Mostrando entradas con la etiqueta s. Emocion. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta s. Emocion. Mostrar todas las entradas

22/2/23

El refugio emocional más común es el bar después de un mal día en el trabajo, así ha sido desde hace siglos: bares, cafés, donde se puede ser honesto, real, tener un pequeño refugio donde arrojar las emociones verdaderas, beber, bailar. Ahora puede ser Internet. En Twitter puedes decir lo que quieras, las conversaciones que se tienen ahí ahora son como los nuevos bares, el nuevo refugio emocional. Sí. Internet lo es

 "Richard Firth-Godbehere tiene un apellido tan largo y curioso que nos entretenemos un rato en la explicación: sus antepasados eran sacerdotes vikingos de la parte de Escocia. Pero no es eso lo que le trae hasta esta página y al festival Hay de Segovia, sino el libro Homo emoticus (Salamandra), en el que recorre la historia de la humanidad a través de las emociones. Este autor nacido en Sheffield en 1976 es uno de los mayores especialistas en el asunto.

Pregunta. ¿Ha contado las emociones? ¿Cuántas hay?

Respuesta. Yo no, pero otros lo han hecho. Y la lista más común es de seis: alegría, tristeza, disgusto, miedo, ira y sorpresa. Hay otras listas de 12, de 14, de 30 y no es universal. Cada cultura tiene su propia versión.

P. Creía que eran cientos.

R. Hay tantas emociones como personas y lo que su lenguaje permita. Hay lenguas que describen emociones que en otras lenguas no existen o no se traducen igual. El miedo sí es parecido en todos los idiomas, pero otras cosas no. Por ejemplo: en galés hay una palabra que se refiere a un sueño del pasado que sigue presente, una mezcla de nostalgia, tristeza y alegría a la vez que no hay en inglés. Cada lengua tiene su conjunto de emociones.

P. ¿Las emociones están jugando un papel excesivo en la política?

R. Sí, tienen un papel muy grande en la sociedad en general en este momento. Hace 20 o 30 años, cuando ocurría algo, la pregunta era: ¿Qué ha pasado? Hoy la primera pregunta es: ¿Cómo te sientes? Las emociones han tomado un gran peso y los políticos lo han entendido, saben que soltar algo fragmentario que te haga sentir una emoción conseguirá mucho más que intentar explicarte las cosas. Lo vimos en Reino Unido con el Brexit, cuando los partidarios exaltaron lo que significaba ser británico mientras los proeuropeos usaban datos y la mayoría dijo: nos dan igual los datos, sentimos esto. Y perdimos por las emociones.

P. ¿Deberíamos reprimir las emociones para tomar decisiones?

R. Creo que sí. Lo hacemos bien cuando nos atenemos a lo que llamamos nuestro “régimen emocional”, que es como se supone que debemos comportarnos en nuestra sociedad. Una azafata, por ejemplo, sabe que debe ser amable aunque un viajero sea un grosero. Su régimen emocional le impone ser amable y reprimir la grosería. Eso ocurre a todos los niveles, en particular en la política. Y para ser buen político tienes que canalizar tus emociones, contenerlas. Salvo que seas Donald Trump, claro (ríe)

 P. Usted sostiene que la emoción es un concepto moderno. Una caja que contiene nuestros sentimientos.

R. Es una caja, un marco, y hay mucho debate sobre qué es exactamente una emoción. La pregunta clásica es: ¿Por qué el hambre no es una emoción y el asco sí, por ejemplo? Simplemente, lo hemos decidido así desde un momento en que hemos separado los pensamientos de los sentimientos. Ese fue el gran objetivo de los filósofos, de gente como Kant.

P. ¿Y qué es el hambre, entonces?

R. Es un sentimiento, no una emoción.

P. ¿Y el sentimiento no es una emoción?

R. No necesariamente, es más físico que la emoción, al menos en inglés. El hambre, el frío, el calor son sentimientos corporales, sensaciones físicas, no emociones. ¿Por qué? Porque lo hemos decidido así.

 P. ¿Cómo cambian las emociones en la era de Tik Tok?

R. Estamos desarrollando formas muy rápidas de crear emociones con medios como Tik Tok, con vídeos de 10 segundos que te harán reír y querer imitarlo para hacer también reír a los demás. Es todo un arte, un nuevo arte para involucrar emociones mediante simples y rápidas repeticiones que haces propias. Las redes sociales están cambiando cosas: el anonimato da a la gente más libertad para decir lo que siente y a la vez cada vez hay más gente defendiendo una contención.

P. ¿Cómo estudia las emociones?

R. Hay muchas formas. Los neurocientíficos te ponen en una máquina y analizan las reacciones de tu cerebro en tiempo real, lo que no es perfecto porque estás en un entorno artificial, en un tubo con un montón de ruido. Los psicólogos lo hacen al viejo estilo. Pueden crear dos grupos y someterles a pruebas con una persona agradable y otra que no lo es y comprobar el resultado emocional distinto que genera el contexto diferente, aunque las sensaciones físicas hayan sido las mismas. Los historiadores de la emoción como yo miramos textos del pasado, de científicos y filósofos. Por ejemplo, Platón habla mucho de emociones. Y hoy tenemos análisis de datos y ordenadores que pueden analizar millones de palabras de redes sociales o de textos antiguos y crear tablas. Encuentras cosas como que la palabra “abominación” era muy común antiguamente y estaba ligada a conceptos religiosos. Era una emoción religiosa. Hay muchas vías para estudiar las emociones.

P. ¿Y por qué le dio por estudiarlas?

R. Empecé por mi mujer. Tiene emetofobia, una fobia a vomitar que es grave. En ese momento estaba estudiando Historia e intenté entender el asco, la aversión y el miedo a elementos de esa fobia muy vinculados a la historia de la brujería. Aquel ensayo fue bien y me dije: Aquí hay algo. Y empecé a interesarme seriamente por las emociones.

