Mostrando entradas con la etiqueta Organizaciones: Tipos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Organizaciones: Tipos. Mostrar todas las entradas

20/4/23

Casi nunca vemos nada sobre la naturaleza del trabajo, exactamente cómo se hace, qué efecto tiene en la mente y el cuerpo de quienes lo hacen, y por qué está organizado de una manera especial, radicalmente diferente a la mayor parte de la existencia humana... La esencia de la gestión en una economía capitalista es el control... La triste verdad es que para miles de millones de personas el trabajo es, de hecho, un tormento. ¿Y por qué? Para que los muchos hagan ricos a los pocos

 "(...) Hoy en día, leemos en los periódicos y revistas reportajes sobre los trabajadores. Cómo han tenido que hacer frente a la propagación del COVID en sus lugares de trabajo. Cómo trabajar desde casa, especialmente si eras una mujer con hijos, era agotador. Que decenas de millones de personas abandonaron sus puestos de trabajo, y cómo decenas de miles más están formando sindicatos. Pero casi nunca vemos nada sobre la naturaleza del trabajo, exactamente cómo se hace, qué efecto tiene en la mente y el cuerpo de quienes lo hacen, y por qué está organizado de una manera especial, radicalmente diferente a la mayor parte de la existencia humana.  

(...) el trabajo en la sociedad moderna es un tormento, una aflicción derivada de la naturaleza del sistema económico, que no podría ser más antitético a la forma en que trabajamos durante más del 95% de los 200.000 años de existencia del Homo Sapiens. Nuestro trabajo se ha convertido en una mercancía, algo que se compra y se vende en el mercado, como cualquier otra mercancía, no diferente en principio de las materias primas, los equipos y los edificios que albergan nuestros lugares de trabajo. Y al igual que estas mercancías no humanas son propiedad de quienes las poseen, también lo es nuestra capacidad de trabajo. Cuando trabajamos, en efecto, pertenecemos a nuestros empleadores. Los materiales y las máquinas deben ser puestos en producción de forma controlada, y nosotros también. La esencia de la gestión en una economía capitalista es el control.

Desde el punto de vista del empresario, el control sobre los trabajadores es el tipo de mando más crítico porque los que trabajan son los únicos elementos activos en todas las empresas, ya sean privadas o públicas, siendo estas últimas, en la mayoría de los casos, un complemento de las primeras. No sólo somos indispensables para que todas las empresas obtengan beneficios y crezcan -los impulsos imperativos de todas las empresas privadas- sino que también somos la única mercancía que puede interrumpir la producción y detener el flujo de beneficios que hace posible el crecimiento. Los trabajadores siempre han protestado contra su condición de mercancía, organizando disturbios, formando sindicatos, creando organizaciones políticas e incluso fomentando la revolución.

Dada la disparidad de circunstancias entre los que ofrecen y los que demandan mano de obra (los que ofrecen son mucho más numerosos que los que demandan), los trabajadores siempre temen que no se les contrate o, si se les contrata, que se les despida, se les degrade, se les transfiera o se les destituya. Este miedo ejerce lo que podríamos llamar una forma interna de control. Obedecemos las órdenes de la dirección porque no hacerlo podría ser catastrófico. Tenemos que trabajar, y no solemos tener suficiente dinero y otros activos líquidos para estar ociosos, incluso durante un corto periodo. Con el tiempo, la mayoría de nosotros nos acostumbramos a nuestras circunstancias, considerándolas inevitables. Estamos destinados a trabajar, así que lo mejor es acostumbrarse.

Pero como este control interno no ha resultado suficiente para frenar la resistencia de los empleados, los empresarios han cultivado y desarrollado otras técnicas para asegurarse de que el proceso laboral, es decir, la forma en que se realiza el trabajo, garantice un flujo de producción constante y predecible. Las empresas presionan a los gobiernos para que aprueben leyes y utilizan su poder policial para mantener a los trabajadores a raya. A veces, las empresas han tenido sus propias fuerzas policiales para hacer lo mismo. La historia de todos los países capitalistas del mundo está repleta de ejemplos, muchos de ellos espantosos, de violencia perpetrada contra los trabajadores que han tenido la temeridad de desafiar el control de la patronal. Para elegir sólo uno, entre 1971 y 2018, 3.280 sindicalistas fueron asesinados en Colombia.

En todos los lugares de trabajo se han puesto en marcha mecanismos de control de la dirección, cuyo resultado ha sido el estrés, las lesiones, la depresión y un profundo sentimiento de alienación, consecuencia de vivir bajo el control de otros. Los trabajadores fueron primero agrupados en lugares centrales -fábricas- donde podían ser disciplinados por el silbato y el reloj de la fábrica y donde podían ser constantemente observados. Pronto, los supervisores se dieron cuenta de que el trabajo artesanal solía dividir sus tareas en detalles discretos, para poder cumplir un pedido más rápidamente. Por ejemplo, una vez completado el patrón para un embudo de metal, con una tarea de 100 embudos, un herrero realizaba cada parte del proceso de producción de forma secuencial -disposición del patrón en una hoja de metal, corte, conformación, unión y pulido- 100 veces. Entonces, ¿por qué no asignar a las mujeres y a los niños, a menudo huérfanos, el trabajo de detalle, haciendo una subtarea de forma repetitiva, cada día, reduciendo enormemente los costes y haciendo que la mayoría de los trabajadores sean piezas intercambiables? Las máquinas pronto mecanizaron algunos de estos detalles, y luego las máquinas interconectadas nos dieron la cadena de montaje, con los trabajadores convertidos en apéndices de su ritmo incesante. Frederick Taylor racionalizó los mecanismos de control de su época, inventando la "gestión científica", según la cual toda la conceptualización de los procesos de trabajo es monopolizada por el empleador, y los trabajadores se limitan a cumplir órdenes previamente planificadas. Los departamentos de personal (recursos humanos) aplicaron enfoques de palo y zanahoria para forzar el cumplimiento de la nueva dispensación, con la compañía de motores de Henry Ford como ejemplo principal.

Desde Taylor, los gurús de la gestión, liderados por la Corporación Toyota, idearon la "producción ajustada", con su contratación sistemática, equipos de trabajo, formación cruzada, inventarios justo a tiempo y kaizen. Este último, que en japonés significa "mejora constante", es una forma insidiosa de aceleración continua. La dirección pone en tensión el sistema de producción -por ejemplo, retirando a un miembro del equipo o acelerando una línea de montaje- y presiona a los equipos de trabajo para que la producción siga funcionando sin problemas. El trabajador del sector del automóvil Ben Hamper, autor de Rivethead, describió las fábricas modernas de automóviles como gulags. Y no es de extrañar. Los trabajadores deben trabajar 57 segundos de cada minuto.

La producción ajustada también ha supuesto una supervisión de los trabajadores que supera con creces todo lo que Taylor y su banda de ingenieros industriales podrían haber imaginado. Una tienda de comestibles Whole Foods tendrá tantas cámaras y escáneres manuales que los empleados tendrán que buscar en la tienda un lugar seguro para hablar. Los algoritmos abundan. Las empresas siempre están inventando nuevas formas de vigilar a sus trabajadores, tanto si trabajan en casa como fuera de ella. Los clientes suelen participar en esta vigilancia. ¿Qué otra cosa podemos llamar a las omnipresentes evaluaciones de los estudiantes sobre los cada vez más inseguros profesores universitarios adjuntos sino mecanismos de control de los trabajadores? O a las reseñas de clientes de Yelp y TripAdvisor. Los lugares de trabajo de hoy en día se parecen mucho al panóptico de Jeremy Bentham, en el que las prisiones debían diseñarse de manera que los prisioneros pudieran ser vigilados en cualquier momento, pero sin saber nunca cuándo estaban siendo observados. Bentham pensaba que esto podía aplicarse a toda la sociedad y que la gente se comportaría mejor en beneficio de todos.

