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21/1/16

“La violencia política es un proceso relacional”

"Recientemente se ha publicado el libro 'Enclaves de riesgo', en el que aparece un texto tuyo dedicado al disciplinamiento de los jóvenes de las periferias francesas y su deriva securitaria. ¿Por qué ligas derechos y empleo con el asunto de la seguridad?

Es totalmente artificial separar la seguridad de la cuestión social. Existe un estrecho vínculo entre la inseguridad existencial y los pequeños desórdenes urbanos. En la sociedad fordista, los desórdenes característicos de la juventud (violencia, pequeños robos, vandalismo, etc.) se regulaban en su mayoría a través de la integración en el mundo de la fábrica. 

Con el paso de los años la integración profesional permitía “sentar cabeza”, como se decía entonces. Hoy ya no es el caso. La precariedad, las discriminaciones o el desempleo masivo que experimentan hoy muchos jóvenes de las periferias francesas les impide encontrar esta estabilidad y favorece la permanencia de los desórdenes juveniles. Además, estos jóvenes son percibidos de manera diferente que en el pasado.

 Los viejos obreros no reconocen en las nuevas generaciones sus herederos. Su mundo se ha deshecho y estos jóvenes encarnan de manera especialmente visible este declive colectivo.

 Todo ello genera un repliegue en el espacio doméstico y un malestar profundo que los politólogos analizan de manera sesgada como “sentimiento de inseguridad” y que los políticos usan en sus campañas par intentar reconquistar un electorado masivamente abstencionista.

Los atentados de París de la noche del 13 de noviembre de 2015, así como el ataque a la revista Charlie Hebdo o al museo judío belga, han tenido como protagonistas a jóvenes franceses, na­cidos y educados en Francia, y no a terroristas llegados de otros países. ¿Qué condiciones han hecho posible que jóvenes de barrios periféricos cometan actos de una extrema violencia en sus propias ciudades?

Es cierto que varios de los autores de estos ataques presentan unas trayectorias parecidas: intervención precoz de los servicios sociales, escolaridad técnica, sociabilidad callejera y delictiva y por fin encarcelamiento. 

Todos comparten una visión del islam compuesta de combatientes convertidos en héroes (los muyahidines), hazañas y escenarios lejanos de conflicto. De hecho, varios viaja­rían a esos destinos (Siria, Pakistán, Afganistán, Yemen).

 La pro­pa­ganda, las pré­dicas y las es­tancias iniciáticas les proporcionan una representación del mundo bastante simple que reúne en un todo coherente su experiencia concreta de la dominación, de la discriminación, la que sufren otros pueblos (en Mali, en Chechenia, en Palestina, etc.) y un gran relato civilizatorio que designa a los judíos y a los infieles como responsables de todos esos males.

 Esta concepción de la religión es fácil de asumir, dado que es al mismo tiempo una toma de conciencia (de su situación) y una liberación, que le ofrece a la rebeldía un ideal más ‘elevado’ y universal que la delincuencia y la marginalidad.

Sin embargo, estas características no son sólo las de unos individuos que han cometido atentados, sino las de decenas de miles de jóvenes. De ahí la gran ingenuidad de buscar perfiles. El uso de la violencia en política (en tiempo de paz) concierne a muy pocas personas, y no sale de la nada. 

Hay que dibujar sus genealogías –la guerra civil argelina juega sin ninguna duda un papel en los últimos atentados– y entender las dinámicas propias de las trayectorias de estos individuos, sin nunca olvidar el papel de las autoridades públicas (y particularmente de la policía y de la justicia): la violencia política es un proceso relacional.

Los ataques yihadistas están siendo usados por los gobernantes para mostrar músculo ante la opinión pública en forma de respuestas represivas bélicas. En este sentido, el discurso del Frente Na­cional parece marcar el paso desde hace años en la política francesa. ¿A qué verdad apela Marine Le Pen que ha atraído a tantos franceses?

Los atentados que experimenta Europa desde el principio de los años 2000 son terribles. Pero en ningún caso han desestabilizado los Estados. Los servicios de inteligencia, la policía y la justicia han hecho su trabajo, generalmente de manera eficiente. 

Los autores y sus cómplices han sido neutralizados o arrestados rápidamente. En vez de felicitarse por ello, el Gobierno francés usa un discurso bélico, o peor aún, de guerra de civilizaciones. Marine Le Pen no puede pedir más… Ni siquiera tiene que decir nada, si el propio Gobierno socialista señala el “islamismo radical” como enemigo.

El discurso de guerra implica una polarización (entre “ellos” y “nosotros”) que es un sinsentido en materia de violencia política. Dos discursos simétricos se enfrentan: el de las autoridades (“o están con nosotros o están con los terroristas”) y el de las organizaciones armadas (“o están con nosotros o son malos musulmanes, nacionalistas, revolucionarios, etc.”). 

Ahora bien, la “relación terrorista” no incluye a dos participantes, sino a tres. El enfrentamiento entre los dos primeros se realiza ante la mirada por lo general indiferente del grueso de la población, que ocupa una posición de espectadora a través de los medios de comunicación. 

Este distanciamiento constituye precisamente la condición de la no extensión de la violencia, particularmente cuando los grupos radicales no disponen de bases sociales o territoriales fuertes.

 Pero la presión que se ejerce para desembocar en condenas unánimes, las vejaciones y las humillaciones (tales como las que se pueden observar en los registros que se llevan a cabo con el estado de emergencia) pueden, por rechazo, incitar a una minoría de esos espectadores a unirse a los objetivos, o incluso a las filas, de las organizaciones que están en el punto de mira.

¿Qué puede desactivar el dispositivo securitario en forma de guerra y miedo que se ha apoderado de la vida cotidiana en Francia?

Es difícil de momento, dada la unanimidad política sobre este tema. El problema con las medidas descritas como “excepcionales” tomadas en momentos de crisis es que no hay vuelta atrás. El caso de Irlanda del Norte o de Italia de los 70-80 lo demuestran muy bien. Se convierten en la manera normal de gestionar una determinada situación.

 ¿Quién será el político francés que tendrá el valor de no activar el estado de emergencia después del próximo atentado? Por tanto, no estamos frente a un estado de excepción. Para la mayoría de la gente, nada cambia, y es la razón por la cual estas medidas pueden existir y recibir un cierto apoyo. La excepción concierne sólo a ciertos grupos, definidos por su “peligrosidad”, y por extensión unos medios cercanos a ellos. Vivimos dentro de regímenes liberales con bolsas de excepcionalismo. 

Eso dificulta la mo­vilización más allá de las orga­nizaciones tradicionales de defensa de los derechos humanos. Por eso hay que mostrar que además de discriminatorias, estas políticas son inútiles y, peor aún, contraproducentes. En efecto, participan de la radicalización de gente que no lo estaba y difunden un visión del mundo social dividido entre musulmanes y no musulmanes.

