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21/4/23

La segunda guerra mundial fue un conflicto imperialista, pero que el fascismo le permitió desarrollarse en un escenario ideológico completamente distinto al de la contienda de 1914-1918. En el mundo entero millones de personas ansiaban la destrucción del fascismo y estaban dispuestas a respaldar a los líderes de sus países si estos podían lograrlo

 "Una historia de la segunda guerra mundial que asume desde el vamos su encuadre en el análisis marxista es de por sí un acontecimiento auspicioso. El conflicto ha sido y es objeto de muchos abordajes apologéticos. En este caso asistimos a un meritorio acercamiento crítico.

 Bambery no es un historiador académico. Ha sido por décadas un militante activo de agrupaciones del socialismo radical de raíz trotskista en su país natal, Escocia. Los trabajos historiográficos jalonaron su trayectoria, en simultáneo con su actividad militante.

Eso se trasunta en cierta frescura de su trabajo, que si bien respeta las reglas básicas de la escritura académica, con todo un aparato erudito, se orienta por senderos diferentes al de la “corriente principal” de la historiografía universitaria.

Su libro es una muestra, por si hiciera falta, de que puede escribirse buena historia desde ámbitos diferentes a los recintos universitarios. No se trata, ni mucho menos, de invalidar lo producido en estos últimos. Sí de eludir cierto menosprecio a lo que se genera por fuera de los circuitos de enseñanza e investigación más reconocidos.

¿Epopeya antifascista? ¿Choque entre imperios?

Escribe el autor en las conclusiones: “La tesis principal de este libro es que la segunda guerra mundial fue un conflicto imperialista, pero que el fascismo le permitió desarrollarse en un escenario ideológico completamente distinto al de la contienda de 1914-1918. En el mundo entero millones de personas ansiaban la destrucción del fascismo y estaban dispuestas a respaldar a los líderes de sus países si estos podían lograrlo.”

A diferencia de abordajes más convencionales sobre su objeto de estudio, el autor se ocupa de desmitificar el carácter antifascista del conflicto, si se lo mira desde la perspectiva de los ámbitos dirigentes de las grandes potencias capitalistas, las llamadas “grandes democracias”.

Destaca así el empeño de los futuros aliados en evitar enfrentarse a la Alemania nazi y al mismo tiempo el intento de desatar una guerra de exterminio entre ésta y la Unión Soviética. O las finalidades imperialistas de las grandes potencias, como Gran Bretaña, que va a la guerra movida por la voluntad de preservar su imperio colonial. O Estados Unidos, que ve una oportunidad de consolidar su rango de primera potencia mundial.

El conflicto entrañó varios antagonismos armados al mismo tiempo, de contenidos muy diferentes entre sí: El de las potencias imperialistas enfrentadas; el choque a muerte entre el nazismo y el Estado soviético, el empuje de liberación de los pueblos colonizados de Asia y África; el esfuerzo chino por sacudirse su status semicolonial.

Cada uno tuvo su resolución específica y contribuyó a dar nueva fisonomía al mapa del mundo una vez concluido el gigantesco choque armado.

Busca así Bambery un interesante equilibrio entre el tratamiento del carácter interimperialista de la guerra entre las clases dominantes, y el emprendimiento antifascista visto desde el abajo social. Lo que va acompañado por el señalamiento de la tendencia a acomodarse con el fascismo de las burguesías “democráticas”, tal como ocurrió en Francia después de la derrota de 1940.

Las clases trabajadoras, por el contrario, se alineaban contra los regímenes reaccionarios y vieron la guerra como un modo de librarse de ellos de modo definitivo. Estuvieron dispuestos a poner en riesgo sus vidas para terminar con las dictaduras, no en pos de los antagonismos entre capitalistas.

El historiador llama la atención acerca de que las actitudes de las dirigencias “democráticas” estuvieron en buena medida guiadas por el temor a una revolución social en sus países respectivos. Y a la asunción de que el enemigo principal era el comunismo, no el fascismo.

Sólo el incremento y la repetición de las agresiones del régimen nazi terminaron por arrastrarlos al enfrentamiento, luego de buscar por todos los medios un arreglo, incluso después de la invasión de Polonia.

Guerra, revolución y masacres.

El empeño antifascista de las masas tuvo en varios países derivaciones revolucionarias. Los movimientos de resistencia triunfantes intentaron proyectar la victoria frente al Eje en liberación social en perspectiva socialista.

El autor despliega de manera adecuada el papel de la dirigencia encabezada por Stalin de reducir a movimientos “democráticos” y volcar a gobiernos de “unión nacional” a los resistentes conducidos por los respectivos partidos comunistas.

De todos modos cabría la objeción de que Bambery recurre a cierto esquema en el que las masas siempre aparecen dispuestas a la disputa del poder y las dirigencias actúan de modo indefectible como mecanismo de freno. La mirada a los distintos procesos nacionales puede inducir a miradas más matizadas.

Sólo quienes desoyeron las orientaciones stalinianas, como los chinos y yugoeslavos, lograron llevar a término procesos revolucionarios exitosos, ya después de terminada la guerra. Los que fueron mediados por la derrota en combate de las fuerzas nacionalistas y anticomunistas que también habían tomado parte en la victoria sobre los ocupantes, en lugar de buscar alianzas con ellos.

La orientación del Estado soviético, tanto durante la guerra como en el diseño del poder posbélico, estuvo guiada por sus propios intereses de gran potencia. La prioridad era la protección de las fronteras de la URSS, encuadrada en un reparto de esferas de influencia que la conducción soviética no quería ver perturbada de ninguna manera.

 Una mención aparte merece el tratamiento del papel soviético en las operaciones bélicas. Insospechable de simpatías con el stalinismo por su militancia trotskista, el historiador marca la centralidad del choque alemán-soviético y el enorme costo de la guerra para esa sociedad, tanto en términos económicos como humanos.

Asimismo marca el carácter decisivo de la acción del ejército rojo, desde la exitosa defensa de Stalingrado a la ofensiva final que desembocó en la toma de Berlín. Su contribución al esfuerzo de guerra tuvo un peso desproporcionado en relación al británico y estadounidense.

La guerra desenvuelta entre 1939 y 1945 no fue una cruzada mundial por la democracia y la libertad de los pueblos. Fuerzas más oscuras se desenvolvieron a lo largo de toda su duración.

Y se pusieron en evidencia en particular en los medios bélicos empleados. Sin establecer un parangón con el genocidio cometido por los nazis, el otro bando puso en movimiento recursos atroces.

Los bombardeos masivos de los aliados, que causaron a conciencia cientos de miles de muertos en la población civil, no fueron compatibles con ningún parámetro humanista. Y manifestaron total falta de respeto por las vidas humanas. La guerra fue muchas cosas, pero no un enfrentamiento entre el bien y el mal.

 Bambery no se circunscribe al relato estricto de la guerra sino que parte de unos años antes y se extiende después a la remodelación del mundo en la posguerra. En esa línea completa una síntesis del panorama mundial desde 1930 hasta 1950 aproximadamente, de un modo en que proporciona importantes pistas para la comprensión del mundo de la segunda mitad del siglo XX.

El libro que nos ocupa no es un trabajo exhaustivo, sino una síntesis vivaz del conflicto armado más cruento del siglo XX, sus antecedentes y consecuencias. El que fue decisivo para la configuración del mundo posterior. Su enfoque disruptivo resulta loable, en medio de tanta apología en las coordenadas “democracia vs. totalitarismo” que se ha escrito durante décadas.

La obra acerca sin duda a la comprensión de que durante los seis años de guerra se asistió a una gigantesca lucha de los pueblos contra el fascismo, es cierto. Y al mismo tiempo a una puja entre potencias por un nuevo reparto del mundo, del que Estados Unidos resultó el beneficiario mayor.

Y puede constituir una buena puerta de entrada para todo lector con espíritu crítico, que quiera poner en cuestión la mirada al uso acerca de la guerra."                   (Daniel Campione , Rebelión, 15/04/2023)

31/1/23

El "síndrome de Estocolmo" de Europa con respecto a Estados Unidos

 "Un 23 de agosto de 1973 fue asaltado un banco de Estocolmo por un atracador que, al verse descubierto por la policía, se encerró en el banco, con un pequeño grupo de rehenes, entre los que estaba una joven de veintidós años llamada Kristin Ehnmark. Pasaban los días y Kristin se fue identificando con el secuestrador y poniéndose de su parte. Kristin criticó a la policía, le pidió a otro rehén que se dejara disparar en una pierna para que la policía creyera que el secuestrador iba en serio -el tiro, finalmente, no se produjo- y llegó a discutir con el primer ministro sueco, por teléfono, defendiendo que el secuestrador "era bueno" y que tenían miedo de que un ataque policial "causara su muerte".

 Un año después, un periodista de la revista New Yorker entrevistó a parte de los secuestrados y encontró que todos ellos seguían manteniendo una actitud indulgente hacia el secuestrador, tanto, que sus respuestas contenían gratitud hacia él, como si "le debieran la vida". El jefe negociador con los asaltantes, Nils Bejerot, llamó 'síndrome de Norrmalmstorg' [Plaza de Normalm] al proceso psicológico que llevó a los rehenes a identificarse con su captor, a pesar del peligro que corrían. Después, el proceso psicológico de identificación de la víctima con el victimario pasó a llamarse "síndrome de Estocolmo".

En junio de 1944 se produjo el desembarco angloestadounidense en las playas de Normandía. Ningún otro episodio de la II Guerra Mundial ha sido tan insistentemente conmemorado, alabado, homenajeado y jaleado de mil formas, desde el cine a los discursos. A tal punto ha sido glorificado, que ese desembarco ha quedado, en el imaginario colectivo europeo occidental, como 'el' episodio que decidió la II Guerra Mundial, de lo que resultaba que EEUU había ganado la guerra y salvado a Europa, de los nazis (y de los soviéticos). Poco ha importado, en ese imaginario, alimentado interesadamente desde el otro lado del Atlántico, que el llamado Día D tuviera, realmente, un impacto menor en el desarrollo de la guerra. Para ese junio de 1944, el Ejército Rojo había destruido el espinazo del ejército nazi, de Stalingrado a Kursk.

