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31/1/22

Los animales, seres sintientes... La suposición cariñosa de que la moral depende de la capacidad de sufrir y no de la intención de actuar proviene de la suplantación anglosajona del humanismo por el humanitarismo... Esta moralidad funciona como un analgésico y se inventó por la misma época que el cloroformo. No imita sino que rechaza los procesos naturales... Un poeta lo resumió mejor: “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, / y más la piedra dura, porque esa ya no siente, / pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, / ni mayor pesadumbre que la vida consciente” (Rubén Darío)

 "Descartes sostuvo que los animales carecen de alma, es decir que no están vivos como nosotros: son máquinas que funcionan con intrincados engranajes, autómatas. Cuando gruñen o gimen no expresan sentimientos, sino que solo chirrían como piezas mal engrasadas... Por eso su discípulo Spinoza, tan sereno, se entretenía arrojando moscas a la tela de una araña y viendo como esta las devoraba. 

Según Colerus, “reía a carcajadas” como si asistiese a una función de guiñol. En cambio, Schopenhauer se compadecía de los bichos igual que de las personas, pero era más consecuente que otros piadosos: puesto que el dolor es malo e inseparable de la vida, no podemos aspirar a otro paraíso que la extinción renunciativa de todo lo que alienta...

Una ley acaba de establecer que los animales no son cosas ni máquinas cartesianas sino sintientes, o sea que lo sienten mucho, como nosotros. Y de ahí que tengan sus derechos y que si no sujetos sean al menos objetos morales. Esa suposición cariñosa de que la moral depende de la capacidad de sufrir y no de la intención de actuar proviene de la suplantación anglosajona del humanismo por el humanitarismo. Hoy ya es universal entre quienes creen estudiar ética cuando en realidad se dedican todo lo más a cuidados paliativos: el humanismo ha sido cancelado más radicalmente que otros pecados imaginarios. 

  Esta moralidad funciona como un analgésico y se inventó por la misma época que el cloroformo. No imita sino que rechaza los procesos naturales. Ni se atreve a beatificar el sufrimiento como los cristianos ni a predicar el exterminio purificador como Schopenhauer o Nagarjuna. Un poeta lo resumió mejor: “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, / y más la piedra dura, porque esa ya no siente, / pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, / ni mayor pesadumbre que la vida consciente” (Rubén Darío)."            (Fernando Savater, El País, 29/01/22)

17/10/19

Debemos ser morales porque… no tenemos más remedio que serlo. Estamos diseñados para ello. Somos morales porque tenemos un sexto sentido... el sentido moral. Si vemos cómo se golpea a un niño, sentimos algo parecido al vértigo. Eso es el “sentido moral”... los sentimientos benévolos son parte inalienable de la condición natural humana. Están ahí... ¿Y qué pasa con la crueldad? Pues que resultaría ser un aprendizaje...

"Cuando la Modernidad alboreó, allá por los finales del siglo barroco, hubo que volver a hacerse las viejas preguntas y las respuestas cambiaron. Por ejemplo, esta: “¿Por qué debemos ser morales?”. 

La respuesta admitida había estado clara más de un milenio: porque así lo quiere Dios Nuestro Señor y serlo evita las penas del infierno. Dios ha dado su ley, de una vez para siempre. Se debe cumplir y no hay más que contar. Si alguien duda de las llamas infernales, tenemos previstas llamas terrenales para que pierda cuidado.

Pero ahora es distinto. Vamos a sacar del matraz a Dios, dada su enorme masa, y dejemos fuera también el temor a los fuegos infernales y quizás a los de aquí. Vamos a buscar otras respuestas. ¿Por qué debemos ser morales? Bueno… porque… ¿para evitar líos? ¿Porque somos seres racionales y la razón nos exige que lo seamos? Quizá somos morales para no contravenir a nuestra racionalidad. Descartes, el primer y mayor de los racionalistas, no lo apoyó. 

Fue más bien partidario de no buscarse problemas. Esto tardó su tiempo. Sin ir más lejos, un tipo tan evidentemente genial como Hume, un escocés, se permitió bromear de esta manera: del hecho de que yo prefiera que estalle el mundo siempre que a mí no se me estropee un dedo, no se sigue ninguna falta de lógica. Va a ser que el universalismo moral no depende de la calidad de nuestra razón.


