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26/2/24

Fútbol, democracia y capital privado... Los aficionados han prevalecido sobre las finanzas en la Bundesliga, lo que debería llevar a repensar el papel del capital privado en la sociedad.

 "Energiewende se ha convertido en una palabra alemana, como Schadenfreude, utilizada en todo el mundo. Quizá Verein (asociación) sea otra palabra que los interesados en la democracia, el fútbol o las finanzas -o en todo ello- deberían aprender en toda Europa. Porque el modelo Verein del fútbol alemán, aunque todavía amenazado, acaba de mostrar su poder una vez más.

El año pasado, la DFL intentó atraer a un inversor privado para la comercialización global de la Bundesliga. El plan original preveía una inversión de más de 2.000 millones de euros. Los aficionados protestaron, temiendo una influencia excesiva de los inversores en cuestiones como los horarios de los partidos. El plan no obtuvo la mayoría necesaria de dos tercios entre los 36 clubes que componen la primera y la segunda Bundesliga.

Sin embargo, en lugar de rendirse, unos meses más tarde la DFL volvió a intentarlo. Redujo el alcance del acuerdo -alrededor de 1.000 millones de euros en 20 años- y afirmó que había "líneas rojas", como la de los saques de salida, que los inversores no podrían traspasar. Los aficionados no se lo creyeron, entre otras cosas por las promesas incumplidas del DFL.

Expertos en finanzas, como el vicepresidente del 1. FC Köln, Eckhard Sauren, un profesional de la industria financiera, indicaron que había alternativas menos peligrosas. Y organizaciones de la sociedad civil como Finanzwende señalaron que la naturaleza del capital riesgo es exigir influencia. Junto con otros expertos en finanzas, Finanzwende argumentó que era sencillamente imposible que el DFL prometiera que sus "líneas rojas" se mantendrían, contra viento y marea, durante dos décadas.

Mandato inestable

En una votación secreta celebrada en diciembre, la mayoría de dos tercios de los clubes apenas se alcanzó: exactamente 24 de los 36 dieron su visto bueno al plan revisado. Posteriormente, muchos de los clubes hicieron público el sentido de su voto, alegando que, como Verein, debían ser transparentes con sus socios. Así, rápidamente se supo qué diez clubes habían votado no (dos se abstuvieron).

El problema para la dirección del DFL era que los miembros de Hannover 96 habían dado instrucciones a su representante, Martin Kind, para que votara en contra. Sin embargo, Kind no sólo se negó a decir en público cuál había sido su voto. Una vez conocidos los diez clubes que votaron no, era muy probable que su voto hubiera sido afirmativo y, por tanto, decisivo para obtener la mayoría ponderada necesaria.

El mandato de los dirigentes de la DFL para negociar con los inversores privados era, por tanto, incierto desde el principio y la inmensa mayoría de los aficionados al fútbol organizados de Alemania lo consideraba ilegítimo. El comportamiento de Kind, y la aparente confianza de la DFL en su voto, amenazaron uno de los puntos fuertes del fútbol alemán: que, en última instancia, el control de los clubes sigue en manos de los miembros de la Verein.

Este sistema también se conoce como la "regla 50+1". Para obtener una licencia, un club debe ser propietario total o mayoritariamente de su equipo de fútbol. La regla está diseñada para garantizar que los miembros del club conserven el control general al poseer al menos el 50% + 1 de las acciones del club, protegiéndolos de la influencia de inversores externos. Y aquí estaba la DFL, utilizando un aparente incumplimiento de la norma por parte de Kind como base para negociar un polémico acuerdo de inversión, ¡ya rechazado por los aficionados en los meses anteriores!

Protestas creativas

Como consecuencia, desde diciembre se habían intensificado las protestas en los estadios. Muchos partidos se interrumpieron y retrasaron, en directo por televisión. Algunos se detuvieron durante más de 30 minutos, y muchas veces los árbitros consideraron la posibilidad de interrumpir el juego por completo. Los hinchas fueron increíblemente creativos en sus protestas: lanzaron limones al campo, mientras sostenían pancartas que decían "Los inversores de capital privado nos amargan". Consiguieron que coches teledirigidos con bengalas cruzaran el campo: "¿Por qué coches de juguete? Bueno, nosotros no seremos teledirigidos". Y, una y otra vez, lanzaron pelotas de tenis para interrumpir los partidos.

La DFL trató de desestimar la protesta, alegando que sólo la apoyaba una minoría militante. Pero las encuestas mostraron que la mayoría de los aficionados al fútbol -dos tercios, por cierto- la apoyaban plenamente. E incluso más allá de los aficionados, hubo simpatía, especialmente cuando se supo qué tipo de inversores estaban detrás de los planes. El proceso de licitación se redujo a Blackstone o CVC, que se vieron así sometidas al escrutinio público que las empresas de capital riesgo tratan de evitar.

El hecho de que utilizaran dinero del fondo soberano de Arabia Saudí para sus inversiones fue objeto de críticas. También lo fue su modelo de negocio, que aspiraba a beneficios extremadamente altos, sin importar si el objetivo de la inversión era una arriesgada start-up, la sanidad o el fútbol. De repente, los fanzines entrevistaron a expertos en finanzas, las prácticas de presión de las empresas se debatieron en los principales programas deportivos, la regla 50+1 se explicó en las noticias y los representantes de los aficionados cuestionaron el modelo de negocio del capital riesgo en los programas de entrevistas.
Ganó la sociedad civil

Blackstone se retiró del proceso y cada vez más clubes pidieron una nueva votación o retiraron su apoyo al acuerdo. El propio Hannover 96 cuestionó la legalidad de la votación de Kind en diciembre. La dirección de la DFL planteó brevemente la idea de celebrar otra votación, reduciendo el umbral de éxito a una mayoría simple de clubes. Pero cuando los aficionados dejaron claro que lo interpretarían como una nueva escalada del conflicto, la DFL desistió.

El pasado miércoles, una reunión especialmente convocada del consejo de miembros de la DFL votó a favor de poner fin al proceso de licitación. En un comunicado emitido posteriormente, los miembros de la DFL también reafirmaron su apoyo a la regla 50+1. Sin embargo, algunos de los clubes más ricos han dejado claro desde entonces que consideran la regla como una desventaja competitiva, en comparación con los clubes de Inglaterra y España, por lo que se espera que un desafío a la regla sea la próxima gran lucha entre los aficionados y los gobernantes del fútbol.

Lo que es seguro es que la sociedad civil ha ganado este asalto y que no habrá inversiones de capital privado en el marketing de la Bundesliga en un futuro próximo. Las protestas funcionaron, y los grandes actores del capital riesgo (CVC gestiona 388.000 millones de euros), a pesar de su activa presión, no se salieron con la suya. Un periodista la calificó de "la protesta del movimiento social con más éxito de los últimos años".

Tuvo éxito porque reunió a personas de convicciones políticas muy diferentes. Porque la base Verein de la gobernanza del fútbol alemán dio voz a los aficionados e hizo que el intento de imponer un acuerdo en contra de su voluntad se convirtiera fácilmente en un alboroto. Y porque, en última instancia, esta lucha enfrentó a la comunidad, la democracia y otros valores sociales ampliamente compartidos contra los beneficios excesivos y el poder de unos pocos directivos de fútbol de élite y gigantes financieros.
Capital privado o bien público

Así pues, la victoria no es sólo para los aficionados al fútbol, sino para todos aquellos que quieren evitar que se financiericen todos los aspectos de la vida cotidiana. Que los intereses del capital privado prevalezcan sobre el bien público, cuando están en conflicto, parecía inevitable para la mayoría hace tan sólo unas semanas. Pero los aficionados demostraron que se puede frenar incluso a los mayores actores financieros. No hay nada "natural" en la creciente financiarización de bienes sociales y culturales como el fútbol, la sanidad o la vivienda.

Por tanto, la victoria en Alemania debería dar esperanzas de que, con la gobernanza adecuada, podemos domar el sistema financiero de forma más amplia y ponerlo al servicio de las personas y de la economía real, en lugar de al servicio de los beneficios excesivos. En las últimas semanas se ha tomado conciencia en Alemania del peligro que entrañan las expectativas de beneficios de los fondos de capital riesgo/inversión en ámbitos que no les corresponden. Esta toma de conciencia debe conducir ahora a un replanteamiento del papel del capital riesgo en la sociedad en general."

(  Traducción realizada con la versión gratuita del traductor DeepL.com)

3/1/20

Varoufakis: El capitalismo se basa en frustrar la democracia...

"(...) Dada tu experiencia dentro y fuera del gobierno, ¿crees que hay una tensión fundamental entre capitalismo y democracia?

Sí. Compara el carácter de una elección democrática con una reunión general de accionistas de una corporación privada. Ambas son elecciones, pero en el proceso democrático, el “una persona, un voto” se aplica, mientras que en el proceso corporativo tú tienes un voto por cada acción, en esencia, una estructura de votación basada en la riqueza. 

Mis compañeros economistas, especialmente los verdaderos creyentes en los mercados libres, aman retratar al mercado como un mecanismo de voto. Esto es cierto si cada vez que compras un yogurt estuvieras votando a favor de esa marca. Lo mismo se aplica cuando compras un Ford en oposición a un Volkswagen. El que tiene más dinero emite más votos.

Así que si piensas que el capitalismo es un mecanismo de votación, es uno antidemocrático, en el sentido de que el dinero determina el poder. La evolución del capitalismo en las últimas décadas es una historia de la constante transferencia de poder a los ricos, incluido el poder de tomar decisiones que afectan a la distribución de ingresos.

Con el tiempo, el poder ha sido redistribuido desde la esfera política a la esfera económica. Hasta comienzos del siglo XVIII, no había diferencia entre esas esferas. Si tú eras rey o barón eras también rico. Y si eras rico, pertenecías a la nobleza. Con el ascenso del capitalismo, un pequeño comerciante podía convertirse en poderoso económicamente. A medida que la separación entre lo político y lo económico se desarrolló, se transfirió gradualmente el poder al último. 

Lo que ahora llamamos democracia no es democracia real, dada la influencia creciente del poder económico. Desde luego, el derecho al voto se ha extendido a todos los hombres (antes solo los terratenientes), a las mujeres y a los negros. Pero no ha habido un proceso de democratización paralelo en la esfera económica, donde el poder se ha convertido en menos inclusivo y cada vez más concentrado.

De la década de 1870 a la de 1920, la democracia devino gradualmente debilitada a medida que el mundo empresarial –una zona libre de democracia– emergió. Desde el final del sistema de Bretton Woods en los setenta, el poder ha emigrado a las finanzas. Goldman Sachs, repentinamente, llegó a ser más importante que Ford, General Motors o General Electric. Incluso empresas como Apple y Google están cada vez más financiarizadas. Apple, por ejemplo, se sitúa en cientos de miles de millones de dólares y está operando más como un financiero que como un productor de iPhones.

Esta dinámica garantiza que cuando votamos, un acto de celebración de la democracia, estamos participando en una esfera que ha sido totalmente desempoderada. El capitalismo se basa en frustrar la democracia, incluso cuando el velo democrático continúa en legitimar el sistema predominante. (...)"                   (Yanis Varoufakis, Sin Permiso, 22/12/19)

31/10/19

Pikkety: con las diferencias de riqueza que existen en este momento, no es posible ninguna ambición ecológica... existen soluciones más ambiciosas con elementos clave como la transparencia financiera y el retorno a la progresividad fiscal para financiar la salud y la educación para todos, y la transición ecológica

"La idea de la economía circular con frecuencia trae a la mente problemas de reciclaje de residuos y materiales y el uso moderado de los recursos naturales. Pero para que surja un nuevo sistema que sea sostenible y equitativo, habrá que repensar todo el modelo económico. Con las diferencias de riqueza que existen en este momento, no es posible ninguna ambición ecológica. El ahorro de energía solo puede provenir de la moderación económica y social y no de fortunas y estilos de vida excesivos. 

