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5/6/18

En el racismo actual y en la nueva xenofobia, que en los países de la UE se expresan sobre todo contra los inmigrantes africanos y asiáticos, cuenta mucho la afirmación de la identidad ante el temor de la pérdida

"La gran mayoría de las personas cultas y razonables está hoy en día de acuerdo en que el racismo es un mal, es parte del mal social. A pesar de lo cual se ha de reconocer que el racismo sigue presente en nuestras sociedades.

 El racismo está ahí, reiteradamente presente en sociedades europeas que se consideran a sí mismas cultas y modernas (o posmodernas): en el Reino Unido y en Alemania, en Austria y en Suiza, en Italia, en Holanda, en Francia o en España.

En todos estos países ha habido episodios racistas ampliamente conocidos y divulgados por los medios de comunicación. Por otra parte, es de todos conocido que hemos asistido últimamente a acusaciones de racismo o de xenofobia ante declaraciones de líderes políticos (Ferrusola, Heribert Barrera) o de intelectuales (Giovanni Sartori) sobre la manera de tratar las migraciones recientes.

No me voy a detener ahora en tales episodios ni estas declaraciones. Querría entrar directamente en el tema de la pregunta que da título a esta conferencia y proponer una línea de actuación para erradicar el racismo y la xenofobia en este mundo nuestro.

Para ello voy a argumentar que necesitamos actuaciones decididas en cinco planos distintos pero interconectados. 

La primera cosa que necesitamos es divulgación seria de los conocimientos científicos actuales sobre razas y etnias. 

La segunda cosa que necesitamos es aprender a argumentar bien para, en este plano, evitar dos falacias muy habituales que en la práctica tienen consecuencias negativas o perversas: la falacia naturalista y la falacia inductivista. 

La tercera cosa que necesitamos es claridad sobre dos nociones de uso corriente: identidad y diferencia u otreidad; es decir, claridad sobre la importancia y límites del enraizamiento personal y colectivo y claridad sobre la importancia paralela del reconocimiento de las diferencias, de lo que los otros son o dicen que son o quieren ser. 

La cuarta cosa que necesitamos es una renovación de la educación pública adecuada para formar a la ciudadanía en sociedades irremisiblemente multiculturales. Y la quinta cosa que necesitamos son políticas de inmigración y de integración intercultural apropiadas al marco sociocultural en que vivimos.

El racismo no es simplemente la afirmación de la existencia de razas o subespecies en el seno de la especie humana, ni tampoco la exclusión o rechazo de la alteridad. 

Hay racismo cuando se establece un vínculo directo entre los atributos, rasgos, o patrimonio físicos, biológicos o genéticos de un individuo o de un grupo y sus caracteres intelectuales y morales y se afirma luego, a partir de ahí, la superioridad o inferioridad de estos atributos sobre otros.

La xenofobia no es simplemente extrañeza, desconfianza o miedo ante lo extranjero, ante lo diverso, ante el otro desconocido o poco conocido; es odio a lo extranjero, miedo inmoderado o exagerado al otro, al que se considera distinto o extranjero. 

Paradigmáticamente en el nacional-socialismo antisemita de los años 30 y 40 se juntaron las dos cosas: la afirmación de la superioridad de la pureza de la raza aria y el odio al otro cuya extranjería (en Alemania) se inventó socialmente.

Las dos cosas (racismo biológico y xenofobia) siguen existiendo hoy en día. Pero sólo algunas veces se dan juntas. Y son muy pocas las personas que defienden las dos cosas (la superioridad racial y la justificación del odio a lo extranjero) a la vez. Tener esto en cuenta es importante para saber con qué racismo y con qué xenofobia tenemos que enfrentarnos ahora. Esta precisión no tiene intención nominalista. 

Tiene cierta importancia hoy en día para no confundirnos de batalla y para poder explicar bien por qué hay tanta gente en el mundo actual que daclara: “Yo no soy racista, pero…”. Pues, como se ha dicho muchas veces, el problema está precisamente en el “pero”.

Para empezar a erradicar el racismo la primera pregunta que hay que hacerse es: ¿El conocimiento científico disponible sobre las diferencias existentes entre los seres humanos permite hablar de “razas”?

Durante buena parte de la historia de la humanidad se ha contestado a esa pregunta afirmativamente: sí, hay razas. Todavía se puede encontrar en cualquier librería de viejo un célebre Atlas de las razas humanas publicado hace treinta años que se utilizaba habitualmente en los estudios de bachillerato. La última edición, en castellano, que he encontrado es la 17ª y está publicada en Barcelona en 1983, pero se sigue utilizando.

Eso es lo que se ha enseñado en las escuelas y en los institutos de nuestro país durante décadas. Y así se han formado la mayoría de las personas que hoy tienen más de treinta años.

Pero hoy en día la comunidad científica ya no piensa así.

El único criterio preciso y científicamente admitido hoy en día para hablar de identidad y diversidad biológica es el de las “frecuencias genéticas”, o sea, frecuencias de ciertos tipos genéticos, como, por ejemplo, grupos sanguíneos, rhesus, HLA o secuencias de nucleóticos en el ADN, que permiten establecer reagrupamientos y divisiones. 

