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30/11/21

Metamorfosis del Estado-nación. En el discurso del cosmopolitismo se considera que el estado-nación ya no es útil. Esta visión de la historia es simplista y engañosa

 "Metamorfosis del Estado-nación

El estancamiento posneoliberal consiste en un estancamiento político entre los órdenes nacional y global como resultado de una lucha aún no decidida sobre el futuro del Estado-nación en un mundo económico cada vez más interconectado desde la década de 1980. 

En el discurso del cosmopolitismo, que se ve a sí mismo como no-nacional y anti-nacional, se considera una conclusión inevitable, especialmente en Alemania, que "el estado-nación" no sólo ha superado funcionalmente su utilidad -todos los "problemas importantes" ahora sólo pueden ser resueltos "internacionalmente", por lo que queda sin resolver cómo exactamente y en particular por quién- sino también moralmente, en vista de "su" historia sangrienta de dictaduras en casa y guerras en el extranjero.

 A continuación resumiré brevemente por qué esta visión de la historia no sólo es simplista, sino que es engañosamente defectuosa.

 En primer lugar, hay que recordar que los nacientes Estados-nación de la Europa del siglo XIX libraron sus guerras, en la medida en que participaron en ellas, predominantemente no contra otros Estados-nación, sino contra los imperios y regímenes dinásticos y, por tanto, estrictamente antinacionalistas de su época, que a menudo fueron los primeros en tomar las armas para evitar su desintegración en una multitud de "Estados-pueblos" burgueses más pequeños (la traducción de "democracia" que entonces también utilizaban Marx y Engels). 

El nacionalismo europeo comenzó tanto como un movimiento de liberación hacia el exterior como un movimiento de democratización liberal-burgués hacia el interior. Fue belicoso no tanto hacia otros nacionalismos dentro del sistema estatal europeo en formación -a menos que, como la Francia revolucionaria, fuera atacada por los poderes del antiguo régimen u obstruida en su construcción de la nación por los estados-nación preexistentes- como hacia el mundo exterior no europeo, ya que los nuevos estados-nación trataron de transformarse, con mayor o menor éxito, en "potencias mundiales" colonialistas, esforzándose en esto por emular a sus predecesores dinásticos de la era moderna temprana. 

La mala reputación del Estado-nación proviene, por tanto, si se prescinde de los restantes y nada despreciables partidarios de los imperios multinacionales del interior de Europa, como el Imperio Otomano o el Imperio de los Habsburgo[1], sobre todo del periodo posterior a la Primera Guerra Mundial, cuando las potencias vencedoras, bajo el liderazgo de Estados Unidos y Francia, se dedicaron a desmembrar los imperios derrotados en Estados-nación según el principio de "autodeterminación de los pueblos". [2] 

Con ello, al igual que las propias naciones liberadas de sus "cárceles de pueblos" imperiales, buscaban fronteras estatales que fueran al mismo tiempo fronteras de pueblos, pensando en los pueblos como unidades étnicas de forma natural.

 Como es bien sabido, lo que podría describirse como el primer intento de gobernanza global terminó en una limpieza étnica generalizada y una deshumanización racista sin precedentes. Los Estados-nación debían establecerse desde arriba sobre una base fronteriza, entendiendo las naciones como comunidades descendientes y viéndose a sí mismas como tales. Pero casi ningún Estado-nación es étnicamente homogéneo y, sobre todo, no puede serlo si no quiere ser un Estado enano o se va a establecer en el territorio de un antiguo imperio multinacional con estructuras de asentamiento mixtas, por ejemplo en los Balcanes. 

Los Estados-nación, parafraseando un bon mot atribuido erróneamente a Bismarck, son por tanto en muchos casos como las salchichas y las leyes: Es mejor no querer saber cómo se fabrican. Antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando la represión estaba disponible en abundancia como medio para lograr la unificación nacional, los Estados podían construir naciones en lugar de ser construidos por ellas, en Francia[3] con más éxito y en Yugoslavia con menos. 

Las guerras de naciones (Francia con Napoleón, Alemania con Bismarck -aunque aquí, con el legado del Antiguo Imperio, sólo podía surgir un Estado federal y no central desde el principio-) y las guerras civiles (Estados Unidos) fueron útiles en este sentido, al igual que las bofetadas a los alumnos que hablaban su lengua regional en clase. 

Luego, en la Segunda Guerra Mundial, las tensiones entre las ambiciones imperiales de algunos grandes Estados-nación que se sentían fuera de lugar en un mundo dominado por los angloamericanos, junto con el potencial de agresión de los mitos culturalistas y racistas, desplegados para legitimar la represión interna y la expansión externa, estallaron en un baño de sangre mundial de proporciones hasta entonces inimaginables.

 Hoy, tres cuartos de siglo después del final de la guerra, la distinción entre estados nacionales y naciones parece firmemente establecida, al menos en Europa. Las naciones, o pueblos, son comunidades de experiencia y entendimiento que han evolucionado históricamente. Sus recuerdos colectivos, plasmados en una lengua común, establecen identidades colectivas, apoyadas en vínculos afectivos inevitablemente "monoculturales" con el paisaje, la lengua materna, el dialecto, la música, la cocina, etc., construidos desde la infancia. 

Cuanto más se distingan de sus vecinos, más probable será que se vean a sí mismos como especiales y que sean vistos así por sus vecinos: los westfalianos y los renanos con menos frecuencia que los tiroleses (del sur) y los italianos[4]

 Los estados-nación, por otra parte, son instituciones, constituidas no por la descendencia sino por las luchas políticas y sociales y los derechos civiles que se aplican en ellos, incluidos los derechos de participación democrática. Los Estados-nación y las naciones se relacionan entre sí, pero casi nunca son congruentes; en casi todas partes hay elementos no idénticos, lingüísticos, étnicos, culturales, aunque las mayorías étnicas sean a menudo reticentes o no sean conscientes de ello[5]. 

Además, las fronteras entre los Estados-nación son casi siempre más o menos arbitrarias, y los grupos que se sienten naciones y quieren ser vistos como tales pueden encontrarse en un Estado-nación que no les parece suyo, por lo que buscan su propio Estado. Escocia y Cataluña no son los únicos ejemplos de tendencias separatistas más o menos fuertes en los Estados-nación europeos multiétnicos; volveré sobre ellos en breve.

 Un medio a menudo, aunque no siempre, probado para evitar la secesión de un Estado-nación multinacional es una constitución estatal federalista: la exitosa fórmula de Suiza con sus cuatro grupos étnicos, o de Bélgica (hasta ahora) y Canadá (desde los años 70) con tres y dos respectivamente, y en cualquier caso todavía de la India con sus 28 estados constituyentes y 24 lenguas oficiales. 6] 

En los años de paz posteriores a 1945, muchos Estados-nación europeos aprendieron la lección de las catástrofes del periodo de entreguerras y, en aras de su paz interior, respondieron a la diversidad étnica interna con la descentralización y la autonomía constitucionalmente garantizada en lugar de la negación y la represión, al tiempo que aseguraban su paz exterior reconociendo mutuamente sus fronteras históricamente establecidas y renunciando a las reivindicaciones territoriales[7] incluso allí, donde las comunidades étnicas están cortadas por las fronteras estatales, como en el Tirol y el Alto Adigio, respectivamente, o en el enclave germanohablante del este de Bélgica. [8]

 Sin embargo, las constituciones federalistas no fueron la única razón, y probablemente ni siquiera la más importante, por la que los Estados-nación multinacionales de Europa Occidental se libraron de las aspiraciones separatistas durante tanto tiempo, sobre todo porque la delegación de derechos al autogobierno también puede tener el efecto contrario al deseado y proporcionar una base institucional para las tendencias secesionistas (más adelante se habla de ello).

 En este contexto, merece la pena volver al modelo estándar de la democracia occidental de posguerra, que institucionalizó la división de clases como la principal línea de conflicto social, relegando así las diferencias étnicas a un segundo plano o a la clandestinidad.

 Las organizaciones sindicales e industriales nacionales, así como un sistema de partidos dividido entre el centro-derecha y el centro-izquierda para todos, tanto para los castellanos como para los catalanes, convirtieron el conflicto de clases en el vehículo de la integración social nacional,[9] incluso cuando los partidos y las asociaciones tuvieron sabiamente en cuenta la diversidad regional, étnica o de otro tipo, mediante la creación de subunidades organizativas adecuadas para articular los respectivos intereses especiales.

 Junto con el modelo estándar de democracia de posguerra, este acuerdo no sobrevivió al triunfo del internacionalismo neoliberal. La transformación del Estado del bienestar en el Estado competitivo[10] como látigo local y ejecutor del mercado mundial ilimitado recompensó y sigue recompensando la colaboración entre el trabajo y el capital, tanto a nivel nacional como empresarial. 

Sin embargo, a diferencia del corporativismo de la democracia de posguerra, en la configuración neoliberal esto no tiene lugar a nivel de mirada colectiva-conflictiva, sino bajo la hegemonía del capital, que tiene una especie de última palabra innata, es decir, garantizada por los derechos de propiedad, sobre lo que es mejor en la competencia para "la economía" y, por tanto, para "todos nosotros". 

Así, la integración en clases a través del conflicto está siendo sustituida por la integración a través de la competencia en comunidades de trabajo de diversa índole, no sólo a nivel empresarial sino también regional[11].

