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12/1/25

Las leyes fundamentales del movimiento del capitalismo que Marx revela en su análisis económico: la ley del valor, la ley de la acumulación y la ley de la rentabilidad. Esta última fluye de las dos primeras, por lo que la teoría marxista de las crisis depende de estas tres leyes para ser correcta (Michael Roberts)

 "Karl Heinrich Marx nació en Trier, Alemania, el 5 de mayo de 1818. Trier era parte el Estado monárquico de Prusia. Marx provenía de una familia judía que se había convertido al protestantismo en su niñez.

En los años de su adolescencia estuvo bajo la influencia de su padre y del amigo de su padre, el Barón Von Westphalen. Ambos eran hombres de la Ilustración, seguidores de los ideales de los filósofos franceses y de la Revolución francesa. Marx nació inmediatamente después del final de las llamadas Guerras Napoleónicas y sobre el inicio de una recuperación económica gradual en los mini-Estados alemanes. Al llegar a la universidad, a fines de la década de 1830, era de opiniones democráticas radicales, uno de los “jóvenes hegelianos” que se oponían filosóficamente a la superstición religiosa y a la autocracia.

El período de Marx joven, desde que deja la universidad sin ningún cargo académico, estuvo marcado por un brote radical en las ideas y acción política en Europa. Gran Bretaña estaba en medio de la “Revolución industrial”, con toda su expansión de maquinaria y bienes, y la explotación del trabajo como su oscuro acompañante. La ley de Reforma de 1832 le había dado el voto a las clases medias, pero ahora aparecía la presión del movimiento cartista en la clase obrera, que reclamaba el sufragio universal. En Alemania, los obreros se organizaban por primera vez en las ciudades y los campesinos se estaban inquietando. Económicamente, en 1840 se estableció la Unión Aduanera de Alemania, la Zollverein, que puso un fin a las barreras comerciales dentro de la espera de influencia de Prusia, y dio inicio a un enorme brote económico.

Al dejar la universidad, Marx se convirtió en un periodista radical con una creciente concepción materialista de la lucha de clases. Comenzó a interesarse en los desarrollos económicos bajo el aliento de su nuevo amigo, que finalmente lo será de por vida, Friedrich Engels. Engels vivía en el corazón del Capital, la ciudad industrial británica Manchester, y ya estaba escribiendo sobre las consecuencias económicas y sociales del desarrollo capitalista. Marx y Engels se volvieron comunistas, una ideología diseñada para reemplazar al capitalismo como modo de producción y para la organización social con control comunal bajo la acción de la clase obrera como “enterradora” del capitalismo.

Juntos escribieron el Manifiesto Comunista en marzo de 1848, inmediatamente antes de la erupción de las revoluciones contra la autocracia en toda Europa. El manifiesto reconocía intuitivamente la naturaleza del capitalismo, pero sin exponer ninguna de sus leyes de movimiento. En el Manifiesto, Marx había visto cómo podría desarrollarse el capitalismo, pero aún no había resuelto la mecánica y las leyes del movimiento del desarrollo del capitalismo. Fue Engels quien alentó a Marx a estudiar las obras de los economistas clásicos ingleses.

La derrota de las revoluciones de 1848 y el eventual exilio de Marx a Gran Bretaña dio inicio al período de madurez de Marx (a la edad de 32 años), que duró hasta la derrota de la Comuna de París en 1871 (a sus 53 años). Este período resultó ser el del largo auge de las economías europeas. Gran Bretaña era la potencia económica y política dominante, y por lo tanto el mejor lugar para estudiar la economía del capitalismo. Este auge les reveló a Marx y Engels que no había un atajo hacia la revolución, y que el capitalismo tenía aún formas de expandirse por el mundo. La primera depresión de 1857 no condujo ni al colapso del capitalismo ni a la revolución. Marx se concentró en organizar el primer partido internacional de la clase obrera (la Asociación Internacional de Trabajadores) y en escribir su principal obra económica, El Capital.

A lo largo de la década de 1850, trabajó en el Museo Británico y compiló notas detalladas sobre los llamados economistas clásicos de principios del siglo XIX Adam Smith, David Ricardo, James Mill, Thomas Malthus y muchos otros. Fue entonces cuando desarrolló sus tres grandes leyes de movimiento del capitalismo: la ley del valor, la ley de la acumulación y la ley de la tasa de ganancia. De estas leyes se puede derivar la teoría de Marx sobre las crisis bajo el capitalismo. También explican por qué el capitalismo es un modo de producción que agotará su capacidad de incrementar las “fuerzas productivas” de la sociedad humana y deberá ser reemplazado.

El mayor descubrimiento económico de Marx en la década de 1850, y su mayor contribución a la economía política, fue cómo el modo de producción capitalista extrae valor del trabajo humano. En las economías capitalistas, pareciera que la fuerza de trabajo humano fuera intercambiado por un salario en un intercambio libre e igual. Pero Marx demostró que esto era una farsa. Se extraía plustrabajo sin pago porque los salarios se pagaban para que los obreros cubrieran sus necesidades, pero eran contratados por más horas, días o años que el valor contenido en el poder de compra de sus salarios. El plustrabajo tomaba la forma de plusvalía en una economía en la que todos los productos de la fuerza de trabajo se vendían en el mercado como mercancías, incluida la propia fuerza de trabajo.

El descubrimiento de Marx de la plusvalía pasó a formar parte de su teoría o ley del valor basado en trabajo humano vivo. Sus otras leyes clave del movimiento del capitalismo fueron la ley de acumulación y la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Las leyes del valor y de la acumulación aparecieron en el volumen I de El Capital. Pero la ley de la tasa de ganancia no apareció sino hasta la publicación del volumen III en 1894. Los Grundrisse (las notas de Marx para El Capital) no estuvieron disponibles para nadie sino hasta bien entrado el siglo XX.

En los Grundrisse, Marx elaboró en detalle la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia y la caracterizó como “la ley más importante de la economía política moderna…, que a pesar de su simpleza nunca había sido comprendida hasta ahora, y aún menos había sido expresada conscientemente”. La consecuencia de esta ley es que “después de determinado punto, el desarrollo de las fuerzas productivas se convierte en una barrera para el capital; esto significa que la relación del capital es una barrera para el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo”.

A partir de las tres leyes de Marx podemos comprender por qué el capitalismo no puede dejar de estar sujeto a depresiones regulares y recurrentes; provoca rivalidades atroces entre estados nacionales que conducen a guerras perpetuas; y engendra un derroche descontrolado de los recursos naturales que ahora amenaza con destruir el planeta mismo. Las leyes de Marx también nos dicen que el capitalismo no estará aquí por toda la eternidad sino que tiene una existencia finita. La pregunta frente a nosotros, 200 años después del nacimiento de Marx, es qué lo reemplazará como modo de producción y organización social de los seres humanos de este planeta.

Desde las tres leyes de Marx podemos entender por qué el capitalismo no puede dejar de estar sujeto a desplomes regulares y recurrentes; ocasionar rivalidades perniciosas entre los Estados nacionales que llevan perpetuamente a guerras, y engendrar un uso descontrolado y derrochador de los recursos naturales que ahora amenazan con la destrucción del planeta. Las leyes de Marx también nos dicen que el capitalismo no estará aquí eternamente sino que tiene una existencia finita.

Marx nunca dejó de intentar respaldar sus leyes del movimiento del capitalismo y su teoría de las crisis con evidencia empírica. De hecho Marx, el investigador empírico, lidió con siete ciclos sucesivos en su vida. En sus últimos años, Marx se concentró en el análisis del rol del crédito en las crisis y cómo estas estaban conectadas con las crisis regulares en la producción.

La derrota de la Comuna de París en 1871, seguida por el pánico financiero y el colapso de 1873 en los EE. UU. que se expandió a Europa, marcaron la fase final de la vida de Marx. También fue el comienzo de lo que eventualmente se llamó la (primera) Gran Depresión, en la que las mayores economías capitalistas bregaban por recuperarse de los colapsos y se volvieron sujetos de una serie de caídas. Esto fue una reivindicación de las leyes del movimiento de Marx. Murió en 1883, en el peor momento de la depresión en Gran Bretaña.

Marx permaneció como una figura oscura en el pensamiento económico y político después de su muerte, excepto en los círculos de los líderes de los florecientes partidos socialdemócratas de Europa luego de finalizada la Gran Depresión. En este nuevo período de recuperación económica de la década de 1890, los obreros no especializados formaron sindicatos y las organizaciones de la clase obrera construyeron partidos políticos de masas en Europa, con un creciente poder electoral. Las ideas de Marx, entonces, se extendieron. La victoria de los socialdemócratas “bolcheviques” (mayoría) en la Revolución rusa de 1917 colocó a las obras de Marx y Engels en el centro del escenario mundial para el resto del siglo XX.

Hoy, 200 años después del nacimiento de Marx, parece ser que el capitalismo se encuentra con una nueva tendencia a la baja: menguó su capacidad para desarrollar la productividad del trabajo y para sacar a siete mil millones de personas de la pobreza. Las predicciones de Marx sobre el ensanchamiento de la desigualdad, el incremento en los conflictos nacionales, el empobrecimiento del trabajo por las máquinas y la destrucción de los recursos naturales parecen aún más pertinentes.

El resultado principal de El Capital de Marx y de sus leyes de acumulación y rentabilidad es que la oposición al capitalismo no es una respuesta irracional a las dificultades temporarias del capitalismo, sino una necesidad dictada por la progresiva incapacidad del sistema para sostener a la humanidad. El análisis de la acumulación capitalista culmina, como le dijo Marx a Engels en una carta:

… ¡en la lucha de clases como objetivo en la cual se encuentra la solución a todo este problema! De una lucha por salario, horas y condiciones laborales y su alivio, se convierte, al mismo tiempo que pelea por esas cosas, en una lucha por el derrocamiento del sistema capitalista de producción; en una lucha por la revolución proletaria."

(Michael Roberts , La izquierda Diario, 03/06/18)

 

"(...) En la sesión sobre el libro Marx 200, en mi presentación, Marx 200 HM, vuelvo a esbozar lo que considero que son las leyes fundamentales del movimiento del capitalismo que Marx revela en su análisis económico: la ley del valor, la ley de la acumulación y la ley de la rentabilidad. 

Esta última fluye de las dos primeras, por lo que la teoría marxista de las crisis depende de estas tres leyes para ser correcta. En la sesión, Riccardo Bellofiore de la Universidad de Bérgamo amablemente accedió a ofrecer una crítica del libro y de mi enfoque. Riccardo considera que mi énfasis en el uso de datos empíricos y estadísticas oficiales bordean el 'positivista lógico', un método no dialéctico. Como Paul Mattick, el gran economista marxista de los años 1950 y 1960, argumentó, es imposible utilizar los datos oficiales basados sólo en términos de dinero fiduciario para determinar los cambios en el valor en términos marxistas. Por otra parte, mi énfasis en los datos y las tendencias económicas era demasiado 'determinista' y no tiene en cuenta el papel de la lucha de clase. No es decidido por las fuerzas económicas, también existe el papel subjetiva de la clase y yo no lo tenía en cuenta.

