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3/8/22

Edurne Pasabán: “Me enfrentaba a la muerte en el Himalaya, pero no podía ser feliz”... La alpinista, primera mujer en subir los 14 ochomiles, habla de su depresión e intentos de suicidio y de la importancia de cuidar la salud mental

 "Hubo cimas más altas en la vida de Edurne Pasabán (Tolosa, Gipuzkoa; 48 años) que los 14 ochomiles que subió, la primera mujer en coronarlos. Después de superar una depresión que la llevó al intento de suicidio, la alpinista disfruta hoy de su hijo Max, de cinco años, y comparte su experiencia sobre el deporte de élite y la salud mental.

Pregunta. ¿Quién es hoy Edurne Pasabán?

Respuesta. Una chica que luchó por su pasión, escalar montañas, y que logró que su pasión fuera su propósito de vida. Hoy no subo ochomiles, pero la montaña sigue en mí. Lo que aprendí lo enseño a los demás.

P. ¿En qué le ha cambiado ser madre?

R. Tengo mucho más miedo. Yo he vivido muchas cosas y muy al extremo. Antes no pensaba si podía pasarme algo y ahora sí. Me encantaría ir al Himalaya dos meses al año, pero estoy en otra etapa de la vida.

P. ¿Le gustaría que su hijo fuera alpinista?

R. Egoístamente, no. Conozco el riesgo de lo que he hecho y no quiero sufrir sabiendo que mi hijo está ahí. Mis padres no conocían el volumen de lo que hacíamos nosotros, y nos dejaban ir. Pero yo lo sé y no quiero sufrir. Aunque si él quiere, le apoyaré.

P. ¿De qué está más orgullosa en su carrera?

R. De conseguir vivir de esto. Era un deporte minoritario. Dimos más visibilidad a cuatro pardillos que iban al monte.

P. ¿Ser la primera mujer con los 14 fue un deseo, un reto, un negocio…?

R. Hubo etapas. Al principio yo era una chavala de 24 años que tiene un sueño, los Himalayas. Era una historia de aventura, de amor. Luego empieza al Al filo de lo imposible, en TVE, y nos profesionalizamos. Hasta entonces me buscaba la vida para buscar dinero y viajar, sin ninguna ayuda, vendiendo camisetas y boletos de Navidad, algo que me daba la diputación del pueblo por hacer el Everest… Luego llegó un punto en que dije que eso no era un juego. O echaba para delante o para atrás. Me estaba haciendo adulta. En 2007 se crea el proyecto de los 14 ochomiles. Tenía que vender que iba a ser la primera mujer en subirlos, o no conseguía patrocinadores. Ya había más presión. La responsabilidad en la mochila fue cargándose. Empezó una competición con una italiana, una austriaca y una coreana que tenía unos recursos muy grandes. Mi expedición gastaba 130.000 euros y la suya al Annapurna costó cinco millones, con satélite, la tele en directo… Yo tenía la misma ilusión que al principio. El jamón envasado al vacío que me ponía mi madre era el mismo.

P. ¿Pagó algún peaje?

R. Yo me empiezo a ganar la vida con esto a los 35 años, cuando un deportista en otra disciplina a esa edad ya se ha retirado. Cuando me hago profesional, es un momento difícil para una mujer, porque a los 31 o 32 la sociedad nos hace sentir que te tienes que buscar una pareja y crear una familia. Yo, en cambio, me pasaba siete meses en el Himalaya jugándome la vida. Y no solo eso, sino que mis compañeros varones sí lo podían hacer. Ellos tenían la foto de sus hijos en el campo base. A mí eso me pesaba.

P. ¿Ahí nace su depresión?

R. Sí, fue en 2006. Todo se detona porque me deja una pareja. Y tiene que ver con compaginar una cosa que me apasiona con otra que deseaba. Caigo en un agujero y culpo a la montaña. Me decían: “Cuánto vas a la montaña, cómo vas a tener a alguien que te aguante…”. No fue que la montaña me agobiara o la presión de acabar los 14. Ese año es el único que no subo a un ochomil, mi batería se agota, desconecto. Tuve mucha ayuda en la familia y en mi gente de los ochomiles. Ellos sabían que me tenían que convencer para volver.

P. Usted hacía algo que sería un sueño para muchos…

R. Sí, pero cuando una persona cae en una depresión, aunque te digan que lo tienes todo, en ese agujero no ves nada. En 2007 me organizaron una expedición al Broad Peak, hicimos cumbre y fue muy bonita. Mis referentes han sido mis amigas de clase, de toda la vida, con las que hablaba de sus maridos, sus hijos… iba a una cena y solo se hablaba de eso. En aquel campo base me acompañaron algunas. Fue brutal. Todavía me saltan las lágrimas. Me dijeron: “Déjate de chorradas, vete ahí arriba”. Y cambié el chip.

P. ¿Cómo llega al punto de querer quitarse la vida dos veces?

R. Fueron momentos muy duros. El lunes cumplo 49 años. Me parece una brutalidad. El tiempo pasa superrápido y no quiero cumplir años. Tengo tantas cosas que quiero hacer que no me da tiempo. Me hago mayor, no puedo hacer las cosas como antes y me jode. Literalmente, me jode hacerme mayor. Pensando en esto hace unos días, volví a ese 2006 y me dije: ¿Cómo he intentado quitarme la vida diciendo que esto es una mierda, que no me merece la pena vivir? Gracias que aquello no ocurrió. Soy de las personas afortunadas para las que querer quitarme la vida no funcionó, o no fui lo suficientemente valiente. Qué suerte.

P. ¿Deseaba su muerte o acabar con el dolor?

R. Terminar con el dolor. Es tan grande que quieres quitártelo y es la única forma. Si te duele la pierna, tomas un ibuprofeno. Ese dolor del alma, dentro de ti, es muy difícil de quitar y la pelota se va haciendo más grande.

P. Llegó a buscar en internet cómo hacerlo. ¿No le asusta ahora eso?

R. Me asusta la gente, la situación que están viviendo muchas personas hoy, pasando por lo mismo que yo pasé. A mí no me asusto yo ahora mismo. La gente que hemos pasado una enfermedad mental podemos volver a tener lo mismo, pero me conozco mucho más y sé que cuando el semáforo pasa de verde a ámbar, tengo más conocimiento de mí misma y estoy más tranquila. Y esto ya me ha pasado. No voy a decir que en estos 10 últimos años no he tenido que volver a tener antidepresivos. Cuando tengo esa ansiedad o esa angustia, me lo controlo más. Aquello de intentar quitarme la vida ahora no me da miedo, pero sí todo lo que veo fuera.

P. ¿Su punto más bajo?

R. Ingresar en un hospital psiquiátrico. La depresión sigue siendo un tabú. Si me detectan un tumor, voy hoy mismo a tratarme. Pero cuando tienes una enfermedad mental y has de dar ese paso es superduro. Tu familia, tu entorno, tú, la sociedad, no lo acepta. Cuando me ingresan, mi hermano le hace parar el coche a mi padre diciendo que cómo me iban a dejar ahí dentro. Y mi madre dejó de ir a tomar café por las mañanas con las amigas para no dar explicaciones. Si yo hubiera tenido un cáncer y hubiera estado en quimioterapia, no hubiera hecho lo mismo.