 La aparición de comunidades locales competitivas puede producir o reforzar las tendencias a la independencia de la política subestatal frente a la nacional; así, en casos extremos, puede poner en cuestión la integridad territorial de los Estados-nación multinacionales. 

Varios mecanismos pueden contribuir a ello. En condiciones de un mercado mundial más o menos completo, las posibilidades de los Estados centrales de redistribuir internamente entre las regiones fuertes y débiles disminuyen. Las empresas de éxito internacional, que se encuentran en regiones subnacionales de éxito, pueden resistirse a la imposición nacional en favor de las regiones rezagadas, alegando la necesidad de defender la competitividad que en su día consiguieron mediante una elevada inversión y unos beneficios competitivos.

 Como Alesina et al.[12] han argumentado de forma convincente, la indispensabilidad del mercado nacional para las economías regionales subnacionales disminuye de todos modos en la medida en que el mercado nacional ha sido absorbido por un mercado mundial; la integración política nacional pierde interés si puede ser sustituida por una integración económica internacional sin impuestos redistributivos a la baja[13] Además, los motivos subnacionalistas tradicionales, no económicos, si se quiere, para abandonar y secesionarse ya no se ven frenados por los intereses económicos[14].

 No sólo las regiones prósperas pueden verse tentadas a desprenderse de la pertenencia a un Estado multinacional y, a su vez, constituirse en Estados-nación soberanos, para probar suerte por su cuenta. Las regiones que se quedan atrás pueden llegar a la conclusión de que no se puede esperar una redistribución nacional efectiva a su favor dentro de un estado competitivo impulsado por el mercado mundial. 

De hecho, en la mayoría de los países europeos, las disparidades económicas entre regiones, medidas por la renta per cápita, han aumentado entre 2000 y 2016; sin embargo, no puede establecerse una correlación directa con las tendencias políticas abiertamente separatistas[15] En los casos en los que la capacidad política redistributiva regional de los Estados tampoco era fuerte en el pasado, un mayor crecimiento general en ese momento puede haber enmascarado esta situación y haber contenido los conflictos distributivos interregionales. 

Sin embargo, no cabe esperar un gran crecimiento en la actualidad. La privación relativa regional también se produce, por cierto, como resultado de la inadecuada inversión estatal en la infraestructura nacional que une las zonas urbanas y rurales[16] y del deterioro de las condiciones demográficas fuera de los centros urbanos, a menudo en auge;[17] ambas cosas se reflejan, en el mejor de los casos, de forma indirecta en las estadísticas de ingresos. 

Las regiones periféricas, que han renunciado a la esperanza de un apoyo más que simbólico por parte de su gobierno central, podrían plantearse la idea de exigir una redistribución de competencias como sustituto de una redistribución de recursos, hasta llegar a una (sub o pequeña) autonomía estatal, para poder identificar y desarrollar, sin obstáculos nacionales, sus capacidades especiales, con la ayuda de las cuales podrían mantenerse mejor en la competencia internacional.

 Las tendencias centrífugas -demandas de descentralización federalista, de autonomía regional o incluso de soberanía estatal- deberían preocupar especialmente a los Estados grandes, porque su heterogeneidad étnica, cultural y económica interna es, ceteris paribus, mayor que la de los Estados más pequeños. 

Para un Estado central, lidiar con las divisiones regionales es más difícil que con la comparativamente simple división de clases, aunque sólo sea porque los patrones de conflicto regional suelen ser más complejos que el frente entre las dos clases principales de una sociedad industrial capitalista, el trabajo y el capital, que puede estilizarse como binario.

 Además, a diferencia del conflicto de clases, los conflictos entre regiones no pueden institucionalizarse de forma que alivien el Estado y produzcan compromisos, externalizándolos a un segundo nivel de gobierno corporativo.

 Cuando incluso los grandes Estados ya no pueden ofrecer a sus regiones el acceso a su mercado nacional como incentivo para la lealtad al Estado-nación, porque sus economías nacionales hace tiempo que se han disuelto en la economía global, a menudo sólo les queda la represión política para defender su cohesión multinacional y su capacidad de gobernar frente a las crecientes reclamaciones subnacionales de los escasos recursos nacionales y de los poderes del Estado. 

Aquí puede residir una de las razones por las que, en el apogeo de la globalización tras el cambio de siglo, numerosos estados multinacionales han pasado a modos de gobierno más autoritarios, como India, Turquía, Filipinas, Brasil, Rusia e incluso, en condiciones diferentes de política de escala y geoestrategia, Estados Unidos, con su sociedad fracturada en dos campos hostiles"[18].

 La estatalidad y el particularismo constitutivo de la socialización humana

 Hay muchas razones por las que un orden unitario a gran escala que no subdivida y combine universalmente las diferentes sociedades no puede funcionar, o sólo puede funcionar con la ayuda de la opresión del poder-estado, que es precaria a largo plazo. Todos ellos pueden remontarse al particularismo o pluralismo constitutivo de la socialización humana que se ha mencionado brevemente en la introducción, y que ahora me gustaría tratar con más detalle, porque es fundamental para mi argumento[19] 

En comparación con los animales no humanos, para los que su "mundo" está dado de forma específica y cerrada, el hombre como especie está esencialmente "abierto al mundo":[20] El tipo de mundo en el que vivirá no está ya decidido al nacer. El sustrato orgánico en el que el hombre se convierte en hombre es en gran medida poco instructivo; la differentia specifica del hombre como especie es su falta de especificidad natural. 

Ninguna otra especie animal se manifiesta en formas de expresión tan diversas como la humana: Un niño humano, independientemente de dónde y de quién nazca, puede crecer como monje tibetano o como cazador de ballenas de Groenlandia, como pescador filipino, como nómada árabe en camello, como abogado laboralista escocés o como taxista neoyorquino, como renano y como westfaliano, y seguir siendo miembro de la misma especie[21]

 Todo, o casi todo, lo que constituye el ser humano en sus respectivas expresiones puede ser también diferente, según la sociedad en la que alguien entre en un estado aún no descrito. Esto es precisamente lo que se quiere decir cuando Aristóteles habla del hombre como el ζῷον πολιτικόν: el animal social (no: político[22]) que, como señala Marx siguiendo a Aristóteles, "sólo puede individuarse en la sociedad", donde "individuarse" significa: convertirse en individuo.

 "Natural" es la diversidad de sus formaciones que caracteriza a la humanidad y supera toda imaginación sólo en la medida en que la naturaleza humana ha trasladado su respectiva realización a su socialización; es precisamente esto lo que hace de la existencia humana un hecho social y no (meramente) biológico. 

Para el individuo, la socialización tiene lugar bajo la influencia de congéneres específicamente pre-socializados en espacios y tiempos históricos, en tradiciones culturales y órdenes institucionales particulares y contingentemente desarrollados. Es característico de estas últimas que se condensen como conjuntos locales en sociedades totales distintas, que en las condiciones modernas pueden constituirse más o menos en Estados (nacionales). 

Dónde se originan las diferencias entre las sociedades en detalle, y cómo pueden explicarse en cada caso, puede dejarse abierto; la adaptación a las condiciones geográficas ciertamente juega un papel, así como la limitada gama de contextos humanos de acción, experiencia e influencia, también los eventos "coincidentes" en puntos de inflexión históricos a veces muy lejanos en el tiempo, la siempre discutible interpretación autorizada de las tradiciones culturales, las tradiciones en general, que siempre, pero nunca completamente, y en su mayoría sólo pueden ser revisadas y refrescadas con medios proporcionados por ellos mismos. 23]

 Lo que importa aquí es que, por muy contingente que sea la sustancia institucionalmente cristalizada y formadora de identidad de una sociedad, su "forma de vida" (no está, como he dicho, biológicamente determinada), una vez que está en el mundo, ya no se puede sacar de él sin más. Contingente, sí, pero por lo tanto de ninguna manera arbitrariamente desechable.

 Es importante entender lo que esto no significa. En primer lugar, no significa que las identidades, individuales y colectivas, estén fundidas en hormigón. De hecho, las formaciones históricas de lo humano están siempre en flujo, social e individualmente. 

Ninguna identidad, ninguna forma de vida está libre de contradicciones en sí misma o tan fija que no sea cambiable en los encuentros con otras identidades y formas de vida; en este sentido, incluso el individuo socializado, como la sociedad institucionalmente integrada, sigue siendo capaz de cambiar y, por tanto, de desarrollarse. Las personas pueden aprender, con más o menos éxito, a vivir y a desenvolverse en una sociedad distinta de la "propia" sin sentirse demasiado "diferentes" ni demasiado "nostálgicos"[24]

 Es cierto que los distintos individuos y sociedades se prestan de manera diferente a la socialización e integración secundarias, e incluso en el mejor de los casos casi siempre queda un elemento de extranjería identificable para ambas partes. 25] Se puede discutir sobre qué es más mutable, el habitus cultural o las estructuras institucionales, siempre que no se olvide que la contingencia de la socialización, en segundo lugar, y viceversa, no significa que sus construcciones puedan ser remodeladas en cualquier momento y sin más, sobre todo no por tecnólogos de la identidad venidos de fuera. 26]

 La historia rebosa de ejemplos en los que las identidades, una vez adoptadas, se defienden hasta la muerte, y desde luego hasta la propia sangre. Los forasteros -personas cuyas identidades, igualmente contingentes, han llegado a ellos, son diferentes- pueden no tener ningún sentido, o encontrarlo todo una locura, si alguien prefiere morir de hambre o ser torturado y ejecutado antes que comer cerdo. 

