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21/4/23

Recuerdos de Charles Simic... Lo que impulsaba a escribir al autor estadounidense de origen serbio, fallecido el día 9, era la confluencia de la banalidad y el espanto, tal vez la lección principal que había aprendido de todos los avatares de su vida

 "Alguna utilidad práctica tiene la literatura: Charles Simic ha muerto, en estado de demencia, en un asilo de ancianos, pero el fulgor y la negrura de sus recuerdos se preservan intactos en los poemas que escribió, en sus cuadernos de apuntes, en sus libros de memorias, en los que no hay ni rastro de languidez o de complacencia en el pasado, sino una voluntad testimonial concentrada en la observación de los detalles que revelan las tragedias del mundo, algunas de las cuales él presenció con sus ojos de niño. Hombre irónico y amante de los placeres de la vida, Simic detestaba todas las generalizaciones y las grandes palabras, todas las teorías, todas las utopías, todas las obsesiones de pureza. 

La risa, la comida, la pasión erótica, eran para él afirmaciones de la vida tan sustanciales como la poesía, e inseparables de ella. En uno de sus poemas más conocidos, Dos perros, Simic rememora la entrada de los soldados alemanes en Belgrado, en 1944, cuando él tenía seis años. Jordi Doce, que ha hecho más que nadie por difundir la obra de Simic en español, traduce así: “El modo en que todos nos quedamos en la acera / mirándolos con el rabillo del ojo, / el temblor de la tierra, / el paso de la muerte…”. Entonces un perrillo blanco aturdido se enreda entre las botas negras que desfilan: “Una patada lo hizo volar como si hubiera / tenido alas. Eso es lo que ahora veo”.

Lo que Simic había visto en los años de la guerra y en los del destierro que vinieron después parecía que siguiera viéndolo cuando lo rememoraba en voz alta, sonriendo, sin drama, incluso al contar hechos atroces, en un almuerzo que compartí con él y con una querida amiga editora, Drenka Willem, en Nueva York, hace más de diez años. Drenka era de origen serbio, como él, y venía de una historia personal todavía más trágica. Simic pasó la guerra en Belgrado, bajo el terror doble de los ocupantes alemanes y de los bombardeos de los presuntos liberadores aliados. 

Drenka, que vivía en Croacia, vio cómo los fascistas croatas apoyados por los alemanes perseguían a las personas de la minoría serbia con la que hasta entonces habían convivido. En aquel restaurante, festivo y ruidoso en el mediodía de Manhattan, las voces de Charles Simic y de Drenka Willem revivían para mí hechos espantosos que por mucho tiempo que hubiera transcurrido no se desdibujaban piadosamente en el pasado. Una noche, recordaba Drenka, a la hora de la cena, llamaron con urgencia a la puerta de su casa. Sentados a la mesa junto a ella estaban sus padres y su hermano mayor. Quienes llamaban eran unos vecinos croatas a los que conocían de toda la vida, y con los que habían tenido siempre un trato cordial. Ahora venían con uniformes, y armados. Se llevaron al padre y al hermano y Drenka no volvió a verlos vivos.

Quienes han sido víctimas de verdad no incurren nunca en el victimismo. Drenka y Simic, los dos con aire joven y con el pelo blanco, los dos con un acento balcánico que embellecía su inglés con un matiz de extranjería incurable, compartían la añoranza de una Yugoslavia que quizás habría sido posible, y hacia la que profesaban una especie de distante lealtad, hecha sobre todo del asco hacia los nacionalismos que habían vuelto a despedazar el país en los primeros años noventa y a sembrarlo de nuevo de verdugos y víctimas. Haberse hecho vidas plenamente americanas nos los privaba a ninguno de los dos de un desapego irónico hacia Estados Unidos, lo cual no interfería con una franca gratitud hacia el país que los había acogido cuando los dos formaban parte de la inmensidad de los desterrados que pululaban por Europa al final de la guerra. Simic, que no hablaba inglés cuando llegó a Chicago con 14 años, había sido Poeta Laureado y ganado el Pulitzer.  

Drenka era la gran editora de la literatura europea en Estados Unidos. Compartían el amor por la literatura y por la buena vida, el júbilo tranquilo de sus almuerzos de viejos amigos, el aprecio a conciencia de un buen poema o una buena página de prosa y el de un vaso de vino tinto y una comida sabrosa: también la burla balcánica de lo demasiado serio, y esa distancia íntima hacia la vida americana que va creciendo misteriosamente y no atenuándose con el paso de los años para el europeo emigrado.

Drenka estaba orgullosa de haber hecho sitio en una buena editorial para los poemas de Simic. Fue a través de ella como yo pude conocerlo, aunque había asistido a algunas de sus lecturas, y observado de cerca su manera de decir los poemas, acentuando la simplicidad de la superficie, su aliento de misterio, sus quiebros de burla, su ir y volver permanente entre la belleza y la sordidez, entre la amnesia publicitaria y comercial del presente en América y aquella oscuridad de una historia trágica vivida en primera persona. 

La mirada de Simic es la del emigrante que hace suyo lo más irreductible y lo más peculiar del nuevo país y que por más que lo conoce nunca deja de apreciar su rareza: los neones averiados de los hoteles de última categoría, las cucarachas en la cocina, los locos callejeros y los predicadores del Juicio Final, los barrios de casas bajas y jardines en los que no se ve a nadie de noche, los titulares en letras grandes de los tabloides de supermercado que anuncian el nacimiento de un niño con dos cabezas o el aterrizaje de una nave extraterrestre, los escaparates encortinados y con luces malva de las consultas de videntes. Su simpatía está siempre con los inútiles y los enajenados, los expulsados, los que no encajan, los que sobran.

La prosa memorial o reflexiva de Charles Simic es tan afilada y tan certera como su poesía. Habiendo sobrevivido a la marea totalitaria de Europa, las nuevas formas aguadas pero eficaces de dogmatismo y censura y tiranía identitaria que empezaban a emanar de las universidades americanas, como escapes de sustancias nocivas de una planta química, desataban su instinto de rebeldía personal, de defensa irreductible de la libertad de espíritu y de la supremacía de la imaginación. Toda forma de sumisión del individuo a una comunidad abstracta merecía su desprecio: “Vinimos a este país huyendo de nuestras identidades colectivas y los multiculturalistas quieren volver a encerrarnos en ellas”. En la New York Review of Books escribía de literatura y de política con la misma vehemencia.