La mayoría de nosotros sabemos poco sobre el trabajo que realiza la mayoría de la gente. Un vistazo a la publicación de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) Perspectivas Sociales y del Empleo en el Mundo desengañará rápidamente al lector de cualquier idea romántica sobre el trabajo. Hay más de 800 millones de trabajadores agrícolas en todo el mundo, que producen cuerpos dañados mientras producen nuestros alimentos. En 2020, la OIT estimó que el 45% de los 3.250 millones de personas empleadas en todo el mundo tenían un "empleo vulnerable", trabajando por "cuenta propia", al margen de las leyes laborales y de bienestar social, como los estatutos de salud y seguridad y la compensación por desempleo o por trabajo, y sin beneficios adicionales. Hombres, mujeres y niños rebuscando en los vertederos, empujando o tirando de rickshaws, haciendo repartos, vendiendo baratijas, comida o billetes de lotería en las calles, buscando chatarra en gigantescos escoriales.

La triste verdad es que para miles de millones de personas el trabajo es, de hecho, un tormento. Para decirlo sin rodeos, los empresarios quieren nuestros cuerpos y nuestras mentes. Nos desgastan, nos descartan y contratan a otros nuevos. ¿Y por qué? Para que los muchos hagan ricos a los pocos.

¿Hay una solución? No dentro de este sistema. Ningún tipo de organización sindical o legislación progresista alterará la naturaleza del trabajo en él. Sólo un cambio radical en cómo se realiza el trabajo y quién lo controla puede hacer que el trabajo vuelva a ser una parte integral de la vida, a través de la cual podamos desarrollar plenamente nuestras capacidades como seres humanos pensantes y actuantes. Las cooperativas y las comunas, organizadas y controladas localmente, son dos vías a seguir. Producir bienes, especialmente alimentos, y servicios para su uso sin ánimo de lucro. Pero sea lo que sea, debe ser radicalmente democrático, y lo que se produzca debe ser socialmente útil, ecológicamente regenerativo y distribuido de la forma más equitativa posible. Esto puede sonar utópico. Pero, ¿cómo nos está yendo con lo que hemos estado haciendo?"             


(Michael D. Yates es el director de Monthly Review Press en Nueva York, Brave New Europe, 09/08/22; traducción DEEPL)

19/10/22

Un debate entre modelos postcapitalistas ¿Tres socialismos? La Democracia Económica, de David Schweickart; el Parecon de Michael Albert y Robin Hanhel; y el Cibercomunismo, de Paul Cockshott y Allin Cottrell.

 "¿Tenemos claro lo que queremos? ¿Sabemos, como militantes socialistas, en qué se concretan nuestras aspiraciones de construir un mundo radicalmente distinto? ¿Podemos responder sin titubeos a preguntas sobre la naturaleza de la sociedad por la que luchamos? ¿El proceso económico seguirá funcionando a través de mecanismos mercantiles? ¿Prescindiremos del dinero? ¿Qué instituciones gestionarán la vida pública? ¿O no somos capaces de imaginar más allá de las experiencias históricas que nos han precedido?

Es evidente que nos toca vivir tiempos melancólicos. Una época caracterizada por el debilitamiento extremo de la historicidad, en la que un tiempo histórico sin aparentes posibilidades de ruptura nos obliga a habitar en un presente eterno. Y aunque para Daniel Bensaïd no exista “una crisis de la utopía, sino del contenido del ideal”[1], no está tan claro que, en realidad, sí estemos ante dicha doble crisis. Sea como fuere, esta reflexión nos pone ante el espejo y nos presenta uno de los retos más acuciantes para los revolucionarios de un mundo sin revolución: la urgencia de preconfigurar un horizonte convincente.

La desaparición de la ambición futurista y sus implicaciones para una política transformadora nos obligan a esforzarnos por superar la idea del presente como tiempo vacío, y revitalizar “una facultad que se encuentra adormecida: la de imaginar y de producir un futuro que no sea un mero pastiche de la sociedad ya existente”, como dice Martín Arboleda (2021: 19)[2]. Y no es suficiente con repetir hasta la extenuación el mantra de que la izquierda carece de proyecto, pues ello únicamente observa algo que, en realidad, no entraña ninguna dificultad analítica, planteándolo sin ninguna intención propositiva y delegando en otros la tarea de pensar en un proyecto digno de tal nombre. Por eso, la asunción findelahistoricista se combate haciéndonos cargo de esa necesidad, y trabajando colectivamente por definir los fundamentos básicos de un proyecto que se nutra tanto de la experiencia histórica como de los problemas presentes a los que nos enfrentamos las clases dominadas. Concretar el contenido del ideal emancipatorio con el objetivo de arremeter contra el origen de nuestras desgracias: el modo de producción capitalista.

Pues bien, aunque el panorama sea desolador, no es cierto que nadie esté tratando de ponerle remedio. La intención de este texto es, simplemente, poner en valor y dar a conocer algunas de las notables excepciones que encontramos ante la parálisis generalizada, y ofrecer algunas de las referencias más importantes sobre propuestas organizacionales tas y de planificación económica para que quien quiera iniciarse en estos prometedores debates pueda acudir a la bibliografía de este texto.

Se esté o no de acuerdo con sus postulados, unos cuantos autores llevan décadas tratando de desarrollar corrientes teóricas originales en torno a modelos sobre cómo organizar el proceso productivo y, por lo tanto, la base de nuestra vida social, en una economía postcapitalista. Ello no quiere decir que propongan un modelo de sociedad cerrado, teorizando hasta el último de sus detalles, sino que plantean los principios fundamentales sobre los que debería basarse la producción, la distribución y el consumo. Y a pesar de que exponer estos modelos en abstracto suponga ignorar lo que para Jodi Dean y Kai Heron[3] es el problema de nuestro tiempo, la transición (o lo que es lo mismo, la revolución), estas propuestas no dejan de ser algunas de las más valiosas aportaciones con las que contamos hoy en día para pensar nuestro futuro.

Aquí se presentarán, eso sí, únicamente los tres modelos más desarrollados y con mayor seguimiento[4]: La Democracia Económica, de David Schweickart; el Parecon de Michael Albert y Robin Hanhel; y el Cibercomunismo, de Paul Cockshott y Allin Cottrell.

La utilidad del debate
Ante estas tres propuestas, cabe añadir algunas consideraciones acerca de cómo afrontar este debate. En primer lugar, no debe perderse de vista que, como Marx y Engels (1846)[5], “nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado de las cosas actual”. ¿Qué significa esto? Que nuestra tarea como revolucionarios no es la de implantar un ideal, un modelo preconcebido ajeno a la propia práctica política de los trabajadores autoorganizados. Pero ello no es en absoluto contradictorio con la labor que se propone en este artículo, mal que le pese a los críticos de cualquier aproximación a nuestro futuro socialista más inmediato.

En realidad, son varios los que han tratado de ofrecer un modelo más o menos desarrollado del funcionamiento de una economía postcapitalista, desde los consejistas holandeses del GIKH[6], pasando por los socialistas neoclásicos Lange y Taylor[7], hasta el economista inglés Pat Devine, con su Coordinación Negociada[8]. Incluso autores como Peter Hudis han elaborado trabajos minuciosos que tratan de descifrar las pocas pistas que dejó Marx al respecto de una alternativa al capitalismo[9]. Pero cualquiera que propone un modelo acostumbra a alertar de que su intención es, solamente, la de plantear una alternativa factible, no el culmen del desarrollo social. No se trata de exponer un modelo perfecto, un diseño organizativo detallado al completo, sino una propuesta de carácter político que ofrezca una alternativa a la parálisis generalizada, así como una confrontación teórica que combata contra los defensores del capitalismo en el campo más general y ambicioso posible: el de las posibilidades organizativas de nuestra sociedad.