Pero lo que se defiende cuando las personas no pueden conciliar con su dignidad el hecho de poner su vida por encima de su identidad no es tanto esta identidad -en efecto, no es "natural" y, por tanto, decididamente no es la única posible- como su autonomía en relación con ella: su derecho a determinar por sí mismos, según sus propios principios pertenecientes a su identidad, si quieren cambiar su identidad y, por tanto, a sí mismos, y en qué dirección"[27].

 Lo mismo ocurre con las sociedades, y probablemente en mayor grado. Las sociedades son complejos de instituciones históricamente aglutinadas que se han vuelto más o menos interdependientes como resultado, a menudo, pero no siempre, agrupadas, formalizadas, defendidas y revisadas en y por los estados[28] Como tales, están, en mayor o menor grado, en sintonía con su entorno social y natural y con los límites y oportunidades que establecen.

 Frente a sus miembros, las instituciones agrupadas en una sociedad, de forma más o menos coherente, reivindican la fuerza vinculante, apoyadas por sus Estados dotados del monopolio del uso de la fuerza. Sus miembros, a su vez, se identifican más o menos con la sociedad con la que cuentan y son contados. 

Para ellos, "su" sociedad es, en el caso establemente normal, un depósito de cosas fiables y evidentes, un acervo de rutinas según las cuales uno puede y debe comportarse de forma incuestionable y sin dudas "con nosotros" y con las que "la gente como nosotros" gestiona su vida cotidiana, no sin contradicciones, pero por lo general pragmáticamente compatibles entre sí. 

Las instituciones así cristalizadas, cada una anidada de forma única en el tiempo y el lugar, también cambian, pero al igual que los individuos que educan, tienen sus propios programas para hacerlo, que prefieren a las recetas únicas dictadas desde el exterior"[29].

 "Cosmopolitismo", por retomar el término, no significa, pues, ni ausencia de fijación ni compromiso moral con el desarraigo o el desamparo. Como estado de ánimo antropológico básico, no puede reivindicarse un programa político-moral según el cual los individuos, las comunidades, las sociedades, las naciones deben mantener constantemente sus identidades particulares desechables a efectos de su anulación universalista, es decir, no deben ocuparlas afectivamente, como si la contingencia del ser humano tuviera que incluir una constante disposición a la alteridad arbitraria. 

Precisamente por su apertura al mundo, el ser humano cosmopolita necesita un orden en el que pueda confiar. Si lo relativizara a la manera de Gehlen y Luhmann como arbitrario -lo principal es que es un orden, no importa cuál- lo socavaría como orden; el orden, sin embargo, es un asunto completamente serio para la persona cosmopolita. 

Por esta razón, no puede existir realmente una sociedad cosmopolita; las sociedades tienen fronteras y producen identidades que, porque el hombre cosmopolita no puede vivir sin ellas, son ocupadas por él libidinosamente, en casos graves religiosamente. 30] 

Políticamente, el cosmopolitismo sólo puede practicarse a partir de un mundo existente (parcial), en el reconocimiento de la alteridad de otros mundos (parciales) y, como concesión a ellos, en el reconocimiento de un derecho al autogobierno soberano de sus identidades -un derecho que sólo puede concederse a los demás si uno se lo concede a sí mismo y lo reclama para sí, así como viceversa.

 Las instituciones e identidades particularistas no pueden ser universalizadas -o liquidadas en un "discurso racional" conducente a la globalización- por la misma razón de que no son de origen natural; y quienes exigen a las sociedades la apertura al mundo en un sentido sustancial se la niegan en su único sentido formal posible: su libertad de desarrollo ulterior autónomo.

 Por cierto, un destino similar al del concepto de cosmopolitismo le ha tocado a otro concepto clave del catálogo de valores neoburgués alemán, el de la "sociedad abierta". Para Karl Popper, su inventor, una sociedad era "abierta" si permitía a sus miembros criticar sus instituciones incluso de forma radical, en contraste con las sociedades comunistas y fascistas, las sociedades de sus "enemigos". 31] 

Quien reinterprete la "sociedad abierta" como una sociedad abierta, es decir, no particularista, que se esfuerza por alcanzar el universalismo, tendría que ocuparse, además, de la cuestión de cómo debe cumplirse en ella la función del Estado (nacional) postulada por Popper, de garantizar la mayor igualdad posible entre sus ciudadanos, y en principio sólo entre ellos. 

También podía recordar el veredicto crítico del sociólogo liberal Ralf Dahrendorf, que no encontraba lugar en la "sociedad abierta" para esos lazos sociales permanentemente vinculantes ("ligaduras") sin los cuales no era posible la estabilidad social. 32] 

En cualquier caso, la sociedad abierta como imagen ideal de la superación universalista sin límites de la socialización particularista no puede invocar la teoría de Popper de la sociedad abierta, no sólo porque simplemente no es el sentido de esta última, sino también por su silencio sobre el problema fundamental de lo que constituye y mantiene unida una sociedad[33].

 El particularismo constitutivo de la vida social no imposibilita de ninguna manera la estatalidad multinacional; pero no debe asumir la diversidad social que se le atribuye. Cuanto más diverso es el panorama de socializaciones que abarca un Estado-nación multinacional, más precaria es su existencia. Más allá de un cierto grado de diferenciación, sólo la descentralización puede ayudar - o, si no se desea, la violencia, es cierto que sólo si y mientras esté disponible.

 Especialmente cuando se busca la cohesión a través de la descentralización, mucho, si no todo, depende de los detalles institucionales; éstos no pueden ser examinados aquí en sus múltiples ramificaciones. Además, siempre debe haber una buena medida de "estadismo", virtù y fortuna, habilidad y suerte, si se quiere armar y mantener una estructura heterogénea."               (Wolfgang Streeck , Soziopolis, 01/07/21)

17/5/21

El nacionalismo populista es un pluto-populismo, porque suele haber un núcleo de plutócratas que buscan promover y explotar el éxito del movimiento... pero La búsqueda de la libertad nacional y la autodeterminación es una de las grandes fuerzas progresistas del mundo y nunca debe entregarse dócilmente a los demagogos de derecha

 "(...) Aunque el Partido Laborista pueda restar importancia al Brexit y evitar discutir lo que podría llamarse "la cuestión nacional" en la política británica, el problema no desaparecerá. Habría sido mucho mejor para el partido haber aceptado que la búsqueda de la autodeterminación nacional es una de las fuerzas impulsoras del mundo moderno y no puede tratarse como un accidente desafortunado.

 La identidad comunitaria ya no está arraigada en la clase, en la medida en que siempre lo estuvo, sino que es el producto de la brecha cada vez más profunda entre las regiones metropolitanas prósperas y las que quedan atrás; la división geográfica coincide en parte con el creciente enfrentamiento entre los educados y los no educados y los jóvenes y los ancianos.

 El nacionalismo populista se ha conectado a estas diferencias, pero también ha agregado otras más venenosas a su arsenal político. Como fórmula para ganar y mantener el poder, comenzó a tomar su forma final hace unos 25 años, aunque sus mayores triunfos son mucho más recientes. 

La primera vez que vi que Benjamin Netanyahu lo utilizó con éxito cuando fue elegido primer ministro israelí en 1996, un trabajo que todavía ocupa a pesar de algunas interrupciones y constantes acusaciones de corrupción. El líder israelí ha tenido muchos emuladores a lo largo de los años, particularmente en la última década. 

Desde Brasil hasta Filipinas y desde Turquía hasta la India, los políticos afirman estar reafirmando el poder de su estado nacional. Lo describen como amenazado desde una miríada de direcciones, a menudo demonizando a una minoría doméstica como los palestinos en Israel, los musulmanes en Francia, los negros y los inmigrantes en los Estados Unidos, los kurdos en Turquía.

 Por lo general, existe un culto a la personalidad, con seguidores que atribuyen poderes mágicos a líderes como Donald Trump en los EE. UU., Narendra Modi en la India, Recep Tayyip Erdogan en Turquía; lamentablemente, la lista es demasiado larga para dar todos los nombres. 

 El fenómeno a veces se denomina pluto-populismo, porque suele haber un núcleo de plutócratas que buscan promover y explotar el éxito del movimiento. Los beneficios para ellos vienen en forma de impuestos más bajos, menos regulación de negocios y contratos rentables, mientras que la parte genuinamente populista y socialmente radical de su programa es marginada y olvidada. Trump entregó rápidamente a sus ricos partidarios los impuestos y las regulaciones, pero la reconstrucción de la infraestructura estadounidense y el regreso de empleos industriales bien remunerados nunca sucedieron. 

El auge del nacionalismo populista en todo el mundo puede dar la impresión de que es una apisonadora política imparable. Sin embargo, el éxito de los líderes tóxicos a menudo se ha derivado de una espectacular incompetencia y una división rencorosa por parte de sus oponentes. Donald Trump declaró con frecuencia que no habría sido elegido sin Hillary Clinton librando la peor campaña presidencial en la historia de Estados Unidos. 

