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10/6/22

Las armas, el sentido común y la sumisión voluntaria... En comparación con otras 22 naciones ricas, Estados Unidos acumula el 82% de muertes por armas de fuego, el 90% de todas las mujeres asesinadas, el 91% de los niños menores de 14 años, y el 92% de jóvenes de entre 15 y 24 años, asesinados con armas de fuego... tres millones de niños estadounidenses son testigos de la violencia con armas de fuego cada año... as muertes por armas de fuego son mucho más frecuentes en jóvenes, varones, afroamericanos y entre las clases sociales más pobres... Para “crear el deseo de tener un arma”, las industrias contrataron a especialistas en relaciones públicas que inventaron múltiples historias de un salvaje oeste, con vaqueros, sheriffs, pioneros y personas proscritas

 "El uso de las armas mata y deja secuelas indelebles que duran horas, meses o incluso décadas. Cada año se fabrican en el mundo ocho millones de armas pequeñas y 15.000 millones de cartuchos de munición. Cada día mueren 700 personas (más de 2,5 millones en una década) a causa de armas como pistolas, escopetas, fusiles de asalto o ametralladoras. Al menos dos millones de personas sufren heridas por armas de fuego y millones de personas sufren los efectos psicológicos de la violencia con armas de fuego con profundas secuelas físicas y psicológicas de larga duración1. Un ejemplo de ello son los miles de infantes2 que, involuntariamente, se hallan en medio de conflictos armados y que se ven obligados a ejercer la violencia contra los demás y contra sí mismos. Jean tenía seis años cuando fue secuestrado en una zona rural por un grupo rebelde en el Congo. Le llevaron a una especie de campamento, le dieron un Kaláshnikov y le comunicaron las normas: quien intente huir, morirá; quien no mate, morirá; cualquier mínima infracción será castigada con una brutal paliza.

“Me enseñaron a disparar, a cargar el arma... Durante dos días me torturaron a menudo... O matabas o te mataban. Vi morir a muchos niños y sabía que yo podía morir en cualquier momento. Un día, volviendo al campamento vi a un soldado, tuve miedo y antes de que me viera, disparé. Me convertí en un asesino con seis años. Luego maté a muchos más, pero no sé a cuántos”3. 

La matanza de al menos 19 infantes y dos maestras el pasado 24 de mayo en el colegio Robb Elementary School (Uvalde, Texas) por parte de un joven de 18 años armado con una pistola, un rifle semiautomático y cargadores de alta capacidad, ha vuelto a plantear, una vez más, el debate sobre el control de las armas en Estados Unidos4. A veces las cifras lo cuentan casi todo. En Estados Unidos hay alrededor de 400 millones de armas de fuego civiles, 1,2 armas de fuego por habitante, casi la mitad del total mundial5. Cada año se producen más de 45.000 muertes por arma de fuego (unas 124 muertes diarias), entre los suicidios y las muertes por homicidio que están experimentando un fuerte aumento6. Tres de cada cinco adultos estadounidenses ha experimentado directamente, o de alguien que tienen cercano, la violencia con armas de fuego a lo largo de su vida. Aproximadamente tres millones de niños estadounidenses son testigos de la violencia con armas de fuego cada año7. Se trata de muertes desiguales que van en aumento. Las mujeres tienen 21 veces más probabilidades de ser asesinadas por armas de fuego que las mujeres de otros países ricos, y las muertes por armas de fuego son mucho más frecuentes en jóvenes, varones, afroamericanos y entre las clases sociales más pobres.

En comparación con otras 22 naciones ricas, en Estados Unidos la tasa de homicidios por armas de fuego es 25 veces mayor, la tasa de suicidios ocho veces mayor, y la tasa de muertes no intencionales –también por armas de fuego– es más de seis veces mayor. Aunque solo tiene la mitad de población que el resto de esos países sumados, Estados Unidos acumula el 82% de muertes por armas de fuego, el 90% de todas las mujeres asesinadas, el 91% de los niños menores de 14 años, y el 92% de jóvenes de entre 15 y 24 años, asesinados con armas de fuego8. 

Los estadounidenses están más armados que los ciudadanos de cualquier otra nación. Cuatro de cada diez adultos dice vivir en un hogar donde hay un arma, y tres de cada diez admite tener una. Y la situación va a peor. Tan sólo en el periodo desde inicios de 2019 a abril de 2021, 7,5 millones de adultos estadounidenses, adquirieron por vez primera un arma, aumentando aún más el riesgo de muerte de niños y adolescentes (casi el 10% de todas las muertes por homicidio, suicidio y accidentes que sucedieron en 2020)9. Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos no es solo el qué, el dónde, el quién y el cómo sino también el por qué.

Para la mayoría de los mass media, la causa principal de las masacres que tienen lugar en Estados Unidos se debe a la cultura de las armas existente en el país. Son muchos quienes piensan y dicen frases del tipo “los estadounidenses aman las armas, siempre las han amado, se sienten orgullosos de poseerlas”. Las armas serían parte de su identidad. Se trataría de un vínculo cultural forjado durante la Revolución Americana, concretado en la Segunda Enmienda de la Constitución, y ratificado en 2008 por la Corte Suprema al señalar que cada individuo tiene el derecho a portar armas10. Ese es el saber convencional que, una y otra vez, resuena con emoción en la mente y las palabras de buena parte de la población. Sin embargo, a lo largo de la historia, ¿quien diseñó, inventó, patentó, produjo, publicitó, comercializó y distribuyó armas? ¿Qué papel jugaron los medios de información y los actos propagandísticos de empresas o lobbies tan poderosos como la National Rifle Association (NRA)?

Charlton Heston encabezó durante años la defensa de la libre posesión y uso de armas de fuego como presidente de la NRA11. En su discurso de 2000, el famoso actor12 señaló: “Cuando unas manos ordinarias pueden poseer un instrumento tan extraordinario, eso simboliza la medida plena de la dignidad y la libertad humanas” para, finalmente, alzando con sus manos en alto un viejo Winchester de 1866, gritar: “From my cold, dead hands”. Solo muerto me lo quitarán, vino a decir13.

