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20/10/21

¿Por qué la meritocracia no funciona?... ¿Por qué a los malos estudiantes de las clases altas nunca les va mal?

 "Carlos Gil Hernández quería ser periodista, pero terminó de sociólogo. Nunca se lo habría planteado si no fuese porque, mientras cursaba Periodismo en la Universidad de Sevilla, las plazas para la asignatura de Fotoperiodismo se acabaron. La alternativa era Técnicas de Investigación Social, que impartía Ildefonso Marqués, uno de los grandes expertos españoles en clases sociales y movilidad. “Es una buena muestra de cómo el azar o las circunstancias que tú no eliges influyen en tu vida y tus decisiones”, explica década y media después Gil. “Creemos demasiado en otorgar responsabilidades individuales a nuestras elecciones”.

Esa es la obsesión que ha movido a Gil en su investigación como sociólogo: la de intentar sacar a la luz los mecanismos invisibles de la sociedad. El ECSR (European Consortium for Sociological Research) acaba de premiar su tesis doctoral como la mejor del año: su título, ‘Cracking Meritocracy from the Starting Gate: Social Inequality in Skill Formation and School Choice’. El título hace referencia a los cajones de salida de las carreras de caballos: “Es una metáfora para explicar que en la carrera por el estatus socioeconómico, las clases aventajadas salen con unos cuantos metros de ventaja ya antes de nacer”. 

“Mi tesis trata de responder a la siguiente pregunta: ¿cómo las familias de estatus socioeconómico alto evitan que sus hijos desciendan en la escalera social, aunque tengan una habilidad académica baja?”, explica Gil desde su casa en Dos Hermanas. Es una pregunta que lleva haciéndose décadas la sociología de la estratificación social. Si tan importante fuese el rendimiento académico, las habilidades y el esfuerzo (que solemos pensar que se trata de una decisión individual, meramente voluntaria), ¿por qué los estudiantes de clases más altas que rinden peor o se esfuerzan menos terminan notándolo menos que las bajas en su rendimiento y su estatus posterior, como han comprobado anteriores estudios?

 En primer lugar, explica el nazareno, las desigualdades ya surgen en los primeros años de vida. “La investigación muestra que las familias de clase social más alta consiguen realizar más inversiones culturales y económicas en la educación de sus hijos gracias a sus recursos, lo que da pie a que desarrollen esas habilidades que los profesores luego consideran mérito académico”. Incluso el esfuerzo, que suele considerarse una elección personal, se transmite culturalmente de manera distinta entre padres e hijos según su nivel socioeconómico.

 Pero ¿qué pasa con los niños de las clases aventajadas que no sacan buenas notas o no son muy hábiles cuando se hacen mayores? Una de las investigaciones realizadas por Gil con las encuestas en colegios alemanes muestra que no mucho. Claramente, menos que con los de clases más bajas. “El mecanismo que explica que sigan adelante son las aspiraciones de los padres, que quieren que lleguen como poco a su mismo estatus socioeconómico”, explica. “Si son hijos de profesionales liberales o ‘managers’, todo lo que no sea llegar a la universidad es un fracaso”.

¿Qué hacen, entonces? “Empujan”. La mayor desigualdad a la hora de acceder al Bachillerato o la universidad se concentra en los estudiantes con menor capacidad académica, y ahí es donde se activan otros mecanismos. “El cambio de escuela a otros centros donde los padres tengan más influencia, las tutorías privadas o simplemente matricularlos en un centro privado donde no les pidan nota”. Gil, además, comprobó cómo los profesores tienden a poner notas más altas a los estudiantes de clases más altas que sacan las mismas notas en PISA (un examen estandarizado y anónimo) y que se esfuerzan en clase al mismo nivel que alumnos más desaventajados: “Niños iguales en todo y con un nivel de competencias bajo a los que se les evalúa mejor si vienen de clases altas”. 

 Malas noticias para la meritocracia, porque estas observaciones muestran que la promesa de que cada cual obtendría un lugar en la sociedad acorde a sus habilidades no se cumple. “En una sociedad perfecta, los hijos de los que están en la cúspide social tendrían la posibilidad de bajar si no valen, pero eso nunca pasa”, añade Gil.

La batalla meritocrática

Podría parecer que durante los últimos años se ha producido una reacción frente a los discursos de la meritocracia, con libros como ‘La tiranía del mérito’, del Premio Príncipe de Asturias Michael J. Sandel. Sin embargo, el término 'meritocracia' es cada vez más popular, recuerda Gil. Jonathan Mijs mostró en un trabajo cómo la creencia en la meritocracia en las sociedades desarrolladas ha aumentado en las últimas décadas, especialmente desde los años noventa, y a pesar de que en ese mismo periodo de tiempo la desigualdad económica también se ha disparado. España es uno de los casos más agudos.

 Otro de los estudios de Mijs señala que, paradójicamente, en los países con mayores desigualdades se tiende a creer aún más en la meritocracia. “Es curiosa esa distorsión cognitiva”, valora Gil. “La tesis es que las clases altas y las trabajadoras están tan lejos en términos de ingresos que ni siquiera son conscientes del nivel de desigualdad, y creen que es mucho más fácil llegar arriba”. Aunque algunas de las medidas tomadas por el Gobierno de izquierdas PSOE-Unidas Podemos sí cuestionen la idea actual de meritocracia, valora Gil, la mayor parte de la socialdemocracia “ha aceptado desde los noventa esa concepción del mérito y de la igualdad de oportunidades”.

