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4/6/13

Las leyes no deben pretender zanjar las divergencias morales de los ciudadanos, sino crear un ámbito en el que puedan convivir todas sin humillación de nadie

"No hay nada peor para los valores que convertirlos todos en moneda ética. ¿Acaso solo pueden ser principios morales los que aconsejen acabar con los paraísos fiscales, como si no hubiese razones económicas para obstaculizar los fraudes y la evasión de impuestos?

 ¿No pueden encontrarse en la economía misma intereses sociales que desaconsejen la tolerancia con los depredadores? ¿No hay en la política razones para tener por bueno a quien busca según sus luces el acuerdo con otros y el bien común, no su mero lucro privado? ¿Se remediarán nuestros males exigiendo a los políticos comportamientos morales y no rectitud política?

 En Euskadi, con un terrorismo puesto casi fuera de combate por quienes se enfrentaron sin eufemismos ni atajos ilegales con él, buscan ahora por medio de una ponencia de paz parlamentaria un “suelo ético” sobre el que convivir, como si la Constitución y el Estatuto que hemos defendido con tanto esfuerzo contra ETA y servicios auxiliares no brindasen valores suficientes para organizar una comunidad democrática que no excluye a quienes una vez lucharon contra ella aunque sin ceder ante los que siguen tratando de subvertirla por otros medios.

Pero es que además la ética, en cuanto reflexión que busca la excelencia personal (puesto que cada cual solo se conoce a sí mismo como sujeto de la intención, buena o mala), puede entrar en ocasiones en conflicto con las exigencias públicas de ciertos roles sociales. 

Si por ejemplo un multimillonario (pongan ustedes el nombre que prefieran en la línea de puntos) siente un retortijón íntimo de conciencia y decide repartir toda su fortuna entre los más necesitados, es muy probable que encuentre argumentos morales para justificarse. 

Pero si ese mismo escrúpulo aqueja al ministro de Economía de un país respecto al erario público, lo mejor que puede hacer es renunciar a su cargo para no seguir un impulso que va contra otros valores prudenciales tan perfectamente respetables como los éticos que conmueven su corazón. 

Porque no solo se nos puede exigir una moral de principios, sino también otros principios derivados de la responsabilidad, como señaló en su día Max Weber. A quien quiera aprender en vivo la diferencia entre ambas cosas le recomiendo Lincoln, de Spielberg, que cuenta cómo el hombre más puro de Estados Unidos revocó la historia para la libertad por medio de la corrupción.

En una sociedad abierta y pluralista, por tanto laica y no sometida a rigideces teocráticas, las leyes no deben pretender zanjar las divergencias morales de los ciudadanos, sino crear un ámbito en el que puedan convivir todas sin humillación de nadie.

 O sea, lo contrario de lo que ocurrió cuando el Parlamento catalán prohibió las corridas de toros, convirtiendo en obligatoria la opción moral de una parte de la ciudadanía contra la de los demás.

 Algunos que en su día apoyaron esa ley han descubierto ahora, con motivo de la posible modificación de la ley sobre la interrupción del embarazo, las virtudes de respetar la decisión personal y no imponer una ética única a toda la población. 

 Bienvenidos a la tolerancia… o al menos a la cordura legal. En el tema del aborto, las perplejidades éticas son inevitables y deberían ser celebradas como una muestra del desarrollo de la conciencia que aquilata los valores vitales, no como un atraso. Solo un idiota moral —que los hay— afronta esa situación con la misma despreocupación que quien se extirpa un lobanillo. 

Pero ninguna legislación puede zanjar tales escrúpulos: si es discreta, se conformará con impedir que se vean agravados por persecuciones penales y una clandestinidad anti-higiénica.

El supuesto de aborto lícito en el caso de una malformación grave del feto presenta precisamente el ejemplo de un auténtico dilema moral contemporáneo. Antes no hubiera existido, porque no teníamos la tecnología adecuada para detectar tales casos: la cuestión la resolvía en ciertas culturas tras el nacimiento el infanticidio (que no es lo mismo que un “feticidio”) o la resignación ante lo que nos manda la naturaleza o Dios.