Si nos atenemos a estas frecuencias, la frontera entre grupos no aparece jamás como una clara línea de división, como una demarcación establecida, sino más bien como una zona imprecisa, borrosa, como una zona membranosa por la que se pasa insensiblemente de una “raza” a otra.

Más información que las razas dan, sobre identidad y diversidad, los “mapas genéticos” en que ha trabajado Luca Cavalli-Sforza: los prevalentes sanguíneos sobre muestras de población permiten levantar mapas planetarios que revelan la frecuencia de los tipos de ciertos genes.

 Cuanto más frecuente es un tipo genético más próximo está a su punto geográfico de origen; cuanto más raro se hace, más se ha desplazado el grupo humano, más se ha alejado de su origen. En el caso del homo sapiens parece seguro el punto de partida: Africa oriental. De allí salió el hombre moderno para colonizar todo el planeta hace cien mil años.

Luca Cavalli-Sforza ha puesto de manifiesto estos últimos años que el homo sapiens es por naturaleza migrador y mestizo. La especie humana es tal vez la única especie viva que, desde su origen, no ha cesado de mezclarse porque no ha cesado de desplazarse. 

Desde este punto de vista puede decirse que no existe raza verdadera en el hombre o, si se prefiere, que existen millares de ellas porque no se sabe dónde empieza y dónde termina realmente una raza.

Una de las más interesantes contribuciones de la ciencia del siglo XX es el haber logrado establecer los mapas genéticos de centenares de pueblos poniéndolos en relación con los mapas lingüísticos y estableciendo así la correspondencia entre historia cultural e historia biológica. 

La conclusión es que los caracteres físicos aparentes que definen la noción popularizada de raza resultan ser en realidad los rasgos más superficiales de un grupo humano, y no hacen más que traducir las adaptaciones fisiológicas al clima1.

La combinación de los estudios biológicos, arqueológicos y antropológicos en curso permite concluir que los blancos surgieron de los negros por selección natural, al absorber la piel blanca más radiaciones ultravioleta que la negra, ventaja natural decisiva en las regiones templadas; las narices se fueron haciendo más anchas en los países tropicales y estrechas en los fríos por su proceso de selección natural que favorece la filtración del aire. 

Pero estas apariencias son las más superficiales, las que menos elementos de información nos proporcionan y resultan relativamente recientes en la escala de la humanidad: bastan de diez a veinte mil años para que se opere el cambio de color de la piel. El color blanco de los europeos no se remonta a más allá de diez mil años.

En suma, no hay razas “puras” en las poblaciones humanas. En cualquier sistema genético hay siempre un elevado grado de polimorfismo, es decir, de variedad genética. Y si no hay razas puras, la pretensión racista que identifica la superioridad de una raza con su pureza está fuera de lugar. 

Ciertamente, se podría aspirar a la pureza genética mediante programas parecidos a los que se emplean con animales o en una línea semejante a la de la antigua eugenesia, pero está demostrado que para ello serían necesarios cruces entre parientes próximos durante veinte o treinta generaciones. Y el resultado de ello sería, además, contraproducente: una esterilidad grave.i

Por otra parte, del reconocimiento de la diversidad en cualquier aspecto de la biología humana no tiene por qué seguirse lógicamente ninguna afirmación racista (que es siempre una afirmación de la superioridad de la propia y de la inferioridad de la de los otros). Uno de los padres de la biología actual ha escrito sobre esto: “Muchas veces se confunde igualdad con identidad y diversidad con desigualdad. 

Podría parecer que la forma más fácil de desacreditar la idea de igualdad es mostrar cómo las personas –natural, genética y, por tanto, irremediablemente– son diferentes.

El fallo de esa idea reside, desde luego, en que la igualdad humana forma parte de los derechos y del carácter sagrado de la vida de cada ser humano, y no de sus características físicas o incluso mentales. La diversidad es un hecho observable en la naturaleza mientras que la igualdad es un mandamiento ético” 2.

Ahora bien, como todo descubrimiento científico importante, también éste conlleva incomprensiones. Uno de los problemas con que está chocando el conocimiento científico de las identidades y diversidades actualmente es que este reagrupamiento por frecuencias genéticas contradice muy a menudo el sentido común, el cual se funda en la apreciación visual de los caracteres exteriores, en lo que tradicionalmente se llaman “rasgos raciales” evidentes. 

Desde Copérnico y Galileo pasando por Darwin, Einstein y Heisenberg la explicación científico-racional del mundo ha tenido en el llamado sentido común, basado en las apreciaciones visuales, su más persistente adversario. También lo es ahora. Pues, contra lo que sugiere el sentido común, si nos atenemos a los mapas genéticos hay que decir que los negros están más cerca de los blancos que los amarillos asiáticos; que los aborígenes de Australia están más próximos de los asiáticos que de los negros africanos.

Es probable que el sentido común del homo sapiens tarde algún tiempo en convencerse de esto. También es probable que en nombre de ideologías establecidas o por establecer aparezcan autoridades que se nieguen a reconocer los mapas genéticos como hubo otras que se negaron a mirar por el telescopio de Galileo o prefirieron bromear sobre los antepasados de Darwin y de Huxley.

 El peligro aumenta cuando el sentido común no cultivado (el cultivado sabe de sus límites; sabe, por conocimiento histórico, de sus propias debilidades) se alía con demagogos que ayer afirmaban la pureza de la propia identidad y hoy ponen el acento en la exageración de las diferencias étnicas y culturales. 

