"La tesis
del demógrafo Hervé Le Bras: «Más que la condición social o la
profesión, lo que une a los votantes de este partido es más bien el
sentimiento de no poder hacer frente a la crisis y de no tener futuro.
El FN recluta a una población más amplia, que incluye a artesanos y
comerciantes, pertenecientes a una clase media baja o a una clase
trabajadora alta: personas que se sienten amenazadas o bloqueadas en sus
vidas o en su trabajo”. Para él, «no son tanto los más frágiles
socialmente los que votan a FN como los que están cerca de ellos y temen
caer en una u otra forma de precariedad», y que están obsesionados con
la degradación personal.
El encuestador y politólogo Jérôme Fourquet acaba de publicar una nota para la Fundación Jean Jaurès, ‘1988-2021: 30 años de metamorfosis del electorado del Frente’, dedicada al estudio del electorado de la Rassemblement National
(RN) en un contexto en el que se atribuye a Marine Le Pen una alta
intención de voto para las elecciones presidenciales de 2022. Subraya,
en primer lugar, «la solidez de este electorado» y «el profundo anclaje
de esta corriente de pensamiento en el paisaje político francés».
Aunque «las estructuras socio-culturales de este electorado han
sufrido cambios muy marcados», para Fourquet presenta, sin embargo, dos
características específicas ya conocidas. La primera es que RN es «el partido de los perdedores de la nueva estratificación educativa». A partir de 1995, se observa un claro aumento del voto de las categorías menos formadas a favor del FN/RN (...)
La segunda característica reside en que el FN/RN «tendrá un éxito
creciente entre los obreros y los empleados», ya que «actualmente reúne
más del 40% de los votos emitidos en estas categorías». Fourquet
concluye que, «en 30 años, el voto del FN se ha convertido en hegemónico en los círculos obreros» (...)
Estos datos parecen hacerse eco de la idea repetida por Le Pen de que el RN es el principal partido obrero de Francia. Al mismo tiempo, el director del Cevipof, Martial Foucault, llama a la prudencia:
«Dejemos de decir que RN es el partido de los trabajadores y de los no
cualificados, y digamos que es el partido de las clases infelices».
¿Cuál es la realidad? En primer lugar, las clases trabajadoras
(obreros y empleados) conservan un peso demográfico importante en la
población francesa. Según el Institut National de la Statistique et des Études Économiques (Insee), en 2020 representaban el 25,1% de la población, y hasta el 43,7% si se suman los trabajadores y empleados jubilados. Una encuesta
del Ifop indicó que, en la primera vuelta de las elecciones
presidenciales de 2017, las personas de clase trabajadora representaron
el 27,3% de los votantes.
Sin embargo, una proporción significativa de trabajadores y empleados
no se registran para votar, y los que lo hacen a menudo prefieren
abstenerse, especialmente en las elecciones intermedias: por ejemplo,
sólo el 44% de los electores de las clases trabajadoras en las
elecciones europeas de 2019 (encuesta Ifop). En 2018, el Insee recordaba
que «las tasas de inscripción [en los censos electorales] varían […]
según la categoría social: los trabajadores, y más aún los inactivos o
desempleados que nunca han trabajado, son de esta forma los grupos con
menos inscritos». Otra encuesta del Insee muestra que
sólo el 26,1% de los obreros y el 30,3% de los trabajadores blancos
votan sistemáticamente, frente al 45,1% de los altos ejecutivos.
Los trabajadores son también la categoría que más se abstiene siempre.
Además, el 24% del CSP lo hizo en la primera vuelta de las elecciones
presidenciales de 2017, frente al 13% de los ejecutivos.
El voto de las clases trabajadoras y, en particular, de los obreros está muy diversificado. Como escribe Fourquet, «no debe percibirse como un bloque monolítico». Según la encuesta del Ifop,
tras la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2017 los
votos de CSP se distribuyeron de la siguiente manera: Le Pen (34%),
Mélenchon (24%), Macron (16%), Fillon (10%), Hamon y Dupont-Aignan (5%).
Al final, el 24% de la clase trabajadora se abstuvo, el 26% votó a
Marine Le Pen y el 24% lo hizo a un candidato de izquierdas (si
calculamos la proporción de votos emitidos en relación con el total de
votantes del CSP). Asimismo, el 24% de los trabajadores prefirió
abstenerse, el 30% votó a Le Pen y el 26% a la izquierda. Por último,
estas categorías obreras representan una parte importante de los
votantes de Le Pen (42,5%), pero también de los candidatos de extrema
izquierda y de François Asselineau (más del 50%) y, en menor medida, de
Mélenchon (33,1%). Los trabajadores como tales representan el 20,4% de
los votantes de Le Pen y el 14,3% de los de Mélenchon.
Aunque no exista un consenso académico sobre la cuestión del voto al
FN/RN entre las clases trabajadoras, y en particular entre los obreros,
sin embargo es posible ponerse de acuerdo sobre algunos puntos. En
primer lugar, hemos observado un cambio espectacular en el voto de la
clase trabajadora desde finales de los años 70. Cada vez votan menos a la izquierda y más a la derecha y, sobre todo, a la extrema derecha.
Fue a partir de 1995 cuando la derecha en su conjunto se convirtió en
mayoría sistemática entre los votantes de esta clase en la primera
vuelta de las elecciones presidenciales. El éxito electoral del FN/RN se
explica en gran parte por esta movilización de una parte del mundo
obrero y asalariado. Es lo que la politóloga Nonna Mayer ha llamado «ouvriéro-lepénisme [obrero-lepenismo]».
Pero esto no significa, como hemos visto, que las clases
trabajadoras, y especialmente los antiguos votantes de izquierdas, se
hayan pasado masivamente al partido de Le Pen y que el votante medio del
FN/RN sea un trabajador. Los trabajadores que votan al FN/RN se sitúan
más bien a la derecha del espectro político o que están en una lógica de
ni derecha ni izquierda. Esto es mucho más raro en el caso de los trabajadores de izquierdas, que prefieren abstenerse.
El voto obrero del FN/RN también es generacional.
Las más antiguas de trabajadores que ahora están jubilados, que estaban
bajo la influencia del PC y votaban automáticamente a la izquierda no
son muy proclives a hacerlo a Le Pen. Ya no es el caso de las
generaciones siguientes, marcadas por la desindustrialización, la
desilusión con la izquierda en el poder, el declive del PCF, el ascenso
del FN y la inseguridad económica, social y cultural.
Además, no existe el «votante típico del FN/RN», como dijo Nonna Mayer en 1997, yesto sigue siendo cierto. El «ouvriéro-lepénisme»
corresponde a un tipo específico de votante, pero hay otros. Así,
Arnaud Huc, que ha estudiado el electorado del FN en Hauts-de-France y
Paca, ha identificado «dos familias de votantes
del FN con características particulares»: «En el norte de Francia, y en
el Pas-de-Calais en particular, el voto es sobre todo obrero, de
ciudades en declive económico»; pero «en el sur, en cambio, y en
particular en Bouches-du-Rhône, no es el voto de los olvidados«.