 P. Usted ha estudiado las emociones para los griegos, africanos, otomanos o nosotros, por ejemplo. ¿Cuáles son las mayores diferencias?

R. Siempre hay una emoción principal en cada sociedad. Ahora mismo, probablemente en Occidente es la vergüenza, quien transgrede las normas morales se avergüenza e intentamos evitarla en todo momento. Para los griegos era la virtud, se trataba de controlar el deseo y hacer lo correcto sirviendo a tu familia y a tu país virtuosamente. La felicidad y la alegría estaban basadas en esa virtud. En la cristiandad influyó la idea de evitar el pecado y ser perdonado, intentar ser mejor persona. Para los otomanos se trataba de una combinación de miedo a Alá, una especie de no defraudar a un padre, ese tipo de miedo. En la cultura africana de la que hablo en mi libro, en un episodio concreto, era la ira ante lo que les estaban quitando.

P. ¿Estudia también los desórdenes emocionales? ¿Existen?

R. Hay varios, sí. La depresión y la ansiedad, que ya han dejado de ser tabú. Antes era melancolía, que se interpretaba como una fragilidad, te podías romper como un cristal. También se consideró una sensación de estar desvinculado de algo de lo que no quieres desvincularte. Muy común en monjes cuando se sentían desvinculados de Dios. Hay muchos desórdenes emocionales a lo largo de la historia y la depresión también cambiará otra vez, se volverá otra cosa.

 P. ¿Y la psicopatía?

R. La psicopatía es interesante porque se trata de la incapacidad de sentir empatía por las emociones de los demás. Los psicópatas distinguen y sienten las suyas, pero no las de los demás. La mayoría de los psicópatas llevan una vida feliz y saludable y no hacen daño a nadie, tienden a trabajar en bancos de inversión, en el gobierno o de abogados, parece gracioso pero es verdad. Y entienden al menos que pueden aprender a comportarse de determinada manera, lo que les ayuda a vivir una vida feliz y productiva sin acabar en la cárcel. Hay muchos psicópatas por ahí, pero la mayoría no hacen daño. Al revés. Pueden ser muy útiles si es de su interés.

P. ¿Cómo entiende la falta de empatía de los colonizadores, por ejemplo, al conquistar otros pueblos?

R. Ocurre si deshumanizas a un grupo, lo conviertes en algo inferior, repulsivo, necesitado de limpieza. Cada vez que ha habido invasiones o genocidios ha sido así. Los nazis lo hicieron con judíos o gitanos, considerarles como ratas para deshumanizarles. Lo encuentras también en textos de las colonias británicas que muestran a los africanos como poco más que monos, por lo que podían tratarle como objeto, no como humano.

 P. Defiende que necesitamos refugios emocionales, por ejemplo esa azafata que mencionaba al principio. ¿Los tenemos?

R. El más común es el bar después de un mal día en el trabajo, así ha sido desde hace siglos: bares, cafés, donde se puede ser honesto, real, tener un pequeño refugio donde arrojar las emociones verdaderas, beber, bailar. Ahora puede ser Internet. En Twitter puedes decir lo que quieras, las conversaciones que se tienen ahí ahora son como los nuevos bares, el nuevo refugio emocional. Sí. Internet lo es.

P. ¿Y no cree que internet alimenta la soledad?

R. En cierto punto, sí. Obviamente, necesitamos la comunicación interpersonal, tocarnos, darnos la mano, abrazos, es importante la pertenencia para nosotros como especie. Y no siempre tenemos la oportunidad.

P. ¿De dónde viene su apellido?

R. Según un amigo que es experto en vikingos, es un viejo nombre vikingo para denominar a los sacerdotes de los vikingos escoceses y su cerveza. Aparentemente, mis antepasados eran sacerdotes del dios de la cerveza, que creo que es genial. Suena apropiado."                        (Berna González Harbour , El País,  16/09/22)

18/1/23

Así manipulan nuestras emociones: desde la felicidad hasta el odio o la empatía... la política, el mercado y las multinacionales tecnológicas influyen en nuestros sentimientos... en la sociedad actual la impresión que prevalece es la vergüenza como efecto de la irrupción de internet

 "Richard Firth-Godbehere publica «Homo Emoticus», donde advierte cómo la política, el mercado y las multinacionales tecnológicas influyen en nuestros sentimientos.

 Muchos partirán de la creencia de que las emociones y las formas de sentir son inherentes a su propia naturaleza y forman parte indeleble del bagaje de su identidad individual. Pero el historiador británico Richard Firth-Godbehere no suscribe esa idea y en su libro «Homo Emoticus» (Salamandra) explica cómo la cultura y las sociedades han influido, y todavía influyen, en la percepción que albergamos de la tristeza, la alegría, la frustración, el odio, la compasión, la añoranza, la melancolía o la ira. Para él, «los regímenes emocionales son de naturaleza jerárquica, nos vienen impuestos por algún tipo de autoridad superior, con frecuencia el Estado, pero a veces también las religiones, las creencias filosóficas o los códigos morales a los que nos adherimos en virtud de nuestra educación».

 En nuestra época, los ciudadanos están expuestos desde los albores del día a infinidad de estímulos y mensajes que tratan de influir en su voluntad con distintos propósitos: alentar sus deseos, incrementar sus necesidades de manera artificial, provocar su indignación o despertar su empatía. La manipulación de nuestras emociones no es algo que ocurra en las páginas de un libro de ciencia-ficción o en una distopía cinematográfica. Es un hecho corriente, aunque pocas voces recalcan esta realidad. «Si me pregunta si estamos manipulados emocionalmente por los políticos, la respuesta es sí, con toda claridad.

 Cuando en el Reino Unido tuvimos el referéndum del Brexit, se encargó a una empresa analizar las emociones de los ingleses para desarrollar anuncios específicos para que, en el día de las elecciones, votaran salir de la Unión Europea. Por desgracia, funcionó. Esto ocurre todo el tiempo y cada vez con mayor frecuencia. Sucede a través de las noticias de la radio o la televisión, en las redes sociales... Los políticos son muy buenos en manipular las emociones de la población. En lugar de recurrir a una explicación, por ejemplo, acuden a un eslogan con tres o cuatro palabras que, si uno examina con cuidado, no dicen nada, pero que son capaces de provocar distintas reacciones emocionales en nosotros. Sin duda, estamos siendo manipulados».