Las mejores respuestas a una pregunta tan compleja vinieron de Inglaterra y de Escocia. Se macizaron así: debemos ser morales porque… no tenemos más remedio que serlo. 

Estamos diseñados para ello. Somos morales porque tenemos un sexto sentido. Cuando vemos una acción directamente contraria a lo que es bueno, se nos levanta un asco, un horror, se nos despierta algo en el fondo de nuestro cuerpo que nos dice que aquello no está bien. Es nuestro sexto sentido, el sentido moral. Si vemos cómo se golpea a un niño, a un animal indefenso, se viola, se calumnia con gusto…, sentimos algo parecido al vértigo. 

Eso es el “sentido moral”. Con tan buena guía es difícil equivocarse. Es tal que la vista o los oídos. Y, como ellos, puede muy bien suceder que alguien lo tenga flojo o carezca por completo de él. Pero eso no lo invalida. La mayoría lo poseemos en su modo corriente. A quien lo tenga deficiente difícilmente se lo podemos mejorar. Lo mejor es precaverse de ese tipo de gente… o gentuza.


Estas cosas, en filosofía, nunca se afirman sin que se desate una polémica, pero dejémosla ahora callada. Hutcheson lo bordó: los sentimientos benévolos son parte inalienable de la condición natural humana. Están ahí. Antes de hablar ya sonreímos. No somos buenos por naturaleza, pero somos morales por destino. Para hacer desaparecer a ese nuestro sexto sentido hay que trabajar bastante. Porque es más fuerte que la voz de la conciencia. Es terror y vómito a un tiempo.

¿Y qué pasa con la crueldad? Pues que resultaría ser un aprendizaje. Poco a poco, mediante sucesivas y al principio pequeñas crueldades, aprenderíamos a orillar y evitar ese sentimiento innato. Iríamos subiendo la dosis. Ensayaríamos a distanciarnos con los objetos, los animales, los débiles, subiendo y alargando la distancia hasta ensordecer a nuestra naturaleza. Practicaríamos la crueldad en gustos y espectáculos. Distancia, risa, chacota del dolor ajeno. Gusto por la crueldad o incluso el ensañamiento. 

Lo llevaríamos a término con ciertas excepciones… con cualquiera que no pudiera devolvérnosla. Porque esa precaución siempre, quien no fuera definitivamente idiota, la guardaría. Así que desde el siglo ilustrado la humanidad supo que tenía un sentido que añadir a los cinco corrientes. Cierto problema había en que nunca antes hubiéramos sabido nada de él. Pero no seamos gente puntillosa. Reconocemos lo que se nos quiere decir.


Ahora le solemos llamar “inteligencia emocional”, esto es, la capacidad de ponerse en el lugar de otro o de casi poder sentir lo que siente si a ello nos afanamos. Goleman, cuyos libros fueron tan visitados a principios de milenio, es lo que cuenta. Que hay gente más o menos lista en ver y captar la emoción base de los demás. Percibimos que en esas intuiciones brilla una chispa de verdad. Por lo mismo sabemos cómo se educa en la falta de compasión. Sabemos que muchas culturas definitivamente han hecho de esa senda cruel su fundamento de existencia. Nos basta con ver su pedagogía de presentación. Las reconocemos. Todavía las usamos."                     (Amelia Valcárcel, El País, 12/10/19)

1/6/16

Las consecuencias morales del desempleo

"Las consecuencias económicas y sociales del desempleo son devastadoras. El desempleo suele venir acompañado de una importante pérdida de poder adquisitivo de las personas que lo padecen y supone uno de los mayores gastos sociales para un estado. 

Además, el desempleo ha sido relacionado con problemas de salud como el estrés, la depresión, la ansiedad o, comparando países, con un aumento de los suicidios, los homicidios o las muertes relacionadas con el alcohol. Y el desempleo no solo se padece en primera persona, sino que también tiene efectos sobre la salud física y mental de otros miembros de la familia.