Naturalmente no estoy de acuerdo. Me parece que el 'socialismo científico' es eso: un enfoque científico para explicar la contradicción irreconciliable dentro del capitalismo y por qué tiene que ser y debe ser reemplazado por el socialismo si la sociedad humana debe progresar o incluso sobrevivir. Marx reconoció el papel de los datos empíricos en el desarrollo de sus teorías y, a menudo, intentó con los limitados recursos a su disposición reunirlos (en El Capital y en otras obras). No podemos limitarnos a afirmar que las leyes del movimiento de Marx deben ser correctas porque hay crisis recurrentes del capitalismo: tenemos que demostrar que las leyes de Marx explican el desarrollo interno de estas crisis y no otras teorías. Si las otras explicaciones son correctas, implican (como así es efectivamente) que el capitalismo sólo necesita ser 'modificado' o 'gestionado' (Keynes) o incluso mejor no interferir en su funcionamiento (escuelas neoclásica y austríaca).

No es determinismo argumentar que las condiciones económicas están fuera del control consciente tanto de los capitalistas como de los trabajadores (un Leviatán invisible) y que la ley del movimiento del capitalismo se impone a la capacidad de las personas de lucha para cambiar irreversiblemente sus vidas  sino se termina con el capitalismo. La lucha de clases opera continuamente, pero su grado de intensidad y el nivel de éxito del trabajo sobre el capital será en parte (incluso principalmente) determinada por las condiciones económicas. “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias existentes (Marx). (...)

La otra pregunta que surgió fue una vez más si la ley de la rentabilidad de Marx en realidad es sólo una teoría secular (es decir, a largo plazo) y básicamente irrelevante a la hora de explicar las causas subyacentes de las crisis recurrentes; o si era sólo una teoría cíclica, que explicaría el 'ciclo económico' o las 'ondas de acumulación de capital', pero que aportaría poco sobre la posible desaparición o quiebra del capitalismo.En opinión de Rosa Luxemburgo es que era lo primero: una tendencia a muy largo plazo, tanto que el 'sol se extinguirá' antes de que la tasa decreciente de ganancia pueda jugar un papel en el desencadenamiento de la crisis del capitalismo (Luxemburgo hizo este sarcástico comentario en respuesta a un economista ruso que sugirió que la ley de la rentabilidad de Marx bien podría ser relevante). Por otro lado, muchos economistas marxistas que aceptan la pertinencia de la ley de la rentabilidad de Marx en las crisis recurrentes niegan que ofrece una predicción sobre el futuro transitoria del capitalismo (es decir, el capitalismo no puede durar para siempre). En mi opinión, la ley es tanto secular como cíclica y presento argumentos en mi libro, La Larga Depresión, en este sentido. Y en el nuevo libro, El mundo en crisis, hay pruebas tanto del punto de vista secular (Maito) y de la visión cíclica (Tapia). (...)"

(Michael Roberts, Sin permiso, 23/11/18)

8/11/23

Michael Roberts: No existe una mano invisible que guíe los mercados, ni una institución estatal sabia que dirija la economía. La base del sistema es la competencia por las ganancias que surgen de la explotación, multiplicando la riqueza de las minorías y el sufrimiento de las mayorías... en el imperialismo moderno, la transferencia de valor de la periferia a las economías centrales a través del intercambio desigual en el comercio se debe principalmente a diferencias de productividad y superioridad tecnológica, y sólo en menor medida debido a mayores tasas de explotación en la periferia. Y no se debe a salarios más bajos per se

 "La teoría de la dependencia surgió en los años 60 y 70 como crítica a la teoría de la "modernización", que sostenía que los países pobres podrían desarrollarse siguiendo el mismo camino que los países ricos.  Los teóricos de la dependencia sostenían que esto no era posible porque los países pobres son sistemáticamente explotados por los países ricos.  La teoría se desarrolló principalmente en América Latina, cuando la llamada Edad de Oro del pujante desarrollo capitalista posterior a la Segunda Guerra Mundial en las principales economías capitalistas avanzadas llegó a su fin.

Parecía que el desarrollo económico de "Occidente" no se aplicaba a las economías de Sudamérica, Oriente Medio o África.  En 1945, países latinoamericanos como Argentina y Brasil tenían rentas per cápita no muy inferiores a las de las economías capitalistas más débiles del sur de Europa y se esperaba que, bajo gobiernos que pretendían seguir a las economías industriales del Norte, América Latina prosperaría.  Esa esperanza se evaporó con la caída de la rentabilidad y la inversión que sobrevino a finales de los años sesenta y durante el resto del siglo XX.

En su libro, publicado ahora en inglés, Claudio Katz, profesor de la Universidad de Buenos Aires y autor de numerosos libros sobre economía y sociedad latinoamericana, nos ofrece un amplio relato de la teoría de la dependencia tal como se ha expuesto principalmente en América Latina en los últimos 50 años.  Ganó el premio Libertador al Pensamiento Crítico en 2018.

Creo que podemos empezar a considerar la teoría de la dependencia a partir de una breve frase que Marx escribió en su prefacio de 1867 al Tomo uno de El Capital.  Escribió: "El país más desarrollado industrialmente sólo muestra, al menos desarrollado, la imagen de su propio futuro."  Marx escribía cuando Gran Bretaña estaba en la cúspide de su poder económico y su potencia industrial.  El Capital era un análisis de esa economía capitalista.  Y Marx pensaba que el capitalismo se extendería por todo el mundo, de modo que surgirían otras potencias capitalistas rivales, y tenía razón.  Alemania, Francia y, sobre todo, Estados Unidos alcanzaron a Gran Bretaña (a su "imagen") a finales del siglo XIX.

Pero ahora sabemos que sólo sería un pequeño grupo de economías capitalistas industriales y comerciales las que alcanzarían la predicción de Marx.  Esas potencias fueron entonces capaces, gracias a sus proezas militares, financieras y tecnológicas, de bloquear el progreso de los capitalistas y sus trabajadores en la mayor parte del resto del mundo.  Lenin escribió en 1915 que sólo había un puñado de países que controlaban la tecnología, las finanzas y los recursos del mundo.  Cien años después, esas economías "imperialistas" son prácticamente las mismas y, en líneas generales, siguen siendo dominantes.  Por tanto, podemos hablar de un bloque imperialista dominante y de un resto del mundo "dependiente".

Pero "dependencia" puede tener diferentes significados y Katz nos muestra que así es con su análisis de las variantes dentro de la escuela de la dependencia.  Los teóricos de la dependencia identifican dos grupos principales de países en el sistema económico mundial: el núcleo y la periferia. Los países centrales son países ricos que controlan la economía mundial. Los países periféricos son países pobres que dependen de los países centrales para el comercio, la inversión y la tecnología.  De hecho, la palabra "periferia" me parece mejor que "dependiente".  Esta última podría implicar que la clase capitalista de la periferia no desempeña ningún papel independiente en la explotación de su propia clase trabajadora y que la explotación es totalmente el resultado de la dominación imperialista y de las empresas extranjeras.

Donde la teoría de la dependencia desempeña un papel explicativo positivo es en la idea de que los recursos fluyen desde una "periferia" de Estados pobres y subdesarrollados hacia un "núcleo" de Estados ricos, enriqueciendo a estos últimos a expensas de los primeros. Esta teoría rechaza la teoría dominante de la "economía del desarrollo" en la que se basan las instituciones internacionales de las Naciones Unidas (UNCTAD - "comercio y desarrollo"), el Banco Mundial y el FMI, según la cual todas las sociedades progresan a través de etapas similares de desarrollo y, por tanto, las zonas subdesarrolladas actuales se encuentran en una situación similar a la de las zonas desarrolladas actuales en algún momento del pasado.  Por lo tanto, la tarea de ayudar a las zonas subdesarrolladas a "salir de la pobreza" consiste en acelerarlas a lo largo de esta supuesta senda común de desarrollo capitalista, por diversos medios como la inversión, las transferencias de tecnología y una mayor integración en el mercado mundial.  La periferia se describe así como economías "emergentes" o "en desarrollo".

Sería un error pensar que Marx adoptó la "economía del desarrollo" en ese sentido, como en la cita de El Capital.  Entonces se refería a las economías capitalistas industriales inmediatas de su época.  En sus escritos posteriores, hizo hincapié en cómo los países más poblados, como India, Rusia y China, fueron explotados y finalmente suprimidos en su capacidad de unirse a las principales naciones industriales.

Katz concentra su explicación de la teoría de la dependencia en su variante marxista, en lugar de la corriente principal que sostiene que la dependencia puede superarse mediante políticas nacionales de gasto estatal de tipo keynesiano, sustitución de importaciones de bienes extranjeros y regulación financiera. Esta variante ha demostrado haber fracasado en la práctica a la hora de llevar a países como Argentina o Brasil al nivel superior de las economías capitalistas. En cambio, la teoría marxista de la dependencia sostiene que estos países seguirán siendo “dependientes” debido a la enorme extracción de valor del trabajo en sus economías hacia el bloque imperialista a través del comercio, las finanzas y la tecnología. El “intercambio desigual” en el comercio internacional es un componente fundamental de la teoría del valor de Marx. 

Sin embargo, dentro de la teoría de la dependencia, surgen diferencias sobre la naturaleza de ese intercambio desigual: ¿se debe a diferencias salariales o a diferencias de productividad impulsadas por la tecnología? ¿Obtienen los países imperialistas, a través de sus multinacionales, beneficios excedentes de la mano de obra barata de los países periféricos o de su tecnología superior y menores costos unitarios en el comercio internacional? Katz reconoce que el más destacado de los teóricos marxistas de la dependencia latinoamericanos, Ruy Mauro Marini, “tenía mayores afinidades que aquellos que atribuían el intercambio desigual a diferencias en productividades más que a salarios”. Este sostenía que las brechas salariales se explicaban por disparidades en el desarrollo de las fuerzas productivas y no al revés. “El salario es un resultado más que un determinante de la acumulación, argumentando que los niveles salariales en cada país dependen de la productividad, los ciclos, el stock de capital y la intensidad de la lucha de clases”.

Si ésta era la posición de Marini, entonces estoy de acuerdo. Mi propio estudio empírico conjunto con Guglielmo Carchedi sobre el imperialismo moderno encuentra que la transferencia de valor de la periferia a las economías centrales a través del intercambio desigual en el comercio se debe principalmente a diferencias de productividad y superioridad tecnológica (...), y sólo a una en menor medida debido a mayores tasas de explotación en la periferia (RSV). Y no se debe a salarios más bajos per se.

Sin embargo, Marini propuso el concepto de superexplotación, es decir, cuando los salarios en la periferia caen por debajo del valor de la fuerza de trabajo o por debajo del salario internacional promedio. Según Katz, “fue la tesis central de la teoría de la dependencia inspirada en Marini”. Pero Katz sostiene que la “superexplotación” no puede ser el principal determinante de la transferencia de valor entre países ricos y pobres. “Diluye la lógica de la plusvalía” y sugiere un concepto Proudhoniano de robo en lugar de la “lógica objetiva de la acumulación”. Como señala Katz, la superexplotación también existe en las economías imperialistas neoliberales con “empleo precario” y contratos de cero horas, etc. En mi opinión, la cuestión es que la transferencia de valor al Norte imperialista se produce debido a su tecnología y productividad laboral superiores. Eso permite al Norte imperialista vender sus productos en los mercados mundiales a costos inferiores al promedio internacional. Los capitalistas de la periferia intentan compensar su menor nivel técnico y productividad reduciendo los salarios de sus trabajadores. De modo que la mayor tasa de explotación en el Sur, ya sea por superexplotación o no, es una reacción al fracaso en competir contra el Norte.