Dos décadas más tarde, apenas tres días después de los asesinatos de la escuela de Uvalde, Donald Trump señaló también ante la NRA la urgente necesidad de militarizar cada escuela con policías o agentes de seguridad armados, convirtiendo cada lugar en un centro de alta seguridad: con una sola entrada, vallas de seguridad, detectores de metales y nuevas tecnologías para revisar, escanear, examinar y aprobar a quienes entran en ella14. Para él, cada persona es responsable de sus acciones, por lo que el único culpable de la masacre fue un individuo violento y trastornado. Trump defendió la imperiosa necesidad de poseer armas afirmando:

“No hay señal que invite más a un asesino de masas que una señal que diga ‘zona libre de armas’. Es el lugar más peligroso. Como dice el viejo refrán, la única forma de detener a un hombre malo con una pistola, es un hombre bueno con una pistola. La existencia del mal en nuestro mundo no es una razón para desarmar a los ciudadanos respetuosos de la ley que saben cómo usar sus armas y proteger a muchas personas, la existencia del mal es una de las mejores razones para armar a los ciudadanos respetuosos de la ley”.

¿A qué se debe esa excepcional relación histórica entre las armas y la población de EE.UU.? ¿Por qué la existencia de una relación tan íntima, que personajes como Heston o Trump han defendido hasta límites grotescos? Pero, un momento, ¿es eso verdad?, ¿cómo y cuándo se creó esa “innata” identidad cultural? ¿Cuál es la cadena de causalidad existente entre la línea de montaje de una fábrica de armas hasta la bala que se incrusta en los pulmones de una víctima? Contrariamente a una visión ampliamente extendida, el sentido común de las armas en Estados Unidos fue un proceso histórico –ha señalado el historiador John Blum– mercantilista y “amoral”, que siguió las prácticas comunes de la economía industrial capitalista de los siglos XIX y XX15.

En el siglo XIX no había cultura de las armas. En aquel entonces, Estados Unidos era un país de agricultores donde las pistolas se usaban como una herramienta más, pero no eran algo omnipresente. Fue la belicosidad europea y la ambición imperial de diversos regímenes y gobiernos quienes proporcionaron mercados para fabricar masivamente armas. Tras la Guerra de Secesión, entre 1861 y 1865, grandes fabricantes de armas como Winchester y Remington, viendo peligrar su negocio, pusieron en marcha una fuerte ofensiva publicitaria para crear un mercado nacional de armas. Las razones esgrimidas para tener armas y milicias fueron el temor a la amenaza británica, facilitar la expansión de las colonias en territorio indio, protegerse de las rebeliones de esclavos y defender la libertad ante la tiranía del gobierno. El negocio de las armas prosperó por la ambición de unos capitalistas de las armas con grandes intereses comerciales y no a causa de un excepcionalismo mítico. Tras los anuncios creados por la compañía Winchester, poseer un arma se convirtió en un objeto de deseo con un profundo vínculo psicológico y un elevado valor emocional para mucha gente. Como señaló el sociólogo y economista estadounidense Thorstein Veblen, se trataba de fabricar deseos16. ¿Cómo se hizo? ¿Cómo se generó ese particular sentido común? 

Para “crear el deseo de tener un arma”, las industrias contrataron a especialistas en relaciones públicas que inventaron múltiples historias de un salvaje oeste, con vaqueros, sheriffs, pioneros y personas proscritas. El proceso se inició con un relato en 1867 de Wild Bill Hickok en Harper’s, y siguió con decenas de novelas y leyendas en las que, para protegerse y ser un “hombre de verdad”, había que poseer un sofisticado rifle Winchester. Más tarde, esa historia sería recreada por las empresas tabacaleras para promocionar al “hombre Marlboro”, así como también con la difusión de innumerables películas. Después de la Primera Guerra Mundial, la Winchester Repeating Arms Company (WRAC) impulsó sus ventas mediante un ambicioso plan de marketing nacional con el objetivo de alcanzar a 3,4 millones de niños de entre 10 y 16 años.  (...)

Un último instrumento fundamental de dominación, el más decisivo, es el proceso de internalización mental de sumisión y subordinación de los grupos sociales oprimidos, es decir, la forma en que éstos consienten y aceptan ser sometidos. En el albor de la modernidad a mediados del siglo XVI, Étienne de La Boétie analizó este fenómeno en un breve texto donde se asombraba de la “servidumbre voluntaria” con que los seres humanos rinden obediencia a los tiranos28. Decía el prematuramente fallecido joven filósofo francés:

“Quisiera tan solo entender cómo pueden tantos hombres, tantos pueblos, tantas ciudades, tantas naciones soportar a veces a un solo tirano, que no dispone de más poder que el que se le otorga, que no tiene más poder para causar perjuicios que el que se quiera soportar y que no podría hacer daño alguno de no ser que se prefiera sufrir a contradecirlo. Es realmente sorprendente –y, sin embargo, tan corriente que deberíamos más bien deplorarlo que sorprendernos– ver cómo millones y millones de hombres son miserablemente sometidos y son juzgados, la cabeza gacha, a un deplorable yugo, no porque se vean obligados por una fuerza mayor, sino, por el contrario porque están fascinados y, por decirlo así, embrujados por el nombre de uno al que no deberían ni temer (puesto que está solo), ni apreciar (puesto que se muestra para con ellos inhumano y salvaje). ¡Grande es no obstante, la debilidad de los hombres!”29

La servidumbre moderna es una esclavitud voluntaria que, como si fuera una segunda naturaleza humana, genera obediencia y sumisión, hace que la población consienta y acepte el trabajo, el consumo de mercancías o el ocio. Así expresaba esa alienación el escritor británico Aldous Huxley en una de sus clásicas novelas: 

“Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, pero sería básicamente una prisión sin muros en la que los presos ni siquiera soñarían con escapar. Sería esencialmente un sistema de esclavitud, en el que gracias al consumo y al entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre.”30

Es mucha la gente que no tiene conciencia –o no la quiere tener– de cuál es su situación, debido a la existencia de múltiples formas de mistificación que anestesian, o bien ocultan, la cárcel mental en que viven. Basta con ver esa muchedumbre hipnótica, cotidianamente apantallada. Obedecen sin saber muy bien por qué, pero saben que cuando desobedecen surge la desorientación y el temor, cuando no el pánico. Tienen miedo y han sido mentalmente colonizados para elegir ser siervos y no desobedecer. Como todos los seres oprimidos a lo largo de la historia, los “esclavos” modernos necesitan de una mística para anestesiar su sufrimiento. La educación y el lenguaje son medios clave para dominar, generar individuos pasivos, e impedir que se perciba la condición servil de la vida. Como hemos visto, las palabras se presentan como algo evidente, cuando en realidad su naturalización es un medio crucial que “distorsiona” la realidad y genera formas de ver el mundo que impiden emanciparnos. (...)