Y que las propuestas tengan una utilidad política, incluso estratégica, no es baladí. La utilidad de concretar un proyecto, un objetivo al que aproximarse mediante la lucha, no es hoy la misma que la que podía tener hace un siglo. Vivimos tiempos de derrota, abatimiento y desesperanza. Como mucho, hemos podido celebrar pequeñas victorias puntuales o meras resistencias, ante un aluvión incontrolable de ofensivas para las que solo nos ha quedado resignarnos. Esto no ha sido siempre así. La historia del movimiento obrero cuenta con momentos mucho más pujantes, más combativos y ganadores. Momentos en los que previsualizar sociedades mejores quizás no era tan relevante para la movilización de las masas, como sí lo es hoy en día. Y a pesar de ello, tampoco es cierto que careciera de interés, como lo demuestran la potentísima acogida de novelas utópicas como Looking Backward, de Edward Bellamy (1888)[10] o News from Nowhere, de William Morris (1890)[11]. Pero en nuestros tiempos, un horizonte organizativo alternativo es indispensable para impulsar nuestros propósitos revolucionarios, conectando reivindicaciones y luchas presentes con propuestas realizables, no utópicas, que tengan la capacidad de demostrar que nuestras ambiciones no son simples deseos sin posibilidad de materializarse.

Por otra parte, es necesario abordar la cuestión desde una perspectiva militante. Nuestras organizaciones tienen la obligación de trabajar este tipo de cuestiones, de dotar a sus militantes de la formación necesaria para que seamos capaces de conocer cuál es nuestro objetivo más inmediato tras hacernos con el poder político. Y ello, también, para dar la batalla en el debate sobre las posibilidades de construir el socialismo. No por nada Lenin cita a Engels en ¿Qué hacer? (2015: 26)[12] para recordar que la lucha teórica está al mismo nivel de importancia que la lucha política y la lucha económica: “el socialismo, desde que se ha hecho ciencia, exige que se le trate como tal, es decir, que se le estudie”. Ofrecer una formalización desarrollada y concreta del tipo de sociedad que aspiramos a construir, no en un sentido utópico y abstraído de la realidad, sino desde el punto de vista de conocer los principios generales que podrían regir en una economía socialista, nos permite dar cauce a las inquietudes sobre un futuro postcapitalista de militantes y ciudadanos comunes, además de prevenir contra las tentaciones reformistas que el posibilismo capitalista acostumbra a ofrecer.

Y llama la atención que las labores de investigación y divulgación que llevan a cabo colectivos como Cibcom, Association for the Design of History, o Next System Project, no surjan de las propias organizaciones (para que se pueda dar un cauce estratégico que posibilite la eventual puesta en marcha de las propuestas), sino de socialistas y revolucionarios de tradiciones muy distintas que no tienen más remedio que asociarse para abordar el problema por su cuenta. Y todo ello por pura necesidad de desenmascarar el diabólico eslogan de los conservadores británicos acerca de la imposibilidad de un mundo distinto: There Is No Alternative.

Los modelos

Democracia Económica 

En primer lugar, y como heredera de la tradición del socialismo de mercado, el modelo bautizado como Democracia Económica por el filósofo y matemático estadounidense David Schweickart defiende la posibilidad de conjugar el mercado y la democracia en el trabajo. El autor busca integrar en su modelo aquellas características rescatables de tres experiencias históricas notablemente diferentes entre sí: el socialismo autogestionario yugoslavo, el capitalismo japonés y la experiencia de la Corporación Mondragón, en el País Vasco.

La crítica de Schweickart al capitalismo se centra en su falta de democracia y en su falta de eficiencia. Pero, al ser crítico también con la concentración autoritaria del poder y la ineficiencia de la planificación central, su propuesta busca integrar mercado y plan en un contexto democrático. Por ello, las características básicas de su modelo son tres: 1) dirección de cada empresa por parte de sus propios trabajadores; 2) una economía de mercado en la que materias primas y bienes de consumo se compran y se venden a precios determinados por la oferta y la demanda; y 3) inversión controlada socialmente, cuya financiación corre a cargo de los impuestos, y su distribución la determina el plan económico y el propio mercado.

Schweickart propone que sean los trabajadores de cada cooperativa los que asuman las funciones de organización y disciplina en la fábrica, de determinar las técnicas de producción a utilizar, de qué y cuánto se produce, y de cómo se distribuyen los beneficios. Además, las decisiones se tomarían mediante el voto de todos y cada uno de los trabajadores, en condición de igualdad, aunque no descarta la posibilidad de otorgar poderes de dirección en los casos en los que sea necesario (por tamaño de la empresa, por ejemplo).

En relación con el papel central del mercado en su propuesta, y pese a no ser este el lugar en el que llevar a cabo una crítica al modelo, es evidente que la pretensión de utilizar el mercado como una herramienta más, como si de un mecanismo de asignación neutral se tratara, sin concebirlo como una parte elemental (¡e indisociable!) del modo de producción capitalista, pone en duda la deseabilidad de esta propuesta. En línea con la crítica austríaca a la posibilidad del cálculo económico en el socialismo, Schweickart considera que la dificultad de la planificación para saber qué, cuánto y cómo producir bienes y servicios, nos obliga a echar mano de los mecanismos mercantiles, dejando la planificación únicamente para orientar las nuevas inversiones. Todas estas cuestiones serán puestas en duda por los siguientes modelos, especialmente por el tercero.

Por último, revisando la experiencia yugoslava y poniendo en valor el desarrollo capitalista en Japón y a la Corporación Mondragón, se presenta una característica crucial del modelo: el control social de la inversión. Esta pretende funcionar como un “contrapunto al mercado”, una forma de “aliviar la ‘anarquía’ de la producción capitalista”. Gravando los bienes de capital, se trata de, por una parte, fomentar el uso eficiente de estos bienes, y por otra, financiar un fondo común para nuevas inversiones. Una vez conformado este fondo, su distribución queda abierta a distintas posibilidades, que van desde instituciones burocráticas que lleven a cabo una planificación indicativa de la inversión hasta confiando en una suerte de "laissez-faire socialista"[13].

Como será evidente para muchos, resulta complicado identificar este modelo con algo a lo que podamos llamar socialismo, aunque cabe poner en valor la profundización y detalle en algunos de los aspectos económico-institucionales que han llevado a cabo el autor y sus seguidores. Pero es necesario confrontar y debatir con una corriente que, pese a su buena voluntad, naturaliza y hace suyas gran parte de las características fundamentales del sistema del que pretendemos liberarnos.

En nuestro país esta corriente cuenta con cierto seguimiento, y actualmente Carmen Madorrán puede ser la representante más destacada de ella, con una elaboradísima tesis doctoral en la que analiza dicha propuesta desde la perspectiva de la ética ecológica[14]. Economistas como Antoni Comín, entre otros, también trabajaron en su momento este modelo[15].

Parecon

De los tres modelos, el que más seguimiento parece tener, sobre todo en el mundo anglosajón y particularmente en Estados Unidos, es el conocido como Parecon (abreviatura de Participative economics), de Michael Albert y Robin Hanhel. Los intelectuales y activistas americanos han publicado una buena cantidad de libros y artículos para exponer su propuesta de una economía participativa, desde textos académicos hasta escritos orientados a un público no especializado.