Porque, entre julio y agosto de 1943, en Kursk, se enfrentaron tres millones de soldados, 6.000 tanques y 5.500 aviones, en una de las mayores batallas de la historia mundial, con victoria contundente del Ejército Rojo. En Normandía, unas 7.000 embarcaciones transportaron a 156.000 soldados. Pero será en Kursk, a 640 kilómetros al sur de Moscú, donde la Wermacht fracasó en su intento de infligir una derrota definitiva al Ejército Rojo.

La victoria soviética permitió lanzar una ofensiva abrumadora sobre Alemania. En junio de 1944, la Operación Bagratión terminó con la mayor derrota militar de la historia alemana. Cerca de medio millón de soldados germanos perecieron y el Cuerpo Central de la Wermacht fue destruido. Berlín estaba a un paso. El 12 de enero, el Ejército Rojo penetró en Alemania, mientras las fuerzas anglo-estadounidenses habían sido detenidas en las Ardenas, en Bélgica. A finales de enero, millón y medio de soldados soviéticos empezaban a desplegarse en torno a Berlín. El 2 de mayo de 1945, el general Weidling rindió Berlín ante el mariscal soviético Zukov.

Esa es la historia real. La contada es otra. Llegó el Séptimo de Caballería, desembarcó en Normandía y los invencibles herederos del general Custer derrotaron a la Alemania nazi y liberaron Europa. Luego trajeron zurrones cargados de dinero -el Plan Marshall- y cantidades infinitas de bienes -las futuras multinacionales- y la libertad y el bienestar brillaron en la Europa Occidental gracias a la generosidad infinita del tío Sam. En 1947, el tío Sam garantizó la seguridad de la temerosa Europa creando la OTAN y pasaron, europeos occidentales y 'americanos', a ser felices comiendo perdices sobre cañones. El cuento de hadas, como todos los cuentos, tiene otra lectura, que devuelve el sueño a la realidad, y, ya saben, mala cosa es confundir sueños con realidades. Aquí la otra lectura.

Ningún país del mundo se ha beneficiado tanto de las debacles europeas como EEUU. Durante las guerras napoleónicas, la movilización masiva de campesinos dejó desiertos los campos y las potencias en guerra estaban urgidas de alimentos. En EEUU se dieron prisa en llenar el hueco y pasaron años vendiendo todo lo vendible a la Europa en guerra. Los beneficios fueron tan altos que sembraron las bases del prodigioso crecimiento económico durante el siglo XIX. Hubo otro beneficio indirecto: la pobreza y las hambrunas que dejo la guerra obligaron a millones de europeos a emigrar a EEUU, país básicamente despoblado, que recibió a unos diez millones de parias en poco menos de veinte años. Con los emigrantes europeos llegaron nuevas tecnologías, nuevas ideas y mano de obra abundante, barata y dispuesta a hacer cualquier cosa. Un chollo.

No obstante, mayor fue el regalo que significó para EEUU la Primera Guerra Mundial (IGM). Con las grandes potencias autodestruyéndose, EEUU se aplicó a comerciar con los dos bloques en lucha, obteniendo beneficios astrales. No entró en guerra hasta meses antes de final del conflicto, por la presión desesperada del Imperio Británico, al que la guerra estaba desangrando humana, comercial y económicamente. Hasta ese momento, el comercio con el bloque británico había pasado de 824 millones de dólares en 1914 a 3.215 millones de dólares en 1916. Sus ventas a las potencias centrales -Alemania, sobre todo- pasaron de 169 millones a 3.214 millones en el mismo periodo.

Las tropas de EEUU entraron en Francia en junio de 1918 y Alemania, agotada y sin reservas, se rindió en noviembre de ese año. EEUU combatió únicamente cuatro meses y perdió en total menos soldados que Francia o Alemania en una única batalla. De 115.000 muertos estadounidenses sólo 50.000 lo fueron en combate. El resto murió por enfermedades. Europa quedó en ruinas y endeudada con EEUU. El negocio, para este país, fue tan pingüe que su PIB pasó de 33.000 millones de dólares en 1914 a 72.000 millones en 1920. Un incremento del 120% en apenas seis años. Desde su hegemonía económica, EEUU manejó a su antojo la Conferencia de Versalles, que condenó a Alemania a la ruina más total. En esa conferencia, guiada por el odio a lo germano, se gestó la Segunda Guerra Mundial (IIGM). Por lo demás, los soldados estadounidenses llevaron a Europa la mal llamada gripe española, que contribuyó a agravar todavía más el colapso europeo.

La Segunda Guerra Mundial obligó a EEUU a realizar un esfuerzo mayor y más temprano, pero, aun así, le dejó más beneficios que la primera. Fue cosa que la guerra estallara para que su producción industrial aumentara un 20%. En abril de 1940, EEUU había superado el nivel existente en 1929, cuando la Gran Depresión. Al concluir el conflicto, los muertos de EEUU sumaron un total de 404.399 soldados (cifras oficiales), menos de la mitad que las bajas soviéticas en Stalingrado. Era, además, era el único país beligerante cuyo territorio no había sufrido ningún daño. Merced a la destrucción europea, la marina mercante estadounidense representaba el 66% del tonelaje mundial y su superávit comercial era, en 1945, de 40.700 millones de dólares. Para que se haga una idea, un dólar de 1940 equivaldría a 20 dólares de 2022. Es decir, el superávit era de unos 800.000 millones de dólares actuales.

Europa, en cambio, estaba destruida. La producción industrial había descendido un 40% y la agrícola hasta un 50%, además de estar los países ahogados en deudas. El Plan Marshall acrecentó la riqueza de EEUU y, ciertamente, permitió a los beneficiarios levantarse, pero ese plan -empréstitos, en la realidad- fue pagado religiosamente por los europeos. Era negocio, no caridad (de ahí que el PIB per cápita medio en Europa fuera de 5.013 dólares, por 27.331 el de EEUU). Con el Plan Marshall llegaron las empresas estadounidenses, en lo que fue el acta de nacimiento de las transnacionales. Y con el plan Marshall llegó la OTAN, organización que tradujo a términos militares la hegemonía política y económica de EEUU.

La IIGM dejó a EEUU como amo y señor de Europa Occidental, como la Gran Guerra lo había reconvertido en la mayor potencia industrial del mundo. Como afirmaría el economista canadiense John Kenneth Galbraith, "Ningún país de los tiempos modernos surgió de una guerra en unas circunstancias económicas tan felices como EEUU en 1945". Tanto que, en 1950, EEUU poseía el 50% del PIB mundial, algo nunca visto en la breve historia del tiempo humano. Europa Occidental, en cambio, quedaba supeditada en todo a las políticas de EEUU. Si bien las raíces se remontaban a la IGM, la dependencia de Europa Occidental respecto a EEUU se crea en el marco de la Guerra Fría, y esa dependencia (repetimos, política, comercial, económica, militar e ideológica) se hizo patológica. La UE se convirtió en gallinero.

¿Ha cambiado eso en 2022? Sí, para peor. Le dejamos unos datos para que saque, el inteligente lector, las conclusiones que desee. El gallinero enfrenta una crisis energética sin -casi- solución, que EEUU aprovecha para venderle su gas a cuatro o cinco veces el precio de febrero pasado. La histeria armamentista deja un claro y total vencedor: el complejo militar-industrial de EEUU. El imperio está arrastrando al gallinero a la guerra con China; si hay guerra, el gallinero colapsará (Alemania la primera), pues la relaciones económicas con China son vitales para la UE, como vital es el gas ruso.

EEUU arrebató sus tierras a los indígenas y a México y se enriqueció con la esclavitud de los negros. Eso se conoce bien. Menos se conoce que el dinero líquido, fresco, dinero en cantidades ingentes, astronómicas, ha salido de Europa, ordeñada en cada guerra y conflicto por EEUU. A EEUU no le interesa el gallinero. Solo su dinero. El euro ha colapsado (el rublo no) y está a la par del dólar. Con pingües beneficios para EEUU, pues gas y petróleo se pagan en dólares, como centenares de bienes más. Esto quiere decir que al aumento del precio de los combustibles hay que agregarle un 20% extra, pues hasta hace pocas semanas se pagaban 1.20 dólares por un euro. ¿Lo capta?

Pero, atentos al hecho. En este siglo XXI no hay el binomio Europa/EEUU dominando el mundo. Hay otro mundo, plural, multipolar, industrial, esperando su oportunidad. Son China, Rusia, India, Indonesia, Irán, Brasil, Sudáfrica... En ese mundo la UE cuenta poco, cuenta nada. Su síndrome de Normandía puede acelerar su fin, pues la sumisión patológica a EEUU le ha llevado a renunciar a defender sus intereses.

Así, por ejemplo, EEUU tiene sus propias y autosuficientes fuentes de energía mientras que Europa carece de ellas. EEUU cobrará los miles de millones de euros que se paguen demás por el gas, el petróleo y las armas estadounidenses y, con ello, seguirá el trasvase de dinero fresco del gallinero europeo a los bolsillos del tío Sam. EEUU gana, la UE pierde. Una Europa cautiva que agradece su cautiverio e, incluso, se presenta dispuesta a morir por su captor, aunque ese captor jamás arriesgaría su seguridad por este triste gallinero envejecido y ciego.