La disponibilidad de armas es una epidemia mortal, una crisis de derechos humanos y un inmenso genocidio. Entre 1968 y 2011 se produjeron en Estados Unidos 1,4 millones de muertes relacionadas con armas de fuego (incluidos suicidios, homicidios y accidentes) en comparación con 1,2 millones de muertes de estadounidenses en todas las guerras. Hace una década, un comentarista político como Mark Shields lo explicaba de este modo:

“Desde que Robert Kennedy murió en el Hotel Ambassador el 4 de junio de 1968, durante 43 años han muerto más estadounidenses por disparos dentro del país, que en todas las guerras (en que EE.UU. ha intervenido), desde la Revolución hasta la Guerra Civil, la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial”.32

La matanza que generan las armas y las causas profundas que las producen son un espejo del genocidio y ecocidio globales al que nos confronta la pavorosa crisis ecosocial que vivimos. (...)"           (Joan Benach   , CTXT, 7/06/2022)

20/5/22

Losurdo: La industria de la mentira y las guerras imperialistas... “Por vez primera en la historia de la humanidad, cadáveres que habían sido enterrados hacía poco tiempo fueron desenterrados apresuradamente y mutilados para simular ante las cámaras de televisión un genocidio... Lo que el mundo entero tenía ante sus ojos como la realidad real en las pantallas de televisión, era la absoluta anti-verdad y, aunque la falsificación era a veces evidente, fue de todas maneras autentificada como real por el sistema mediático mundial"... después de Timisoara ya no será posible mirar una pantalla de televisión de la misma manera

 "En la historia de la industria de la mentira como parte integrante del aparato militar-industrial del imperialismo, el año 1989 marcó un verdadero viraje. Nicolae Ceaucescu se mantiene en el poder en Rumania. ¿Cómo derrocarlo? Los medios de prensa occidentales comienzan a divulgar masivamente informaciones e imágenes del «genocidio» perpetrado en Timisoara por la policía del propio Ceaucescu.

LOS CADÁVERES MUTILADOS

¿Qué había pasado en realidad? Basándose en el análisis de Guy Debord sobre la «sociedad del espectáculo», un ilustre filósofo italiano, Giorgio Agamben, sintetizó magistralmente este caso:

«Por vez primera en la historia de la humanidad, cadáveres que habían sido enterrados hacía poco tiempo o que se hallaban aún en las mesas de las morgues fueron desenterrados apresuradamente y mutilados para simular ante las cámaras de televisión el genocidio destinado a legitimar un nuevo régimen. Lo que el mundo entero tenía ante sus ojos como la realidad real en las pantallas de televisión, era la absoluta anti-verdad y, aunque la falsificación era a veces evidente, fue de todas maneras autentificada como real por el sistema mediático mundial, para que quedara claro que lo real no era a partir de entonces otra cosa que un momento del movimiento necesario de lo falso. Verdad y falsedad se hacían así imposibles de distinguir una de la otra y el espectáculo se legitimaba solamente mediante el espectáculo.

Timisoara es, en ese sentido, el Auschwitz de la sociedad del espectáculo. Incluso se ha dicho que si después de Auschwitz es imposible escribir y pensar como antes, después de Timisoara ya no será posible mirar una pantalla de televisión de la misma manera.» [1]

El año 1989 es el año en que el paso de la sociedad del espectáculo al espectáculo como técnica de guerra comenzó a manifestarse a escala planetaria.

Varias semanas antes del golpe de Estado, o sea antes de la «revolución de Cinecittà» en Rumania [2], se producía en Praga –el 17 de noviembre de 1989– el triunfo de la «revolución de terciopelo» con una consigna inspirada en Gandhi: «Amor y verdad». En realidad, la difusión de la información falsa según la cual la policía había «matado brutalmente» a un estudiante desempeñaba un importante papel. Eso es lo que nos revela, 20 años más tarde y con satisfacción, «un periodista y líder de la disidencia, Jan Urban», protagonista de aquella manipulación: su «mentira» tuvo en aquel momento el mérito de suscitar la indignación de las masas y el derrumbe del régimen, ya debilitado [3].

Algo similar ocurrió en China. El 8 de abril de 1989, Hu Yaobang, secretario del Partido Comunista Chino (PCCh) hasta el mes de enero de 1987, sufre un infarto en medio de una reunión del Buró Político y muere una semana después. La multitud de la Plaza de Tiananmen vincula su deceso al enconado conflicto político que se había manifestado en el marco de aquella reunión [4]. El fallecido se convierte de cierta forma en víctima del sistema cuyo derrocamiento se desea.

En los 3 casos, el invento del crimen y su denuncia buscan suscitar la ola de indignación necesaria para favorecer el movimiento de protesta. Esa estrategia encuentra éxito en Checoslovaquia y Rumania –países donde el régimen socialista había surgido al calor del avance del Ejército Rojo– pero fracasa en la República Popular China, fruto de una gran revolución nacional y social. Y el fracaso mismo se convierte en punto de partida de una nueva guerra mediática más masiva aún, desencadenada por una superpotencia que no tolera la existencia de rivales reales o potenciales. Esa guerra mediática aún se mantiene en vigor. Pero lo cierto es que el momento que define el viraje histórico es, en primer lugar, Timisoara, «el Auschwitz de la sociedad del espectáculo».

DAR PUBLICIDAD A LOS BEBÉS Y AL CORMORÁN

Dos años después, en 1991, se producía la primera guerra del Golfo. Un periodista estadounidense tuvo el coraje de revelar cómo se desarrolló «la victoria del Pentágono sobre los medios», o sea la «colosal derrota de los medios implementada por el gobierno de Estados Unidos» [5].

En 1991, la situación no era nada fácil para el Pentágono –ni para la Casa Blanca. Había que convencer de que la guerra era necesaria a una población que aún conservaba en mente el recuerdo de Vietnam. ¿Qué hacer? Diversos subterfugios van a reducir drásticamente las posibilidades de que los periodistas hablen directamente con los soldados o de que envíen crónicas directamente desde el frente. En la medida de lo posible, todo debe ser sometido a un filtro: la fetidez de la muerte y, sobre todo, la sangre, los sufrimientos y lágrimas de la población civil no deben irrumpir en las casas de los ciudadanos de Estados Unidos –ni de los habitantes del resto del mundo– contrariamente a lo sucedido en tiempos de la guerra de Vietnam.