¿Fue el poder monopolista la principal causa del dominio de las empresas imperialistas? Algunos teóricos de la dependencia así lo afirman. Sin embargo, Katz considera que no fue el caso de Marini. “Marini siempre estuvo más cerca de pensadores marxistas como Mandel, quienes resaltaron esta dinámica de competencia diferenciada entre monopolios. Mantuvo una mayor distancia de teóricos como Sweezy, que enfatizaban la capacidad ilimitada de las grandes empresas para gestionar los precios”. Pero Marini no llegó tan lejos como Shaikh, quien, según Katz, niega "la clara existencia de corporaciones gigantescas que obtienen ganancias extraordinarias en ciertos mercados a expensas de empresas más pequeñas".

Katz considera que Marini tenía lo que yo llamaría una comprensión ecléctica de la teoría del valor de Marx. “Pertenecía a una tradición de la economía marxista que no estaba de acuerdo con los enfoques centrados exclusivamente en el análisis del valor en la esfera de la producción. Ese enfoque cuantifica el valor sólo en la fase inicial de la creación de plusvalía, señalando insistentemente el peso que Marx dio a la lógica de la explotación y deduciendo todas las contradicciones del capitalismo desde esta esfera”. Marini quiso incluir “desequilibrios situados en la esfera de la demanda”. Katz resumió la visión de Marini sobre las crisis económicas como un “enfoque multicausal de la crisis, que combina desequilibrios de realización con la tendencia a la baja de la tasa de ganancia”. Los lectores de este blog sabrán que, como defensor de un análisis “monocausal” de las crisis, creo que la visión de Marini nos deja sin teoría alguna de la crisis.

Ésa no es la única debilidad de la versión de Marini de la teoría de la dependencia. Promovió fuertemente la idea del “subimperialismo”, una categoría de países intermedios entre la periferia dominada y el núcleo imperialista. Katz dedica varios capítulos a discutir la relevancia de esta categoría. En resumen, dice que “ayuda a comprender la estructura jerárquica del capitalismo contemporáneo” con “una cúspide de potencias centrales y una base de países dominados... en el medio están estas potencias subimperiales tratando de obtener hegemonía regional”.

Dudo que el subimperialismo nos ayude a comprender el capitalismo contemporáneo. Debilita la delimitación entre el bloque imperialista central y la periferia de los países dominados. Si cada país es un “poco imperialista”, si entra en guerra con un vecino por mercados, recursos y territorio, entonces el imperialismo comienza a perder su validez como concepto útil. Los países llamados subimperialistas no reciben transferencias enormes y sostenidas de valor y recursos desde economías más débiles. En nuestro propio trabajo sobre el imperialismo y en el trabajo empírico de otros, esta estructura jerárquica de transferencia de valor no se revela. India, China y Rusia en realidad transfieren cantidades de valor mucho mayores al bloque imperialista que América del Sur. (...).

 Tomemos como ejemplo a los BRICS, los mejores candidatos por ser “subimperialistas”. No hay evidencia de transferencias de valor significativamente grandes y duraderas hacia ellos desde economías más débiles y/o vecinas. Simplemente no tienen la superioridad financiera, tecnológica y militar para obtener tales transferencias. ¿Se pueden considerar imperialistas de algún modo útil las guerras entre países periféricos (por ejemplo, Irán contra Irak, Azerbaiyán contra Armenia)? ¿No sería mejor verlos como guerras entre países capitalistas débiles para obtener beneficios económicos y políticos? De hecho, Katz señala que Brasil no es subimperialista como lo veía Marini. No se ha convertido en una potencia industrial en ascenso que domina el subcontinente.  

La gran esperanza de la década de 1990, promovida por la economía del desarrollo dominante, de que Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (BRICS) pronto se unirían a la liga de los ricos en el siglo XXI, ha demostrado ser un espejismo. Estos países siguen siendo perdedores y todavía están subordinados y explotados por el núcleo imperialista. Y la brecha entre las economías imperialistas y el resto no se está reduciendo, al contrario. Y eso incluye a China, que tampoco se unirá al club imperialista.

Sin embargo, Katz quiere preservar el concepto de Marini: “En este contexto, las formaciones intermedias ocupan un lugar significativo que rompe el estricto paralelo entre potencias subimperiales y semiperiferias económicas, ya que el peso geopolítico de algunos países difiere de la integración en la producción globalizada. logrado por otros. La teoría de la dependencia es muy útil para comprender esa variedad de situaciones. Explica la lógica del subdesarrollo y la marginación de la periferia sin limitar su análisis a las polaridades globales, y también analiza las bifurcaciones y diferencias entre distintas formaciones intermedias”. No estoy seguro de que así sea. 

 Lo que sí muestra el amplio estudio de Katz sobre 50 años de teoría de la dependencia es que la teoría del valor de Marx de “la globalización productiva basada en la explotación de los trabajadores remodela las divisiones entre el centro y la periferia a través de transferencias de plusvalía”. Y es que “la omisión de ese mecanismo impide que los críticos de la dependencia comprendan la lógica del subdesarrollo”. Así pues, “reintegrar la teoría del valor en la explicación de la dependencia también es vital para descubrir el esqueleto oculto del capitalismo actual. No existe una mano invisible que guíe los mercados, ni una institución estatal sabia que dirija la economía. La base del sistema es la competencia por las ganancias que surgen de la explotación, multiplicando la riqueza de las minorías y el sufrimiento de las mayorías. La misma indignación y rebelión que impulsaron el estudio del subdesarrollo en el pasado orienta esa investigación en el presente”.

 (Michael Roberts, Brave New europe, 05/11/23; traducción google)

25/10/23

El capitalismo, el campesinado, los mercaderes...

 "El libro de Jairus Banaji A Brief History of Commercial Capitalism, publicado por primera vez en 2020, se propone desvelar las profundas raíces históricas del desarrollo capitalista. El libro aborda importantes debates teóricos, especialmente dentro de la tradición marxista, sobre los orígenes del capitalismo.

La obra de Banaji pone en tela de juicio varios relatos arraigados sobre la historia económica mundial, incluida la visión de una Edad Media económicamente regresiva y la idea de una transición lineal a la modernidad. Las imágenes que Banaji esboza a través de un impresionante conjunto de casos ilustrativos de todo el planeta, que abarcan casi un milenio, plantean muchas cuestiones fundamentales para cualquiera que quiera entender cómo se formó el sistema económico mundial y cómo podría seguir desarrollándose en el futuro.

A Brief History of Commercial Capitalism ha tenido ya una gran repercusión en el mundo académico y ha suscitado numerosas reacciones entre los colegas historiadores de Banaji. Pero también debería ser de gran interés para los lectores no especializados.

Capitalismo mercantil

Jairus Banaji nació en Poona en 1947, el año en que la India obtuvo su independencia, y fue escolarizado en Inglaterra antes de regresar a su país natal como activista político. En su labor académica, Banaji es un historiador de la Antigüedad tardía y la Edad Media con foco en el Mediterráneo y Oriente Próximo, aunque sus intereses se centran también en la larga historia del capitalismo. Su obra aborda diversos temas, como el destino de los campesinos en el contexto de una economía en rápida globalización y la historia de la economía mercantil a lo largo del último milenio.

El principal objetivo de Banaji en A Brief History es volver a centrar el concepto de capitalismo mercantil como categoría clave para investigar la formación de la economía global moderna. En su obra, este término se utiliza para describir un sistema económico impulsado por el beneficio en el que los mercaderes emplean su capital no solo para hacer circular mercancías, sino también para obtener el control directo de la producción y subordinarla así a sus intereses.

El énfasis de Banaji en el control mercantil sobre la producción es un ataque frontal a la dicotomía marxista tradicional entre el mundo del comercio (la «esfera de la circulación») y el de la producción, una dicotomía que llevó a economistas e historiadores marxistas como Maurice Dobb a descartar la idea misma del capitalismo mercantil como una contradicción en los términos.

Como señala Banaji, fueron en gran medida los historiadores que trabajaban fuera de la tradición marxista, o que se relacionaban más libremente con ella, los que adoptaron la categoría. El caso más notable es el de Fernand Braudel, que definió el capitalismo comercial como el término más útil para describir la naturaleza de la producción y el intercambio mercantil en Europa y el Mediterráneo entre los siglos XV y XVIII.

A Brief History es el último de una serie de volúmenes que abordan estas cuestiones, tras Agrarian Change in Late Antiquity (2001), Theory as History (2010) y Exploring the Economy of Late Antiquity (2016). Aunque Banaji escribe desde la tradición académica marxista, sus puntos de referencia clave en la galaxia marxista difieren de los de la mayoría de los historiadores marxistas occidentales. En particular, Banaji se basa en la obra de tres eruditos rusos de principios del siglo XX: el historiador Mikhail N. Pokrovsky (1868-1932), el economista Yevgeni A. Preobrazhensky (1886-1937) y el economista agrario Alexander V. Chayanov (1888-1939).

Pokrovski, Preobrazhenski, Chayanov

Mijaíl N. Pokrovski fue uno de los intelectuales más influyentes de la sociedad soviética en la década de 1920. Gozó de un enorme prestigio, de hecho inigualable, entre los historiadores soviéticos de su época. Apartándose radicalmente de lo que se consagraría como el relato marxista ortodoxo bajo Joseph Stalin, la interpretación de Pokrovsky de la historia rusa hacía hincapié en la centralidad del capital comercial como agente del cambio socioeconómico entre los siglos XVII y XIX. Sin embargo, afirmaba explícitamente que la existencia y el funcionamiento del capital comercial no significaban que hubiera surgido una economía capitalista.

Yevgeni A. Preobrazhensky fue un pionero en el estudio de las consecuencias de la «penetración lateral» del capital industrial en el campo. Al igual que Pokrovsky antes que él, Preobrazhensky consideraba que la pequeña producción de mercancías era típica del capitalismo mercantil y, al mismo tiempo, uno de los principales obstáculos para su expansión. En línea con marxistas agrarios como Lev N. Kritsman, Preobrazhensky veía el capitalismo como una fuerza que desarraigaba al campesinado y acababa provocando su desaparición.

En su opinión, esto ocurrió como resultado de dos procesos. Por un lado, el desarrollo interno de las relaciones capitalistas en las filas del propio campesinado, con la formación de una clase de campesinos ricos que controlaban la agricultura a gran escala. Por otro lado, de forma más generalizada y catastrófica, se produjo la subordinación externa de las zonas rurales a la gran industria, con la creación de una clase de campesinos sin tierra que trabajaban en cultivos comerciales.

