"Alguna utilidad práctica tiene la literatura: Charles Simic ha muerto, en
estado de demencia, en un asilo de ancianos, pero el fulgor y la
negrura de sus recuerdos se preservan intactos en los poemas que
escribió, en sus cuadernos de apuntes, en sus libros de memorias, en los
que no hay ni rastro de languidez o de complacencia en el pasado, sino
una voluntad testimonial concentrada en la observación de los detalles
que revelan las tragedias del mundo, algunas de las cuales él presenció
con sus ojos de niño. Hombre irónico y amante de los placeres de la
vida, Simic detestaba todas las generalizaciones y las grandes palabras,
todas las teorías, todas las utopías, todas las obsesiones de pureza.
La risa, la comida, la pasión erótica, eran para él afirmaciones de la
vida tan sustanciales como la poesía, e inseparables de ella. En uno de
sus poemas más conocidos, Dos perros, Simic rememora la entrada
de los soldados alemanes en Belgrado, en 1944, cuando él tenía seis
años. Jordi Doce, que ha hecho más que nadie por difundir la obra de
Simic en español, traduce así: “El modo en que todos nos quedamos en la
acera / mirándolos con el rabillo del ojo, / el temblor de la tierra, /
el paso de la muerte…”. Entonces un perrillo blanco aturdido se enreda
entre las botas negras que desfilan: “Una patada lo hizo volar como si
hubiera / tenido alas. Eso es lo que ahora veo”.
Lo que
Simic había visto en los años de la guerra y en los del destierro que
vinieron después parecía que siguiera viéndolo cuando lo rememoraba en
voz alta, sonriendo, sin drama, incluso al contar hechos atroces, en un
almuerzo que compartí con él y con una querida amiga editora, Drenka
Willem, en Nueva York, hace más de diez años. Drenka era de origen
serbio, como él, y venía de una historia personal todavía más trágica.
Simic pasó la guerra en Belgrado,
bajo el terror doble de los ocupantes alemanes y de los bombardeos de
los presuntos liberadores aliados.
Drenka, que vivía en Croacia, vio cómo los fascistas croatas apoyados por los alemanes perseguían
a las personas de la minoría serbia con la que hasta entonces habían
convivido. En aquel restaurante, festivo y ruidoso en el mediodía de
Manhattan, las voces de Charles Simic y de Drenka Willem revivían para
mí hechos espantosos que por mucho tiempo que hubiera transcurrido no se
desdibujaban piadosamente en el pasado. Una noche, recordaba Drenka, a
la hora de la cena, llamaron con urgencia a la puerta de su casa.
Sentados a la mesa junto a ella estaban sus padres y su hermano mayor.
Quienes llamaban eran unos vecinos croatas a los que conocían de toda la
vida, y con los que habían tenido siempre un trato cordial. Ahora
venían con uniformes, y armados. Se llevaron al padre y al hermano y
Drenka no volvió a verlos vivos.
Quienes han sido víctimas de verdad no incurren nunca en el victimismo.
Drenka y Simic, los dos con aire joven y con el pelo blanco, los dos
con un acento balcánico que embellecía su inglés con un matiz de
extranjería incurable, compartían la añoranza de una Yugoslavia que
quizás habría sido posible, y hacia la que profesaban una especie de
distante lealtad, hecha sobre todo del asco hacia los nacionalismos que
habían vuelto a despedazar el país en los primeros años noventa y a sembrarlo de nuevo de verdugos y víctimas. Haberse
hecho vidas plenamente americanas nos los privaba a ninguno de los dos
de un desapego irónico hacia Estados Unidos, lo cual no interfería con
una franca gratitud hacia el país que los había acogido cuando los dos
formaban parte de la inmensidad de los desterrados que pululaban por
Europa al final de la guerra. Simic, que no hablaba inglés cuando llegó a
Chicago con 14 años, había sido Poeta Laureado y ganado el Pulitzer.
Drenka
era la gran editora de la literatura europea en Estados Unidos.
Compartían el amor por la literatura y por la buena vida, el júbilo
tranquilo de sus almuerzos de viejos amigos, el aprecio a conciencia de
un buen poema o una buena página de prosa y el de un vaso de vino tinto y
una comida sabrosa: también la burla balcánica de lo demasiado serio, y
esa distancia íntima hacia la vida americana que va creciendo
misteriosamente y no atenuándose con el paso de los años para el europeo
emigrado.
Drenka estaba orgullosa de haber hecho sitio
en una buena editorial para los poemas de Simic. Fue a través de ella
como yo pude conocerlo, aunque había asistido a algunas de sus lecturas,
y observado de cerca su manera de decir los poemas, acentuando la
simplicidad de la superficie, su aliento de misterio, sus quiebros de
burla, su ir y volver permanente entre la belleza y la sordidez, entre
la amnesia publicitaria y comercial del presente en América y aquella
oscuridad de una historia trágica vivida en primera persona.
La mirada
de Simic es la del emigrante que hace suyo lo más irreductible y lo más
peculiar del nuevo país y que por más que lo conoce nunca deja de
apreciar su rareza: los neones averiados de los hoteles de última
categoría, las cucarachas en la cocina, los locos callejeros y los
predicadores del Juicio Final, los barrios de casas bajas y jardines en
los que no se ve a nadie de noche, los titulares en letras grandes de
los tabloides de supermercado que anuncian el nacimiento de un niño con
dos cabezas o el aterrizaje de una nave extraterrestre, los escaparates
encortinados y con luces malva de las consultas de videntes. Su simpatía
está siempre con los inútiles y los enajenados, los expulsados, los que
no encajan, los que sobran.
La prosa memorial o
reflexiva de Charles Simic es tan afilada y tan certera como su poesía.
Habiendo sobrevivido a la marea totalitaria de Europa, las nuevas formas
aguadas pero eficaces de dogmatismo y censura y tiranía identitaria que
empezaban a emanar de las universidades americanas, como escapes de
sustancias nocivas de una planta química, desataban su instinto de
rebeldía personal, de defensa irreductible de la libertad de espíritu y
de la supremacía de la imaginación. Toda forma de sumisión del individuo
a una comunidad abstracta merecía su desprecio: “Vinimos a este país
huyendo de nuestras identidades colectivas y los multiculturalistas
quieren volver a encerrarnos en ellas”. En la New York Review of Books
escribía de literatura y de política con la misma vehemencia.
