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31/1/22

David Graeber: El valor social de las profesiones... los trabajadores que aportan más valor social son los investigadores clínicos, que añaden una media de 9 dólares de valor total por cada dólar recibido en su sueldo; y los que aportan menos valor son los empleados del sector financiero que sustraen un promedio de 1,80 dólares por cada dólar que les pagan (y, por supuesto, a los del sector financiero les pagan extremadamente bien)

 "(...) Muy pocos economistas han intentado seriamente medir el valor social general de las distintas profesiones, ya que la mayoría lo considera un esfuerzo inútil o una misión imposible, pero aquellos que sí lo han intentado tienden a confirmar que efectivamente parece existir una relación inversa entre utilidad y sueldo. 

En un artículo de 2017, los economistas estadounidenses Benjamin  B. Lockwood, Charles G. Nathanson y E. Glen Weyl analizaron en profundidad la bibliografía existente sobre «externalidades» (costes sociales) y «efectos colaterales» (beneficios sociales) asociados a una amplia variedad de profesiones muy bien pagadas, para determinar si era posible calcular en qué medida cada grupo profesional suma o resta a la economía en general. 

Descubrieron que, aunque en algunos casos —especialmente en los asociados con los sectores creativos— el valor era demasiado subjetivo para poder medirlo con precisión, en otros era posible ofrecer cifras aproximadas. 

Su conclusión: los trabajadores que aportan más valor social son los investigadores clínicos, que añaden una media de 9 dólares de valor total por cada dólar recibido en su sueldo; y los que aportan menos valor son los empleados del sector financiero que sustraen un promedio de 1,80 dólares por cada dólar que les pagan (y, por supuesto, a los del sector financiero les pagan extremadamente bien).

He aquí los datos correspondientes a algunas de las profesiones:

- Investigadores                                                                           +9
- Profesores de primaria                                                              +1
- Ingenieros                                                                               +0,2
- Consultores y profesionales de tecnología de la información     0
- Abogados                                                                                –0,2
- Publicistas y profesionales de marketing                                –0,3
- Gerentes                                                                                  –0,8
- Sector financiero                                                                      –1,5

Estos datos parecen confirmar claramente las sospechas de mucha gente sobre el valor de estas profesiones (...)"                    

(David Graeber: Trabajos de mierda. Una teoría. Ed. Ariel, 2018; págs. 278/280)

1/10/20

Trabajo. Democratizar. Desmercantilizar. Descontaminar (Manifiesto firmado por Piketty, Dani Rodrik, Galbraith, Nancy Fraser...)...

 "¿Qué nos ha enseñado esta crisis? En primer lugar, que los seres humanos en el trabajo no pueden ser reducidos a meros “recursos”. El personal médico y farmacéutico, el personal de enfermería, de reparto, de caja… todas esas personas que nos han permitido sobrevivir durante este periodo de confinamiento son la viva muestra de ello. 

Esta pandemia ha revelado también cómo el trabajo en sí tampoco puede reducirse a mera “mercancía”. Los servicios de salud, atención y cuidados a colectivos vulnerables son actividades que deberíamos proteger de las leyes del mercado. De no hacerlo, correríamos el riesgo de acentuar aún más las desigualdades, sacrificando a las personas más débiles y necesitadas. 

¿Qué hacer para evitar semejante escenario? Hay que permitir a los y las trabajadoras participar en las decisiones, es decir, hay que democratizar la empresa. Y hay también que desmercantilizar el trabajo, es decir, asegurar que la colectividad garantice un empleo útil a todas y todos. En este momento crucial, en el que nos enfrentamos al mismo tiempo a un riesgo de pandemia y a uno de colapso climático, estas dos transformaciones estratégicas nos permitirían no solo garantizar la dignidad de cada persona, sino también actuar colectivamente para descontaminar y salvar el planeta.

Democratizar. Mientras quienes podemos, permanecemos confinadas, los (y especialmente, las) que forman parte del personal esencial, en particular las personas racializadas, migrantes y que trabajan en la economía informal, se levantan cada día para prestar servicio a los y las demás. Ellas son prueba de la dignidad del trabajo y de la ausencia de banalidad de su función, y demuestran un hecho clave que el capitalismo, en su afán por transformar a los seres humanos en meros “recursos”, intenta siempre invisibilizar: y es que, sin personas dispuestas a invertir su trabajo, no hay producción ni servicio que valga.

Por otra parte, los confinados (y, en especial, las confinadas) están movilizando todo lo que está en su mano para lograr, desde sus domicilios, mantener la actividad de sus organizaciones, demostrando así de forma masiva que quienes suponen que la gran preocupación de un empresario debe ser no perder de vista a un trabajador indigno de confianza para controlarlo mejor, están profundamente equivocados. Cada día, los y las trabajadoras evidencian que no son una “parte interesada” cualquiera de la empresa: son SU parte constitutiva. Sin embargo, se les niega aún con demasiada frecuencia el derecho a participar en el gobierno empresarial, monopolizado por quienes aportan capital.

Si nos preguntamos seriamente cómo podrían las empresas y la sociedad en su conjunto expresar su reconocimiento hacia los y las trabajadoras, parece evidente que tendría que aplanarse la curva para las remuneraciones más altas e iniciarse ésta desde un nivel más alto para el resto, pero dichos cambios no serían suficientes. Del mismo modo en que, después de las dos guerras mundiales, se otorgó el derecho de voto a las mujeres en reconocimiento de su contribución al esfuerzo de guerra, hoy resulta injustificable negarse a la emancipación de los y las inversoras de trabajo, y al reconocimiento de su ciudadanía en la empresa. Se trata de una transformación absolutamente necesaria.

En Europa, la representación de quienes invierten su trabajo en la empresa comenzó a establecerse a través de comités de empresa al acabar la Segunda Guerra Mundial. Pero estas “Cámaras” de representación de los y las trabajadoras se han quedado en órganos muy débiles, dependientes de la buena voluntad de los equipos de dirección designados por el accionariado. 

Estas Cámaras han sido incapaces de bloquear la dinámica propia del capital, que busca acumular para sí mismo, mientras destruye el planeta. Estas Cámaras de representación de los y las trabajadoras deberían en lo sucesivo ser dotadas de derechos similares a los de los consejos de administración, con el fin de someter el gobierno empresarial (es decir, la dirección al más alto nivel) a un sistema de doble mayoría.

En Alemania, Países Bajos y los países escandinavos, las diferentes formas de cogestión o codecisión (Mitbestimmung) que se pusieron progresivamente en marcha después de la Segunda Guerra Mundial representaron una etapa crucial, pero aún no basta para generar una verdadera ciudadanía en la empresa. Incluso en Estados Unidos, donde el derecho de sindicalización ha sido vigorosamente combatido, surgen hoy voces que piden otorgar a quienes invierten en trabajo el derecho de elegir representantes que cuenten con una mayoría cualificada en el seno de los consejos de administración. 

Nombrar al Director (o, mejor aún, a la directora) General, decidir sobre la estrategia empresarial, o sobre cómo se reparten los beneficios, son todas ellas cuestiones demasiado importantes como para ser dejadas exclusivamente en manos de la representación accionarial. Quienes invierten en la empresa su trabajo, su salud, y, en definitiva, su propia vida, deben tener asimismo la posibilidad de validar colectivamente tales decisiones.

Desmercantilizar. Esta crisis ilustra también hasta qué punto el trabajo no debería tratarse como mercancía. La crisis demuestra que no podemos dejar decisiones colectivas tan importantes en manos de los mecanismos del mercado. La creación de puestos de trabajo en los sectores de cuidados y de atención primaria, o el abastecimiento de material y equipos de emergencia llevan años sometidos a la lógica de la rentabilidad, y esta crisis no hace sino sacarnos del engaño. 

Nuestras decenas de miles de fallecidos nos recuerdan que hay necesidades colectivas estratégicas que debieran quedar inmunizadas ante la mercantilización. Quienes aún afirmen lo contrario son ideólogos que nos ponen a todos en grave peligro. La lógica de la rentabilidad no puede decidirlo todo. Al igual que ciertos sectores han de protegerse de las leyes del mercado no regulado, también ha de poder garantizarse a cada cual un trabajo digno.