 Una división que defienden tanto los neoconservadores norteamericanos y la extrema derecha europea como el Estado Islámico y los grupos yihadistas..."                (Entrevista a Laurent Bonelli, profesor de Ciencia Política en la Universidad París X Nanterre, Diagonal, 05/01/16)

16/11/15

El crimen de pareja es un crimen de individuos, cuyo tratamiento y persecución ha de corresponder a sus características

"(...) Los crímenes de pareja forman parte de una obstinada violencia privada cuyas raíces son casi insondables. Como en todas las formas de violencia, el sexo masculino destaca en su papel de agresor, y como en todas las formas de violencia, la civilización va introduciendo lentas pero sustanciales rebajas.

 España es un país azotado por esa forma de crimen a niveles de tipo medio, lejanos de las altas cifras que alcanzan, por ejemplo, la mayoría de las sociedades nórdicas, caracterizadas desde hace tiempo por niveles mucho mayores de igualdad sexual.

 Las manifestantes de Madrid pretenden hacer de esa violencia una causa política. Para que su objetivo tuviera algún sentido deberían demostrar, sin embargo, que esos crímenes son desatendidos por la instituciones. 

Por la política, por las leyes, por los jueces, por la policía e incluso por los medios. No parece que, salvo errores aislados, sea el caso de España. Y si no tuviera un lado repugnante, me gustaría comparar la atención institucional y social que reciben los crímenes de pareja respecto de los accidentes laborales o el suicidio.

 La ausencia de una desatención institucional obliga a las manifestantes a elevar la abstracción de su protesta. Es lo que insinuó (...) la alcaldesa Colau en la propia manifestación: "Si esto le pasara a los hombres...". 

Si esto le pasara a los hombres (que por cierto: les pasa, aunque sea en un grado menor) sucedería exactamente lo mismo. O quizá sucedería algo aún peor. Lo que sucede, por ejemplo, con el suicidio: donde los hombres mueren mucho más que las mujeres sin que hasta ahora consten, al menos en España, programas de atención sexualmente específica.  (...)

El crimen de pareja no es un crimen político que implique organizaciones y colectivos, ni es un crimen de sexos. Es un crimen de individuos, cuyo tratamiento y persecución ha de corresponder a sus características. (...)"               (Arcadi Espada, El Mundo, 12/11/15)

1/9/15

Las cifras de violencia machista en los países nórdicos duplican las de España

"Más de 25 millones de mujeres europeas fueron víctimas de violencia machista en el año 2014. Los países más castigados por este tipo de violencia son los del norte de Europa, que paradójicamente invierten más en programas de educación para la igualdad de género.  (...)

Rosa María Fernández, coordinadora del Lobby Europeo de Mujeres en declaraciones a Público reflexiona: "Estos países, en principio, han hecho programas de educación para la no violencia, y tienen recursos para la igualdad entre las personas. Debería dar resultados. Parece sorprendente este informe".

Los países miembros que encabezan la lista de casos de violencia machista son Dinamarca (52%), Finlandia (47%), Suecia (46%), Francia y Reino Unido, ambos con un 44%. Estos porcentajes representan a mujeres de la Unión Europea que han sufrido violencia física y/o sexual desde los 15 años de edad. España tiene menos de la mitad de casos en términos porcentuales que Dinamarca, un 22%.

Aunque resulten alarmantes estas cifras, Altamirano explica esta diferencia entre los países nórdicos y los del sur. Asegura que al haber políticas de igualdad más efectivas en el norte "las mujeres son más propensas a hablar sobre situaciones de violencia vividas cuando son preguntadas en una entrevista". Por lo tanto, no es que se produzcan más casos que en otros países, sino que los que se dan son más visibles.

La experta añade que hay varios factores que apoyan esta idea. Por un lado, "no se ve lo que no se cree" esto significa que en países con más igualdad entre hombres y mujeres, la sociedad en general es más consciente sobre la violencia de género, y, por tanto, es más fácil para las mujeres identificar las situaciones de violencia. 

Además, en éstos se ve como un grave problema público que no se tolera, lo cual da más seguridad a las víctimas. Asimismo, si las ciudadanas tienen confianza en la justicia y la policía, denunciarán con más libertad, y por ende, esto se verá reflejado en cualquier encuesta.  (...)"         (Público, 29/08/2015)

8/7/15

La violencia organizada y masiva ha sido desplazada y sustituida por una violencia desestructurada, mecánica y salvaje

"Vivimos la paradoja de una de las épocas menos violentas de la Historia de la Humanidad y, al tiempo, el surgimiento de una violencia fiera. Son muchos los estudios de organismos internacionales e institutos académicos que arrojan cifras claras sobre la práctica desaparición de las guerras entre Estados y la disminución de conflictos internos y sus secuelas sangrientas en comparación con épocas pretéritas, incluido el siglo XX. Esa constatación no significa triunfalismo ni resignación, en especial, porque la violencia organizada y masiva ha sido desplazada y sustituida por una violencia desestructurada, mecánica y salvaje.  (...)

Hoy, como nunca en el pasado, los Estados son muy vulnerables y pueden ser desestabilizados con facilidad y rapidez. En parte porque se ha difuminado su poder; son más determinantes las adscripciones étnicas, territoriales, culturales y religiosas que las ideológicas sustituyendo el tribalismo nacionalista y los fundamentalismos religiosos a la lucha ideológica. 

Algunos Estados, antes pobres, con sociedades civiles nada organizadas o sistemas sociales tribales y con débiles administraciones públicas, se han visto sorprendidos por su inmensa riqueza sin una verdadera estructura estatal que permita un aprovechamiento en interés común, multiplicando la miseria y la corrupción infinita. Muchos Estados, casi todos en África, no fueron capaces de construir un Estado. (...)

Ya apenas hay guerras como las que conocíamos, ya fueran conflictos armados internos o internacionales; no son guerras presididas por el dios Marte. La impureza de la violencia armada del siglo XXI, tanto la común o sin fines políticos como el terrorismo islamista, no acepta mínimas reglas humanitarias en la conducción de sus acciones armadas ni en el trato a los no combatientes y civiles.

 Esa brutalidad sin los frenos últimos de civilización, nos plantea cómo actuar en situaciones que están al margen de la lógica y de las reglas del conflicto armado. En toda guerra, en mayor o menor medida, ha habido un mínimo espacio humanitario, de negociación y mediación de Cruz Roja o de terceros Estados para preservar una parte de las vidas humanas y su legado cultural.

Lo que más llama la atención de la violencia interna del siglo XXI es que son guerras privadas, de múltiples grupos autónomos de delincuencia que se apoderan para sus tráficos ilícitos de parte del territorio (en Colombia, México, Guatemala, Irak, Afganistán, Pakistán…), o de casi todo (República Democrática del Congo) o incluso de todo (Somalia), de sus recursos y de los resortes del Estado en la zona que ocupan y controlan. 

Lo grave y desconcertante es el nivel y arraigo que ha alcanzado la violencia en una veintena de Estados envueltos en bucles o ciclos de violencia repetida. Además, en amplias zonas de África y Asia, la violencia común está trufada de otra mucho más peligrosa para el conjunto de la humanidad, especialmente para los europeos, con conocidos grupos terroristas islamistas (Irak, Afganistán, Pakistán, Siria, Libia, Argelia, Egipto, Somalia, Malí…).