En esa época tuvo lugar el proceso que provocó que el número de universitarios en España se multiplicase entre los sesenta y los noventa. Y a pesar de que el acceso a la educación no ha cambiado, sí lo ha hecho la movilidad social. “El ascensor de bajada no funciona y el de subida se ha parado un poco, porque España es un país con menos empleos de alta cualificación, y si no se crean empleos de alta cualificación en cantidad ingente, es un juego de suma cero desde una perspectiva intergeneracional”, explica el sociólogo. “Si los hijos de los que están arriban no bajan y no se crean puestos arriba, los que están abajo tendrán complicado subir. Los puestos de las élites son limitados y, si no bajan ni aunque tengan una habilidad y un mérito bajo, la movilidad social no funciona. Es el melón que hay que abrir”.

 El propio investigador es uno de los ejemplos de esa movilidad social que se ha ralentizado. Criado en una familia de auxiliares administrativos, ha sido el primero en cursar un doctorado. Fue la dificultad de desarrollar el trabajo que más le interesaba, “un periodismo más sesudo y de profundidad”, lo que le terminó llevando a la universidad y la investigación sociológica. “Eso me metió el gusanillo de la investigación en sociología y decidí hacer el máster en Investigación de la Pompeu Fabra y otro máster de Sociología en Tillburg (Holanda). A partir de ahí, echo la solicitud para la beca del Instituto Universitario de Florencia y tengo la suerte de que me cojan para hacer el doctorado”. Desde junio, trabaja para la Comisión Europea como investigador social.

¿Genes o ambiente?

Gil considera que hay unos cuantos factores para que su trabajo haya sido premiado. Uno suena modesto: un sesgo de selección que impide que haya tenido que competir con otras tesis que “seguro que también eran mejores”. Pero también “una reflexión teórica muy larga, que es algo que la sociología cuantitativa empírica ha dejado de lado en los últimos años, defendiendo una idea como es la del mérito que tiene implicaciones políticas muy potentes”. También su multidisciplinariedad, desde la formación de capital humano en la economía hasta la sociología de la estratificación social, los mecanismos de compensación, las teorías de la reproducción cultural de Pierre Bourdieu, la psicología del desarrollo, ‘behavioral genetics’ y la epidemiología.

Pero hay algo que puede llamar la atención del lector: la utilización de los estudios de gemelos como diseño causal. A lo largo de todo el siglo XX, los estudios con gemelos univitelinos y bivitelinos se han utilizado en la genética conductual para intentar adivinar qué comportamientos son heredados genéticamente y cuáles son producto del ambiente. Pero Gil lo utiliza de manera un tanto distinta, para quitarse los factores genéticos de en medio y centrarse en lo ambiental. Por eso no resulta fácil responder de manera definitiva y concluyente a la pregunta de ‘nature versus nurture’, es decir, naturaleza versus crianza.

 “Esa dicotomía que establecemos a la hora de valorar hasta dónde llega el mérito y las circunstancias personales en el estatus es una herramienta útil para los académicos o para establecer debates más filosóficos, pero la práctica es mucho más compleja y es una pregunta que nunca se va a poder resolver, porque hay mucha interacción entre genes y ambiente”, responde el investigador. Cada vez aparecen herramientas más complejas que permiten trazar el genoma de millones de personas y comprobar qué variantes genéticas están relacionadas con distintos rasgos o enfermedades, pero la sociología prefiere buscar explicaciones del ambiente o culturales. “Por motivos obvios: nazismo, eugenesia, etc.”.

Sin embargo, Gil cita otras investigaciones que han encontrado algo interesante relacionado con la biología: en las familias más aventajadas, la biología es más importante a la hora de explicar las diferencias de estatus socioeconómico que en las de nivel más bajo. “La hipótesis es que tienen más recursos para explorar su potencial genético”, concluye. No es tan fácil separar lo biológico de lo ambiental, no es tan sencillo entender por qué la sociedad funciona como funciona. En ello está Gil."              (Héctor G. Barné, El Confidencial, 19/10/21)

24/9/20

Las personas sin cualificación académica subsisten en empleos peor pagados y que carecen de toda valoración social, lo que alienta el resentimiento de las clases bajas, dado que perciben que su trabajo es contemplado con desprecio por las clases meritocráticas, que miran por encima del hombro a quienes desempeñan tareas poco cualificadas, que demuestran que esas personas tienen poca valía. Ese desdén activa el odio y el resentimiento y ahí nace Trump

 "No deja de tener su ironía que se haya puesto de moda combatir la meritocracia en un momento en que la percepción social subraya su ausencia. Un reciente libro de Michael J. Sandel, ‘La tiranía del mérito’ (Ed. Debate), ha contribuido a lanzar la polémica, pero es probable que, una vez más, solapemos la realidad con los conceptos. Sería más lógico, en este instante de crisis generalizada, resaltar la inexistencia de la meritocracia más que su inconveniencia: por más que se señale con mucha frecuencia que las personas con más talento y más brillantes alcanzan los puestos de mayor relevancia en nuestro sistema, la realidad cotidiana nos hace pensar con demasiada frecuencia que no es así.

