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7/6/24

¿Qué es ser de izquierdas hoy día? Las 9.120 posibles maneras (como poco) de ser de izquierdas indican que éstas han perdido justamente su identidad común, provocando que el término «izquierda» deje ser un concepto con significado unívoco y perfectamente distinguible y apreciable, como debiera ser el que se proponga vertebrar un relato emancipador de todos los seres humanos... esas diferentes expresiones de la izquierda han renunciado a tener como señal de identidad lo que le es común. O lo que les debiera ser común, los ideales tradicionales vinculados a la liberación de los seres humanos: libertad, justicia, igualdad, paz, derechos humanos, bienestar, seguridad, soberanía, hermandad, cooperación, defensa de la vida… de las generaciones presentes y las futuras... Las consecuencias son fácilmente deducibles: se desmorona el atractivo de la izquierda, su capacidad de seducir a la gente corriente y, en consecuencia, su poder o capacidad para poner en marcha procesos de transformación social profunda que sólo pueden darse hoy día, cuando el poder del capital está más concentrado que nunca, agrupando a amplísimas mayorías sociales en torno a ideales de una gran transversalidad (Juan Torres López)

 "He recibido diferentes comentarios sobre mi artículo anterior en el que analizaba la responsabilidad de la izquierda en el ascenso de la extrema derecha. Algunos de ellos, no publicados en la web, me dicen que soy demasiado crítico diciendo que la izquierda ha perdido identidad como defensora de valores universales. Para tratar de explicar mejor lo que quería decir, voy a desarrollar el ejemplo que mencionaba en el anterior artículo.

Como dije allí, al escribir en mi último libro sobre la responsabilidad de las izquierdas en el ascenso del neoliberalismo se me ocurrió contabilizar sus diferentes corrientes.

Constaté que los principales partidos de izquierda españoles se definen como tales asumiendo que, precisamente por el hecho de serlo, son también feministas y ecologistas. Se puede comprobar fácilmente en los documentos de sus respectivos congresos o asambleas.

Sin embargo, es también muy sencillo constatar que, cuando un partido o una persona dicen ser de izquierdas, no siempre piensan o defienden lo mismo, no tienen las mismas ideas, principios y comportamientos, ni proponen políticas homologables o luchan por conseguir los mismos objetivos.

Entre otras que seguramente se me hayan podido escapar, la izquierda tiene variedades tan diversas como la socialdemócrata, socialista, marxista, autogestionaria, comunista, leninista, trotskista, anarquista, radical, populista, nacionalista, independentista, revolucionaria, indigenista, anticolonial, anticapitalista… Total, como poco, 16.

Decir hoy día que alguien es feminista tampoco aclara mucho. Se puede ser, defender, sentirse o estar de acuerdo con feminismos de muy  diferentes matices o concepciones: liberal, de mercado, radical, socialista, ecofeminista, cultural, de la diferencia, de la igualdad, comunitario, afrodescendiente, posfeminista, popular, lesbofeminista, queer, transfeminista, ciberfeminista, poscolonial, factual, anarcofeminista, provida, o científico, entre otras corrientes que quizá yo desconozca y haya dejado fuera. Hay economía feminista neoliberal y otra radicalmente contraria, por ejemplo. En total, pongamos, como poco, 21 formas de ser feminista.

No se quedan atrás los diferentes ecologismos. Hay, entre otros, liberal, conservacionista, ecomarxista, decrecentista, naturalista, tecnicista, estructuralista, radical, sociológico-político, gaianista, profundo, reformista, meliorativo, cosmético, equitativo, antiecológico, de los pobres, institucional, oficial, activista, conservacionista, ambientalista crítico, ecofeminista en general o de la supervivencia, ilustrado, social o materialista. Un total, como poco, de 27.

De ese cómputo y en función de las combinaciones posibles entre todas esas posibilidades o corrientes, se deduce que, en teoría, hay casi 10.000 formas posibles de ser de izquierdas (9.120, exactamente, tomando solamente en cuenta las 64 de partida que yo he registrado). Y eso, sin tener en cuenta que pueda haber diferencias según el orden o prioridad con que se asuma cada matiz. Es posible, por ejemplo, que quien se defina como anarquista, lesbofeminista y gaianista -por ese orden- se sienta diferente de quien lo haga como gaianista, lesbofeminista y anarquista.

¿Se puede decir, entonces, que hoy día existe una identidad de izquierdas que la gente normal y corriente pueda identificar como tal de modo preciso, inconfundible y perfectamente diferenciado de otras corrientes ideológicas?

Mi tesis es que esas 9.120 posibles maneras (como poco) de ser de izquierdas indican que éstas han perdido justamente su identidad común, provocando que el término «izquierda» deje ser un concepto con significado unívoco y perfectamente distinguible y apreciable, como debiera ser el que se proponga vertebrar un relato emancipador de todos los seres humanos.

Como he repetido muchas veces, la pérdida de esa identidad se ha producido porque todas esas 16+21+27= 64 diferentes expresiones de la izquierda (como poco) han renunciado a tener como señal de identidad lo que le es común. O lo que les debiera ser común, los ideales tradicionales vinculados a la liberación de los seres humanos: libertad, justicia, igualdad, paz, derechos humanos, bienestar, seguridad, soberanía, hermandad, cooperación, defensa de la vida… de las generaciones presentes y las futuras Han preferido mostrarse, cada una de ellas, como singulares y expresión de una particularidad, sea cual sea esta: el enfoque, una concreta atención prioritaria, su diferente grado de radicalidad, o cualquier otro rasgo distintivo.

Además, la causa de la pérdida de identidad común se produce, a mi juicio, porque esas 64 variedades y las 9.120 posibles formas (como poco) de combinarlas entre sí no se han constituido como expresiones de diversidad, un componente que, en su nivel óptimo, enriquece y acelera los procesos de cambio. Por el contrario, se han conformado como auténticos compartimentos estancos entre los cuales, en la mayoría de los casos, hay desunión, incomunicación, falta de entendimiento, animadversión, desprecio y, a veces, hasta piolets o fusiles para acabar unos con la vida de otros. Esto último, casi siempre, en masculino; todo hay que decirlo. Aunque los enfrentamientos no precisamente cordiales entre corrientes feministas también muestran que las mujeres no han sido capaces, todavía y por desgracia, de deshacerse ni de los modos típicos del viejo comportamiento patriarcal, ni del virus competitivo y fragmentador más moderno que esparce el neoliberalismo.

Las consecuencias son fácilmente deducibles: se desmorona el atractivo de la izquierda, su capacidad de seducir a la gente corriente y, en consecuencia, su poder o capacidad para poner en marcha procesos de transformación social profunda que sólo pueden darse hoy día, cuando el poder del capital está más concentrado que nunca, agrupando a amplísimas mayorías sociales en torno a ideales de una gran transversalidad o de especie.

No sé si a otras personas les pasa igual, pero a mí no sólo no me atrae nada, sino que me resisto a tener que elegir entre esas 9.120 posibilidades; no encuentro riqueza alguna en formar parte de alguno de esos cajones estancos. Si acaso, me interesa picotear, aprender, colaborar y llenarme de lo bueno que encuentre en todos esos matices. E incluso en otros que habitualmente no se consideran «de izquierdas» pero que promueven el respeto, la libertad, la justicia y la paz y ayudan tanto o más a mejorar en la práctica la vida de los seres humanos. Es por eso por lo que me parece que, quienes se consideran de izquierdas y principalmente sus dirigentes, deberían preguntarse qué es ser de esa condición hoy día. Yo no tengo clara la respuesta. He decidido rechazar las etiquetas y prefiero considerar que «los míos» no son los que llevan una u otra, sino las buenas personas y quienes, como he dicho, actúan con generosidad para mejorar las condiciones de vida de sus semejantes, sea cual sea el camino que hayan elegido para ello."                 (Juan Torres López, blog, 01/06/24)

31/1/23

«Podemos es un experimento fallido»

 "Filósofo. Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas de la UCM. Autor de varios libros. Entre ellos, “La mirada republicana” (Editorial Catarata) y “Visconti y la decadencia” (El Viejo Topo). Ahora, también en el Viejo Topo, publica, junto a Francisco Herreros, “Podemos, izquierda y ‘nueva política”, desde una perspectiva republicana y democrática.

¿Cuáles son los ingredientes de la receta Podemos?

Se puede decir, resumiendo mucho, que Podemos es un experimento fallido. Para explicar su génesis, hay un elemento fundamental, que es el 15M, como excusa, como oportunidad. Sin él, Podemos no hubiera existido. Otro ingrediente del guiso es la línea que desarrolla, a través, sobre todo, de su relación con Latinoamérica, con esta concepción neo-peronista y neo-populista. Sin pertenecer al 15M, Podemos sobreimpone un modelo de acción política, de comunicación política, completamente ajeno a él.

¿La manifiesta incapacidad de Podemos para organizarse puede ser también consecuencia de su contaminación con el asamblearismo del 15M?

