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21/11/23

Es la época de la grieta, como la han apodado gráficamente los argentinos... Las divisiones ideológicas crean el trasfondo adecuado para que los partidos políticos pongan el foco en la identidad, en el nosotros frente a ellos. Hoy la sociedad española está mucho más preparada para el conflicto de identidades, entre las izquierdas y las derechas, por ejemplo, que hace una década... La política partidista se está erigiendo en este contexto en una parte central de nuestras identidades, y esto magnifica muchas tendencias psicológicas y sociales. Por ejemplo, numerosos estudios han mostrado que la polarización disminuye el deseo de llegar a compromisos... Nos enfrentamos a una nueva etapa de la historia en la que la clave es la división política y social

 "Una buena parte de la sociedad española está harta de la política. Uno podría decir que esta afirmación representaba el estado de ánimo del país también hace diez, veinte y ochenta años, y, efectivamente, hay motivos para que ese hartazgo perdure en el tiempo. Pero otros no, y surgen nuevos elementos que hacen que la sensación de crisis política actual sea distinta.

De eso va este libro, de qué hay de especial en esta vuelta a la política como problema. La tesis central del libro es que la sociedad española se encuentra cada vez más dividida, no sólo en el plano ideológico, sino también en otros que no ocupan tanto espacio en los telediarios, como el de las creencias, los valores, las emociones o los deseos acerca de lo que queremos que sea la política. La ciudadanía española está dividida en bloques ideológicos cada vez más compactos, y esto crea el caldo de cultivo para la confrontación, primero entre las élites políticas y, después, si nada lo remedia, entre la ciudadanía. Son demasiados los ejemplos de países que aún consideramos democráticos y que se hallan al borde del conflicto civil para que ignoremos las peores consecuencias del creciente enfrentamiento político en España.[…]

He querido empezar mi relato sobre la creciente división política en España por la parte que menos se ve de la polarización: el alineamiento de las divisiones ideológicas y políticas de los españoles con otras divisiones sociales, como la religión o las preferencias por determinadas políticas públicas. Otros comienzan por la parte más visible del conflicto político contemporáneo: el aumento de los malos modos en la política, los insultos, la deslegitimización o deshumanización del adversario político, la falta de acuerdo o la crispación. De todo me ocuparé más adelante, pero antes quiero dejar claro por qué empiezo por las diferencias ideológicas y sociales. Los malos modos en política son especialmente dañinos en situaciones donde la población está dividida en identidades políticas enfrentadas.

El problema no es la competición partidista, incluso cuando esta adopta un tono bronco y desagradable, sino que, si la sociedad está dividida en bloques homogéneos en términos ideológicos y sociales, la bronca se magnifica y alcanza cuestiones personales, lo que llamaré en el tercer capítulo la identidad personal. Las divisiones ideológicas crean el trasfondo adecuado para que los partidos políticos pongan el foco en la identidad, en el nosotros frente a ellos. Hoy la sociedad española está mucho más preparada para el conflicto de identidades, entre las izquierdas y las derechas, por ejemplo, que hace una década.

La política partidista se está erigiendo en este contexto en una parte central de nuestras identidades, y esto magnifica muchas tendencias psicológicas y sociales. Por ejemplo, numerosos estudios han mostrado que la polarización disminuye el deseo de llegar a compromisos, reduce de igual modo el efecto de la información objetiva sobre la formación de nuestras opiniones, aumenta todo tipo de desigualdades sociales e incluso puede contribuir a empeorar la situación económica. En última instancia, el problema es que, en un país profundamente dividido, la política ya no va de alcanzar los mejores resultados colectivos, sino que va de ganar. El objetivo es que los nuestros ganen, aunque eso tenga un coste para toda la sociedad. Las victorias no son sobre nuevas conquistas individuales o sociales, sino fundamentalmente sobre quién gana la partida.

Una vez que la política va de identidades es muy difícil revertir esta tendencia, porque los humanos estamos diseñados para el conflicto. En realidad, desde un punto de vista psicológico, los humanos somos víctimas de dos pulsiones que podrían parecer contradictorias: la pulsión de la inclusividad y la de la exclusividad. La formación de identidades políticas excluyentes nos permite satisfacer al mismo tiempo estas dos pulsiones. Nos sentimos parte de un grupo político homogéneo y, al mismo tiempo, excluimos a esos adversarios políticos que ahora se convierten en nuestros enemigos. En última instancia, se alcanza una situación en la que preferimos un mal generalizado si nuestros enemigos están aún peor. Todo va de quién gana y quién pierde.

La evidencia que tenemos acerca de un incremento de la confrontación política en el campo de los afectos y las emociones en España es limitada, pero cuando existe apunta en la misma dirección de las diferencias ideológicas mostradas más arriba. Una de las pocas comparaciones que podemos hacer es sobre los sentimientos que despiertan los líderes de los distintos partidos entre los ciudadanos. Desde el año 2011, ha aumentado la diferencia entre los sentimientos positivos que tenemos hacia los líderes de los partidos con los que nos identificamos y los sentimientos que nos despiertan los líderes de otros partidos con los que no nos identificamos.

En concreto, esta diferencia aumentó un 30 por ciento entre 2011 y 2015, y, aunque en 2019 había bajado algo este indicador de polarización, seguía siendo más de un 20 por ciento mayor que en 2011. De hecho, la mayor diferencia de los últimos veinticinco años entre los sentimientos que nos despiertan líderes propios y ajenos se da en las elecciones de 2015 y abril de 2019. En una década donde las diferencias ideológicas y sociales han aumentado tanto, también lo ha hecho la confrontación en el plano de los sentimientos. No sólo se están configurando dos bloques político-ideológicos con los que los ciudadanos se encuentran cada vez más identificados de forma exclusiva, sino que está incrementándose la animadversión sentimental entre los dos bloques.

No somos una isla

La creciente división ideológica y emocional en la política española no es una excepción en el contexto internacional. Valgan cinco ejemplos recientes. El jueves 23 de junio de 2016, un 52 por ciento de los participantes en el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea vota a favor de abandonar la Unión y un 48 por ciento vota a favor de la permanencia. Desde ese momento, la política británica quedaba profundamente dividida, los cambios de gobierno no han dejado de sucederse, la economía británica se llena de nubarrones en 2023 y las encuestas pronostican que el Partido Conservador, defensor del Brexit, se hundirá electoralmente como nunca antes.

El miércoles 6 de enero de 2021, seguidores del todavía presidente saliente, Donald Trump, asaltan y ocupan durante varias horas la sede del Congreso de Estados Unidos. Este asalto le puso cara a algo de lo que cada vez se habla más abiertamente en el país norteamericano: la posibilidad de un conflicto civil que enfrente a los dos bandos ideológicamente opuestos.

El jueves 1 de septiembre de 2022, un atacante intenta disparar en plena calle contra la vicepresidenta de Argentina, Cristina Kirchner. Todos los comentaristas culpan a la extrema polarización que se ha instalado durante décadas en el país y que se conoce popularmente como la grieta.

El domingo 4 de septiembre de 2022, un 62 por ciento de los participantes rechazan el texto de la nueva constitución propuesta por la convención nacional en Chile. La principal conclusión de este rechazo, también entre los partidarios del presidente progresista Gabriel Boric, es que la nueva propuesta de constitución era demasiado de izquierdas para la mayoría del electorado chileno.

Finalmente, el domingo 30 de octubre de 2022, el candidato Jair Bolsonaro alcanza, contra pronóstico, más del 49 por ciento del voto en las elecciones presidenciales en Brasil. A pesar de la victoria de Lula da Silva y el cambio democrático de gobierno, el país más poblado de Sudamérica queda dividido en dos ideologías políticas enfrentadas que amenazan con cuestionar los resultados electorales y la propia legitimidad del sistema democrático.

Estos cinco hechos responden a países y situaciones históricas muy distintas, y, sin embargo, todos han sido señalados como ejemplos de lo que hoy llamamos polarización política. Desde luego, España no es una isla y lo que voy a contar en este libro tiene su reflejo en muchos otros países y territorios del mundo. Nos enfrentamos a una nueva etapa de la historia en la que la clave es la división política y social. Es la época de la grieta, como la han apodado gráficamente los argentinos."              

(Luis Miller, ethic, 15/11/23; Extracto del libro ‘Polarizados, la política que nos divide’ (Deusto, 2023) de Luis Miller)

10/5/23

¿Qué significa ser de izquierdas? Decálogo del perfecto izquierdista

 "No sé si os habrá pasado que, cada vez que adscribís una acción, una política, una idea a la izquierda, alguien dice: bueno, que eso de ser de izquierdas hoy no quiere decir mucho. Hace pocos días, intentando explicar en qué revista trabajaba a alguien que no la conocía, le dije que era «una revista de izquierdas». La respuesta con cierto retintín, fue: «Bah, eso hoy no significa nada». 

Como si el tránsito del socialismo a la socialdemocracia y, después, que esta asumiese buena parte de los postulados liberales, hubiera convertido ser de izquierdas en una declaración obsoleta, un residuo de aquella Atlántida ideológica cuyo hundimiento empezó con las dictaduras totalitarias que grababan la hoz y el martillo en sus blasones. Así que entre el comunismo imaginario y diabólico, coco que agitan los sectores más reaccionarios, y el liberalismo con tintes sociales, se habría extendido una neblina que difumina cualquier contorno ideológico.