La múltiple criminalidad para fines económicos pretende poner fin o debilitar a las estructuras estatales (Estados fracasados y frágiles) para llevar a cabo, sin ley ni orden político social, en plena o parcial anarquía, sus actividades criminales trasnacionales (el comercio y distribución de droga en terceros Estados, comercio ilegal de armamentos, esclavitud de personas -tráfico de migrantes y refugiados, trabajo forzado, prostitución de adultos y menores-, la explotación y comercio de diamantes, oro, cobalto, coltán, marfil, tráfico de fauna y flora silvestres, etc.) 

Los grupos político-criminales en África, Asia y América que controlan partes del territorio ligadas a la explotación de diversas riquezas o tráficos ilícitos, al modo del narcoterrorismo en Colombia o en México, a veces financian y condicionan a los partidos políticos, tal vez desean tener cierto impacto sobre las instituciones para subordinarlas o bloquearlas, pero no aspiran a ejercer el poder político ni desean administrar el Estado.  (...)

La violencia común contemporánea no pretende objetivos políticos y su control del Estado se concentra en conseguir libertad para su acción criminal generalizada y garantizar su impunidad. Desplazan al Estado, no lo sustituyen. Esta violencia masiva interior no siempre es jurídicamente un conflicto armado, puesto que los actores no desean ejercer el poder político ni adueñarse directamente del Estado. Lo que desean es que el Estado no interfiera en su actividad criminal y les deje un territorio sin policía, sin jueces y sin sociedad civil. (...)"       (Araceli Mangas Martín, El Mundo, 27/05/2015)

2/3/15

Hay un rasgo común a los terroristas de Al-Qaida, de EI, o de ETA... son jóvenes incitados al delirio homicida por viejos

"Es difícil pasar cierto tiempo en hospitales o clínicas y no reflexionar un poco, aunque sea superficialmente, sobre la fragilidad humana. Se hace evidente lo vulnerables que somos, la enorme cantidad de agresiones internas o externas que pueden convertirnos a cualquiera en una pavesa gimoteante y estremecida de dolor.

 Y ante esa evidencia que a todos nos amenaza y a casi todos nos alcanza, antes o después, resulta asombrosa la afición que algunos de nuestros semejantes muestran por asesinar al prójimo, incluso con refinamientos atroces, y luego enorgullecerse de ello como si se tratara de una hazaña.

 ¡Qué afán por competir en crueldad con la naturaleza! ¡Qué impaciencia, cuando para el mayor exterminio de seres humanos basta con aguardar a que transcurra un siglo! Y sobre todo qué ausencia suicida de simpatía ante formas de agonía ajenas que prefiguran y confirman la inevitabilidad de la nuestra.

Fue en la televisión de un cuarto de hospital donde vi el testimonio filmado por sus satisfechos autores de la ejecución del piloto jordano que cayó en las garras del Estado Islámico (EI): dentro de una jaula, quemado vivo por un reguero de fuego que se le acercaba sin que lo pudiera evitar… Es inmediato –y quizá ingenuo– preguntarse qué tipo de persona es capaz de hacer algo así.

 Alguien como usted o como yo, ay, sin duda, que come y caga y se rasca y sueña por las noches. Alguien que se considera especialmente religioso y obligado por sus creencias vehementes a castigar a su prójimo de manera tan indecible, no diré ‘inhumana’ porque ya sabemos que la humanidad incluye también tales aberraciones.

El pensador inglés Richard Dawkins, fogoso abogado del ateísmo, resume el problema así: «En el mundo hay personas buenas que hacen cosas buenas y personas malas que hacen cosas malas. Para que las personas buenas hagan cosas malas, hacen falta las religiones». Por supuesto habría que añadir «y las ideologías políticas», porque los campos de exterminio nazis, el Gulag, Guantánamo, el terrorismo etarra y tantas otras coartadas para la sevicia humana no pueden olvidarse.

 Lo que yo pongo en duda es que sean ‘buenas personas’ las que así se dejan pervertir por dogmas exterminadores de una u otra impronta. Hace falta, me parece, una mancha negra interior previa, un agujero fatal en el alma donde debía estar lo que nos defiende contra los peores impulsos… Mi amigo Cabrera Infante solía decir que el asesino suele serlo antes de haber encontrado su pretexto para asesinar.

Pero quienes matan por motivos personales (los celos, como el atribulado Otelo, la ambición, como Macbeth, la venganza, como Hamlet, etc…) son conscientes de que toman una decisión cuya responsabilidad, por muchas justificaciones que le busquen, recae innegablemente sobre ellos mismos y su conciencia.

 En cambio, quienes cometen sus crímenes movidos por creencias religiosas o ideológicas delegan esa responsabilidad en alguna entidad superior (sea la divinidad, algún profeta o líder religioso, el Pueblo, el progreso histórico, incluso la Civilización en ciertos casos) de la que se sienten simples ejecutores y a la que deben obediencia. Ellos están en la verdad y su forma de demostrarlo es borrar de la faz de la tierra, de manera ejemplar si es posible, lo que impide la propagación de la verdad.

El exterminio se convierte en una especie de verificación contundente, en el ‘quod erat demonstrandum’ de su dogma, lo cual les absuelve de toda culpa personal. En vano Sebastián Castellio argumentará contra Calvino hasta el martirio, diciendo «matar a un hombre no es nunca defender una doctrina, es solo matar a un hombre» (lo narra con admirable precisión y rigor Stefan Zweig en ‘Castellio contra Calvino’) y señalando que por la vía homicida nunca se refuerza ninguna convicción, por respetable que sea. Como señaló certeramente Sánchez Ferlosio, nadie más peligroso que el que ha decidió ‘cargarse de razón’: una vez bien cargado, que se dispare antes o después con resultados letales es inevitable…

Hay un rasgo común a los terroristas de Al-Qaida o EI, que comparten también con los asesinos etarras y, si nos remontamos en el tiempo, con los más brutales nazis o bolcheviques, incluso con los jacobinos que protagonizaron el Terror en la Revolución francesa: su juventud.

En prácticamente todos los casos apenas rebasan los veinte años y algunos ni siquiera han llegado a cumplirlos. Quienes les incitan al delirio homicida son adultos o incluso viejos abominables (esos ancianos que reclaman de los jóvenes la violencia que ellos no pueden ya llevar a cabo, no hay nadie peor) pero ellos mismos, los feroces verdugos, son de una juventud desoladora, desesperada.

Tienen la edad truculenta en la que no se cultivan ideales, sino que los ideales nos poseen; la edad en la que aún se siente uno tan inmortal que ni siquiera le importa inmolarse, la edad vigorosa que no simpatiza con la debilidad y sus padeceres sino con el huracán que arrasa sin miramientos. 

Son implacables como los niños maleducados a quienes la experiencia de los años aún no ha podido domesticar. Y a veces envejecen sin arrepentirse, por nostalgia de aquella época obtusa y aciaga en que fueron crueles como dioses."              (EL CORREO 22/02/15, FERNANDO SAVATER, en Fundación para la libertad)

8/9/14

La reducción histórica de la violencia privada es un hecho

"(...) El estudio de la violencia en perspectiva histórica ha sido un campo muy animado en los últimos tiempos. 