 La ética no cambia radicalmente con los tiempos, pero como trata de la valoración de nuestras acciones evoluciona según se amplían las capacidades humanas. Hoy podemos decidir con información suficiente antes del nacimiento, en las primeras etapas del embarazo, y el verdadero problema moral ahora no es si se tiene derecho a abortar en caso de graves malformaciones sino si, conociéndolas, se tiene derecho a dar a luz.

 La norma legal debe señalar el marco razonable de ese íntimo debate, sin aspirar a tener nunca la última palabra.

En cuanto reflexión sobre nuestros fines vitales, la ética puede considerarse el telón de fondo de acciones e instituciones. Se ocupa de cómo lo humano debe reconocer y tratar diferenciadamente a lo humano, o sea que siempre es “especieísta” —contra lo que creen animalistas varios— pero naturalmente racional, contra lo que piden los teólogos. Aunque desde luego no agota todos los campos de valoración ni reduce los retos de nuestra interacción a una simplicidad binaria o maniquea."          (FERNANDO SAVATER, EL CORREO 30/05/2013, en Fundación para la Libertad)

27/3/13

"No creo que haya Libre Albedrío"


«No creo que haya Libre Albedrío. La conclusión me vino la primera vez en una especie de caldo primordial de conocimiento cuando tenía unos 13 años, y esa conclusión no ha hecho más que fortalecerse desde entonces. Lo que me preocupa es que a pesar del hecho de que esto es lo que creo sin dudarlo, hay veces en que es demasiado difícil sentirse como si no hubiese libre albedrío, creerlo, actuar de acuerdo a ello.

 Lo que verdaderamente me preocupa es que es demasiado difícil para prácticamente cualquiera actuar como si no hubiese libre albedrío. Y a veces esto puede tener consecuencias bastante malas. 

Si eres neurocientífico, podrías ser capaz de pensar que existe libre albedrío si dedicas tu tiempo únicamente a pensar sobre, por ejemplo, la cinética de una enzima en el cerebro, o en la estructura de un canal iónico, o en alguna molécula que es transportada a través de un axón.

 Pero si en vez de eso dedicas tu tiempo a pensar qué tienen que ver el cerebro, las hormonas, los genes, la evolución, la niñez, el entorno fetal, etc., con la conducta, como hago yo, parece simplemente imposible creer que hay libre albedrío. 

La evidencia es amplia y variada. Elevar los niveles de testosterona de alguien le hace más propenso a interpretar una cara emocionalmente ambigua como amenazante (y tal vez a actuar en consecuencia). Tener una mutación en un gen particular incrementa las probabilidades de que la mujer sea sexualmente desinhibida en la mediana edad. 

Pasar la vida fetal en un entorno prenatal particularmente estrenaste incrementa la probabilidad de comer en exceso de adultos. Desactivar temporalmente una región de la corteza prefrontal en una persona hace que actúe con más sangre fría y utilitaria cuando toma decisiones en un juego económico.

 Ser un familiar de primer grado, psiquiátricamente sano, de un esquizofrénico, aumenta las probabilidades de creer en cosas "metamágicas" como OVNIs, la percepción extrasensorial, o las interpretaciones literales de la Biblia. Tener una variante normal del gen del receptor de vasopresina hace que un tipo tenga relaciones románticas estables. 

La lista sigue y sigue (y solo por dejar claro algo que debería ser obvio a partir de este párrafo, pero que no se recalca con mucha frecuencia: la ausencia de libre albedrío no se parece ni remotamente a nada sobre el determinismo genético). 

El concepto de libre albedrío requiere que uno suscriba la idea de que a pesar de ser un remolino de asquerosidad biológica y blandas partes cerebrales rellenas con genes, hormonas y neurotransmisores hay, sin embargo, un búnker subterráneo en un rincón apartado del cerebro, un centro de control que contiene un homúnculo que elige tu conducta. 

