"La relación entre pandemia y deterioro de la salud mental es algo que a estas alturas se da por hecho.Se alude a ella continuamente en los medios de comunicación, que
tratan de esbozar la amenaza que se cierne sobre la sociedad apoyándose
en declaraciones de profesionales y datos sobre el incremento del
consumo de psicofármacos.
En otro plano, alguien como Bernie Sanders ha
hecho referencia a los estragos causados por el aislamiento y la
ansiedad en el primer párrafo de su artículo de opinión
sobre las medidas que debe tomar la Administración de Joe Biden en los
primeros compases de la nueva legislatura.
La idea de que el sufrimiento
psíquico de la gente es un problema de primer orden ha conseguido
desbordar los márgenes de lo clínico y de la experiencia individual, lo
que ofrece la oportunidad de pensar la salud mental sin los
reduccionismos a los que estamos acostumbrados.
Que se acepte la conexión directa entre el contexto y los
denominados “trastornos mentales” puede parecer algo evidente a primera
vista, pero lo cierto es que no ha sido ni es la tendencia dominante en
psiquiatría. La interpretación hegemónica es biologicista, lo que quiere
decir que los problemas de salud mental son considerados básicamente
como desajustes bioquímicos.
Así pues, la “enfermedad mental” se
presenta como una patología análoga al resto de afecciones tratadas por
la medicina, una disfuncionalidad cuyo abordaje es esencialmente
farmacológico. Este es el motivo por el que a la mayoría de las personas
que hemos sido atendidas en consultas psiquiátricas nunca nos han
preguntado por lo que estaba ocurriendo en nuestras vidas, pero sí hemos
escuchado reiteradamente que debemos tomarnos los psicofármacos
recetados de la misma manera que un diabético tiene que ponerse la
insulina.
Un argumento que responde más a un anhelo que a los hechos, y que ha
sido refutado hasta la saciedad por pacientes, profesionales e
investigadores ajenos a esta forma de simplificar la complejidad de los
fenómenos mentales, pero que, aun así, sigue vigente porque concuerda
con un modo de concebir la realidad que cuenta con entusiastas y
poderosos defensores.
La apología extrema de la individualización que
celebra la ideología neoliberal no solo se queda en las dinámicas de
consumo, la configuración del sistema productivo o el quehacer
institucional, también atraviesa otros territorios menos evidentes,
entre los que se encuentra el cómo se percibe y gestiona la salud
mental. Hacer del sufrimiento psíquico un problema estrictamente
individual responde a la lógica que gobierna el mundo. Un mundo que hoy
se cae a pedazos.
La crisis global que ha provocado el coronavirus está tensando buena
parte de las contradicciones sobre las que se asienta la organización de
la vida que conocemos. Son muchas las viejas verdades que ya no se
podrán sostener sin caer en el ridículo. No, no hay ningún psicofármaco
que pueda por sí mismo restituir el equilibrio perdido, no hay nada
parecido a una insulina para los problemas de salud mental que nos
asolan. Nunca lo hubo.
Al igual que no existen pruebas médicas objetivas
que sirvan para diagnosticar la “enfermedad mental”, solo entrevistas
subjetivas, y tampoco demostración empírica alguna de que la depresión,
la ansiedad o la psicosis sean causadas por desequilibrios bioquímicos
(como suele decir Joanna Moncrieff, profesora de Psiquiatría en el
University College de Londres, no se tiene la menor idea de cómo es un
cerebro químicamente equilibrado).
Si todo esto fuera así, si los diagnósticos psiquiátricos tuvieran
una base fundamentalmente biológica que pudiera subsanarse con
medicación, no habría tanto de qué preocuparse en la actual situación:
se podría prever el crecimiento de los casos en base a una prevalencia
estimada y habría una solución farmacológica ya inventada desde hace
décadas para ellos.
Pero no, el problema de la salud mental estaba antes
de la covid, las consultas psiquiátricas y el consumo de psicofármacos
crecían desde hacía décadas sin que se produjera un verdadero
cuestionamiento social acerca de los factores que propiciaban semejante
escalada. La anterior crisis económica dio numerosas pistas al respecto,
pero el modelo asistencial permaneció intacto.
