, comisario de la muestra y uno de los grandes especialistas en el periodo. El comisario lleva tres décadas investigando sus complejos mecanismos, así como sus repercusiones en términos de memoria e identidad colectiva.

Peschanski desconfía ante quienes sostienen que toda Francia fue colaboracionista, igual que de aquellos que creen que todo el país sostuvo a la Resistencia. Más que esa minoría plenamente implicada en cada bando –"que no sumaba más de un millón de personas en cada lado", según el historiador–, el comisario se ha interesado por el comportamiento de las masas. "Hubo quienes se acomodaron a las circunstancias, pese a no ser colaboracionistas, básicamente por motivos económicos. 

Y después están los que rechazaron las delaciones, pese a no participar abiertamente en actos de resistencia, pero que fueron capaces de decir no. Este último grupo fue, claramente, el mayoritario".

El itinerario es extenso y no se amedrenta ante los tabúes históricos. Arranca en junio de 1940, cuando la Asamblea Nacional otorgó los plenos poderes a Pétain, como recoge el acta constitucional que lo erigió en jefe de Estado, presente en la exposición. "He estado con vosotros en los días de gloria. Lo seguiré estando en los días oscuros. Permaneced a mi lado", clamó entonces ante sus conciudadanos, como recoge una postal conmemorativa. 

Además, la muestra recoge por primera vez fotografías inéditas del encuentro entre el mariscal Pétain, su vicepresidente Pierre Laval y el embajador alemán Otto Abetz a pocas horas del famoso apretón de manos entre Pétain y Hitler en Montoire, a la orilla del Loira. El trayecto termina con algunos de los 300.000 expedientes de purga política creados tras la liberación para represaliar al colaboracionismo. 

Entre los castigos ejemplares, figuraba la pena de muerte a Laval y la cadena perpetua a Pétain, desterrado a un fuerte en la Isla de Yeu, enclave de la costa atlántica convertido hoy en destino turístico para burgueses izquierdistas. Sin ir más lejos, dos ministros de Hollande veranean allí.

Entre el inicio y el final, se multiplican los ejemplos de la violenta propaganda ejercida contra judíos y bolcheviques, además de numerosas fichas de los servicios policiales, que recogían las delaciones ciudadanas registradas durante esos cuatro años. Una carpeta contiene las denuncias contra la familia Cohen cerca de la Bastilla. Otra, la referente a los Blibaum en la rue Corbeau, y otra más, a los Bromberg en el barrio de Belleville.

 Forman parte de las más de 250.000 fichas que la policía parisiense aspira a desclasificar entre 2015 y 2019, al concluir el plazo de confidencialidad de 75 años que contempla la ley. Decenas de documentos e imágenes dan cuenta de ese régimen de terror cotidiano contra los judíos. 

Recogen historias como la del médico que exige a la policía que interviniera para evitar que su hijo se casara con su prometida judía. O como esa fotografía que describe el cambio de propietarios de una tienda de bolígrafos en 1940: "A partir del 1 de noviembre, la dirección será católica y francesa, igual que el personal".

La exposición también se detiene en la colaboración de los artistas. Contrariamente a lo que se cree, no fueron minoría. Ni tampoco "vivieron en una soledad amarga y deshonrada", como ya dijo Lucien Rebatet, autor de Les décombres, panfleto antisemita que se convirtió en un superventas en los tiempos de la ocupación.

 Además del conocido caso del escritor Louis-Ferdinand Céline, la muestra refleja la implicación de Pierre Drieu La Rochelle, Paul Morand o Ramón Fernández, que incluso fueron invitados por Goebbels al congreso de Weimar. El resto de artes tampoco se quedaron cortas: un reciente documental televisivo reveló el papel ambiguo que tuvieron personalidades tan conocidas como Maurice Chevalier, Edith Piaf, Sacha Guitry o Coco Chanel.

La cultura popular francesa lleva años interesándose por el fenómeno. Una serie de éxito, Un village français, que ya alcanza la sexta temporada en la televisión pública, se centra en esa muchedumbre sin etiqueta, a la que la historia en mayúsculas no ha prestado suficiente atención. "Me interesa ese 95% de ciudadanos que no se identificaban ni como resistentes ni como colaboracionistas, que no eran ni monstruosos ni heroicos, sino simplemente humanos", ha dicho su creador, Frédéric Krivine. 

Peschanski señala otros ejemplos del ardor que este oscuro episodio sigue despertando entre los franceses, como el último premio Nobel de Literatura, Patrick Modiano –premiado explícitamente por "desvelar la vida cotidiana durante la ocupación", según la Academia sueca– o el reciente escándalo originado por Le suicide français, exitoso ensayo del polemista Éric Zemmour, decidido a rehabilitar al régimen de Vichy, recordando que "salvó" a un 75% de los judíos franceses y se limitó a deportar a los extranjeros, argumento habitual en las filas de la extrema derecha francesa. 

Hoy supera las 300.000 copias vendidas. "Más que un trauma histórico, la ocupación constituye una obsesión francesa, porque se trata un capítulo definitorio de nuestra identidad como pueblo", afirma Peschanski."             (   , El País, París 31 MAR 2015)