Inspirada en valores como la solidaridad, la igualdad, la diversidad, la autogestión o el equilibrio ecológico, Albert y Hanhel llevan a cabo su propuesta argumentando que los tres grandes pilares del capitalismo son la propiedad privada de los medios de producción, la distribución a través del mercado y la división corporativa del trabajo. Por lo tanto, su modelo trata de ofrecer una alternativa a todas ellas.

En primer lugar, la más sencilla e intuitiva de todas: la propiedad social, de todos los ciudadanos, de los medios de producción. Una propiedad común que asegure que nadie disfruta de un poder desproporcionado respecto de los demás por el hecho de poseer medios de producción, así como que nadie obtenga una renta por ese mismo motivo.

En segundo lugar, la alternativa propuesta a los mercados es un sistema (integrado en una planificación participativa) en el que consejos de trabajadores y de consumidores llevan a cabo valoraciones sobre los costes y los beneficios sociales de sus elecciones. Ello se hace a través de la comunicación mutua de las preferencias de todos los actores, mediante distintos instrumentos tanto organizativos como comunicativos: comités de asistencia, precios indicativos, distintas fases de ajuste de la propuesta de producción, etc. La cuestión clave para los autores es que las preferencias reales de los individuos emergen a través de la interacción social, por lo que para obtener estimaciones precisas de los beneficios y costes sociales se deben llevar a cabo grandes procesos comunicativos, consultivos y deliberativos.

Para la facilitación de estos procesos se proponen Comités de Asistencia a la Iteración, que coordinan el proceso de planificación recogiendo todas las propuestas iniciales de producción y consumo (que son, básicamente, predicciones de lo que se quiere producir y consumir) para compararlas y sugerir alternativas a los distintos consejos. Estas propuestas son llevadas a cabo a distintos niveles, y tanto por los consumidores (organizados en consejos de consumidores vecinales, federaciones de distrito, de ciudad, de comarca, estatales…) como por los productores (organizados en centros de trabajo, consejos industriales, federaciones regionales…). A partir de ahí, se inicia una serie de fases iterativas de comparación de propuestas y negociación, hasta encontrar un resultado definitivo de convergencia que permita un plan factible.

Esta propuesta de planificación participativa descentralizada dice ser la única que “logra establecer un sistema de precios y de ajuste económico más preciso que los mercados y que la planificación central, pero, además, refuerza en lugar de anular la solidaridad, la diversidad, la equidad y la autogestión” (Albert, 2005: 148)[16].

En tercer lugar, contra la división corporativa del trabajo en el capitalismo, tenemos una de las propuestas estrella del Parecon: las combinaciones equilibradas de empleo. Estas tienen por objetivo dividir y reorganizar las tareas tanto dentro de los mismos centros de trabajo como entre los distintos centros de trabajo, creando un conjunto equilibrado de tareas más deseables y menos deseables. Por lo tanto, no es un intento de suprimir la división del trabajo, sino más bien una redistribución equitativa entre tareas desagradables y empoderadoras. Además, Albert y Hanhel proponen que la medida de la contribución laboral a la sociedad, y, por tanto, aquello que justifique la remuneración de cada individuo, sea el esfuerzo o sacrificio que cada trabajador realiza, algo que quizás pueda ser problemático (¿es deseable una fiscalización de nuestro esfuerzo?), pero sin duda nos obliga a pensar en cómo organizar nuestra compensación por aportar trabajo a la comunidad.

Aunque no existen representantes claros de esta corriente en el Estado español, el Instituto de Ciencias Económicas y de la Autogestión (ICEA) ha trabajado y difundido sobre este modelo en alguna ocasión. Y no es de extrañar que en entornos anarquistas tenga éxito: algunas de las inspiraciones de sus autores son las distintas luchas anarquistas y colectivizaciones de centros de trabajo llevadas a cabo en el mundo entero, aunque también experiencias como la de la Comuna de París o la de distintas formas alternativas de gestionar el trabajo y la producción: cooperativas, centros autogestionados, la economía solidaria, experiencias de democracia participativa como las de Porto Alegre o Kerala, etc.

Cibercomunismo

Por último, tenemos la corriente del Cibercomunismo y su propuesta de planificación computarizada de la economía, que supone el modelo más ambicioso en cuanto al control colectivo del proceso productivo se refiere. Paul Cockshott y Allin Cottrell llevan desarrollando sus propuestas desde la publicación de Towards a New Socialism (1993)[17], reflexionando sobre la potencialidad de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación como herramientas para una gestión racional de nuestro proceso productivo, así como criticando la inadecuación de los procesos de planificación de la Unión Soviética, tanto en términos de democracia como de eficiencia.

Combinando la crítica de la economía política y la cibernética, como ciencia de la información y el control, la perspectiva cibersocialista propone la abolición de la propiedad privada, del mercado, del dinero y, en definitiva, de las leyes que rigen el funcionamiento del proceso económico capitalista. Una de sus aportaciones más desarrolladas es la crítica de los mercados, con su inherente tendencia a resultados socialmente desigualitarios (sean capitalistas o pretendidamente socialistas). Además, la incapacidad de estos para funcionar al margen de la lógica de la rentabilidad hace de ellos un mecanismo ciego, rudimentario e ineficiente como procesador de información, incapaz de incorporar variables que no sean monetarias.

Por ello, este modelo propone un sistema de planificación centralizado y descentralizado a la vez, en el que, en un estado acéfalo (sin cabeza), se diseñen, debatan y seleccionen democráticamente tres tipos de planes: macroeconómicos, estratégicos y detallados. Con una red de ordenadores interconectando cada unidad de producción, con el uso de la optimización lineal para resolver las ecuaciones de la matriz de producción de la economía, con la posibilidad de llevar a cabo un cálculo en especie (in-natura) de los recursos, o integrando orgánicamente las restricciones ambientales en el problema de optimización para lograr un plan ecológicamente sostenible, las posibilidades que abre la planificación económica democrática para resolver los grandes problemas de nuestro tiempo son inmensas.

Contrariamente a la propuesta del Parecon, la contabilización económica en este modelo se lleva a cabo usando el tiempo de trabajo como unidad de cuenta, a partir del cual se calcula el coste laboral de la producción de bienes y servicios, y se remunera a los productores en bonos de trabajo según su aportación laboral. Esto último se concreta en que

cada productor recibe un certificado (…( donde se indican las horas de trabajo que ha aportado (después de deducir (…) la parte destinada al fondo común) y con el que podrá retirar medios de consumo del fondo social que han costado un trabajo equivalente. Así pues, cada productor recibe de la sociedad exactamente lo mismo que aporta a ella. Decidiendo la cantidad de horas que quiere realizar un productor se está eligiendo el nivel de consumo deseado (Cockshott y Nieto, 2017: 153)[18].

Por otro lado, tenemos también la contraparte político-institucional de la propuesta: la democracia directa. Inspirados en la democracia clásica ateniense, sus autores llevan a cabo una crítica a los procesos representativos electorales, en tanto que sistemas eminentemente aristocráticos, para defender una elección por sorteo: una conformación de consejos de ciudadanos comunes elegidos al azar. Y la apuesta por una democracia genuina no es ningún capricho: es un prerrequisito indispensable desde un punto de vista informacional para el control efectivo de los medios de producción por parte de los trabajadores.

Algunas de las referencias históricas que inspiran esta propuesta son el abortado proyecto OGAS en la Unión Soviética o el Cybersyn de la Chile de Allende. Investigadores como Maxi Nieto, con varios artículos y un libro reciente[19], en los que se desarrollan los principios fundamentales del modelo, o Cibcom, colectivo de investigación y difusión del comunismo cibernético, son los representantes más relevantes de esta corriente en el Estado español.