La
invasión de Afganistán y luego la de Irak, las torturas en Guantánamo y en Abu Ghraib,
lo escandalizaban todavía más porque le hacían revivir los terrores de
su infancia, la crueldad virtuosa de los que destruyen países y arrasan
ciudades con la coartada de ideales nobles, con el auxilio desvergonzado
de la mentira y el crimen. Además del absurdo y la belleza de lo
inesperado, y lo irreductible de la alegría, lo que impulsaba a escribir
a Charles Simic era la confluencia de la banalidad y el espanto, tal
vez la lección principal que había aprendido de todos los avatares de su
vida. Lo dice en un fragmento del que sin duda es uno de sus mejores
libros, The Monster Loves His Labyrinth: “Torturadores con caras
de felicidad, hacéis que un prisionero esté desnudo y de pie y atado con
cables eléctricos como un árbol de Navidad mientras nosotros nos
bebemos una cerveza, con un ojo en el televisor, el otro en el camarero
que nos sirve otra ronda”. (Antonio Muñoz Molina , El País, 14/01/23)
"Myriam Gurba me recibe virtualmente en su cocina de
California. Se acaba de despertar. Al fondo veo a un perro que pasea a
sus anchas y, de vez en cuando, aparece también su actual pareja: “¿Tú
has estado en España, verdad?”, le pregunta ella. Oigo un grito a lo
lejos: “Sí, ¡en Madrid y en Barcelona!”. Nos reímos. Maldecimos a una
antigua profesora suya que penalizaba a los alumnos que utilizasen
vocabulario latinoamericano: “Me puso un notable en vez de un
sobresaliente, ¡y yo hablaba español en casa!”. De madre mexicana, Gurba
se ha convertido en una de las voces chicanas,queery multirraciales más importantes de la literatura estadounidense. En su tercer libro, Mean (2017), recupera la agresión sexual que sufrió a manos de Tommy Martínez, quien además asesinó a Sophia Castro Torres. Ahora la editorial Tránsito acaba de publicarlo traducido con el título de Malaonda. Hablamos sobre esta obra, la violencia de género, el racismo, sus próximos proyectos…
El libro se llama Mala onda en español, pero el título original es Mean. Enfatizas mucho el querer “ser mala”, ¿por qué?
Mean tiene muchas definiciones en inglés que no se traducen
bien a español. La más próxima quizá sería “crueldad”, pero no es lo
mismo, porque ser cruel es más fuerte… Pero hay otra razón para elegir
ese título, y es que en inglés también es un verbo, “to mean”, en la acepción de darle significado a algo, de que algo tiene sentido
[lo aclara en español]. Así que en inglés el título funciona de dos
maneras: como una crueldad ligera, y como dar sentido. Por una parte, la
crueldad es parte de la vida, ¿no? Y yo la ejerzo de varias formas en
estas memorias, pero la última crueldad es la que comete mi perpetrador.
Estoy invitando a mis lectoras a considerar los diferentes tipos de
crueldad, sopesarlos y valorarlos. Y luego, claro, estoy intentando
encontrarle un significado a lo que me sucedió, porque muchas mujeres
que hemos sido violadas al final nos preguntamos: ¿para qué sirve mi
vida si sufro esto? Mean es mi tentativa de construir significado con lo que ocurrió en un sentido literario.
La verdad es que fue interesante leerlo en español. A veces,
intentaba descifrar el inglés de debajo pero, al mismo tiempo, me di
cuenta de que la traducción estaba adaptada a un público mexicano, y me
tocaba navegar por esa riqueza lingüística…
Claro, es que la traductora [Elisa Díaz Castelo] es mexicana.
Mi pregunta entonces es… ¿cuál es tu relación con el español
como lengua literaria? Hay palabras escritas directamente en este
idioma; estoy segura de que se pierden matices en la traducción, pero
aun así se nota la mezcla.
Pues yo no quería escribir un libro en spanglish, ésa no era mi intención. De hecho, cuando empecé Mean
ni siquiera quería escribir un libro; creía que estaba haciendo
experimentos personales que no saldrían del ámbito privado. Pero luego
noté que se estaba convirtiendo en algo más grande y, conforme narraba
mi infancia, me di cuenta de que sería estúpido contarla exclusivamente
en inglés, porque yo no tengo una mente monolingüe. Quería que la gente
se adentrase en mi conciencia, pero mi conciencia es políglota, así que
debía invitar al lector a este modo de pensar en dos idiomas, sin costuras.
E hice algo inusual en el mundo del libro anglófono, y es que hay
fragmentos que aparecen en español, sin cursivas que indiquen que es una
lengua extranjera, sin traducción. Depende del lector darse el trabajo
de entender o no, porque hay mucha gente como yo, especialmente en el
suroeste de Estados Unidos, que se desliza dentro y fuera de las dos
lenguas; hay mucha gente que puede leer así, y habrá más en el futuro.
¿Cómo fue la recepción del libro? ¿Te criticaron por eso?
La crítica no vino por mezclar idiomas sino por el humor. Me dijeron
que el humor era inapropiado, que el humor y el horror no deberían ir
juntos. Yo creo que el principal problema que tiene la gente con el
humor del libro es que existe la expectativa de que las supervivientes,
cuando escribimos sobre agresiones sexuales –especialmente sobre
violación–, debemos hacerlo según un formato preestablecido. Hay un
hábito narrativo que impera y nos dice que contemos el evento como el
peor de nuestras vidas, arruinadas por completo, porque ésa es la única
forma de provocar compasión. Si muestras resiliencia, si tu sentido del
humor permanece intacto, parece que la violación no fue tan mala… Las
críticas más duras han sido ésas, al humor.
Me da la sensación de que esa expectativa de la violación y
del dolor es muy blanca. El dolor también se racializa y debe ser
narrado según ciertos patrones. Sin embargo, en las personas
multiculturales, que habitan el cruce entre varias lenguas, el humor
puede representar otro universo diferente. No sé si estás de acuerdo
conmigo…
Completamente, tanto que acabo de escribir un pequeño ensayo sobre
eso para mi próximo libro. Critico a las mujeres blancas que han escrito
sobre varios tipos de agresión sexual, que lo cuentan todo en ese tono
casi religioso… Claro, el horror es el horror, pero si hay algo que nos
ayuda a sobrevivir es el humor. Tú no tienes que usarlo si no quieres,
pero no me digas a mí que no lo utilice, ¿sabes? En este libro explico
cómo en las culturas de donde provengo el humor es esencial para
sobrevivir a lo peor. Nos divertimos con la muerte, su lenguaje es como
un juguete, y el humor es también un arma. Una cosa que no se tiene en
cuenta es cómo una manera de luchar contra la misoginia es reírse de
ella. ¿Qué hace la risa con la persona a la que va dirigida? Los encoge,
los achica… Y lo último que quiere un machista es ser “pequeño” [señala
la medida con los dedos, carcajea, sonrío…]
Myriam, al principio del libro hay una violación brutal.
Luego esto desaparece y sólo retomas el tema muchas páginas después,
pero obviamente la lectora es incapaz de olvidarlo y debe convivir con
esto durante todo el relato. ¿Por qué este enfoque?
El libro sigue las convenciones narrativas del true crime,
aunque también las subvierte. En este género normalmente el narrador
empieza con el crimen, y luego te aparta y te lleva de la mano por la
historia… Estoy usando ese patrón, pero para darle la vuelta, porque hay
elementos ausentes en el género que yo empleo, como fantasmas… Eso es
fantasía. Otra razón es que la violencia con la que se abre el libro es
la que sufre Sophia Castro Torres, y ella no recibió ningún aviso de que
iban a agredirla y asesinarla, ¿verdad? Pues el lector tampoco. Yo
quería introducir esta violencia de forma que el lector experimentara la
conciencia de la víctima: sin advertencias, surge de la nada, es una
emboscada. Cuando lees sobre el asesinato se te queda en la cabeza todo
el tiempo; esto es una aproximación al trastorno de estrés postraumático
(TEPT), con el que yo vivía. Mientras vas por el mundo viviendo tu vida
hay ecos de lo que pasó dentro de ti, así que replico este síndrome
para el lector, que lo comparte conmigo.
¿Cómo manejaste el dolor durante el proceso de escritura? ¿Fue difícil, liberador? Dame un adjetivo.