Uno de los hitos de este debate fue la aparición en 1993 de War before civilization del antropólogo Lawrence Keeley, un volumen que reunía datos contra el paradigma imperante en la disciplina sobre los bajos niveles de violencia de los pueblos tribales, y que Keeley caracterizaba como la “pacificación del pasado”. 

En fechas recientes, autores populares como Steven Pinker o Jared Diamond han terciado en el debate con libros de amplia difusión, pero la nómina de investigadores incluye a otros menos conocidos del gran público, como Azar Gat, Ian Morris o Pieter Spierenburg. 

El Human Security Report 2013 contiene un buen resumen del debate (incluyendo críticas a Pinker) y asume una línea similar a la que planteábamos en nuestro artículo: pese a tratarse de un asunto controvertido, pese a la pobreza de muchos de nuestros datos, y pese que están lejos de aclararse todos los ángulos de la violencia como fenómeno social, el declive secular de la misma empieza a estar más que razonablemente atestiguado, tanto por lo que se refiere a la violencia privada como incluso a los conflictos armados.

 Por nuestra parte, Kiko Llaneras y yo hemos escrito a menudo sobre el asunto, tanto en Politikon (1, 2) como en Jot Down (edición impresa, número 7).

Un aspecto particularmente controvertido ha sido la consideración de la Segunda Guerra Mundial en perspectiva histórica. Se suele caracterizar como el conflicto más sangriento de la historia, y desde luego lo es en términos absolutos, pero no así en porcentaje de población, medida en la que se sitúa por detrás de otros como la expansión de los mongoles (S. XIII), la conquista manchú de China (S. XVII), la rebelión An Lushan (S. IX) o las conquistas de Tamerlán (S. XIV). El eurocentrismo nos desorienta en ocasiones.

Pero, al margen de estas cifras, hay que considerar también que la Segunda Guerra Mundial fue un conflicto global a una escala espacial que nunca se había alcanzado. En este sentido, compararla con conflictos de escala regional o nacional, como eran necesariamente los premodernos, es engañoso.

 Por ejemplo, la Guerra de los Treinta Años tuvo efectos devastadores en Europa Central, pero en escala global no resiste la comparación con la Segunda Guerra Mundial. No obstante, si consideramos conflictos contemporáneos como la citada conquista manchú, el porcentaje de muertes sobre la población mundial se dispara hasta rondar o superar un 6%, muy por encima de la Segunda Guerra Mundial. Incluso si sumamos a la Segunda Guerra Mundial las estimaciones más altas para la Primera (para incluir períodos equivalentes grosso modo), y sin añadir el resto de conflictos contemporáneos de la conquista manchú y la Guerra de los Treinta Años (como la Guerra civil inglesa y conflictos asociados, por ejemplo), el porcentaje parece seguir siendo más alto para el S. XVII. 

De la misma forma, y aunque en  niveles algo menores, es engañoso calcular el porcentaje de las Guerra napoleónicas y no reconocer que en el mismo período se estaban produciendo las conquistas de Shaka en la nación zulú, que según algunas estimaciones se acercaron a los dos millones de muertos; o que las guerra de religión en Francia (entre 2 y 4 millones de víctimas) fueron contemporáneas de la invasión japonesa de Corea (1 millón).

En cualquier caso, tiene poco sentido fijarse en guerras entendidas como acontecimientos discretos con principio, fin y una cifra cerrada de muertes, en lugar de en medias de víctimas por períodos y regiones más amplios; tanto por la citada confusión de escalas espaciales como por el hecho de que durante buena parte de la historia los conflictos de baja intensidad han sido endémicos: enfrentamientos que palidecen ante los terribles hitos como la Segunda Guerra Mundial, pero que dejan un reguero constante de víctimas que se acumulan a través de las décadas y los siglos.

Por supuesto, desde un punto de vista filosófico se puede discutir si un mundo donde hay más muertes absolutas es un mundo con más dolor aunque éstas sean porcentualmente muchas menos (nosotros lo hemos apuntado en alguna ocasión); pero esta discusión debería recoger también el hecho de que también hay muchas más personas que disfrutan de una vida segura y razonablemente próspera.

En cuanto a las formas privadas de violencia, su reducción histórica está bien atestiguada en Occidente (véase, por ejemplo, A History of Murder de Spierenburg) desde al menos la Baja Edad Media. Un fenómeno que a buen seguro está relacionado con la extensión de las competencias estatales en la administración de justicia y la seguridad, así como con avances técnicos. Una de las principales fuentes de violencia en sociedades sin Estado o con administraciones débiles son los ciclos de venganza y conflicto entre familias y clanes por agravios, pleitos o crímenes previos.

Pero también hay que entender la distinta tolerancia hacia la violencia y el sufrimiento que las sociedades modernas han desarrollado, y que a buen seguro debemos poner en relación con fenómenos como la creciente importancia y autonomía del individuo frente al grupo en las sociedades occidentales (y a través de ellas en el resto del mundo).

 Esto atañe a la cuestión de los valores imperantes y su relación con el sistema de producción, la renta y los recursos disponibles. Un tema que, lo siento, no es neoliberal, sino diría que escrupulosamente marxista; que los autores y firmantes del manifiesto pasan por alto (pese a que algunos de ellos afirman ser marxistas) y que me gustaría tratar con algo más de extensión en futuras entradas.

En cualquier caso, es probable que esta baja tolerancia al sufrimiento en nuestra sociedad sea lo que determina que las visiones apocalípticas tengan tanta difusión. Una inquietud loable, pero que a veces induce a errores de percepción."            (, Politikon, 18/07/2014)

5/2/14

Esta reducción de la muerte en carretera debe anotarse en un capítulo de satisfacción humana, como es el de la reducción de la violencia

"A falta de unas últimas estadísticas correspondientes a diciembre, es casi seguro que el número de muertos en accidente en España alcanzará su mínimo histórico desde que hay datos fiables y se situará bastante por debajo de los 1.300 del año 1960. 

En ese año había un millón y medio de coches en España. Y murieron 1.300 personas en accidentes de tráfico (0,09%). En el año 1990 había 22.400.000 y murieron 5.940 (0,03%). Y en 2012 había 31 millones de coches y hubo 1.249 muertos (0,004%). 

Estas cifras que relacionan accidentes y vehículos permiten obtener una conclusión razonable: en medio siglo se ha reducido la proporción en un 96%, lo que supone, en comparación plausible, una reducción gigantesca del riesgo de muerte automovilística.

Las causas de este descenso impresionante de los muertos, de los heridos y de los tullidos son múltiples y el peso de cada una de ellas se juzga de modo diverso por los especialistas.

 Está el aumento del control de la circulación, el endurecimiento de los castigos, y la mejora de las carreteras y de la seguridad de los vehículos entre las causas lógicas y fundamentales. Lo trascendental, sin embargo, es lo que estas cifras enseñan respecto del puro proceso civilizatorio. No sólo deben inscribirse en la lucha, lenta pero victoriosa, del hombre por alargar la vida.

