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14/12/23

David Talbot, en su libro 'La Conspiración', narra la historia de dos hermanos provenientes de la élite que quisieron transformar el mundo, se enfrentaron a las fuerzas que impedían el cambio y acabaron asesinados... se enfrentaron contra el poderoso establishment de seguridad nacional de EE.UU. que estaba decidido a tener un enfrentamiento nuclear con la Unión Soviética... y desafiaron al ala sureña de su propio partido y al racismo arraigado en el sur estadounidense... Robert Kennedy también se enfrentó con la CIA, que a su juicio no era lo suficientemente leal al presidente Kennedy... Cuando Robert Kennedy escuchó la trágica noticia de la muerte de su hermano, inmediatamente sospechó que la peligrosa alianza entre la CIA y la Mafia se había vuelto contra JFK... tuvieron que pagar un precio terrible por ello en forma de profundos resentimientos. "Las élites saben la verdad sobre el asesinato de John F. Kennedy, pero los medios se la callan"

 "David Talbot tenía 16 años y trabajaba como voluntario para la campaña de Robert Kennedy la noche en que éste fue alcanzado por ocho balas de calibre 22. Para Talbot, periodista de éxito (trabajó en The New York Times, colaboró con Rolling Stone y New Yorker, y fue fundador y editor de la revista Salon) aquel momento supuso, como para tantos otros estadounidenses, el fin de la esperanza en el futuro de su país. Con su excelente La conspiración (cuyo título original es Brothers), la obra que la editorial Crítica puso en el mercado con motivo del 50 aniversario del asesinato de John Fitzgerald Kennedy, Talbot trató de recomponer la confianza perdida buscando respuestas desde una nueva perspectiva. El libro repara especialmente en la figura de Robert, su hermano y más fiel seguidor, para construir una memoria sentimental y política de una época que marcó de modo definitivo el resto del siglo XX.

La conspiración es, ante todo, una tragedia griega llena de afectos, intrigas y malvados, cuyo telón de fondo es el de las vidas del ciudadano medio de Occidente. El Confidencial habló extensamente con David Talbot, quien arroja luz en la conversación sobre los años que van desde el inicio de la presidencia de JFK hasta el asesinato de Robert.

E.C. Ha definido La conspiración como un drama épico americano. Y hay mucho de gran tragedia, porque es la historia de dos hermanos provenientes de la élite que quisieron transformar el mundo, se enfrentaron a las fuerzas que impedían el cambio y acabaron asesinados.

D.T. Sí, Brothers da la verdadera medida del valor de los hermanos Kennedy. A los medios de EEUU les gusta centrarse principalmente en el aspecto físico y en el estilo de la familia mucho más que en la parte más valiente de los Kennedy. La verdadera razón por la que hay que recordar a John F. Kennedy y a su hermano Robert, quien fue su principal compañero político, es que sacrificaron sus vidas para hacer que la historia avanzase. Los dos grandes problemas a los que se enfrentaba Estados Unidos cuando John asume la presidencia en 1961 eran la supervivencia humana en la era nuclear y el creciente clamor por la justicia racial. Los Kennedy lograron que se avanzase enormemente en esas dos cuestiones esenciales y, al hacerlo, se enfrentaron contra el poderoso establishment de seguridad nacional de EE.UU. que estaba decidido a tener un enfrentamiento nuclear con la Unión Soviética, a pesar de las enormes pérdidas de vidas humanas que se habrían derivado de ello. Los Kennedy también desafiaron al ala sureña de su propio partido y al racismo arraigado en el sur estadounidense. Hay que tener en cuenta que JFK envió agentes federales y soldados del Ejército de Estados Unidos a la Universidad de Mississippi en una noche infernal de disturbios y violencia, para obligar a la universidad a admitir a su primer estudiante negro y tuvieron que pagar un precio terrible por ello en forma de profundos resentimientos.

La posición de Robert fue peculiar, porque sospechaba que la muerte de su hermano no la había causado un francotirador solitario, pero tampoco podía investigar a fondo para saber qué había ocurrido y menos aún proclamar sus dudas. Tuvo que soportar mucho dolor, y mucho miedo, mientras planificaba los movimientos estratégicos que le podrían llevar al poder de nuevo.

Sí, Robert Kennedy fue sometido a una prueba agónica tras el asesinato de su hermano. RFK fue uno de los investigadores más experimentados de los Estados Unidos, cuya destreza adquirió en la lucha contra la Mafia que llevó a cabo cuando fue un joven asesor del Senado y que prosiguió como Fiscal General, una vez que su hermano alcanzó el poder. Robert Kennedy también se enfrentó con la CIA, que a su juicio no era lo suficientemente leal al presidente Kennedy.

En 1962, Robert estaba profundamente alarmado al descubrir que estas dos fuerzas clandestinas, la CIA y la Mafia, habían planeado un complot para asesinar a Fidel Castro. Cuando Robert Kennedy escuchó la trágica noticia de la muerte de su hermano el 22 de noviembre de 1963, inmediatamente sospechó que esta peligrosa alianza entre la CIA y la Mafia se había vuelto contra JFK. Pero el nuevo presidente en la Casa Blanca, Lyndon Johnson, odiaba al joven Kennedy, y la Comisión Warren, designada por el presidente Johnson para investigar el asesinato de JFK, fue dirigida por enemigos de los Kennedy. Así que Robert sabía que iba a tener que esperar a regresar al poder para investigar a fondo la muerte de su hermano. Esa es una de las razones por las que RFK decidió postularse a la presidencia en 1968.

Robert tenía la sospecha de que después de su hermano vendría él, que su persona constituía un problema pendiente. Usted asegura que un aspecto importante de la operación contra JFK era lograr inmovilizar a Robert.

El complot contra JFK fue orquestado por expertos y tenía todas las características de una operación de inteligencia sofisticada. Tan pronto como Robert se enteró de la muerte de su hermano, supo que se estaba enfrentado a un enemigo poderoso. Y sabía que no podía confiar en las agencias de seguridad que habían traicionado a su hermano, la CIA , el FBI o el Servicio Secreto. Así, en la tarde del 22 de noviembre 1963, la casa de RFK en McLean, Virginia, fue rodeada por US Marshals partidarios de Kennedy, figuras pertenecientes a un departamento menor del gobierno federal. Los US Marshals estaban dirigidos entonces por un duro neoyorquino de origen irlandés en quien la familia Kennedy confiaba. Este es un momento sumamente dramático en la historia de EEUU, con el gobierno violentamente fracturado y con el Fiscal General y el hermano del presidente rodeado de protección porque le podían matar y no sabía quién, si la CIA o los sicarios de la Mafia.

¿Qué le parecen las versiones que insisten en que fue Lee Harvey Oswald el autor del asesinato, instigado por Castro? ¿Por qué surgen ahora tantos anti-Kennedy?

Los rumores y las acusaciones que vinculan a Harvey Oswald con Fidel Castro comenzaron inmediatamente después del asesinato de JFK, y esta campaña de desinformación está vinculada a fuentes de la CIA. De hecho, el último libro encargado de vender esta mentira, Secretos de Castro, de Brian Latell, fue escrito por un exoficial de la CIA. No hay nada de cierto en esta acusación, una conclusión a la que incluso llegó la Comisión Warren, y que fue ratificada por investigaciones posteriores. Castro sabía que atentar contra el Presidente de Estados Unidos equivalía a suicidarse y ciertamente el líder cubano no era un estúpido. Pero además, a pesar de las hostilidades que el presidente Eisenhower y la CIA habían iniciado contra el régimen de Castro, en los últimos meses de su presidencia, JFK había abierto canales diplomáticos secretos con La Habana con vistas a diseñar una solución pacífica. Castro, de hecho, se quedó muy abatido al enterarse de la muerte de Kennedy, ya que se dio cuenta al instante de que eso "iba a cambiarlo todo”.

Llama la atención la convicción absoluta de Robert en que no habían sido los comunistas. De hecho, mandó un emisario a Moscú para comunicarles que sabía que ellos no habían sido, ¿no?

Robert se dio cuenta inmediatamente de ese trabajo de desinformación que intentaba hacer de Oswald un agente comunista. Y se lo comunicó a Moscú a través de un amigo de confianza, muy cercano a la familia, llamado Bill Walton. En los días posteriores al asesinato de JFK, cuando estos rumores sobre Oswald se propagaban masivamente a través de los medios de EEUU, Robert y Jacqueline Kennedy, la viuda de JFK, pidieron a Walton que llevase un mensaje a los funcionarios soviéticos trasladándoles que ellos no culpaban a Moscú del asesinato y que sospechaban que el presidente había sido víctima de una conspiración en el más alto nivel de EEUU. Se trata de un mensaje muy peculiar para enviarlo a Moscú durante la Guerra Fría, y revela de modo inequívoco la escasa confianza que Robert Kennedy tenía en su propio gobierno.

¿Menospreciaron los Kennedy las fuerzas a las que se enfrentaban? Porque parece evidente que cuando tu enemigo es J. Edgar Hoover, va a haber problemas seguro. O cuando lo es alguien como Curtis LeMay, un militar que, según cuenta, fue capaz de decirle a la esposa de un senador que la guerra con la Unión Soviética era inevitable, que la mayoría de las ciudades estadounidenses acabarían destruidas y que lo mejor que podía hacer era huir a una zona despoblada.

Es cierto que los Kennedy, a causa de su riqueza, sus privilegios y su ambición, tenían demasiada fe en su capacidad de transformar la estructura de poder de Washington. Ellos no valoraron plenamente el poder de hombres como el jefe de la Fuerza Aérea Curtis LeMay (a quien JFK consideraba un belicista fuera de control), el director del FBI J. Edgar Hoover, y el legendario director de la CIA Allen Dulles. Cuando JFK despidió a Dulles, después de la desastrosa invasión de Bahía Cochinos en 1961, se ganó un enemigo peligroso. Dulles estaba en el centro de lo que el profesor Peter Dale Scott ha llamado "política profunda" (Deep politics) esa red oculta de intereses poderosos que manipulan las acciones oficiales desde bastidores. Cuando fue expulsado de la CIA, Dulles siguió trabajando como si estuviera todavía en el poder, convirtiendo su casa en el barrio de Georgetown de Washington en el centro de un gobierno en el exilio contra Kennedy. Entre los muchos agentes de la CIA que fueron a visitar a Dulles o que se comunicaron con él estaban James Angleton, Richard Helms, Howard Hunt y William Harvey, todos ellos conectados, según los investigadores, con el asesinato del presidente Kennedy y su posterior encubrimiento.

¿Esa lucha entre el poder político y los poderes que, sintetizados en lo que se llamó el “complejo militar-industrial”, pretendían dirigir de facto los países, sigue existiendo? ¿Es tan complicado llevar adelante las decisiones de los políticos, como entonces?

Todos los presidentes desde Kennedy han sabido lo peligroso que resultaría hacer frente a los pilares del poder de EEUU, como Wall Street, la industria de la energía y el complejo de seguridad nacional

El "complejo militar-industrial", acerca del cual el presidente Eisenhower advirtió a Estados Unidos cuando dejó la Casa Blanca en 1961, ha crecido hasta dominar toda la economía de EEUU. Nuestro país ha sido una sociedad militarizada desde la Segunda Guerra Mundial, con la Guerra Fría y ahora la Guerra contra el Terror como los motores que impulsan las empresas estadounidenses. JFK fue el último presidente en desafiar a esta enorme fuerza y pagó con su vida. Todos los presidentes desde Kennedy han sabido lo peligroso que resultaría hacer frente a los pilares del poder de EEUU, como Wall Street, la industria de la energía y el complejo de seguridad nacional. La administración Bush-Cheney era una criatura que pertenecía por completo a este complejo, que se nutre de la guerra y la expoliación planetaria. El presidente Obama llegó al poder ofreciendo una visión más optimista de América y de su lugar en el mundo, pero ha presidido el periodo de mayor crecimiento del estado de vigilancia masiva.