 La variante británica del nacionalismo populista puede ser menos violenta y caótica que sus contrapartes en otros lugares, pero comparte muchas de sus características. Lo que hundió al laborismo en Hartlepool y en otros lugares no fue principalmente “Covid y Corbyn”, como declaró el ex ministro de Tony Blair, Lord Mandleson, sino las consecuencias a largo plazo del Brexit que destruyeron las alianzas progresistas de las que dependía el laborismo. 
 
Y el Brexit fue en sí mismo solo un síntoma de la medida en que cada cuestión política importante ahora adquiere una forma nacional o tiene un aspecto nacional importante. La votación por el Brexit, y por lo tanto por una cierta versión del nacionalismo inglés, por parte de los antiguos votantes laboristas en lugares como los valles galeses y el noreste industrial puede haber comenzado como un voto de protesta contra el statu quo político y social, pero rápidamente se convirtió en parte de la identidad de esos votantes. 
 
Revertir la votación del referéndum nunca iba a ser factible y los intentos de hacerlo solo provocaron una poderosa contrarreacción. La tendencia populista-nacionalista no es irreversible pero será difícil de lograr. Trump perdió la Casa Blanca, aunque solo por un pelo, solo por su grotesco mal manejo de la epidemia de Covid-19.
 
 Por el contrario, Johnson y los conservadores se benefician de reclamar todo el crédito por el éxito del programa de vacunación, aunque esto fue más una consecuencia de la calidad de la ciencia británica y del NHS. Los laboristas, y otros oponentes del nacionalismo populista, nunca se han enfrentado realmente a sus fortalezas y debilidades en Inglaterra y Escocia. 
 
Nunca debería haber sido considerado como uno de los trucos sucios de la historia o como una fase dañina pero temporal. La búsqueda de la libertad nacional y la autodeterminación es una de las grandes fuerzas progresistas del mundo y nunca debe entregarse dócilmente a los demagogos de derecha como vehículo para sus creencias tóxicas."                    (Patrick Cockburn, Brave New Europe, 11/05/21)

3/12/20

Los rojipardos: ¿mito o realidad? ¿Populismo de derechas? ¿Fascismo? ¿Las clases trabajadoras votan a los ultraderechistas? Simplemente, un sector de la nueva ultraderecha que se apropia de un discurso de izquierdas para intentar ocupar el vacío dejado por los partidos progresistas en las últimas tres décadas

 "«Valores de derecha, ideas de izquierda»: con lemas como este, algunos intelectuales vienen actualizando, en estos años, la tradición «rojiparda», que recubre adscripciones de extrema derecha, e incluso fascistas, con una retórica de izquierda. Si bien se trata de grupos minoritarios, la actual confusión ideológica en las izquierdas, junto con la atracción del soberanismo, les da a estos discursos una circulación que no hay que exagerar, pero tampoco subestimar.

Desde hace algún tiempo ha reaparecido en el debate público el término «rojipardo». Supuestamente se trataría de la convergencia de sectores de extrema derecha y extrema izquierda que se unirían o, como mínimo, se aliarían en contra del globalismo neoliberal. En medios izquierdistas, sobre todo en Italia o Francia, no faltan artículos que avisan de este peligro. «Cuidado», vienen a decir, «el fantasma rojipardo no ha desaparecido».

 Los liberales lo utilizan para remachar en lo de siempre: «los extremos se tocan» es su interpretación, «fascismo y comunismo fueron las dos facetas del totalitarismo en el siglo xx y sus epígonos posmodernos siguen en las andadas». 

Por lo general, los interesados niegan con insistencia esta adscripción –cuando tienen a sus espaldas una militancia de izquierdas– o juegan con esta excelente visibilidad que les brindan los medios –cuando vienen del neofascismo o la ultraderecha–, intentando enturbiar aún más si cabe unas aguas de por sí ya bastante turbias. Ahora bien, ¿el rojipardismo es un peligro? ¿Existe una amenaza rojiparda? ¿De qué estamos hablando en realidad? ¿La clase trabajadora vota a la ultraderecha?

Hay una serie de cuestiones de fondo. La primera se conecta directamente con una pregunta: ¿la nueva ultraderecha ha conquistado votantes de izquierda? O, mejor dicho, ¿las clases trabajadoras votan a los ultraderechistas? Se está debatiendo mucho al respecto. Las posiciones entre sociológos y politólogos están en algunos casos en las antípodas. 

La victoria de Donald Trump de 2016 se ha explicado sobre todo por el apoyo de la clase obrera del Medio Oeste abandonada por los demócratas. Este análisis suele solaparse con el concepto del angry white man que por razones tanto económicas como culturales habría votado mayoritariamente por el tycoon neoyorquino1. 

 No cabe duda de que una parte de la clase trabajadora blanca votó por Trump; sin embargo, más que la clase social, han pesado cuestiones como la brecha educativa, el gerrymandering –es decir, la manipulación de las circunscripciones electorales en muchos estados controlados por los republicanos–, la utilización de dosis descomunales de fake news difundidas aún más a través de las nuevas tecnologías –incluida la perfilación de datos de forma ilegal– o el hecho de que la mayoría de los votantes republicanos apoyó a Trump aunque les podía desagradar como candidato2.

De forma similar, en Reino Unido, Francia, Italia y España se ha debatido mucho si la ultraderecha ha mordido en el electorado de izquierdas3. A menudo, la cuestión se ha mezclado con las posturas de las formaciones de izquierdas hacia el euro y la Unión Europea. «Hace falta una izquierda que reivindique la patria y la nación y que no sea euroyonki», han clamado algunos intelectuales y periodistas. 

No se puede subestimar esta cuestión, pero tampoco se la debe magnificar. En España, por ejemplo, Vox ha pescado casi solamente entre ex-votantes del Partido Popular (pp) o Ciudadanos, mientras que en Italia la Liga de Matteo Salvini ha conseguido atraer esencialmente a ex-votantes de la Forza Italia de Silvio Berlusconi o del Movimiento 5 Estrellas (M5E), además de a unos cuantos abstencionistas4.

El problema es que, por un lado, se suele olvidar que también en las décadas pasadas había sectores no desdeñables de la clase trabajadora que escogían las papeletas de los partidos de derecha. Había obreros que votaban al gaullismo, la Democracia Cristiana y luego Berlusconi o el pp de José María Aznar y o Mariano Rajoy. Por otro lado, no se puede razonar como si la geografía de un país fuese una foto inmutable en la que sigue habiendo ciudades o regiones obreras como hace 30 o 50 años. 

Esto se debe no solo al evidente proceso de desindustrialización, sino a que en muchos casos los hijos o los nietos de aquellos obreros han podido estudiar y obtener un título universitario. Ya no son clase trabajadora, o por lo menos no trabajan en la línea de producción de una fábrica como sus padres o abuelos: son y, sobre todo, se perciben como clase media, aunque sean trabajadores precarios y en la última década hayan vivido un proceso de empobrecimiento por la Gran Recesión y la aplicación de políticas de austeridad. Este no es un tema baladí.

¿Qué es y qué propone la extrema derecha 2.0?

La segunda cuestión de fondo se relaciona directamente con lo que es y lo que propone la nueva ultraderecha representada por Trump, Marine Le Pen, Salvini, Jair Bolsonaro, Viktor Orbán, Santiago Abascal, Geert Wilders, Heinz-Christian Strache y un largo etcétera.

 En la última década, el debate sobre cómo llamar este fenómeno ha sido interminable: ¿populismo de derecha radical, nacionalpopulismo, extrema derecha, posfascismo o fascismo a secas? No se trata tan solo de una cuestión terminológica y académica: de ella depende en buena medida también su interpretación. Es necesario considerar que: 

a) el populismo no es una ideología, sino un estilo, un lenguaje o una estrategia política; 

b) el fascismo fue un movimiento político y una ideología que concluyó con la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial; y 

c) las formaciones que representan los antes mencionados líderes son algo completamente distinto de lo que era no solo el fascismo de entreguerras, sino también el neofascismo de la época de la Guerra Fría. Por todo esto, he propuesto la definición de extrema derecha 2.05. Este concepto es útil por al menos cuatro razones: 

a) ejemplifica claramente la novedad de este fenómeno, poniendo de relieve la ruptura respecto al pasado, sin perder de vista las líneas de continuidad: esta nueva ultraderecha ha conseguido «desguetizarse», ha dejado las esvásticas y los saludos romanos y se ha puesto una americana y una corbata, haciéndose más presentable; 

b) evita el blanqueamiento de estas formaciones a través del velo de Maya del populismo; 

c) pone de manifiesto la utilidad de una macrocategoría que incluya todas estas experiencias; 

d) subraya la importancia de las nuevas tecnologías para su avance.

En cada país, esta extrema derecha 2.0 tiene características peculiares, pero existen unos mínimos comunes denominadores que comparten todas estas formaciones: un marcado nacionalismo, la voluntad de recuperar la «soberanía nacional» (que en Europa se solapa con el euroescepticismo), la negación del rol de los organismos multilaterales, el antiislamismo, la lucha contra la inmigración y la guerra abierta contra lo que definen como la «dictadura de la corrección política», representada por una serie de valores que parecían asumidos ya por las sociedades abiertas, como el respeto de las minorías y un conjunto de derechos civiles (igualdad de género, aborto legal, etc.).