Fue muy estresante, no fue liberador en absoluto [se emociona].
Cuando empecé a escribir el libro yo había acabado de leer algunas
memorias sobre el mismo tema y quería intentar un relato propio. Pero
tenía TEPT, sin tratamiento, así que, mientras intentaba escribir sobre
abuso sexual, agresiones, lo que me encontré fue que me daba ansiedad,
entraba en pánico… y descubrí que si utilizaba varios elementos del
humor y el surrealismo era capaz de enfrentarme al tema sintiéndome
protegida. Una vez que me calmé, pude proceder con el humor como un
mecanismo de protección estilística, pero… conforme estaba escribiendo
esto, porque me llevó varios años, bueno… una de las ironías es que me
quedé atrapada en una relación de violencia doméstica. A esa persona que
me metió en la trampa yo le había contado mi historia, y la utilizó
para aterrorizarme. Hacía cosas similares a las que había hecho mi
violador, para torturarme. Al final conseguí escaparme de esa relación,
pero ésa fue la época en que el libro salió, y yo me tuve que esconder
para que esa persona no me encontrara, porque cuando abandonas una
relación violenta es justo el momento en que es más probable que esa
persona te mate, y ya me había dicho que estaba pensando asesinarme… Así
que me tuve que esconder y no disfruté nada el lanzamiento de mi libro.
Qué horror. Cuando necesitabas estar más expuesta, hacer presentaciones…
Las cancelé todas. De hecho, acabé traumatizada, porque estaba
intentando sobrevivir, seguir viva… Ahora bien, ¡mi próximo libro trata
de cómo escribir un libro sobre violencia sexual perpetrada por un
extraño mientras tu pareja te quiere matar! [se ríe] Una de las cosas
que subrayo es que la violencia que viene de un extraño es terrible,
pero muy rara en comparación con la violencia íntima, y lo que pretendo
ilustrar es que esa violencia de fuera a la que nos han acostumbrado a
tenerle pavor es más pequeña y fácil de aguantar que cuando tienes al
agresor en tu puta casa.
Es interesante cómo lo cuentas, porque en Estados Unidos,
fuera de los ambientes académicos, no existe la noción de “violencia de
género”. Es “doméstica”, pero obviamente esto significa otra cosa.
Cuando leí tu libro me pareció una buena manera de empezar a decir que
la violencia tiene género; no es casual que las agredidas en tu relato
sean siempre mujeres.
Sí, totalmente; el libro va de violencia de género. Como has dicho,
ese término no existe fuera de la academia, y a mí me gustaría que se
usara en Estados Unidos, y que sustituyese al lenguaje que empleamos al
respecto… Aquí hay un falso énfasis en la igualdad, como algo ya se
hubiera logrado. Tipo… ¡ah, las mujeres pueden ser las agresoras!, ¡las mujeres también pegan a sus maridos!
Claro, cuando estamos intentando defendernos de esos cabrones. Muchas
veces se llama a la policía [en casos de maltrato] y actúan como si
fuesen dos personas que no saben gestionar su ira, pero ¿quién se está
defendiendo de quién? La razón por la que esto ocurre es una opresión de
género. ¿Sabes? Valoro mucho que en América Latina el discurso se
centre en el género como la causa de la violencia, y la palabra
“feminicidio”, que enfatiza el asesinato de una mujer porque es mujer.
La gente no quiere hablar de esto en Estados Unidos, pero es una
conversación que voy a intentar instigar con mi próximo libro. No hay
ninguna epidemia de maridos asesinados, ni centros de acogida para
hombres, ¡venga ya! Ni hombres corriendo a protegerse con sus niños.
¡Qué gilipollez! Como ves, me saca de mis casillas [risas].
Vamos a hablar de orientación sexual… Dices que Mala onda
no es un libro sobre salir del armario, pero ya desde el principio,
cuando relatas tu infancia, dices cosas como: “Me puse a cuatro patas e
hinqué las rodillas en el polvo junto a los columpios. Miré el agujero
del topo, queriendo deslizar mi puño por ahí”. Mmm… ¿esto no es una
declaración de intenciones?
¡Es un libro queer! [Se ríe] Pero intentaba escapar de la
idea de que se trata exclusivamente de un libro sobre salir del armario.
Durante mucho tiempo en Estados Unidos, si escribías sobre temática
gay, estabas obligado a hacerlo contando esta escena reveladora de darte
cuenta… y yo nunca he tenido un momento así. Yo creo que fue el
resultado de lo que las editoriales elegían publicar, pero yo no quería
que la lectora tuviese esa expectativa, porque es un estereotipo. Hay
materia queer, LGBT, pero estoy lidiando con muchas más cosas. También es cierto que los libros a los que estaba respondiendo con Mala onda
eran muy hetero. Luego está mi propia orientación sexual, y creo que la
mejor palabra para describirla es “bisexual”. No me gusta del todo
porque sugiere lo binario, pero hago las paces con ella en el sentido de
que me atraen los que comparten mi expresión de género y también los
que no.
Una última pregunta. Hay un pasaje donde contemplas a varios
mexicanos cogiendo fresas y tú te diferencias de ellos. Dices: “Me
sentía mal por ser principalmente mexicana y no tener que estar allá
haciendo eso”. ¿Por qué te sentías mal?
El libro negocia diferentes manifestaciones de la culpa. La primera es la culpa del superviviente. Sophia Castro Torres murió y yo viví [lo dice en español] ¿Por qué? La razón es el privilegio de clase.
A mí me asaltaron mientras caminaba hacia el trabajo de mi madre, a las
dos de la tarde, en la ciudad, en frente de una casa de un barrio
residencial… Habría sido muy inoportuno asesinarme allí, pero Sophia no tenía casa
[en español], era una sin techo, y estaba andando a las dos de la
madrugada. Es oportuno matar a una mujer sin casa a las dos de la
madrugada. El privilegio de clase es lo que me salvó la vida, y fue la
pobreza lo que posibilitó que el asesino matara a Sophia. En el libro
medito sobre esa abundancia en mi vida que ella no tenía, sobre esa
injusticia… Así que reflexiono sobre la culpa y la diferencia de clase
respecto a otros miembros de la diáspora mexicana. Pero también comparto
muchas ideas sobre raza. Una de las cosas que ocurre en California es
que a los mexicanos se nos racializa independientemente de nuestros
rasgos. Quizá en México tienes el privilegio de ser huerita
[blanca], pero eso no te lo traes a Estados Unidos. Y, mira, en torno a
este debate siempre hay alguien que suelta: “Mexicano es una
nacionalidad, no una raza”. ¡Pues ve y díselo a los racistas! Seguro que
dejan de serlo cuando escuchen esa distinción, ¡ja! Realmente me
molesta. Una definición de racismo que es bastante exacta es la de Ruth Wilson Gilmore:
“La vulnerabilidad diferenciada de un grupo respecto a la muerte
prematura”. Es decir, un grupo señala a otro y dice: “Está bien que
mueran pronto”. Es muy sucinta, aquí no hablamos de apariencia física,
idioma, etcétera. simplemente de quién muere antes de tiempo, porque eso
es lo que hace el racismo, te acorta la vida, te inhabilita, te
aniquila." (Azahara Palomeque, La Marea, 16 marzo 2023)
"Según las teorías conspiranoicas de la Unión Soviética, en los años
80 los chistes políticos se los inventaba un departamento especial de la
CIA con el fin de socavar nuestro socialismo. Al menos esto nos lo
decían informalmente algunos dirigentes del partido, un poco antes de
voltearse las chaquetas y convertirse masivamente a la fe capitalista,
de aquellos que siempre son más papistas que el papa. Yo me quede con la
duda, tratando de imaginar una supersecreta oficina norteamericana
donde los humoristas de la CIA, con la ayuda del intelecto artificial,
escriben chistes sobre Leonid Brézhnev o el glorioso comandante de la
Caballería Roja Vasili Chapáyev.
