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16/12/19

A Martino Correggiari lo desconectaron de Deliveroo en 2017. Junto a otros cuatro compañeros, fundó La Pájara Ciclomensajería en 2018. La cooperativa ha logrado fidelizar a una pequeña clientela (500 usuarios de su aplicación) y a un puñado de restaurantes... La herramienta digital puede ser utilizada por cualquier cooperativa de reparto en bicicleta. Es de uso libre y está en constante desarrollo gracias a las aportaciones de todos sus copropietarios...

"Dejemos algunas cosas claras desde el principio, ¿vale? No trabajas para nosotros, trabajas con nosotros (…) No vas a tener salario sino ingresos (…)  Eres dueño de tu destino, Ricky, ¿serás capaz?”. 

A los miembros de la ciclomensajería La Pájara, las palabras que escucha Ricky, el personaje principal de la recién estrenada película de Ken Loach, Sorry We Missed You, les suenan familiares. En la primera escena de la película de Loach, el encargado de almacén de una plataforma de reparto a domicilio entrevista al atribulado Ricky (Kris Hitchen), que asiste a la reunión empujado por su desesperada situación laboral, que no para de empeorar desde la crisis financiera de 2008. 

“Esto (el dispositivo con la aplicación de la plataforma) decide quién vive y quién muere (…) Haz que esté contento”, le aconseja el encargado. En un cine del centro de Madrid, Kike “el flamenco”, Martino “el búho”, Antonio “la garza” y Joaquín “águila calva”, los miembros de La Pájara, posan junto al cartel de la película de Loach. Han sido invitados a una proyección-coloquio y deciden hacerse una foto para que la distribuidora se la haga llegar al director británico.

 La imagen de los riders de La Pájara, sonrientes junto a sus bicicletas, representa esa luz de esperanza que no asoma en la tormentosa historia hilvanada por Loach y su inseparable guionista, Paul Laverty. Sorry We Missed You es un fogonazo de realidad sin anestesia que pone al descubierto los atributos de una mal llamada economía colaborativa: precariedad, explotación soterrada, fomento de una competitividad descarnada, desprotección laboral, el mantra de la “flexibilidad”, etc. 

Características que en la era de la globalización se replican en todas partes casi con idéntico patrón. Las cuitas de un obrero precarizado de la economía digital son hoy similares en Newcastle (donde está ambientada la película), Madrid o Sao Paulo. 

Pero esa demoledora realidad es capaz también de generar movimientos de resistencia por parte de aquellos que la sufren; experiencias alternativas que, valiéndose también de las nuevas tecnologías, pero aplicándolas con un sentido ético, emergen como pequeños destellos en el horizonte de las relaciones laborales del siglo XXI. Y en ese camino, algunos riders corren que vuelan.

 Como si se tratara de un personaje de ciencia-ficción, a Martino Correggiari lo desconectaron de Deliveroo en agosto de 2017. Había empezado a trabajar en febrero de ese año para esta plataforma de reparto de comida fundada hace seis años en Reino Unido por William Shu y Greg Orlowski, e instalada en España desde 2015. Amante de la bicicleta, este italiano de 33 años se había propuesto vivir como repartidor.

Pero no tardó en darse cuenta de que no le iba a ser fácil llegar a fin de mes con los ingresos que obtenía realizando pedidos para Deliveroo. Junto a Kike Medina y otros cuatro compañeros, fundó La Pájara Ciclomensajería en septiembre de 2018. Los cuatro integrantes actuales de la cooperativa han logrado en este año fidelizar a una pequeña clientela (cuentan con unos 500 usuarios de su aplicación) y a un puñado de restaurantes (muchos de ellos veganos) comprometidos con el consumo responsable y el comercio de proximidad.  

 “Nosotros surgimos del conflicto que hubo con las grandes plataformas –explica Kike en un bar cercano al cine donde se va a proyectar la película de Loach–. Venimos de esa lucha. Comenzamos a auto-organizarnos en 2018. Queríamos construir un proyecto nuevo basado en derechos laborales dignos con la pretensión de generar en un futuro una oferta de empleo digna y así profesionalizar el sector (del reparto de comida y la mensajería). Ahora se vulneran mucho los derechos de los trabajadores en ese sector porque hay una alta temporalidad”.

 En septiembre del año pasado las aves urbanas ya estaban pedaleando bajo el impulso de Mares Madrid, un programa del Ayuntamiento madrileño, con apoyo de la Unión Europea, que promueve proyectos relacionados con la economía social. Gracias a ImpulsaCoop, una suerte de incubadora de cooperativas, han estado un año testando si su idea es viable. Y hace un par de semanas se establecieron ya definitivamente como cooperativa sin fines de lucro. 

“Aunque todavía tenemos unos ingresos precarios, trabajamos por y para nosotros sin tener a una persona del monopolio encima. Y somos los dueños de nuestras herramientas digitales. Eso es una gran diferencia”, explica este licenciado en Bellas Artes de 33 años que ha abrazado también la subcultura rider. La herramienta a la que se refiere se llama CoopCycle. Y no hace falta mantenerla “contenta”. 

Al contrario que las aplicaciones utilizadas por las grandes plataformas como Deliveroo o Glovo, en las que se penaliza a los riders que no cumplen con determinadas expectativas de entrega o la aceptación de pedidos por medio de unos diabólicos algoritmos, quién sabe si con el concurso de alguna aviesa mano, CoopCycle es una aplicación de código abierto creada por una federación de ciclomensajería francesa que mantiene una filosofía del trabajo similar a la de La Pájara.

 La herramienta digital puede ser utilizada por cualquier cooperativa de reparto en bicicleta. Es de uso libre y está en constante desarrollo gracias a las aportaciones de todos sus copropietarios.