Los asesinatos de los hermanos Kennedy fueron algo traumático. Generaron mucha desconfianza, especialmente entre las élites, por lo que tenía de aviso para navegantes.

El asesinato descarado del presidente Kennedy, a plena luz del día en las calles de una ciudad de Estados Unidos, envió un mensaje escalofriante a la élite de EEUU. Los líderes políticos como Lyndon Johnson y Richard Nixon inmediatamente se dieron cuenta de que JFK fue víctima de una poderosa conspiración y hablaban entre ellos en voz baja entre ellos acerca de las consecuencias de este crimen, mientras aseguraban al público que Oswald había actuado solo y que el caso estaba cerrado. Los medios de EEUU, incluyendo amigos cercanos de JFK como el editor del Washington Post Ben Bradlee, también estaban preocupados en privado acerca de la existencia de una conspiración, pero no hacían nada para investigar el crimen y promovían el mito del francotirador solitario. Ningún miembro de las élites políticas o de los medios de comunicación de EEUU estaba dispuesto a arriesgar su carrera (o su vida) abriendo la puerta de este oscuro túnel. A excepción de Robert Kennedy, que corrió la misma suerte que su hermano.

También fue traumático para el ciudadano, que vio cómo la máxima autoridad de su país podía morir asesinada sin mayor problema. En este sentido, ¿en qué cambiaron los asesinatos de los hermanos Kennedy los EEUU?

El asesinato de JFK traumatizó a toda una generación de estadounidenses. Desde Dallas, las encuestas han mostrado que la mayoría de la población de EEUU ha tendido a rechazar la versión oficial de los hechos. Esto no sólo condujo a una constante erosión de la confianza pública en la autoridad del gobierno y de los medios sino que también dio lugar a un creciente malestar cívico que percibe que la democracia de EEUU es una farsa y que el poder real está en manos de una élite despiadada dispuesta a hacer cualquier cosa para mantener su estatus privilegiado.

El asesinato de los hermanos Kennedy, y de otros líderes visionarios como Martin Luther King Jr., nos privó a los americanos de una confianza esencial en nuestro futuro. Sus muertes llevaron a la guerra de Vietnam y a conflictos cívicos y, a largo plazo, a una polarización cada vez mayor entre los súper ricos y los súper poderosos y el resto de nosotros. También dio lugar a un estado de guerra permanente y a la vigilancia a lo Gran Hermano. Desde Vietnam, EEUU ha estado en un constante estado de guerra virtual.

Es curioso, porque todo el mundo sabe que la tesis de que fue Lee Harvey tiene demasiadas lagunas. La gente de la calle lo sabe, y la élite lo sabe, pero los medios suelen ser muy escépticos respecto de otra explicación que no sea la de que Lee Harvey Oswald fue el autor de todos los disparos. ¿Por qué?

Es correcto decir que la “calle” de Estados Unidos no se cree el mito de Oswald, lo cual dice mucho del estadounidense medio, que ha sido objeto de enormes lavados de cerebro sobre el asesinato y el verdadero legado de JFK. Este lavado de cerebro a través de los medios ha alcanzado un nivel enorme de ignorancia en el 50 aniversario de la muerte de JFK. A pesar de que altos funcionarios como el secretario de Estado John Kerry se atrevieron a expresar sus dudas sobre el mito Oswald, los principales medios de comunicación no han permitido ningún debate serio sobre la posibilidad de la conspiración de Dallas. Este “apagón” de las opiniones discrepantes es muy similar al control absoluto de la conciencia pública que se ve en las sociedades totalitarias.

Los medios corporativos en los Estados Unidos trabajan bajo muchos tabúes oficiales. Esto se hace evidente cada vez que una crisis como el caso de Edward Snowden tiene que aparecer en los medios. En estas circunstancias, cuando la viabilidad del estado de seguridad nacional de EEUU está en juego, incluso los periódicos liberales como el New York Times se apresuran a reforzar la confianza del público en los mitos oficiales. El New York Times abrazó rápidamente el Informe Warren en 1964 ¡antes de que el informe se hubiera finalizado!

Cuando la historia finalmente promulgue su sentencia acerca del monumental crimen contra la democracia que tuvo lugar en Dallas, los miembros del cuarto poder serán seguro condenados por su vergonzosa actuación.

Está trabajando en un documental acerca de La conspiración y dirige ahora una nueva empresa tras abandonar el periodismo diario. ¿Cree que una revista como Salon, que usted dirigió, es hoy más importante que nunca o, por el contrario, cree que ya no tiene sentido? ¿Cree que el periodismo ya no puede dar cobijo a buenas historias, que sólo se pueden contar a través de libros y documentales televisivos o cinematográficos?

Actualmente estoy trabajando en un documental basado en La conspiración, así como un nuevo libro sobre el difunto director de la CIA Allen Dulles y el surgimiento del estado de seguridad nacional de EEUU. Este nuevo libro, El tablero de ajedrez del diablo, será publicado por Harper Collins en 2015 y arrojará más luz sobre el complot dirigido por la CIA para matar a JFK.

He dejado el periodismo diario (por ahora) para concentrarme en libros y documentales a través de mi empresa, Talbot Players, porque creo que es mucho más factible llegar a través de estos formatos a contar verdades más profundas sobre el poder y la lucha social.

Sin embargo, me parece muy interesante la nueva iniciativa de periodismo en internet que ha llevado a cabo mi antiguo colega de Salon Glenn Greenwald. Yo apoyo firmemente los esfuerzos valientes de Greenwald para exponer los crímenes y escándalos del coloso de seguridad nacional. Dado que la CIA sigue desafiando la ley de EEUU mediante la ocultación de más de 1.100 documentos relacionados con el asesinato de JFK, es posible que necesitemos un periodista valiente como Greenwald y un denunciante como Snowden para asegurar la publicación de esta información vital. La historia pertenece al pueblo estadounidense."                 (Esteban Hernández , El Confidencial, 22/11/23) 

10/10/23

La epidemia de la desesperación... "no hay absolutamente ningún perfil para el adicto a los opiáceos. Puede ser tu amable vecino, puede ser tu abuelo mayor, puede ser un niño de once años. Conozco a varias personas que comenzaron a usarlos a esa edad"... entre 2006 y 2014 se distribuyeron en Estados Unidos más de 100 mil millones de opiáceos y otros 24 mil millones más de dosis de pastillas para el dolor altamente adictivas... a 92 millones de personas, se les prescribieron opiáceos... entre ellos, los adolescentes a los que les recetan automáticamente opiáceos al ponerles aparatos dentales... entre los menores de cincuenta años son las drogas y Estados Unidos es el país del mundo con el mayor número de fallecimientos por ese motivo. La incidencia es tal que, debido principalmente a este factor y al aumento de las muertes por alcoholismo o suicidio, la esperanza de vida se reduce cada año que pasa... Es decir, la desesperación está invirtiendo la progresión vital de una de las principales potencias económicas del planeta, un fenómeno sin parangón en el último siglo... No obstante, cabría preguntarse: ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Es decir, ¿es la adicción la que mengua el número de trabajadores o, más bien, es la falta de oportunidades aquello que los empuja a la desesperación y lo que se deriva de la misma? Los adultos sin título están literalmente muriendo de dolor y desesperación... el mayor coste de ser pobre en Estados Unidos es el coste psicológico, la falta de esperanza, la falta de respeto a sí mismos y el distanciamiento del resto de la sociedad... el 79% de los estadounidenses blancos de clase trabajadora que estuvieron de acuerdo con estas dos declaraciones votaron por Trump: «Las cosas han cambiado tanto que a menudo me siento como un extraño en mi propio país» y «el estilo de vida estadounidense debe protegerse de la influencia extranjera» (Helena Villar)

 "Jenny Roberts entra con un busto de plástico a la sala y lo coloca con delicadeza en la mesa. A continuación, abre el kit que contiene el Naxolone, la medicación necesaria para revertir una sobredosis de opiáceos. Con la pericia de una enfermera o un médico explica cómo revivir el muñeco inerte que tenemos delante. Lo hace de forma casi automática, no en vano 15 mil personas han aprendido en dos años gracias a ella.

En su rostro no hay atisbo del drama que, apenas cinco años antes, la empujó a enseñar a los demás a intentar burlar la muerte. El día en que Jenny encontró a su hermano menor Chris tendido en el salón de casa pensó que podía ser como las anteriores veces, ya eran seis años entrando y saliendo de tratamientos, pero esta vez no volvió a respirar. «Ni siquiera sabía que existía un medicamento para revertir esa situación.

Cuando me enteré, empecé a pensar en todas esas familias que iban a pasar por lo mismo, por lo que decidimos crear una fundación con el nombre de mi hermano con esta única misión: salvar vidas.» En el momento de la entrevista, al menos 86 personas habían vuelto a abrir los ojos gracias al entrenamiento impartido por Jenny, quien da el dato con un orgullo tímido, para nada triunfal.

Aún queda demasiado por hacer: «no hay absolutamente ningún perfil para el adicto a los opiáceos. Puede ser tu amable vecino, puede ser tu abuelo mayor, puede ser un niño de once años. Conozco a varias personas que comenzaron a usarlos a esa edad y no es que se despertasen un día y dijeran, oye, creo que me he vuelto adicto a los opioides. Cada camino es diferente aunque, por supuesto, de lo que más se hable sea de la medicación recetada».

Según una investigación del diario The Washington Post basado en datos federales, entre 2006 y 2014 se distribuyeron en Estados Unidos más de 100 mil millones de opiáceos y otros 24 mil millones más de dosis de pastillas para el dolor altamente adictivas. Un volumen que, además, se disparó a medida que la epidemia iba siendo más mortal, llegando al punto de cobrarse un centenar de vidas al día.

Para hacernos una idea, en 2014, cada 15 minutos nacía en el país un bebé con síndrome de abstinencia neonatal –cada 25 minutos en 2020–; según un estudio basado en la Encuesta Nacional sobre Uso de Drogas y Salud, a más de la tercera parte de los adultos, 92 millones de personas, se les prescribieron opiáceos, y en 2016 hubo más muertes por este motivo que por violencia armada.

Este tipo de medicación altamente adictiva está tan normalizada que el primer ejemplo que me puso un exdrogodependiente y activista al que entrevisté fue el enganche temprano de adolescentes a los que les recetan automáticamente opiáceos al ponerles bráckets o aparatos dentales. Así, los estupefacientes en este país son ingeridos de una manera tan masiva que no parece exagerado afirmar que el Soma[1] de la distopía de Huxley, Un mundo feliz, es una realidad en los Estados Unidos actuales. Detrás, sobre todo, seis compañías distribuidoras: McKesson Corp., Cardinal Health, Walgreens, AmerisourceBergen, CVS y Walmart, y tres fabricantes: SpecGx, una subsidiaria de Mallinckrodt; Actavis Pharma, y Par Pharmaceutical, una subsidiaria de Endo Pharmaceuticals. «Se las comen como si fueran Doritos. Haremos más», escribiría en un correo electrónico, filtrado posteriormente, Victor Borelli, gerente nacional de cuentas del mayor fabricante de opiáceos de Estados Unidos.

Pese a la ingente cantidad de pruebas y al dolor inflingido, la mayoría de los responsables resolvieron cualquier demanda con acuerdos sellados a base de millones de billetes de dólar. Tampoco fueron obligados a dejar de producir la droga. Una paradoja constante en este país, donde es más común de lo que parece pasar buena parte de tu vida en la cárcel por consumir o menudear con drogas si se es un ciudadano pobre.