Por si fueran pocos todos estos efectos negativos, recientemente los científicos sociales han puesto su lupa sobre otra consecuencia del desempleo: un cambio de los valores o preferencias sociales y políticas de las personas que lo sufren. Lo que economistas, politólogos y sociólogos, entre otros, han empezado a preguntarse es si, al quedarse desempleadas, las personas cambian sus valores morales y sus demandas políticas.

 Un estudio reciente realizado en EEUU muestra que tras quedarse desempleadas las personas demandan más políticas sociales. Sin embargo, se trata de un efecto pasajero. Cuando la situación laboral de las personas mejora, éstas vuelven a apoyar las políticas sociales que apoyaban antes de quedarse desempleadas.

¿Por qué se produce este cambio de preferencias? ¿Por qué el desempleo hace que las personas demanden más políticas sociales? Hay al menos dos posibles respuestas a estas preguntas. La primera es que los desempleados experimentan una pérdida de poder adquisitivo y por tanto necesitan más al Estado. Y hasta cierto punto esto es lo que han asumido los economistas hasta tiempos recientes. Pero hay una segunda posibilidad: puede que al quedarse desempleadas, las personas cambien sus preferencias o valores más allá de su propio interés. Claro, simplemente preguntándoles a las personas, incluso a lo largo del tiempo, sobre sus opiniones políticas no podemos distinguir entre las dos explicaciones planteadas. Es en estos casos donde los científicos sociales hemos comenzado a utilizar experimentos conductuales, similares a los que desde hace décadas se llevan a cabo en psicología, para intentar distinguir entre diversas explicaciones de un fenómeno social.
En un estudio experimental reciente intentamos diferenciar el efecto del desempleo sobre la necesidad o el propio interés, de un cambio de los ideales de justicia distributiva de las personas. Este tipo de estudios tienen dos dificultades. 

Una es cómo medimos los valores, al menos hasta que la neurociencia nos permita escanearlos directamente. Un segundo problema es cómo medimos el cambio de valores. En nuestro estudio, intentamos salvar la primera dificultad con un experimento conductual bastante simple y, la segunda, haciendo que los participantes tomen parte en el estudio dos veces, antes y después de quedarse desempleados. 

Si solo las que se han quedado desempleadas cambian sus valores diremos que el desempleo es el causante. Pero antes de contar qué resultados obtuvimos, vamos a detenernos un poco en qué consistía ese experimento que pretendía medir los valores de las personas.

Lo que sabemos por estudios anteriores es que las personas tienden a distinguir entre dos tipos de desigualdades: aquellas que no estamos dispuestos a aceptar bajo ningún concepto y aquellas que consideramos que aceptamos hasta cierto punto. Entre las primeras se encuentran todas las desigualdades que hoy en día consideramos arbitrarias e injustas, como las diferencias salariales entre hombres y mujeres, entre personas de distinto origen étnico, etc. 

 Entre las segundas se encontrarían desigualdades que hasta cierto punto aceptamos al estar relacionadas con el mérito o el esfuerzo, como que un médico gane más que un enfermero o que la estrella de un equipo de fútbol gane más que el utillero. 

Lo que hacemos en el laboratorio es generar de forma artificial estos dos tipos de desigualdades. ¿Cómo? Pues primero hacemos que todos los participantes realicen una tarea productiva y, después, les pedimos que decidan cómo quieren repartir lo producido en grupos de cuatro personas.

 El truco (experimental) está en que en algunas sesiones del experimento, los participantes se han ganado lo que van a repartir luego y en otras lo que tiene cada uno nada tienen que ver con el desempeño en la tarea productiva.

Lo que observamos es que cuando las personas no se han ganado los recursos de los que disponen, la inmensa mayoría de los participantes proponen un reparto igualitario. La diferencia viene cuando nos fijamos en la condición experimental en la que se transmite un cierto sentido de que las personas se lo han ganado

En este caso es donde encontramos nuestro resultado principal: las mismas personas que estando empleadas o estudiando respetaban hasta cierto punto lo que cada uno se había ganado, pasan a proponer distribuciones igualitarias después de quedarse desempleadas. Lo importante del resultado es que es la misma persona la que pasa de reconocer lo que otras se han ganado a no hacerlo tras quedarse desempleada.