Uberización del empleo

Martino ha llegado con traje de faena al local de la Plaza de l@s Comunes, en el madrileño barrio de la Arganzuela, donde la organización Paz y Dignidad ha organizado una charla-debate sobre la “uberización” del empleo, el nuevo rostro digital del capitalismo. Aparca su estrambótica bicicleta de carga enfrente del local y se apresta a escuchar a los ponentes, entre ellos a su compañero Felipe Corredor, un exrepartidor colombiano de Deliveroo, doctor en Investigación Social por la Universidad Autónoma de Barcelona y miembro del colectivo Riders X Derechos, azote de las grandes plataformas. 

Felipe también sufrió una “desconexión” por parte de Deliveroo. El eufemismo se las trae. La economía digital está resignificando los conceptos clásicos de las relaciones laborales. En un futuro próximo, la palabra “despido” podría desaparecer de nuestro vocabulario laboral. Y con ella la palabra “indemnización”, la palabra “protección”, la palabra “huelga”… La cuarta revolución industrial ha generado un robot con alma medieval. 

Corredor lo sintetiza así: “Lo que se nos vende como algo nuevo es la sofisticación de la explotación. Ahora ya no se ve al jefe físicamente, antes sí, y ya no hay contacto cara a cara con los compañeros (en plataformas como Deliveroo). Aflora el individualismo, la competitividad interna, se pierden derechos y se dinamitan los vínculos sociales por la alta rotación en los trabajos y la movilidad constante”. Para Corredor, la narrativa impuesta por la economía digital que representan Deliveroo, Glovo, Uber Eats y otras plataformas de reparto va calando en la conciencia de los trabajadores. Flexibilidad es uno de los términos favoritos de ese glosario digital. 

Lo primero que le dijeron a Felipe en la charla de formación de Deliveroo fue, como al resto de interesados, que podría elegir sus propios horarios. Para estimular a los no iniciados, nada mejor que recordarles la historia de éxito de Shu y Orlowski, dos espíritus emprendedores, otra expresión de obligada asimilación. Porque la cuarta revolución industrial adiestra ya a un ejército de emprendedores. Seremos, por fin, dueños de nuestro destino (¿serás capaz, Ricky?). Y, a la vez, esclavos de una despiadada aplicación digital. “La nueva disciplina funciona mejor que el látigo –reflexiona Felipe–; ahora, el látigo que impone el rendimiento laboral lo lleva encima el propio trabajador”.  

Martino comenzó a trabajar en Deliveroo en febrero de 2017, dos meses después de llegar a España. Antes había hecho algunos trabajos relacionados con su profesión –arquitectura–, en los que también se sentía explotado: “No quería quedarme horas y horas en casa frente al ordenador y vi que era fácil entrar en esa plataforma. Te dan una charlita, te hablan de que tú escoges las horas, te das de alta como autónomo y ya está. Después me di cuenta de que era muy difícil escoger horas para que se convirtiera en un trabajo rentable, no ya seguro, porque es un trabajo de alto riesgo. 

Llegó mayo (de 2017) y veía que trabajaba unas 25 horas semanales y no me daba para vivir, así que tuve que compaginarlo con el trabajo para otras ciclomensajerías. En junio me llegaron dos correos de Deliveroo en los que me informaban de que habían cambiado las condiciones del contrato. 

Proponían dos nuevos tipos: uno de ellos el TRADE (trabajador autónomo económicamente dependiente) y otro que cambiaba algunas condiciones del contrato mercantil que yo había firmado en su momento con una duración de dos años. La empresa eliminaba ahora el pago asegurado de dos pedidos por hora y comenzaba a pagar solo por pedido realizado. Decidí no firmar”.

Después llegó la huelga de repartidores de julio de 2017 organizada por Riders X Derechos. Martino fue parte activa de esa protesta de éxito dispar: “A comienzos de agosto, recibí una comunicación. Deliveroo prescindía de mis servicios”. Junto a otros dos compañeros, interpuso una demanda individual contra la compañía y la justicia obligó después a Deliveroo a indemnizarlos. Los juzgados se han llenado en los últimos tiempos de denuncias relacionadas con los riders.

 La cuestión de fondo es la categorización laboral. Para las empresas, los riders son trabajadores autónomos. Para la Inspección de Trabajo de la Seguridad Social, se trata de falsos autónomos que tienen una relación laboral con esas empresas: Deliveroo, Glovo, Uber Eats, Stuart, etc. 

Un juzgado de Madrid entendió en julio pasado que esa era la premisa que prevalecía en el macroproceso que sentó en el banquillo a Deliveroo frente a la Seguridad Social. A falta de una legislación más clara, los jueces están dando la razón en algunas ocasiones a los trabajadores (en demandas colectivas, sobre todo) y en otras, a las empresas (ante reclamos individuales, principalmente).  

La sentencia del macrojuicio de Madrid emitida por el Juzgado de lo Social número 19 da la razón a la Inspección de Trabajo de la Seguridad Social y considera falsos autónomos, y por tanto asalariados, a 537 exrepartidores de Deliveroo. “Cabe concluir que en la prestación de servicios de los repartidores afectados por el proceso (…) prevalecieron las condiciones propias de la laboralidad”, subraya una sentencia que ya ha sido recurrida por la plataforma ante el Tribunal Superior de Justicia de Madrid. 

Aunque Deliveroo argumentó que los trabajadores son dueños de sus bicicletas y teléfonos móviles, el juez consideró más relevantes aspectos como la organización del trabajo a cargo de la empresa o la formación que reciben los repartidores. Pero, además, para la justicia hay un factor determinante que demostraría la condición de falsos autónomos de los riders: la aplicación digital, propiedad de la compañía y utilizada por los repartidores. El timón de los “dueños de su destino” estaría así en manos de un ente ajeno, ya sea digital o de piel humana. 