La dureza del castigo penal por consumo, sin embargo, no evita lo siguiente: pese a la referencia de Jenny al perfil universal del adicto, existe una mayor incidencia entre jóvenes y adultos jóvenes. Así, la principal causa de muerte entre los menores de cincuenta años son las drogas y Estados Unidos es el país del mundo con el mayor número de fallecimientos por ese motivo según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, con una enorme ventaja sobre los siguientes de la lista. La incidencia es tal que, debido principalmente a este factor y al aumento de las muertes por alcoholismo o suicidio, la esperanza de vida se reduce cada año que pasa.

Es decir, la desesperación está invirtiendo la progresión vital de una de las principales potencias económicas del planeta, un fenómeno sin parangón en el último siglo. Estados Unidos es el único país avanzado del mundo donde la flecha de la esperanza de vida se movió en la dirección equivocada de 2014 a 2017. Si entre 1959 y 2014 aumentó de los 69,9 años a los 78,9 años, el promedio tres años más tarde era de 78,6. Aunque la tendencia logró revertirse tímidamente en años recientes, la pandemia la empujó por debajo de los setenta y ocho años, niveles inferiores a los de Líbano, Chile o Cuba, países con un PIB muy inferior.

Esto es sumamente sangrante para el orgullo de la nación que se autoerige como modelo si tenemos en cuenta que en 1960 los estadounidenses tenían la esperanza de vida más alta del mundo. «Es un problema desgarrador» y «extremadamente insólito», llegó a admitir la propia presidenta de la Reserva Federal en 2017. Janet Yellen, ahora actual secretaria del Tesoro, reconoció que el nivel de consumo de estupefacientes era tal que estaba reduciendo el número de población activa.

No obstante, cabría preguntarse: ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Es decir, ¿es la adicción la que mengua el número de trabajadores o, más bien, es la falta de oportunidades aquello que los empuja a la desesperación y lo que se deriva de la misma? Yellen, por otro lado, también destacó lo siguiente: cuando la tasa de población activa se reduce, el paro también.

Otro factor que, por lo tanto, evidencia lo expuesto anteriormente: había que mirar con lupa los en principio espectaculares datos de desempleo. Es decir, dicho problema se termina si los parados acaban en la cárcel, son drogodependientes o directamente se mueren.

En su obra Deaths of despair, Anne Case y Angus Deaton vinculan de manera magistral el papel que la clase y la educación, y, por tanto, el sistema, desempeñan en la era de la angustia a la que se ha visto abocada la otrora nación de los sueños: «para la clase trabajadora blanca, la América de hoy se ha convertido en una tierra de familias rotas y pocas perspectivas. Los adultos sin título están literalmente muriendo de dolor y desesperación». Una de las cuestiones más interesantes de su estudio es que Case y Deaton ponen el foco más allá de la desigualdad racial, situándolo en la clase trabajadora blanca y más concretamente en los hombres. En este sentido, no es que nieguen el racismo sistémico y estructural, todo lo contrario, pretenden llamar la atención sobre el hecho de que, si hay algo realmente transversal en la actualidad, es el flagelo a la clase trabajadora.

Así, si bien, tal y como apuntan los datos, las tasas de mortalidad entre los afroamericanos siguen siendo las más altas, la diferencia entre este grupo y el de los blancos ha disminuido de manera muy considerable entre 1990 y 2015. En este sentido, la brecha real se sitúa entre quienes tienen y quienes no tienen un título universitario; coincidiendo además con las respuestas a encuestas sobre sufrimiento y dolor. Volviendo al objeto principal de su análisis –los hombres blancos–, si el salario medio de los varones estadounidenses se ha estancado de forma generalizada, el poder adquisitivo en el caso de los blancos sin educación superior se redujo un 13% entre 1979 y 2017, periodo durante el cual el ingreso nacional per cápita creció un 85%.

La falta de trabajo estable o de calidad, argumentan, ha conllevado además una desintegración de las antiguas costumbres sociales de clase, como el formar una familia y tener hijos, por lo que el sujeto se ha encontrado de repente en una situación vital sin perspectiva conocida. Cualquier ávido lector podría argumentar que esto no sólo sucede en Estados Unidos, sino en buena parte del mundo occidental.

Sin embargo, elementos como los que vamos describiendo, como el poder de las grandes empresas sobre los brazos legislativos y judiciales del Estado, la ausencia de una sanidad universal y de un sistema social básico, la agonía del sindicalismo o las enormes dificultades de acceso a una educación superior son excepcionalmente definitivos en la situación de unos ciudadanos alimentados por los mitos del individualismo y la tierra de las oportunidades.

«Hay algo de ser pobre en este país que es super deprimente. Vienes aquí y vas a lugares desfavorecidos, y, por encima de todo, del crimen o de todo aquello que no tienen, está lo siguiente: la falta de esperanza, la falta de respeto a sí mismos y el distanciamiento del resto de la sociedad. Para mí, el mayor coste de ser pobre en Estados Unidos es el coste psicológico.» Carol Graham es investigadora especialista en pobreza, desigualdad y salud pública del Instituto Brookings. Tras años de estudio en América Latina, al regresar a su país se dio cuenta de que había un elemento diferencial que se le estaba escapando y decidió medir la falta de esperanza.

Empecé comparando las actitudes acerca de que si un individuo trabaja duro en este país puede subir en el escalafón social, es decir, hice la clásica pregunta basada en el sueño americano. Comparé las respuestas obtenidas en América Latina y Estados Unidos, y cómo varían entre pobres y ricos. Lo que encontré fue fascinante. En América Latina, los pobres y los ricos casi contestaban igual, con un «no», y no había diferencias estadísticas. Sin embargo, aquí, había una diferencia de casi 20 veces entre pobres y ricos.

Es decir, en Estados Unidos, aquellos que no están en los estratos más bajos creen fervientemente que es por méritos propios. O lo que es lo mismo, los ricos que siempre lo han sido creen que quienes no lo son pueden llegar a serlo mediante esfuerzo y trabajo. Dicho desprecio e incomprensión son fatales en el caso de la población blanca, a la que se presupone que debería irle bien por su condición social. Graham lo explica de este modo:

El suicidio y la depresión son menos comunes en pobres de América Latina, y, en Estados Unidos, lo son menos entre los latinos y los afroamericanos que entre los blancos, porque los primeros no tienen el estigma y, por ejemplo, sus familias los ayudan. Para los blancos, el devenir pobre en los últimos tiempos ha sido un gran shock; de hecho, siguen siendo el grupo más opuesto a las ayudas gubernamentales porque lo relacionan con las minorías.

Graham pone como ejemplo de esta disociación el programa sanitario impulsado por Barack Obama, el llamado Obamacare, asegurando que muchos beneficiarios acabaron por votar a Donald Trump, contrario al mismo. «Es increíble. Hay cosas que puedo explicar y otras cosas que no puedo explicar, pero lo que sí puedo afirmar en función de los resultados de mis estudios es que este tipo captó la frustración con promesas que no tenían que ver con la realidad. Cuando la gente está en situación de perder es mucho más fácil manipularlos.» Graham desgrana el siguiente perfil:

Aquellos hombres ahora sin trabajo o con empleos precarios que se dedicaban a oficios manuales, pesados, difíciles, como minas, factorías…, que además conllevan estilos de vida no muy sanos, con lesiones o dolores. En este contexto, además, las compañías de opiáceos empezaron a repartirlos como caramelos. Se creó la tormenta perfecta: un mercado saturado de opiáceos, altas tasas de desesperación, falta de ayuda comunal y, en muchos casos, lugares completamente aislados. Ve al Misuri rural, vas a encontrar la nada.

Es decir, el votante blanco de clase trabajadora, un tercio del total de los adultos estadounidenses y que en esas elecciones serían decisivos en la victoria de Donald Trump. Siguiendo el ejemplo del Obamacare, poco después de las elecciones en las que el republicano saldría ganador, una reportera de la publicación VOX se acercó a Kentucky a preguntar a beneficiarios de dicho programa sanitario qué los había llevado a votar en contra de sus intereses.

En general, todos le contestaron que creían en la promesa de que Donald Trump mejoraría aún más su plan de salud, pese a no haber concretado cómo. Meses después, la misma periodista regresó para tantear los ánimos. Si bien se encontró con una decepción generalizada, también con justificaciones de que el presidente lo estaba haciendo muy bien en otras áreas como la inmigración, además del clásico: «Como decía mi padre, este es y será un condado republicano».

Este ejemplo sobre el terreno coincidiría con un análisis hecho por The Atlantic en el que, contrariamente a la narrativa de que solamente la pobreza o la ansiedad económica impulsaron ese voto hacia Donald Trump, fue la ansiedad cultural lo que definitivamente los empujó a decidirse por el republicano. En resumen, aquellos que aseguraban sentirse como un extraño en Estados Unidos, que apoyaban la deportación de inmigrantes o que no creían que a mayor educación su situación individual pudiera mejorar.

Así, la publicación destacó que el 79% de los estadounidenses blancos de clase trabajadora que estuvieron de acuerdo con estas dos declaraciones votaron por Trump: «Las cosas han cambiado tanto que a menudo me siento como un extraño en mi propio país» y «el estilo de vida estadounidense debe protegerse de la influencia extranjera». Además, el 87% de los estadounidenses blancos de clase trabajadora que dijeron estar a favor de una política de identificación y deportación de inmigrantes ilegales también le votaron. Finalmente, un 61% de los hombres blancos de clase trabajadora aseguraron que invertir en una carrera universitaria es «una apuesta arriesgada».

Este texto es un extracto del capítulo III (Cómo sobrevive y se sobrevive al sistema) del libro de Helena Villar “Esclavos Unidos. La otra cara del American Dream”. Editorial Akal. Colección A Fondo. Publicado con la autorización de la editorial y de la autora."

(Helena Villar , Venezuela News, 21/09/23)

11/9/23

Por qué Oliver Anthony odia el estado de bienestar... Los trabajadores estadounidenses aún conservan muchos de los valores de la "vieja clase media" de burgueses y comerciantes de la que proceden... los años de máxima organización laboral y las políticas del New Deal, extendieron esta autoconcepción de clase media entre los trabajadores, incluso cuando el nivel de vida empezó a descender a finales del siglo XX, bajo el orden neoliberal... es la mentalidad pequeñoburguesa de "la inversión en la ética de la responsabilidad personal y la autoayuda al prójimo", la que atempera su entusiasmo por el Estado del bienestaresta mentalidad es perfectamente compatible con la ira de clase dirigida hacia arriba... Los impuestos representan una verdadera carga económica para la clase trabajadora, porque los asalariados pagan una parte sustancialmente mayor de sus ingresos en impuestos que los ricos en ganancias de capital...la idea de que la riqueza que uno genera se transfiere a alguien que la merece menos es apremiante para las personas a las que realmente se les está quitando el producto de su trabajo, tanto por la fiscalidad regresiva como por la explotación capitalista. Los trabajadores que se enorgullecen de su autosuficiencia ven como chupasangres a los gordos con cupones de alimentos... La izquierda desearía que Anthony se reconociera como miembro del proletariado y renunciara a sus sueños reaccionarios de independencia... a la mayoría de los derechistas que han intentado sacar partido político de su canción les gustaría que dejara de odiar a los ricos y se centrara en los gordos que no se lo merecen. Se han sentido heridos por el rechazo de Anthony a su abrazo. "Es agravante", dijo, "ver a la gente en las noticias conservadoras tratar de identificarse conmigo como si yo fuera uno de ellos". No lo es. Anthony es lo que es, un miembro de la clase trabajadora estadounidense, arraigado en valores de independencia, honor y fuerza

 "Hay un viaje que emprendes la primera vez que ves a Oliver Anthony cantar "Rich Men North of Richmond". Durante medio segundo, contemplas a este hombre de piel rosada y barba rojiza en su retiro boscoso. Si usted es estadounidense, ese es todo el tiempo que necesita para clasificarlo. Es la mayoría silenciosa, es el hombre olvidado. Además, es un paleto y un chiflado y todo lo que conlleva serlo. Entonces, un grito de queja y una profunda tristeza salen de detrás de sus dientes de venado, y el corazón se te hincha y se te ponen los pelos de punta. Mientras canta "malgastando su vida" por una "paga de mierda" y la "maldita vergüenza" a la que "ha llegado el mundo para gente como yo y gente como tú", piensas, sí, sí. Para cuando llega el estribillo estás dispuesto a luchar a su lado en cualquier revolución.

