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30/6/21

Lo que une a los votantes de Le Pen es el sentimiento de no poder hacer frente a la crisis y de no tener futuro, personas que se sienten amenazadas o bloqueadas en sus vidas o en su trabajo... no son tanto los más frágiles socialmente los que votan a FN como los que están cerca de ellos y temen caer en la precariedad, y que están obsesionados con la degradación personal

 "La tesis del demógrafo Hervé Le Bras: «Más que la condición social o la profesión, lo que une a los votantes de este partido es más bien el sentimiento de no poder hacer frente a la crisis y de no tener futuro. 

El FN recluta a una población más amplia, que incluye a artesanos y comerciantes, pertenecientes a una clase media baja o a una clase trabajadora alta: personas que se sienten amenazadas o bloqueadas en sus vidas o en su trabajo”. Para él, «no son tanto los más frágiles socialmente los que votan a FN como los que están cerca de ellos y temen caer en una u otra forma de precariedad», y que están obsesionados con la degradación personal.

 El encuestador y politólogo Jérôme Fourquet acaba de publicar una nota para la Fundación Jean Jaurès, ‘1988-2021: 30 años de metamorfosis del electorado del Frente’, dedicada al estudio del electorado de la Rassemblement National (RN) en un contexto en el que se atribuye a Marine Le Pen una alta intención de voto para las elecciones presidenciales de 2022. Subraya, en primer lugar, «la solidez de este electorado» y «el profundo anclaje de esta corriente de pensamiento en el paisaje político francés».

Aunque «las estructuras socio-culturales de este electorado han sufrido cambios muy marcados», para Fourquet presenta, sin embargo, dos características específicas ya conocidas. La primera es que RN es «el partido de los perdedores de la nueva estratificación educativa». A partir de 1995, se observa un claro aumento del voto de las categorías menos formadas a favor del FN/RN (...)

La segunda característica reside en que el FN/RN «tendrá un éxito creciente entre los obreros y los empleados», ya que «actualmente reúne más del 40% de los votos emitidos en estas categorías». Fourquet concluye que, «en 30 años, el voto del FN se ha convertido en hegemónico en los círculos obreros» (...)

 Estos datos parecen hacerse eco de la idea repetida por Le Pen de que el RN es el principal partido obrero de Francia. Al mismo tiempo, el director del Cevipof, Martial Foucault, llama a la prudencia: «Dejemos de decir que RN es el partido de los trabajadores y de los no cualificados, y digamos que es el partido de las clases infelices».

¿Cuál es la realidad? En primer lugar, las clases trabajadoras (obreros y empleados) conservan un peso demográfico importante en la población francesa. Según el Institut National de la Statistique et des Études Économiques (Insee), en 2020 representaban el 25,1% de la población, y hasta el 43,7% si se suman los trabajadores y empleados jubilados. Una encuesta del Ifop indicó que, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2017, las personas de clase trabajadora representaron el 27,3% de los votantes.

Sin embargo, una proporción significativa de trabajadores y empleados no se registran para votar, y los que lo hacen a menudo prefieren abstenerse, especialmente en las elecciones intermedias: por ejemplo, sólo el 44% de los electores de las clases trabajadoras en las elecciones europeas de 2019 (encuesta Ifop). En 2018, el Insee recordaba que «las tasas de inscripción [en los censos electorales] varían […] según la categoría social: los trabajadores, y más aún los inactivos o desempleados que nunca han trabajado, son de esta forma los grupos con menos inscritos». Otra encuesta del Insee muestra que sólo el 26,1% de los obreros y el 30,3% de los trabajadores blancos votan sistemáticamente, frente al 45,1% de los altos ejecutivos. Los trabajadores son también la categoría que más se abstiene siempre. Además, el 24% del CSP lo hizo en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2017, frente al 13% de los ejecutivos.

El voto de las clases trabajadoras y, en particular, de los obreros está muy diversificado. Como escribe Fourquet, «no debe percibirse como un bloque monolítico». Según la encuesta del Ifop, tras la primera vuelta de las elecciones presidenciales de 2017 los votos de CSP se distribuyeron de la siguiente manera: Le Pen (34%), Mélenchon (24%), Macron (16%), Fillon (10%), Hamon y Dupont-Aignan (5%). Al final, el 24% de la clase trabajadora se abstuvo, el 26% votó a Marine Le Pen y el 24% lo hizo a un candidato de izquierdas (si calculamos la proporción de votos emitidos en relación con el total de votantes del CSP). Asimismo, el 24% de los trabajadores prefirió abstenerse, el 30% votó a Le Pen y el 26% a la izquierda. Por último, estas categorías obreras representan una parte importante de los votantes de Le Pen (42,5%), pero también de los candidatos de extrema izquierda y de François Asselineau (más del 50%) y, en menor medida, de Mélenchon (33,1%). Los trabajadores como tales representan el 20,4% de los votantes de Le Pen y el 14,3% de los de Mélenchon.

 Aunque no exista un consenso académico sobre la cuestión del voto al FN/RN entre las clases trabajadoras, y en particular entre los obreros, sin embargo es posible ponerse de acuerdo sobre algunos puntos. En primer lugar, hemos observado un cambio espectacular en el voto de la clase trabajadora desde finales de los años 70. Cada vez votan menos a la izquierda y más a la derecha y, sobre todo, a la extrema derecha. Fue a partir de 1995 cuando la derecha en su conjunto se convirtió en mayoría sistemática entre los votantes de esta clase en la primera vuelta de las elecciones presidenciales. El éxito electoral del FN/RN se explica en gran parte por esta movilización de una parte del mundo obrero y asalariado. Es lo que la politóloga Nonna Mayer ha llamado «ouvriéro-lepénisme [obrero-lepenismo]».

Pero esto no significa, como hemos visto, que las clases trabajadoras, y especialmente los antiguos votantes de izquierdas, se hayan pasado masivamente al partido de Le Pen y que el votante medio del FN/RN sea un trabajador. Los trabajadores que votan al FN/RN se sitúan más bien a la derecha del espectro político o que están en una lógica de ni derecha ni izquierda. Esto es mucho más raro en el caso de los trabajadores de izquierdas, que prefieren abstenerse.

El voto obrero del FN/RN también es generacional. Las más antiguas de trabajadores que ahora están jubilados, que estaban bajo la influencia del PC y votaban automáticamente a la izquierda no son muy proclives a hacerlo a Le Pen. Ya no es el caso de las generaciones siguientes, marcadas por la desindustrialización, la desilusión con la izquierda en el poder, el declive del PCF, el ascenso del FN y la inseguridad económica, social y cultural.

Además, no existe el «votante típico del FN/RN», como dijo Nonna Mayer en 1997, yesto sigue siendo cierto. El «ouvriéro-lepénisme» corresponde a un tipo específico de votante, pero hay otros. Así, Arnaud Huc, que ha estudiado el electorado del FN en Hauts-de-France y Paca, ha identificado «dos familias de votantes del FN con características particulares»: «En el norte de Francia, y en el Pas-de-Calais en particular, el voto es sobre todo obrero, de ciudades en declive económico»; pero «en el sur, en cambio, y en particular en Bouches-du-Rhône, no es el voto de los olvidados«. […] El voto al FN es elevado tanto en los municipios de «clase trabajadora» como en los de «clase media». Al final, «mientras que las ciudades favorables al Le Pen se definen por su popularidad en Pas-de-Calais, en Bouches-du-Rhône es más bien la «urbanidad» y el dinamismo inmobiliario lo que indica un voto significativo para el FN.

