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14/3/24

Cuando los millonarios se preparan para el colapso... El 1% más rico está construyendo refugios de seguridad para sobrevivir ante posibles colapsos ambientales, sociales y nucleares. La tendencia no es nueva, pero se ha multiplicado desde la pandemia y la invasión de Ucrania... unos cuantos multimillonarios entienden que ya no alcanza con construir refugios subterráneos blindados, sino que buscan crear ecosistemas propios, porque la supervivencia de la clase dominante depende de desarrollar y controlar un ecosistema propio, en el que no sólo pueda salvarse del colapso, sino continuar con sus vidas... hay que recordar que millones de personas en grandes ciudades, como la Ciudad de México o Sao Paulo, no tienen agua potable ni alcantarillado

 "El 1% más rico está construyendo refugios de seguridad para sobrevivir ante posibles colapsos ambientales, sociales y nucleares. La tendencia no es nueva, pero se ha multiplicado desde la pandemia y la invasión de Ucrania. Sobre todo, las modalidades han cambiado, a tono con los tiempos neoliberales.

Las cientos de páginas web que ofrecen refugios o búnkeres, aseguran que el negocio está al alza. Desde un crecimiento de 400 por ciento en Estados Unidos, según New York Post (4/4/20), hasta una empresa de Berlín que asegura que las consultas se centuplicaron según un informe de la Deutsche Welle (18/1/23).

El portal xataka.com destaca que las empresas dedicadas a la “gestión de emergencias” o “preparacionismo”, como lo denominan, ganarán 149 mil millones de dólares en 2025. Estima que 50 por ciento de los multimillonarios de Silicon Valley tiene al menos un refugio blindado, cuyo costo oscila entre 40 mil y 2.5 millones de dólares (2/8/23).

Un recorrido por los portales dedicados a ofrecer refugios, permite aquilatar la sofisticación propia de una clase dominante que no escatima recursos para vivir mejor.

Durante la guerra fría los países europeos, la Unión Soviética y China –donde era más probable una conflagración nuclear– construyeron enormes refugios para sus poblaciones. La República Federal de Alemania contaba con unos 2 mil refugios que podían albergar a 3 millones de personas, 5 por ciento de la población. En Finlandia se construyeron más de 50 mil refugios, para 80 por ciento de la población.

En China, Mao llamó al pueblo a construir refugios. La respuesta fue rápida y masiva, al punto que “las 75 ciudades más grandes del país habían cavado suficientes túneles como para albergar a 60 por ciento de sus poblaciones” (Clarin, 10/8/20).

La URSS construyó ciudades subterráneas para millones de personas.

Sin embargo, ahora los refugios son bien diferentes, como destaca un reciente informe de Asia Times (1/3/24) titulado “Los búnkeres de los multimillonarios son el nuevo tecnofeudalismo”. Mark Zuckerberg, el multimillonario creador de Facebook, ha estado comprando grandes extensiones en la isla hawaiana de Kauai, donde está construyendo un complejo de 400 millones de dólares australianos. La finca está vigilada por numerosos guardias.

Además del “enorme búnker subterráneo”, tiene varias mansiones de gran tamaño, maquinaria dedicada a la potabilización, desalinización y almacenamiento de agua. “Está criando su propio ganado, alimentándolo con nueces de macadamia cultivadas en el rancho y también con cerveza elaborada allí”, señala el informe de Asia Times firmado por los profesores Katherine Guinness, Grant Bollmer y Tom Doig.

Al parecer, unos cuantos multimillonarios entienden que ya no alcanza con construir refugios subterráneos blindados, sino que buscan crear ecosistemas propios, porque la supervivencia de la clase dominante depende de desarrollar y controlar un ecosistema propio, en el que no sólo pueda salvarse del colapso, sino continuar con sus vidas.

Como se ve, ya no se aspira a proteger a las poblaciones de las catástrofes, sino apenas a la propia familia, lo que muestra el triunfo de un individualismo feroz que no toma en cuenta al resto de la humanidad. Ambos hechos están mostrando la deriva actual de los sectores dominantes en el mundo.

Para los sectores populares no son éstas las alternativas posibles ante el colapso. No pueden construirse refugios, ni ecosistemas propios. Apenas pueden sobrevivir bajo el capitalismo de guerra que los condena al sótano sistémico. Los estados y los gobiernos en América Latina no tienen la menor previsión sobre las catástrofes por venir. Alcanza con recordar que millones de personas en grandes ciudades, como la Ciudad de México o Sao Paulo, no tienen agua potable ni alcantarillado.

Los pueblos no pueden encarar el colapso de modo individual sino comunitario, con base en trabajos y cuidados colectivos. A la luz de lo que hace el 1% más rico, podemos comprender mejor la tenacidad de los pueblos en el cuidado de su mundo natural y el empeño de los de arriba en destruir los ecosistemas que pueden proteger la vida en común.

Por lo que conozco, sólo el EZLN ha promovido un debate sobre el colapso, hace ya nueve años en el seminario El pensamiento crítico frente a la hidra capitalista. Han sido coherentes y se preparan para sobrevivir a la multiplicación de desastres, como enseñan los 21 comunicados desde octubre de 2023 hasta el 30 aniversario del levantamiento del 1º de enero de 1994.

Lamentablemente, ni las izquierdas progresistas, ni las academias ni el grueso de los movimientos, están adoptando una actitud similar de pensar y hacer ante el colapso. Sólo algunos pueblos originarios comparten las preocupaciones zapatistas, en base a sus propias cosmovisiones."                     (Raúl Zibechi,Jaque al neoliberalismo, 09/03/24, fuente La Jornada )

21/2/22

Comparando los efectos sociales de las pandemias... los de la Peste Negra... los del Covid... el creciente sentimiento de frustración entre la vasta clase trabajadora de nuestro país nos une con esos campesinos y artesanos medievales que desafiaron las expectativas de la élite para buscarse una vida mejor

 "Tras una pandemia devastadora, millones de personas han muerto y las vidas de muchas más han sido afectadas. Muchos de quienes sobreviven, desgastados por la sensación de que su trabajo es inútil y por la brecha infranqueable que separa a los ricos de los demás, se niegan a volver a sus antiguos trabajos o renuncian en masa. Agotados de trabajar en exceso por un sueldo mísero, sienten que merecen una vida mejor.

Esta podría ser una historia actual, pero también es el patrón que surgió en toda Europa después de una de las pandemias más mortíferas que se hayan registrado en la historia, la de la peste negra.

Las luchas por los salarios y el valor del trabajo que definieron los años después de la peste fueron, en cierto sentido, tan dramáticas como la pandemia misma. Al final, estalló la violencia en Europa. Teniendo en cuenta nuestra situación actual, vale la pena prestar atención a la cadena de acontecimientos que condujeron, eslabón por eslabón, de la pandemia al pánico y a la insurgencia sangrienta.

La peste negra, como ahora la llamamos, fue abriéndose paso por el continente euroasiático de 1347 a 1351. El historiador árabe Ibn Khaldun la recordó con horror: “Las civilizaciones oriental y occidental vieron la llegada de una destructiva plaga que devastó naciones e hizo que la población desapareciera. Engulló muchos de los atributos de la civilización y acabó con ellos”.

Europa, donde la peste fue especialmente devastadora, perdió más o menos entre una tercera parte y la mitad de su población (aunque los historiadores todavía debaten la cifra). “Muchas tierras y ciudades quedaron desoladas”, escribió el historiador italiano Giovanni Villani en 1348. “Y esta peste duró hasta _____”. Nunca pudo escribir la fecha, la peste se lo llevó antes de que eso sucediera.

Cuando pensamos en la peste negra, tendemos a pensar en las escenas horripilantes que se relatan en las ciudades: los cadáveres amontonados, las fosas donde se arrojaban los cuerpos, sin que se les diera sepultura. Sin embargo, lo que los contemporáneos también encontraron espeluznante fue lo que vieron en el campo: no fueron escenas de destrucción, sino visiones de abundancia y crecimiento. Campos de cereales listos para la cosecha bajo el sol. Vides cargadas de uvas. Estas imágenes eran inquietantes porque sugerían que no quedaba nadie vivo para recoger las cosechas.