 La sensación de ineficacia, de mala gestión, de que se toman decisiones poco sensatas, está instalada en buena parte de la población.

Vivimos en una sociedad que vuelve muy complicado que el mérito florezca y que el esfuerzo sea recompensado. Un aspecto que no suele tenerse en cuenta es la dificultad que existe para conseguir que las personas alcancen y demuestren sus capacidades. En general, las condiciones de realización de las tareas están lejos de ser las idóneas, lo cual empobrece el talento. 

Por utilizar un ejemplo bastante obvio, un médico que debe atender a un número elevado de pacientes en poco tiempo no puede prestar la atención debida ni dispone de la información precisa para hacer un buen diagnóstico, salvo que posea condiciones excepcionales, algo que aparece raramente. 

Ocurre en casi todos los trabajos, requieran o no credenciales académicas: cuando debes realizar tu tarea a toda prisa, no sale bien. En ese contexto, la valía se va apagando, cunde el desánimo y, en lugar aumentar el conocimiento, crece la saturación. Personas que podrían realizar sus tareas de un modo mucho mejor se convierten en empleados agobiados que actúan casi mecánicamente. En ese escenario, el mérito consiste en hacer más en menos tiempo, aunque sea ineficientemente.

El origen social adecuado provee las credenciales académicas y la red de relaciones que permiten el éxito profesional

El segundo asunto, en el que se pone el acento con más frecuencia, es la inclinación de nuestro sistema a favorecer a los privilegiados. Los mejores puestos, aquellos que tienen un poder de mayor poder decisión sobre el conjunto social están destinados a clases determinadas, y es muy difícil llegar a ellos si no se cuenta con el origen adecuado, que es el que provee las credenciales académicas y la red de relaciones que permiten el éxito. 

Los caminos que llevan a las carreras profesionales logradas en el ámbito financiero, en las universidades de élite o en las grandes empresas suelen estar marcados por la clase social, es decir, por el punto de partida. Es mucho más fácil para ellos, que están muy bien posicionados en la salida y que reciben ayudas en el camino, llegar más arriba que los demás.

El problema secundario de todo esto, tanto de la sobrecarga como de la restricción del ascensor social, es que, como bien decía William Deresiewicz, producimos mucho más borregos excelentes, por utilizar su término, que personas con grandes méritos.

Sin embargo, la modesta polémica sobre la meritocracia se centra en otros aspectos, más banales y, en última instancia, desalentadores, pero que describen bien algunas de las tensiones sociales que recorren nuestro tiempo, y las diferentes respuestas que se les da para manejarlas. Veamos los argumentos.

1. El desprecio

Michael J. Sandel es filósofo, profesor en Harvard, premio Princesa de Asturias 2018 de ciencias sociales y uno de los pensadores con más prestigio en su ámbito. La tesis que ha expuesto es la siguiente: vivimos en una sociedad meritocrática en la que los títulos superiores dan acceso a los trabajos con más prestigio y mejor remunerados y, al mismo tiempo, las personas sin cualificación académica subsisten en empleos peor pagados y que carecen de toda valoración social. Esa separación alienta el resentimiento de las clases bajas, dado que perciben que su trabajo no es reconocido y que, por el contrario, es contemplado con desprecio por las clases meritocráticas. 

Como estas entienden que el lugar que ocupan se debe a que se lo han ganado, a su talento y a su esfuerzo, miran por encima del hombro a quienes desempeñan tareas poco cualificadas, ocupaciones que demuestran que esas personas tienen poca valía. Ese desdén activa el odio y el resentimiento y ahí nace Trump, señala Sandel. Al no otorgar la importancia moral y cívica a esos trabajos y a quienes lo realizan, se genera un clima de hostilidad que han aprovechado los populismos de derechas. La pandemia nos ha dado una lección en ese sentido, ya que se ha dependido de trabajadores esenciales que se encuentran entre los miembros de la sociedad peor pagados.

Reduce al ámbito del reconocimiento los obstáculos que encuentra la gente para ver recompensado su esfuerzo con un nivel de vida decente

La solución que aporta Sandel pretende aumentar ese reconocimiento. Las élites meritocráticas deberían ser menos arrogantes y más humildes y, a partir de ese freno de mano, deberían “reconstruir los espacios comunes de la ciudadanía democrática compartida”, de modo que exista una “infraestructura cívica del modo de vida democrático, donde personas de clases y condiciones de vida diferentes se encuentren. Debemos renovar y revigorizar la sociedad civil. Hay que pinchar las burbujas para crear una experiencia democrática compartida”.

Con Sandel, una vez más, el mundo pijo anglosajón, regresa a sus obsesiones y trata de reconducir aquello que se le escapa a su marco mental. 

En consecuencia, Sandel pasa por encima del concepto meritocracia y lo da por sentado, como si estuviera firmemente instalada en la realidad; la percepción social, por el contrario, es que la meritocracia no existe y que triunfan los más listos o los más taimados, pero no los mejores

 En segundo lugar, obvia las dificultades que nuestro sistema impone para que las personas puedan, no ya triunfar, sino desarrollar sus capacidades.