Pero, una vez más, el mayor de todos los peligros es la alianza del sentido común no cultivado con los demagogos xenófobos y con aquella parte de la comunidad científica que siempre está dispuesta a acomodar los nuevos descubrimientos a una ideología defensora de la situación socialmente privilegiada de la propia cultura. Y, una vez más, hay que decir, por tanto, que para hacer frente a ese peligro la ciencia ayuda (ayuda a erradicar prejuicios muy arraigados), pero no basta.3

Esta constatación podría llevarnos a una conclusión tan optimista como precipitada, a saber: si hablando con propiedad, o sea, desde el punto de vista científico, no hay razas, entonces no puede haber racismo, el racismo no tiene sentido.

Pero hace ya años un biólogo y genetista, Albert Jacquard, salió la paso de esta conclusión optimista y precipitada y escribió algo que conviene tener muy en cuenta:

De hecho, gracias la biología, yo, el genetista, creía ayudar a la gente a que viese las cosas más claramente diciéndole: ¨Vosotros habláis de raza, pero ¿qué es eso en realidad?¨. Y acto seguido les demostraba que el concepto de raza no se puede definir sin caer en arbitrariedades y ambigüedades […] 
En otras palabras: el concepto de raza carece de fundamento y, consiguientemente, el racismo debe desaparecer. Hace algunos años yo habría aceptado de buen grado que, una vez hecha esta afirmación, mi trabajo como científico y como ciudadano había concluido.Y, sin embargo, aunque no haya razas, la existencia del racismo es indudable”

¿Por qué entonces, si, hablando con propiedad, no hay razas, sigue habiendo racismo y racistas en nuestro mundo? Una primera respuesta a esta pregunta podría ser: porque la mayoría de la gente en nuestro mundo no habla con propiedad.

Esto es cierto. Por lo general cuesta mucho tiempo el que las nociones científicas se incorporen con propiedad al lenguaje cotidiano. A pesar de la falta de fundamento científico de la supuesta superioridad de un género sobre otro nuestro lenguaje sigue siendo machista. Y a pesar de las aportaciones de Copérnico y de Galileo parte de nuestro lenguaje cotidiano ha seguido siendo geocentrista. 

Hablar con propiedad es inseparable del pensar bien. Y en esas cosas que tienen tanta repercusión en las acciones y actuaciones de los humanos hablar con propiedad debería ser un imperativo moral, sobre todo para las personas que tienen responsabilidades públicas. Pero eso es decir poco todavía.

 De ahí lo único que podemos hacer seguir en la lucha contra el racismo es un llamamiento genérico a la aceptación de las nociones científicas y una recomendación un poco menos genérica a los políticos e intelectuales para que no echen gasolina al fuego cuando hablan de “los otros”.

Una segunda respuesta a nuestra pregunta consistiría en hacer observar que muchas veces argumentamos mal, confundimos los planos del discurso, y que en esa confusión de planos anidan el racismo y la xenofobia. Son muchos los europeos contemporáneos que admiten ya, con la comunidad científica, que, en efecto, no hay razas y que la especie humana es un continuo en el que domina la mezcla y la hibridez; pero a continuación añaden que si hay “frecuencias” o “tipos” genéticos” o “prevalentes sanguíneos” de ahí se sigue que los miembros de la especie humana no somos iguales y que los prevalentes sanguíneos que se han mantenido más cerca del tronco de origen son y serán “mejores” (en el sentido de superiores) que la mezcla o el mestizaje de los tipos genéticos.

Estas personas, que niegan ser racistas y que, efectivamente, no utilizan ya la noción de raza, suelen defender hoy en día un cierto determinismo genético, biológico o etnicista. 

 Ocurre que este tipo de determinismo, al popularizarse o vulgarizarse, enlaza bien con la xenofobia cotidiana, más o menos inconsciente, que reacciona contra los inmigrantes de otras etnias y culturas. Y por eso, por ese enlace, ha acabado conviertiéndose, durante las últimas décadas, en la base argumental de los movimientos neorracistas, como el Frente Nacional en Inglaterra o el partido de Le Pen en Francia.

Conviene, pues, detenerse en la crítica al determinismo biológico y a la falacia que generalmente le acompaña: la falacia naturalista.
III

El ser humano no es sólo biología, es también cultura. Y aunque no haya acuerdo acerca del porcentaje preciso en que entran genes y cultura en la configuración de los grupos humanos, sí que lo hay en esto: por importantes que sean los genes en la estructura básica del ser humano el determinismo genético o biologista no está fundado, es reduccionista.

Aunque resultara que desde el punto de vista de la evolución estrictamente biológica una determinada frecuencia genética fuera “superior” en el sentido darwiniano de la adaptación de las especies, “mejor” es un término que procede de otro ámbito (el ético-cultural) y su uso sólo crea confusión si lo cambiamos de esfera. 

El término “mejor” puede funcionar aquí metafóricamente, y entonces no hay mucho que decir (porque la ciencia también tiene derecho a usar metáforas), pero si luego convertimos las metáforas en descripción precisa de realidades (y a veces se emplea así el término “mejor” o “superior”) debemos saber que corremos un riesgo y que nos exponemos a crear mucha confusión.