Pero el problema central y más difícil de resolver es otro: ¿Cómo demonizar el Irak de Sadam Husein, que años antes había ganado méritos –a los ojos de los propios Estados Unidos– al agredir el Irán nacido de la Revolución islámica y antiestadounidense de 1979 y con tendencia al proselitismo en el Medio Oriente? El proceso de demonización no habría sido difícil si la víctima [de Sadam Husein –Kuwait–] hubiese sido [un país] angelical. Pero la operación no iba a ser nada fácil. Y no sólo debido a la implacable represión reinante en Kuwait contra toda forma de oposición. Había cosas mucho peores: los peores trabajos eran para los inmigrantes, víctimas de una «esclavitud de hecho» que tenía por demás visos de sadismo. Los casos de «serbios defenestrados, quemados, cegados o asesinados a golpes» no suscitan la menor emoción [6].

¡Pero se logró! Generosa o fabulosamente pagada, una agencia publicitaria lo resuelve todo… denunciando que los soldados iraquíes les cortan las «orejas» a los kuwaitíes que se resisten. Pero el punto culminante de esta campaña estaba por venir: los invasores habían irrumpido en un hospital «sacando 312 recién nacidos de sus incubadoras y dejándolos morir de frío sobre el suelo del hospital de Kuwait» [7].

Repetida hasta el cansancio por el presidente Bush padre, reafirmada por el Congreso, avalada por la prensa más autorizada e incluso por Amnistía Internacional, esa información tan horrible, y también detallada, no podía dejar de provocar una enorme ola de indignación: Sadam Husein era el nuevo Hitler, hacerle la guerra no sólo era necesario sino además urgente y quienes se oponían o no parecían convencidos tenían que ser considerados como cómplices más o menos conscientes del nuevo Hitler. Por supuesto, esa información era una mentira cuidadosamente fabricada y divulgada. Precisamente por eso la agencia publicitaria se había ganado su dinero.

La reconstrucción de ese caso aparece en un capítulo del libro ya mencionado aquí, con un título apropiado: «Dar publicidad a los recién nacidos» [8]. La verdad es que los recién nacidos no fueron los únicos que recibieron publicidad. Al inicio de las operaciones de guerra se difundió en el mundo entero la foto de un cormorán que se ahogaba en el petróleo proveniente de los pozos que Irak había volado. ¿Verdad o manipulación? ¿Fue Sadam quien provocó la catástrofe ecológica? ¿Hay cormoranes en esa región del mundo y en esa temporada del año? La ola de indignación, autentica y cuidadosamente manipulada, arrasaba con las últimas muestras racionales de resistencia.

FABRICACIÓN DE FALSEDADES, TERRORISMO DE LA INDIGNACIÓN Y DESENCADENAMIENTO DE LA GUERRA

Viajemos en el tiempo hasta la disolución, o más bien el desmembramiento de Yugoslavia. Contra Serbia, que había sido históricamente el protagonista del proceso de unificación de ese país multiétnico, se desencadenaban una tras otra –en los meses anteriores a los verdaderos bombardeos– sucesivas olas de bombardeo mediático. En agosto de 1998, dos periodistas, un estadounidense y un alemán, «reportaban la existencia de fosas comunes con 500 cadáveres de albaneses entre los cuales había 430 niños, en los alrededores de Orahovac, donde se habían producidos intensos combates. Otros diarios occidentales retomaron la noticia y le dieron gran difusión. Pero todo era falso, como demuestra una misión de observación de la Unión Europea». [9]

Pero eso no pone en crisis la fábrica de falsedades. A inicios del año 1999, los medios occidentales comenzaban a hostigar a la opinión pública internacional con fotos de cadáveres amontonados en el fondo de una fosa y a veces decapitados y mutilados. Las explicaciones y artículos que acompañaban aquellas imágenes proclamaban que eran civiles albaneses desarmados masacrados por los serbios. Pero:

«La masacre de Racak es aterradora, con mutilaciones y cabezas cortadas. Una escena ideal para suscitar la indignación de la opinión pública internacional. Pero algo parece extraño en las características de esa matanza. Habitualmente, los serbios matan sin realizar mutilaciones […] Como nos muestra la guerra de Bosnia, las denuncias de barbaries cometidas con los cuerpos, huellas de tortura, decapitaciones, son un arma de propaganda frecuentemente utilizada […] Quizás no sean los serbios sino los guerrilleros albaneses quienes mutilaron los cuerpos.» [10].

O quizás los cadáveres de las víctimas de uno de los innumerables enfrentamientos fueron objeto de un tratamiento ulterior, para dar la impresión de ejecuciones a sangre fría y de un desencadenamiento de furia bestial, atribuido de inmediato al país que la OTAN quería bombardear [11].

El montaje de Racak no era más que el punto culminante de una campaña de desinformación obstinada e implacable. Unos años antes, el bombazo del mercado de Sarajevo había permitido a la OTAN presentarse como la instancia moral suprema, que no podía tolerar que las «atrocidades» serbias quedasen impunes. Hoy en día podemos leer, incluso en el diario italiano Corriere della Sera que «fue una bomba de origen bastante dudoso lo que provocó la masacre de Sarajevo, desencadenando la intervención de la OTAN» [12]. Con ese precedente, Racak nos parece ahora una especie de reedición de Timisoara, reedición que se prolongó por varios años.

 Sin embargo, incluso antes de ese caso, ya se habían registrado otros éxitos. El ilustre filósofo que había denunciado en 1990 «el Auschwitz de la sociedad del espectáculo» que había tenido lugar en Timisoara, se unía 5 años más tarde al coro dominante criticando de manera maniquea «el súbito deslizamiento de las clases dirigentes ex comunistas hacia el racismo más extremo (como en Serbia, con el programa de “purificación étnica”)» [13].

Después de haber analizado con agudeza la trágica ausencia de diferenciación entre «verdad y falsedad» en el marco de la sociedad del espectáculo, Agamben acababa por confirmarla involuntariamente al acoger expeditivamente la versión (o sea la propaganda de guerra) difundida por el «sistema mediático mundial», que él mismo había designado anteriormente como fuente principal de la manipulación. Después de haber denunciado la reducción de lo «verdadero» a «un momento del necesario movimiento de lo falso», reducción implementada por la sociedad del espectáculo, Agamben se limitaba a conceder una aparencia de profundidad filosófica a ese «verdadero» reducido precisamente a «un momento del necesario movimiento de lo falso».

Por otro lado, un elemento de la guerra contra Yugoslavia nos remite, más que a Timisoara, a la primera guerra del Golfo: el papel de los public relations.

«Milosevic es un hombre esquivo, no le gusta la publicidad, no le gusta mostrarse ni hacer discursos públicos. Parece que en el momento de los primeros anuncios de la descomposición de Yugoslavia, Ruder&Finn, la compañía de relaciones públicas que trabajaba para Kuwait en 1991, fue a verlo para proponerle sus servicios. Y la pusieron de patitas en la calle.