 Luchar contra los accidentes de tráfico necesita de la ciencia, del talento y del trabajo, como lo necesita la lucha contra el cáncer o los infartos. Pero es que, además, esta reducción tan estimable de la muerte en carretera debe anotarse en un capítulo de satisfacción humana menos evidente, como es el de la reducción de la violencia.

 El coche es uno de los símbolos fundamentales de la modernidad por obvias razones derivadas de su importancia práctica. Pero en algunas manos se convierte en un instrumento de violencia y de autoviolencia, no siempre metafórica. 

De algún modo puede decirse que en las últimas décadas el hombre occidental ha conseguido domar a su principal bestia: algo así como hacer perro del lobo. Se trata de una enorme noticia. Pero no de una noticia de periódico, naturalmente. Los periódicos no ven crecer la hierba. Pero crece."                 (EL MUNDO 02/01/14, ARCADI ESPADA, en Fundación para la Libertad)

23/1/14

¿Los chimpancés inventaron la guerra de exterminio?

"Godi decidió alejarse de su grupo del valle Kahama hacia unos árboles frutales. Aunque son muy sociales, los chimpancés suelen disfrutar de una buena comilona en solitario. Mientras lo hacía, un grupo de ocho chimpancés del grupo vecino se movía rápida y sigilosamente por la frontera de sus territorios.

 Esta partida avanzaba en fila india, en silencio, parando cada vez que ganaban unos cuantos metros para atender al olfato y al oído. Su pelo estaba erizado y se mostraban ansiosos y excitados. El joven macho que disfrutaba de su merienda en las ramas de un árbol no vio venir el ataque.

Súbitamente, los machos más rápidos del escuadrón de ataque se lanzaron sobre Godi, derribándolo bruscamente. Aunque logró zafarse del primer asalto, Humphrey, Figan y Jomeo, el peso pesado del clan de Kasakela, corrían hombro con hombro tras él hasta que el primero de ellos logró agarrarle por una pierna, tumbándolo de golpe en el suelo, boca abajo. 

De un salto, Humphrey se sentó sobre su cabeza, sujetando sus extremidades, para que los otros cinco machos adultos desataran la violencia sobre su cuerpo desamparado. Un macho adolescente y una hembra, Gigi, les jaleaban en un segundo plano.

Rodolf, el más viejo de los machos del grupo de Kasakela, mordía al indefenso rival con sus escasos dientes en cuanto veía ocasión mientras Figan, Jomeo, Sherry y Evered golpeaban salvajemente la espalda de su víctima. 

Para siquiera imaginar la violencia que sufría Godi, conviene recordar que incluso un chimpancé criado en cautividad cuadruplica la fuerza de un hombre en buena forma. Los sonidos de la selva quedaron silenciados con el griterío de los chimpancés: los chillidos de Godi, ahogándose entre el terror y el dolor, y el frenesí furioso de los alaridos de sus agresores.

La brutal paliza duró diez minutos. Después,  Humphrey soltó a su víctima, que quedó inmóvil, gimiendo, durante un largo rato. Todavía tenía el rostro hundido en el barro. En ese momento, Rodolf se acercó hasta el cuerpo dolorido de Godi con una roca entre sus manos y la estampó sobre él. Era la tarde del 7 de enero de 1974.

“Estaba gravemente herido, con grandes cortes en la cara, una pierna y el lado derecho de su pecho, y debía estar seriamente dañado por la tremenda paliza que había recibido. Sin lugar a dudas, murió a causa de estas heridas, porque nunca volvió a ser visto por el equipo que estudiaba el grupo de Kahama”, relata la prestigiosa primatóloga Jane Goodall en su libro A través de la ventana (1990).

 La investigadora tituló Guerra el capítulo en el que narra este episodio, que fue presenciado por un atónito colaborador de Goodall, Hilali Matama, y que Goodall había dado a conocer inicialmente en su libro Los chimpancés de Gombe: patrones de comportamiento(1986).

El asesinato de Godi, como si se tratara del magnicidio del archiduque Francisco Fernando de Austria de 1914, marcó el estallido de una guerra de cuatro años entre dos clanes de chimpancés, el del valle Kahama y el del valle Kasekela, que será recordado como el primer conflicto bélico entre primates no humanos. 

Sin duda, enfrentamientos como aquel se habrían dado anteriormente, pero la muerte de Godi —y las que le siguieron— fue la primera ocasión en que se tuvo conocimiento de ese nivel de violencia premeditada y cruel, con el claro objetivo de matar a los rivales, no sólo de vencerles.

El conflicto había comenzado a gestarse un par de años antes, cuando un grupo de machos que pertenecían al clan Kasakela —Hugh, Charlie, Dé, Godi, Willy Wally, Sniff y Goliath— fueron poco a poco desligándose hasta constituir su propio grupo al sur, en el valle Kahama. Desde que se consumó la división norte-sur en 1972, la escalada violenta se desató, pasando de roces a escaramuzas y de golpes a ataques orquestados. Pero fue a partir de 1974 cuando la espiral sangrienta tomó un cariz espeluznante. 

El goteo de muertes terroríficas siguió adelante hasta que, en 1977, los machos de Kasakela aniquilaron a Sniff, el último macho Kahama. Incluso mataron a una de las hembras, Madam Bee, siempre en ataques del mismo estilo cobarde, acorralando a una víctima entre muchos para matarla con un terrorífico afán.

“Durante años luché para aceptar este nuevo descubrimiento. A menudo, me despertaba en medio de la noche y venían a mi mente terribles imágenes: Satan [un macho Kasakela] ahuecando la mano debajo de la barbilla de Sniff para beber la sangre que manaba de una gran herida de su rostro; el anciano Rodolf, por lo general bondadoso, completamente erguido para lanzar una roca de dos kilos sobre el cuerpo postrado de Godi; Jomeo arrancando a tiras la piel del muslo de Dé; Figan golpeando una y otra vez el cuerpo tembloroso y malherido de Goliath, uno de sus ídolos de infancia. 

Y, tal vez lo peor de todo, Passion atiborrándose con la carne del hijo de Gilka, con la boca manchada de sangre como un grotesco vampiro de las leyendas infantiles”, describe una afectada Goodall.

Este último episodio de canibalismo, el de Passion y su hija Pom secuestrando crías de su propio clan para devorarlas, se convertía en el paradigma de los años de terror que se vivieron en el Parque Nacional de Gombe (Tanzania) y que, en cierto modo, puso fin al idilio de los primeros años de Goodall entre los chimpancés.

A Goodall le dolió especialmente la muerte de Goliath, uno de sus primeros amigos en Gombe. Emilie, una estudiante que colaboraba con el grupo de Goodall, presenció el ataque que llevó a su muerte. 

Esta joven estaba sorprendida por la rabia y la terrorífica hostilidad de los cinco agresores: “Sin duda querían matarlo. Faben incluso retorció su pierna una y otra vez como si quisiera desmembrar a su presa tras una cacería”, relató posteriormente a su jefa.