El 15M es un movimiento espontáneo, horizontalista, igualitarista… Una concepción de la política de abajo a arriba. Podemos trata de llevar algo de eso a su organización política, y no lo consigue. Pero creo que sus dificultades para organizarse son, sobre todo, consecuencia de que carece de una base territorial. Podemos tiene una visión de la política más bien de arriba abajo. En un artículo, titulado “Comprender Podemos”, en New Left Review, de 2015, Pablo Iglesias explicaba claramente cómo hay que entender los platós de televisión como los nuevos parlamentos, y la nación como una “Acción TV”. Esto marca una particularidad en su intervención política y comunicativa, completamente contraria al 15M. Cosa que quiere decir que lo que vamos a hacer, desde los platós de TV, es fabricar slots, anuncios publicitarios, y enviarlos desde arriba a una ciudadanía, que pasa así a ser un sujeto pasivo. 

¿Los vínculos de algunos de los promotores más significados de Podemos con América Latina eran más bien de carácter ideológico (Laclau, Chantal Mouffe…) o, digamos, operativos, activistas…?

Como es de conocimiento público, algunos de los dirigentes de Podemos fueron asesores, bien pagados, a través de organismos como la 

fundación Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS). Intervienen, sobre todo, en Venezuela, pero también se relacionan con otros agentes, como el kirchnerismo. Ahí adquieren mucha experiencia política. Su vinculación a América Latina no fue, en fin, tanto intelectual como de práctica política. Durante un tiempo, Monedero es un personaje importante en Venezuela. Luego importan su experiencia a Europa, contribuyendo también a legitimar a los regímenes con los que trabajaron que, finalmente, también han sido un cierto fracaso. En su caso, como Podemos, empieza despertando muchas expectativas, ilusiones, y acaba en decepción.

En la presentación de vuestro libro, advertís al lector al descubrir la profunda raíz schmittiana del modo de entender la política de Podemos…

Si, nos referimos a Karl Schmitt, el que fue un gran jurista, que acabó abrazando el nazismo. De él aplicamos lo que sostenía en su época pre-nazi, como gran crítico de la democracia liberal. Es una raíz, que exploramos en profundidad, que no solo tiene Podemos sino parte de la izquierda, llamada “neoschmittiana”. Su concepción de la democracia es peligrosa, porque se pueden ver las debilidades de la democracia liberal, pero la alternativa schmittiana tiene un desarrollo que no se sabe cuál es y que, al final, termina socavando la infraestructura de contrapoder, las libertades que, mal que bien, las democracias liberales mantienen. Su concepción de la política es más bien la de un pueblo homogéneo, que se identifica simbólicamente con un líder carismático, que acaba con el pluralismo. 

¿Construyendo al enemigo, del modo que lo explica Umberto Eco?

Otra de las digamos filiaciones schmittianas es la incorporación de la oposición entre amigo y enemigo. Podemos ha dicho abiertamente que considera la política como política de poder, por un lado, y como antagonismo por otro. Cosa que genera una identidad: “Somos porque nos confrontamos”. Empezaron con la casta, con la banca, empresarios particulares, medios de comunicación, con todo aquello que les criticaba, como fue el caso de Vallecas en las últimas elecciones autonómicas de Madrid, donde acabaron insultando a los propios votantes. Así acaba confrontándose a sí mismo. Del “amor y los besos” se pasó a tirarse a degüello. Todo este planteamiento más tribal de la política permitió un ascenso de Podemos, pero ha acabado pasando factura a su líder, que ha resultado bastante antipático.

Desde la derecha no faltan quienes perciben o califican a Podemos de comunista. ¿Hasta qué punto es esto cierto?

Desde el punto de vista del discurso ideológico, Podemos es una especie de amalgama de ideas. Tiene algunos elementos socialdemócratas, pero muy convencional; otros posmodernos… Es verdad que la derecha los ha visto como marxistas-leninistas. Dedicamos un epígrafe del libro a preguntarnos hasta qué punto incluir a Podemos en la tradición marxista. La conclusión es bastante negativa. Pensamos que no forman parte de ella. Podemos es más bien neo-peronista, neo-popiulista, que poco tiene que ver con el marxismo. Por ejemplo, la noción de clase es fundamental en el marxismo, y no tanto en Podemos. Al principio, cundo el tándem Errejón-Iglesias referenció la cuestión de clase a ese populismo negativo, un denominador común, que, al final, era políticamente inerme. Luego, en el acuerdo electoral con Izquierda Unida tampoco lo recuperan. Su alianza estratégica con el independentismo… en el que cualquier marxista habría visto su componente burgués o pequeño-burgués. Al final, también han acabado renunciando a un proyecto federal.

¿Dónde empieza y dónde acaba la posmodernidad de Podemos?

Podemos tiene una concepción un poco constructivista de lo social y de la propia individualidad. Por ejemplo, el nuevo feminismo radical, que ellos abrazan y que ha supuesto una quiebra para el feminismo de izquierdas (más allá de la biología), como si la biología no contara. Un feminismo totalmente constructivista, en el sentido de que un individuo puede construirse sin ningún límite, de manera completamente fluida. Esta es una raíz posmoderna muy clara. También su concepción de los significantes pasivos y de la importancia del lenguaje como algo que construye realidad y, de la mano de esta idea, su relativismo. Si vienes de la tradición más bien marxista tienes la idea clara de que el ser social determina la conciencia. En Podemos, muchas veces, parece todo lo contrario. Entiende que si cambias los nombres cambias la realidad. Esto no es así. Es un giro lingüístico de la política, con una raíz posmoderna muy clara. Podemos ha tenido urnas para ser utilizadas plebiscitariamente. Los círculos fue algo de cara a la galería. “Todo el poder a los círculos”, se llegó a decir, emulando a los bolcheviques. Muchas veces, se han olvidado de los problemas reales. Empezaron con una crítica feroz al gran capital, a la gran banca, al IBEX 35, las deudas soberanas… 

Inicialmente, pareció que Podemos irrumpía en la política con, digamos, aire fresco académico. ¿Fue esto así o más bien era otro espejismo?

Es verdad que entre los creadores de Podemos había profesores: Monedero, Bescansa, Pablo Iglesias… Tenían su discurso. Intentamos hacer con el libro una interpretación más bien global de Podemos, aprovechando la dimisión de Pablo Iglesias. Esto nos permitió, de alguna manera, cerrar el ciclo político, porque una de las dificultades que teníamos es que Podemos no dejaba de cambiar. La metáfora que utilizamos para explicar esto es que era como intentar cazar una lagartija. En cualquier caso, los académicos fundadores de Podemos son muy anti-académicos. Se presentan como disidentes, considerando la Academia parte del establishment, cuando en realidad están muy integrados en él. La cosa es ponerse un pañuelo palestino al cuello, disfrazarse de revolucionarios.

¿Se pasea el fantasma de Maquiavelo por los corredores de Podemos?

En el libro referenciamos “El Príncipe” de Maquiavelo sobre la figura de Pablo Iglesias, para intentar entender al personaje. Como el partido terminó convirtiéndose en algo plebiscitario, donde el líder carismático tenía el control absoluto, tenía sentido interpretar a Pablo Iglesias, teniendo en cuenta que él se dice discípulo de Maquiavelo. Y no hay que olvidar que tiene un libro que se titula “Maquiavelo ante la gran pantalla”. Se queda con la gramática parda, el instrumentalismo maquiavélico, pero se olvida del Maquiavelo más republicano."                    (Entrevista a Francisco Herreros,

17/12/22

Sergio Pascual: “Iglesias es infinitamente más audaz en lo político. Errejón mide más las consecuencias”... El ex-secretario de Organización de Podemos, distanciado ya de Errejón, publica 'Un cadáver en el Congreso', un libro con mucho de autocrítica sobre los años de formación, eclosión y ruptura de Podemos, por la batalla política interna

 "A Sergio Pascual (Plasencia, Cáceres, 1977) lo cesó Pablo Iglesias como secretario de Organización de Podemos en plena guerra política entre el propio Iglesias e Íñigo Errejón. Pascual, entonces mano derecha del hoy portavoz de Más País, fue el ejecutor orgánico de una estrategia de confrontación interna que consistía en “acumular poder para torcerle el brazo a Pablo”, tal y como él mismo describe. Un pasado político con el que confiesa que tenía asignaturas pendientes.

A modo de autocrítica, pero también de aviso a los que están por venir, acaba de publicar Un cadáver en el Congreso (Altamarea, 2022), un libro que recopila gran parte de las historias que conformaron la formación, eclosión y ruptura de Podemos. Y que se publica justo ahora, cuando ese espacio político parece volver a adentrarse en el enésimo capítulo de enfrentamiento. 

¿Por qué ahora?

Creo que lo escribo más a modo de catarsis personal que otra cosa. Había muchas situaciones que yo había vivido con las que no me sentía cómodo. Pensé que contármelo a mí mismo o contárselo a la gente podría ser bueno para los que tengan que tomar decisiones ahora. Fui fiel al compromiso de no hacerle daño a Podemos, ese fue mi compromiso con Iglesias, y ahora ya no afecta a quienes fueron protagonistas de aquello porque ha pasado un tiempo prudencial. La fecha de la publicación es decisión de la editorial. 