En cambio, Ruder&Finn fue contratada por Croacia, por los musulmanes de Bosnia y los albaneses de Kosovo a cambio de 17 millones de euros al año, para proteger y promocionar la imagen de los tres grupos. ¡E hizo un excelente trabajo! James Harf, director de Ruder&Finn Global Public Affairs, afirmaba […] en una entrevista: “Logramos hacer coincidir, en la opinión pública, a serbios y nazis […] Somos profesionales. Tenemos un trabajo que hacer y lo hacemos. No nos pagan por dedicarnos a la moral”» [14].

Veamos ahora la segunda guerra del Golfo. En los primeros días de febrero de 2003, el secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, mostraba al Consejo de Seguridad de la ONU las imágenes de los laboratorios móviles de producción de armas químicas y biológicas que supuestamente poseía Irak.

Algún tiempo después, el primer ministro británico Tony Blair reforzaba la dosis: Sadam Husein no sólo tenía esas armas sino que ya había elaborado planes para utilizarlas y podía activarlas «en 45 minutos». Y de nuevo venía el espectáculo que, más que el preludio de la guerra, constituía en sí el primer acto de guerra, con la advertencia contra un enemigo que el género humano tenía que liquidar a toda costa.

Pero el arsenal de mentiras usadas o por usar iba mucho más allá. En su empeño por «desacreditar al líder iraquí a los ojos de su propio pueblo», la CIA se proponía «divulgar en Bagdad un documento filmado donde se revelaba que Sadam era gay. El video debía mostrar al dictador iraquí en plena relación sexual con un muchacho. Tenía que dar la impresión de haber sido filmado con una cámara oculta, como si fuera una grabación clandestina». También se estudiaba «la posibilidad de interrumpir las transmisiones de la televisión iraquí con una edición extraordinaria –falsa– del noticiero de televisión en la que se anunciaría que Sadam había dimitido y que todo el poder había pasado a manos de su hijo, el temido y odiado Uday» [15].

El Mal tenía que ser denunciado y estigmatizado mientras que el Bien debía aparecer en todo su esplendor. En diciembre de 1992, los Marines estadounidenses desembarcaban en el litoral de Mogadiscio. Para decirlo con más exactitud, desembarcaban allí 2 veces, pero la repetición de la operación no se debía a dificultades militares ni de logística. Había que demostrarle al mundo que, además e incluso antes de ser una formación militar de élite, los Marines estadounidenses eran una organización benéfica y caritativa que traía esperanza y sonrisas al pueblo somalí víctima de la miseria y el hambre. La repetición del desembarco-espectáculo tenía como objetivo corregir detalles erróneos y defectos. Un periodista que fue testigo del hecho explicaba:

«Todo lo que está pasando en Somalia y lo que va a producirse en las próximas semanas es un show militaro-diplomático […] Realmente, una nueva época en la historia de la política y de la guerra comenzó en aquella extraña noche de Mogadiscio […] La “Operación Esperanza” fue la primera operación militar que no sólo se filmó en vivo para las cámaras de televisión sino que además se pensó, se construyó y se organizó como un show de televisión» [16].

Mogadiscio era la contraparte de Timisoara. Unos años después de haber puesto en escena la representación del Mal (el comunismo que al fin se desplomaba) se montaba la representación del Bien (el Imperio estadounidense que surgía del triunfo obtenido en la guerra fría). Los elementos que conforman la guerra-espectáculo y que determinan su éxito están ahora claros."            (Domenico Losurdo, Observatorio de la crisis, 06/04/22)

10/10/18

Israel no tiene pozos de petróleo. No tiene minas de oro. ¿Qué tiene? El título de propiedad del Holocausto... Los líderes de Israel, con Binyamin Netanyahu a la cabeza, se comportan hoy en día como los papas de antaño: venden dispensas del Holocausto

"Israel no tiene pozos de petróleo. No tiene minas de oro. ¿Qué tiene? El título de propiedad del Holocausto.

Es un activo de gran valor. Todo el que quiera limpiarse la mancha necesita un certificado del Estado de Israel. El precio de dicho documento es altísimo. Y cuanto mayor la culpa del solicitante, mayor el precio de la dispensa.

¿A qué nos recuerda esto?

Durante siglos, la Iglesia Católica se dedicó a la venta de “dispensas”. Las dispensas eran documentos firmados por el Papa y la curia que eximían al beneficiario del cumplimiento de determinadas obligaciones religiosas o bien le permitían hacer ciertas cosas prohibidas por la Iglesia. (...)

Los líderes de Israel, con Binyamin Netanyahu a la cabeza, se comportan hoy en día como los papas de antaño: venden dispensas del Holocausto.

Netanyahu no ha sido el inventor del negocio. Lo ha heredado de sus predecesores. Todo empezó cuando poco después de la II Guerra Mundial, David Ben Gurión llegó a un acuerdo con el entonces canciller alemán Konrad Adenauer. Ben Gurión sancionó la existencia de una “nueva Alemania”, totalmente kosher, y a cambio los alemanes pagaron tres mil millones de marcos al Estado de Israel en concepto de compensaciones, así como pensiones individuales a los supervivientes del Holocausto.

Yo mismo recibí una pequeña compensación por mi “educación perdida” y a mis padres se les concedió una pensión mensual con la que se mantuvieron el resto de su vida.

A ojos de Ben Gurión el asunto era puramente económico. El recién nacido Estado de Israel no tenía dinero y las compensaciones alemanas lo ayudaron a sobrevivir los primeros años.

No obstante, detrás del acuerdo se ocultaba una decisión de otro tipo. Israel, es bien sabido, es un “Estado Judío”. El gobierno de Israel ostenta dos coronas: por un lado, la del gobierno de un Estado soberano y por otro, la de líder de la Diáspora judía mundial. La premisa ideológica es que ambas son una sola y la misma.

Pero semejante premisa es una ficción. De vez en cuando surge un problema que pone de manifiesto la discrepancia entre los intereses de Israel y los de la Diáspora. En semejantes ocasiones los intereses de Israel tienen prioridad.

Últimamente ha surgido una de tales situaciones.

Benjamín Netanyahu, rey de Israel y aspirante a emperador del pueblo judío, ha firmado una declaración conjunta con el gobierno polaco que absuelve al pueblo de Polonia de toda responsabilidad por los sucesos del Holocausto y condena de un solo plumazo el antisemitismo y el antipolonismo.

El documento ha desatado un huracán que se centra en dos cuestiones: 1ª. La exactitud de dicha declaración. 2ª. Los motivos que han llevado a Netanyahu a firmarla.