[…] El voto al FN es elevado tanto en los municipios de «clase
trabajadora» como en los de «clase media». Al final, «mientras que las
ciudades favorables al Le Pen se definen por su popularidad en
Pas-de-Calais, en Bouches-du-Rhône es más bien la «urbanidad» y el
dinamismo inmobiliario lo que indica un voto significativo para el FN.
Al final, como afirma Martial Foucault, «lo decisivo no es la condición socio-profesional, sino la situación subjetiva y sentida«. Ésta es también la tesis
del demógrafo Hervé Le Bras: «Más que la condición social o la
profesión, lo que une a los votantes de este partido es más bien el
sentimiento de no poder hacer frente a la crisis y de no tener futuro.
El FN recluta a una población más amplia, que incluye a artesanos y
comerciantes, pertenecientes a una clase media baja o a una clase
trabajadora alta: personas que se sienten amenazadas o bloqueadas en sus
vidas o en su trabajo”. Para él, «no son tanto los más frágiles
socialmente los que votan a FN como los que están cerca de ellos y temen
caer en una u otra forma de precariedad», y que están obsesionados con
la degradación personal."
"(...) Los think tanks creados desde los años ochenta,
más de 500 distribuidos por todo el territorio norteamericano con
infinidad de investigadores sociales generosamente remunerados, han sido
especialmente activos en los principales centros de poder. Todo ello
culminó con la adquisición o puesta en servicio de un importante aparato
de propaganda que difundiera y aplicara las recetas elaboradas en
aquellos centros. (...)
Con tamaña maquinaria para propagación de sus ideas,
los republicanos han logrado ocupar la Casa Blanca, desde los años
ochenta, tanto o más que los demócratas.
Frente a la corriente general del pensamiento
progresista, que sostiene que los seres humanos hacemos nuestras
elecciones basándonos únicamente en el cálculo de la razón, los think tanks
conservadores, basándose en estudios neurológicos, se percataron de que
la razón viene a ser un factor ajeno a la motivación profunda que
determina la mayor parte del pensamiento, de la palabra y de la acción
de las personas.
La neurociencia había demostrado que el pensamiento
consciente de los seres humanos representa solamente el 2% y que el 98%
restante era inconsciente. La intervención de la razón consciente acaece
normalmente para justificar ex post facto las decisiones tomadas, insertándolas en una lógica discursiva, como racionalización ad hoc.
No se trata aquí de ninguna suerte de conjetura o desiderátum reaccionario. (...)
Damasio sostiene que el pensamiento, todo
pensamiento, tiene su origen en la emoción. Ese estudio constató que los
pacientes que habían sufrido daños en los centros cerebrales de la
emoción, de los sentimientos, pero cuyo raciocinio no había perdido un
ápice de su capacidad lógica, pensaban, hablaban y actuaban como seres
asociales, casi sociópatas, incapaces de articular una respuesta
adecuada a los desafíos más simples de la vida cotidiana.
Por ello, Reagan y su equipo de comunicación
dirigieron sus mensajes a la mente emocional de los americanos. De ahí
que sus discursos políticos se vieran siempre preñados de alusiones
continuas y machaconamente recurrentes a la metáfora política que ve la
nación como si fuera una familia, metáfora que permite hablar de “padres
fundadores”, “madre patria”, etc. Este ha sido el telón de fondo
constante del discurso político republicano, desde entonces. Discurso
mimetizado por M. Thatcher en Gran Bretaña, H. Khol en la RFA, J. Chirac
en Francia o J. M. Aznar en España.
No pienses en el elefante republicano
La victoria de Trump en las elecciones de 2016 tomó
un cariz especial pues las estrategias desarrolladas por el equipo
liderado por Steve Bannon, derrotando al poderoso stablishment
norteamericano (tanto al demócrata, como al republicano), se produjo
aplicando los más recientes avances de la neurociencia cognitiva, algo
que los demócratas y la izquierda europea en general aún no han sabido
ver ni aprovechar.
La estrategia desarrollada a partir de esos
conocimientos es sencilla y tremendamente eficaz, la llamaremos la
técnica del “no pienses en un elefante”, en reconocimiento al lingüista
cognitivo George Lakoff por ser quien mejor, más lúcida y claramente la
ha analizado. La aplicación de dicha técnica permite dominar la agenda
política.
Imponer una determinada agenda política significa hacer
prevalecer el marco propio (el Estado como padre estricto de los republicanos o bien como padre cuidador de los demócratas) sobre el marco de los oponentes.
Hacerse con las riendas de la agenda política se
logra de forma aparentemente simple y sencilla: proponiendo iniciativas
que atraigan el foco y provoquen la reacción mediática, generando un
debate tanto dentro como fuera de las filas del partido. Numerosas
investigaciones han demostrado fehacientemente que da igual el apoyo o
el rechazo que genere una propuesta, su aceptación por parte de los
ciudadanos no depende de lo razonable o disparatado del mensaje, sino de
cómo sean percibidos quienes lo apoyan o rechazan.
Si quien se muestra a
favor de una determinada propuesta, que defiende públicamente, genera
nuestro rechazo, la propuesta nos parecerá inaceptable por muy razonable
que esa, y al revés, si quien se muestra contrario a la proposición
provoca en nosotros un rechazo visceral, veremos con simpatía la
propuesta por muy descabellada que, en principio, pudiera parecer.
(...) si quien se muestra contrario a la proposición provoca en nosotros un
rechazo visceral, veremos con simpatía la propuesta por muy descabellada
que, en principio, pudiera parecer.
Dicho con otras palabras, cada opinión que genera en
los medios producirá una hueste de seguidores y detractores que
aumentará en proporción directa al número de opiniones vertidas y
difundidas. Lo más destacable de esta teoría es que la negación de un
argumento no invalida en ningún caso los efectos cognitivos que induce,
de ahí lo ingenioso del mensaje “no pienses en un elefante” que
inmediatamente ilumina su imagen en nuestro cerebro, aunque intentemos
evitarlo.
Por consiguiente, lo más importante no son las propuestas en
sí mismas, sino la negación o el aplauso que provoquen. Además, entra en
juego otro factor de la máxima importancia: cuanto más relevantes sean
los personajes que las comentan y con mayor fervor las avalen o
rechacen, mayor será su impacto. La intuición artística de Salvador Dalí
supo percibir esos efectos cuando comentó irónicamente que “lo
importante es que hablen de ti, aunque sea bien”.
Teniendo en cuenta lo dicho, el gurú de la campaña de
Donald Trump diseñó toda la estrategia victoriosa del magnate
abatiendo, contra todo pronóstico, primero al stablishment
republicano y luego al demócrata.
Cada día Trump presentaba una
propuesta o hacia una valoración sobre algún tema relevante tanto o más
descabellada que la del día anterior, pero que, involucrando de alguna
manera los sentimientos más inconfesados y recónditos del americano
medio, fuera acumulando apoyos hasta la derrota de todos sus oponentes.
Armar a los docentes en los institutos de enseñanza media como solución a
la inseguridad que se produce en algunos centros escolares de los
barrios más pobres para atajar episodios como la matanza de Columbine;
construir un muro de 2.200 kilómetros para detener la supuesta invasión
sigilosa de los inmigrantes latinos para robar, violar y asesinar
americanos o, al menos, arrebatarles sus empleos, son dos ejemplos
palmarios del tipo de iniciativas que incitaron la reacción, a veces
histérica, de los medios, suscitando más y más adhesiones (con sus
correspondientes rechazos).