Una forma de alcanzar ese objetivo es a través de una Garantía de empleo, que ofrezca la posibilidad a cada ciudadano y ciudadana de tener un empleo. El artículo 23 de la Declaración Universal de los derechos humanos consagra el derecho al trabajo, a un trabajo libremente elegido, a condiciones de trabajo justas y satisfactorias, y a una protección contra el desempleo. 

En este sentido, la Garantía de empleo permitiría no solo que toda persona se ganara la vida dignamente, sino también que, colectivamente, multiplicáramos nuestras fuerzas para responder mejor a las numerosas necesidades sociales y medioambientales a las que nos enfrentamos. Una Garantía de Empleo puesta a disposición de las comunidades y administraciones locales permitiría, en concreto, contribuir a evitar el colapso climático, y al mismo tiempo garantizar un futuro digno a todas las personas. 

La Unión Europea debería poner los medios necesarios para impulsar semejante proyecto en el marco de su Green Deal. Si revisara la misión de su Banco Central, para que éste pudiera financiar tal programa, necesario para nuestra supervivencia, la UE se ganaría la legitimidad en la vida de todos y cada uno de los ciudadanos y ciudadanas de la Unión. Ofreciendo una solución anticíclica al choque que se avecina en términos de desempleo, la UE demostraría su compromiso con la prosperidad social, económica y ecológica de nuestras sociedades democráticas.

Descontaminar. No repitamos los errores de 2008: aquella crisis se saldó con el rescate incondicional del sector financiero, profundizando la deuda pública. Si nuestros estados vuelven hoy a intervenir la economía, es importante que al menos pueda exigirse a las empresas beneficiarias su adecuación al marco general de la democracia. 

El Estado, en nombre de la sociedad democrática a la cual sirve y que lo constituye, y en nombre también de su responsabilidad para velar por nuestra supervivencia medioambiental, debe condicionar su intervención a cambios en la orientación estratégica de las empresas intervenidas.

 Más allá del cumplimiento de estrictas normas medioambientales, debe imponer condiciones de democratización en cuanto al gobierno interno de las empresas. Porque las empresas mejor preparadas para impulsar la transición ecológica serán, sin lugar a duda, las que cuenten con gobiernos democráticos; aquellas en las que tanto inversoras de capital como de trabajo puedan hacer oír su voz y decidir de común acuerdo las estrategias a poner en práctica.

 Esto no debe sorprender: bajo el régimen actual, el compromiso capital/trabajo/planeta resulta siempre desfavorable al trabajo y al planeta. Como han demostrado los ingenieros de la Universidad de Cambridge Cullen, Allwood y Borgstein (Envir. Sc. Tech. 2011 45, 1711–1718), si se establecieran “modificaciones realizables en los procesos productivos”, podría ahorrarse un 73% del consumo mundial de energía.

 Pero estos cambios implicarían más mano de obra, y decisiones a menudo más costosas a corto plazo. Mientras las empresas sigan administrándose exclusivamente en beneficio de quienes aportan capital, ¿de qué lado creen ustedes que se decantará la decisión, en un momento en que el coste de la energía es irrisorio?

A pesar de los desafíos que tales cambios implican, algunas cooperativas o empresas de la economía social y solidaria, proponiéndose objetivos híbridos (financieros a la par que sociales y medioambientales), y desarrollando gobiernos internos más democráticos, han demostrado ya que ésta es una vía creíble.

No nos hagamos ilusiones. Dejados a su suerte, la mayor parte de quienes aportan capital no se preocuparán ni de la dignidad de las personas que invierten su trabajo, ni de la lucha contra el colapso climático. Tenemos, en cambio, otro escenario mucho más esperanzador al alcance de la mano: democratizar la empresa y desmercantilizar el trabajo. Lo que nos permitirá descontaminar el planeta."  ([Este artículo se publica en 34 medios de comunicación de todo el mundo;16/05/2020)

Firmado: Isabelle Ferreras (University of Louvain/FNRS-Harvard LWP), Julie Battilana (Harvard University), Dominique Méda (University of Paris Dauphine PLS), Julia Cagé (Sciences Po-Paris), Lisa Herzog (University of Groningen), Sara Lafuente Hernandez (University of Brussels-ETUI), Hélène Landemore (Yale University), Pavlina Tcherneva (Bard College-Levy Institute), Pablo Fernandez (IAE Business School / Universidad Austral), Sebastian Perez Sepulveda (Paris Dauphie),AdolfoRodriguez-Herrera (Universidad de Costa Rica), Rodrigo Canales (Yale University), Gianfranco Casuso (Pontificia Universidad Católica del Perú), Justo Serrano Zamora (University of Groningen), Rodrigo Arocena (Universidad de la República. Uruguay), Alberto Alemanno(HEC Paris-NYU Law), Elizabeth Anderson (University of Michigan), Philippe Askénazy (CNRS-Paris School of Economics), Aurélien Barrau (CNRS et Université Grenoble-Alpes), Adelle Blackett (McGill University), Neil Brenner (Harvard University), Craig Calhoun (Arizona State University), Ha-Joon Chang (University of Cambridge), Erica Chenoweth (Harvard University), Joshua Cohen (Apple University, Berkeley, Boston Review), Christophe Dejours (CNAM), Olivier De Schutter (UCLouvain, UN Special Rapporteur on extreme poverty and human rights), Nancy Fraser (The New School for Social Research, NYC), Archon Fung (Harvard University), Javati Ghosh (Jawaharlal Nehru University), Stephen Gliessman (UC Santa Cruz), Hans R. Herren (Millennium Institute), Axel Honneth (Columbia University), Eva Illouz (EHESS, Paris), Sanford Jacoby (UCLA), Pierre-Benoit Joly (INRA -National Institute of Agronomical Research, France), Michele Lamont (Harvard university), Lawrence Lessig (Harvard University), David Marsden (London School of Economics), Chantal Mouffe (University of Westminster), Jan-Werner Müller (Princeton University), Gregor Murray (University of Montréal), Susan Neiman (Einstein Forum), Thomas Piketty (EHESS-Paris School of Economics), Michel Pimbert (Coventry University, Executive Director of Centre for Agroecology, Water and Resilience), Raj Patel (University of Texas), Katharina Pistor (Columbia University), Ingrid Robeyns (Utrecht University), Dani Rodrik (Harvard University), Saskia Sassen (Columbia University), Debra Satz (Stanford University), Pablo Servigne PhD (in-Terre-dependent researcher), William Sewell (University of Chicago), Susan Silbey (MIT), Margaret Somers (University of Michigan), George Steinmetz (University of Michigan), Laurent Thévenot (EHESS), Nadia Urbinati (Columbia University), Jean-Pascal van Ypersele de Strihou (UCLouvain), Judy Wajcman (London School of Economics), Léa Ypi (London School of Economics), Lisa Wedeen (The University of Chicago), Gabriel Zucman (UC Berkeley), and 3000more scholars from more than 600 universities across the globe.The full list is available https://democratizingwork.org/

14/1/16

¿Cómo es una economía socialista?

"(...) ¿Cómo es una economía socialista? ¿Qué mecanismos debería haber para evitar concentraciones de capital?

En primer lugar, creo que la idea de una economía socialista totalmente de mercado es incoherente. Al igual que la noción de una economía plenamente capitalista es incoherente. Toda economía va a ser un ecosistema de mecanismos de producción y distribución heterogéneos, cualitativamente distintos. 

La pregunta es, "¿Qué mecanismos dominan?" No "¿Qué mecanismos son responsables de todo?".

En cualquier economía socialista habrá un amplio sector público de servicios prestados directamente por asignación estatal. Si la educación y la sanidad y un montón de espacios de recreación pública y toda una serie de otras cosas se facilitan como bienes públicos desmercantilizados, todo ello podría constituir fácilmente el 60 por ciento de la economía. 

Eso no es socialismo de mercado, es simplemente socialismo. A lo sumo, el mercado será parte de la economía.

En cualquier economía socialista con mercados, parte de los mismos tampoco será socialista. No veo ninguna razón por la que no puedan haber pequeños restaurantes que simplemente están organizados por gente que quiere tener un pequeño restaurante.