 Además, el diseño de este experimento permite ver si las personas se han vuelto más egoístas, simplemente observando si se quedan con más dinero en el reparto tras quedarse desempleadas. Y esto no es así. Los nuevos desempleados realizan repartos más igualitarios, sin que esto suponga quedarse con más dinero respecto al año anterior. 

Nosotros interpretamos este hecho como un cambio genuino en los valores de las personas, que pasan de reconocer y recompensar el esfuerzo a proponer repartos más igualitarios una vez que se han quedado desempleadas.

¿Qué efectos prácticos tiene el cambio de valores que hemos identificado? Aquí podemos distinguir entre efectos directos y efectos indirectos. De forma directa, este cambio de valores implicaría la pérdida de una de las motivaciones para buscar trabajo, en concreto, la pérdida de la motivación de trabajar por el hecho de ganarse el sustento con tu propio esfuerzo, más allá de la compensación material que te da el trabajo. Sin esta motivación es probable que la reincorporación al mercado de trabajo sea más lenta y menos efectiva.

 Esto es algo que ya estamos estudiando, analizando el efecto que tienen sobre los valores las intervenciones públicas, como las acciones de orientación o el coaching. Entre los efectos indirectos, y aunque es algo que va mucho más allá de nuestro estudio, siempre acabamos dándole vueltas a los efectos del cambio de valores identificado sobre la participación política.

 Un reciente artículo nos hace pensar que el cambio de valores que provoca el desempleo, la pobreza y la desigualdad tiene también su reflejo en la arena política. Sobre esto todavía queda mucho que investigar y que decir."                    (Luis Miller, eldiario.es, 14/04/16)

7/2/13

"La ética no es una colección de normas, es una sensibilidad"

"Venimos de la represión de las emociones?
Sí, tenemos un pensamiento mayoritariamente racionalista. La moral se ha entendido como la represión de los sentimientos, algo que había que dominar.

Pero ahora estamos en el otro extremo.
Totalmente. En un mundo en el que todo está en venta, el canal para vender son las emociones. Es muy fácil manipular a la gente con un lenguaje que toque la fibra emotiva, y se usa en política, en el mercado, en los medios de comunicación... Las emociones son importantes, pero no hay que caer en el culto a la emocionalidad.

Nos gobiernan.
Nos pueden arrastrar, lo cual tiene su parte buena porque nos llevan a actuar.

También puede ser malo.
Sí, el sentimiento es la base del comportamiento moral. No sólo hay que entender lo que es bueno y lo que es malo, hay que querer lo bueno y que te repugne lo malo, y eso es una emoción.

Has de sentirlo.
Sí, es como el fumar, todo el mundo sabe que es malo, pero el fumador sigue fumando hasta que revierte el sentimiento: el susto que te provoca un enfisema pulmonar te hace dejarlo. La ética no es una colección de normas, es una sensibilidad.

¿Por qué hay tanto corrupto y tanto desvergonzado?
Falta voluntad de hacer las cosas bien y falta un clima moral social que reconozca a las personas que cumplen y no a las que no cumplen.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Es una consecuencia de la misma libertad, del progreso, al tener más posibilidades de elegir, cada cual debe tener lo que se llamaba fuerza de voluntad para reprimir lo que no se debe hacer, y más criterio.

Pero dice la ciencia que la raza humana ha progresado gracias a la cooperación.
Cierto, pero es muy fácil desviar la compasión y la cooperación hacia "lo que a mí me interesa". El ser humano es una mezcla de dos tendencias, por una parte es egoísta y por otra benefactor y compasivo. Equilibrar los dos aspectos es complicado.

¿La ética sin sentimiento se convierte en norma de colegio?
Son deberes escritos en algún sitio, sí. Ahora todo el mundo quiere hacer un código ético: las empresas, los ayuntamientos, ¿pero para qué sirve un código ético?

¿Para saltárselo?
O guardarlo en un cajón. Si no existe la voluntad, que es más sentimental que racional, no sirve para nada.

Igual lo que nos sobra es individualismo.
Dar valor al individuo ha sido un gran logro, los derechos humanos son derechos individuales, pero si lo único que hace el individuo es pensar en sus intereses y olvidarse de los demás, eso es la negación de la ética.