Modelar y construir
Llegados a este punto, conviene volver a recordar que, como planteaba Mandel (1990) “la forma más eficaz y más humana de construir una sociedad sin clases sigue siendo la experimentación”[20]. Experimentación que debe ser entendida en el sentido de perfeccionamiento, de mejora “mediante aproximaciones sucesivas”, a través de las cuales rescatar aquellos elementos valiosos para la construcción de una sociedad distinta. Pero que sea la más eficaz no nos puede absolver, de ninguna manera, de afrontar teóricamente el problema. En línea con Brassier,

la experiencia es un correctivo de la teoría, no su matriz generativa. La afirmación de que la teoría empieza y acaba en la experiencia es empirismo. Asume que la experiencia habla unívocamente y que sus lecciones son incontrovertibles. Pero la experiencia es equívoca y lo que tiene que enseñarnos solo puede cristalizarse a través de un subsecuente esfuerzo teórico[21].

Además, debemos ser conscientes de que dicha experimentación es cara. Los procesos revolucionarios no son experimentos de laboratorio de los que dispongamos a nuestro antojo; conllevan gigantescos esfuerzos de miles y miles de seres humanos que arriesgan su vida para la construcción de mundos mejores. Por ello, también es nuestro deber adelantar la tarea mediante el trabajo teórico, con el objetivo de que este sea puesto en práctica cuando logremos abrir ventanas de oportunidad para ello. Renunciar a esta herramienta, la teórica, resulta absurdo se mire por donde se mire, pues de ninguna forma estamos en condiciones de darnos el lujo de no contribuir, desde todos los frentes en los que sea posible, a la tarea revolucionaria de construir nuevas y democráticas relaciones sociales.

Así, ante el tímido pero creciente interés por construir mundos mejores que se refleja en la buena acogida de libros como Contra la distopía (Francisco Martorell, 2021) o Utopía no es una isla (Layla Martínez, 2021), o en el desarrollo de movimientos artísticos como el Solarpunk[22], la organización política de la clase trabajadora debe asumir el papel de dotar de contenido a estos nuevos ideales, a esta incipiente ambición creadora. A nosotros nos corresponde el papel de estudiar, debatir y delimitar las formas que puede tomar la economía una vez la liberemos de las opresivas relaciones sociales capitalistas y la pongamos al servicio de las necesidades del ser humano y su medio natural.

La construcción económica del socialismo, puesta en práctica, deberá atender necesariamente al debate entre autores como Cockshott, Albert o Schweickart, o caminará a ciegas por un sendero que estamos obligados a recorrer. Esa es la idea central de este pequeño texto: recordar que el futuro alternativo por el que luchamos es más deseable, más viable y más factible que nunca, por lo que concretarlo tiene una utilidad política que no podemos ignorar.

Como suele decirse, llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones. Pero, hoy en día, urge modelar sus principios fundamentales en nuestras cabezas para dotarnos de las condiciones para construirlo. Y estamos de sobra capacitados para ello, pues toda actividad del ser humano se define por estar orientada a un fin, por la voluntad de efectivizar un objetivo, y este último existe previamente en nuestra imaginación, igual que sucede en el proceso de trabajo cuando se realiza y se obtiene un resultado. Siguiendo a Marx:

(…) una abeja avergonzaría, por la construcción de las celdillas de su panal, a más de un maestro albañil. Pero lo que distingue ventajosamente al peor maestro albañil de la mejor abeja es que el primero ha modelado la celdilla en su cabeza antes de construirla en la cera[23].

Gonzalo Bárcena es militante de Anticapitalistas y miembro del colectivo Cibcom

 Notas

[1] Bensaïd, Daniel (1997). L’arc tendu de l’attente, Le Monde de l’éducation, de la culture et de la formation.

[2] Arboleda, Martín (2021). Gobernar la utopía. Sobre la planificación y el poder popular. Caja Negra.

[3] Dean, Jodi y Heron, Kai (2022). Leninismo climático y transición revolucionaria. Organización y antiimperialismo en tiempos catastróficos. Viento Sur. Disponible en: https://vientosur.info/leninismo-climatico-y-transicion-revolucionaria-organizacion-y-antiimperialismo-en-tiempos-catastroficos.

[4] Para profundizar en la comparación entre varios modelos se recomienda la lectura de Derecho a decidir (2006), editado por Joaquín Arriola, que recoge una serie de artículos de varios de los proponentes de los modelos. También se recomienda el artículo A brief sketch of three models of democratic economic planning, de Frédéric Legault y Simon Tremblay-Pepin, en el que, en este caso, se comparan el Parecon y el Cibercomunismo con la Coordinación Negociada, modelo propuesto por Pat Devine. Este último está disponible en castellano en: https://cibcom.org/un-breve-esquema-de-tres-modelos-de-planificacion-democratica.

[5] Marx, Karl y Engels, Friedrich (1846). La ideología

[6] GIKH (1976). Principios fundamentales de una producción y distribución comunista. Zero.

[7] Lange, Oskar y Taylor, Fred (1981). Sobre la teoría económica del socialismo. Ariel

[8] Devine, Pat (1988). Democracy and economicplanning. Thepoliticaleconomyof a self-governingsociety.  WestviewPress.

[9] Hudis, Peter (2013). Marx’s concept o fthe alternative to capitalism. Haymarket.

[10] Bellamy, Edward (2014). Mirando atrás. Akal.

[11] Morris, William (2016). Noticias de ninguna parte. Langre.

[12] Lenin, Vladimir I. (2015). ¿Qué hacer? Akal.

[13] Schweickart, David (1993). Democracia económica: propuesta para un socialismo eficaz. Cristianismo y justicia (53).

[14] Madorrán, Carmen (2017). Necesidades humanas y límites ecológicos en la Democracia Económica. Una revisión de la propuesta de David Schweickart. Universidad Autónoma de Madrid.

[15] Comín, Antoni (coord.) (2011). Democracia Económica: Hacia una alternativa al capitalismo. Barcelona: Icaria editorial.

[16] Albert, Michael (2005). Parecon. Vida después del capitalismo. Madrid: Akal.

[17] Cockshott, Paul y Cottrell, Allin (1993). Towards a New Socialism. Spokesman.

[18] Cockshott, Paul y Nieto, M. (2017). Ciber-comunismo. Planificación económica, computadoras y democracia. Trotta.

[19] Nieto, Maxi (2021). Marx y el comunismo en la era digital (y ante la crisis eco-social planetaria). Maia

[20] Mandel, Ernest (1991). Plan ou marché: la troisiènevoie. Critique Communiste, nº 106-107.

[21] Brassier, Ray (s.f.). Texto inédito en proceso de publicación.

[22] Petruccioli, Marco (2021). ¿Un porvenir luminoso? Jacobin América Latina. Disponible en: https://jacobinlat.com/2021/06/11/un-porvenir-luminoso.

[23] Marx, Karl (2017). El Capital. Crítica de la economía política, libro primero. Siglo XXI, pp. 239-240."                        