La segunda tiene una respuesta más fácil: Netanyahu mantiene una profunda amistad con los regímenes de Europa Central, que en la actualidad forman un nuevo bloque encabezado por Polonia que incluye a Hungría, la república Checa y Eslovaquia.

Dichos regímenes son de extrema derecha, cuasi totalitarios y antirrefugiados. Se les podría calificar de fascistas light.

Todos ellos se oponen al liderazgo de la canciller alemana Angela Merkel y a sus aliados, que son más o menos liberales, aceptan a los refugiados y condenan la ocupación y los asentamientos israelíes en territorio palestino. Netanyahu cree que su alianza con la oposición europea frenará a los merkelistas.

A lo largo y ancho del mundo, las instituciones judías ven todo el asunto bajo un prisma completamente distinto. No han olvidado que esos partidos ultraderechistas no son más que los descendientes de los partidos filonazis de la era de Hitler. Interpretan el cinismo de Netanyahu como una traición a las víctimas judías del Holocausto.

La exactitud de la declaración conjunta es una cuestión mucho más acuciante.
En Israel ha habido una amplia condena de la absolución de Polonia por parte de Netanyahu. En Israel se odia a Polonia mucho más de lo que se odia a Alemania. Es una historia larga y compleja.
En tiempos anteriores al Holocausto, Polonia albergaba a la mayor comunidad judía del mundo. Son muy pocos los judíos que se preguntan el porqué.

La sencilla y frecuentemente olvidada razón es que Polonia fue durante siglos el país más progresista de Europa. Mientras en la mayoría de los países europeos (Inglaterra, Francia y Alemania incluidas) a los judíos se los perseguía, se los mataba y expulsaba, la monarquía polaca los recibía con los brazos abiertos. Un rey tuvo una amante judía; los nobles y terratenientes recurrían a los judíos para la gestión de sus posesiones; los judíos se sentían protegidos.

Con el paso del tiempo, las cosas cambiaron por completo. Entre los polacos surgió una profunda animadversión hacia la enorme minoría que vivía entre ellos y tenía un aspecto distinto, se vestía de manera diferente, hablaba otra lengua (el yidish) y practicaba otra religión. La competición económica exacerbó el resentimiento. Durante los largos períodos de ocupación rusa y de otros vecinos, los polacos se volvieron ferozmente nacionalistas y su nacionalismo excluía a los judíos. El antisemitismo se convirtió en una fuerza tremenda.

Los judíos reaccionaron con un profundo odio a los polacos y todo lo que tuviera que ver con Polonia.

La invasión nazi de Polonia complicó más aún la situación. Después de la guerra, para la mayoría de los judíos no cabía duda de que los polacos habían cooperado en el exterminio. Se hizo habitual hablar de “campos de concentración polacos”.

Esto siempre ha enfurecido a los polacos. Polonia ha promulgado recientemente una ley que convierte en delito el uso de esa expresión y otras similares.

Ese es el motivo de la oleada de rabia que ha recorrido tanto Israel como el mundo judío tras la firma de Netanyahu de la declaración que absuelve a los polacos de toda responsabilidad en el exterminio de los judíos en Polonia.

Hará unos doce años visité Polonia por primera vez con el fin de recabar información para mi nuevo libro Lenin ya no vive aquí, publicado en hebreo, en el que se describe la situación de Rusia y varios otros países inmediatamente después de la caída del comunismo.

Ningún otro país me sorprendió tanto como Polonia. Descubrí que durante la ocupación no hubo una sino dos organizaciones clandestinas polacas que combatieron a los nazis. Millones de polacos cristianos fueron ejecutados junto a los judíos.

(Cuando volvimos a Tel Aviv, mi esposa Rachel, que me había acompañado en el viaje, oyó a una tendera hablando en polaco. Aún impresionada por lo que nos habían contado, la interrumpió para preguntarle: “Sabía usted que los alemanes mataron también a tres millones de polacos cristianos?”. “¡Pues no fueron bastantes!”, replicó la tendera).

Durante el Holocausto, las primeras informaciones fiables acerca de los campos de exterminio que recibieron los aliados y las instituciones judías procedían del gobierno polaco en el exilio, con base en Londres. Una vez acabado el conflicto, Israel condecoró a miles de polacos que habían ayudado a los judíos, a menudo poniendo en peligro su propia vida y la de sus familias.

Es cierto que muchos otros polacos ayudaron a los nazis a matar judíos, tal y como sucedió en todos los países ocupados. Además, una vez terminada la ocupación nazi tuvo lugar al menos un pogromo. Pero nunca hubo un político colaboracionista polaco al estilo del noruego Vidkun Quisling. En comparación con otros países ocupados, Polonia sale bastante bien parada.

¿Por qué estaban los campos de exterminio en Polonia? Porque allí se encontraba el grueso de la población judía y porque lo más sencillo era transportar hasta allí a los judíos de otros países. Pero eso no los convertía en “campos de exterminio polacos”.

En la declaración Netanyahu-Polonia hay ciertas exageraciones. Por ejemplo, en un párrafo se menciona el antisemitismo y el antipolonismo, signifique lo que signifique ese término. A pesar de todo, el vendaval que se ha desatado es excesivo.

Hace muchos años leí un relato de un escritor israelí. Describía la invasión de Oriente Medio por un pueblo mongol que sentía un odio obsesivo por los árabes. Los ocupantes pedían ayuda a los judíos para exterminar a los árabes con la promesa de todo tipo de prebendas."                (Uri Avnery, m'sur, 09/08/18)

1/6/18

La gran era del consumismo de masas iniciaba sus primeros pasos apoyándose en las novedosas herramientas e instrumentos del psicoanálisis, para dar forma, moldear un tipo de hombre nuevo: “producir consumidores, ése es el nuevo problema”. “Pues hay que disciplinar al público para que gaste su dinero del mismo modo que hay que disciplinarlo en la profilaxis de la tuberculosis”

"El consumismo moderno tiene su origen en estrategias de persuasión, propaganda y domesticación de las mentes. Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud, supo utilizar las herramientas del psicoanálisis para vendernos todo tipo de objetos innecesarios y para hacernos creer que en el acto de comprar radica la clave de la satisfacción de nuestros deseos más inconfesables.

Tras el final de la Primera Guerra Mundial, y como en cualquier periodo posbélico, comenzaron a ponerse en marcha toda una serie de dispositivos simbólico-materiales destinados a la reconfiguración del ordenamiento mundial. La guerra había dejado menguada la economía de muchas de las grandes potencias de entonces, avecinándose tiempos de pauperización, miseria y pobreza.