El cine de Hollywood ha hecho el resto, con el bombardeo audiovisual de una industria que ha tenido lazos históricos directos con la CIA y el Pentágono. Fue así que surgió y se creó en Europa Occidental la visión de EEUU como una superpotencia inmortal que todo lo puede. EEUU es Superman, Batman, Spiderman, Aquaman... El análisis político se ha hecho obediencia ciega. En el inconsciente europeo quedó grabada la imagen del Día D y de un país que, en cualquier momento, puede llenar de suministros y armas a la Europa Occidental. El mito de todos esos superhéroes hecho síndrome, el síndrome de Normandía. Como el de Estocolmo, pero a nivel de plaga de zombis. Y, ya saben, esos muertos vivientes terminan, en las películas, muriendo todos. Tampoco se equivoquen. No habrá otro Séptimo de Caballería. Está ocupado con China. 'Happy end'."                      

(Augusto Zamora R. , Exembajador de Nicaragua en España, La Haine, 29/07/22)

24/5/22

Dicen los intelectuales orgánicos del Kremlin que la invasión de Ucrania es un intento preventivo ruso de cambiar un orden que considera injusto y adverso y que habría acabado en una gran guerra contra Rusia... La intensa modernización de las fuerzas armadas ucranianas por la OTAN con una millonaria financiación y formación de decenas de miles de militares por instructores occidentales, inmediatamente después del cambio de régimen de 2014, así como la nueva doctrina militar ucraniana encaminada a reconquistar militarmente Crimea y el Donbas, convertía una guerra de Ucrania contra Rusia en “mera cuestión de tiempo”, repite Putin... La invasión de Ucrania es, por tanto una guerra preventiva, dice... el nuevo “telón de acero” está servido... Para Rusia la ruptura con Occidente supondrá enormes pruebas y dilemas. El discurso del nuevo conservadurismo ruso pretende nada menos que poner fin a una orientación de tres siglos... El consenso interno ante las “amenazas existenciales” deberá ser alimentado con una economía de guerra más social para la que el neoliberalismo, simplemente, ya no sirve... Solo el tiempo dirá si este giro neocon de la elite rusa lentamente larvado y hoy instalado en el Kremlin, es socialmente sostenible y tiene futuro

 "La ideología neocon rusa afirma que se ha puesto fin a la orientación europeísta-occidental del país, llevada a cabo por el zar Pedro el Grande hace trescientos años. ¿Es seria esa ideología, o es una quimera?

La desastrosa guerra de Ucrania ha puesto en evidencia una nueva Rusia. ¿Cómo pudo llegarse a una aventura tan extrema e insensata? ¿Qué ideología y proyecto nacional la han hecho posible? La ortodoxia mediática responde una y otra vez a esas preguntas, repitiendo “Putin, Putin, Putin…”. La demonización del Presidente ruso pretende explicarlo todo con un pueril y maniqueo guion de Hollywood, pero ¿Qué hay detrás de ese recurso?

¿Cómo se gestó la nueva mentalidad neoconservadora de la élite rusa?, ¿Tiene futuro esta reacción a la “globalización cosmopolita” y a la “decadencia liberal”, reacción que se advierte por doquier, también fuera de Rusia? ¿Y cómo empalma ese particular giro ruso con el traslado de la potencia global desde el espacio euroatlántico al indo-pacífico en el que estamos insertos? ¿Cómo afecta, en definitiva, a la correlación de fuerzas global?

Uno de los que se ha planteado algunas de estas preguntas es Glenn Diesen, un poco conocido profesor de una universidad de provincias de Noruega, autor de Russian Conservatism (2021). Su perfil en wikipedia lo presenta poco menos que como un diabólico ideólogo al servicio del Kremlin, sin embargo la simple realidad es que este autor es de los que mejor han explicado la génesis y los presupuestos de la mentalidad dominante en el Kremlin.

Diesen no explica la “Rusia de Putin”, ni mucho menos el sentir y el pulso de la sociedad rusa, sino la mentalidad y convicciones del grupo dirigente ruso y sus intelectuales orgánicos. Si esa ideología es quimera o no, si tiene raíces y futuro en la sociedad rusa, o si por el contrario es la construcción intelectual de los acomplejados dirigentes de una gran potencia venida a menos y en búsqueda de consolidación para su régimen autocrático en crisis, es algo que solo el tiempo dirá. Pero para entender la situación presente hay que interesarse por ello, sea cual sea su verdadera sustancia.

Nueva síntesis

El nuevo conservadurismo ruso ha sido formulado como alternativa, tanto al pasado soviético como al liberalismo de los 90. Al mismo tiempo se quieren incorporar a la nueva narrativa nacional conservadora aspectos de ambos periodos para afirmar una “continuidad histórica” superadora de las rupturas “revolucionarias” características de la historia rusa y consideradas responsables de tantos desastres, estancamientos y debilidades. Superar ese defecto y afirmar una dinámica de modernización y cambio armónico, orgánico, gradual, continuado y asumible por toda la sociedad, era una idea que Putin defendía ya en los primeros años de su mandato, cuando aún era un liberal-conservador occidentalista partidario de la reintegración de Rusia en la “civilización”, como se decía entonces.

 La idea, común a todos los llamados “demócratas” rusos -en realidad partidarios del mercado autoritarios de mentalidad estalinoide- era que el periodo soviético había excluido a la URSS de la civilización a la que había que regresar. En su voluntad estabilizadora, Putin introducía una importante enmienda al propósito de los autoritarios de mercado rusos: lo nuevo debe construirse sobre el pasado y sin romper con el, decía.

 En ese afán continuista, el régimen ruso practica hoy una síntesis conservadora de todo lo que es útil en la historia nacional para la consolidación social y el desarrollo: símbolos soviéticos, canonización de Nicolás II y reivindicación de los zares más gloriosos, himno soviético, Stalin y las epopeyas de su periodo, condenando al mismo tiempo sus crímenes.

Contra lo que suele afirmarse a la ligera, el régimen no reivindica el estalinismo, ni mucho menos tiene en él un modelo, sino que practica un equilibrio. En marzo de 2010 Putin participó junto al primer ministro polaco Donald Dusk en la conmemoración de las masacres de Katyn buscando una reconciliación con Polonia y calificó de “inmoral” el pacto Molotov-Ribbentrop, mientras la Iglesia ortodoxa estigmatizaba a Stalin como “monstruo”. La idea ahora es que no se puede erradicar ni arrojar a la basura el siglo XX de la memoria e identidad nacional, porque hacerlo sería malograr el desarrollo orgánico al adoptar y caer de nuevo en una “ruptura revolucionaria”.

Todo esto choca mucho, especialmente a observadores que no han conocido las experiencias de los años noventa en Rusia y que carecen por tanto de perspectiva para entender la lógica de esta evolución.

El idóneo continuador

En 1999 el dominical de The New York Times retrataba así a Vladimir Putin, recién nombrado sucesor de Yeltsin. Putin será, decía, “una versión humanitaria de Pedro el Grande, el gobernante que abrirá el país a la influencia del mundo, una Rusia más dulce y más dinámica que nunca”.

Dos décadas después, el régimen ruso afirma estar poniendo fin al viraje occidental llevado a cabo por el zar Pedro el Grande hace trescientos años y los mismos plumíferos del gran diario neoyorkino describen rutinariamente a Putin como “fascista” y “dictador”, “criminal de guerra” y “genocida”, y hasta el propio Presidente de Estados Unidos se refiere a él como “asesino” que debe ser desplazado del poder. Obviamente, la invasión de Ucrania ha jugado su papel, pero el giro hacia una calificación rotundamente negativa y la demonización del personaje venía de mucho más atrás. Merece la pena repasar la lógica de esa evolución.

En aquel 1999 y en cuestión de pocos meses, el senil y errático Yeltsin había seleccionado a su sucesor, asesorado por su hija Tatiana, entre un elenco de una docena de aspirantes. El viejo presidente contemplaba su legado. Yeltsin se había abierto paso en los ochenta denunciando los “privilegios de la nomenclatura” y los límites de la democratización de Gorbachov. Yeltsin disolvió la URSS para hacerse con el Kremlin, instauró un caos de latrocinio, corrupción y desigualdad sin precedentes que permitió la reconversión social de la casta dirigente en clase propietaria, y convirtió en ridículos aquellos “privilegios de la nomenclatura” al lado de los nuevos capitales desfalcados. Para llevar a cabo todo eso, Yeltsin restableció el tradicional sistema autocrático ruso del que la perestroika había sido breve paréntesis y excepción.

Con todo eso en su haber, al final de su mandato el viejo autócrata era consciente de que dejaba el país hecho un desastre. Había que poner orden, pero un orden que no se entendiera como regreso al pasado comunistoide, que no cuestionara la privatización ni la “economía de mercado”. Había que corregir, sin desmantelar, manteniendo la continuidad. Rusia debía levantar cabeza y volver a ser respetada. Episodios como el de Yugoslavia en el que la potencia rusa había sido ignorada por Occidente y condenada a un papel de impotente comparsa, no podían repetirse.

Putin era un hombre absolutamente desengañado del periodo soviético. Con él no había el menor riesgo de regreso al antiguo régimen. Putin tenía perfectamente clara la superioridad de la “economía de mercado”, que no se podía dar marcha atrás a la privatización, por más aspecto de expolio que hubiera tenido. Que un tipo así procediera de los cuadros medios/bajos del KGB era una ventaja añadida.

 El KGB estaba mucho menos corrupto que el conjunto de los aparatos de estado, así que todo ello ofrecía un promedio muy a la medida de la situación: poner orden sin regresar al pasado, hacerse respetar sin abandonar el alineamiento con Occidente, lo que los liberal-estalinoides rusos designaban como la “civilización”. Además, Putin era un tipo leal que ofrecía algo fundamental, garantías de seguridad personal: que no se perseguiría a Yeltsin y su familia por haber disuelto la URSS y haber dejado el país hecho unos zorros. Por todo ello, Putin fue el seleccionado. En el orden internacional, la situación era crítica.