Tendremos que construir nuevas normas de justicia social, educativa, fiscal y climática a través de la discusión democrática. Estas normas tendrán que decir no a la actual hiperconcentración del poder económico. Por el contrario, la economía del siglo XXI debe basarse en la circulación permanente de poder, riqueza y conocimiento.

Es la difusión de la propiedad y la educación lo que permitió que el progreso social y humano se hiciera realidad en el siglo XX. Un poderoso movimiento de reducción de la desigualdad social y una mayor movilidad (cuyos primeros signos intelectuales ya eran visibles en los siglos XVIII y XIX) cobraron impulso entre 1900-1910 y en los años 1970-1980, gracias a un nivel de inversión sin precedentes en educación. Se estableció un nuevo equilibrio con los derechos de los accionistas igualados por los de los asalariados (particularmente en el norte de Europa): la circulación de los ingresos y la riqueza estuvo acompañada de impuestos progresivos (en particular en los EE. UU.), Y así sucesivamente.

Este movimiento se interrumpió en la década de 1980-1990 tras el cambio de dirección a raíz de la desilusión poscomunista y la caída en el enfoque Reagan. El poscomunismo se convirtió en el mejor aliado del hipercapitalismo. Los recursos naturales fueron sobreexplotados y privatizados en beneficio de una minoría, los sistemas legales fueron sistemáticamente burlados a través de paraísos fiscales, cualquier forma de impuestos progresivos fue eliminada por completo. 

En la Rusia de Putín, el impuesto sobre la renta es del 13% si su ingreso es de 1000 rublos o mil millones de rublos. Los mismos excesos se pueden ver en China, donde aquellos cercanos a los que están en el poder, se han forjado imperios que transmiten a sus herederos sin impuesto a la herencia. Hong Kong es, por lo tanto, un ejemplo sorprendente de un país que se ha vuelto aún más desigual al someterse a la autoridad de un régimen supuestamente comunista.

 El enfoque de Reagan en la década de 1980 fue menos radical: redujo la tasa de impuestos aplicada a los más ricos del 70% al 30%. Reagan tenía la intención de poner fin a lo que expuso como redistribución excesiva e igualitarismo como resultado del New Deal y que, en su opinión, había debilitado el espíritu empresarial y la cruzada anticomunista de Estados Unidos. Al liberar las energías del emprendedor, Reagan prometió una nueva fase de crecimiento sin precedentes. 

Por supuesto, las desigualdades iban a aumentar, el número de millonarios aumentaría y serían más ricos, pero todo eso proporcionaría un grado de innovación que beneficiaría a las masas, lo que significa que todos ganarían con ello. De hecho, el dominio de los multimillonarios sobre la economía estadounidense ha crecido considerablemente desde la década de 1980, con una concentración de propiedad en los niveles cercanos a los observados en Europa a principios del siglo XX.

El problema es que el aumento dinámico en el crecimiento no ha tenido lugar: el ingreso nacional per cápita ha sido testigo de su progresión dividida en dos (2.2% anual entre 1980 y 1990, 1.1% entre 1990 y 2020). Los salarios se han estancado y un porcentaje creciente de la población comienza a dudar de los beneficios de la globalización. El endurecimiento del nacionalismo de Trump está directamente relacionado con este fracaso del reaganismo: dado que el liberalismo económico no es suficiente, los mexicanos y los chinos ahora están acusados ​​de robar el trabajo duro a la América blanca.

 En realidad, el fracaso del reaganismo demuestra principalmente que la hiperconcentración de la propiedad y el poder no se corresponde con los requisitos de una economía moderna y circular. No es porque una persona haya hecho una fortuna a la edad de 30 años que deba continuar concentrando el poder como accionista a la edad de 50, 70 o 90 años. La disminución del crecimiento también se explica por un estancamiento preocupante en la inversión educativa desde la década de 1990, así como por las inmensas desigualdades en el acceso a la educación y la formación tanto en los Estados Unidos como en Europa.

 El desafío del calentamiento global y la conciencia internacional de las crecientes desigualdades actúan como palanca para el cambio, pero todavía estamos lejos de la meta. Los proyectos de la OCDE para la tributación de las ganancias de las multinacionales solo se refieren a una pequeña fracción de estos últimos y la escala de la contribución propuesta es mucho más favorable para los países ricos que para los pobres (como lo demuestra el trabajo de ICRICT. Triumph of Injustice, un libro publicado esta semana en Estados Unidos por Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, demuestra que existen soluciones más ambiciosas con elementos clave como la transparencia financiera y el retorno a la progresividad fiscal para financiar la salud y la educación para todos, y la transición ecológica: el éxito de estas ideas entre los demócratas estadounidenses (en particular Warren y Sanders) permite el optimismo.

Pero Europa no puede simplemente esperar y esperar que el cambio venga de América. Si vamos a ir más allá de simplemente adoptar una postura, y finalmente dar sustancia al Green Deal, es urgente que se tomen medidas firmes para la justicia social y fiscal en Europa. Este también puede ser el precio a pagar por la esperanza de devolver al Partido Laborista británico a la órbita europea y evitar una desastrosa victoria conservadora en las próximas elecciones. Treinta años después de la caída del Muro de Berlín, es hora de que la marcha hacia la igualdad, la economía circular y el socialismo participativo vuelvan a la normalidad."                     (Piketty, blog, 15/10/19)

12/3/19

La banca global extrae los flujos de liquidez del trabajo a través de la deuda y los 'mercados' optimizan el flujo multiplicándolo. El sistema es intrínsecamente inestable por causa de la formidable inestabilidad financiera provocada por la banca global y su crédito a muerte...

"La banca global extrae los flujos de liquidez del trabajo a través de la deuda y los 'mercados' optimizan el flujo multiplicándolo.

(...) Una pregunta previa: cuando hablamos o se habla de sistema financiero, ¿de qué hablamos exactamente?  

Aunque no lo parezca, no es nada sencilla esta cuestión que me planteas. Quizás sería interesante, desde el punto de vista pedagógico, resaltar el enorme contraste existente entre la respuesta que te daría un economista ortodoxo -desde prácticamente todas las tribunas académicas y mediáticas- y la versión “herética” que, con base en las teorías de Marx y de Keynes, viene considerándose la crítica más importante de la teoría económica apologista del capital.
  
Adelante con el contraste  

La versión oficial -con la que se lava el cerebro a los sufridos estudiantes de economía en las facultades de todo el mundo- dice que el sistema financiero es el conjunto de instituciones -bancos, fondos de inversión, mercados bursátiles, mercados extrabursátiles, supervisores, etc- cuya función primordial es, en su condición de intermediarios financieros, canalizar el ahorro hacia la inversión empresarial o el crédito al consumo. 

De este modo las instituciones financieras fungirían, podríamos decir, de lubricantes de la actividad económica proveyendo financiación y optimizando los flujos de liquidez a través de mecanismos que, en última instancia, redundan en la eficiencia de la asignación de recursos hacia la inversión productiva y el crecimiento económico. 

Sí, sí, eso lo que normalmente podemos leer en ensayos y artículos.  

Pues nada más lejos de la realidad, te lo aseguro. En este caso, los herejes nos acercan mucho más a la verdad. La versión herética, valga la un tanto grosera simplificación, expuesta principalmente por economistas marxistas, define el sistema financiero como el conjunto de instituciones capitalistas cuya función esencial es canalizar los flujos de riqueza real extraídos -a través del 'crédito a muerte'- de la creciente explotación del trabajo hacia la nebulosa del casino global multiplicando el ingreso rentista y los formidables niveles de desigualdad para sostener la tasa de ganancia del capital, bastante maltrecha desde el crack del petróleo de 1973. 

En él habría pues dos niveles: en un primer nivel -llamémosle “máquina de succión”- estaría la gran banca global -la banca comercial y la banca central independiente de los gobiernos- cuya principal función sería extraer, a través del flujo creciente de intereses de la deuda, pública y privada, colosales cantidades de riqueza real hacia el casino. 

Y en un segundo nivel tendríamos el casino global, los mercados bursátiles y lo que el experto en finanzas Hernández Vigueras denomina banca en la sombra, donde se vuelca el flujo de liquidez extraído por el sistema bancario para multiplicarlo -el casino financiero decuplica el PIB mundial- y convertirlo en rentas exorbitantes y en un formidable motor de desigualdad.

 Digamos pues, en resumen, que la banca global extrae los flujos de liquidez del trabajo vivo a través del imperio de la deuda y los llamados “mercados” optimizan al máximo ese flujo, multiplicándolo ad eternum, pugnando por estirar los ciclos de auge del capitalismo hasta el inevitable colapso, y maximizando los ingresos de los rentistas -la clase actualmente hegemónica-.

Perdón por extenderme pero quería recalcar el contraste entre la realidad y la versión oficial de la ortodoxia, con la enorme influencia que ello tiene en la colosal ignorancia popular sobre la función real de las finanzas en nuestra sociedad.  (...)"                   (Entrevista a Alfredo Apilánez, Salvador López Arnal , Rebelión, 20/02/19) 


"El sistema es intrínsecamente inestable por causa de la formidable inestabilidad financiera provocada por la banca global y su crédito a muerte”

(...) Te recuerdo el título de uno de tus últimos trabajos: “El fascismo financiero y la irreformabilidad del sistema”. ¿No es un poco fuerte-excesivo eso de “fascismo financiero”? ¿El sistema financiero español sería un ejemplo de ese sistema fascista?   (...)

El concepto 'fascismo financiero' proviene del conocido sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos. Santos define el fascismo financiero como una forma, quizás la más importante, de fascismo social. “ Todas las formas de fascismo social son formas infra-políticas, no son parte del sistema político, que es formalmente democrático, pero condicionan las formas de vida de los que están abajo a través de desigualdades de poder que no son democráticas, pero son inmensas y permiten que los grupos que tienen poder obtengan un derecho de veto sobre las oportunidades de vida de quienes están más abajo. 

Hasta ahora, políticamente, las sociedades son democráticas. Hay libertad de expresión, relativa pero existe. Hay elecciones libres, por así decirlo, con toda la manipulación. Pero los asuntos de los que depende la vida de la gente están cada vez más sustraídos al juego democrático. El mejor ejemplo es el fascismo financiero”.

En mi opinión, esta es la clave que permite hablar de fascismo financiero: que los asuntos de los que depende la vida de la gente están cada vez más sustraídos del juego formalmente democrático. 
Digan lo que digan, real como la vida misma.  

En el texto al que te refieres trato de argumentar que la hegemonía del capital financiero ha impuesto la agenda dura neoliberal de sobreexplotación del trabajo y rentismo a muerte y ha vaciado completamente de soberanía los estados democráticos al eliminar los instrumentos fiscales redistributivos que les podrían permitir hacer políticas keynesianas. 

Menciono varios ejemplos -Zapatero en 2010 anunciando recortes y reformando el año siguiente vergonzantemente la Constitución bajo el diktat del BCE; o Tsipras rindiéndose al chantaje de la troika y violentando la voluntad de su pueblo expresada en referendum- de cómo incluso la teórica izquierda tiene las manos completamente atadas para desarrollar políticas mínimamente reformistas. Otro ejemplo paradigmático de fascismo financiero son las agencias de rating o de calificación de riesgos.  

Nos lo explicas por favor.  

Se trata de un oligopolio de tres firmas de Wall Street que señalan con sus calificaciones negativas -lo hicieron con Grecia y con España en la crisis de la prima de riesgo- a quienes van a sufrir el ataque de los bazokas de las finanzas globales. 