 Richard Firth-Godbehere, que este viernes reflexiona sobre este problema en un debate del Hay Festival de Segovia, comenta que recibe a diario docenas de correos electrónicos. La mayoría son artículos de académicos, pero muchos provienen de tiendas, online. «Se está invirtiendo mucho dinero en influir en las emociones de las personas de manera artificial. Una de las innovaciones está dirigida a que los ordenadores entiendan nuestros sentimientos y, así, desarrollar patrones de voz que reaccionen a ellos consecuentemente. Un ejemplo: si no te sientes feliz puedes hablar con Alexa.

 Google gasta millones en este campo. Incluso Tesla aspira a controlar las emociones de los conductores cuando se sienten al volante de sus vehículos. Si el ordenador del coche percibe que está enfadado o presiente alguna clase de euforia, decidirá tomar el control y aparcar el automóvil, porque, concluirá, esa persona no está en disposición de circular. De momento esto no funciona demasiado bien, es cierto, pero ya se está trabajando en esa dirección y, en algún momento del futuro, llegará. Esto, por supuesto, no tiene que ver con la salud, sino con las ventas. Se trata de inculcar en sus potenciales clientes el concepto de seguridad. Esa idea de que pueden estar tranquilo en sus coches. Pero, en realidad, solo se trata de vender un coche».

 El historiador no duda en señalar el momento emocional en que se encuentra la sociedad actual y asegura que la impresión que prevalece es la «vergüenza como efecto de la irrupción de internet. Hoy, ciertas transgresiones, conllevan de manera inmediata una cancelación, pero a la vez vemos cómo alguien que tenga sobrepeso puede ser avergonzado. Esto subyace en la generación de los llamados milennials. De hecho, los jóvenes están desarrollando una manera de comportarse, unos códigos que respeten algunas líneas y que marcan la conducta. Pero tardaremos todavía algo de tiempo en alcanzar eso».

Refugios emocionales

Para Firth-Godbehere una de las grandes plagas que existen en la actualidad es la llamada «felicidad tóxica»: «Es la idea de que todos deberían estar felices durante todo el tiempo. Si no estás feliz parece que algo va mal y, con sinceridad, no necesitas estar feliz todo el rato. Es normal también estar triste o sentir miedo. Tenemos la impresión de que tenemos que estar felices cada minuto y no creo que eso sea bueno. Es estresante y puede que eso nos conduzca a algo malo».

 Quizá por esos motivos ha introducido en su libro un concepto revolucionario: «el refugio emocional». Un sitio en el que las personas pueden suspender por un breve momento los corsés sociales y deshacerse de las normas que imperan en los espacios públicos. Para él, uno de esos sitios son los estadios de fútbol. «La última vez que fui a ver un partido, un hombre repleto de tatuajes, de esos que, si ves en la calle te cruzas de acera, estaba justo detrás de mí. Cuando mi equipo marcó, me dio el abrazo más grande que te puedas imaginar. Es una emoción estar juntos en una comunidad. Es una liberación. La gente no se comporta como en una oficina.

  Estos lugares tienen esta función. Si no los permites, se producen problemas. Por ejemplo, cuando se cerraron los lugares de reunión en Francia en el siglo XVIII lo que sobrevino fue la Revolución Francesa. Muchas revoluciones provienen de la represión de los refugios emocionales. La Revolución Rusa, también. El nuevo hombre soviético, también explotó al final y la URSS terminó por venirse abajo».          

 Para Firth-Godbehere la historia no está condicionada solo por la razón lógica, sino también por la irracionalidad y los sentimientos, que están detrás de las decisiones de los más importantes estadistas o políticos. Siempre existe un componente sentimental: orgullo, amor, rabia. El odio a los otros ha provocado muchas guerras. Muchos científicos han demostrado que no existe la posibilidad de adoptar una decisión sin implicarte con alguna clase de emoción».

En el horizonte, no obstante, existe un peligro de otra clase en el que muy pocos han reparado: la uniformidad de los sentimientos. Las diferencias culturales entre Occidente y Oriente son evidentes y eso enriquece y favorece la diversidad de pensamiento y de ideas. Pero ha aparecido un elemento que abolirá esta distancia cultural y en el que pocos han fijado la atención: los emojis. 

El diseño de estas caras que representan sorpresa, tristeza o buen humor está igualando lo que en Japón o en España se entiende por sorpresa, tristeza o buen humor al ser aceptados estos iconos por todos los usuarios de estos dos lados del planeta. «A lo largo de los próximos cincuenta años, vamos a ver cómo todo el mundo va a empezar a expresarse de igual manera debido a la tecnología. No creo que sea algo positivo, porque si cambian las emociones, cambian las culturas». 

Por eso, Firth-Godbehere alerta sobre dos puntos cruciales: que «la tecnología acabe por influenciado en nuestras formas de expresión de una manera determinada y cómo en ocasiones se azuza el reparo, el asco o el odio hacia otros seres humanos. El desagrado hacia el otro. Algo que ya explotó el nazismo».           (Javier Ors, La Razón, 15/09/22)

14/1/19

¿Cómo influyen el lenguaje y las emociones en la polarización política de una sociedad?

"¿Cómo influyen las emociones en la polarización de una sociedad?

Gran pregunta sin una respuesta sencilla. Sabemos que las emociones con alto componente de activación, como el miedo, el enfado, o el entusiasmo, hacen que los individuos tomen posiciones más extremas. 

Pero eso no significa necesariamente que las emociones sean las únicas responsables de la aparición de polarización estable a gran escala, aunque pueden ser una explicación. Desde otros puntos de vista, hay intervenciones en las emociones de las personas que ayudan a aliviar los conflictos entre grupos.