Lo crucial de este planteamiento, al margen
del rechazo de quienes jamás lo admitirían, es que gente que antes no
pensaba en Trump ahora sí que lo hacían, esto es, movilizaba a su favor a
los indiferentes.
La estrategia, brillantemente descrita por Lakoff,
forma parte de un programa conservador que intenta difundirse a escala
global y ahí están los ejemplos de Bolsonaro en Brasil, Macri en
Argentina o Salviani en Italia.
Vox, que también fue asesorado por el
equipo de Bannon en su campaña de las elecciones andaluzas, tomó buena
nota de ello, y explotó ese tipo de mensajes impactantes, provocando a
la opinión pública y a los líderes sociales más representativos, para
que hablaran cada día de sus propuestas, imponiendo el qué, el cómo y el
cuándo en la agenda política andaluza.
De esa manera logró 12 diputados
en la cámara y se volvió imprescindible para la formación del gobierno
de derechas que ahora gobierna Andalucía, saliendo de la irrelevancia
más absoluta de elecciones previas.
La misma estrategia (asesorado nuevamente por Bannon)
es la que Abascal está aplicando a pies juntillas en esta precampaña
para las elecciones de 28 de abril, y lo más grave es que la izquierda
política y mediática ha mordido el anzuelo y están convirtiendo a una
formación política, antes residual e insignificante, en un actor de
primera división en el debate político español.
La cuestión debería ser ¿cómo se combaten este tipo
de estrategias? Lo primero sería no caer en el error de rebatir o negar
cada una de las palabras de Vox, sino más bien declararlas fuera de
lugar, extemporáneas o simplemente reírse, sin mayor comentario.
El
humor, la sátira, la ironía y el sarcasmo son las opciones más
corrosivas, deslegitimadoras y útiles para hundir el discurso político
de la extrema derecha, sin olvidarse del lanzamiento de las propias
iniciativas que, para atraer el foco de atención mediático y recuperar
así la agenda política, deben ser lo suficientemente novedosas e
impactantes como para imponer el relato propio.
Inconscientemente me temo, esa estrategia fue la que,
en su debut, elevó a los cielos a Podemos. La descalificación del
Régimen del 78, el cuestionamiento de la Monarquía, la salida del euro,
de la Unión Europea y de la OTAN y el ataque inmisericorde contra los
políticos corruptos del bipartidismo, eran el tipo de discurso radical e
iconoclasta que movilizaba la reacción vociferante, imperiosa y
convulsiva de los poderes fácticos (políticos, económicos y mediáticos)
del Estado, generando un tsunami de adhesiones que, con la moderación y
el acomodo posterior, se ha ido desinflando poco a poco.
El victimismo
que ahora exhibe el partido morado (aunque pueda beneficiarle en algo)
no sirve para volver alcanzar aquellos resultados. Refrescar aquel
discurso y proponer reformas radicales del sistema, claramente de
izquierdas, debería preñar su discurso electoral si de verdad pretenden
asaltar los cielos de nuevo.
Con una estrategia similar, aunque mucho menos
agresiva y provocativa, José Luis Rodríguez Zapatero, asesorado por lo
que se llamó en su día el “comité de sabios” (entre los que se contaban
dos premios nobel, Helen Caldicott y Joseph Stiglitz y otros
intelectuales progresistas como André Sapir, Mª Joao Rodrigues, Wolfang
Merkel, Jeremy Rifkin, Nicolas Stern y el mismo George Lakoff), lanzó en
la campaña de las elecciones de 2008 una serie de iniciativas
rompedoras y claramente
progresistas que desataron la histeria de la
derecha mediática, pero que lograron, a la postre, imponer la agenda
política socialista y llevarse de calle el voto de los electores.
La diferencia cardinal entre conservadores y
progresistas en la utilización de las estrategias descritas más arriba
debería ser de orden ético, mientras la derecha busca el impacto en el
exabrupto rayano en la grosería, la izquierda tendría que lograr
repercusión por la profundidad de las reformas propuestas, por lo
imaginativas e innovadoras que resulten y por la voluntad real de
llevarlas a cabo, algo que no preocupó demasiado a Trump ni a Vox." (José Carlos Fernández . Doctor en Ciencias Políticas y Sociología, Público, 18/04/19)
"El crecimiento de la extrema derecha en toda Europa y la paradójica
realidad de que las clases populares y las familias trabajadoras no
son el sector mayoritario entre los votantes de las organizaciones de
izquierdas nos empuja a la reflexión acerca de cómo deberíamos
intervenir en la arena política y social. (...)
En los años cuarenta del siglo XX el
psicólogo estadounidense Abraham Maslow presentó una teoría que
describía las necesidades humanas de forma jerárquica. Como si
habláramos de una pirámide, en la que se asciende desde lo elemental
hasta lo más sofisticado, las necesidades que conformarían la base
serían las fisiológicas (respirar, alimentar…), a las que siguen las
necesidades de seguridad (física, de empleo, de salud…), las de
afiliación (amistad, afecto…), las de reconocimiento (respeto, éxito…) y
finalmente las de autorrealización (creatividad, espontaneidad…).
Basándose en dicha teoría, el sociólogo
Ronald Inglehart desarrolló en los setenta una tesis con la que trataba
de explicar el cambio social. Según Inglehart, cualquier sociedad
busca saciar sus necesidades de supervivencia antes que otro tipo de
necesidades, de tal manera que en su desarrollo primero predominan los
valores materiales (fundamentalmente económicos) y después los
post-materiales.
Usando este marco, Inglehart predijo que debido al
desarrollo del Estado Social, la paz y la política keynesiana de
posguerra las generaciones nacidas tras la IIGM serían
post-materialistas y, como resultado del cambio generacional, las
sociedades en su conjunto tenderían hacia el predominio de valores
post-materiales. Además, Inglehart también predijo que todo ello
cambiaría la forma de participación política, facilitaría la
constitución de nuevos partidos adaptados a esos valores y alteraría el
voto de clase.
En el fondo, se trata de una tesis sobre
el «aburguesamiento», o así lo vio Inglehart ya en los setenta cuando
analizó el mayo francés de 1968. Desde mucho antes la sociología había
evidenciado que el voto tenía un alto componente de clase, y que en
consecuencia era esperable que la clase obrera votara a los partidos de
izquierdas.
Según Inglehart, el mayo del 68 modificó estas lealtades.
En las elecciones subsiguientes a la revuelta francesa la clase media
se había desplazado hacia los partidos de izquierdas mientras que la
clase trabajadora lo había hecho hacia la derecha que representaba de
Gaulle.
¿Por qué? Varios años antes un trabajo muy famoso del sociólogo
Seymour M. Lipset había puesto de relieve que la clase trabajadora
tenía valores más autoritarios que la llamada clase media, así que
Inglehart entendió que la clase obrera, en la disyuntiva de elegir
entre jóvenes estudiantes con extrañas demandas post-materiales y la
política del orden del general francés… se quedó con este último.
