28/1/13
Algo más de 16 de cada 100 habitantes del mundo, exactamente 16,3, no se identifican con ninguna de las religiones existentes
3/12/09
El siglo XX y el inicio del XXI considerados como los de la ciencia y de sus aplicaciones prácticas, se clausuraron con una mirada a la astrología, la magia, el esoterismo, las religiones orientales y a toda una serie de manifestaciones de la necesidad de nuevas solidaridades. Asistimos a una reevaluación de sentido de misterio, de lo religioso y de lo sagrado. La sociedad actual tiene hambre de lo sagrado. La constatación de este fenómeno puede apreciarse en la proliferación de movimientos y grupos de diferentes tipos y tendencias, de sectas, la multiplicación de publicaciones, películas y libros, programas con temáticas sobre lo mágico, lo maravilloso, lo milagroso, lo misterioso.
Los tiempos modernos, refractarios en tantos sentidos a lo sobrenatural, lo han sustituido con harta frecuencia por la trascendencia societaria en vez de por una trascendencia de lo divino que está fuera de toda cosa humana. La religión en nuestros días es vida subjetiva, fruto de la fuerte individuación a que llegó nuestra sociedad. La mayor parte de las veces se trata de un fenómeno social, fruto de una magia personal, que halla significado en la moralidad y en el subjetivismo emocional.
El sagrado actual es una construcción de diversos imaginarios sociales y un intento de dotar nuevamente de sentido a las cosas porque las cosas no son lo que son sino lo que significan. Todos tratan de reconstruir un mundo de símbolos y de magia que sirve para que las personas imaginen que influyen sobre fenómenos en los que a penas pueden intervenir. Se trata, pues, de una energía difusa, de proveniencia social según la cual el contacto entre lo sagrado y lo profano modifica a los dos.
La participación en el rito permite al individuo inscribir la realidad en un sistema de sentido, le da una imagen total del mundo que sustituye la troceada y analítica que da la ciencia, y le ofrece la oportunidad de reencontrarse emocionalmente, de expresarse con libertad y, al mismo tiempo, estar dentro de un orden." (f
28/10/08
Savater y El Papa
¿qué es la "laicidad positiva"? Pues aquella fórmula institucional que respeta la libertad de creer o no creer (en dogmas religiosos, claro) porque ya no hay más remedio, pero considera que las creencias religiosas no sólo no son dañinas sino beneficiosas social y sobre todo moralmente. "La búsqueda de espiritualidad no es un peligro para la democracia", asegura triunfal Sarkozy. ¡Claro que no! Pero ¿quién le ha dicho que la espiritualidad hay que buscarla prioritariamente en la fe o la religión? Más aún: ¿quién le ha ocultado que la crítica de los dogmas y la denuncia de las iglesias proviene de quienes buscaron -y buscan- realmente una espiritualidad que no se pare en barras... ni en reclinatorios? (...)
Entre otros se lo recuerda Jean Baubérot, que es profesor emérito de historia y sociología de la laicidad en la Escuela Práctica de Altos Estudios (no, no es ateo sino protestante), en un libro interesante y divertido: La laicidad explicada al Sr. Sarkozy... y a quienes le escriben los discursos (ed. Albin Michel). Para Baubérot, la llamada "laicidad positiva" no es sino una forma de neoclericalismo, confesional pero no confeso. Y eso porque un Estado realmente laico no sólo no puede dejarse contaminar por ninguna religión, ni privilegiar ninguna de las existentes sobre las demás, sino que tampoco puede declarar preferible tener una religión a no tenerla. El lema que hoy trata de imponerse es: "crea en lo que quiera, pero tenga religión; siempre es mejor tener una religión que carecer de ella; a quien tiene religión no le sobra nada, mientras que a quien no tiene siempre le falta algo" (...)
La laicidad (que en buen castellano se llama laicismo) no necesita apellidos que la desvirtúen: "laicidad positiva" pertenece a la misma escuela que "sindicatos verticales" o "democracia orgánica". (FERNANDO SAVATER: Siempre negativa, nunca positiva. El País, ed. Galicia, Opinión, 16/10/2008, p. 33/4)