¿Qué significa ser de izquierdas a quienes creemos que significa algo? Para resolver mi propia pregunta he confeccionado una lista de convicciones que marcarían el mínimo (lo subrayo para que no haya malentendidos), de lo que define a la izquierda –aunque no todas sean exclusivas suyas– y en la que podrían reconocerse desde acérrimos anticapitalistas hasta socialdemócratas no abducidos por el neoliberalismo. A ver qué os parece.

–Los beneficios privados están subordinados al interés público. Por ejemplo:

• La protección del medio ambiente, la salud y el bienestar de las personas son mucho más importantes que los beneficios empresariales.
• La política de vivienda favorecerá a los ciudadanos, no a las inmobiliarias ni a las tiendas ni a la hostelería y mucho menos a las multinacionales.
• El Estado defenderá con uñas y dientes la sanidad pública.

–La igualdad de oportunidades es un pilar básico de una sociedad civilizada. Por ejemplo:

• Uno de los objetivos primordiales de la política fiscal será la redistribución de la riqueza. Los impuestos a las herencias y al patrimonio son algunas de las herramientas para dicha redistribución.
• La educación pública recibirá fondos públicos, la privada, privados –salvo cuando, de forma transitoria, la pública no consiga cubrir las necesidades–.
• Una política de becas y ayudas contribuirá a dicha igualdad si no se consigue plenamente por los otros medios.

–Las instituciones públicas están al servicio de los ciudadanos, no del Estado y mucho menos de los partidos. Esto tiene consecuencias obvias sobre la actividad policial, de los servicios de información y de la judicatura.

–Nadie será discriminado por cuestiones de raza, género, sexo, creencias, etc. Para conseguirlo no basta enunciar la no discriminación, son necesarias políticas y leyes que lo garanticen. Esto solo se puede logra en el marco de un Estado laico.

 –Los principios democráticos que se aplican en el propio país son igualmente válidos para las relaciones políticas y económicas con los demás países.

–Una persona de izquierdas desconfía de las misiones bélicas en el extranjero por mucho que se vistan de intervenciones humanitarias. Al final, siempre sirven a intereses económicos y geopolíticos y las poblaciones locales rara vez están en mejores condiciones que antes de la intervención.

–El Estado castigará a toda empresa que desvíe dinero a paraísos fiscales o realice prácticas depredadoras con las personas o con el medio ambiente nacional y de otros países.

–Otro rasgo, que olvidan a veces muchos y muchas izquierdistas, es que la promesa de un futuro más justo nunca disculpa un presente opresivo. Incluso admitiendo la necesidad de la coerción -por ejemplo, frente al delito-, hay que estar muy atentos a esa línea que la separa de la represión (también de quien piensa de manera diferente a ellos).

–La política de inmigración debe respetar siempre la dignidad de las personas y  sus derechos. Si hay una utopía que debe regir la acción de un gobierno de izquierdas es la de satisfacer las necesidades de todas las personas que se acerquen a sus fronteras y de ayudar a satisfacerlas lejos de ellas. Sí, es una utopía; alguna tiene que quedarnos.

–La cultura no es importante por su valor económico, aunque lo tenga. Su valor auténtico se debe a lo que aporta a la vida de cada individuo: la enriquece, genera placer, nos comunica con los demás, crea vínculos. Toda la sociedad se beneficia de ella. Imprescindible apreciar e impulsar la cultura que se crea en los márgenes del consenso social (por ejemplo en los Centros Sociales Okupados).

Pero este decálogo no tiene sentido sin recordar que la izquierda existe porque hubo un movimiento obrero y que es imposible concebir una ideología de izquierdas que no parta de la exigencia de que todo el mundo, independientemente de su actividad o inactividad, tenga ingresos dignos, condiciones laborales dignas y, una vida personal y familiar dignas."                  (José Ovejero , La Marea,  13/09/22)

15/3/23

Estados Unidos está prohibiendo libros a un ritmo frenético... Las prohibiciones actuales de libros son impulsadas principalmente por políticos populistas de derecha y grupos de padres que afirman proteger a las comunidades cristianas sanas y orientadas a la familia de la decadencia del Estados Unidos urbano... aunque, ciertamente, la ofensiva de derecha contra la libertad académica es más peligrosa que las alergias literarias de la izquierda... Los progresistas que quieren impedir que se enseñe Huckleberry Finn en las escuelas o exigen que se eliminen palabras como «gordo» de los libros para niños de Roald Dahl siguen la misma lógica, tampoco quieren que los niños se sientan ofendidos, quieren que los niños se sientan bien consigo mismos, no que aprendan a absorber información y pensar por sí mismos... o sea, cierta retórica progresista le está otorgando ventajas a la derecha populista

 "Estados Unidos está prohibiendo libros a un ritmo frenético. Según PEN America, se prohibieron 1648 en las escuelas públicas del país entre julio de 2021 y junio de 2022. Se prevé que la cantidad aumentará este año a medida que las organizaciones y los políticos conservadores intensifiquen sus esfuerzos para censurar obras que se ocupan de la identidad sexual y racial.

Los estados controlados por los republicanos, como Florida y Utah, implementaron medidas enérgicas contra las bibliotecas escolares en los últimos meses, y prohibieron obras que tratan cuestiones raciales, de género y sexuales, como Cómo ser antirracista, de Ibram X. Kendi, y Género Queer: una autobiografía, de Maia Kobabe. En algunas zonas de Florida se indicó a las escuelas que limiten el acceso a los libros sobre raza y diversidad, y se les advirtió que los maestros que compartan «materiales obscenos y pornográficos» con los alumnos podrían ser sentenciados a cinco años de prisión. En Carolina del Sur, el gobernador Henry McMaster señaló al libro de Kobabe —que en 2020 ganó el Premio Alex de Literatura para Jóvenes Adultos de la Asociación de Bibliotecas Estadounidenses— como un ejemplo de «materiales obscenos y pornográficos».

Las prohibiciones actuales de libros son impulsadas principalmente por políticos populistas de derecha y grupos de padres que afirman proteger a las comunidades cristianas sanas y orientadas a la familia de la decadencia del Estados Unidos urbano. Por definición, los libros para niños con personajes LGBTQ+ entran en su definición de pornografía.

Tal vez Ron DeSantis, gobernador de Florida y probable candidato a presidente, sea el principal defensor de la censura estatal y la prohibición de libros modernos. El mes pasado DeSantis y sus aliados de la Cámara de Representantes del Estado presentaron un nuevo proyecto de ley que prohibiría a las universidades e institutos de educación superior apoyar actividades en los campus que «propugnen la retórica de la diversidad, equidad e inclusión, o de la teoría crítica de la raza». La propuesta también busca eliminar a la teoría crítica de la raza, los estudios de género y la discriminación interseccional, así como a toda «derivación, grande o pequeña, de esos sistemas de creencias» del plan académico.

Pero aunque los progresistas de izquierda hacen menos pedidos para prohibir libros, también pueden mostrarse intolerantes frente a la literatura que los ofende: clásicos como Matar a un ruiseñor y las aventuras de Huckleberry Finn fueron quitados de algunas listas de lectura escolares por sus comentarios racistas y porque pueden «marginar» a ciertos lectores.

Ciertamente, la ofensiva de derecha contra la libertad académica es más peligrosa que las alergias literarias de la izquierda. Lo interesante, sin embargo, es cuánto tienen en común la intolerancia de izquierda y la de derecha. Los populistas de derecha como DeSantis tienden a imitar la retórica progresista sobre la «inclusión» y la «sensibilidad» en el aula. Se debe proteger a los alumnos blancos, afirman, del aprendizaje sobre la esclavitud o el papel de la supremacía blanca en la historia estadounidense porque podría disgustarlos y hacerlos sentir culpables.

Los progresistas que quieren impedir que se enseñe Huckleberry Finn en las escuelas o exigen que se eliminen palabras como «gordo» de los libros para niños de Roald Dahl siguen la misma lógica. Ellos tampoco quieren que los niños se sientan ofendidos o «que están de más». Su idea de la educación es similar a la terapia: el objetivo es que los niños se sientan bien consigo mismos, no que aprendan a absorber información y pensar por sí mismos.

La imitación de derecha de la jerga de izquierda se puede entender como una forma de revancha de mala fe. Después de todo, la fuerza que impulsa al puritanismo conservador en EE. UU. siempre fue el fundamentalismo, no la inclusión. Pero el dogmatismo religioso está íntimamente ligado al miedo a ser ofendidos. La controversia posterior a la publicación de Los versos satánicos de Salman Rushdie en 1988 es un claro ejemplo. Además de la fetua del ayatolá Ruhollah Jomeiní pidiendo la muerte del autor, los conservadores cristianos condenaron a Rushdie por burlarse de la religión. Algunos miembros de la izquierda, aun sin pertenecer a religión alguna, criticaron a Rushdie por ofender a millones de musulmanes.