Ahora bien, estas formaciones tienen también importantes divergencias: hay quien es ultraconservador en temas de derechos civiles, como las extremas derechas del sur y del este de Europa o de Brasil, países católicos u ortodoxos, y quien es un poco más abierto en estos temas, como las formaciones del norte de Europa que llegan a defender en algunos casos el matrimonio homosexual, como es el caso del Partido por la Libertad holandés. Hay también diferencias geopolíticas: Salvini y Le Pen admiran a Vladímir Putin, a quien consideran un modelo y un aliado, además de un posible financiador; para los españoles de Vox o los portugueses de Chega!, el atlantismo es un pilar indiscutible; mientras que en Polonia y los Países Bálticos, Rusia es el principal enemigo, sea quien fuere quien gobierna en Moscú. Finalmente, existen posiciones contrapuestas en los programas económicos: hay quien defiende políticas ultraliberales, como Vox, Chega! o Bolsonaro; quien brega por una suerte de Welfare chauvinism, como Le Pen; y quien se sitúa, a veces con evidentes contradicciones, en una posición intermedia, mezclando políticas neoliberales con otras más proteccionistas o sociales.

 El caso de Trump es paradigmático, así como el del Partido de la Libertad austríaco o el de la Liga de Salvini en Italia, que estando en el gobierno junto al M5E, defendió al mismo tiempo la aplicación del impuesto plano que beneficiaba a los ricos y una reforma de las pensiones para permitir la jubilación cinco años antes respecto a lo establecido durante el gobierno técnico de Mario Monti. Una de cal y otra de arena. Por esto, hay quien, como la investigadora Clara Ramas, ha hablado de dos corrientes dentro de la nueva ultraderecha: los social-identitarios y los neoliberales autoritarios6.

Por último, hay dos características por tener en cuenta de la extrema derecha 2.0. Por un lado, el tacticismo, a veces exacerbado, que la lleva a cambiar de posición en poco tiempo sobre temas cruciales sin entrar aparentemente en contradicción. Piénsese en el giro de la Liga del secesionismo padano en tiempos de su fundador, Umberto Bossi, al nacionalismo italiano con Salvini, o en el cambio de postura por parte de Le Pen y el mismo Salvini de la defensa de la salida del euro a una aceptación de la moneda única y la voluntad de reformar la ue. O, en el ámbito económico, el mismo giro vivido por el Frente Nacional, que ha pasado de políticas reaganianas en tiempos de Jean-Marie Le Pen al ya citado chovinismo de bienestar con su hija Marine, preocupada además por «desdiabolizar» su formación en pos de llegar al gobierno del país7.

Por otro lado, está el tema de la utilización constante de la propaganda que, entre tantos bulos, dificulta mucho la posibilidad de discernir lo real de lo falso. Un ejemplo: cuando era ministro del Interior, Salvini repitió tropecientas veces que había cerrado los puertos italianos para evitar la llegada de migrantes y refugiados. En realidad, aunque se criminalizó a las ong y se aprobaron leyes que complicaban sobremanera la entrada y regularización de extranjeros, los puertos jamás fueron cerrados. Esto no quita que tanto los medios como la mayoría de la población estuviesen convencidos de que Italia había cerrado a cal y canto sus puertos. Algo similar se puede decir del caso de Trump, quien recuerda incesantemente que su preocupación es la de mejorar el nivel de vida de la clase media y trabajadora estadounidense, pero aprobó una reforma fiscal que ha llevado por primera vez en la historia a que los ricos paguen menos impuestos que el resto de los ciudadanos8.

 El parasitismo ideológico de la extrema derecha 2.0

Todo esto no excluye que haya un sector de la nueva ultraderecha que se apropia de un discurso de izquierdas para intentar ocupar el vacío dejado por los partidos progresistas en las últimas tres décadas. Salvini, Le Pen y también Trump hablan a los llamados «perdedores de la globalización» y a los «olvidados de la izquierda». El caso del líder de la Liga es emblemático: además de ser hiperactivo en la propaganda en línea –es el político europeo con más seguidores en Facebook–, a menudo con posteos sobre su día a día con el objetivo de mostrarse como «alguien del pueblo», Salvini pisa constantemente las periferias y los pueblos en mítines y fiestas populares, donde se deja ver comiendo salchichas y papas fritas. Asimismo, utiliza un lenguaje popular y sencillo contrapuesto a los intelectuales y a la jerga de la política.

Es indudable que de fondo se encuentra una triple cuestión: la crisis de los partidos tradicionales, la de la izquierda y la de las ideologías. Por un lado, la forma partido que habíamos conocido en el siglo xx en el mundo occidental se ha convertido en una especie de antigualla. Hoy en día los partidos son más bien marcas: no están arraigados en el territorio, no tienen secciones, militantes o grandes debates internos. Piénsese en el m5e, Ciudadanos o La República en Marcha de Emmanuel Macron. Los partidos no son ya correas de transmisión de las demandas de los ciudadanos hacia las instituciones: nuestras sociedades se han deshilachado aún más. Se ha acelerado consecuentemente ese sentimiento de desarraigo definido como síndrome del forgotten man, en referencia a quienes «se sienten olvidados»: por su situación material y la percepción de haber caído fuera del relato colectivo, buscan frenéticamente a alguien «que pueda representar su inseguridad». No extraña pues que la desconfianza hacia las instituciones –excepto la Policía y el Ejército– haya aumentado exponencialmente en la mayoría de los países en los últimos años9.

Por otro lado, la izquierda ha sufrido una mezcla de desfiguración paulatina, con el giro centrista de la socialdemocracia a partir de la década de 1990 –que con el blairismo asumió una parte del modelo neoliberal–, y de crisis existencial, con la incapacidad de la izquierda radical, al menos en Europa, de encontrar un nuevo lugar tras el fin del socialismo real. Finalmente, existe una profunda confusión ideológica que, si bien poco tiene que ver con el «fin de la Historia» planteado al final de la Guerra Fría por Francis Fukuyama, permite la difusión de planteamientos que aparentemente mezclan ideologías contrapuestas o se proponen superar la dicotomía izquierda-derecha. Lo que explica también, en fin, por qué nos encontramos en una época populista.

Aquí cabe introducir un elemento clave que nos lleva al meollo del tema del rojipardismo: el parasitismo ideológico de la nueva ultraderecha10. En realidad, no se trata de algo nuevo. En primer lugar, no olvidemos que los fascismos de entreguerras prestaron mucha atención a la cuestión social y a buscar el consenso entre las clases trabajadoras. No cabe duda de que esto se hizo también con la violencia y la represión, pero el encuadramiento de la sociedad en grandes organizaciones de masas fue un elemento crucial. El fascismo italiano gastó muchas energías –sobre todo en el terreno propagandístico– en el proyecto corporativo. La retórica «proletaria» no fue secundaria para un político como Benito Mussolini, que provenía del socialismo revolucionario. Y tampoco lo fue para el llamado «fascismo de izquierda» italiano, los sectores cercanos a Gregor Strasser en el caso del nazismo o el Partido Popular Francés. Como bien explicó el historiador George L. Mosse, el fascismo fue un «organismo saprófago» que intentó apropiarse de todo lo que había fascinado a la gente entre los siglos xix y xx: romanticismo, liberalismo, socialismo, darwinismo, tecnología moderna… ¿No está pasando algo similar con la extrema derecha 2.0?

 

No debe olvidarse, además, la capacidad que tuvieron los fascismos de cooptar a ex-dirigentes de partidos de izquierdas, como demuestran, entre otros, los casos de los ex-comunistas Nicola Bombacci, Jacques Doriot, Paul Marion y Óscar Pérez Solís. Mayoritariamente no se trató de oportunismo, sino de una sincera conversión ideológica: según Bombacci, el fascismo mussoliniano era la verdadera realización del socialismo11. En el fondo, aquí encontramos una vexata quaestio, que es la compleja relación entre las categorías de clase y nación que ha marcado la historia política contemporánea. ¿Reivindicar la nación es de derechas? ¿El internacionalismo impide ser patriotas? ¿Clase y nación son identidades antinómicas o emparejables? Es una cuestión que se vuelve a presentar en la actualidad.

En segundo lugar, tenemos la reflexión desarrollada por el filósofo francés Alain de Benoist a partir de finales de la década de 1960. Al calor de las luchas del largo 1968, el fundador del Grupo de Investigación y Estudios para la Civilización Europea (grece, por sus siglas en francés) abogaba por que el neofascismo se centrase en la batalla cultural, creando una alternativa a la cultura positivista y progresista liberal y marxista. Se debía aprender de la izquierda para convertirse en hegemónicos, introduciendo en los discursos del adversario temáticas de derechas o apropiándose de sugestiones de izquierdas para reelaborarlas. Así, la Nouvelle Droite [Nueva Derecha], influenciada por el tradicionalismo anti-Ilustración y el neopaganismo de Julius Evola, abogó por abandonar el racismo biológico –inutilizable tras Auschwitz– y por construir una antropología antiigualitarista basada en conceptos como el diferencialismo identitario y el etnopluralismo, que podían además encontrar puntos de contacto con el antimundialismo compartido por parte de la izquierda. Hay que recordar que el cofundador del grece junto a De Benoist, Guillaume Faye, fue autor en 1981 del libro-manifiesto del antimundialismo, Le système à tuer les peuples [El sistema para matar a los pueblos]12. De Benoist había leído a Antonio Gramsci: de la guerra de posiciones planteada por el intelectual sardo surge en buena medida la propuesta metapolítica del francés que permitió una paulatina renovación de la ultraderecha. El llamado gramscismo de derechas de De Benoist es pues un Gramsci demarxistizado13.