P. ¿Usted podía enfrentarse a un ochomil pero no a la vida real?

R. Eso es. Todo el mundo me lo decía. Me enfrentaba a la muerte cada día en el Himalaya, había perdido a muchísimos amigos, íbamos cinco a una expedición y volvíamos cuatro, pero no podía estructurar mi vida y ser feliz. Podía ver morir a un amigo en el monte, pero no podía superar que me hubiera dejado un tío, que me dijera mi abuela que se me iba a pasar el arroz…

P. ¿El deportista ha de ser invencible?

R. Eso es, y no es así. No somos invencibles, somos reales.

P. ¿Qué mensaje quiere transmitir?

R. Pide ayuda. Ese es el gran problema de nuestros jóvenes, que no piden ayuda. Por miedo al rechazo, al no.

P. ¿Cuál es su decimoquinto ochomil?

R. El más difícil y el más importante de todos, mi hijo Max. Los otros los puedo olvidar, pero este está presente cada día. Lo que hace hoy feliz a Edurne Pasabán no son los 14 ochomiles que subió, sino Max.

En helicóptero del spa de un hotel al Everest

Las colas en el Everest y el K2 espantan a Edurne Pasabán, símbolo de una época en que en la montaña podía encontrarse la soledad. “Hoy es un negocio. Cuando veo esos atascos pienso lo afortunada que soy de haber vivido otro tiempo. No había nadie, solo una pared a la que poníamos 5.000 metros de cuerda. Hoy esas 145 personas que suben en un día al K2 están todos locos”. 
Pasabán opina sobre este alpinismo de récords y masificación: “No es la cantidad, sino la calidad, la ética. Hemos visto subir los 14 ochomiles en seis meses pero en esa película no se ve que encadenar Lhotse, Everest y Makalu es inviable si no usas un helicóptero, oxígeno y cuerda hasta arriba. A mí llegar al campo base me llevaba 10 días caminando. Ahora estás en el campo 2 del Everest, a 6.500 metros, un helicóptero te lleva al mejor hotel de cinco estrellas de Katmandú, estás en el spa por la tarde y cuando descansas cuatro días te devuelve al campo 2. Yo recuerdo estar cuatro días con una chica con la cadera rota, encima de una mesa, esperando ayuda”."   
             (Juan Morenilla , El País, 31/07/22)

15/12/20

Falleció Alejandro Sabella, maestro del fútbol... llevó al Estudiantes a jugar la final del Mundial de Clubes contra el Barcelona de Messi y Pep Guardiola, uno de los mejores equipos de la historia. Nunca David estuvo tan cerca de derrotar a Goliat

 "Cada vez que habla frente a un micrófono, Sabella mira hacia abajo. Ni a las cámaras, ni a los ojos de un eventual periodista, ni hacia los costados. Sabella mira hacia abajo, piensa cada palabra, arma ideas, fundamenta decisiones tácticas. 

Con su muerte, el fútbol argentino pierde a uno de los mejores directores técnicos de los últimos treinta años; pero también pierde a una persona comprometida con las injusticias diarias, pierde a un propagandista de la solidaridad y la ayuda mutua. Era consciente del eco de sus declaraciones, y se hacía cargo de eso. Sabía que cada minuto frente a un micrófono implicaba que miles de pibes detuvieran lo que estaban haciendo para escuchar lo que decía el Profesor. Sabella hablaba y la pelota paraba de rodar.

Alejandro Sabella murió a los 66 años producto de una insuficiencia cardíaca. Había sido internado el mismo día en que falleció Diego Maradona, y es inevitable pensar que esa noticia pudo haber sido la estocada final a un estado de salud deteriorado desde finales del 2014. Lo cierto es que en diez días fallecieron el ídolo máximo del fútbol argentino y la persona que mejor lo supo interpretar en las últimas décadas. Sabella fue el responsable de devolverle la ilusión a un país entero, después de cuatro mundiales con actuaciones para el olvido.

Fiel alumno y mejor profesor de la Escuela de Estudiantes de La Plata, sabía que para que un país pueda soñar nuevamente con salir campeón del mundo había que estudiar, había que trabajar. Y eso hizo, incansablemente, en cada uno de los partidos que dirigió. Así sacó campeón a Estudiantes de la Copa Libertadores 2009. Así fue a jugar la final del Mundial de Clubes contra el Barcelona de Messi y Pep Guardiola, uno de los mejores equipos de la historia. Nunca David estuvo tan cerca de derrotar a Goliat.

Sabella solía contar que dividía la charla técnica en tres momentos: primero: estrategia del juego y táctica a utilizar (acá puede verse la explicación que hace a un conjunto de periodistas sobre cómo diseñó ese juego). Segundo, utilización de la pelota parada y sus diferentes usos. Tercero: palabras motivacionales, encuentro místico con el equipo. Decía, también, que después de esa charla se sentía liberado. Reconocía que le costaba, que lo desgastaba. Eran horas y horas de trabajo y estudio en la semana, que debían sintetizarse en 15 minutos para luego ponerse a prueba dentro de la cancha.

La parsimonia que lo caracterizaba fuera del campo del juego se suspendía cada vez que el árbitro pitaba anunciando el comienzo del partido. Movedizo, charlatán, comentando cada jugada con Gugnali y Camino, sus históricos ayudantes de campo. Todo el desgaste era necesario para conseguir lo que iba a buscar: el triunfo.

Sabella diseñaba estrategias para ganar, y si eso implicaba realizar un esquema capaz de escandalizar a toda la prensa, lo iba a hacer. Y si realizar algún cambio generaba rispideces con los referentes del plantel, lo iba a hacer. Y si poner una línea de 5 defensores contra Bosnia Herzegovina en la fase de grupos del Mundial iba a generar que un país entero lo cuestione, ¿adivinen qué? Lo iba a hacer.

Porque el fútbol no es una ciencia exacta, y necesita de conductores capaces de tener la mayor flexibilidad táctica, organizadores colectivos que no se dejen presionar por la prensa canalla. El análisis concreto de la situación concreta, llevó a Sabella a lograr interpretar cada partido con una precisión exquisita. Después se podía ganar o perder, pero terminaba siendo una eventualidad. El principal legado futbolístico de Sabella es trabajar y estudiar cada partido, cada rival; hacer autocrítica; cambiar todo lo que deba ser cambiado de una fecha a otra.

***

Alejandro Sabella es de esos tipos que cerraban la grieta. Es muy difícil no quererlo. Incluso todos aquellos periodistas que operaron día y noche en su contra durante la previa y las primeras semanas del Mundial, tuvieron que tragarse una a una sus palabras. No encontraban en Sabella un personaje con ánimo de polemizar, no era un buen invitado para el talk-show futbolístico. Era un tipo de silencios, laburo y acción. Y así también era en su vida privada.

Casado con Silvina, una militante barrial de Tolosa (localidad de la ciudad de La Plata), construyeron una pareja sensible y militante contra las desigualdades históricas de nuestro país. Su casa no solo dispuso siempre de un plato de comida para quien lo necesitara, sino que también funcionó como un refugio para los vecinos que en el año 2013 sufrieron la peor inundación en la historia de la ciudad.

En sus pocas apariciones televisivas, en sus participaciones en eventos sociales, siempre buscaba el momento para intentar transmitir su plexo de valores y principios, principalmente dirigido hacia los jóvenes:

  • Ningún jugador vale más que todo el equipo.
  • Para ser mejor profesional, hay que ser mejor persona.
  • No hay entrenador sin comunidad.
  • Hay que poner el bien común por encima del individuo.