Dicho un poco más precisamente: al pasar del reconocimiento de la diversidad de prevalentes sanguíneos en los grupos humanos a la afirmación de que hay que etnias o culturas (en sentido antropológico) “mejores” o superiores” a otras cometemos una falacia naturalista.

 Pues del reconocimiento (científicamente fundado) de la diversidad genética observable no se sigue (en el sentido de no se deduce lógicamente) la superioridad o inferioridad entre humanos y menos la necesidad de la persistencia de las desigualdades socioculturales. 

Quien mejor ha argumentado esto ha sido Theodosius Dobzhansky, uno de los padres de la genética contemporánea, en un ensayo titulado Diversidad genética e igualdad humana [1973], traducción castellana: Barcelona, Labor, 1978. Dobzhansky lo ha dicho así:

La diversidad es un hecho observable en la naturaleza, la igualdad y la desigualdad son nociones del lenguaje ético-político. En principio, se puede dar o no la igualdad o desigualdad entre los miembros de una sociedad o los ciudadanos de un Estado, sin tener que considerar lo similares o diferentes que sean las personas que los forman. 

Asimismo, la desigualdad no es algo biológicamente dado, sino, más bien, socialmente impuesto” [ed. cit. pág. 12].

Por desgracia, todavía muchos defensores de la desigualdad, de la discriminación y del asimilacionismo puro y duro en el plano social o sociocultural creen que pueden argumentar a favor de sus tesis partiendo de la existencia de “desigualdades” en la naturaleza.

 Dicen: “Somos distintos o desiguales por naturaleza y por eso debemos seguir siéndolo socialmente”. Algunos pretenden incluso concluir de ahí que la aspiración a la igualdad social o la presunción de que, en principio, todas las culturas tienen igual valor son utopías peligrosas porque van contra la naturaleza humana (o contra la Naturaleza en general).

Atención, pues: no por mucho emplear “por tanto, ergo, por consiguiente”, etc., un argumento resulta probatorio. 

Podemos reconocer la diversidad de tipos humanos (por razones genéticas, biológicas, psicológicas, etc.) y luego estar (en el plano ético-político) a favor o en contra de la igualdad o de la desigualdad social. 

Esto último, el estar a favor o en contra de la idgualdad o de la desigualdad social, depende ya de otros factores socioculturales que tienen que ver con la voluntad, con la decisión y con las convicciones éticas y políticas de los individuos. Las determinaciones biológicas, genéticas, psicológicas, etc., pueden indicarnos un límite más allá del cual racionalmente no conviene ir al afirmar el ideal de la igualdad social, pero como no somos sólo biología siempre podemos argumentar moralmente en favor de una discriminación positiva que corrija que las determinaciones genéticas desfavorables. 

De hecho, cada vez es más habitual mantener esta posición en el marco de la propia cultura. Y gracias a ello estamos corrigiendo algunas discriminaciones socioculturales que en otros tiempos se consideraron “naturales”, o esa, determinadas para siempre por la diversidad biológica.

Una vez que hemos admitido que, desde el punto científico, no hay razas y que hay que evitar la falacia naturalista, ¿quedamos ya inmunizados contra el racismo y la xenofobia? La respuesta, obviamente, es no. 

Sigue habiendo racistas y xenófobos en nuestras sociedades. Muchos de ellos son víctimas de otra falacia muy extendida: la falacia inductivista. Esta consiste en generalizar en exceso a partir de unas pocas observaciones, dando por seguras y establecidas conclusiones que tienen detrás muy poco conocimiento.

 Cuando hay encontronazo o choque cultural la falacia inductivista es muy habitual: juzgamos a todo un grupo, etnia o cultura, a partir de la observación limitada de las conductas o comportamientos de algunos de sus miembros.

De la falacia inductivista ha nacido la “selva de los tópicos” sobre los caracteres morales de pueblos y países enteros. Todas las precisas distinciones que por lo general establecemos para comprender las diferencias (incluso individuales) en nuestro marco cultural (y disculpar así defectos o contravalores) se convierten en generalizaciones a propósito de “los otros” para llegar en seguida a la conclusión de que “todos los x son y” (donde y es casi siempre un atributo o carácter negativo). 

La mayoría de los juicios negativos sobre tal o cual cultura distinta de la nuestra, en su conjunto, entendida como un todo, apenas tiene fundamento lógico, pero estos juicios suelen ser pronunciados con tal contundencia que mucha gente que sólo ha tratado a dos o tres miembros de la cultura en cuestión se los cree porque le parece que así preserva la propia identidad.

En lo que hace a la falacia inductivista la teoría de la argumentación también ayuda. La teoría de la argumentación puede hacernos, por ejemplo, más cautos a la hora de emplear el cuantificador universal cuando nos referimos a pueblos o culturas distintos de los nuestros; o, mejor aún, puede convencernos de que en estas cosas lo mejor es negarse a emplear la fórmula “todos los…” cuando de “los” en cuestión (“moros”, “polacos”, “sudacas”, etc.) apenas sabemos nada. 

Basta con repasar lo que ha sido la selva de los tópicos sobre los caracteres nacionales europeos entre el siglo XVI y el siglo XX para darse cuenta de cuánta exageración e ignorancia ha habido ahí y de cómo cambian determinados tópicos socioculturales con el tiempo.