 La invasión de Afganistán y luego la de Irak, las torturas en Guantánamo y en Abu Ghraib, lo escandalizaban todavía más porque le hacían revivir los terrores de su infancia, la crueldad virtuosa de los que destruyen países y arrasan ciudades con la coartada de ideales nobles, con el auxilio desvergonzado de la mentira y el crimen. Además del absurdo y la belleza de lo inesperado, y lo irreductible de la alegría, lo que impulsaba a escribir a Charles Simic era la confluencia de la banalidad y el espanto, tal vez la lección principal que había aprendido de todos los avatares de su vida. Lo dice en un fragmento del que sin duda es uno de sus mejores libros, The Monster Loves His Labyrinth: “Torturadores con caras de felicidad, hacéis que un prisionero esté desnudo y de pie y atado con cables eléctricos como un árbol de Navidad mientras nosotros nos bebemos una cerveza, con un ojo en el televisor, el otro en el camarero que nos sirve otra ronda”.                  (Antonio Muñoz Molina , El País,  14/01/23)

20/3/23

Critico a las mujeres blancas que han escrito sobre varios tipos de agresión sexual, que lo cuentan todo en ese tono casi religioso… Claro, el horror es el horror, pero si hay algo que nos ayuda a sobrevivir es el humor. Tú no tienes que usarlo si no quieres, pero no me digas a mí que no lo utilice, ¿sabes? En este libro explico cómo en las culturas de donde provengo el humor es esencial para sobrevivir a lo peor... La autora chicana publica en español ‘Mala onda’, una novela de no ficción en la que reflexiona sobre su vida tras sufrir una violación

 "Myriam Gurba me recibe virtualmente en su cocina de California. Se acaba de despertar. Al fondo veo a un perro que pasea a sus anchas y, de vez en cuando, aparece también su actual pareja: “¿Tú has estado en España, verdad?”, le pregunta ella. Oigo un grito a lo lejos: “Sí, ¡en Madrid y en Barcelona!”. Nos reímos. Maldecimos a una antigua profesora suya que penalizaba a los alumnos que utilizasen vocabulario latinoamericano: “Me puso un notable en vez de un sobresaliente, ¡y yo hablaba español en casa!”. De madre mexicana, Gurba se ha convertido en una de las voces chicanas, queer y multirraciales más importantes de la literatura estadounidense. En su tercer libro, Mean (2017), recupera la agresión sexual que sufrió a manos de Tommy Martínez, quien además asesinó a Sophia Castro Torres. Ahora la editorial Tránsito acaba de publicarlo traducido con el título de Mala onda. Hablamos sobre esta obra, la violencia de género, el racismo, sus próximos proyectos…

El libro se llama Mala onda en español, pero el título original es Mean. Enfatizas mucho el querer “ser mala”, ¿por qué?

Mean tiene muchas definiciones en inglés que no se traducen bien a español. La más próxima quizá sería “crueldad”, pero no es lo mismo, porque ser cruel es más fuerte… Pero hay otra razón para elegir ese título, y es que en inglés también es un verbo, “to mean”, en la acepción de darle significado a algo, de que algo tiene sentido [lo aclara en español]. Así que en inglés el título funciona de dos maneras: como una crueldad ligera, y como dar sentido. Por una parte, la crueldad es parte de la vida, ¿no? Y yo la ejerzo de varias formas en estas memorias, pero la última crueldad es la que comete mi perpetrador. Estoy invitando a mis lectoras a considerar los diferentes tipos de crueldad, sopesarlos y valorarlos. Y luego, claro, estoy intentando encontrarle un significado a lo que me sucedió, porque muchas mujeres que hemos sido violadas al final nos preguntamos: ¿para qué sirve mi vida si sufro esto? Mean es mi tentativa de construir significado con lo que ocurrió en un sentido literario.

La verdad es que fue interesante leerlo en español. A veces, intentaba descifrar el inglés de debajo pero, al mismo tiempo, me di cuenta de que la traducción estaba adaptada a un público mexicano, y me tocaba navegar por esa riqueza lingüística…

Claro, es que la traductora [Elisa Díaz Castelo] es mexicana.

Mi pregunta entonces es… ¿cuál es tu relación con el español como lengua literaria? Hay palabras escritas directamente en este idioma; estoy segura de que se pierden matices en la traducción, pero aun así se nota la mezcla.

Pues yo no quería escribir un libro en spanglish, ésa no era mi intención. De hecho, cuando empecé Mean ni siquiera quería escribir un libro; creía que estaba haciendo experimentos personales que no saldrían del ámbito privado. Pero luego noté que se estaba convirtiendo en algo más grande y, conforme narraba mi infancia, me di cuenta de que sería estúpido contarla exclusivamente en inglés, porque yo no tengo una mente monolingüe. Quería que la gente se adentrase en mi conciencia, pero mi conciencia es políglota, así que debía invitar al lector a este modo de pensar en dos idiomas, sin costuras. E hice algo inusual en el mundo del libro anglófono, y es que hay fragmentos que aparecen en español, sin cursivas que indiquen que es una lengua extranjera, sin traducción. Depende del lector darse el trabajo de entender o no, porque hay mucha gente como yo, especialmente en el suroeste de Estados Unidos, que se desliza dentro y fuera de las dos lenguas; hay mucha gente que puede leer así, y habrá más en el futuro.

¿Cómo fue la recepción del libro? ¿Te criticaron por eso?

La crítica no vino por mezclar idiomas sino por el humor. Me dijeron que el humor era inapropiado, que el humor y el horror no deberían ir juntos. Yo creo que el principal problema que tiene la gente con el humor del libro es que existe la expectativa de que las supervivientes, cuando escribimos sobre agresiones sexuales –especialmente sobre violación–, debemos hacerlo según un formato preestablecido. Hay un hábito narrativo que impera y nos dice que contemos el evento como el peor de nuestras vidas, arruinadas por completo, porque ésa es la única forma de provocar compasión. Si muestras resiliencia, si tu sentido del humor permanece intacto, parece que la violación no fue tan mala… Las críticas más duras han sido ésas, al humor.

Me da la sensación de que esa expectativa de la violación y del dolor es muy blanca. El dolor también se racializa y debe ser narrado según ciertos patrones. Sin embargo, en las personas multiculturales, que habitan el cruce entre varias lenguas, el humor puede representar otro universo diferente. No sé si estás de acuerdo conmigo…

Completamente, tanto que acabo de escribir un pequeño ensayo sobre eso para mi próximo libro. Critico a las mujeres blancas que han escrito sobre varios tipos de agresión sexual, que lo cuentan todo en ese tono casi religioso… Claro, el horror es el horror, pero si hay algo que nos ayuda a sobrevivir es el humor. Tú no tienes que usarlo si no quieres, pero no me digas a mí que no lo utilice, ¿sabes? En este libro explico cómo en las culturas de donde provengo el humor es esencial para sobrevivir a lo peor. Nos divertimos con la muerte, su lenguaje es como un juguete, y el humor es también un arma. Una cosa que no se tiene en cuenta es cómo una manera de luchar contra la misoginia es reírse de ella. ¿Qué hace la risa con la persona a la que va dirigida? Los encoge, los achica… Y lo último que quiere un machista es ser “pequeño” [señala la medida con los dedos, carcajea, sonrío…]

Myriam, al principio del libro hay una violación brutal. Luego esto desaparece y sólo retomas el tema muchas páginas después, pero obviamente la lectora es incapaz de olvidarlo y debe convivir con esto durante todo el relato. ¿Por qué este enfoque?

El libro sigue las convenciones narrativas del true crime, aunque también las subvierte. En este género normalmente el narrador empieza con el crimen, y luego te aparta y te lleva de la mano por la historia… Estoy usando ese patrón, pero para darle la vuelta, porque hay elementos ausentes en el género que yo empleo, como fantasmas… Eso es fantasía. Otra razón es que la violencia con la que se abre el libro es la que sufre Sophia Castro Torres, y ella no recibió ningún aviso de que iban a agredirla y asesinarla, ¿verdad? Pues el lector tampoco. Yo quería introducir esta violencia de forma que el lector experimentara la conciencia de la víctima: sin advertencias, surge de la nada, es una emboscada. Cuando lees sobre el asesinato se te queda en la cabeza todo el tiempo; esto es una aproximación al trastorno de estrés postraumático (TEPT), con el que yo vivía. Mientras vas por el mundo viviendo tu vida hay ecos de lo que pasó dentro de ti, así que replico este síndrome para el lector, que lo comparte conmigo.