Alejandro Sabella es el nombre de la gloria para dos generaciones enteras de hinchas de Estudiantes de La Plata; es el nombre de la recuperación de la ilusión con la Selección para millones de argentinos y argentinas; Alejandro Sabella nos convidó el fútbol como vehículo para pensar otras formas de construir los vínculos en el deporte, como una posibilidad para construir comunidad. Acá hay una Escuela que no lo va a olvidar."                    (Ignacio Saffarano, JACOBIN América Latina, 10/12/20)

30/4/20

Michael Robinson: el fútbol está secuestrado por el dinero desde hace tiempo. El fútbol es el opio de las masas y por tanto las congrega en todo el mundo. Entonces, ¿a quién le importa las masas? A los políticos, pero, sobre todo, a las grandes fortunas, al dinero...

"(...) -¿Por qué el fútbol une tanto?

Es la pregunta del millón. Según mi padre, antes de ver mi primer partido en Anfield, le dije: “Papá, de mayor quiero ser futbolista”. Y eso que ni siquiera habían salido los jugadores. Yo creo que era por la atmósfera de Anfield y por sus cánticos. Cuando sonaron los primeros acordes de You’ll never walk alone y empezaron a salir los jugadores del Liverpool, yo pensaba que eran gladiadores. 

Y lo eran. Por momentos, vibramos. ¡Vibramos! La música también me transporta, pero no de la misma forma que lo hace el fútbol. Es simplemente diferente. Puedo llegar a gritar, llorar de alegría o de tristeza. El fútbol te puede ofrecer muchos extremos sin que el espectador invierta mucho de sí mismo en ello.

-Antes ese sentimiento era mayor, ¿no?

No lo sé. Creo que antes veíamos al futbolista como a un gran deportista. Seguramente, de niño no sólo yo dije: “Papá, quiero ser como este de mayor”. Desde luego, en el Reino Unido, el futbolista era visto como un pilar de la sociedad; ahora no. Ahora lo vemos como un futbolista-rock star-movie star. Es glamuroso hasta que deja de serlo y se convierte en un juguete de ira o de desprecio.

A nivel periodístico, muchas veces banalizamos el rol del futbolista y del fútbol. Y esa banalización tiene fácil acogida porque no requiere un conocimiento del receptor de la información. Y mientras no retes al receptor de la información, se convierte en algo muy fácil de tragar.

-Ha definido muy bien cómo funciona hoy en día buena parte del periodismo deportivo.
Hay de todo. Yo entiendo que es popular pensar que somos todos una banda. Pero también creo que a veces los comentaristas políticos tienen suerte de que no haya elecciones una vez a la semana [hace una mueca de ironía y levanta una ceja].

-¿Se está convirtiendo el fútbol o se convertirá en algún momento simplemente en la pasta por la pasta?

Bueno, para mí el fútbol está secuestrado por el dinero desde hace tiempo. El fútbol es el opio de las masas y por tanto las congrega en todo el mundo. Entonces, ¿a quién le importa las masas? A los políticos, pero, sobre todo, a las grandes fortunas, al dinero. No hace falta ser un lumbreras. La parte noble de la FIFA está tras las rejas, mientras la otra mitad espera su turno.

 El presidente de la UEFA está inhabilitado durante muchos años y hemos visto cómo últimamente no hay un rico bien vestido en el mundo que no tiene un equipo de fútbol. Uno de los casos más graves lo vimos en el Granada esta temporada. Ficharon a veintiún futbolistas de veintiún países distintos porque, claro, no hay negocio en subir a un chaval del filial. Luego acaban últimos, hacen el ridículo, juegan como juegan contra el Real Madrid y sus aficionados lloran. En ese caso concreto me dio la sensación de que el fútbol había sido pervertido. Y me da asco.


-El objetivo de los políticos de controlar a las masas a través del fútbol es muy antiguo. Y hoy sólo hay que ver los palcos durante los partidos.

Los políticos ya no son lo que eran; han sido suplantados por el dinero. Antes, daban los permisos para que alguien se hiciera rico; ahora, los ricos ponen a los políticos. Es la versión del capitalismo desbocado. No pasa nada con el capitalismo, sino con cómo se administra éste. Cuando sucede esto, acaba con cosas como un constructor siendo presidente de EEUU.

 Ahora, si un partido necesita financiación para su campaña para ganar las elecciones, un tipo llega y dice: “Yo tengo una billonada y voy a hacer la campaña para fulanito”. Entonces, fulanito gana y devuelve los favores. Entonces, la fortuna suplanta a la política. El dinero ha conseguido comprar todo. Ha comido todo, lo ha masticado y ha escupido las sobras, que es lo que ha quedado para el resto de la gente. Estamos en un mundo de desigualdad. Antes pensábamos que la desigualdad era cuando veíamos en un anuncio de Oxfam a un niño con hambre en África, llorando, con moscas alrededor. Pero no; ahora lo tenemos a veinticinco metros de nosotros. ¿Qué hemos hecho, joder? Pero, ¡¿qué cojones hemos hecho?!

-El hecho de que ese tipo de personas, como Trump, llegue al poder o se produzcan otro tipo de fenómenos políticos también ha sido permitido por el pueblo, por el electorado.
No siempre. El dicho es: “Tenemos a los políticos que nos merecemos”. Pues no es así. A mí, nadie me preguntaba quién va a liderar el PSOE, sino a los militantes. Yo no decía nada sobre que Rajoy fuera el candidato después del señor Aznar. Yo no sabía qué coño era Podemos y tú tampoco. 

Luego se nos presenta un panorama para unas elecciones y pienso que hay mucha gente que se siente huérfana. Nos faltan ideólogos. Pero es que cuando la política pierde su poder frente al dinero, ¡vete tú a saber quién va a ser el candidato dentro de unos años! Quizás en EEUU hay unas elecciones entre Mickey Mouse y Trump. Y entre los dos, casi prefiero al primero [risas].


-Se mostró “avergonzado” y “devastado” por el "sí" en la votación del Brexit.

Sí, siento vergüenza de mi país de nacimiento. Yo nunca he visto una campaña tan sumamente sucia. Pensaba que escondíamos con más amabilidad y elegancia nuestra mala hostia. Pero no, la campaña estuvo llena de mentiras. Y es raro que los políticos ingleses mientan, y, más aún, que lo haga un inglés. Nosotros utilizamos más lo que yo llamo la economía de la verdad. Los que votaron el Brexit, lo hicieron envueltos con la bandera de la Union Jack, confundidos por un patriotismo terrible.

En la historia de Reino Unido, un británico puede sentirse orgulloso de que hayamos sido luchadores antifascistas dos veces en guerras. Y ahora hay otro capítulo, en el que en momentos de terribles incertidumbres, el Reino Unido ha dado la espalda a Europa. No creo que mi padre, que estuvo seis años tras las líneas enemigas durante la Segunda Guerra Mundial, luchara para esto. 

Además, el voto del Brexit, ha sido un sufragio de arrogancia severa, xenófobo y racista. Y creo que todos estos adjetivos que estoy usando tienen algo que ver con lo que pregonó Hitler. Cuando las cosas van mal, necesitas cagarte en alguien, y será en cualquiera menos en nosotros. ¿Cómo podemos pensar que podemos vivir perfectamente sin nuestros amigos europeos? ¿Quién coño nos creemos?