Los puritanos cristianos no se oponen a los libros sobre temas gay solo porque la Biblia prohíbe la homosexualidad, sino también (y tal vez principalmente) porque violan lo que ellos consideran el orden natural. Esto no difiere tanto del sentimiento de los miles de personas que hace poco firmaron una carta de protesta contra la cobertura de cuestiones transgénero en el New York Times. Los firmantes estaban molestos porque algunos artículos suponían que la cuestión del género no se puede resolver de manera científica. Uno de ellos, escrito por la columnista Pamela Paul en defensa de J.K. Rowling, resulta especialmente ofensivo. Rowling no odia a quienes cambiaron de sexo, pero no cree que ser mujer u hombre sea simplemente algo que se elige.

Los progresistas que piden la prohibición de los libros de Harry Potter escritos por Rowling (que también fueron denunciados por los fanáticos de derecha por promover la brujería) no lo hacen completamente por motivos religiosos. Nuevamente, hablan de lugares de trabajo inhóspitos, marginación, insensibilidad, etc., pero a menudo son tan dogmáticos como los creyentes religiosos. Están convencidos de que alguien que nació con genitales masculinos es mujer si él/ella lo afirma. Dudar de esta convicción, como lo hace Rowling, viola su visión de la naturaleza.

Con esto no quiero sugerir que las amenazas de la izquierda al acceso de los estudiantes a los libros sean tan graves como las que provienen de extrema derecha. A diferencia de los partidos de extrema derecha, incluido el partido republicano hoy día, los políticos a la izquierda del centro no suelen pedir que el estado implemente prohibiciones legales. De todas formas, cierta retórica progresista le está otorgando ventajas a la derecha populista.

Desprovisto de una plataforma económica coherente, el Partido Republicano se volcó de lleno a la guerra cultural estadounidense, pero dado que el llamado de los conservadores religiosos y sociales suele captar mucho más el favor de los votantes que las posturas dogmáticas sobre identidades sexuales raciales, esta no parece una guerra que la izquierda vaya a ganar. Los demócratas y otros partidos progresistas del mundo occidental harían bien en centrarse menos en las sensibilidades heridas y más en los intereses económicos y políticos de los votantes."                              (

8/1/21

Hay una diferencia importante entre la izquierda y derecha radical en Occidente. Mientras la izquierda radical se modera cuando crece y cuando alcanza las instituciones,la derecha radical se envalentona y radicaliza conforme crece

Pedro Fresco @PedroFresco

 Hay una diferencia importante entre la izquierda y derecha radical en Occidente. Mientras la izquierda radical se modera cuando crece y cuando alcanza las instituciones,la derecha radical se envalentona y radicaliza conforme crece. Esto tiene explicaciones políticas (HILO)

2/Las ideas de izquierda radical tienen una base socioeconómica clara, en favor de los desfavorecidos. Cuando quieren crecer, forzosamente necesitan atraer a personas q disfrutan de cierto bienestar relativo, tienen cierto capital o patrimonio, etc. Para hacerlo, deben moderar la

3/parte más radical d su programa económico inicial, dejando lo aceptable para mayorías. En el terreno cultural, como la izquierda radical defiende a las minorías,sus cambios tienden a generar posturas más aceptables a las mayorías. Pero la derecha radical es totalmente distinta.

4/La derecha radical no se nuclea en cuestiones socioeconómicas, su base son los sentimientos primarios, el miedo social, el odio y el desprecio por los cambios sociales. Ellos agitan la semilla del odio y el miedo q todos llevamos dentro potencialmente, y la riegan con mentiras

5/agitando fantasmas, fabricando amenazas, etc. Su estrategia consiste en "empujar" a la sociedad hacia esa mentalidad q quieren implantar, anulando el juicio y la razón en base a miedos y sentimientos primarios. Por eso no se moderan cuando crecen, al revés, se radicalizan más..

6/conforme su mensaje está más presente, crean nuevos enemigos a los q atacar, nuevas categorías a las q odiar. En vez de moderarse para crecer, se "sueltan" más, y dan rienda suelta a su odio de manera más evidente, pq el crecimiento lo interpretan como una validación social de

7/ese odio. Por eso, en nuestro contexto social, político y económico, la derecha radical es muchísimo más peligrosa q la izquierda radical, y cualquier equidistancia es una irresponsabilidad que no debe ser tolerada ni aceptada. 

10:00 a. m. · 7 ene. 2021
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Alfred@AlfredLiberal
En respuesta a @PedroFresco

 No es tan sencillo en el caso de EEUU, Pedro. Aquí la percepción es que la "izquierda" es una "elite" urbanita adinerada (y en muchos casos así es). No quita eso de lo que has comentado, pero sí contextualiza las cosas.

2:37 p. m. · 7 ene. 2021·Twitter Web App

Pedro Fresco @PedroFresco
En respuesta a @AlfredLiberal

 Esa percepción también la quiere crear la extrema derecha en Europa ¿no pretende Le Pen erigirse contra la élite francesa? O lo q hacen aquí con Podemos, hablando del "marques de Galapagar" y cosas así. También lo hacían los fascistas de los años 30, por cierto.

Marga Mediavilla @MediavillaMarga
En respuesta a @PedroFresco 

Pero es que se llama izquierda radical a cualquier cosa: a partidos que defienden un keynesianismo más bien tímido. El equivalente de Vox por la izquierda sería el anarquismo, por ejemplo, y ni está en el Congreso ni en el Gobierno.

Pedro Fresco @PedroFresco

 Como he comentado antes, para evitar subjetividades me he basado en el espectro político vigente. El anarquismo y el comunismo no existen ya.

3/12/20

Los rojipardos: ¿mito o realidad? ¿Populismo de derechas? ¿Fascismo? ¿Las clases trabajadoras votan a los ultraderechistas? Simplemente, un sector de la nueva ultraderecha que se apropia de un discurso de izquierdas para intentar ocupar el vacío dejado por los partidos progresistas en las últimas tres décadas

 "«Valores de derecha, ideas de izquierda»: con lemas como este, algunos intelectuales vienen actualizando, en estos años, la tradición «rojiparda», que recubre adscripciones de extrema derecha, e incluso fascistas, con una retórica de izquierda. Si bien se trata de grupos minoritarios, la actual confusión ideológica en las izquierdas, junto con la atracción del soberanismo, les da a estos discursos una circulación que no hay que exagerar, pero tampoco subestimar.

Desde hace algún tiempo ha reaparecido en el debate público el término «rojipardo». Supuestamente se trataría de la convergencia de sectores de extrema derecha y extrema izquierda que se unirían o, como mínimo, se aliarían en contra del globalismo neoliberal. En medios izquierdistas, sobre todo en Italia o Francia, no faltan artículos que avisan de este peligro. «Cuidado», vienen a decir, «el fantasma rojipardo no ha desaparecido».

 Los liberales lo utilizan para remachar en lo de siempre: «los extremos se tocan» es su interpretación, «fascismo y comunismo fueron las dos facetas del totalitarismo en el siglo xx y sus epígonos posmodernos siguen en las andadas». 

Por lo general, los interesados niegan con insistencia esta adscripción –cuando tienen a sus espaldas una militancia de izquierdas– o juegan con esta excelente visibilidad que les brindan los medios –cuando vienen del neofascismo o la ultraderecha–, intentando enturbiar aún más si cabe unas aguas de por sí ya bastante turbias. Ahora bien, ¿el rojipardismo es un peligro? ¿Existe una amenaza rojiparda? ¿De qué estamos hablando en realidad? ¿La clase trabajadora vota a la ultraderecha?

Hay una serie de cuestiones de fondo. La primera se conecta directamente con una pregunta: ¿la nueva ultraderecha ha conquistado votantes de izquierda? O, mejor dicho, ¿las clases trabajadoras votan a los ultraderechistas? Se está debatiendo mucho al respecto. Las posiciones entre sociológos y politólogos están en algunos casos en las antípodas. 

La victoria de Donald Trump de 2016 se ha explicado sobre todo por el apoyo de la clase obrera del Medio Oeste abandonada por los demócratas. Este análisis suele solaparse con el concepto del angry white man que por razones tanto económicas como culturales habría votado mayoritariamente por el tycoon neoyorquino1. 

 No cabe duda de que una parte de la clase trabajadora blanca votó por Trump; sin embargo, más que la clase social, han pesado cuestiones como la brecha educativa, el gerrymandering –es decir, la manipulación de las circunscripciones electorales en muchos estados controlados por los republicanos–, la utilización de dosis descomunales de fake news difundidas aún más a través de las nuevas tecnologías –incluida la perfilación de datos de forma ilegal– o el hecho de que la mayoría de los votantes republicanos apoyó a Trump aunque les podía desagradar como candidato2.

De forma similar, en Reino Unido, Francia, Italia y España se ha debatido mucho si la ultraderecha ha mordido en el electorado de izquierdas3. A menudo, la cuestión se ha mezclado con las posturas de las formaciones de izquierdas hacia el euro y la Unión Europea. «Hace falta una izquierda que reivindique la patria y la nación y que no sea euroyonki», han clamado algunos intelectuales y periodistas. 