Al final, como afirma Martial Foucault, «lo decisivo no es la condición socio-profesional, sino la situación subjetiva y sentida«. Ésta es también la tesis del demógrafo Hervé Le Bras: «Más que la condición social o la profesión, lo que une a los votantes de este partido es más bien el sentimiento de no poder hacer frente a la crisis y de no tener futuro. El FN recluta a una población más amplia, que incluye a artesanos y comerciantes, pertenecientes a una clase media baja o a una clase trabajadora alta: personas que se sienten amenazadas o bloqueadas en sus vidas o en su trabajo”. Para él, «no son tanto los más frágiles socialmente los que votan a FN como los que están cerca de ellos y temen caer en una u otra forma de precariedad», y que están obsesionados con la degradación personal."                   

(  , Agenda Pública, 26 junio 2021; Este análisis fue publicado originalmente por  Telos)

24/4/19

Manual para acabar con Vox: lo más importante no son las propuestas políticas en sí mismas, sino la negación o el aplauso que provoquen... su aceptación por parte de los ciudadanos no depende de lo razonable o disparatado del mensaje, sino de cómo sean percibidos quienes lo apoyan o rechazan... si quien se muestra contrario a la proposición provoca en nosotros un rechazo visceral, veremos con simpatía la propuesta por muy descabellada que, en principio, pudiera parecer... la izquierda tendría que lograr repercusión por la profundidad de las reformas propuestas, por lo imaginativas e innovadoras que resulten y por la voluntad real de llevarlas a cabo, algo que no preocupó demasiado a Trump ni a Vox...

"(...) Los think tanks creados desde los años ochenta, más de 500 distribuidos por todo el territorio norteamericano con infinidad de investigadores sociales generosamente remunerados, han sido especialmente activos en los principales centros de poder. Todo ello culminó con la adquisición o puesta en servicio de un importante aparato de propaganda que difundiera y aplicara las recetas elaboradas en aquellos centros. (...)

Con tamaña maquinaria para propagación de sus ideas, los republicanos han logrado ocupar la Casa Blanca, desde los años ochenta, tanto o más que los demócratas. 

Frente a la corriente general del pensamiento progresista, que sostiene que los seres humanos hacemos nuestras elecciones basándonos únicamente en el cálculo de la razón, los think tanks conservadores, basándose en estudios neurológicos, se percataron de que la razón viene a ser un factor ajeno a la motivación profunda que determina la mayor parte del pensamiento, de la palabra y de la acción de las personas. 

La neurociencia había demostrado que el pensamiento consciente de los seres humanos representa solamente el 2% y que el 98% restante era inconsciente. La intervención de la razón consciente acaece normalmente para justificar ex post facto las decisiones tomadas, insertándolas en una lógica discursiva, como racionalización ad hoc.

No se trata aquí de ninguna suerte de conjetura o desiderátum reaccionario.  (...)

Damasio sostiene que el pensamiento, todo pensamiento, tiene su origen en la emoción. Ese estudio constató que los pacientes que habían sufrido daños en los centros cerebrales de la emoción, de los sentimientos, pero cuyo raciocinio no había perdido un ápice de su capacidad lógica, pensaban, hablaban y actuaban como seres asociales, casi sociópatas, incapaces de articular una respuesta adecuada a los desafíos más simples de la vida cotidiana. 

Por ello, Reagan y su equipo de comunicación dirigieron sus mensajes a la mente emocional de los americanos. De ahí que sus discursos políticos se vieran siempre preñados de alusiones continuas y machaconamente recurrentes a la metáfora política que ve la nación como si fuera una familia, metáfora que permite hablar de “padres fundadores”, “madre patria”, etc.  Este ha sido el telón de fondo constante del discurso político republicano, desde entonces. Discurso mimetizado por M. Thatcher en Gran Bretaña, H. Khol en la RFA, J. Chirac en Francia o J. M. Aznar en España.

No pienses en el elefante republicano
La victoria de Trump en las elecciones de 2016 tomó un cariz especial pues las estrategias desarrolladas por el equipo liderado por Steve Bannon, derrotando al poderoso stablishment norteamericano (tanto al demócrata, como al republicano), se produjo aplicando los más recientes avances de la neurociencia cognitiva, algo que los demócratas y la izquierda europea en general aún no han sabido ver ni aprovechar. 

La estrategia desarrollada a partir de esos conocimientos es sencilla y tremendamente eficaz, la llamaremos la técnica del “no pienses en un elefante”, en reconocimiento al lingüista cognitivo George Lakoff por ser quien mejor, más lúcida y claramente la ha analizado. La aplicación de dicha técnica permite dominar la agenda política.

 Imponer una determinada agenda política significa hacer prevalecer el marco propio (el Estado como padre estricto de los republicanos o bien como padre cuidador de los demócratas) sobre el marco de los oponentes.

 Hacerse con las riendas de la agenda política se logra de forma aparentemente simple y sencilla: proponiendo iniciativas que atraigan el foco y provoquen la reacción mediática, generando un debate tanto dentro como fuera de las filas del partido. Numerosas investigaciones han demostrado fehacientemente que da igual el apoyo o el rechazo que genere una propuesta, su aceptación por parte de los ciudadanos no depende de lo razonable o disparatado del mensaje, sino de cómo sean percibidos quienes lo apoyan o rechazan. 

Si quien se muestra a favor de una determinada propuesta, que defiende públicamente, genera nuestro rechazo, la propuesta nos parecerá inaceptable por muy razonable que esa, y al revés, si quien se muestra contrario a la proposición provoca en nosotros un rechazo visceral, veremos con simpatía la propuesta por muy descabellada que, en principio, pudiera parecer.

(...) si quien se muestra contrario a la proposición provoca en nosotros un rechazo visceral, veremos con simpatía la propuesta por muy descabellada que, en principio, pudiera parecer.

Dicho con otras palabras, cada opinión que genera en los medios producirá una hueste de seguidores y detractores que aumentará en proporción directa al número de opiniones vertidas y difundidas. Lo más destacable de esta teoría es que la negación de un argumento no invalida en ningún caso los efectos cognitivos que induce, de ahí lo ingenioso del mensaje “no pienses en un elefante” que inmediatamente ilumina su imagen en nuestro cerebro, aunque intentemos evitarlo.

 Por consiguiente, lo más importante no son las propuestas en sí mismas, sino la negación o el aplauso que provoquen. Además, entra en juego otro factor de la máxima importancia: cuanto más relevantes sean los personajes que las comentan y con mayor fervor las avalen o rechacen, mayor será su impacto. La intuición artística de Salvador Dalí supo percibir esos efectos cuando comentó irónicamente que “lo importante es que hablen de ti, aunque sea bien”.

Teniendo en cuenta lo dicho, el gurú de la campaña de Donald Trump diseñó toda la estrategia victoriosa del magnate abatiendo, contra todo pronóstico, primero al stablishment republicano y luego al demócrata. 

Cada día Trump presentaba una propuesta o hacia una valoración sobre algún tema relevante tanto o más descabellada que la del día anterior, pero que, involucrando de alguna manera los sentimientos más inconfesados y recónditos del americano medio, fuera acumulando apoyos hasta la derrota de todos sus oponentes. Armar a los docentes en los institutos de enseñanza media como solución a la inseguridad que se produce en algunos centros escolares de los barrios más pobres para atajar episodios como la matanza de Columbine; construir un muro de 2.200 kilómetros para detener la supuesta invasión sigilosa de los inmigrantes latinos para robar, violar y asesinar americanos o, al menos, arrebatarles sus empleos, son dos ejemplos palmarios del tipo de iniciativas que incitaron la reacción, a veces histérica, de los medios, suscitando más y más adhesiones (con sus correspondientes rechazos). 