Un ente que “decide quién vive y quién muere”. La polémica sobre la relación laboral de los repartidores viene de lejos. La sentencia del juzgado de lo Social de Madrid se apoya en parte en un fallo del Tribunal Supremo de febrero de 1986 en el que se daba la razón a los motoristas de una compañía de mensajería y se reconocía que había una “ajenidad patente” en su trabajo. 

El reclamo de la “flexibilidad”

En el informe El trabajo de las plataformas digitales de reparto, publicado en septiembre por el Servicio de Estudios de UGT, se detalla cómo es el sistema de trabajo en las plataformas digitales de reparto: “Después de registrarse en la web y reservar una sesión formativa en las oficinas de la plataforma o en un coworking, el trabajador debe acudir a una sesión formativa. 

En esta reunión, es donde se le invita a formar parte del equipo que está revolucionando el mundo con un nuevo concepto. Se comienza por un vídeo corto donde, como píldoras, van introduciendo la idea de trabajar cuando quieras, de ser libre a la hora de elegir los horarios, el reclamo de la ‘flexibilidad’, cómo convertir en dinero tu tiempo libre…. Cuando las luces se vuelven a encender y el formador toma la palabra, empieza el proceso real de seleccionar aquellos que necesitan ese trabajo. El formador se muestra entonces agresivo, quiere gente que venga a ganar dinero y habla de repartidores que han hecho muchos pedidos y que han ganado mucho dinero. Aunque, también, advierte que hay que trabajar mucho. Por último, insiste en una idea constante: lo poco que cuesta ser autónomo”.


Una vez hecha la primera criba, aquellos que deciden continuar tendrán que adelantar dinero para equiparse con una bolsa térmica, prendas con la imagen de la empresa, una batería externa y un soporte para sujetar el teléfono móvil al manillar del vehículo. Se adquieren en forma de fianza a descontar de la primera factura. 

El último paso es conocer las funciones de la aplicación que establece los parámetros con los que cada trabajador obtendrá una puntuación en función de la cual el algoritmo le distribuirá más o menos trabajo en mejores o peores horarios y zonas. Los más lentos o aquellos que no aceptan determinados pedidos serán penalizados por el sistema. 

Adigital, la patronal de las compañías de la economía digital, estimó en 14.337 el número de trabajadores de las plataformas de reparto en 2017. De acuerdo a esta cifra, los técnicos de UGT llegaron a la conclusión de que estas compañías (Deliveroo, Glovo, Ubereats, Stuart) se ahorran cada año 168 millones de euros (unos 92 millones en salarios no ajustados a convenio y otros 76 millones en cotizaciones que no pagan a la Seguridad Social al considerar a los repartidores como autónomos). 

Para la elaboración del estudio, el sindicato realizó una encuesta a medio centenar de riders y examinó actas de la Inspección de Trabajo. “Las plataformas digitales de reparto –subraya el informe– pretenden favorecerse de un supuesto vacío legislativo para generar situaciones de explotación laboral intolerables que crecen al ritmo que se extiende este tipo de negocio”.

Integrada hoy como sección en la Intersindical Alternativa de Cataluña, Riders X Derechos fue la respuesta de los repartidores a ese “sistema de explotación” al que también se refiere Felipe Corredor. El germen fue el intercambio de opiniones y experiencias entre los trabajadores, que en un principio podían relacionarse fugazmente en los centroides (puntos de control de Deliveroo donde los riders coincidían).

 “Era un lugar para vernos las caras, socializar y organizar la resistencia”, explica Felipe. Pero el primer pliego de peticiones presentado a Deliveroo (sobre antigüedad, horas de trabajo semanal, seguros, pluses por lluvia, etc.), obtuvo el silencio por respuesta y Riders X Derechos (de cuyo riñón surgieron después La Pájara en Madrid y Mensakas en Barcelona) convocó a una huelga. La compañía “desconectó” a los promotores de la protesta y cerró los centroides. Se acabó la socialización de los trabajadores, esa rémora heredada del fordismo que la economía digital se ha empeñado en enterrar. 

La empresa perdió una demanda posterior –la primera colectiva– presentada por una decena de trabajadores despedidos en Barcelona y tuvo que indemnizarlos y readmitirlos (salvo en un caso de cese voluntario). “Lo que hicimos fue un paso en la lucha en contra de la uberización de la economía. Hoy estamos en medio de un casino judicial, esperando alguna decisión del Tribunal Supremo al respecto”, recuerda Felipe.      

¿Dueños de su destino?

No todos los riders están descontentos con su situación laboral. Asoriders, una asociación sin ánimo de lucro, firmó el año pasado un acuerdo con Deliveroo para mejorar las condiciones de trabajo de sus asociados: extensión del seguro de baja laboral de 30 a 60 días, descuentos en los materiales de Deliveroo o preferencia en la franja para la selección de turnos de trabajo al regreso de las vacaciones. Héctor Merino preside esta asociación creada en 2018: “Nosotros agrupamos a más de 700 repartidores y defendemos el trabajo autónomo.

 Tenemos flexibilidad, podemos escoger las horas de trabajo dentro de unos horarios y seleccionar las zonas donde queremos trabajar”. Este venezolano de 53 años, asentado en España desde 2016, aboga por una legislación que les arrope y considera que si la Inspección de Trabajo sigue ganando juicios, los principales perjudicados serán ellos. “Se gana más como autónomo que como contratado –asegura Merino por teléfono–. Estamos defendiendo nuestros ingresos. A mí me rinde más así”.  