 Las crisis, como bien sabemos, suelen traer en sus entrañas a polizontes y oportunistas de toda calaña, dispuestos a hacer su agosto allí donde el terreno ha quedado arrasado por la tragedia. Es posible que podamos interpretar hoy este intermezzo pesimista que separó una guerra de otra como un laboratorio de pruebas en el que distintas estrategias de poder pujaban por quedarse con la tajada más grande del pastel.

 En Europa, legiones de jóvenes nazis y fascistas canturreaban los cánticos mesiánicos del Angelus novus, como preludio de la gran catástrofe que se agazapaba entre sus alas. En Estados Unidos, sin embargo, una nueva religión comenzaba a gestarse, de manera mucho más silenciosa y latente, mucho más sutil y estudiada. La gran era del consumismo de masas iniciaba, tímidamente, sus primeros pasos.

 Y para ello, se apoyó en las novedosas herramientas e instrumentos de cierta corriente científico-filosófica, procedente de Austria. Dicha corriente no es otra que el psicoanálisis, el cual iba a otorgar un innovador marco conceptual para la gestión de emociones y deseos.

Son escasos los manuales de marketing o de publicidad que recojan las enseñanzas de uno de sus más discretos fundadores. Nos referimos a Edward Bernays, austríaco de nacimiento, pero radicado en América, sobrino de Sigmund Freud y fundador de las llamadas Relaciones públicas. 

Siendo muy joven, Bernays iniciaría sus investigaciones en persuasión y técnicas de propaganda para el control y manipulación de la opinión pública. Viendo las consecuencias que tuvo la Primera Guerra Mundial, Bernays se preguntaría por la posibilidad de resignificar muchas de las técnicas propagandísticas utilizadas durante la misma, para así aplicarlas en períodos de paz. 

En una vuelta de tuerca clausewitziana, Bernays sentaría las bases del consumismo moderno apoyándose en estrategias bélicas de resolución de conflictos, manipulación, propaganda y domesticación de las mentes. Si somos capaces, se preguntaría Bernays, de convencer a la opinión pública americana de la necesidad de una guerra, mucho más sencillo será animarles a comprar todo tipo de productos y objetos innecesarios. 

¿Por qué no utilizar la propaganda para el mero hecho de vender? De este modo, la economía se reactivaba, inoculando en el ciudadano la falsa premisa de la participación política a través del consumo. Incluso, podrían investirse algunos productos con determinadas categorías simbólicas, para producir en el consumidor la ilusión fetichizante de acceder a ciertos valores a través de la compra. 

Con estas técnicas de manual de psicoanálisis básico, debemos a Bernays la ocurrente perversión de empoderar con un discurso feminista a los cigarrillos de Philip Morris o de dar un aura de masculinidad a la industria automovilística. Los deseos más ocultos de la masa comenzaron a estimularse, gracias a las arrulladoras voces de los anuncios publicitarios y sus mundos de fantasía. 

Con pocas consignas, el consumo se transformó, para el americano medio, en casi una exigencia moral, dado que, solo participando del mismo, el ciudadano era capaz, de manera cuasi heroica, de apuntalar la maltrecha economía americana. De este modo, el consumidor se crea, se produce, se moldea, al mismo tiempo que el espacio democrático se reduce y banaliza, limitándolo al mero acto de la compra. El mundo deviene mercancía y la polis se transforma en un centro comercial.

Con un giro more copernicano, Bernays inaugura una modalidad de la publicidad entendida como dispositivo disciplinario, anatómico-político o biopolítico, en el que los cuerpos y las mentes son reducidas al único papel del consumidor. En su célebre manual de 1928, titulado Propaganda, no duda en recalcar que “la nueva propaganda no sólo se ocupa del individuo o de la mente colectiva, sino también y especialmente de la anatomía de la sociedad”. 

La finalidad, nos dice Bernays, no es otra que crear, dar forma, moldear un tipo de hombre nuevo: “producir consumidores, ése es el nuevo problema”. ¿Para qué vender coches con el lema “cómpreme usted este coche”, cuando podemos conseguir, a través de la persuasión, que miles de ingenuos nos reclamen y exijan “véndame, por favor, ese coche”?

La propaganda del dócil consumidor funciona con las mismas estrategias del poder, tal y como fue descrito por Foucault. Se trata de una suerte de dispositivo, viscoso e imperceptible, de tela de araña tan transparente como certera a la hora de cazar a su presa. 

Estamos ante una red de relaciones, de gestos, discursos y enunciados destinados a atravesar los cuerpos y los comportamientos. La “propaganda” está destinada a trabajar sobre la opinión pública a diversos niveles: tanto para vendernos una pasta de dientes, como para fomentar una actitud cívica por parte del ciudadano. “Pues hay que disciplinar al público para que gaste su dinero del mismo modo que hay que disciplinarlo en la profilaxis de la tuberculosis”, nos dirá Bernays. 

Para éste, puesto que la mente del grupo no piensa, es preciso dirigirse a sus impulsos, sus deseos y sus emociones más básicas para, desde allí, modificar sus hábitos. Y, si conocemos los motivos que mueven la mente del grupo, “¿no sería posible controlar y sojuzgar a las masas con arreglo a nuestra voluntad sin que éstas se dieran cuenta?”.

 Sobemos, pues, el lomo de la Gran Bestia. Alimentemos sus instintos y deseos más básicos a base de gadchets inservibles, automóviles, cremas antiarrugas y experiencias prefabricadas de emociones baratas. El éxito está asegurado y las colas para comprar el nuevo Iphone comenzarán a formarse días antes de que este salga a la venta.

La democracia del consumidor o, como la definió Chomsky, del “rebaño desconcertado”, se asienta en estas siniestras premisas pseudofreudianas de Bernays, para quien no sólo era posible la modificación consciente y la manipulación de las opiniones y costumbres de las masas, sino que dicha manipulación era la condición necesaria para el desarrollo de las actuales democracias. Se trata de organizar el caos. 

De esta manera, un estado ideal sería aquel en el que las decisiones estuvieran en manos de unos pocos, de un “gobierno invisible” lo suficientemente capaz como para gestionar a esa mayoría estupidizada e infantiloide, inmersa en universos de estimulación constante de deseos. 

Tales fueron las ideas que tanto Walter Lippman como Bernays defendieron en el famoso Coloquio Lippman, celebrado en plena guerra mundial, en París, y que ha sido considerado el pistoletazo de salida del neoliberalismo. No es de extrañar que Hitler se sintiera atraído por las tesis de Bernays y solicitara sus servicios, propuesta que, al parecer, este rechazó. 