Igual la editorial ha visto buena percha para contar una guerra interna de la izquierda justo en este momento. Por lo que sea.

Parece hecho a propósito, pero no hay ninguna intencionalidad. Cuando lo mandamos a imprenta no se había montado todavía este follón. 

Imagino que sí que le recuerda lo que está pasando ahora a lo que cuenta en el libro. 

Sí. Hay dos estrategias políticas encima de la mesa y las dos pugnan por prevalecer. Aquello resultó mal en aquella ocasión y corremos el riesgo de que ahora resulte peor, porque si sale mal estamos hablando de la hipótesis de un gobierno del PP con Vox. 

¿Cuál diría que es la clave de lo que salió mal entonces? Lo digo por si a alguien le sirve para no volver a hacerlo. 

Una de las enseñanzas de aquella época es que a Pablo Iglesias teníamos que haberle dado más margen de actuación aunque pensáramos que se equivocaba en algunas cosas. Pero era a él al que le tocaba conducir. Y creo que Yolanda Díaz se ha ganado a pulso ser ella la que conduzca este espacio en este momento y habría que darle más margen de movimiento del que se le está dando. 

Hay similitudes hasta procedimentales. Tanto a Errejón como a Yolanda Díaz los nombra a dedo Pablo Iglesias como candidatos. 

Pero veo diferencias también ahí. En el caso de Yolanda hablamos de una líder que se ha construido a sí misma a lo largo de varias décadas de trabajo político. Cuento una anécdota: cuando a mí me cesan, yo me dediqué a hacer muchísimo trabajo parlamentario, como un loco, y cuando terminó la legislatura estaba convencido de que yo era el diputado que más preguntas y más iniciativas parlamentarias había registrado. Y vi que no, que había una diputada de mi espacio que me había ganado: Yolanda Díaz. Quiero decir que una cosa es una disputa de estrategia comunicativa o de pugna por el liderazgo de Podemos, como en el caso de Errejón, y otra distinta que Yolanda es una dirigente que se ha ganado a pulso el cariño de la gente principalmente por su labor en el Ministerio. 

La dirección de Podemos hace hoy paralelismos entre lo que hizo Íñigo Errejón y lo que hace Yolanda Díaz. 

Hay que poner en valor la estrategia política puesta en marcha por el errejonismo y que logró lo que se consiguió en 2015. Ahí hay mucha inteligencia política, una estrategia de comunicación transversal, nacional-popular o como queramos llamarla. Lo que un sector etiqueta como traición es que luego la estrategia política comienza a divergir. Iglesias plantea una formulación y otro sector encabezado por Errejón plantea otra propuesta para el siguiente ciclo. Así que el partido se reorganiza en dos bandos.

Y estalló. 

Como no teníamos fórmulas razonables de discusión sin acabar matándonos, el resultado fue que la pugna se dio en términos de acumulación de poder interno. El errejonismo se dedicó a acumular poder interno en lugar de salir a campo abierto y decir: señores, deberíamos tener un congreso y debatir sobre esto. Esta es la principal crítica o autocrítica que yo hago. Fue claramente un error, y lo digo en primera persona porque yo era responsable de aquello. 

¿Y en el caso de Yolanda Díaz?

Yolanda nunca ha sido militante de Podemos. Lo que está haciendo es tratar de reagrupar a la izquierda del PSOE, que es variopinta y está compuesta por muchos partidos. Uno de ellos es Podemos. No creo que se la pueda acusar de no utilizar mecanismos internos de discusión de Podemos. Primero, porque no es de Podemos y segundo, porque Podemos nunca logró construir esos mecanismos. De hecho, la principal crítica que le hago al 'pablismo' es no haber sabido integrar al resto de compañeros y haber propiciado un ambiente en el que la discrepancia acababa directamente con la salida del partido. Por eso se ha descapitalizado Podemos. 

En el libro se dibujan bien los perfiles políticos de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón. ¿Cómo los resumiría?

Iglesias es infinitamente más audaz que Errejón en lo político, tiene más clara su estrategia y se lanza a las piscinas antes de saber si hay agua o no. Errejón es mucho más cerebral y mide mucho más las consecuencias. En política eso es menos eficaz, como se ha demostrado. 

No mantiene relación con Íñigo Errejón, usted que fue su escudero y que le costó el cargo ejecutar su hoja de ruta. 

No, hace mucho tiempo que no nos escribimos. Alguna vez estuve en Bolivia y le mandé algún mensaje diciéndole que estaba en los sitios en los que estuvimos juntos. Pero de esto hace años ya. 

Podemos nació como protagonista de esa llamada nueva política que, entre otras muchas cosas, abanderaba una forma diferente de comportarse desde lo organizativo, con un concepto incluso radical de una democracia interna que llegó a plantearse casi en términos asamblearios. Eso, sin embargo, y usted estaba ahí, acaba desembocando en un modelo de hiperliderazgo al estilo de los viejos partidos. ¿Es realista democratizar internamente los partidos?

Tengo muchas dudas sobre si hubiera sido posible una democracia interna real en Podemos en el momento en el que hubo que dar ese acelerón de 2015 para constituir el partido, emerger políticamente, prepararse para las elecciones… Había mucho interés fuera de Podemos por que no llegáramos al poder, y eso complicaba los márgenes de democracia interna. Dicho eso, creo que nos debimos sincerar ante nuestros militantes para explicarles qué estaba ocurriendo en lugar de crear una ficción de democracia interna que en la práctica no era tal. Lo peor que pudimos hacer, y es nuevamente autocrítica, fue generar esa suerte de autoengaño. 

Todo aquello fue un poco raro y muy difícil de entender no solo para sus militantes, sino incluso para los que cubríamos aquella información política. En el PSOE hubo una guerra civil, pero era para derribar a Sánchez, y lo derribaron. Lo que usted cuenta es una batalla a vida a muerte en la que, por ejemplo, uno de los contrincantes nunca se atrevió formalmente a disputarle el puesto a su rival. ¿Ustedes querían derribar a Pablo Iglesias o no? 

En absoluto, pretendíamos algo bastante más estúpido: convertirlo en nuestro mejor portavoz. Por eso cogimos un Pablo de cartón, para defender que él tenía que ser el secretario general pero de nuestra propuesta política.

Es exótico. 

Tiene una explicación: Pablo e Íñigo sí coincidieron en la estrategia de 2014 y 2015. Era una propuesta transversal y nacional-popular. Todos estábamos felices de tener a Pablo como el mejor portavoz posible para ese proyecto político. Y lo fue. El Pablo del “sonrían que sí se puede” de aquel minuto de oro era un Pablo muy transversal. Lo que pasa es que Pablo se da cuenta de que el 21 de diciembre de 2015 España cambió y ya no había lugar para una estrategia nacional-popular. Y el errejonismo siguió enganchado a la estrategia política fundacional. Ahí es donde se produce el conflicto de verdad. Ahí empiezan los Vietnam. No queríamos eliminar a Iglesias, queríamos torcerle el brazo con la ilusa pretensión de acumular un poder orgánico que nos sirviera para convencerle de volver a ser el portavoz del errejonismo. Errejón nunca quiso ser secretario general. 

Del proyecto que fundaron se desgajó el errejonismo, el anticapitalismo, incluso gran parte del pablismo. Y ahora las llamadas confluencias como los comunes, Izquierda Unida o Compromís o desaparecieron o parecen estar en vías de ello. ¿Por qué?

Aquel Podemos original era un Podemos de muchas familias políticas diversas que aparcamos nuestras diferencias ante el horizonte electoral de 2015 para alcanzar la meta juntos. En cuanto pasó esa meta afloraron todas las diferencias. Y eso no se supo gestionar. Ese me parece el gran fallo de quien estaba mandatado para hacerlo: no saber hacer de Podemos esa gran casa a la izquierda del PSOE, ese espacio para convivir distintas formas de entender la política sin que permanentemente estemos sujetos a la acusación de deslealtad, de traición. Ese ha sido el gran fallo. Tengo la sensación de que Yolanda está intentando de nuevo construir ese paraguas para que toda la izquierda pueda encontrarse, y creo que ese es el deseo de la mayor parte de los progresistas de este país. Eso me parece no solo loable, sino deseable y una condición sine qua non para reeditar el gobierno de izquierdas. Y por eso espero que esta aportación mía pueda ayudar a que algunos revisen sus posiciones incorporando un poco más de humildad para dejar a Yolanda hacer su trabajo. 

Con algunos se refiere a Pablo Iglesias, ¿no?

Sí, a Iglesias, a Podemos. Tienen que permitir incluso que Yolanda se equivoque. Le toca a ella equivocarse. No creo que se esté equivocando, pero en cualquier caso es su turno. 

¿Tiene Iglesias una concepción un tanto rigurosa del término traición?

Es la persona que yo conozco que más clara tiene la concepción del poder. Él lee la política en términos de equilibrio, de acumulaciones de fuerza. Por eso creo que incluso el uso de etiquetas, como esa de traición, hay que leerlas en ese sentido. Él cuando llama traidor o traidora a alguien no lo hace por rabieta, lo hace para apretar sus filas. No creo que los cuadros dirigentes del pablismo crean que hay una conspiración maquiavélica para desviar el camino de la izquierda y entregarle el gobierno a los poderes ocultos. Eso obviamente no es así. 