Tras el shock inicial por este descubrimiento, la comunidad científica puso estos episodios en cuarentena y solo recientemente, cuatro décadas después, se han reconocido como lo que fueron: una demostración del lado más violento de estos primos hermanos de los humanos.

 “Por aquel entonces, los chimpancés de Gombe estaban siendo aprovisionados con comida, una práctica de duró meses, tal vez incluso años”, explica a Materia el primatólogo Josep Call, recordando que Goodall comenzó a dar plátanos a los chimpancés en 1965. “Es posible que algunos investigadores atribuyeran este episodio en cuestión a causas no naturales. 

El paso de los años y la acumulación de conocimiento han demostrado que dichos episodios también ocurren en ausencia de aprovisionamiento”, resume Call, director del centro de investigación en grandes simios más importante del mundo, ubicado en Leipzig.

“Fue la primera prueba de que el conflicto entre grupos existe y que a veces se manifiesta de forma muy violenta. Como a menudo sucede en el campo de la investigación, la verdadera importancia de un primer episodio o de un descubrimiento inicial se aprecia mejor cuando pasan unos años y se acumulan (y repiten) episodios similares”, defiende este reconocido investigador barcelonés.

Hoy por hoy, la expansión del territorio y los recursos que conllevan —incluidas las hembras— se citan como las principales fuerzas subyacentes en este tipo de conducta. 

Uno de los investigadores que más ha trabajado en esta pauta expansionista es el antropólogo John Mitani, de la Universidad de Michigan, que en 2010 publicó un estudio decisivo tras años de observación de la gigantesca comunidad de chimpancés de Ngogo (150 ejemplares), en el Parque Nacional de Kibale (Uganda): su equipo observó 18 ataques mortales que finalmente tuvieron como consecuencia la ampliación del territorio de los atacantes.

“Es muy raro que los animales vayan por ahí matando a otros de su especie. Por eso genera tanto interés. Lo que ha quedado claro durante tantos años después de la primera observación en Gombe es ¿por qué los chimpancés matan a miembros de otros grupos? Nuestro trabajo en Ngogo ha demostrado, creo, de forma bastante concluyente que se trata de una estrategia a largo plazo para lograr el dominio sobre los grupos vecinos”, explica Mitani a esta redacción. “Si tiene éxito, los chimpancés son capaces de ampliar sus territorios a costa de sus vecinos”, resume.

Sin embargo, y a pesar de que es la propia Goodall la que usa el término “guerra”, ni a Mitani ni a Call les gusta la terminología bélica para los comportamientos de los chimpancés. “Creo que la guerra humana es algo que es muy diferente de lo que los chimpancés hacen cuando matan a otros”, reivindica Mitani.

 Y añade: “En cualquier caso, también es importante recordar que existen muchos otros tipos de animales en el mundo, además de los chimpancés y otros primates, que participan en este tipo de comportamiento: las hormigas, por ejemplo”.

Call también recurre a estos insectos sociales: “Hormigas de diferentes especies han demostrado un antagonismo intenso hacia otras colonias, que en algunos casos creo que pueden llegar al exterminio total. En general, el conflicto entre grupos vecinos de animales es mucho mas común en el mundo animal de lo que cabría pensar. Pero claro, cuando se trata de chimpancés, tal vez nos parece más parecido a un acto bélico”.

“Durante muchos años”, escribe Goodall, “yo había creído que los chimpancés, al tiempo que mostraban asombrosas similitudes con los humanos en muchos sentidos eran, en general, ‘más bonitos’ que nosotros. De pronto, me di cuenta de que, en determinadas circunstancias, podían ser igual de brutales, que también tenían un lado oscuro de su naturaleza. Y eso duele”.                 (Javier Salas, La Marea, 14/01/2014)

12/12/13

Mandela, el revolucionario que no renunció a la violencia

"Antes de ser un icono mundial de la paz y la reconciliación, Nelson Mandela fue un líder revolucionario. En 1964, fue conducido ante un tribunal para ser juzgado por cometer “actos de violencia y destrucción”. El líder del Congreso Nacional Africano sólo quería destruir el régimen racista del apartheid, no el país.

Había dudado mucho en apoyar el sendero de la violencia, pero al final vio que era la única alternativa que dejaba el Estado a la lucha por los objetivos políticos de la mayoría negra del país. Como otros líderes nacionalistas negros de África, había llegado a la conclusión de que la resistencia pacífica sólo conducía a la inmolación.

Ante el tribunal, no intentó negar los hechos, pero sí la interpretación que hacían de ellos los jueces blancos. Sus palabras finales son las más recordadas (“es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”) y procedían de las pocas esperanzas que tenían él y sus compañeros sobre el veredicto final. Tardó dos semanas en escribir su alegato final.

 Un abogado que lo revisó preveía un desastre. Comentó que si leía ese texto, “le llevarían directamente a la parte de atrás del tribunal y le colgarían”. Su abogado le recomendó que no acabara con esa nota de desafío. Mandela no le escuchó: “Creía que nos iban a colgar no importa lo que dijéramos, así que pensé que podríamos decir aquello en lo que de verdad creíamos”, escribió años después en su autobiografía.

Más relevante que esas palabras finales fue la explicación que dio antes sobre por qué el CNA había decidido crear Umkhonto we Sizwe (Lanza de la Nación, el brazo armado del movimiento) y embarcarse en una campaña de sabotajes.

 Mandela nunca quiso una “guerra interracial” y, aunque al final se produjeran víctimas mortales, intentó que la violencia estuviera limitada a objetivos específicos. Ante el tribunal, decidió convertirse en fiscal del sistema y acusarle de no haber dejado a los negros más alternativa que empuñar las armas.
“En primer lugar, creíamos que, a resultas de la política del Gobierno, la violencia por el pueblo africano se había convertido en algo inevitable, y que a menos que un liderazgo responsable pudiera canalizar y controlar los sentimientos de nuestra gente, se produciría un estallido de terrorismo que ocasionaría un aumento de la hostilidad y el resentimiento entre las distintas razas del país hasta un punto desconocido incluso en una guerra.
En segundo lugar, pensamos que sin los sabotajes no habría forma de que el pueblo africano tuviera éxito en nuestra lucha contra el principio de la supremacía blanca. Todas las formas legales de oponerse a este principio habían sido bloqueadas por la ley, y estábamos en una situación en la que o aceptábamos un estado permanente de inferioridad o desafiábamos al Gobierno.
Elegimos desafiar al Gobierno. Primero, violamos la ley evitando el recurso a la violencia. Cuando se legisló contra esto, y cuando el Gobierno recurrió a la fuerza para aplastar a la oposición a su política, sólo entonces decidimos responder a la violencia con violencia”.
Es probable que la descripción de Mandela sobre el camino a la violencia como un proceso gradual que culminó en junio de 1961 no fuera del todo cierta. Varios miembros del Partido Comunista de Suráfrica confirmaron años después que la iniciativa surgió en su partido y que incluso Mandela formó parte también de la misma organización durante algún tiempo, algo que el expresidente surafricano siempre negó.

