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30/12/16

FMI: cuanto mayor es la libertad de movimientos del capital más elevada es la desigualdad

"Un estudio publicado el pasado mes de octubre por dos economistas del Fondo Monetario Internacional, (Davide Furceri y Prakash Loungani, The Distributional Effects of Capital Account Liberalization), ha demostrado que cuanto mayor es la libertad de movimientos del capital más elevada es la desigualdad.

Los autores reconocen en su trabajo algo que es muy típico de la economía ortodoxa: se da por hecho que la liberalización de los movimientos de capital es muy positiva porque genera crecimiento a largo plazo y mayor bienestar pero no se comprueba si eso es realmente así para toda la gente. Como dicen estos economistas, si esos efectos benéficos afectan por igual a todos los grupos de población “no ha sido objeto de mucho estudio”.

La conclusión a la que llegan en esta investigación es muy importante por venir de dos economistas nada sospechosos de radicalismo izquierdista y, sobre todo, porque se deriva de un estudio realizado para muchos países (149) y para un periodo de tiempo muy largo (1970-2010).

Los autores estudian tres vías por las que la mayor libertad de los movimientos de capital suele aumentar generalmente la desigualdad, tal y como ellos confirman en su investigación. En primer lugar, porque está asociada a sistemas financieros menos inclusivos que aumentan las tasas de pobreza. 

En segundo, porque esa mayor libertad suele anticipar crisis financieras que generalmente terminan con efectos muy asimétricos sobre la población y, finalmente, porque limita el poder de negociación de los trabajadores y eso hace que caiga la participación de los salarios en la renta nacional.

En resumidas cuentas, los datos demuestran que la liberalización concentra aún más las rentas y genera mayor desigualdad.

Pero no solo eso. Además, sabemos desde hace tiempo que la mayor libertad para los movimientos de capital está asociada a más inestabilidad y a mayor número de crisis financieras.

Para que se vea de la forma más sencilla posible esa coincidencia, pongo a continuación dos gráficos en los que se comprueba (a la izquierda) cómo el mayor grado de liberalización del capital se corresponde claramente con un mayor número de países con crisis financieras y (a la derecha) que hay una clara correspondencia a lo largo de mucho tiempo entre la evolución de ambos fenómenos (más países con crisis y liberalización de capital) con la desigualdad. 


Como puede comprobarse, las dos gráficas suben o bajan en los mismos periodos de tiempo, lo que significa que los fenómenos que reflejan coinciden). Es fácil comprobar que hay un periodo (1945-1970) en el que prácticamente no hay ningún país que sufra crisis financieras, que tiene bastante menos desigualdad (reflejada como una menor participación del 10% más rico en el total de la renta) y muy poca libertad de movimientos para el capital.

 Y al revés, también se comprueba fácilmente que cuando hay más desigualdad y más crisis es justamente cuando hay mayor libertad de movimientos del capital.

 Otros estudios también han demostrado que la liberalización del capital no solo no reduce la pobreza, como se empeña en afirmar sin ningún fundamento empírico la “sabiduría” económica convencional, sino que, por el contrario “está asociada a una menor participación de los pobres en el ingreso” (Philip Arestis y Asena Caner, Capital account liberalisation and poverty: how close is the link?).
Esta coincidencia entre mayor libertad para el capital y mayor número de crisis, más pobreza y desigualdad más elevada no es ni mucho menos casual.

 En un artículo que publiqué hace unos meses (¿Para qué sirven los sindicatos?) mostraba que otras investigaciones han demostrado que hay un mejor rendimiento económico, mayor actividad, más empleo y más inversión productiva cuando hay más afiliación sindical.

 Es así, porque ésta hace que aumenten los salarios y eso empuja las ventas y, al mismo tiempo, los costes laborales más elevados obligan a las empresas a innovar y, por tanto, a realizar más inversiones productivas que incrementen la productividad. Y esta mayor inversión productiva debilita la pura especulación financiera que, entonces, se convierte en realidad en un estorbo.