Las investigaciones
sobre Procesos de desahucio y salud
de la Escuela Andaluza de Salud Pública y Los riesgos de la crisis
económica en la salud mental en España: evidencias en los centros de
Primaria o el más reciente informe del Observatorio Desc sobre Emergencia habitacional, pobreza energética y salud en Barcelona son claras muestras de ello. La irrupción del virus nos acerca a toda velocidad a un horizonte que llevamos tiempo atisbando.
Las condiciones de vida inciden de manera directa en todas y cada una de
las problemáticas asociadas a la salud mental. En el caso de las
experiencias psicóticas o el diagnóstico de esquizofrenia, por ejemplo,
se ha estudiado su relación con las experiencias traumáticas, la pobreza o el desempleo.
Lejos de querer defender la existencia una única causa, ni tampoco
descartar la influencia de la biología (lo cual sería absurdo), creo
honestamente que las vidas que vivimos son lo que mejor explica nuestro
sufrimiento psíquico.
Esta perspectiva, que nada tiene de novedosa,
acarrea una serie de consecuencias lógicas y políticas que la han hecho
sumamente impopular en determinados ámbitos. Para empezar, apela
directamente a la responsabilidad social, es decir, si el contexto que
habitamos empuja a una parte más que relevante de la ciudadanía a la
atención psiquiátrica, parece urgente revisar el cómo estamos viviendo.
También saca la salud mental del campo acotado de la psiquiatría y la
psicología y hace de ella una preocupación compartida, ya que deja de
ser una cuestión circunscrita únicamente a los individuos y sus
dolencias. Plantea, entre otras muchas cuestiones, los límites de un
modelo centrado en el fármaco, pues medicalizar la existencia no ofrece
una salida real a los problemas de la gente.
Porque, al fin y al cabo,
de lo que estamos hablando es de que no pueden ofrecerse soluciones
individuales a problemas que son colectivos si lo que se busca es la
reducción significativa del sufrimiento. A la larga es insostenible.
Toda alfombra tiene una cantidad limitada de mierda que puede esconder, y
esta ya rebosaba.
Desgraciadamente, este es un momento perfecto para evaluar cómo afronta
esta sociedad el deterioro del bienestar mental de las personas. Padecer
ansiedad, estar deprimido o incluso tener experiencias psíquicas
inusuales como la disociación u oír voces en un contexto como el actual
no significa tener una enfermedad, es una respuesta humana a una
situación extrema de confusión, precariedad y aislamiento.
Llegar ahora a
esta conclusión no es complicado, nos basta con mirarnos a nosotros
mismos y a nuestro alrededor: el juicio se bloquea con pensamientos
recurrentes, la incertidumbre paraliza, algunas ideas desembocan en
paranoias, cuesta dormir [inciso: mientras escribo estos párrafos he
hablado por teléfono con mi madre, una estoica mujer castellana de 75
años que ha dicho: “Si esto sigue así nos vamos a volver todos locos”].
Nuestro propio día a día nos hace bastante más intuitivo el pensar que
los problemas de nuestra salud mental están localizados en la vida que
creer que lo están el cerebro. ¿Por qué no reflexionar también sobre
cómo ha podido afectar el estrés continuado o un conjunto de
experiencias negativas a todas esas personas que ya tenían
diagnosticados trastornos mentales antes de la pandemia? Sin duda se
podrían extraer valiosas conclusiones prácticas de ello…
Solo si vamos más allá del qué nos está pasando, de la mera
constatación de que la gente está sufriendo con todo lo que sucede,
podremos plantearnos qué hacer al respecto. La consigna generalizada
parece ser invertir en salud mental… ¿pero en qué consiste esa
inversión?, ¿más gasto farmacéutico, más personal sanitario, mayor
capacidad diagnóstica, más camas en las unidades agudos? Que las
plantillas de los dispositivos en salud mental están mermadas es un
hecho de sobra conocido.
Que la posibilidad de ver a un psicólogo en la
sanidad pública suele ser escasa, también. Sin embargo, centrar las
necesidades exclusivamente en ello parece presuponer que tenemos un
modelo correcto falto de medios, algo que cualquier visita a un centro
de salud mental o una planta de psiquiatría pone seriamente en cuestión.