Cierto es que, como en el caso de la falacia naturalista, tampoco en el caso de la falacia inductivista aplicada al racismo y a la xenofobia la teoría de la argumentación lo es todo. Pero aunque sea duduso que con ella sola lográramos erradicar el racismo y la xenofobia de nuestras sociedades, convendría enseñar teoría de la argumentación en el bachillerato y en las universidades. Sugiero que hay una razón en favor de esto último.

 Hace ya algunos años S.J. Gould afirmó que la enseñanza de la lógica y la difusión de los conocimientos científicos han contribuido menos a la erradicación del racismo en nuestras sociedades que la difusión de la conciencia de lo que realmente fue el holocausto. Eso es verdad. Pero es una verdad que habla en favor de la memoria histórica. 

No conviene deducir de esta verdad que los humanos sólo podemos aprender por choque emocional contra la realidad de la barbarie. Podemos (y, en la época de la tecnociencia, seguramente debemos) prever algunas de las consecuencias (negativas) de nuestros actos para evitar que se produzca el choque “revelador”. En esto la heurística del temor, que dice Hans Jonas, enlaza bien con la teoría de la argumentación y con el proyecto educativo ilustrado.

Ahora bien, la conciencia de lo que realmente fue el holocausto (aquel silogismo perverso que, según Primo Levi, conduce de la afirmación de que todo lo extranjero es enemigo a la realización de la barbarie) ayuda, sin duda, a ponernos en guardia ante las reiteraciones de la historia (pues, como escribió Levi, “si ocurrió puede volver a ocurrir”), pero no nos inmuniza tampoco frente al neo-racismo y la nueva xenofobia. 

Necesitamos una caracterización específica de la época en que estamos, una tipología específica del racismo de nuestra época, de la época de la globalización y de las grandes migraciones intercontinentales. Esto es lo que están haciendo en los últimos años autores como Wieviorka,Taguieff, Balibar, Sami Nair, Agambem y otros antropólogos, sociólogos y politólogos contemporáneos.

El viejo racismo, que un día se basó en consideraciones que hoy llamamos “pseudocientíficas”, se ha hecho culturalista. La vieja xenofobia, un día anclada en la “selva de los tópicos”, ha seguido siendo en nuestras sociedades etnocéntrica, pero retorciendo como un calcetín su viejo discurso. 

Ahora se dice:
De acuerdo, no hay razas; pero hay etnias y/o culturas identitarias. Aceptamos que el punto de partida es la diversidad humana. Aceptamos también que las etnias y/o culturas tienen más que ver con frecuencias genéticas no aparentes que con los rasgos somáticos o físicos más aparentes (el color de la piel, la configuración del craneo, el tipo de ojos o narices); pero todavía se puede seguir afirmando, en el ámbito antropológico o antropológico-cultural, que hay etnias o culturas “mejores” (en el sentido de “superiores”) que otras; y la “mejor” – añade este discurso – es la nuestra porque ahora, a diferencia de otros tiempos, no ignora ya a las otras etnias y culturas, sino que precisamente las comprende mejor mientras ellas continúan con su fundamentalismo.

De hecho, como ha mostrado Wieviorka, hay en nuestras sociedades tres modalidades o tres casos paradigmáticos en la tipología del racismo.


La primera de estas modalidades es el racismo tradicional, etnocéntrico, que afirma el predominio de valores universalistas en nombre de la modernidad triunfante. Se trata de un racismo neocolonialista sostenido por las élites económicas, políticas o incluso religiosas. Es, por así decirlo, el racismo de los poderosos, el racismo del que menos se habla ahora en nuestros medios de comunicación.

La segunda es el racismo diferencialista o culturalista, que está vinculado a la negación de la modernidad por desarraigo o porque un grupo se siente fuertemente amenazado por ella. Predomina en él la afirmación del particularismo frente a los valores universales de la modernidad (representados, por ejemplo, por el judío).

 En este caso se trata de un racismo socialmente indeterminado, que puede verse apoyado tanto por actores populares como por las élites. Es la retorsión del racismo de los años treinta, que liga el “Hitler tenía razón” (y el revisionismo historiográfico) con el nuevo antisemitismo.
Por último está el racismo vinculado a la pérdida de las referencias sociales o al temor a la pérdida de status.

 Este temor produce un repliegue hacia otros puntos de referencia, ya sean comunitarios o biológicos. El racismo adopta entonces el aspecto de una relación social pervertida, que trata de inferiorizar al otro (generalmente al inmigrante) al mismo tiempo que tiende a excluirlo o a destruirlo. 

En ese caso el racismo es obra de actores populares.
Etnocentrismo, exageración de la diferencia entre culturas y temor a la pérdida de la identidad son los rasgos que aproximan estos tres tipos de racismo en nuestras sociedades

En el racismo actual y en la nueva xenofobia, que en los países de la UE se expresan sobre todo contra los inmigrantes africanos y asiáticos, cuenta mucho la afirmación de la identidad ante el temor de la pérdida."     

(Francisco Fernández Buey , El Viejo Topo, 01/06/18.  Jornadas Francisco Fernández Buey 2018 : Pensamiento : El Viejo Topo. Fuente: Primeros apartados de un material escrito para los alumnos matriculados en el curso sobre Interculturalidad organizado por la Cátedra Unesco de la UPF en 2002-2003. Se puede consultar el material completo aquí.)