-Usted se crio en un hotel familiar en Blackpool.

Sí, fue maravilloso. Había mucha playa, mucho fútbol y muchos coros. Nuestros principales clientes eran la clase obrera, los mineros sobre todo, y no había mina que no tuviese coro. También en Blackpool teníamos una fábrica de armas… Realmente, Blackpool era como un Las Vegas a lo cutre. 

Y eso es muy cutre porque Las Vegas es bastante cutre en sí [risas]. Es un poco como Atlantic City. Había muchas tragaperras y tal, pero nuestros clientes eran más bien mineros de Yorkshire, Gales y Escocia, a los que yo veía como a gladiadores. Recuerdo haberme quedado dormido muchas noches al son de los coros. Yo salía del colegio a las 16.00 y a las 17.00 sonaba la sirena del cambio de turno y venían al hotel. Tenían unas manos muy grandes y todos tenían sus opiniones, pero nadie les escuchaba. 

Ahora me pregunto qué será de ellos. Thatcher cerraba sus minas y, por consiguiente, cerraba sus pueblos. Eran nietos de la Revolución Industrial que hizo a Reino Unido grande, pero resultó que ni siquiera eran obreros, sino sobreros. No hubo ningún intento, ni siquiera amago, de transformar sus pueblos, ni de darles nuevas habilidades. Simplemente, dejaron de existir.

-Allí dio sus primeras patadas a un balón.

Sí. Es que el futuro de ellos, de esos obreros, iba a ser el mío, de no ocurrir un milagro. Y yo dudaba de que pudiera hacer lo que estos gladiadores hacían. Lo esquivé jugando al fútbol. Y desde entonces he estado esquivando el trabajo [risas]. Tendría mucha cara para decir que yo trabajo, sobre todo proviniendo de donde yo provengo.

-En su época del Liverpool, eran el orgullo del pueblo machacado por Thatcher.

Sí, pero tampoco es que el Partido Laborista se cubriera de gloria. Ella podía ir cerrando minas, fábricas y astilleros porque tampoco nadie allí iba a votar a los conservadores. Eran todas ciudades laboristas. Me acuerdo de que cuando yo jugaba en el Liverpool, el alcalde era aficionado del Everton y la retó. Mira, tú puedes retar a quien quieras, pero no retas a la Thatcher. Él decidió seguir invirtiendo y gastando dinero hasta que Liverpool se quedó en bancarrota, sabiendo que ella tenía que rescatar Liverpool o una grandísima ciudad se iba a tomar por culo. Y nos fuimos a tomar por culo.

Me acuerdo cuando fiché por el Liverpool y mi mujer y yo estábamos buscando casa en la ciudad. Ella es muy buena nadadora y fuimos a una piscina. Yo tenía esta cadena de oro [la saca del interior de la camisa y la muestra] y cuando estaba cambiándome, vinieron dos niños y uno me preguntó: “Tú eres futbolista, ¿no?”. Yo pensaba que me había reconocido. 

Y dije: “Sí, sí”. Él respondió: “Ya, me lo imaginaba porque sólo los futbolistas pueden tener una cadena de oro”. En aquellos tiempos, Liverpool era tal vez la única ciudad que yo conocía en la que los niños salían a la calla a morder a los perros. Aquello era duro y nosotros [se queda en silencio unos segundos] fuimos la única buena noticia que tenía esta gente. Ellos, como decíamos antes, fueron comidos, masticados y escupidos. Sobrantes, obreros.

-¿Les pesaba, le pesaba, el que fueran la única buena noticia de la ciudad en aquella época?

Sí. En aquellos tiempos, los dos equipos no salían juntos. Salía primero el visitante y luego nosotros. Entonces, recuerdo a nuestro entrenador, Joe Fagan, como a un sargento de Canción triste de Hill Street, que antes de salir nos decía: “No olvides: esta gente os ama con toda su alma. Ámalos también”. Y era todo una emoción… era casi un chantaje moral. Yo nunca me acostumbré a tener esta maravillosa responsabilidad. Cuando jugaba como visitante, salías al campo y con los primeros acordes de You’ll never walk alone salían aquellos gigantes rojos. Entonces, te sentías como un cordero camino del matadero [risas]. Tu rol era perder, irte a casa e intentar no romper nada.

Después de unos años, llegué a jugar para el equipo de mis sueños, salí quinto justo en el estribillo de You’ll never walk alone. Lo que yo había cantado años antes, ahora lo cantaban para mí. Yo nunca iba a caminar solo. En ese momento, me hubiese cambiado por ser uno de esos corderos camino del matadero. Llegué a cuestionarme si yo estaba a la altura de semejante adoración. ¿Fui suficientemente grande para nunca caminar solo el resto de mi vida? Eh… uf…. [duda] ¿Era tal vez demasiado consciente? Muchas veces, en esos momentos, la inconsciencia es un grado a favor. Me acuerdo de que, después de ese partido, un periodista me preguntó si pesaba la camiseta. Y yo le dije: “Mucho, porque yo estoy acostumbrado a llevar el ‘9’ y llevo el ‘10’, dos números. Pesa la hostia” [risas].

-Entonces, ¿se siente digno de nunca caminar solo?

Lo que puedo decir es que hasta que yo me fui, cumplí con el propósito que siempre he tenido en todo lo que hago en la vida: ser generoso con tu esfuerzo y ofrecer todo lo que tienes. Eso sí lo hice. Aquella temporada también ganamos un triplete, algo que nunca había conseguido un club inglés hasta entonces. Intenté hacerlo lo mejor que podía, que es lo mínimo. Di todo lo que tenía.

-Pese a todo, llegó a votar a Thatcher en una ocasión.

Sí, y me arrepiento. ¿Sabes por qué la voté? Porque no entendí a Neil Kinnock [candidato del Partido Laborista], que estaba a favor del desarme unilateral. Mi padre era conservador y nunca hemos estado de acuerdo políticamente. Pero aquel fue uno de esos momentos despistados en que le hice caso. Me arrepiento y se lo dije al muy cabrón de papá [risas]. Él me decía: “¿Cómo puedes votar a alguien que va a dejar a Reino Unido indefenso ante enemigos como la URSS?”. Y me lo tragué.

-Es usted laborista entonces.

Sí, pero yo quizás soy de las pocas personas sobre la faz de la Tierra que piensan que Jeremy Corbyn puede ganar. El viento está a favor.  (...)

-Después se fue a acabar su carrera en el Osasuna. Para un ateo como usted, debía resultarle extravagante y sorprendente que rezaran en el vestuario antes de saltar al campo.

Ateo o galopantemente agnóstico. Era realmente un shock. Yo recuerdo que íbamos desbocados hacia el descenso y pensaba que ellos se habían equivocado con el fichaje y se creían que habían fichado a Copperfield o a Spiderman. Le comenté a mi padre: “Papá, este equipo desciende”. En mi debut, en San Mamés, perdimos 4-1, pero podía haber sido 12-2. Al acabar, llamé a mi padre y le dije: “Papá, mis sospechas se han confirmado: somos muy malos. Fíjate si somos malos que tenemos que rezar antes de salir” [risas]. Claro, que también el equipo era del Opus Dei [risas].