Por el contrario, cuando se combate a los sindicatos y se hacen reformas laborales simplemente orientadas a aumentar el poder de negociación de las empresas, la afiliación sindical disminuye (entre otras razones porque se difunde el miedo a sindicarse y se castiga a los trabajadores sindicados). Eso hace que los salarios bajen y que las empresas comiencen a aumentar fácilmente sus beneficios, sin necesidad de preocuparse por innovar o invertir en productividad. 

Pero como los salarios más bajos hacen que disminuyan las ventas y la menor inversión y la productividad más reducida hacen que disminuya la actividad productiva y el rendimiento del capital dedicado a ella, lo que ocurre es que el ahorro empresarial (que se concentra cada vez más en las empresas con gran poder de mercado o con clientes cautivos) se va a la inversión financiera que es la que tiene entonces una rentabilidad mayor y más rápida. 

Y así se incrementa la financiarización y, lógicamente, las demandas de mayor libertad para los movimientos de capital que la alimentan. Pero cuando se liberalizan, los capitales se expanden como un gas a la búsqueda de ganancia inmediata y fácil y eso crea una gran inestabilidad financiera que se agrava porque, además, esos dos fenómenos (menor rentabilidad en el lado productivo y mayor en el financiero) desatan el endeudamiento, bien para poder salir adelante como sea, en el primer caso, bien para apalancarse y multiplicar la inversión especulativa en el segundo.

Es verdad que el estudio de estos dos economistas del Fondo Monetario Internacional no ha descubierto el Mediterráneo pero, al menos, sirve para corroborar la realidad. Y aunque al final no se atreven a condenar claramente la liberalización del capital sino que se limitan a pedir prudencia, su investigación sirve para comprobar que cuando se da mayor libertad para el capital no se consigue que mejore el rendimiento económico sino que los grupos sociales ya de por sí más ricos aumenten todavía más sus ingresos, sus privilegios y su poder de decisión.

Si este mundo tuviera la cabeza en su sitio nunca se hubiera permitido que los capitales y mucho menos los terroríficamente especulativos de nuestra época tuvieran la plena libertad de movimientos que tienen. Le damos al dinero y a los grandes propietarios la libertad que negamos al conjunto de los seres humanos y a los desheredados (por culpa del dinero, por cierto) en particular.

En aras de darle libertad a los capitales se hace esclavas a las personas. ¡Y se llaman liberales quienes defienden eso!

La evidencia empírica demuestra que esa libertad se traduce inevitablemente en crisis desastrosas que producen un daño tremendo a las personas, a las naciones y a la naturaleza. Sabemos que sus costes son mucho mayores que sus beneficios y que no hay una mínima razón científica que pruebe que la completa liberalización de los capitales es mejor para las economías que su control.

No se puede justificar ni siquiera asumiendo las hipótesis más disparatadas de la economía liberal: que todos los mercados son de competencia perfecta (algo materialmente imposible) y que todos los seres humanos nos comportamos con información perfecta y gratuita, no solo sobre todas las circunstancias presentes sino también futuras, y como si cada uno de nosotros solo fuésemos una simple agencia de maximización del beneficio o la utilidad en busca siempre de nuestro propio y exclusivo interés.

Cuánta razón llevaba John K, Galbraith cuando decía en su libro La cultura de la satisfacción que “los disparates de los ricos pasan en este mundo por sabios proverbios”.          (Publicado en ctxt.es el 4 de noviembre de 2016, en Juan torres López, 06/11/16)

30/12/11

"Las inyecciones de dinero barato no incrementan las inversiones productivas porque los bancos emplean los fondos en sanear sus cuentas"

"Entre la Depresión de los años 30 y la crisis económica contemporánea han transcurrido 80 años, pero hay similitudes. Ambas fueron precedidas por periodos de crecimiento económico espectacular, con aumentos de productividad que no repercutieron en los trabajadores, quienes perdieron poder de compra y se mantuvieron en condiciones de precariedad, sin planes de futuro.