En
cambio, los jóvenes de clase media, y los jóvenes en general, defendían
ahora valores postmateriales (necesidades de pertenencia, estéticas e
intelectuales) y se inclinaban hacia una izquierda que entendía esas
demandas como parte del cambio social. En suma, el proceso de
desclasamiento estaba ya en marcha.
En uno de sus últimos trabajos Inglehart
recoge un gráfico en el que se puede observar cómo los partidos
políticos de las sociedades occidentales han ido modificando sus
prioridades políticas, medidas a partir de sus programas electorales.
Hasta la década de los setenta las mayores preocupaciones de los
partidos habían sido de carácter económico, es decir, materiales.
Sin
embargo, desde entonces y sobre todo a partir de los ochenta los
partidos han dado mayor peso a las demandas no-económicas en sus
ofertas políticas. Inglehart ve aquí una ratificación de su tesis, pues
reflejaría que actualmente la mayoría de los partidos dan más
importancia a los conflictos culturales (en los que incluye la
inmigración, el terrorismo, el matrimonio homosexual, el aborto, las
identidades de género, etc.) que a los económicos.
Algunas críticas a la tesis y la irrupción de la extrema derecha
A lo largo de las últimas décadas han
sido muchas las críticas a la tesis de Inglehart. Como no puedo
abordarlas todas, subrayaré solo dos que el propio autor ha reconocido
como válidas. Se ha criticado que la predicción es demasiado optimista y
lineal. Optimista porque presupone una victoria en el medio y largo
plazo de los valores post-materiales cuando podría ocurrir que, por
ejemplo, sectores sociales enteros reaccionasen y se organizaran contra
esos valores.
Esta opción, bautizada en los años noventa como
“contrarevolución silenciosa” por el politólogo Piero Ignazi, permite
explicar el ascenso de la extrema derecha. También se ha criticado que
la tesis ignora contingencias como las crisis económicas que pueden
provocar que personas con valores post-materiales vuelvan a dar más
importancia a los valores materiales.
El caso es que este debate se ha
recrudecido debido al ascenso de la extrema derecha en gran parte de
Europa. La tesis de Inglehart acerca de este fenómeno es, como ya se ha
apuntado, que la crisis ha «convertido» temporalmente a muchas
personas en materialistas y que además la extrema derecha se ha
organizado para canalizar la «reacción cultural» de sectores sociales
que se sienten amenazados por los valores post-materiales.
Varones
amenazados por el feminismo, empresarios y trabajadores amenazados por
el ecologismo, personas de valores tradicionales amenazadas por el
multiculturalismo, el aborto regulado, el matrimonio homosexual… El
propio Inglehart ve en movimientos como el de Bernie Sanders en EEUU y
Jeremy Corbyn en Reino Unido, con políticas más “socialistas” en lo
económico y que preservan los valores «postmateriales» conquistados, el
antídoto contra esta reacción.
Obsérvese que Inglehart despliega una
tesis de fondo muy materialista, y sin embargo interpreta el ascenso de
la extrema derecha como una cuestión cultural. Por decirlo de alguna
manera, aunque el origen de la disrupción sería económico (inseguridad y
desprotección material) la canalización sería cultural (voto contra
valores postmateriales).
En realidad, frente a lo que en ocasiones se
ha planteado acerca de la extrema derecha, su rasgo común no reside
tanto en su programa económico como en su honda tendencia autoritaria y
reaccionaria frente a los valores post-materiales (democracia,
identidad, multiculturalismo, etc.) aunque, eso sí, todo aderezado con
un discurso anti-establishment.
Para describir esto he recogido en un
gráfico a los principales partidos de extrema derecha en Europa,
situándolos en un doble eje que describe tanto el continuo derechos
civiles–autoritarismo como el continuo redistribución–liberalismo.
En
breve, cuanto más a la izquierda del gráfico más partidario se es de
subir impuestos para pagar servicios públicos, regular los mercados,
redistribuir rentas y la intervención del Estado en la economía; cuanto
más abajo del gráfico más partidario de la libertad frente al Estado,
los derechos civiles como el matrimonio homosexual, políticas
migratorias laxas, políticas multiculturales, derechos para las
minorías, cosmopolitanismo y políticas medioambientales.
Para facilitar
las comparaciones he dibujado a cada partido con un tamaño
proporcional a su última estimación media de voto. Además, he incluido a
los principales partidos españoles en el mismo doble eje.
El gráfico está construido a partir de
las valoraciones que los expertos hacen de los programas de los
partidos políticos. Por eso también puede ser leído como una
aproximación a los valores materiales/post-materiales que defienden los
partidos. No nos habla de la cantidad pero sí del contenido.
Por
ejemplo, cualquiera puede observar que mientras la acusación acerca de
que tanto IU como Podemos defienden valores postmateriales es correcta
(hay un fuerte compromiso con esos valores) al mismo tiempo no es
cierta la acusación de que no defienden valores materiales (porque
también hay un fuerte compromiso con dichos valores). Por eso están
ambos en la esquina inferior izquierda. Por cierto, apunte al margen,
suficientemente juntos como para relativizar las pequeñas diferencias
frente a los monstruos de arriba.
El caso de España
Por eso, llegados a este punto, nos
tenemos que preguntar qué ha ocurrido y está ocurriendo en nuestro
país. He empleado la misma base de datos, que se caracteriza porque
calcula la importancia de cada demanda dentro del programa electoral, y
he seleccionado a los principales partidos españoles ponderando su
peso por el voto.
No obstante, me parecía cuestionable simplemente
diferenciar entre lo económico y lo no-económico, razón por la cual,
siguiendo a algunos críticos de Inglehart, he creado otros dos
conjuntos, uno de valores materiales y otro de valores inmateriales.
En
los valores materiales he incorporado las cuestiones de desarrollo
económico, justicia social, trabajo, agricultura y también las de
seguridad y orden. En los valores post-materiales he incorporado las
cuestiones relativas a libertad y derechos humanos, participación
política, medio ambiente, cultura y educación, valores morales y
multiculturalismo. Las demandas feministas, por ejemplo, están
presentes en ambos grupos.
Como se ve, son los valores materiales
los que dominan todo el período y, especialmente, tras la irrupción de
la crisis económica. Los valores post-materiales fueron importantes en
los setenta y a partir de los noventa, pero hoy están en mínimos
históricos. En nuestro país no parece que se confirme la tesis de
Inglehart.
Y si examinamos en concreto a los
partidos de la izquierda radical -los programas del PCE (1977-1986), IU
(1986-2015) y Unidos Podemos (2016)-, la situación se aclara algo más.
Como se puede observar, los valores materiales han sido predominantes
en todo momento salvo en las elecciones de 2004. Es significativo, por
ejemplo, que ya en las elecciones de 1977 el peso de los valores
postmateriales fue alto, aunque en este caso debido a las reclamaciones
de libertad y participación política frente a la dictadura.
No
obstante, lo verdaderamente relevante es que es a partir de 2008 cuando
comienza a crecer el peso de las demandas materiales y a decrecer la
de los valores postmateriales hasta el punto de que en las últimas
elecciones el programa de Unidos Podemos se caracterizaba por tener un
62% de demandas materiales. Por decirlo de otra forma: la izquierda
radical de la actualidad es la más materialista de la historia política
reciente.