Y tal vez no todo tienen que ser cooperativas. Mi predilección es argumentar que las pequeñas empresas deben ser cooperativas - que además deben ser llevadas democráticamente- pero pueden no serlo. 

Existe quizás un espacio para ciertos tipos de propiedad individual de empresas no cooperativas en una economía dominada por relaciones socialistas. No sé cual debería ser la combinación óptima de diferentes formas.

Los empleados del hipotético restaurante privado ¿tendrían otras opciones? 

Absolutamente. Se puede dar a todos una renta básica para que todo el mundo puede decir "no". Hay un conjunto amplio de bienes públicos, por lo que una parte importante del consumo de la gente no está basada en el mercado. El estándar de vida de la gente no depende sólo de los ingresos; depende de los servicios que están a disposición del público, más sus ganancias. 

La combinación de la renta básica más los servicios públicos significa que se puede vivir una vida digna sin involucrarse en relaciones capitalistas de producción.

Una economía socialista de mercado tendría todo tipo de otras facilidades para las diferentes formas de producción cooperativa. Yo esperaría que una economía socialista de mercado tendería a la financiación pública de las cooperativas más bien que a la iniciativa empresarial individual. 

Hay todo tipo de maneras de hacerlo - por ejemplo, en cuanto a la forma de organizar los mercados de crédito y la forma de organizar el espacio público: espacios de creadores para la producción de tecnología avanzada modular a pequeña escala y similares.

¿Cómo se previene la concentración de la riqueza? Disponemos ya de reglamentos que supuestamente, aunque no de manera efectiva, evitan el monopolio. Para evitar concentraciones de riqueza se necesitan reglas que pongan límites claros a la acumulación privada. 

Empresas por encima de un cierto número de empleados tienen que cooperativizarse y si no quieren, está bien – simplemente pueden permanecer pequeñas. Después de todo, no es obligatorio convertirse en grande.

La competencia no obliga a las empresas a hacerse más grandes a menos que existan mayores economías de escala, ¿verdad? Si no hay economías de escala, no hay ninguna razón en absoluto por la que las empresas tengan que crecer para poder competir. Su ventaja competitiva no aumenta por ser más grandes.

Creo que las economías de escala están disminuyendo rápidamente en muchas áreas de producción, lo que permite la reproducción de pequeñas empresas de alta productividad. Esa es la receta para una economía de mercado cooperativa.

Este tipo de visión es muy controvertida en la extrema izquierda ¿verdad? La presencia de los mercados ofende a algunos socialistas y algunos se oponen a la idea misma de elaborar "recetas para las cocinas del del futuro."

Permítanme hacer sólo una rápida intervención terminológica. Es la expresión "extrema izquierda". Yo diría que los mercados son cuestionados por la izquierda rígida. "Extrema" implica que está, de alguna manera, más a la izquierda; pero más a la izquierda no significa más ingenuos. 

Significa más profundamente comprometido con una alternativa emancipadora sostenible, democrática e igualitaria. Me considero muy de izquierdas. Es precisamente por eso que quiero heterogeneidad institucional en el objetivo - Creo que esa es nuestra mejor apuesta. 

No creo que sea apropiado decir que te hace menos izquierdista.
Creo que el principio fundamental del socialismo es la democracia a fondo, pero no se puede decidir de antemano el resultado de la deliberación democrática. Son las personas dedicadas a la lucha democrática las que deben resolver, porque nosotros no sabemos cuáles son las contingencias.

Mi predicción es que una sociedad profunda y firmemente democrática creará espacio para los mercados porque la gente lo verá como una solución barata para un problema complejo. Teniendo en cuenta todas las inevitables soluciones de compromiso, es mejor tener un espacio razonable para los mercados que tratar de planificarlo todo.

Pero eso es una predicción de a donde van a llegar los deliberadores democráticos, no una receta para lo que deben hacer. A no ser que se crea que no hay soluciones de compromiso, entonces sí que , de forma inherente, habrán ambigüedades en resolver de forma precisa cual debe ser el papel de los mercados en una economía post-capitalista.

El reto que presenté a Hahnel (que cree que la economía debe ser planificada democráticamente, sin ningún papel para los mercados), que creo que no respondió, es: "Sí, si Ud. cree que no hay soluciones de compromiso, que no existe el problema de "demasiadas reuniones", que no va a haber otras consecuencias no previstas al tratar de que la gente resuelva su paquete de consumo para el próximo año con antelación - que es parte de su plan - tal vez los mercados podrían eliminarse. » Yo soy escéptico. Pero a menos que usted crea que no hay soluciones de compromiso, no puede decidir de antemano la combinación. (...)"                (Entrevista a Erik Olin Wright  , Sin Permiso, 06/01/2016)

12/11/15

La conclusión de que en el futuro apenas habrá trabajo, pues los trabajadores serán sustituidos por robots, es falsa

"Una de las percepciones más extendidas que existen sobre las causas del desempleo en España es la que asume que la introducción de nuevas tecnologías, como robots, está destruyendo un gran número de puestos de trabajo, pues lo que antes hacían seres humanos ahora lo hacen máquinas. 

 De esta percepción se llega a concluir que en el futuro apenas habrá trabajo, pues los trabajadores serán sustituidos por robots. 

(...) los vaivenes en el tamaño de la población activa (es decir, personas que están en el mercado laboral) dependen muy poco de la introducción de nuevas tecnologías. 

Estoy hablando de toda la población ocupada o que busca trabajo y no de sectores específicos en los que el tamaño de la población activa sí que puede variar según la densidad tecnológica del sector. Pero las variables más importantes para determinar el tamaño de la población activa son variables políticas, no variables tecnológicas.

 La evidencia científica acumulada a lo largo del siglo XX muestra claramente que el porcentaje de la población que trabaja en un país depende en gran manera del contexto político que configura las relaciones laborales en dicho país. 

En general, en Europa, a mayor la fuerza de mundo del trabajo, mayor es el porcentaje de la población que trabaja, mayores son los salarios, mejores son las condiciones de trabajo y menores son las desigualdades de renta en un país. 

La importancia del contexto político

No es, pues, la tecnología en sí, sino cómo se utiliza y para qué objetivos, lo que afecta al proceso del trabajo. Los robots, por ejemplo, pueden sustituir personas en trabajos altamente repetitivos, pero necesitarán siempre gestión y dirección humana, lo cual quiere decir que destruirán puestos de trabajo, en general de poca cualificación, requiriendo, sin embargo, otros de elevada cualificación, que generarán mejores salarios, que quiere decir mayor demanda doméstica, produciendo mayor actividad económica y mayor número de puestos de trabajo.

Por otra parte, el aumento de la productividad puede generar mayor rentabilidad en la inversión productiva, con un aumento de beneficios que, en lugar de destinarse a enriquecer a unos pocos, se puedan dedicar a inversión de nuevo para crear empleo. Que se cree empleo o no depende primordialmente de quién controla el uso de los beneficios, es decir, de quién es el que controla el capital.

 No es, pues, la tecnología –los robots-, sino quién los posee, es decir, quiénes son sus propietarios, lo que determinan a qué usos se asigna el capital producido. En realidad, el enorme incremento de la productividad que ha habido en los últimos cien años no ha producido un descenso del número de trabajadores, ni siquiera un descenso de las horas trabajadas. 

John Maynard Keynes, por cierto, creía que a principios del siglo XXI, es decir, ahora, la gente trabajaría solo dos días a la semana. El potencial –es decir, la riqueza creada- para que ello ocurriera está ahí, pero no se está utilizando para este fin.

Hay que insistir en que el tiempo de trabajo (así como las condiciones del trabajo) no dependen de la productividad, ni de la tecnología, sino de la fuerza política que tenga el mundo del trabajo, tanto en las instituciones políticas como en las financieras, económicas, sociales y culturales de un país. 

La historia del siglo XX muestra que cada reducción del tiempo de trabajo ha sido consecuencia primordialmente de decisiones políticas, derivadas de la presión del mundo del trabajo.