Lo crucial de este planteamiento, al margen del rechazo de quienes jamás lo admitirían, es que gente que antes no pensaba en Trump ahora sí que lo hacían, esto es, movilizaba a su favor a los indiferentes.

La estrategia, brillantemente descrita por Lakoff, forma parte de un programa conservador que intenta difundirse a escala global y ahí están los ejemplos de Bolsonaro en Brasil, Macri en Argentina o Salviani en Italia. 

Vox, que también fue asesorado por el equipo de Bannon en su campaña de las elecciones andaluzas, tomó buena nota de ello, y explotó ese tipo de mensajes impactantes, provocando a la opinión pública y a los líderes sociales más representativos, para que hablaran cada día de sus propuestas, imponiendo el qué, el cómo y el cuándo en la agenda política andaluza. 

De esa manera logró 12 diputados en la cámara y se volvió imprescindible para la formación del gobierno de derechas que ahora gobierna Andalucía, saliendo de la irrelevancia más absoluta de elecciones previas.

La misma estrategia (asesorado nuevamente por Bannon) es la que Abascal está aplicando a pies juntillas en esta precampaña para las elecciones de 28 de abril, y lo más grave es que la izquierda política y mediática ha mordido el anzuelo y están convirtiendo a una formación política, antes residual e insignificante, en un actor de primera división en el debate político español.

La cuestión debería ser ¿cómo se combaten este tipo de estrategias? Lo primero sería no caer en el error de rebatir o negar cada una de las palabras de Vox, sino más bien declararlas fuera de lugar, extemporáneas o simplemente reírse, sin mayor comentario. 

El humor, la sátira, la ironía y el sarcasmo son las opciones más corrosivas, deslegitimadoras y útiles para hundir el discurso político de la extrema derecha, sin olvidarse del lanzamiento de las propias iniciativas que, para atraer el foco de atención mediático y recuperar así la agenda política, deben ser lo suficientemente novedosas e impactantes como para imponer el relato propio.

Inconscientemente me temo, esa estrategia fue la que, en su debut, elevó a los cielos a Podemos. La descalificación del Régimen del 78, el cuestionamiento de la Monarquía, la salida del euro, de la Unión Europea y de la OTAN y el ataque inmisericorde contra los políticos corruptos del bipartidismo, eran el tipo de discurso radical e iconoclasta que movilizaba la reacción vociferante, imperiosa y convulsiva de los poderes fácticos (políticos, económicos y mediáticos) del Estado, generando un tsunami de adhesiones que, con la moderación y el acomodo posterior, se ha ido desinflando poco a poco. 

El victimismo que ahora exhibe el partido morado (aunque pueda beneficiarle en algo) no sirve para volver alcanzar aquellos resultados. Refrescar aquel discurso y proponer reformas radicales del sistema, claramente de izquierdas, debería preñar su discurso electoral si de verdad pretenden asaltar los cielos de nuevo.

Con una estrategia similar, aunque mucho menos agresiva y provocativa, José Luis Rodríguez Zapatero, asesorado por lo que se llamó en su día el “comité de sabios” (entre los que se contaban dos premios nobel, Helen Caldicott y Joseph Stiglitz y otros intelectuales progresistas como André Sapir, Mª Joao Rodrigues, Wolfang Merkel, Jeremy Rifkin, Nicolas Stern y el mismo George Lakoff), lanzó en la campaña de las elecciones de 2008 una serie de iniciativas rompedoras y claramente 
progresistas que desataron la histeria de la derecha mediática, pero que lograron, a la postre, imponer la agenda política socialista y llevarse de calle el voto de los electores.

La diferencia cardinal entre conservadores y progresistas en la utilización de las estrategias descritas más arriba debería ser de orden ético, mientras la derecha busca el impacto en el exabrupto rayano en la grosería, la izquierda tendría que lograr repercusión por la profundidad de las reformas propuestas, por lo imaginativas e innovadoras que resulten y por la voluntad real de llevarlas a cabo, algo que no preocupó demasiado a Trump ni a Vox."                   (José Carlos Fernández . Doctor en Ciencias Políticas y Sociología, Público, 18/04/19)

21/11/18

Inglehart interpreta el ascenso de la extrema derecha como una cuestión cultural. Aunque el origen de la disrupción sería económico (inseguridad y desprotección material) la canalización sería cultural (voto contra valores postmateriales)... y ve en movimientos como el de Bernie Sanders en EEUU y Jeremy Corbyn en Reino Unido, con políticas más “socialistas” en lo económico y que preservan los valores «postmateriales» conquistados, el antídoto contra esta reacción...



"El crecimiento de la extrema derecha en toda Europa y la paradójica realidad de que las clases populares y las familias trabajadoras no son el sector mayoritario entre los votantes de las organizaciones de izquierdas nos empuja a la reflexión acerca de cómo deberíamos intervenir en la arena política y social.  (...)

En los años cuarenta del siglo XX el psicólogo estadounidense Abraham Maslow presentó una teoría que describía las necesidades humanas de forma jerárquica. Como si habláramos de una pirámide, en la que se asciende desde lo elemental hasta lo más sofisticado, las necesidades que conformarían la base serían las fisiológicas (respirar, alimentar…), a las que siguen las necesidades de seguridad (física, de empleo, de salud…), las de afiliación (amistad, afecto…), las de reconocimiento (respeto, éxito…) y finalmente las de autorrealización (creatividad, espontaneidad…).

Basándose en dicha teoría, el sociólogo Ronald Inglehart desarrolló en los setenta una tesis con la que trataba de explicar el cambio social. Según Inglehart, cualquier sociedad busca saciar sus necesidades de supervivencia antes que otro tipo de necesidades, de tal manera que en su desarrollo primero predominan los valores materiales (fundamentalmente económicos) y después los post-materiales. 

Usando este marco, Inglehart predijo que debido al desarrollo del Estado Social, la paz y la política keynesiana de posguerra las generaciones nacidas tras la IIGM serían post-materialistas y, como resultado del cambio generacional, las sociedades en su conjunto tenderían hacia el predominio de valores post-materiales. Además, Inglehart también predijo que todo ello cambiaría la forma de participación política, facilitaría la constitución de nuevos partidos adaptados a esos valores y alteraría el voto de clase.

En el fondo, se trata de una tesis sobre el «aburguesamiento», o así lo vio Inglehart ya en los setenta cuando analizó el mayo francés de 1968. Desde mucho antes la sociología había evidenciado que el voto tenía un alto componente de clase, y que en consecuencia era esperable que la clase obrera votara a los partidos de izquierdas. 

Según Inglehart, el mayo del 68 modificó estas lealtades. En las elecciones subsiguientes a la revuelta francesa la clase media se había desplazado hacia los partidos de izquierdas mientras que la clase trabajadora lo había hecho hacia la derecha que representaba de Gaulle. 

¿Por qué? Varios años antes un trabajo muy famoso del sociólogo Seymour M. Lipset había puesto de relieve que la clase trabajadora tenía valores más autoritarios que la llamada clase media, así que Inglehart entendió que la clase obrera, en la disyuntiva de elegir entre jóvenes estudiantes con extrañas demandas post-materiales y la política del orden del general francés… se quedó con este último. 