 Por ejemplo, un estudio vio que hacer pensar a la gente sobre sus reacciones emocionales les hacía reducir sus prejuicios en un análisis entre palestinos e israelíes.

¿Y el lenguaje?

Sobre el lenguaje tampoco es fácil responder. Uno de los patrones más habituales en sociolingüística es el sesgo de entregrupo, que es un patrón del lenguaje que aparece cuando hablamos de gente de nuestro grupo (o nuestro bando) en comparación con cuando hablamos sobre los de otro grupo. 

Por ejemplo, al hablar, generalizamos aspectos positivos de la gente de nuestro grupo y explicamos de forma concreta los aspectos negativos, mientras que sucede al revés cuando hablamos de gente de otros grupos. Un ejemplo de estudios al respecto es uno que hice con textos de Wikipedia. Más del 90% de editores son hombres y se ve ese sesgo cuando escriben biografías sobre mujeres o sobre hombres.

¿Y en Twitter, qué papel juegan las emociones?

Hay más de un papel, pero creo que el más relevante en este tema es cómo influyen la compartición de información o el retuiteo. Sabemos que el contenido más emocional se comparte más, y que esto es especialmente visible cuando hablamos de emociones relacionadas con temas morales en discusiones sobre política. 

Los temas que generan fuertes emociones o están ligados a fuertes identidades de grupo son más propicios a manifestar polarización. Sobre todo, los sentimientos de identidad nacional o de género en estos casos combinan los dos factores y son un caldo de cultivo perfecto para la polarización.

¿Cree que en España ha aumentado en los últimos tiempos esa polarización?

Depende de qué consideremos los últimos tiempos. Si hablamos de un par de generaciones, sí es cierto que ha aumentado la polarización. Pero este es un patrón a nivel mundial, no solo en España, y se puede explicar por el incremento de conflicto entre élites que se genera tras tiempos de bonanza económica y del aumento en la desigualdad ecónomica. 

Hay un modelo muy interesante de un colaborador mío, Peter Turchin, que explica las oscilaciones de conflicto político en la historia. En 2010 le invitaron a hacer una predicción en un número especial de Nature y, de todos los científicos que hablaron, él fue el único que dijo que la cosa se iba a poner peor y que los conflictos políticos iban a aumentar.

¿Cómo podemos reducirla desde el lenguaje y las emociones?

Esa es la pregunta del millón. Las intervenciones emocionales en estudios psicológicos parecen tener efecto, incluso a medio plazo, pero todavía estamos bastante lejos de poner a prueba esos métodos a la escala de sociedades enteras. A gran escala solo conozco dos estudios, uno funcionó y otro no, así que es difícil sacar conclusiones.

¿Cree que determinadas formas de hacer periodismo acrecientan la polarización?

Tampoco tenemos resultados muy fiables, pero ciertos contenidos no ayudan a reducir la polarización. Noticias con sesgo de entregrupo ayudan, por ejemplo, a normalizar un lenguaje polarizante, lo que a la larga puede contribuir.

 También el clickbait con títulos emocionales contribuye a la atención a contenidos con informacion errónea, o la falta de tiempo de los periodistas para contrastar noticias genera un ambiente de falta de confianza que es ideal para que emerjan rumores que aumentan la polarización.

¿Hacia dónde vamos en una sociedad polarizada?

Pensando en el ciclo histórico que mencionaba antes, parece que es demasiado pronto para que se reduzcan los conflictos políticos. Es decir, que va a ir a peor. Pero la diferencia con el pasado es que ahora tenemos esa perspectiva histórica y datos y medios para intentar contrarrestarla. 

Esta semana [posterior al cierre de esta edición] saco un artículo con unos colegas sobre cómo la ciencia de sistemas complejos puede ayudarnos a entender cómo estabilizar la democracia."        (Entrevista a David García, investigador en el Complexity Science Hub. Olivia Carballar, La Marea, 27/12/18)

27/9/16

“La realidad con la que convivimos es una simulación de nuestro cerebro”

"Susana Martínez-Conde, directora del laboratorio de Neurociencia Visual del Instituto Barrow (Phoenix, EEUU), muestra el que quizá sea el único vídeo donde es posible ver feo a Brad Pitt. El actor estadounidense aparece con el mismo rostro de siempre, junto a otros compañeros de profesión, pero un pequeño detalle lo trastoca todo. 

Una simple cruz en el centro de la imagen, en la que el observador ha de fijarse mientras se suceden las caras, cambia el punto de vista y las expectativas del que mira que pasa a comparar unos rostros con otros convirtiendo en extremas las diferencias entre sus rasgos.

La investigadora española utilizó este y otros ejemplos durante una presentación en la Casa de América de Madrid para mostrar que aunque “existe una realidad ahí fuera, nosotros no interactuamos con ella”. La única realidad con la que convivimos de verdad es una simulación creada por nuestro cerebro que a veces coincide con lo real y a veces no”, añade.

 En el mismo encuentro en torno a lo que se sabe sobre el cerebro, compartió su conocimiento con otros dos investigadores iberoamericanos: Facundo Manes, neurocientífico y rector de la Universidad Favaloro de Buenos Aires, y Raúl Rojas, experto en inteligencia artificial de la Universidad Libre de Berlín. 

 Los tres trabajan para entender cómo nos acerca a la realidad ilimitada nuestro cerebro limitado y, en el caso de Rojas, qué posibilidades tenemos de inventar inteligencias mecánicas que nos echen una mano con la vida.

“Muchas veces pensamos en la visión como una experiencia pasiva, pero siempre es dinámica y activa”, continúa Martínez-Conde, que investiga las bases neuronales de nuestra experiencia subjetiva. “El cerebro siempre está buscando información y con los pocos aspectos que percibe después completa la información”, continúa.