De la “Casa común europea” a Euroatlántida

El proyecto gorbacheviano de “Casa común europea”, de Lisboa a Vladivostok, es decir; una gran integración europea, pluralista y respetuosa de la diversidad interna del conjunto, con una seguridad continental integrada y apuntando hacia una multipolaridad enfocada a la resolución de los retos del siglo, una “nueva civilización”, sin armas de destrucción masiva, atenta a los problemas del sur global y a la resolución de las cuestiones medioambientales, todo eso, se había hundido. De la idea de Gorbachov de “superar” la guerra fría, se había pasado a otra cosa: el discurso del Presidente Bush-padre de “victoria” occidental en la guerra fría. La nueva música del presidente americano era inequívoca:

“Por la gracia de Dios, América ganó la guerra fría. Hay quien dice que podemos dar la espalda al mundo, que no tenemos un papel especial que jugar, pero somos Estados Unidos de América, el líder de Occidente que se ha convertido en el líder del mundo, así que continuaremos liderando en apoyo de la libertad en todas partes”.

La cumbre de la OTAN de 1991 en Roma siguió esa senda: la disolución del Pacto de Varsovia no afectaba a su razón de ser ni a su papel, que debía globalizarse, estableció.

“Euroatlantida” había tomado el relevo a la “Casa común europea”. Ese cambio conceptual que cerró en falso la guerra fría fue posible por tres motivos.

En primer lugar, como hemos explicado en anteriores artículos Haciendo memoria – Rafael Poch de Feliu por el engaño y no respeto a las promesas verbales hechas a Gorbachov y a los documentos firmados con la URSS, como la Carta de París para la nueva Europa y el acuerdo 2+4 de la reunificación alemana, que pusieron fin a la guerra fría. 

En segundo, por la prioridad de Estados Unidos de seguir presente en el continente para evitar la emergencia de un nuevo gran actor europeo autónomo en el mundo. Por razones geográficas, la gran integración europea de Gorbachov dejaba fuera a Washington, lo que disminuía su potencia global. 

Y en tercer lugar por reacción a los espectáculos de la propia Rusia. En 1991 hubo dos golpes de estado, el frustrado de agosto de los conservadores del PCUS contra la perestroika y el exitoso de diciembre disolviendo la URSS. Siguió en 1993 el golpe de Yeltsin en octubre que abolió a cañonazos el pluralismo institucional y convirtió un parlamento efectivo en una Duma consultiva con una constitución autocrática. El primer “gesto de autoridad” del nuevo régimen fue el desastroso intento de aplastar militarmente la rebelión chechena. Y rodeando todo aquello, el espectáculo del saqueo económico del país, con decenas de decretos de privatización redactados por asesores norteamericanos…

Gorbachov y la URSS tenían credibilidad para proponer un gran proyecto internacional desde la posición de una superpotencia que se retiraba, generosa e incondicionalmente, de su espacio imperial. La Rusia de Yeltsin ya no tenía esa credibilidad. Yeltsin era la restauración de una autocracia bananera cuyo ejército era batido en 1994 por seis mil guerrilleros chechenos en el Cáucaso del Norte…Habiéndose instalado la idea de que eso siempre sería así, ¿Quién podía tomarse en serio a Rusia? Así que por esos tres factores Euroatlántida se impuso sin mayor dificultad a la “casa común europea”. Y la esencia de Euroatlántida era una Europa ampliada representada por una UE, neoliberal y sin instituciones democráticas, en expansión, que imponía uniformidad y disciplina (la díscola Yugoslavia fue eliminada, aprovechando sus serios problemas internos), así como una seguridad exclusiva a la medida de la tutela de Estados Unidos. En lugar de contribuir a la multipolaridad y al consenso internacional, la nueva formula apuntaba hacia otra cosa mucho más autoritaria y dictatorial para las relaciones internacionales: el hegemonismo.

Rusia despechada

En ese complejo contexto Vladímir Putin llegó a la presidencia de una Rusia desmoronada: como un liberal-conservador dispuesto a ordenar y corregir los desastres de los noventa, reconstruyendo la autoridad del Estado sin cuestionar el vector fundamental occidentalista del periodo anterior. En uno de sus primeros discursos (diciembre de 1999) decía lo siguiente:

“Estamos completando la primera fase de la transición de las reformas políticas y económicas. Pese a las dificultades y errores hemos llegado a la senda en la que está el conjunto de la humanidad. Solo esta vía ofrece una perspectiva real de crecimiento económico dinámico y de mejora del nivel de vida de la gente. No hay alternativa”.

Meses después, en 2000, insistía: “Rusia es parte de la cultura europea y no puedo imaginar a mi país al margen de Europa o como solemos decir separado del “mundo civilizado” (…) ver la OTAN como un enemigo es destructivo para Rusia”. El 25 de septiembre de 2001, Putin explica en alemán ante el Bundestag que los “derechos y libertades democráticos” son el “objetivo clave de la política interior de Rusia” y que por primera vez el presupuesto militar es inferior al gasto social en su país.

Desde ese discurso liberal continuista, Putin comenzó a poner orden en Rusia. Retomó el control estatal de sus estratégicas industrias extractivas, disciplinó a los oligarcas con un pacto de lealtad al estado y buscó una inclusión en el cuadro occidental desde una posición menos débil. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York fue el primero en ofrecerle a George W. Bush una “plena colaboración”. Facilitó el establecimiento de bases militares de Estados Unidos en Asia Central, ofreció una importante cooperación de su inteligencia militar para la invasión americana de Afganistán (otoño de 2001), se abrió a un condominio de los ricos recursos de la región del Caspio y en Transcaucasia… No sirvió para nada. Todo eso se interpretó como debilidad y como expresión del lógico sometimiento. 

No tuvo ninguna consecuencia en la actitud de Occidente hacia Rusia. Al contrario, cuanto menos desbarajuste había en Rusia, tanto más crecía su mala imagen en Occidente como negador de valores democráticos. Sin duda, el país conocía un endurecimiento autoritario en el orden interno y también un crecimiento sin precedentes en más de una generación: la tasa de pobreza se dividió por dos, la esperanza media de vida masculina que había caído cinco años en los noventa (¡59 años!) y había dado lugar a un colapso demográfico de medio millón de muertes, subió hasta los 66. El consenso social era alto. Y conforme tenían lugar esos éxitos, peor era visto Putin en Occidente, porque ni en Washington ni en Bruselas se aceptaba una Rusia crecida y restablecida.

 El rodillo expansivo de Euroatlántida avanzaba. La absorción en la UE y en la OTAN de países del Este y de la ex URSS muy resentidos contra Rusia y con mayor sintonía hacia Washington que hacia Bruselas, facilitaba la reconstrucción de la imagen de enemigo cuyo empolvado andamiaje seguía intacto en el almacén occidental de la guerra fría. Las repetidas objeciones de Moscú sobre decisiones de seguridad europea sin Rusia y cada vez más contra Rusia, se ignoraban. Las tensiones que resultaban de la ampliación de la OTAN se utilizaban para justificar su razón de ser. La propia OTAN creaba los motivos para su pervivencia. Se reescribía la historia de la Segunda Guerra Mundial equiparando nazismo y estalinismo No es lo mismo – Rafael Poch de Feliu 

La percepción de que cualquier medida de consolidación interna rusa o cualquier exigencia de que se tuvieran en cuenta sus intereses de seguridad, no era aceptada en el extranjero e incluso se volvía informativamente contra ella (por ejemplo el enérgico discurso de Putin en Munich de 2007), alimentó el despecho de la elite rusa con Occidente y condujo al establecimiento de un nuevo conservadurismo entre los dirigentes rusos y sus intelectuales orgánicos, muy mediatizados por antiguos cuadros de los aparatos de seguridad que Putin había colocado en los puestos de mayor confianza. A Estados Unidos se le comprendía y respetaba.

 Al fin y al cabo, aquel país siempre quiso anular a Rusia, pero hacia la Unión Europea, más allá de Alemania y Francia, o de países internacionalmente irrelevantes como España, el sentir era otro: desprecio. Moscú ha llegado a despreciar a la Unión Europea como marioneta de Estados Unidos, carente de toda soberanía y a merced de los presupuestos rusófobos de países como Polonia y las repúblicas bálticas para los que la rusofobia es su principal aportación a la disciplina euroatlántica. Así, conforme aumentaba el agravio y el rechazo a cualquier consolidación de Rusia, en Moscú ese conservadurismo iba evolucionando gradualmente hacia la derecha y el antioccidentalismo. Hoy está plenamente asentado en la élite rusa.

La Rusia de hoy es como una amante despechada a la que le ha dejado el novio.

Entre Crimea y las pensiones

La opinión pública rusa apoyó claramente la labor de restablecimiento y consolidación llevada a cabo por Putin durante los primeros diez años de su mandato. Quienes se enfrentaban frontalmente a su acción de gobierno, medios de comunicación y personas, eran reprimidos sin contemplaciones. Con una buena coyuntura de los precios del petróleo, se detuvo la degradación de la vida y el prestigio del Presidente se mantuvo alto. Con los años y las dificultades de diversas crisis, ese apoyo disminuyó (70% en 2016, 33% en 2019), la economía, que seguía su curso neoliberal, se estancaba, aprisionada en una integración en la globalización que la condenaba a una extrema dependencia. Al mismo tiempo, el discurso oficial ponía cada vez mayor énfasis en la identidad de gran potencia.

Para mediados de la primera década de los 2000, Rusia había abandonado mentalmente la órbita occidental. El objetivo era consolidar el entorno postsoviético e integrarlo en una relación política y económica no hostil a Moscú. El definitivo descalabro de la influencia rusa en Ucrania de 2014, por una mezcla de revuelta popular y operación de cambio de régimen apadrinada por Occidente, significó un cambio radical: se hundía la posibilidad de una Ucrania puente y se instalaba la realidad de una Ucrania definitivamente hostil y beligerante, dominada por una identidad nacionalista muy activa pero en la que solo se reconocía, quizás, un tercio de la nación, con el resto bien en pasivo silencio, bien en diversos grados de disconformidad. En ese cuadro, Ucrania se convirtió en línea de frente y obsesión para el Kremlin.