En cambio, los jóvenes de clase media, y los jóvenes en general, defendían ahora valores postmateriales (necesidades de pertenencia, estéticas e intelectuales) y se inclinaban hacia una izquierda que entendía esas demandas como parte del cambio social. En suma, el proceso de desclasamiento estaba ya en marcha.

En uno de sus últimos trabajos Inglehart recoge un gráfico en el que se puede observar cómo los partidos políticos de las sociedades occidentales han ido modificando sus prioridades políticas, medidas a partir de sus programas electorales. Hasta la década de los setenta las mayores preocupaciones de los partidos habían sido de carácter económico, es decir, materiales.

 Sin embargo, desde entonces y sobre todo a partir de los ochenta los partidos han dado mayor peso a las demandas no-económicas en sus ofertas políticas. Inglehart ve aquí una ratificación de su tesis, pues reflejaría que actualmente la mayoría de los partidos dan más importancia a los conflictos culturales (en los que incluye la inmigración, el terrorismo, el matrimonio homosexual, el aborto, las identidades de género, etc.) que a los económicos.

Algunas críticas a la tesis y la irrupción de la extrema derecha
 
A lo largo de las últimas décadas han sido muchas las críticas a la tesis de Inglehart. Como no puedo abordarlas todas, subrayaré solo dos que el propio autor ha reconocido como válidas. Se ha criticado que la predicción es demasiado optimista y lineal. Optimista porque presupone una victoria en el medio y largo plazo de los valores post-materiales cuando podría ocurrir que, por ejemplo, sectores sociales enteros reaccionasen y se organizaran contra esos valores.
 

Esta opción, bautizada en los años noventa como “contrarevolución silenciosa” por el politólogo Piero Ignazi, permite explicar el ascenso de la extrema derecha. También se ha criticado que la tesis ignora contingencias como las crisis económicas que pueden provocar que personas con valores post-materiales vuelvan a dar más importancia a los valores materiales.

El caso es que este debate se ha recrudecido debido al ascenso de la extrema derecha en gran parte de Europa. La tesis de Inglehart acerca de este fenómeno es, como ya se ha apuntado, que la crisis ha «convertido» temporalmente a muchas personas en materialistas y que además la extrema derecha se ha organizado para canalizar la «reacción cultural» de sectores sociales que se sienten amenazados por los valores post-materiales. 

Varones amenazados por el feminismo, empresarios y trabajadores amenazados por el ecologismo, personas de valores tradicionales amenazadas por el multiculturalismo, el aborto regulado, el matrimonio homosexual… El propio Inglehart ve en movimientos como el de Bernie Sanders en EEUU y Jeremy Corbyn en Reino Unido, con políticas más “socialistas” en lo económico y que preservan los valores «postmateriales» conquistados, el antídoto contra esta reacción.

Obsérvese que Inglehart despliega una tesis de fondo muy materialista, y sin embargo interpreta el ascenso de la extrema derecha como una cuestión cultural. Por decirlo de alguna manera, aunque el origen de la disrupción sería económico (inseguridad y desprotección material) la canalización sería cultural (voto contra valores postmateriales).

 En realidad, frente a lo que en ocasiones se ha planteado acerca de la extrema derecha, su rasgo común no reside tanto en su programa económico como en su honda tendencia autoritaria y reaccionaria frente a los valores post-materiales (democracia, identidad, multiculturalismo, etc.) aunque, eso sí, todo aderezado con un discurso anti-establishment.

Para describir esto he recogido en un gráfico a los principales partidos de extrema derecha en Europa, situándolos en un doble eje que describe tanto el continuo derechos civiles–autoritarismo como el continuo redistribución–liberalismo. 

En breve, cuanto más a la izquierda del gráfico más partidario se es de subir impuestos para pagar servicios públicos, regular los mercados, redistribuir rentas y la intervención del Estado en la economía; cuanto más abajo del gráfico más partidario de la libertad frente al Estado, los derechos civiles como el matrimonio homosexual, políticas migratorias laxas, políticas multiculturales, derechos para las minorías, cosmopolitanismo y políticas medioambientales. 

Para facilitar las comparaciones he dibujado a cada partido con un tamaño proporcional a su última estimación media de voto. Además, he incluido a los principales partidos españoles en el mismo doble eje.

El gráfico está construido a partir de las valoraciones que los expertos hacen de los programas de los partidos políticos. Por eso también puede ser leído como una aproximación a los valores materiales/post-materiales que defienden los partidos. No nos habla de la cantidad pero sí del contenido.

 Por ejemplo, cualquiera puede observar que mientras la acusación acerca de que tanto IU como Podemos defienden valores postmateriales es correcta (hay un fuerte compromiso con esos valores) al mismo tiempo no es cierta la acusación de que no defienden valores materiales (porque también hay un fuerte compromiso con dichos valores). Por eso están ambos en la esquina inferior izquierda. Por cierto, apunte al margen, suficientemente juntos como para relativizar las pequeñas diferencias frente a los monstruos de arriba.

 
El caso de España

Por eso, llegados a este punto, nos tenemos que preguntar qué ha ocurrido y está ocurriendo en nuestro país. He empleado la misma base de datos, que se caracteriza porque calcula la importancia de cada demanda dentro del programa electoral, y he seleccionado a los principales partidos españoles ponderando su peso por el voto. 

No obstante, me parecía cuestionable simplemente diferenciar entre lo económico y lo no-económico, razón por la cual, siguiendo a algunos críticos de Inglehart, he creado otros dos conjuntos, uno de valores materiales y otro de valores inmateriales. 

En los valores materiales he incorporado las cuestiones de desarrollo económico, justicia social, trabajo, agricultura y también las de seguridad y orden. En los valores post-materiales he incorporado las cuestiones relativas a libertad y derechos humanos, participación política, medio ambiente, cultura y educación, valores morales y multiculturalismo. Las demandas feministas, por ejemplo, están presentes en ambos grupos.

Como se ve, son los valores materiales los que dominan todo el período y, especialmente, tras la irrupción de la crisis económica. Los valores post-materiales fueron importantes en los setenta y a partir de los noventa, pero hoy están en mínimos históricos. En nuestro país no parece que se confirme la tesis de Inglehart.

Y si examinamos en concreto a los partidos de la izquierda radical -los programas del PCE (1977-1986), IU (1986-2015) y Unidos Podemos (2016)-, la situación se aclara algo más. Como se puede observar, los valores materiales han sido predominantes en todo momento salvo en las elecciones de 2004. Es significativo, por ejemplo, que ya en las elecciones de 1977 el peso de los valores postmateriales fue alto, aunque en este caso debido a las reclamaciones de libertad y participación política frente a la dictadura. 

No obstante, lo verdaderamente relevante es que es a partir de 2008 cuando comienza a crecer el peso de las demandas materiales y a decrecer la de los valores postmateriales hasta el punto de que en las últimas elecciones el programa de Unidos Podemos se caracterizaba por tener un 62% de demandas materiales. Por decirlo de otra forma: la izquierda radical de la actualidad es la más materialista de la historia política reciente.

Obsérvese también que de forma contraria a lo que según Inglehart sucedió en mayo de 1968 en Francia, si el 15-M español ha tenido alguna influencia sobre los programas electorales de la izquierda ha sido precisamente acentuando el peso de lo material. Sin duda, a ello contribuyó decisivamente la profunda crisis económica.