¿Cómo manejaste el dolor durante el proceso de escritura? ¿Fue difícil, liberador? Dame un adjetivo.

Fue muy estresante, no fue liberador en absoluto [se emociona]. Cuando empecé a escribir el libro yo había acabado de leer algunas memorias sobre el mismo tema y quería intentar un relato propio. Pero tenía TEPT, sin tratamiento, así que, mientras intentaba escribir sobre abuso sexual, agresiones, lo que me encontré fue que me daba ansiedad, entraba en pánico… y descubrí que si utilizaba varios elementos del humor y el surrealismo era capaz de enfrentarme al tema sintiéndome protegida. Una vez que me calmé, pude proceder con el humor como un mecanismo de protección estilística, pero… conforme estaba escribiendo esto, porque me llevó varios años, bueno… una de las ironías es que me quedé atrapada en una relación de violencia doméstica. A esa persona que me metió en la trampa yo le había contado mi historia, y la utilizó para aterrorizarme. Hacía cosas similares a las que había hecho mi violador, para torturarme. Al final conseguí escaparme de esa relación, pero ésa fue la época en que el libro salió, y yo me tuve que esconder para que esa persona no me encontrara, porque cuando abandonas una relación violenta es justo el momento en que es más probable que esa persona te mate, y ya me había dicho que estaba pensando asesinarme… Así que me tuve que esconder y no disfruté nada el lanzamiento de mi libro.

Qué horror. Cuando necesitabas estar más expuesta, hacer presentaciones…

Las cancelé todas. De hecho, acabé traumatizada, porque estaba intentando sobrevivir, seguir viva… Ahora bien, ¡mi próximo libro trata de cómo escribir un libro sobre violencia sexual perpetrada por un extraño mientras tu pareja te quiere matar! [se ríe] Una de las cosas que subrayo es que la violencia que viene de un extraño es terrible, pero muy rara en comparación con la violencia íntima, y lo que pretendo ilustrar es que esa violencia de fuera a la que nos han acostumbrado a tenerle pavor es más pequeña y fácil de aguantar que cuando tienes al agresor en tu puta casa.

Es interesante cómo lo cuentas, porque en Estados Unidos, fuera de los ambientes académicos, no existe la noción de “violencia de género”. Es “doméstica”, pero obviamente esto significa otra cosa. Cuando leí tu libro me pareció una buena manera de empezar a decir que la violencia tiene género; no es casual que las agredidas en tu relato sean siempre mujeres.

Sí, totalmente; el libro va de violencia de género. Como has dicho, ese término no existe fuera de la academia, y a mí me gustaría que se usara en Estados Unidos, y que sustituyese al lenguaje que empleamos al respecto… Aquí hay un falso énfasis en la igualdad, como algo ya se hubiera logrado. Tipo… ¡ah, las mujeres pueden ser las agresoras!, ¡las mujeres también pegan a sus maridos! Claro, cuando estamos intentando defendernos de esos cabrones. Muchas veces se llama a la policía [en casos de maltrato] y actúan como si fuesen dos personas que no saben gestionar su ira, pero ¿quién se está defendiendo de quién? La razón por la que esto ocurre es una opresión de género. ¿Sabes? Valoro mucho que en América Latina el discurso se centre en el género como la causa de la violencia, y la palabra “feminicidio”, que enfatiza el asesinato de una mujer porque es mujer. La gente no quiere hablar de esto en Estados Unidos, pero es una conversación que voy a intentar instigar con mi próximo libro. No hay ninguna epidemia de maridos asesinados, ni centros de acogida para hombres, ¡venga ya! Ni hombres corriendo a protegerse con sus niños. ¡Qué gilipollez! Como ves, me saca de mis casillas [risas].

Vamos a hablar de orientación sexual… Dices que Mala onda no es un libro sobre salir del armario, pero ya desde el principio, cuando relatas tu infancia, dices cosas como: “Me puse a cuatro patas e hinqué las rodillas en el polvo junto a los columpios. Miré el agujero del topo, queriendo deslizar mi puño por ahí”. Mmm… ¿esto no es una declaración de intenciones?

¡Es un libro queer! [Se ríe] Pero intentaba escapar de la idea de que se trata exclusivamente de un libro sobre salir del armario. Durante mucho tiempo en Estados Unidos, si escribías sobre temática gay, estabas obligado a hacerlo contando esta escena reveladora de darte cuenta… y yo nunca he tenido un momento así. Yo creo que fue el resultado de lo que las editoriales elegían publicar, pero yo no quería que la lectora tuviese esa expectativa, porque es un estereotipo. Hay materia queer, LGBT, pero estoy lidiando con muchas más cosas. También es cierto que los libros a los que estaba respondiendo con Mala onda eran muy hetero. Luego está mi propia orientación sexual, y creo que la mejor palabra para describirla es “bisexual”. No me gusta del todo porque sugiere lo binario, pero hago las paces con ella en el sentido de que me atraen los que comparten mi expresión de género y también los que no.

Una última pregunta. Hay un pasaje donde contemplas a varios mexicanos cogiendo fresas y tú te diferencias de ellos. Dices: “Me sentía mal por ser principalmente mexicana y no tener que estar allá haciendo eso”. ¿Por qué te sentías mal?

El libro negocia diferentes manifestaciones de la culpa. La primera es la culpa del superviviente. Sophia Castro Torres murió y yo viví [lo dice en español] ¿Por qué? La razón es el privilegio de clase.

 A mí me asaltaron mientras caminaba hacia el trabajo de mi madre, a las dos de la tarde, en la ciudad, en frente de una casa de un barrio residencial… Habría sido muy inoportuno asesinarme allí, pero Sophia no tenía casa [en español], era una sin techo, y estaba andando a las dos de la madrugada. Es oportuno matar a una mujer sin casa a las dos de la madrugada. El privilegio de clase es lo que me salvó la vida, y fue la pobreza lo que posibilitó que el asesino matara a Sophia. En el libro medito sobre esa abundancia en mi vida que ella no tenía, sobre esa injusticia… Así que reflexiono sobre la culpa y la diferencia de clase respecto a otros miembros de la diáspora mexicana. Pero también comparto muchas ideas sobre raza. Una de las cosas que ocurre en California es que a los mexicanos se nos racializa independientemente de nuestros rasgos. Quizá en México tienes el privilegio de ser huerita [blanca], pero eso no te lo traes a Estados Unidos. Y, mira, en torno a este debate siempre hay alguien que suelta: “Mexicano es una nacionalidad, no una raza”. ¡Pues ve y díselo a los racistas! Seguro que dejan de serlo cuando escuchen esa distinción, ¡ja! Realmente me molesta. Una definición de racismo que es bastante exacta es la de Ruth Wilson Gilmore: “La vulnerabilidad diferenciada de un grupo respecto a la muerte prematura”. Es decir, un grupo señala a otro y dice: “Está bien que mueran pronto”. Es muy sucinta, aquí no hablamos de apariencia física, idioma, etcétera. simplemente de quién muere antes de tiempo, porque eso es lo que hace el racismo, te acorta la vida, te inhabilita, te aniquila."             (Azahara Palomeque  , La Marea, 16 marzo 2023)

6/3/23

La risa, como una de las más bellas expresiones de nuestra libertad de pensamiento, siempre es doblemente sospechosa y censurable... Si nos quieren deshumanizar deben castrar nuestra capacidad de reír al lado del prójimo. ¿Será una casualidad que entre las palabras ‘humor’ y ‘amor’ haya solo dos letras de diferencia y mil similitudes? Es imposible odiar a alguien quien ríe contigo de los mismos chistes. Nuestro porfiado sentido del humor puede ser visto como un arma para defendernos como especie… ¿No será esta la razón por la que el poder globalizado teme tanto nuestras risas?