Manes recuerda también otra particularidad de nuestra manera de acercarnos al mundo. Aunque nos gusta pensar que somos seres racionales, las decisiones nunca se toman después de un análisis frío de los datos. “Durante mucho tiempo se consideró que para tomar una decisión racional debíamos dejar las emociones de lado. Hoy sabemos que las emociones y la razón trabajan en tándem en la toma de decisiones”, señala el científico argentino.

Esas emociones tienen una base biológica generada por millones de años de evolución. Los ancestros humanos, en su lucha por la supervivencia, se acostumbraron a clasificar el mundo entre nosotros y ellos, asignando emociones contrapuestas a cada uno de los grupos. “Nosotros en Chile hicimos un experimento con chilenos mapuches y no mapuches, poniéndoles electrodos y mostrándoles fotos de ambos grupos sociales”, cuenta Manes.

 “En cuestión de milisegundos el cerebro se da cuenta de si la foto pertenece a su etnia o no y si pertenece lo asocia con algo positivo y si no con algo negativo”, afirma. “Por este motivo va a ser difícil solucionar el tema palestino y judío desde una oficina en Washington, porque biológicamente en el cerebro ya tenemos prejuicios contra el que es diferente a nosotros y justamente la clave de la armonía es buscar puentes con el que piensa distinto”, señala.

 “Entendiendo el mecanismo de la empatía no solo vamos a poder ayudar a pacientes con problemas de déficit de interacción social, como la esquizofrenia o el autismo. También entenderemos fenómenos sociales como conflictos que escapan a la lógica y tienen más que ver con impregnaciones biológicas de la historia personal que pasa de generación en generación”, concluye.

Raúl Rojas considera que la neurociencia puede ser una inspiración para la inteligencia artificial, aunque cree que su función no consiste en recrear cerebros humanos. “En inteligencia artificial, entre los 50 y los 90 el esfuerzo se dirigió a resolver problemas combinatorios aplicando reglas una detrás de otra”, apunta. “El ejemplo típico es el ajedrez. 

Los humanos juegan reconociendo patrones, conociendo la situación del juego y haciendo después los movimientos, pero una persona no está calculando millones de movimientos en su cabeza”, explica. “La computadora calcula esas alternativas de movimientos propios y contrarios y como es muy buena haciéndolo las máquinas ya ganan a los humanos al ajedrez con esa solución de fuerza bruta”.

Desde los 90, el interés está en los problemas que los humanos resuelven de manera subconsciente. “Reconocer caras, traducir un idioma o conducir un automóvil se hace sin conciencia. Yo puedo conducir, llegar a mi casa y no sé cómo he llegado”, ejemplifica.

 “Con estas ideas hemos desarrollado robots futbolistas que juegan muy bien al fútbol. De hecho, cuando empezamos a desarrollarlos uno podía tomar el joystick y jugar contra los robots y ganarles, pero ahora juegan tan rápido y tan bien que no hay manera”, explica.

Aunque los robots pueden ganar a los humanos en muchas cosas, aún quedan espacios en los que los humanos tienen ventaja. Por ejemplo, la mentira. “Lo más alto de la inteligencia es la mentira en el sentido de que si yo le cuento mentiras a una persona tengo que saber qué sabe esa persona, tengo que tener un modelo mental de la persona para que me crea las mentiras”, explica Rojas.

 “Por eso es tan difícil decir mentiras, porque cuando lo agarran a uno por un lado con una información que no cuadra, hay que cambiar la historia y rehacerla inmediatamente. El test de Turing consiste en que la computadora cuente mentiras al humano para parecer humana, pero para hacer eso tiene que tener un modelo mental de la otra persona”, indica.

En este sentido Manes recuerda que “un grupo de investigadores de Oxford encontró una correlación entre la capacidad de engaño táctico de una especie y su capacidad cerebral”, algo que puede indicar que esa capacidad fue un salto evolutivo más allá de lo social que nos hizo humanos. Martínez-Conde discrepa de sus colegas sobre la mentira como actividad humana por excelencia: 

“Tenemos una capacidad más refinada de engaño como una capacidad más refinada en muchas cosas, pero hay muchos engaños en el mundo animal, desde el mimetismo o el camuflaje en insectos a otros más sofisticados en algunos primates”. 

“En mi investigación me he interesado en por qué funcionan los trucos de magia en el cerebro. Es fácil engañar a un animal y lo hacen entre ellos, pero no creo que la magia funcione en un animal. Lo que es diferente para una persona en un espectáculo de magia, esta capacidad de asombro y maravilla es lo que nos hace humano”, afirma.

 Rojas sin embargo considera que sin un modelo mental del otro y un conocimiento de la diferencia entre la verdad y la mentira, lo que se está haciendo es simplemente despistar al rival, algo distinto del engaño.

El engaño, pero de uno mismo, es otro de los mecanismos de adaptación humana para gestionar el mundo con un cerebro limitado. Muchas veces tomamos una decisión y la justificamos aunque haya indicios de que ha sido un error. “Existe una gran inercia a mantener la opinión una vez que decidimos”, explica la investigadora.

 “Es un mecanismo de atajo mental, la disonancia cognitiva. Después de tomar una decisión no puedo cuestionarla todo el rato porque no tienes los recursos neurales para estar analizando de nuevo los datos una y otra vez”, añade.

 Tras siglos de investigación, cree Martínez-Conde que será posible conocer al detalle la biología cerebral y, si la tecnología del futuro lo permite, construir una máquina con las capacidades del cerebro humano. Rojas, sin embargo, no cree que eso vaya a suceder, por cuestiones técnicas y por falta de interés.

 “No creo que una computadora, que puede ser muy rápida para tomar decisiones y mejores que las personas al poder sopesar más información, vaya a tener una inteligencia como nosotros. También porque las emociones juegan un papel muy importante en la toma de decisiones humana, y no creo que una computadora vaya a tener emociones”, explica. 