Obsérvese también que de forma contraria
a lo que según Inglehart sucedió en mayo de 1968 en Francia, si el
15-M español ha tenido alguna influencia sobre los programas
electorales de la izquierda ha sido precisamente acentuando el peso de
lo material. Sin duda, a ello contribuyó decisivamente la profunda
crisis económica.
¿Hubiera sido igual la tendencia de los partidos sin
crisis y sin 15-M? No lo creo, y probablemente la tendencia iniciada en
2004 sería la dominante ahora. La experiencia personal me dice que la
mayoría de los partidos ecologistas, ajenos y hasta alérgicos a las
demandas económicas, cambiaron rápidamente de perfil y de estrategia a
partir de 2011. En 2004, con tasas de desempleo históricamente bajas
era posible proclamar el fin de la historia y de las clases sociales.
Hoy sucede todo lo contrario.
Conclusiones
Comparto con Inglehart que el cambio
social puede explicarse a partir de factores endógenos al desarrollo
económico y que, por lo tanto, el crecimiento de los valores
post-materiales es en realidad reflejo de los éxitos económicos de una
sociedad. No lo llamaría peyorativamente «aburguesamiento» salvo que
pretendamos que la clase obrera tenga siempre que pasar hambre y otras
penurias.
También creo que estos cambios han
alterado el tipo de lealtades hacia los partidos, pero no a través de
la clase social sino de la educación: a mayor cualificación formal
también es mayor la preocupación por las libertades, la democracia, la
ecología, el feminismo, etc. De ahí que mucha gente sin cualificación
formal, normalmente clasificada dentro de la clase obrera, se mantenga
en partidos más materialistas (hasta 2016 el PSOE tenía un programa más
materialista que el PCE/IU/UP, y todavía hoy el PP es el que más
importancia da a las demandas materiales).
Por el contrario, la
población más cualificada formalmente tiende a votar a partidos más
postmaterialistas (el mejor resultado de Unidos Podemos en 2016 fue
entre las personas con estudios superiores). Y aun así, la
especificidad de España hace que en nuestro país no haya un voto
significativo a partidos puramente post-materialistas (como podría ser
PACMA, Verdes o Piratas) y que, de hecho, todos los partidos prioricen
las demandas materiales.
En consecuencia, es difícil importar las
conclusiones y los modelos que se han usado en otros países para
explicar el ascenso de la extrema derecha y el retroceso de la izquierda
tradicional (no olvidemos que España es también actualmente el país de
toda Europa en el que más voto saca la izquierda radical).
El reto, que hemos planteado con detalle
en los documentos aprobados en IU desde la XI Asamblea en 2016 y que
con toda humildad tratamos de acometer, es precisamente ser capaces de
llegar a las clases populares, víctimas de la globalización y la
crisis, sin renunciar a los valores postmateriales.
En efecto, las
familias trabajadoras que más sufren la crisis siguen siendo un
territorio demasiado desconectado de la izquierda política, y pueden
ser el caldo de cultivo de organizaciones de extrema derecha. Sólo a
través de la presencia en el conflicto, con sindicatos, partidos y
movimientos trabajando juntas será posible establecer un muro de
contención que evite en nuestro país la llegada de nuevas noches
oscuras.
Y aunque cabe abundar mucho más en estas
cuestiones, también conviene señalar que la separación entre lo
material y lo inmaterial es en cierta medida tosca y poco fructífera
para la acción política. Por un lado, desde un punto de vista teórico
es cuestionable que demandas como las ecologistas no se refieran a lo
material.
Para mi es obvio que la satisfacción de estas demandas es
absolutamente necesaria para la vida, pues sin ellas lo “económico”
carece de capacidad de reproducción. Por otro lado, la capacidad de
llegar a la población se da a través de la praxis, es decir, de
prácticas que encarnan al mismo tiempo tanto valores materiales como
inmateriales, y que refieren a la actuación política en los ámbitos de
socialización.
Siendo esto así, el debate en la izquierda no debería
girar meramente en torno al tipo de discurso sino al tipo de práctica
política en los espacios de socialización (puestos de trabajo, bares,
redes sociales, medios de comunicación, etc.). La capacidad de una
organización para atraer con su proyecto político depende sobre todo de
su habilidad para insertarse en los conflictos políticos, sean éstos
etiquetados como material o inmaterial." (Alberto Garzón, Economía para pobres, Público, 02/10/18)
“Las empresas que ganan dinero recogiendo y vendiendo
registros detallados de la vida privada de las personas eran descritas
antes sin más como ‘empresas de vigilancia’. Su conversión a la
definición de ‘medios sociales’ es el engaño más efectivo desde que los
ministerios de la Guerra pasaron a llamarse ministerios de Defensa”.
Edward Snowden no podía tener más razón al comentar con estas palabras el escándalo conocido este fin de semana
en relación al uso de los datos personales de decenas de millones de
usuarios de Facebook por la empresa Cambridge Analytica, que tuvo un
papel clave en la estrategia digital de la campaña electoral de Donald
Trump.
Las redes sociales, y en especial Facebook, se han convertido en
un agujero en el que millones de personas vuelcan sus gustos personales
(sus ‘likes’), sus ideas políticas y su vida, y toda esa información es
una materia prima de un inmenso valor para las campañas políticas, las
grandes corporaciones y los servicios de inteligencia.
Como dice Snowden, y han recordado antes muchas otras
personas, esa información que ofrecemos sirve para vigilarnos. En una
dictadura con acceso a los mejores medios tecnológicos, sería útil para
encarcelar a los críticos con el sistema, y ya hay algunas que compran
tecnología a empresas occidentales, o la desarrollan ellos mismo como es
el caso de China. En EEUU y Europa, empresas y partidos políticos
pueden tener acceso a ella si pagan lo suficiente para emplearla en las
campañas electorales.
Ahora tenemos más claro que lleva muchos años
utilizándose en campañas de todo el mundo, pero es en estos momentos,
gracias al caudal inmenso de información que entra y sale de Facebook,
cuando sus consecuencias pueden ser más graves.
Lo que en otras circunstancias quizá podríamos
denominar como el uso inteligente y moderno de las nuevas tecnologías en
las campañas políticas cobra un aire más siniestro cuando las empresas
ni siquiera respetan las leyes.
Ese no es el único problema, porque en
estos casos se suele hablar también de las “zonas grises”, una forma de
describir normas que no sirven en el mundo real para proteger la
privacidad de los ciudadanos y que son fácilmente superadas por las
empresas, los partidos y organismos gubernamentales interesados en lo
que decía Snowden: vigilar a las personas. Y aun más: cambiar su
conducta (en las urnas, en sus decisiones como consumidor) en favor del
cliente que paga.
No sabríamos nada de lo que ocurrió con Cambridge
Analytica, sólo sospechas o indicios sólidos, pero no lo suficientes
para alertar a todos, si no fuera por la decisión de otro
‘whistleblower’, otro joven que trabajó dentro de esa maquinaria hasta
que decidió contarlo todo.