El nacionalismo ruso ya había denunciado en los noventa (Solzhenitsyn lo formuló con toda claridad) la aberración que suponía que territorios rusos como el sureste del país (Járkov, Odesa, Crimea) formaran parte de Ucrania. El cambio de régimen en Kíev de 2014 demostró la profunda debilidad de la política de Moscú hacia su entorno postsoviético, pero se compensó con la consolación de la anexión de Crimea, en una operación impecable que significó una desafío militar inaceptable para el hegemonismo occidental y que fue percibida como indiscutible por la mayoría de los rusos. La operación volvió a estimular el prestigio de Putin, pero su efecto fue temporal. La fuerte protesta social contra los aumentos de la edad de jubilación y privatización neoliberal de las pensiones, a la que Putin tuvo que echar el freno, recordó que la mayoría de los rusos prefieren el bienestar y un orden social mas justo al sacrificio en el altar estatal de la identidad de gran potencia.

Conforme crecían las dificultades para un bienestar social mas o menos estable y para dar una apariencia democrática a una autocracia presidencial sin posibilidad de relevo mediante el voto, aumentaba el discurso oficial de gran potencia despechada. Tras el concepto de “democracia dirigida”, que ya se empezó a utilizar a finales de los noventa, apareció el de “democracia soberana”, un concepto que rechaza la hegemonía liberal y toda supervisión occidental de los asuntos internos.

 “En el mundo de hoy una gran potencia no es aquella que impone su voluntad a los demás, sino, al revés: aquella que no permite que nadie le dicte su voluntad y que si es necesario es capaz de contraponer una fuerza superior a la presión exterior”, dice el analista Dmitri Trenin.”Rusia dispone de esa capacidad y de los recursos necesarios para realizar una vía autónoma de desarrollo y una línea de política exterior independiente, y eso es lo que hace de ella una gran potencia”.

“Somos civilización”

Los imperativos de afirmación de la soberanía y del estatuto de gran potencia, determinaron la revisión y crítica del liberalismo y la defensa del conservadurismo.

“Poniendo al individuo en el centro, el liberalismo avanzó ideas profundas como la democracia y los derechos humanos que toda sociedad sana requieren, pero el liberalismo se había desarrollado en el marco del estado-nación y había sido tanto más exitoso cuanto más restringido y equilibrado fue por principios conservadores”, explica Diesen. “Los excesos del liberalismo han resultado en su desvinculación respecto a la nación-estado, lo que previsiblemente conduce a fragmentación y revolución”. En ese exceso, “el individuo se libera del hecho de ser definido por la nación y la cultura a la que pertenece, liberado de la iglesia, la familia, las tradiciones, e incluso de su género biológico”..” En esa degeneración, se plantea como reacción, “una lucha entre nacionalismo y cosmopolitismo”. “En el consenso neoliberal santificador de las liberadas fuerzas de mercado, la izquierda y la derecha resultan igualmente incapaces de perseguir sus compromisos ideológicos y quedan atrapados en guerras culturales en las que todos pierden”, dice Diesen.

En las relaciones internacionales “el liberalismose convierte en norma hegemónica” y se banaliza la legalidad a conveniencia. Se cambian las fronteras de Serbia, se invade Irak, se invoca la lealidad de una “alianza de democracias” como alternativa a la ONU y se llama “orden internacional basado en normas” a la arbitrariedad. “Se llega así a una simplista división binaria del mundo entre “democracias” y “autoritarismos” incapaz de comprender las complejidades de la política internacional”. La ambigüedad permite justificarlo todo a conveniencia: “que el “orden internacional basado en normas” priorice el principio de integridad territorial o el de autodeterminación en Kosovo y Crimea, es algo que depende de los intereses de Occidente. La soberanía desaparece porque las invasiones pasan a ser “intervenciones humanitarias” y los golpes de estado “revoluciones democráticas”. Así, “el fracaso de contener los excesos del liberalismo con principios conservadores en el orden interno, y con la igualdad de las soberanías en el orden externo, resulta en la degeneración de los ideales liberales”.

Un documento de 2014 sobre los Fundamentos de la Política Cultural del Estado dejaba bien claro que el objetivo de integrar a Rusia en “la civilización” (occidental) había caducado al afirmar que, “Rusia debe ser vista como una civilización única y original que requiere el rechazo de principios tales como el multiculturalismo y la tolerancia de aquellos que imponen valores ajenos a la sociedad”. No se trataba ya de “regresar” a la “civilización” de la que la URSS había sido negación, una especie de aberración histórica sin conexión con la historia nacional rusa y obra de unos bolcheviques extraterrestres, sino de subrayar que Rusia y su mundo son una civilización. “Los rusos son la matriz de la civilización rusa (…) pero son y pueden ser rusos, los tártaros, los yakutos, los chechenos y el mosaico étnico de Dagestán”, dice Dmitri Trenin. “La ortodoxia es la religión mayoritaria pero la tradición de tolerancia confesional permite la convivencia pacífica entre las principales confesiones autóctonas: ortodoxia, islam, budismo y judaísmo”, dice. “El Estado unido garantiza la paz, el bienestar y el desarrollo en un territorio enorme desde el Báltico a Mar de Japón y desde el Ártico hasta el Caspio. Precisamente la común potencia estatal es el valor mas importante para esa civilización compleja”. Desde esa reformulación consecuencia del despecho, se difunden las obras de filósofos conservadores como Iván Ilyin, Nikolai Berdiayev y Vladímir Soloviov, y se recupera el concepto de euroasianismo.

Eurasianismo compensatorio

Como el orden liberal internacional no deja espacio a Rusia en Europa y al mismo tiempo el ascenso de China anuncia el fin del dominio mundial occidental característico de los últimos siglos, el euroasianismo encuentra un doble sentido ideológico y geoeconómico: por un lado es una respuesta al agravio de esa Europa liberal decadente, que disuelve los valores sociales esenciales (familia, religión, patria) y confunde los géneros al afirmar las diferencias de las minorías sexuales, y por el otro se pone en sintonía con el traslado de la potencia global hacia Asia.

La mayor conexión con China ha sido también propiciada por la estupidez estratégica de Estados Unidos, que sometió y somete a Moscú y Pekín al mismo tipo de cerco militar, bloqueos y sanciones. Para paliar el peligro de verse convertida en la “hermana menor” de China, una potencia con una economía diez veces mayor y un dinamismo social claramente superior, Moscú cuida y estrecha relaciones fuertes también con potencias asiáticas recelosas de China, como India y Vietnam, e incluso lanza puentes a Corea del Sur y Japón -ahora destruidos por la invasión de Ucrania- en búsqueda de cierto equilibrio compensatorio. Y todo eso en el contexto de la teoría de MacKinder, según la cual el dominio de la matriz continental euroasiática está llamado a tomar el relevo a los imperios marítimos occidentales, con la UE convertida en una mera “península de Eurasia”. Clave de ese relevo es el trazado de corredores energéticos y de transporte, la puesta en marcha de nuevos instrumentos financieros y la creación de recursos de redes sociales con miras a independizarse de los monopolios digitales americanos vistos como aparatos de dominio, censura y guerra híbrida.

“El conservadurismo es una tercera vía para escapar del liberalismo sin caer en un regreso al comunismo. El euroasianismo busca una consolidación geopolítica que permita tratar de igual a igual con Europa”, dice el noruego Glenn Diesen. “El problema de Rusia consistía en que se encontraba permanentemente en un estado de interdependencia asimétrica con Occidente, es decir que dependía mucho más de lo que aquél dependía de ella, lo que daba a Occidente una gran preponderancia. Era un grave problema porque además la arquitectura de seguridad se construyó sobre la herencia de una guerra fría nunca cancelada. La gran Eurasia es un intento de compensar este desequilibrio”.

Un régimen más duro y más social

La invasión de Ucrania es un intento preventivo ruso de cambiar un orden que considera injusto y adverso y que habría acabado en una gran guerra contra Rusia, dicen los intelectuales orgánicos del Kremlin. La intensa modernización de las fuerzas armadas ucranianas por la OTAN con una millonaria financiación y formación de decenas de miles de militares por instructores occidentales, inmediatamente después del cambio de régimen de 2014, así como la nueva doctrina militar ucraniana encaminada a reconquistar militarmente Crimea y el Donbas, convertía una guerra de Ucrania contra Rusia en “mera cuestión de tiempo”, repite Putin. La invasión de Ucrania es, por tanto una guerra preventiva, se dice.

 Con la actual guerra se anuncia un cambio fundamental en la correlación de fuerzas global. De repente, la influencia de Estados Unidos sobre Europa ha aumentado mucho. La Unión Europea se ha convertido en subsidiaria de la OTAN. De un día para otro, se ha restablecido un dominio de Estados Unidos sin fisuras en el viejo continente. El proyecto euroasiático chino-ruso de integrar a la Unión Europea en un gran eje continental euroasiático, se ve seriamente comprometido. Europa está rompiendo con Rusia y China con lo que se debilitará económicamente y quedará aun más amarrada políticamente a Estados Unidos.

Para Rusia la ruptura con Occidente supondrá enormes pruebas y dilemas. El discurso del nuevo conservadurismo ruso pretende nada menos que poner fin a una orientación de tres siglos. Si este discurso logra sobrevivir a la guerra de Ucrania, es decir si no hay una quiebra del régimen ruso, Hacia una quiebra en Rusia – Rafael Poch de Feliu el nuevo “telón de acero” está servido. Pero, ¿será solo un telón geográfico, digamos con el Dnieper en el antiguo papel del Elba, o será algo más transversal?