 A finales de 1960, el PC adoptó la vía de la lucha armada, pero su número de militantes era ínfimo. Sabían que no tendrían ninguna posibilidad sin el apoyo del CNA. Mandela asumió la decisión pocos meses después con la idea de que el paso era inevitable. Tras la matanza de Sharpeville en marzo de 1960, también había sectores del CNA que pensaban que había llegado el momento de empuñar las armas.

Este apoyo táctico a la violencia, incluso algo reticente, no se convirtió en una baza negociadora que pudiera abandonarse con facilidad si las circunstancias lo permitían. Ya en los años 80, el Gobierno de P.W. Botha ofreció la libertad a Mandela a cambio de la renuncia a la violencia. La rechazó. Aunque ya no fuera posible derrocar al Gobierno racista con las armas, la guerra continuaría hasta el fin del apartheid.

La progresiva movilización política, económica y cultural en Occidente a favor de su liberación y del fin del racismo en Suráfrica no podía ocultar el hecho de que desde el primer momento el mayor apoyo que recibió el CNA procedió de los gobiernos africanos que habían conseguido la liberación del colonialismo, muchos de ellos a través de la insurrección armada, y del apoyo material de los gobiernos soviético y chino. 

En el esquema de la guerra fría diseñado por Washington, el CNA pasó a formar parte de la amenaza comunista, aunque en su propio juicio Mandela recordó al tribunal que nadie se hubiera atrevido a llamar comunistas a Churchill y Roosevelt por haberse aliado con la Unión Soviética en la lucha contra Hitler.

En los años 80, los gobiernos de Reagan y Thatcher no se movieron ni un centímetro en ese rechazo. Washington instauró una política con Reagan que apostaba por la existencia de unos supuestos moderados dentro del Gobierno a los que había que apoyar para conseguir que el régimen cambiara desde dentro.

 Ese apoyo a Botha, tan moderado que llegó a decir que el sistema de un hombre, un voto nunca se impondría en Suráfrica, permitió al apartheid sobrevivir unos años más.

En el Reino Unido, el ala derecha de los tories, incluida su primera ministra, arrojó sobre Mandela todo su odio. En 1987, 23 años después del encarcelamiento de Mandela, Thatcher aún decía: “El CNA es una típica organización terrorista. El que crea que algún día gobernará Suráfrica vive en un mundo de fantasía”. 

Otros diputados pedían directamente que Mandela fuera fusilado. En esos años las juventudes tories distribuyeron un cartel en un congreso del partido que reclamaba que Mandela fuera ahorcado, y no sólo él: “Y todos los terroristas del CNA. Son unos carniceros”, decía.

Mandela había apostado ya desde su juicio por la reconciliación. Al salir de prisión, se deshizo de la violencia con facilidad porque ya había cumplido su objetivo: mantener unida a la mayoría negra y evitar la aniquilación de los que luchaban por la libertad.

 A partir de ese momento, quiso dejar claro que su lucha no era contra los blancos, sino contra la pobreza, la violencia y la dominación de un grupo racial sobre otro. Que es lo mismo que ya había dicho en su juicio de 1964."              (Guerra Eterna, 06/12/2013)

14/5/13

El feminicidio se define básicamente como el asesinato de mujeres por el hecho de ser mujeres

"-Guatemala está marcada por la presencia que parece irreversible de violencia, ¿se puede relacionar esto con el conflicto armado?

-La violencia que vivimos hoy en Guatemala hunde sus raíces en la violencia de aquellos días y en la impunidad sobre esta violencia, porque se lanzó el mensaje de que todo el mundo podía hacer lo que quisiera, ya que nadie iba a rendir cuentas. Hoy es un país que sin estar en situación de guerra tiene más asesintatos que en Afganistán, con más de 80 personas asesinadas por cada 100 mil habitantes.

 Se asesina un promedio de 16 personas cada día. La violencia sigue siendo una forma de supervivencia y resolución de cualquier conflicto. Y el femincidio tiene uno de sus puntos más álgidos durante el conflicto armado, cuando en el año 1982 los homicidios de hombres descienden frente al ascenso del de las mujeres.

 Esto confirma la idea de que el genocidio para consolidarse atraviesa los cuerpos de las mujeres porque impide la capacidad reproductiva del grupo.

-El feminicidio se define básicamente como el asesinato de mujeres por el hecho de ser mujeres, ¿por qué es tan importante diferenciarlo de otro tipo de homicidios?

-La realidad requiere de un tratamiento diferenciado y una terminología propia para los asesinatos de mujeres. No se puede seguir llamando simplemente homicida a un hombre que asesina a mujeres. Los homicidas de mujeres tienen que recibir simplemente un nombre, son femicidas.

 Nombrar el asesinato de mujeres como feminicidio también nos permite ubicar (simbólica y mentalmente) a los perpetradores. Respecto a la clasificación de los feminicidios: hay un determinado tipo de delitos que, clasificados adecuadamente, podrían considerarse crímenes de derecho internacional. 

Si esa tipología de violencia feminicida fuese equiparable, por ejemplo, a los crímenes de lesa humanidad -o mejor aún, si conseguimos que el feminicidio sea un tipo penal autónomo como el aparthaid- se podría aplicar el principio de jurisdicción universal que haría que los crímenes fueran perseguibles en cualquier lugar del mundo, sin importar la nacionalidad de la víctima o la del perpetrador o donde fuereon cometidos delitos. También, serían crímenes inamnistiables, inindultables e imprescriptibles.

-¿De dónde procede el término y por qué sólo se utiliza en América Latina?

-El término feminicidio es una aportación que el feminismo latinoamericano ha dotado de contenido, aunque su origen está en la voz inglesa femicide. Se asentó en los países lationamericanos desde hace algo más de una década como una categoría de análisis. Como delito se comienza a tipificar e incluir en las legislaciones desde hace más de 5 años. 

 Aunque es Latinoamérica la que dota de contenido el feminicidio, no significa que sea una realidad única de América Latina. Por ejemplo, en España hay feminicidio en la actualidad, generalmente, en el ámbito de la pareja. Sin embargo, suele haber grandes resistencias a usar términos que han nacido en el seno de estratos sociales que se consideran inferiores.

 Algo que tiene mucho que ver con el eurocentrismo. La declaración de Viena de 2012, del Consejo Académico de Naciones Unidas, habla del feminicidio como una crisis global.

-Una parte importante del trabajo que lleva a cabo la Asociación de Mujeres de Guatemela se relaciona con el feminicidio. 

-Sí, nuestro objetivo es incidir y sensibilizar sobre la violencia feminicida, especialmente en determinadas manifestaciones, como la trata. Por ejemplo, en los casos de las mujeres que son convertidas en mercancía en el corredor de narcotráfico. 

Nuestra labor principal es conventirnos en un altavoz de la realidad guatemalteca y centroamericana, trasladando información a los distintos agentes de organizaciones de cooperación de España y de Europa para que mantengan el vínculo con Guatemala (boletines informativos, mesas redondas, seminarios...). También trabajamos con las mujeres que llegaron como inmigrantes a España."           ( Entrevista a Mercedes Hernández, Natalia Ramos, Rebelión,  10/05/2013)

12/4/13

El matrimonio reduce la probabilidad de la conducta criminal hasta la mitad


«En 2020, según algunos cálculos, habrá 30 millones más de hombres que de mujeres en el mercado de parejas de China, dejando quizá hasta un 15% de hombres jóvenes sin pareja. 