Los beneficios empresariales no se destinaron a inversión productiva, sino a una economía especulativa favorecida por el dinero barato. Y la brutal desregulación de los mercados financieros dio lugar al crac bursátil del 29, y a la crisis financiera generada por los productos de alto riesgo vinculados a las hipotecas, en 2008. (...)

Pero la base del problema fue -y es ahora- la desigualdad en el reparto de la riqueza. Sin poder de compra en manos de amplias capas de la sociedad, la crisis de demanda era inevitable. Ya en 1925 disminuyeron la fabricación de automóviles y la construcción residencial, haciendo caer los precios, llevando al progresivo cierre de fábricas y al desempleo.

Hoy la caída de la demanda se ha visto ralentizada a causa del artificial poder de compra generado en la etapa de los créditos baratos. Lo cierto es que a finales del siglo XX, por primera vez después del pacto social nacido tras la Segunda Guerra Mundial, un crecimiento económico sostenido varios años, aun siendo superior la población activa, no ha implicado incremento de la participación salarial en la renta, debido a la aplicación de políticas fiscales y económicas que benefician a las rentas del capital, en España, Europa y EE.UU.

La opción ortodoxa para salir del estancamiento, a modo de impuesto revolucionario, ha consistido en inyectar dinero barato a los bancos, para que éstos, en teoría, lo repercutan en consumidores y empresas, y ello a pesar de que Keynes ya había advertido de la asimetría existente en la política monetaria.

Porque cuando el banco central reduce la oferta monetaria, sí se disminuye el volumen de préstamos. Pero no al contrario; las inyecciones de dinero barato no incrementan las inversiones productivas porque los bancos emplean los fondos en sanear sus cuentas. El monetarismo sólo sirve para trasvasar dinero público a las entidades bancarias, y sin que nadie alce la voz.

De la Gran Depresión de los años treinta se salió con inversión pública para estimular la demanda, mediante la creación de instituciones de protección social, base de un incipiente Estado de bienestar, supervisando el sistema financiero y creando empleo público; justo lo que los defensores de las políticas de austeridad, con mayor influencia y poder que nunca, se niegan a aplicar ahora.

La I Guerra Mundial fue conocida como Gran Guerra hasta que hubo una Segunda. Esperemos que la actual crisis no pase a los libros de historia como II Gran Depresión."                 (Rebelión, 30/12/2011, 'Equivalencias', de

15/12/11

Nosotros tenemos que trabajar para reconvertir la renta privada en renta social: por la socialización de la deuda, por la reactivación de la demanda y los consumos de los bienes socialmente útiles... Algunas de las consignas de la lucha de estos años, desde la renta mínima garantizada a la tasa Tobin, van ya en esta dirección

"Loretta Napoleoni, con quien coincidirás hoy en la Libreria delle Donne en Milán, en un libro de hace dos años, afirmaba que la función social de los bancos ahora sólo perdura en la finanza islámica, y que es ahí donde hemos de redescubrirla: la finanza islámica no especula.

Es cierto, en el sentido de que debemos reintroducir la solidaridad en la medida justa, a la altura de las contradicciones producidas por la crisis. La resocialización de la deuda y la función original de los bancos es un camino para doblegar a nuestro favor la financiarización de la capital, luchando en su terreno.

Sin embargo, ¿la financiarización se puede detener? ¿Se puede invertir su marcha? Has explicado muy bien que la economía financiera ya no es separable de la economía real y se basa en la implicación activa de los comportamientos y modos de vida de la gente común: los consumidores que utilizan tarjetas de crédito para las compras, los asalariados que lidian con los fondos de pensiones, la clase media ahogada por los préstamos hipotecarios, los pobres que se endeudan poniendo como única garantía su "vida desnuda".

Si es así, ¿se puede desfinanciarizar, al menos en parte, el sistema, o sólo se pueden sanear los abusos de los bancos? Si la producción y el consumo están tan entrelazados con la deuda, ¿es posible evitar una salida recesiva y depresiva de la crisis?

La desfinanciarización del capitalismo la está preparando el proprio capitalismo tanto en forma recesiva de reducción de la deuda, como acabamos de decir, lo que deprime la demanda y los consumos, como en forma de disciplina de la culpa, que deprime las existencias.