Hay que mirar a todo lo que falla antes, esa es la idea implícita en el
verbo “prevenir”. Voy a poner un ejemplo concreto que quizás ayude a
ilustrar lo que estoy tratando de trasmitir:
Un compañero ha sufrido dos ingresos prácticamente consecutivos
durante el confinamiento, un total de ocho semanas. Uno de los
detonantes, si no el principal, fue la vulnerabilidad económica, ya que
sus ingresos se vieron suspendidos por la situación sanitaria y quedaba
fuera de las medidas de protección social al formar parte de la llamada
economía sumergida.
Cuando le dieron el alta se le facilitó el número de
teléfono del trabajador social que le correspondía por zona para que
tramitara el Ingreso Mínimo Vital. Nunca nadie atendió a ese teléfono,
consiguió presentar la documentación por su cuenta y casi medio año
después no tiene ninguna noticia al respecto (una situación compartida
por cientos de miles de ciudadanos, tal y como vienen señalando
movimientos sociales y sindicatos desde hace meses).
En determinada coyuntura, la ayuda profesional hace aguas. Claro está
que una persona especializada puede contribuir con conocimientos y
herramientas a la gestión de experiencias y sentimientos que desbordan a
las personas,
En determinada coyuntura, la ayuda profesional hace aguas. Claro está
que una persona especializada puede contribuir con conocimientos y
herramientas a la gestión de experiencias y sentimientos que desbordan a
las personas, pero ¿cómo te puede ayudar un psiquiatra o un psicólogo
cuando lo que necesitas es una mínima estabilidad económica y
habitacional?
Yendo más allá de estrictas necesidades materiales: ¿cómo
nadie te va a enseñar a lidiar con el aislamiento cuando el futuro
inmediato se caracteriza por el distanciamiento social? o ¿cómo aprender
a gestionar la ansiedad provocada por la inseguridad si los vaticinios
fallan día tras día desde hace diez meses? Por eso, por tentador que
parezca en un primer momento, pedir psicoterapeutas para todos y todas
lleva a otro callejón sin salida. No hay terapia que pueda dar por si
misma sosiego en una realidad donde fallan los cimientos.
De silenciar históricamente la salud mental se ha pasado a alarmar
sobre la necesidad de tenerla en cuenta (la próxima ola de estos tiempos
pandémicos), hay quienes han ido más allá y han exigido recursos. De
acuerdo, ahora hace falta definirlos, plasmar su traducción práctica
para hacer frente a los efectos que está teniendo en la población el
miedo, la pérdida, la ausencia de control sobre las propias vidas y la
precarización acelerada, cuando no directamente la pobreza.
Una
perspectiva que tiene que implicar a quienes han experimentado y
experimentan el sufrimiento psíquico, a quienes tienen un conocimiento
directo de lo que funciona y de lo que no cuando se necesita ayuda. Y
que a su vez exige romper con todos los discursos que se quedan y agotan
en los síntomas y obvian la vinculación con una vida que a todas luces
está funcionando mal.
Porque invertir en salud mental supone muchísimo
más que “reforzar los dispositivos de salud mental de manera que puedan
hacer frente a las necesidades no atendidas y afrontar el [aumento]
previsible de la demanda” (Editorial del 11 de enero de El País);
es hacer políticas que combatan la desigualdad y ofrezcan un sostén
efectivo a todas las personas en situación de vulnerabilidad. Y a partir
de ahí, avanzar.
Ya no tiene sentido seguir pensando en la locura como algo situado al
margen, algo ajeno. Está demasiado presente en nuestra cotidianidad
para seguir desviando la mirada. Las consecuencias psicológicas de la
pandemia evidencian que el sufrimiento psíquico es un problema que debe
ser afrontado colectivamente.
Su politización conlleva exigir con
carácter de urgencia los mecanismos necesarios para minimizar su
magnitud e impacto, pero desde luego no se queda solo ahí. Significa
trabajar por agrietar los tabúes, reconocernos vulnerables a las
acometidas de la vida y trazar un camino común a partir de ese
reconocimiento. Asumir, en definitiva, que la construcción de una
sociedad más libre y justa es por principio un problema de salud mental." (Fernando Balius, CTXT, 09/02/21)