Cuando el Presidente Biden dice que hay una división del mundo entre “democracias” y “autocracias”, da la sensación de que deja fuera otras fracturas, incluida aquella que atraviesa a la sociedad de su propio país entre “nacional-patriotas” a la Trump y “globalistas cosmopolitas”. Una fractura transversal que atraviesa y crea brechas en la propia Unión Europea (Hungría Polonia…), en las naciones europeas (Macrón/Le Pen) e incluso en la propia izquierda, como muestra la polémica entre una “izquierda de derechas” ( liberal en lo cultural y en “modos de vida” pero conformista hacia el neoliberalismo y el imperialismo), y el llamado “rojipardismo”.

Sea como sea, en Rusia la guerra, las sanciones y los bloqueos encaminados a “quebrar” a Rusia (Ben Hodges, jefe de las tropas americanas en Europa), “ponerla de rodillas” (editorial de The New York Times) “destruir su economía” (Liz Truss, ministra británica de exteriores), “arruinarla” (su homóloga verde alemana), y a “desmantelar, paso a paso, la potencia industrial rusa” (Ursula von der Leyen), van a transformar al régimen político. Cambios de régimen – Rafael Poch de Feliu Privada de inversiones y paraísos fiscales occidentales, quizá la elite rusa tenga que invertir en el país. 

El consenso interno ante las “amenazas existenciales” deberá ser alimentado con una economía de guerra más social para la que el neoliberalismo, simplemente, ya no sirve. Respecto a los disidentes y opositores que no hayan emigrado (en marzo abandonaron el país 100.000 rusos, la mayoría de ellos jóvenes cualificados), la crónica de maltrato y represión de los últimos años puede llegar a ser un recuerdo feliz…

Solo el tiempo dirá si este giro neocon de la elite rusa lentamente larvado y hoy instalado en el Kremlin, es socialmente sostenible y tiene futuro, o si, por el contrario, es el desesperado intento de sobrevivir de un régimen inadecuado a la realidad social del siglo XXI."                 (Rafael Poch  , CTXT, 20/05/2022)

24/1/22

Descripción del siglo norteamericano, nacimiento, apogeo y decadencia... del neoliberalismo... Ahora el peligro es que, para perpetuar su hegemonía, Washington no tiene más remedio que hacer la guerra contra un enemigo exterior para recuperar la cohesión interna. ¿Qué mejor candidato podría haber que una China que, mientras Washington perdía cada vez más terreno, acumulaba suficiente poder económico, político, tecnológico y militar como para ser candidata al papel de nueva nación hegemónica?

 "Para quienes quieran profundizar en las razones que desencadenaron la Guerra Fría entre Estados Unidos y China, un reciente ensayo de Giacomo Gabellini (Krisis. Génesis, formación y colapso del orden económico estadounidense, publicado por Mimesis) es, como mínimo, una lectura inestimable.  (...)

Se trata de una obra de peso, acompañada de una gran cantidad de análisis, información y noticias de carácter histórico, económico y geopolítico que abarca un abundante siglo de historia -desde la segunda mitad del siglo XIX hasta la actualidad- para describir el ascenso, la consolidación y la crisis de la hegemonía estadounidense.  (...)

I. Historia de un ciclo hegemónico

El paradigma teórico que inspira el ensayo de Gabellini es el trazado por el historiador Fernand Braudel (y enriquecido por el economista Giovanni Arrighi). Braudel, recuerda Gabellini, creía que las fases de expansión financiera son un síntoma que anuncia el fin de un ciclo hegemónico y la consiguiente reconfiguración del marco geopolítico mundial.

Lo que desencadena la crisis es la intensificación de la competencia intercapitalista que conduce a una disminución de las tasas de beneficio. En tales condiciones, la inversión productiva se vuelve arriesgada, por lo que las empresas del centro dominante tienden a mantener sus ingresos en forma líquida, con efectos devastadores para el empleo, la productividad, la desigualdad social, los ingresos fiscales y el crecimiento económico.

 En este punto, el ciclo sólo puede continuar alimentándose artificialmente (ganando tiempo, en palabras de Wolfgang Streeck), es decir, explotando las finanzas como instrumento de estabilización. Pero a largo plazo, la disminución de la inversión productiva socava la innovación tecnológica, fomentando la salida de la liquidez acumulada en el centro hacia las naciones emergentes que ofrecen mayores rendimientos. Como veremos más adelante, esta "fase terminal" ya comenzó a finales de los años sesenta y setenta 

(...) pero antes de llegar a ella veamos las etapas anteriores.

En la segunda mitad del siglo XIX estaban madurando las condiciones que en pocas décadas harían perder a Gran Bretaña su papel de centro hegemónico. Como el saqueo de las colonias (en primer lugar la India) acentuó las connotaciones comerciales y financieras del capitalismo británico, desincentivando la inversión en innovación tecnológica, Gran Bretaña perdió el autobús de la Segunda Revolución Industrial, en el que viajaban Alemania y Estados Unidos.

 La Primera Guerra Mundial iba a decidir cuál de las dos posibles nuevas naciones hegemónicas se haría con el poder. Alemania parecía tener la sartén por el mango, pero como su creciente poderío económico y militar amenazaba la hegemonía naval de Estados Unidos y Gran Bretaña y la telúrica de Francia y Rusia, se encontró con que tenía que enfrentarse a las cuatro potencias al mismo tiempo y salió con los huesos rotos.

Por otra parte, Estados Unidos salió triunfante del conflicto, tanto porque había acumulado enormes créditos con sus aliados como porque la guerra había dado un fuerte impulso a su ya poderoso aparato industrial. La utopía "pacifista" del presidente Woodward Wilson, que pretendía dar a su país el papel de gran mediador/coordinador de un nuevo orden económico mundial, fracasó debido a la oposición del Congreso, que no quiso renunciar a sus créditos de guerra (y más aún de los aliados europeos, que hicieron recaer la carga sobre Alemania, ignorando las advertencias de Keynes). 

El modelo económico de la potencia emergente se basa en gigantescos trusts verticales con gestión burocrática, esos barones ladrones que, habiendo heredado la vocación especulativa de las empresas que en el siglo XIX habían construido la red ferroviaria entre los dos océanos, acabarán creando las condiciones de la Gran Crisis de 1929.

 El giro del New Deal hacia el estatismo y la autosuficiencia, inspirado por el temor a que la inmiseración de las masas alimentara la tentación de imitar la Revolución Rusa de 1917, amortiguó la crisis pero no la resolvió: En 1939, Estados Unidos producía más medios de transporte, acero, aluminio y petróleo que todas las demás potencias juntas, por lo que se convirtió en el proveedor de los beligerantes incluso antes de que éstos entraran en acción (Arrighi sostiene que los años que van de 1914 a 1945 deben considerarse como una única gran guerra, asociada a una crisis económica ininterrumpida que sólo se resolvió con la Segunda Guerra Mundial).

El alcance del traspaso entre Gran Bretaña (agotada por el conflicto, como las demás naciones europeas) y Estados Unidos (que, por otra parte, reabsorbió los diez millones de parados generados por la Gran Depresión y distribuyó sustanciales aumentos salariales, recompactando la sociedad, como demuestran las compras masivas de bonos del Estado para financiar la guerra) se mide por el contenido de los acuerdos de Bretton Woods. 

Mientras Keynes proponía la introducción del bancor, una moneda internacional que serviría como unidad de cuenta y medio de pago, pero no como depósito de valor, EE.UU. impuso un régimen que vinculaba el dólar al oro (35 dólares la onza) y ataba la moneda estadounidense a las demás según tipos de cambio fijos.

 Al mismo tiempo, los acuerdos del GATT crearon las condiciones de un nuevo mercado mundial sin protección aduanera y arancelaria, ofreciendo a las empresas estadounidenses la oportunidad de aumentar sus exportaciones e importar materias primas baratas del Tercer Mundo (que estaba experimentando una rápida descolonización bajo la presión de Estados Unidos, que se preparaba para "desmantelar" el Imperio Británico e integrarlo en su esfera de influencia).

 Finalmente, bajo las presidencias de Truman y Eisenhower, se inició la Guerra Fría contra el antiguo aliado soviético, presentado ahora como el mal absoluto y cuyo poder militar e intenciones agresivas se exageraron arteramente (una historia que se repite hoy ante nuestros ojos), un contexto que actúa como caldo de cultivo para la construcción de ese poderoso complejo militar industrial (con generales, gestores y políticos intercambiando papeles en un juego de "puertas giratorias") que aún ocupa la cúpula del gran gobierno. 

Mientras tanto, el sistema de "ayuda" a los países europeos y del Tercer Mundo (gestionado respectivamente a través del Plan Marshall y del FMI) creó las condiciones para esa "economía de la deuda" que iba a servir como arma estratégica para mantener la hegemonía absoluta sobre amigos y aliados.

Fue la guerra de Vietnam la que inició la fase en la que las contradicciones del modelo de acumulación centrado en la hegemonía estadounidense se hicieron más acuciantes, y no es casualidad que el "vientre" del libro de Gabellini se centre en esta fase: doscientas páginas llenas de análisis detallados de las distintas ramas en las que se articula la crisis. A partir de aquí, dado el limitado espacio disponible para una larga reseña, me veré obligado a dejar de lado muchos temas y a centrarme sólo en algunas cuestiones. 

La peor consecuencia del desastroso resultado de la guerra fue, además de la pérdida de prestigio político y militar, el asombroso aumento del déficit público y el desequilibrio de la balanza de pagos, que provocó una salida masiva de oro hacia Europa y Japón. La administración Nixon reaccionó ante el primer reto explotando el conflicto entre China y Rusia, es decir, reconociendo a Pekín para intensificar las maniobras de asedio/encierro contra Moscú (que culminarían diez años después con el apoyo a los muyahidines contra el gobierno afgano prosoviético); se enfrentó al segundo reto descargando los costes de la guerra sobre Japón y Europa. 