En cambio, nosotros tenemos que trabajar para reconvertir la renta privada en renta social: por la socialización de la deuda, por la reactivación de la demanda y los consumos de los bienes socialmente útiles, por la reapropiación del espacio público, por la reconstrucción de la socialidad y la felicidad colectiva.

Lo común es esto y no hay otra forma de salir de esta espiral autodestructiva de la financiarización. Algunas de las consignas de la lucha de estos años, desde la renta mínima garantizada a la tasa Tobin, van ya en esta dirección.

¿Y qué piensas de la reivindicación al derecho a la insolvencia? En los movimientos se presenta como un derecho de resistencia contra la financiarización de la vida; muchos economistas creen que es una medida demagógica; otros lo ven como una oportunidad de restablecer la soberanía nacional cancelada por la tecnocracia europea.

Creo que es justa sólo si se convierte en una medida subjetiva y contextual, no si se deja en manos de los Estados. Te pongo un ejemplo: en los Estados Unidos está madurando desde hace mucho tiempo una burbuja de becas, que equivale aproximadamente a la mitad del volumen de hipotecas de alto riesgo (subprime): en ese caso, los estudiantes y sus familias han de ejercer sin duda el derecho a la insolvencia para distinguir la deuda legítima de la ilegítima.

Sin embargo, no les confiaría a los Estados ese derecho, ni a sus veleidades para volver a hallar así la soberanía nacional perdida."             (Rebelión, 09/12/2011, 'Entrevista con el economista Christian Marazzi: Estado de la deuda, ética de la culpa,Ida Dominijanni,Il Manifesto)

11/5/09

El final de la revolución conservadora, de la desregulación, de las privatizaciones

"Aunque los pilares ideológicos de la revolución thatcheriana comenzaron a alzarse bastante antes de su elección como primer ministro el 3 de mayo de 1979. Porque estamos hablando de revolución, ya que Margaret Thatcher solía repetir que la economía es solamente un instrumento para cambiar el modo de ver el mundo.

En un Reino Unido quebrantado por las políticas asistenciales del Partido Laborista, la doctrina neoliberal alienta la iniciativa privada. Como setas tras una noche de lluvia, surgen las pequeñas empresas. Un resurgir facilitado por la demolición de las cuotas fiscales, la más elevada de las cuales queda reducida al 40%, y por la privatización de los bienes estatales.

Durante varios años, Reino Unido vende sus joyas: escuelas, parques, hospitales, y hasta los transportes y la telefonía acaban en manos privadas. Las cajas del Estado se hinchan y la política monetaria se convierte en un ejercicio contable, tal y como había sugerido el gurú del neoliberalismo, Milton Friedman, el economista más admirado por la Dama de Hierro.

Había terminado la era en la que se imprimía papel moneda para que tirase del vagón del Estado, y con ella las oleadas de inflación galopante.

Pero si alguien se beneficia mayormente de las nuevas políticas ése es el sector financiero. Con su Bing Bang, Margaret Thatcher abre las puertas de la City de Londres a los banqueros europeos y americanos. Un conjunto de desgravaciones fiscales, de incentivos monetarios y de relajación de controles transforma a la capital británica en el centro de negocios más dinámico y codiciado del mundo. Es el inicio de la desregulación.

El caballo de batalla del nuevo sistema económico pasa a ser la privatización, un virus entero y verdadero. Desde Londres, los bancos internacionales guían su contagio embolsándose cifras de vértigo mediante sus asesorías.

El modelo thatcheriano se presenta como el esquema económico de la globalización, un modelo que, sin embargo, funciona sólo en algunos países y que no resiste la prueba del tiempo. En Rusia crea la casta de los oligarcas; en Estados Unidos da vida a los abusos financieros que han arrastrado a la economía mundial a la recesión, y hasta en Reino Unido la herencia de la Thatcher consiste en el caos económico." LORETTA NAPOLEONI: Adiós a la Dama de Hierro. El País, ed. Galicia, Opinión, 09/05/2009, p. 29 )