Provocaron, con estas malas artes y sus flagrantes conflictos de intereses con la gran banca y los tiburones de las finanzas globales -Mister Soros et al-, el hundimiento de la solvencia crediticia de los “parásitos” del Sur de Europa y, con la complicidad absoluta de la banca central, que utiliza sus “objetivas” calificaciones como requisito para adquirir deuda pública de los Estados parias, les obligaron a cumplir la agenda dura neoliberal que condena a los pueblos a la precariedad y la miseria. 

Así pues, como prueba este ejemplo y muchos otros, si entendemos el fascismo, más allá de su origen y de los ejemplos históricos, como la forma en la que el gran capital aplica las políticas que afectan cada vez más a la vida de la gente a través de procedimientos coercitivos y en absoluto transparentes o democráticos, tenemos un buen ejemplo en la hegemonía de las finanzas modernas en el capitalismo neoliberal. 

El ultra Hayek, sin ir más lejos, padrino junto con Friedman del neoliberalismo de posguerra y de su desembarco político durante el thatcherismo, quien tenía al menos el don de la franqueza, declaró en 1981 a un periódico chileno: “Mi preferencia personal va a una dictadura liberal y no a un gobierno democrático donde el liberalismo está ausente”. Como dicen los leguleyos: “a confesión de parte, relevo de pruebas”.  

Recojo un comentario tuyo: ¿qué sistema es ese que es irreformable? ¿En qué sentido lo es?  
En este caso, como creo que la cuestión a la que te refieres está implícita en la anterior, voy a remitirme, y perdón por la autocita, a un fragmento del texto al que nos estamos refiriendo que creo contesta a tu pregunta: “ La gran novedad respecto a épocas anteriores de la historia del capitalismo es la amputación de la posibilidad de intervención, al menos en la sala de máquinas del sistema, por parte de los poderes públicos, teóricos representantes de la soberanía popular. 

Sobran los ejemplos ilustrativos de cómo las palancas “técnicas” a través de las que el estado burgués podía atenuar el embate del capital (destacadamente, la política fiscal redistributiva de tipo keynesiano financiada a través del banco central público) han sido cercenadas por la ofensiva neoliberal.

 La conclusión lógica de cara a las vías de acción político-social de las clases populares es contundente: si el sistema es irreformable por la vía legal-institucional, la insistencia en esta vía por parte de las llamadas fuerzas del cambio y los movimientos sociales reformistas sólo puede producir desánimo y frustración, ante la imposibilidad de realizar transformaciones de calado respetando las reglas del juego. 

El viejo reformismo, mil veces fracasado, con su utópica ilusión de alcanzar un capitalismo con rostro humano, para paliar con microavances el desastre en ciernes, no sería pues más que un freno a las auténticas aspiraciones emancipatorias.

Como decía nuestro admirado Fernández Buey, en un artículo que aparece en el magnífico libro que mencionaste al principio de esta charla: “Lo característico del capitalismo actual es la degradación de la política, su trivialización, su conversión en politiquería que beneficia a una minoría y que tiende a hacer apolíticos a los demás”. 

Quizás, por tanto, como reza el título del libro de John Hollaway que comenta Fernández Buey, haya que pensar en cambiar el mundo sin tomar el poder y sin hacerse vanas ilusiones en cuanto al uso de las romas herramientas de la democracia formal. Pero eso es harina de otro costal y nos llevaría por otros derroteros, más propositivos, en los que obviamente no vamos a entrar.   (...)"                (Entrevista a Alfredo Apilánez, Salvador López Arnal , Rebelión, 26/02/19)

11/9/17

La causa fundamental de la existencia de refugiados es el capitalismo global actual en sí mismo y sus juegos geopolíticos, y si no lo transformamos de manera radical, a los refugiados de África se les unirán pronto inmigrantes de Grecia y otros países europeos

"(...) Es una completa locura pensar que un proceso como éste puede desarrollarse sin el menor control; los refugiados, cuando menos, necesitan provisiones y atención médica.

Hay que admitir que en 2015 Alemania demostró una inesperada apertura al aceptar cientos de miles de refugiados. (Y uno se pregunta si la razón secreta de la magnanimidad alemana no será la necesidad de quitarse el amargo sabor del trato que se dio a Grecia en la primera mitad del mismo año.)

Lo que hace falta para impedir el caos es una coordinación y una organización a gran escala: instalar centros de recepción cerca del mismo epicentro de la crisis (Turquía, Líbano, la costa de Siria, la costa norteafricana), donde hay que inscribir y examinar a millares de personas; el transporte organizado de las que se acepten a los centros de recepción de Europa y su redistribución a posibles asentamientos.

El Ejército es el único agente que puede acometer una tarea de estas dimensiones de manera organizada. Decir que asignar a los militares un papel como ése desprende un tufo a estado de emergencia es simplemente hipócrita: cuando decenas de miles de personas cruzan zonas densamente pobladas sin ninguna organización, entonces sí que es un estado de emergencia, y esto es lo que está ocurriendo ahora en algunas partes de Europa.

Los criterios de aceptación y asentamiento deben formularse de manera clara y explícita: a qué personas y cuántas se aceptan, dónde se las realoja, etc. Lo complicado aquí es encontrar un término medio entre obedecer los deseos de los refugiados (tener en cuenta Su voluntad de trasladarse a países donde ya tienen parientes, etc.) y la capacidad de acogida de los distintos países.

El derecho absoluto a la «libertad de movimiento» debería limitarse, aunque sólo sea por el hecho de que no existe ni siquiera entre los refugiados: que alguien -sobre todo en relación con la posición socialsea capaz de superar todos los obstáculos y entrar en Europa es evidentemente una cuestión de privilegios económicos, entre otras cosas.”

Además, es obvio que casi todos los refugiados proceden de una cultura que es incompatible con las ideas de Europa Occidental de lo que son los derechos humanos.

El problema es que resulta igual de obvio que la solución evidente y tolerante (el respeto a la sensibilidad del otro) tampoco funciona: si a los musulmanes les resulta «imposible soportar» nuestras imágenes blasfemas y nuestro humor despiadado (que consideramos parte de nuestras libertades), a los liberales de Occidente también les resulta «imposible soportar» muchas prácticas de los refugiados (la subordinación de las mujeres, etc.) que forman parte de las «relaciones vitales» de los musulmanes.

En resumen: la situación estalla cuando miembros de una comunidad religiosa experimentan como una ofensa blasfema y como un peligro para su modo de vida no un ataque directo a su religión, sino el mismísimo estilo de vida de otra comunidad, como fue el caso de los ataques a gays y lesbianas por parte de musulmanes fundamentalistas en Holanda, Alemania y Dinamarca, o como es el caso de esos franceses que consideran que ver una mujer cubierta con un burka es un ataque a la identidad francesa, y por eso les resulta «imposible permanecer callados».

En este caso hay que hacer dos cosas: primero, formular una serie mínima de normas que sean obligatorias para todos, sin temor a que parezcan «eurocéntricas»; libertad religiosa, protección de la libertad individual contra la presión del grupo, derechos de las mujeres; y segundo, dentro de estos límites, insistir de manera incondicional en la tolerancia hacia los distintos modos de vida.

¿Y si las normas y la comunicación no funcionano Entonces debe aplicarse la fuerza de la ley en todas sus formas. Debería rechazarse la imperante actitud humanitaria de la izquierda liberal: las quejas que moralizan la situación -el mantra de «Europa ha perdido empatía, es indiferente al sufrimiento de los demás», etc.— son simplemente el reverso de la brutalidad antiinmigración.

Comparten el mismo presupuesto (de ninguna manera evidente) de que defender el modo de vida propio excluye el universalismo ético.

En el debate sobre la Leitkultur (la cultura dominante) que tuvo lugar hace una década, los conservadores insistían en que cada Estado se basa en un espacio cultural predominante que debe ser respetado por los miembros de las demás culturas que lo comparten.

En lugar de jugar al Alma Bella y lamentarnos del nuevo racismo europeo que presagiaron dichas afirmaciones, deberíamos dirigir una mirada crítica hacia nosotros mismos y preguntarnos hasta qué punto nuestro propio multiculturalismo abstracto ha contribuido a que llegáramos a esta desdichada situación.

Si todas las partes implicadas no comparten el respeto a la misma civilidad, entonces el multiculturalismo se convierte en una forma de ignorancia u odio mutuos legalmente regulados.

El conflicto acerca del multiculturalismo ya es un conflicto acerca de la Leitkultur; no es un conflicto entre culturas, sino un conflicto entre diferentes visiones de cómo pueden y deberían coexistir diferentes culturas, acerca de las reglas y prácticas que han de compartir esas culturas para poder coexistir.

Por consiguiente, deberíamos evitar quedar atrapados en el juego liberal de «cuánta tolerancia podemos permitirnos»: ¿deberíamos tolerarlo si los refugiados que se establecen en Europa impiden que sus hijos vayan a la escuela pública, si obligan a sus mujeres a vestirse y comportarse de determinada manera, si conciertan el matrimonio de sus hijos, si maltratan -y cosas peores- a los gays de su comunidad? A este nivel, naturalmente, nunca seremos lo bastante tolerantes, o siempre lo seremos demasiado, pues descuidaremos los derechos de las mujeres, etcétera.

La única manera de salir de esta disyuntiva consiste en ir más allá de la mera tolerancia; debemos proponer un proyecto universal positivo que compartan todos los participantes y luchar por él. No sólo debemos respetar a los otros, sino también ofrecerles una lucha común, pues hoy en día nuestros problemas son comunes.

Por eso una tarea crucial de quienes luchan por la emancipación consiste en avanzar en dirección a una Leitkultur emancipadora y positiva, lo único que puede sustentar una auténtica coexistencia y una mezcla de distintas culturas. 

Nuestro axioma debería ser que todo forma parte de la misma lucha universal: la lucha contra el neocolonialismo occidental, la lucha contra el fundamentalismo, la lucha de Wikileaks y Snowden, la lucha de Pussy Riot, la lucha contra el antisemitismo y también la lucha contra el sionismo agresivo.

Si aquí transigimos, nos perdemos en componendas pragmáticas, y nuestra vida no vale la pena.

Así pues, hay que ampliar la perspectiva: los refugiados son el precio que paga la humanidad por la economía global. Mientras que las grandes migraciones son un rasgo constante de la historia humana, en la historia moderna su principal causa es la expansión colonial: antes de la colonización, los países del Tercer Mundo estaban formados de manera casi exclusiva por comunidades locales relativamente aisladas y autosuficientes, y fue la ocupación colonial lo que destruyó este modo de vida tradicional y condujo a renovadas migraciones a gran escala (sin olvidar, por supuesto, las otras migraciones forzosas relacionadas con el comercio de esclavos).

La actual ola de migraciones en Europa no es una excepción. En Sudáfrica hay más de un millón de refugiados procedentes de Zimbabue que se ven expuestos a los ataques de los pobres de la zona porque les roban sus empleos.

Y habrá más ataques, no sólo por los conflictos armados, sino también a causa de los nuevos «estados canallas», la crisis económica, los de que, después del desastre nuclear de Fukushima en 2011, las autoridades japonesas se plantearon evacuar toda la zona de Tokio; más de veinte millones de personas.

¿Dónde habrían ido, en este caso? ¿En qué condiciones? ¿Se les debería haber asignado un trozo de tierra en Japón donde establecerse o se habrían dispersado por el mundo? ¿Y si el norte de Siberia se volviera más habitable y adecuado para la agricultura al tiempo que grandes regiones subsaharianas pasaran a ser demasiado áridas para que subsistiera una gran población?