Alexander V. Chayanov fue uno de los principales economistas agrarios de su época. En su obra The Theory of Peasant Economy, Chayanov destacaba la resistencia de los hogares campesinos y su capacidad de adaptación para resistir los embates del capitalismo, en contraste directo con los marxistas agrarios y Preobrazhensky. Sostenía que el desarrollo de las tendencias capitalistas y la concentración productiva en la agricultura no tenían por qué desembocar en la desposesión de los campesinos y el auge de las grandes explotaciones capitalistas.

Para Chayanov, el capital comercial y financiero también podía ejercer su control más sutilmente estableciendo una hegemonía económica sobre sectores considerables de la agricultura. Mientras tanto, esos sectores podrían seguir siendo muy parecidos a los de antes en lo que se refiere a la producción, es decir, compuestos por pequeñas empresas campesinas basadas en la mano de obra familiar.

El trabajo de Banaji demuestra que podemos conciliar estos modelos aparentemente incompatibles. Cada uno describe una posible trayectoria diferente de la penetración del capital en el campo. Pero también reflejan distintas fases de la trayectoria intelectual del propio Banaji.

En sus primeros escritos, Banaji adoptó la idea de Preobrazhensky de la penetración lateral del capital para mostrar el efecto destructivo de la industrialización en el campesinado de la Rusia de finales del siglo XIX y principios del XX. En ese contexto, el modelo de Preobrazhensky fue útil como punto de comparación para el análisis de Banaji de los campesinos de todo el mundo. En estudios posteriores, sin embargo, Banaji llegó a considerar la reconstrucción de Preobrazhensky solo como una de las posibles vías de penetración del capital industrial en el campo.

En este giro le influyó un renovado interés por la obra de Chayanov, en particular por los trabajos que más tarde desarrolló y amplió Henry Bernstein. La conceptualización de Chayanov de la relación entre el campesinado y el capital ocupa, por tanto, un lugar central como fuente primaria de inspiración de Breve historia de Banaji.

Esta reevaluación de la obra de Chayanov lleva a Banaji a incluir en su modelo las circunstancias históricas en las que los hogares campesinos resistieron la penetración del capitalismo. Tenemos que entender dicha «resistencia» en el sentido de que los hogares campesinos no fueron desarraigados sino «incorporados», un acto que a su vez permitió el conflicto y la resistencia por su parte. Aunque estos hogares siguieron existiendo en gran número, su ciclo de reproducción social estaba ahora en gran medida y de forma crucial determinado por el capital.

Mercaderes y manufactura

En A Brief History, a diferencia de sus obras anteriores, Banaji no se preocupa tanto por establecer una distinción teórica entre lo que Karl Marx llamó «el modo de producción capitalista» y los modos no capitalistas. En su lugar, aborda el capitalismo en términos menos normativos, sosteniendo en particular que una especie de «capitalismo mercantil» existió mucho antes de la industrialización en ciertas regiones del mundo, en un período que va desde el siglo XII (o incluso antes) hasta el XVIII.

Aunque Banaji no ofrece una definición formal del capitalismo comercial, podemos captar su significado combinando el análisis del libro con sus escritos teóricos anteriores. Fernand Braudel veía el capitalismo como una red global de banqueros y grandes comerciantes que presidían la economía de la vida cotidiana desde sus centros financieros urbanos, al tiempo que carecían de cualquier control directo sobre los productores primarios. Banaji, por su parte, identifica la larga historia del capitalismo en términos de sus relaciones sociales características.

El capitalismo es un sistema en el que los poseedores de capital tienen un control limitado de los medios de producción y reducen el trabajo a un factor dentro del proceso de producción, una simple mercancía que se puede comprar y vender. La confrontación entre un capitalista y un campesino o un artesano —una persona que sobrevive vendiendo su trabajo— ocupa el centro mismo del análisis de Banaji.

Partiendo de esta distinción, argumenta contra la extendida opinión marxista de que la riqueza mercantil no constituye capital en el sentido marxiano, porque permanece externa al proceso de producción. Puesto que la riqueza mercantil está, según Marx, separada de lo que él llamó la subsunción real del trabajo al capital, se limita a extraer los productos de los productores primarios, y los mercaderes obtienen beneficios vendiéndolos.

Por su parte, Banaji sostiene que la riqueza mercantil consiste efectivamente en capital y que, desde el siglo XII hasta el XVIII, los mercaderes utilizaron sistemáticamente este capital para controlar y explotar el trabajo de una parte significativa de la población en todo el mundo afro-euroasiático. Identifica dos ámbitos de producción en los que la penetración del capital comercial fue especialmente significativa.

El primero fue en el sector de la agricultura de cultivos comerciales, donde los «capitalistas mercantiles» se apropiaron de grandes cantidades de trabajo familiar no remunerado mediante diversos expedientes, imponiendo así relaciones de deuda a los campesinos. Los capitalistas mercantiles eran terratenientes que se convirtieron en comerciantes; a veces también eran comerciantes (incluidos prestamistas) que se interesaron por controlar las fincas de cultivos comerciales. Formaban una categoría flotante históricamente muy difícil de precisar.

A pesar de sus diferencias, la base productiva de la mayoría de los comercios de productos era una mano de obra mixta. Este es un punto que Banaji ha demostrado en su examen de los pequeños campesinos de Deccan a finales del siglo XIX, y recibe más apoyo del trabajo de Lorenzo Bondioli sobre el campesinado egipcio del siglo XI.

El segundo sector es el de la producción artesanal, o «fabricación mercantil», como la denomina Banaji. En este sector, los mercaderes obligaban a los pobres rurales y urbanos a procesar la seda, la lana y el algodón para el mercado. Esto significaba que no se limitaban a vender sus excedentes, sino que trabajaban para los mercaderes a «destajo».

Trayectorias de acumulación

En A Brief History, Banaji examina las «trayectorias de acumulación» que conducen del capitalismo mercantil al industrial. Mientras que los capitalistas mercantiles premian la apertura de la agricultura —junto con la minería, la explotación de los recursos marinos, etc.— a la explotación capitalista, los capitalistas industriales llevan ese proceso a un nivel completamente distinto. La mera escala de subordinación, la naturaleza de su impacto y el grado de subsunción distinguen la subyugación del campo a la acumulación industrial de ciclos anteriores de «capitalismo».

Banaji no solo nota una rápida intensificación de los mecanismos de explotación bajo el capitalismo industrial. También observa un cambio radical en el reparto de los beneficios entre comerciantes e industriales en beneficio de estos últimos. A finales del siglo XIX, los agentes económicos que controlaban directamente la producción consiguieron así marginar a los comerciantes, logrando la subordinación del capital comercial al capital industrial descrita por Marx.

Esta parece ser la clave de una separación duradera, en opinión de Banaji, entre la era del capitalismo comercial y la del capitalismo industrial, una era plenamente merecedora de la etiqueta de modo de producción capitalista. Sin embargo, estas trayectorias del capitalismo comercial al industrial fueron multilineales en el tiempo y en el espacio. No siguieron una secuencia rígida de etapas ni fueron irreversibles, como demuestran las tendencias contemporáneas.

Hoy en día, los minoristas globales que operan en el mercado mundial controlan la fabricación a través de los flujos de capital comercial sin poseer los medios de producción. Como observó Nelson Lichtenstein,

"La hegemonía del comercio minorista en el siglo XXI se hace eco e incluso reproduce características del régimen mercantil presidido antaño por los grandes comerciantes y casas bancarias de Ámsterdam, Hamburgo y la City londinense de los siglos XVII y XVIII."

En resumen, una especie de empresario braudeliano ha «regresado para apuntalar el sistema global contemporáneo».

La exposición de Banaji del «capitalismo mercantil» puede, por tanto, acomodar varios niveles y diversos grados de integración entre la producción y la circulación, señalando la fuerza motriz del capital como un denominador común que atraviesa diferentes configuraciones. El modelo de capitalismo comercial resultante es el de un desarrollo desigual y combinado. Este modelo rechaza la noción de una sucesión lineal entre los distintos modos de producción —antiguo, feudal y capitalista— y rescata las historias del capitalismo tanto del eurocentrismo como del orientalismo.

Perspectivas críticas

Desde su publicación en 2020, A Brief History ha atraído la atención de una amplia y diversa comunidad de especialistas en el campo de la historia del capitalismo, lo que ha dado lugar a múltiples reseñas de la obra de Banaji. Aunque cada autor expresó diferentes preocupaciones sobre diversos aspectos de su visión del capitalismo, podemos identificar tres grandes temas: (1) la definición de capitalismo comercial, (2) la relación entre el auge del capitalismo comercial y el Estado y (3) el impacto del capitalismo comercial y el colonialismo en la vida social.

La primera crítica surge de la laxa definición que hace Banaji del capitalismo mercantil. Lorenzo Bondioli señala que las infraestructuras del capitalismo comercial que Banaji ha identificado como las primeras en aparecer en el siglo IX de nuestra era tienen raíces más profundas de lo que sugiere el libro. Sus cimientos se establecieron en la Antigüedad Tardía (en ocasiones con raíces que se remontan a la Antigüedad propiamente dicha), y siguieron funcionando sin discontinuidades dramáticas hasta la Edad Media.

Partiendo de esta observación, Bondioli aísla tres posibles definiciones de capitalismo e intenta esbozar una relación no teleológica entre ellas. En primer lugar, está el capitalismo de los mercaderes capitalistas que desplegaron la riqueza monetaria como capital extrayendo plusvalía de productores subordinados de diversas maneras; en segundo lugar, está el capitalismo de los Estados mercantiles coloniales que pusieron la violencia organizada al servicio de la acumulación por parte de los mercaderes capitalistas; en tercer lugar, está el capitalismo de la sociedad capitalista industrial moderna (en otras palabras, de un modo de producción capitalista de pleno derecho).

La intervención del Estado en la economía mundial es el segundo criterio que Banaji despliega en su análisis del capitalismo comercial. Banaji ve en la «colusión entre el comercio y el Estado» —es decir, en el auge de los Estados mercantilistas en la Europa medieval tardía y moderna temprana— un cambio significativo en el proceso de acumulación de capital y subordinación del trabajo. Sin embargo, podemos observar la «colusión» per se, y en particular la participación de los comerciantes en las finanzas estatales, en muchos contextos históricos.

Esto sugiere que, como Martha Howell demuestra claramente, no fue la mera presencia de un Estado en connivencia con los mercaderes lo que determinó una aceleración de la escala de acumulación de capital. Tampoco fue cualquier tipo de Estado —como los Estados tributarios musulmanes o las dinastías chinas examinadas por Andrew Liu— el que determinó un cambio en la escala de acumulación de capital y subordinación del trabajo.

Más bien, fue solo el Estado que actuaba como exportador de agresión y violencia el que controló dicho cambio. Esta idea también vuelve a centrar el vínculo clave entre el capitalismo comercial y el colonialismo, subrayando que fue la violencia colonial la que provocó un cambio en la calidad y el funcionamiento del capital comercial.

Con este punto, pasamos al tercer elemento de controversia que se desprende del relato de Banaji: la relación entre capitalismo comercial y colonialismo. Como observan perspicazmente Priya Satya y Sheetal Chhabria, Banaji no separa la raza de la clase ni la casta de la clase. Sin embargo, estas distinciones son importantes, ya que nos permiten diagnosticar el punto en el que el capitalismo comercial se cruzó con el colonialismo y empezó a depender de la racialización o de la identidad de casta.