La Nueva Derecha tuvo influencia más allá del Hexágono: piénsese en la Neue Rechte de Heinning Eichberg en Alemania y la Nuova Destra italiana o la estrategia entrista de militantes neofascistas y neonazis en la primera Liga Norte de Bossi, como Mario Borghezio, Gianluca Savoini o Gilberto Oneto, que la dotó de la simbología identitaria padana. Marco Tarchi, el intelectual de referencia de la nueva derecha italiana, abogaba ya a finales de los años 70 por «nuevas síntesis» que rompiesen la contraposición entre derecha e izquierda14. El fin del mundo bipolar y la descomposición de la Unión Soviética dieron alas a esta interpretación que se saldó con la propuesta eurasianista de Alexander Dugin15.

Nacionalbolcheviques y rojipardos en la historia

Ahora bien, si damos un vistazo al último siglo, encontramos diferentes experiencias de rojipardismo en momentos de tensiones o rupturas geopolíticas. Las primeras muestras de nacionalbolchevismo se dieron de hecho en Alemania en 1919, alrededor de la firma del Tratado de Versalles, tras la derrota en la Gran Guerra. Según Erich Müller, quien en 1932 dedicó un libro a este fenómeno, en los años de la República de Weimar hubo tres tipologías de nacionalbolchevismo: el táctico, representado por las corrientes rusófilas de la política prusiana y alemana; el político, encarnado por algunos grupúsculos cercanos a figuras como la de Ernst Niekisch; y uno coincidente con el filón nacional del Partido Comunista Alemán (kpd, por sus siglas en alemán). De hecho, el término nacionalbolchevismo –o bolchevismo nacional– se empezó a utilizar entre 1919 y 1920 cuando el dirigente de la Internacional Comunista, Karl Radek, y el mismo Lenin criticaron duramente la posición expresada por dos cuadros del kpd de Hamburgo, Heinrich Laufenberg y Friedrich Wolffheim, quienes con el objetivo de reabrir el conflicto y derrotar al capitalismo internacional defendían la transformación de la lucha de clases en guerra entre naciones. Si excluimos la rusofilia de sectores políticos e intelectuales germanos y la corriente nacional del kpd, el nacionalbolchevismo tout court se presentó como un magma heterogéneo de grupúsculos, siempre divididos entre sí, que no llegaron a sumar 5.000 militantes en el ocaso de la República de Weimar16.

Un segundo momento es el del largo 1968, cuando sectores neofascistas intentaron adaptarse a los nuevos tiempos en sintonía en buena medida con la reflexión hecha por De Benoist. Ahí encontramos al grupo de Lotta di Popolo en Italia –que sumó algunos centenares de militantes entre 1969 y 1973–, que se presentó como la continuación de la experiencia de la Joven Europa, el movimiento creado por el ex-socialista y ex-ss Jean-François Thiriart. Los nazi-maoístas –así se les tachó– clamaban por la unidad del pueblo y una Europa unida, defendían las luchas de liberación nacional en África y Asia, y se definían como una organización revolucionaria antisistema «ni de derechas ni de izquierdas». En realidad, como apunta Nicolas Lebourg, más que nazi-maoístas eran un movimiento tradicionalista revolucionario que recuperaba la idea de socialismo «europeo» y «viril» de los colaboracionistas franceses Marcel Déat y Pierre Drieu La Rochelle17. Según Alfredo Villano, Lotta di Popolo tenía los rasgos antiburgueses y anticapitalistas del fascismo de izquierda injertados en las ideas de Thiriart y las experiencias de autogestión del movimiento estudiantil18. Experimentos similares se dieron también en Francia y Alemania. La Causa del Pueblo/Organización Revolucionaria Nacional (nrao-sdv, por sus siglas en alemán) –unos 400 militantes a mediados de la década de 1970– defendía una revolución nacional, ecológica y socialista e intentó –sin conseguirlo– entrar en Los Verdes. En los años posteriores se dieron otros casos que siguieron el mismo patrón, como el grupo de Tercera Posición en Italia –cuyo eslogan era «Ni Frente Rojo ni reacción»–, fundado por Roberto Fiore y Gabriele Adinolfi, quienes unas décadas más tarde se convertirán en los líderes de las dos principales organizaciones del neofascismo transalpino, Forza Nuova y CasaPound Italia.

Finalmente, el tercer momento es el del final de la Guerra Fría, cuando se juntaron las nuevas formulaciones hijas de los años 70 –el grupo de la revista Orion de Claudio Mutti y Maurizio Murelli, Nouvelle Résistance de Christian Bouchet, el Movimiento Social Republicano de Juan Antonio Llopart, etc.– con el euriasianismo de Dugin. El mundo postsoviético se convirtió en el verdadero laboratorio que los nacionalistas revolucionarios occidentales miraban con interés: en 1993 se fundó en Rusia el Partido Nacional-Bolchevique (pnb), liderado por Eduard Limónov acompañado hasta 1998 por el mismo Dugin. El pnb adobaba de fraseología aparentemente marxista-leninista su propuesta, que se fundaba en tres ideas: un Estado fuerte y militar, la mitización del pueblo ruso y el resentimiento contra Occidente y los judíos. Todo bajo la interpretación geopolítica e histórica del eurasianismo que, más que una tercera vía entre capitalismo y comunismo es, en la acertada definición de Marlene Laurelle, la versión rusa de la extrema derecha europea. Y es justamente durante esta coyuntura cuando se acuña el concepto de rojipardismo: por un lado, en 1992 Boris Yeltsin tacha de rojipardo al Frente de Salvación Nacional impulsado por el comunista Guennadi Ziugánov, al cual se sumó también el pnb de Limónov19. Por otro lado, en julio de 1993, se publica en Francia un llamamiento de diferentes intelectuales de izquierda en contra de la tentación nacional-comunista y el peligro de una deriva rojiparda. Se hacía referencia especialmente al escándalo que se montó por la invitación que el Instituto de Estudios Marxistas, vinculado al Partido Comunista Francés (pcf), había hecho a De Benoist para participar en algunas conferencias20.

La galaxia rojiparda en la actualidad

Como se puede ver, el rojipardismo reaparece de vez en cuando como un río cárstico, sobre todo en momentos de tensiones geopolíticas y «confusión» ideológica. No es casualidad, pues, que en los últimos años hayamos tenido nuevas muestras de ello. Al fracaso del proyecto de Nuevo Orden Mundial estadounidense, el creciente protagonismo de China, las tensiones en la ue por la salida del Reino Unido, la ola populista global y ahora la crisis por la pandemia de covid-19, se suman además los cambios en el mundo del trabajo por la cuarta Revolución Industrial y una profunda crisis cultural en Occidente.

En buena medida, y sin entrar en un mapeo de todas las experiencias que podríamos etiquetar de rojipardas, se trata de grupúsculos de extrema derecha o claramente neofascistas que asumen un discurso y lemas de izquierda. En la estela de De Benoist, consideran la derecha y la izquierda como dos ideologías superadas: ahora el enemigo es el «mundialismo» representado por figuras como Georges Soros y Bill Gates. Dicen defender la soberanía nacional y al pueblo, proponen políticas proteccionistas y de gasto social en el ámbito económico, son profundamente antiestadounidenses y antiimperialistas, consideran la ue y el euro como una jaula y reivindican a figuras heterodoxas que no encajan en el clásico panteón neofascista (el Che Guevara, Hugo Chávez, Evo Morales…). Suelen ser muy conservadores en temas de derechos civiles: defienden la familia tradicional, un tema que se conecta directamente con el comunitarismo de Thiriart, y se oponen a la inmigración declinando «marxísticamente» teorías xenófobas al definir a los migrantes como un «ejército industrial de reserva». Así, critican duramente la que definen, en la expresión del filósofo rojipardo italiano Diego Fusaro, la «izquierda fucsia» o «arcoiris», que sería globalista y favorable a la acogida de los migrantes. Son muy provocadores y claman contra la dictadura de la corrección política que impediría, según ellos, la libertad de expresión. Podríamos decir, pues, que el rojipardismo de la década de 2010 es en buena medida la versión 3.0 del que se había dado entre los años 70 y 80. No es casualidad que en un número no desdeñable de casos estén las mismas personas provenientes de círculos neofascistas de esos años.

Ahora bien, si no cabe duda de que los rojipardos siguen siendo ultraminoritarios como en las décadas pasadas, también es cierto que directa o indirectamente sus ideas tienen una difusión nada desdeñable en medios y redes. Además, parte de la extrema derecha 2.0 –que se ha convertido respecto al pasado en hegemónica en distintos países– compra su discurso, y algún que otro dirigente de izquierda muestra interés por su propuesta (o, al menos, parte de ella). Por esto creo que la imagen más correcta para entender el rojipardismo en la actualidad es la de una galaxia: alrededor de un sol extremadamente pequeño, formado por los grupúsculos, periódicos, editoriales y páginas web rojipardas –es decir, neofascistas con una fraseología izquierdista–, gira una serie de planetas y satélites que rodean a su vez a esos planetas. Pero sobre todo, vemos las irradiaciones de esa estrella en lugares más o menos lejanos.