No se puede subestimar esta cuestión, pero tampoco se la debe magnificar. En España, por ejemplo, Vox ha pescado casi solamente entre ex-votantes del Partido Popular (pp) o Ciudadanos, mientras que en Italia la Liga de Matteo Salvini ha conseguido atraer esencialmente a ex-votantes de la Forza Italia de Silvio Berlusconi o del Movimiento 5 Estrellas (M5E), además de a unos cuantos abstencionistas4.

El problema es que, por un lado, se suele olvidar que también en las décadas pasadas había sectores no desdeñables de la clase trabajadora que escogían las papeletas de los partidos de derecha. Había obreros que votaban al gaullismo, la Democracia Cristiana y luego Berlusconi o el pp de José María Aznar y o Mariano Rajoy. Por otro lado, no se puede razonar como si la geografía de un país fuese una foto inmutable en la que sigue habiendo ciudades o regiones obreras como hace 30 o 50 años. 

Esto se debe no solo al evidente proceso de desindustrialización, sino a que en muchos casos los hijos o los nietos de aquellos obreros han podido estudiar y obtener un título universitario. Ya no son clase trabajadora, o por lo menos no trabajan en la línea de producción de una fábrica como sus padres o abuelos: son y, sobre todo, se perciben como clase media, aunque sean trabajadores precarios y en la última década hayan vivido un proceso de empobrecimiento por la Gran Recesión y la aplicación de políticas de austeridad. Este no es un tema baladí.

¿Qué es y qué propone la extrema derecha 2.0?

La segunda cuestión de fondo se relaciona directamente con lo que es y lo que propone la nueva ultraderecha representada por Trump, Marine Le Pen, Salvini, Jair Bolsonaro, Viktor Orbán, Santiago Abascal, Geert Wilders, Heinz-Christian Strache y un largo etcétera.

 En la última década, el debate sobre cómo llamar este fenómeno ha sido interminable: ¿populismo de derecha radical, nacionalpopulismo, extrema derecha, posfascismo o fascismo a secas? No se trata tan solo de una cuestión terminológica y académica: de ella depende en buena medida también su interpretación. Es necesario considerar que: 

a) el populismo no es una ideología, sino un estilo, un lenguaje o una estrategia política; 

b) el fascismo fue un movimiento político y una ideología que concluyó con la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial; y 

c) las formaciones que representan los antes mencionados líderes son algo completamente distinto de lo que era no solo el fascismo de entreguerras, sino también el neofascismo de la época de la Guerra Fría. Por todo esto, he propuesto la definición de extrema derecha 2.05. Este concepto es útil por al menos cuatro razones: 

a) ejemplifica claramente la novedad de este fenómeno, poniendo de relieve la ruptura respecto al pasado, sin perder de vista las líneas de continuidad: esta nueva ultraderecha ha conseguido «desguetizarse», ha dejado las esvásticas y los saludos romanos y se ha puesto una americana y una corbata, haciéndose más presentable; 

b) evita el blanqueamiento de estas formaciones a través del velo de Maya del populismo; 

c) pone de manifiesto la utilidad de una macrocategoría que incluya todas estas experiencias; 

d) subraya la importancia de las nuevas tecnologías para su avance.

En cada país, esta extrema derecha 2.0 tiene características peculiares, pero existen unos mínimos comunes denominadores que comparten todas estas formaciones: un marcado nacionalismo, la voluntad de recuperar la «soberanía nacional» (que en Europa se solapa con el euroescepticismo), la negación del rol de los organismos multilaterales, el antiislamismo, la lucha contra la inmigración y la guerra abierta contra lo que definen como la «dictadura de la corrección política», representada por una serie de valores que parecían asumidos ya por las sociedades abiertas, como el respeto de las minorías y un conjunto de derechos civiles (igualdad de género, aborto legal, etc.).

Ahora bien, estas formaciones tienen también importantes divergencias: hay quien es ultraconservador en temas de derechos civiles, como las extremas derechas del sur y del este de Europa o de Brasil, países católicos u ortodoxos, y quien es un poco más abierto en estos temas, como las formaciones del norte de Europa que llegan a defender en algunos casos el matrimonio homosexual, como es el caso del Partido por la Libertad holandés. Hay también diferencias geopolíticas: Salvini y Le Pen admiran a Vladímir Putin, a quien consideran un modelo y un aliado, además de un posible financiador; para los españoles de Vox o los portugueses de Chega!, el atlantismo es un pilar indiscutible; mientras que en Polonia y los Países Bálticos, Rusia es el principal enemigo, sea quien fuere quien gobierna en Moscú. Finalmente, existen posiciones contrapuestas en los programas económicos: hay quien defiende políticas ultraliberales, como Vox, Chega! o Bolsonaro; quien brega por una suerte de Welfare chauvinism, como Le Pen; y quien se sitúa, a veces con evidentes contradicciones, en una posición intermedia, mezclando políticas neoliberales con otras más proteccionistas o sociales.

 El caso de Trump es paradigmático, así como el del Partido de la Libertad austríaco o el de la Liga de Salvini en Italia, que estando en el gobierno junto al M5E, defendió al mismo tiempo la aplicación del impuesto plano que beneficiaba a los ricos y una reforma de las pensiones para permitir la jubilación cinco años antes respecto a lo establecido durante el gobierno técnico de Mario Monti. Una de cal y otra de arena. Por esto, hay quien, como la investigadora Clara Ramas, ha hablado de dos corrientes dentro de la nueva ultraderecha: los social-identitarios y los neoliberales autoritarios6.

Por último, hay dos características por tener en cuenta de la extrema derecha 2.0. Por un lado, el tacticismo, a veces exacerbado, que la lleva a cambiar de posición en poco tiempo sobre temas cruciales sin entrar aparentemente en contradicción. Piénsese en el giro de la Liga del secesionismo padano en tiempos de su fundador, Umberto Bossi, al nacionalismo italiano con Salvini, o en el cambio de postura por parte de Le Pen y el mismo Salvini de la defensa de la salida del euro a una aceptación de la moneda única y la voluntad de reformar la ue. O, en el ámbito económico, el mismo giro vivido por el Frente Nacional, que ha pasado de políticas reaganianas en tiempos de Jean-Marie Le Pen al ya citado chovinismo de bienestar con su hija Marine, preocupada además por «desdiabolizar» su formación en pos de llegar al gobierno del país7.

Por otro lado, está el tema de la utilización constante de la propaganda que, entre tantos bulos, dificulta mucho la posibilidad de discernir lo real de lo falso. Un ejemplo: cuando era ministro del Interior, Salvini repitió tropecientas veces que había cerrado los puertos italianos para evitar la llegada de migrantes y refugiados. En realidad, aunque se criminalizó a las ong y se aprobaron leyes que complicaban sobremanera la entrada y regularización de extranjeros, los puertos jamás fueron cerrados. Esto no quita que tanto los medios como la mayoría de la población estuviesen convencidos de que Italia había cerrado a cal y canto sus puertos. Algo similar se puede decir del caso de Trump, quien recuerda incesantemente que su preocupación es la de mejorar el nivel de vida de la clase media y trabajadora estadounidense, pero aprobó una reforma fiscal que ha llevado por primera vez en la historia a que los ricos paguen menos impuestos que el resto de los ciudadanos8.

 El parasitismo ideológico de la extrema derecha 2.0

Todo esto no excluye que haya un sector de la nueva ultraderecha que se apropia de un discurso de izquierdas para intentar ocupar el vacío dejado por los partidos progresistas en las últimas tres décadas. Salvini, Le Pen y también Trump hablan a los llamados «perdedores de la globalización» y a los «olvidados de la izquierda». El caso del líder de la Liga es emblemático: además de ser hiperactivo en la propaganda en línea –es el político europeo con más seguidores en Facebook–, a menudo con posteos sobre su día a día con el objetivo de mostrarse como «alguien del pueblo», Salvini pisa constantemente las periferias y los pueblos en mítines y fiestas populares, donde se deja ver comiendo salchichas y papas fritas. Asimismo, utiliza un lenguaje popular y sencillo contrapuesto a los intelectuales y a la jerga de la política.

Es indudable que de fondo se encuentra una triple cuestión: la crisis de los partidos tradicionales, la de la izquierda y la de las ideologías. Por un lado, la forma partido que habíamos conocido en el siglo xx en el mundo occidental se ha convertido en una especie de antigualla. Hoy en día los partidos son más bien marcas: no están arraigados en el territorio, no tienen secciones, militantes o grandes debates internos. Piénsese en el m5e, Ciudadanos o La República en Marcha de Emmanuel Macron. Los partidos no son ya correas de transmisión de las demandas de los ciudadanos hacia las instituciones: nuestras sociedades se han deshilachado aún más. Se ha acelerado consecuentemente ese sentimiento de desarraigo definido como síndrome del forgotten man, en referencia a quienes «se sienten olvidados»: por su situación material y la percepción de haber caído fuera del relato colectivo, buscan frenéticamente a alguien «que pueda representar su inseguridad». No extraña pues que la desconfianza hacia las instituciones –excepto la Policía y el Ejército– haya aumentado exponencialmente en la mayoría de los países en los últimos años9.