-En aquella época, media España aún no se había modernizado.

En Inglaterra tenemos villages, towns y cities. La diferencia es la presencia de una catedral. Sin embargo, en España, durante un tiempo, una ciudad de rango se distinguía si tenía un Corte Inglés. Después, el despilfarro de pasta ha llegado a tal punto que ha sido desplazado por un aeropuerto.

¿España le pilló entonces un poco en fuera de juego?

No, me parecía fascinante, me sentía como un perro con dos rabos. Era muy distinto a Reino Unido. También eran momentos políticamente románticos. Había dos grandes oradores: Batman y Robin, Felipe [González] y Alfonso [Guerra]. Yo viví la época dorada de España, cuando ya progresábamos y salíamos un poco de la sombra de los Pirineos. Lejos de sentir algo a lo Bienvenido Míster Marshall, me parecía fantástico. De verdad, porque yo tenía un pequeño complejo por no haber pasado por la universidad. El fútbol me había robado la universidad, pero también podía devolvérmelo con un erasmus muy bien pagado. O decentemente pagado al fichar por Osasuna [risas]. Para mí, era una experiencia de vida. Mi decisión de venir a Osasuna no fue puramente deportiva.

-En su época de futbolista practicó mucho el tercer tiempo.

Después de los partidos sí, me ponía las botas. Pero nunca consumía alcohol cincuenta y cuatro horas antes. Curiosamente, en la comida prepartido era muy frecuente en todos los equipos, no sólo en Osasuna, tomar un sorbo de vino. Entonces, todos los jugadores querían estar en mi mesa porque sobraría una copa de vino. Después de los partidos sí, era como la zanahoria después del esfuerzo.

-El periodismo deportivo, desde hace años, se ha convertido en buena parte en sensacionalismo y chufla, como El Chiringuito de Pedrerol, con quien compartió muchos años en televisión. ¿Qué opina?

Habrá gente a la que seguramente les entretiene. Hay gente para todo. Yo lo que quiero es que Josep [Pedrerol] sea feliz. No veo el programa y no es algo que yo consumiría, pero hay gente que lo ve; si no, no lo estaría haciendo. Menos mal que estamos en España y se puede elegir lo que uno consume. (...)"                   (Entrevista a Michael Robinson, Eduardo ortega, Público, 05/06/17)

2/1/19

"No sé si somos amigos”

"Ciertamente, el escalador Tommy Caldwell necesitaba un amigo cineasta en su vida, porque su existencia es de película. 

El amigo en cuestión, Peter Mortimer, vive en Colorado, rodeado de montañas y escaladores y conoce bien a estos últimos, no en vano ha invertido 10 años de su vida en filmar a Caldwell: “Un amigo que trabaja en Silicon Valley me contó que a los que solicitan empleo les preguntan por sus aficiones y, si la escalada es una de ellas, tiran su currículo a la basura. 

Consideran que nunca se comprometerán al 100% con su trabajo porque siempre piensan primero en escalar”. A su lado, Caldwell, que nunca ha tenido un empleo normal, estalla en una carcajada y asegura que puede dar fe.

 Estos días, el estadounidense, uno de los mayores talentos de la escalada, promociona su libro y su película homónimos, The Push, y ha recalado en el Mendi Film Festival de Bilbao para confirmar que, pese a su biografía hollywoodense, es un tipo sencillo.

En 2015, fue portada del New York Times: escaló en libre la vía más difícil del planeta, alojada en la pared de El Capitán, en el valle de Yosemite. Él y su compañero Kevin Jorgeson permanecieron 19 días colgados en la pared, pero lo más asombroso fue el enloquecedor proceso que ambos compartieron.

 Un divorcio traumático empujó a Caldwell hasta El Capitán, un escenario que dominaba al que regresó buscando su reconstrucción anímica y, de paso, el reto de su vida: una vía que recorriese la parte más lisa de la montaña. Pasó meses colgándose de unas cuerdas buscando un camino escalable y, cuando dio con la solución, empezó su vía crucis. Él y Jorgenson invirtieron siete años en lograr su descabellado propósito.

En realidad, esta fue la segunda vez que toda Norteamérica supo de Caldwell. En 2000, cuatro talibanes le secuestraron en Kirguistán junto a su prometida y dos amigos más. Los cuatro descansaban en hamacas colgadas a 300 metros cuando varios disparos rebotaron en la pared. 

Conminados a descender, secuestradores y secuestrados iniciaron una delirante huida por las montañas mientras el ejército kirguís les pisaba los talones. Sin comida ni ropa de abrigo, la comitiva avanzaba de noche y se escondía en cuevas y agujeros, a veces respondiendo a las emboscadas. Los talibanes ejecutaron delante de los norteamericanos a un militar capturado y ellos empezaron a hacerse a la idea de lo que les esperaba. 

Tres de los cuatro talibanes se separaron para encontrar víveres, mientras los rehenes buscaban cómo escapar. Trepando de noche, Caldwell agarró el Kalashnikov de su captor y lo empujó al vacío. Matar para sobrevivir. Sencillo, aunque él no dejó de torturarse. La culpa no le abandonó hasta años después, cuando una investigación desveló que el captor había sobrevivido.

 

“No sé si somos amigos”


El carácter de Caldwell se forjó a rueda de un padre desbocado. A los cuatro años, los profesores insinuaron a sus progenitores un posible retraso. Eso, y su aspecto endeble, la mirada huidiza tras unas gafas colgadas de unas orejas de soplillo, sirvió para que se convirtiese en un niño retraído. Pero su padre tenía un plan: había que endurecer al chaval.

 “Era culturista, tenía don de gentes, se hinchaba a esteroides, como todos en esa época, pero también sentía pasión por la escalada y, cuando se rompió el bíceps, se volcó con la montaña”, explica. Sin cumplir los 12 años, Caldwell ya había escalado paredes que escaladores de nivel tardan años.

Su matrimonio con Beth Rodden, la misma con la que vivió su secuestro, fue una réplica de su relación paterna: durante años vivieron como lapas, ligados por el trauma de su secuestro, hasta que ella lo dejó por otro: necesitarle no significaba quererle. Esto último condujo a Caldwell a su loco proyecto en Yosemite.

Cuando mejor preparado estaba, quiso calzar su lavadora con un taco de madera y perdió la mitad de su dedo índice con una sierra mecánica. Le desahuciaron para la escalada, pero regresó más fuerte. Necesitaba un compañero y el que más insistió era más joven que él, más fuerte pero sin experiencia. 

“Aunque hemos soportado todo tipo de situaciones, no puedo decirte si Kevin Jorgeson y yo somos amigos. Recién divorciado, necesitaba hablar con alguien y en la pared solo estábamos los dos, pero en cuanto dejábamos de hablar de escalada, se hacía el silencio. Le tengo en gran estima, pero no sé qué relación tenemos”, confiesa."                 (Óscar Gogorza, El País, 31/12/18)

18/4/18

Ansiedad en la élite... la angustia de buscar el éxito

"Para muchas personas, los futbolistas que están en la élite no tienen motivos para quejarse de su vida. Hacen lo que les gusta y viven muy bien gracias a ello. Trabajan diariamente menos horas que el resto, ganan mucho dinero, tienen buenos coches, casas y son idolatrados por los aficionados. Pero esa imagen no siempre se ajusta a la realidad. 