¿Cómo se realizaría el intercambio de personas. Cuando en el pasado han ocurrido cosas parecidas, los cambios sociales se han dado de manera descontrolada y espontánea, con violencia y destrucción, y hoy en día en que todas las naciones disponen de armas de destrucción masiva, dicha perspectiva sería una catástrofe.

La principal lección que hay que aprender, por tanto, es que la humanidad debería prepararse para vivir de una manera más nómada y «plástica»: los cambios locales o globales en el entorno podrían imponer la necesidad de insólitas transformaciones sociales y movimientos de población a gran escala.

Todos estamos más o menos arraigados en un modo de vida concreto, y tenemos todo el derecho a protegerlo, pero podría darse alguna contingencia histórica que de repente nos sumiera en una situación en la que nos viéramos obligados a reinventar las coordenadas básicas de nuestro modo de vida.

Parece que incluso hoy, siglos después de la llegada del hombre blanco, los nativos americanos (los «indios») todavía no han conseguido adaptarse de manera estable a un nuevo modo de vida. Una cosa está clara: si se diera una alteración de ese calibre, la soberanía nacional tendría que redefinirse radicalmente, y habría que inventar nuevos niveles de cooperación global.

¿Y qué decir de los inmensos cambios en la economía y el consumo debidos a los nuevos climas, a la escasez de agua y de fuentes energéticas?

Europa tendrá que reafirmar su pleno compromiso con proporcionar medios que aseguren la supervivencia digna de los refugiados. En este punto no podemos ceder: las grandes migraciones son nuestro futuro, y la única alternativa a ese compromiso es una renovada barbarie (lo que algunos denominan el «choque de civilizaciones»).

No obstante, la tarea más difícil e importante es emprender un cambio económico radical que elimine las condiciones que crean refugiados. La causa fundamental de la existencia de refugiados es el capitalismo global actual en sí mismo y sus juegos geopolíticos, y si no lo transformamos de manera radical, a los refugiados de África se les unirán pronto inmigrantes de Grecia y otros países europeos.

Cuando yo era joven, el intento organizado de regular el bien común se llamaba comunismo. Quizá deberíamos reinventarlo. No es suficiente con permanecer fieles a la Idea Comunista: hay que encontrar en la realidad histórica antagonismos que conviertan esta Idea en una urgencia práctica.

La única cuestión verdadera hoy en día es la siguiente: ¿hemos de respaldar la aceptación del capitalismo como un hecho de la naturaleza (humana), o acaso el capitalismo global actual contiene antagonismos lo bastante fuertes para impedir su reproducción indefinida? 

De hecho, se dan cuatro antagonismos: la inminente amenaza de la catástrofe ecológica, el fracaso cada vez más evidente de la propiedad privada para integrar en su funcionamiento la así llamada «propiedad intelectual», las implicaciones socioéticas de los nuevos descubrimientos tecnocientíficos (sobre todo en el campo de la biogenética), y, no menos importante, y como se ha mencionado antes, las nuevas formas de apartheid, los nuevos muros y los nuevos suburbios.

Existe una diferencia cualitativa entre el último punto, la brecha que separa a los Excluidos de los Incluidos, y los otros tres, que designan el dominio de lo que Michael Hardt y Toni Negrí denominan «bien común», la sustancia compartida de nuestro ser social, cuya privatización es un acto violento al que habría que resistirse con todos los medios a nuestro alcance, incluso violentos en caso de que sea necesario. 

Estos dominios Son:

-el bien común de la cultura, las formas inmediatamente socializadas de capital «cognitivo», sobre todo el lenguaje, nuestro medio de comunicación y educación, pero también la infraestructura compartida de transportes públicos, electricidad, correos, etc. (Sí a Bill Gates se le hubiera concedido el monopolio, habríamos llegado a la absurda situación en la que un individuo privado habría poseído literalmente el software de nuestra red básica de comunicación.)

-el bien común de la naturaleza exterior, amenazada por la polución y la explotación (desde el petróleo a los bosques y el propio hábitat natural).

-el bien común de la naturaleza interior (la herencia biogenética de la humanidad). Con la nueva tecnología biogenética, la creación de un Hombre Nuevo, en el sentido literal de cambiar la naturaleza humana, se convierte en una perspectiva realista.

Lo que todas las luchas para defender estos bienes comunes comparten es la Conciencia del potencial destructivo que podría liberarse si se permite que la lógica capitalista de privatizar estos bienes comunes campe a sus anchas, quizá hasta el punto de la autodestrucción de la propia humanidad.

Es esta referencia a los «bienes comunes» lo que justifica la resurrección de la idea del comunismo: nos permite ver la progresiva «privatización» de los bienes comunes como un proceso de proletarización de aquellos que quedan excluidos de su propia sustancia.

No obstante, los bienes comunes también se pueden devolver a la colectividad humana sin comunismo, en un régimen autoritario-comunitario. Al sujeto, desustanciado, «desarraigado», privado de su contenido sustancial, se le puede guiar en la dirección del comunitarismo, de encontrar su lugar adecuado en una nueva comunidad sustancial.

No hay nada más «privado» que una comunidad estatal que percibe a los Excluidos como una amenaza y procura mantenerlos a la distancia adecuada. En otras palabras, en la serie de cuatro antagonismos, el que se da entre los Incluidos y los Excluidos es el fundamental: sin él, todos los demás pierden su carga subversiva.

La ecología se convierte en un problema de desarrollo sostenible, la propiedad intelectual, en un reto legal complejo, la biogenética, en un tema ético. Uno puede luchar sinceramente por la ecología, defender una idea más amplia de la propiedad intelectual, oponerse al Copyright de los genes, sin enfrentarse al antagonismo existente entre los Incluidos y los Excluidos, e incluso se podría formular alguna de estas luchas afirmando que los Incluidos se ven amenazados por la contaminación de los Excluidos.

Pero de este modo no llegamos a ninguna auténtica universalidad, sólo tenemos intereses «privados» en el sentido kantiano del término.

Corporaciones como Whole Foods y Starbucks siguien disfrutando del favor de los liberales aun cuando ambas participen en actividades antisindicalistas.

El truco es que venden productos con un aire progresista: consumimos café hecho con granos comprados a precio de comercio justo, conducimos vehículos híbridos, compramos a empresas que proporcionan un buen beneficio a sus clientes (según los propios criterios de la corporación), etc.

En resumen, sin antagonismo entre los Incluidos y los Excluidos podríamos encontrarnos perfectamente en un mundo en el que Bill Gates sea la figura humanitaria más importante que luche contra la pobreza y las enfermedades, y Rupert Murdoch el mayor ecologista, capaz de movilizar a centenares de millones a través de su imperio mediático.

Llegados a este punto, los refugiados -aquellos de Fuera que quieren entrar en el Interior- son la prueba de otro bien común en peligro: el bien común de la propia humanidad amenazada por el capitalismo global, que genera nuevos Muros y otras formas de apartheid. 

Sólo el cuarto antagonismo, la referencia a los Excluidos, justifica el término «comunismo»; los tres primeros se refieren, de hecho, a cuestiones de supervivencia de la humanidad (económica, antropológica e incluso física), mientras que el cuarto es, en definitiva, una cuestión de justicia.

¿Quién se pondrá al frente de esta tarea? ¿Quién será el agente de la recuperación de los bienes comunes? Sólo existe una respuesta correcta para los intelectuales izquierdistas que esperan con ansia la llegada de un nuevo agente revolucionario, y es un antiguo dicho hopi con un maravilloso giro dialéctico hegeliano de la sustancia al sujeto: «Nosotros somos aquellos a los que estábamos esperando.» (Este dicho es una versión del lema de Gandhi: «Sé tú mismo el cambio que quieres ver en el mundo.»)

Esperar que otro haga el trabajo por nosotros es una manera de racionalizar nuestra inactividad. Sin embargo, la trampa que hay que evitar es la perversa autoinstrumentalización: «nosotros somos aquellos a los que estábamos esperando» no significa que tengamos que descubrir que somos el agente predestinado por el destino (la necesidad histórica) para llevar a cabo la tarea.

Significa, por el contrario, que no existe ningún Gran Otro que nos saque las castañas del fuego. Contrariamente al marxismo clásico, en el que «la historia está de nuestro lado» (el proletariado lleva a cabo una tarea predestinada de emancipación universal), en la constelación actual el Gran Otro está contra nosotros: abandonado a sí mismo, el impulso interno de nuestro desarrollo histórico conduce a la catástrofe, al Apocalipsis.

Lo único que puede prevenir la catástrofe es el puro voluntarismo, es decir, nuestra libre decisión de actuar contra la necesidad histórica. En cierto modo, ya fueron los bolcheviques quienes, al final de la guerra civil de 1921, se encontraron en una encrucijada parecida.

Dos años antes de su muerte, cuando quedó claro que la revolución no se extendería a toda Europa y que la idea de construir el socialismo en un solo país era absurda, Lenin escribió:

¿Y si una situación absolutamente sin salida que, por lo mismo, decuplicaba las fuerzas de los obreros y los campesinos, nos brindaba la posibilidad de pasar de distinta manera que en todos los demás países del Occidente de Europa a la creación de las premisas fundamentales de la civilización?”

Giorgio Agamben observó que «el pensamiento es el valor de la desesperanza», o una intuición que resulta especialmente pertinente en nuestro momento histórico, cuando incluso los diagnósticos más pesimistas acostumbran a terminar aludiendo a alguna esperanzadora versión de la proverbial luz al final del túnel.

El auténtico valor no consiste en imaginar una alternativa, sino en aceptar las consecuencias del hecho de que no hay ninguna alternativa claramente perceptible.

El sueño de una alternativa es señal de cobardía teórica: funciona como un fetiche que nos impide reflexionar a fondo sobre el punto muerto de la situación en que nos encontramos.

En resumen, la postura realmente valiente consiste en admitir que es probable que la luz al final del túnel sea la de un tren que se acerca en dirección contraria.

¿No es ésta la disyuntiva en que se encuentra el Gobierno de Evo Morales en Bolivia, o el (ahora depuesto) Gobierno de Aristide en Haití, o el Gobierno maoísta del Nepal, o el Gobierno de Syriza en Grecia? Su situación carece «objetivamente» de salida: la corriente de la historia va básicamente en contra suya, no pueden confiar en ninguna «tendencia objetiva» que los empuje, y todo lo que pueden hacer es improvisar, hacer lo que puedan en una situación desesperada.

Y sin embargo, ¿no les concede eso una libertad única? Uno siente la tentación de aplicar aquí la antigua distinción entre «libertad de» y «libertad para»: ¿acaso el verse libres de la Historia (con sus leyes y tendencias objetivas) no alimenta su libertad para experimentar de manera creativa? En su actividad, sólo pueden confiar en la voluntad colectiva de sus partidarios.

A lo mejor ésta es, a largo plazo, nuestra única solución. ¿Es todo esto una utopía? A lo mejor, quién sabe. De hecho, es incluso posible que así sea. Los últimos sucesos caóticos en Europa, la mezcla medio trágica y medio cómica de declaraciones de impotencia y comportamiento caótico y egoísta por parte de los miembros de la Unión Europea, la incapacidad de imponer un mínimo de acción coordinada, demuestran no sólo el fracaso de la Unión Europea, sino que también suponen una amenaza para su supervivencia.

El contrapunto izquierdista a esta confusión es una idea que sostienen en secreto muchos izquierdistas radicales decepcionados, una repetición más blanda de la decisión de optar por el terror en el periodo posterior al movimiento de Mayo del 68: la descabellada idea de que sólo una catástrofe radical (preferiblemente ecológica) puede despertar de su letargo a grandes multitudes y dar así un nuevo ímpetu a la emancipación radical.