De parecida opinión es la Asociación Autónoma de Riders (AAR). En un artículo publicado hace unos días en el diario La Razón, su presidente, el marroquí Badr Eddine, defendía la condición de autónomos de los riders para adaptarse a un nuevo paradigma, “en el que la economía y la sociedad evolucionan de forma imparable hacia modelos de trabajo económicamente más rentables, más versátiles y más innovadores, como es el caso más evidente de las plataformas digitales de reparto”.


Desde Riders X Derechos no han tardado en responder a esa visión de las relaciones laborales: “¿Qué idea de rentabilidad persiguen cuando la realidad es que hay que pasar el día entero en la calle para conseguir un sueldo digno? ¿Versatilidad? no es otra cosa que (el hecho de que) la empresa pueda organizarse sin compromiso con sus empleados y dar una respuesta a un mercado ‘casualmente’ muy versátil. 

E innovación es aprovecharse de la precariedad de miles de riders, muchos de ellos inmigrantes que no pueden permitirse reclamar unos derechos porque lo que está en juego es la subsistencia de toda su familia. No hay nada innovador en volver a formas de trabajo con tintes decimonónicos y darles una apariencia tecnológica y sofisticada”, denuncia el colectivo en un comunicado.

Para José Luis Zimmermann, director general de Adigital, lo más acuciante es la regulación por ley del trabajo autónomo. El espejo donde se mira la patronal es Francia, que ya introdujo hace años la figura del denominado auto-entrepreneur y propone ahora una “carta social” con una serie de derechos para estos trabajadores (cobertura por accidentes, indemnización por cese de actividad, etc.) y de salvaguardas para las empresas (mayor seguridad jurídica). Adigital propone una reforma de la ley 20/2017 que regula el trabajo autónomo en España y una adaptación de la figura del TRADE al entorno digital. 

“Los jueces –afirma Zimmermann por teléfono– están dando la razón a unos y a otros. Los riders son la punta del iceberg de este fenómeno. Como mínimo debería haber un debate, un diálogo. Hoy no hay una respuesta normativa a la figura del trabajador independiente que puede prestar servicios a varias plataformas, ni tampoco sobre quién es el empleador. Las plataformas ponen en contacto oferta y demanda, plantean este tipo de figuras, y es hora de discutir sobre nuevas figuras que lo que hacen es complementar rentas”. 

En su informe La contribución económica de las plataformas de delivery, Adigital cuantifica la aportación a la economía española de estas plataformas digitales en 643 millones de euros en 2017, un 0,1% del Producto Interior Bruto. Mucho más modesta es la aportación al PIB de la ciclomensajería La Pájara. Sus integrantes defienden, ante todo, la promoción de una verdadera economía colaborativa. 

“Queremos cuidar al cliente y al trabajador, pero usando las nuevas herramientas digitales –subraya Kike–. Es algo muy sencillo; es volver a lo que se hacía antes pero con las herramientas de ahora”. Para seguir financiándose, acaban de lanzar una campaña de micromecenazgo. Kike compara su experiencia con una carrera de fondo, “con muchos sacrificios, pero una carrera que va a merecer la pena”. “Es un estilo de vida –remarca–, hay mucha sensibilización detrás, impartimos charlas para parados, participamos en coloquios sobre el tema…”.


Se trata, en definitiva, de darle la vuelta al algoritmo. Reprogramarlo para que la competitividad, el individualismo, la falsa flexibilidad, puntúen bajo mínimos y el comercio responsable, la ética laboral y el cooperativismo social ponderen al alza. Kike y Martino sueñan con que dentro de unos años haya muchas “aves” en todas partes, distintas y hermanadas a la vez. ¿Representa su experiencia y otras similares una alternativa a las grandes plataformas digitales de reparto? Martino tiene una respuesta esclarecedora: “Son opciones más que alternativas. Es una forma de resistencia”.            (César G. Calero, CTXT, 11/12/19)

13/6/19

Bill Mitchell: Todos somos emprendedores que marchamos hacia un futuro precario y empobrecido... Si hubiera un sistema de Trabajo Garantizado, los trabajadores podrían simplemente, abandonar los temporales... y emplearse a tiempo completo (o la fracción que eligieran) con un salario digno y una pensión

"Hace algunos años, fui orador en un evento en Sydney sobre el tema de la evolución de los salarios. Compartí el podio con una joven que era algo así como la NEW Joven del Año. 

Fue en un momento en que los grupos de empleadores estaban presionando al gobierno conservador para que abandonara las tasas de penalización para los trabajadores en industrias de bajos salarios (hospitalidad, turismo, etc.) y les quitara a los sindicatos los poderes. 

Hablé acerca de cómo esa agenda fue diseñada para promover sus intereses de clase y se ajustó directamente a la intención neoliberal de redistribuir el ingreso real de los trabajadores hacia las ganancias empresariales.

La joven después de mí anunció que la clase estaba muerta y que ya no existía tal cosa en los trabajadores. Dijo: "¡Ahora todos somos empresarios!". Antes de eso, cuando nuestro gobierno nacional estaba privatizando nuestras compañías públicas como Qantas y Telstra, nuestro primer ministro anunció que "todos somos capitalistas ahora", refiriéndose a la idiotez de las personas que compran acciones en las compañías de las cuales ahora somos colectivamente "dueños" y que antes estaban en manos públicas.

 La manifestación más reciente de esta ilusión de que la clase está muerta y que todos somos emprendedores es la llamada "economía del trabajo temporal".