Las necesidades humanas desatendidas

Depende también de decisiones políticas la configuración no solo del número sino también del tipo de trabajo que se cree. Por ejemplo, España tiene solo un adulto de cada diez que trabaja en los servicios públicos del Estado del Bienestar (sanidad, educación, servicios sociales, escuelas de infancia y servicios domiciliarios, entre otros). 

Si tuviera alrededor de una de cada cuatro, como en Suecia, España tendría unos tres millones y medio más de puestos de trabajo, eliminando una parte muy importante del desempleo. El hecho de que España tenga tan poca gente en los servicios del Estado del Bienestar se debe precisamente a la enorme debilidad del mundo del trabajo. 

El mayor desarrollo del Estado del Bienestar en los países escandinavos se debe primordialmente a la mayor fuerza del movimiento obrero en aquellos países que no en el sur de Europa, donde históricamente el movimiento obrero ha sido débil y ha estado dividido.

 En realidad, las necesidades humanas desatendidas en los países del sur de Europa son enormes, siendo los servicios del Estado del Bienestar una de las canteras más importantes de puestos de trabajo. El hecho de que exista un desempleo tan alto en estos países del sur de Europa –como en Grecia y en España- no tiene nada que ver (repito, nada que ver) con la introducción de la tecnología, sino única y exclusivamente con el enorme domino que las fuerzas conservadores y liberales han tenido sobre los aparatos del Estado, responsables de unas políticas tributarias y fiscales enormemente regresivas, y de un escaso gasto público social. España tiene la riqueza para desarrollar un buen Estado del Bienestar.

 Si su Estado no la tiene (y la evidencia de que no la tiene es abrumadora), se debe a que el Estado (a nivel central, autonómico y local) no la recoge. Los ingresos al Estado están entre los más bajos de la Unión Europea.  (...)"            

 (Artículo publicado por Vicenç Navarro en la columna “Dominio Público” en el diario PÚBLICO, 5 de noviembre de 2015, en www.vnavarro.org, 05/11/15)

11/11/15

Siempre se puede crear empleo para cubrir las enormes necesidades humanas que existen en cualquier sociedad

"(...) La visión de que el desempleo se debe a la introducción de nuevas tecnologías es profundamente errónea. Esta teoría de que los avances tecnológicos eliminarán todos los puestos de trabajo carece de credibilidad. 

Pero, por desgracia, fue, en parte, esta teoría la que generó las propuestas de que, a la luz de la imposibilidad de ofrecer empleo a toda la población que lo desea, se tenía que garantizar un mínimo de ingresos a todos los ciudadanos, independientemente de que trabaran o no. En realidad, las primeras voces que hicieron tales propuestas procedían del pensamiento liberal, como por ejemplo Friedman. 

La socialdemocracia (cuando era socialdemocracia antes de que se convirtiera al liberalismo), sin embargo, nunca aceptó tal propuesta. Todo lo contrario, enfatizó la necesidad de crear empleo, y buen empleo, desarrollando políticas de pleno empleo que han sido altamente exitosas, como lo muestra el bajo desempleo y la baja pobreza en la mayoría de países escandinavos, donde la socialdemocracia ha gobernado durante más tiempo.

 El supuesto que guía tal propuesta es la creencia de que siempre se puede crear empleo para cubrir las enormes necesidades humanas que existen en cualquier sociedad. 

No es por casualidad que sean estos países los que tienen mejores indicadores de calidad de vida y que hayan sido, a su vez, gobernados por mayor número de años por partidos comprometidos con el objetivo de establecer el socialismo. 

En esta tradición, el socialismo no es un proceso que ocurre el año A, día D y hora H (siguiendo la toma del Palacio de Invierno), sino que se construye o destruye en cada momento según las políticas públicas que se lleven a cabo. Cada vez que se aplica una política pública que tiene como objetivo satisfacer las necesidades humanas, siendo estas financiadas con fondos adquiridos con políticas progresivas y redistributivas (según el principio básico del socialismo “a cada uno según su necesidad, y de cada uno según su habilidad”), se está construyendo el socialismo (sea cual sea el partido que lo aplique). Y las necesidades humanas son inmensas. 

Decir que no habrá trabajo es asumir que todas las necesidades humanas estarán satisfechas, lo que es imposible de alcanzar, pues en cada periodo de desarrollo humano hay una redefinición de tales necesidades. De ahí que debería enfatizarse la necesidad de incentivar y crear trabajo en las áreas hoy tan poco extendidas de servir a la población.

El debate Renta Garantizada o puestos de trabajo debería sustituirse por propuestas que incluyan a ambas

Una alternativa a esta vía ha sido la de dar dinero al ciudadano para que él o ella compren los servicios que necesiten. De ahí que una versión de renta ciudadana en EEUU proceda de la tradición ultraliberal. Fue el gran ideólogo liberal, Friedman, el primero que propuso la renta individual universal. Pero debería ser obvio que ello es dramáticamente insuficiente para atender las necesidades humanas. 

De esta observación no se deriva (como maliciosamente se interpretará lo que digo por parte de algunos defensores de la renta universal) que los programas de rentas no sean necesarios. Todo lo contrario. Muchas de estas políticas (como la de rentas garantizadas) son necesarias, pero no pueden ser sustitutivas de las medidas citadas anteriormente, es decir, de la necesidad de incentivar y crear trabajo, y buen trabajo socialmente útil. 

En realidad, en la tradición socialdemócrata (la más eficaz que existe para reducir la pobreza) aquel que no puede trabajar recibe una cantidad que intenta alcanzar un nivel semejante al que adquiriría trabajando. Y es ahí donde creo que los programas de renta garantizada deberían orientarse.

¿Cómo se pagaría todo esto?

Es característico que, al llegar a este punto, voces bien o mal intencionadas, pregunten ¿y cómo se paga todo esto? Por regla general, el que hace tal pregunta, señala que el coste de dichas medidas puede alcanzar varios puntos del PIB. Creo que estos cálculos son necesarios. 

Pero el punto que las fuerzas progresistas deben remarcar es que España tiene los recursos suficientes para alcanzar los niveles de calidad de vida y bienestar que existen en otros países que gozan de mejores indicadores que España. Los números están ahí para el que quiera verlos.

 Ya antes de la crisis, si España se hubiera gastado en las transferencias y servicios públicos del Estado del Bienestar lo que debía gastarse por su nivel de riqueza, hubiera tenido casi 70.000 millones de euros más cada año. España se ha gastado casi 100.000 millones en rescatar un sector bancario que –como he indicado anteriormente- está claramente hipertrofiado y cuyo tamaño es a todas luces innecesario.

 El argumento de que España no tiene fondos carece de credibilidad. Y hay que llevar la lucha política a este nivel de cuestionar las prioridades del Estado español, poco influenciado por las clases populares. ¿Por qué el Presidente Zapatero congeló las pensiones públicas para conseguir 1.200 millones de euros, en lugar de mantener el impuesto de patrimonio?

 ¿Por qué el Presidente Rajoy recortó 6.000 millones de euros de la sanidad pública en lugar de revertir la bajada del impuesto de sociedades a las empresas que facturan más de 150 millones de euros al año (y que representan el 0,12% de todas las empresas)? (ver Hay alternativas. 

Propuestas para crear empleo y bienestar social en España, de Juan Torres, Alberto Garzón y yo). Y ahí está la gran urgencia de centrar el debate en este punto. Uno de los elementos más importantes de las demandas del movimiento 15-M fue precisamente exigir cambios (“no nos representan”) en el sistema mal llamado democrático para hacerlo auténticamente representativo, a fin de cambiar profundamente las prioridades de tal Estado, consecuencia de una participación ciudadana a través no solo de fórums representativos, sino también de democracia directa, exigiendo el derecho a decidir en todo. 

Fue un motivo de gran satisfacción que en algunas de las primeras manifestaciones del movimiento 15-M se mostrara aquel libro, como señalando que sí que se podían hacer tales cambios. Es imperativo que, por el bien del país, se hagan pronto. El 20 de diciembre debería ser un paso en esta dirección."