La última versión de esta idea se relaciona con los refugiados: sólo la afluencia de un número realmente considerable de refugiados (y su decepción, pues es evidente que Europa no será capaz de satisfacer sus expectativas) puede revitalizar a la izquierda radical europea.

A mí esta línea de pensamiento me parece obscena. A pesar del hecho de que un suceso así seguramente daría un gran impulso a la brutalidad antiin migración, el aspecto realmente delirante de esta idea es el proyecto de llenar el vacío de los proletarios radicales ausentes importándolos del extranjero, para que la revolución llegue mediante un agente revolucionario importado.

Durante la primera mitad de 2015, el temor a los movimientos radicales emancipadores (Syriza, Podemos) recorrió Europa, mientras que en la segunda mitad la atención se desplazó hacia la cuestión «humanitaria» de los refugiados: un desplazamiento mediante el que la lucha de clases fue literalmente reprimida y reemplazada por la cuestión liberal-cultural de la tolerancia y la solidaridad.

Con los asesinatos terroristas de París del viernes 13 de noviembre, incluso esta cuestión (que al menos todavía implica importantes motivos socioeconómicos) ha quedado eclipsada por la simple oposición de todas las fuerzas democráticas, atrapadas en una guerra implacable con las fuerzas del terror, y es fácil imaginar lo que seguirá: una búsqueda paranoica de agentes del ISIS entre los refugiados (...)"
(Slavoj Zizek: La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror. Ed. Anagrama, Barna, 2016, págs. 112-125)

8/9/17

En esta nueva época de capitalismo global, está surgiendo una nueva era de esclavitud. Aunque ya no existe la condición jurídica de persona esclavizada, el esclavismo tiene multitud de nuevas formas

"(...) hemos de abandonar la idea de que hay algo emancipador en las experiencias extremas, como si nos permitieran abrir los ojos y ver la verdad definitiva de una situación. Existe un memorable pasaje en el libro de Ruth Klüger Seguir viviendo, en el que describe una conversación con «algunos doctorandos avanzados» en Alemania:

Uno de ellos cuenta que en Jerusalén había conocido a un viejo húngaro que estuvo prisionero en Auschwitz, y que, no obstante, había empezado, «sin solución de continuidad», a meterse con los árabes, que para él eran todos mala gente.

¿Cómo puede hablar así uno que ha estado en Auschwitz?, preguntó el alemán. Yo ahondo en el tema, comento, quizás con más dureza de lo necesario, que qué se esperaban que Auschwitz no fue un centro de enseñanza de nada y mucho menos de humanidad y tolerancia.

De los campos de concentración no salía nada bueno y él esperaba que saliera nada menos que perfección moral?Jamás ha habido instituciones más inútiles, más absolutamente superfluas, añadí, que esos campos.”

Ésta es, quizá, la lección más deprimente del horror y el sufrimiento: que no hay nada que aprender de ellos

Una buena manera de comenzar este análisis es centrarse en lo que no podemos sino denominar la «economía política de los refugiados», para desarrollar la conciencia clara de qué y quién está causando dichos movimientos de masas.

Lo primero que hemos de hacer es, por supuesto, localizar la causa última en la dinámica del capitalismo global y también en el proceso de intervenciones militares. Resumiendo, el actual desorden es la auténtica faz del Nuevo Orden Mundial.

Abandonados a su suerte, los africanos no conseguirán cambiar sus sociedades. ¿Por qué no? Porque nosotros, los europeos, se lo impedimos. Fue la intervención europea en Libia lo que sumió el país en el caos. Fue el ataque de Estados Unidos a Irak lo que creó las condiciones para la aparición del Estado Islámico (ISIS).

La actual guerra civil que se libra en la República Centroafricana entre el sur cristiano y el norte musulmán no es tan sólo un estallido de odio entre etnias, sino que fue provocada por el descubrimiento de petróleo en el norte: Francia (vinculada a los musulmanes) y China (vinculada a los cristianos) luchan por el control de los recursos petrolíferos mediante enemigos interpuestos.

La culpa de la crisis alimenticia de muchos países del Tercer Mundo no se puede achacar a sospechosos habituales como la corrupción, la incompetencia y el intervencionismo estatal: la crisis nace directamente de la globalización de la agricultura, algo que dejó claro ni más ni menos que Bill Clinton en sus comentarios (tal como informó Associated Press el 23 de octubre de 2008) sobre la crisis alimenticia global en una reunión de las Naciones Unidas celebrada para conmemorar el Día Mundial de la Alimentación, bajo el revelador título de: «“La fastidiamos" en el tema de la alimentación global».

Lo esencial del discurso de Clinton era que la presente crisis global de la alimentación demuestra que «todos la fastidiamos, incluido yo cuando era presidente», al tratar las cosechas como mercancía en lugar de como un derecho vital de los pobres del mundo.

Clinton fue muy claro al culpar no a los estados o gobiernos individuales, sino a la política occidental global a largo plazo impuesta por los Estados Unidos y la Unión Europea, y puesta en práctica durante décadas por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y otras instituciones internacionales.

Esta política presionó a los países africanos y asiáticos para que abandonaran los subsidios gubernamentales para fertilizantes, semillas mejoradas y otros insumos agrícolas, lo que allanó el camino para que las mejores tierras fueran utilizadas para cultivos de exportación y para destruir la autosuficiencia alimenticia de los países.

El resultado de dichos «ajustes estructurales» fue la integración de la agricultura local en la economía global: al tiempo que exportaban las cosechas, los granjeros eran expulsados de sus tierras y acababan en los suburbios, donde quedaban a merced de empresas subcontratadas que los explotaban, y los países tenían que comprar cada vez más comida importada.

Así, se mantenían en una dependencia poscolonial y eran más vulnerables a las fluctuaciones del mercado; el hecho de que en los últimos años se dispararan los precios del grano (algo también provocado por el uso de biocombustibles) ya ha provocado hambrunas en numerosos países, desde Haití hasta Etiopía.

A fin de abordar debidamente estos problemas, habrá que inventar nuevas formas de acción colectiva a gran escala: ni la intervención estatal habitual ni las organizaciones autónomas locales, tan elogiadas por los izquierdistas posmodernos, pueden hacer ese trabajo.

Si no se va a solucionar el problema, deberíamos comenzar a ser conscientes de que nos acercamos a una nueva era de apartheid, en la que algunas partes aisladas del mundo con abundancia de comida y energía quedarán separadas del caótico exterior, donde el caos y el hambre serán generalizados, y la guerra, permanente.

¿Qué debería hacer en la actualidad la gente de Haití y otros lugares donde la comida es escasa? ¿Acaso no tienen todo el derecho a rebelarse de manera violenta o a convertirse en refugiados?

A pesar de todas las críticas al neocolonialismo económico, todavía no somos plenamente conscientes del devastador efecto del mercado global en muchas economías locales, que han quedado privadas de su autonomía alimenticia elemental.

Basta con recordar el caso de México, un país importador de comida con una agricultura local arruinada que exporta millones de habitantes a los Estados Unidos. Pero el ejemplo más claro de nuestra culpabilidad es el Congo actual, que de nuevo aparece como el «corazón de las tinieblas» de África.

El reportaje de portada de la revista Time del 5 de junio de 2006 llevaba como titular «La guerra más letal del mundo»: un documento detallado de cómo a lo largo de la última década alrededor de cuatro millones de personas han muerto en el Congo como resultado de la violencia política.

La noticia no provocó ninguna de las protestas humanitarias habituales, como si una especie de filtro hubiera impedido que alcanzara el impacto esperado. Por expresarlo de manera cínica, Time había escogido la víctima errónea en la lucha por la hegemonía en el sufrimiento.

Debería haberse limitado a la lista de sospechosos habituales: la difícil situación de las mujeres musulmanas, la presión en el Tíbet, etcétera. (Hoy en día, el mismo estado de cosas -violencia continua en un estado fracasado- impera en el Congo, así como en muchos otros países africanos, desde la República Centroafricana hasta Libia.) ¿Por qué se hizo tan poco caso a esa noticia?

En 2001, una investigación de Naciones Unidas sobre la explotación ilegal de los recursos naturales del Congo descubrió que el conflicto de ese país tiene que ver sobre todo con el control y comercio de cinco recursos minerales clave, y el acceso a ellos: el coltán, los diamantes, el cobre, el cobalto y el oro.

Debajo de la fachada de la guerra étnica, distinguimos las maquinaciones del capitalismo global. El Congo ya no existe como estadounido; es una multiplicidad de territorios gobernados por señores de la guerra locales que controlan su porción de territorio con un ejército que, por regla general, incluye a niños drogados.

Cada uno de estos señores de la guerra posee vínculos comerciales con una empresa o corporación extranjera que explota la riqueza en su mayor parte mineral de la región. La ironía es que muchos de estos minerales se utilizan en productos de alta tecnología, como ordenadores portátiles y teléfonos móviles.

Así que olvidémonos del salvaje comportamiento de la población local: lo único que hemos de hacer es eliminar a las empresas extranjeras de alta tecnología de la ecuación y todo el edificio de la guerra étnica alimentada por viejas pasiones se desmorona.

Deberíamos empezar por ahí si realmente queremos ayudar a los africanos y detener el flujo de refugiados. Lo primero es recordar que casi todos los refugiados proceden de «estados fracasados», estados donde la autoridad pública es más o menos inoperante, al menos en una gran parte del territorio (Siria, Líbano, Irak, Libia, Somalia, Congo, Eritrea...).

En todos estos casos, la desintegración del poder estatal no es un fenómeno local, sino el resultado de la política y la economía internacionales, y en algunos casos, como en Libia e Irak, el resultado directo de la intervención occidental.

Está claro que este incremento de los «estados fracasados» a finales del siglo XX y principios del XXI no es una desgracia fortuita, sino uno de los mecanismos mediante los que las grandes potencias ejercen su colonialismo económico. (...)

También deberíamos observar que las semillas de los «estados fracasados» de Oriente Medio hay que buscarlas en las arbitrarias fronteras trazadas después de la Primera Guerra Mundial por el Reino Unido y Francia, que crearon una serie de estados «artificiales»: al unir a los sunitas de Siria e Irak, lo único que hace ISIS, en definitiva, es volver a juntar lo que los amos coloniales separaron. En una sombría profecía enunciada antes de su muerte, el coronel Gadafi afirmó:

Ahora escuchad, gentes de la OTAN. Estáis bombardeando un muro que ha impedido la emigración africana a Europa y la entrada de terroristas de Al-Qaeda. Ese muro era Libia, y lo estáis rompiendo. Sois idiotas, y arderéis en el infierno por los miles de emigrantes que se irán de África.o

¿Acaso no estaba afirmando algo evidente? La siguiente versión rusa -que básicamente amplía el argumento de Gadafi- tiene su momento de verdad, a pesar del obvio sabor a pasta ala putinesca:

«Que la crisis de los refugiados es consecuencia de las políticas de los Estados Unidos y Europa se ve a simple vista», dice Boris Goldov, miembro de la Academia Rusa de Ciencias y del Instituto de Estudios Orientales en Moscú. «La destrucción de Irak, la destrucción de Libia y los intentos de derrocar a Bashar al-Ásaden Siria a manos de radicales islámicos: ésas son todas las políticas de la Unión Europea y los Estados Unidos, y los centenares de miles de refugiados son resultado de esas políticas.»

Irina. Zvyagelskaya, vicepresidenta del Centro Internacional de Estudios Estratégicos y Políticos de Moscú, le dijo a la agencia rusa de noticias TASS: «Es un problema muy serio y con muchas facetas. La guerra civil de Siria y las tensiones en Irak y Libia siguen alimentando el flujo de inmigrantes, pero ésa no es la única causa.