 Y en tercero, reduce al ámbito del reconocimiento los obstáculos que encuentran las poblaciones para ver recompensado su esfuerzo con un nivel de vida decente. Y eso es justo lo que está ocurriendo, porque ni los trabajadores esenciales reciben el salario que necesitan para vivir, ni los empleados académicamente cualificados encuentran a menudo una recompensa satisfactoria en el plano de los recursos. Muchas personas de todas las edades, y no solo los jóvenes, poseen titulación universitaria y experiencia y obtienen a cambio salarios ínfimos, puestos por debajo de sus capacidades o mucho tiempo libre en forma de paro.

Su actitud contiene el mensaje de “vas a seguir cobrando lo mismo, pero te tomamos en cuenta”

La fórmula blanda de Sandel se reduce a “dar cariño” a los perdedores, y lleva al ámbito del reconocimiento y la autoestima un daño que se produce en otro espacio. Su actitud contiene el mensaje de “vas a seguir cobrando lo mismo, pero te tomamos en cuenta”. La gente suele aguantar las desigualdades sin demasiado problema, siempre y cuando su nivel de vida sea satisfactorio. Le puede causar malestar el hecho de que otras personas ganen muchísimo más, pero tiende a pasarlo por alto si ingresa lo suficiente como para vivir de una manera decente. 

Cuando llegar a fin de mes se convierte en una tarea de equilibrista, los salarios de los demás se vuelven mucho más importantes, en especial si no parecen justificados, y es difícil justificar diferencias abismales. Ese es el punto de partida y si después se le añade el desprecio, la cosa se pone más tensa. Una esfera cívica democrática no es posible con desigualdades elevadas, como las actuales, porque la dinamita por completo: tener un nivel de vida decente es la condición de posibilidad del debate democrático. Y eso es justo lo que falta, porque cada vez más personas se ven acuciadas por la necesidad inmediata o por el miedo al futuro.

2. La meritocracia como aberración

En España ha existido una contestación a esta postura desde la izquierda, la de César Rendueles, descrita en ‘Contra la igualdad de oportunidades’ (Ed. Seix Barral), sobre la que no me extenderé. Para Rendueles, la meritocracia es la simple excusa que utilizan los poderosos para conservar su espacio de dominio.

"Los privilegios legítimos, en el sentido de relacionados con los méritos reales, son aún peores que los espurios o arbitrarios"

Pero es también algo más: “Para el igualitarismo profundo, la meritocracia es una forma de desigualdad particularmente aberrante. En cierto sentido, los privilegios legítimos, en el sentido de relacionados con los méritos reales, son aún peores que los espurios o arbitrarios, pues pervierten la virtud que se atribuyen”. La igualdad es el punto de llegada, no el de partida, por lo que no tiene sentido poner a la gente a competir estableciendo recompensas jerárquicas o de recursos a partir de méritos o capacidades.

3. La meritocracia progre

En el otro lado del espectro ideológico, el malestar que Trump aprovechó, como Johnson y tantos otros en las sociedades occidentales, quiere ser recogido por Vox. Acaba de lanzar un sindicato con el que vincular a su opción político a aquello que le falta, clase obrera. Todos los populismos de derechas exitosos han tenido un respaldo importante entre las partes de la población que se sienten perdedoras, y es lógico que Abascal quiera entrar en un vivero de votos. Para ese objetivo necesita ofrecer una solución al problema del trabajo, y las bazas que juega son similares a las de Sandel en algún sentido.

Vox utiliza el sentimiento antimeritocrático, sólo que limitándolo a los políticos, los cargos públicos y los sindicalistas

En lo económico no aportan grandes novedades. Salvo la subida del SMI, una medida conocida, pero no utilizada por Vox hasta ahora, sus ideas juegan en el terrenos esperable: reducir impuestos, combatir la discriminación lingüística y priorizar el acceso a los puestos de trabajo a los trabajadores ya residentes no es una oferta demasiado atractiva. Sin embargo, el sentimiento de que la meritocracia no funciona lo utiliza constantemente, como ha hecho la derecha durante mucho tiempo, solo que limitándolo a los políticos, los cargos públicos y los sindicalistas: gente que cobra sueldazos por no hacer nada y cuyo único mérito es ser familiar, amigo o amante de alguien. 

La política está llena de vividores que no han trabajado nunca, pero que ganan más que cualquiera de nosotros simplemente por estar bien relacionados. Reducen así la crítica al sistema a la crítica a los políticos, lo que limita su alcance, máxime cuando ese tipo de argumentos están algo gastados por su continua repetición.

En realidad, este debate sobre la meritocracia es una prueba más de que el descontento social —ligado a la falta de trabajo, a los salarios insuficientes y a la ausencia de un nivel de vida aceptable— está aumentando. Cada una de estas tres opciones políticas, el liberalismo progresista, el izquierdismo activista y el populismo de derechas, trata de darle respuesta añadiendo una capa de pintura a su arquitectura ideológica. 