 ¿Hubiera sido igual la tendencia de los partidos sin crisis y sin 15-M? No lo creo, y probablemente la tendencia iniciada en 2004 sería la dominante ahora. La experiencia personal me dice que la mayoría de los partidos ecologistas, ajenos y hasta alérgicos a las demandas económicas, cambiaron rápidamente de perfil y de estrategia a partir de 2011. En 2004, con tasas de desempleo históricamente bajas era posible proclamar el fin de la historia y de las clases sociales. Hoy sucede todo lo contrario.

Conclusiones

Comparto con Inglehart que el cambio social puede explicarse a partir de factores endógenos al desarrollo económico y que, por lo tanto, el crecimiento de los valores post-materiales es en realidad reflejo de los éxitos económicos de una sociedad. No lo llamaría peyorativamente «aburguesamiento» salvo que pretendamos que la clase obrera tenga siempre que pasar hambre y otras penurias.

También creo que estos cambios han alterado el tipo de lealtades hacia los partidos, pero no a través de la clase social sino de la educación: a mayor cualificación formal también es mayor la preocupación por las libertades, la democracia, la ecología, el feminismo, etc. De ahí que mucha gente sin cualificación formal, normalmente clasificada dentro de la clase obrera, se mantenga en partidos más materialistas (hasta 2016 el PSOE tenía un programa más materialista que el PCE/IU/UP, y todavía hoy el PP es el que más importancia da a las demandas materiales).

 Por el contrario, la población más cualificada formalmente tiende a votar a partidos más postmaterialistas (el mejor resultado de Unidos Podemos en 2016 fue entre las personas con estudios superiores). Y aun así, la especificidad de España hace que en nuestro país no haya un voto significativo a partidos puramente post-materialistas (como podría ser PACMA, Verdes o Piratas) y que, de hecho, todos los partidos prioricen las demandas materiales. 

En consecuencia, es difícil importar las conclusiones y los modelos que se han usado en otros países para explicar el ascenso de la extrema derecha y el retroceso de la izquierda tradicional (no olvidemos que España es también actualmente el país de toda Europa en el que más voto saca la izquierda radical).

El reto, que hemos planteado con detalle en los documentos aprobados en IU desde la XI Asamblea en 2016 y que con toda humildad tratamos de acometer, es precisamente ser capaces de llegar a las clases populares, víctimas de la globalización y la crisis, sin renunciar a los valores postmateriales. 

En efecto, las familias trabajadoras que más sufren la crisis siguen siendo un territorio demasiado desconectado de la izquierda política, y pueden ser el caldo de cultivo de organizaciones de extrema derecha. Sólo a través de la presencia en el conflicto, con sindicatos, partidos y movimientos trabajando juntas será posible establecer un muro de contención que evite en nuestro país la llegada de nuevas noches oscuras.

Y aunque cabe abundar mucho más en estas cuestiones, también conviene señalar que la separación entre lo material y lo inmaterial es en cierta medida tosca y poco fructífera para la acción política. Por un lado, desde un punto de vista teórico es cuestionable que demandas como las ecologistas no se refieran a lo material. 

Para mi es obvio que la satisfacción de estas demandas es absolutamente necesaria para la vida, pues sin ellas lo “económico” carece de capacidad de reproducción. Por otro lado, la capacidad de llegar a la población se da a través de la praxis, es decir, de prácticas que encarnan al mismo tiempo tanto valores materiales como inmateriales, y que refieren a la actuación política en los ámbitos de socialización.

 Siendo esto así, el debate en la izquierda no debería girar meramente en torno al tipo de discurso sino al tipo de práctica política en los espacios de socialización (puestos de trabajo, bares, redes sociales, medios de comunicación, etc.). La capacidad de una organización para atraer con su proyecto político depende sobre todo de su habilidad para insertarse en los conflictos políticos, sean éstos etiquetados como material o inmaterial."             (Alberto Garzón, Economía para pobres, Público, 02/10/18)

23/3/18

Cambridge Analytica: “Sólo le estoy dando algunos ejemplos de lo que puede hacerse. Lo que se ha hecho”. Se trata de jugar sucio, de hacer ver a los votantes que la oposición es tan corrupta como los que están en el poder. “Enviaremos a algunas chicas a la casa del candidato”. El objetivo no es conseguir pruebas irrefutables. “Suena un poco terrible decirlo, pero estas cosas no tienen que ser ciertas en la medida en que la gente se las crea”

“Las empresas que ganan dinero recogiendo y vendiendo registros detallados de la vida privada de las personas eran descritas antes sin más como ‘empresas de vigilancia’. Su conversión a la definición de ‘medios sociales’ es el engaño más efectivo desde que los ministerios de la Guerra pasaron a llamarse ministerios de Defensa”.

Edward Snowden no podía tener más razón al comentar con estas palabras el escándalo conocido este fin de semana en relación al uso de los datos personales de decenas de millones de usuarios de Facebook por la empresa Cambridge Analytica, que tuvo un papel clave en la estrategia digital de la campaña electoral de Donald Trump. 

Las redes sociales, y en especial Facebook, se han convertido en un agujero en el que millones de personas vuelcan sus gustos personales (sus ‘likes’), sus ideas políticas y su vida, y toda esa información es una materia prima de un inmenso valor para las campañas políticas, las grandes corporaciones y los servicios de inteligencia.

Como dice Snowden, y han recordado antes muchas otras personas, esa información que ofrecemos sirve para vigilarnos. En una dictadura con acceso a los mejores medios tecnológicos, sería útil para encarcelar a los críticos con el sistema, y ya hay algunas que compran tecnología a empresas occidentales, o la desarrollan ellos mismo como es el caso de China. En EEUU y Europa, empresas y partidos políticos pueden tener acceso a ella si pagan lo suficiente para emplearla en las campañas electorales.

Ahora tenemos más claro que lleva muchos años utilizándose en campañas de todo el mundo, pero es en estos momentos, gracias al caudal inmenso de información que entra y sale de Facebook, cuando sus consecuencias pueden ser más graves.

Lo que en otras circunstancias quizá podríamos denominar como el uso inteligente y moderno de las nuevas tecnologías en las campañas políticas cobra un aire más siniestro cuando las empresas ni siquiera respetan las leyes. 

Ese no es el único problema, porque en estos casos se suele hablar también de las “zonas grises”, una forma de describir normas que no sirven en el mundo real para proteger la privacidad de los ciudadanos y que son fácilmente superadas por las empresas, los partidos y organismos gubernamentales interesados en lo que decía Snowden: vigilar a las personas. Y aun más: cambiar su conducta (en las urnas, en sus decisiones como consumidor) en favor del cliente que paga.

No sabríamos nada de lo que ocurrió con Cambridge Analytica, sólo sospechas o indicios sólidos, pero no lo suficientes para alertar a todos, si no fuera por la decisión de otro ‘whistleblower’, otro joven que trabajó dentro de esa maquinaria hasta que decidió contarlo todo.

 Otro Snowden, otro Manning. Christopher Wylie comparte con el primero un cerebro privilegiado y con el segundo, un pasado personal difícil en el que le costó encajar con el resto de la sociedad.

Muchas empresas le habrían ofrecido cantidades ingentes de dinero para trabajar con ellos. Prefirió renunciar a ese futuro en el que no le iba a faltar dinero y contar lo que sabe, lo que quiere decir que se ha colocado en una situación que le puede acarrear serios problemas legales.