Estoy de acuerdo con aquellos que ven los sucesos actuales como una tendencia hacia otro reasentamiento masivo de personas, que deja a los países más débiles y con una economía ineficaz. Existen problemas sistémicos que empujan alagente a abandonar su hogar y echarse a la carretera.

Y la legislación europea liberal permite que muchas de esas personas no sólo se queden en Europa, sino que también vivan allí con un subsidio social sin buscar empleo.» Yevgeni Grishkovets, escritor y dramaturgo, escribe en su blog «Estas personas están agotadas, furiosas y humilladas. No tienen ni idea de los valores europeos, de su estilo de vida y tradiciones, de su multiculturalismo y tolerancia.

Nunca acatarán las leyes europeas. Nunca sentirán gratitud hacia la gente en cuyos países han conseguido entrar con todos sus problemas, porque esos mismos países convirtieron a las naciones de los emigrantes en un baño de sangre. (...) Angela Merkel promete que la sociedad alemana actual y Europa están preparadas para esos problemas. Eso es una mentira y un absurdo!»

Realmente es cierto que los refugiados «nunca acatarán las leyes europeas. Nunca sentirán gratitud hacia la gente en cuyos países han conseguido entrar»: por el contrario, ven a Europa responsable de esa situación.

Sin embargo, aunque hay algunas verdades generales en todo esto, no deberíamos pasar de esta generalidad al hecho empírico de que los refugiados entran en Europa y limitarnos a aceptar nuestra plena responsabilidad al respecto. En primer lugar, deberíamos recordar que Alemania y Francia se mostraron decididamente contrarias a la guerra de Irak de 2003.

En segundo, antes de que lo derrocaran, el régimen de Saddam Hussein llevó a cabo sus propias políticas agresivas (que ejemplifican en particular sus ataques contra Irán) en 1980, cuando recibió el apoyo silencioso de los Estados Unidos.

Lo que debería sorprendernos es cómo nuestros medios de comunicación presentan la crisis de los refugiados: más o menos como si más allá de Grecia existiera un agujero negro que escupiera refugiados, un agujero negro de guerra y devastación, y en la costa de Anatolia hubiera una especie de rendija a través de la cual se permitiera que partículas de refugiados huyeran a las islas griegas.

Pero más allá de Grecia existe un paisaje político bien definido: en primer lugar tenemos a Turquía, que practica un juego político perfectamente planificado (oficialmente combate a ISIS, pero de hecho bombardea a los kurdos, que son quienes en realidad combaten a ISIS); a continuación nos encontramos con la profunda división de clases del mundo árabe (los estados superricos de Arabia Saudí, Kuwait, Qatar, los Emiratos, que casi no aceptan refugiados); luego está el propio Irak, con unas reservas petrolíferas valoradas en decenas de miles de millones, etc. ¿Cómo surge de todo este batiburrillo un flujo de refugiados?

Lo que sabemos es que hay una compleja economía de transporte de refugiados (toda una industria que mueve miles de millones de dólares), ¿Quién la financia? ¿Quién la optimiza? ¿Dónde están los servicios de inteligencia europeos que tendrían que investigar este turbio submundo?

El hecho de que los refugiados se hallen en una situación desesperada no excluye la posibilidad de que su flujo en realidad forme parte de un proyecto perfectamente planificado.

No podemos dejar de observar el hecho de que algunos países no demasiado ricos de Oriente Medio (Turquía, Egipto, Irán, etc.) están mucho más abiertos a los refugiados que los que son ricos de verdad (Arabia Saudí, Kuwait, los Emiratos, Qatar).

Arabia Saudí y los Emiratos no acogieron ningún refugiado, aunque son países vecinos de donde sucede la crisis, y también son ricos y mucho más cercanos en lo cultural a los refugiados (que son casi todos musulmanes) que Europa.

Arabia Saudí incluso devolvió algunos refugiados musulmanes de Somalia, o y todo lo que hizo fue aportar 280 millones de dólares como apoyo para la educación de los refugiados. ¿Acaso se debe a que Arabia Saudíes una teocracia fundamentalista que no tolera ninguna intrusión extranjera? Sí, pero también deberíamos tener en cuenta que esta misma Arabia Saudí está, desde el punto de vista económico, completamente integrada en Occidente. 

¿Acaso Arabia Saudí y los Emiratos no son, desde un punto de vista económico, simples avanzadas del capital occidental, estados que dependen totalmente de los ingresos del petróleo para mantener su riqueza y posición en el mundo?

La comunidad internacional debería presionar a Arabia Saudí (y a Kuwait y a Qatar) para que cumplieran con su deber y aceptaran un gran contingente de refugiados, sobre todo teniendo en cuenta que, al apoyar al ala islamista de los rebeldes anti-Ásad, Arabia Saudíes en gran medida responsable de la situación de Siria.*

Otro rasgo compartido por estos países ricos es el incremento de la nueva esclavitud. A la vez que el capitalismo se legitima como el sistema económico que promueve la libertad personal (como condición del intercambio mercantil), genera esclavitud como parte de su propia dinámica, y aunque la esclavitud casi se había extinguido al final de la Edad Media, tuvo un gran auge en las colonias entre el principio de la Edad Moderna y la Guerra de Secesión.

Y podemos aventurar la hipótesis de que hoy en día, con esta nueva época de capitalismo global, también está surgiendo una nueva era de esclavitud. Aunque ya no existe la condición jurídica de persona esclavizada, el esclavismo tiene multitud de nuevas formas: millones de inmigrantes que trabajan en la península saudí (los Emiratos, Qatar, etc.) y en la práctica están privados de los derechos y libertades civiles más elementales; el control de millones de trabajadores explotados en fábricas asiáticas a menudo directamente organizadas como campos de Concentración; el uso masivo de trabajos forzados en la explotación de los recursos naturales de muchos estados de África central (Congo, etc.).

Pero no hace falta buscar tan lejos. El 1 de diciembre de 2013, un domingo, una fábrica de ropa de propiedad china situada en una zona industrial de la ciudad italiana de Prato, a diez kilómetros del centro de Florencia, ardió hasta los cimientos, matando a siete trabajadores que quedaron atrapados en un improvisado dormitorio de cartón construido dentro de la fábrica.

Roberto Pistonina, sindicalista local, comentó: «Nadie puede decir que esté sorprendido por este incidente, pues hace años que todo el mundo sabe que, en la zona comprendida entre Florencia y Prato, centenares, sino miles de personas, viven y trabajan en condiciones cercanas a la esclavitud.»

Prato cuenta al menos con 15.000 inmigrantes legalmente registrados de una población total de menos de 200.000 personas, y alberga 4.000 negocios de propiedad china. Se cree que miles de inmigrantes chinos más viven de manera ilegal en la ciudad, donde trabajan hasta dieciséis horas al día para una red de mayoristas y fábricas de ropa barata.

Así pues, no podemos permitirnos el lujo de dedicarnos a contemplar cómo los nuevos esclavos viven en la miseria en los suburbios de Shanghái (o Dubái o Qatar), ni criticar hipócritamente a China y otros países que los albergan: la esclavitud puede estar aquí mismo, dentro de nuestra casa, sólo que no la vemos (o mejor dicho, fingimos no verla).

Este nuevo apartheid, este sistemático aumento de diferentes formas de esclavitud de facto, no es un deplorable accidente, sino una necesidad estructural del capitalismo global actual. Quizá ésta sea la razón por la que los refugiados no quieren entrar en Arabia Saudí. 

Pero ¿acaso los refugiados que entran en Europa no se ofrecen también como mano de obra precaria y barata, en muchos casos a expensas de los trabajadores locales, que reaccionan a esta amenaza engrosando las filas de los populistas antiinmigración? Para muchos de ellos, ésta será la realidad al ver cumplido su sueño.

Los refugiados no sólo huyen de sus países asolados por la guerra; también les guía un cierto sueño. No paramos de ver en nuestras pantallas refugiados que acaban de llegar al sur de Italia y dejan claro que no quieren quedarse allí: lo que quieren, sobre todo, es vivir en los países escandinavos.

Y son aún más los que están encalados en los Balcanes y quieren ir a Alemania. ¿Y qué decir de los millares que acampan en la zona de Calais y que no se conforman con Francia, sino que están dispuestos a arriesgar sus vidas para entrar en el Reino Unido?

Podemos observar aquí la paradoja de la utopía: precisamente cuando la gente se ve en una situación de pobreza, angustia y peligro, cuando uno esperaría que se conformaran con un mínimo de seguridad y bienestar, estalla la utopía absoluta. La ardua lección que aprenden los refugiados es que «Noruega no existe», ni siquiera en Noruega.

Tendrán que aprender a censurar sus sueños: en lugar de perseguirlos en la realidad, deberían centrarse en cambiar la realidad.

Los refugiados se toman en serio el principio, proclamado por la Unión Europea, de la «libertad de movimiento para todos». Pero, de nuevo, aquí hay que ser específicos. Existe una «libertad de movimiento» en el sentido de libertad para viajar, y la más radical «libertad de movimiento» para instalarse en el país que uno desee.

El axioma en que se sustentan los refugiados de Calais no es sólo el de la libertad de viajar, sino algo parecido a «todo el mundo tiene derecho a instalarse en cualquier parte del mundo, y el país al que se trasladen tiene que satisfacer sus necesidades».

La Unión Europea garantiza (más o menos) este derecho a los ciudadanos de sus países miembros, y para eso está (entre otras cosas); exigir la inmediata globalización de este derecho equivale a exigir que la Unión Europea se expanda a todo el mundo. El ejercicio de esta libertad presupone ni más ni menos que una revolución socioeconómica radical. ¿Por qué?

En nuestro mundo global, las mercancías circulan libremente, pero no las personas, ya que están surgiendo nuevas formas de apartheid. El tópico de los muros porosos, de la amenaza de que nos inunden los extranjeros, es estrictamente inmanente al capitalismo global, y constituye un índice de la falsedad de la globalización capitalista.

Es como si los refugiados quisieran que la libre circulación global se ampliara de las mercancías a las personas. Desde el punto de vista marxista, hay que relacionar la «libertad de movimiento» con la necesidad del capital de contar con mano de obra «libre» (millones de personas arrancadas de sus formas de vida comunitaria para poder encontrar empleo en fábricas donde se las explota, como ocurre hoy en día en China o México), y también con la libertad realmente universal del capital para moverse por todo el globo.

La manera en que el universo del capital se relaciona con la libertad de movimiento de los individuos es, por tanto, inherentemente contradictoria: necesita individuos «libres» como mano de obra barata, pero al mismo tiempo necesita controlar sus movimientos, pues no se pueden permitir las mismas libertades y derechos para todos.

Puesto que hay que comenzar la lucha en alguna parte, ¿significa esto que la exigencia de una libertad de movimiento radical, precisamente en la medida en que es imposible dentro del orden existente, puede ser un buen punto de arranque?

El problema es que el sueño de los refugiados que pretenden llegar a Noruega es un caso paradigmático de fantasía ideológica, o de formación de una fantasía que enmascara los antagonismos inmanentes: una fantasía que precisamente elimina el objet petita (el término que usa Lacan para designar el objeto causa del deseo) como el obstáculo inherente que nos impide acceder a lo que deseamos.

En resumen, los refugiados lo quieren todo: básicamente esperan conseguir las ventajas del Estado del bienestar occidental y al tiempo conservar un modo de vida que, en algunos aspectos, es incompatible con las bases ideológicas del Estado del bienestar occidental. (...)"