“Muchas fincas bellas y nobles / yacen ociosas sin quienes las trabajen”, escribió el poeta y compositor Guillaume de Machaut, quien sobrevivió a la peste escondiéndose en su torre. Su poema continúa:

El ganado vaga sin rumbo
Los campos yacen en el absoluto abandono
Pastando entre los maizales y las vides
Van donde les place
Y no tienen amo, ni pastor
Ningún hombre que junte el rebaño

Después del colapso demográfico, hubo una tremenda escasez de mano de obra. Y así, después del impacto inicial, acorde con las predicciones que harían los economistas modernos, el precio de la mano de obra se disparó. Machaut escribió:

Ningún hombre pudo hacer que se labraran sus tierras
Ni se cosecharan sus granos ni se cuidaran sus vides
Ni aun pagando el triple
No, seguramente, ni siquiera pagando veinte veces más
Porque tantos habían muerto

Los trabajadores de todo tipo —los campesinos jornaleros, los artesanos en las ciudades, incluso los párrocos miserables que habían tenido que darle los sacramentos a los moribundos— analizaron su vida cuando la pandemia cedió y revaluaron su valor. Vieron un sistema que se inclinaba imposiblemente en su contra.

Por ejemplo, en Inglaterra, cerca de la mitad de la población estaba legalmente atada a la tierra en régimen señorial, obligada a trabajar para su señor local. Sin embargo, de repente, estos trabajadores parecían tener cierto poder de negociación. Ya no estaban obligados a soportar exigencias irrazonables. Sus empleadores ya no podían dar por hecho que trabajarían para ellos.

Para empezar, necesitaban salarios más altos para enfrentar la inflación rampante que siguió a la peste: en Inglaterra, a pesar de la disminución del costo de algunos productos básicos como los cereales, los precios de los bienes de consumo en general aumentaron cerca de un 27 por ciento de 1348 a 1350. Los jornaleros se quejaban de que no podían cubrir sus necesidades básicas y, si no se les pagaba lo que pedían, abandonaban el arado, huían de las aldeas de sus señores y se marchaban en busca de un mejor trato.

El golpe demográfico no ha sido tan brutal durante la COVID-19, pero aun así los trabajadores estadounidenses han revaluado lo que significa trabajar y lo que vale su trabajo —y un número histórico ha abandonado su empleo como parte de la Gran Renuncia de los últimos meses. Alrededor del tres por ciento del total de los trabajadores estadounidenses renunciaron a sus empleos tan solo en noviembre, según informó el Departamento del Trabajo. De acuerdo con una encuesta de septiembre, el 46 por ciento de los empleados de tiempo completo estaba considerando cambiar de empleo o en busca de uno.

En especial los puestos de trabajo mal pagados que no requieren especialización se han vuelto difíciles de cubrir, mientras que las redes sociales están llenas de debates airados sobre cómo son necesarios dos o incluso tres empleos para pagar el alquiler promedio en una ciudad promedio.

En los últimos meses se han producido varias huelgas de gran repercusión en las que los trabajadores exigen una compensación justa, con notables éxitos sindicales en Kellogg y Deere. En este sentido, estamos viendo ecos de la situación que siguió a la peste negra, ya que los trabajadores se niegan a volver a las condiciones prepandémicas y han revaluado sus necesidades y su valor. Demasiados cambios en dos años. El mundo es otro.

A medida que nos dirigimos hacia una nueva era pospandémica, las tensiones en el mercado laboral del siglo XIV pueden enseñarnos algo sobre la inestabilidad que se avecina.

En los años posteriores a la peste, los terratenientes de los señoríos y los nobles de toda Europa observaron, primero con indignación y luego con furia, cómo la gente abandonaba sus trabajos y se iba a buscar una vida mejor. Lo que siguió fue una ola de leyes provocadas por la histeria que intentaron devolver la economía a lo que había sido antes de la peste. Los estatutos y las ordenanzas congelaron los salarios en los niveles anteriores a la peste; hicieron que fuera ilegal abandonar la tierra del amo, que fuera ilegal huir; en la práctica, hicieron que el desempleo mismo fuera ilegal.

El Estatuto Inglés de los Trabajadores condenaba a los campesinos que huyeran de sus contratos señoriales a que se les marcara una ‘F’ en la frente, por ‘Falsedad’. En Italia, las nuevas leyes laborales florentinas, llamadas abiertamente “contra los trabajadores rurales”, declaraban que aquellos que descuidaran las tierras de su amo podían ser juzgados como rebeldes y se les podía arrastrar por las calles con cadenas al rojo vivo y enterrarlos vivos.

La presión continuó aumentando: por una parte, una nueva mano de obra envalentonada exigía un salario digno, la posibilidad de prosperar; por la otra, los reyes y los consejos, los señores y los ricos comunes, estaban decididos a que nada cambiara.

Al final, la presión fue demasiada. En la segunda mitad del siglo, la violencia estalló en toda Europa. Los trabajadores tomaron las calles de las ciudades importantes. Quemaron los registros señoriales y los contratos de trabajo. Destruyeron toda evidencia de su servicio y sus vínculos con la tierra.

Un conmocionado cronista de Francia escribió en 1358 que los campesinos indignados “asesinaron, mataron y masacraron sin piedad a todos los nobles que pudieron encontrar, incluso a sus propios señores. Y no solo eso: arrasaron con las casas y fortalezas de los nobles”.

En respuesta, los nobles comenzaron a incendiar los poblados y a asesinar a los jornaleros. El mismo cronista francés describe que atacaron “no solo a los que creían que los habían dañado, sino a todos los que encontraron, ya fuera en sus casas o cavando en los viñedos o en los campos”.

En Inglaterra, el resentimiento popular por los impuestos y las enormes desigualdades generaron el vandalismo y la violencia de el Gran levantamiento de 1381. Las turbas ejecutaron al canciller y colocaron su maltrecha cabeza en el puente de Londres. Exigían el fin del señorío y no reconocían otra autoridad más que la del rey.

Por supuesto, existen muchas diferencias importantes entre nuestra situación política y financiera y las de las décadas posteriores a la peste. Empero, el creciente sentimiento de frustración entre la vasta clase trabajadora de nuestro país nos une con esos campesinos y artesanos medievales que desafiaron las expectativas de la élite para buscarse una vida mejor.

A lo largo de los últimos cuarenta años, la mayoría de los estadounidenses han visto como sus salarios se han estancado en relación con el costo de vida. Las leyes fiscales promulgadas en 2017 durante el gobierno de Trump establecieron exenciones que beneficiaban a los ricos de manera desproporcionada. Y nosotros, al igual que los campesinos medievales, estamos ante el espectáculo de los individuos a los que les sobra el dinero y su costoso aventurerismo. Las fortunas de los multimillonarios estadounidenses crecieron un 70 por ciento durante la pandemia y, como nos enteramos este verano, algunos de ellos no han pagado impuestos o han pagado montos ínfimos desde siempre.

Los ricos nos están tomando el pelo al resto en un sistema que está sesgado en nuestra contra. La izquierda y la derecha lo formulan de manera distinta, pero todos estamos conscientes de esa brecha.

El estado de ánimo de Estados Unidos está por los suelos y está dividido hasta lo más profundo. Si vemos hiatos de violencia, predigo que es menos probable que se asemejen a la política revolucionaria de las insurgencias medievales que a las atrocidades irracionales e insensatas que a menudo ocurrían en las sombras de esos levantamientos, cuando las turbas dirigían su mirada a grupos marginales: judíos acusados de envenenar pozos; flamencos acusados de dejar sin empleo a los ingleses, algunos de los cuales fueron perseguidos en las calles y asesinados ante la vista de todos.

Entonces, ¿cómo podemos atender las profundas desigualdades y evitar la violencia ocasionada por el resentimiento?

Los electores estadounidenses necesitan una historia compartida en la que los hechos encajen sin buscar chivos expiatorios ni alimentar la paranoia conspirativa. Es momento de actuar justo porque compartimos algunos fragmentos de la historia: el cansancio y la cautela; la sensación de que no podemos salir adelante; la indignación de que los poderosos nunca sean llamados a rendir cuentas.

Las grandes revueltas medievales reunieron a personas de muy diversa índole, rurales y urbanas: no solo campesinos, sino también artesanos, albañiles, comerciantes menores e incluso al clero. Un movimiento laboral colectivo podría hacer algo similar por nosotros ahora.

Las victorias sindicales de los meses pasados son un gran ejemplo de cómo los trabajadores pueden unirse y aprovechar este momento de disidencia, y un ejemplo de cómo las élites corporativas pueden fortalecer la lealtad de los empleados en un momento en el que hay tanta rotación de personal.

También tenemos que debatir de manera más proactiva la creciente brecha de la desigualdad de ingresos que ha marcado este nuevo siglo. En este momento, el uno por ciento de los que más ganan posee casi un tercio de toda la riqueza de Estados Unidos, mientras que el 50 por ciento de los que menos ganan poseen alrededor del 2,5 por ciento. Hace tiempo que sabemos que una desigualdad tan pronunciada ahoga el crecimiento económico, y esa es una historia que debemos seguir contando.