Así, en el corazón de esta galaxia en España encontramos la última creación de Llopart, la revista La Emboscadura o el periódico digital El Manifiesto, mientras en Italia, que es sin duda alguna un verdadero laboratorio político en este sentido, tenemos pequeños periódicos online como L’Intellettuale Dissidente, L’Antidiplomatico y La Via Culturale, o movimientos como Vox Italiae –cuyo lema es «valores de derecha, ideas de izquierda»–, fundado por Fusaro, quien aunque se define como filósofo marxista colabora con Il Primato Nazionale, la revista de los autodenominados «fascistas del tercer milenio» de CasaPound Italia, se codea con Dugin, defiende el comunitarismo y considera a De Benoist su referente21.

Luego, entre los planetas más o menos lejanos, encontramos a sectores de izquierdas que abogan, por táctica o convicción, por una posición más rígida en el tema de la inmigración, valores más conservadores y la defensa de la soberanía nacional. En estos temas pueden tener puntos de contacto con la nueva ultraderecha. No extraña pues que hacia 2017 se hablara de un posible eje entre Le Pen y Jean-Luc Mélenchon contra el liberal Macron, o que en el país galo se lancen proyectos como Front Populaire, la revista del filósofo izquierdista Michel Onfray, que se propone unir a los soberanistas de ambas orillas22. En 2019, en Reino Unido, el politólogo Maurice Glasman creó Blue Labour (Laborismo Azul), un grupo de presión dentro del Partido Laborista cuyo lema era «trabajo, familia, comunidad» y que se planteó dialogar con los neofascistas de la Liga de Defensa Inglesa de Tommy Robinson23. En Alemania, en 2018, Sahra Wagenacht fundó Aufstehen (Levántate) con posiciones muy críticas hacia las políticas de fronteras abiertas. En Italia tenemos el pequeño grupo Nuova Direzione, con el periodista Carlo Formenti –con un pasado en Autonomia Operaia–, y Patria e Costituzione, la asociación política fundada por el ex-dirigente del Partido Democrático Stefano Fassina. En España, finalmente, hemos visto en el último bienio a figuras sui géneris de Podemos –como Jorge Vestrynge, con un pasado en la posfranquista Alianza Popular, o Manolo Monereo, proveniente del Partido Comunista de España (pce) y estrecho colaborador de Julio Anguita– defender posiciones similares. Monereo, por ejemplo, apadrinó en la península ibérica a Fusaro, alabó las medidas sociales del gobierno italiano de Salvini-Di Maio y se dejó entrevistar por La Emboscadura defendiendo una izquierda claramente soberanista.

¿Una opción con futuro?

Como se puede ver, es realmente complicado trazar un mapeo de todas las experiencias que podrían acabar de una forma u otra bajo la etiqueta de rojipardismo. Quizás tampoco tiene demasiado sentido hacerlo: el riesgo es el de ver nacionalbolcheviques por todos lados y crear un fantasma que se pasea por nuestras ciudades. También en estos tiempos gaseosos, el rojipardismo tout court sigue siendo formado por sectores ultraminoritarios del nacionalismo revolucionario que utilizan una fraseología izquierdista para camuflarse. Como apunta David Bernardini, desde su nacimiento en la República de Weimar el rojipardismo es «una corriente en la derecha radical que busca de distintas maneras combinar los dos polos movilizadores del siglo xx, la clase y la nación, el socialismo y el nacionalismo, para definir un proyecto soberanista, autoritario e identitario, a menudo proyectado en una dimensión euroasiática»24.

Ahora bien, tampoco debemos subestimar la influencia que esta corriente tiene en la opinión pública y sobre todo en algunos sectores de izquierdas, aunque sean aún minoritarios al día de hoy. Sin duda, hay gradaciones y matices entre quienes desde el mundo progresista acaban consciente o inconscientemente influenciados por estas ideas. Pero no cabe duda de que respecto al pasado las izquierdas parecen más permeables a estos discursos. La razón se encuentra en la desorientación general y en la profunda crisis de identidad que están viviendo los proyectos progresistas. Es a partir de ahí, pues, de donde se debe empezar: de la reformulación por parte de las izquierdas de un proyecto esperanzador e incluyente y de volver a dar la batalla cultural. Y, por otro lado, llamando las cosas por su nombre: los ultraderechistas que defienden políticas sociales (solo para nativos) son ultraderechistas, no son ni populistas ni una «nueva izquierda», como les gusta repetir a algunos de ellos. De esta forma, el peligro rojipardo, aunque no desaparecerá, seguirá siendo un fenómeno minoritario."                     (Steven Forti  , Nueva sociedad, nº 288, Julio/Agosto, 2020)

9/10/20

Chantal Mouffe: una de las consecuencias de la pandemia es que ha aumentado la necesidad de protección. Esta necesidad de protección explica por qué muchas personas están dispuestas a aceptar formas de control digitales a las que hasta ahora se han opuesto... es imperativo que la izquierda atienda esta demanda de protección. Una Transformación Democrática Verde protege la sociedad y sus condiciones materiales de existencia de una manera que empodere a las personas en lugar de hacerlas retroceder en un nacionalismo defensivo

 "El fin del populismo de izquierda ha sido anunciado recientemente por varios de sus críticos que afirman que, dado que los partidos populistas de izquierda no han podido alcanzar sus objetivos, es hora de volver a la concepción tradicional de clase de la política.  

Quiero desafiar este punto de vista y argumentar que en la coyuntura actual una estrategia populista de izquierda es más relevante que nunca. COVID-19 ha exacerbado las desigualdades existentes y acentuado la crisis orgánica del neoliberalismo. No se volverá a "seguir como de costumbre" después de la pandemia.

 Es cierto que esto es lo que sucedió después de la crisis económica de 2008. Pero en esos años la hegemonía del neoliberalismo fue casi incontestada y hoy el contexto político es diferente. La crisis de 2008 puso en evidencia los límites del capitalismo financiero, y la globalización neoliberal ha dejado de ser considerada nuestro destino. 

Después de años de "pospolítica", cuando no había una diferencia fundamental entre las políticas de derecha y de izquierda, estamos presenciando un "retorno de lo político". Hoy en día existen en varios países movimientos de izquierda radical que desafían el social-liberalismo de los partidos de centro-izquierda y en muchos ámbitos están floreciendo diversas formas de activismo. Fridays for Future, el movimiento juvenil en defensa del clima y las movilizaciones antirracistas Black Lives Matter han traído visibilidad internacional a esas luchas.

Estrategias de impugnación

Creo que lo que veremos después del COVID-19 es una confrontación sobre las diferentes estrategias de cómo lidiar con la crisis económica, social y ecológica que la pandemia ha puesto en primer plano. Sin duda, los neoliberales intentarán utilizar el poder estatal para reafirmar el predominio del capital. Este "neoliberalismo de Estado" podría en ciertos países ser reforzado por medidas autoritarias, confirmando la tesis de Wolfgang Streeck de que la democracia y el capitalismo se han vuelto incompatibles. El autoritarismo neoliberal podría adoptar una forma digital como en el 
‘Screen New Deal’ concebido por Naomi Klein. 

Como atestigua el debate actual sobre una adecuada respuesta tecnológica a la crisis sanitaria, existe una tendencia creciente a considerar que la solución consiste en adquirir aplicaciones para controlar la salud de la población. La crisis del coronavirus representa una gran oportunidad para que los gigantes digitales se establezcan como agentes de una política sanitaria totalmente informatizada. Su ambición de extender su control a otros dominios podría legitimarse promoviendo activamente el "solucionismo tecnológico" de moda analizado por Evgeny Morozov.

 En su libro 'Para salvarlo todo, pincha aquí Morozov' nos advierte de los peligros de esta ideología del solucionismo promovida por Silicon Valley y según la cual todos los problemas, incluso los políticos, tienen solución tecnológica. Señala que los solucionistas abogan por medidas post-ideológicas y despliegan tecnología para evitar la política.

La creencia de que las plataformas digitales podrían proporcionar una base para el orden político coincide con la afirmación de los políticos de la tercera vía de que se han superado los antagonismos políticos y que la izquierda y la derecha son "categorías zombis". El solucionismo es, de hecho, una versión tecnológica de la concepción pospolítica que se volvió dominante durante la década de 1990. Facilita la aceptación de formas posdemocráticas de tecno-autoritarismo que permanecen inmunes al control democrático. Una versión neoliberal del tecno-autoritarismo podría no ser todavía el estado tecno-totalitario de vigilancia que algunos temen, pero podría representar el primer paso en esa dirección.

Una respuesta diferente proviene de los partidos populistas de derecha. Afirmando ser la voz del pueblo, acusan a las élites neoliberales de ser responsables de la crisis por su política de globalización y su abandono de la soberanía nacional. Para restaurar esta soberanía, abogan por una política de inmunización que protegería a los nacionales restringiendo drásticamente la democracia a ciertas categorías e imponiendo barreras muy estrictas a la inmigración. Su discurso antisistema y su rechazo al gobierno de las empresas transnacionales son bien recibidos en varios sectores y resuenan en los sectores populares. Podrían constituir una fuerza de resistencia contra el dominio pospolítico del autoritarismo de alta tecnología, pero a costa de imponer un tipo de autoritarismo nacionalista de carácter xenófobo y socialmente conservador.