Esta laguna también apunta en la dirección de una crítica más amplia. En su análisis de las relaciones de producción, Banaji no siempre deja claro cómo el capitalismo comercial impactó y rehizo violentamente la vida social de las personas subordinadas a él. En otras palabras, nos queda preguntarnos hasta qué punto el capitalismo comercial, tal y como lo describe Banaji, transformó fundamentalmente (o no) los modos de vida social en diferentes lugares y en diferentes épocas.

Esta pregunta podría abrir una serie de prometedoras vías de investigación que parecen apuntar todas en una misma dirección. No podemos escribir la historia del capitalismo sin considerar la intersección de diferentes mecanismos de opresión como la raza, el género, la etnia y el origen nacional, además de la clase social. Estos ofrecen una imagen más rica del modo en que los «distintos niveles de opresión» cambiaron la vida de la gente corriente bajo el capitalismo."                (Paolo Tedesco, JACOBINLAT, 24/08/23)

27/5/22

El problema de la desigualdad entre los multimillonarios y todos los demás no es solo que puedan permitirse comprar más cosas que el resto; es que controlan los recursos de los que nosotros dependemos para sobrevivir... Los magnates de la propiedad fijan nuestros alquileres e influyen en los precios de la tierra y la propiedad en todo el mundo... Los financieros determinan el destino de las inversiones, lo que determina todo tipo de tendencias sociales, como el cambio tecnológico, la intensidad del carbono en la producción y la geografía de la producción... Y los magnates de los medios de comunicación contribuyen a dar forma a la propia información que recibimos para entender estas tendencias... Estos hombres son el mercado (literalmente, en el caso de Jeff Bezos)... Si Bezos decide que quiere perfeccionar los vuelos espaciales comerciales, así es como se utilizarán los escasos recursos de la humanidad en un futuro previsible; al igual que si Amazon decide recortar su masa salarial, los ingresos de los más desfavorecidos disminuirán mientras que los beneficios de los más ricos aumentarán... la próxima vez que alguien te diga que Jeff Bezos se ha ganado su dinero y que debería poder gastarlo como quiera, recuérdale que no se lo ha ganado, sino que lo ha extraído del gobierno, del medio ambiente y de sus trabajadores

 "El último informe de Oxfam sobre la desigualdad de la riqueza en el mundo dibuja un sombrío panorama de los cambios que se han producido en la economía mundial en el transcurso de la pandemia. Según la investigación de la organización benéfica, los diez hombres más ricos del mundo duplicaron su riqueza en el transcurso del año pasado, lo que significa que ganaron el equivalente a 1 300 millones de dólares al día.

Para poner esta cifra en contexto, considere estas ilustraciones de la diferencia entre un millón y un billón. Si usted contara los números hasta llegar a un millón, le llevaría 12 días; pero si contara los números hasta llegar a un billón, le llevaría 32 años. Si se gastara un millón de dólares en un año, habría que gastar aproximadamente 2 700 dólares al día; para gastar mil millones de dólares en un año, habría que gastar aproximadamente 2,7 millones de dólares al día.

Estos diez hombres son ahora tan ricos que, aunque perdieran el 99,999% de su riqueza, seguirían teniendo más que el 99% de las personas del planeta.

Estas cifras son tan grandes que son difíciles de comprender, incluso con ilustraciones. Pero es muy importante que intentemos comprender la magnitud de la desigualdad en la economía mundial en este momento. Porque la desigualdad de la riqueza no nos habla simplemente de las divergencias en el nivel de vida y las oportunidades vitales de las personas que se encuentran en diferentes tramos fiscales; nos habla de las diferencias de poder entre los ricos y el resto.

La riqueza de los multimillonarios no se limita a estar en cuentas bancarias acumulando intereses; existe en forma de activos, como acciones, propiedades y bonos. Muchos miembros de la derecha critican socarronamente el método de Oxfam para calcular la desigualdad de la riqueza, argumentando que no deberíamos pensar en la riqueza de Jeff Bezos como equivalente al valor de sus activos, porque si vendiera todos sus activos a la vez, su valor caería bruscamente.

Pero esta crítica no tiene sentido. El problema de la desigualdad entre los multimillonarios y todos los demás no es solo que puedan permitirse comprar más cosas que el resto; es que controlan los recursos de los que nosotros dependemos para sobrevivir.

 Tomemos por ejemplo a Jeff Bezos, cuya riqueza existe principalmente en forma de acciones de Amazon. Cuando medimos la escala de la riqueza de Bezos, no solo miramos lo rico que es, sino también lo poderoso que es. El hecho de que Bezos controle personalmente alrededor del 10% de una de las empresas más grandes y valiosas del mundo significa que tiene una cantidad significativa de control sobre el funcionamiento de la economía.

Puede influir en los salarios que fija Amazon, lo que determina los ingresos de millones de personas en todo el mundo. Puede influir en las decisiones de inversión de la empresa, que no solo determinan el número de puestos de trabajo que se crearán en la economía, sino también el tipo de bienes, servicios y tecnologías que probablemente se desarrollarán en los próximos años. Puede contribuir a toda una serie de decisiones que tienen un enorme impacto en el resto de la sociedad, desde la huella medioambiental de la empresa hasta su responsabilidad fiscal total.

Lo mismo puede decirse de otros multimillonarios que controlan la mayor parte de los recursos del mundo. Los magnates de la propiedad fijan nuestros alquileres e influyen en los precios de la tierra y la propiedad en todo el mundo. Los financieros determinan el destino de las inversiones, lo que determina todo tipo de tendencias sociales, como el cambio tecnológico, la intensidad del carbono en la producción y la geografía de la producción. Y los magnates de los medios de comunicación contribuyen a dar forma a la propia información que recibimos para entender estas tendencias.

Las decisiones tomadas por este pequeño puñado de hombres tienen un enorme impacto en casi todos los ámbitos de nuestras vidas: desde nuestros salarios, hasta nuestros alquileres, pasando por la temperatura de nuestro planeta. Y sin embargo, ejercen esta extraordinaria cantidad de poder sin apenas rendir cuentas.

Nadie en su sano juicio diría que esta es una forma racional de organizar una economía. La mayoría de los economistas mainstream sostienen que personas como Jeff Bezos no tienen realmente tanto poder como creemos. Las decisiones de Amazon, argumentan, están totalmente determinadas por las tendencias más amplias del mercado. Bezos no toma las decisiones, sino el mercado.

Sin embargo, en un mundo caracterizado por niveles extremos de desigualdad, altos índices de concentración del mercado y la captura del Estado por parte de las empresas, este punto de vista es mucho más difícil de defender. Cuando 10 hombres pueden perder casi todo lo que tienen y seguir siendo más ricos que casi todos los demás en el planeta, es absurdo argumentar que no tienen el control porque el mercado lo tiene. Estos hombres son el mercado (literalmente, en el caso de Jeff Bezos).

Si Bezos decide que quiere perfeccionar los vuelos espaciales comerciales, así es como se utilizarán los escasos recursos de la humanidad en un futuro previsible; al igual que si Amazon decide recortar su masa salarial, los ingresos de los más desfavorecidos disminuirán mientras que los beneficios de los más ricos aumentarán.

 La desigualdad no solo importa porque es injusta; la desigualdad importa porque la riqueza de los de arriba está supeditada a la pobreza de los de abajo. Oxfam subraya precisamente este punto en el informe de este año, argumentando que «la desigualdad extrema es una forma de violencia económica, en la que las políticas y las decisiones políticas que perpetúan la riqueza y el poder de unos pocos privilegiados tienen como resultado un daño directo para la gran mayoría de la gente común en todo el mundo y el propio planeta».

En ningún lugar ha quedado más claro que en las respuestas de los gobiernos y bancos centrales del Norte a la pandemia, que han inyectado miles de millones de dólares en los bolsillos de los ricos mientras dejaban a muchos de los más desfavorecidos a su suerte.

Así que la próxima vez que alguien te diga que Jeff Bezos se ha ganado su dinero y que debería poder gastarlo como quiera, recuérdale que no se lo ha ganado, sino que lo ha extraído del gobierno, del medio ambiente y de sus trabajadores."                 ( , JACOBIN América Latina, 15/04/22)

9/12/21

Por qué el capitalismo de lujo es enemigo del progreso social... Hay una paradoja en el corazón de muchas sociedades ricas. A medida que se han ido enriqueciendo, su capacidad para satisfacer las necesidades esenciales se ha debilitado... Aunque Gran Bretaña es más rica que nunca, muchos indicadores de progreso han retrocedido... ¿A qué se debe esto? La respuesta se encuentra en la brecha de ingresos y riqueza que existe... Las intensas concentraciones de riqueza han traído consigo el regreso del "capitalismo de lujo", en el que -como en el siglo XIX- el modelo de actividad económica está sesgado por una clase excesivamente rica y poderosa, y los recursos se desvían para satisfacer sus demandas... Incluso durante la década de austeridad posterior a 2010, la demanda de los activos raros (la mansión más alta, el jet privado, el yate de lujo, la isla privada, incluso el mini-submarino) se disparó... Una de las principales consecuencias del retorno de este capitalismo de lujo ha sido el aumento de la inseguridad, la reducción de las oportunidades de vida y el debilitamiento de la resistencia social... de la pérdida de un lugar en la sociedad y de una creciente sensación de impotencia... No es de extrañar que la alienación política haya seguido creciendo... A lo largo de los últimos 200 años, los altos niveles de desigualdad han ido de la mano de los altos niveles de pobreza, creando un largo ciclo de alta desigualdad y alta pobreza, que sólo se rompió brevemente en la era de la posguerra

 "Hay una paradoja en el corazón de muchas sociedades ricas. A medida que se han ido enriqueciendo, su capacidad para satisfacer las necesidades esenciales se ha debilitado. Aunque Gran Bretaña es más rica que nunca, muchos indicadores de progreso han retrocedido. El largo aumento de la esperanza de vida se estancó incluso antes de la pandemia, y ha ido disminuyendo en las comunidades desfavorecidas. 

El número de personas sin hogar casi se ha duplicado en la última década, mientras que los niveles oficiales de pobreza duplican los de la década de 1970, y en el caso de los niños son significativamente más altos que en 2014. Gran Bretaña es una sociedad en la que los beneficios sociales y materiales de los que disfruta la mayoría siguen siendo negados a una minoría significativa y creciente.

¿A qué se debe esto? La respuesta principal se encuentra en la brecha de ingresos y riqueza que existe en Gran Bretaña.  Gran Bretaña es uno de los países más desiguales del mundo rico. Los niveles de desigualdad aumentaron en la década de 1980 y se han mantenido cerca de los de los años de entreguerras. Al igual que a finales del siglo XIX y principios del XX, la ausencia de intervención del Estado y la expansión de los mercados han producido una montaña de riqueza privada, por un lado, pero una pobreza y una dislocación social generalizadas, por otro.