Y entonces, sin perder la expresión de sublime tormento de su rostro, grita: "Si mides 1,70 y pesas 90 kilos, los impuestos no deberían pagar tus bolsas de caramelos". ¿Eh? ¿Qué hace esta desagradable rima sobre los gordos en medio del himno cruzado que te conmovía? Realmente, te sientes un poco defraudado. Gran parte de los comentarios sobre la canción de Anthony, que han sido muchos, se centran en este momento de decepción.

 Para los de tendencia liberal (todos los periodistas musicales), la línea no es sólo un poco de letra torpe, sino un pronunciamiento de la verdadera naturaleza de Anthony - la de un derechista, de mente pequeña MAGA chud. La mayoría de los críticos están de acuerdo en que es una pena, porque es un gran cantante. Realmente los tenía en marcha hasta la cosa de las rondas de dulce de leche.

La canción de Anthony ha reavivado la vieja especulación sobre por qué la clase trabajadora estadounidense dirige tanta de su rabia hacia los pobres y sus derechos. ¿No debería alguien como Anthony querer más bienestar? Cada vez que surge esta cuestión, los progresistas hacen una de dos cosas. Una es repetir alegremente el comentario de John Steinbeck de que los pobres estadounidenses se ven a sí mismos como "millonarios temporalmente avergonzados".

Quieren decir que personas como Anthony han sido engatusadas por los mitos de Horatio Alger para que "voten en contra de sus intereses" y favorezcan las políticas que sirven a la clase dominante. Por supuesto, esto no explica por qué parecen odiar a la clase dominante, pero las personas dispuestas a descartar las complejidades de todo un grupo social con una sola ocurrencia no suelen ser sensibles a tales contradicciones.

La otra explicación estándar es que los miembros blancos de la clase trabajadora son racistas y atacan la asistencia social como un sustituto de las "reinas del bienestar" negras que asocian con ella. Es indudablemente cierto que los antagonismos raciales se esconden tras muchas críticas a la asistencia social. Sin embargo, quienes esgrimen este argumento subestiman la familiaridad de la asistencia social con los blancos de clase trabajadora. Para alguien como Anthony, los beneficiarios de la asistencia social no son un estereotipo borroso, sino, en muchos casos, personas que viven en sus propias comunidades, se parecen a ellos e incluso pueden ser sus propios parientes. La verdad es que no hay ningún galimatías que pueda captar la compleja conexión entre la ira de la clase trabajadora y el odio a la asistencia social. Debemos ser más curiosos y profundizar más.

El texto esencial para comprender la singular conciencia de la clase trabajadora estadounidense es The True and Only Heaven (El verdadero y único cielo), de Christopher Lasch: El progreso y sus críticos, de Christopher Lasch, publicado por primera vez en 1991. El libro es un enorme y erudito estudio del liberalismo y sus descontentos, pero su contribución más importante viene en su capítulo final, titulado "El populismo de derechas y la revuelta contra el liberalismo". Lasch trataba de explicar por qué tantos de los trabajadores que constituían el núcleo de la coalición del New Deal se pasaron al Partido Republicano en la década de 1980. Su idea esencial era que la mayoría de los trabajadores estadounidenses están inmersos en una cultura "pequeñoburguesa" que los liberales desprecian cada vez más.

 Los trabajadores estadounidenses aún conservan muchos de los valores de la "vieja clase media" de burgueses y comerciantes de la que proceden (tanto dentro como fuera del país). La cultura aspiracional de Estados Unidos y la relativa prosperidad que hicieron posible los años de máxima organización laboral y las políticas del New Deal, extendieron esta autoconcepción de clase media entre los trabajadores, incluso cuando el nivel de vida empezó a descender a finales del siglo XX, bajo el orden neoliberal.

En cierto sentido, Anthony, que ha ahorrado lo suficiente en trabajos manuales y de ventas para hacer de terrateniente en una finca de 92 acres, está viviendo la máxima aspiración de la clase trabajadora estadounidense. Porque la suya no es una clase de millonarios temporalmente avergonzados, sino de granjeros temporalmente avergonzados.

Uno de los valores que Lasch identificó con la mentalidad pequeñoburguesa es "la inversión en la ética de la responsabilidad personal y la autoayuda al prójimo, que atempera su entusiasmo por el Estado del bienestar". Lo que la izquierda oficial no entiende es que esta mentalidad es perfectamente compatible con la ira de clase dirigida hacia arriba. Una fuente importante para Lasch fue el clásico estudio de 1985 de Jonathan Reider sobre la etnia blanca en un barrio de Brooklyn en vías de integración, Canarsie: Los judíos y los italianos de Brooklyn contra el liberalismo. Para las personas entrevistadas por Reider, la ira contra los ricos y el desprecio por los que aceptan "limosnas" no eran contradictorios, sino que estaban profundamente sintetizados.

 "Fuera lo que fuera lo que entrañaba su conservadurismo", observó Reider, "no entrañaba afecto por las empresas corporativas". En un ejemplo citado por Lasch, Reider entrevistó a un hombre que se autodenominaba "demócrata conservador" y que insistía: "Está bien hablar de las clases del bienestar, pero el verdadero problema es el estrangulamiento de la clase media. Se sufre por arriba y por abajo. No es sólo el bienestar, sino las corporaciones multinacionales que nos están estafando, llevándose nuestros puestos de trabajo y enviando el empleo al Sur y al Oeste." Hoy, con la desindustrialización más avanzada, hablaría de enviar empleos a China.

"Los impuestos representan una verdadera carga económica para la clase trabajadora".

Así, el bienestar no es simplemente una ofensa a la sensibilidad de los trabajadores, sino una forma de expropiación desde abajo que refleja la explotación desde arriba. Los impuestos representan una carga económica real para la clase trabajadora, sobre todo porque los asalariados pagan una parte sustancialmente mayor de sus ingresos en impuestos que los ricos en ganancias de capital. Aunque los programas de asistencia social, como el de Ayuda Temporal para Familias Necesitadas, representan una pequeña fracción del presupuesto federal, la idea de que la riqueza que uno genera se transfiere a alguien que la merece menos es apremiante para las personas a las que realmente se les está quitando el producto de su trabajo, tanto por la fiscalidad regresiva como por la explotación capitalista. Los trabajadores que se enorgullecen de su autosuficiencia ven como chupasangres tanto a los gordos con ingresos pasivos como a los gordos con cupones de alimentos.

A los expertos y políticos de todo el espectro les gustaría que Anthony pensara de otra manera. La izquierda desearía que Anthony se reconociera como miembro del proletariado y renunciara a sus sueños reaccionarios de independencia. En el fondo, a la mayoría de los derechistas que han intentado sacar partido político de su canción les gustaría que dejara de odiar a los ricos y se centrara en los gordos que no se lo merecen. Se han sentido heridos por el rechazo de Anthony a su abrazo. "Es agravante", dijo, "ver a la gente en las noticias conservadoras tratar de identificarse conmigo como si yo fuera uno de ellos". No lo es. Anthony es lo que es, un miembro de la clase trabajadora estadounidense, arraigado en valores de independencia, honor y fuerza. Su mensaje no está en manos de ningún bando político. Quien quiera aprovechar la energía expresada en la canción debe estar dispuesto a comprender y respetar a Anthony y a gente como él en sus propios e intransigentes términos."          (Hamilton Craig ,  Compact, 11/09/23; traducción DEEPL)

17/4/23

Branko Milanovic: Una gran desigualdad conduce al conflicto social, pero nadie es capaz de precisar exactamente cómo lo hace. Ahora, Peter Turchin viene con una explicación... en Estados Unidos, sostiene que una élite aspirante ("precariado credencial"), está en proceso de apoderarse del partido republicano y crear así una herramienta política para una competencia efectiva dentro de la élite... la lucha política actual estadounidense consiste en que la clase dominante intenta (desesperadamente) defenderse de un asalto a su posición económica, por parte de una élite aspirante que está consiguiendo el apoyo de la clase media descontenta (los 'deplorables')

 "Durante casi dos décadas, Peter Turchin ha participado, con muchos colegas y coautores, en un proyecto trascendental: averiguar, utilizando pruebas cuantificables, cuáles son las fuerzas que conducen al auge y, lo que es más importante, al declive de las naciones, a la turbulencia y decadencia políticas y a las revoluciones. El resultado ha sido la creación de una enorme base de datos (CrisisDB) que abarca multitud de naciones e imperios a lo largo de los siglos, y varios volúmenes de los escritos de Turchin (por ejemplo, Ciclos seculares (con Sergey Nefedov), Guerra y paz y Guerra; he leído el primero, no el segundo).

Fin de los tiempos es el intento de Turchin de dar a conocer al gran público lo que ha aprendido del complejo trabajo en el campo (que él llama) de la Cliodinámica. Es una obra de "alta vulgarización", aunque el adjetivo "alta" sea a veces inaplicable, ya que, en su intento de llegar a un público lo más amplio posible, Turchin ha caído a veces demasiado bajo desde el punto de vista estilístico, dando por sentado que sus lectores casi no tienen conocimientos previos. Pero esto es una cuestión de estilo.

¿Cuál es la sustancia? Para simplificar, a mi vez:  El modelo de decadencia de Turchin tiene una variable: la desigualdad de renta o de riqueza. Esta variable, que a menudo se aduce como fuente de discordia política, adquiere en Turchin un significado muy concreto (en este punto, debo mencionar la experiencia personal, a menudo incómoda, de personas deseosas de elogiar mi trabajo sobre la desigualdad que afirman que es importante porque una gran desigualdad conduce al conflicto social, pero sin que ni ellas ni yo seamos capaces de precisar exactamente cómo lo hace). Ahora, Peter Turchin viene con una explicación).

El aumento de la desigualdad significa, por definición, que la persona de renta media se quedará más rezagada (...) y cada vez más rezagada que el 10% o el 1% más ricos. La persona con ingresos medios puede ser, como en los Estados Unidos de hoy (país al que se dedica la mayor parte del libro), un trabajador del sector manufacturero o de servicios insuficientemente cualificado; o puede ser un obrero semicualificado en la Gran Bretaña del siglo XIX, o un pequeño terrateniente en la Francia de 1830 y la Rusia de 1850.  Así pues, la ocupación o la clase concretas no importan: lo que importa es la posición en la escala de ingresos. 

¿Qué ocurre en la parte superior de la distribución de la renta? El aumento de la desigualdad significa, también por definición, que las personas que se encuentran en la cima son cada vez más ricas en comparación con el resto, o dicho de otro modo, que la ventaja de encontrarse en el decil superior o en el percentil superior es cada vez mayor. Esto, como todo economista sabe, implica que la "demanda" de esos puestos superiores aumentará. Si la élite (el decil superior o el percentil superior) está compuesta, como en los EE.UU. de hoy, por ejecutivos, banqueros de inversión, abogados de empresa, habrá un intento cada vez mayor de estudiar los campos más lucrativos y de adoptar el tipo de comportamiento (incluidas las creencias) con más probabilidades de llevar a formar parte de la élite. Si el número de personas que lo hacen es superior al número de puestos de élite, se producirá un juego de sillas vacías. No todos los aspirantes a la élite lo conseguirán. A continuación se produce la división de la élite, creada por los aspirantes decepcionados que luchan por los primeros puestos.  