Por otro lado, la izquierda ha sufrido una mezcla de desfiguración paulatina, con el giro centrista de la socialdemocracia a partir de la década de 1990 –que con el blairismo asumió una parte del modelo neoliberal–, y de crisis existencial, con la incapacidad de la izquierda radical, al menos en Europa, de encontrar un nuevo lugar tras el fin del socialismo real. Finalmente, existe una profunda confusión ideológica que, si bien poco tiene que ver con el «fin de la Historia» planteado al final de la Guerra Fría por Francis Fukuyama, permite la difusión de planteamientos que aparentemente mezclan ideologías contrapuestas o se proponen superar la dicotomía izquierda-derecha. Lo que explica también, en fin, por qué nos encontramos en una época populista.

Aquí cabe introducir un elemento clave que nos lleva al meollo del tema del rojipardismo: el parasitismo ideológico de la nueva ultraderecha10. En realidad, no se trata de algo nuevo. En primer lugar, no olvidemos que los fascismos de entreguerras prestaron mucha atención a la cuestión social y a buscar el consenso entre las clases trabajadoras. No cabe duda de que esto se hizo también con la violencia y la represión, pero el encuadramiento de la sociedad en grandes organizaciones de masas fue un elemento crucial. El fascismo italiano gastó muchas energías –sobre todo en el terreno propagandístico– en el proyecto corporativo. La retórica «proletaria» no fue secundaria para un político como Benito Mussolini, que provenía del socialismo revolucionario. Y tampoco lo fue para el llamado «fascismo de izquierda» italiano, los sectores cercanos a Gregor Strasser en el caso del nazismo o el Partido Popular Francés. Como bien explicó el historiador George L. Mosse, el fascismo fue un «organismo saprófago» que intentó apropiarse de todo lo que había fascinado a la gente entre los siglos xix y xx: romanticismo, liberalismo, socialismo, darwinismo, tecnología moderna… ¿No está pasando algo similar con la extrema derecha 2.0?

 

No debe olvidarse, además, la capacidad que tuvieron los fascismos de cooptar a ex-dirigentes de partidos de izquierdas, como demuestran, entre otros, los casos de los ex-comunistas Nicola Bombacci, Jacques Doriot, Paul Marion y Óscar Pérez Solís. Mayoritariamente no se trató de oportunismo, sino de una sincera conversión ideológica: según Bombacci, el fascismo mussoliniano era la verdadera realización del socialismo11. En el fondo, aquí encontramos una vexata quaestio, que es la compleja relación entre las categorías de clase y nación que ha marcado la historia política contemporánea. ¿Reivindicar la nación es de derechas? ¿El internacionalismo impide ser patriotas? ¿Clase y nación son identidades antinómicas o emparejables? Es una cuestión que se vuelve a presentar en la actualidad.

En segundo lugar, tenemos la reflexión desarrollada por el filósofo francés Alain de Benoist a partir de finales de la década de 1960. Al calor de las luchas del largo 1968, el fundador del Grupo de Investigación y Estudios para la Civilización Europea (grece, por sus siglas en francés) abogaba por que el neofascismo se centrase en la batalla cultural, creando una alternativa a la cultura positivista y progresista liberal y marxista. Se debía aprender de la izquierda para convertirse en hegemónicos, introduciendo en los discursos del adversario temáticas de derechas o apropiándose de sugestiones de izquierdas para reelaborarlas. Así, la Nouvelle Droite [Nueva Derecha], influenciada por el tradicionalismo anti-Ilustración y el neopaganismo de Julius Evola, abogó por abandonar el racismo biológico –inutilizable tras Auschwitz– y por construir una antropología antiigualitarista basada en conceptos como el diferencialismo identitario y el etnopluralismo, que podían además encontrar puntos de contacto con el antimundialismo compartido por parte de la izquierda. Hay que recordar que el cofundador del grece junto a De Benoist, Guillaume Faye, fue autor en 1981 del libro-manifiesto del antimundialismo, Le système à tuer les peuples [El sistema para matar a los pueblos]12. De Benoist había leído a Antonio Gramsci: de la guerra de posiciones planteada por el intelectual sardo surge en buena medida la propuesta metapolítica del francés que permitió una paulatina renovación de la ultraderecha. El llamado gramscismo de derechas de De Benoist es pues un Gramsci demarxistizado13.

La Nueva Derecha tuvo influencia más allá del Hexágono: piénsese en la Neue Rechte de Heinning Eichberg en Alemania y la Nuova Destra italiana o la estrategia entrista de militantes neofascistas y neonazis en la primera Liga Norte de Bossi, como Mario Borghezio, Gianluca Savoini o Gilberto Oneto, que la dotó de la simbología identitaria padana. Marco Tarchi, el intelectual de referencia de la nueva derecha italiana, abogaba ya a finales de los años 70 por «nuevas síntesis» que rompiesen la contraposición entre derecha e izquierda14. El fin del mundo bipolar y la descomposición de la Unión Soviética dieron alas a esta interpretación que se saldó con la propuesta eurasianista de Alexander Dugin15.

Nacionalbolcheviques y rojipardos en la historia

Ahora bien, si damos un vistazo al último siglo, encontramos diferentes experiencias de rojipardismo en momentos de tensiones o rupturas geopolíticas. Las primeras muestras de nacionalbolchevismo se dieron de hecho en Alemania en 1919, alrededor de la firma del Tratado de Versalles, tras la derrota en la Gran Guerra. Según Erich Müller, quien en 1932 dedicó un libro a este fenómeno, en los años de la República de Weimar hubo tres tipologías de nacionalbolchevismo: el táctico, representado por las corrientes rusófilas de la política prusiana y alemana; el político, encarnado por algunos grupúsculos cercanos a figuras como la de Ernst Niekisch; y uno coincidente con el filón nacional del Partido Comunista Alemán (kpd, por sus siglas en alemán). De hecho, el término nacionalbolchevismo –o bolchevismo nacional– se empezó a utilizar entre 1919 y 1920 cuando el dirigente de la Internacional Comunista, Karl Radek, y el mismo Lenin criticaron duramente la posición expresada por dos cuadros del kpd de Hamburgo, Heinrich Laufenberg y Friedrich Wolffheim, quienes con el objetivo de reabrir el conflicto y derrotar al capitalismo internacional defendían la transformación de la lucha de clases en guerra entre naciones. Si excluimos la rusofilia de sectores políticos e intelectuales germanos y la corriente nacional del kpd, el nacionalbolchevismo tout court se presentó como un magma heterogéneo de grupúsculos, siempre divididos entre sí, que no llegaron a sumar 5.000 militantes en el ocaso de la República de Weimar16.

Un segundo momento es el del largo 1968, cuando sectores neofascistas intentaron adaptarse a los nuevos tiempos en sintonía en buena medida con la reflexión hecha por De Benoist. Ahí encontramos al grupo de Lotta di Popolo en Italia –que sumó algunos centenares de militantes entre 1969 y 1973–, que se presentó como la continuación de la experiencia de la Joven Europa, el movimiento creado por el ex-socialista y ex-ss Jean-François Thiriart. Los nazi-maoístas –así se les tachó– clamaban por la unidad del pueblo y una Europa unida, defendían las luchas de liberación nacional en África y Asia, y se definían como una organización revolucionaria antisistema «ni de derechas ni de izquierdas». En realidad, como apunta Nicolas Lebourg, más que nazi-maoístas eran un movimiento tradicionalista revolucionario que recuperaba la idea de socialismo «europeo» y «viril» de los colaboracionistas franceses Marcel Déat y Pierre Drieu La Rochelle17. Según Alfredo Villano, Lotta di Popolo tenía los rasgos antiburgueses y anticapitalistas del fascismo de izquierda injertados en las ideas de Thiriart y las experiencias de autogestión del movimiento estudiantil18. Experimentos similares se dieron también en Francia y Alemania. La Causa del Pueblo/Organización Revolucionaria Nacional (nrao-sdv, por sus siglas en alemán) –unos 400 militantes a mediados de la década de 1970– defendía una revolución nacional, ecológica y socialista e intentó –sin conseguirlo– entrar en Los Verdes. En los años posteriores se dieron otros casos que siguieron el mismo patrón, como el grupo de Tercera Posición en Italia –cuyo eslogan era «Ni Frente Rojo ni reacción»–, fundado por Roberto Fiore y Gabriele Adinolfi, quienes unas décadas más tarde se convertirán en los líderes de las dos principales organizaciones del neofascismo transalpino, Forza Nuova y CasaPound Italia.