16/1/14

Las teorías genetistas de las desigualdades

"Una ideología que se está promoviendo por círculos conservadores y neoliberales a fin de justificar el enorme crecimiento de las desigualdades que caracterizan los tiempos actuales (resultado de la aplicación de políticas conservadoras y neoliberales) es que estas desigualdades son consecuencia de la diversidad genética dentro de las poblaciones en las que existen estas desigualdades. 

Según esta postura, las desigualdades de renta se presentan como resultado de la diversidad en la composición genética de la población. Así, en un artículo publicado en la prestigiosa revista Science (“GWAS of 126,559 individuals identifies genetic variants associated with educational attainment”. Science, 21. Junio de 2013), los autores (Rietveld et al.) señalan la estructura genética de una persona y/o grupo étnico como causa de su desarrollo educativo y, a través de ello, del nivel de renta que adquiere.

 Y en la Universidad de Harvard, una tesis doctoral, “IQ and Immigration Policy”de Jason Richwine del Departamento de Políticas Públicas (mayo de 2009), se ha aprobado y publicado recientemente en la que se sostiene que los hispanos en EEUU, procedentes de países de habla hispana, tienden a concentrarse en las clases menos adineradas y con menos recursos de aquel país debido a su supuesta inferior estructura genética, menos desarrollada y de menor calidad –según el autor- que la existente entre la población blanca nacida en EEUU.

 Para demostrar sus tesis, asume que los hispanos tienen una estructura genética distinta a la de los nativos blancos estadounidenses. Y, al ver que el cociente intelectual (CI) (que es la puntuación obtenida en una prueba diseñada para medir la inteligencia) de los nativos blancos es superior a los de los hispanos, concluye que la supuesta inferioridad de los hispanos se debe a su inferior estructura genética. 

Es sorprendente que esta tesis haya sido aprobada en uno de los centros que tienen mayor prestigio en el mundo académico estadounidense.

Los errores y falacias de este estudio son múltiples, comenzando por asumir una estructura genética propia de los hispanos, un grupo que, más que étnico, es cultural, que se caracteriza por su enorme diversidad genética.

 Este supuesto de uniformidad genética, en sí, es una valoración enormemente subjetiva, con tonos racistas claros, lo cual es confirmado cuando el doctorando atribuye también la pobreza de Latinoamérica a la inferioridad genética de las poblaciones que viven en aquel continente, en comparación a la existente en EEUU entre los blancos, para los cuales el autor también asume que tienen unas características genéticas comunes. 

Y para llegar a su conclusión, asume también que la calidad y el desarrollo intelectual de una persona se miden objetivamente con la prueba de test del CI, prueba bien conocida por su sesgo clasista, pues mide más la habilidad de respuesta al test que el nivel intelectual, estando determinada esta habilidad por una socialización dependiente del contexto social del individuo.

Que una tesis con tanta debilidad metodológica haya sido aprobada en un centro académico como la Universidad de Harvard dice mucho del clima ideológico que se ha alcanzado en círculos del establishment estadounidense, en momentos de gran dominio neoliberal.

 Tal dominio requiere una teoría hegemónica, legitimadora y justificativa del enorme crecimiento de las desigualdades. Esta teoría, en la que lo social se presenta como biológico, recuerda, por cierto, a las teorías genetistas del nazismo, que hoy se enseñan sin ningún pudor en algunos centros académicos estadounidenses.

Es interesante que la protesta que este estudio ha generado en EEUU (e incluso dentro de Harvard) haya sido desechada por las autoridades académicas de tal universidad por considerarla un ataque a la libertad de conocimiento y de investigación, libertad que está, por cierto, enormemente limitada en aquel centro (y en la mayoría de centros académicos estadounidenses) como consecuencia de las enormes limitaciones en su diversidad ideológica, estando la ideología de tales centros muy sesgada hacia posturas conservadoras y neoliberales, poco sensibles al pensamiento crítico. 

En realidad, este panfleto (que se legitima presentándose como tesis doctoral) intenta justificar una estructura de poder que es la que financia, apoya y promueve este tipo de estudios, excluyendo a pensadores críticos de tal estructura y dando el favor, en su lugar, a pensadores que favorecen tal estructura del poder –por muy extremistas que sean."                            

(Artículo publicado por Vicenç Navarro en la columna “Dominio Público” en el diario PÚBLICO, 15 de agosto de 2013, en vnavarro.org, 14/08/2013)

24/4/13

“La mentalidad mágica humana es genética, producto de la evolución”

"A Juan Luis Arsuaga, como paleontólogo que es, le interesan todas las especies y su evolución, aunque por la especie humana siempre ha tenido una fascinación especial. (...)

“Es que El sello indeleblees un libro más sobre el presente y futuro de la especie humana que sobre su pasado”, dice este catedrático de la Universidad Complutense.
 
Pregunta. ¿La especie humana es especial?

Respuesta. Sí, francamente. Es un acontecimiento único en la evolución. Como si fuera la tercera forma de materia: hay materia inanimada, materia viva y materia consciente, nosotros, aunque todas hechas de los mismos átomos, por supuesto. 

El hombre es consciente de sí mismo, se pregunta, razona, tiene yo, es un organismo hecho de carbono, hidrógeno... pero capaz de reflexionar. Es tan fantástico que se han buscado explicaciones no naturales.