 Parece que ahora tenemos millones de personas (primero jóvenes pero cada vez más mayores) que piensan que el espíritu empresarial consiste en comprar una scooter barata y en recorrer las calles para entregar pizzas con cualquier tiempo para ganar unos pocos dólares, mientras que las compañías que las "emplean" (en lugar de contratarlos) se llevan millones. 

Estos trabajadores, lo siento, los empresarios, enfrentan un futuro sombrío. Cuando no hay encargos de pizzas no tienen turnos. Cuando están enfermos no tienen paga. Cuando se van de vacaciones no tienen paga. Y cuando envejezcan no tendrán jubilación. Suena como un plan para hacer rico a alguien.

Los lectores habituales sabrán que no usaré servicios como ‘Uber’.  (...)

 Hubo un artículo reciente de The Guardian en el Reino Unido sobre los conductores de Uber: los conductores de Uber se vieron obligados a dormir en los estacionamientos para ganarse la vida dignamente (8 de mayo de 2019).

Fue en el contexto de Uber abriendo sus acciones al público que el artículo señaló que "convertiría a algunos millonarios en la junta en multimillonarios".

El salario medio de los conductores es "$ US 8.55 por hora antes de impuestos", mientras que, por ejemplo, el salario mínimo de California es de $ US 11 por hora y el salario mínimo de Nueva York es de $ US15 por hora.

El artículo señaló que algunos conductores "tienen que conducir 70 u 80 horas por semana" para ganarse la vida. (...)

Un estudio de la Universidad de Chicago y la Universidad de Rice reveló que "su ... [Uber] ... la introducción en un área metropolitana lleva a un aumento económico significativo en el número total de muertes en vehículos de motor" a medida que los conductores intentan ganar más dinero mientras que Uber gana más .

 Un artículo del New York Times sobre la OPI de Uber: Strike All You Want. Uber no pagará un salario digno (10 de mayo de 2019): concluyó que:

    El problema para Uber, y para todos los demás, es que su propio modelo de negocios excluye un futuro de prácticas laborales justas.  (...)


Un Trabajo Garantizado alteraría dramáticamente la escena.

 Ha habido muchas peticiones para que se pague un ingreso mínimo garantizado para ayudar a estos trabajadores precarios. (...)

Si no nos gusta el comportamiento del mercado laboral: baja remuneración, baja inversión en capacitación y habilidades, subcontratación de la responsabilidad de la provisión de herramientas ('carros Uber'), falta de seguridad, condiciones de trabajo peligrosas, falta de derechos tales como pago por enfermedad, vacaciones pago, y disposiciones de pensiones, etc., entonces, como progresistas, no deberíamos exigir al gobierno que proporcione una miseria de UBI y dejar que el mercado laboral haga su trabajo.

Deberíamos estar trabajando en intervenciones de políticas que eliminen las prácticas que no nos gustan y consideramos perjudiciales para el bienestar.

Así, por ejemplo, Nueva York ha introducido regulaciones que obligan a Uber a pagar a los trabajadores un salario mínimo vital. ¡Uber ha dejado de reclutar conductores allí!

Deberíamos obligar a los empleadores de la economía de negocios que se esconden detrás del mito del contratista independiente a que incorporen a todos sus trabajadores a su fuerza laboral empleada y los sometan a derechos estándar. Si no les gusta, entonces pueden dejar de comerciar.

¡Vivíamos bien antes de que llegara Uber!

Y debemos exigir que el gobierno introduzca un Trabajo Garantizado que establezca todos los salarios mínimos y los beneficios no salariales y anule a los empleadores que solo proporcionaron empleos precarios que los trabajadores no tuvieron más remedio que aceptar.

Si hubiera un Trabajo Garantizado que proporcionara un trabajo significativo que contribuyera a la sociedad, entonces los trabajadores en arreglos temporales o alternativos que estaban descontentos con su situación podrían simplemente, abandonarlos y tomar un Trabajo Garantizado a tiempo completo (o la fracción que eligieran) con un salario inclusivo y responsable socialmente, y otros beneficios no salariales.

Ellos se sentirían seguros y se les proporcionaría un futuro a través de disposiciones de jubilación, etc. (...)
Lo que parece ser el caso es que un número creciente de trabajadores se están quedando atrapados en estos lugares que no van a ninguna parte y que no proporcionan nada para su futuro.  (...)"                     (Bill Mitchell, blog, 04/06/19)

17/1/19

Aquellos aspectos fundamentales para el desarrollo de la vida resultan ser los que menos se valoran en el capitalismo: los cuidados, la limpieza y la alimentación. Son tres sectores muy precarios... mientras un asesor financiero puede estar ganando millones. El capitalismo es una relación social que no busca el bien común, sino acrecentar el capital y multiplicar el dinero...

"(...) hay que entender al empleo como una de las formas que adopta el trabajo moderno. El empleo conlleva un trabajo remunerado, pero también es mucho más, y concierne a un periodo histórico del siglo XX, desde después de la II Guerra Mundial hasta los años 80. 

El empleo fue, en esa época, el verdadero eje vertebrador de las sociedades salidas de la posguerra. Tener un empleo era sinónimo de acceso a la condición de ciudadanía, de tener unos ingresos estables y suficientes, unas garantías, unas certidumbres. Por lo tanto, el empleo era considerado una fuente de seguridad en una sociedad no exenta de conflictos.

 Es esa modalidad del trabajo como empleo la que entró en una profunda crisis en los años 80, que ahora hemos visto cómo se ha recrudecido con la crisis de 2008. A día de hoy, no se puede decir que tener un trabajo te dé garantías ni una condición mínima de ciudadanía. Esa relación entre una cosa y otra, que era la base de los consensos sociales y del contrato social, se ha quebrado.