Protección personal

Para contrarrestar esas dos formas de autoritarismo y tener alguna influencia en la dirección que tomarán nuestras sociedades después de la pandemia, la izquierda necesita más que buenas políticas. También debe comprender cómo COVID-19 produce reacciones emocionales que pueden explotarse para fomentar avances antidemocráticos.

Karl Polanyi nos proporciona aquí información valiosa. En su libro La Gran Transformación, analizando las devastadoras consecuencias de los movimientos del liberalismo del siglo XIX para tratar la tierra, el trabajo y el dinero como mercancías, Polanyi sacó a la luz cómo una sociedad en peligro por la dislocación producida por los avances de la mercantilización, reaccionó en la década de 1930. con un contramovimiento defensivo para protegerse, readaptando la economía a las necesidades sociales reincorporando el mercado a las estructuras sociales. También indicó que las resistencias a la dislocación producidas por los avances de la mercantilización no están obligadas a tomar una forma democrática. De hecho, en los años 30 llevaron al New Deal de Roosevelt, pero también al fascismo o al estalinismo.

La idea de Polanyi de un contramovimiento ha ganado gran aceptación en los últimos años para explicar el crecimiento global de los movimientos sociales contemporáneos que se resisten al neoliberalismo. El aspecto de su argumento que me gustaría enfatizar es la importancia que atribuye al elemento de autoprotección que él ve como la fuerza impulsora del contramovimiento. Su análisis muestra que cuando las sociedades experimentan graves perturbaciones en sus modos de existencia, la necesidad de protección se convierte en la demanda central y es probable que las personas sigan a quienes creen que pueden proporcionarla mejor.

Si hago esta referencia a Polanyi es porque creo que hoy nos encontramos en una situación análoga. De hecho, una de las consecuencias de la pandemia es que ha aumentado la necesidad de protección. Esta necesidad de protección explica por qué muchas personas están dispuestas a aceptar formas de control digitales a las que hasta ahora se han opuesto. Sin duda, podría beneficiar a los populistas de derecha si son capaces de convencer a la gente de que la protección requiere promover una visión de la soberanía en términos de nacionalismo exclusivo.

 Luchando por la soberanía

Ante el peligro de soluciones autoritarias a la crisis, es imperativo que la izquierda atienda esta demanda de protección. Desafortunadamente, importantes sectores de la izquierda han adoptado la cosmovisión neoliberal post-política que postula el fin del modelo de política adversaria y concibe el progreso moral como la creación de un mundo sin fronteras donde todo puede moverse libremente y sin obstáculos. La defensa del libre comercio constituye para ellos un artículo de fe y tienden a desconfiar del deseo de protección de las clases populares, visto como un rechazo a los valores cosmopolitas que atesoran.

 Sostengo que si la izquierda abandona nociones como soberanía y proteccionismo a la derecha sería un grave error político. Impediría la elaboración de un proyecto político capaz de ofrecer alguna resonancia con las demandas de las clases populares. Por tanto, es urgente entablar una batalla ideológica para resignificar la soberanía y el proteccionismo, articulándolos con los valores clave de la tradición democrática, a fin de desactivar sus posibles connotaciones autoritarias. Esto no debe verse como "complacer" al populismo de derecha, como a veces se acusa a los populistas de izquierda. Siempre es a través de las batallas políticas que se construye el significado de las nociones políticas clave y la confrontación sobre su significación es una dimensión crucial de la lucha hegemónica.

 La importancia de los afectos

La crisis actual exige una estrategia populista de izquierda capaz de crear una fuerza popular colectiva que pueda generar una nueva hegemonía para recuperar y profundizar la democracia. Una estrategia populista de izquierda reconoce que la política es una actividad partidista en la que los afectos juegan un papel importante. Trazando una frontera política entre "nosotros" y "ellos", el "pueblo" y la "oligarquía", es capaz de movilizar la dimensión afectiva que está en juego en la construcción de formas colectivas de identificación.

 Esto es algo que el marco teórico racionalista que con demasiada frecuencia informa a la política de izquierda no puede dar cuenta. Las ideas correctas no son suficientes y, como nos recordó Spinoza, las ideas solo tienen fuerza cuando se encuentran con afectos. En política no basta con tener un programa bien elaborado. Para generar lealtad y mover a las personas a actuar, debe transmitir afectos que resuenen con sus deseos y experiencias personales.

 Las dos principales pasiones en la política son el miedo y la esperanza y para la izquierda es crucial federar a las personas en torno a un proyecto político que no se mueva por el miedo sino por la perspectiva de un mundo diferente donde se implementarían los principios democráticos de igualdad y soberanía popular. . Es necesario lanzar una ofensiva populista de izquierda contrahegemónica contra el neoliberalismo en nombre de una "Transformación Democrática Verde", conectando la defensa del medio ambiente con las múltiples luchas democráticas contra las diferentes formas de desigualdad. Lo que está en juego es la construcción de una voluntad colectiva, un 'pueblo' en el que muchas luchas, no solo de carácter socioeconómico sino también de feministas, antirracistas, LGBTIQ +, encontrarán un banderín de enganche.

"Transformación democrática verde"

Sin duda, esas demandas son muy heterogéneas y requieren alguna forma de articulación. Creo que hablar de una "Transformación Democrática Verde" y concebir la transición ecológica como un proceso de profundización de la democracia podría proporcionar este principio articulador porque es un proyecto en torno al cual puede cristalizar una diversidad de demandas democráticas. Es la fuerza afectiva del imaginario democrático que ha guiado las luchas por la igualdad y la libertad en nuestras sociedades. Visualizar la necesaria transición ecológica en forma de Transformación Democrática Verde podría activar el imaginario democrático y generar poderosos afectos entre muchos grupos, apuntando firmemente su deseo de protección en una dirección igualitaria.

El propósito de una Transformación Democrática Verde es la protección de la sociedad y sus condiciones materiales de existencia de una manera que empodere a las personas en lugar de hacerlas retroceder en un nacionalismo defensivo o en una aceptación pasiva de soluciones tecnológicas. Es protección para muchos, no para pocos, brindando justicia social y fomentando la solidaridad.

El Green New Deal defendido por Alexandria Ocasio-Cortez y el movimiento Sunrise en los EE. UU. Es un buen ejemplo de tal proyecto porque vincula la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero con el objetivo de solucionar problemas sociales como la desigualdad y la injusticia racial. Contiene varias propuestas importantes que, como la garantía universal por parte del estado del empleo remunerado en la economía verde, son cruciales para asegurar la adhesión de los sectores populares cuyos empleos se van a ver afectados. 

En Gran Bretaña, la Revolución Industrial Verde, que fue una pieza central del programa del Partido Laborista bajo Jeremy Corbyn, también afirmó que la justicia social y económica no puede separarse de la justicia ambiental. Promovió medidas para una descarbonización rápida de la economía, junto con la inversión en empleos sostenibles, bien remunerados y sindicalizados. A diferencia de muchas otras propuestas ecológicas, ambos proyectos piden un cambio sistémico radical y reconocen que una transición ecológica real requiere una ruptura con el capitalismo financiero.

Lucha de clases y crisis ecológica

Aquellos que defienden una estrategia populista de izquierda son a menudo acusados ​​por los marxistas de negar la existencia de la lucha de clases: pero esto se basa en un concepto erróneo. Una estrategia populista de izquierda reconoce que la sociedad está atravesada por antagonismos, algunos de ellos de naturaleza socioeconómica. Pueden denominarse antagonismos de "clase", siempre que este término no se limite al antagonismo entre el proletariado y la burguesía.

 Sin embargo, junto a esos antagonismos socio-económicos, existen otros antagonismos, ubicados en diferentes relaciones sociales, dando lugar a luchas contra otras formas de dominación. Es por ello que en 1985 en Hegemonía y estrategia socialista defendimos la necesidad de articular las demandas de la clase trabajadora con las de los movimientos sociales, proponiendo reformular el socialismo como la 'radicalización de la democracia' entendida como la extensión de los ideales democráticos a amplia gama de relaciones sociales.

Hoy, con la crisis ecológica, tal proyecto de radicalización de la democracia ha adquirido una nueva dimensión. Durante el siglo XX, lo que estuvo en el centro del proyecto socialista fue la cuestión de la desigualdad, y la lucha por la justicia social se concibió en términos de reparto equitativo de los frutos del crecimiento. Las luchas de los nuevos movimientos sociales agregaron nuevos ángulos a la cuestión de la justicia social, pero su enfoque estaba en la autonomía y la libertad y, con la excepción de algunos movimientos ecológicos, no se enfocaron fundamentalmente en la naturaleza del crecimiento.

En las últimas dos décadas hemos entrado en una nueva fase con la emergencia climática, en la que la lucha por la justicia social requiere cuestionar el modelo productivista y extractivista. El crecimiento ha dejado de ser considerado una fuente de protección para convertirse en un peligro para las condiciones materiales de existencia de la sociedad. Ya no es posible vislumbrar un proceso de radicalización de la democracia que no incluya el fin de un modelo de crecimiento que pone en peligro la existencia de la sociedad y cuyos efectos destructivos son particularmente sentidos por los grupos más vulnerables.

De ahí la importancia de una estrategia populista de izquierda que busque articular las múltiples luchas contra la opresión y la dominación en torno a una Transformación Democrática Verde con miras a lograr una ruptura democrática con el orden neoliberal. Así es como se desarrolla hoy la "lucha de clases".              (
Chantal Mouffe, Brave New Europe, 22/09/20)