En ese punto de vista, el homúnculo podría estar hecho de nanochips, de tubos vacíos polvorientos, de papel de pergamino arrugado y viejo, de estalactitas de la voz amonestadora de tu madre o de vetas de azufre. Y, en esta visión de la conducta, sea lo que sea de lo que esté hecho el homúnculo, no está hecho de algo biológico. Pero no hay un homúnculo y no hay libre albedrío. 

Esta es la única conclusión a la que puedo llegar. Pero aún así, es muy difícil creer eso, sentir eso. Estoy dispuesto a admitir que he actuado de forma ofensiva algunas veces a causa de esa limitación. Mi mujer y yo quedamos con un amigo para almorzar que sirve ensalada de frutas. 

Y proclamamos: guau, la piña está deliciosa. Están fuera de temporada, responde con suficiencia nuestro anfitrión, pero tuve suerte y logré encontrar un par buenas. Y en respuesta a esto, las caras de mi mujer y mía expresaban una admiración asombrada ?tú sí que sabes cómo elegir la fruta, tú eres mejor persona que nosotros?. Alabamos al anfitrión por esta muestra de libre albedrío, por la elección que hizo en la bifurcación del camino que es la Elección de las Piñas.

 Pero nos equivocamos. Los genes tienen algo que ver con los receptores olfativos que tiene nuestro anfitrión, que le ayudan a detectar la madurez. Quizá nuestro anfitrión proviene de una gente cuyos antiguos y profundos valores culturales incluyen aprender a detectar si una piña está bien.

 La pura suerte de la trayectoria socioeconómica de la vida de nuestro anfitrión ha proporcionado los recursos para merodear en un mercado orgánico con sobreprecio donde suena música folk ligera peruana. 

Es muy difícil sentirse de verdad como si no hubiese libre albedrío, no caer en esta falsedad de aceptar que hay un sustrato biológico de posibilidades y limitaciones, pero que hay una separación homuncular en lo que esa persona ha hecho con ese sustrato ?

"Bueno, no es culpa de la persona si la naturaleza le ha dado una cara que no es la más adorable, pero después de todo, ¿de quién es el cerebro que elige ponerse ese horrible pendiente en la nariz?"?

Esto trasciende a la mera charla sobre pendientes en la nariz y piñas. Como padre, estoy inmerso en la comunidad de padres neuróticos que tratan frenéticamente de poner a sus hijos en la dirección de la más perfecta adultez imaginable. 

Cuando hablamos sobre la escolarización de nuestros hijos, hay un cúmulo de maravillosa investigación de una colega mía, Carol Dweck, que siempre citamos. Resumiendo a lo bestia y simplificando, coge a un niño que acabe de hacer algo académicamente admirable, y alábalo diciendo, guau, es genial, debes de ser muy lista.

 De forma alternativa, en la misma circunstancia, alábalo diciendo, en su lugar, guau, es genial, debes de haber trabajado muy duro. Y decir que lo último es una ruta mejor para mejorar el rendimiento académico en el futuro ?no alabes los dones intelectuales innatos del niño; alaba el esfuerzo y la disciplina que eligen aplicar en la tarea. 

Bien, ¿cuál es el problema de eso? Nada si esa investigación solo produce una prescripción sin carga moral: "'Debes de haber trabajado muy duro' es un enfoque más eficaz para mejorar el rendimiento académico que 'Eres muy listo'."

 Pero es incorrecta si estás acariciando al homúnculo en la cabeza, llegando a la conclusión de que un niño que ha logrado algo mediante el esfuerzo es un mejor y más loable productor de elecciones que un niño que se valga de la pura inteligencia. Esto se debe a que el libre albedrío se queda al margen cuando se considera la autodisciplina, la función ejecutiva, la regulación emocional y la postergación de la recompensa

. Por ejemplo, los daños en la corteza frontal, la región del cerebro más estrechamente involucrada en esas funciones, hace que alguien sepa la diferencia entre el bien y el mal, y sin embargo no pueda controlar su conducta, incluso su conducta asesina. Las diferentes versiones de un subtipo de receptor de dopamina influyen en la tendencia de una persona a tomar riesgos y buscar sensaciones. 