Ninguno de ellos modifica su forma de abordar los problemas, simplemente lo visten de otra forma, esperando que esas reformulaciones consigan, respectivamente, que el progresismo someta a la derecha autoritaria, que los movimientos a lo 15-M vuelvan a tener presencia política o que la nueva derecha se convierta en la dominante. Pero es seguir pensando en términos del pasado (o de su pasado) y obviando el presente."                   (Esteban Hernández, El Confidencial, 16/09/20)

13/12/19

EEUU votó por el cambio, que es lo que deseaba. Se percibe de un modo muy claro en el hecho de que personas que votaron por Obama en 2008 dieron su papeleta a Trump en 2016. ¿Qué ocurrió? ¿Se convirtieron en racistas en 2016? No, simplemente querían a alguien que cambiase el sistema, buscaban un 'outsider'... estamos experimentando la transformación de una república de ciudadanos en una república de fans

"Ivan Krastev, politólogo, presidente del Centro de Estrategias Liberales en Sofía y miembro permanente en el Instituto de Ciencias Humanas de Viena, acaba de publicar en España ‘La luz que se apaga. Cómo Occidente ganó la Guerra Fría pero perdió la paz’ (Ed. Debate), un texto coescrito con el profesor de la Universidad de Nueva York Stephen Holmes

Es una obra interesante que reflexiona sobre un mundo en transición, sometido a tensiones geopolíticas y sociales evidentes y en el que los consensos establecidos se están rompiendo. En ella, Krastev, un intelectual de gran prestigio, especialmente tras la publicación de ‘Europa después de Europa’, repara sobre todo en las causas y fortalezas de los populismos y en el creciente rechazo a la ideología dominante desde el fin de la Guerra Fría.

PREGUNTA. A la hora de explicar la elección de Trump, suele ahondarse en el carácter de sus votantes, en su racismo y nacionalismo, en lo enfadados que están. Pero hay factores esenciales que no suelen tenerse en cuenta respecto del propio liberalismo. Y quedaron bien representados en Hillary Clinton: era una mala candidata, desprendía arrogancia, esa que estaba presente en el 'establishment' del partido demócrata, y carecía de empatía y de visión respecto de los problemas reales de su sociedad. Eso explica también los populismos. 

RESPUESTA. Estoy de acuerdo con lo que dices, porque tan feo como el populismo es la arrogancia de las élites antipopulistas, que tratan de ahogar cualquier deseo legítimo de cambio. En aquellas elecciones EEUU votó por el cambio, que es lo que deseaba. Se percibe de un modo muy claro en el hecho de que personas que votaron por Obama en 2008 dieron su papeleta a Trump en 2016. ¿Qué ocurrió? ¿Se convirtieron en racistas en 2016? No, simplemente querían a alguien que cambiase el sistema, buscaban un 'outsider'. 

Desde este punto de vista, entiendo y conecto con ese deseo legítimo y creo que para que la democracia liberal funcione tiene que cambiar. El problema de la política de Trump es que ha jugado a generar una guerra civil cultural en lugar de aportar algo nuevo que pudiera transformar el sistema.

En cuanto a Clinton, estoy también de acuerdo. Desde la perspectiva de la clase trabajadora blanca era una candidata dinástica, y eso hacía muy difícil que resultase atractiva. Y es curioso, porque EEUU nació contra el poder monárquico, y ahora se ha encontrado con dinastías en el poder, los Bush, los Clinton y los Trump. Todo esto ocurre porque no se sabe interpretar la razón verdadera por la que surgió la república estadounidense. Se suele creer que es un país abierto que tolera las desigualdades sociales, pero esto no forma parte de la historia americana. 

En el siglo XIX era el lugar de la igualdad y si recurrimos a Tocqueville, el sinónimo de democracia es el igualitarismo. Bajo este prisma, lo peor que pueden hacer los liberales es tratar de defender el statu quo, que ya ha sido destruido. El liberalismo está pagando el precio de haber sido la ideología hegemónica tras el fin de la Guerra Fría. Esto ocurre en la economía y en la política; cuando eliminas a todos tus competidores, te conviertes en un monopolio perezoso.

P. El partido demócrata estadounidense cuenta con candidatos como Warren o Sanders que abogan por un cambio decidido y por una política más igualitaria. Sin embargo, se suele decir que no tienen opciones de ganar a Trump. ¿Les concede alguna posibilidad?

R. No. En los últimos diez años, desde la crisis financiera, se ha producido un cambio brutal en la opinión pública norteamericana. Uno de los efectos más importantes de Occupy Wall Street no solamente fue decir que había mucha desigualdad. Antes, cuando se hablaba de desigualdad, la idea era “vamos a apoyar a los pobres”, pero ahora el problema no son los pobres, sino el 1%, los ricos, que pueden transformar fácilmente el poder económico en político. 

Lo que estamos viendo en la izquierda del partido demócrata es que quieren volver a la tradición de la lucha de clases, pero lo que subyace a esta idea es que afecta fundamentalmente a clase media. El demócrata no es el partido de los trabajadores, sino que se dirige más a las clases con formación, con estudios, pero cuyos recursos son menores que su estatus. Tienen el estatus, pero no el dinero que lo acompañaba. Por eso se habla de la traición de la educación: se supone que si vas a la Universidad, conseguirás un buen sueldo y un buen nivel de vida pero eso solo funciona si ingresas en una de las diez mejores universidades.