Además, en opinión de Rojas “no se puede reconstruir un cerebro con computadoras digitales porque el cerebro es un sistema analógico y en sistemas analógicos el mejor modelo con lo que sabemos actualmente es el sistema analógico mismo”. “Para construir cerebros humanos la mejor manera que tenemos ahora es tener hijos”, concluye."                       (Daniel Mediavilla, El País, 31/01/16)

15/10/15

¿Puede la fotografía también alcanzar dimensión ética a través de la compasión, y así motivar una conducta sin egoísmo?


"(...) Martha C. Nussbaum, la filósofa norteamericana galardonada con el premio Príncipe de Asturias hace un par de años, le dedica páginas muy brillantes al mencionado sentimiento en su libro Paisajes del pensamiento. La inteligencia de las emociones, un grueso volumen en el que su autora trata de convencernos de que la emoción es una función de las facultades cognitivas, del pensamiento, tesis que, en principio y a falta de un más fino examen, parece verosímil a la luz de las conclusiones extraídas por el neurocientífico Antonio Damasio a partir de las evidencias encontradas en el transcurso de sus prolijas investigaciones neurológicas (muy recomendable a este respecto la lectura de sus libros, especialmente El error de Descartes y En busca de Spinoza). 

Afirma la señora Nussbaum en la publicación mencionada: “El reconocimiento de la afinidad en la vulnerabilidad es, entonces, un requisito epistémico muy frecuente y casi indispensable para que los seres humanos se compadezcan… la mayoría de las veces extendemos nuestra simpatía basándonos en la existencia de una vulnerabilidad compartida ante el dolor. 

Pensamos qué horrible sería sufrir un dolor así y sin esperanza alguna de cambiarlo”. Más adelante dirá que ese pensamiento “promueve la selección de principios que elevan los niveles mínimos de la sociedad”. Aquí pone la autora de esta frase un punto y aparte, quedando implícito que está referida a los niveles mínimos de exigencia ética. 

Desde luego que la filósofa norteamericana no es la primera en fijarse en el valor ético de la compasión. Ya lo hizo el cascarrabias de Arthur Shopenhauer, el cual asigna a la compasión nada menos que el fundamento de la moral, ya que ella es la única que excluye el egoísmo como motivación de la conducta. 

La compasión, en efecto, según el antagonista de Hegel, se ejerce en la experiencia de sufrimiento y carencia del otro; en convertir el sufrimiento del otro en mi sufrimiento. Para él era “el gran misterio de la ética”. (...)

¿Puede la fotografía también alcanzar dimensión ética a través de la compasión, y así motivar una conducta sin egoísmo, como apuntaba el viejo Schopenhauer?
La prueba la tenemos en esa fotografía de un niño en una playa de Turquía publicada hace un par de semanas que ha conmovido la conciencia moral de muchos ciudadanos europeos, y que ha provocado un cambio de actitud notable de parte de algunos importantes líderes de la Unión. 

Ella ha hecho pensar sobre ese movimiento de refugiados, que se percibía más bien como un problema molesto, en el sentido en el que Nussbaum habla de pensamiento como conjunto de capacidades cognitivas que incluyen las emociones, particularmente la compasión.

 En efecto, nos dice la filósofa: “La compasión tiene, pues, tres elementos cognitivos: el juicio de la magnitud (a alguien le ha ocurrido algo malo y grave); el juicio del inmerecimiento (esa persona no ha provocado su propio sufrimiento); y un juicio eudaimonista (esa persona o esa criatura es un elemento valioso en mi esquema de objetivos y planes, y un fin en sí mismo cuyo bien debe ser promovido)”. 

Todos ellos se activaron evidentemente ante la contemplación de la lacerante imagen citada. Ahora bien, siendo innegables la magnitud de la desgracia así como irrefutable el inmerecimiento del dolor causado es el juicio eudaimonista el que está equivocado la mayor parte de las veces –“y casi siempre de forma dramática”, nos advierte la autora–.

 Y, en efecto, así parece en el caso que hemos mencionado. Diríase que la imaginación empática se quiebra ante la controversia ideológica sobre hasta qué punto otros seres humanos deben ser incluidos dentro del círculo de aquellos que merecen nuestro interés respecto de lo que les pase. 

Así, hay concepciones éticas, ya sean religiosas o seculares, que animan a las personas a ampliar sus esferas de interés más allá de los límites que abarca la moral cálida de la proximidad; a trascender las fronteras de raza, clase, religión o, incluso, de nacionalidad. 

Por contra, también nos encontramos con el fomento de actitudes en sentido contrario que conducen a una restricción de los intereses de los ciudadanos, y de preferencia por los miembros de su propia religión o de su grupo y, a menudo, a despreciar y rechazar a ciertos otros grupos. 

Si no, ¿cómo entender el proceder de países europeos que tienen memoria histórica de lo que es encontrarse en la terrible situación en la que se hallan los que ahora buscan refugio y que, sin embargo, no parecen compadecerse de ellos a juzgar por su conducta insolidaria?

Para no estar al albur de las inspiraciones ideológicas en un sentido moral u otro, o de la percepción de estímulos –como la mencionada fotografía– que nos hagan pensar de forma compasiva parece preciso fijar ese pensamiento en la praxis política, plasmándolo en un cuerpo de leyes que asuman los tres elementos cognitivos enunciados más arriba. 

Porque podemos plantar cara a ese relativismo que parece imposibilitar un juicio sobre la legitimidad moral de un determinado proceder político ateniéndonos al universalismo ético que propugna Mario Bunge en su libro, tan completo como incisivo, titulado Filosofía Política, y que conlleva una ética humanista, es decir, antropocéntrica, no teocéntrica, constituida por normas universales. 

Lo que es incompatible con el localismo ético; el cual es parte integrante tanto del relativismo ético como de las ideologías tribales, que –como no puede ser de otro modo– anulan el juicio eudaimonista definido por Nussbaum y, por ende, desactiva la compasión como motivación, pues se piensa que quien sufre ese grave daño de modo inmerecido, no obstante, no es un elemento valioso en mi esquema de objetivos y planes, ni consecuentemente un fin en sí mismo cuyo bien debe ser promovido, ya que no es miembro de mi tribu, nación, credo, raza…

Casi al final de Blade Runner hay una secuencia estremecedora en la que el replicante líder, el único superviviente de los suyos, consciente de que ya no puede eludir su muerte inminente, salva la vida del humano que trataba de ejecutarlo. 