En condiciones en las que (a) la distancia entre la media y la cima aumenta (lo que Turchin denomina "inmiseración", aunque es importante señalar que se trata de una inmiseración relativa; es decir, la persona con ingresos medios puede mejorar en términos reales), y (b) existe una sobreproducción de la élite, se produce una situación prerrevolucionaria.  La inmiseración no es suficiente. Para que se produzca una ruptura, tenemos que tener diferentes élites luchando entre sí, con una de ellas consiguiendo el apoyo del "pueblo" (u otros) para ganar.

Incluso un conocimiento pasajero de los antecedentes de las revoluciones más importantes de la era moderna demuestra que el sencillo modelo de Turchin encaja bien. Tomemos como ejemplo la Revolución Francesa: el estancamiento de los ingresos y las hambrunas recurrentes se produjeron simultáneamente con una élite dividida (la aristocracia y parte del clero contra la clase mercantil de la ciudad en ascenso); en Rusia en 1917, era una parte de la aristocracia contra otra que perdió sus tierras y su riqueza tras la abolición de la servidumbre y no pudo compensarlo con empleos estatales bien remunerados. (Llama la atención la estadística del número de revolucionarios que eran ellos mismos, o sus familias, nobles empobrecidos). O tomemos la revolución iraní de 1979: el clero marginado contra la élite burguesa, que, como en el caso ruso, produjo a través de su descendencia a los futuros revolucionarios.

El modelo se ajusta bien, casi demasiado bien, a la realidad estadounidense actual. La persona media es el "deplorable" (por citar a Hillary Clinton), un populista (por citar a los principales medios de comunicación), un Hillbilly (por citar a J. D. Vance) o uno de los candidatos a la muerte por desesperación (por citar a Anne Case y Angus Deaton). La desafectada y desencantada clase media baja estadounidense ha sido objeto de numerosos estudios tras la llegada de Trump al poder. La élite actual, a la que Turchin disecciona de forma casi forense, está compuesta por consejeros delegados y directores de consejos de administración, grandes inversores, abogados corporativos, "red de planificación política" y altos cargos electos (p. 203), es decir, por todos aquellos que tienen dinero y que lo utilizan para ganar voz y poder. (No en vano, Turchin sostiene que Estados Unidos es una plutocracia que utiliza las herramientas del derecho general al voto como forma de legitimar su poder).

Pero esa élite no es monolítica. Se ha constituido una élite aspirante ("precariado credencial"). Hasta ahora no ha conseguido llegar a la cima y se ha definido ideológicamente en oposición a la inmigración, la globalización y la ideología "woke". Turchin sostiene que esta élite aspirante o aspirante a élite está en proceso de apoderarse del partido republicano y crear así una herramienta política para una competencia efectiva dentro de la élite. Esto, por supuesto, es resentido por la élite gobernante que disfrutó de una extraordinaria buena racha entre 1980 y 2008, ya que su visión del mundo (capitalismo neoliberal, "credencialismo" y política de identidad) fue adoptada por los dos partidos mayoritarios. Turchin considera que la lucha política actual en Estados Unidos consiste en que la clase dominante intenta (desesperadamente) defenderse de un asalto a su ideología y, lo que es más importante, a su posición económica, por parte de una élite aspirante que está consiguiendo el apoyo de la clase media descontenta.

Parece una batalla de proporciones épicas. Muchos de los signos prerrevolucionarios están ahí: sistema político disfuncional, fuertes divisiones entre partidos, falta de representación política para los de fuera. Turchin cita con aprobación el trabajo empírico seminal de Amory Gethin, Clara Martínez Toledano y Thomas Piketty que argumenta que en todas las democracias occidentales, los partidos de izquierdas o socialdemócratas se han convertido en partidos de las élites con credenciales educadas, mientras que las clases trabajadoras y medias han perdido su influencia e incluso su representación.  

Turchin se muestra agnóstico -como debe ser- sobre cuál será el desenlace de la crisis política estadounidense. El sistema político estadounidense ha demostrado ser extraordinariamente flexible y capaz de resistir graves sacudidas. En cierto modo, se podría incluso pensar que las diversas "subversiones" conscientes e inconscientes de Trump redundaron precisamente en beneficio del sistema, porque mostraron la resistencia del sistema incluso cuando el Presidente intentó "derrocarlo". Pero, por otra parte, la profunda incomprensión y la falta de interés por el punto de vista de la otra parte es precisamente una de esas características de los tiempos prerrevolucionarios y EEUU tiene sobradas pruebas de ello.  

El modelo de Turchin se aplica a China (de la que no se habla en el libro) probablemente tan bien como a Estados Unidos. El empobrecimiento relativo de la clase media se ha prolongado durante los últimos cuarenta años. De hecho, ha ido de la mano de su fenomenal aumento del bienestar material, al ritmo de casi un 10% anual, y por ello es menos perceptible. En el extremo superior de la distribución, la clase política/administrativa que históricamente ha gobernado China se enfrenta, todavía con mucha cautela, a la clase capitalista/mercantil en ascenso.  En un artículo de Yang, Novokmet y Milanovic, hemos documentado y analizado probablemente el cambio más radical -por no decir una revolución- que se haya producido nunca en la composición de la élite. Ha ocurrido en China entre 1988 y 2013. El crecimiento económico ha desplazado a la clase administrativa en favor de la vinculada al sector privado (capitalistas).

El modelo de descomposición interna de Turchin adquiere así una dimensión geopolítica.  La lucha por la supremacía mundial entre Estados Unidos y China puede visualizarse entonces como la cuestión de qué sistema político se resquebrajará primero. Si lo hace el de China, tendrá que reducir sus ambiciones exteriores y aceptar el papel de potencia subalterna (a Estados Unidos) incluso en Asia. Si el sistema político estadounidense se derrumba primero, Estados Unidos se inclinaría hacia el aislacionismo y tendría que consentir el poder ascendente chino en Asia, perdiendo así el papel de control en la parte más dinámica del mundo.

¿Serán correctas las predicciones del modelo de Turchin? No lo sabemos, pero creo que es importante centrarse en la lógica del mecanismo propuesto por Turchin y ver las próximas dos décadas como un período de dificultades en lugar de pensar, como hicieron algunas personas que popularizaron los puntos de vista de Turchin en el verano de 2020, que los procesos sociales pueden predecirse con la precisión del movimiento de los cuerpos celestes.

La de Turchin es una tesis fascinante sobre la que vale la pena leer, y luego o bien ser testigo de la crónica de cómo se desarrolla, o tal vez participar en provocar el desenlace o evitarlo -porque Turchin sí muestra que hay casos en los que la previsión de la élite y el interés propio bien entendido le permitieron capear el tiempo de dificultades."         
     

 (Branko Milanović es economista especializado en desarrollo y desigualdad. Breve New europe, 13/04/23; traducción DEEPL)

8/2/23

Radicalización violenta: ¿qué está pasando en Estados Unidos? Que es la cuna de más de 1.700 grupos que justifican el odio, e incluso la violencia, contra otros colectivos. Están inspirados en ideologías muy diversas que van desde el nacionalismo cristiano, el supremacismo blanco y la defensa armada antigubernamental (más conocidos simplemente como Militia), hasta el supremacismo negro y el islamismo violento

 "(...) La radicalización violenta se puede estudiar empíricamente desde diferentes ángulos. Dos de estas perspectivas empíricas, en ocasiones contrapuestas, son: por un lado, el análisis de la trayectoria que siguen los individuos que terminan actuando violentamente con fines políticos bajo el paraguas de una organización terrorista que puede operar desde el exterior; y, por el otro, el examen de los factores macrosociales que conducen a la radicalización violenta de organizaciones con fines políticos.

Teniendo en cuenta la segunda perspectiva, la vulnerabilidad de Estados Unidos ante el terrorismo está relacionada con cuatro grandes factores que no se dan, en su totalidad, en otros contextos nacionales:

- La existencia de más de 1 700 grupos legales en el país que el prestigioso Southern Poverty Law Center califica como “extremistas” o “de odio”.

- La polarización rampante de la política norteamericana.

 - Los agravios subjetivos aducidos por múltiples colectivos ante el comportamiento geoestratégico del país en la escena internacional, en general, y en su lucha contra el terror, en particular.

- La grandísima densidad poblacional y desigualdades de ciudades como Nueva York.

Grupos extremistas y de odio

Estados Unidos es la cuna de más de 1 700 grupos que justifican el odio, e incluso la violencia, contra ciertos colectivos. Estos están inspirados en ideologías muy diversas que van desde el nacionalismo cristiano, el supremacismo blanco y la defensa armada antigubernamental (más conocidos simplemente como Militia), hasta el supremacismo negro y el islamismo violento. Muchos de estos grupos estarían prohibidos en Europa. De hecho, Canadá tiene en la lista de organizaciones terroristas a algunos, como los Proud Boys o los Three Percenters.

 Sin embargo, la primera y segunda enmienda de su constitución blindan, en primer lugar, el derecho a la libertad de expresión y, en segundo, el derecho a portar armas y a autodefenderse. Ambos derechos generarían las condiciones para que no se vete ningún tipo de ideología, incluso las violentas o de odio, puesto que caerían en la esfera del pensamiento y la expresión; y para que las armas estén a disposición de grupos que pueden considerar al Estado como una amenaza de la que defenderse.

La polarización estadounidense

En Europa se considera que las democracias pueden amortiguar cierto grado de polarización. Además, se plantea que la polarización real de la población puede diferir de la creciente polarización política. Por ello, la polarización y la radicalización violenta se estudian por separado y rara vez se ve a la primera la causa de la segunda.

En Estados Unidos, donde la representación política de la ciudadanía se canaliza históricamente a través de dos únicos partidos que han buscado diferenciarse apelando a las emociones y a la identidad, y donde existe gran número de grupos violentos con quienes los partidos también quieren conectar (a fin de ampliar la base de su electorado), la polarización se relaciona de manera mucho más directa con la radicalización violenta que en Europa.

La movilización violenta de los agraviados

Desentrañar las causas de la radicalización violenta no es tarea fácil. Se concitan sincrónicamente y de manera incoherente múltiples causas estructurales, diversas motivaciones y dinámicas relacionales complejas.

En un estudio comparativo monumental del yihadismo, la extrema derecha y la extrema izquierda mundiales, el exasesor del Gobierno holandés en materia de prevención de la radicalización violenta, Kees Van Den Bos, abunda sobre el papel que la sensación de agravio e injusticia desempeña como detonante de la violencia política, en ausencia de mecanismos de control emocional efectivos.

Si el supuesto que plantea Van Den Bos es cierto, la intervención de Estados Unidos en conflictos internacionales sangrantes recientes (tales como los 20 años de Afganistán, los más de 15 en Irak, las intervenciones desestabilizadoras de Libia y Siria y el enquistado conflicto de Yemen); las ejecuciones extrajudiciales en su guerra contra el terror, ya sea a través de operaciones especiales violando soberanía y coordinadas desde el extranjero (Bin Laden en Pakistán, 2011) o mediante drones (Al Zahahiri en Kabul, 2022); sus tensiones con países como Rusia o Irán; y la búsqueda, en ocasiones, de su interés nacional por encima del bien común, han suscitado la sensación de agravio en muchos países y colectivos dentro y fuera de Estados Unidos, lo que le convierte en blanco prioritario de objetivos terroristas.

La gran densidad de las ciudades

La densidad poblacional dentro de un territorio, la coexistencia de culturas diversas en un espacio reducido, las desigualdades y la degradación medioambiental de los barrios son factores clave de radicalización. Muchas ciudades de Estados Unidos reúnen estas condiciones.

Por ello, estos entornos, a pesar de estar en condiciones de cuasi militarización, son altamente vulnerables. Por un lado, tener bajo control a la población de una ciudad de más de diez millones de habitantes es imposible. Por el otro, ciudades con grandes desigualdades sociales y económicas y contrastes, con segregación poblacional de facto, favorecen la radicalización, más allá de su tamaño.