Pero las respuestas también deben recaer en nuestra propia élite dirigente. Los legisladores de Estados Unidos deben aliviar la tremenda, y potencialmente violenta, presión que se acumula con acciones que aborden aquello que contribuye a nuestro sentimiento nacional de impotencia: aumentar el salario mínimo, ayudar con la deuda, equilibrar el código fiscal para que los ricos paguen lo justo, crear puestos de trabajo sólidos en infraestructuras, y proporcionar cobertura de cuidado infantil y sanitaria para los trabajadores estadounidenses (una medida que también ayudaría a los pequeños empresarios).

En lugar de ver con impotencia las divisiones, podemos buscar que todos los estadounidenses tengan prosperidad y oportunidades. Imaginen el sentimiento de orgullo y propósito compartidos que podríamos tener. Estas medidas de apoyo a los consumidores inyectarían dinero al sistema en su base. La economía en su conjunto se vuelve más estable cuando hay una amplia base de personas que tienen dinero en efectivo para gastar. En lo político, el país podría ser menos propenso a la agitación. Los jóvenes podrían incluso sentir esperanza.

Pero la élite que está dispuesta a pensar a largo plazo es poca. La mayoría, como las élites de toda Europa después de la peste, prefieren aferrarse más a lo que tienen, y tratan de evitar que otros alcancen la prosperidad compartida, y al aferrarse a que todo sea para ellos, al final empujan a sus naciones a la crisis y lo único que queda son disturbios, luto, miedo, llamas y miseria."             

( Es autor de Feed y Paisaje con mano invisible. The New York Times, 20/02/22)

7/12/21

Marcos Gómez, psiquiatra: "La depresión es la pandemia postpandémica, especialmente en niños y adolescentes"

  "La COVID-19 está teniendo efectos evidentes en la salud mental de la población. Se trata de una realidad que se pone de relieve tanto por profesionales de este ámbito como, últimamente, en el debate político, mediático y social. Así lo admite Marcos Gómez, psiquiatra del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, en una entrevista para elDiario.es con motivo de su participación en una jornada sobre la depresión vista desde diferentes perspectivas, que organizó la pasada semana este hospital.

"La depresión es la pandemia postpandémica", sostiene este especialista, quien hace hincapié en un determinado grupo de edad particularmente afectado por este problema: los niños y adolescentes. "El aumento de casos es sumamente llamativo y común en todo el territorio nacional", subraya. "Tenemos cifras más altas de visitas a Urgencias, de hospitalizaciones y, por desgracia, también de tentativas de suicidio", remarca, tras hacer un repaso sobre las características de esta enfermedad. 

 Como profesional de la salud pública, ¿cómo definiría la depresión?

No es una pregunta sencilla. La depresión se puede definir desde la clave de los pacientes, de los familiares o de los profesionales. Desde la clave del paciente, uno tiene la sensación de que la depresión es estar viviendo una pesadilla despierto, pero también dormido. Es una especie de nube negra que a uno le acompaña permanentemente y que te establece un diálogo. Es como tener un enemigo dentro de ti mismo.

 Un enemigo que te susurra al oído todos tus miedos, todas tus vergüenzas, todas tus inseguridades, que subraya lo negativo y que hace que todo lo positivo que pueda haber en tu vida no tenga ninguna importancia. Si uno va a todas partes acompañado de su enemigo y ese enemigo mantiene este discurso, eso puede resultar agotador. Por eso, estas personas, mucho más allá de ese estado de ánimo de tristeza que nos podemos imaginar de forma permanente, habitualmente están agotadas físicamente.

 Tener muy pocas fuerzas implica que es muy complicado movilizarse y tener iniciativas. Esas iniciativas, además, están muy cercenadas por la idea de que no van a ser capaces de llevarlas a cabo. Lo que uno normalmente disfruta y le hace sentirse bien directamente no lo va a experimentar y ni siquiera inicia la acción para ello. Todo esto muchas veces se asocia a otros problemas que tienen que ver con cuestiones puramente físicas además del cansancio.

 Se altera el sueño, lo que priva de tener un descanso adecuado, por lo que perpetua el círculo vicioso: se levantan cansados, el apetito suele estar apagado, y no hay fuerzas porque la alimentación no es adecuada. Se abandonan a ellos mismos, de una forma involuntaria y manipulados por esa voz que es la depresión, una enfermedad que es terrible.

Puede haber días que nos encontremos mejor y otros más tristes o con estado de ánimo más bajo... ¿Cómo sabe una persona que padece depresión?

Claro, esto es lógico, todos tenemos días buenos y malos. Cuando se concatenan varias de las características que te he hablado y además adquieren una intensidad y duración importantes se produce una depresión. Las depresiones tienen una causa biopsicosocial. Hay varios elementos que van a conspirar a la hora de originar una depresión.

 Es difícil que uno pueda tener una depresión si no hay un componente biológico, es decir, una cierta heredabilidad, una parte genética. Se trata de un sustrato que hace que la persona sea vulnerable a que ante ciertas agresiones de la vida, su sistema nervioso vaya a reaccionar con un cuadro depresivo. Es muy importante entender la intensidad y la duración. Yo puedo estar triste hoy porque ha perdido mi equipo de fútbol y eso no significa que esté deprimido. Esto es mucho más que tristeza. La depresión provoca una importante incapacidad en estos pacientes que afecta al trabajo, a las relaciones familiares, sociales o de pareja, e incluso está relacionada con cuestiones existenciales o vocacionales. Lamentablemente, la depresión se convierte en tu vida.

¿Y para las personas del entorno es fácil identificarlo? ¿Es importante que estén atentos a determinadas señales de alarma?

Sí, esto es muy importante. Hay gente que lo entiende mejor y gente que peor. A la hora de identificarlo seguramente todos lo hacemos un poco mejor de lo que pensamos. Siempre es preferible identificar de más que de menos. Nadie elige estar triste. La depresión te elige a ti, nunca somos nosotros las que la elegimos. Es una especie de visitante incómoda, esa vecina que viene a visitarnos en un momento incómodo aunque luego se vaya. Creo que la gente cada vez tiene más herramientas para identificarlo, cada vez nuestros pacientes están teniendo más voz y cada vez los problemas de salud mental están teniendo más repercusión en los medios.

 Todo ello contribuye a que la gente esté perdiendo el miedo a consultar al médico, al psiquiatra y al psicólogo preocupándose por su salud psíquica. Eso afecta no solo a las depresiones, sino al conjunto de la salud mental, y es una buena noticia. Es el camino que tenemos que seguir para poder ayudar a los pacientes.

¿Cuáles son las causas más comunes de una depresión?

La depresión, y el conjunto de los problemas de salud mental, responden a un enfoque biopsicosocioal, es decir, biológico, psicológico y social. Son las tres patas en las que se origina. La contribución de cada una de ellas a cada caso va a ser diferente porque cada caso es distinto. ¿A qué me refiero? A que dos personas expuestas a la misma situación van a reaccionar de una manera diferente.

 ¿De qué depende que una persona sometida a una situación concreta de estrés vaya a acabar desarrollando una depresión? Ahí va a importar cómo de vulnerable sea biológicamente, es decir, de elementos que tienen que ver con la genética y con el desarrollo madurativo cerebral que comienzan desde el propio útero materno y que se van desarrollando en un sentido o en otro a lo largo de toda nuestra infancia y adolescencia, pasando a veces por la desgracia de haber experimentado adversidades y situaciones traumáticas. En ocasiones no es tan importante la parte social porque no identificamos situaciones de estrés que precipiten el episodio. Por eso distinguimos dos grandes grupos de depresiones: endógenas y exógenas. 

Es poco frecuente que encontremos depresiones puramente endógenas en las que no haya algún tipo de precipitante, un último gatillo que haya puesto a ese paciente al borde del precipicio. Toda depresión debe llevar incluida un abordaje psicoterapeútico y aquellas depresiones de una intensidad moderada-grave deben ir aparejadas también de tratamientos biológicos y farmacológicos disponibles.

Un macroestudio que hemos conocido hace poco reveló que la pandemia causó depresión y ansiedad a 129 millones de personas. ¿Se ha notado un incremento de pacientes por esta causa?