En la tranquila vida soviética, con sus logros, sus fracasos y sus
absurdos, teníamos muchos chistes. Algunos, con buena memoria y mejores
talentos artísticos, podíamos contar chistes durante horas. Pienso que
no tenían un objetivo político anticomunista específico, sino que era la
sana catarsis colectiva, de una sociedad con un fuerte tejido social,
una vida de bastante alta calidad y seguridad social y, con todo esto,
mucha burocracia, ridículos formalismos y excesivas restricciones de la
censura. Y nosotros, que todavía éramos un solo pueblo, entre los
vecinos y amigos de confianza nos reíamos mucho de todo, también de
nosotros mismos. Sin tabúes ni moralismos, aunque arriesgándose a algún
que otro problema administrativo o de carrera, pero pasándola muy bien.
Los dos viajes de mi madre
También cuentan que en la época de Stalin, por un chiste
nacionalista, es decir, reírse de cualquier etnia, se podía terminar
preso. En aquellos tranquilos años 80, nos parecía terrible. Después de
los horrores que pasaron y siguen pasando los pueblos de la ex URSS bajo
la propaganda de todo tipo de nacionalismos, ahora no me parece tan
malo.
Recuerdo un típico chiste soviético de aquella época: «En el país se
prohibieron contar chistes sobre los judíos, amenazando a los
infractores con una fuerte sanción. Van dos tipos. Uno pregunta al otro:
– ¿quieres que te cuente un chiste? El otro medio asustado reacciona: –
¿No es de los judíos? – No. ¿Seguro? – Seguro, seguro. – Entonces,
cuéntalo. – Bueno… Van dos negros… uno se llama Abraham y la otra se
llama Sara…»
Imagínense este chiste ahora en la sociedad occidental contemporánea.
Sería declarado antisemita, racista y sexista (por no incluir el
lenguaje inclusivo). La idea central y el humor, que nada tiene que ver
con ninguno de estos ismos, se borra por completo. De entrada, nos
desvían hacia una discusión estéril, grave y dirigida hacia lo
secundario. Tal vez, lo de ‘antisemita’ sería lo más gracioso. Los que
más y mejor contaban chistes sobre judíos eran los judíos soviéticos, un
pueblo con un gran sentido del humor e imaginación, (cuidado, sin
despreciar a ningún otro pueblo, antes de que me tilden de ‘sionista’).
Para la gente carente de educación y llena de complejos cualquier
juego de palabras y significados siempre es sospechoso, al igual que
todo lo que no se entiende se declara un peligro.
Lo que no cabe en los pequeños mundos de los dueños de cualquier
discurso oficial suele ser convertido en etiquetas, advertencias y
‘líneas rojas’. Por eso, la risa, como una de las más bellas expresiones
de nuestra libertad de pensamiento, siempre es doblemente sospechosa y
censurable.
Tampoco nos reímos de las mismas cosas. A algunos les parecen
chistosas las desgracias de otros. Alguien se tropieza, se resbala, cae,
recibe un tortazo en la cara y escuchamos las carcajadas de la sala.
Los absurdos filosóficos de nuestra existencia son una materia bastante
más fina. Para reírse de algunas cosas hay que entenderlas y tener algo
de imaginación. Creo que no soy el único que observa el frecuente cambio
en el sentido de humor de nuestros compatriotas exsoviéticos y
latinoamericanos que emigraron a los EE.UU. Una vez más, mis disculpas
por este lenguaje tan ‘no inclusivo’, les juro que no quise ofender o
provocar al pueblo norteamericano, donde tengo varios y muy queridos
amigos.
Con el proceso de la perestroika en la Unión Soviética, hubo varias
transformaciones culturales. Y el humor no fue una excepción. En la
época de ‘la terrible censura comunista’ en el país salían varias y muy
populares revistas de humor y cada año en la ‘capital soviética del
humor’, el puerto de Odesa, se hacía una especie de festival de chistes,
donde se reunían los mejores humoristas y parodistas del país, llenando
los teatros y los estadios. El humor, como todo, tenía sus límites.
Obviamente, se permitían las críticas de los defectos, sin cuestionar el
modelo político, por lo menos directamente.
Con el avance de la perestroika, el tipo de humor cambió. Uno de los
principales humoristas soviéticos, Alexánder Ivanov, hizo llamados
directos para restaurar en el país el capitalismo y reivindicó la figura
de Pinochet, repitiendo los conocidos argumentos de la derecha
latinoamericana. Las bromas que predominaban en los medios de la URSS,
giraban en torno a la degradación de todo lo soviético, versus lo
superior, o sea, todo lo occidental, lo extranjero, lo civilizado.
Disculpen, pero éste es un ejemplo clásico de un chiste de la época:
«Salen del culo dos parásitos. El parásito hijo y el parásito padre. El
hijo dice:- Papi, ¡qué bello es este mundo! pero, ¿por qué toda nuestra
vida tenemos que pasarla entre mierda?. – Porque es nuestra patria,
hijito, contestó el parásito padre».
Luego, con la terapia de ‘shock’ aplicada en Rusia por el Gobierno de
Yeltsin, la situación se volvió poco chistosa para la mayoría de la
población. Los humoristas y satíricos de antes, de otros tiempos, que en
la época soviética fácilmente llenaban cualquier sala de conciertos,
prácticamente desaparecieron. Se supone que ya se podía hablar de todo
libremente.
Pero, en vez de un auge cultural, después de casi un siglo de censura
que se suponía lo frenaba, recibimos un enorme apagón de las artes
junto con el crecimiento con todo tipo de sucedáneos comerciales, copias
baratas del occidente, que celebraba su gran triunfo de la civilización
sobre nuestra barbarie. El humor desaparecía de nuestras casas. Las
sabrosas comedias francesas e italianas que antes íbamos a ver en los
cines fueron reemplazadas en la televisión por las insípidas bufonadas
norteamericanas, que nos obligaban a reírnos de las desgracias de otros.
Pasaron solo un par de décadas y en ‘el mundo civilizado’ que alguna
vez pretendimos imitar, y su picante y contagioso humor campesino, cayó
víctima de la inquisición progresista, que prohíbe la burla de todo lo
que pueda ser visto objeto de discriminación, o sea, prácticamente todo.
La humanidad liberada tenía que ponerse grave y políticamente correcta.
Si alguien se atreve a recordar los tiempos del chiste de ‘los dos
negros: Abraham y Sara’, de inmediato será acusado de fascista.
Tengo algún prejuicio, o miedo quizás, que me impide dedicarme a
estudiar las diferentes teorías del humor, hay algo frágil, mágico o
delirante que no quiero rozar con la lógica de la racionalidad. Pero
creo que el sentido del humor es, tal vez, lo más humano que nos
caracteriza y diferencia de otras especies.