 (Artículo publicado por Vicenç Navarro en la columna “Dominio Público” en el diario PÚBLICO, 5 de noviembre de 2015, en www.vnavarro.org, 05/11/15)

6/5/15

El trabajo doméstico de la mujer mantiene el resto de la economía, al proporcionar servicios gratuitos esenciales a gran parte de la población trabajadora

"(...) Oakley defendía que el trabajo doméstico, en su forma presente en Occidente, surgió con la separación entre hogar y lugar de trabajo. Con la industrialización, el ‘trabajo’ se alejó del hogar y la casa se convirtió en un lugar de consumo más que de producción de bienes. 

El trabajo doméstico se volvió ‘invisible’ a medida que el ‘autentico trabajo’ se iba definiendo cada vez más como aquel por el que se percibía un salario. Tradicionalmente, el trabajo doméstico se ha considerado patrimonio de la mujer, mientras que el ‘auténtico trabajo’ fuera de casa se reservaba para el hombre.

 Según este modelo convencional, la división del trabajo doméstico -la forma que tienen los miembros del hogar de compartir las responsabilidades domésticas- era bastante sencilla. Las mujeres se hacían cargo de casi todas, o de todas, las labores domésticas, mientras que los hombres ‘cubrían’ las necesidades de la familia al ganar un salario.  (...)

La época en la que se desarrolló la idea de la ‘casa’ como algo independiente también fue testigo de otra serie de cambios. Antes de que los avances de la industrialización empezaran a afectar la esfera doméstica, el trabajo en el hogar era duro y agotador. La colada semanal, por ejemplo, era una tarea ardua y exigía mucho tiempo y esfuerzo. 

 La introducción del agua corriente fría y caliente en los hogares elimino tareas que llevaban mucho tiempo; antes, la propia agua había de llevarse a casa y calentarse allí, como sigue ocurriendo en gran parte del mundo en vías de desarrollo.

 Las tomas de electricidad y de gas convirtieron en algo obsoleto las cocinas y estufas de carbón y leña, de modo que, en general, se eliminaron actividades como cortar leña, transportar carbón y limpiar constantemente las estufas.

Sin embargo, el promedio de tiempo que empelaban las mujeres en realizar las actividades domésticas no se redujo de forma muy considerable, a pesar de la introducción de máquinas que ahorraban tiempo. el tiempo que emplean las mujeres británicas que no tienen un trabajo remunerado en sus tareas domésticas se ha mantenido bastante constante en el último medio siglo, ya que las casas se limpian más a fondo que antes.

 Los electrodomésticos eliminaron algunas de las tareas más pesadas, pero se crearon otras para sustituirlas. Aumentó el tiempo dedicado a cuidar a los niños, almacenar compras en casa y preparar la comida. Este trabajo doméstico no remunerado tiene una enorme importancia para la economía. 

Se ha calculado que este tipo de ocupación supone entre un 25% y un 40% de la riqueza creada en los países industrializados. Una encuesta de ámbito nacional sobre uso del tiempo en 2002 estimaba que si el trabajo doméstico estuviera pagado en el Reino Unido, supondría 700000 millones de libras para la economía británica (Oficine of National Statistics). 

Para Oakley, este trabajo doméstico no reconocido no recompensado mantiene el resto de la economía, al proporcionar servicios gratuitos esenciales a gran parte de la población remunerada.

La dedicación plena de las mujeres a las tareas domesticas puede aislar y alienar y carece de una satisfacción intrínseca. A las amas de casa del estudio sus tareas les parecían enormemente monótonas, y les costaba trabajo escapar de la presión psicológica que ellas mismas se imponían para cumplir ciertos mínimos. 

Como las tareas domésticas no están remuneradas y no aportan ninguna recompensa monetaria en forma directa, las mujeres consiguen la satisfacción y una recompensa psicológica alcanzando niveles de limpieza y orden que cumplen reglas impuestas desde fuera. Pero, a diferencia de los trabajadores masculinos, las mujeres no pueden marcharse del ‘lugar de trabajo’ al acabar el día. (...)"           (Ann Oakley, el trabajo doméstico y el rol del ama de casa, por Anthony Giddens, Socioideas, 30/03/2015)

28/5/13

La idea de la evaluación cuantitativa del trabajo es falsa. La transformación del trabajo provocó la crisis en Europa

"P: Ud. sabe que Europa está sumergida en una crisis descomunal. Las condiciones objetivas no son las mejores para generar una situación de solidaridad que evite el sufrimiento en el trabajo, ¿en qué medida se ha profundizado tal cual lo describe en sus libros?

R: No estoy tan seguro que la crisis sea la causa del agravamiento de las patologías mentales. Tal vez voy a ser un poco provocativo. Pienso que es todo lo contrario: fue la transformación del trabajo la que provocó la crisis.

 La introducción de nuevos métodos, en particular la gestión que dejó de lado a los ingenieros y que permitió aplicar un proceso de reducción de personal. No solo se trata de un cambio científico de la ingeniería a la gestión, se trata de una transformación de los métodos de dominación.

La llegada de las ciencias de la gestión permitió iniciar un proceso de reducción de personal y eso es una paradoja porque implica desconocer por completo en qué consiste el trabajo y en ese contexto los managers decidieron que se podían reducir los efectivos. 

El razonamiento del manager consiste por un lado en los objetivos que tiene que alcanzar, cumplir los contratos, incluso individualizados y, por lo tanto, la evaluación y, por otro, el rendimiento. Objetivos por un lado y rendimiento por otro, entre las dos cosas no quiere saber nada del trabajo.

Las personas que conocían el trabajo se opusieron con firmeza a los managers y podían demostrar incluso que tenían puntos de vista falsos, equivocados y hubo una pulseada entre ellos, que incluyó a los asalariados, y los managers, pero esa lucha se perdió. Eso fue muy grave. 

En Francia, en particular, pero también en toda Europa, es necesario analizar las causas de esa derrota que hoy en día tiene consecuencias trágicas y provoca la crisis que para nosotros es una crisis del empleo, pero no para los managers ya que ellos y los directivos de las empresas siguen enriqueciéndose.

 Nunca han sido tan ricos como ahora. Se trata de un retroceso histórico que pone en cuestionamiento el compromiso social, el acuerdo social que era conocido por los economistas con el nombre de “acuerdo fordista”.

Volvimos a una época anterior a ese acuerdo y a formas del capitalismo salvaje del siglo XIX. ¿Por qué perdimos esa lucha? 

Simplificando, principalmente por dos razones. La primera fue que los sindicatos no entendieron la importancia de este giro hacia los managers, incluso lo apoyaron y ese fue un error histórico muy grave. Le puedo explicar en dos palabras el análisis que hacían. 

Pensaban que la evaluación individual del rendimiento, objetiva, cuantitativa, a través de la medición, era justa e incluso permitiría alcanzar más justicia porque todos iban a ser medidos con las mismas herramientas y ese fue un grave error. Después voy a retomar este punto.

La segunda razón fue que los científicos en su casi totalidad aportaron su ayuda y apoyaron la ideología de la evaluación al sostener que todo puede ser evaluado y medido.
La responsabilidad de los científicos fue mayor porque creyeron que la automatización iba a reemplazar al trabajo vivo, al trabajo humano, y creyeron en la tesis absurda del fin del trabajo.

 Estoy hablando desde los ingenieros hasta los filósofos. Todo el mundo aceptó la tesis del fin del trabajo que es un absurdo intelectual como si se pudiese producir valor, riqueza, sin pasar por el trabajo humano.

Todos creyeron en eso. Esa confianza desmedida en los medios de medición del trabajo cumplió un papel esencial en dar autoridad a las ciencias de la gestión que se establecieron en todo el mundo.

Es muy fácil demostrar que las tesis de los managers son falsas pero los científicos las apoyaron. Personalmente tuve que discutir, luchamos con algunos otros, pero fuimos pocos, contra la comunidad de los científicos, en torno a las tesis del fin del trabajo y de su medición. 

En realidad no se puede medir el trabajo, no se mide y nunca se hará. Hace un rato hice una presentación en la cual demostré que el trabajo es el resultado de la inteligencia de los trabajadores y si no se moviliza esa inteligencia no hay producción de valor.

 Eso es lo que se llama trabajo a reglamento o “huelga de celo” ya que el celo es precisamente todo aquello que los trabajadores agregan a la organización prescripta para hacerla eficaz, pero la inteligencia de los trabajadores depende de la movilización de toda su personalidad.