 "Según las teorías conspiranoicas de la Unión Soviética, en los años 80 los chistes políticos se los inventaba un departamento especial de la CIA con el fin de socavar nuestro socialismo. Al menos esto nos lo decían informalmente algunos dirigentes del partido, un poco antes de voltearse las chaquetas y convertirse masivamente a la fe capitalista, de aquellos que siempre son más papistas que el papa. Yo me quede con la duda, tratando de imaginar una supersecreta oficina norteamericana donde los humoristas de la CIA, con la ayuda del intelecto artificial, escriben chistes sobre Leonid Brézhnev o el glorioso comandante de la Caballería Roja Vasili Chapáyev.

En la tranquila vida soviética, con sus logros, sus fracasos y sus absurdos, teníamos muchos chistes. Algunos, con buena memoria y mejores talentos artísticos, podíamos contar chistes durante horas. Pienso que no tenían un objetivo político anticomunista específico, sino que era la sana catarsis colectiva, de una sociedad con un fuerte tejido social, una vida de bastante alta calidad y seguridad social y, con todo esto, mucha burocracia, ridículos formalismos y excesivas restricciones de la censura. Y nosotros, que todavía éramos un solo pueblo, entre los vecinos y amigos de confianza nos reíamos mucho de todo, también de nosotros mismos. Sin tabúes ni moralismos, aunque arriesgándose a algún que otro problema administrativo o de carrera, pero pasándola muy bien.

Los dos viajes de mi madre

También cuentan que en la época de Stalin, por un chiste nacionalista, es decir, reírse de cualquier etnia, se podía terminar preso. En aquellos tranquilos años 80, nos parecía terrible. Después de los horrores que pasaron y siguen pasando los pueblos de la ex URSS bajo la propaganda de todo tipo de nacionalismos, ahora no me parece tan malo.

Recuerdo un típico chiste soviético de aquella época: «En el país se prohibieron contar chistes sobre los judíos, amenazando a los infractores con una fuerte sanción. Van dos tipos. Uno pregunta al otro: – ¿quieres que te cuente un chiste?  El otro medio asustado reacciona: – ¿No es de los judíos? – No. ¿Seguro? – Seguro, seguro. – Entonces, cuéntalo. – Bueno… Van dos negros… uno se llama Abraham y la otra se llama Sara…»

Imagínense este chiste ahora en la sociedad occidental contemporánea. Sería declarado antisemita, racista y sexista (por no incluir el lenguaje inclusivo). La idea central y el humor, que nada tiene que ver con ninguno de estos ismos, se borra por completo. De entrada, nos desvían hacia una discusión estéril, grave y dirigida hacia lo secundario. Tal vez, lo de ‘antisemita’ sería lo más gracioso. Los que más y mejor contaban chistes sobre judíos eran los judíos soviéticos, un pueblo con un gran sentido del humor e imaginación, (cuidado, sin despreciar a ningún otro pueblo, antes de que me tilden de ‘sionista’).

Para la gente carente de educación y llena de complejos cualquier juego de palabras y significados siempre es sospechoso, al igual que todo lo que no se entiende se declara un peligro.

Lo que no cabe en los pequeños mundos de los dueños de cualquier discurso oficial suele ser convertido en etiquetas, advertencias y ‘líneas rojas’. Por eso, la risa, como una de las más bellas expresiones de nuestra libertad de pensamiento, siempre es doblemente sospechosa y censurable.

Tampoco nos reímos de las mismas cosas. A algunos les parecen chistosas las desgracias de otros. Alguien se tropieza, se resbala, cae, recibe un tortazo en la cara y escuchamos las carcajadas de la sala. Los absurdos filosóficos de nuestra existencia son una materia bastante más fina. Para reírse de algunas cosas hay que entenderlas y tener algo de imaginación. Creo que no soy el único que observa el frecuente cambio en el sentido de humor de nuestros compatriotas exsoviéticos y latinoamericanos que emigraron a los EE.UU. Una vez más, mis disculpas por este lenguaje tan ‘no inclusivo’, les juro que no quise ofender o provocar al pueblo norteamericano, donde tengo varios y muy queridos amigos.

Con el proceso de la perestroika en la Unión Soviética, hubo varias transformaciones culturales. Y el humor no fue una excepción. En la época de ‘la terrible censura comunista’ en el país salían varias y muy populares revistas de humor y cada año en la ‘capital soviética del humor’, el puerto de Odesa, se hacía una especie de festival de chistes, donde se reunían los mejores humoristas y parodistas del país, llenando los teatros y los estadios. El humor, como todo, tenía sus límites. Obviamente, se permitían las críticas de los defectos, sin cuestionar el modelo político, por lo menos directamente.

Con el avance de la perestroika, el tipo de humor cambió. Uno de los principales humoristas soviéticos, Alexánder Ivanov, hizo llamados directos para restaurar en el país el capitalismo y reivindicó la figura de Pinochet, repitiendo los conocidos argumentos de la derecha latinoamericana. Las bromas que predominaban en los medios de la URSS, giraban en torno a la degradación de todo lo soviético, versus lo superior, o sea, todo lo occidental, lo extranjero, lo civilizado. Disculpen, pero éste es un ejemplo clásico de un chiste de la época: «Salen del culo dos parásitos. El parásito hijo y el parásito padre. El hijo dice:- Papi, ¡qué bello es este mundo! pero, ¿por qué toda nuestra vida tenemos que pasarla entre mierda?. – Porque es nuestra patria, hijito, contestó el parásito padre».

Luego, con la terapia de ‘shock’ aplicada en Rusia por el Gobierno de Yeltsin, la situación se volvió poco chistosa para la mayoría de la población. Los humoristas y satíricos de antes, de otros tiempos, que en la época soviética fácilmente llenaban cualquier sala de conciertos, prácticamente desaparecieron. Se supone que ya se podía hablar de todo libremente.

Pero, en vez de un auge cultural, después de casi un siglo de censura que se suponía lo frenaba, recibimos un enorme apagón de las artes junto con el crecimiento con todo tipo de sucedáneos comerciales, copias baratas del occidente, que celebraba su gran triunfo de la civilización sobre nuestra barbarie. El humor desaparecía de nuestras casas. Las sabrosas comedias francesas e italianas que antes íbamos a ver en los cines fueron reemplazadas en la televisión por las insípidas bufonadas norteamericanas, que nos obligaban a reírnos de las desgracias de otros.

Pasaron solo un par de décadas y en ‘el mundo civilizado’ que alguna vez pretendimos imitar, y su picante y contagioso humor campesino, cayó víctima de la inquisición progresista, que prohíbe la burla de todo lo que pueda ser visto objeto de discriminación, o sea, prácticamente todo. La humanidad liberada tenía que ponerse grave y políticamente correcta. Si alguien se atreve a recordar los tiempos del chiste de ‘los dos negros: Abraham y Sara’, de inmediato será acusado de fascista.