Pero, sobre todo, para evitar el riesgo de que el creciente desequilibrio de la balanza de pagos indujera a algunos bancos centrales a exigir a Washington la conversión en oro de sus reservas de divisas preciosas, se adelantó al repudiar unilateralmente los acuerdos de Bretton Woods.

 El fin del patrón oro permitirá a Estados Unidos realizar inversiones ilimitadas en el extranjero sin pagar el precio. Estados Unidos adquiere el poder de imprimir dólares ilimitados hasta el punto de poder transformar su deuda nacional en reservas de divisas de otros países, evitando así la necesidad de acumular ahorros en casa. Al mismo tiempo, el nuevo sistema monetario internacional crea las condiciones para una orgía especulativa de proporciones colosales, para la invención de nuevos instrumentos financieros de alto riesgo y para el debilitamiento de la capacidad de los Estados capitalistas para controlar la regulación del dinero mundial.

El segundo acto de esta marcha hacia una completa financiarización de la economía coincide con la forma en que Estados Unidos gestionó la crisis del petróleo de la década de 1970. La montaña de petrodólares recaudada por los países productores se canalizó hacia los países deficitarios a través de los bancos de Wall Street, mientras las compañías petroleras norteamericanas obtenían beneficios suficientes para desarrollar nuevas técnicas de perforación.

Hemos llegado al umbral de la contrarrevolución neoliberal que se inició a principios de los años 80 a raíz de las crisis del petróleo. Fueron los años del giro monetarista hacia la estabilidad de precios y la contención salarial a través de altas tasas de desempleo. Se dejó de lado el principio del equilibrio de las cuentas exteriores y se retiraron las políticas expansivas, por no hablar de la bajada de impuestos a las rentas altas y a las empresas.

 La desregulación, la externalización y el traslado de la producción al Tercer Mundo avanzan: las empresas estadounidenses se centran en su actividad principal y subcontratan todo lo demás. El resultado fue un rápido proceso de desindustrialización, que aumentó el cinturón de óxido en los estados centrales, generando una desertización urbana y un aumento de la delincuencia y la drogadicción. 

Fueron también los años en que la Trilateral publicó su informe sobre los límites de la democracia, reconociendo la plena legitimidad del proyecto oligárquico que el gurú del neoliberalismo von Hayek ya había previsto en la época de la Primera Guerra Mundial. Mientras tanto, se anima a los ciudadanos estadounidenses a endeudarse para comprar casas, coches, electrodomésticos y otros bienes de consumo.

Gabellini también analiza el impacto del colapso soviético en esta globalización a la americana, aunque aquí me limitaré a mencionar un aspecto específico de esta fase inicial de la transición a un mundo unipolar (destinada, a pesar de los deseos de Fukuyama, a ser efímera): a saber, la superación de la lógica bipolar de la Guerra Fría, que significa que los aliados políticos y militares de Estados Unidos son ahora sus rivales económicos. 

Los estadounidenses reaccionaron a la penetración de europeos y japoneses en sus mercados (facilitada por el proceso de desindustrialización) con ataques especulativos. El primero en sufrirlo es Japón: cuando el Banco Central nipón pone en marcha una contracción del crédito para evitar el recalentamiento de la economía, Wall Street lanza un ataque especulativo que empuja al país asiático a una espiral deflacionista que provocará un estancamiento de diez años. Luego le tocó el turno a Europa: la ofensiva contra la pyme eligió como principal objetivo el débil eslabón italiano, para dejar claro que no se tolerarían las ambiciones de sustituir el dólar por el euro como moneda reina.

Pasaré por alto el análisis de Gabellini sobre los efectos de la nueva crisis del petróleo asociada a la segunda guerra del Golfo para llegar a la tercera -y decisiva- etapa del proceso, caracterizada por la revolución digital y la utopía de la Nueva Economía. Las nuevas tecnologías tienen el efecto de un potente multiplicador de todos los procesos expuestos hasta ahora.

 Las redes informáticas están integrando los mercados financieros del mundo y aumentando la velocidad de las transacciones hasta niveles increíbles, mientras que la inteligencia artificial está automatizando las elecciones y las decisiones y desarrollando modelos de evaluación de riesgos que fomentan las ilusiones de omnipotencia (además de repartir inmerecidos premios Nobel de economía).

 Los mitos de Silicon Valley prometen una riqueza ilimitada para todos (una promesa que sólo se hace realidad para un puñado de directivos del sector), y garantizan el triunfo del capital sobre todos los límites espacio-temporales. Así, las multinacionales (y no sólo las informáticas) reniegan de la lógica territorial a la que se había anclado durante mucho tiempo el poder de la nación norteamericana y extienden sus cadenas de suministro por todo el mundo en busca de mejores ventajas comparativas, emigrando a Asia, pero sobre todo a China, que en pocos años se convirtió en la "fábrica del mundo", mientras Estados Unidos completaba su transformación en una economía desindustrializada basada en la acumulación financiera.

Mientras la izquierda posobrera se deslumbra con la "desmaterialización" del trabajo y sueña con los magníficos destinos y progresiones de los trabajadores del conocimiento (para lo que les remito a algunos de mis trabajos), la realidad es la del empobrecimiento de grandes masas de ciudadanos, el empobrecimiento del aparato productivo del país, cada vez más dependiente de los proveedores extranjeros (también para componentes cruciales desde el punto de vista militar) y el asombroso aumento de la desigualdad (la relación entre los salarios de los directivos y los trabajadores en 1998 es de 419: 1).

 El precio de la desindustrialización asociado a la apuesta por la imbricación de las finanzas y la revolución digital salió a la luz cuando, tras alcanzar el pico de euforia en 1999, el NASDAQ se desplomó de forma desastrosa a principios de 2000. Pero la burbuja financiera no se desinfló hasta 2007/2008, cuando estalló la burbuja inmobiliaria, alimentada por la deuda privada asociada a los títulos de alto riesgo.

Ninguno de los responsables pagará porque, mientras tanto, la desregulación ha fomentado un proceso masivo de concentración bancaria, dando lugar a conglomerados "demasiado grandes para caer", sobre los que el gobierno dejará caer una lluvia de billones para permitir que sobreviva un modelo de acumulación en decadencia.

Durante décadas, escribe Gabanelli al resumir su reconstrucción, el mecanismo ha funcionado gracias a la repetición de los "ciclos del dólar", es decir, la alternancia de fases prolongadas de debilidad de la moneda con intervalos más cortos de fortalecimiento de la misma, una estrategia que ha permitido a Estados Unidos regular sus cuentas exteriores a voluntad, inundando y privando de capital a los países extranjeros mediante la manipulación del tipo de interés. 

Todo ello ha ido acompañado de la constante expansión del presupuesto del Pentágono, la proliferación de "operaciones policiales" internacionales y otros despliegues musculares para obligar a los países en desarrollo y a otras naciones industrializadas a acumular reservas de dólares y a invertir en los circuitos de Wall Street y en los bonos del Tesoro de Estados Unidos (un mecanismo típicamente mafioso, por el que, bromea Gabellini, "los que ofrecen protección son los propios autores de la amenaza, que exigen el pago del dinero de la protección para perpetuar su función parasitaria"). Sin embargo, el sistema se rompe cuando las turbulencias generadas por una estructura lastrada por la hipertrofia financiera hacen inmanejable este instrumento de destrucción de las economías rivales. 

Así, Estados Unidos se encuentra transformado en una especie de "estructura feudal moderna", en el centro de un proceso de polarización entre una plutocracia de súper ricos y una plebe empobrecida y debilitada que expresa su ira, primero votando a Trump, y luego asaltando el Capitolio el 6 de enero de 2021.

Ahora el peligro es que, para perpetuar su hegemonía, Washington no tiene más remedio que hacer la guerra contra un enemigo exterior para recuperar la cohesión interna. ¿Qué mejor candidato podría haber que una China que, mientras Washington perdía cada vez más terreno, acumulaba suficiente poder económico, político, tecnológico y militar como para ser candidata al papel de nueva nación hegemónica? (...)"                (Carlo Formenti, Sinistrainrete, 2o/01/22; traducción DEEPL)

14/10/21

Viaje a la Francia tenebrosa del nazismo y el colaboracionismo... Burdeos fue uno de los lugares de Francia que más colaboró con los nazis y ha padecido lo que yo denomino una amnesia organizada... El alcalde de entonces, Adrien Marquet, fue abiertamente colaboracionista y en el despacho del comisario de policía Pierre Poinsot se torturaba sistemáticamente a los judíos o a los miembros de la Resistencia para ayudar a la Gestapo... Las grandes familias burguesas vinícolas también frecuentaban los cócteles de las autoridades nazis... estos traumas históricos no se liquidan jamás

 "El escritor de novela negra Hervé Le Corre, de 66 años, se acerca a un callejón que hace curva en la parte vieja de Burdeos, su ciudad natal y en la que ha vivido siempre. Se para junto a un edificio abandonado. En el segundo piso hay un letrero luminoso antiguo, de los años cincuenta o sesenta, que dice “Hôtel Les voyageurs” (Hotel Los viajeros). Le Corre señala: “Ahí”. Y añade: “Yo venía a este barrio de joven porque un amigo mío vivía cerca. Era, por entonces, una zona peligrosa, con gente del hampa, y me atraía mucho. 

Por eso situé aquí, en ese hotel, el arranque de Después de la guerra. Me alegro de que, al menos, el letrero aún perdure. Es un buen nombre para un hotel, ¿no?”. La novela, publicada recientemente en la colección Roja y Negra por Reservoir Books, discurre casi enteramente en esta ciudad, se circunscribe a un año, 1957, particularmente convulso de la historia de Francia —y de Burdeos— y aborda dos elementos aún traumáticos para los franceses: el colaboracionismo y la guerra de Argelia.