Ese trabajo tan envidiado también es foco de preocupaciones. Y puede llegar a convertirse en un enemigo peligroso. André Gomes, jugador del FC Barcelona, ha querido mostrar la otra cara. Esa en la que las inseguridades, la presión o la ansiedad pueden convertir esa idílica vida en “un infierno”.

El centrocampista portugués, que llegó al club azulgrana en 2016 tras destacar en el Valencia, ha reconocido en la revista Panenka que “los primeros seis meses en Barcelona fueron bastante bien, pero luego las cosas cambiaron. Quizá la palabra no sea la más correcta pero se volvió un poco infierno, porque empecé a tener más presión.

Ahora la sensación que tengo en los partidos es mala, no me siento bien en el campo, no estoy disfrutando de lo que puedo hacer”. Pese a no ser titular, sÍ ha jugado bastantes minutos en la temporada pero al no tener buenas actuaciones, ha recibido duras críticas en los medios y protestas desde la grada, una circunstancia que se ha vuelto contra él. 

“Me ha pasado en más de una ocasión eso de no querer salir de casa porque la gente te pueda mirar. He tenido miedo de salir a la calle por vergüenza…  Por eso me encierro. No me permito sacar la frustración que tengo. Entonces, lo que hago es no hablar con nadie, no molestar a nadie. Es como si me sintiera avergonzado”.

La confesión de André Gomes ha llamado la atención porque no es muy habitual que un futbolista reconozca esos sentimientos. Pero que no sea algo común no significa que no haya más casos. El alemán Mertesacker ha revelado que “siempre vomito o tengo diarrea antes de los partidos. 

Es como si mi cuerpo dijera simbólicamente esto es vomitivo… Ahora mismo prefiero estar en el banquillo o incluso en la grada. Tengo la sospecha de que algunas de las lesiones que he tenido tienen un trasfondo psicológico, que el cuerpo intenta dar paz a la cabeza”. El exatlético Kiko declaraba hace unos días en la SER que tuvo una época en la que “llegué a exagerar alguna que otra molestia para no jugar partidos. 

Tenía desconfianza, miedo a salir y no estar a la altura”, mientras que el ex madridista Álvaro Benito admitía que “algún compañero que estaba siendo silbado en el Bernabéu nos pedía que no le pasáramos el balón, y otro que no jugaba habitualmente, si veía que llegaba un partido en el que le podían alinear siempre decía tener algún problema físico”.

De hecho es un problema más extendido de lo que podríamos pensar si nos atenemos al estudio que hizo el sindicato mundial de los futbolistas, FIFPro, en 11 países. De los 826 jugadores que participaron, un 38% de los jugadores en activo y un 35% de los que ya se había retirado confesaron haber sufrido episodios de depresión y ansiedad en el desarrollo de su profesión. Unos síntomas que no sólo los padecen los futbolistas.

Rafa Nadal también ha pasado a lo largo de su carrera por momentos en los que la tensión le ha bloqueado. Y baloncestistas de la NBA como Kevin Love, una de las estrellas de los Cavaliers, finalista de la Liga los tres últimos años, reconoció hace unas semanas en The Players Tribune que el pasado 5 de noviembre, durante un encuentro con los Atlanta Hawks, tuvo un ataque de pánico. 

“Vino de la nada. Nunca antes había tenido uno. Ni siquiera sabía si eran reales. Pero era real, tan real como una mano rota o un tobillo torcido. Desde ese día, casi todo sobre la forma en que pienso sobre mi salud mental ha cambiado”.

Viendo estos casos y muchos otros que no son públicos, no es de extrañar que la figura del psicólogo deportivo esté cada vez más valorada entre los clubes y los profesionales. Una de las más influyentes es Patricia Ramírez, que ha trabajado con varios equipos de fútbol y es autora de numerosos libros sobre autoestima, liderazgo y hábitos, como Si salieras a vivir, que acaba de publicar. 

Confiesa a CTXT que a ella no le sorprende que un deportista sufra estos problemas “porque la ansiedad es una emoción que nos puede afectar a todo el mundo. No podemos tener la imagen de que un deportista de alto rendimiento es un superhéroe incapaz de sentir. Es una persona como otra cualquiera y la respuesta a la ansiedad la llevamos todos en el código genético y nos ayuda a ponernos a salvo en una situación que interpretamos como amenazante”.

Otra de las referencias en el campo de la psicología deportiva es Pablo del Río, que trabaja en el Consejo Superior de Deportes con deportistas de 15 disciplinas. Del Río explica a CTXT que “la ansiedad no es mala, es necesaria.

 El deportista necesita tener unos niveles de ansiedad que sean óptimos para cada uno, porque prepara al organismo para competir. El problema llega cuando esos niveles de ansiedad se disparan y el deportista no los puede controlar, porque se manifiestan de una forma que son percibidos por el sujeto como una amenaza. Entonces entra en un círculo vicioso que desemboca en crisis de ansiedad”.

 Hay quién cree que hacer público este problema no es beneficioso porque muestras tus debilidades y te hace vulnerable. Los profesionales de la psicología son de otra opinión. Ramírez es contundente en este punto. “El que juzga a una persona porque hable de sus emociones e interpreta que es débil por eso es un ignorante emocional.

 Cuando hablas de tus emociones de alguna forma te liberas. La debilidad está en no saber expresarlas porque hace que tú las gestiones mal. Liberarte de todo eso es un paso para reconocer que hay un problema y poder ponerle solución. Nadie genera un cambio cuando no hay un proceso de aceptación”. 

Del Río asegura que “no hace falta ir poniendo anuncios diciendo ‘me ocurre esto’, pero contarlo te libera. Le pasó a Nadal. Cuando admitió que tenía unos problemas de ansiedad las cosas le empezaron a ir mejor. No hay porque ocultarlo porque es algo que sucede habitualmente en la sociedad, no es exclusivo del deportista”.

Una vez que se ha dado el paso de reconocer las dificultades, hay que ponerles solución. Lo primero que hace Del Río cuando se encuentra con un deportista que presenta esta situación “es enseñarle a que tenga una identidad clara de quién es y qué representa él en el mundo deportivo. A partir de ahí se deben establecer unos objetivos que sean difíciles pero alcanzables. Y trabajar mucho el nivel de confianza y autoestima. Hay que enseñarles a controlar la ansiedad”.

Podría pensarse que la constante y creciente exposición mediática en la que se ven inmersos los deportistas de alto nivel es un factor que haya hecho aumentar este tipo de casos en los últimos años. Ramírez no cree que haya crecido el número, “sino que ahora se conocen más. Esto es algo propio de toda la vida de la personalidad humana.

 Yo tengo chavales de 12, 14 y 15 años con la misma presión y no están expuestos a nada”. Del Río sí alerta sobre un excesivo uso de las redes sociales, porque puede convertirse en un elemento negativo. “Yo les recomiendo que sepan limitar el tiempo que le dedican y que seleccionen bien con quien se relacionan. 

Al deportista le llega mucha información por mil canales, que si Twitter, Instagram, Facebook, Whatsapp… y, como no sepa manejarla y seleccionarla, supone una carga adicional porque todo te lo comes. Es otra circunstancia que pasa factura”.