( , viento Sur, 15/10/22)

25/8/22

La actuación de Amazon que la Inspección sanciona forma parte de una estrategia empresarial generalizada desde hace años. La digitalización propicia la externalización productiva mientras se mantiene el control del proceso productivo. Eso sí, externalizando riesgos a terceros... En el extremo de las externalizaciones nos encontramos a los autónomos, a los que eufemísticamente se llama autoemprendedores, cuando de hecho son autoexplotadores de si mismos. El caso extremo de externalización... Establecer responsabilidades de la empresa principal -que controla producto y mercado- respecto a las personas que participan en el proceso productivo, con independència de la sociedad para la que formalmente trabajan, deviene clave para combatir la externalización de riesgos... Este es uno de los muchos retos del nuevo Estatuto de las personas trabajadoras del siglo XXI

J.Coscu @jcoscu

1/7 Detecto que algunos medios le dan mucha importancia a la multa impuesta por Inspección de Trabajo a Amazon por cesión ilegal de trabajadores. Sugiero que además de celebrarlo y felicitarnos por el buen hacer de la Inspección @UPIT_ITSS profundicemos un poco más (sigue hilo)

2/7 La actuación de Amazon que la Inspección sanciona forma parte de una estrategia empresarial generalizada desde hace años. La digitalización propicia la externalización productiva mientras se mantiene el control del proceso productivo. Eso sí, externalizando riesgos a terceros

3/7 En el extremo de las externalizaciones nos encontramos a los autónomos, a los que eufemísticamente se llama autoemprendedores, cuando de hecho son autoexplotadores de si mismos. El caso extremo de externalización

Una vez más se corre el riesgo de dar una notícia que, al afectar a una empresa “mala” es jugosa y lava conciencias. sin profundizar en las causas que la producen. Castigar a Amazón es simbólicamente importante. Pero la sanción le hace cosquillas a sus cuentas de resultados.

Para abordar el problema de fondo debemos constatar la importancia de la reforma laboral pactada recientemente con sindicatos y patronales. Avanza en el abordaje de las causas de fondo, però resulta aún insuficiente para acabar con estas pràcticas. Hay que avanzar aún más.

Establecer responsabilidades de la empresa principal -que controla producto y mercado- respecto a las personas que participan en el proceso productivo, con independència de la sociedad para la que formalmente trabajan, deviene clave para combatir la externalización de riesgos

Este es uno de los muchos retos del nuevo Estatuto de las personas trabajadoras del siglo XXI. Intentemos no quedarnos atrapados en el árbol -Amazon- y hagamos el esfuerzo de mirar el bosque -estrategia empresarial de externalización de costes y riesgos.

3:39 p. m. · 11 ago. 2022
15 Retweets 32 Me gusta

 

23/8/22

La carencia de una adecuada cultura organizacional democrática basada en los Siete Principios del Cooperativismo ha significado la muerte lenta y dolorosa de muchas empresas cooperativas: Afiliación voluntaria y abierta... Control democrático por parte de los miembros... Participación económica de los miembros... Autonomía e independencia... Educación, formación e información... Cooperación entre cooperativas... Preocupación por la comunidad

 "(...) No sirve de mucho nacionalizar fábricas y proceder a gestionarlas como empresas públicas si en el ámbito laboral se mantienen los elementos que caracterizan a las empresas privadas. El individuo que nace y es educado en una sociedad que asume como algo normal o aceptable los esquemas de dirección autoritaria y de expropiación de los excedentes, con mucha probabilidad se resignará en su adultez a ser explotado por un capitalista o por un tecnócrata que administra una empresa estatal.

Ni siquiera la experiencia del socialismo autogestionario de Yugoslavia se embriagó a plenitud de la democracia obrera, pues la autogestión se interpretó principalmente como una cesión del poder económico a las élites empresariales para que tomaran sus propias decisiones comerciales.[1]

A pesar de que la Recomendación 193 de la Organización Internacional del Trabajo propone la inclusión del estudio del modelo empresarial cooperativo en los programas de enseñanza de todos los niveles de los sistemas educativos nacionales, se ha avanzado poco en su concreción. En los países que han optado por la senda del socialismo, la enseñanza de la administración empresarial en las facultades de Economía se limita a replicar los paradigmas de gestión de las empresas privadas. Muchos trabajadores y emprendedores no han entrado en contacto con el know-how[2] del movimiento cooperativista, que basa sus procesos organizacionales en la gestación de un ambiente de relaciones interpersonales permeado por la participación democrática.

La carencia de una adecuada cultura organizacional democrática basada en los Siete Principios del Cooperativismo ha significado la muerte lenta y dolorosa de muchas empresas cooperativas, así como la baja efectividad de políticas gubernamentales que han implementado los movimientos de izquierda de forma apresurada para generalizar la presencia de las empresas cooperativas en un escenario económico de escala nacional.

 Uno de los primeros académicos que estudió el rol de la cultura en el ámbito empresarial fue Andrew Pettigrew, quien la describió como «el sistema de significados públicamente y colectivamente aceptados operando para un grupo determinado en un tiempo dado».[3] La cultura organizacional representa la personalidad colectiva o la identidad grupal que destila cada empresa, expresada en las actividades que esta realiza con sus públicos de interés, tanto con los trabajadores en el ambiente interno, como con los consumidores en el ámbito externo. En la construcción y estabilidad de la cultura organizacional influye mucho la sensación de identificación de los trabajadores cuando perciben a la empresa como un todo, significación que trasciende el compromiso laboral específico de la tarea que desempeñan según el tipo de conocimiento inherente a la profesión que hayan aprendido.

A diferencia de otros modelos empresariales cuya cultura organizacional no ha sido sistematizada ni definida con claridad, las cooperativas sí disponen de Siete Principios de funcionamiento acordados de forma democrática por todos los integrantes de la Alianza Cooperativa Internacional (ACI); de manera tal que cualquier persona interesada en fundar una cooperativa, cuenta de antemano con un conjunto de recomendaciones sobre las mejores estrategias para gestionar la empresa según las características del movimiento cooperativo. La adecuada aplicación de los principios cooperativistas marca la diferencia y constituye la clave del éxito de las cooperativas.

Aunque los principios no son una norma rígida, pues han sido perfeccionados por la sabiduría acumulada a partir de la solución de los problemas que surgen en la experiencia práctica y se deben implementar tomando en cuenta el contexto económico, sociocultural y jurídico con el que tiene que lidiar cada empresa, las guías orientativas aportan directrices y consejos pormenorizados para la aplicación del know-how del movimiento cooperativo.

En este artículo se expone un resumen de las recomendaciones para la implementación de los Siete Principios del Cooperativismo. La información presentada se puede conocer con más detalle mediante la lectura de las Notas de orientación para los principios cooperativos,[4] documentopublicado por la ACI que rezuma todo el acervo de saberes acumulado por muchas generaciones de cooperativistas comprometidos con la causa de la democracia económica.

Primer principio: Afiliación voluntaria y abierta. Las cooperativas son organizaciones voluntarias y abiertas a todas las personas capaces de utilizar sus servicios y dispuestas a aceptar las responsabilidades de la afiliación, sin discriminación de género, condición social, raza, convicción política o religiosa.

En la tradición de los fundadores de la primera cooperativa moderna, la Sociedad Equitativa de los Pioneros de Rochdale, que era una cooperativa de consumo, figuraban la inclusión y la prohibición de la discriminación. Los Pioneros de Rochdale admitieron a personas de cualquier clase social y a mujeres como miembros de pleno derecho, al margen de sus ideas políticas o concepciones religiosas. Las cooperativas han creado un entorno de oportunidades para el acceso al escenario empresarial para colectivos históricamente muy discriminados, como las personas transgénero y los dalit de India.

Muchos gobiernos han impuesto la afiliación a las cooperativas para impulsar el desarrollo económico. Este ha sido un error muy lamentable que han cometido los países que aplicaron el modelo soviético. No se puede forzar a las personas a que cooperen en entornos donde el cooperativismo no ha alcanzado una hegemonía cultural.

Unirse e implicarse con los demás para satisfacer las más variadas necesidades y aspiraciones comunes es un acto que implica un altísimo grado de voluntariedad. Pero si las personas conocen poco de cooperativismo, no surgirá con frecuencia el deseo de fundar cooperativas. Por eso se deben crear mecanismos de divulgación de los principios del cooperativismo en los medios de comunicación y en todos los centros de enseñanza.