 Hoy hay mucha gente que se gradúa y no tiene un buen sueldo. Se publicó hace poco un libro muy interesante, ’La trampa meritocrática’, de Daniel Markovits, que pone esto de manifiesto. Y es importante porque el liberalismo, en Europa y en EEUU, iba en coalición con la meritocracia, y ahora en cierto modo hay una reacción contra la meritocracia.

 En este escenario, los candidatos de la izquierda demócrata, que proceden de ese ámbito, se encuentran con un problema, porque en 1930, después de la Gran Depresión, la gente dejó de confiar en el mercado, pero sí lo hacía en el Estado; en los 70, no confiaba en el Estado, pero sí en el mercado; ahora no confía ni en uno ni en otro. Por eso la gente muestra simpatía por la posición antimonopolio de Warren o Sanders, pero cuando empiezan a hablar del gran gasto gubernamental, muchos piensan que no funcionará. Existe cierto movimiento libertario tanto en la derecha como en la izquierda. Es decir, nadie confía en nadie.

P. Cuenta en el libro cómo en Europa del Este se produjo cierta decepción, porque se creía que la incorporación al sistema occidental traería más libertad y mejores posibilidades económicas y no fue exactamente así. En Occidente hay otro tipo de decepción, y la acaba de mencionar cuando habla de las titulaciones y los salarios, porque las clases medias están fragilizándose, las populares tienen menos recursos y el ascensor social parece roto. En ese escenario, si no se cree en el mercado y tampoco en el Estado, el único modo de recuperar la fuerza política suelen ser las personas concretas, los líderes. 

R. Esa tendencia se da, pero con algunas diferencias. Si nos centramos en los resultados económicos, hay países del Este como Polonia que no han sufrido ninguna recesión, cuyo PIB se ha triplicado desde la caída del muro y donde el 70% de sus habitantes están satisfechos con su vida, mientras que en lugares como Rumanía o Bulgaria la situación es bastante diferente. No obstante, y debido al periodo comunista previo, el sentimiento anticapitalista de los países del Este es menor, porque confían mucho más en el capitalismo que la Europa Occidental. 

Al mismo tiempo, la democratización de esa parte de Europa generó mucha desigualdad social, y la división que existe entre las zonas urbanas y las rurales es dramática. Y hay otro elemento importante, la emigración, que ha sido una salida: si uno creía que el futuro de Polonia iba a ser Alemania, podía acelerar el proceso yéndose a trabajar a Alemania.

 La mezcla de todos estos factores provoca que, por más que las personas piensen que individualmente les va bien, creen que a su país en general no. Y aquí entra en juego el líder: en un momento en que no se confía en nada, sólo se puede confiar en una persona. Esto ocurre tanto en el populismo como con el antipopulismo. En Eslovaquia la presidenta es mucho más liberal que el mainstream del país, pero fue elegida porque su biografía generaba confianza y porque su propuesta partía más de la desconfianza respecto del populismo que del deseo de imitación de la Europa Occidental.  

Tenemos que entender que los líderes que tienen éxito no son los más populares, sino los que mejor saben consolidar sus apoyos. Jaroslaw Kazcynsky, por ejemplo, es muy poco popular, pero sus votantes son muy fieles, independientemente de lo que ocurra. Porque lo más interesante de la democracia es por qué los votantes siguen apoyando a un partido que han perdido, por qué no se van a otros partidos o por qué no votan a otros líderes. 

Y, en este sentido, la política que se centra en líderes carismáticos tiene algo importante, ya que son capaces de llenar un vacío al unir cosas que se pensaba que no podían combinarse. Trump, por ejemplo, es uno de los americanos más ricos y se ha convertido en la voz de los más pobres del país, dos elementos aparentemente incompatibles. Estos líderes no siguen ninguna identidad política, sino que generan una nueva. Y esto ocurrió también con Macron.

P. Orbán es otro de esos líderes, uno de los principales, y su trayectoria es significativa, porque de un convencido liberal, que llevó a cabo profundas transformaciones en Hungría, pasó a refutar la globalización y a adoptar la retórica xenófoba. Ese trayecto también se ha dado en otros países occidentales. En el Reino Unido, por ejemplo, estamos viendo ese cambio discursivo, como también ocurrió en EEUU.

R. No creo que su trayectoria sea importante, aunque los excomunistas fueron muy importantes para deslegitimar el sistema comunista, porque siempre pueden decir que fueron parte de él. Y no entiende el poder en una democracia liberal, porque en ella, cuando pierdes, no pierdes mucho, pero cuando ganas tampoco, lo cual quiere decir que excluye la idea de un cambio radical. 

Desde la comprensión del mundo de Orbán, la política es un juego de suma cero, para que uno gane alguien tiene que perder. Es frecuente encontrar en estos líderes, como Erdogan, el hecho de que su socialización no procede de la política sino del deporte: Orbán y Erdogan eran jugadores de fútbol y seguidores acérrimos. Su gran héroe no es un dirigente político, un estadista, sino Puskas

Digo esto porque estamos experimentando la transformación de una república de ciudadanos en una república de fans. Un ciudadano es leal a su partido, pero esto no impide que sea crítico y que pueda cambiar su voto para defender sus principios. En la república de los fans, la lealtad significa que se va a apoyar al líder incondicionalmente, especialmente si se equivoca. Uno nunca pierde de una manera justa.