Si nos quieren deshumanizar deben castrar nuestra capacidad de reír
al lado del prójimo. ¿Será una casualidad que entre las palabras ‘humor’
y ‘amor’ haya solo dos letras de diferencia y mil similitudes? Es
imposible odiar a alguien quien ríe contigo de los mismos chistes.
Nuestro porfiado sentido del humor puede ser visto como un arma para
defendernos como especie… ¿No será esta la razón por la que el poder
globalizado teme tanto nuestras risas?"
"Idiocracia (2006)
es una película que muestra un futuro dominado —es un decir— por idiotas
dependientes de máquinas desgastadas. La escribe y dirige Mike
Judge, creador de las series Silicon Valley, Beavis y Butt-Head y El
rey de la colina. Una producción que pasa desapercibida por los cines y
que tras las risas deja una duda: ¿estamos en los comienzos de un apocalipsis
idiota?
En la búsqueda de
información de futuros posibles, encuentro algunas respuestas en la página web
de Edge.org cuyo lema es:
«Para llegar a la frontera del conocimiento del mundo, busca las
mentes más complejas y sofisticadas, ponlas juntas en una habitación y haz que
se pregunten unas a otras las cuestiones que se plantean a sí mismas».
Siguiendo el lema, Edge plantea cada año una cuestión a 150
personas brillantes en sus campos. Entre los consultados, un premio Nobel,
investigadores de prestigiosas universidades, directores de publicaciones
científicas, periodistas, tecnólogos, artistas y escritores.
En 2013 la pregunta de
Edge es: «¿Qué nos debería preocupar?». 36 de los consultados temen el
aumento de la estupidez y con ello la superstición y la dependencia de la
tecnología. Veamos qué profetiza Idiocracia, qué temen las personas
consultadas por Edge y qué tiene que ver con nosotros, la gente corriente.
Aquí conviene explicar que el texto está en azul y negro
para diferenciar los comentarios particulares de los comentarios de las personalidades
consultadas por Edge.org. El lector puede leer, si lo prefiere, solo lo que
está en azul o lo que está en negro.
En Idiocracia,
los idiotas tienen más hijos que los inteligentes
Idiocracia comienza
exponiendo que en los tiempos actuales «la evolución no premia necesariamente a
la inteligencia» y, dado que las personas inteligentes son menos que las poco
inteligentes, el número de estúpidos crece.
Un matrimonio de personas con alto coeficiente de
inteligencia expone que tener hijos es una responsabilidad y los tiempos son
difíciles. Frente a esta pareja, Clevon, un tipo poco inteligente, no para de
tener hijos con su mujer y dos vecinas; hijos que se convierten en padres
adolescentes.
Douglas T. Kenrick, profesor de psicología de la Universidad
de Arizona, autor de libros y artículos académicos sobre la conducta y el
pensamiento humano, considera que el planteamiento de Idiocracia es posible:
«En estos días, las personas con buena formación intelectual
tienen familias más pequeñas, y como las mujeres con educación superior esperan
más para tener hijos, pierden muchas veces su periodo fértil, y no tienen
hijos».
Kenrick comenta estudios que sugieren que el aumento de la
estupidez está relacionado con el decrecimiento de la riqueza de un país.
Pobreza y estupidez que lleva a los ciudadanos a votar políticas conservadoras
que justamente son las que no favorecen la educación y la investigación científica.
Se llega a la Idiocracia cuando
se desprecia la ciencia
El narrador de Idiocracia comenta que «las mentes
más brillantes y los recursos se concentraron en la lucha contra la caída del
pelo y en prolongar las erecciones». ¿Podría ocurrir?
Frank Wilczek, físico de MIT, considera que «la humanidad
está perdiendo la oportunidad de que la ciencia avance porque el esfuerzo
intelectual se está desviando de la innovación a la explotación».
Lisa Randall, física de Harvard, coincide en lo que respecta
a los Estados Unidos: se queja de que la financiación estatal se destina a
proyectos científicos que generan resultados inmediatos. Esto es incompatible
con buscar cómo demostrar o explorar teorías complejas. Para Randall, aunque la
ciencia puede comenzar con un lápiz y papel sin experimentos o la esperanza de
experimentos, la ciencia teórica no puede avanzar.
En Idiocracia no
hay noción del tiempo
En Idiocracia, el presidente Dwayne Elizondo
Camacho anuncia cantando al país que «el hombre más inteligente del mundo
solucionará todos los problemas en una semana». Problemas como la sequía, la
desertización y la falta de alimentos entre otros. Transcurrida una semana sin
resultados, los ciudadanos atacan la Casa Blanca.
Es un ejemplo entre otros de cómo en Idiocracia las
personas no son conscientes de que hay procesos que necesitan tiempo. Es el
tiempo del «ya».
El escritor y conferenciante sobre tecnologías de la
información Nicholas G. Carr considera que internet está acabando con
nuestra paciencia. Comenta que en 2006 la mayoría de los usuarios abandonan una
web si tarda más de 4 segundos. En 2013 estudios de Google y Microsoft
demuestran que los usuarios se impacientan si una página web tarda más de
250 milisegundos en abrirse. El
parpadeo de un ojo.
«Las
tecnologías digitales nos vuelven más hostiles hacia retrasos en todos los
ámbitos», afirma Carr. «Una impaciencia que tiene consecuencias en la
creación y la apreciación del arte, la ciencia, la política».
La impaciencia nos domina desde que nos levantamos. La mayoría
de las cosas nos parecen lentas: el ascensor; la puerta del garaje; el
semáforo… M., administrativa (a través de una subcontrata) en unos servicios
municipales conoce cada día ejemplos de la impaciencia —y estupidez— que
crea la tecnología:
«Desde hace unos años la gente se ha vuelto más impaciente.
Lo quiere todo ¡ya! No quieren esperar ni una semana ni tres días ni un día. Me
dicen: “¿Pero no tienes ahí internet para hacerlo ya?”».
¿Quién no recuerda en «los tiempos analógicos» haber cogido
tres autobuses para una gestión municipal o sacar dinero de un cajero? Parece
que solo hay paciencia para acampar dos o tres días antes de un concierto o una
final de Copa del Rey. Aquí la televisión suele mostrar a un tipo que dice:
«Estoy en paro, pero por [aquí, un equipo] hago lo que sea; ¡es lo más
grande!». ¿No es esto un pensamiento idiota?
La impaciencia alcanza a todos los ámbitos, incluso a la
ciencia.
Stuart Firestein, profesor de Biología en la Universidad de
Columbia, afirma que el ciudadano está volviéndose impaciente con la ciencia
(otra consecuencia del presentismo). Pone como ejemplo «la declaración de
guerra» de Nixon contra el cáncer en 1971.
«Desde entonces millones de personas han fallecido de
cáncer», escribe Firestein. «Suena mal, pero hemos curado muchos cánceres
previamente fatales e impedido un número desconocido de casos». Firestein
señala que por el camino ha mejorado la fabricación de medicamentos, la
comprensión del sistema inmunológico y cómo se produce el envejecimiento. «Sin
embargo, esta guerra contra el cáncer es más conocida por los dólares gastados
en ella».