Aunque cada miembro debe realizar un aporte dinerario inicial para incorporarse a la cooperativa, acción que sirve para combatir la alienación que experimenta el trabajador en relación al fruto del trabajo colectivo pues en la cooperativa cada miembro es dueño de una porción de la empresa, el umbral de ese aporte inicial debe ser lo suficientemente asequible para que cualquier interesado pueda pagarlo, pero también debe adecuarse a las necesidades financieras de la empresa. Para aquellas personas que no posean lo suficiente para el aporte dinerario inicial deberán establecerse modalidades de pago fraccionado o facilidades de crédito a través de un banco cooperativo.

Segundo principio: Control democrático por parte de los miembros. Las cooperativas son organizaciones democráticas bajo el control de sus miembros, los cuales participan activamente en la determinación de sus políticas y en la toma de decisiones. Los hombres y las mujeres que ejercen como representantes elegidos son responsables respecto a todos los miembros. En las cooperativas de primer grado[5] los miembros tienen los mismos derechos de votación (un miembro, un voto) y las cooperativas de otros niveles también se organizan de manera democrática.

Las cooperativas que se comprometen con el cumplimiento de los principios del cooperativismo funcionan como un Estado democrático en miniatura. Los asociados celebran asambleas en las que establecen y modifican los estatutos que regularán el funcionamiento de los procesos organizacionales, como si se tratara de un parlamento que diseña su constitución. La asamblea de asociados aprueba planes económicos (presupuesto, inversiones, marketing, calidad…), aprueba el ingreso y la salida de los miembros, y también elige y revoca a quienes integran los órganos de administración y de fiscalización. El órgano de administración, que actúa como el gobierno de una república, se encarga de ejecutar los planes económicos aprobados por la asamblea de cooperativistas y supervisa la realización de las actividades productivas diarias. El órgano de fiscalización sería como una especie de contraloría, pues se ocupa de velar por el correcto uso de los bienes y recursos de la cooperativa.

Todos los miembros deben tener la posibilidad de proponer representantes y de revocarlos mediante el voto por mayoría cuando ocurran casos de corrupción u otras indisciplinas. Las cooperativas conformadas por una membresía muy numerosa pueden nombrar un defensor de los cooperativistas, cargo que se asemeja mucho al defensor de la ciudadanía en una república y que se encarga de atender las quejas de los asociados sobre la falta de oportunidades de participación democrática o sobre irregularidades en el proceso de trabajo.

Es recomendable que las elecciones se realicen mediante el voto secreto y no a mano alzada, porque la experiencia práctica demuestra que cuando el criterio de individuos aislados no concuerda con la línea de pensamiento que impera en el grupo las personas tienden a ocultar sus verdaderas intenciones y a supeditarse a la tendencia de la mayoría para no ser criticadas por los demás. En la actualidad, el desarrollo de Internet y las aplicaciones informáticas viabiliza la realización de votaciones en secreto, incluso para grupos humanos que se encuentran muy alejados geográficamente.

Las decisiones pueden acordarse por mayoría absoluta, cuando se aprueban con el 50 % más un voto según el cuórum prestablecido en los estatutos, o mediante mayoría cualificada, como lo estipulan muchas de las cooperativas de Rojava[6] que requieren el 60 % de los votos. Se recomienda que las asambleas de asociados se reúnan mensualmente para acendrar el sentido de pertenencia al colectivo de trabajo o de consumidores, o como mínimo la asamblea de cooperativistas deberá sesionar dos veces al año.

La manipulación del proceso electoral es uno de los principales mecanismos utilizados por las élites para aferrarse a sus puestos. También es el truco utilizado por quienes pretenden privatizar el patrimonio de las cooperativas. Por ello, se debe velar porque los comités electorales no sean designados por el órgano de administración ni estar supeditados a los directivos. Los miembros de los comités electorales serán elegidos por todos los afiliados y responderán ante la asamblea de asociados para garantizar que las elecciones sean abiertas y transparentes y que representan la voluntad soberana de todos los miembros.

Resulta muy saludable la continua renovación democrática de los cargos administrativos con nuevos candidatos, pues las cooperativas con órganos de administración rígidos, integrados por los mismos miembros durante periodos de tiempo muy prolongados, pudieran evidenciar estancamientos productivos o incapacidad de adaptación a los cambios del escenario económico.

Los estatutos deben garantizar buenas prácticas de gobernanza que incluyan normas para solucionar conflictos de intereses entre asociados y administradores, para controlar los obsequios ofrecidos y recibidos por los directivos, así como evaluaciones del desempeño y auditorías de competencias del consejo administrativo.

No es casual que la descripción de la puesta en práctica del Segundo Principio se asemeje mucho al diseño de un sistema democrático desde la perspectiva politológica, dado que las cooperativas encarnan la transferencia de las nociones de democracia al escenario empresarial. Las sociedades contemporáneas han asimilado las evidentes ventajas de la democracia en el marco político, pero la generalización de la democracia económica es el gran salto civilizatorio que aún no ha dado la humanidad.

Tercer principio: Participación económica de los miembros. Los miembros contribuyen de manera equitativa al capital de la cooperativa y lo controlan democráticamente. Al menos una parte de dicho capital suele ser propiedad común de la cooperativa. Los miembros suelen recibir una compensación limitada, si la hubiera, sobre el capital aportado como requisito de afiliación a la cooperativa. Los miembros destinan los excedentes repartibles a cualquiera de los fines siguientes: al desarrollo de la cooperativa —posiblemente mediante la creación de reservas, al menos una parte de las cuales será de carácter indivisible—, a la retribución de los miembros de manera proporcional a sus transacciones con la cooperativa, y a sufragar otras actividades aprobadas por los miembros.

La razón de ser de las cooperativas es la satisfacción de las necesidades de las personas y no el afán de lucro que caracteriza a las empresas privadas, por lo que la empresa cooperativa se adecua de forma más pertinente a la finalidad de la ciencia económica, cuyo objetivo es la planificación de los procesos de producción, distribución y consumo para la satisfacción de las necesidades materiales humanas.

El movimiento cooperativo apuesta por la integración de productores y consumidores en cooperativas de consumo de participantes múltiples en las que los miembros gestionan democráticamente todos los procesos organizacionales, lo cual supera las contradicciones de las cooperativas de producción cuyo enfoque mercantil es la acumulación de capital para la remuneración de los trabajadores.

Equidad e igualdad son dos conceptos distintos, por lo que la distribución equitativa de los excedentes no implica que todos los miembros ganen lo mismo, sino que los excedentes se distribuirán según las proporciones acordadas en los estatutos, apelando siempre a una racionalidad de justicia laboral que no fomente la excesiva desigualdad económica.

El capital social y las reservas para inversiones y contingencias debe considerarse patrimonio común e indivisible de la cooperativa. Para evitar que los miembros se apropien del capital social y las reservas para su propio beneficio a través de la desintegración de una cooperativa, se establece en los estatutos que en caso de disolución se cederá el capital neto residual a una organización sin ánimo de lucro, a otra cooperativa o a un instituto para el fomento del cooperativismo. Este mecanismo de protección del patrimonio de las cooperativas puede ser establecido como norma jurídica por los legisladores.

Cuarto principio: Autonomía e independencia. Las cooperativas son organizaciones autónomas y de autoayuda controladas por sus miembros. Si llegan a acuerdos con otras organizaciones —incluidos los gobiernos— o si reciben capital de fuentes externas, lo hacen en condiciones que garanticen el control democrático por parte de sus miembros y que respeten su autonomía cooperativa.