Cambridge Analytica se hizo con la información de 50 millones de perfiles de Facebook violando las normas de la compañía y aprovechándose de la pasividad de la empresa a la hora de proteger los datos de sus usuarios.

 Su historia empieza antes, cuando su principal responsable ejecutivo, Alexander Nix, comenzó su actividad de prospección de datos personales con fines políticos en otra empresa, SCL Group, para lo que contrató a Wylie.

Nix dirigía la división de SCL Elections dedicada a la intervención en procesos electorales desde hace muchos años, desde los años 90. Entre los clientes de la corporación estaban el Ministerio británico de Defensa y el Pentágono. Su especialidad eran y son las comunicaciones estratégicas, una forma elegante de describir la capacidad de intervenir en procesos electorales de todo el mundo o en mejorar la implantación y resultados de una empresa en esos países.

En su web en español, la empresa describe sus méritos: “No presuponemos ni dejamos nada al azar, analizamos y dejamos que nuestros análisis de datos nos guíen para elaborar nuestras estrategias e impulsar el cambio conductual. Diseñaremos una estrategia robusta y clara para implicar a su público en el lugar correcto y de la manera correcta”.

En su web en inglés, son algo más precisos: “Desde hace más de 25 años, hemos realizado programas de cambio de conducta en más de 60 países y hemos sido reconocidos por nuestro trabajo en el cambio en asuntos sociales y de defensa”. Presumen de que gracias a su tecnología que combina minería de datos, estadística e inteligencia artificial pueden “prever cómo se comportará la gente” e “influir en los grupos elegidos”.

Su ocupación también podría describirse como “operaciones psicológicas” o “guerras psicológicas” en el caso de producirse en un conflicto político o militar.

Wylie cuenta a The Guardian cómo cree que Steve Bannon supo de la existencia de SCL. Todo se originó en una conversación entre un consultor republicano y un experto en ciberguerra de la Fuerza Aérea de EEUU. Este último le dijo: “Oh, deberías conocer SCL. Hacen ciberguerra para las elecciones”.

Nix y Wylie conocieron en el otoño de 2013 a Steve Bannon, y gracias a él al multimillonario Robert Mercer, a los que convenció del potencial político de estas estrategias en una campaña electoral. 

El apoyo de Bannon, entonces el jefe de la web ultraconservadora Breitbart News y después jefe de la campaña de Trump y su principal consejero estratégico en la Casa Blanca hasta su dimisión fue decisivo para que se formara una nueva compañía en EEUU a la que se llamó Cambridge Analytica para que pudiera participar en las campañas electorales de ese país.
Tenían ahora todo el dinero que necesitaban, pero se enfrentaban a un problema.

 La obtención de datos personales sin violar la ley, a través de incentivos para que la gente se preste a instalar una aplicación que registre sus preferencias en las redes sociales, es una actividad muy cara.

Ahí es donde aparece el motivo por el que la empresa llevaba el nombre de Cambridge. Se aprovechó de los trabajos en esa dirección que se estaban realizando en un centro de la Universidad de Cambridge, que había tenido un gran éxito gracias al trabajo de dos psicólogos, Michal Kosinski y David Stillwell, dedicados al estudio de la personalidad a través de apps para Facebook. 

Una de esas aplicaciones tuvo mucho éxito y a partir de un test de personalidad recibió el permiso de muchos usuarios para acceder a sus perfiles de Facebook. El objetivo: establecer correlaciones entre las características de esos usuarios y toda una gama de sus preferencias personales.

Sería un error pensar que este objetivo parece algo trivial más allá del estudio académico de la psicología. Como cuenta The Guardian, los trabajos de Kosinski y Stillwell recibieron el apoyo de empresas y servicios de inteligencia. Las posibles aplicaciones en el campo de la vigilancia resultaban obvias.

Un profesor de la universidad de Cambridge, Alexander Kogan, fue la pieza que necesitaba Cambridge Analytica para desarrollar todo su potencial al no poder contar con la colaboración de Kosinski y Stillwell al no fructificar las negociaciones económicas. Desarrolló su propia app y comenzó a recibir datos que puso en manos de sus nuevos jefes.

 La justificación que se dio a Facebook es que se hacía con fines académicos. Eso es también lo que se dijo a los usuarios de la red social que aceptaron instalarse la app thisisyourdigitallife a cambio de una compensación económica. Eran centenares de miles de personas, pero la app se diseñó –y ahí es donde dio el gran salto– para que recogiera también los datos y actividad de sus amigos en Facebook.

Unas 270.000 personas habían aceptado formar parte del supuesto experimento académico. Gracias a las características de esa app, y a la incapacidad de Facebook de proteger la privacidad de sus usuarios, su alcance fue exponencialmente mayor.

Cambridge Analytica recibió información sobre 50 millones de perfiles de Facebook. De ellos, 30 millones incluían datos personales suficientes como para poder elaborar un completo perfil psicológico de sus usuarios y de sus temas de interés.

“Facebook tenía que ver lo que estaba ocurriendo”, cuenta Wylie. “Sus protocolos de seguridad se activaron porque las apps de Kogan estaban sacando una cantidad enorme de datos, pero aparentemente les dijo que era para uso académico. Y ellos (Facebook) dijeron, vale”.

A finales de 2015, Facebook fue alertada por una información de The Guardian que contaba que Cambridge Analytica estaba utilizando todo ese material en favor de la campaña del republicano Ted Cruz (tras el fin de las primarias, la empresa pasó a trabajar para Trump). 

Se estaban violando las normas sobre privacidad que la compañía dice defender con todo el celo del mundo. ¿Qué hizo Facebook? Siete meses después de ese artículo (y dos años después de que se empezara a reunir todos esos datos), envió una carta para ordenar que se borrara todo ese material y, según el testimonio de Wylie, nada más.

Su siguiente reacción se produjo el pasado viernes cuando ya sabía desde hace varios días que The Guardian y The New York Times iban a publicar sendos artículos sobre el escándalo. Borró la cuenta de Facebook de Cambridge Analytica y las cuentas personales de Wylie y Kogan. 27 meses después de la primera carta que envió. En ese espacio de tiempo, la empresa prestó una ayuda fundamental a la campaña de Trump y la campaña del Brexit, y trabajó para numerosas empresas privadas.

Cambridge Analytica trabajaba para todo tipo de clientes. Eran básicamente “mercenarios”, en expresión de Wylie. Se sabe que llegaron a hacer una presentación para vender sus servicios a la empresa petrolera rusa Lukoil y que llegara a su consejero delegado, Vagit Alekperov, exministro ruso de Petróleo y, teniendo en cuenta su cargo en una empresa privada tan importante, persona muy cercana a Putin.

 Entre el contenido que se mostró a la empresa rusa, está el ejemplo de una campaña de rumores que se extendió en las elecciones de Nigeria de 2007 sobre un probable fraude electoral.

No hay pruebas de que llegaran a conseguir un contrato con Lukoil, pero lo que está claro es que Cambridge Analytica ofrecía esos servicios.

En la práctica, Facebook se ha convertido en un monopolio cuya materia prima servirá para construir todo tipo de operaciones de desinformación en el mundo, operaciones que sólo tienen garantías de éxito cuando sus responsables cuentan con un conocimiento muy alto de la sociedad en la que están funcionando.

 Sería de otra manera si Facebook pudiera convencernos de que está en condiciones de proteger la seguridad de los datos que les entregan sus usuarios. Lo ocurrido con Cambridge Analytica lo desmiente.