¿Entonces?

Es una lectura completamente simplificada que es útil para lanzarla a las redes sociales y conseguir apretar sus filas para evitar fugas hacia otros proyectos políticos. Son estrategias que se utilizan políticamente. 

En el libro se exponen muchos de los elementos clave de la personalidad política e incluso personal de Pablo Iglesias. Imagino, por tanto, que no le sorprende su actuación en estos últimos tiempos. ¿Lo ve echando el freno en su estrategia antes de poner en riesgo la reedición de una coalición progresista?

No estoy en su cabeza, pero sí puedo decir una cosa: Pablo tiene una estrategia para todo, hasta para ir al baño. Y yo no sé cuál es el objetivo estratégico que tiene en la cabeza cuando hace lo que hace. No sé si está tensando y apretando sus filas para ir a una negociación en mejores condiciones con Sumar, no sé si tiene que ver con su proyecto de televisión, que requiere además ir prefigurando una audiencia tipo para ese espacio comunicativo... La verdad es que no lo sé.

 ¿Quiere decir que puede tener una motivación incluso desde el punto de vista de su actual negocio?

No lo creo. Pablo no se mueve por negocios, se mueve por la política. Pero acumular audiencia no es cuestión de negocio, es cuestión de política. Él siempre ha considerado que la gente no milita en la política sino que milita en los medios de comunicación. Así que quiere ir aumentando su audiencia, engrosar su base militante comunicativa. Pero son especulaciones, tampoco descarto que la estrategia sea llegar a unas mejores condiciones de negociación con Sumar. No es tan extraño, en cualquier caso, que él recurra al juego del gallina. Dos coches enfrentados y a ver quién se retira antes. Él ha sido el mayor estratega de nuestro espacio político. En términos ajedrecísticos yo vislumbro dos o tres jugadas, pero él puede estar viendo seis o siete. Así que mi respuesta es que no tengo ni idea. 

Cuenta que llegó a estar tan metido en la dinámica interna del partido que había etapas en las que no tenía ni idea de lo que se votaba en el Congreso, de lo que se debatía en el país o de lo que pasaba en la calle. ¿Cree que esas dinámicas se siguen produciendo? ¿Cómo se sale de eso?

Esto sigue sucediendo. No en Podemos, en toda la política. El caudal de tiempo que se dedica a la disputa por el poder y a las disputas internas es demasiado grande. Y creo que nos conectamos mucho más con la ciudadanía en el hacer cosas que en el decir cosas. Y esto es algo que nuevamente hay que agradecer a Yolanda porque esté aplicándoselo. Ella ha decidido convencer a la gente haciendo cosas, no diciéndolas. Hemos tenido una inflación de discursos grandilocuentes que ha acabado por agotar a la ciudadanía. La mayoría está harta de grandes discursos y palabras y desea que la gente que está en lo público se dedique a mejorar su vida. 

¿El libro es un ejercicio de autocrítica o es una crítica a los que le rodeaban?

El corazón del libro es revisar las cosas que hice mal. También hice algunas bien, claro, pero me parece que tocaba revisitar aquello para concluir que no acerté y que decepcioné a mucha gente para la que yo estaba mandatado a conducirles. Lo más honesto es decirle a toda esa gente que les metí en un fregado en el que no les debía haber metido. Y que le dediqué tiempo y esfuerzo a cosas que no le debería haber dedicado. Este libro es fundamentalmente un libro de autocrítica. Ojalá le resulte útil a quien esté por venir. 

 Su primer consejo al futuro secretario de organización de Yolanda Díaz será que tenga cuidado con los chat web, ¿no?

(Risas). Sí, lo presencial es más útil. Pero no solo porque te lo puedas dejar abierto, sino porque cara a cara es más fácil entenderse. 

Sigue siendo militante de Podemos.

Sí.

¿Se siente faltado al respeto por Yolanda Díaz como militante de Podemos?

En absoluto.

¿Y va a ser votante de Podemos en las próximas elecciones generales?

Yo espero ser votante de un único espacio a la izquierda del PSOE. Cualquier otra cosa me parecería desastrosa. Si no hay acuerdo, me costará mucho levantarme de la cama ese día. 

¿Le han llamado para entrevistarle por el libro en 'La Base' o están esperando para que sea en Canal Red?

(Risas). No lo descarto. En La Base ya han puesto alguna entrevista mía de una radio argentina. Yo creo que en el libro hay claramente un reconocimiento a la figura de Pablo y al error que yo cometí y que cometió el errejonismo al no dejarle equivocarse con mayor grado de libertad. También hay un grado de reconocimiento a su grado de lectura estratégica. Él en 2014 ya decía en algunos correos que el problema lo íbamos a tener cuando pasaran las elecciones de 2015 y no hubiéramos sorpassado al PSOE para gestionar ese caudal político.

Están a la orden del día los linchamientos públicos al que se sale un centímetro de los guiones oficialistas y usted en este libro se sale por un lado y por el otro. ¿Le han dado mucha caña?

No y no me gusta que se tome como confesión de una traición que nunca fue, porque no lo es. Otra cosa es que fueran errores o algún palo en las ruedas que no deberíamos haber puesto y cuyas consecuencias no medimos. Eso ocurrió y yo lo cuento. Pero las simplificaciones burdas de traiciones me tienen muy cansado. Tanto, que a veces tengo ganas de que Musk cierre Twitter ya.  

Y que luego compre Telegram y Whatsapp. 

Totalmente."                  (José Enrique Monrosi  , eldiario.es ,8 de diciembre de 2022)

4/10/22

Un rojipardo suele defender la integridad nacional española (y, más importante, la soberanía). Luego recuperar el nivel de vida de las clases populares, y mejorarlo, con legislaciones específicas para trabajo y vivienda. Cuando hablo de soberanía me refiero al sentido más amplio del término: política, territorial, digital, militar, cultural… Los dos libros que escribieron Manuel Monereo y Héctor Illueca para El Viejo Topo me parecen buenos puntos de partida (‘Por nuevo proyecto de país’ y ‘España: un proyecto de liberación’)... Tanto Podemos como Más País han fracasado porque no se puede ser un populista despreciando a las clases populares españolas, por las que no sienten ninguna simpatía y con las que no tienen ningún contacto cultural cotidiano. Por eso unos hablan de peronismo -están más cómodos con el pueblo argentino- y otros de Ken Loach, el zapatismo o las revueltas de Seattle. El problema es que no conocen Castilla, ni Extremadura, ni Murcia... la izquierda del PSOE encuentra sospechosos muchos sentimientos de la gente normal, trabajadores de barrio o de pueblo. Les incomoda que defiendas vínculos tan sencillos y naturales como querer a tu familia, a tu selección de fútbol o a tu país, por no hablar de sentir afinidad al catolicismo, que es la religión nacional y promueve valores de fraternidad que no deberían ser nunca ajenos a la izquierda

 "Víctor Lenore (Soria, 1972) es crítico cultural en Vozpópuli y cuenta con una larga trayectoria de periodista musical en diversos medios de comunicación. Autor de los ensayos Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural (2014) y Espectros de la Movida. Por qué odiar los años 80 (2018). Actualmente dirige el podcast ‘Truco o Trato’ en Subterfuge Radio.

En los últimos meses, sobre todo, espoleados por el discurso de Ana Iris Simón en La Moncloa, se ha perpetrado toda una ofensiva contra cierta nebulosa ideológica que está a caballo entre el movimiento político y el despertar cultural de una corriente al interno de la izquierda llamada ‘rojipardismo’.

La irrupción de Ana Iris y ‘Feria’ ha cambiado el debate público, sobre todo porque es una voz que habla con el corazón, mientras el resto de los discursos (casi todos) están basados en el cálculo. Ya nos advirtió Marx contra “las aguas heladas del cálculo egoísta”, que es lo que ofrece el Podemos actual, entre la decadencia, la picaresca y el esperpento. Sobre el rojipardismo, quien mejor lo ha definido es Juan Manuel de Prada en el programa de Julia Otero, donde dijo que se trata de personas normales y corrientes que nos negamos a aceptar la normalización de los sueldos de 1.200 euros y pisos de 40 metros cuadrados que nos impiden formar familias y desarrollar proyectos vitales que estaban al alcance de casi cualquiera en la España de los años setenta y ochenta (en el fondo, son reclamaciones parecidas a las del 15-M). El PSOE desguazó a fondo la seguridad de nuestro mercado laboral, deteriorando las condiciones de vida de las clases medias y populares. Quien necesite datos, que busque en Google el Informe Petras, que pagó el propio PSOE y luego escondió en un cajón.

En primer lugar, ¿cómo sintetizarías los puntos clave de esta corriente? ¿Acaso existe o se trata de un hombre de paja? Y aún más importante, ¿Por qué incomoda? ¿Por qué medios como Público, Eldiario.es, CTXT, El Salto Diario, Rebelión.org, Nueva Revolución, pero también El País o La Vanguardia cierran filas contra el peligrosísimo rojipardismo?