Finalmente, el tercer momento es el del final de la Guerra Fría, cuando se juntaron las nuevas formulaciones hijas de los años 70 –el grupo de la revista Orion de Claudio Mutti y Maurizio Murelli, Nouvelle Résistance de Christian Bouchet, el Movimiento Social Republicano de Juan Antonio Llopart, etc.– con el euriasianismo de Dugin. El mundo postsoviético se convirtió en el verdadero laboratorio que los nacionalistas revolucionarios occidentales miraban con interés: en 1993 se fundó en Rusia el Partido Nacional-Bolchevique (pnb), liderado por Eduard Limónov acompañado hasta 1998 por el mismo Dugin. El pnb adobaba de fraseología aparentemente marxista-leninista su propuesta, que se fundaba en tres ideas: un Estado fuerte y militar, la mitización del pueblo ruso y el resentimiento contra Occidente y los judíos. Todo bajo la interpretación geopolítica e histórica del eurasianismo que, más que una tercera vía entre capitalismo y comunismo es, en la acertada definición de Marlene Laurelle, la versión rusa de la extrema derecha europea. Y es justamente durante esta coyuntura cuando se acuña el concepto de rojipardismo: por un lado, en 1992 Boris Yeltsin tacha de rojipardo al Frente de Salvación Nacional impulsado por el comunista Guennadi Ziugánov, al cual se sumó también el pnb de Limónov19. Por otro lado, en julio de 1993, se publica en Francia un llamamiento de diferentes intelectuales de izquierda en contra de la tentación nacional-comunista y el peligro de una deriva rojiparda. Se hacía referencia especialmente al escándalo que se montó por la invitación que el Instituto de Estudios Marxistas, vinculado al Partido Comunista Francés (pcf), había hecho a De Benoist para participar en algunas conferencias20.

La galaxia rojiparda en la actualidad

Como se puede ver, el rojipardismo reaparece de vez en cuando como un río cárstico, sobre todo en momentos de tensiones geopolíticas y «confusión» ideológica. No es casualidad, pues, que en los últimos años hayamos tenido nuevas muestras de ello. Al fracaso del proyecto de Nuevo Orden Mundial estadounidense, el creciente protagonismo de China, las tensiones en la ue por la salida del Reino Unido, la ola populista global y ahora la crisis por la pandemia de covid-19, se suman además los cambios en el mundo del trabajo por la cuarta Revolución Industrial y una profunda crisis cultural en Occidente.

En buena medida, y sin entrar en un mapeo de todas las experiencias que podríamos etiquetar de rojipardas, se trata de grupúsculos de extrema derecha o claramente neofascistas que asumen un discurso y lemas de izquierda. En la estela de De Benoist, consideran la derecha y la izquierda como dos ideologías superadas: ahora el enemigo es el «mundialismo» representado por figuras como Georges Soros y Bill Gates. Dicen defender la soberanía nacional y al pueblo, proponen políticas proteccionistas y de gasto social en el ámbito económico, son profundamente antiestadounidenses y antiimperialistas, consideran la ue y el euro como una jaula y reivindican a figuras heterodoxas que no encajan en el clásico panteón neofascista (el Che Guevara, Hugo Chávez, Evo Morales…). Suelen ser muy conservadores en temas de derechos civiles: defienden la familia tradicional, un tema que se conecta directamente con el comunitarismo de Thiriart, y se oponen a la inmigración declinando «marxísticamente» teorías xenófobas al definir a los migrantes como un «ejército industrial de reserva». Así, critican duramente la que definen, en la expresión del filósofo rojipardo italiano Diego Fusaro, la «izquierda fucsia» o «arcoiris», que sería globalista y favorable a la acogida de los migrantes. Son muy provocadores y claman contra la dictadura de la corrección política que impediría, según ellos, la libertad de expresión. Podríamos decir, pues, que el rojipardismo de la década de 2010 es en buena medida la versión 3.0 del que se había dado entre los años 70 y 80. No es casualidad que en un número no desdeñable de casos estén las mismas personas provenientes de círculos neofascistas de esos años.

Ahora bien, si no cabe duda de que los rojipardos siguen siendo ultraminoritarios como en las décadas pasadas, también es cierto que directa o indirectamente sus ideas tienen una difusión nada desdeñable en medios y redes. Además, parte de la extrema derecha 2.0 –que se ha convertido respecto al pasado en hegemónica en distintos países– compra su discurso, y algún que otro dirigente de izquierda muestra interés por su propuesta (o, al menos, parte de ella). Por esto creo que la imagen más correcta para entender el rojipardismo en la actualidad es la de una galaxia: alrededor de un sol extremadamente pequeño, formado por los grupúsculos, periódicos, editoriales y páginas web rojipardas –es decir, neofascistas con una fraseología izquierdista–, gira una serie de planetas y satélites que rodean a su vez a esos planetas. Pero sobre todo, vemos las irradiaciones de esa estrella en lugares más o menos lejanos.

Así, en el corazón de esta galaxia en España encontramos la última creación de Llopart, la revista La Emboscadura o el periódico digital El Manifiesto, mientras en Italia, que es sin duda alguna un verdadero laboratorio político en este sentido, tenemos pequeños periódicos online como L’Intellettuale Dissidente, L’Antidiplomatico y La Via Culturale, o movimientos como Vox Italiae –cuyo lema es «valores de derecha, ideas de izquierda»–, fundado por Fusaro, quien aunque se define como filósofo marxista colabora con Il Primato Nazionale, la revista de los autodenominados «fascistas del tercer milenio» de CasaPound Italia, se codea con Dugin, defiende el comunitarismo y considera a De Benoist su referente21.

Luego, entre los planetas más o menos lejanos, encontramos a sectores de izquierdas que abogan, por táctica o convicción, por una posición más rígida en el tema de la inmigración, valores más conservadores y la defensa de la soberanía nacional. En estos temas pueden tener puntos de contacto con la nueva ultraderecha. No extraña pues que hacia 2017 se hablara de un posible eje entre Le Pen y Jean-Luc Mélenchon contra el liberal Macron, o que en el país galo se lancen proyectos como Front Populaire, la revista del filósofo izquierdista Michel Onfray, que se propone unir a los soberanistas de ambas orillas22. En 2019, en Reino Unido, el politólogo Maurice Glasman creó Blue Labour (Laborismo Azul), un grupo de presión dentro del Partido Laborista cuyo lema era «trabajo, familia, comunidad» y que se planteó dialogar con los neofascistas de la Liga de Defensa Inglesa de Tommy Robinson23. En Alemania, en 2018, Sahra Wagenacht fundó Aufstehen (Levántate) con posiciones muy críticas hacia las políticas de fronteras abiertas. En Italia tenemos el pequeño grupo Nuova Direzione, con el periodista Carlo Formenti –con un pasado en Autonomia Operaia–, y Patria e Costituzione, la asociación política fundada por el ex-dirigente del Partido Democrático Stefano Fassina. En España, finalmente, hemos visto en el último bienio a figuras sui géneris de Podemos –como Jorge Vestrynge, con un pasado en la posfranquista Alianza Popular, o Manolo Monereo, proveniente del Partido Comunista de España (pce) y estrecho colaborador de Julio Anguita– defender posiciones similares. Monereo, por ejemplo, apadrinó en la península ibérica a Fusaro, alabó las medidas sociales del gobierno italiano de Salvini-Di Maio y se dejó entrevistar por La Emboscadura defendiendo una izquierda claramente soberanista.

¿Una opción con futuro?

Como se puede ver, es realmente complicado trazar un mapeo de todas las experiencias que podrían acabar de una forma u otra bajo la etiqueta de rojipardismo. Quizás tampoco tiene demasiado sentido hacerlo: el riesgo es el de ver nacionalbolcheviques por todos lados y crear un fantasma que se pasea por nuestras ciudades. También en estos tiempos gaseosos, el rojipardismo tout court sigue siendo formado por sectores ultraminoritarios del nacionalismo revolucionario que utilizan una fraseología izquierdista para camuflarse. Como apunta David Bernardini, desde su nacimiento en la República de Weimar el rojipardismo es «una corriente en la derecha radical que busca de distintas maneras combinar los dos polos movilizadores del siglo xx, la clase y la nación, el socialismo y el nacionalismo, para definir un proyecto soberanista, autoritario e identitario, a menudo proyectado en una dimensión euroasiática»24.

Ahora bien, tampoco debemos subestimar la influencia que esta corriente tiene en la opinión pública y sobre todo en algunos sectores de izquierdas, aunque sean aún minoritarios al día de hoy. Sin duda, hay gradaciones y matices entre quienes desde el mundo progresista acaban consciente o inconscientemente influenciados por estas ideas. Pero no cabe duda de que respecto al pasado las izquierdas parecen más permeables a estos discursos. La razón se encuentra en la desorientación general y en la profunda crisis de identidad que están viviendo los proyectos progresistas. Es a partir de ahí, pues, de donde se debe empezar: de la reformulación por parte de las izquierdas de un proyecto esperanzador e incluyente y de volver a dar la batalla cultural. Y, por otro lado, llamando las cosas por su nombre: los ultraderechistas que defienden políticas sociales (solo para nativos) son ultraderechistas, no son ni populistas ni una «nueva izquierda», como les gusta repetir a algunos de ellos. De esta forma, el peligro rojipardo, aunque no desaparecerá, seguirá siendo un fenómeno minoritario."                     (Steven Forti  , Nueva sociedad, nº 288, Julio/Agosto, 2020)

30/7/19

El concepto de ciudadanía nace de la convicción de que la única forma de combinar diversidad e igualdad y, por tanto, generar justicia social, es creando un espacio más elevado y abstracto en el que, hables la lengua que hables, seas hombre o mujer, negro o blanco, seas lo mismo que tus semejantes...