Próximo a su propio fin se compadece de su verdugo porque, en ese preciso instante agónico, conoce el fundamento de la esencial fraternidad que hace de la humanidad una realidad que trasciende cualquier ficción tribal, y que no es otra que la preciosa fragilidad de la misma vida, nuestra mortalidad (consciente).

 Es la plasmación del supremo principio moral humanista –al que el maestro Bunge denomina “agatonismo”–, que no es vivir y dejar vivir, sino vivir y ayudar a vivir."                (José María Agüera Lorente , Rebelión, 29/09/2015)

19/10/11

"La emoción es imprescindible para aprender. Se recuerda lo que siente, y eso se convierte en experiencia"

"David Brierley recuerda la primera vez que, de niño, fue a Old Trafford a ver su equipo, el Manchester United. "Era una zona muy deprimida, donde la gente vivía solo para ir el sábado a ver el partido".

Le conmovió ver a 50.000 personas cantando; y aquello del fútbol se convirtió en una pasión que le dura hasta hoy. (...)

¿Es esa la clase de pasión que hay que perseguir en la escuela? Piensa un poco y contesta: "Por supuesto". "La emoción es imprescindible para aprender. Se recuerda lo que siente, y eso se convierte en experiencia". (...)

Cada vez menos gente vota, dice, los políticos no se sienten servidores de lo público, el miedo atenaza a Europa. "Creo que todos estos cambios [en la educación] deben hacerse para salvar la democracia".

No hay dramatismo ni grandilocuencia en sus palabras; solo la certeza de que lo que se enseña a los niños hoy en la escuela está demasiado volcado en el pasado, en transmitir lo que se sabía hasta ahora, en unos contenidos que luego se pueden medir en pruebas y exámenes; pero se deja de lado la otra parte, la que ayuda a descubrir a cada niño su propia individualidad, su forma de responder a los nuevos retos y las nuevas situaciones. (...)

Antes, con el salmón en escabeche, dijo que habría que eliminar la cultura de los exámenes que estrangula la labor de los profesores en la escuela y condena cada vez a más alumnos al fracaso; que cada niño tiene su propio potencial y que la labor del profesor es encontrarlo.

Habla de la lucha en la que se encuentra Europa entre el miedo y la esperanza, de cómo por ahora va ganando el primero. Y conecta todo ello con esa manera de entender la educación solo como conservación y repetición del pasado en lugar de dar espacio a la creatividad individual que encuentre nuevas oportunidades en cada dificultad.

No habla de cambiar asignaturas, sino de que cada cosa que se enseñe se haga de esa manera. Pero el cambio que propone no vendrá desde arriba; en un siglo XXI en el que todas las revoluciones llegan desde abajo, solo podrán hacerlo "jóvenes profesores con ganas de hacer las cosas de otra manera".

¿Confía en que ocurrirá? Sonríe, levanta las cejas y se encoge de hombros. No hay tiempo para postre ni café. Tiene que volver al congreso a contestar las preguntas que le lancen. Cuando responda, intentará causar algún tipo de sensación en su interlocutor, dice." (DAVID BRIERLEY. "Solo se recuerda lo que se siente". El País, 12/10/2011, última)

1/6/11

"¿Por qué los ciudadanos votan a unos partidos u otros, en blanco o se abstienen?

"¿Por qué los ciudadanos votan a unos partidos u otros, en blanco o se abstienen? Cabe pensar que son sus intereses los que mandan, pero la pregunta es entonces qué son los intereses, y parece ser que a menudo tienen poco que ver con eso que los economistas entienden por "intereses racionales". (...)

Esta enseñanza ancestral es la que pone de nuevo sobre el tapete la neuropolítica, una disciplina preocupada por descubrir cómo funciona el cerebro de los ciudadanos, sobre todo de los ciudadanos como electores. (...)

Y resulta ser que las gentes, según George Lakoff y otros investigadores del ramo, no votamos teniendo en cuenta los hechos concretos, como cabría pensar de seres presuntamente racionales, sino que en realidad votamos desde nuestros valores, estrechamente ligados a las emociones. (...)

A lo largo de nuestra historia personal nos vamos identificando con un marco de valores y, una vez configurado el esquema, nos resistimos como gato panza arriba a renunciar a él.Lo más curioso es que esos marcos están presentes en las sinapsis del cerebro, e influyen en nuestras decisiones de forma inconsciente. (...)

Así se explica que las informaciones concretas sobre que los políticos del propio partido mienten, que son ignorantes, que no saben resolver los problemas, que más bien forman parte de los problemas, que hacen trampas o que son corruptos, no cambien la intención de nuestro voto. (...)

¿Cómo puede un partido conseguir adhesiones casi inquebrantables y conquistar los votos de los indecisos? Aquí la neuropolítica resulta de nuevo de utilidad: conocemos esos marcos de valores a través del lenguaje, las palabras se definen en relación con los marcos y, cuando se oye una palabra, el marco se activa en el cerebro.

Se trata entonces de crear un lenguaje propio del partido, que caracterice su posición y sintonice con los ciudadanos. Ganar a las gentes por la emoción, a través de la palabra, es clave.

Por fortuna, aquí no acaban los mensajes de la neuropolítica, sino que más bien queda uno esencial. Los políticos responsables deberían crear marcos de valores atractivos, capaces de sintonizar con los grandes ideales del mundo moderno, y no con lo peor de ese mundo.

El entorno social y político en que los ciudadanos vivimos influye poderosamente en el desarrollo de nuestro cerebro, y nos ha costado demasiado descubrir esos grandes valores a lo largo de la historia humana como para ahora echarlos por la borda y potenciar lo peor solo por ganar votos. (...)