Sin duda, sí, lo estamos viviendo. Ahora podríamos decir que la depresión, y el conjunto de las enfermedades de salud mental, se están convirtiendo en la pandemia postpandémica. Lo anunciamos desde los distintos foros de Psiquiatría cuando se desencadenó la pandemia porque ya hemos tenido la experiencia de otras epidemias, sobre todo en el sudeste asiático, que provocaron cifras más altas de depresión, de suicidios, de ansiedad, de problemas relacionados con el sueño… 

Y eso lo vivimos ahora en el día a día en nuestras urgencias, hospitalizaciones y consultas de salud mental. Y la situación es especialmente cruda en la edad infanto-juvenil. Es algo sumamente llamativo y común en todo el territorio nacional. Tenemos cifras más altas de visitas a Urgencias, de hospitalizaciones y, por desgracia, también de tentativas de suicidio. Un aumento bestial.

Y en edades un poco más adultas, ¿las dificultades de la población joven para acceder a una vivienda y a un empleo con salario digno y estable tiene alguna incidencia?

En esas edades de inicio de la edad adulta también se ha visto un aumento, pero no es tan llamativo como en la población infanto-juvenil. Es un incremento parecido al que hemos visto en otras edades. Evidentemente, las condiciones socioeconómicas son muy importantes a la hora de procurarnos una calidad de vida y una estabilidad, y si tenemos más estabilidad es probable que tengamos menos estrés. Pero ahora mismo, lo que hay que analizar y en lo que hay que profundizar es en qué está pasando con los niños y adolescentes.

¿Y a su juicio por qué ha aumentado tanto ese sector de la población?

Los niños y adolescentes han vivido una situación de reclusión y de confinamiento muy duro. Este aumento de los casos lo hemos vivido más en los últimos meses cuando ya llevamos un año desde que acabó el confinamiento. Y es que nos hemos encontrado sometidos a una disciplina muy importante en cuanto a normas y a privación de hacer las cosas que normalmente hacen los jóvenes, y no me refiero al botellón, sino a poder explorar su libertad, viajar e interactuar entre ellos.

 Entonces se ha producido un aislamiento y se ha deshilachado parte del tejido social de estos jóvenes. Mucha soledad es lo que estamos viendo en gente tan joven, que es una de las emociones que peor lleva el ser humano como seres sociales que somos. Y el hecho de que se esté prolongando este proceso de constricción para ellos ha supuesto mucho malestar y mucha sobrecarga. 

Han tenido que seguir con sus responsabilidades académicas o laborales sin tener opciones para cuidarse en cuanto a su salud física y mental, practicando sus deportes, socializando con amigos y visitando a seres queridos, que son importantes para ellos. Además, ha habido un aumento bestial en cuanto al uso de redes sociales en los niños y adolescentes, y lamentablemente algunas de estas redes sociales establecen ciertos modelos que generan mucha frustración, sobre todo modelos de imagen y de éxito. Instagram tiene sus propios informes en los que habla de que es una red social que debería ser utilizada con cierta precaución por parte de los adolescentes y ya no te digo de los niños. 

Muchas veces los modelos que se transmiten ahí conducen al establecimiento de estándares difícilmente alcanzables para niños, lo que conlleva mucha frustración, malestar y soledad. Las redes sociales yo no sé si nos acercan, a mí me da la sensación de que nos alejan incluso cuando estamos con otra gente, a veces nos separan.

Comentaba antes que ahora está más implantado en la sociedad y en el debate político el tema de la salud mental. No obstante, siempre se habla de que no son suficientes los recursos que se destinan a ella. ¿Comparte esta visión?

Sí, sin duda esto es así. Tristemente la inversión en salud mental en España es significativamente inferior a la que nos encontramos en Europa. Dos puntos por debajo de la media europea. Vamos a la zaga. Hasta ahora, hasta cierto punto, hemos sido capaces de sobrellevar parte de este malestar en base a algunas cosas buenas que tenemos en nuestro país, como por ejemplo las estructuras familiares. Somos un país muy acogedor, muy social y muy sociable. 

Hay una serie de factores culturales que han contribuido a amortiguar los daños, pero la pandemia ha venido para sacar a la luz las carencias que hay en un sistema raquítico en cuanto a la dotación de profesionales. Y es que en salud mental no necesitamos aparatos, no necesitamos máquinas, no necesitamos grandes herramientas diagnósticas. El capital es capital humano, y eso es lo que hace falta. Psiquiatras, psicólogos, enfermeros especializados… La dotación es fundamentalmente humana y en eso los números cantan, y no llega el tratamiento adecuado a nuestros pacientes porque estamos desabastecidos."             (Rubén Alonso, eldiario.es, 05/12/21)

4/11/21

La pandemia hace crecer el pensamiento conspirativo entre los españoles. Una cuarta parte de los ciudadanos cree que hay “organizaciones secretas” interviniendo en las decisiones políticas

 "La incertidumbre y la ansiedad provocan que las personas busquen explicaciones simples, también simplistas, ante fenómenos complejos, como las crisis económicas. O la pandemia de covid, que ha trastocado la vida de medio mundo. 

Este fenómeno ha provocado que una proporción importante de la ciudadanía española abrace algunas ideas conspirativas, según se observa en el último estudio de percepción social de aspectos científicos de la covid-19. Josep Lobera, director científico de la encuesta, lo explicó así durante la presentación del trabajo: “Ahora somos más conspiranoicos en general porque lo necesitamos. Porque cuando pierdes el control sobre tu vida, tienes necesidad de respuestas alternativas”.

 En el estudio se observa que existe un “porcentaje significativo” de personas que confían en algunas teorías de la conspiración. Por ejemplo, uno de cada cuatro españoles (25%) cree “firmemente” que existen “organizaciones secretas que influyen mucho en las decisiones políticas”, frente al 17% que cree firmemente en lo contrario. Además, y a pesar de los esfuerzos de divulgación, casi un tercio de la población española (31%) está totalmente convencida de que las mascarillas son malas para su salud (solo el 16% está en total desacuerdo). 

Llevado al terreno de la vacunación, hay un 14% de los españoles que están absolutamente seguros de que las farmacéuticas ocultan los peligros de las vacunas y un 11% están convencidos de que se engaña sobre su eficacia.

 Esta mentalidad, explica el estudio, está ligada sobre todo a la existencia de creencias conspirativas previas acerca de las vacunas, pero también a la desconfianza en las instituciones políticas, y al hecho de haber experimentado dificultades por culpa de las medidas de contención de la pandemia. Lobera atribuye este fenómeno al pensamiento motivado, el mecanismo psicológico que nos lleva a buscar información que nos ayude a justificar nuestras ideas.

“En lugar de sopesar la información de una manera abierta, atendemos, criticamos y recordamos información de manera selectiva, de un modo que refuerza nuestras conclusiones previas”, explica el informe. Y esto está claramente influido por la vivencia personal durante la pandemia. “Grupos más afectados por las medidas contra el coronavirus, que ven peligrar en mayor medida su forma de vida o valores, tenderán a activar en mayor medida mecanismos de razonamiento motivado”, se lee en el documento. O como resumió Lobera: “La vida que tenemos condiciona lo que creemos”. En ese sentido, el contexto informativo ha sido decisivo también, ya que 6 de cada 10 españoles ha recibido mensajes, por medios de comunicación o redes, que los animaban a no vacunarse.

 El estudio presentado hoy es la tercera oleada de esta encuesta, que se inició el verano pasado con la intención de conocer cómo la ciudadanía española estaba percibiendo la ciencia asociada a la pandemia, lo que permitiría actuar en consecuencia. Desde las primeras entrevistas se empezó a percibir un recelo muy generalizado hacia las vacunas que se desarrollaban en los laboratorios en esos momentos. Así, en verano llegó a contabilizarse hasta un tercio de los españoles que se negarían en rotundo a vacunarse contra la covid y otro tercio con importantes dudas. Ahora, en esta última oleada, el 83% o se ha vacunado ya o lo hará en cuanto pueda y no llegan al 4% los “reticentes radicales”. Los datos de esta oleada se recogieron durante las tres primeras semanas de mayo.

En España se confía en las vacunas

El vuelco desde el recelo a la masiva aceptación se ha debido a tres hitos fundamentales, según este estudio: la aprobación de las vacunas por las autoridades sanitarias y médicas, el inicio de una campaña de vacunación, “con la difusión de imágenes de personas de todas las edades y personal sanitario recibiendo la vacuna”, y la aparición de nuevas amenazas, en forma de variantes más contagiosas y nuevas olas, que obligan a mantenerse alerta. En la actualidad, entre quienes rechazan vacunarse hay un alto porcentaje, cerca de un tercio, que lo que no quieren es ponerse una vacuna específica. En ese sentido, la directora del Instituto de Salud Carlos III, Raquel Yotti, reconoció en la presentación que han aprendido que debe cambiarse la forma de comunicar los riesgos, en alusión a la crisis por los efectos derivados de la vacuna de AstraZeneca. “Comunicar los riesgos debe ser algo más complejo que simplemente decir que las vacunas son seguras”.