RT: ¿Nos ha llevado esa quiebra a un escenario en el que la única libertad posible es la de tener dinero?

J.M.: También se ha desplazado el sentido de lo que nos hace ser libres, de lo que hace falta para ser considerado un ciudadano libre. El liberalismo provoca un desplazamiento desde la idea de un estado interventor que garantiza una serie de derechos y una serie de servicios públicos a una situación en la que todos esos derechos tienen que "salir a bolsa", de alguna manera, porque para el pensamiento neoliberal son "riquezas vírgenes" que aún no se han mercantilizado.

Eso es lo que está, por ejemplo, detrás de esa retórica tan típica de los EE.UU., en la que cuando hablan de sanidad privada hablan de "la libertad para elegir tu médico"… o se cuestionan "por qué no tengo la libertad de no pagar impuestos y disponer de todo mi dinero"... Eso acaba derivando en una sociedad que te dice: "Vas a poder acceder a algo si te lo puedes pagar, y el que no se lo pueda pagar, que se joda, porque es su problema, porque es su culpa, y porque hay que recompensar a los que tienen más éxito y apartar a los que fracasan, porque son pobres y culpables de su propia pobreza". 

Ese es de alguna manera el mensaje inconsciente que opera detrás de esta modalidad de libertad.

De ahí se pasa a la idea de libertad como no-interferencia. Es decir, "yo puedo hacer lo que quiera siempre que disponga de los medios que me permitan poder hacerlo". Y ese medio se llama dinero. Y esa libertad se sustenta siempre sobre la no-libertad de otros, porque para que tú puedas hacer lo que quieras, tienes que comprar el tiempo de otros que no pueden hacer lo que quieren porque trabajan para darte ese servicio.  (...)

La cadena global de cuidados muestra esta jerarquía temporal de forma amplia: mujeres que dejan a sus hijos y los ponen en manos de familiares mujeres, para irse a la otra parte del mundo a cuidar a los hijos de otras personas. (...)

Esos precios baratos, bajo el concepto de 'low cost', surgen precisamente de la precariedad que el consumidor también sufre como trabajador, con bajos salarios, malas condiciones de trabajo…

Esa competición por bajar los precios, al que beneficia realmente es al que gana mucho dinero. El resto es una cadena de precariedad donde aquel que tiene pocos ingresos se ve abocado a consumir productos 'low cost'. 

Por ejemplo, el que tiene poco dinero y quiere viajar, utiliza Ryanair, que es un pozo de precariedad, pero al mismo tiempo ofrece la posibilidad de viajar a los trabajadores precarios… Entonces, ¿Cómo salir de este circuito de la precariedad que se ha instalado como modelo social imperante?

RT: Aprovecho para devolverle la pregunta: ¿Cómo se podría salir de esta situación?
J.M.: Uno de los asuntos fundamentales está en decidir en base a qué se construye la aspiración, el deseo. Cómo nos queremos ver a nosotros mismos, cómo nos queremos proyectar. Eso determina cómo configurar las bases y valores de un modo de convivencia.  (...)

 En definitiva, la ficción es el modo en el que damos sentido a lo vivido. En mi opinión hay que defender un modelo de libertad incorporado en una ficción, en la que todas las personas tengan el mismo derecho a ejercerla, en lugar de la salida reaccionaria que excluye. Aristóteles ya entendía los regímenes políticos en términos de acceso al tiempo y la renta. Por eso decía que "la democracia es el tiempo libre de los pobres".

RT: Tu ultimo libro se llama, precisamente, 'No tengo tiempo. Geografías de la precariedad'… ¿Es la falta de tiempo el criterio para señalar la precariedad?

J.M.: Marx decía que el tiempo es el espacio donde se desarrolla el hombre, y que aquellos que solo tienen tiempo para comer, dormir y trabajar sin tiempo libre tenían una vida peor que la de las bestias de carga. Por eso solo democratizando el tiempo somos capaces de pensar la democracia, porque tener tiempo es la condición fundamental y necesaria para poder elegir realmente, y poder decidir. En el entorno laboral se habla mucho de flexibilidad. Y la flexibilidad no es mala: la cuestión es quién decide la flexibilidad.

 Si una persona tiene una fuerte dependencia a trabajar de lo que sea, de lo que salga, en un mundo en el que si no tienes un empleo eres una mercancía obsoleta, excluida del circuito del dinero, no tienes ninguna libertad de elección. El mercado del trabajo es una dictadura. 

De hecho, en el 80% de las ofertas de empleo en España no informan del salario, y si lo preguntas en una entrevista de trabajo te pueden mirar mal, y quizá te descartan. Cuando solo se puede acceder a los medios de vida si antes se accede al empleo, pero el empleo es una realidad cada vez más frágil e insuficiente, se provoca un desgarro que genera cada vez una mayor cantidad de gente superflua, excluida o en el precipicio.  (...)

RT: ¿Y el emprendimiento, la iniciativa privada, el autoempleo… se perfilan como buenas opciones en este contexto sociolaboral?

(...) en España son los autónomos quienes más problemas encuentran para adaptar su horario laboral a sus compromisos sociales y familiares.

Según el organismo europeo Eurofound, la media de trabajo a la semana de los autoempleados es mayor que la de los empleados; más de la mitad supera los 5 días de trabajo a la semana. También es más alta la probabilidad entre los autoempleados, de trabajar los fines de semana y en turno de noche así como de ejercer trabajos "atípicos". 

En España, el conjunto de los autoempleados tienen un 25% de riesgo de pobreza. Se constata así la relación entre aumento del autoempleo y aumento de la pobreza laboral, cuando además, la mitad de los autoempleados en la Unión Europea de los 28, indican que no cuentan con seguridad financiera en caso de enfermedad.  (...)