Tengo algún prejuicio, o miedo quizás, que me impide dedicarme a estudiar las diferentes teorías del humor, hay algo frágil, mágico o delirante que no quiero rozar con la lógica de la racionalidad. Pero creo que el sentido del humor es, tal vez, lo más humano que nos caracteriza y diferencia de otras especies.

Si nos quieren deshumanizar deben castrar nuestra capacidad de reír al lado del prójimo. ¿Será una casualidad que entre las palabras ‘humor’ y ‘amor’ haya solo dos letras de diferencia y mil similitudes? Es imposible odiar a alguien quien ríe contigo de los mismos chistes. Nuestro porfiado sentido del humor puede ser visto como un arma para defendernos como especie… ¿No será esta la razón por la que el poder globalizado teme tanto nuestras risas?"                      

(OLEG YASINSKY, periodista ucraniano residente en Chile, Observatorio de la crisis, 04/03/23)

28/10/20

Idiocracia: ¿estamos en los comienzos de un apocalipsis idiota? En Idiocracia gobiernan los tontos que son famosos

 "Idiocracia (2006) es una película que muestra un futuro dominado —es un decir— por idiotas dependientes de máquinas desgastadas. La escribe y dirige Mike Judge, creador de las series Silicon Valley, Beavis y Butt-Head y El rey de la colina. Una producción que pasa desapercibida por los cines y que tras las risas deja una duda: ¿estamos en los comienzos de un apocalipsis idiota? 

En la búsqueda de información de futuros posibles, encuentro algunas respuestas en la página web de Edge.org cuyo lema es:
 «Para llegar a la frontera del  conocimiento del mundo, busca las mentes más complejas y sofisticadas, ponlas juntas en una habitación y haz que se pregunten unas a otras las cuestiones que se plantean a sí mismas».

Siguiendo el lema, Edge plantea cada año una cuestión a 150 personas brillantes en sus campos. Entre los consultados, un premio Nobel, investigadores de prestigiosas universidades, directores de publicaciones científicas, periodistas, tecnólogos, artistas y escritores.

En 2013 la pregunta de Edge es: «¿Qué nos debería preocupar?». 36 de los consultados temen el aumento de la estupidez y con ello la superstición y la dependencia de la tecnología. Veamos qué profetiza Idiocracia, qué temen las personas consultadas por Edge y qué tiene que ver con nosotros, la gente corriente.

Aquí conviene explicar que el texto está en azul y negro para diferenciar los comentarios particulares de los comentarios de las personalidades consultadas por Edge.org. El lector puede leer, si lo prefiere, solo lo que está en azul o lo que está en negro.

En Idiocracia, los idiotas tienen más hijos que los inteligentes

Idiocracia comienza exponiendo que en los tiempos actuales «la evolución no premia necesariamente a la inteligencia» y, dado que las personas inteligentes son menos que las poco inteligentes, el número de estúpidos crece.

Un matrimonio de personas con alto coeficiente de inteligencia expone que tener hijos es una responsabilidad y los tiempos son difíciles. Frente a esta pareja, Clevon, un tipo poco inteligente, no para de tener hijos con su mujer y dos vecinas; hijos que se convierten en padres adolescentes.

Douglas T. Kenrick, profesor de psicología de la Universidad de Arizona, autor de libros y artículos académicos sobre la conducta y el pensamiento humano, considera que el planteamiento de Idiocracia es posible:

«En estos días, las personas con buena formación intelectual tienen familias más pequeñas, y como las mujeres con educación superior esperan más para tener hijos, pierden muchas veces su periodo fértil, y no tienen hijos».

Kenrick comenta estudios que sugieren que el aumento de la estupidez está relacionado con el decrecimiento de la riqueza de un país. Pobreza y estupidez que lleva a los ciudadanos a votar políticas conservadoras que justamente son las que no favorecen la educación y la investigación científica.

Se llega a la Idiocracia cuando se desprecia la ciencia

El narrador de Idiocracia comenta que «las mentes más brillantes y los recursos se concentraron en la lucha contra la caída del pelo y en prolongar las erecciones». ¿Podría ocurrir?

Frank Wilczek, físico de MIT, considera que «la humanidad está perdiendo la oportunidad de que la ciencia avance porque el esfuerzo intelectual se está desviando de la innovación a la explotación».

Lisa Randall, física de Harvard, coincide en lo que respecta a los Estados Unidos: se queja de que la financiación estatal se destina a proyectos científicos que generan resultados inmediatos. Esto es incompatible con buscar cómo demostrar o explorar teorías complejas. Para Randall, aunque la ciencia puede comenzar con un lápiz y papel sin experimentos o la esperanza de experimentos, la ciencia teórica no puede avanzar.

En Idiocracia no hay noción del tiempo

En Idiocracia, el presidente Dwayne Elizondo Camacho anuncia cantando al país que «el hombre más inteligente del mundo solucionará todos los problemas en una semana». Problemas como la sequía, la desertización y la falta de alimentos entre otros. Transcurrida una semana sin resultados, los ciudadanos atacan la Casa Blanca.

Es un ejemplo entre otros de cómo en Idiocracia las personas no son conscientes de que hay procesos que necesitan tiempo. Es el tiempo del «ya».

El escritor y conferenciante sobre tecnologías de la información Nicholas G. Carr considera que internet está acabando con nuestra paciencia. Comenta que en 2006 la mayoría de los usuarios abandonan una web si tarda más de 4 segundos. En 2013 estudios de Google y Microsoft demuestran que los usuarios se impacientan si una página web tarda más de  250 milisegundos en abrirse. El parpadeo de un ojo.

 «Las tecnologías digitales nos vuelven más hostiles hacia retrasos en todos los ámbitos», afirma Carr. «Una impaciencia que tiene consecuencias en la creación y la apreciación del arte, la ciencia, la política».

La impaciencia nos domina desde que nos levantamos. La mayoría de las cosas nos parecen lentas: el ascensor; la puerta del garaje; el semáforo… M., administrativa (a través de una subcontrata) en unos servicios municipales conoce cada día ejemplos de la impaciencia —y estupidez—  que crea la tecnología:

«Desde hace unos años la gente se ha vuelto más impaciente. Lo quiere todo ¡ya! No quieren esperar ni una semana ni tres días ni un día. Me dicen: “¿Pero no tienes ahí internet para hacerlo ya?”».

¿Quién no recuerda en «los tiempos analógicos» haber cogido tres autobuses para una gestión municipal o sacar dinero de un cajero? Parece que solo hay paciencia para acampar dos o tres días antes de un concierto o una final de Copa del Rey. Aquí la televisión suele mostrar a un tipo que dice:
 «Estoy en paro, pero por [aquí, un equipo] hago lo que sea; ¡es lo más grande!».  ¿No es esto un pensamiento idiota?

La impaciencia alcanza a todos los ámbitos, incluso a la ciencia.

Stuart Firestein, profesor de Biología en la Universidad de Columbia, afirma que el ciudadano está volviéndose impaciente con la ciencia (otra consecuencia del presentismo). Pone como ejemplo «la declaración de guerra» de Nixon contra el cáncer en 1971.

«Desde entonces millones de personas han fallecido de cáncer», escribe Firestein. «Suena mal, pero hemos curado muchos cánceres previamente fatales e impedido un número desconocido de casos». Firestein señala que por el camino ha mejorado la fabricación de medicamentos, la comprensión del sistema inmunológico y cómo se produce el envejecimiento. «Sin embargo, esta guerra contra el cáncer es más conocida por los dólares gastados en ella».