Otro Snowden, otro Manning. Christopher Wylie
comparte con el primero un cerebro privilegiado y con el segundo, un
pasado personal difícil en el que le costó encajar con el resto de la
sociedad.
Muchas empresas le habrían ofrecido cantidades
ingentes de dinero para trabajar con ellos. Prefirió renunciar a ese
futuro en el que no le iba a faltar dinero y contar lo que sabe, lo que
quiere decir que se ha colocado en una situación que le puede acarrear
serios problemas legales.
Su historia empieza
antes, cuando su principal responsable ejecutivo, Alexander Nix, comenzó
su actividad de prospección de datos personales con fines políticos en
otra empresa, SCL Group, para lo que contrató a Wylie.
Nix dirigía la división de SCL Elections dedicada a la
intervención en procesos electorales desde hace muchos años, desde los
años 90. Entre los clientes de la corporación estaban el Ministerio
británico de Defensa y el Pentágono. Su especialidad eran y son las
comunicaciones estratégicas, una forma elegante de describir la
capacidad de intervenir en procesos electorales de todo el mundo o en
mejorar la implantación y resultados de una empresa en esos países.
En su web en español,
la empresa describe sus méritos: “No presuponemos ni dejamos nada al
azar, analizamos y dejamos que nuestros análisis de datos nos guíen para
elaborar nuestras estrategias e impulsar el cambio conductual.
Diseñaremos una estrategia robusta y clara para implicar a su público en
el lugar correcto y de la manera correcta”.
En su web en inglés, son algo más precisos:
“Desde hace más de 25 años, hemos realizado programas de cambio de
conducta en más de 60 países y hemos sido reconocidos por nuestro
trabajo en el cambio en asuntos sociales y de defensa”. Presumen de que
gracias a su tecnología que combina minería de datos, estadística e
inteligencia artificial pueden “prever cómo se comportará la gente” e
“influir en los grupos elegidos”.
Su ocupación también podría describirse como
“operaciones psicológicas” o “guerras psicológicas” en el caso de
producirse en un conflicto político o militar.
Wylie cuenta a The Guardian
cómo cree que Steve Bannon supo de la existencia de SCL. Todo se
originó en una conversación entre un consultor republicano y un experto
en ciberguerra de la Fuerza Aérea de EEUU. Este último le dijo: “Oh,
deberías conocer SCL. Hacen ciberguerra para las elecciones”.
Nix y Wylie conocieron en el otoño de 2013 a Steve
Bannon, y gracias a él al multimillonario Robert Mercer, a los que
convenció del potencial político de estas estrategias en una campaña
electoral.
El apoyo de Bannon, entonces el jefe de la web
ultraconservadora Breitbart News y después jefe de la campaña de Trump y
su principal consejero estratégico en la Casa Blanca hasta su dimisión
fue decisivo para que se formara una nueva compañía en EEUU a la que se
llamó Cambridge Analytica para que pudiera participar en las campañas
electorales de ese país.
Tenían ahora todo el dinero que necesitaban, pero se
enfrentaban a un problema.
La obtención de datos personales sin violar
la ley, a través de incentivos para que la gente se preste a instalar
una aplicación que registre sus preferencias en las redes sociales, es
una actividad muy cara.
Ahí es donde aparece el motivo por el que la empresa
llevaba el nombre de Cambridge. Se aprovechó de los trabajos en esa
dirección que se estaban realizando en un centro de la Universidad de
Cambridge, que había tenido un gran éxito gracias al trabajo de dos
psicólogos, Michal Kosinski y David Stillwell, dedicados al estudio de
la personalidad a través de apps para Facebook.
Una de esas aplicaciones
tuvo mucho éxito y a partir de un test de personalidad recibió el
permiso de muchos usuarios para acceder a sus perfiles de Facebook. El
objetivo: establecer correlaciones entre las características de esos
usuarios y toda una gama de sus preferencias personales.
Sería un error pensar que este objetivo parece algo
trivial más allá del estudio académico de la psicología. Como cuenta The
Guardian, los trabajos de Kosinski y Stillwell recibieron el apoyo de
empresas y servicios de inteligencia. Las posibles aplicaciones en el
campo de la vigilancia resultaban obvias.
Un profesor de la universidad de Cambridge, Alexander
Kogan, fue la pieza que necesitaba Cambridge Analytica para desarrollar
todo su potencial al no poder contar con la colaboración de Kosinski y
Stillwell al no fructificar las negociaciones económicas. Desarrolló su
propia app y comenzó a recibir datos que puso en manos de sus nuevos
jefes.
La justificación que se dio a Facebook es que se hacía con fines
académicos. Eso es también lo que se dijo a los usuarios de la red
social que aceptaron instalarse la app thisisyourdigitallife a cambio de
una compensación económica. Eran centenares de miles de personas, pero
la app se diseñó –y ahí es donde dio el gran salto– para que recogiera
también los datos y actividad de sus amigos en Facebook.
Unas 270.000 personas habían aceptado formar parte del
supuesto experimento académico. Gracias a las características de esa
app, y a la incapacidad de Facebook de proteger la privacidad de sus
usuarios, su alcance fue exponencialmente mayor.
Cambridge Analytica recibió información sobre 50
millones de perfiles de Facebook. De ellos, 30 millones incluían datos
personales suficientes como para poder elaborar un completo perfil
psicológico de sus usuarios y de sus temas de interés.
“Facebook tenía que ver lo que estaba ocurriendo”,
cuenta Wylie. “Sus protocolos de seguridad se activaron porque las apps
de Kogan estaban sacando una cantidad enorme de datos, pero
aparentemente les dijo que era para uso académico. Y ellos (Facebook)
dijeron, vale”.
A finales de 2015, Facebook fue alertada por una información
de The Guardian que contaba que Cambridge Analytica estaba utilizando
todo ese material en favor de la campaña del republicano Ted Cruz (tras
el fin de las primarias, la empresa pasó a trabajar para Trump).
Se
estaban violando las normas sobre privacidad que la compañía dice
defender con todo el celo del mundo. ¿Qué hizo Facebook? Siete meses
después de ese artículo (y dos años después de que se empezara a reunir
todos esos datos), envió una carta para ordenar que se borrara todo ese
material y, según el testimonio de Wylie, nada más.
Su siguiente reacción se produjo el pasado viernes
cuando ya sabía desde hace varios días que The Guardian y The New York
Times iban a publicar sendos artículos sobre el escándalo. Borró la
cuenta de Facebook de Cambridge Analytica y las cuentas personales de
Wylie y Kogan. 27 meses después de la primera carta que envió. En ese
espacio de tiempo, la empresa prestó una ayuda fundamental a la campaña
de Trump y la campaña del Brexit, y trabajó para numerosas empresas
privadas.
Cambridge Analytica trabajaba para todo tipo de
clientes. Eran básicamente “mercenarios”, en expresión de Wylie. Se sabe
que llegaron a hacer una presentación para vender sus servicios a la
empresa petrolera rusa Lukoil y que llegara a su consejero delegado,
Vagit Alekperov, exministro ruso de Petróleo y, teniendo en cuenta su
cargo en una empresa privada tan importante, persona muy cercana a
Putin.