 Hay que pensar en el trabajo fuera de él, no hay que dormir por la noche, hay que soñar con el trabajo y eso forma parte del trabajo. Fuera de todo eso, el sufrimiento en el trabajo, el placer, el reconocimiento, no pertenecen al mundo visible sino a la subjetividad como también el amor, el odio, la amargura, la decepción, que tampoco pertenecen al mundo de lo visible, no se ven, pero solo se puede medir lo que se ve o puede hacerse visible.

 Cuando se hace una evaluación individualizada del rendimiento se mide algo, pero no el trabajo, porque no existe ninguna proporcionalidad entre el resultado del trabajo y el trabajo mismo. 

Supongamos que tengo alumnos difíciles procedentes de medios desfavorecidos, entonces voy a trabajar mucho más y le será más difícil que al docente que lo hace en un medio burgués con niños cultos y los resultados van a ser mejores en el caso del que trabaja menos. Si tomo el caso de un enfermo difícil, por ejemplo, un niño psicótico, entonces trabajo mucho y los resultados serán malos.

 Por el contrario, si trabajo con jóvenes que sufren depresiones agudas en medios favorecidos, lo haré en menor medida y podré curar a mucha más gente y mis resultados serán mucho mejores. Asimismo, es un poco más difícil obtener una buena facturación en un centro de distribución alimentaria en un barrio pobre que en uno rico. La facturación no reflejará el trabajo. 

Si uno es policía, como se hace actualmente en Francia con la cultura de los resultados, del rendimiento y la evaluación, lo que cuenta es el número de actuaciones policiales logradas con éxito, el número de actas, de detenidos, etc., pero si estoy trabajando con un buen equipo policial que trata de atrapar a traficantes de drogas y despliego una operación de vigilancia durante ocho horas y se escapan, tengo resultado 0, fracaso y puede ser que fracase una segunda vez y los atrape en la tercera. 

Si estoy en la cultura del rendimiento, cuando vuelvo a la comisaría y digo que no obtuve resultados inevitablemente me van a llamar la atención y al otro día qué hace el policía, va a detener a todos los autos porque siempre va a haber alguno que no tenga la licencia de conducir o haya bebido demasiado, otro al que le falta el retrovisor y entonces volverá a la comisaría con veinte multas y será un buen policía, pero eso no sirve para nada desde el punto de vista de la seguridad pública.

Si uno hace un trabajo difícil el resultado no necesariamente refleja la calidad del trabajo. La idea de la evaluación cuantitativa del trabajo es falsa, el trabajo no se evalúa pero, sin embargo, eso se aceptó con la colaboración y el apoyo de los científicos. Todos creyeron que el trabajo era medible. Ahora en Francia y el resto de Europa, incluso en Australia, a los científicos también les hacen evaluaciones individuales de rendimiento.

 ¿Qué se mide en sus casos? La cantidad de publicaciones en revistas con comité de lecturas en inglés. ¿Qué relación hay entre la cantidad de publicaciones y el trabajo realizado por el investigador? Es absurdo pero los científicos cayeron en su propia trampa. Se lo merecían."           (Entrevista a Christophe Dejours, Mario Hernandez (transcripción y edición) , Rebelión, 13/05/2013)

21/5/13

Reducir los subsidios al desempleo no contribuye para nada a mejorar al empleo ni a salir de la crisis. Todo lo contrario, al reducir el ingreso disponible para el consumo la agudizan

"Una de las ideas más combativas del neoliberalismo, y de las que más han influido en la política de los gobiernos, es la que afirma que aumentar en cantidad o en extensión los subsidios al desempleo es algo muy negativo a la hora de combatir el paro.

Los dos principales argumentos que se dan en este sentido los expone con su claridad de siempre Richard Posner, un conocido jurista liberal estadounidense experto en cuestiones económicas (Against Extending Unemployment Benefits).

El  primero es que los subsidios a los desempleados aumentan el coste de oportunidad de reincorporarse al mercado laboral para los parados que los reciben. Cuando son muy generosos, afirma, “la diferencia de bienestar entre trabajar y no hacerlo es tan pequeña que la gente no busca trabajo seriamente hasta que la prestación está a punto de agotarse”. 

Por eso concluye Posner que “extender o aumentar las prestaciones, en vez de estimular la creación de empleo, probablemente la desincentive, ralentizando la marcha de la recuperación económica”.

El segundo argumento que utiliza contra los subsidios de desempleo es que la transferencia de dinero que se hace a los parados no tiene por qué tener un efecto neto positivo en el consumo o la inversión, porque eso depende de lo que el receptor de la prestación haga con ella. 

Si la mantiene en efectivo o la guarda en un banco que dedica ese fondo a comprar bonos del Tesoro, o si con ella se compran bienes de inventario que los vendedores no reponen, no producirá ningún estímulo a la producción ni al empleo.

En conclusión, Posner, como casi todos los economistas neoliberales, rechaza este tipo de subsidios y solo los defiende como “prestación de garantía social”, pero incluso con muchas limitaciones porque considera que al concederse a cualquier desempleado no se discrimina entre quienes lo necesitan y quienes no.

 Una limitación importante en su opinión porque, según dice, no siempre se puede asumir que todos los desempleados tengan realmente dificultades económicas cuando están en paro. Pueden estarlo “porque su aptitud o adhesión al trabajo es efectivamente escasa” o “puede ser que tengan muchos ahorros o un cónyuge rico”.

El argumento del coste de oportunidad, por ejemplo, podría ser razonable pero deja de ser realista si se considera, como yo creo que debe hacerse, que entre los costes del desempleo hay algunos que no se toman en cuenta porque no es fácil expresarlos en términos monetarios y que, sin embargo, suelen ser justamente los más elevados. Los que tienen que ver con la autoestima, con el desarrollo personal o con la situación de las personas a más largo plazo.

El efecto negativo de los subsidios de desempleo sobre la búsqueda de trabajo tampoco está ni mucho menos claro ni se ha podido demostrar empíricamente. Todo lo contrario, diversos estudios han demostrado que apenas si influyen.

Así lo demuestra una investigación de Henry S. Farber y Robert G. Valletta publicada hace unos días por la Reserva Federal de San Franciso (Do Extended Unemployment Benefits Lengthen Unemployment Spells? Evidence from Recent Cycles in the U.S. Labor Market  ) u otra de 2011 realizada por Jesse Rothstein (Unemployment Insurance and Job Search in the Great Recession).

El primero de esos trabajos encuentra una pequeña pero estadísticamente significativa reducción en la tasa de salida del desempleo y un igualmente pequeño aumento en el periodo de desempleo asociados a aumentos en los subsidios, pero que no están provocadas porque disminuya el ritmo o la tasa de salidas del desempleo hacia el empleo como consecuencia de estos últimos, que es la tesis neoliberal. 

 De hecho, la investigación demuestra que el ritmo de salidas del paro o su duración son similares en periodos en que los subsidios son más o menos generosos. Y en la segunda investigación que acabo de mencionar se demuestra que el efecto que podría tener un alza en los subsidios al desempleo sobre el nivel de paro es muy reducido, entre 0,2 y 0,6 puntos, como mucho.

Es cierto que en la literatura científica se encuentran análisis que pueden poner de relieve resultados contrarios, al partir de hipótesis diferentes. Pero, en todo caso, la conclusión que debe sacarse es que no es verdad, como quieren hacer creer los economistas neoliberales, que sea evidente que los subsidios al desempleo desanimen la búsqueda de empleo y repercutan negativamente sobre la creación de puestos de trabajo.

Y, por supuesto, tampoco lo es la crítica que se les hace aludiendo, como he señalado antes con palabras de Posner, a que la cantidad destinada a subsidios a las personas desempleadas no llegará a producir efectos reales sobre la producción y el empleo.

Es obvio que si los parados guardan el dinero que reciben en el colchón o lo depositan en bancos que no dediquen sus recursos a la inversión productiva su efecto sobre la demanda quedaría paralizado. Pero ¿es realista pensar que eso es lo que hacen la inmensa mayoría de las personas que reciben subsidios de desempleo? 