Leo M. Chalupa cuenta una anécdota:
«Un abogado me preguntó si todavía investigaba cómo funciona
el cerebro. Cuando dije que todavía lo investigaba se sorprendió. Pensaba que
después de diez años de esfuerzo lo habría descubierto. En ese momento, se me
ocurrió que este hombre muy culto no tenía conocimiento de cómo funciona la
ciencia […], que la investigación es una búsqueda sin fin».
Tim O’Reilly, editor de libros sobre tecnología y
considerado un visionario tecnológico, teme que «si la ciencia no ofrece
soluciones rápidas, el mundo caerá en la apatía, la falta de fe en la ciencia y
el progreso, y después caerá en la melancolía y una nueva edad oscura».
Los ciudadanos
de Idiocracia no se paran a observar las cosas
En Idiocracia uno de los mayores problemas es la
falta de alimentos porque los campos son regados con el refresco patrocinado
por el gobierno. Cuando el hombre más inteligente del mundo propone usar agua
en lugar del refresco es tomado a burla.
Ursula Martin, profesora de Computación en la Universidad de
Oxford, teme que internet esté menguando la capacidad de observación. «Hubo un
tiempo en el que la descripción y la ilustración eran el pan y la mantequilla
de científicos profesionales y aficionados», escribe Martin. «Los libros y
cartas de Darwin están llenos de descripciones cuidadosas».
En el Washington
de Idiocracia un parque temático muestra una versión de la Historia
tergiversada. Y no por intereses políticos —como ocurre en cada país y
en cada autonomía española—, sino por puro desinterés por el pasado.
Para la historiadora de ideas Noga Arikha la
indiferencia por la historia es fruto del «presentismo»: considerar que no hay
más realidad que el presente, que el pasado es irreal. Arikha culpa al mal uso
de internet:
«El conocimiento de un tema más allá de la fecha actual
parece disminuir entre las personas que crecieron con la era de internet […].
Cualquier cosa más allá de 1945 es un paisaje sucio y remoto; los siglos se
funden uno con otro en un magma insignificante. Nombres famosos son parpadeos
en una pantalla […]. Todo se iguala».
Arikha certifica una experiencia que muchos hemos vivido.
Viene siendo habitual que en una conversación casual con una persona menor de
treinta años, una persona que consideramos instruida, mencionemos un personaje
icónico y el interlocutor se encoge de hombros: «¿Quién es?» o «no lo conozco».
Incluso en muchas listas triviales del tipo «las mejores series de televisión
de la Historia» hay una muestra de la ignorancia y el desinterés de quien
redacta, que no hace referencia a material anterior a su adolescencia.
Según Arikha, para muchas personas «internet que se ha
convertido en su biblioteca de referencia, pero los estudiantes lo utilizan
como única investigación». Estudiantes que son incapaces de «medir la
pertinencia, la jerarquía, la precisión y las referencias cruzadas». A uno
no le extraña que estos estudiantes se traguen bulos grandes como
casas.
Para Nicholas Humphrey, profesor de la Escuela de Economía
de Londres, más que desinterés, el peligro de internet es que nos convierte en
«meros turistas del conocimiento, saltando de atracción en atracción sin pisar
la tierra. Para la mayoría lo importante es la llegada y no el viaje».
En Idiocracia,
la lectura y la escritura se han degradado
En Idiocracia, leer y escribir es «cosa de maricones».
En la película, los periódicos y revistas y los carteles de establecimientos
populares contienen escandalosas faltas de ortografía y gramática que los
autodenominados «nazis de la gramática» implosionarían corrigiéndolas. Por
otro lado, los ciudadanos tienen problemas de comprensión lectora.
David Gelernter visualiza un futuro igualmente nefasto
para la palabra escrita y señala internet como culpable. La paradoja es
que Gelernter trabaja en crear y desarrollar tecnologías de vanguardia para
internet. En los 80 sienta las bases de los motores de búsqueda y más tarde en
las herramientas basadas en flujos con las que operan las redes sociales.
Para Gelernter, internet degrada la palabra escrita porque
«apenas hay tiempo entre la escritura y la publicación. El escritor publica
rápido —muchas veces los primeros borradores— para lectores que leen rápido y
apenas prestan atención». Esta falta de atención obliga al redactor a una
escritura deslucida cuyo único fin es el consumo rápido.
Gelernter comenta que algunos estudios revelan que los estudiantes
estadounidenses de hoy escriben con menos competencia que los estudiantes de
1960.
Hoy también se escribe en España peor que décadas atrás.
Cuando encontramos titulares simples mal redactados (no un par de erratas entre
3.000 palabras) decimos: «Ha sido el becario». Pero recordemos que ese becario
tiene una licenciatura.
Roger Schank también considera que el lenguaje se está
degradando y que un motivo es que «los alumnos memorizan para pasar exámenes,
pero son incapaces de razonar y exponer por escrito sus pensamientos».
Gavin Schmidt,
climatólogo de la NASA, señala que cada vez es mayor la separación entre las
noticias y lo que entiende el público. El desinterés por profundizar en
las noticias trae consecuencias. «No es ninguna sorpresa que las discusiones en
la calle a menudo degenera en mero tribalismo».
En Idiocracia hay
una alta dependencia de las máquinas
Idiocracia cuenta con una tecnología sofistica
manejada por imbéciles. Por ejemplo, hay una máquina que diagnostica
perfectamente enfermedades. Sin embargo, nadie sabe cómo funcionan y tienen un
lamentable mantenimiento. Parece que fueron creadas hace mucho tiempo y que los
que las usan lo hacen por mímica.
La psicóloga Susan Blackmore vislumbra un futuro similar al
de Idiocracia, lleno de máquinas y tecnología que se manejan con un
dedo con apenas razonamiento:
«Un mundo en el que los seres humanos gestionan los recursos
para alimentar a un número creciente de máquinas a cambio de más diversión,
juegos, información y comunicaciones».
Para Blackmore, el problema es: «¿Y si todo el sistema se
derrumba? Ya sea por un cambio climático, pandemias u otros desastres […] y no
podemos usar nuestros teléfonos, satélites y servidores de internet. ¿Podríamos
deslizar nuestros dedos por una pantalla para alimentarnos?».
Esto se explica mejor con un monólogo de Eva Hache: «Los hay que se gastan 500
euros en un teléfono de última generación y lo primero que hacen es
ponerle el tono del eructo bajo el agua».
Cada vez es más frecuente encontrar a personas jóvenes con
teléfonos sofisticados con inmensas posibilidades que dicen: «Yo solo lo tengo
para el Whatsapp y hacer fotos». Preguntan: «¿lloverá mañana?» o «¿el lunes es
fiesta?».
Blackmore cree que las escuelas deben volverse analógicas:
enseñar a los niños a razonar y usar las manos en actividades como carpintería,
cocina, agricultura…
En Idiocracia gobiernan
los tontos que son famosos
El presidente de
los Estados Unidos —realmente del mundo— es Dwayne Elizondo Camacho, cinco
veces campeón de lucha libre profesional y «superestrella» pornográfica. Es
inevitable que la fama lo aupe a la presidencia aun careciendo de preparación y
contando con unos asesores imbéciles que repiten eslóganes de las empresas que
han comprado al Gobierno.
El productor de música y artista Brian Eno responde
a Edge que su temor es que «la mayoría de las personas inteligentes que conozco
no quieren tener nada que ver con la política».