Entre el contenido que se mostró a la empresa rusa, está el
ejemplo de una campaña de rumores que se extendió en las elecciones de
Nigeria de 2007 sobre un probable fraude electoral.
No hay pruebas de que llegaran a conseguir un contrato
con Lukoil, pero lo que está claro es que Cambridge Analytica ofrecía
esos servicios.
En la práctica, Facebook se ha convertido en un
monopolio cuya materia prima servirá para construir todo tipo de
operaciones de desinformación en el mundo, operaciones que sólo tienen
garantías de éxito cuando sus responsables cuentan con un conocimiento
muy alto de la sociedad en la que están funcionando.
Sería de otra
manera si Facebook pudiera convencernos de que está en condiciones de
proteger la seguridad de los datos que les entregan sus usuarios. Lo
ocurrido con Cambridge Analytica lo desmiente.
Hubo un tiempo en que era suficiente con sobornar a un
grupo de militares para que montaran un golpe de Estado. En otros
casos, también tuvieron que pagar una huelga de camioneros o grupos de
alborotadores para crear una sensación de caos en las calles.
Ahora quizá ya no sea necesario llegar a esos niveles
de violencia. El análisis de los datos personales en tiempo real es uno
de los mecanismos que pueden ofrecer los mismos o similares resultados
políticos o empresariales bajo la pantalla mucho más pacífica y en
apariencia irreprochable de unas elecciones o una campaña política en
favor de determinada idea.
Es la última evolución de la democracia que comienza
cuando das a Like en tu página personal de Facebook. Una empresa como
Cambridge Analytica se ocupará del resto. No será la única." (Íñigo Sáenz de Ugarte, 19/03/18)
"El manual electoral de Cambridge Analytica: manipulación, trucos sucios y chicas guapas.
Channel 4 ha ofrecido en la noche del lunes
el desenlace más adecuado para continuar las informaciones de los
últimos días sobre la empresa Cambridge Analytica y sus relaciones con
Facebook. Un reportaje de cerca de 20 minutos
realizado con cámara oculta en su casi totalidad muestra
conversaciones de los dos principales responsables de la compañía,
Alexander Nix y Mark Turnbull, en las que estos explican sin problemas a
unos clientes potenciales por qué son la alternativa perfecta para
conseguir que en unas elecciones, en este caso en Sri Lanka, gane el
candidato correcto.
Gracias a esos diálogos donde vemos a los jefes de CA
vender con seguridad y un punto de arrogancia las virtudes de su
trabajo, descubrimos que su especialidad va más allá de los algoritmos y
la información que los usuarios de redes sociales vuelcan en
plataformas como Facebook.
La suya es una empresa integral en el negocio
de ganar elecciones que no desdeña las tareas digamos tradicionales con
las que se han manipulado elecciones por todo el mundo durante décadas.
Difundir rumores y noticias falsas, contratar a antiguos agentes de
inteligencia para sacar trapos sucios de los partidos rivales e incluso
utilizar chicas guapas para conseguir situaciones comprometidas.
El equipo de Channel 4 se hace pasar por
representantes de una persona con mucho dinero de Sri Lanka que pretende
que gane su partido. En su primera cita se ven con Mark Turnbull,
director general de CA, y Alex Tayler, ‘chief data officer’. Ahí se
habla mucho de la parte del negocio que ha hecho famosa a la empresa por
su intervención en la campaña de Donald Trump.
Hay que conocer las
esperanzas y los miedos de los votantes, incluidos aquello “de lo que no
se habla”, los que son casi “inconscientes”. “No es bueno luchar en las
campañas electorales basándose en los hechos, porque en realidad todo
tiene que ver con las emociones”, aconseja Turnbull.
Pero también hay espacio para asuntos más
confidenciales. Les preguntan sobre información de inteligencia:
“Tenemos relaciones y acuerdos con organizaciones especializadas que
hacen ese tipo de trabajo”. En futuras reuniones, concretarán mucho más.
Queda clara su experiencia por todo el mundo.
Afirman que han trabajado
en África, México, Argentina, India y la República Checa, y que
próximamente lo harán en Brasil (donde deben celebrarse elecciones
presidenciales y legislativas en octubre de 2018), Australia y China (en
el caso de China, no en el tema electoral, obviamente),
El reportaje recuerda lo que pasó en Kenia, donde
Cambridge Analytica trabajó en secreto para el presidente Uhuru
Kenyatta. La campaña de 2017 estuvo marcada por la desinformación y los
trucos sucios, incluidos vídeos de tono “apocalíptico” sobre una posible
victoria de la oposición.
Kenyatta ganó esas elecciones, anuladas
después por el Tribunal Supremo, que ordenó su repetición. El presidente
consiguió otra vez la victoria, esta vez en buena medida a causa del
boicot de la oposición. Fue un espectáculo político deplorable para
Kenia y un gran éxito para CA.
Los responsables de la empresa comunican que ellos no
se limitan a asesorar. Dirigieron las campañas de Kenia de 2013 y 2017,
cuentan, escribieron el programa electoral del partido en el poder,
hicieron dos sondeos con una muestra de 50.000 personas y escribieron
los discursos: “Lo diseñamos todo”.
En la siguiente reunión, van un poco más lejos. Sobre
la posibilidad de conseguir información negativa sobre los rivales,
tienen recursos suficientes. “Conozco gente que trabajó para el MI5 y
MI6 (los servicios de inteligencia británicos). Ahora trabajan para
organizaciones privadas Encontrarán todos los esqueletos en su armario
(del partido rival) y de forma discreta os entregarán un informe”,
explica Turnbull.
Un dato más que deben conocer sus interlocutores.
“Quizá tengamos que firmar el contrato con un nombre diferente (no el de
CA) para que no exista ningún rastro escrito con nuestro nombre”.
No es el momento de enseñar todas las cartas.
Turnbull alega que no están en “el negocio de las noticias falsas, las
mentiras y las trampas”. “No enviaríamos a una chica guapa a seducir a
un político y grabarle en el dormitorio”. Quizá no convenga asustar tan
pronto al cliente. Todo tiene su ritmo.
Hay una reunión final y en ese momento ya no es
necesario disimular. Asiste también el máximo responsable de Cambridge
Analytica, Alexander Nix, del que ya conocemos, gracias al testimonio de Christopher Wylie,
su participación decisiva en la fundación de la compañía, su
colaboración con la campaña de Trump y su utilización de los recursos
conseguidos gracias a Facebook y vulnerando la privacidad de los
usuarios.
Nix va al grano, como se puede ver en el reportaje.
Básicamente, está garantizando la victoria electoral con todos los
medios que sean necesarios. “Hay que asegurarse de que haya un vídeo.
Estas tácticas son muy efectivas. Tener pruebas de corrupción de
inmediato con un vídeo y luego ponerlo en internet”.
¿Quién se ocuparía
de eso?, le preguntan. “Alguien a quien conocemos”, es la respuesta (más
tarde dirá que subcontratan esos servicios a empresas británicas o
israelíes, como ya hicieron en un país de Europa del Este).