Puede que eso sea lo que ocurra con quienes reciben ayudas o pensiones millonarias, como la del recién dimitido consejero delegado del Banco de Santander, pero no parece que lo que habitualmente hagan con el subsidio de desempleo la inmensa mayoría de los parados sea algo distinto a gastarlo casi inmediatamente para hacer frente a sus necesidades primarias.

Por mucho que se intente hacer creer que el paro aumenta si los parados reciben ayudas muy generosas (que, además, nunca lo son), por el coste del despido o por el nivel de los salarios, lo cierto, y lo que más bien demuestran los estudios empíricos -como en el caso que acabo de analizar- es que los factores que pueden crear empleo y las causas de que se destruyan puestos de trabajo están en otro lugar y mucho más en una situación de crisis como la actual: en el mercado de bienes y servicios y en el mercado financiero.

 Hay paro porque hay escasez de ingreso y de demanda efectiva (en gran parte a consecuencia de la creciente desigualdad), y porque los bancos no proporcionan crédito a las empresas y familias.

Por tanto, reducir aún más los subsidios al desempleo o disminuir su extensión, como por una u otra vía se viene haciendo desde hace años siguiendo las indemostradas tesis neoliberales, no contribuye para nada a mejorar al empleo ni, en el caso actual, a salir de la crisis. Todo lo contrario, al reducir el ingreso disponible para el consumo la agudizan y la alargan mientras que, eso sí, aumentan las rentas y la riqueza de los propietarios de capital."             (Juan Torres López, 10/05/2013) 

9/5/13

Por qué no hay pleno empleo

"Hace ahora justamente 70 años un economista polaco muy importante, Michal Kalecki, publicó un artículo (Aspectos políticos del pleno empleo) que me parece que tiene una gran actualidad en nuestro tiempo y particularmente en un primero de mayo como este.

Kalecki partía de reconocer cuando lo escribía que una mayoría considerable de los economistas opinaba que, aun en un sistema capitalista, el pleno empleo puede alcanzarse mediante un programa de gastos del gobierno, siempre que haya un plan suficiente para emplear toda la fuerza de trabajo existente y siempre que puedan obtenerse dotaciones adecuadas de las materias primas extranjeras necesarias a cambio de exportaciones.

Se aceptaba, decía el economista polaco, que si el gobierno realiza inversión pública (por ejemplo, si construye escuelas, hospitales y carreteras) o subsidia el consumo masivo y si además este gasto se financia con préstamos y no con impuestos, la demanda efectiva de bienes y servicios puede aumentarse hasta un punto en que se logre el pleno empleo.

A la objeción (que todavía se sigue planteando) de que eso podría crear inflación, Kalecki respondía con total seguridad: la demanda efectiva creada por el gobierno actúa como cualquier otro aumento de la demanda, por tanto, si hay oferta abundante de mano de obra, planta y materias primas, el aumento de la demanda se satisface con otro de la producción.

 Lo que significa que si la intervención gubernamental trata de lograr el pleno empleo pero no llega a aumentar la demanda efectiva más allá del nivel del pleno empleo, no hay por qué temer a la inflación.

A continuación, Kalecki señalaba que, a pesar de que esa tesis estaba bastante clara, tenía oponentes, entre los cuales mencionaba a “expertos económicos estrechamente conectados con la banca y la industria”, lo que le llevaba a pensar que, a pesar de que los argumentos utilizados son económicos, “hay un fondo político en la oposición a la doctrina del pleno empleo”.

Así, recordaba en el artículo que “las grandes empresas se opusieron sistemáticamente en la gran depresión de los años treinta a los experimentos tendentes a aumentar el empleo mediante el gasto gubernamental en todos los países, a excepción de la Alemania Nazi”. Igual que lo que ocurre en estos momentos en Europa.

Kalecki se preguntaba, tal y como deberíamos hacer ahora, por qué había esa oposición a las políticas que podían aumentar el empleo, sobre todo, teniendo en cuenta que “el aumento del producto y el empleo no beneficia sólo a los trabajadores, sino también a los empresarios, porque sus ganancias aumentan”.

Si los empresarios, decía Kalecki, suspiran por las ganancias que lleva consigo el auge, ”¿por qué no aceptan gustosos el auge “artificial” que el gobierno puede ofrecerles?”. O, como diríamos ahora: ¿por qué defienden las empresas políticas de austeridad que recortan el empleo y sus beneficios, puesto que con ellas venden menos?

Kalecki dio tres posibles respuestas a esa pregunta capital.

La primera tiene que ver con el hecho de que en un sistema de no intervención del gobierno el nivel del empleo depende de la confianza de los capitalistas: si ésta se deteriora, cae la inversión privada, lo que se traduce en una baja de la producción y el empleo. 

Por tanto, decía Kalecki, sin intervención, los capitalistas disponen de un poderoso control indirecto sobre la política gubernamental: como todo lo que pueda incomodarles y deteriorar “su” confianza debe evitarse para que no se provoquen crisis, resulta que los gobiernos deben someterse constantemente a sus preferencias y dictados.

Sin embargo, dice Kalecki, “en cuanto el gobierno aprenda el truco de aumentar el empleo mediante sus propias compras, este poderoso instrumento de control perderá su eficacia”.
Concluye el economista polaco con una idea que es perfectamente aplicable a lo que viene sucediendo en la actualidad: quienes defienden los intereses de las empresas y se oponen a la intervención gubernamental deberán considerar como “peligrosos” los déficit presupuestarios, pues estos son su instrumento principal para llevarla a cabo.

 La función social de la doctrina de las “finanzas saneadas” (de la estabilidad presupuestaria o de la austeridad, diríamos ahora) no es otra, decía, que hacer que la confianza empresarial prevalezca como determinante del nivel del empleo y de la bonanza económica.

Una segunda resistencia de los capitalistas a la política gubernamental que crea empleo proviene de que, cuando se lleva a cabo, se sienten doblemente amenazados. Si se articula invirtiendo en productos que podría producir la empresa privada creerán que el gobierno actúa como un competidor indeseable que le roba negocio y beneficios, y se opondrán a ella. Y si la intervención se realiza subsidiando compras se producirá una paradoja. 

En principio les vendría muy bien a los capitalistas, porque así venderían lo que de otra forma se quedaría sin vender. Pero se negarán a ello porque con dichos subsidios, dice Kalecki, se pone en cuestión algo de la mayor importancia: “los principios fundamentales de la ética capitalista requieren la máxima del ganarás el pan con el sudor de tu frente, es decir, siempre que tengas medios privados”.

Pero no paran aquí las cosas. Incluso si los capitalistas superasen estas dos reacciones adversas, se enfrentarán a la política que puede conseguir el pleno empleo por otra razón fundamental.

Si el pleno empleo se alcanza, dice de nuevo Kalecki, el paro dejaría de ser un medio de disciplinar a los trabajadores y de limitar su capacidad reivindicativa: “La posición social del jefe se minaría y la seguridad en sí misma y la conciencia de clase de la clase trabajadora aumentaría. Las huelgas por aumentos de salarios y mejores condiciones de trabajo crearían tensión política”.

A partir de ahí el economista polaco desarrolla una idea fundamental, y que me parece que tiene una vigencia plena en nuestros días: “Es cierto -escribía- que las ganancias serían mayores bajo un régimen de pleno empleo (…). 

Pero los dirigentes empresariales aprecian más la “disciplina en las fábricas” y la “estabilidad política” que los beneficios. Su instinto de clase les dice que el pleno empleo duradero es poco conveniente desde su punto de vista y que el desempleo forma parte integral del sistema capitalista normal“.

Tras una serie de reflexiones sobre los efectos cíclicos de estas reacciones ante la política de creación de empleo Kalecki plantea otro asunto fundamental y que también me parece de actualidad hoy día: una de las funciones importantes del fascismo, tipificado por el sistema nazi, fue la eliminación de las objeciones capitalistas al pleno empleo, porque en esos regímenes totalitarios la maquinaria estatal se encuentra “bajo el control directo de una combinación de las grandes empresas y los arribistas fascistas”. 