Hubo un tiempo en que era suficiente con sobornar a un grupo de militares para que montaran un golpe de Estado. En otros casos, también tuvieron que pagar una huelga de camioneros o grupos de alborotadores para crear una sensación de caos en las calles.

Ahora quizá ya no sea necesario llegar a esos niveles de violencia. El análisis de los datos personales en tiempo real es uno de los mecanismos que pueden ofrecer los mismos o similares resultados políticos o empresariales bajo la pantalla mucho más pacífica y en apariencia irreprochable de unas elecciones o una campaña política en favor de determinada idea.

Es la última evolución de la democracia que comienza cuando das a Like en tu página personal de Facebook. Una empresa como Cambridge Analytica se ocupará del resto. No será la única."              (Íñigo Sáenz de Ugarte, 19/03/18)




"El manual electoral de Cambridge Analytica: manipulación, trucos sucios y chicas guapas.

Channel 4 ha ofrecido en la noche del lunes el desenlace más adecuado para continuar las informaciones de los últimos días sobre la empresa Cambridge Analytica y sus relaciones con Facebook. Un reportaje de cerca de 20 minutos realizado con cámara oculta en su casi totalidad muestra conversaciones de los dos principales responsables de la compañía, Alexander Nix y Mark Turnbull, en las que estos explican sin problemas a unos clientes potenciales por qué son la alternativa perfecta para conseguir que en unas elecciones, en este caso en Sri Lanka, gane el candidato correcto.

Gracias a esos diálogos donde vemos a los jefes de CA vender con seguridad y un punto de arrogancia las virtudes de su trabajo, descubrimos que su especialidad va más allá de los algoritmos y la información que los usuarios de redes sociales vuelcan en plataformas como Facebook.

 La suya es una empresa integral en el negocio de ganar elecciones que no desdeña las tareas digamos tradicionales con las que se han manipulado elecciones por todo el mundo durante décadas. Difundir rumores y noticias falsas, contratar a antiguos agentes de inteligencia para sacar trapos sucios de los partidos rivales e incluso utilizar chicas guapas para conseguir situaciones comprometidas.

El equipo de Channel 4 se hace pasar por representantes de una persona con mucho dinero de Sri Lanka que pretende que gane su partido. En su primera cita se ven con Mark Turnbull, director general de CA, y Alex Tayler, ‘chief data officer’. Ahí se habla mucho de la parte del negocio que ha hecho famosa a la empresa por su intervención en la campaña de Donald Trump.

 Hay que conocer las esperanzas y los miedos de los votantes, incluidos aquello “de lo que no se habla”, los que son casi “inconscientes”. “No es bueno luchar en las campañas electorales basándose en los hechos, porque en realidad todo tiene que ver con las emociones”, aconseja Turnbull.

Pero también hay espacio para asuntos más confidenciales. Les preguntan sobre información de inteligencia: “Tenemos relaciones y acuerdos con organizaciones especializadas que hacen ese tipo de trabajo”. En futuras reuniones, concretarán mucho más. Queda clara su experiencia por todo el mundo. 

Afirman que han trabajado en África, México, Argentina, India y la República Checa, y que próximamente lo harán en Brasil (donde deben celebrarse elecciones presidenciales y legislativas en octubre de 2018), Australia y China (en el caso de China, no en el tema electoral, obviamente),

El reportaje recuerda lo que pasó en Kenia, donde Cambridge Analytica trabajó en secreto para el presidente Uhuru Kenyatta. La campaña de 2017 estuvo marcada por la desinformación y los trucos sucios, incluidos vídeos de tono “apocalíptico” sobre una posible victoria de la oposición. 

Kenyatta ganó esas elecciones, anuladas después por el Tribunal Supremo, que ordenó su repetición. El presidente consiguió otra vez la victoria, esta vez en buena medida a causa del boicot de la oposición. Fue un espectáculo político deplorable para Kenia y un gran éxito para CA.

Los responsables de la empresa comunican que ellos no se limitan a asesorar. Dirigieron las campañas de Kenia de 2013 y 2017, cuentan, escribieron el programa electoral del partido en el poder, hicieron dos sondeos con una muestra de 50.000 personas y escribieron los discursos: “Lo diseñamos todo”.

En la siguiente reunión, van un poco más lejos. Sobre la posibilidad de conseguir información negativa sobre los rivales, tienen recursos suficientes. “Conozco gente que trabajó para el MI5 y MI6 (los servicios de inteligencia británicos). Ahora trabajan para organizaciones privadas Encontrarán todos los esqueletos en su armario (del partido rival) y de forma discreta os entregarán un informe”, explica Turnbull.

Un dato más que deben conocer sus interlocutores. “Quizá tengamos que firmar el contrato con un nombre diferente (no el de CA) para que no exista ningún rastro escrito con nuestro nombre”.

No es el momento de enseñar todas las cartas. Turnbull alega que no están en “el negocio de las noticias falsas, las mentiras y las trampas”. “No enviaríamos a una chica guapa a seducir a un político y grabarle en el dormitorio”. Quizá no convenga asustar tan pronto al cliente. Todo tiene su ritmo.

Hay una reunión final y en ese momento ya no es necesario disimular. Asiste también el máximo responsable de Cambridge Analytica, Alexander Nix, del que ya conocemos, gracias al testimonio de Christopher Wylie, su participación decisiva en la fundación de la compañía, su colaboración con la campaña de Trump y su utilización de los recursos conseguidos gracias a Facebook y vulnerando la privacidad de los usuarios.

Nix va al grano, como se puede ver en el reportaje. Básicamente, está garantizando la victoria electoral con todos los medios que sean necesarios. “Hay que asegurarse de que haya un vídeo. Estas tácticas son muy efectivas. Tener pruebas de corrupción de inmediato con un vídeo y luego ponerlo en internet”.

 ¿Quién se ocuparía de eso?, le preguntan. “Alguien a quien conocemos”, es la respuesta (más tarde dirá que subcontratan esos servicios a empresas británicas o israelíes, como ya hicieron en un país de Europa del Este).

El ejemplo que da consiste en enviar a alguien que se haga pasar por un rico empresario (a los británicos les encanta hacer chistes en estas situaciones y Turnbull suelta: “Soy un maestro de los disfraces”). “Ofrecerá una gran cantidad de dinero al candidato para financiar su campaña a cambio de tierras por ejemplo”.

Un intento de soborno a un candidato es un delito en Reino Unido y EEUU, dos países en los que CA cuenta con sedes, además de en los países en cuyas campañas ha trabajado la empresa.
Nix está lanzado. 

“Enviaremos a algunas chicas a la casa del candidato”. “Es sólo una idea, podemos enviar a unas ucranianas que estén de vacaciones. Ya sabe a qué me refiero”. Sus interlocutores se ríen. Ya saben a qué se refiere y les encanta que lo haya dicho mientras se está grabando la conversación.

También tiene en mente la posibilidad de que algo salga mal, que el candidato rival no coja el dinero o que las chicas no consigan su objetivo. El objetivo no es conseguir pruebas irrefutables. “Suena un poco terrible decirlo, pero estas cosas no tienen que ser ciertas en la medida en que la gente se las crea”.

Se trata de jugar sucio, de hacer ver a los votantes que la oposición es tan corrupta como los que están en el poder. Ya habían dicho que en una campaña las “emociones” son más importantes que los hechos.