Un rojipardo suele defender la integridad nacional española (y, más importante, la soberanía). Luego recuperar el nivel de vida de las clases populares, y mejorarlo, con legislaciones específicas para trabajo y vivienda. Cuando hablo de soberanía me refiero al sentido más amplio del término: política, territorial, digital, militar, cultural… Los dos libros que escribieron Manuel Monereo y Héctor Illueca para El Viejo Topo me parecen buenos puntos de partida. Me refiero a ‘Por nuevo proyecto de país’ (2015) y ‘España: un proyecto de liberación’ (2017). Tanto Podemos como Más País han fracasado porque no se puede ser un populista despreciando a las clases populares españolas, por las que no sienten ninguna simpatía y con las que no tienen ningún contacto cultural cotidiano. Por eso unos hablan de peronismo -están más cómodos con el pueblo argentino- y otros de Ken Loach, el zapatismo o las revueltas de Seattle. El problema es que no conocen Castilla, ni Extremadura, ni Murcia, ni tienen el menor interés, por eso se estrellan en cada nuevos comicios fuera de Madrid. Tampoco es que conozcan mucho más el Madrid de más allá de la M-30.

Está claro que los medios progresistas han recibido con creciente hostilidad el rojipardismo (sea esto lo que sea). No diría que es un hombre de paja, sino un cajón de sastre donde meten a cualquiera que no comulgue con la izquierda ‘progre’, que yo prefiero llamar ‘izquierda caniche’ (siguiendo, una vez más, a Juan Manuel de Prada, que hace análisis muy crudos y certeros de la política nacional). El posmodernismo es una lógica cultural donde todos estamos insertos, pero ante eso podemos escoger enfrentarnos a ella o bajar el morro, que es lo que hace la izquierda caniche o domesticada. Está cristalizando un nuevo macartismo que no permite desviaciones de los dogmas progresistas, por eso muchos estamos en listas negras de las redes sociales, pero también empieza a cuajar un discurso muy potente que los ‘progres’ estigmatizan como rojipardo y que yo prefiero llamar nacional-popular. Podemos y Más Madrid son la izquierda más pija, esnob y desconectada de la calle que ha padecido este país (lo cual es una putada porque en esos movimientos hay muchos cuadros y militantes valiosos, que intentan mejorar el país de buena fe). Por eso llega una voz como Ana Iris Simón, que comparte preocupaciones con la gente común, y enseguida recibe una enorme atención y respeto (cien por cien merecida, en mi opinión). Y se ponen a rabiar y atacarla con mucha más bilis que a un neoliberal como Pedro Sánchez. Eso les retrata y no salen especialmente guapos.

También quiero decir que hay firmas de El País que ven muy exagerada la histeria contra los rojipardos y lo han expresado en sus textos: recuerdo una pieza muy bonita de Joaquín Estefanía y algunos chistes de Daniel Gascón en su último libro de la saga “Un hipster en la España vacía”. Uno de los personajes comentaba esto: “No quiero parecer un rojipardo o un neofalangista, pero la verdad es que quiero a mis padres”. En este chascarrillo hay mucha verdad: la izquierda del PSOE encuentra sospechosos muchos sentimientos de la gente normal, trabajadores de barrio o de pueblo. Les incomoda que defiendas vínculos tan sencillos y naturales como querer a tu familia, a tu selección de fútbol o a tu país, por no hablar de sentir afinidad al catolicismo, que es la religión nacional y promueve valores de fraternidad que no deberían ser nunca ajenos a la izquierda.

Esta proliferación emotivista visceral cuenta también con publicaciones monográficas bajo títulos como: ‘Los nuevos odres del nacionalismo español’, ‘Extrema derecha 2.0’, ‘Neorrancios: sobre los peligros de la nostalgia’ o ‘De los neocón a los neonazis’ que tratan de desenmascarar (siempre con lenguaje marxistizante, claro) la verdadera relación entre la extrema derecha y dicha corriente. El último dislate es el titular que definía el libro colectivo ‘Neorrancios’ como un “manual para desactivar a una izquierda que se da la mano con la extrema derecha”. ¿Crees que lograrán cancelar y perseguir lo suficiente a sus disidentes como para desactivar a dicha izquierda?

No tengo ningún problema con incluir las emociones en el debate político, de hecho, es imposible excluirlas, pero las críticas que mencionas al rojipardismo suelen ser muy flojas. Que una periodista de tendencias de la revista S Moda arremeta contra Feria, Pedro Insúa o contra mí solo puede beneficiarnos. La columnista progresista Elizabeth Duval dijo en el programa de debate Gen Playz que el libro “Neorrancios” solo había servido para promocionar esta nueva corriente nacional-popular. Tiene toda la razón.  A una escala muy pequeña, es como cuando todas las estrellas de Hollywood se unen contra Donald Trump y eso activa a sus votantes. O como cuando Rosalía comparte en Instagram una imagen con la frase “Fuck Vox” desde su avión privado y toda la cúpula del partido verde lo retuitea porque saben que les beneficia la imagen de una estrella pop sin mucho conocimiento político, y cien por cien alejada de sus problemas, diciendo a los votantes “no metas esta papeleta en la urna”.

También te digo que darse la mano con la derecha radical no me parece rechazable por sistema: si hubiese un sector de Vox favorable a subir el SMI o comprometido con que España recupere soberanía no sé qué problema hay en sentarse con ellos y avanzar en ese sentido (de hecho, yo sospecho que ese sector existe y que crecerá). La matraca del cordón sanitario se lleva aplicando en Francia desde los años noventa y el resultado ha sido un crecimiento continuado de Reagrupación Nacional, que por primera vez puede estar en el Elíseo. Me encantaría que España tuviese una derecha enraizada en los valores católicos contra la exclusión y la pobreza, partidos que se tomasen en serio lemas como “Ni un hogar sin lumbre, ni un español sin pan”. Y, sobre todo, que se enfrentase a la UE, Silicon Valley y las franquicias transnacionales para defender a los empresarios españoles, pequeños, medianos y grandes. El distributismo cristiano es un enfoque económico que podría cuajar perfectamente en España si se articula una derecha social.

¿No te da la sensación de que se ha escrito un mismo artículo en 20 medios de comunicación diferentes? De algún modo se crea un marco de sospecha sobre quienes defienden el patriotismo, la familia, el derecho a la vivienda, los derechos laborales y la estabilidad de pareja…

Machacan tres lemas de manera constante, aunque es justo admitir que nosotros hacemos lo mismo. Esto es una batalla cultural y hay que ser siempre tan pesado como el enemigo. Últimamente lo que más me jode es la hipocresía de esa izquierda que arremete contra la familia tradicional, pero vienen justamente de familias tradicionales, donde impera el apoyo mutuo. Viven de sus padres casi hasta que llega la herencia, sin apenas manchar su hoja de vida laboral con un paso por ninguna empresa privada. Un antiguo amigo marxista tiene una forma muy graciosa de explicar este fenómeno: la izquierda madrileña pasa los veinte y treinta de fiesta en Lavapiés, compartiendo juergas con precarios y migrantes, pero a la hora de emparejarse remontan como salmones la carretera de La Coruña para criar junto a otro blanco rico de los municipios con renta más alta de la comunidad (Pozuelo, Las Rozas, Las Matas, Galapagar, Collado Villalba…). Se pasan la vida diciendo que la propiedad es un robo y que hay que abolir las herencias, pero no he escuchado que ninguno renuncie a la suya para dársela al Patio Maravillas ni a Traficantes de Sueños. Lo que proponen, básicamente, es la disolución de los lazos para la gente pobre mientras ellos cultivan los suyos a la manera tradicional de la clase alta. No hay nada más parecido a un elitista de derecha que un elitista de izquierda.

Uno de los redundantes artículos que han ido apareciendo definía a los seguidores de esta corriente como los “guardianes del templo”. Resulta gracioso dado que quienes convirtieron su relato en ideología dominante es la pseudoizquierda institucional (con presupuestos antropológicos libertarios y nihilistas). ¿No son, en realidad, los Antonio Maestre, Steven Forti, Pablo Batalla, Elizabeth Duval de turno, los verdaderos guardianes del templo? Ellos son quienes desde los medios mainstream reaccionan a la reacción. Ellos prescriben valores desde su púlpito. Diego Fusaro suele citar la mítica entrevista de 1975 a Pier Paolo Pasolini en la que profetizaba una nueva inquisición que “utilizará vuestras palabras progresistas” y “sus clérigos serán clérigos de izquierda”. ¿Qué opinión te merece esta profecía? ¿Acertada o errática?

En la lista de nombres que citas creo que hay casos muy diferentes. Siento incluso admiración por Elizabeth Duval, que ha roto algunas dinámicas políticas demenciales. Me gusta que se ponga una rojigualda en su perfil de Twitter, demostrando que para la mayoría de la gente joven de izquierda esta es hace tiempo la bandera de todos. También estoy de acuerdo con ella en que la izquierda del PSOE no va a ningún sitio si se limita a vender el miedo a Vox. Y creo que es inteligente negarse a ser encasillada como activista trans. Pablo Batalla tiene algunas intuiciones interesantes, aunque en Twitter me parece muy adolescente, y le lastran tesis loquísimas como que el gol de Iniesta en Sudáfrica es un precedente de la represión policial de Cataluña el uno de octubre de 2017. 