Nueva York es solo símbolo de un poder aparente que disimula la vulnerabilidad. Además, desafortunadamente, cuando en lugares como las calles de Manhattan todo es espectáculo y consumo, algarabía y desenfreno, distraerse con el break dance callejero, los encantadores de serpientes espontáneos y la constatación de la prostitución y opresión de la mujer (a través, por ejemplo, de la publicidad en vivo de bares de barra americana) es más probable que atender a las dinámicas sobrias de seguridad."                       (Sergio García Magariño, Contrainformación, 19/08/22)

18/1/23

Cousas veredes... miedo a una nueva guerra civil en Estados Unidos... el sistema se está desmoronando, la violencia política está aumentando y hay dos mitades de Estados Unidos que no es que no compartan sus ideas políticas, es que ni siquiera comparten los consensos más básicos sobre la realidad... “La definición de conflicto civil [civil strife, el paso previo], comienza con 25 muertes en un año. En Estados Unidos los extremistas antigubernamentales mataron en 2019 a 42 personas; en 2018, a 53; en 2017, a 37; en 2016, a 72; y en 2015, a 70″... “No creo que asistamos a un conflicto del todo militarizado... asistiremos a una mayor violencia racial, étnica y política e ideológica entre ciertas comunidades, sobre todo en momentos determinados, como durante las elecciones o en eventos públicos. En otras palabras, corremos el peligro de volvernos mucho más como Irlanda del Norte... no es inconcebible que podamos caer en ese tipo de violencia política duradera de bajo nivel”... tampoco es descartable que se produzca una fractura... que, de pronto, California decida independizarse. Después de todo, es una de las mayores economías del mundo... apunta la idea de una división del país, que convendría organizar pacíficamente antes de que sea tarde... "Somos más como una república federada de dos naciones: los azules [liberales] y los rojos [conservadores]. No es una metáfora; es una realidad geográfica e histórica... Tanto espacial como culturalmente, corresponde a las divisiones entre la Unión y la Confederación”. Esa división se ve claramente en niveles tan elementales como las juntas escolares, que la pandemia convirtió en verdaderos campos de batalla, y en asuntos como el aborto

 "Hay palabras que se resisten a convivir a la ligera. ‘Guerra’ y ‘civil’ son dos de esas palabras. Pero el caso es que se escuchan juntas frecuentemente estos días en Estados Unidos. Y no son las jeremiadas de cuatro extremistas: han resonado durante las seis semanas de audiencias de la comisión que investiga el ataque al Capitolio en boca de congresistas, de insurgentes que participaron en el asalto y de colaboradores de Donald Trump que se apearon en marcha del tren que iba a toda máquina hacia el golpe de Estado. También aparecen en ensayos y en artículos periodísticos y académicos, así como en discursos de políticos moderados.

Puede sonar exagerado ―y no sería raro: simplificar y exagerar son deportes nacionales en esta sociedad― pero, arguye Barbara F. Walter, profesora de Ciencia Política de la Universidad de California en San Diego, también parecía absurdo durante los meses o años previos a que estallaran conflictos en los lugares, desde Yugoslavia hasta Siria o Irak, que ella estudia para entender el modo en el que se ha desatado la violencia en las últimas tres décadas y las lecciones que cabe extraer para evitar que vuelva a suceder. “Mientras me dedicaba a ese trabajo, me di cuenta de algo inquietante: las señales de inestabilidad que identificamos en otros países son las mismas que he comenzado a ver en el mío”, explica en How Civil Wars Start (Cómo empiezan las guerras civiles, Crown, 2022).

Walter escoge con cuidado sus palabras en uno de los ensayos de la temporada. Y resulta sombríamente persuasiva, cuando, por ejemplo, argumenta que Estados Unidos cumple los dos requisitos que más se repiten en la inminencia del conflicto fratricida. El primero: el país ha caído por primera vez en los últimos años en el grupo de las que el laboratorio de ideas de Virginia llamado Center of Systemic Peace considera “anocracias”, regímenes que se sitúan en los grises que hay entre las democracias completas y las autocracias puras. Dos sistemas que, por razones diametralmente opuestas, nunca se deslizan, dice Walter, hacia la guerra civil.

El segundo factor de riesgo llega cuando los partidos políticos empiezan a organizarse a los dos lados de líneas rojas basadas en “la raza, la religión o la identidad”, rasgos que la experta observa en la guerra cultural (esa sí, ya en marcha) que libran republicanos y demócratas. Para ella, “el ataque al Capitolio y la politización del uso de las mascarillas durante la pandemia” son dos manifestaciones de algo que viene de más lejos: “En la última década, la desigualdad ha crecido y nuestras instituciones se han debilitado [están en mínimos históricos en términos de confianza de los ciudadanos, según una encuesta hecha pública esta semana por otra institución, Gallup]. Los estadounidenses están cada vez más cautivos de los demagogos, a través de sus pantallas y de sus gobiernos”. Y lo que es más preocupante a corto plazo: “Los grupos extremistas violentos, especialmente de la derecha radical, son más robustos que nunca, aunque su crecimiento pueda parecer imperceptible”.

El ensayista Stephen Marche es autor de The Next Civil War. Dispatches from the American Future (La próxima guerra civil. Despachos desde el futuro de Estados Unidos, Avid Reader Press, 2022), un libro provocador desde sus primeras frases: “Estados Unidos está llegando a su final. La pregunta es cómo”. Marche recuerda en una conversación telefónica que la revista Foreign Policy “pidió, a raíz de la elección [en 2016] de Donald Trump, a un grupo de expertos en seguridad nacional que evaluaran las posibilidades de una guerra civil en los próximos 10 a 15 años”. “El consenso se situó en el 35%”, añade. “Una encuesta de 2019 de la Universidad de Georgetown preguntó a los votantes registrados cuán cerca veían el país al borde de una guerra civil, en una escala de 0 a 100. La media de sus respuestas fue 67,23 puntos”.

Lo que sucedió entre uno y otro sondeo es, obviamente, la presidencia de Donald Trump, que empezó con él diciendo en las escaleras, precisamente, del Capitolio: “La carnicería americana debe parar inmediatamente”. Y terminó con su sucesor, Joe Biden, confesándole a un congresista, poco antes del día de las elecciones: “Ciertamente espero que esto funcione. Si no, no estoy seguro de que vayamos a tener un país”. La admonición de Biden la recogen Jonathan Martin y Alexander Burns en el recién publicado This Will Not Pass: Trump, Biden and the Battle for America’s Future (Esto no pasará: Trump, Biden y la batalla por el futuro de América, Simon & Schuster, 2022).

Un país dividido

Aunque sería injusto echarle toda la culpa a Trump, que dijo en 2017: “No he venido a dividir al país. Ya estaba profundamente partido cuando llegué”. El último despacho desde el futuro de Estados Unidos llegó esta semana a darle la razón desde Kentucky. Allí, un tipo llamado C. Wesley Morgan, que hizo su dinero con un imperio de licorerías, recibió en su mansión la visita de un asesino perturbado que mató a una de sus hijas. No le valió de nada haberse construido un búnker para “protegerse en caso de guerra civil”. Se lo mandó hacer durante la Administración de Barack Obama, un tiempo en el que se convenció de que la sociedad estaba “al borde del colapso”.

“Por supuesto, ninguna predicción está tallada en piedra, pero creo que es innegable que el sistema se está desmoronando, que la violencia política está aumentando y que hay dos mitades de Estados Unidos que no es que no compartan sus ideas políticas, es que ni siquiera comparten los consensos más básicos sobre la realidad. Alguno podría argumentar que estos episodios convulsos ya se dieron en los años sesenta y setenta”, aclara Marche, de nacionalidad canadiense. “Pero me temo que esta vez no los superaremos a golpe de hedonismo y nos veremos de repente en una nueva era disco”. El autor recuerda que cuando estaba escribiendo el libro, que empezó tras asistir a la toma de posesión de Trump, sus amigos y editores le trataban de persuadir contra su “alarmismo”. “Verás cómo llega un enemigo externo que nos unirá a todos’, me decían. Vino la pandemia, y fue peor aún. Pasado el 6 de enero, respiraron tranquilos: ‘Bueno, ya no lo publicarás, porque después de esto no queda otra que reconciliarnos como sociedad’. Tuve que esforzarme por no reírme en sus caras”, dice. Finalmente, lo lanzó hace seis meses, y desde entonces, añade, contempla cómo se amontonan más pruebas que “apuntalan” sus teorías. Las dos últimas: la matanza en un supermercado de Búfalo de 10 afroamericanos a manos de un joven intoxicado por el supremacismo blanco, y la detención de un hombre armado con intención homicida en las inmediaciones de la casa en un suburbio de Washington del juez del Supremo Brett Kavanaugh.

En un país con más armas (unos 390 millones) que habitantes (332 millones), en el que un candidato al Senado (el republicano Eric Greitens, Misuri) puede protagonizar un anuncio electoral en el que fantasea rifle en mano con matar rinos (siglas en inglés para republicanos solo de nombre), tanto Marche como Walter se ponen de acuerdo en señalar el mismo caso como paradigmático de la nueva y ominosa realidad: el arresto, en octubre de 2020, de 13 sospechosos de orquestar un complot para secuestrar a la gobernadora demócrata de Míchigan, Gretchen Whitmer. Planeaban llevarla a un lugar secreto, juzgarla por los confinamientos que había decretado durante la pandemia por traición (a la autonomía personal, se entiende) y ejecutarla. La mitad de los sospechosos estaban vinculados a una milicia local, los Wolverine Watchmen, emparentada con otros grupos de extrema derecha claves en el ataque al Capitolio, como los Proud Boys o los Oath Keepers. El líder de estos, Stewart Rhodes, declaró en una entrevista con The Atlantic publicada en noviembre de 2020, dos meses antes del asalto: “No jodamos. Ya estamos en una guerra civil”. Marche recuerda que, según las métricas del Instituto de Investigación de la Paz de Oslo, hacen falta 1.000 muertes de combatientes en un año para poder dar la razón a Rhodes. “La definición de conflicto civil [civil strife, el paso previo]”, aclara, “comienza con 25 muertes en un año. En Estados Unidos los extremistas antigubernamentales mataron en 2019 a 42 personas; en 2018, a 53; en 2017, a 37; en 2016, a 72; y en 2015, a 70″.

Esos grupos centraron una de las sesiones del comité que investiga el 6 de enero, durante la que el congresista demócrata Jamie Raskin (Maryland) trató de demostrar la relación entre lo que dijo e hizo Trump en los días previos y durante la fatídica jornada, y la violencia que desataron esos milicianos que acudieron a su llamada en Washington (“Estad allí. Será salvaje”, les prometió en un tuit). Raskin, brillante orador que salpica sus discursos de referencias a la historia intelectual y política de la fundación y la reconstrucción estadounidenses, coincide con el resto de los expertos consultados en que, de producirse, la segunda guerra civil no será como la primera (1861-1865). “No creo que asistamos a un conflicto del todo militarizado”, aclara a EL PAÍS este demócrata en ascenso. “Pero sí creo que si no le pasamos la cuenta al insurreccionalismo que se organizó aquel día, asistiremos a una mayor violencia racial, étnica y política e ideológica entre ciertas comunidades, sobre todo en momentos determinados, como durante las elecciones o en eventos públicos. En otras palabras, corremos el peligro de volvernos mucho más como Irlanda del Norte”.