El ejemplo que da consiste en enviar a alguien que se
haga pasar por un rico empresario (a los británicos les encanta hacer
chistes en estas situaciones y Turnbull suelta: “Soy un maestro de los
disfraces”). “Ofrecerá una gran cantidad de dinero al candidato para
financiar su campaña a cambio de tierras por ejemplo”.
Un intento de soborno a un candidato es un delito en
Reino Unido y EEUU, dos países en los que CA cuenta con sedes, además de
en los países en cuyas campañas ha trabajado la empresa.
Nix está lanzado.
“Enviaremos a algunas chicas a la
casa del candidato”. “Es sólo una idea, podemos enviar a unas ucranianas
que estén de vacaciones. Ya sabe a qué me refiero”. Sus interlocutores
se ríen. Ya saben a qué se refiere y les encanta que lo haya dicho
mientras se está grabando la conversación.
También tiene en mente la posibilidad de que algo
salga mal, que el candidato rival no coja el dinero o que las chicas no
consigan su objetivo. El objetivo no es conseguir pruebas irrefutables.
“Suena un poco terrible decirlo, pero estas cosas no tienen que ser
ciertas en la medida en que la gente se las crea”.
Se trata de jugar sucio, de hacer ver a los votantes
que la oposición es tan corrupta como los que están en el poder. Ya
habían dicho que en una campaña las “emociones” son más importantes que
los hechos.
“Sólo le estoy dando algunos ejemplos de lo que puede hacerse. Lo que se ha hecho”.
De lo que se ha hecho. Cambridge Analytica lleva en el
negocio el tiempo suficiente como para ofrecer resultados palpables en
la manipulación de las urnas y de la voluntad de los votantes.
Si algo
sale mal y todo acaba en descrédito de la democracia o en violencia, el
Gobierno del país donde CA tiene su sede principal siempre podrá decir
que está “profundamente preocupado” por los acontecimientos y pedirá
“contención” a las partes enfrentadas. Para entonces, Cambridge
Analytica ya habrá cobrado sus honorarios. (...)" (Íñigo Saéns de Ugarte, 20/03/18)
Bajo este pulcro nombre, se oculta una compañía que durante años fue
considerada el gran prodigio de la alquimia electoral y que ahora, tras
una investigación The New York Times y The Observer, amenaza con desintegrar a todo el que se le acercó.
Todos tuvieron trato con Cambridge Analytica
y todos se mantienen estos días un paso atrás. Esperan posiblemente ver
el desenlace de una historia que en su día no levantó sospechas. La
compañía fue creada en 2013 para participar en la política
estadounidense. Su principal inversor (15 millones de dólares) fue el
multimillonario Robert Mercer, gran padrino de Steve Bannon, de su
portal Breitbart y de las corrientes oscuras de la nueva ultraderecha
americana.
El objetivo de Mercer era emplear en la liza electoral las
asombrosas técnicas psicográficas anunciadas
por la empresa. Un método casi orwelliano sobre cuya verdadera eficacia
hay dudas, pero que pronto obnubiló al entorno de Trump.
La pequeña firma, liderada por el elegante y peligroso Alexander Nix, está especializada en recoger datos online
y crear con ellos perfiles de los votantes. Fichas que sirven de diana a
la publicidad electoral.
“Si conoces la personalidad del elector,
puedes ajustar mucho más tus mensajes y multiplicar el impacto”, ha
señalado Nix. La prioridad, bajo esta premisa, no radica ya en la edad,
sexo o raza del votante, sino en las tendencias emocionales.
Conociéndolas, se puede influir en ellas. Esa es la mercancía que vende
Cambridge Analytica.
El modelo, como ha analizado el portal Vox,
fue desarrollado por el investigador de la Universidad de Cambridge
Michael Kosinski y, a grandes rasgos, surge de conectar los likes
de un usuario en Facebook con un test de personalidad (OCEAN) que mide
si un individuo es abierto a la experiencia, meticulosa, extrovertida,
amable u obsesiva.
Este retrato, unido a la información de acceso libre
que flota en el universo digital sobre el usuario (compras, hábitos,
viajes…), sirve para configurar el llamado perfil psicográfico. Un
instrumento pretendidamente revolucionario que, a juicio de sus autores,
permite prever la tendencia de voto.
Atraídos por este botín, los republicanos contrataron
los servicios de Cambridge Analytica durante las legislativas de 2014
en Arkansas, Carolina del Norte y New Hampshire. El éxito sonrió y, en
las primarias para las presidenciales, la compañía pasó a trabajar para
los conservadores Ted Cruz y Ben Carson. Derrotados estos candidatos, la
empresa no tuvo empacho en ponerse al servicio del emergente Trump. La
contratación la formalizó su yerno, Jared Kushner.
Las expectativas eran altas. Nix había alardeado de
disponer de información de 230 millones estadounidenses y ofrecía la
victoria con un método infalible. Pero la realidad había sido otra. Pese
a las alharacas, cuando aterrizó en EEUU sus datos eran muy limitados.
No tenía nada que le permitiese abordar un reto como las legislativas.
La solución que supuestamente halló fue tan sencilla
como carente de escrúpulos. Un investigador de la Universidad de
Cambridge que había participado en el desarrollo del método original, el
psicólogo ruso-americano Alexander Kogan, le tendió el cable.
Autorizado por Facebook, siempre según los medios estadounidenses, Kogan
había realizado como académico una investigación psicológica entre
usuarios y había recogido con una aplicación los vaivenes de su
actividad. Aunque solo 270.000 personas le habían dado permiso
explícito, él obtuvo perfiles brutos de 50 millones de usuarios. Y ese
fue el combustible de Cambridge Analytica.
El uso que hizo el equipo de Trump de estos datos todavía no se conoce. Su gurú electoral, el iconoclasta Brad Parscale,
ha negado que le fueran de utilidad. Pero también ha reconocido que si
el multimillonario neoyorquino ganó fue por Facebook. Y el sistema para
hacerlo, según su propio relato, fue acertar con la publicidad de
campaña.
Segmentar, apuntar y disparar. Precisamente la especialidad de
Cambridge Analytica. Un esfuerzo que le llevó a lanzar una media de
50.000 anuncios diarios (con picos de 100.000) y que pocos dudan de que
resultaron claves en unos comicios que se dirimieron por 77.000 votos en
tres Estados. En recompensa, Parscale ha sido nombrado jefe de la
campaña para la reelección de Trump.
La intención con
este acercamiento era supuestamente conseguir los 33.000 correos
electrónicos que Hillary Clinton había hecho desaparecer de su servidor
privado y que, si habían caído en manos de hackers rusos, podían acabar
en poder de Assange. Un arma letal para Trump.
El fundador de Wikileaks rechazó públicamente la
oferta, pero el triángulo había quedado establecido. Abierta la
investigación sobre la posible coordinación de Moscú y el equipo
electoral del republicano para derrotar a Clinton, el fiscal especial,
Robert Mueller, no tardó en solicitar a la empresa todos los mails
relacionados con la campaña e incorporó este sorprendente caso a su
investigación.
Trama rusa, manipulación de datos y apoyo a la
ultraderecha. Los frentes abiertos son muchos. En el vertiginoso mundo
de los bulos y las intoxicaciones masivas, Facebook se ha topado con
otro boquete.