Steven Forti carece de cualquier talento que no sea el de comisario político, pero esto tampoco lo hace tan bien porque no ha logrado cancelar nunca a nadie. Sobre Maestre, la verdad es que sospecho que sale en tantas tertulias televisivas porque a los dueños de las cadenas les conviene mostrar que la izquierda es un señor friki hiperventilado que te regaña cuando no coincides con su visión moral. Creo que alguien tan íntegro, moderno y hedonista como Pasolini se pondría muy triste con el nivel de sumisión al sistema de la izquierda española en 2022. Y, sobre todo, se enfadaría con el asco de la izquierda del PSOE hacia el pueblo llano, con el que la mayoría se sienten tan incómodos (solo hay que ver cómo han acabado todos los obreros y campesinos que pasaron por Podemos, desde Diego Cañamero a Óscar Guardingo, pasando por Alberto Rodríguez). 

¿Podrías definir sucintamente los ejes principales de la ideología woke-progre?  ¿Qué papel juegan firmas como la tuya, Diego Garrocho, Juan Soto Ivars, Hasel Paris, Esteban Hernández o Daniel Bernabé contra esto? Si Nietzsche estuviera vivo quizá no cargaría tintas contra la moral cristiana, sino contra este ethos neoliberal-posmoderno: una verdadera moral de esclavos.

El wokismo es una versión pijo-académica del puritanismo protestante anglosajón de toda la vida. En el fondo, parecen señoras burguesas preocupadas por el buen tono y las buenas costumbres. Hace poco tomaba un café con un conocido director de cine y me contaba que viaja mucho por festivales internacionales y le toca cenar en la misma mesa que directores y guionistas ‘woke’, que son los que suelen ganar los premios. Me soltó esto: “¿De qué crees que hablan entre plato y plato? Lo típico es que la directora de clase alta libanesa, que ha hecho un drama desgarrador sobre un niño mutilado por una mina antipersonas, hable sobre irse a esquiar a los Alpes o sobre lo mal que está el servicio en su dúplex de Central Park. Son las típicas burguesas de los tés de caridad de toda la vida”, lamentaba. 

La lista que mencionas me parece llena de periodistas y pensadores valiosos, algunos son amigos y a otros simplemente les admiro. De Garrocho destacaría que no solo aspira a escribir -siempre con profundidad-, sino que sé que trabaja para articular cierto asociacionismo colectivo que nos permita ser más eficaces (eso va a ser crucial). Soto Ivars, tantas veces acusado de equidistante, suele tener  posiciones muy valientes y bien argumentadas, además de su talento -que envidio- para conectar con amplias capas de la población sin rebajar el rigor de su discurso. De Hasel Paris, que es muy joven, diría que es alguien que siempre me hace pensar, esté o de acuerdo con sus textos, que algunas veces encuentro demasiado tajantes. Me parece admirable su energía para enfrentarse a los dogmas del discurso dominante (algo que nos hace muchísima falta). Esteban Hernández para mí es un maestro del sentido común, sobre todo en el análisis de las relaciones de poder social, además de quien mejor ha explicado la trágica debacle de la clase media en España (y el error de la izquierda al defender que la clase media es un espanto del que hay que deshacerse). Por último, Bernabé es un izquierdista de los de antes, con quien muchas veces no coincido y que culturalmente veo algo elitista y anglófilo, pero que ha tenido el enorme mérito de poner en el centro del debate la tesis de Hobsbawm y Mark Lilla contra las políticas de la identidad, haciendo además aportaciones propias.  Y admiro su aguante para sobrevivir a sucesivos linchamientos de la izquierda ‘cool’. 

Las pasadas elecciones de Castilla y León y el papelón de la izquierda caniche son la enésima crónica de una muerte anunciada: la de aquel bonito proyecto que pese a nacer en las calles y rebelarse contra la precariedad neoliberal se ha convertido en el primo tonto de un PSOE que se cree invencible. ¿Cuál es tu balance? ¿En qué anda despistada la izquierda oficial?

Cada vez me siento más castellano viejo (castellano pollavieja, dirán los ‘wokes’). Mi padre viene de un pequeño pueblo de Burgos, Cilleruelo de Abajo, mientras mi madre es de San Esteban de Gormaz en Soria. Pasé muchos meses allí en 2021 durante la pandemia y me fascinó lo desconectada que está la izquierda del PSOE de los problemas de esos entornos. Podemos y Más Madrid solo entienden el campo como lugar de turismo rural. En vez de incorporar al partido organizadores comunitarios que vivan en esos entornos (jóvenes agricultores, trabajadores sociales, dinamizadores culturales…) se dedicaron a mandar paracaidistas con el discurso pijiprogre de la calle Argumosa, que es donde se reúnen en Lavapiés (Madrid). Los resultados se venían venir: confieso que incluso me sorprendió que consiguieran un diputado. En vez de leer tantos pensadores anglosajones pop de moda como Mark Fisher (que tiene textos muy interesantes, pero vivió sobre todo en su burbuja ‘trendy’), ya podrían ponerse alguna vez con las novelas de Miguel Delibes, aunque les duela el retrato que hacen de urbanistas empanados como ellos (y como yo, que no me excluyo de estas categorías en absoluto).

En otro orden de cosas, alguna vez has apuntado que “la derecha tiene derecho a formarse”. Muy en contra del mantra izquierdista absurdo de que el fascismo se cura leyendo o aquel en que el intelectual sólo puede ser de izquierdas, ¿Cómo valoras la emergencia de foros de pensamiento como el Instituto Superior de Sociología Economía y Política (ISSEP) que ha sido catalogado como “la escuela de la intolerancia”?

Entre las muchas disfunciones de nuestra izquierda progre destaca el clamar por una derecha civilizada, culta y moderna a la vez que se ponen histéricos cuando un proyecto de derecha da pasos en esa dirección. ¿Cómo no va a ser buena noticia que la derecha madrileña forme a sus cuadros jóvenes entre libros de Juan Manuel de Prada, clases de la filósofa católica Mariona Gumpert y análisis tan sólidos del capitalismo moralista como los de Miguel Ángel Quintana Paz? Es muchísimo mejor que lo que había antes, que en muchos casos era una derecha que se limitaba a copiar los discursos anglosajones de “bajemos los impuestos a los ricos y la economía se reactivará sola”. Es alucinante que Manuel Borja-Villel, que presume de marxista, reciba fondos constantes para El Reina Sofía por parte de Ana Botín mientras que Quintana Paz (que podría considerarse próximo a Vox) articula algunas de las críticas más sólidas a la banquera.

Llamar a ISSEP “escuela de intolerancia” demuestra muy poca cintura porque la intolerancia es un valor que debemos cultivar, ya que muchas inercias del sistema moderno son intolerables (desde los oligopolios digitales de San Francisco a los vientres de alquiler, pasando por los desahucios de familias arrasadas por las crisis especulativas) . El propio Slavoj Zizek, un filósofo posmarxista, tiene un ensayo breve muy potente titulado ‘En defensa de la intolerancia’. Me parece triste que gran parte de la izquierda española viva apegada a un discurso endeble y oenegero (ONGs) que no sirve para relacionarse con la realidad política y social actual.

¿Qué se pierde cuando el rival no se forma intelectualmente? ¿Qué opinas de la cantidad de pensadores jóvenes que está emergiendo en las filas de una derecha cristiana iliberal? ¿Enriquece el debate público? ¿Qué papel en tu opinión debe jugar una hipotética alianza entre socialistas-comunistas-cristianos y populistas iliberales?

Me parece evidente que la energía antagonista ha cambiado de bando en los últimos años desde la izquierda hacia la derecha. Yo siempre voy a atender más a un pensador cristiano, aunque sea de derecha, que a un posmo prosistema con chapita de la Agenda 2030 como los que abundan en la izquierda madrileña (aunque por desgracia también hay cristianos con la chapita). Para mí los grandes espacios para encontrarnos son el soberanismo nacional, el antielitismo y los valores católicos. También la defensa de los servicios públicos como las bibliotecas, la atención primaria y el sistema de pensiones. Defensores de estas cosas hay en la izquierda, la derecha y en el centro reformista. También hay apolíticos de buen corazón, por supuesto. Igual incluso son mayoría.

Como editor de la sección de cultura de Vozpópuli, en qué punto crees que se encuentra la cultura española. ¿Existe un legado cultural propio que merezca ser defendido de los productos culturales anglosajonizantes o, por el contrario, debemos seguir la consigna orteguiana y mirar hacia la Europa continental? ¿Qué reivindicas tú?