Ese recurso a los Troubles, nombre con el que se conoce al conflicto norirlandés, es una constante en la retórica de quienes aquí alertan sobre una guerra civil. La comparación inquieta al dublinés Fintan O´Toole, firma habitual de la revista The New York Review of Books, donde escribe sobre política estadounidense. Su último libro es una “historia personal” de su país. “Es importante recordar que el conflicto de Irlanda del Norte nunca se convirtió en una guerra civil”, apunta en un correo electrónico. “Hubo actos regulares de violencia extrema por parte de grupos paramilitares y respuestas violentas por parte del Estado, pero eso, como en España saben perfectamente, no es una guerra civil. Lo cual no significa que lo sucedido en Irlanda del Norte no fuera terrible, o que este tipo de conflicto no sea horroroso. Lo es, y no es inconcebible que Estados Unidos pueda caer en ese tipo de violencia política duradera de bajo nivel. Pero llamar a esto guerra civil no sirve, sino que alimenta la mentalidad tóxica del grupo de quienes quieren ver violencia a gran escala”.

Secesión pacífica

Agnieszka Paczynska, de la Escuela de Análisis y Resolución de Conflictos de la Universidad George Mason en Arlington, en el Estado de Virginia, no pertenece a ese grupo, pero tampoco descarta durante una conversación en un café de Washington “que se produzca una fractura, o que, de pronto, California decida independizarse. Después de todo, es una de las mayores economías del mundo”. Para ella, el problema está en un sistema que no funciona, por ejemplo, en la distribución de los votos electorales, que permite que “un lugar como Wyoming [580.000 habitantes] tenga dos senadores, los mismos que California [39 millones]”. “Para cambiar eso, habría que cambiar la Constitución, y tendrían que votar a favor los miembros del partido [republicano] que perdería con esa nueva distribución. ¿Por qué iban a hacerlo?”, se pregunta.

Esa idea de una división del país que tal vez convendría organizar pacíficamente antes de que sea tarde también resurge estos días en la conversación (“la secesión no sería un fracaso, en vista de las tensiones actuales”, opina Marche). Tal vez la unión solo haya sido un espejismo de 160 años. “En realidad, nunca hemos sido una nación. Somos más como una república federada de dos naciones: los azules [liberales] y los rojos [conservadores]. No es una metáfora; es una realidad geográfica e histórica”, escribió recientemente el analista Michael Podhorzer en su influyente newsletter electoral. “Tanto espacial como culturalmente, corresponde a las divisiones entre la Unión y la Confederación”. Esa división se ve claramente en niveles tan elementales como las juntas escolares, que la pandemia convirtió en verdaderos campos de batalla, y en asuntos como el aborto: la reciente sentencia del Tribunal Supremo que deroga el derecho federal a su acceso ha pintado, de facto, un mapa de Estados permisivos y restrictivos que recuerda al de la Guerra de Secesión.

Podhorzer coincide con otros analistas en que el problema no es tanto una posible guerra civil, como que Estados Unidos acabe en brazos del autoritarismo, y que la primera jugada de esa partida ya se ha perdido con el control del Supremo (la siguiente llegará en 2024, si los negacionistas del triunfo de Biden se hacen con el control de la maquinaria electoral). Esa deriva se teme también Paul Stanley, de la Universidad de Yale, que, en un artículo en The Guardian, considera que “el movimiento fascista estadounidense contemporáneo está liderado por intereses oligárquicos para quienes el interés público es un incordio, como los del negocio de los hidrocarburos, así como un movimiento social, político y religioso con raíces en la Confederación. Como en todos los movimientos fascistas, estas fuerzas han encontrado en la figura de Trump un líder popular no sujeto a las reglas de la democracia”.

Todas las voces en este debate están de acuerdo al menos en una cosa: ya sean de una guerra civil, de un futuro fascista o de la secesión, las premoniciones son abundantes y difíciles de ignorar. Marche se consuela pensando que “si hay algún país capaz de una reinvención política a gran escala, ese es Estados Unidos”. O’Toole prefiere recurrir a un sabio europeo, Hans Magnus Enzensberger, quien escribió en los años noventa que “no hay guerra civil útil”.

Entre tanto, el izquierdista Bernie Sanders se hizo viral esta semana con un vídeo en el que una simpatizante acudía a él (y a la altura de sus 80 años) en busca de consejo para, dadas las circunstancias, no caer en el fatalismo, en la “pérdida de toda esperanza”. “Estos son tiempos muy duros, y es importante ser honestos con eso. Pero no son los únicos tiempos difíciles por los que hemos pasado como nación. No os dejéis atrapar por el pesimismo. Las cosas cambian. Mejoran. Por eso es importante no abandonar la lucha”, respondió el viejo senador."                     (Iker Seisdedos , El País, 24/07/22)

12/1/23

¿Quiénes son esos esclavos unidos a los que hace alusión? Los esclavos unidos son la clase trabajadora estadounidense, una enorme masa social que lucha a diario por sobrevivir al neoliberalismo salvaje... sus expectativas se han reducido a intentar cubrir sus necesidades básicas sin tener margen para un traspiés... «Estados Unidos es una corporatocracia, es decir, el poder del estado ha sido transferido a las corporaciones.»... el sadismo define casi todas las experiencias culturales, sociales y políticas de los Estados Unidos... «a medida que las cosas se desmoronan, se abraza el sadismo como una forma de afrontar la hostilidad de un universo indiferente. Una vez roto el vínculo con un objetivo común, una sociedad fracturada se refugia en el culto al yo». Estados Unidos funciona (y a la vez se condena) en pro de un individualismo atroz, en el que no existe un bien común y social, donde prima el lucro y el mantenimiento de un sistema que sólo se sostiene a base de competencia cruel e imperialismo

 "Licenciada en Periodismo por la UAB, master en Televisión por la Universidad Rey Juan Carlos I, Helena Villar trabajó inicialmente en El País y en la Agencia EFE de Barcelona.

Tras cursar el Master, entró a formar parte de Televisión Española –Canal 24 horas, informativos, TVE Catalunya, España directo– hasta noviembre de 2014. Fue entonces cuando pasó a formar parte de la plantilla de RT en español como corresponsal de la cadena en España, hasta que en en junio de 2017 fue nombrada corresponsal en Washington DC, con movilidad por todo Estados Unidos.

Em 2021 publicó en Akal: Esclavos Unidos. La otra cara del American Dream, prologado por Chris Hedges. En él centramos nuestra conversación.

 ¿Quiénes son esos esclavos unidos a los que hace alusión el libro que publicó en Akal en 2021? ¿Por qué habla de la otra cara del American Dream?

Los esclavos unidos son la clase trabajadora estadounidense, una enorme masa social que lucha a diario por sobrevivir al neoliberalismo salvaje. Cautivos de un sistema que lleva apretándoles las tuercas desde el reaganismo, sus expectativas se han reducido a intentar cubrir sus necesidades básicas sin tener margen para un traspiés, debido a que el colchón social en Estados Unidos es prácticamente inexistente. Esto en un contexto en el que afrontan un futuro incierto de un imperio en decadencia. Conscientes de ello, la élite dominante se empeña una y otra vez en reinventar un sistema que lleva numerosas crisis presentando claras muestras de agotamiento, a costa del aumento de las desigualdades y el autoritarismo que lo sustenta.

Una de las preguntas que Pascual Serrano, director de la colección, me hizo en pleno proceso de edición es por qué había escrito «la otra cara» y no «la cara oculta». Mi respuesta fue clara: lo que yo presento en la obra no es un fenómeno que esté escondido, sino una realidad que cualquiera puede comprobar por sí mismo y que además está sustentada por datos, análisis y estudios. Otra cuestión es que la imagen edulcorada que Estados Unidos proyecta al mundo y que consumimos en España a través de los medios de comunicación y de su poderosa maquinaria de ficción sea completamente diferente a la realidad de la gran mayoría de los ciudadanos de este país.

 Chris Hedges abre el prólogo que ha escrito para su libro con estas palabras: «Como deja claro Helena Villar en este libro, el sadismo define casi todas las experiencias culturales, sociales y políticas de los Estados Unidos» (Tampoco usted se queda atrás en el epílogo: «Estados Unidos es la nación de la libertad que solo da el tener dinero, de la prosperidad de unos pocos y, más bien, de la pesadilla para la minorías y clase trabajadora en general»). ¿Sadismo no es palabra exagerada? Si fuera ajustada, ¿cómo consiguen tanto apoyo ciudadano las instituciones de una sociedad con esa característica?

 Como Chris Hedges ha tenido completa libertad a la hora de escribir el prólogo y es él quien utiliza esa palabra, supongo que esta sería más bien una pregunta para él. Sin embargo, creo que es un ángulo de apreciación muy acertado. Tal y como él explica parafraseando a Johan Huizinga, «a medida que las cosas se desmoronan, se abraza el sadismo como una forma de afrontar la hostilidad de un universo indiferente. Una vez roto el vínculo con un objetivo común, una sociedad fracturada se refugia en el culto al yo». Estados Unidos funciona (y a la vez se condena) en pro de un individualismo atroz, en el que no existe un bien común y social, donde prima el lucro y el mantenimiento de un sistema que sólo se sostiene a base de competencia cruel e imperialismo. En este sentido, ser capo o colaboracionista de la corporatocracia dominante se convierte en la mayor aspiración de dicha masa social para salir de cualquier sector de la población condenado por el sistema.

Respecto al apoyo institucional, la realidad es que la democracia estadounidense y las instituciones que la sustentan se enfrentan a una crisis de credibilidad. Desgranar las condiciones de cada una de ellas me tomaría bastante tiempo y líneas, pero sirvan algunos datos como ejemplo: 7 de cada 10 estadounidenses abogan por el fin del bipartidismo, la confianza en la Corte Suprema está en mínimos históricos, son más los ciudadanos que desconfían de los medios de comunicación tradicionales que los que no, y los índices de apoyo presidenciales raramente superan el 50%.

Muy, pero que muy significativos, y no muy conocidos.

A la vez, es cierto que la idea abstracta de Estados Unidos como el mejor país posible es una afirmación compartida a nivel interno incluso por los más pobres y castigados. Existen numerosos factores que lo explican y desgrano en el libro, como los altos índices de religiosidad en lo que consideran «la nación de Dios», el mantra de que es «la tierra de la abundancia» y la creencia de la libertad salvaguardada por el ejército. Todos estos mitos, que sustentan a esta nación y han sido impuestos a fuego, sangre e ignorancia, pueden ser fácilmente desenmascarados. Creo que uno de los mecanismos que mejor explican su mantenimiento es, volviendo al inicio de esta respuesta, el ultra individualismo. Frente a la venta continua de una nación perfecta, donde todo se reduce al yo y ese yo, siendo cualquiera, puede triunfar; cuando el sujeto fracasa jamás culpa al estado o al sistema. Esto se traduce, por ejemplo, en unos índices de suicidio, drogadicción y alcoholismo masivos. De nuevo, datos y realidad frente a percepciones y propaganda.

En la misma línea: ¿cómo es posible que un régimen político y social de estas características tenga tanta aceptación internacional? Para muchos ciudadanos del mundo USA sigue siendo algo así como el Paraíso terrenal (o metáfora afín)

 La mayoría de los ciudadanos desconocen los mecanismos necesarios que mantienen el sistema capitalista en el que viven, muchos ni siquiera han oído hablar de imperialismo en su vida y todos están expuestos permanentemente a la propaganda que valida dicho sistema. Dicha propaganda se centra en reforzar mitos y folclore y destacar logros, minimizando los problemas sistémicos y generales. Fuera de este país, todos conocemos a pies juntillas cómo son las cafeterías y moteles de carretera, los espectaculares fuegos artificiales del 4 de julio, los apartamentos compartidos por veinteañeros en Nueva York o las juergas de Las Vegas; pero estoy segura de que, si hiciéramos una encuesta, muchos desconocen que en Estados Unidos no hay bajas por enfermedad o maternales garantizadas por ley o que un elevado porcentaje de estadounidenses no saben ni lo que son las vacaciones.

Coincido con su apreciación, yo mismo desconocía algunas de esas situaciones. (...)