 Entiendo lo que hizo Orbán durante la crisis financiera, que básicamente fue salvar a la clase media húngara ajustando el tipo de cambio con el franco suizo, pero al hacer esto, y temiendo que el FMI le persiguiera, cambió su régimen: reorientó su política hacia China y Rusia porque quería una fuente de ingresos que no procediera del FMI; decidió que tenía derecho a reprimir totalmente la oposición, y así estar seguro de que las potencias extranjeras no iban a interferir, y trató de decir que todos los problemas que tenía Hungría habían sido creados por fuerzas externas. 

Pero Orbán no puede ser el modelo para otros por la concepción étnica de Hungría, que es una sociedad increíblemente homogénea, ya que más del 95% de los húngaros son húngaros, de modo que es muy fácil atacar a los musulmanes cuando no los tiene.  

Su modelo es nacionalista en ausencia de una economía nacional, como demuestra que el 30% de la producción industrial húngara proceda de cuatro empresas alemanes. De modo que para que su régimen pueda mantenerse tiene que hacer dos cosas al mismo tiempo, recibir el dinero de Bruselas y mantener una retórica antiBruselas, y esto es muy difícil de sostener durante mucho tiempo. El modelo de Orbán no es imitable. (...)"           

(Entrevista a Iván Krastev, Esteban Hernández, El Confidencial, 01/12/19)

27/11/19

El primer español que vendió una empresa a Google: "La cultura del esfuerzo es mentira"... creo que basta con trabajar 4 horas al día.




"El 30 de mayo de 2007, hace ya doce años, el español Eduardo Manchón se hizo famoso. Él y Joaquín Cuenca, amigos desde el instituto, vendieron su 'startup' Panoramio a Google, convirtiéndose en los primeros españoles que realizaban una venta a un gigante tecnológico de ese tamaño. 

Con el tiempo, Manchón ha fundado varias 'startups' y actualmente es el CEO de Mailtrack, una de las más interesantes del panorama español.

Para Manchón, nacido en el municipio alicantino de Callosa de Segura (19.000 habitantes) e hijo de un albañil y una empleada de fábrica textil, conquistar a Google podría haberle habilitado para presumir de historia superación personal, de ascensor social, de meritocracia y de la importancia de la cultura del esfuerzo. Pero no lo hace. De hecho, está en contra de todos estos lugares comunes y los rechaza sin miramientos. 

Para él, la suerte ha jugado un factor primordial en su éxito. Y esa suerte, en el caso de muchos otros triunfadores, puede proceder de su clase social, el colegio al que hayan ido, los contactos o el dinero que tenga su familia. Hemos hablado con él de la manida meritocracia y el mito de la cultura del esfuerzo, tan presente en el sector emprendedor.

PREGUNTA. La llamada 'cultura del esfuerzo' parece haber enraizado en discursos muy liberales y, sobre todo, en la apología del emprendimiento, donde muchas veces se aboga por ese discurso de que puedes conseguir lo que te propongas si te esfuerzas lo suficiente. ¿Tú crees en eso? 

RESPUESTA. No, en absoluto. Por mucho que te esfuerces, no todo se alinea para conseguir tus objetivos. Tener éxito no depende casi nada de ti, y en la parte que sí depende de ti no todo se resuelve con más trabajo, sino con más eficiencia o haciendo la cosa correcta. He visto a gente que se ha esforzado muchísimo sin conseguir su objetivo y a otra a la que, trabajando muy poco, le ha ido muy bien, ya sea porque tiene talento, porque ha tenido mucha suerte o porque se le han alineado los planetas.

En todo esto hay mucha confusión. Claro que hay que saber esforzarse en determinadas circunstancias, pero ese esfuerzo continuo, ese pensar que todo se resuelve con más trabajo... Para resolver un problema puedes estar un día o una semana trabajando mucho, pero el esfuerzo continuo no es garantía de nada. Ni es sano. Hay gente que disfruta 'picando piedra' porque se siente muy realizado, por aquello de "No se dirá que no he picado suficiente piedra".

 Ya, oye, pero es que a lo mejor era más fácil hacerlo de otra manera. Muchos se ponen a trabajar sin parar y sin pensar si están teniendo buen foco, y luego llega otro con más visión, o al que se han alineado los planetas, y le supera.

P. ¿Hay mucho mito con esto del esfuerzo? Siempre se dice que es el único ingrediente del éxito, pero imagino que habrá más

R. Claro que hay más: el dinero, la familia, los contactos... pero todos se resumen en la suerte. Porque el dinero que tengas dependerá de la familia en la que hayas nacido; los contactos, del colegio al que hayas ido, etc. Muchas de esas cosas son derechos de nacimiento. Yo soy hijo de un albañil y una trabajadora de fábrica, y he tenido amigos muy brillantes, con premios de fin de carrera o becas de doctorado que, al ser de clase obrera y no tener acceso a estas cosas ni tener suerte, no han podido llegar más lejos.

Cuando tienes una familia con dinero, con negocios exitosos, que te lleva a un colegio cuyos compañeros serán gente bien relacionada... será más fácil, mucha gente que tiene éxito viene de esos círculos. Y algunos son totalmente humildes y entienden el rol que han jugado sus derechos de nacimiento, pero la mayoría tienden a mantener la narrativa de la cultura del esfuerzo porque es lo que les han dicho siempre. Y pueden pensar 'Somos más inteligentes porque hemos sabido lo que hay que hacer', pero la realidad es que, si vienes de un familia así, esa familia te va a ayudar a ser más capaz que la de un albañil. Al final es una profecía autocumplida.