Afortunadamente, emoción y razón van unidas, más aún en el caso de ciudadanos que quieran ser críticos y activos, capaces de atender a las realizaciones, y no solo a las declaraciones, capaces de atender a las buenas prácticas y no sólo a las proclamas vacías." (ADELA CORTINA: La racionalidad como rara avis. El País, 31/05/2011, p. 31)

6/11/10

Razón y emoción

"La emoción, como la razón, sirve con eficacia a la mentira, y no es extraño que esa distinción tradicional entre los dos conceptos esté hoy sujeta a la crítica de la investigación neurológica, que no reconoce alojamientos cerebrales distintos a una y a otra y que observa que lo que llamamos racionalidad puede entenderse como una expresión emocional.

Y viceversa, desde luego: yo mismo he experimentado demasiadas veces el amargo trasfondo que tiene el llanto cuando, aparentemente surgido de una emoción noble, indiscutida, profunda, acaba convirtiéndose en expresión de la autocompasión y hasta de la vanidad, mira cómo lloro, se dice uno mismo, y que buen hombre verdadero soy." (Diarios de Arcadi Espada, 06/11/2010)

25/10/10

La humanidad de los animales... empáticos... solidarios. La animalidad del hombre.

"Dos chimpancés, uno junto al otro, reciben la misma recompensa alimentaria cada vez que dan la mano al cuidador, hasta que este le da a uno algo más apetitoso mientras sigue ofreciendo lo mismo al otro. Al cabo de uno o dos de estos intercambios, el segundo chimpancé se niega a recibir su recompensa.

Se ha dado cuenta de la injusticia y no la acepta, aunque se quede sin nada. En otro experimento, dos chimpancés tiran con sendas cuerdas coordinadamente de una caja con comida para poder alcanzarla desde su jaula. Cuando ambos están hambrientos la cooperación es total, pero si a uno se le ha dado de comer antes, se queda al fondo de la jaula y tiene que ir su compañero a traerle y hacerle trabajar.

Son el tipo de experimentos que se hacen en el laboratorio de Frans de Waal (Holanda, 1948) en el Centro Yerkes de Primates, en Atlanta (EE UU). Arrancan inevitablemente carcajadas cada vez que se muestran los vídeos en público -como sucedió en el último congreso de la Organización Europea de Biología Molecular (EMBO), en Barcelona, donde realizó estas declaraciones- pero han permitido, entre otras cosas, que De Waal demuestre que la empatía -la capacidad de comprender y compartir los sentimientos de otro, en la que se basan también esas carcajadas- no es únicamente humana.

De hecho, este reconocido experto en comportamiento animal afirma, en su último libro, La edad de la empatía (que publicará Tusquets en español), que todos los mamíferos muestran esta característica, base de la solidaridad. Y algunos de ellos -humanos y grandes simios desde luego, pero también elefantes y delfines, probablemente por el gran tamaño de su cerebro- alcanzan niveles superiores, que demuestran, por ejemplo, ayudando a sus congéneres a salir de situaciones difíciles.

"En los ámbitos académicos la mayoría cree que no se debe hablar de emociones en los animales y que estos tienen habilidades muy limitadas", dice De Waal. "Sin embargo, en la calle, a la mayor parte de la gente esta idea no le plantea problemas, y por eso tienen muchos más perros y gatos, con los que pueden comunicarse, que tortugas o peces, con los que no pueden".

Está hablando, reconoce, de empatía definida a un nivel emocional, más que intelectual -"que resultas afectado por las emociones del otro"-, pero así, recuerda, es como empieza en los bebés, que nada más nacer lloran cuando oyen llorar a otro. Sin olvidar el contagio de los bostezos, otra muestra de empatía.

El principio no fue fácil para él. "Hay algunos en ciencia que quieren mantener los animales a distancia de los humanos y no les gusta lo que digo en general", recuerda este etólogo, pero ahora "la ciencia sobre la que se basa todo esto se publica en importantes revistas, así que no veo ya problema".

Uno de sus últimos artículos científicos es un estudio sistemático de las prácticas de consolación en los chimpancés y está firmado por la española Teresa Romero. Se ha comprobado, por ejemplo, que los chimpancés hembra son más proclives a consolar a un compañero que sale de una pelea con otro que los machos. No es la única diferencia existente entre sexos. "Se han hecho experimentos que demuestran que cuando una persona ve cómo le clavan una aguja a otra que conoce, se le activa el centro del dolor en el cerebro. Reacciona como si le clavaran la aguja. Sin embargo, si ambos vienen de jugar de forma competitiva, se activa, en los hombres, el centro del placer, porque lo considera un castigo justo, mientras que esto no sucede en las mujeres".

Respecto a los humanos, De Waal se niega a ser simplista: "Yo suelo representar al ser humano como el simio bipolar, los humanos tienen las mejores y las peores tendencias. Si son buenos, son más altruistas que cualquier especie que conozco y, si son malos, son peores que cualquier especie. Yo no haría una definición del tipo: somos intrínsecamente malos o intrínsecamente buenos. Tenemos todas estas tendencias y las compartimos con otros primates, como los chimpancés, y estoy interesado en el parecido entre nosotros y ellos. Con los monos hay muchas diferencias, pero con los chimpancés son muchas menos de lo que todavía creemos", asegura.

Sin embargo, "hay humanos que no tienen empatía", recuerda, "como los psicópatas, que pueden comprender lo que quieren otros, pero no les afecta por su déficit emocional. Los autistas también tienen problemas de empatía, pero son casos más complejos: no conectan con las caras y el lenguaje del cuerpo, por ejemplo".

De Waal quiere lanzar el mensaje de que la empatía es importante para la sociedad, que no puede funcionar solo con la competitividad: "La empatía es una capacidad antigua. Permite a los primates (incluidos nosotros) y otros animales ser prosociales y cooperativos, y así sobrevivir". (El País, ed. Galicia, Futuro, 20/10/2010, p. 36)