"(...) El concepto de ciudadanía es profundamente republicano y nace de la convicción de que la única forma de combinar diversidad e igualdad y, por tanto, generar justicia social, es creando un espacio más elevado y abstracto en el que, hables la lengua que hables, seas hombre o mujer, negro o blanco, seas lo mismo que tus semejantes.

 Es un concepto imprescindible a medida en que el mundo se hace más complejo, se extiende la entropía social y en el que toca repartir cada vez menos recursos entre cada vez más personas.  (...)

Izquierda tiene, al menos, dos grupos de significados que muchos izquierdistas entremezclan fatalmente en detrimento de sus propios objetivos programáticos. El primero consiste en una lectura del fenómeno democrático que se diferencia del de liberales y conservadores.

Lo que podríamos llamar el núcleo del espacio político de la izquierda es la interpretación "textil" del fenómeno democrático, es decir, su comprensión una especie de paño tejido por varios hilos distintos pero completamente interdependientes.  
¿Y qué hilos son esos?   

Estos hilos son

a.) el del reparto de las decisiones políticas,

b.) el del reparto de los recursos materiales y económicos,

c.) el del reparto del acceso a la educación y a la información o

d.) también el del reparto del acceso a un medioambiente saludable para las generaciones presentes y futuras etc.

El argumento central de la "izquierda" en que sólo si todos estos hilos se entretejen en un paño es posible crear realmente un orden llamado "democrático": sólo si las personas tienen satisfechas sus necesidades materiales mínimas, si disponen de una educación mínima etc es posible crear una sociedad de este tipo, en definitiva: no hay democracia a largo plazo sin justicia social, educativa, ambiental de género etc. (...)

El segundo significado de lo entendemos por izquierda es de contenido identitario: representa una suma de experiencias compartidas, referencias históricas, mitos y símbolos destinados a articular a los actores implicados en llevar adelante el programa del paño democrático.

 El problema es que cuando decae la capacidad efectiva de hacerlo, los elementos identitarios empiezan a ganar un peso excesivo hasta el punto de que pueden llegar a bloquear el avance hacia los objetivos programáticos. Esto obliga a actualizar continuamente las identidades políticas con el fin de evitar que se conviertan en una especie de arqueología discursiva destinada a mantener la cohesión conservadoras de las organizaciones.

El término perspectiva progresista sugiere la reivindicación de que el futuro puede y debe llegar a ser mejor que el presente para la mayoría de la población y para el conjunto del planeta, una reivindicación que admite naturalmente muchas formas de interpretar la palabra "mejor", pero que choca en todo caso con la impugnación postmoderna de la idea de progreso.  (...)"             (Entrevista a Armando Fernández Steinko, Salvador López Arnal , Rebelión, 09/07/18)

13/6/17

La izquierda global contra la derecha global: de 1945 a la fecha, cuando el 80% de la población mundial necesita luchar contra el 1% y atraer al otro 19% de su lado, para ganar

"El periodo entre 1945 y 1970 fue uno de extrema alta concentración de capitales a escala mundial y también de hegemonía geopolítica de Estados Unidos. En la geocultura el liberalismo centrista llegó a su cumbre como ideología gobernante. Nunca antes el capitalismo pareció funcionar tan bien. Esto no habría de durar.

El alto nivel de acumulación de capital, que en particular favoreció a las instituciones y al pueblo de Estados Unidos, alcanzó los límites en su capacidad para garantizar el necesario cuasi-monopolio de las empresas productivas.

La ausencia de un cuasi-monopolio significó que por todas partes la acumulación de capital comenzara a estancarse y los capitalistas comenzaron a buscar modos alternativos de sostener sus ingresos. Los principales modos fueron la relocalización de sus empresas productivas en zonas de costo menor y el involucramiento en la transferencia especulativa de capital existente, eso que le llamamos la financiarización.

En 1945, solamente el desafío del poder militar de la Unión Soviética pudo enfrentar el cuasi-monopolio geopolítico de Estados Unidos. Para garantizar su cuasi-monopolio, Estados Unidos tuvo que acceder a un arreglo tácito pero efectivo con la Unión Soviética, apodado Yalta. Este arreglo implicó una división del poder mundial, dos tercios para Estados Unidos y un tercio para la Unión Soviética.

Acordaron mutuamente no transgredir estos límites y no interferir con las operaciones económicas del otro en su propia esfera. También entraron en una guerra fría, cuya función no era derrocar al otro (por lo menos en el futuro previsible), sino mantener la incuestionada lealtad de sus respectivos satélites. Este cuasi-monopolio también llegó a su fin debido al creciente desafío a su legitimidad por parte de quienes se perdieron debido al statu quo.

Además, este periodo fue también uno en que los movimientos anti-sistémicos tradicionales conocidos como la Vieja Izquierda –comunistas, social-demócratas y movimientos de liberación nacional– llegaron al poder estatal en varias regiones del sistema-mundo, algo que había parecido altamente improbable apenas en 1945. Un tercio del mundo estaba gobernado por los partidos comunistas.

Un tercio estaba gobernado por partidos social-demócratas (o su equivalente) en la zona pan-europea (Norteamérica, Europa occidental y Australasia). En esta zona, el poder alternaba entre los partidos social-demócratas que profesaban el Estado de bienestar y los partidos conservadores que también aceptaban el Estado de bienestar, aunque con un alcance reducido.

Y en la última zona, el llamado Tercer Mundo, los movimientos de liberación nacional llegaron al poder al obtener su independencia en la mayor parte de Asia, África y el Caribe, promoviendo así regímenes populares en la ya independiente América Latina.

Dada la fortaleza de los poderes dominantes y en especial Estados Unidos, puede parecer anómalo que los movimientos anti-sistémicos llegaran al poder en este periodo. De hecho, fue lo opuesto. Al buscar resistir el impacto revolucionario de los movimientos anti-coloniales y anti-imperialistas, Estados Unidos favoreció concesiones con la esperanza y la expectativa de traer al poder fuerzas moderadas en estos países que estuvieran dispuestas a operar dentro de las normas aceptadas de comportamiento interestatal. Esta expectativa resultó ser correcta.

El punto de quiebre fue la revolución-mundo de 1968, cuyo dramático aunque breve punto álgido entre 1966-1970 tuvo dos resultados importantes. Uno fue el final de la muy larga dominación del liberalismo centrista (1848-1968) como la única ideología legítima en la geocultura. Por el contrario, tanto la izquierda radical izquierdista como la ideología derechista conservadora recuperaron su autonomía y el liberalismo centrista fue reducido a ser solamente una de las tres ideologías en competencia.

La segunda consecuencia fue el desafío a escala mundial para los movimientos de la Vieja Izquierda por todas partes, asegurando que la Vieja Izquierda no era anti-sistémica en lo absoluto. Su llegada al poder no había cambiado nada de ninguna importancia, decían los impugnadores. Estos movimientos fueron vistos ahora como parte del sistema que había que rechazar para que por fin tomaran su lugar los verdaderos movimientos anti-sistémicos.

¿Qué pasó entonces? Al principio, la derecha de nuevo afirmativa pareció ganar la partida. Tanto el presidente estadunidense, Reagan, como la primera ministra de Reino Unido, Thatcher, proclamaron el fin del desarrollismo dominante y el advenimiento de la producción orientada a la venta en el mercado mundial. Proclamaron TINA, there is no alternative. Que no hay alternativa.

Dada la decadencia del ingreso estatal en casi todo el mundo, la mayor parte de los gobiernos buscaron préstamos, que no podían recibir a menos que aceptaran los nuevos términos de TINA. Se les requirió reducir drásticamente el tamaño de los gobiernos y eliminar el proteccionismo, al tiempo de finiquitar los gastos del Estado de bienestar y aceptar la supremacía del mercado.

Esto fue llamado el Consenso de Washington, y casi todos los gobiernos acataron este importante viraje de foco. Los gobiernos que no cumplieron fueron derrocados del cargo, lo que culminó en el colapso espectacular de la Unión Soviética. Después de algún tiempo en el cargo, los Estados que sí acataron descubrieron que la prometida alza en el ingreso real de gobiernos y trabajadores no ocurrió.

Por el contrario, estos Estados sufrieron las políticas de austeridad impuestas sobre ellos. Hubo una reacción a TINA, marcada por el levantamiento zapatista en 1994, las exitosas manifestaciones de 1999 contra el intento en Seattle de promulgar garantías obligatorias para los llamados derechos de propiedad intelectual, y la fundación en 2001 del Foro Social Mundial en Porto Alegre, en oposición del Foro Económico Mundial, pilar de larga duración de TINA.

Conforme la Izquierda Global recuperó fuerza, las fuerzas conservadoras necesitaron reagruparse. Dieron un viraje del énfasis exclusivo en la economía de mercado, y lanzaron su rostro socio-cultural alternativo. De inicio invirtieron mucha energía en asuntos como luchar contra el aborto o promover la conducta exclusivamente heterosexual. Utilizaron tales temas para jalar a sus simpatizantes hacia la política activa. Y entonces ellos recurrieron a la anti-inmigración xenofóbica, abrazando el proteccionismo al que los conservadores económicos se habían opuesto específicamente.