Para mí es hora de mirar a América Latina y a África como países hermanos. De allí han salido formas asombrosas de autoorganización del ocio musical, por ejemplo, los soundsystems que dieron lugar al dub, el hip-hop, las raves, los sonideros mexicanos y los picós de Colombia. También debemos mirar a nuestras propias costumbres: los merenderos de las bodegas de Castilla, el poteo vasco y el botellón juvenil son también formas de autoorganizar el ocio y la relación social de manera no individualista. Nuestra música popular más potente, el flamenco, es un ejemplo de siglos de cómo los excluidos y perseguidos pueden crear sus propias formas de arte, estéticamente superiores a las burguesas. Es trágico que esté desapareciendo nuestra red de librerías, bibliotecas, cines, teatros y asociaciones culturales por culpa del arrase de cuatro corporaciones de Silicon Valley. 

En el ámbito del periodismo, ¿qué impacto tanto positivo como negativo ha comportado la incorporación masiva de las nuevas tecnologías y las lógicas de mercadotecnia? ¿Qué deriva crees que seguirán los medios de comunicación en la era de la sobreinformación digital? ¿Añoras lo analógico?

No envidio especialmente lo analógico, pero sí las condiciones del gremio en los años noventa, que es cuando yo comencé a trabajar. La llegada de Internet arruinó el periodismo escrito, destruyendo la red de quioscos y quedándose Google la inmensa mayoría del pastel publicitario. La sobreinformación es una forma de censura, mucho más sofisticada que la clásica de impedirte publicar un contenido. Es más eficaz saturar que denegar. Los medios no sé qué deriva tomarán, pero la situación de precariedad es extrema y creciente, además de depender en exceso de la publicidad corporativa e institucional, aunque sean ya migajas.

Hace poco oí decir al filósofo Ernesto Castro que (al contrario de lo que se suele pensar), el auge de las redes sociales pueden ser un caldo de cultivo propicio a la apertura de espacios para el diálogo filosófico, para la emergencia de un clima cultural renovado. De hecho, describía a las nuevas generaciones de youtubers y streamers como personas dotadas del “buen decir”, de la retórica (en el mejor de los sentidos). ¿Coincides o discrepas?

Discrepo completamente. Por supuesto, en redes sociales podemos encontrar a gente muy articulada y despierta, el propio Ernesto Castro entre ellos. El problema es un sistema social donde cada vez se achican más los espacios físicos y por eso nos vemos todos empujados a relacionarnos casi siempre en redes. Bajas al barrio y son todo franquicias, tiendas cerradas y espacios privatizados. Lo importante es recuperar esos lugares comunes, tal y como ha explicado el filósofo Fernando Broncano, en vez de centrar nuestras energías en elevar el nivel de Internet, donde al final los beneficios se los llevan siempre cuatro magnates gringos.

Por otro lado, precisamente es en estos foros donde está pujante un perfil de influencer muy cercano a posturas anarcocapitalistas. Pienso en canales como Wall Street Wolverine, UHBH, Libertad Y Lo Que Surja, LIBERTAD TV, Orden Espontáneo TV, y figuras destacadas como Miguel Anxo Bastos, Juan Ramón Rallo o el recién fallecido Antonio Escohotado. Esto me recuerda a aquello de Machado: “Haced política, porque si no la hacéis, alguien la hará por vosotros y probablemente contra vosotros”. ¿Qué daños puede provocar en la juventud un contenido que está patrocinado por casas de apuestas y agencias de inversión en bolsa? ¿Qué hay de figuras como Elxokas que han cambiado repentinamente de discurso en torno al marcharse o no a Andorra para tributar menos? ¿Crees que ese es un espacio de disputa ideológica que la izquierda antiliberal debe ocupar? ¿Sabes de algún fenómeno comunicativo -más allá de Ibai- que trabaje en esa línea? Parece que Santiago Armesilla, Guillermo del Valle, Jon Illescas y otros se han animado…

Respeto mucho que Ibai defienda pagar sus impuestos en España, pero en el fondo su figura es la de un ‘influencer’ que introduce en nuestro país las novedades de los oligopolios tecnológicos. Lo que él ofrece es una promoción constante del fútbol de élite, los videojuegos y la comida basura (que tanto anuncia). Como horizonte político, me parece poco interesante. Por supuesto hay un espacio de disputa donde se encuadran todos los nombres que citas, por los que tengo máximo respeto. Más que escoger a un Youtuber u otro como mi favorito, me parece más interesante denunciar la política de sumisión tecnológica del PP y el PSOE hacia Silicon Valley. Todo esto tiene que ver con una visión errónea de la modernidad: desde los años ochenta, en España que confunde demasiadas veces ser moderno con estar a la última de las  novedades del mercado (y poder comprarlas, claro). 

En el mundo digital todo se convierte en un enorme supermercado. En especial me interesa tu opinión respecto al supermercado del amor en la era de las Apps de citas. Zygmunt Bauman desarrollaba el concepto de “amor líquido” sugiriendo que “En una vida de continua emergencia, las relaciones virtuales superan fácilmente lo real. Es la capacidad electrónica de multiplicar los encuentros interpersonales, lo que les confiere un carácter fugaz, desechable y superficial. Las relaciones virtuales están provistas de las teclas suprimir y spam que protegen de las pesadas consecuencias (sobre todo, la pérdida de tiempo) de la interacción en profundidad”. ¿Cómo se puede revertir esta situación? Conociéndote imagino que en tu opinión el poder congregador de la música puede jugar un papel interesante…

A mi juicio, Michel Houellebecq ha hecho la crítica más clara y completa de este fenómeno, desde su novela ‘Ampliación del campo de batalla’ hasta ‘Plataforma’ y ‘Serotonina’. Las relaciones sexuales, que antes de Mayo del 68 estaban en un alto grado  ajenas al mercado, ahora son otros sector del consumo y del consumismo, con perdedores y ganadores radicales.  También es muy interesante lo que explica  JG Ballard en su libro ‘Noches de cocaína’, curiosamente situado en el Levante español. Lo que viene a decir es que vivimos narcotizados por el confort o pseudoconfort y que incluso la violencia y la enfermedad mental son preferibles a esta empanada existencial que llevamos encima. Por supuesto, una salida a esto es potenciar espacios de relación comunitaria donde la música popular puede jugar un papel importante. Te lo digo solo medio en broma: Juan Gabriel y Rocío Jurado pueden darnos una educación política antielitista tan potente como la que ofrecen Terry Eagleton y Slavoj Zizek

¿Qué tipo de relaciones se está fomentando entre los preadolescentes que tienen móvil desde hace ya tiempo? Hay, por ejemplo, una crítica feminista sugerente acerca del nocivo impacto del porno en la psique de nuestros jóvenes…

Por supuesto, la pornografía es una mierda enorme, no solo un sucedáneo de las relaciones sino un sustituto en muchos casos. Tener la fuerza de voluntad para no usarla es uno de los caminos al placer y la cordura. No rechazo la pornografía por su contenido explícito, sino porque muchas veces es un obstáculo psicológico para disfrutar del sexo real.  Las autoras feministas han hecho buenas críticas a este fenómeno, sin duda. Recuerdo el libro “Lo que esconde el agujero”, de Analía Iglesias y Marta Zein, que explica de manera muy rotunda que el porno hace peores nuestras vidas sexuales y nuestras vidas en general.

Por último, ¿con cuál de los insultos que has recibido como sinónimo de rojipardo te quedas? ¿Cuál te parece más original? ¿Cabe espacio a la reapropiación de etiquetas como “nazbol”, “tricornio”, “neorrancio”, “neofalangista” o “rojipardo”?

Una vez preguntaron a Javier Tebas, presidente de La Liga de Fútbol Española, si seguía profesando la ideología falangista. Su respuesta fue algo así como “si me preguntas si aún creo que todos los españoles deben tener una casa, educación y un trabajo pues sí, sigo pensando lo mismo que hace años”.  Si “tricornio” es no tragar los delirios de los indepes que quieren desmembrar mi país pues soy muy tricornio. “Neorrancio” también seré porque prefiero el cante plebeyo de José Menese antes que el posmoderno Niño de Elche (aunque encuentro su voz muy bonita). También prefiero a De Prada, Delibes y Ana Iris Simón antes que a la mayoría de los ensayos que arrasan en las librerías cool de Malasaña y el Raval. “Nazbol” lo acepto también porque me cae bien Limónov, aunque prefiero nacional-popular, digamos Miguel Hernández, Pasolini y Camela. Mi insulto favorito sin duda es “pollavieja”, algo complicado de rebatir porque mi aparato genital va a cumplir pronto medio siglo. Creo que debemos desconfiar de los movimientos políticos que estigmatizan a los mayores, desde la Revolución Cultural de Mao hasta Mayo del 68 o el propio partido nazi. Con todos los problemas que hay en el mundo, preocuparse por la edad avanzada de nuestros penes me parece estar muy perdido (y es triste menospreciar cualquier fuente de alegría)."                 

(Entrevista a Víctor Lenore, El Viejo Topo, Nº 412 (Mayo)

11/7/22

El populismo de derecha ya tiene un nombre: fascismo... solo existe un populismo: el de izquierdas. Deberíamos comenzar a llamar al «otro populismo» por su nombre: fascismo... se homologan las pretensiones totalitarias del fascismo a los elementos totalizadores constitutivos de la lógica del mercado y conectan las subjetividades del neoliberalismo y del fascismo

 "En su nuevo libro Siete ensayos sobre el populismo, Paula Biglieri y Luciana Cadahia sostienen que solo existe un populismo: el de izquierdas. Deberíamos comenzar a llamar al «otro populismo» por su nombre: fascismo. 