Eno considera que la actual política (estadounidense) está
hecha por idiotas que han conducido al país a las guerras de Irak y Afganistán,
que sangra a naciones más pobres por las deudas de sus exdictadores y que
permite que los intereses particulares y los bancos gobiernen el país.
«Pero no hacemos política —se queja—. Esperamos que otras
personas lo hagan por nosotros y nos quejamos cuando se equivocan […]. La
responsabilidad no se detiene en las urnas. Dejamos de hacer cosas y permitimos
que otros las hagan por nosotros».
Roger Schank también considera que la política está
llena de idiotas. Schank es uno de los principales investigadores del mundo en
Inteligencia Artificial, Teoría del Aprendizaje y en la construcción de
entornos virtuales de enseñanza. Para él, una prueba de la estupidez de los
políticos se ve cuando debaten un problema en el Congreso (de los Estados
Unidos): «Parece que nuestros representantes son incapaces de hacer un
argumento razonado».
En Idiocracia se habla a gritos y el presidente necesita
de una ametralladora para hacerse oír. Los parlamentarios españoles no esgrimen
mejores razonamientos en sus intervenciones. Nos hemos acostumbrado a su
pantomima: unos sueltan exabruptos para recibir aplausos de los suyos mientras
que los otros responden con pataletas y silbidos.
Para el
oceanógrafo Bruce Parker, la cultura de la imagen en la que estamos
inmersos no obliga a los políticos a tener méritos o logros verificables para
ser elegidos:
«Simplemente necesitan convencer a la gente para que vote
por ellos […]. Usan la manipulación emocional con llamamientos a la religión,
el patriotismo, las diferencias de clase, prejuicios étnicos, etc. Documentos
sonoros superficiales y anuncios de campaña que parecen trailers de películas».
Para Bruce Parker, los partidos eligen a candidatos
desinformados e incluso estúpidos, pero que ofrecen buena imagen a la nueva
cultura de internet.
En Idiocracia,
los medios embrutecen a las personas
La película más vista en Idiocracia se llama CULO.
Una hora y media con un culo en primer plano. (A la cabeza me viene Jene
Selter, señorita carente de méritos, pero con casi 8 millones de
seguidores en Instagram gracias a su culo. Un culo no es un mérito).
El programa más visto en Idiocracia es Oh,
mis huevos, que haría las delicias de Homer Simpson: un tipo corriente encadena
patadas y accidentes en los testículos.
Un espectáculo que tiene un espejo en America’s Got
Talent.
https://youtu.be/1XvEZ8O6m8E
No extraña que a Roger Schank le preocupe la televisión:
«La televisión fomenta la glorificación de la estupidez […], programas que
dejan claro que actuando mal te harás rico y famoso. Programas en los que
hablan sin necesidad de respaldar lo que dicen con pruebas».
Schank considera que las grandes corporaciones están tras la
glorificación de la estupidez si no se benefician de ellas. El psicólogo
escribe:
«Quienes venden medicamentos no quieren que la gente pida información sobre
cómo funciona el medicamento […]. Quienes hacen recortes de gastos no quieren
que la gente pregunte por qué nunca se habla de recortes en defensa […]. La
gente que dirige las organizaciones de noticias tienen una agenda y no crean
pensadores que entiendan qué está pasando en el mundo».
Larry Sanger, cofundador de Wikipedia y Citizendium,
también acusa a los medios de comunicación de la estupidez creciente, en
concreto a los medios online:
«Los sitios online nos vuelven estúpidos y hostiles hacia
los demás», escribe Sanger. «Las comunidades de noticias, de información, de
opinión y de debate están dominadas por un solo punto de vista. Ejemplos son
el Huffington Post de la izquierda y National Review Online a
la derecha».
Sanger considera que el auge de internet parece traer una hostilidad entre los
partidos políticos que hace que cada vez sea más difícil alcanzar compromisos
políticos significativos.
Todos recordamos cómo los seguidores de los partidos
defienden lo indefendible a través de las redes sociales: los corruptos, los
idiotas, los villanos son los otros.
Sanger afirma que «los sitios online son atractivos porque
refuerzan nuestros supuestos básicos, y nos dan puntos de conversación fácilmente
digeribles […]. Nos hacen demasiado confiados y acríticos. Nos alienan a unos
de otros, incluso de amigos y familiares que no comparten nuestras opiniones,
porque es muy fácil y divertido demonizar a la oposición desde una página web».
Bruce Parker considera que el entretenimiento que ofrece
internet ha creado una nueva cultura: «Es una cultura de abajo hacia arriba con
un efecto de embrutecimiento que es probable que tenga repercusiones».
Para Parker, «a medida que más y más población llena más y más horas del día
con el entretenimiento [online], cuenta con menos horas para actividades que
promueven la inteligencia, la compasión y para interesarse por lo que cae fuera
de sus propios microcosmos de internet».
En Idiocracia no
existe la individualidad
En Idiocracia los
medios de comunicación homogenizan las modas, los gustos y los intereses. Por
otro lado, hay un puñado de corporaciones que monopolizan la industria. Todas
las cafeterías son Starbucks, una bebida energética como sabor predominante,
Costco es el único sitio para las compras… La ropa contiene logos de
distintas marcas. Como resultado, el pensamiento de los ciudadanos es similar.
En Idiocracia no hay más interés que el placer
inmediato. Las cuestiones urgentes se aparcan por un polvo rápido. No importa
qué hay en juego. Incluso el sexo está por encima de la posibilidad de perder
la vida.
En Idiocracia el presentismo mencionado por Noga Arikha impide
mirarse a uno mismo, estar atento a los propios gustos, intereses y
necesidades. Todo el mundo va donde todo el mundo va, y todo el mundo hace lo
que todo el mundo hace. Todo el mundo parece la misma persona.
Inquieta que los protagonistas de Gandía Shore no
sean muy distintos de los de Jersey Shore (USA), Geordie Shore (Reino
Unido), Acapulco Shore (México) o Warsaw Shore (Polonia).
Basta visualizar unos minutos de vídeos en Youtube de unos y otros para
percatarse de ello. Una prueba de la homogeneización cultural.
Precisamente Hans Ulrich Obrist, codirector de la galería de
arte Serpentine de Londres, se queja de que las ciudades de la
mayoría de los países se parecen, que sus ciudadanos tienen los mismos gustos e
intereses y que la individualidad de los artistas es aplastada. Para Obrist la
homogeneización está en los principios de la destrucción de una civilización.
Nicholas Humphrey teme que si todo el mundo hace las mismas
cosas, ve los mismos espectáculos y va a los mismos sitios, se pierda la
creatividad: «Debemos preocuparnos de que las experiencias individuales están
desapareciendo; son las que conducen a la unión de las ideas».
O’Reilly recuerda que «en el pasado, la antorcha del
progreso pasa de una región a otra del mundo. Pero ahora, por primera
vez, tenemos una única civilización global. Si falla, todos fracasamos juntos».
Muchas de las predicciones son catastróficas. Hay algunas
soluciones. Una de ellas es no seguir a la manada. La solución quizá está en el
discurso final del protagonista de Idiocracia, un tipo corriente del
presente que es congelado y despierta en un futuro estúpido:
JOE: ¿Saben? Hubo una época en la historia de este país
cuando la gente lista era considerada gente guay, pero la gente lista
hacía cosas… como construir barcos y pirámides, e incluso fueron a la luna. Y
hubo una época en la historia de este país, hace mucho tiempo, cuando leer no
era cosa solo de maricones y escribir tampoco. La gente escribía libros y
películas, películas que contaban historias. Y te importaba de quién era el
culo que veías y por qué se tiraba pedos… y estoy convencido de que esa época
se repetirá de nuevo."