Leo M. Chalupa cuenta una anécdota:

«Un abogado me preguntó si todavía investigaba cómo funciona el cerebro. Cuando dije que todavía lo investigaba se sorprendió. Pensaba que después de diez años de esfuerzo lo habría descubierto. En ese momento, se me ocurrió que este hombre muy culto no tenía conocimiento de cómo funciona la ciencia […], que la investigación es una búsqueda sin fin».

Tim O’Reilly, editor de libros sobre tecnología y considerado un visionario tecnológico, teme que «si la ciencia no ofrece soluciones rápidas, el mundo caerá en la apatía, la falta de fe en la ciencia y el progreso, y después caerá en la melancolía y una nueva edad oscura».

Los ciudadanos de Idiocracia no se paran a observar las cosas

En Idiocracia uno de los mayores problemas es la falta de alimentos porque los campos son regados con el refresco patrocinado por el gobierno. Cuando el hombre más inteligente del mundo propone usar agua en lugar del refresco es tomado a burla.

Ursula Martin, profesora de Computación en la Universidad de Oxford, teme que internet esté menguando la capacidad de observación. «Hubo un tiempo en el que la descripción y la ilustración eran el pan y la mantequilla de científicos profesionales y aficionados», escribe Martin. «Los libros y cartas de Darwin están llenos de descripciones cuidadosas».

Martin considera que Google puede ofrecer imágenes y datos de una planta de una manera nunca antes posible, pero que ninguna imagen puede tener la precisión de Darwin. Ella apuesta por entrenar la atención en las pequeñas cosas.

 En Idiocracia no hay conocimiento de la historia

En el Washington de Idiocracia un parque temático muestra una versión de la Historia tergiversada. Y no por intereses políticos —como ocurre en cada país y en cada autonomía española—, sino por puro desinterés por el pasado.

Para la historiadora de ideas Noga Arikha la indiferencia por la historia es fruto del «presentismo»: considerar que no hay más realidad que el presente, que el pasado es irreal. Arikha culpa al mal uso de internet:

«El conocimiento de un tema más allá de la fecha actual parece disminuir entre las personas que crecieron con la era de internet […]. Cualquier cosa más allá de 1945 es un paisaje sucio y remoto; los siglos se funden uno con otro en un magma insignificante. Nombres famosos son parpadeos en una pantalla […]. Todo se iguala».

Arikha certifica una experiencia que muchos hemos vivido. Viene siendo habitual que en una conversación casual con una persona menor de treinta años, una persona que consideramos instruida, mencionemos un personaje icónico y el interlocutor se encoge de hombros: «¿Quién es?» o «no lo conozco». Incluso en muchas listas triviales del tipo «las mejores series de televisión de la Historia» hay una muestra de la ignorancia y el desinterés de quien redacta, que no hace referencia a material anterior a su adolescencia.

Según Arikha, para muchas personas «internet que se ha convertido en su biblioteca de referencia, pero los estudiantes lo utilizan como única investigación». Estudiantes que son incapaces de «medir la pertinencia, la jerarquía, la precisión y las referencias cruzadas». A uno no le extraña que estos estudiantes se traguen bulos grandes como casas.

Para Nicholas Humphrey, profesor de la Escuela de Economía de Londres, más que desinterés, el peligro de internet es que nos convierte en «meros turistas del conocimiento, saltando de atracción en atracción sin pisar la tierra. Para la mayoría lo importante es la llegada y no el viaje».

En Idiocracia, la lectura y la escritura se han degradado

En Idiocracia, leer y escribir es «cosa de maricones». En la película, los periódicos y revistas y los carteles de establecimientos populares contienen escandalosas faltas de ortografía y gramática que los autodenominados «nazis de la gramática» implosionarían corrigiéndolas. Por otro lado, los ciudadanos tienen problemas de comprensión lectora. 

David Gelernter visualiza un futuro igualmente nefasto para la palabra escrita y señala internet como culpable. La paradoja es que Gelernter trabaja en crear y desarrollar tecnologías de vanguardia para internet. En los 80 sienta las bases de los motores de búsqueda y más tarde en las herramientas basadas en flujos con las que operan las redes sociales.

Para Gelernter, internet degrada la palabra escrita porque «apenas hay tiempo entre la escritura y la publicación. El escritor publica rápido —muchas veces los primeros borradores— para lectores que leen rápido y apenas prestan atención». Esta falta de atención obliga al redactor a una escritura deslucida cuyo único fin es el consumo rápido.
Gelernter comenta que algunos estudios revelan que los estudiantes estadounidenses de hoy escriben con menos competencia que los estudiantes de 1960.

Hoy también se escribe en España peor que décadas atrás. Cuando encontramos titulares simples mal redactados (no un par de erratas entre 3.000 palabras) decimos: «Ha sido el becario». Pero recordemos que ese becario tiene una licenciatura.

Roger Schank también considera que el lenguaje se está degradando y que un motivo es que «los alumnos memorizan para pasar exámenes, pero son incapaces de razonar y exponer por escrito sus pensamientos».

Gavin Schmidt, climatólogo de la NASA, señala que cada vez es mayor la separación entre las noticias y lo que entiende el público. El desinterés por profundizar en las noticias trae consecuencias. «No es ninguna sorpresa que las discusiones en la calle a menudo degenera en mero tribalismo».

En Idiocracia hay una alta dependencia de las máquinas

Idiocracia cuenta  con una tecnología sofistica manejada por imbéciles. Por ejemplo, hay una máquina que diagnostica perfectamente enfermedades. Sin embargo, nadie sabe cómo funcionan y tienen un lamentable mantenimiento. Parece que fueron creadas hace mucho tiempo y que los que las usan lo hacen por mímica.

La psicóloga Susan Blackmore vislumbra un futuro similar al de Idiocracia, lleno de máquinas y tecnología que se manejan con un dedo con apenas razonamiento:

«Un mundo en el que los seres humanos gestionan los recursos para alimentar a un número creciente de máquinas a cambio de más diversión, juegos, información y comunicaciones».

Para Blackmore, el problema es: «¿Y si todo el sistema se derrumba? Ya sea por un cambio climático, pandemias u otros desastres […] y no podemos usar nuestros teléfonos, satélites y servidores de internet. ¿Podríamos deslizar nuestros dedos por una pantalla para alimentarnos?».
Esto se explica mejor con un monólogo de Eva Hache: «Los hay que se gastan 500 euros en un teléfono de última generación y lo primero que hacen es ponerle el tono del eructo bajo el agua».

Cada vez es más frecuente encontrar a personas jóvenes con teléfonos sofisticados con inmensas posibilidades que dicen: «Yo solo lo tengo para el Whatsapp y hacer fotos». Preguntan: «¿lloverá mañana?» o «¿el lunes es fiesta?».

Blackmore cree que las escuelas deben volverse analógicas: enseñar a los niños a razonar y usar las manos en actividades como carpintería, cocina, agricultura…

En Idiocracia gobiernan los tontos que son famosos

El presidente de los Estados Unidos —realmente del mundo— es Dwayne Elizondo Camacho, cinco veces campeón de lucha libre profesional y «superestrella» pornográfica. Es inevitable que la fama lo aupe a la presidencia aun careciendo de preparación y contando con unos asesores imbéciles que repiten eslóganes de las empresas que han comprado al Gobierno.