El "gran ensanchamiento" de las últimas cuatro décadas - con las ganancias del crecimiento cada vez más colonizadas por unos pocos - ha tenido graves consecuencias económicas y sociales. Las intensas concentraciones de riqueza han traído consigo el regreso del "capitalismo de lujo", en el que -como en el siglo XIX- el modelo de actividad económica está sesgado por una clase excesivamente rica y poderosa, y los recursos se desvían para satisfacer sus demandas.  La forma en que la asignación de recursos se ha desvinculado del objetivo social de garantizar el bienestar de todos tiene fuertes ecos con el modelo económico que prevalecía antes de la Primera Guerra Mundial. Hace más de cien años, el periodista radical de origen italiano y futuro diputado, Leo Chiozza Money, había advertido, en su influyente libro Riqueza y pobreza, que la "mala distribución" de la propiedad fomenta "las ocupaciones no productivas y los oficios de lujo, con un marcado efecto sobre las potencias productivas nacionales".

Gracias a la construcción de un modelo económico más gestionado y favorable al bienestar, el capitalismo de lujo se desmanteló en gran medida, aunque brevemente, en los años de la posguerra. Hubo una mayor concentración en la satisfacción de las necesidades sociales esenciales, mientras que Gran Bretaña alcanzó la máxima igualdad a mediados de la década de 1970 con la mayoría de los grupos compartiendo, por un tiempo, las ganancias de una economía en expansión. El ascenso, a partir de los años 80, de una nueva élite súper rica y el retorno de intensas concentraciones de renta y riqueza han traído una era de grave escasez social junto a una extrema riqueza. El dictamen de los años 70 del economista Fred Hirsch - que "Mientras la privación material esté extendida, la conquista de la escasez material es la preocupación dominante" - hace tiempo que se ha descartado.  

Consumo conspicuo

En lugar de dar prioridad a las necesidades fundamentales insatisfechas, se ha hecho hincapié en el "consumo conspicuo": desde las construcciones de fortalezas hasta los aeropuertos privados. Todos los clubes de la primera división inglesa son ahora propiedad de un multimillonario o multimillonaria mundial, o de un Estado rico. Uno de cada tres coches nuevos comprados en el centro de Londres en 2020 era un todoterreno. Incluso durante la década de austeridad posterior a 2010, la demanda de los activos más raros (la mansión más alta, el jet privado, el yate de lujo, la isla de propiedad privada, incluso el mini-submarino) se disparó.

Por el contrario, Gran Bretaña ha recortado la inversión en servicios infantiles, en formación de jóvenes adultos y en atención social. La financiación del Gobierno para las autoridades locales se redujo en un 55% entre 2010/11 y 2019/20, lo que supone una reducción del 29% en términos reales del poder adquisitivo. En el mismo período, el valor de las prestaciones por hijos se redujo en una cuarta parte. Hay una escasez crónica de viviendas sociales asequibles, y sin embargo, las orillas del Támesis y los centros de otras grandes ciudades están hoy repletos de pisos vacíos de varios millones de libras comprados, a menudo con fines especulativos, y dejados vacíos durante gran parte del año, por los súper ricos móviles.

Una de las principales consecuencias del retorno del capitalismo de lujo -con su reducción de la parte de los ingresos y la riqueza que reciben los más pobres- ha sido el aumento de la inseguridad, la reducción de las oportunidades de vida y el debilitamiento de la resistencia social.  El aumento continuo de la riqueza y las oportunidades para algunos ha ido acompañado del estancamiento y la caída del nivel de vida para otros. Al promover una nueva rueda de molino competitiva, el conjunto distorsionado de prioridades de Gran Bretaña ha alimentado las expectativas, impulsado el desequilibrio ecológico y socavado el bienestar social y personal.

 El modelo actual de capitalismo a favor de la desigualdad es el enemigo del progreso para todos. Ha reducido la proporción de recursos necesarios para las funciones vitales de bienestar de las sociedades modernas, desde la mejora de los resultados sanitarios y educativos hasta la lucha contra las privaciones. A lo largo de los últimos 200 años, los altos niveles de desigualdad han ido de la mano de los altos niveles de pobreza, creando un largo ciclo de alta desigualdad y alta pobreza, que sólo se rompió brevemente y en parte en la era de la posguerra.  

No es casualidad que el poder redistributivo del sistema de impuestos y prestaciones se haya debilitado en las últimas cuatro décadas. Hoy tenemos un sistema de prestaciones mezquino, desigual y coercitivo y un sistema fiscal regresivo que se enfrenta a un mayor riesgo de pobreza. La factura fiscal -en proporción a la renta nacional- sigue siendo elevada, pero permite comprar menos profesores, alargar las listas de espera del SNS y reducir los niveles de prestaciones.

Los mecanismos utilizados por los barones financieros y empresariales para enriquecerse tienen poco que ver con el empresariado tradicional, la creación de puestos de trabajo decentes o la construcción de la fuerza económica. No es casualidad que los resultados económicos hayan sido peores bajo el capitalismo de lujo que bajo el modelo más igualitario posterior a 1945. Con las nuevas formas de asegurar el dinero fácil, y de impulsar las tasas de rendimiento privadas, demasiada actividad económica ha estado asociada a la extracción de la riqueza existente, con un nivel de inversión privada decreciente y una capacidad debilitada para resistir el impacto de los choques sociales y económicos. 

El 1% más rico del mundo emite el doble de carbono que la mitad más pobre. Si queremos superar la crisis climática mundial, deben ser los más ricos del planeta los que carguen con el peso de los recortes necesarios en el consumo de las naciones ricas.

¿Quién soporta el coste de las crisis económicas?

En los últimos cuarenta años, estos choques -la desindustrialización, la crisis financiera de 2008, la austeridad, el cambio climático, el Brexit y ahora Covid-19- se han hecho más frecuentes y perturbadores. Algunos de ellos han sido, al menos en parte, autoinfligidos, producto de cambios impulsados por la ideología y de políticas gubernamentales ineptas.  La historia muestra que los costes de estos choques -desde, por ejemplo, la industrialización en el siglo XIX hasta la rápida desindustrialización en la década de 1980- han sido asumidos en gran medida por los miembros menos poderosos de la sociedad. Los grandes auges de riqueza de las plutocracias de ambos periodos se produjeron en gran medida a expensas de los medios de vida y las oportunidades de los sectores más débiles de la población activa.

En las sociedades muy desiguales, el progreso social rara vez sigue una teoría lineal convencional de la historia. La idea de un progreso ascendente continuo puede ser cierta para algunos, pero para muchos la mejora generalizada del nivel de vida en los últimos tiempos, al igual que en la época anterior a la guerra, ha sido desigual y errática, y a menudo ha ido acompañada de una disminución de la calidad de vida, de la pérdida de un lugar en la sociedad y de una creciente sensación de impotencia.

 El hecho de que la mitad más pobre de la población del Reino Unido posea en conjunto una proporción de la riqueza nacional inferior a la de sus equivalentes cuatro décadas antes no concuerda con la pretensión de progreso universal. No es de extrañar que la alienación política haya seguido creciendo. En las elecciones generales de 2010 hubo una diferencia de 23 puntos entre la participación de los grupos de ingresos más ricos y más pobres. La brecha era de 4 puntos en 1987.

La única solución es una estrategia que reduzca la desigualdad. Una simple medida de la desigualdad -el Índice de Palma- muestra lo dividida que está Gran Bretaña.  Esta medida compara la proporción de ingresos de la décima parte más rica con la del 40% más pobre. Sólo un puñado de naciones ricas han alcanzado lo que podría considerarse un objetivo modesto: un ratio de 1,0, con las cuotas de la décima parte superior y de las cuatro décimas partes inferiores igualadas. Entre ellos se encuentran Noruega, Dinamarca y Bélgica. Estados Unidos tiene un ratio de 1,85 y el Reino Unido uno de 1,5. Aunque reducir la proporción sería un reto político importante, no sería ni mucho menos una utopía. El ratio de Palma en Gran Bretaña se situó en torno a 1,0 en el pico de igualdad de finales de los años 70.

La riqueza privada -que tiene un valor de unos 15 billones de libras, unas siete veces el tamaño de la economía- está mucho más concentrada en la cima que en el caso de los ingresos. El ratio de Palma para la riqueza se sitúa en torno a 10, con la décima parte superior poseyendo una riqueza notablemente diez veces mayor en conjunto que el 40 por ciento inferior.  

Al igual que en el caso de los ingresos, es difícil ver cómo se puede justificar este nivel de concentración, desde el punto de vista económico, ético o social. Una gran parte de la riqueza personal actual no se ha ganado. Alrededor de tres cuartas partes del crecimiento de la riqueza en el Reino Unido desde el crack financiero de 2008 ha sido el producto de la inflación de activos, o "acumulación pasiva", un ejemplo clásico de lo que el filósofo del siglo XIX John Stuart Mill llamó, de forma reprobatoria, "hacerse rico mientras se duerme".

 Acabar con el poder extractivo

Una estrategia para lograr una mayor igualdad tendría que romper las dos largas olas de alta desigualdad y alta pobreza de los últimos 200 años. Una estrategia de este tipo requeriría nivelar hacia arriba elevando el piso de los ingresos, nivelar hacia abajo bajando el techo, una distribución más uniforme de la riqueza existente y nuevos mecanismos incorporados a favor de la igualdad para garantizar que las ganancias del progreso se repartan de manera más uniforme. Todas las sociedades necesitan justificar sus desigualdades, pero las clases políticas británicas han planteado una excusa tras otra para permitir el aumento de las diferencias de renta y riqueza. 

Al igual que los ganadores del cambio económico han empleado múltiples formas de justificar su posición en la cima, los gobiernos de los últimos 200 años han adoptado una larga línea de explicaciones para la inacción: que la pobreza es el orden natural dado por Dios, o el producto del fracaso individual; que la desigualdad es necesaria para fomentar la ética del trabajo; que el gasto en bienestar social desplaza el gasto privado; que las brechas de riqueza simplemente reflejan las diferencias en el esfuerzo; que demasiada redistribución drena el espíritu empresarial. 

Como explicó en 2009 Lord Griffiths, antiguo asesor de la señora Thatcher y entonces vicepresidente de Goldman Sachs International, el público tiene que "tolerar la desigualdad como el precio a pagar por la prosperidad". Como muestra Covid-19, Gran Bretaña es un país en el que las disparidades de renta y patrimonio están desde hace tiempo débilmente relacionadas con las diferencias en las cotizaciones sociales.

El poder extractivo que ha impulsado el capitalismo de lujo durante gran parte de los últimos 200 años ha permitido obtener recompensas desproporcionadas a expensas de otros, desde los trabajadores ordinarios y las comunidades locales hasta las pequeñas empresas y los contribuyentes, a menudo dirigiendo los recursos económicos hacia un uso improductivo, con una adición nula o limitada de valor económico. 