P. La suerte atrae más suerte, imagino

R. Claro. Si tu padre ha ido a la universidad, sabrá darte consejos sobre la universidad. La suerte se retroalimenta y, si te rodeas de gente que la ha tenido, es más probable que tú también la tengas. De alguna manera vas con los dados trucados. Los colegios reparten suerte: las escuelas privadas retroalimentan su propia suerte, pero un colegio sin buenos recursos lo que reparte mala suerte. Si no tienes dinero, no vestirás 'bien', el vecino no se fiará de ti, otro no te dará trabajo... es una concatenación. La gente con muchos recursos incluso sabe cómo hablar. Yo cuando he ido a eventos en esos círculos me he sentido como un marciano, como un aldeano con una gallina.

 Yo me alegro de que la gente tenga éxito y ayude a sus hijos, esto no es un resentimiento, pero tenemos que ser conscientes de esto y ayudar a que la gente tenga, de verdad, igualdad de oportunidades. La suerte está muy mal repartida. Tenemos muchos cerebros desaprovechados porque no han tenido igualdad de oportunidades, y eso empieza con la educación pública, con servicios sociales... Si a la gente le das dados malos, va a ser difícil.

P. En las historias de éxito siempre sacamos a triunfadores que se esforzaron mucho, que creyeron en su idea, que no se dieron por vencidos… pero también hay historias (que no contamos) de otros que hicieron exactamente lo mismo y fracasaron

R. Yo sé de mucha gente que no tuvo suerte y se la pegó. Una empresa española, por ejemplo, estuvo a punto de ser vendida a Google y la venta no se hizo porque en la reunión apareció un tipo al que no le gustaba la 'startup' y no la compraron. Fue el mismo, por cierto, que tampoco quería comprar Panoramio, aunque en esa ocasión no se impuso. Solo conocemos las historias de éxito, el sesgo del superviviente y el cisne negro, que nos hace ver como predecible lo que en realidad era muy improbable. De hecho, después de Panoramio, yo me metí dos hostias con dos proyectos de los que nadie habla, casi tampoco yo.

P. De toda esta filosofía quizá viene una de las frases más crueles de la historia: 'Si quieres, puedes'. Parece que el que no pudo es porque en realidad no quiso...

R. Piensa en una cosa: lo que lleva a la gente a vivir en la calle o a suicidarse es una cadena similar, pero en el otro extremo. Nadie considera que un sintecho se merezca vivir en la calle, nadie (o bueno, casi nadie) piensa que ha acabado en la calle porque no se ha esforzado lo suficiente. Entonces, ¿por qué tenemos que pensar que el que ha triunfado es porque sí se ha esforzado?

P. Te hiciste muy conocido en el sector de las 'startups' por vender Panoramio a Google. ¿Qué papel jugaron el esfuerzo y la suerte en aquella venta?

R. El esfuerzo nada o muy poco. En Panoramio no nos matamos a trabajar, ni mucho menos. Suerte y coincidencias hubo muchas. Yo conocí a Ubaldo Huerta, el fundador de Loquo, me hizo socio y la empresa se vendió a eBay, así que ahí pude aprender mucho de cómo funcionaba esto. Luego me asocié con Joaquín Cuenca, al que conocía desde los 14 años, y montamos Panoramio. Panoramio como idea era muy normal, pero tuvimos la suerte de que de repente Google Earth abrió su API y empezamos a usarla. 

Por esa época había un blog de un tipo que escribía sobre Google Earth y le pedimos que nos sacara. Nos dijo que a cambio le hiciéramos un KML, se lo hicimos a las pocas horas y nos sacó. Y de nuevo la suerte: en ese blog nos leyó John Hanke, actual CEO de Pokemon Go, que por aquel entonces acababa de vender Keyhole (que acabaría siendo Google Earth) a Google. Le gustamos mucho y nos estuvo ayudando hasta que Google nos compró en 2007. [El gigante de Silicon Valley pudo haber comprado la 'startup' un año antes, pero Panoramio rechazó la oferta]

Y como esta tengo muchas más. Todo esto son casualidades que en mi caso pueden llamar la atención porque vengo de clase obrera, pero son eso, casualidades. Yo no soy un ejemplo de superación, sino que tuve suerte y esa suerte me lo puso muy fácil. Muchos dicen que la suerte no tiene nada que ver con el éxito, pero no es cierto, claro que tiene que ver.

P. Esta filosofía parece estar muy presente en el sector de las 'startups'. ¿Es peligrosa?

R. Es donde está más presente y es muy peligrosa. Una narrativa basada en la suerte es muy aburrida, pero una narrativa basada en el esfuerzo hace que todas las piezas encajen y le gusta más a la gente. La cultura del esfuerzo tiene su parte positiva, pero no deja de ser una excusa para sentirte bien por estar trabajando demasiado y no poder conciliar con tu familia o hacer otras cosas. Creo que basta con trabajar 4 horas al día."               (Entrevista a Eduardo Manchón, El Confidencial, 23/11/19)