El productor de música y artista Brian Eno responde a Edge que su temor es que «la mayoría de las personas inteligentes que conozco no quieren tener nada que ver con la política».

Eno considera que la actual política (estadounidense) está hecha por idiotas que han conducido al país a las guerras de Irak y Afganistán, que sangra a naciones más pobres por las deudas de sus exdictadores y que permite que los intereses particulares y los bancos gobiernen el país.

«Pero no hacemos política —se queja—. Esperamos que otras personas lo hagan por nosotros y nos quejamos cuando se equivocan […]. La responsabilidad no se detiene en las urnas. Dejamos de hacer cosas y permitimos que otros las hagan por nosotros».

Roger Schank también considera que la política está llena de idiotas. Schank es uno de los principales investigadores del mundo en Inteligencia Artificial, Teoría del Aprendizaje y en la construcción de entornos virtuales de enseñanza. Para él, una prueba de la estupidez de los políticos se ve cuando debaten un problema en el Congreso (de los Estados Unidos): «Parece que nuestros representantes son incapaces de hacer un argumento razonado».

En Idiocracia se habla a gritos y el presidente necesita de una ametralladora para hacerse oír. Los parlamentarios españoles no esgrimen mejores razonamientos en sus intervenciones. Nos hemos acostumbrado a su pantomima: unos sueltan exabruptos para recibir aplausos de los suyos mientras que los otros responden con pataletas y silbidos.

Para el oceanógrafo Bruce Parker, la cultura de la imagen en la que estamos inmersos no obliga a los políticos a tener méritos o logros verificables para ser elegidos:

«Simplemente necesitan convencer a la gente para que vote por ellos […]. Usan la manipulación emocional con llamamientos a la religión, el patriotismo, las diferencias de clase, prejuicios étnicos, etc. Documentos sonoros superficiales y anuncios de campaña que parecen trailers de películas».

Para Bruce Parker, los partidos eligen a candidatos desinformados e incluso estúpidos, pero que ofrecen buena imagen a la nueva cultura de internet.

En Idiocracia, los medios embrutecen a las personas

La película más vista en Idiocracia se llama CULO. Una hora y media con un culo en primer plano. (A la cabeza me viene Jene Selter, señorita carente de méritos, pero con casi 8 millones de seguidores en Instagram gracias a su culo. Un culo no es un mérito). 

El programa más visto en Idiocracia es Oh, mis huevos, que haría las delicias de Homer Simpson: un tipo corriente encadena patadas y accidentes en los testículos.

Un espectáculo que tiene un espejo en America’s Got Talent. 

https://youtu.be/1XvEZ8O6m8E

No extraña que a Roger Schank le preocupe la televisión:
«La televisión fomenta la glorificación de la estupidez […], programas que dejan claro que actuando mal te harás rico y famoso. Programas en los que hablan sin necesidad de respaldar lo que dicen con pruebas».

Schank considera que las grandes corporaciones están tras la glorificación de la estupidez si no se benefician de ellas. El psicólogo escribe:
«Quienes venden medicamentos no quieren que la gente pida información sobre cómo funciona el medicamento […]. Quienes hacen recortes de gastos no quieren que la gente pregunte por qué nunca se habla de recortes en defensa […]. La gente que dirige las organizaciones de noticias tienen una agenda y no crean pensadores que entiendan qué está pasando en el mundo».

Larry Sanger, cofundador de Wikipedia y Citizendium, también acusa a los medios de comunicación de la estupidez creciente, en concreto a los medios online:

«Los sitios online nos vuelven estúpidos y hostiles hacia los demás», escribe Sanger. «Las comunidades de noticias, de información, de opinión y de debate están dominadas por un solo punto de vista. Ejemplos son el Huffington Post de la izquierda y National Review Online a la derecha».
Sanger considera que el auge de internet parece traer una hostilidad entre los partidos políticos que hace que cada vez sea más difícil alcanzar compromisos políticos significativos.

Todos recordamos cómo los seguidores de los partidos defienden lo indefendible a través de las redes sociales: los corruptos, los idiotas, los villanos son los otros.

Sanger afirma que «los sitios online son atractivos porque refuerzan nuestros supuestos básicos, y nos dan puntos de conversación fácilmente digeribles […]. Nos hacen demasiado confiados y acríticos. Nos alienan a unos de otros, incluso de amigos y familiares que no comparten nuestras opiniones, porque es muy fácil y divertido demonizar a la oposición desde una página web».

Bruce Parker considera que el entretenimiento que ofrece internet ha creado una nueva cultura: «Es una cultura de abajo hacia arriba con un efecto de embrutecimiento que es probable que tenga repercusiones».
Para Parker, «a medida que más y más población llena más y más horas del día con el entretenimiento [online], cuenta con menos horas para actividades que promueven la inteligencia, la compasión y para interesarse por lo que cae fuera de sus propios microcosmos de internet».

En Idiocracia no existe la individualidad

En Idiocracia los medios de comunicación homogenizan las modas, los gustos y los intereses. Por otro lado, hay un puñado de corporaciones que monopolizan la industria. Todas las cafeterías son Starbucks, una bebida energética como sabor predominante, Costco es el único sitio para las compras… La ropa contiene logos de distintas marcas. Como resultado, el pensamiento de los ciudadanos es similar.

En Idiocracia no hay más interés que el placer inmediato. Las cuestiones urgentes se aparcan por un polvo rápido. No importa qué hay en juego. Incluso el sexo está por encima de la posibilidad de perder la vida.
En Idiocracia el presentismo mencionado por Noga Arikha impide mirarse a uno mismo, estar atento a los propios gustos, intereses y necesidades. Todo el mundo va donde todo el mundo va, y todo el mundo hace lo que todo el mundo hace. Todo el mundo parece la misma persona.

Inquieta que los protagonistas de Gandía Shore no sean muy distintos de los de Jersey Shore (USA), Geordie Shore (Reino Unido), Acapulco Shore (México) o Warsaw Shore (Polonia). Basta visualizar unos minutos de vídeos en Youtube de unos y otros para percatarse de ello. Una prueba de la homogeneización cultural.

Precisamente Hans Ulrich Obrist, codirector de la galería de arte Serpentine de Londres, se queja de que las ciudades de la mayoría de los países se parecen, que sus ciudadanos tienen los mismos gustos e intereses y que la individualidad de los artistas es aplastada. Para Obrist la homogeneización está en los principios de la destrucción de una civilización.  

Nicholas Humphrey teme que si todo el mundo hace las mismas cosas, ve los mismos espectáculos y va a los mismos sitios, se pierda la creatividad: «Debemos preocuparnos de que las experiencias individuales están desapareciendo; son las que conducen a la unión de las ideas».

O’Reilly recuerda que «en el pasado, la antorcha del progreso pasa de una región a otra del  mundo. Pero ahora, por primera vez, tenemos una única civilización global. Si falla, todos fracasamos juntos».

Muchas de las predicciones son catastróficas. Hay algunas soluciones. Una de ellas es no seguir a la manada. La solución quizá está en el discurso final del protagonista de Idiocracia, un tipo corriente del presente que es congelado y despierta en un futuro estúpido:

JOE: ¿Saben? Hubo una época en la historia de este país cuando la gente lista era considerada gente guay, pero la gente lista hacía cosas… como construir barcos y pirámides, e incluso fueron a la luna. Y hubo una época en la historia de este país, hace mucho tiempo, cuando leer no era cosa solo de maricones y escribir tampoco. La gente escribía libros y películas, películas que contaban historias. Y te importaba de quién era el culo que veías y por qué se tiraba pedos… y estoy convencido de que esa época se repetirá de nuevo."                   