El influyente economista italiano Vilfredo Pareto declaró en 1896 que "los esfuerzos de los hombres se utilizan de dos maneras diferentes. Se dirigen a la producción o transformación de bienes económicos, o bien a la apropiación de bienes producidos por otros". Esta "apropiación" beneficia a los que "tienen" y no a los que "hacen", y desplaza la actividad que podría aportar más valor productivo y social y satisfacer el bien común. Hoy, como en el pasado, Gran Bretaña es una sociedad cómoda para ser rico, pero no para ser pobre."                    (Stewart Lansley, brave New Europe, 07/12/21)

14/1/21

Vanguard mueve capital equivalente al presupuesto de EEUU con solo 300 empleados. Los gigantes financieros en la era del nuevo capitalismo

 "Hace poco más de un año, en un instante que ya nos parece lejanísimo, casi 200 CEO de grandes empresas estadounidenses emitieron una declaración que señalaba la necesidad de dar un giro al capitalismo. La obsesión por las ganancias rápidas, el cortoplacismo avaricioso y la pérdida de los valores que, además del beneficio, debían inspirar a las empresas estaban matando eal sistema.

 Era el momento de encarar ese desafío y había que hacerlo pronto. Era la hora de un nuevo capitalismo, uno más justo, equitativo y sostenible, que funcionase para todos, que tuviera un impacto positivo, que devolviera a la sociedad algo de lo que esta le daba, y que tuviera en cuenta de manera decidida el largo plazo. Enseguida llegó la pandemia, y las cosas se pusieron mucho peor.

Las creaciones culturales más interesantes suelen captar nítidamente el aire de los tiempos, y ‘Billions’ es una de las series con más capacidad de reflejar la evolución de nuestra época. Más allá de sus tramas seductoras y retorcidas y de sus atractivos personajes, muestra una mirada afilada sobre las tendencias, novedades y luchas internas de uno de los campos decisivos en nuestros tiempos, el financiero. Uno de sus protagonistas, Bobby ‘Axe’ Axelrod (excelentemente interpretado por Damien Lewis), dirige un 'hedge fund', y es de esas personalidades que aman tener sobre la mesa el corazón aún latiente de sus enemigos: es la representación subjetiva de todo lo que se atribuye al capitalismo depredador.

En su quinta temporada, interrumpida por el covid, Axe encuentra un rival realmente poderoso en Mike Prince, un titán de las finanzas con rostro humano. Pretende hacer algo positivo por la sociedad, es amigo de las energías limpias, tiene un propósito que va más allá de ganar lo máximo posible y cree en el largo plazo y la sostenibilidad. Mike Prince representa la inversión responsable, Bobby Axelrod, la ambición desatada. Axe vs. Prince, el ‘hacha’ contra el ‘príncipe’, toda una metáfora que refleja el estado real de las finanzas.

Los fondos de gestión pasiva, como BlackRock, Vanguard y State Street Global Advisors, estarían desempeñando, en este momento concreto, el mismo papel que Mike Prince frente a los tiburones de los 'hedge funds': capitalismo responsable, visión a largo plazo, apuesta decidida por la descarbonización, atención creciente a la diversidad, inversión paciente. Justo lo que el capitalismo estaba demandando: vendrían a ser los correctores de los defectos del sistema a partir de una nueva manera de gestionar los ahorros y de conciencia mucho más firme respecto de las necesidades de la época. Su creciente poder estaría dando forma a un sistema diferente.

Por decirlo en términos políticos, el viejo capitalismo es Trump; el nuevo, los fondos de gestión pasiva, es Biden. Y no es simple retórica. Larry Fink, CEO de BlackRock, alabó al nuevo presidente estadounidense, del que dijo que era la voz de la razón, y Biden ha correspondido nombrando director del Consejo Económico Nacional a Brian Deese, al que ha encargado que saque a EEUU de la crisis económica. El consejo es el máximo órgano consultivo en materia económica de la Administración estadounidense y Deese era el responsable de las inversiones sostenibles en BlackRock.

 Biden ha elegido como número dos del Departamento del Tesoro a Wally Adeyemo, ex jefe de Personal de Fink. Y no debemos olvidar que BlackRock también fue la empresa elegida por la Reserva Federal para gestionar el programa económico de ayuda durante la pandemia, que ascendía a 750.000 millones de dólares. La posición de privilegio que gozó Goldman Sachs en el Gobierno de EEUU (‘Goverment Sachs’) parece haber sido ocupada por BlackRock.

1. Quiénes son y qué hacen

BlackRock, Vanguard y State Street, los tres mayores fondos de gestión pasiva, poseen una fórmula inversora diferente. En lugar de que el capital quede en manos de gestores que toman decisiones continuas sobre las empresas en que colocar el capital, cuándo entrar y salir de ellas y qué tipo de apuestas realizar, este tipo de firmas crea carteras vinculadas a índices que replican la composición de un índice bursátil entero (Ibex 35, DJ EuroStoxx 50, Nasdaq 100…). Son los artífices de un nuevo y exitoso producto, los ETF (fondos cotizados), un híbrido entre las acciones y los fondos que pueden comprarse y venderse en las bolsas y que, por tanto, aportan mayor liquidez.

Pero más allá de su descripción técnica, la inversión pasiva y los ETF constituyen mucho más que una mera novedad inversora: son el refugio y la reinvención del capitalismo financiero. Dado que hay pocas inversiones que generen seguridad en un momento de crisis económica y sanitaria, y con la deuda pública solvente en tipos negativos, hacen falta espacios que generen la certeza de la deuda pública pero que añadan rentabilidad. Esa es la promesa que ofrecen los tres grandes y por eso han crecido muchísimo en los últimos tiempos.

 El capital de muchos ahorradores preocupados por la incertidumbre ha ido a parar, directa o indirectamente, a los fondos de gestión pasiva: es menos arriesgada que la inversión activa, tiene vocación de largo plazo y es más barata, por sus menores comisiones. Pero además de ofrecer un lugar seguro, y si otorgamos crédito a lo que dicen de sí mismos, constituyen la redefinición del capitalismo financiero, en la medida en que conjugan los intereses de los inversores y los de la sociedad, que precisa un capital más integrado, más vinculado con su entorno y con una perspectiva mucho más amplia. Estas son sus características:

1a. Son un instrumento de estabilidad

Dado su peculiar modelo de inversión, tienen un especial interés en el funcionamiento del conjunto del sistema: no apuestan por una fruta de la cesta, sino por la cesta entera. Algunas empresas de las que figuran en sus índices perderán, otras ganarán, pero lo importante es el equilibrio: que el resultado final, la suma de todas ellas, arroje un balance positivo. No tienen ninguna intención de convertir el S&P 500 en el S&P 490 solo porque algunas firmas tengan un mal momento, su deseo es que el sistema funcione.

Ese interés en la estabilidad general es lo que, entre otras razones menos amables, justificaba que BlackRock estuviera al frente del reparto del dinero estadounidense para la recuperación: en la medida en que su pretensión es asentar el mercado en su conjunto, y dada su presencia en la gran mayoría de las firmas cotizadas estadounidenses y su conocimiento de los riesgos sistémicos, parecía el actor adecuado para ayudar a la Reserva Federal en el reparto.

 En tanto interesados en la solidez general del sistema financiero, estaban obligados a repartir el dinero de forma que las empresas y las bolsas quedasen asentadas. Es relevante subrayar que estos fondos invierten en el capitalismo mucho más que en empresas particulares: defienden la estabilidad del capital genéricamente considerado.

 1b. Son capital paciente

Los mercados financieros de las últimas décadas han pretendido obtener el máximo valor para sus accionistas en el plazo más corto posible. Los 'hedge funds', los gestores personificados en el Bobby Axelrod de ‘Billions’, han exhibido como valor esa orientación agresiva y extractiva de la que tanto se dolían los directivos de las empresas. Esa tendencia generó la añoranza del capitalismo renano, de ese modelo centrado en el largo plazo que tomaba en consideración intereses diferentes del beneficio rápido.

 Europa se condujo con ese sistema durante bastante tiempo, con grandes empresas soportadas por capital proveniente de bancos nacionales, accionistas familiares, grandes aseguradoras o del mismo Estado. Esta clase de capitalismo desapareció 'de facto' de las cotizadas, sometidas a muchas presiones, y acabó convirtiéndose o en capitalismo de amiguetes o en simple materia prima para los inversores extractivos. Los fondos de inversión pasiva aseguran venir a ocupar una función similar a la del antiguo capital paciente.

El CEO de BlackRock, Larry Fink, pidió explícitamente a las grandes empresas que formulasen estrategias para crecer a largo plazo, que no se concentrasen en exceso en los resultados trimestrales y que entendieran que debían ofrecer una contribución positiva a la sociedad, y señaló que su firma proporcionaría ese capital paciente necesario para que pudieran prosperar. En el mismo sentido se pronunció Cyrus Taraporevala, CEO de State Street, al afirmar: “Somos capital permanente (…). Eso significa que debemos adoptar una perspectiva a largo plazo en nombre de nuestros clientes. En un momento en el que algunos accionistas activistas están interesados en extraer beneficios a corto plazo de las empresas, nosotros ofrecemos un contrapeso saludable y necesario”.

1c. Tienen ideología

Los fondos de inversión pasiva están especialmente comprometidos con la sostenibilidad, presionan para lograr una economía baja en carbono y abogan por otro tipo de gobierno de las empresas. En el centro de estas pretensiones se sitúan los criterios ASG, que prestan especial atención a la apuesta ecológica, a la responsabilidad social, a la diversidad en el lugar de trabajo, a la remuneración apropiada de los directivos y al gobierno corporativo. Son criterios con gran importancia, dado que los informes desfavorables en este sentido penalizarán en el apoyo inversor a las empresas que los incumplan.

State Street anunció que votará en contra de los consejos de las grandes empresas que no sigan los estándares ASG, y BlackRock es el fondo más insistente en este sentido, anunciando que duplicará los ETF sostenibles y que presionará a las empresas que proveen los índices para que hagan más énfasis en estos criterios.

La importancia de los ASG se pone de relieve también por su penetración en los ámbitos institucionales. Los mismos fondos para la recuperación europea están tejidos desde esa perspectiva, la Unión Europea apoya de una manera decidida las premisas ideológicas desde las que se construyen estos estándares y Biden asegura que lanzará iniciativas claras en ese sentido.

Dicho de otro modo, con los criterios ASG, los fondos de gestión pasiva han creado un instrumento de valoración a través del cual actuarán como correctores de las disfunciones del sistema, y penalizarán aquellas compañías que no utilicen las energías limpias y que no promuevan decididamente la diversidad en el trabajo, la equiparación salarial entre hombres y mujeres y la necesidad de retribuciones ajustadas por parte de los directivos. Son el mecanismo de control del capitalismo contemporáneo, mucho más que simples estándares de inversión.

1d. Reducen costes

Otra de sus grandes novedades, que constituye una notable ventaja para quienes ponen el capital en manos de estos fondos, es su menor coste. Han reconfigurado la inversión de modo que pueden gestionar una enorme cantidad de activos con escaso personal (como señala Rubén Juste en ‘La nueva clase dominante’, Vanguard mueve capital equivalente al presupuesto de EEUU con solo 300 empleados) y gracias a sus algoritmos, lo que les permite cobrar comisiones mucho más reducidas que las de los fondos de gestión activa. 

Forman parte de esa tendencia contemporánea que sustituye mano de obra por procesos sistematizados, lo que les ahorra salarios muy elevados, los que se pagaban a las estrellas de la inversión (los bancos de inversión nacionales están haciendo lo mismo). La consecuencia de procesar la información con menos personas y eliminar además puestos muy bien retribuidos es que sus procesos están mucho más centralizados y coordinados, pero son también más rígidos.