Si alguien está infectado con el protozoo parásito Toxoplasma gondii, será propenso a ser ligeramente más impulsivo. Hay una clase de hormonas del estrés que puede atrofiar las neuronas en la corteza prefrontal; en los primeros años de escuela básica, un niño criado en condiciones de pobreza tiende a quedarse atrás en la maduración de la corteza prefrontal. 

Quizá podamos llegar al punto de entender realmente que cuando decimos: "Qué pómulos tan bonitos tienes", estamos felicitando a la persona basándonos en la creencia tácita de que ha elegido la forma de sus arcos cigomáticos. Pero no es mayor problema si no podemos lograr ese estado mental. 

Pero sí lo es si, por ejemplo, al considerar a ese niño de seis años cuyo desarrollo frontocortical ha sido machacado por un temprano estrés vital, confundimos su desgraciado control de los impulsos con una falta de virtud moral. O hacer lo mismo en cualquier otro ámbito de las debilidades y los fracasos, incluso en las monstruosidades de la conducta humana.

 Esto es sumamente importante para el sistema de la justicia criminal. Y para cualquiera que diga que es deshumanizante afirmar que la conducta criminal es el producto final de una máquina biológica averiada, la respuesta debe ser que es infinitamente mejor que condenar la conducta como producto final de un alma podrida. 

Y de igual modo, tampoco está muy bien pensar en términos de alabanza, de buen carácter, de buena elección, cuando miramos a los productos finales de biología afortunada y beneficiosa.

Pero es muy difícil creer realmente que no hay libre albedrío, cuando hay tantos hilos de causalidad que no se conocen aún, o son tan intelectualmente inaccesibles como pensar automáticamente sobre las consecuencias en la conducta de todo lo que va de las presiones selectivas de la evolución de los homínidos hasta lo que ha tomado alguien para desayunar. Esta dificultad es algo sobre lo que deberíamos preocuparnos.»    (Arcadi Espada, 22/03/2013)

6/9/07

La base biológica de la moral

En todo caso, con la brida puesta, no hay nada inconveniente en las interpretaciones evolutivas. Como digo, es un territorio en donde las conjeturas son peaje inevitable. Lo malo es arrancar de tales provisionalidades para acabar sentenciando acerca de lo que pasa o, todavía peor, acerca de lo que debe pasar.
(…)

Con todo, el error más grave es otro: extraer conclusiones morales de lo que somos. Por supuesto, es importante conocer de qué barro estamos amasados. Aunque las razones para defender la igualdad son independientes de si somos o no iguales, pues no se distribuyen los derechos según seamos más o menos imbéciles, hermosos o rubios, para diseñar las instituciones que hagan posible la igualdad es de sumo interés saber si priman en nosotros disposiciones egoístas, que no parece, altruistas, que tampoco, o un modesto y prudencial sentimiento de reciprocidad, que parece que sí.
(…)

Pero nunca hay que olvidar lo fundamental, lo de siempre: lo que somos nada nos dice acerca de lo que está bien que sea. Que los humanos nazcamos, todos, con un "instinto" no hace bueno al "instinto". La violencia doméstica no está justificada por más que ser agresivos o celosos resultara adaptativamente ventajoso. Que existan razones biológicas para que algunos colores o formas nos atraigan o para que ciertos cuerpos nos embelesen no resuelve "el problema de la belleza". Siempre nos quedarán por responder las preguntas "eso que queremos, ¿está bien?"; "eso que nos gusta, ¿es hermoso?". Al cabo, somos capaces de reconocer que cosas que hacemos o queremos no nos parecen bien. Sucede hasta con nuestras disposiciones gastronómicas. Nuestro gusto por los alimentos dulces, explicable porque, en las condiciones de escasez en las que transcurrió la mayor parte de nuestra existencia, los golosos se proveían con mayor eficacia de calorías, hoy, en la abundancia, es una inconveniencia y, porque nos parece mal, lo combatimos. Por cierto, que algo parecido podría pasar con la anorexia, que también en su día resultase la mar de conveniente. (FÉLIX OVEJERO LUCAS: Genes y nenúfares; El País, ed. Galicia, Opinión, 05/09/2007, pp. 15)