(Javier Meléndez Martín, Guionista desde 1998. Ha trabajado en producciones de ficción y programas para Canal Sur, ETB y TV3. Other News, 18/08/20)
"Cuentan que cuando el famoso payaso Ramper, que tenía una vena
depresiva, le explicó tristísimo a su colega Alady que preparaba un
número sensacional y postrero, La muerte de Ramper,en el que
tocaría el xilofón, haría unas bromas, se subiría al trapecio y se
lanzaría desde la cúpula del circo a las gradas, Alady le contestó:
“¡Será formidable, matándote cada noche durante 15 días seguidos te
harás millonario!”.
Los payasos tienen una forma particular de afrontar
la muerte. Cuando Monti (sin la cara pintada Joan Montanyès) se estaba
muriendo de cáncer acudieron al hospital a despedirse de él todos los
otros grandes payasos catalanes con sus atuendos de clowns. Como para
encontrártelos en el ascensor a la UCI.
Payaso y muerte, la gran carablanca, hacen una extraña y turbadora
pareja. Un binomio que nos conmueve hasta los huesos. Crear un
espectáculo de clowns en torno a un payaso muerto es un verdadero reto.
En torno a dos ya resulta una nobilísima payasada. Eso es lo que es, en
la más hermosa y generosa de las acepciones, Rhum, el gran,
emotivo y divertidísmo homenaje a Monti que han orquestado un grupo de
colegas.
El montaje (que ganó el martes pasado el premio Zirkòlika al
mejor espectáculo de clowns) hace temporada estas navidades en un lugar
tan proclive a las maravillas (“y alguna cagadita”, bromean en escena
los payasos) como el Teatre Lliure de Gràcia.
A Monti le atraía —sin saber que prefiguraba la suya propia— la
escena de la despedida de Rhum en el cementerio parisino de Saint Ouen,
con todos los grandes payasos de la época en colorida grand parade junto
a la fosa. Rhum, el espectáculo, iba a ser un homenaje al Rhum
payaso y al oficio, pero resultó evidente que Monti no lo podría
protagonizar.
Convertidos en Rhum & Cia, cinco payasos bajo la
dirección de Martí Torras decidieron sacar el proyecto de Monti adelante
reconvirtiéndolo además en una celebración del propio colega, que
falleció en 2013.
El nuevo Rhum, que se pudo ver tres días en el festival
Grec, coproductor, y está desde anoche en el Lliure de Gràcia hasta el 4
de enero, huye de sentimentalismos fáciles y ofrece un festivo rosario
de números desopilantes, incluidos algunos tan clásicos como el del
espejo roto o el tiro a la diana y otros destinados a los nuevos gustos
como el de los cinco payasos convertidos en risibles bañistas de un
ballet acuático mientras uno de ellos canta un rap.
Las risas son sin
duda el mejor tributo para un payaso muerto. (“Mi risa está hecha de
lágrimas”, decía el gran Grock —cuyo padre por cierto dejó a la familia
para unirse a un circo ambulante: a ver si no es para entristecerse—). Y
sin embargo, una enorme vena poética y lírica recorre como un río
subterráneo el espectáculo. Ya desde que a la entrada de la sala te
encuentras un maniquí con la ropa de Monti.
O en el preámbulo de la
función, con el augusto anunciando —en tono tan sublime como Plutarco la
muerte de Pan— “Rhum é morto” y portando una cajita con el almita del
payaso. “No es un espectáculo para nada triste, el 90 % es de reír
mucho, con un par de momentos emotivos”, recalca el director. (...)
El momento más emotivo es cuando el reticente augusto Martines,
convertido en Rhum-Monti, dialoga con una grabación de la voz del propio
Monti, el payaso muerto transformado en algo así como el espectro del
padre de Hamlet. ¡No está mal para ser un espectáculo de payasos!.
En lo
que podía ser la apoteosis de la trascendencia salta la frase que nos
devuelve a la pista: “Tanto Monti Monti tanto”. A subrayar que entre las
cosas que dice Monti en off está que los payasos de verdad no
tienen nada que ver con los políticos, aunque estos se crucen la palabra
como descalificación. (...)
El final, con la sombra de Monti, inconfundible con su sombrerito, tras
una cortina tocando el saxofón a coro con el resto de los payasos es
simplemente inolvidable. Más aún si sabes que el que pone el cuerpo es
el maquinista del Lliure Sergi Martínez, primo de Monti.
De nuevo —no
nos vamos a ir a la calle con el corazón encogido y ¡que viva el
circo!—, se deja paso a un epílogo humorístico en el que los clowns
hacen música con infinitud de objetos, incluidos dos pollos de goma.
Risas, risas. Con la nariz roja puesta. Así viven y mueren los payasos." (Jacinto Antón , El País, 18 DIC 2014)
"Eduardo Strauch ha sobrevivido a un accidente aéreo, ha aguantado 72 días en los Andes con lo puesto y ha practicado la antropofagia, pero es un hombre tímido. (...) "No tengo ningún problema para hablarlo. La curiosidad me parece normal. No me siento distinto por haber comido carne humana; tampoco lo percibí como una comunión, pero eso ayudó a algunos". (...) Arquitecto, casado, con cinco hijos de edades entre 17 y 27 años, dice que su relación con la historia de la tragedia ha ido variando en intensidad, pero que siempre le ha acompañado. "Un 20% de mí está todavía en la cordillera, y no quiero que baje", explica. "Nunca tuve problemas de conciencia, ni pesadillas, pero lo que vivimos allí fue algo tan conmovedor... Estoy seguro de que he ido haciendo una sanación, una autoterapia; sin embargo, aún hay duelo". Eduardo Strauch, que contaba 25 años, formó parte allí arriba del núcleo duro: fue de los que se encargaron de obtener y distribuir la carne de los cuerpos -una tarea que "no era grata"- durante los 65 días que los consumieron. Tomaban poco cada vez. Empezaron, dice, por los que conocían menos, pero nunca trascendía exactamente de quién se trataba. No se limitaban a la fibra. También comieron tuétano. Hacer uso de "cierto humor negro" les ayudó mucho en el trance, y ofrecerse ellos mismos: "Si muero, comédme, nos decíamos unos a otros". Considera que la fortaleza mental fue decisiva para sobrevivir. Recuerda el impacto, la sensación de irrealidad, el ruido infernal, el instante de silencio y luego los gemidos. Fue su primera relación con la muerte. No se considera valiente -"del montón"-, pero sí pragmático. "A otros les costó mucho la decisión de la antropofagia, se les cruzaban reflexiones religiosas, filosóficas. Yo lo tuve muy claro. Y estoy muy contento de haber podido lidiar con todo aquello". Ha podido hablarlo con sus hijos e incluso responderles a qué sabe la carne humana: "A vacuno". La de los Andes es una historia con muchos ingredientes, con perdón por la palabra, pero sin sexo: "No hubo, todo ese tiempo se nos olvidó". (EDUARDO STRAUCH:"No hable sólo de antropofagia, por favor". El País, ed. Galicia, Última, 25/06/2008)