Pero hay un factor español que ha ayudado especialmente, como explica Lobera, profesor de sociología de la Universidad Autónoma de Madrid: “En otros países, el vuelco no ha sido tan fuerte. Ha jugado a favor esa base que tenemos de confianza en el sistema público de salud”. “Vivimos de esa renta acumulada de confianza previa en las vacunas infantiles, pero también influyó ver que la vacunación funciona bien en otros países, que se reducen drásticamente los brotes y muertes en las residencias de mayores”, añade el investigador. No obstante, Lobera advierte de que esta volatilidad de la confianza debe funcionar como una “señal de alerta” de que no conviene relajarse y “no cantar victoria antes de tiempo”, por si las variantes influyen en la vacunación o hay que renovar la vacunación con nuevas dosis.

Esa percepción del riesgo también es importante respecto al comportamiento de prevención frente a la covid, como el uso de mascarillas o el distanciamiento de otras personas. Esta disposición ha sufrido “cierto relajamiento” entre enero y mayo, reconoce Lobera. Junto a la percepción del riesgo, los factores que más se asocian a este cumplimiento son los costes asociados a esas medidas, la mentalidad conspirativa, la confianza institucional y el comportamiento del entorno social inmediato, que es el más importante. “Lo que hacen en el entorno social de una persona es decisivo. Somos seres sociales y en una reunión familiar, por ejemplo, no queremos ser el elemento discordante”, explica Lobera."             (Javier Salas, El País, 28/06/21)

7/10/21

La vacuna se convirtió en “el único tema del mundo”. Los paparazzi aparecieron por el campus... el periódico alemán Handelsblatt publicó, sin ninguna prueba, que la vacuna de Oxford tenía una eficacia de solo el 8% en las personas mayores. Era mentira, pero hasta el presidente francés, Emmanuel Macron, repitió el bulo. “Este tipo de desinformación [...] cuesta vidas. Gente que se podría haber vacunado no se vacunó"

 "Un veraniego fin de semana de hace un año, una de las madres de la vacuna de Oxford, la científica británica Catherine Green, se fue de camping con su hija de nueve años. 

Allí, en las montañas del noroeste de Gales, se puso a hablar con una mujer que paseaba a un perro. La excursionista desconocida empezó por quejarse de la red de telefonía móvil 5G y acabó dando su opinión sobre la vacunación contra la covid: 

“Yo no digo que esté demostrado que hay una conspiración, pero me preocupa que no sepamos qué le echan a las vacunas: mercurio y otros compuestos tóxicos. No me fío de ellos. No nos cuentan la verdad”. Green, descalza y vestida de dominguera, era literalmente la jefa de la fabricación de la vacuna de Oxford. “Yo soy ellos”, respondió.

La investigadora y su colega Sarah Gilbert han publicado un libro, Vaxxers (algo así como “Creadores de vacunas”, de la editorial Hodder & Stoughton), en el que narran su frenética carrera para obtener una vacuna y desmontan la imagen maléfica creada por la calenturienta imaginación de los amantes de las conspiraciones. Green cuenta que estaba recién divorciada, y con su hija a su cargo, cuando llegó la pandemia. 

Aquel día de camping, le detalló a su interlocutora los ingredientes reales de la vacuna. “Yo no soy eso que les inquieta: una élite global, en busca de poder y control. No tengo el número de teléfono de Bill Gates. No sé cómo poner un nanorrobot rastreador en una vacuna. Solo soy Cath, la hija de un trabajador portuario, haciendo lo mejor que puedo con mis conocimientos y mis compañeros, y echando de menos abrazar a mis padres, como cualquier otra persona”, expone la investigadora en el libro.

 Catherine Green es la jefa de la fábrica de medicamentos experimentales de la Universidad de Oxford. Y Sarah Gilbert es una de las principales vacunólogas de la institución. “No somos la industria farmacéutica ni somos un ellos. Somos dos personas normales que, junto a un equipo de otras personas muy trabajadoras, hicieron algo extraordinario”, reflexiona Gilbert. “No tenemos sirvientes ni chófer ni niñera y, como los demás, tenemos otros asuntos en nuestras vidas”, recalca.

 Gilbert y la inmunóloga Teresa Lambe diseñaron la vacuna en cuanto se publicó el genoma del nuevo coronavirus, el 10 de enero de 2020, cuando la mayoría de la humanidad ni siquiera había oído hablar de esta amenaza. Gilbert recuerda aquel 1 de enero, cuando, en su casa, leyó que había cuatro casos de una neumonía desconocida en la ciudad china de Wuhan. Tomó nota mentalmente y se fue a la cocina a hacer un puzle con su marido y sus tres hijos. A medida que pasaban los días, Gilbert decidió diseñar cuanto antes una vacuna “por si acaso”.

 La vacuna de Oxford, en realidad, ya estaba medio hecha. El equipo de Sarah Gilbert llevaba desde 2012 utilizando adenovirus del resfriado del chimpancé como vehículo para introducir en el cuerpo humano material genético de otros virus y generar defensas. Los investigadores ya habían elaborado vacunas experimentales contra la gripe y contra otro coronavirus, el del síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS). Estaban preparados para la llegada de una enfermedad X. Solo había que añadir a la fórmula la información genética del nuevo virus, que llegó a su buzón de correo electrónico el 11 de enero, un sábado por la mañana. Todavía en pijama, Teresa Lambe se puso a trabajar en su casa. En 48 horas, Gilbert y Lambe habían escogido el fragmento de la secuencia del virus idóneo para ser el ingrediente principal de una vacuna. El 22 de enero, Gilbert reclutó a Green para fabricar el medicamento y ensayarlo en humanos.

Las investigadoras relatan su lucha para lograr financiación. “Somos las únicas que podemos hacer esto, así que tendremos que hacerlo y arreglar después el tema del dinero”, afirmó Gilbert en una reunión. Sobre la mesa de su despacho hay una taza con el lema: “Keep calm and make vaccines” (mantén la calma y haz vacunas). El equipo decidió meterse en gastos que no podían asumir, confiando en que llegaría dinero en algún momento. “Pediríamos perdón, no permiso”, resume Gilbert en el libro. A medida que la humanidad se percataba de la que se venía encima, fue llegando la financiación. La Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias —la CEPI, fundada por los gobiernos de Noruega e India, la Fundación Bill & Melinda Gates, el Wellcome Trust y el Foro Económico Mundial— puso los primeros 300.000 euros. En marzo, la Agencia de Investigación e Innovación de Reino Unido puso otros 2,35 millones de euros. El 21 de abril, el Gobierno británico añadió 23,5 millones de euros. Y EE UU acabó poniendo más de 1.000 millones de euros para acelerar los ensayos.

Catherine Green recuerda que, normalmente, se necesitan varios meses para conseguir los suficientes voluntarios para ensayar una vacuna experimental. En el caso de la covid, miles de personas dieron un paso al frente en apenas unas horas, pese a que implicaba comprometerse a hacerse incómodos análisis todas las semanas durante meses. “Esto refuerza mi convicción de que las personas son, en general, buenas, generosas y altruistas. Siempre vale la pena recordar que la vacuna no habría sido posible sin ellos”, escribe Green.

 Vaxxers describe una odisea científica. Sarah Gilbert asegura que, al haber sido madre de trillizos 20 años antes, estaba acostumbrada a los grandes desafíos. “De repente me convertí en el principal sostén de una familia de cinco personas, durmiendo un par de horas cada noche. Aquello sí era presión”, relata. Para lo que no estaban preparadas era para los bulos que empezaron a brotar por todas partes. El 23 de abril, la microbióloga Elisa Granato, de la Universidad de Oxford, se presentó voluntaria para ser una de las primeras personas en recibir la vacuna. Inmediatamente, por las redes sociales circuló la mentira de que había muerto. “¿Quién utiliza su tiempo para inventarse algo así?”, exclama Green.

Al calor de los bulos surgieron movimientos antivacunas, que incluso llegaron a manifestarse frente a los laboratorios de Gilbert y Green. “No entiendo a los antivacunas. ¿Por qué alguien se opone ideológicamente a una medida de salud pública que es segura, rentable, salva millones de vidas y evita que la gente tenga que vivir con una discapacidad provocada por enfermedades como la polio, la viruela y la covid?”, se pregunta Gilbert.