 Esclavos Unidos no es un libro antiamericano, como tampoco lo son mis directos, reportajes o especiales de la corresponsalía. De hecho, Esclavos Unidos es un canto y un reconocimiento a la clase trabajadora estadounidense. A sus derrotas, pero también a su resistencia. También es una obra de aviso al resto de trabajadores que viven en países cuyas principales fuerzas políticas básicamente se centran en replicar el modelo estadounidense. Es una advertencia sobre lo que está por llegar o ya están adoptando, que dista bastante de lo que consumen en Netflix.

Desde su punto de vista, ¿Estados Unidos es un país plenamente democrático? ¿Qué tipo de democracia es la democracia usamericana?

Estados Unidos es una democracia con grandes fallas sistémicas que no sólo no trata de enmendarlas, sino que trabaja por reforzarlas y eliminar cualquier atisbo de progreso en ese sentido. Estados Unidos es una democracia que durante el pasado medio siglo ha trabajado para restringir el derecho al voto, con la aprobación de leyes de supresión de votantes, manipulación y redistribución de distritos electorales o ampliación de dificultades para ejercer dicho derecho. Esto, en un contexto cuyo principal enemigo de dicha democracia es el propio sistema electoral, de carácter indirecto. En el libro explico largo y tendido en qué consiste pero, básicamente y a modo de resumen, se trata de una democracia en la que puede llegar a la presidencia quien ni siquiera ha obtenido el mayor número de votos por parte de la ciudadanía.

Efectivamente, lo hemos visto en varias elecciones presidenciales.

Por si fuera poco, la representación en el Senado, cámara legislativa por excelencia, es extremadamente injusta y dispone de mecanismos tan viciados, antidemocráticos y reaccionarios como el llamado filibusterismo. Todo esto, en un contexto en el que el bipartidismo está completamente blindado y el acceso a la carrera política, salvo contadas excepciones, es imposible sin una enorme estructura financiera detrás, que sólo se obtiene o bien mediante la fortuna individual (élites jugando a la política) o con las corporaciones/lobbies apostando por ti como caballo ganador (y posteriormente cobrándose la apuesta en forma de políticas afines a sus intereses).

El título de su prefacio: «La tormenta perfecta. Cómo la COVID-19 desnudó la crueldad del sistema». ¿Sigue desnudo el sistema a día de hoy?

Inicié la escritura del libro antes del estallido de la pandemia. Cuando llegó, entendí que debía tratarla mínimamente, pero intentando explicar que la COVID simplemente supuso acelerar o poner de manifiesto los problemas sistémicos que este país ya padecía y que sigue padeciendo. De este modo, escogí una de las semanas fatídicas en cuanto a los efectos de la misma en Estados Unidos para elaborar una especie de introducción y dar algunas pinceladas de los temas que posteriormente iba a tratar en el libro. En esa introducción se habla del catastrófico sistema de salud de este país, del uso de los fondos públicos como instrumento de apoyo a las corporaciones y la élite en lugar de redistribución de la riqueza para combatir la desigualdad, de la masa de esclavos abocada a trabajar en condiciones precarias que pueden llevarles a la muerte, de las crueles condiciones de la enorme masa social encarcelada o de la superficialidad y fragilidad de cualquier mínima esperanza de cambio progresista (ni siquiera de izquierdas), entre otros temas.

Usted que ha vivido en tierras americanas en ambas presidencias, ¿observa diferencias sustantivas entre el EEUU trumpista y el EEUU bidenista?

Empecé a escribir el libro con la idea de que se publicara de cara a las elecciones presidenciales pero, debido a la pandemia y la maternidad, me fue imposible. Sin embargo, en seguida me alegré de que no hubiera sido así porque uno de los mitos que pretendo derribar es el de achacar todos los males de este país a Donald Trump. Siguiendo con el símil médico, la realidad es que Trump tan sólo supuso un síntoma llamativo de la verdadera enfermedad: el neoliberalismo capitalista. Fue utilizado como muñeco de feria para expiar males que son sistémicos y producto del sistema, tal y como desgrano en el libro. A su vez, también sirvió para canalizar una respuesta populista, en este caso de derechas, a la frustración y descontento crecientes en amplias masas de la sociedad estadounidense.

Demócratas y republicanos son dos caras de la misma moneda. Los primeros son más de guardar formas, apostar por discursos elocuentes que luego no llegan a nada o cooptar pulsiones progresistas para posteriormente neutralizarlas en el aparato del partido. Es imposible un cambio de izquierdas en un sistema político alimentado y sostenido por corporaciones y blindado en pro y para la élite. Para hacernos una idea, ante la debacle social y económica derivada de la pandemia, y con un legislativo y un ejecutivo demócratas, Joe Biden no ha sido siquiera capaz de aprobar su gran promesa de campaña (es decir, mecanismo de contención de explosión social) y principal punto en su agenda: la ley social Build Back Better. Un proyecto de ley fallido que ya llegó a votación con grandes recortes a la par que concesiones. La segunda mayor partida del mismo era una bajada de impuestos a clases pudientes y ni aún así, es decir, ni sobornando a los ricos, ha sido capaz de avanzar una mínima agenda social.

Tomo una idea de Erich Fried: ¿quién manda realmente en Estados Unidos en su opinión? ¿El Gran Hermano Amazon, Elon Musk, Google, Apple, Bill Gates,..? ¿El complejo militar-industrial? ¿El Pentágono? ¿Todos ellos?

Estados Unidos es una corporatocracia, es decir, el poder del estado ha sido transferido a las corporaciones. A esto se le añade que, en las últimas décadas y con el de aumento de la desigualdad, el país se ha convertido básicamente en una suerte de plutocracia. Es decir, una forma de oligarquía en la que el gobierno está en manos de la clase acaudalada y dominante, aquellos que controlan dichas corporaciones. La barrera entre el estado y lo privado prácticamente se ha esfumado.

 Sirva como ejemplo el Pentágono. Defensa es la mayor partida presupuestaria del país, representando más de la mitad del total del desembolso. Básicamente, se trata de transferir la mayor parte de los impuestos recaudados a la ciudadanía al engorde de un enorme sistema de empresas contratistas militares y, a su vez, la que quizá sea una de las mayores burocracias del planeta: el Pentágono, que a su vez actúa como intermediario para estas empresas. Uno de los puntos que mejor ilustra el hecho de que la corporatocracia apuntala y trasciende al bipartidismo de este país, es que tanto el actual secretario de defensa de la Administración Biden como el anterior, de la Administración Trump, salen del mismo sitio: de una de estas empresas, concretamente de Raytheon.

Otro de los grandes mitos de defensa de la democracia estadounidense es la separación de poderes y su mecanismo de ‘checks and balances’, que podríamos traducir como frenos y contrapesos. Sin embargo, más allá de las disputas que puedan surgir entre ejecutivo, legislativo y judicial, la realidad es que todo el sistema se asienta sobre el capital, por lo que a la larga y en caso de conflicto, siempre se resolverá en favor de éste, aunque normalmente sea contrario al interés general. Incluso cuando un individuo o grupo social logra ganar en tribunales a corporaciones o industrias, en la mayoría de los casos el litigio siempre se resuelve con el pago de multas que suelen ser inferiores a los beneficios recogidos durante la perpetuación del daño. En el libro pongo como ejemplo a los fabricantes de opiáceos.

El movimiento social que está detrás de Bernie Sanders, ¿representa en su opinión una alternativa de izquierdas y con futuro?

El movimiento social detrás de Bernie Sanders tuvo una importancia enorme en las dos anteriores elecciones presidenciales a la hora de demostrar la dimensión del descontento entre las masas populares estadounidenses y dar forma a ciertas reivindicaciones que estaban diluidas en diferentes organizaciones civiles. Sin embargo, tras lo sucedido, creo que lo más importante del fenómeno Sanders fue poner en claro las limitaciones del sistema político estadounidense. Sirvió para revelar que está diseñado para garantizar que ninguna salida populista triunfe por la izquierda, tal y como explico en el libro. Para ello, ni siquiera hay que desplegar una gran ofensiva desde la derecha; la reacción más peligrosa y efectiva surge desde el propio aparato político y mediático del establishment demócrata. Me gustaría decir que la clase dirigente sintió la presión, tomó nota y se consiguieron concesiones. Desgraciadamente no ha sido así. No obstante, sí me gustaría reconocer que el fenómeno sirvió para generar conciencia en determinados asuntos, como la importancia de la sindicación y, en respuesta a la parálisis política, se están dando una serie de intentos por impulsarla entre los trabajadores en determinadas industrias y empleos tradicionalmente muy precarios.

En cuanto a Sanders…

Creo oportuno aclarar que Bernie Sanders puede ser considerado de izquierdas desde una perspectiva estadounidense pero, fuera de los marcos de este país, Sanders no deja de ser un socialdemócrata progresista que a nivel discursivo en política exterior nunca ha supuesto una verdadera ruptura con el imperialismo y compra el concepto del enemigo exterior ruso/chino.

Le cito de nuevo: «La macabra paradoja es la siguiente: no hay nación en el planeta que gaste más dinero en atención médica. El gasto en salud por persona en Estados Unidos fue de 10.224 $ en 2017, un 28% más alto que Suiza, el siguiente de la lista, una diferencia que se ha agrandado a lo largo de las últimas cuatro décadas». ¿A qué vienen entonces las críticas que suelen hacerse, y que usted también hace, al sistema médico usamericano? A mayo gasto médico, mayor calidad y más protección ciudadana. ¿No es eso?

Esa última frase es falaz. Sería lógica si no fuera porque, tal y como explico en el libro, el sistema de salud estadounidense, donde no existe el acceso gratuito ni universal, es un enorme fraude en el que las burbujas de precios, los abusos a los clientes y los sobrecostes con la connivencia estatal son el pan de cada día. El resultado no es sólo la imposibilidad de contabilizar el número de muertes por falta de atención médica, sino la ausencia de voluntad política para hacerlo. Sin embargo, sí sabemos, por ejemplo, que Estados Unidos registra el número más alto de muertes evitables por servicios médicos entre países homologables por PIB, o que medio millón de familias se declaran en bancarrota anualmente por no poder hacer frente a las facturas médicas. En Estados Unidos, 4 de cada 5 diabéticos han contraído una deuda media de nueve mil dólares poder hacer frente al pago de la insulina que necesitan para vivir. ¿Cómo se explica? Básicamente porque el lobby farmacéutico tiene comprado el Congreso, siendo la mayor puerta giratoria entre los representantes públicos estadounidenses.

 Habla usted del caballo de Troya de las escuelas chárteres. ¿Qué escuelas son esas? ¿Por qué son un caballo de Troya?

Las escuelas chárteres son similares a las escuelas concertadas en España, pero con importantes diferencias. Reciben fondos gubernamentales pese a operar de manera independiente respecto al sistema escolar del estado de turno y, en el caso de Estados Unidos, están exentas de muchas regulaciones a las que se somete a la pública, desde los planes de estudio hasta las condiciones laborales de los profesores (aquí hay que recordar el muy desregulado marco laboral estadounidense).

Tal y como relato en Esclavos Unidos, en la práctica supone alertar un sistema educativo con disparidad de contenido y método (es decir, establecer diferencias educativas entre alumnos del mismo nivel en función de la escuela a la que acuden) o que las directivas marquen las condiciones del trabajo ante la práctica ausencia de un control efectivo sobre el uso de dichos fondos públicos. Esto se da, a la vez, en un contexto de recortes brutales y falta de atención a las escuelas públicas que dura ya décadas. Por lo tanto, cada vez que una de estas escuelas abre al lado de una pública, ésta pierde alumnos y como consecuencia directa, dinero. Diversos análisis muestran que el drenaje de dichos fondos deja a la pública en la estacada, porque tiene que seguir manteniendo diversos costes fijos mientras pierde en pro de las chárteres, que al final no son más que financiación pública de un instrumento para desregular y reventar poco a poco el maltrecho sistema público. (...)"              (Entrevista a Helena Villar, Salvador López Arnal, Espai Marx, 18/12/22)