 El texto Siete ensayos sobre el populismo de Paula Biglieri y Luciana Cadahia constituye una invalorable contribución a la filosofía política y a la práctica militante progresista en al menos tres niveles. Primero, en la urgente y necesaria reflexión sobre el fascismo y en su obligatoria confrontación en la agenda política global; también en la redefinición del populismo como forma de quehacer política que ha ocupado un lugar central en América Latina y, finalmente, en la exposición de algunos de los desafíos estructurales que enfrenta el progresismo continental en la elaboración de agendas políticas y prácticas de gobierno. 

Los siete ensayos —clara evocación al clásico texto de José Carlos Mariátegui— proponen una serie de reflexiones que rompen la consuetudinaria asociación que algunos sectores han hecho entre populismo e irracionalidad. Biglieri y Cadahia no solo desmontan esa vieja asociación sino que colocan al populismo en el centro de la política. 

El trabajo también controvierte la división entre populismos de izquierda y de derecha y argumenta de manera persuasiva que, por el contrario, todo populismo es de izquierda y que lo que se conoce como populismo de derecha es simplemente fascismo. De especial utilidad resulta la asociación entre fascismo y neoliberalismo, ya que permite explorar las nuevas formas de subjetividad que se crean en la era del dominio del mercado y las posibles articulaciones que estas tienen con el fascismo. 

El libro también explora las ricas y complejas conexiones entre populismo, republicanismo y feminismo, lo que le convierte en una herramienta indispensable en los debates de la agenda política progresista latinoamericana, urgida de construir un marco ético-político que dispute las nuevas subjetividades y al fascismo neoliberal.

Resulta pertinente que Biglieri y Cadahia articulen neoliberalismo y fascismo. A pesar de que en América Latina hemos tenido una larga historia de violencia política antes y después del dominio neoliberal, en nuestro continente el fascismo como concepto ha sido utilizado con cierto pudor, porque de una u otra forma nos parece que sigue siendo una experiencia excepcional de un momento del capitalismo central que se expresó en su plenitud en la denominada segunda guerra mundial.

 Es importante que el libro haya aparecido cuando revienta de nuevo en el centro de Europa lo que especialistas llaman la «guerra de nuevo tipo», que no es más que la guerra neoliberal en la que se funde la violencia estructural, la lógica corporativa trasnacional y la guerra privatizada. La incorporación oficial del Batallón Azov en el Ejército ucraniano y su reconocimiento y apoyo por parte de la OTAN decanta el largo proceso de incubación en el capitalismo tardío de lo que Ingmar Berman llamaba «el huevo de la serpiente»: el surgimiento y la consolidación del fascismo europeo en el periodo de entreguerras.

Las conexiones entre neoliberalismo y fascismo a través de la guerra privatizada han tenido una importante trayectoria a ambos lados del Atlántico si tomamos en cuenta que los primeros conflictos manejados desde la lógica del capitalismo corporativo se dieron en la antigua Yugoeslavia luego de la disolución soviética y se fueron expandiendo en la invasión imperial a Irak, Libia y Siria, así como en la guerra de Colombia. 

A partir de autores como Jorge Alemán, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Biglieri y Cadahia ofrecen una serie de herramientas que permiten definir al populismo como expresión progresista del campo popular y como condición de la política, su diferencia con el llamado populismo de derechas —o fascismo en sentido estricto— y muestran las importantes conexiones entre subjetividad, populismo y fascismo en el contexto del dominio del mercado. Las diferencias estructurales entre el populismo y el populismo de derechas o fascismo pasan por el reconocimiento de que ambos acentúan lo popular como campo de demandas heterogéneas, pero «Mientras el populismo que hemos dado en llamar emancipador organiza las diferencias mediante la articulación —esto es, no suprime la heterogeneidad constitutiva de las diferencias—, el populismo concebido de derecha, en cambio, las organiza mediante la homogeneidad». 

Para las autoras hay una conexión entre el populismo y la hegemonía que, desde Gramsci y Laclau, sabemos que se organiza como un campo de heterogeneidades e inestabilidades que se reconocen y subsanan de manera provisional a través de la coincidencia entre el líder y el pueblo o a través del reconocimiento de la equivalencia de las demandas particulares formuladas en el campo heterogéneo de lo popular. En contraste, la interpelación política que se hace al pueblo en el fascismo privilegia los intentos totalizadores, buscando crear la imagen del pueblo-uno, libre de antagonismos y fisuras. Sabemos también, desde Carl Schmitt, que esta imagen del pueblo se conforma eliminando los antagonismos y sustituyéndolos con los enemigos, lo que permite que la unificación se dé en torno a valores metafísicos como la patria, la raza, la religión o la nación.

 Biglieri y Cadahia homologan las pretensiones totalitarias del fascismo a los elementos totalizadores constitutivos de la lógica del mercado y conectan las subjetividades del neoliberalismo y del fascismo. Basadas en los trabajos de Jorge Alemán y Wendy Brown, las autoras muestran cómo el neoliberalismo se fundamenta en una lógica que busca eliminar su propia condición sociohistórica al tiempo que pretende convertirse en una ontología con el objeto de eliminar el reconocimiento de proyectos alternativos. 

Recordemos que el neoliberalismo alcanzó su expresión ideológica junto a una retórica posmoderna que declaraba el fin de la historia, de los metarrelatos o del humanismo, mientras imponía la lógica del consumo y construía al mercado como lugar de realización de una subjetividad narcisista. Esta subjetividad se fundamenta en una lógica del individuo como emprendedor que hace del sujeto el objeto del éxito o del fracaso, inmerso en una lógica sacrificial que, en términos de Brown, lo somete al crecimiento económico y lo capacita para sacrificarse por la salud de la economía y la moral del estado. En términos de Alemán, la subjetividad neoliberal buscaría la sustitución de la esfera de la política por la construcción de la subjetividad económica.  

Junto a la diferencia radical que establecen entre populismo y fascismo y la contextualización de esa diferencia en la sociedad neoliberal, Biglieri y Cadahia abren un abanico de reflexiones sobre los desafíos y las posibilidades políticas del campo progresista en un contexto radicalmente novedoso respecto a las formas modernistas precedentes: el neoliberalismo ha construido legados culturales imposibles de dejar de lado en las agendas progresistas. 

En esta línea, las autoras llaman a reconocer el carácter contingente y provisional de la política, lo que constituye un reconocimiento al llamado análogo que habían hecho ya Laclau y Mouffe de abandonar la metafísica que se esconde en la pretensión de la conquista del paraíso; una vez se abandona la metafísica, las autoras evitan caer en cualquier forma de pesimismo que podría derivarse de ese abandono e invitan a explorar y retomar los complejos y ricos encuentros que el populismo ha tenido con las tradiciones inscritas en lo que en términos de Laclau y Mouffe podemos catalogar como la democracia radical: el republicanismo popular, el internacionalismo y el feminismo. 

Las conexiones del populismo y las tradiciones democrático-radicales las establecen teniendo en mente la urgencia de repensar la militancia en un contexto de clara disputa con un fascismo en ascenso a nivel global, al tiempo que les sirven también para elaborar una mirada crítica sobre una serie de sectores que desde el campo del progresismo han abandonado la disputa por el control del estado y de las instituciones  que describen solo como instrumentos de dominación, mientras promueven una mirada mistificada y esencialista de los  movimientos sociales y sus particularidades. La agenda de estos sectores se ha caracterizado por desarrollar una oposición radical a los gobiernos progresistas desde campos como el indigenismo, el feminismo o el ambientalismo. 

Para Biglieri y Cadahia, entre las contribuciones del republicanismo popular sobresalen las confluencias de las luchas por lo institucional y lo cotidiano, lo local y lo universal, así como del conflicto y el consenso en la naturaleza de lo político. Mientras que el internacionalismo populista visibiliza las diferencias entre los nacionalismos fascistas (que apelan a la construcción de la nación como una comunidad que cierra las puertas especialmente a las migraciones provenientes del sur global), los nacionalismos antimperialistas sientan la pauta para nuevas formas de solidaridad entre los países del Sur Global.

Finalmente, las autoras visibilizan algunos desafíos, complejidades y potencialidades en la relación entre populismo y feminismo a partir de la premisa de que «las populistas somos feministas». Al tiempo que formulan una crítica a las miradas esencialistas de los feminismos que se oponen de manera radical al Estado —al que identifican con la abstracción y el patriarcado, mientras reivindican la organización feminista y el cuerpo, a los que definen como categorías inmanentes que representarían la emancipación—, las autoras también interpelan al republicanismo para que incorpore reivindicaciones del feminismo tales como la lógica de los cuidados, que estuvo secuestrada durante mucho tiempo en la instancia privada."                     

(, Pensador y antropólogo afrocolombiano, JACOBIN América Latina, 10/07/22)