(Slavoj Zizek: La nueva lucha de clases. Los refugiados y el terror. Ed. Anagrama, Barna, 2016, págs.50-64)

2/3/17

Tendencias y escenarios de los próximos 20 años... según los servicios de inteligencia norteamericanos: va a cambiar la naturaleza del poder, transformando de manera fundamental el panorama global

"A la mayoría de la gente se le ha pasado por alto, pero los servicios de inteligencia de Estados Unidos, también han analizado recientemente la evolución de la economía mundial. 

La Oficina del Director de Inteligencia Nacional (DNI) ha publicado su última evaluación, denominada Tendencias Globales: La paradoja del progreso, que “explora las tendencias y escenarios de los próximos 20 años” .

El DNI llega a la conclusión de que el mundo está “viviendo una paradoja – los logros de la era industrial y de la información están dando forma a un mundo tan peligroso como rico en oportunidades. Las decisiones humanas determinarán si prevalecen las oportunidades o los peligros“.

El DNI elogia al capitalismo de los últimos decenios por “conectar a las personas, potenciar a los individuos, grupos y estados y sacar a mil millones de personas de la pobreza en el proceso”. Pero los ojos y los oídos del capital estadounidense está preocupado por el futuro.

 Temen “choques como la primavera árabe, la crisis financiera mundial de 2008, y el aumento global de las políticas populistas, antisistema. Estos choques revelan la fragilidad de los logros alcanzados, y subrayan profundos cambios en el panorama global que auguran un futuro cercano oscuro y difícil“.

Todos estos desarrollos son malos para el capital global y la supremacía estadounidense, al parecer. Y el DNI reconoce que las cosas no van a mejorar.  “Los próximos cinco años serán testigo del aumento de las tensiones dentro y entre países.  El crecimiento global será más lento, en la medida que desafíos mundiales cada vez más complejos se confirman“.

¿Cual es la respuesta? Pues bien, este comentario del informe de DNI lo expone sin adornos: “Será tentador poner orden en este caos aparente, pero en última instancia sería demasiado costoso a corto plazo y fracasaría a largo.  

Dominar a unos actores cada vez más poderosos en múltiples dominios requerirá recursos inaceptables en una era de crecimiento lento, límites fiscales, y fuerte deuda. Domésticamente, implicaría el fin de la democracia, produciendo autoritarismo o inestabilidad o ambos.

 A pesar de que la capacidad material seguirá siendo esencial para mantener el poder geopolítico y del estado, los actores más poderosos del futuro se apoyarán en redes, relaciones e información para competir y cooperar. Esta es la lección de la política de grandes potencias en la década de 1900, incluso si esas potencias tuvieron que aprender y volver a aprender de nuevo“.

En otras palabras, si bien sería mejor simplemente aplastar a la oposición y “poner orden” en intereses de Estados Unidos, probablemente no es posible con una economía mundial débil y falta de fondos. Es mejor tratar “recurrir a las redes, las relaciones y la información” (es decir, al espionaje y la manipulación) para obtener la “cooperación“.

Pero no va a ser fácil que EE.UU. mantenga su posición dominante y la del capital, según el informe del DNI, porque la globalización “ha erosionado las clases medias occidentales (léase clases trabajadoras) y alimentado una reacción contra la globalización“.

Por otra parte, los flujos migratorios “son ahora mayores que en los últimos 70 años, amenazando con vaciar las arcas del estado del bienestar y aumentando la competencia por los puestos de trabajo, reforzando los impulsos anti-élite y xenófobos“. 

Y “el débil crecimiento sumado a las alteraciones tecnológicas de los mercados de trabajo pondrán en peligro la reducción de la pobreza y aumentarán las tensiones internas en los países en los próximos años, lo que a su vez alimentará el nacionalismo que contribuye a hacer crecer las tensiones entre los países“.

Como ven, el problema es que la población de Estados Unidos y sus aliados capitalistas es cada vez más vieja y las nuevas potencias tienen poblaciones más jóvenes y más productivas. Sin embargo, el capitalismo no puede satisfacer las necesidades de estas poblaciones en aumento en los llamados ‘países en desarrollo’.

Mientras tanto, “la automatización y la inteligencia artificial amenazan con cambiar la estructura productiva más rápido que la capacidad de adaptación de las economías, lo que podría desplazar trabajadores y bloquear la vía habitual de desarrollo de los países pobres“.

A lo que hay que sumar el cambio climático y los desastres ambientales que conlleva. Todo esto va a “hacer más difícil gobernar y cooperar y va a cambiar la naturaleza del poder, transformando de manera fundamental el panorama global“.

No es una perspectiva la que se ofrece por debajo de toda la palabrería optimista y fanfarria que oímos a la élite rica en Davos el mes pasado. Por el contrario, el DNI cree que “los desafíos serán significativos, con una disminución de la confianza del público en los líderes e instituciones, una mayor polarización política, y unos ingresos del gobierno limitados por el modesto crecimiento y el aumento del gasto social. Por otra parte, los avances en robótica e inteligencia artificial tenderán a perturbar aún más los mercados de trabajo”.

El DNI intenta dar esperanzas al final de esta letanía de peligros para el capitalismo global, pero no es convincente.  (...)"                 (Michael Roberts, economista británico, Socialismo21, 20/02/17)

21/10/16

“La revolución neoliberal fue un éxito rotundo. El mundo es neoliberal”. El éxito cultural del neoliberalismo ha sido categórico, general, abrumador. No es una exageración decir que el neoliberalismo constituye nuestro sentido común... ¿Qué hacer?

"Estos tiempos de crisis son propensos a la crítica social y, también, a la Historia: ¿de qué polvos provienen estos lodos? Hay un importante consenso entre sólidos analistas sobre que las políticas económicas neoliberales de los años ochenta y noventa sentaron las bases de las dificultades que vivimos hoy en día.


Pero, ¿qué es el neoliberalismo? Ha habido muchos intentos de definir este proyecto político, económico y social, pero quizá existan pocos ensayos como el realizado por el profesor Fernando Escalante Gonzalbo (México, 1962), doctor en Sociología y docente en el prestigioso Colegio de México.

 En Historia mínima del neoliberalismo, Escalante describe con increíble lucidez, pedagogía e imparcialidad las bases y los actores principales para que esta doctrina económica y política se convirtiera en hegemónica, incluso entre quienes supuestamente tendrían que combatirla.


Estamos en 1968: el capitalismo occidental lleva varios años experimentando un cierto sobrecalentamiento. La izquierda está fuerte: en París y en otras capitales, los jóvenes creen que pueden hacer avanzar la Historia y parecen poner a los gobiernos contra las cuerdas. ¿Cómo es posible que poco más que diez años después la trayectoria política y económica de Occidente tomara un giro tan diferente al esperado?


Visto en la distancia, acaso no sea tan sorprendente. La interpretación habitual supone que los movimientos de protesta de los años sesenta, cuyo emblema es el Mayo francés, eran movimientos de izquierda. No está tan claro. 

Es verdad que en las manifestaciones había una crítica del capitalismo, o más bien de la sociedad de consumo, y en el contexto de la Guerra Fría las protestas contra el Gobierno de Estados Unidos, o de sus aliados europeos, se identificaban automáticamente con la izquierda (es decir: el comunismo, la Unión Soviética).


Pero eran movimientos más complejos, heterogéneos, con una veta ecologista, es verdad, y un poderoso componente feminista, sobre todo movidos por un impulso antiautoritario, antiburocrático, ásperamente individualista, con acentos libertarios. 

Para los jóvenes de los sesenta el enemigo era “el sistema”, o “el establishment”, que incluía al Estado, los partidos, los sindicatos, y todo el aparato institucional del Estado de Bienestar, empezando por la escuela, la universidad, los hospitales... 

Por eso no es tan extraño que muchos de los jóvenes rebeldes de los sesenta hayan venido a ser, con el tiempo, nítidamente neoliberales (es algo que ha sucedido en todo el mundo). Y no es tan extraño el giro ideológico de la década siguiente, que en mucho conservaba la inercia contracultural de aquellos años.


El neoliberalismo tenía un cierto sustrato revolucionario: ¿cómo explicaría ese atractivo rebelde cuando en el fondo se defendían los intereses del gran capital? 

El neoliberalismo es efectivamente revolucionario: consciente, deliberadamente revolucionario desde su origen. Porque el programa neoliberal se piensa contra el orden establecido. En su momento, contra el New Deal en Estados Unidos, contra el nuevo liberalismo (teorizado por Thomas Hill Green, Leonard Hobhouse) en el Reino Unido. Y desde luego, contra el Estado de Bienestar en los años setenta.

 Los neoliberales podían ser tan radicales como los estudiantes de los sesenta, más radicales incluso, en su crítica del Estado, de la autoridad, de los burócratas, los sindicatos, los partidos. Y su defensa del mercado se ha explicado siempre como una defensa del hombre común en contra de las instituciones burocráticas, autoritarias, que restringen su libertad, y que además son ineficientes, corruptas. 

En ese sentido, revolucionarios son todos: Hayek, Mises, Becker, Friedman, Röepke, Leoni. En ningún momento defienden expresamente los intereses de las grandes empresas ni de la banca, ni de los ricos. El resultado de las políticas que promueven es una acentuada concentración del ingreso, un aumento de la desigualdad, un nuevo equilibrio del mercado laboral mucho más favorable para los empleadores, un creciente, incontrolado poder del sistema financiero. 

Pero ellos no propugnan nada de eso. Se limitan a defender el mercado como expresión de la libertad. La idea básica, en su retórica, es sencillísima: el mercado es garantía de libertad, el mercado es más eficiente. 

Acaso el mayor éxito del neoliberalismo haya sido mantener esa imagen de movimiento rebelde, libertario, en defensa del hombre común, incluso cuando es claramente la ideología dominante, que informa las políticas de todos los gobiernos del planeta.

¿Cómo consiguieron hacer pasar por revolucionario y progresista algo que después ha tenido consecuencias tremendamente reaccionarias? 

Vuelvo a la pregunta anterior. En estricto sentido, el neoliberalismo ha sido revolucionario. Se propuso cambiar el orden establecido, y lo hizo. Se propuso destruir el poder de los sindicatos, de los funcionarios públicos, porque defendían intereses particulares; se propuso acabar con los servicios públicos, porque eran ineficientes y corruptos; se propuso eliminar la regulación de casi todos los mercados, porque era un obstáculo para la libertad. Y lo consiguió. 

Pero además, consiguió que todo eso fuese visto como progreso: consiguió apropiarse de la noción de progreso. Y que la idea misma del Estado de Bienestar, la regulación de los mercados, la protección del trabajo, los servicios públicos, todo eso fuese visto como cosa del pasado. 

Hasta la fecha, cada vez que se discuten alternativas a las políticas neoliberales, hay una respuesta de cajón: eso ya se probó, eso ya se intentó, ya sabemos que no funciona. De modo que el neoliberalismo viene a resultar la postura progresista siempre, por definición. Y cualquier otra cosa es pasado, y un pasado que terminó mal, con el desastre de los años setenta.

Nos falta todavía entender cómo se produjo el cambio cultural que vino a dejar desarmada, sin respuestas, arcaica, a la izquierda. Tengo la impresión de que entre otras cosas fue consecuencia del derrumbe de la Unión Soviética, y del socialismo real, junto con la ola “democratizadora” de los años ochenta, y los obvios defectos del Estado de Bienestar realmente existente. 

Todo eso engendró lo que habría que llamar una izquierda neoliberal, que está en el origen de mucho de lo que vivimos hoy.

¿Cree que el cambio operado en el mundo es obra de una coalición de intelectuales y empresarios, o que las raíces de dicho cambio son algo más profundas? 