Lo podemos ver de la siguiente manera: en realidad lo que tenemos es un tope, un lastre, un modelo productivo que está por debajo de las cualificaciones de la sociedad, y que impide a las personas desarrollar su talento y su creatividad, precisamente porque consumen su tiempo en trabajos de los que dependen para vivir. ¿Cuánto talento nos estamos perdiendo en esa gente que se ve obligada a aceptar condiciones miserables, en lugar de poder desarrollar proyectos inteligentes y beneficiar así a la sociedad?  (...)

La sociedad avanza más, y es más segura, cuanto más tiempo libera de la dependencia al trabajo. Vivimos en una sociedad que cada vez libera más tiempo, gracias a la productividad que permiten los avances tecnológicos, pero paradójicamente cada vez obliga a más gente, con más intensidad y con mayores niveles de dependencia, a tener que trabajar por un salario para pagar por cosas por las que antes no tenía que pagar. Porque esa misma falta de tiempo hace que más aspectos de nuestra vida "salgan a la venta" y se externalicen actividades para las que ya no hay tiempo.

Por ejemplo, como no se tiene tiempo, se puede contratar a través de una 'app' personas que nos saquen a pasear al perro, se puede alquilar la amistad de un amigo, o contratar los servicios de una madre para que cuide de tu hijo. En el capitalismo se buscan soluciones a una realidad infame sin cuestionar nunca lo infame que es esa realidad. Por una simple razón: si bien la necesidad humana no tiene que ser satisfecha a través de una mercancía, sí es cierto que toda mercancía existe si es capaz de satisfacer una necesidad. Lo importante no es satisfacer, sino hacerlo a través de la mercancía.

 La jerarquía capitalista del tiempo demuestra que no es una cosa natural, sino una relación social: aquellos aspectos fundamentales para el desarrollo de la vida resultan ser los que menos se valoran en el capitalismo: los cuidados, la limpieza y la alimentación. 

Son tres sectores muy precarios, en los que trabajan muchos inmigrantes sin papeles, jóvenes o mujeres, y es el tiempo menos valorado del mercado, a la par que un asesor financiero puede estar ganando millones. El capitalismo es una relación social que no busca el bien común, sino acrecentar el capital y multiplicar el dinero, y reproducirse a sí mismo y a sus relaciones infinitamente. (...)

RT: ¿Qué cambios consideras que se deberían introducir a partir de este momento?

J.M.: Hay que tener claro que no vale "recalentar en el microondas" los imaginarios del pasado: hay que forjar un mundo de nuevo, un sentido de pertenencia nuevo y un horizonte nuevo de emancipación, sin por ello hacer tabla rasa con lo aprendido en el pasado.

 Es necesario recuperar el peso de las grandes palabras y llenarlas de valores y contenidos: seguridad, libertad, igualdad. Hay que establecer nuevos criterios de ciudadanía y nuevos criterios emancipatorios, que desvinculen los derechos del hecho de tener o no un trabajo.

 Estoy hablando de disociar los ingresos del trabajo, de garantizar un bien básico como la vivienda… Robespierre decía que "el derecho a la existencia es la primera ley social, que debe prevalecer sobre el resto de leyes".

 Es necesario dotar de un suelo básico de dignidad a toda la población por el mero hecho de haber nacido. Hace falta garantizar ese derecho a la existencia que permita a la población poder ampliar su margen de libertad para poder decidir en igualdad, y tener la seguridad suficiente como para no tener que aceptar condiciones miserables. 

Hay que elevar el nivel de vida para forzar las transformaciones, pero las medidas, e incluso un gobierno, poco pueden hacer en ausencia de un cambio en los criterios que rigen los tipos de aspiración. En esa transformación, el ecologismo y el feminismo son fundamentales para entender un nuevo concepto de libertad que siente las bases de un 'New Green Deal'.  (...)

RT: ¿Cuál es en tu opinión la carencia más grave y peligrosa de nuestra cultura, de nuestra forma de vivir hoy en día?

J.M.: Pues la disparidad que hay entre las posibilidades de garantizar la dignidad al conjunto de la sociedad y la manera en la cual esto no se produce, y los peligros reaccionarios que esto acarrea. Tenemos riqueza y recursos suficientes para vivir todos mejor trabajando menos, pero vivimos en una sociedad donde sin trabajo no eres nada, y al mismo tiempo te obligan a trabajar cada vez más, cuanto más se complica vivir del trabajo.

Tenemos que avanzar hacia una sociedad que formule otros criterios de riqueza. Ya no nos valen los medidores actuales. ¿Cómo puede ser que haya tanta riqueza y, al mismo tiempo, tanta exclusión y tanta precariedad? Si no se atiende a esta situación de una forma de vida ofreciendo otra mejor, podemos caer en la reunión del odio que excluye, atravesado por el resentimiento."               (Entrevista a Jorge Moruno, RT, 15/12/18)

26/4/18

La distribución de ingresos del siglo XX se ha desmoronado... los salarios reales llevan tres décadas bajando y es improbable que suban... se ha ido configurando una estructura global de clases en la que la nueva clase masiva es el ‘precariado’

"(...) Fomentar la globalización en el contexto de la revolución tecnológica en curso ha favorecido globalmente el crecimiento económico. Pero gobiernos y organismos internacionales han fracasado de manera notable a la hora de contrarrestar los resultados distributivos adversos a escala nacional.  (...)