¿Por qué es más moral ser justo que injusto?
Esa es la gran pregunta filosófica, y no tiene respuesta. Platón lo planteaba así: ¿por qué el tirano (el injusto) es feliz, y el justo es desgraciado?

¿Alguna conclusión?
Platón hablaba del sufrimiento del tirano.

Casi todos los tiranos han muerto felizmente en su cama.
Yo diría que nos hemos inventado una palabra, justicia, que es positiva, que es buena y no hace falta darle más vueltas.

¿Cómo define la ética?
Como el intento de conseguir que las personas convivan de una forma amable, pacífica y sin destruirse unos a otros.

La ética tiene que ver con los demás.
Totalmente. La regla de oro de la moralidad la inventó Confucio: no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti; eso es la ética: pensar en los demás.

¿En nuestras democracias no hemos encontrado el equilibrio entre libertad y convivencia?
Así es. Por una parte la libertad es un gran valor pero por otra hay que construir un demos, un pueblo cohesionado, con objetivos comunes que no favorezcan a una oligarquía en detrimento de los demás, y encontrar ese equilibrio es lo que falla.

¿Con qué virtudes se queda?
El catecismo nombraba cuatro virtudes cardinales, que en el fondo son aristotélicas: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. En esta crisis las cuatro han fallado, no se ha sido prudente, no se ha sido justo: hay quien dice que las grandes desigualdades, ese uno por ciento muy rico frente a una gran mayoría miserable, es una de las causas de la crisis, y estoy de acuerdo.

¿Y la fortaleza?
Es la valentía, y ha habido muy poca para afrontar todo el caos que nos ha ido llevando hasta aquí. Y la templanza significa moderación, demasiada codicia.

¿Cuál cree que es la virtud fundamental que debe cultivar un político?
Hoy sin duda el coraje, para decir la verdad y hacer lo que tienes que hacer pese a las presiones internas, externas y a la impopularidad."    (Entrevista a Victoria Camps,La Vanguardia, 04/02/2013)

2/7/09

... "no lo mataban porque nunca huía. Pasó mucho miedo, pero pesaban más las ganas de acabar el trabajo"...

"Pregunta. La pieza sobre Joe Pistano, Donnie Brasco en el cine, es como un encuentro con un maestro...

Respuesta. Bueno, él es un policía que estuvo infiltrado seis años en el clan Bonnano, y gracias a él hubo más de 100 detenidos… Su vida tiene bastante que ver con la mía. Quedamos en Roma, en un restaurante, y me dijo que debía ir sin escolta. Llego y me dice: “La verdad es que para ser italiano vas muy mal vestido”. Es todo un personaje. Veía a su mujer y sus hijos solo en agosto y en Navidad. Me dijo: “Del infierno se puede volver”. Me preguntó si hacía deporte, si estaba tatuado. “Ah, entonces eres un hombre”. A cada frase se santiguaba. Es religiosísimo.

P. ¿Qué le enseñó?

R. Estuvo muchas veces a punto de morir, pero no lo mataban porque nunca huía. Pasó mucho miedo, pero pesaban más las ganas de acabar el trabajo. Pensaba que si se salvaba podría terminarlo. Ellos se reunían para decidir qué hacer con él, y él se quedaba fuera esperando. Me contó que los bosses estadounidenses se habían dulcificado mucho, y que cuando la cosa se puso fea tuvieron que llamar a los sicilianos. En la Comisión Antimafia dijo que la forma de acabar con ellos es dejar que se americanicen, porque la buena vida les hace cada vez menos fiables como organización, les quita disciplina y jerarquía. Los mafiosos italianos se drogan solo ahora, antes no la tocaban. Las mujeres, me decía, llegaban con un golpe de uña. “Se vuelven locas por los criminales”. Su idea para resistir es que él estaba en lo cierto y los mafiosos estaban equivocados.

P. El bien y el mal…

R. Camus lo dice de otra forma: para contar la realidad es necesario haber atravesado el abismo del infierno y tener el talento de la belleza." (ROBERTO SAVIANO: "Escribir que las cosas deben cambiar te hace ser un apestado". El País, ed. Galicia, Cultura, 30/06/2009, p. 48)