Huxley ya nos advertía que el nuevo totalitarismo no funcionaría de manera negativa, reprimiendo, prohibiendo, obstaculizando, privando, sino de forma positiva: constituyendo verdad. 

“Un estado totalitario eficaz —afirmaba Huxley—sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducirlos a amarla es tarea asignada […] a los ministerios de propaganda”.           

 (Carolina Meloni González  . Profesora de Ética y Pensamiento Político. Universidad Europea de Madrid, El Salto, 22/05/18)

27/10/16

Es Edward Bernays, el sobrino de Freud, uno de los primeros en cambiar la forma de vender haciendo creer que tal o cual producto participan de tu propia personalidad, de tu necesaria realización

"(...) –¿A qué llama las "guerras del modo de vida" en el libro consagrado al encuentro que tuvo con Edward Snowden en compañía de Daniel Ellsberg, otro lanzador de alertas, responsable de la filtración de los "Papeles del Pentágono" durante la guerra del Vietnam?

–El modo de vida norteamericano se ha convertido en el modo de vida europeo y el modo de vida de la elite india. Snowden y Ellsberg tuvieron razón al denunciar la crueldad de la guerra de Vietnam o la vigilancia de la NSA pero sigue siendo necesario comprender por qué Estados Unidos hace estas guerras, tanto ayer como hoy.

La razón es, antes que nada, el control de los recursos y la voluntad de aprovecharlos lo más rápidamente posible. Para ello, hay que preconizar un determinado modo de vida particular basado en un apetito de consumo infinito y desenfrenado.

Es Edward Bernays, el sobrino de Freud, uno de los primeros en cambiar la forma de vender estos productos insistiendo no en la necesidad de poseer esto o aquello sino en conseguir hacer creer que tal o cual producto participaban de tu propia personalidad, de tu necesaria realización. 

Es el imaginario de un consumo sin límites, esa idea de que la felicidad pasa por la posesión de más y más objetos, esa forma mediante la cual creemos que la civilización y el capitalismo son una sola y misma cosa es lo que hay que volver a plantear si queremos tener una posibilidad de supervivencia. 

Pero no estoy segura de que la humanidad quiera sobrevivir…

–En este encuentro que tuvo con Edward Snowden y Daniel Ellsberg, se percibe que sigue reticente a los motivos patrióticos de su acción. Dicen haber actuado en nombre de cierta idea de Estados Unidos que la guerra de Vietnam o la vigilancia de NSA "traicionan". Rechaza desde hace tiempo el chovinismo pero, si este causa algunas guerras, ¿los hombres, sin embargo, no han alcanzado los estados-nación para combatirse mutuamente?

–Yo no digo que no tengan que existir países o naciones sino que no deberían estar provistos de semejante poder esotérico como en Francia o en India, donde mucha gente estima que sus países encarnan una superioridad cultural o civilizadora. No es ninguna tontería. Hay que relajarse.

 ¿Cómo explicar el fracaso de escritores y artistas que proporcionan un imaginario menos mortífero que el de la bandera? Es muy frecuente que artistas y escritores se plieguen a las demandas del mercado incluso teniendo el deseo de experimentar, porque se espera de ti que experimentes pero dentro de ciertos límites. 

Cuando escribí mi primera novela, El dios de las pequeñas cosas, fui bien acogida; sentí que se esperaba que yo publicara, dos años después, otra novela y así sucesivamente. Pero si yo hubiera querido satisfacer esa demanda, no hubiera podido participar en ninguna de las luchas en las que he participado, ni escribir los ensayos que he escrito. 

Cuando he publicado, en lugar de una nueva novela, El fin de la imaginación, quienes me habían alabado sintieron una rabia loca y me detestaron. El imaginario de consumo infinito ha penetrado en el mundo artístico y asistimos a formas de "cultural washing" lo mismo que vimos con el "green washing". 

El mayor festival de literatura mundial se encuentra hoy en India, en Jaipur. Todo el mundo va allá, los editores, los escritores… Se habla de la libertad de expresión, del arte, mientras que las personas que financian el festival destruyen los pueblos de los bosques y apoyan un gobierno en el que el simple hecho de no ser hindú y nacionalista es considerado un crimen.

 Las compañías mineras financian festivales de cine o de literatura con gentes maravillosas que hablan bajo vigilancia de libertad de expresión mientras sus patrocinadores destruyen el mundo. (...)"            (Entrevista a la escritora y activista india Arundhati Roy, Joseph Confavreux
 , Mediapart, en Rebelión, 22/10/16)

25/1/08

Tres diques contra el grado último de la barbarie

“El punto de partida del pensamiento de Marzano es que no se han cumplido las previsiones del sociólogo Norbert Elias, anteriores a la II Guerra Mundial, en el sentido de que la brutalidad estaba siendo progresivamente contenida, "civilizada". "Muy al contrario. Al fanatismo islamista se responde revocando la Convención de Ginebra para los prisioneros de guerra iraquíes, torturados en la prisión de Abu Ghraib. Para mí existe una diferencia fundamental entre estas imágenes y las que mostraban el horror cuando se liberaron los campos nazis. Tras las últimas hay un punto de vista, una denuncia, mientras que las primeras invierten los términos: no habría muerto si no estuviera ahí una cámara para enseñarlo. Es la reificación máxima del cuerpo".

La barbarie, pues, no ha dejado de crecer, hasta llegar a la destrucción del menor resquicio de sentido. ¿Qué hacer? Marzano propone poner límites a la difusión de estas escenas, pero ahí se ha topado con los defensores a ultranza de la libertad de expresión e información. "En Francia, donde los periodistas han tomado el lugar de los intelectuales, he tenido una dura polémica con el Nouvel Observateur, que puso en la Red en agosto pasado la decapitación en Rusia de un individuo a manos de un supuesto grupo nazi

[luego se demostró que todo era un montaje]. Estoy en contra no ya de la difusión, sino de la falta de jerarquía de las imágenes, de que se sirvan sin ir acompañadas de instrumentos críticos, interpretativos. Creo que haciendo eso los periodistas dimiten de su responsabilidad, de su tarea, que es la de mantener un punto de vista. Cosa que no impide, por cierto, que sean lo más objetivos posible".

Siguiendo a Freud, Marzano propone tres diques "al grado último de la barbarie" (Steiner, 1971) que vivimos a partir del siglo XX: "El pudor por el propio cuerpo, el disgusto frente al cuerpo del otro vejado y el más importante de todos, la compasión, en su acepción etimológica: sufrir con el otro". (El País, ed. Galicia, Cultura, 24/01/2008, p. 46)