Entretanto, la fase neoliberal de la globalización ha evolucionado como un ‘capitalismo de rentistas’ en el que hay cada vez más ingresos que acaban en manos de quienes poseen propiedad física, financiera o intelectual.[3] Los ingresos rentistas se han visto impulsados por el incremento de la concentración de empresas en muchos sectores económicos – encarnado en el ascenso de ‘empresas superestrellas’ – y por la acción gubernamental, sobre todo notablemente por el reforzamiento de los derechos de propiedad intelectual y el crecimiento de un Estado que otorga subvenciones, pues los gobiernos han elegido competir lanzando subvenciones a las grandes corporaciones y a los particulares ricos. Al obrar así, han agotado regresivamente los presupuestos públicos. 

Un término para describir esta política fiscal convencional es el de pluto-populismo, por el cual los recortes fiscales y las subvenciones se concentran en los llamados emprendedores y ‘creadores de riqueza’, mientras se recortan prestaciones del Estado y servicios públicos destinados a grupos de rentas bajas, ostensiblemente con el fin de reducir los déficits presupuestarios que son resultado de la generosidad fiscal hacia los rentistas. [4] 

Por consiguiente, en la mayoría de los países, la parte de la renta que corresponde al capital ha aumentado de modo drástico y la porción que corresponde al trabajo se ha desplomado.  (...)

Si queremos escapar del paradigma económico regresivo, debemos alimentar un relato y un vocabulario que se centren en los grupos socioeconómicos emergentes. A este respecto, se ha ido configurando una estructura global de clases en la que la nueva clase masiva es el ‘precariado’. 

El precariado se define en tres dimensiones. 

Primero, quienes se encuentran en él se ven presionados para aceptar una vida de trabajo inestable, inseguro, en el que la informalización se está hoy generalizando por medio de relaciones laborales indirectas en la ‘economía del conserje’ [todo por encargo y de inmediato], el ‘crowd labour’ [trabajo mediante transacciones digitales sin relación laboral] y contratos de disponibilidad [‘on-call contracts’]. En la próxima década, la mayoría de las transacciones laborales pueden ser de este género, y serán ubicuos los mediadores laborales y las aplicaciones. 

Pero si bien muchos comentaristas afirman que el precariado se define sencillamente por el trabajo inseguro, lo que es más importante es que carece de identidad o relato de su ocupación profesional, debe realizar una cantidad creciente de trabajo-por-empleo que ni se reconoce ni se remunera, y normalmente tiene que desempeñarse en empleos por debajo de su nivel educativo.[5] 

La segunda dimensión consiste en una ‘renta social’ diferenciada. El precariado depende principalmente del salario en dinero, que ha ido cayendo en términos reales a la vez que se vuelve cada vez más volátil e imprevisible.

 El precariado está perdiendo también las prestaciones de empresa no salariales (permisos remunerados, permisos médicos, pensiones por ocupación profesional, etc.) que ofrecen una seguridad asentada en el trabajo. Perder eso significa que los ingresos monetarios minimizan la creciente desigualdad.  

Para agravar la inseguridad, el precariado ha perdido prestaciones del Estado asentadas en derechos, y se ha visto afectado por la deriva hacia prestaciones condicionadas a la evaluación de medios económicos y del comportamiento. Las trampas de pobreza resultantes y lo que he llamado ‘trampas de precariedad’ son poderosos desincentivos a la hora de aceptar empleos de bajos salarios. 

El precariado se enfrenta a menudo con lo que son en efecto tipos impositivos marginales por encima del 80%, que deplorarían los organismos internacionales si se aplican al salariado o a las élites. 

La tercera dimensión del precariado resulta crucial. Quienes se encuentran en él están perdiendo toda forma de derechos, civiles, culturales, sociales, económicos y políticos [5]. Se ven reducidos a la condición de suplicantes, obligados a complacer a la gente para ganarse sus ingresos o prestaciones y dependientes de burócratas que emitan juicios discrecionales que les sean favorables.

 Se trata de algo humillante y acrecienta la sensación de inseguridad. Si bien son evidentes estas dimensiones del precariado, nos faltan todavía las estadísticas requeridas para analizarlas adecuadamente.  

(...) debe reformarse la regulación laboral para que se corresponda con las formas emergentes de relaciones laborales, habría que regular las prácticas de contratación y habrá que ajustar el sistema de regulación de las ocupaciones profesionales para fortalecer el derecho a prácticas.  
Puesto que una gran proporción del precariado consiste en migrantes, se precisa un debate de mayor madurez sobre la migración. 

Se ha visto dominado por lo que se dice de muros y restricción de prestaciones, y la política ha sufrido una regresión siguiendo rumbos basados en la clase. También se hace necesario responder al crecimiento de regímenes de exportación de trabajo. La OCDE debería ocuparse de estas cuestiones. 

Lo que es importantísimo es que la distribución de ingresos del siglo XX se ha desmoronado. A lo largo y ancho de la OCDE, los salarios reales llevan tres décadas y es improbable que suban gran cosa en el próximo decenio, por razones tecnológicas y de globalización. Si este es el caso, las opciones consisten bien en permitir que la desigualdad crezca o en erigir un nuevo sistema de distribución que asigne ingresos de forma más equitativa. 

Esto último no es lo mismo que ingeniar una política fiscal más redistributiva. El nuevo sistema debería promover un crecimiento ecológicamente sostenible y mostrar un respeto apropiado por los libres mercados. 

Esta perspectiva debería conducir a reconsiderar mecanismos emancipatorios, tales como la renta básica y los fondos soberanos, que deberían resultarles atractivos a gobiernos, empresarios, sindicatos y precariado en general. En resumen, la perspectiva debería permitirnos contemplar la fase de re-inserción de la Transformación Global."           (Guy Standing  , Sin Permiso, 15/04/2018)