Las científicas también se toparon con una resistencia inesperada: algunas religiones. La vacuna de Oxford contiene 50.000 millones de partículas virales en una dosis de medio mililitro, con cantidades ínfimas de otros compuestos inocuos que sirven para estabilizar el producto, como la sal común y la sacarosa. También hay 0,002 miligramos de etanol en cada dosis. La Asociación Británica de Medicina Islámica dictaminó que no era suficiente alcohol como para estar prohibida para los musulmanes.

 En el proceso de fabricación de la vacuna, la Universidad de Oxford y su socio industrial AstraZeneca emplean células HEK-293, derivadas de otras obtenidas originalmente del riñón de un feto abortado por motivos terapéuticos en 1972. Son células que se multiplican sin límite y se utilizan desde hace décadas para producir vacunas, por ejemplo contra la varicela y la rubeola. Todas estas células proceden de aquel único feto donado tras un aborto legal. El Vaticano ha mostrado su rechazo a la técnica, pero el 21 de diciembre decretó que era moralmente aceptable vacunarse, celebra Gilbert.

Vaxxers también relata el choque de las científicas con la prensa internacional, en un momento en el que, como dice Green, la vacuna se convirtió en “el único tema del mundo”. Los paparazzi aparecieron por el campus. Si las investigadoras comentaban sus resultados, eran acusadas de falta de rigor por no comunicarlos a través de los canales científicos habituales. Si guardaban silencio, eran señaladas por su falta de transparencia. A finales de enero de 2021, el periódico alemán Handelsblatt publicó, sin ninguna prueba, que la vacuna de Oxford tenía una eficacia de solo el 8% en las personas mayores. Era mentira, pero hasta el presidente francés, Emmanuel Macron, repitió el bulo. “Este tipo de desinformación [...] cuesta vidas. Gente que se podría haber vacunado no se vacunó. Y algunos de ellos morirían”, lamenta Green. La realidad es que la vacuna de Oxford tiene una eficacia de más del 90% frente a la covid grave."                   (Manuel Ansede, El País, 08/08/21)

21/7/21

Hay una alegría que nos falta... “El contagio emocional se da cuando literalmente los demás nos propagan sus emociones”... cuando las medidas de confinamiento y distanciamiento social se volvieron la norma, este tipo de momentos fueron disminuyendo cada vez más... muchos de nosotros nos sentimos inmersos en una nube negra

 "A finales de junio, más de 15.000 personas vacunadas se congregaron para la reapertura del Madison Square Garden en Nueva York con el concierto de los Foo Fighters. Cuando la banda llevó como telonero al comediante Dave Chappelle para cantar una versión de “Creep” de Radiohead el público estalló en lo más parecido a una catarsis que he visto en un año y medio.

 A nadie le importó que Chappelle cantara desafinado. Todos eran partícipes de una experiencia que hace apenas unos meses resultaba inimaginable. Algún día les contarán a sus nietos sobre esa noche, cuando la ciudad de Nueva York volvió a la vida y su banda favorita interpretó la canción de otra banda y ellos trataron de seguirle el ritmo a un cómico legendario que hacía de vocalista.

Para la mayoría de la gente, las emociones existen principal y exclusivamente en su cabeza. La felicidad se considera un estado mental; la melancolía es una posible señal de advertencia de una enfermedad mental. Pero la verdad es que las emociones son inherentemente sociales: están entretejidas en nuestras interacciones.

 Las investigaciones han descubierto que la gente se ríe cinco veces más cuando está con otras personas que sola. Hasta el intercambio de bromas con un desconocido en un tren basta para desatar alegría. Eso no quiere decir que no se pueda encontrar placer al ver una serie en Netflix. El problema es que ver un episodio tras otro es un pasatiempo individual. La felicidad máxima reside sobre todo en la actividad colectiva.

Encontramos los mayores momentos de gozo en la efervescencia colectiva. Es un concepto que acuñó a principios del siglo XX el sociólogo iconoclasta Émile Durkheim para describir el sentimiento de energía y armonía que la gente siente al congregarse en torno a un propósito compartido. La efervescencia colectiva es sentirnos en sintonía cuando bailamos junto con desconocidos en una pista de baile, cuando los colegas de trabajo llevan a cabo una lluvia de ideas, cuando los primos están en un servicio religioso o cuando los compañeros de equipo están en el campo de juego. Y durante esta pandemia, este sentimiento ha brillado por su ausencia en nuestra vida.

 La efervescencia colectiva ocurre cuando la joie de vivre se propaga en un grupo. Antes de la COVID-19, las investigaciones demostraban que más de tres cuartas partes de la gente experimentaban efervescencia colectiva al menos una vez a la semana y casi una tercera parte, al menos una vez al día. La percibían al cantar a coro o competir en carreras y en momentos de conexión más relajados en cafeterías y clases de yoga.

Sin embargo, cuando las medidas de confinamiento y distanciamiento social se volvieron la norma, este tipo de momentos fueron disminuyendo cada vez más. Comencé a ver especiales de comedia, con la esperanza de obtener un poco de efervescencia colectiva mientras me reía junto con la audiencia. Estuvo bien, pero no fue lo mismo.

En cambio, muchos de nosotros nos sentimos inmersos en una nube negra.

Las emociones son como enfermedades contagiosas: pueden transmitirse de una persona a otra. “El contagio emocional se da cuando literalmente los demás nos propagan sus emociones”, explicó mi colega Sigal Barsade, profesora de Gestión en Wharton e investigadora principal en esta materia. “En casi todos nuestros estudios, hemos descubierto que la gente no se da cuenta de que sucede”.        

(. Es psicólogo organizacional en Wharton, The New York Times en español, 17/07/21)

6/4/21

Con su persistente visión dogmática, e intolerante, la Iglesia católica corre el riesgo de quedarse convertida en una triste caricatura... cuando el mensaje místico de la covid es el de una nueva conciencia global, que formamos parte de un todo, que estamos íntimamente interrelacionados, que dependemos unos de otros y del medio. los pilares para una nueva espiritualidad, para un nuevo paradigma en Occidente

 "Se hable de lo que se hable, hoy solo es posible hacerlo desde el horizonte de la covid, que nos ha traído, sustancialmente, dos mensajes: uno de carácter ético y otro místico.

El mensaje ético de la covid nos dice más o menos esto: no podéis seguir viviendo como hasta ahora, produciendo y consumiendo sin freno, viajando como locos, queriendo vivirlo todo… La vuestra es una carrera sin meta: hacéis sufrir al planeta, se lo ponéis muy difícil a las generaciones venideras, aumenta la tasa de depresiones y suicidios… Nos guste o no, este virus nos ha obligado a quedarnos en casa, a estar más en familia, a ralentizar el ritmo... No podéis vivir permanentemente hacia afuera, nos advierte. Recogeos y mirad a vuestro interior.

El mensaje místico de la covid, por otra parte, es el de una nueva conciencia global. Ahora todos sabemos con absoluta claridad que formamos parte de un todo, que estamos íntimamente interrelacionados, que dependemos unos de otros y del medio. Es evidente que todo esto ya lo sabíamos antes, pero la covid ha profundizado y acelerado esta consciencia. Por esta razón, creo que puede afirmarse que nunca como hoy nos habíamos sentido tan unidos: unidos por una amenaza, por supuesto; pero unidos también en una imprescindible solidaridad.

 Estos dos mensajes de la covid, el ético y el místico, son los pilares para una nueva espiritualidad, para un nuevo paradigma en Occidente. Los occidentales necesitamos trabajar en la unificación personal y en la social y, desde ellas, en la custodia de la naturaleza. Algo así —es evidente— solo es posible echando un freno a nuestro estilo de vida, tan frenético. De modo que la covid no solo nos trae la mala noticia de la amenaza y la incertidumbre, de la muerte y la enfermedad, sino también algo positivo: el posible nacimiento de una nueva humanidad.

Este nacimiento de un orden nuevo no se va a producir, ciertamente, sin poner en cuestión los referentes del orden anterior. Porque el paradigma espiritual que ha regido en Occidente durante estos últimos siglos está acabado, esos son los hechos. No me refiero solo a la incuestionable decadencia del cristianismo en Europa, sino también al declive del arte contemporáneo y del llamado pensamiento posmoderno. En efecto, nadie puede hoy discutir que tanto el arte como la filosofía han tomado en la actualidad, al menos en buena medida, una vía autodestructiva: casi todos los artistas en activo han abandonado la belleza y se han reducido a la expresividad; los pensadores, por su parte, han desatendido en su mayoría la pretensión de verdad y se han conformado con el método, el lenguaje y la hermenéutica. Únicamente la fe cristiana ha continuado hablando en estos tiempos del sentido y del bien. Pero no lo ha hecho desde un lugar adecuado, es preciso reconocerlo. Los cristianos de hoy no nos hemos sabido situar en el presente.