P. ¿Cuánta diferencia determinan las razas?

R. Esto es muy sorprendente porque todo el mundo pensaba que éramos la especie más variada de la Tierra. Las diferencias aparentes son tan evidentes que incluso parecía que éramos una especie ya casi dividida en subespecies. 

Sin embargo, al secuenciarse el genoma se ha visto que no es así: somos de las especies menos variadas genéticamente. Ahora tenemos un nuevo problema: por qué, siendo todos tan iguales de piel para dentro, somos tan distintos epidérmicamente.

P. ¿Alguna idea de por qué?

R. No hay una explicación. Se han buscado argumentos adaptativos, pero no se ve una relación directa. Ahora se ha recuperado una explicación olvidada: las razas se han hecho distintas por la otra fuerza que Darwin argumentó en su libro El origen del hombre y es que las razas son diferentes por selección sexual, es decir, por cuestión de gustos.

 Sería algo parecido a los vestidos: el hecho de que los chinos fueran con quimono y nosotros de otra manera no tiene que ver con el ambiente o la temperatura, es una selección del gusto. Eso sí, la ciencia ha demostrado que no hay diferencia intelectual ni nada parecido entre las razas humanas.  (...)

P. Los humanos, ¿somos hostiles o sociales?

R. Tenemos una inteligencia social. El científico Richard Alexander dice que en nuestra evolución hay un momento en que las fuerzas selectivas dejan de ser las fuerzas hostiles de la naturaleza porque alcanzamos el dominio ecológico: los glaciares o el clima adverso, los depredadores o la hambruna... dejan de ser un obstáculo, porque nos protegemos con la tecnología.

 Pero seguimos evolucionando porque hay una competencia dentro del grupo, nuestro medio social, en el que competimos por descendencia y recursos. Para eso necesitamos un órgano que permita procesar información social. Así, el éxito depende de hacer muchos amigos y tener pocos enemigos.  (...)

P. ¿Cómo aborda la ciencia una especie como la humana?

R. Todavía no está claro siquiera en qué somos únicos. Hay una asociación internacional de científicos en la que intentamos elaborar una definición de ser humano. Y queda mucho por hacer, pero algunas características son chocantes. 

Por ejemplo, unos rasgos que no desearíamos, porque nos delatan ante los demás, pero no podemos evitar: el blanco de los ojos, que indica adónde o a quién miramos, y la capacidad de ponernos colorados. Otro rasgo, al parecer, es la buena puntería, tenemos mucha coordinación.

P. Y el cerebro.

R. La consciencia es algo obvio, pero otras cosas no lo son tanto, como la mentalidad mágica, no racional. Gran parte de nuestro pensamiento es mágico, no en el sentido religioso, sino que no tiene que ver son la razón. 

Mucha gente cree que es cultural, que viene de nuestro pasado ignorante y que lo estamos superando... Pues no, está en los genes, es un producto de la evolución y no nos lo vamos a quitar de encima."        (Entrevista a Juan Luis Arzuaga, El País, 2404/2013)

4/3/11

El efecto 'Tío Tom' producido por la discriminación racial




(traductor gallego-español)

"Pode a orixe dunha persoa ou a cor da súa pel determinar os seus complexos ata obrigar a rexeitalos?. O doutor negro Kenneth Clark demostrouno en 1939 a través dun experimento con nenos afroamericanos.

"The Clark Doll Experiment" foi un experimento sociolóxico realizado polo doutor Kenneth Clark e a súa muller Mamie. Pretendían determinar o grado de autoestima da súa condición racial.

Por iso reuniron a unha serie de nenos e lle facían elixir entre un boneco de cor branca ou outro de cor negra. Os bonecos eran igual pero a maior parte dos nenos elixiu o negro porque lle parecía máis bonito e menos malo que o negro.

En 2006, a realizadora norteamericana Kiri Daves realizou un documental, "A Girl like me", baseandose nas teorías dos Kenneth, e os resultados foron semellantes." (Galicia Confidencial, 04/03/2011), ver Wikipedia, y 'ESTEREOTIPOS Y LA PRUEBA DE MUÑECA DE CLARK'; read more: http://www.experiment-resources.com/stereotypes.html#ixzz1Fd4kk0f6

9/1/09

La base visceral del racismo es resistente a la educación

"El racismo que colonizó la Alemania de Hitler no tiene nada que ver con la biología, salvo por la metáfora del virus ideológico. Pero los neurólogos distinguen con claridad ese fenómeno racional de otro racismo inconsciente, similar a una fobia y producto de la evolución de nuestros ancestros. Un experimento psicológico con personas de varias etnias ilumina hoy una de las mayores fuentes de dolor y destrucción de la historia humana.

Kerry Kawakami y un equipo de las universidades norteamericanas de York, Yale y British Columbia presentan hoy los resultados en la revista Science. El experimento consiste en preguntar a un grupo de personas (por ejemplo, blancos) cómo se sentirían si presenciaran tal o cual situación racista.

Y después someter a otro grupo distinto de blancos a esas mismas situaciones racistas en la vida real (una simulación con actores). El resultado se deriva de comparar lo que la media de la gente dice con lo que la media de la gente hace ante la misma situación. Los científicos dan este rodeo estadístico para evitar que los mismos sujetos que responden la pregunta tengan después que reaccionar ante la misma situación, un experimento que no diría nada útil.