A la hora de valorar quién es más propenso a sufrir estas patologías, Ramírez lo tiene claro. “En psicología hay un concepto que es ‘parálisis por análisis’ que trata la sintomatología de las personas que se bloquean por dar demasiadas vueltas a todo. Pensar de más bloquea. 

No se trata que pensemos menos, sino que pensemos de forma útil para que el pensamiento sea productivo, no para que nos reste”. Por su parte, Del Río considera que “el más propenso a sufrir estas situaciones es el que tiene problemas de autoconfianza, autoestima y que se ha planteado unos objetivos que no son realistas o no cree en ellos”.

El psicólogo del CSD explica la importancia que tiene la perspectiva mental a la hora de afrontar una competición importante. “Hay gente que se prepara mucho para una cita y ese trabajo lo termina convirtiendo en algo negativo porque se dice ‘con lo que me he esforzado, ahora no puedo perder’. 

Ese simple mensaje te complica la vida y te crea situación de ansiedad. Si el deportista se dice ‘no puedo hacerlo mal’ es un enfoque negativo. Si por el contrario dice ‘voy a hacerlo bien’ es un buen enfoque. El propio diálogo interno es el que determina esos niveles de ansiedad en los deportistas”.

Del Río resalta la importancia de que los clubes cuenten con un experto de la materia entre sus empleados. “Igual que se preocupan de tener buenos médicos y fisioterapeutas, también deberían hacerlo en tener unos buenos profesionales de la psicología, porque entre otras cosas les ayudaría a optimizar sus recursos y a apostar sobre seguro. 

 Cuando por un chico de 21 o 22 años se pagan cientos de millones le genera una responsabilidad que no está preparado para afrontarla. O al deportista se le enseña a manejar esto o le puede afectar en su rendimiento”.

Por cada uno de los casos que se han conocido en los últimos tiempos, cabe pensar cuántos deportistas habrá que estén pasando por lo mismo y no se hayan atrevido a contarlo. Ejemplos como el de André Gomes, Mertesacker o Kevin Love pueden servir de acicate para que otros pidan ayuda. Así lo cree Patricia Ramírez. 

“Sí, creo que puede ayudar a normalizar. Hay muchas veces que la gente no entiende su propio pensamiento ni sus emociones. Si se sienten identificados con otra persona que está en la misma situación puede servir para que se vea como algo más normal y se decidan a expresarlo”.

Del Río explica cómo ha cambiado con el paso de los años la visión que se tenía en la sociedad sobre su trabajo. “Cuando empecé a trabajar en el CAR en 1990 los deportistas no decían que venían a verme a mí. Decían que iban al fisio. Les daba vergüenza reconocer que iban al psicólogo. Pero de eso hace 28 años. 

Hoy en día la figura del psicólogo deportivo está perfectamente reconocida e instaurada. Ahora en mi despacho tengo maillots, flechas, una raqueta de bádminton, un balón de rugby, un casco de taekwondo, mil fotografías…”.         (Ricardo Uribarri, CTXT, 11/04/18)

30/5/16

Así es el cerebro del futbolista

 Gareth Bale celebra la Champions que ganó el Real Madrid al Atlético el pasado 24 de mayo de 2014, en Lisboa. AP

"Lejos de ser algo tan simple como dar patadas a un balón hasta que éste se cuela en la portería, el fútbol es una compleja actividad humana en la que participa todo el cerebro. A la hora de moverse en el terreno de juego, lo más importante del futbolista es su corteza motora, una región del cerebro situada en el lóbulo frontal, su porción más anterior. 

Los millones de neuronas que contiene esa región se organizan en diferentes zonas con funciones sucesivas y subordinadas, una para planificar los movimientos que requiere cada jugada, otra para organizar las secuencias correctas de los mismos y otra finalmente para hacer llegar a los músculos las órdenes necesarias para ejecutar esos movimientos.

 El cerebelo, otra importante parte del cerebro situada en su parte posterior, ayuda a que los movimientos a realizar por el futbolista estén bien coordinados y sean precisos.

Pero la corteza motora no planifica los movimientos a ciegas, pues se basa para ello en las cortezas posteriores del cerebro, la parietal, la occipital y la temporal, que permanentemente le envían información sobre el estado del cuerpo y sus miembros, y sobre la visión y los sonidos del terreno de juego, los demás futbolistas, el entrenador y el público. 

Esa información permite a la corteza motora corregir permanentemente los movimientos del futbolista en cada jugada cuando estos son erróneos o poco certeros. Además, la corteza motora no decide por su cuenta los movimientos a realizar, pues para ello recibe continuamente instrucciones de la corteza prefrontal, la parte más evolucionada y anterior del cerebro humano, encargada de dirigir el pensamiento, resolver conflictos, tomar decisiones y planificar el futuro. Es en esta otra parte del cerebro donde el jugador decide la jugada a realizar y prevé las siguientes.

En general, cuando aprendemos un hábito o actividad motora, es la corteza cerebral quien más trabaja, pero cuando hemos practicado mucho y dominamos ese tipo de comportamiento la corteza cerebral deja de ser imprescindible y toman el control de la situación otros circuitos de neuronas que se encuentran bajo ella, en el interior del cerebro. 

Son los llamados ganglios basales: el pálido, el putamen, el caudado, la sustancia negra, además del cerebelo, que sigue siendo importante. Es por eso que cuando una misma jugada o regate se ha hecho muchas veces deja de ser una conducta dirigida por el pensamiento y la voluntad y pasa a ser una conducta refleja u automática, controlada por esos núcleos y estructuras subcorticales.

 ¿Qué hace de un individuo un buen futbolista?

En la calidad de un jugador intervienen muchos factores, algunos innatos y otros adquiridos con la experiencia. La herencia biológica puede proporcionar a un jugador facultades perceptivas y de ejecución motora que le permitan coordinar sus movimientos mejor que lo hacen otros. Esas mismas cualidades mejoran también con la práctica.

 También es posible que algunos jugadores tengan más capacidad que otros para mejorar con la práctica sus habilidades innatas. Ni que decir tiene por otro lado, que en la calidad de un jugador interviene también la inteligencia general del mismo, y sus inteligencias práctica, creativa y emocional, basadas todas ellas en factores tanto heredados como aprendidos.

La inteligencia de todo tipo puede hacer que algunos jugadores sean más capaces que otros para intuir la mejor jugada a realizar o para averiguar las intenciones del contrario, en cada situación del juego. Todo ello sin olvidar la motivación que tenga el jugador por el fútbol y el éxito en el mismo, lo que a su vez está muy condicionado por sus experiencias y su educación tempranas. Los genios del fútbol, como los de otras profesiones, resultan siempre de predisposiciones genéticamente heredadas que el ambiente adecuado y una práctica intensiva acaban desarrollando.

¿Qué factores afectan al rendimiento?

Aparte del indiscutible estado físico, la ejecución y el rendimiento en el fútbol requieren un determinado estado cerebral. Muy poca activación es malo y mucha activación también. Lo ideal es un estado intermedio de activación emocional, ni pocos ni demasiados nervios. El público interviene siempre modificando el estado emocional del futbolista. Nada de público o de ánimos es malo. Excesiva presión también. Pero todo eso depende mucho de cada jugador, de su propia reactividad emocional y de su personalidad.

Algunos jugadores se desmoralizarán por un gol en contra y eso disminuirá su rendimiento. Otros, con más inteligencia emocional, pueden utilizar el fracaso para reanimarse analizando enseguida las causas del mismo y las maneras de cambiar el comportamiento inmediato para obtener mejores resultados.