Con su persistente visión dogmática, tan excluyente como intolerante, la Iglesia católica corre en mi opinión el riesgo de quedarse convertida en una triste caricatura no solo de lo que fue, sino de lo que podría ser. No soy, desde luego, el único que cree que la Iglesia no está respondiendo como debería a esta nueva situación global. No digo —es obvio— que no se estén haciendo muchísimas cosas meritorias y hermosas, por supuesto; tampoco digo que el papa Francisco no sea un hombre extraordinario, una auténtica bendición; ni que no haya por parte de casi todos una evidente buena voluntad… Digo solo, y lo digo desde dentro, como hombre de Iglesia que soy, que todo eso, aunque nos pese, no basta. Los cristianos —este es el punto— seguimos sin estar en esta época a la altura de las circunstancias. El peso del pasado y la fuerza del miedo son tan poderosos que la fe corre el serio riesgo de convertirse —si es que no se ha convertido ya— en una cosmovisión trasnochada y en una práctica residual, abrazada solo por individuos y grupos más o menos extravagantes y marginales. Así será sin ningún género de dudas si no se toman pronto y decididamente algunas medidas.

Sé positivamente que son muchos los que buscan una recuperación de lo religioso desde claves que, por mucho que les pese, no responden a nuestro lenguaje y sensibilidad. Su nostalgia tiene un fundamento, puesto que lo que —como Iglesia— estamos dejando atrás fue hermoso, lo es todavía. Pero también anacrónico. La cuestión es que la espiritualidad ha sido en Occidente, hasta hoy, patrimonio prácticamente exclusivo del cristianismo. Pues bien, esa exclusividad se ha terminado, esto es lo que hay que entender. Se ha terminado en Europa —y probablemente en el mundo entero— la hegemonía de los cristianos; y este final es una buena noticia. Esta es mi declaración: los cristianos no somos los mejores, ni mucho menos los únicos. Pero podemos caminar con otros. Podemos colaborar significativamente en la configuración de un mundo mejor, más espiritual, más acorde con lo que en la jerga cristiana se llama voluntad de Dios.

No pretendo hacer aquí un detallado análisis socioteológico de la situación actual, sino tan solo hacer notar que el único cristianismo con futuro es aquel que no sea dogmático, ni intolerante, ni excluyente, ni hegemónico. Como cristiano (y estoy seguro de que hay legión que lo piensa como yo) no presumo de tener la verdad, sino de buscarla junto a todo el que quiera hacer esta aventura a mi lado y en la máxima humildad. Como cristiano quiero colaborar, con tanta modestia como valentía, a reformular la fe, a recrearla desde el nuevo paradigma de la consciencia. Se trata de un desafío enorme y huelga decir que no sabemos adónde nos conducirá. Es previsible que nos acechen dificultades de toda índole. Hoy no hacen falta nuevos movimientos eclesiales —ya hay muchos—, sino personas y grupos, redes, que quieran formar parte de la nueva corriente espiritual que se está fraguando en la humanidad.

Escribo esta página para decir que los cristianos estamos dispuestos a cambiar, que queremos sumarnos a la búsqueda espiritual de nuestro tiempo, que sentimos esa llamada. No somos probablemente la mayoría de quienes conformamos las filas de la Iglesia; pero no somos pocos, y el tiempo y la gracia —estoy seguro— nos darán la mayoría. Esta actitud de humilde colaboración con otros buscadores no cristianos, con otras religiones, con otros planteamientos, no la asumimos para no perder cuotas de poder —una batalla perdida y antievangélica—, sino por fidelidad al legado universal de Cristo, por escucha amorosa a nuestros semejantes y por imperativo de nuestra conciencia. La asumimos porque de hecho nos sentimos unidos a todos con independencia de su confesión o de su agnosticismo. De modo que no se trata de una moda pasajera o de una aspiración indefinida, sino de un sentir profundo, de una necesidad estructural, de una propuesta fundamentada y articulada, aunque todavía incipiente.

Por mi parte, estoy convencido de que para lograr este gran cambio planetario lo principal es el silencio, la contemplación. La meditación —lo que los cristianos llamamos la oración contemplativa— es la profecía aquí y ahora, la verdadera fuente de esta nueva espiritualidad, emergente y universal. La hora del cambio espiritual ha sonado, y la Iglesia católica no debe ser una fuerza de oposición, sino más bien de colaboración en la construcción de un mundo mejor."                           (Pablo d’Ors es sacerdote y escritor, El País, 02/04/21)

17/2/21

La relación entre pandemia y deterioro de la salud mental es algo que a estas alturas se da por hecho. No hay ningún psicofármaco que pueda por sí mismo restituir el equilibrio perdido. Las condiciones de vida inciden de manera directa en todas y cada una de las problemáticas asociadas a la salud mental. ¿Cómo te puede ayudar un psiquiatra o un psicólogo cuando lo que necesitas es una mínima estabilidad económica y habitacional? No hay terapia que pueda dar por si misma sosiego en una realidad donde fallan los cimientos

 "La relación entre pandemia y deterioro de la salud mental es algo que a estas alturas se da por hecho.Se alude a ella continuamente en los medios de comunicación, que tratan de esbozar la amenaza que se cierne sobre la sociedad apoyándose en declaraciones de profesionales y datos sobre el incremento del consumo de psicofármacos. 

En otro plano, alguien como Bernie Sanders ha hecho referencia a los estragos causados por el aislamiento y la ansiedad en el primer párrafo de su artículo de opinión sobre las medidas que debe tomar la Administración de Joe Biden en los primeros compases de la nueva legislatura.

 La idea de que el sufrimiento psíquico de la gente es un problema de primer orden ha conseguido desbordar los márgenes de lo clínico y de la experiencia individual, lo que ofrece la oportunidad de pensar la salud mental sin los reduccionismos a los que estamos acostumbrados. 

Que se acepte la conexión directa entre el contexto y los denominados “trastornos mentales” puede parecer algo evidente a primera vista, pero lo cierto es que no ha sido ni es la tendencia dominante en psiquiatría. La interpretación hegemónica es biologicista, lo que quiere decir que los problemas de salud mental son considerados básicamente como desajustes bioquímicos. 

Así pues, la “enfermedad mental” se presenta como una patología análoga al resto de afecciones tratadas por la medicina, una disfuncionalidad cuyo abordaje es esencialmente farmacológico. Este es el motivo por el que a la mayoría de las personas que hemos sido atendidas en consultas psiquiátricas nunca nos han preguntado por lo que estaba ocurriendo en nuestras vidas, pero sí hemos escuchado reiteradamente que debemos tomarnos los psicofármacos recetados de la misma manera que un diabético tiene que ponerse la insulina.

 Un argumento que responde más a un anhelo que a los hechos, y que ha sido refutado hasta la saciedad por pacientes, profesionales e investigadores ajenos a esta forma de simplificar la complejidad de los fenómenos mentales, pero que, aun así, sigue vigente porque concuerda con un modo de concebir la realidad que cuenta con entusiastas y poderosos defensores.

 La apología extrema de la individualización que celebra la ideología neoliberal no solo se queda en las dinámicas de consumo, la configuración del sistema productivo o el quehacer institucional, también atraviesa otros territorios menos evidentes, entre los que se encuentra el cómo se percibe y gestiona la salud mental. Hacer del sufrimiento psíquico un problema estrictamente individual responde a la lógica que gobierna el mundo. Un mundo que hoy se cae a pedazos.

 La crisis global que ha provocado el coronavirus está tensando buena parte de las contradicciones sobre las que se asienta la organización de la vida que conocemos. Son muchas las viejas verdades que ya no se podrán sostener sin caer en el ridículo. No, no hay ningún psicofármaco que pueda por sí mismo restituir el equilibrio perdido, no hay nada parecido a una insulina para los problemas de salud mental que nos asolan. Nunca lo hubo. 

Al igual que no existen pruebas médicas objetivas que sirvan para diagnosticar la “enfermedad mental”, solo entrevistas subjetivas, y tampoco demostración empírica alguna de que la depresión, la ansiedad o la psicosis sean causadas por desequilibrios bioquímicos (como suele decir Joanna Moncrieff, profesora de Psiquiatría en el University College de Londres, no se tiene la menor idea de cómo es un cerebro químicamente equilibrado).

Si todo esto fuera así, si los diagnósticos psiquiátricos tuvieran una base fundamentalmente biológica que pudiera subsanarse con medicación, no habría tanto de qué preocuparse en la actual situación: se podría prever el crecimiento de los casos en base a una prevalencia estimada y habría una solución farmacológica ya inventada desde hace décadas para ellos. 