En el hotelucho en cuestión donde empieza la historia unos policías corruptos, que en su tiempo ayudaron a los nazis a perseguir judíos y miembros de la Resistencia, interrogan a un pobre diablo que esconde una información que escupe a palos. A partir de ahí se desarrolla una trama violenta en la que confluyen las venganzas personales y las heridas históricas que nunca acaban de cerrarse y que son consecuencia de que una parte de la sociedad ayudó al peor enemigo en el peor momento. Por ahí desfilan soldados de la guerra de Argelia, policías depravados, exiliados españoles de la Guerra Civil, víctimas escapadas de un campo de exterminio, nazis ocultos, luchadores de la Resistencia y simples colaboracionistas.

 Le Corre tuvo muy claro dónde situar la acción. Y lo hizo por dos razones: “La primera, porque, al ser yo de aquí, todo me era más cómodo”. La segunda es más importante: “Burdeos fue uno de los lugares de Francia que más colaboró con los nazis y ha padecido lo que yo denomino una amnesia organizada. Esto lo dejó patente el estudio del comercio de esclavos —origen de la prosperidad de la ciudad—, que ha sido siempre muy difícil porque los archivos personales de las grandes familias burguesas siempre estaban ocultos. 

Y con lo que ocurrió en la II Guerra Mundial pasa lo mismo. El alcalde de entonces, Adrien Marquet, fue abiertamente colaboracionista y en el despacho del comisario de policía Pierre Poinsot se torturaba sistemáticamente a los judíos o a los miembros de la Resistencia para ayudar a la Gestapo. Las grandes familias burguesas vinícolas también frecuentaban los cócteles de las autoridades nazis. Además, aquí no hubo ninguna liberación de la ciudad. Simplemente, el ejército alemán se retiró. Y después se corrió un manto de silencio”.

Cuesta imaginar todo eso hoy, en esta animada y bella ciudad atravesada de tranvías y de calles peatonales, llena de bicicletas y de restaurantes al aire libre. Le Corre es un estupendo guía, y rescata de cada esquina o de cada portal una historia de resistentes traicionados o de colaboracionistas que a última hora se pasaron al bando bueno simplemente porque intuían que también era ya el bando vencedor.

“A los burgueses no les interesaba hablar, estaban demasiado implicados, los comunistas eran partidarios también de mantener aquello de que la Resistencia había ganado la guerra y la historia. De Gaulle fue partidario de dejar a jueces, policías y funcionarios en sus puestos, sin preguntar mucho a fin de que el Estado se volviera a poner en marcha sin demasiada interrupción, aprovechando la inercia, sin perder tiempo, ya que tenía miedo de que el Estado colapsara y fuera a parar a manos precisamente de los comunistas”.

 Para este escritor, que tiene publicadas en España, en la misma colección, otras dos obras, estos traumas históricos no se liquidan jamás. “Es normal que los momentos trágicos sigan suscitando polémica. Entre otras cosas, porque hay tendencias políticas que los retroalimentan. En Francia, por ejemplo, la extrema derecha, que es muy poderosa, sostiene que aquel periodo no fue tan negativo ni tan malo, defiende al mariscal Pétain y fomenta una especie de racismo antiárabe y antinmigración que nació en la guerra de Argelia. Hay un racismo poscolonial que aún está vivo, que aún perdura en el debate político”.

Le Corre fue durante toda su vida, hasta su jubilación, profesor en un colegio público de Francés y de Literatura francesa. Y siempre persiguió inculcar a sus alumnos, además de la gramática y de la indigesta ortografía francesa, el principio del placer ante la lectura. Él mismo lo sigue antes de embarcarse en cada libro: “A mí me encanta sumergirme en una época, aprenderlo todo. Disfruto muchísimo haciéndolo. Soy soldado o miembro de la Resistencia, sin padecer ningún riesgo. Esto no tiene precio. No creo ni en la literatura comprometida ni en la utilidad práctica de las novelas. Sí en su disfrute”. Recuerda, a propósito de eso, el día en que un alumno le pidió prestado el primer tomo de una novelota de 650 páginas de la que él había hablado en clase y que a los pocos días, tras devorarlo, le pidió el segundo. Al entregárselo, dice, se sintió orgulloso de sí mismo y de su tarea.

El personaje principal de la novela es un policía corrupto, egoísta, violento, cruel, colaboracionista sin ideología y arribista experto en saltar de un régimen a otro amparándose en sus contactos y en su puro egoísmo. “Hay muchos como él en la historia. Hay por todos lados. Y gracias a ellos, a los egoístas, las dictaduras prosperan. Son gente comprometida solamente con sus intereses personales y por eso se convierten en los mejores aliados de los totalitarismos”.

 Remarca la presencia de lo español en Burdeos (y por lo tanto, en la novela). Y señala que esta ciudad del sur de Francia se convirtió, tras la Guerra Civil, en un refugio para los exiliados republicanos. Después recuerda que la primera manifestación a la que acudió en su vida, en 1972, fue una convocada por españoles contra Franco. Y añade: “Aquí, cuando mataron a Carrero Blanco, se celebró en la calle, se bebió en la calle y se bailó. Yo eso lo he visto”. Después vuelve a recordar: “Había un vieux anarch, un viejo anarquista que se llamaba Sánchez que nos dejaba usar su linotipia para imprimir panfletos nuestros...”.

Pasan entonces por la calle unos chicos de 12 o 13 años jugando entre ellos y Le Corre se queda mirándolos y parece que está recordando más cosas de su juventud. Pero no: “No lo echo de menos, pero, ¿sabe? Ser profesor de chicos de esas edades era un trabajo fenomenal”.              (Antonio Jiménez Barca, El País, 10/10/21)

8/11/17

El cambio medular de la modernidad tiene que ver con la subordinación de todas las relaciones sociales al sistema mercantil

"(...) Me gustaría comenzar preguntándole por la idea en disputa de “modernidad”, que se vincula con la subordinación de las formas de vida a determinadas relaciones comerciales.ç

(...)  La modernidad es esa época en la que, de alguna manera, la ruptura histórica se normaliza y se incorpora a la vida cotidiana. Ser moderno es estar inmerso en esa sensación de cambio permanente y acelerado, esa sensación de que algo siempre está a punto de pasar.

 Es un asunto que captaron muy bien autores como Rousseau o Hegel y eso es lo que hace que nos sigan resultando tan elocuentes. Así que hablar de una única ruptura de la modernidad respecto a otros períodos es muy arriesgado. Dicho esto, me parece razonable la idea, aproximadamente marxista, de que el cambio medular de la modernidad tiene que ver con la subordinación de todas las relaciones sociales al sistema mercantil. 

Otros rasgos sociales o culturales de la modernidad han estado presentes al menos hasta cierto punto en otras sociedades. Hubo precedentes exitosos de la Ilustración moderna, por ejemplo, en la Atenas clásica. Del mismo modo, las experiencias políticas y culturales de democratización son muy numerosas. 

En cambio, no ha existido nada parecido al proceso de subordinación al mercado de todas las relaciones sociales típico de nuestro tiempo. No hay sociedades en las que la institución del mercado se haya apoderado de esta manera del resto de relaciones sociales. Y esta subordinación ayuda a explicar las características y limitaciones de otros rasgos de la modernidad.

 Me refiero a que permite entender por qué la Ilustración y los procesos de emancipación han sido como han sido y han llegado hasta donde han llegado. Así que, aun sabiendo que es reduccionista, me parece que hay un importante poso de verdad en la idea de que la modernidad es, en primer lugar -como decía Marx al principio de El capital-, una sociedad de mercado.

 Por eso también el dominio patriarcal es más complejo en nuestro tiempo que en otras épocas, pues mantiene una relación de congruencia con el capitalismo pero no se reduce a él. (...)

Resulta difícil no sentir que hay algo monstruoso e inhumano en la sociedad en la que vives cuando no tienes tiempo para cuidar de un familiar enfermo porque tienes que dedicar tus energías a un trabajo precario absurdo y socialmente superfluo.  (...)"             (Entrevista a César Rendueles, Andrés Carretero, CTXT, 29/10/17)

26/1/17

'Bueno, ¿y ahora quién limpia la comuna?' Obviamente, tu novia...

"(...) Escribe sobre cómo a su generación se le ha enseñado que el feminismo es algo que “ya pasó”. ¿Cómo es posible que las mujeres no sean completamente libres en lo relativo al sexo y al amor, después de la revolución de los 60?

Esa revolución sexual tuvo muchas limitaciones. Creo que fue una revolución negativa, en el sentido de que se centró en destruir ciertas normas sociales. Eso no es malo, pero es insuficiente. Se destruyeron ciertas formas o restricciones que era necesario destruir para avanzar en la libertad de todos, pero no se hizo suficiente hincapié en la persistencia de ciertas dinámicas de género.

 Dentro del Summer of Love, hubo quien se preguntó: 'Bueno, ¿y ahora quién limpia la comuna?' Obviamente, tu novia. Quizá sea yo la anticuada, pero creo que mucho de esto tiene que ver con las condiciones materiales. Las mujeres siguen ganando mucho menos que los hombres. En una sociedad sin apoyo social o del Estado para criar a los hijos, las consecuencias recaen desproporcionadamente en las mujeres. 

Si te limitas a eliminar todas las reglas del momento, dejando intactas las desigualdades estructurales preexistentes, terminas en una situación en la que todo el mundo tiene la libertad de usar a todo el mundo. 

Pero, precisamente por las desigualdades preexistentes, eso quiere decir que algunos tienen más libertad para usar a los demás que otros. La generación de los hombres del 68 se limitó a vivir las fantasías Playboy de sus padres reprimidos. Hay que abolir el género. (...)"                    (Entrevista a Moira Weigel, Álvaro guzmán Bastida, CTXT, 17/01/17)