Entonces, la objeción al gasto gubernamental en inversión pública o en consumo se supera concentrando el gasto gubernamental en armamentos y la “disciplina en las fábricas” y la “estabilidad política” bajo el pleno empleo se mantienen por el “nuevo orden” que va desde la supresión de los sindicatos hasta el campo de concentración.

Por eso, aunque Kalecki creía que es “sumamente improbable” que el capitalismo se ajuste al pleno empleo como norma, me parece que de su análisis se puede concluir que la lucha por el empleo pleno es fundamental, porque solo con él se podrán empoderar lo suficiente los trabajadores y trabajadoras y también porque es, al mismo tiempo, “una forma de prevención del retorno del fascismo”, en palabras del economista polaco."        (Juan Torres López, , 01 de mayo de 2013, Publicado en Público.es el 1 de mayo de 2013)

26/12/12

La “hiperactividad profesional” es una estrategia de defensa para no pensar, para conjurar los riesgos de la angustia neurótica

"¿A qué se refiere cuando expresa que, en la actualidad, el trabajo ha perdido valor?

–Está esencialmente ligado a un vuelco en el mundo del trabajo, a una destitución de la posición predecesora que fue reemplazada por la primacía de las “ciencias de la gestión”. Ese vuelco se corresponde con cambios de concepción sobre la producción de valor.

¿Cómo cuáles?
–Hasta ahora pensábamos que la producción de valor, en el sentido económico del término, pasaba siempre por el trabajo. Pero las ciencias de la gestión (management) instalaron la idea de que la producción de la riqueza no pasa por el trabajo sino por buenos métodos de administración. 

Por un lado, se da una fijación de objetivos cuantitativos, llamados “contratos por objetivo”, por otro lado, los resultados también son cuantitativos, y se miden por la performance. Pero en el medio no quieren saber nada sobre el trabajo, no lo conocen.

¿Por qué?
–Porque están enfrentados con su propia incompetencia: no son ni ingenieros ni trabajadores, no entienden lo que pasa en el trabajo y, como reacción defensiva, lo desprecian. Hay nuevas formas de organización del trabajo que fueron introducidas bajo el efecto de las ciencias de la administración.

 En particular, la evaluación individual del desempeño, instrumento inventado por los managers que confunde, de manera intencional, el trabajo con sus resultados. No hay una proporcionalidad entre el trabajo y el resultado del trabajo.

¿Cuáles son las consecuencias de este giro para el trabajador?
–Un aspecto muy importante es la autonomía. Es una autonomía falsa, porque el administrador no se interesa por el desempeño, y con ello rechaza tomar en cuenta la cuestión de los recursos que se le dan al trabajador para alcanzar ese objetivo.

 Para el trabajador, el solo hecho de fijar objetivos no se traduce en autonomía en el sentido de una nueva libertad. Por el contrario, las nuevas restricciones son ahora su problema y nadie lo va a ayudar para alcanzar esos objetivos. En otras épocas, los ingenieros tenían la responsabilidad de acompañar el trabajo de los subordinados y aportaban eventualmente una ayuda a los trabajadores para ejecutarlo. 

Mientras que los administradores no dan ninguna ayuda, no quieren saber nada sobre los medios otorgados al trabajador para hacer su trabajo. Y para “cerrar con candado” la cuestión, les hacen firmar a los empleados un contrato de objetivos.

¿En qué se traduce esa nueva lógica, concretamente?
–El aumento de la carga de trabajo se traduce en una patología de sobrecarga. Hay diversas patologías.

 La primera es la de los trastornos músculo-esqueléticos, que son un verdadero estrago; una catástrofe desde el punto de vista de la salud pública, que no solo afecta a quienes hacen trabajos manuales sino a aquellos que cargan datos y a los ejecutivos. En Francia es la enfermedad profesional que más ha aumentado.

 La segunda se denomina “burn out”, traducida como “estar quemado”.

 La tercera enfermedad fue caracterizada en Japón como una muerte súbita. Suelen ocasionarse por una hemorragia cerebral o un espasmo vascular, pero en ausencia de todo factor de riesgo cardiovascular. Sin obesidad, sin hipertensión arterial, sin epidemia, sin diabetes, sin tabaquismo, sin antecedentes familiares, no existe ningún factor de riesgo salvo la sobrecarga de trabajo. 

La cuarta patología es la utilización de drogas, no solo cocaína sino alcohol y medicamentos, para poder aguantar las exigencias de la performance. Vemos esto mucho en los ejecutivos en Estados Unidos, pero también en los obreros que consumen cocaína incluso al estar en la cadena de montaje, y no lo esconden.

En este escenario, ¿cómo se inserta lo que usted denomina “hiperactividad profesional”?
–Es una moda actualmente hablar de hiperactividad profesional, workaholism. 

Efectivamente existe, pero es propio de un grupo pequeño de personas para las cuales la hiperactividad es una estrategia de defensa para no pensar, para conjurar los riesgos de la angustia neurótica.

 Contaminan el espacio privado. Evidentemente despedimos muchos trabajadores y, entonces, los que se quedan tienen más trabajo. 

Esa hiperactividad no es una vulnerabilidad psicológica sino una consecuencia de nuevas formas de entender el trabajo y la gestión."           (Entrevista a Christophe Dejours, experto en medicina laboral. Natalia Aruguete, Página 12, Rebelión, 08/12/2012)

30/12/08

La ideología del despido, sin coste

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Se sostiene que abaratar el despido mitigaría los efectos de la crisis para las empresas, pues facilitaría su ajuste al poder desembarazarse de sus trabajadores con menor coste. El argumento va contra el sentido común y también contra el análisis económico, pues si el despido fuera más barato, lo que ocurriría es que habría todavía más despidos, incrementándose el paro en lugar del empleo. Además, al recibir una indemnización menor los trabajadores despedidos se encontrarían económicamente más indefensos ante un previsible alargamiento de su situación de parados. Recordemos que el despido por causas económicas tiene una indemnización de 20 días/año, con límite de una anualidad, y que en el caso de las Pymes el 40% de su coste lo paga el Fogasa.

Hay otros dos motivos que pretenden tener un mayor fun-damento aparente. Sus defensores entienden que la actual regulación del despido constituye un factor que dificulta la competitividad de nuestras empresas en relación con el resto de Europa; y también que el coste del despido es un elemento disuasorio para que los empresarios contraten a nuevos trabajadores. Pero tales motivos tampoco se sostienen.

Frente a lo que a veces se afirma, en nuestro país el despido no es más caro que en el resto de Europa. Ya en el año 1992, un grupo de expertos, los profesores Segura, Durán, Toharia y Bentolila, realizó un informe por encargo del Ministerio de Trabajo a fin de analizar los costes del despido en España en comparación con los países europeos. En él se afirmaba que "los costes de despido españoles se encuentran situados en la zona media del abanico comunitario (...), entre los de Italia, Bélgica y Francia, que son los más altos, y los de Reino Unido, Holanda y Dinamarca, los menores, encontrándose en valores muy próximos a los de Alemania". (MANUEL DE LA ROCHA: Los costes del despido como ideología. El País, ed. Galicia, Opinión, 27/12/2008, p. 23 )

19/5/08

La seguridad flexible. De siempre

“(Flexiguridad significa, entre otras cosas, permitir la máxima flexibilidad empresarial, es decir, lisa y llanamente, el despido libre, sin coste para el empleador, pero asegurando que en los periodos entre empleo y empleo el Estado se hace cargo del ciudadano, con programas sociales potentes y con planes de formación que habiliten permanentemente para nuevas tareas. Son una especie de "puertas giratorias" a lo pobre (nada que ver con la de David Tanguas, o de los altos funcionarios que combinan lo público y lo privado). En este caso, el giro es: ahora trabajas, ahora no, en cambios continuos y muy rápidos. La idea es que el Estado no te ayuda a permanecer en el puesto de trabajo sino a permanecer en el mercado laboral, dicen los expertos.

En Dinamarca, con un Estado social muy fuerte, es ya un éxito, pero ahora son todos los empresarios de toda Europa quienes reclaman el modelo. ¿Qué pasará en Estados donde, al mismo tiempo, se disminuye la presión fiscal?” (SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ: Italianos y vascos. El País, ed. Galicia, España, 16/05/2008, p. 20)