“Sólo le estoy dando algunos ejemplos de lo que puede hacerse. Lo que se ha hecho”.
De lo que se ha hecho. Cambridge Analytica lleva en el negocio el tiempo suficiente como para ofrecer resultados palpables en la manipulación de las urnas y de la voluntad de los votantes. 

Si algo sale mal y todo acaba en descrédito de la democracia o en violencia, el Gobierno del país donde CA tiene su sede principal siempre podrá decir que está “profundamente preocupado” por los acontecimientos y pedirá “contención” a las partes enfrentadas. Para entonces, Cambridge Analytica ya habrá cobrado sus honorarios. (...)"              (Íñigo Saéns de Ugarte, 20/03/18)


"El vendaval no ha hecho más que empezar. La intimidad de 50 millones de usuarios de Facebook ha sido supuestamente violada y sus datos personales, usados sin su consentimiento para la campaña electoral de Donald Trump.

 Ocurrió hace dos años, pero los afectados aún no han sido informados y posiblemente ni siquiera han sido identificados por la empresa de Mark Zuckerberg. El escándalo, cuya profundidad real todavía no se conoce, ha abierto una inmensa crisis de confianza. Washington, Londres y Bruselas han exigido explicaciones y en el horizonte ha emergido la sombra radiactiva de Cambridge Analytica. 

 Bajo este pulcro nombre, se oculta una compañía que durante años fue considerada el gran prodigio de la alquimia electoral y que ahora, tras una investigación The New York Times y The Observer, amenaza con desintegrar a todo el que se le acercó. 

Una bomba de relojería capaz por igual de ofrecer chantajes a políticos que de juguetear con los demonios de la trama rusa y sus grandes protagonistas. Desde el caído consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn, hasta el ex estratega jefe de Trump, Steve Bannon, y el yerno presidencial, Jared Kushner.

Todos tuvieron trato con Cambridge Analytica y todos se mantienen estos días un paso atrás. Esperan posiblemente ver el desenlace de una historia que en su día no levantó sospechas. La compañía fue creada en 2013 para participar en la política estadounidense. Su principal inversor (15 millones de dólares) fue el multimillonario Robert Mercer, gran padrino de Steve Bannon, de su portal Breitbart y de las corrientes oscuras de la nueva ultraderecha americana. 

El objetivo de Mercer era emplear en la liza electoral las asombrosas técnicas psicográficas anunciadas por la empresa. Un método casi orwelliano sobre cuya verdadera eficacia hay dudas, pero que pronto obnubiló al entorno de Trump.

La pequeña firma, liderada por el elegante y peligroso Alexander Nix, está especializada en recoger datos online y crear con ellos perfiles de los votantes. Fichas que sirven de diana a la publicidad electoral.

 “Si conoces la personalidad del elector, puedes ajustar mucho más tus mensajes y multiplicar el impacto”, ha señalado Nix. La prioridad, bajo esta premisa, no radica ya en la edad, sexo o raza del votante, sino en las tendencias emocionales. Conociéndolas, se puede influir en ellas. Esa es la mercancía que vende Cambridge Analytica.

El modelo, como ha analizado el portal Vox, fue desarrollado por el investigador de la Universidad de Cambridge Michael Kosinski y, a grandes rasgos, surge de conectar los likes de un usuario en Facebook con un test de personalidad (OCEAN) que mide si un individuo es abierto a la experiencia, meticulosa, extrovertida, amable u obsesiva.

 Este retrato, unido a la información de acceso libre que flota en el universo digital sobre el usuario (compras, hábitos, viajes…), sirve para configurar el llamado perfil psicográfico. Un instrumento pretendidamente revolucionario que, a juicio de sus autores, permite prever la tendencia de voto.

Atraídos por este botín, los republicanos contrataron los servicios de Cambridge Analytica durante las legislativas de 2014 en Arkansas, Carolina del Norte y New Hampshire. El éxito sonrió y, en las primarias para las presidenciales, la compañía pasó a trabajar para los conservadores Ted Cruz y Ben Carson. Derrotados estos candidatos, la empresa no tuvo empacho en ponerse al servicio del emergente Trump. La contratación la formalizó su yerno, Jared Kushner.

Las expectativas eran altas. Nix había alardeado de disponer de información de 230 millones estadounidenses y ofrecía la victoria con un método infalible. Pero la realidad había sido otra. Pese a las alharacas, cuando aterrizó en EEUU sus datos eran muy limitados. No tenía nada que le permitiese abordar un reto como las legislativas.

La solución que supuestamente halló fue tan sencilla como carente de escrúpulos. Un investigador de la Universidad de Cambridge que había participado en el desarrollo del método original, el psicólogo ruso-americano Alexander Kogan, le tendió el cable. 

 Autorizado por Facebook, siempre según los medios estadounidenses, Kogan había realizado como académico una investigación psicológica entre usuarios y había recogido con una aplicación los vaivenes de su actividad. Aunque solo 270.000 personas le habían dado permiso explícito, él obtuvo perfiles brutos de 50 millones de usuarios. Y ese fue el combustible de Cambridge Analytica.

El uso que hizo el equipo de Trump de estos datos todavía no se conoce. Su gurú electoral, el iconoclasta Brad Parscale, ha negado que le fueran de utilidad. Pero también ha reconocido que si el multimillonario neoyorquino ganó fue por Facebook. Y el sistema para hacerlo, según su propio relato, fue acertar con la publicidad de campaña. 

Segmentar, apuntar y disparar. Precisamente la especialidad de Cambridge Analytica. Un esfuerzo que le llevó a lanzar una media de 50.000 anuncios diarios (con picos de 100.000) y que pocos dudan de que resultaron claves en unos comicios que se dirimieron por 77.000 votos en tres Estados. En recompensa, Parscale ha sido nombrado jefe de la campaña para la reelección de Trump.

Junto a este apoyo electoral, Cambridge Analytica dio un paso todavía más tenebroso e inexplicado. Por un lado, aceptó los servicios del general Flynn, entonces asesor electoral de Trump y posteriormente uno de los principales implicados en la trama rusa. Por otro lado, se dirigió a Julian Assange, fundador de Wikileaks y que, según los servicios de inteligencia estadounidenses, diseminó la información robada al Partido Demócrata por el Kremlin. 

La intención con este acercamiento era supuestamente conseguir los 33.000 correos electrónicos que Hillary Clinton había hecho desaparecer de su servidor privado y que, si habían caído en manos de hackers rusos, podían acabar en poder de Assange. Un arma letal para Trump.

El fundador de Wikileaks rechazó públicamente la oferta, pero el triángulo había quedado establecido. Abierta la investigación sobre la posible coordinación de Moscú y el equipo electoral del republicano para derrotar a Clinton, el fiscal especial, Robert Mueller, no tardó en solicitar a la empresa todos los mails relacionados con la campaña e incorporó este sorprendente caso a su investigación.

Trama rusa, manipulación de datos y apoyo a la ultraderecha. Los frentes abiertos son muchos. En el vertiginoso mundo de los bulos y las intoxicaciones masivas, Facebook se ha topado con otro boquete. 

La red social, que ya tuvo que reconocer el año pasado que hasta 126 millones de sus usuarios se vieron expuestos en los comicios a propaganda vinculada al Kremlin, se enfrenta ahora a un desafío mayor. Ya no es sólo que fuera utilizada por Moscú como una autopista en favor de Trump, sino que los datos privados de un 15% de la población de EEUU fueron supuestamente robados de sus arcas con fines electorales."                      (Jan Martínez Ahrens, El País, 21/03/18)