En una frase: el cambio no ha sido obra de una conspiración. Pero ha habido conspiración. Quiero decir: el modelo neoliberal no se ha impuesto por casualidad, no ha sido algo accidental. Sus partidarios, con todas las diferencias que pueden señalarse entre ellos, comparten un conjunto de premisas, un conjunto de principios, y se han esforzado por coordinarse, y mantener comunicación, desde los años cuarenta. 

Han formado centros de estudio, empresas de consultoría, revistas, fundaciones… para elaborar argumentos, explicaciones, políticas. No es un secreto: la coordinación es real, y perfectamente lógica, por otra parte (que se quiera disimular es otra cosa, pero ahí están la Mont Pelerin Society, la Atlas Foundation, etcétera). Es una historia que está muy bien explicada en el libro de Philip Mirowski y Dieter Plehwe The Road from Mont Pelerin.

Dicho de otro modo: hubo un fermento de ideas, en buena medida porque hubo dinero para desarrollarlas y difundirlas. Pero nada de eso es suficiente para explicar el éxito del modelo neoliberal. Lo que sucedió en los años setenta fue que esas asociaciones, centros de estudio, esos grupos de académicos tenían soluciones elaboradas cuando aparecieron los problemas, y soluciones que se explicaban en un lenguaje muy propio de la Guerra Fría. 

La crisis de los setenta fue absolutamente real, y fue una crisis por un lado del sector productivo en los países centrales, del sector financiero sobre todo en los países periféricos, y de los esquemas de gasto público, y servicios públicos, que dependían del crecimiento económico. 

La crisis se significó por una disminución, hasta mínimos históricos, de la tasa de ganancia del capital, y un régimen financiero favorable para los deudores antes que para los acreedores. El resultado, después del gran ajuste, ha sido un nuevo equilibrio, favorable, sí, al capital.

Se pueden señalar algunos hechos concretos que marcaron el cambio: el llamado “shock Volcker”, por ejemplo, el aumento drástico, repentino, de las tasas de interés en 1979. Fueron respuestas a una crisis real del sistema económico, no producto de una conspiración.

Tenemos una imagen estereotipada del eje Reagan-Thatcher como los revolucionarios conservadores, como la nueva derecha que cambió todo para que luego nada volviera a ser como antes. Pero su estudio hace que afloren otros personajes interesantes también… 

Sin duda, Thatcher y Reagan fueron decisivos para el auge global del neoliberalismo. Sobre todo por su estilo imperioso, desinhibido, casi provocador. 

Sirve de ejemplo la actitud de Thatcher ante la huelga de los mineros, por ejemplo, la de Reagan con los controladores aéreos, o su manera de cancelar el proyecto entero del Nuevo Orden Económico Internacional, y el Informe Brandt, con unas cuantas frases en la Cumbre de Cancún. La identificación es inevitable, ambos son figuras emblemáticas del nuevo orden (a pesar de sus diferencias: el enfoque de Thatcher era claramente doctrinario, ideológico, Reagan fue siempre mucho más oportunista, inconsecuente, incluso contradictorio). 

No obstante, en lo fundamental, la batalla cultural estaba ya ganada cuando ellos llegaron y, en buena medida, por eso llegaron con un apoyo electoral avasallador.

El neoliberalismo no es sólo una política económica. No se reduce a un programa de gobierno. El neoliberalismo es una manera de entender el mundo, una ideología en el sentido más fuerte de la palabra, que implica una idea de la sociedad, una idea del derecho, de la educación, de los vínculos humanos, una idea de la justicia y de la naturaleza humana. 

No es obra de un individuo ni de un pequeño grupo, sino de varias generaciones de filósofos, economistas, sociólogos, juristas, que pueden tener posturas distintas sobre asuntos concretos pero comparten un sistema de creencias básico, de notable coherencia (para entendernos, es más o menos lo mismo que ha sucedido históricamente con el socialismo, que a partir de un acuerdo fundamental admite una gran variedad de posturas).

Desde que se perfila como programa intelectual, en los años treinta, hasta que se impone como sentido común, en el fin de siglo, la historia del neoliberalismo ha estado marcada por unos cuantos pensadores de primer orden, como Friedrich Hayek, académicos como Milton Friedman, Ronald Coase, Bruno Leoni, Gary Becker, James Buchanan, periodistas e intelectuales públicos a veces muy influyentes, como Hernando de Soto, Nicolas Baverez, y políticos (de derecha y de izquierda) como Reagan y Thatcher, Tony Blair, Gerhard Schröeder o Michel Camdessus.

Estos líderes cambiaron el mundo en poco tiempo: prohibieron de facto el pleno empleo, modificaron el significado de las prioridades económicas. ¿Privatizaron de alguna manera la realidad en que vivimos? ¿Vivimos, percibimos, reflexionamos según las condiciones dictadas por unos pocos?

Es complicado. En un sentido muy concreto, la vida social ha sido “privatizada” masivamente en los últimos cuarenta años. Mucho de lo que antes era público, desde empresas productivas hasta servicios básicos, medios de comunicación, se ha privatizado materialmente: ha pasado a manos de empresas privadas. 

En otro sentido, nuestro mundo se ha “privatizado” en cuanto lo público nos resulta cada vez más difícil de imaginar.

Pero no se trata de las ideas de unos pocos. El éxito cultural del neoliberalismo ha sido categórico, general, abrumador. No es una exageración decir que el neoliberalismo constituye nuestro sentido común. Las mismas ideas, las mismas convicciones aparecen en trabajos académicos, en informes de consultoría, artículos de opinión, en las tertulias televisivas: racionalidad, mercado, competencia, incentivos, maximización... 

En ese lenguaje nos entendemos, en ese lenguaje explicamos la experiencia humana en todos los campos, y así la educación es formación de capital humano, la conversación pública es el mercado de las ideas, por ejemplo. De modo que es muy difícil argumentar contra una política económica cuando se basa en las ideas de nuestro sentido común, que nos parecen absolutamente obvias. 

El orden neoliberal favorece desproporcionadamente a unos pocos, eso es indudable (la idea de que a fin de cuentas favorece a todos, aunque unos ganen más que otros, es mucho más discutible con los números en la mano). Pero no son las ideas de unos pocos, sino de la mayoría. Incluso, según el lugar, diría que de la inmensa mayoría: ése es el verdadero problema –político— para imaginar una alternativa. 

Las afirmaciones básicas del programa neoliberal parecen indiscutibles: que una empresa privada es siempre más eficiente que una empresa pública, que la competencia produce siempre los mejores resultados, que los seres humanos son egoístas, calculadores, que buscan siempre la máxima ventaja personal...  

Es un tema de estudio interesante, sin duda: cómo, mediante qué mecanismos concretos, ese sistema de ideas vino a convertirse en el sentido común de nuestro tiempo.
¿Puede ver el rastro de la Mont Pelerin Society y de los primeros neoliberales en la dureza de las medidas de austeridad en Europa? 

Sin duda, la idea de que la austeridad sea la solución para una crisis es una de las piezas básicas del repertorio neoliberal. La convicción básica, que está en el origen de las recomendaciones de política económica, es que el problema siempre es la regulación, una regulación excesiva, y el gasto público: déficit, servicios públicos, impuestos, porque todo eso inhibe la inversión, entorpece el funcionamiento del mercado. De modo que la austeridad es la recomendación automática, siempre que hay una crisis. 

En este caso concreto, influye en particular la tesis de la “austeridad expansiva”, que comenzó a circular hace algún tiempo. Es la idea de que una política de austeridad, reducción del gasto público, reducción de impuestos, tiene un efecto positivo sobre el mercado, e incentiva el crecimiento. 

La verdad es que no tiene ningún fundamento. Números dispersos, escogidos en casos muy particulares, permiten hacerla verosímil, pero todo lo que sabemos de la historia económica la desmiente (es muy ilustrativo el libro de Mark Blyth Austerity: the History of a Dangerous Idea).

Sin necesidad de suscribir teorías conspirativas, está también el hecho de que la crisis, ocasionada en buena medida por el peso desproporcionado del sistema financiero, ha servido para aumentar todavía más el poder de los bancos, las compañías calificadoras, y el sector financiero en general. En general, ha sido una nueva vuelta de tuerca para reforzar a los acreedores. Es decir: la crisis ha sido útil políticamente para intensificar las políticas neoliberales. 

Parecía que América Latina se libraba, pero la contraofensiva neoliberal renace...

No es difícil de entender la reacción social que dio lugar al liderazgo de Hugo Chávez, Evo Morales, de los Kirchner, de Rafael Correa. Pero hay que decir que, en general, los resultados han sido decepcionantes. 

En todos los casos ha habido ideas, decisiones, políticas muy plausibles en asuntos concretos, y la nueva política ha producido discusiones de enorme interés. Pero no hay otra línea de horizonte. 

No hay una idea del orden social mínimamente coherente, factible, que permita imaginar un futuro distinto. Y lo peor es que los excesos, los errores, los abusos, inevitables, han terminado por desacreditar la alternativa: incluso el intento de pensar una alternativa. Y han terminado por ofrecer un nuevo repertorio de ejemplos de políticas fracasadas para el argumentario neoliberal.

Visto el panorama desde México, como lo veo yo, no ha habido nunca motivos para el optimismo. México no se ha apartado de la ortodoxia neoliberal en los últimos veinticinco años. 

Y la oposición de izquierda, convencionalmente de izquierda, dividida, intensamente clientelista, con maneras casi fascistas a veces, es menos imaginativa todavía, y sin haber gobernado el país carga con un descrédito muy similar al de la derecha. No me gusta ser pesimista: no puedo evitarlo.
 
¿Qué podemos hacer? ¿Cuál es la hoja de ruta para que esta continua revolución neoliberal se detenga?  

Sin duda, la pregunta más difícil. No tiene respuesta posible, o no por ahora. En muchos sentidos, la revolución neoliberal ya concluyó, con un éxito rotundo, general, definitivo, inapelable. 

 Nuestro mundo es neoliberal. Pero sucede que un ingrediente fundamental del programa es la insatisfacción permanente: la exigencia de ir siempre más allá. Porque siempre es posible cobrar menos impuestos, eliminar reglas, suprimir servicios públicos, reducir el gasto, siempre, hasta la desaparición completa del Estado. 

De modo que el neoliberalismo es un horizonte que nunca alcanzamos. Y las crisis que provoca el sistema sirven para acentuar sus rasgos básicos. Resulta irónico, pero no sería inexacto decir que el neoliberalismo es la “revolución permanente”.

¿Qué hacer? Sólo se me ocurre proponer los parámetros para una alternativa, es decir, los factores que podrían permitir al menos un modesto optimismo, a mediano plazo. 

Primero, es necesario que se generalice la convicción de que el modelo neoliberal fracasó, incluso en sus propios términos: no ha producido crecimiento, ni mayor igualdad, ni mayor eficiencia ni mejores servicios, ni siquiera estabilidad económica. 

Segundo, es necesario explorar la imaginación social, a partir de la certeza de que el mercado sin regulaciones, sin limitaciones, es una fuerza corrosiva, que destruye el vínculo social –y que la sociedad tiene que defenderse, como vio con lucidez extraordinaria Karl Polanyi, en La gran transformación. 

Y hay que confiar en la capacidad de la sociedad para pensar alternativas, sabiendo que habrá que ensayar, probar una cosa, y otra, y otra. 

Y tercero, es necesario recuperar una conversación pública seria, profunda, compleja, matizada, realista, alejada de las simplezas de modelos abstractos y consignas; y eso quiere decir recuperar las mejores tradiciones de las ciencias sociales (que afortunadamente gozan de muy buena salud, aunque sea en los márgenes del sistema académico, y de los grandes medios)."                      (Entrevista a Fernando Escalante / Autor de “Historia mínima del neoliberalismo”, por Andrés Villena Olivier, en CTXT, 19/10/16)