Por ejemplo, los investigadores preguntan a un grupo de blancos (no-negros de varias etnias, en realidad) qué sentirían si otro blanco les dice "mira que es torpe ese puto negro". La mayoría (83%) asegura que se sentiría molesto y que eludiría la compañía del racista. Pero cuando otro grupo de blancos presencia la escena realmente, el 63% elige al racista como compañero para un trabajo.

Los psicólogos descartan que se trate de un caso masivo de cinismo. La mayor parte de los voluntarios muestra signos convincentes de haber asimilado realmente el resultado de décadas de educación, campañas cívicas y convivencia en las ciudades norteamericanas. Los autores creen que las opiniones antirracistas que manifestaron en las pruebas eran sinceras.

La interpretación de Eliot Smith, de la Universidad de Indiana, y Diane M. Mackie, de la de California en Santa Barbara, se basa en las identidades múltiples. Todos oscilamos entre varias identidades posibles, y son las emociones, no la razón, las que delatan la identidad que predomina en cada situación. Por ejemplo, si una mujer se siente feliz por el ascenso de una competidora en la empresa, es que su identidad de "mujer" domina sobre la de "individuo". De manera que, aunque piensen racionalmente lo contrario, los blancos tienden a adoptar emocionalmente la identidad de "blancos" ante una situación racista.

"El resultado no me sorprende", dice el presidente de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, Alberto Fernández de Liria. "Hay una distinción muy bien establecida entre el racismo como doctrina, al estilo del propugnado por Hitler, por ejemplo, y el racismo instintivo o visceral, más similar a una fobia. La diferencia entre los dos experimentos se debe a que, en las distancias cortas, son las emociones las que dominan".

"El racismo ha sido adaptativo en el pasado de la especie", prosigue el psiquiatra. "Por inaceptable que resulte en nuestro mundo, debemos entender que la aversión al extraño está enraizada en nuestra fisiología, tanto como la fobia a las serpientes, casi universal en la especie. Pero eso no quiere decir que la tendencia no sea reeducable. Sabemos que lo es, aunque con esfuerzo, y también conocemos la importancia de que los niños crezcan juntos".

"El resultado no es sorprendente", coincide su colega Pau Pérez, especializado en la cuestión. "La falta de reacción ante la situación racista de la vida real tiene explicaciones muy simples. La principal es que las reacciones emocionales primarias, las inmediatas, sólo se disparan al percibir una amenaza, y en este experimento no la hay". Pérez también subraya la inutilidad de ignorar el componente biológico del racismo.

"La respuesta defensiva a lo distinto es un mecanismo etológico fundamental [un comportamiento regulado por la evolución]. Si los experimentadores esperaban que la educación y la cultura hubieran suprimido esa respuesta fisiológica, realmente estaban pidiendo demasiado. Pero la educación puede canalizar estas tendencias. Y más importantes aún son las experiencias comunes, que los niños compartan las aulas". (El País, 09/01/2009)

24/10/08

¿Y entre grupos étnicos, se aprecian distinciones cerebrales, por ejemplo, entre población blanca y negra?

"R. Esto es muy, muy complicado, no tengo datos al respecto.

P. Hace unos meses el premio Nobel James Watson hizo unas declaraciones muy controvertidas por su sesgo racista.

R. Es complejo. Parece que puede haber alguna diferencia entre algunos grupos de personas, pero no está claro qué es lo que causa estas diferencias, si son de entorno, de educación, de diferencia entre ricos y pobres... Necesitamos antes explicar, por ejemplo, cómo la educación aumenta la inteligencia. Sabemos que la educación general beneficia a todo el mundo, pero no sabemos a nivel cerebral cómo funciona esto. Estuve con Watson hace poco en una reunión, no es un racista, yo creo que en este tema es muy fácil ser malinterpretado."

(RICHARD J. HAIER: "Tal vez la mujer necesita menos cerebro para igual inteligencia". (El País, ed. Galicia, Sociedad, 22/10/2008, p. 38)

23/11/07

Base biológica del racismo

“P.- El miedo ha desempeñado sin duda un papel muy importante en la supervivencia de la especie, y por eso es una emoción tan poderosa. Pero hay otras más oscuras. El racismo, por ejemplo. ¿De dónde viene y por qué pervive?

R.- Sin duda, tuvo un papel muy importante en los tiempos de enfrentamientos tribales, porque permitía identificarse con el propio grupo y distinguir a los miembros del clan contrario, algo esencial para la supervivencia. Pervive porque forma parte de nuestra naturaleza. Todos podemos tener, potencialmente, una reacción racista, especialmente si hay una manipulación en esa dirección. Es como un germen que está en nuestro cerebro. En su momento resultaba ventajoso porque permitía identificar a los individuos que eran peligrosos. Si ahora creamos un entorno en el que un grupo es identificado como una amenaza, es muy fácil activar ese mecanismo de reacción no consciente. Los líderes sociales han de tener en cuenta que a través de la educación y de los procesos sociales y políticos se puede conducir a las personas hacia el bien o abocarlas hacia cosas horribles.” (Antonio Damasio: “Todos podemos convertirnos en bestias horribles”. El País Semanal, 11-11-07, pps. 48)