Sin embargo, los simpatizantes de los derechos sociales expandidos para todos y el multiculturalismo copió la nueva táctica política de la derecha y exitosamente legitimaron a lo largo de la última década avances significativos en aspectos socio-culturales. Los derechos de las mujeres, los primeros derechos gay y luego el matrimonio gay, los derechos de los pueblos indígenas, todos fueron ampliamente aceptados.

Así que ¿dónde estamos? Los conservadores económicos ganaron primero y luego perdieron fortaleza. Los conservadores socio-culturales que les siguieron ganaron primero y luego perdieron fuerza. Y no obstante la Izquierda Global parece desconcertada. Esto ocurre porque todavía no está dispuesta a aceptar que la lucha entre Izquierda Global y Derecha Global es una lucha de clase y que eso debería hacerse explícito.

En la crisis estructural en curso en todo el sistema-mundo moderno, que comenzó en los 70 y que probablemente durará otros 20-40 años, el punto no es reformar el capitalismo, sino el sistema que sea su sucesor. Si la Izquierda Global va a ganar esa batalla, de manera sólida debe aliar las fuerzas contra la austeridad con las fuerzas multiculturales. Sólo reconociendo que ambos grupos representan el mismo fondo de 80 por ciento de la población mundial será probable que puedan ganar. 
 
Necesitan luchar contra el uno por ciento de hasta arriba y buscar atraer al otro 19 por ciento de su lado. Esto es exactamente lo que uno quiere decir cuando habla de lucha de clases." (Immanuel Wallerstein, La Jornada, 03/06/17)

23/5/17

Una izquierda en reconstrucción

"(...) ¿Será posible, en medio de las crisis en que estamos inmersos, reencontrar los rasgos que perfilen de nuevo la identidad de una izquierda atenta a los hechos a la vez que con capacidad de alternativa? Cabe hallar algunas pistas en torno a estos puntos:  

--La izquierda es un lugar epistémico, es decir, un lugar desde el que desplegar una visión crítica de la realidad social y, tras el conocimiento crítico, erigir alternativas frente a lo criticado: encubrimientos ideológicos, prácticas de dominio, realidades injustas, amenazas medioambientales...

--La izquierda es un punto de vista moral, que por otra parte nunca se ha de pretender acaparar, desde el cual se asume el compromiso de una opción ética, políticamente mediada, por los objetivos de justicia, de libertad, de igualdad que es necesario promover para conseguir una sociedad a la altura de la dignidad humana.

--La izquierda es voluntad de compromiso, capaz de articularse en formas de participación política y organización democrática como vías imprescindibles para la transformación social necesaria, alentando el protagonismo de ciudadanas y ciudadanos que desde sus más diversas condiciones 

–mujeres y hombres, trabajadores, jóvenes y mayores-- se involucran en sus propios procesos de emancipación y de reconstrucción solidaria de la realidad social.

--La izquierda es una posición política, identificable como contrapuesta a las posiciones de las derechas, desde la cual sostener proyectos y programas encaminados a ser alternativa a las políticas neoliberales y conservadoras.

--La izquierda es acción transformadora, convirtiendo la rebeldía en capacidad de cambio teniendo a la vista, frente a lo existente, el horizonte de lo aún no logrado que se puede conseguir, activando la esperanza desde un imprescindible bagaje de memoria histórica.

Si todos estos ingredientes se conjugan tomando en serio lo que ha de ser una democracia inclusiva, haciendo propio el feminismo, replanteando modelos ecológicos de desarrollo, recusando las mitificaciones engañosas, acentuando las exigencias de laicidad, recuperando la conciencia republicana y relanzando lo que puede ser un proyecto socialista reformulado para el mundo globalizado en el que estamos..., podemos reconstruir el perfil de una izquierda identificable. De ella habrá que decir que se trata de una izquierda que ha de ser reconocible en sus diversos rostros y voces. 

Nadie tiene el monopolio de la izquierda, pues nadie tiene ni la patente ni la exclusiva de lo que sea esa izquierda que, al fin y al cabo, se verá definida por sus prácticas. En política, se es lo que se hace."             (José Antonio Pérez Tapias , CTXT, 01/04/17)

4/6/15

El 47 % de los norteamericanos afirma que no tendría los recursos necesarios para afrontar un gasto extra de 400 dólares

 Varias personas buscan entre la basura de Los Ángeles (EE UU). / AFP

"(...) No me refiero, o no solamente, al desprecio de la derecha por los pobres, aunque el predominio del conservadurismo incompasivo es un espectáculo digno de contemplar. Según el Centro de Investigación Pew, más de tres cuartas partes de los conservadores creen que los pobres “lo tienen fácil” gracias a las ayudas públicas; solo uno de cada siete cree que la vida de los pobres sea “difícil”. 

Y esta actitud se traslada a la política. Lo que deducimos de la negativa a ampliar Medicaid (la asistencia sanitaria a los mayores de 65 años) en los estados bajo control republicano —aun cuando el Gobierno Federal pagaría esa factura— es que castigar a los pobres se ha convertido en un fin en sí mismo, algo que vale la pena defender aunque perjudique, más que beneficie, al presupuesto estatal.

Pero dejemos a un lado a los autodenominados conservadores y su desdén por los pobres. Lo que de verdad resulta llamativo es la desconexión existente entre el sentido común centrista y las realidades de la vida —y la muerte— de gran parte del país.

Fíjense en el ejemplo perfecto que representan las posturas sobre la Seguridad Social. Durante décadas, la disposición manifiesta a recortar las ayudas de la Seguridad Social, sobre todo aumentando la edad de jubilación, ha sido casi una postura obligada —una muestra de seriedad— para los políticos y los expertos que quieren parecer sensatos y responsables. 

Al fin y al cabo, la gente vive más tiempo, así que ¿por qué no debería trabajar más tiempo también? ¿Y no es la Seguridad Social un sistema anticuado, desconectado de las realidades económicas modernas?

Mientras tanto, el hecho es que vivir más tiempo en esta sociedad más desigual que nunca es, en gran medida, algo propio de cierta clase social: la expectativa de vida a los 65 años ha aumentado mucho entre los ricos, pero apenas ha cambiado entre quienes se sitúan en la mitad inferior de la distribución salarial, es decir, entre quienes más necesitan la Seguridad Social. 

Y aunque el sistema de pensiones que creó Roosevelt pueda parecerles anticuado a los profesionales adinerados, es casi literalmente un salvavidas para muchos de nuestros conciudadanos. La mayoría de los estadounidenses mayores de 65 años reciben más de la mitad de sus ingresos de la Seguridad Social, y más de la cuarta parte de ellos depende casi por completo de esos cheques mensuales.

Puede que estas realidades por fin estén penetrando en el debate político, hasta cierto punto. Últimamente, parece que no se oye hablar tanto de recortar la Seguridad Social y hasta vemos que se presta cierta atención a las propuestas de incrementar las ayudas, dada la merma de las pensiones privadas. Pero tengo la impresión de que Washington sigue sin tener ni idea de las realidades de la vida de los que todavía no son ancianos. Y aquí es donde entra en juego el estudio de la Reserva Federal.

Este es el segundo año en el que se realiza este estudio, y la edición actual ofrece de hecho la imagen de un país que se recupera: en 2014, a diferencia de 2013, una mayoría relativa de los entrevistados afirmaba que le iba mejor que hace cinco años. Pero llama la atención el escaso margen de error que tienen muchas vidas estadounidenses.

Nos encontramos, por ejemplo, con que tres de cada diez estadounidenses no ancianos declaran que no tienen pensiones ni ahorros de jubilación, y la misma fracción afirma habérselas apañado sin ninguna clase de atención médica el año pasado porque no podía permitírsela. Casi la cuarta parte afirmaba que ellos mismos o un familiar habían pasado apuros económicos en 2014.

Y algo que me asustó incluso a mí: el 47 % afirmaba que no tendría los recursos necesarios para afrontar un gasto extra de 400 dólares. ¡Cuatrocientos dólares! Tendrían que vender algo o pedir dinero prestado para cubrir esa necesidad, en caso de que pudieran hacerlo.
Claro está que podría ser mucho peor. La Seguridad Social está ahí, y deberíamos alegrarnos mucho de que así sea. 

Mientras tanto, la cobertura por desempleo y los vales para alimentos han contribuido en gran medida a proteger a las familias desfavorecidas de lo peor durante la Gran Recesión. Y Obamacare, aun siendo imperfecta, ha reducido inmensamente la inseguridad, sobre todo en aquellos estados cuyos Gobiernos no han intentado sabotear el programa.

Pero aunque las cosas podrían ir peor, también podrían ir mejor. La seguridad perfecta no existe, pero las familias estadounidenses podrían fácilmente tener mucha más seguridad de la que tienen. Tan solo haría falta que los políticos y los expertos dejasen de hablar alegremente de la necesidad de recortar las “ayudas sociales” y empezaran a fijarse en cómo viven realmente muchos de sus conciudadanos."             (   , El País,  30 MAY 2015)