Pero no, el problema de la salud mental estaba antes de la covid, las consultas psiquiátricas y el consumo de psicofármacos crecían desde hacía décadas sin que se produjera un verdadero cuestionamiento social acerca de los factores que propiciaban semejante escalada. La anterior crisis económica dio numerosas pistas al respecto, pero el modelo asistencial permaneció intacto. 

Las investigaciones sobre Procesos de desahucio y salud de la Escuela Andaluza de Salud Pública y Los riesgos de la crisis económica en la salud mental en España: evidencias en los centros de Primaria o el más reciente informe del Observatorio Desc sobre Emergencia habitacional, pobreza energética y salud en Barcelona son claras muestras de ello. La irrupción del virus nos acerca a toda velocidad a un horizonte que llevamos tiempo atisbando.

 Las condiciones de vida inciden de manera directa en todas y cada una de las problemáticas asociadas a la salud mental. En el caso de las experiencias psicóticas o el diagnóstico de esquizofrenia, por ejemplo, se ha estudiado su relación con las experiencias traumáticas, la pobreza o el desempleo. Lejos de querer defender la existencia una única causa, ni tampoco descartar la influencia de la biología (lo cual sería absurdo), creo honestamente que las vidas que vivimos son lo que mejor explica nuestro sufrimiento psíquico. 

Esta perspectiva, que nada tiene de novedosa, acarrea una serie de consecuencias lógicas y políticas que la han hecho sumamente impopular en determinados ámbitos. Para empezar, apela directamente a la responsabilidad social, es decir, si el contexto que habitamos empuja a una parte más que relevante de la ciudadanía a la atención psiquiátrica, parece urgente revisar el cómo estamos viviendo. 

También saca la salud mental del campo acotado de la psiquiatría y la psicología y hace de ella una preocupación compartida, ya que deja de ser una cuestión circunscrita únicamente a los individuos y sus dolencias. Plantea, entre otras muchas cuestiones, los límites de un modelo centrado en el fármaco, pues medicalizar la existencia no ofrece una salida real a los problemas de la gente.

 Porque, al fin y al cabo, de lo que estamos hablando es de que no pueden ofrecerse soluciones individuales a problemas que son colectivos si lo que se busca es la reducción significativa del sufrimiento. A la larga es insostenible. Toda alfombra tiene una cantidad limitada de mierda que puede esconder, y esta ya rebosaba.

 Desgraciadamente, este es un momento perfecto para evaluar cómo afronta esta sociedad el deterioro del bienestar mental de las personas. Padecer ansiedad, estar deprimido o incluso tener experiencias psíquicas inusuales como la disociación u oír voces en un contexto como el actual no significa tener una enfermedad, es una respuesta humana a una situación extrema de confusión, precariedad y aislamiento. 

Llegar ahora a esta conclusión no es complicado, nos basta con mirarnos a nosotros mismos y a nuestro alrededor: el juicio se bloquea con pensamientos recurrentes, la incertidumbre paraliza, algunas ideas desembocan en paranoias, cuesta dormir [inciso: mientras escribo estos párrafos he hablado por teléfono con mi madre, una estoica mujer castellana de 75 años que ha dicho: “Si esto sigue así nos vamos a volver todos locos”]. 

 Nuestro propio día a día nos hace bastante más intuitivo el pensar que los problemas de nuestra salud mental están localizados en la vida que creer que lo están el cerebro. ¿Por qué no reflexionar también sobre cómo ha podido afectar el estrés continuado o un conjunto de experiencias negativas a todas esas personas que ya tenían diagnosticados trastornos mentales antes de la pandemia? Sin duda se podrían extraer valiosas conclusiones prácticas de ello…

 Solo si vamos más allá del qué nos está pasando, de la mera constatación de que la gente está sufriendo con todo lo que sucede, podremos plantearnos qué hacer al respecto. La consigna generalizada parece ser invertir en salud mental… ¿pero en qué consiste esa inversión?, ¿más gasto farmacéutico, más personal sanitario, mayor capacidad diagnóstica, más camas en las unidades agudos? Que las plantillas de los dispositivos en salud mental están mermadas es un hecho de sobra conocido. 

Que la posibilidad de ver a un psicólogo en la sanidad pública suele ser escasa, también. Sin embargo, centrar las necesidades exclusivamente en ello parece presuponer que tenemos un modelo correcto falto de medios, algo que cualquier visita a un centro de salud mental o una planta de psiquiatría pone seriamente en cuestión. Hay que mirar a todo lo que falla antes, esa es la idea implícita en el verbo “prevenir”. Voy a poner un ejemplo concreto que quizás ayude a ilustrar lo que estoy tratando de trasmitir:

Un compañero ha sufrido dos ingresos prácticamente consecutivos durante el confinamiento, un total de ocho semanas. Uno de los detonantes, si no el principal, fue la vulnerabilidad económica, ya que sus ingresos se vieron suspendidos por la situación sanitaria y quedaba fuera de las medidas de protección social al formar parte de la llamada economía sumergida. 

Cuando le dieron el alta se le facilitó el número de teléfono del trabajador social que le correspondía por zona para que tramitara el Ingreso Mínimo Vital. Nunca nadie atendió a ese teléfono, consiguió presentar la documentación por su cuenta y casi medio año después no tiene ninguna noticia al respecto (una situación compartida por cientos de miles de ciudadanos, tal y como vienen señalando movimientos sociales y sindicatos desde hace meses).

 En determinada coyuntura, la ayuda profesional hace aguas. Claro está que una persona especializada puede contribuir con conocimientos y herramientas a la gestión de experiencias y sentimientos que desbordan a las personas,

 En determinada coyuntura, la ayuda profesional hace aguas. Claro está que una persona especializada puede contribuir con conocimientos y herramientas a la gestión de experiencias y sentimientos que desbordan a las personas, pero ¿cómo te puede ayudar un psiquiatra o un psicólogo cuando lo que necesitas es una mínima estabilidad económica y habitacional? 

Yendo más allá de estrictas necesidades materiales: ¿cómo nadie te va a enseñar a lidiar con el aislamiento cuando el futuro inmediato se caracteriza por el distanciamiento social? o ¿cómo aprender a gestionar la ansiedad provocada por la inseguridad si los vaticinios fallan día tras día desde hace diez meses? Por eso, por tentador que parezca en un primer momento, pedir psicoterapeutas para todos y todas lleva a otro callejón sin salida. No hay terapia que pueda dar por si misma sosiego en una realidad donde fallan los cimientos.

 De silenciar históricamente la salud mental se ha pasado a alarmar sobre la necesidad de tenerla en cuenta (la próxima ola de estos tiempos pandémicos), hay quienes han ido más allá y han exigido recursos. De acuerdo, ahora hace falta definirlos, plasmar su traducción práctica para hacer frente a los efectos que está teniendo en la población el miedo, la pérdida, la ausencia de control sobre las propias vidas y la precarización acelerada, cuando no directamente la pobreza.

 Una perspectiva que tiene que implicar a quienes han experimentado y experimentan el sufrimiento psíquico, a quienes tienen un conocimiento directo de lo que funciona y de lo que no cuando se necesita ayuda. Y que a su vez exige romper con todos los discursos que se quedan y agotan en los síntomas y obvian la vinculación con una vida que a todas luces está funcionando mal. 

Porque invertir en salud mental supone muchísimo más que “reforzar los dispositivos de salud mental de manera que puedan hacer frente a las necesidades no atendidas y afrontar el [aumento] previsible de la demanda” (Editorial del 11 de enero de El País); es hacer políticas que combatan la desigualdad y ofrezcan un sostén efectivo a todas las personas en situación de vulnerabilidad. Y a partir de ahí, avanzar.

Ya no tiene sentido seguir pensando en la locura como algo situado al margen, algo ajeno. Está demasiado presente en nuestra cotidianidad para seguir desviando la mirada. Las consecuencias psicológicas de la pandemia evidencian que el sufrimiento psíquico es un problema que debe ser afrontado colectivamente.

 Su politización conlleva exigir con carácter de urgencia los mecanismos necesarios para minimizar su magnitud e impacto, pero desde luego no se queda solo ahí. Significa trabajar por agrietar los tabúes, reconocernos vulnerables a las acometidas de la vida y trazar un camino común a partir de ese reconocimiento. Asumir, en definitiva, que la construcción de una sociedad más libre y justa es por principio un problema de salud mental."              (Fernando Balius, CTXT, 09/02/21)