Los antropólogos han documentado un patrón histórico constante: cuando la tasa de sexos se inclina hacia una proporción menor de mujeres, los hombres se vuelven cada vez más competitivos, siendo cada vez más propensos a una conducta arriesgada y cortoplacista que incluye el juego, el consumo de drogas y la delincuencia. 

Este tipo de patrón encaja bien con el resto del mundo biológico. Décadas de trabajo en ecología conductual han demostrado que en las especies en las que hay una variación sustancial en el éxito de los machos para aparearse, los machos competen con especial ferocidad. 

Los detalles precisos del camino entre una tasa desequilibrada de sexos y la conducta social en los humanos no se conocen plenamente, pero un posible vínculo fisiológico es que permanecer soltero aumenta los niveles de testosterona —a veces simplemente llamada "T"—, lo que a su vez influye en la toma de decisiones y la conducta. 
¿Debería toda esta T en China ser una causa de preocupación?

Las diferencias entre las sociedades que permiten la poliginia y las que no son potencialmente ilustrativas. En las sociedades con poligamia, hay, por motivos obvios, un mayor número de hombres no casados que en las sociedades que prohíben la poligamia. 

Estos hombres no casados compiten por las mujeres que quedan sin casar, lo que incluye una mayor propensión a la violencia y a tener una conducta criminal que sus equivalentes casados. De hecho, la investigación transnacional demuestra una relación constante entre las tasas de sexos desequilibradas y las tasas de crímenes violentos. 

Cuanto mayor sea la proporción de hombres no casados en una población, mayor la frecuencia de robos, fraudes, violaciones y asesinatos. El tamaño de estos efectos no son triviales: algunos cálculos estiman que el matrimonio reduce la probabilidad de la conducta criminal hasta la mitad. 
 
Además, los hombres no casados relativamente pobres se han asociado, históricamente, a otros hombres no casados, empleando la fuerza para asegurarse recursos que de otro modo serían incapaces de obtener. 

Aunque el aumento del crimen y la violencia en los países asiáticos por unas tasas de sexos desequilibradas es un motivo de preocupación por sí mismo, el problema no son solo las posibles víctimas de crímenes que podría haber a causa de la desproporción de sexos. Las evidencias indican que el excedente de jóvenes no casados tiene un impacto económico medible, reduciendo el PIB per capita. "   (en Arcadi Espada, 11/04/2013)

17/8/11

"los recortes en el gasto público aumentaron significativamente la frecuencia de disturbios, marchas anti-Gobierno, huelgas generales..."

"Por otro lado, aunque no sabemos qué pasó esta semana en Reino Unido, sí contamos con un análisis riguroso y reciente de la inestabilidad social que hubo en Europa entre 1919 y 2009.

Jacopo Ponticelli y Hans-Joachim Voth, de la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona, acaban de publicar un fascinante ensayo en el cual, tras analizar rigurosamente una enorme base de datos para 26 países europeos, determinan que en estos 90 años "los recortes en el gasto público aumentaron significativamente la frecuencia de disturbios, marchas anti-Gobierno, huelgas generales, asesinatos políticos e intentos de derrocar el orden establecido".

Esto no es una sorpresa, pero está bien que alguien lo haya comprobado científicamente.La gran pregunta, sobre la que tampoco tenemos respuestas concluyentes, es si las acciones en la calle logran cambiar las cosas. Por ahora, la única afirmación, tan segura como inútil, es que en algunos casos sí y en otros no. (...)

Según ellos, es porque los políticos ya saben lo que las investigaciones académicas confirman: hay pocas decisiones gubernamentales que saquen a la gente a protestar a la calle más rápidamente que los tijeretazos fiscales.

Así, en vista de que en muchos países los recortes al gasto público se han hecho inevitables, ya sabemos qué debemos esperar. La furia callejera de este verano se va a prolongar. Son afortunados -y pocos- los países que la podrán evitar." ('Test: ¡Adivine el país!', de MOISÉS NAÍM, E, El País, ed. Galicia, 14/08/2011, p. 4)

25/1/08

Tres diques contra el grado último de la barbarie

“El punto de partida del pensamiento de Marzano es que no se han cumplido las previsiones del sociólogo Norbert Elias, anteriores a la II Guerra Mundial, en el sentido de que la brutalidad estaba siendo progresivamente contenida, "civilizada". "Muy al contrario. Al fanatismo islamista se responde revocando la Convención de Ginebra para los prisioneros de guerra iraquíes, torturados en la prisión de Abu Ghraib. Para mí existe una diferencia fundamental entre estas imágenes y las que mostraban el horror cuando se liberaron los campos nazis. Tras las últimas hay un punto de vista, una denuncia, mientras que las primeras invierten los términos: no habría muerto si no estuviera ahí una cámara para enseñarlo. Es la reificación máxima del cuerpo".

La barbarie, pues, no ha dejado de crecer, hasta llegar a la destrucción del menor resquicio de sentido. ¿Qué hacer? Marzano propone poner límites a la difusión de estas escenas, pero ahí se ha topado con los defensores a ultranza de la libertad de expresión e información. "En Francia, donde los periodistas han tomado el lugar de los intelectuales, he tenido una dura polémica con el Nouvel Observateur, que puso en la Red en agosto pasado la decapitación en Rusia de un individuo a manos de un supuesto grupo nazi

[luego se demostró que todo era un montaje]. Estoy en contra no ya de la difusión, sino de la falta de jerarquía de las imágenes, de que se sirvan sin ir acompañadas de instrumentos críticos, interpretativos. Creo que haciendo eso los periodistas dimiten de su responsabilidad, de su tarea, que es la de mantener un punto de vista. Cosa que no impide, por cierto, que sean lo más objetivos posible".

Siguiendo a Freud, Marzano propone tres diques "al grado último de la barbarie" (Steiner, 1971) que vivimos a partir del siglo XX: "El pudor por el propio cuerpo, el disgusto frente al cuerpo del otro vejado y el más importante de todos, la compasión, en su acepción etimológica: sufrir con el otro". (El País, ed. Galicia, Cultura, 24/01/2008, p. 46)

La fragilidad humana, la vilencia simbolica, la violencia física, la deshumanización, todo va junto

"El cuerpo ante la barbarie. La filósofa Michela Marzano reflexiona sobre la fragilidad humana en un tiempo de sobreexposición a la violencia.

El cuerpo es el espejo de la fragilidad humana, el lugar donde se encuentran dos tipos de violencia: la física y la simbólica. La primera hace referencia a la materialidad de la condición humana, al hecho de ser cuerpo, pura carnalidad, mientras que la segunda remite a una realidad psíquica capaz de pensar el cuerpo. La deshumanización consiste en negar este segundo aspecto, en negar la razón y reducir al otro a pura fisicidad". (El País, ed. Galicia, Cultura, 24/01/2008, p. 46)