En definitiva, BlackRock, Vanguard o State Street, los tres grandes, suponen un cambio en el capitalismo financiero, ya que concentran la inversión y lo hacen con menor coste, pretenden una mayor estabilidad sistémica y apuestan por la relegación de las prácticas más arriesgadas y lesivas del capitalismo reciente. Y, al mismo tiempo, empujan en dirección a una sociedad más verde, más inclusiva y con mayor foco en el largo plazo. Al menos, esa es la teoría.

2. Su poder

Antes de la pandemia, los tres grandes gestores pasivos, Vanguard, BlackRock y State Street Global Advisors, poseían en conjunto más del 20% de las acciones de las compañías cotizadas en el S&P 500. De todos ellos, BlackRock es el más importante en cuanto a tamaño: es la empresa de gestión de activos más grande del mundo, y cuenta con casi ocho billones de dólares bajo su control. En el mercado estadounidense es el actor dominante, ya que posee al menos el 5% de la práctica totalidad (el 97%) de las compañías que figuran en el índice S&P 500, incluidas Apple, Microsoft, JP Morgan Chase y Wells Fargo.

En España, solo su cartera de acciones está valorada en cerca de 18.000 millones de euros, un 11,9% más que al cierre de 2018, según los datos recopilados por ‘La Información’ a partir de los registros de la CNMV. Está por encima de los 12.000 millones que maneja Vanguard, del fondo soberano de Noruega e incluso de la cartera pública del Estado, si se excluye la participación en Airbus (que no pertenece al índice). Santander, Iberdrola, Amadeus, BBVA y Telefónica copan el grueso de su inversión. Y también está presente en Inditex, aunque en la firma de Ortega no llega al 3%.

BlackRock gestiona fundamentalmente capital de inversores institucionales, lo que supone el 60% de sus activos. Dada la gran cantidad que maneja, BlackRock posee intereses globales: a principios de 2019 y al margen de otra clase de inversiones, el fondo de Larry Fink era accionista de más de 10.000 empresas cotizadas en todo el mundo. Los otros dos gigantes no se quedaban atrás: Vanguard estaba presente en más de 10.500 empresas y State Street, en 6.000 firmas. La única empresa con dimensiones similares era el fondo soberano de Noruega, que poseía acciones de 8.500 empresas cotizadas en todo el mundo, pero su porcentaje accionarial era bastante más pequeño que el de los tres grandes.

En Europa, los tres administradores de activos pasivos tenían una propiedad media del 8% en las 30 empresas más grandes cotizadas de Alemania. Su posición era más reducida en Francia y los Países Bajos, ya que solo poseían el 22% en el índice AEX y el 20% en el índice CAC 40. Jan Fichtner y Eelke Heemskerk recogieron en ‘The New Permanent Universal Owners’ los datos sobre la propiedad declarada en 2018 por los tres grandes y de sus participaciones en la propiedad de empresas de diferentes países.

Los autores añadieron en la comparativa el mayor fondo soberano del mundo, el noruego, para hacer más visible el tamaño y la importancia de los inversores pasivos. El fondo noruego, sin embargo, aunque ha estado tradicionalmente vinculado al capital paciente y a la renovación energética, utiliza otras estrategias, y los cambios recientes en su dirección, para la que fichó a un directivo proveniente de los 'hedge funds', Nicolai Tangen, hacen pensar que tomará un papel más activo en sus futuras inversiones.

3. La magia de la influencia

Con la gran cantidad de millones que gestionan, su presencia en el accionariado de un enorme número de empresas cotizadas y su comprobable influencia en el Gobierno estadounidense y en el de la Unión Europea, es evidente que estamos ante gigantes de enorme peso político y económico. Pero hay un par de aspectos que añaden todavía más poder, y que merecen subrayarse.

 El primero atañe a los tres grandes y no es más que la estrategia que utilizó JP Morgan en la segunda década del siglo XX: puesto que se sentaba en los consejos de administración de todas las grandes empresas estadounidenses, contaba con un acceso privilegiado a la información, que utilizaba en su provecho: tenía un conocimiento extenso de todos los sectores, lo que le permitía identificar oportunidades ante que cualquier otro actor y encontrar nuevos instrumentos con los que generar mayor rentabilidad. Esa posición de privilegio aparece también en nuestra época.

El segundo asunto relevante atañe únicamente a BlackRock, ya que posee el instrumento decisivo en lo que se refiere a influencia. Lleva el curioso nombre de Aladdin, y ha sido calificado como el Android de la inversión. Se trata de una plataforma basada en el 'big data' y la inteligencia artificial, y cuyo algoritmo guarda con enorme celo la compañía dirigida por Fink. Su importancia radica en que su análisis de riesgos es utilizado por la Reserva Federal de EEUU y por el Banco Central Europeo, pero también por Vanguard y State Street, los dos competidores de BlackRock en su sector. 

Y no solo ellos: grandes aseguradoras, el fondo de pensiones japonés, Apple, Microsoft y Alphabet, entre muchos otras, incluido el Banco Santander, utilizan este sistema. Aladdin ha sido descrito por ‘Financial Times’ como el sistema nervioso central de la industria inversora: hay 22 billones de dólares en activos que están bajo la supervisión de este sistema, aunque su alcance real se desconoce, como ha reconocido Blackrock. Y la pandemia ha provocado que su peso sea aún mayor.

Aunque Aladdin no indique qué activos comprar y vender, su análisis de riesgos es enormemente influyente, porque determina muchísimas decisiones: cuanto más deleguen los gestores de activos en el sistema, más uniformes serán las respuestas; 'de facto', esto implica la concentración del ámbito financiero.

Por decirlo de otra manera, los bancos centrales, las empresas y los inversores más importantes ven el mundo con los ojos de Aladdin, esto es, de BlackRock; deciden sus movimientos en función de los análisis de una plataforma, lo que les da un poder grandísimo. Y cabe subrayar que en las últimas décadas, como subrayó el caso Walmart, una empresa no tecnológica, la capacidad de concentrar sectores y de crear actores dominantes está totalmente relacionada con la vinculación a un sistema informático centralizado, como bien señala el éxito de los algoritmos de Facebook y Google.

Si un sector clave, como es el financiero, es puesto bajo la guía de un algoritmo desconocido, los riesgos pueden ser muy grandes

Aladdin sitúa la industria bajo sus alas. Es un movimiento de concentración no solo del capital, sino de los mecanismos de prevención y de alerta, y constituye 'de facto' un instrumento de sanción y de refuerzo a determinados sectores y actores. Sabemos de los peligros de la concentración, pero si un ámbito clave de nuestra economía, como es el financiero, es puesto bajo la guía de un algoritmo desconocido, los riesgos pueden ser muy grandes. Los reguladores ya están empezando a tenerlo en consideración.

Y existe un problema añadido: la complejidad de Aladdin provoca que la desactivación del sistema conlleve mucho tiempo, incluso años, ya que cada usuario ha tenido que adaptar sus formas operativas a la plataforma de BlackRock, por lo que la desconexión es especialmente ardua: es “como cambiar la rueda del coche mientras aceleras en una carrera”.

4. Las preguntas que quedan en el aire

La quinta temporada de ‘Billions’, esa en la que Bobby Axelrod y Mike Prince se enfrentaban, ha sido interrumpida a la mitad a causa del coronavirus. En el último capítulo emitido, parecía que Axe iba perdiendo todas las batallas, pero estaba decidido a ganar la guerra. Ese es también nuestro momento. Al menos eventualmente, todo gira a favor de ese mundo sostenible y diverso por el que apuesta el capital pasivo, pero todavía hay muchas incertidumbres en el horizonte. 

Las compañías eléctricas y las verdes están en un buen momento y las petroleras en descenso, pero habrá que ver si Biden controla ambas Cámaras y desarrolla sus planes verdes o tendrá que hacer pactos que los frenen; la Unión Europea ha puesto en marcha los fondos para la recuperación desde una perspectiva ASG, pero tendremos que confirmar su alcance, y deberemos constatar si la crisis económica se desvanece conforme avanza 2021 o se hace más profunda para distintos sectores sociales, en cuyo caso esas apuestas sufrirán evidentes dilaciones.

Pero la pregunta que dejaba ‘Billions’ en el aire tenía que ver, más que con el momento, con la personalidad de los contendientes. Axelrod, el tiburón de los 'hedge funds', creía que las cualidades pacientes que Prince exhibía no eran más que otra jugada cínica para vencer en la contienda, que el rostro empático no era más que el siguiente paso del capitalismo depredador, y que el objetivo consistía simplemente en sacar a los rivales del juego. Alguna duda en ese sentido ha descrito ‘Financial Times’ respecto de Larry Fink. 

En 1986, era un directivo de First Boston, un gran banco de inversiones, y tenía aspiraciones de convertirse en su CEO. Pero cometió un error de cientos de millones de dólares y acabó en la calle. Fue entonces cuando creó BlackRock. Pero lo que cuenta ‘Financial Times’ es que su equivocación estuvo causada por la enconada rivalidad que mantenía con su homólogo de Salomon Brothers, Lewis Ranieri. 

 Fue esa competición descarnada lo que le llevó a asumir muchos más riesgos de los necesarios; fue el deseo de vencer a toda costa el que le hizo forzar la máquina y quizás ese carácter no se pierda nunca. Un antiguo compañero de First Boston definía a Fink y a la gente que se llevó con él como “dinamita”, como personas “que pueden oler la sangre río arriba”.

 Acusaciones similares han sido emitidas desde entornos ecologistas, en especial sobre BlackRock, al que han acusado de ‘greenwashing’, de haberse beneficiado especialmente de las ayudas que contribuyó a repartir, o de tener una actitud mucho más ambigua de la que explicita acerca de la responsabilidad corporativa y de la buena gestión empresarial. Larry Fink, además de mostrar su disgusto con los reproches respecto de su papel en el reparto, tiene una explicación sobre esas acusaciones.

Como relataba con sinceridad a Ana Botín en una reciente conversación pública, le gustaría ser más contundente en cuestiones como la descarbonización, pero dado que su tarea como CEO de una firma inversora es beneficiar a sus clientes, si la penalización a empresas que contaminan causa serios perjuicios a esa rentabilidad, debe dar marcha atrás: las leyes de su país le obligan a actuar diligentemente en su función inversora, e incluso podrían penarle con la cárcel si actuase de otro modo.

Sin embargo, las dudas no se generan únicamente acerca de si estos fondos pasivos cumplirán lo que prometen; también las hay acerca de si cumpliendo lo que prometen conseguirán sus objetivos. Lograr una sociedad más estable, más inclusiva, más verde y más centrada en el largo plazo puede no ser posible si no se pone freno a aspectos como la desigualdad, uno de los grandes riesgos que afrontará la época que viene, algo para lo que no han previsto medidas, o si no se corrige de manera decidida el aspecto puramente rentista del sector financiero. En todo caso, y como en ‘Billions’, estamos a mitad de temporada. Lo que no puede negarse es que en esta nueva entrega del capitalismo, los tres grandes van a jugar un papel muy relevante."                 (Esteban Hernández, El Confidencial, 04/01/21)