(Javier Meléndez Martín, Guionista desde 1998. Ha trabajado en producciones de ficción y programas para Canal Sur, ETB y TV3. Other News, 18/08/20)

23/12/14

Las risas son el mejor tributo para un payaso muerto


"Cuentan que cuando el famoso payaso Ramper, que tenía una vena depresiva, le explicó tristísimo a su colega Alady que preparaba un número sensacional y postrero, La muerte de Ramper,en el que tocaría el xilofón, haría unas bromas, se subiría al trapecio y se lanzaría desde la cúpula del circo a las gradas, Alady le contestó:
 “¡Será formidable, matándote cada noche durante 15 días seguidos te harás millonario!”. 

Los payasos tienen una forma particular de afrontar la muerte. Cuando Monti (sin la cara pintada Joan Montanyès) se estaba muriendo de cáncer acudieron al hospital a despedirse de él todos los otros grandes payasos catalanes con sus atuendos de clowns. Como para encontrártelos en el ascensor a la UCI.

Payaso y muerte, la gran carablanca, hacen una extraña y turbadora pareja. Un binomio que nos conmueve hasta los huesos. Crear un espectáculo de clowns en torno a un payaso muerto es un verdadero reto. En torno a dos ya resulta una nobilísima payasada. Eso es lo que es, en la más hermosa y generosa de las acepciones, Rhum, el gran, emotivo y divertidísmo homenaje a Monti que han orquestado un grupo de colegas. 

El montaje (que ganó el martes pasado el premio Zirkòlika al mejor espectáculo de clowns) hace temporada estas navidades en un lugar tan proclive a las maravillas (“y alguna cagadita”, bromean en escena los payasos) como el Teatre Lliure de Gràcia.

 A Monti le atraía —sin saber que prefiguraba la suya propia— la escena de la despedida de Rhum en el cementerio parisino de Saint Ouen, con todos los grandes payasos de la época en colorida grand parade junto a la fosa. Rhum, el espectáculo, iba a ser un homenaje al Rhum payaso y al oficio, pero resultó evidente que Monti no lo podría protagonizar.

 Convertidos en Rhum & Cia, cinco payasos bajo la dirección de Martí Torras decidieron sacar el proyecto de Monti adelante reconvirtiéndolo además en una celebración del propio colega, que falleció en 2013.

El nuevo Rhum, que se pudo ver tres días en el festival Grec, coproductor, y está desde anoche en el Lliure de Gràcia hasta el 4 de enero, huye de sentimentalismos fáciles y ofrece un festivo rosario de números desopilantes, incluidos algunos tan clásicos como el del espejo roto o el tiro a la diana y otros destinados a los nuevos gustos como el de los cinco payasos convertidos en risibles bañistas de un ballet acuático mientras uno de ellos canta un rap.

 Las risas son sin duda el mejor tributo para un payaso muerto. (“Mi risa está hecha de lágrimas”, decía el gran Grock —cuyo padre por cierto dejó a la familia para unirse a un circo ambulante: a ver si no es para entristecerse—). Y sin embargo, una enorme vena poética y lírica recorre como un río subterráneo el espectáculo. Ya desde que a la entrada de la sala te encuentras un maniquí con la ropa de Monti. 

O en el preámbulo de la función, con el augusto anunciando —en tono tan sublime como Plutarco la muerte de Pan— “Rhum é morto” y portando una cajita con el almita del payaso. “No es un espectáculo para nada triste, el 90 % es de reír mucho, con un par de momentos emotivos”, recalca el director. (...)

El momento más emotivo es cuando el reticente augusto Martines, convertido en Rhum-Monti, dialoga con una grabación de la voz del propio Monti, el payaso muerto transformado en algo así como el espectro del padre de Hamlet. ¡No está mal para ser un espectáculo de payasos!. 

En lo que podía ser la apoteosis de la trascendencia salta la frase que nos devuelve a la pista: “Tanto Monti Monti tanto”. A subrayar que entre las cosas que dice Monti en off está que los payasos de verdad no tienen nada que ver con los políticos, aunque estos se crucen la palabra como descalificación. (...)

El final, con la sombra de Monti, inconfundible con su sombrerito, tras una cortina tocando el saxofón a coro con el resto de los payasos es simplemente inolvidable. Más aún si sabes que el que pone el cuerpo es el maquinista del Lliure Sergi Martínez, primo de Monti. 

De nuevo —no nos vamos a ir a la calle con el corazón encogido y ¡que viva el circo!—, se deja paso a un epílogo humorístico en el que los clowns hacen música con infinitud de objetos, incluidos dos pollos de goma. Risas, risas. Con la nariz roja puesta. Así viven y mueren los payasos."              ( ,  El País,  18 DIC 2014)

26/6/08

¿Cómo es la antropofagia?

"Eduardo Strauch ha sobrevivido a un accidente aéreo, ha aguantado 72 días en los Andes con lo puesto y ha practicado la antropofagia, pero es un hombre tímido. (...)
"No tengo ningún problema para hablarlo. La curiosidad me parece normal. No me siento distinto por haber comido carne humana; tampoco lo percibí como una comunión, pero eso ayudó a algunos". (...)
Arquitecto, casado, con cinco hijos de edades entre 17 y 27 años, dice que su relación con la historia de la tragedia ha ido variando en intensidad, pero que siempre le ha acompañado. "Un 20% de mí está todavía en la cordillera, y no quiero que baje", explica. "Nunca tuve problemas de conciencia, ni pesadillas, pero lo que vivimos allí fue algo tan conmovedor... Estoy seguro de que he ido haciendo una sanación, una autoterapia; sin embargo, aún hay duelo". Eduardo Strauch, que contaba 25 años, formó parte allí arriba del núcleo duro: fue de los que se encargaron de obtener y distribuir la carne de los cuerpos -una tarea que "no era grata"- durante los 65 días que los consumieron. Tomaban poco cada vez. Empezaron, dice, por los que conocían menos, pero nunca trascendía exactamente de quién se trataba. No se limitaban a la fibra. También comieron tuétano. Hacer uso de "cierto humor negro" les ayudó mucho en el trance, y ofrecerse ellos mismos: "Si muero, comédme, nos decíamos unos a otros". Considera que la fortaleza mental fue decisiva para sobrevivir. Recuerda el impacto, la sensación de irrealidad, el ruido infernal, el instante de silencio y luego los gemidos. Fue su primera relación con la muerte. No se considera valiente -"del montón"-, pero sí pragmático. "A otros les costó mucho la decisión de la antropofagia, se les cruzaban reflexiones religiosas, filosóficas. Yo lo tuve muy claro. Y estoy muy contento de haber podido lidiar con todo aquello". Ha podido hablarlo con sus hijos e incluso responderles a qué sabe la carne humana: "A vacuno". La de los Andes es una historia con muchos ingredientes, con perdón por la palabra, pero sin sexo: "No hubo, todo ese tiempo se nos olvidó". (EDUARDO STRAUCH:"No hable sólo de antropofagia, por favor". El País, ed. Galicia, Última, 25/06/2008)