 El estado de ánimo, además, se contagia mucho y es muy importante para el éxito. Cuando ves a los demás preocupados intuyes que hay razones para ello, al igual que si los ves contentos. Sin olvidar tampoco la motivación añadida que pueden causar las primas y el percibir o imaginar las consecuencias futuras de una victoria o una derrota.


Asegurado un buen estado físico y suficiente motivación para ganar, lo más importante para la victoria es la percepción que los jugadores tienen de su rival. Cuando éste se percibe cómo invencible o muy difícil de vencer disminuye considerablemente su rendimiento. Cuando el rival se percibe como inferior, igual o superable el rendimiento se incrementa. 

Todo aquello, incluyendo los ánimos de la afición, que contribuya a que los jugadores sientan que pueden ganar es psicológicamente muy importante. En definitiva, una percepción positiva de la situación mejora la motivación de los jugadores y proporciona activación a sus cerebros para rendir más. Todo esto por lo que se refiere al cerebro del jugador. Otro día podríamos hablar también del cerebro de los seguidores y aficionados."                (Ignacio Morgado Bernal, El País, 27/05/16)

18/6/14

El fútbol es el deporte de los pobres... porque hay más derrotas que victorias

"Hay algo en el fútbol que rebasa a los otros deportes, para elevarlo a la categoría de pasión de las masas. Está relacionado con la comunidad, con el juego colectivo, con la necesidad de pertenencia, identidad e integración.

 Pero expresa también, como escribía Ignacio Ramonet hace unos años, el drama de los perdedores, porque en el fútbol siempre habrá más perdedores que ganadores, a lo cual podríamos agregar que siempre, y por muy campeón que sea un equipo, estará la oportunidad de la derrota. El fútbol tiene que ver con la vida misma.

Por eso es el deporte de los pobres, identificados con su equipo como si fuera su propio destino. Amar al equipo es, decía Ramonet, aceptar la derrota y el pesar. ¡Qué partido no es sufrimiento! Y es precisamente esta pena, bastante más frecuente que la alegría, la que concita la unidad. 

Somos leales pese a toda la adversidad, permanecemos juntos, nunca estaremos solos. Así lo dice el himno del Liverpool FC, club proletario británico: “You will never walk alone” (Nunca caminarás solo).

Es éste el aspecto del fútbol que ha atraído a los políticos, que lo aman y también le temen. Porque los hinchas dan su vida por su equipo, que trasciende y se funde de una manera compleja con la identidad nacional. Levantar la bandera chilena o de cualquier país en el estadio es una representación patriótica que expresa en esos momentos no solo sentimientos de profundo nacionalismo, sino aún más: es también un ritual guerrerista, expresado como rostros pintados, que lleva a enfrentamientos y sacrificios. 

El estadio, y también las calles después de un partido, se convierten en un espacio para las más extremas representaciones nacionalistas. Un acto litúrgico como pocos en la sociedad moderna.

Es por ello que este deporte, pero especialmente lo que rodea al deporte, hipnotiza a los políticos y atrae a publicistas, inversionistas y especuladores. El fútbol hoy es sin duda un combustible de alto octanaje calentado por los gobiernos y los grandes capitales. Mueve miles de millones y ha sido intervenido por democracias o terribles dictaduras, como el mundial en Argentina, en 1978. (...)"                (Paul Walder, Punto Final, en Jaque al neoliberalismo, 18/06/2014)

22/9/11

"¿Pero cómo es eso de ver el aro como una piscina? En esos momentos ves el aro más grande de lo normal"

"-Antes del Europeo le pregunté en otra entrevista concedida a La Voz por su estado físico, porque parecía óptimo, seguramente el mejor en muchos años. Al final, se ha demostrado que efectivamente llegaba a un nivel altísimo. 

-Me he encontrado genial tanto mental como físicamente y eso ha hecho que me salieran las cosas como quería. Me encontré muy bien durante toda la preparación y durante el torneo, pero los tres últimos partidos han sido la guinda. La verdad, es muy difícil de repetir, porque estar tan acertado es complicado.

-El aro parecía una piscina. En la semifinal y en la final consigue varias canastas casi imposibles de ver en la alta competición. 

-Son cosas que salen en un momento de calentura máxima, cuando se está on fire. También es cierto que todos los compañeros lo vieron, confiaron en mí y me pasaron la bola en todo momento. Yo eso lo percibía y me encontraba más suelto en la pista.

-Ya, ya, ¿pero cómo es eso de ver el aro como una piscina? 

-En esos momentos ves el aro más grande de lo normal. En esos tres partidos metí muchos tiros de cuatro y cinco metros que durante la temporada no había practicado demasiado, pero todo me salía bien porque me encontraba con mucha confianza."                         (La Voz de Galicia, 21/09/2011)

7/9/10

La felicidad del gol... la felicidad de Iniesta...

"Pregunta. Llegados a este punto, ¿puede definirme su estado de ánimo?

Respuesta. Soy muy feliz. Es una sensación diferente. Es un estado de felicidad mejor del que conocía. Hay cosas que te hacen mejor persona, más entero, sabiendo muchas más cosas de ti y de tu persona. Y eso te hace ser más feliz. Al menos, feliz de una forma más confortable y que merece más la pena. Tengo el corazón contento. Bueno, supercontento. Me siento muy bien.

P. ¿Eso es producto del Mundial o de hace meses? (...)

P. ¿Ha visto muchas veces el encuentro contra Holanda?

R. Sí, pero no por ser la final. Yo veo muchas veces todos mis partidos. Cuando llego de madrugada, del campo o de viaje, me pongo el que acabo de jugar. Me ayuda a mejorar. Además, la final la han repetido muchas veces. Así que, quiera o no, he visto el gol mil veces. Pero la sensación en el campo es irrepetible. La perspectiva es muy diferente. Hay un gol en esa final que es personal, muy mío... El de la tele se parece, pero yo solo he metido una vez ese gol. No sé cómo explicarlo... Es distinto verlo que marcarlo.

P. ¿También usted contuvo la respiración?

R. No. Yo solo pensaba en cómo iba a pegar a la pelota y dónde la quería poner. Desde que la controlo, repito, sé que es gol. Sé que el defensa no llega, que el portero no llega... Solo he de esperar a que caiga, a que se cumpla la ley de Newton. Sabía que bajaba, que le pegaba, que era gol... Esta vez la manzana fue el balón y la cabeza de Newton mi pie [le da una risa irrefrenable].

P Justamente al pegar al balón, ¿ya sabía que era campeón del mundo?

R. No. Solo pienso que es gol. Lo del Mundial lo piensas después.

P. Entonces, ¿por qué llevaba la camiseta de homenaje a Jarque?

R. Porque era mi amigo. Había crecido con él y se murió. Con Jarque compartí muchas cosas. Crecimos juntos, teníamos muy buena relación, hablamos muchas horas de muchas cosas y... Vivía en Sant Boi y me llevaba en coche al Camp Nou cuando yo no tenía ni carnet. La mejor manera de unir a la gente es el deporte... Bueno, si quieres destruir, tampoco es un mal camino. Desgraciadamente, se utiliza muchas veces para cosas que nada tienen que ver con su espíritu." (El País, 07/09/2010)