La vinculación de una cooperativa con una institución estatal o un inversionista privado, no puede implicar la pérdida de la identidad e individualidad de la cooperativa como persona jurídica. Un aspecto que afecta mucho a las cooperativas es el papel intervencionista y obstaculizador de sus actividades económicas que han desempeñado históricamente los gobiernos. Al establecer el marco legislativo donde operan las cooperativas, los Estados frecuentemente regulan los precios de las mercancías y les imponen planes de producción o políticas fiscales a las cooperativas que no tienen en cuenta las características coyunturales de los mercados.

Si bien las cooperativas no son empresas privadas, tampoco deben ser vistas como empresas públicas. Las cooperativas pertenecen a los miembros que las integran, quienes planifican y controlan sus procesos económicos de acuerdo a una racionalidad que responde a sus necesidades. El apoyo del Estado a las cooperativas no deberá interpretarse como un control gubernamental de estas formas empresariales.

Un ejemplo que ilustra la importancia de la autonomía de las cooperativas es el caso de Milk Vita, una unión de cooperativas lácteas creada por el gobierno de Bangladesh en los años setenta para mejorar los ingresos y la organización de los pequeños agricultores. Mientras estuvo bajo el control del Estado la cooperativa operó según planes burocráticos que no la favorecían y dependía de constantes subsidios. A partir de 1991 Milk Vita obtuvo autonomía como verdadera cooperativa. Los asociados comenzaron a controlar las ventas y el procesamiento de los productos lácteos, por lo que las decisiones ya no se basaron en aspectos políticos, sino en principios de negocios. A partir de entonces el número de socios y los ingresos se incrementaron de forma exponencial. El proyecto de Milk Vita se ha vuelto tan exitoso desde que obtuvo autonomía que el gobierno de Bangladesh ha decidido replicarlo en otros sectores.[7]

Quinto principio: Educación, formación e información. Las cooperativas ofrecen educación y formación a sus miembros, representantes electos, administradores y empleados para que puedan contribuir con eficacia al desarrollo de la cooperativa. Asimismo, informan al público en general, en especial a los jóvenes y a los líderes de opinión, sobre el carácter y las ventajas de la cooperación.

La educación se erige en aspecto medular para comprender los principios cooperativos y para saber cómo aplicarlos en el funcionamiento diario de una cooperativa. Este principio abarca la formación de las aptitudes que necesitan los asociados para la aplicación de prácticas empresariales éticas y democráticas, así como la información para el público en general acerca del carácter de la empresa cooperativa y de sus ventajas.

Para ello, se deben crear planes de marketing y de comunicación, así como programas de capacitación amenos y didácticos que tengan un impacto en la prensa escrita, las redes sociales, la radio y la televisión, y que permitan introducir nociones sobre cooperativismo con lenguaje coloquial y cercano a la persona común. La gestión cooperativa debe añadirse al plan de estudios de todos los niveles de enseñanza, con enfoque especial en los centros de educación superior especializados en la ciencia económica. En el caso de la educación primaria se puede apelar a los juegos de mesa cooperativos, como Coopolis.

La educación no debe desconocer la importancia de formar a líderes de opinión y actores políticos, dado que los legisladores tienen la responsabilidad de diseñar el marco jurídico en el que se desempeñarán las cooperativas. En la medida en que las autoridades dominen las características y las ventajas de las empresas cooperativas, se enfocarán en generar un escenario propicio para su desarrollo.

Sexto principio: Cooperación entre cooperativas. Las cooperativas sirven a sus miembros de la manera más efectiva y fortalecen el movimiento cooperativo trabajando conjuntamente a través de estructuras locales, nacionales, regionales e internacionales.

Las cooperativas deben integrarse en federaciones (cooperativas de tercer grado) que usen racionalmente los recursos al tiempo que respetan la identidad de los miembros de menor tamaño. La integración de las cooperativas les permite operar como mayoristas y realizar compras conjuntas para mejorar el poder adquisitivo combinado, así como la creación de fondos solidarios, diseñados para generar un depósito conjunto de recursos financieros que facilite la creación de nuevas cooperativas.

La historia de la corporación Mondragón describe la importancia de la integración entre cooperativas para el crecimiento acelerado de este modelo empresarial. Partiendo de la simiente sembrada por la cooperativa Ulgor, se realizaron aportaciones a las reservas para impulsar la Caja Laboral Popular, la Escuela Profesional y el centro de investigación Ikerlan, lo que permitió que las cooperativas ofrecieran un puesto de trabajo digno e introdujeran nuevos paradigmas de democracia empresarial, propiedad compartida y una retribución aceptable, incluso en la situación económica desfavorable que experimentaba el País Vasco en la década de 1950. De tal forma pudieron ser fundadas 47 cooperativas entre 1956 y 1975.[8]

Para que las cooperativas encuentren nuevas oportunidades de innovación y crecimiento deben trabajar en conjunto con otros movimientos sociales, como la organización Comercio Justo,[9] una iniciativa de la ONU para la articulación de canales comerciales enfocados en el desarrollo sustentable que respeta la idiosincrasia de los pueblos, sus culturas, sus tradiciones y los derechos humanos básicos.

Séptimo principio: Preocupación por la comunidad. Las cooperativas trabajan en favor del desarrollo sostenible de sus comunidades mediante políticas aprobadas por sus miembros.

Las cooperativas deben comercializar bienes y servicios de calidad a precios asequibles, priorizando los productos locales, así como crear empleos en su zona de influencia y proveer un marco financiero confiable para la obtención de créditos y seguros. Las cooperativas exhiben una orgullosa tradición en la satisfacción de las necesidades sociales mediante la prestación de servicios sanitarios, la construcción de viviendas, escuelas y clínicas, la integración en el mercado laboral de personas socialmente desfavorecidas, y la atención a comunidades devastadas por catástrofes naturales.

Las cooperativas apuestan por generar un desarrollo social sostenible que satisfaga en las comunidades no solo las necesidades materiales, sino además las culturales, como las artes, la educación, la no discriminación, el patrimonio histórico y los festivales comunitarios. Para ello, las cooperativas crean reservas financieras que serán utilizadas en proyectos sociales para el mejoramiento de la calidad de vida de la población local.

Las cooperativas deben realizar auditorías más completas que no se limiten al análisis financiero, sino que comprendan además la evaluación social y ecológica de su desempeño, para que los efectos de las actividades productivas equilibren el bienestar de las comunidades con la necesidad de generar rentabilidad.

Los Siete Principios Cooperativos que se han expuesto a lo largo de estas páginas no deben ser vistos como patrones de acción aislados, sino como piezas interdependientes de un engranaje sistémico que se complementan entre sí para crear sinergia. Cuando se respetan y aplican estos principios de forma adecuada en el funcionamiento cotidiano de una empresa cooperativa, su desempeño se torna más eficaz y resiliente que el de las empresas convencionales, como lo demuestran las abundantes investigaciones que se han realizado.[10]

La cooperativa es una manifestación del paradigma altruista de las civilizaciones en el ecosistema empresarial. La cultura organizacional de las cooperativas se aprende, se vive, y transforma ¡para bien! las vidas de las personas. Sirva esta breve descripción para abrevar la sed de la curiosidad deleitosa en aquellas personas que investigan cuáles serían las alternativas económicas más factibles para construir un mundo más justo."                     (Iran Morejón Quintana  , Rebelión, 22/08/2022)

24/11/20

Los socialistas criticamos el gasto improductivo y, más en general, cuestionamos a la burocracia del Estado

 "Días atrás, en una charla para alumnos de la Universidad Nacional de La Pampa, hice referencia a una crítica de Marx al gasto fiscal, a fin de mostrar que los socialistas criticamos el gasto improductivo y, más en general, cuestionamos a la burocracia del Estado. En esta nota amplío el tema. Me mueve a hacerlo el hecho de que la mayoría de la izquierda ha abandonado esta crítica. 

Una posible razón de ello es la influencia de la ideología del nacionalismo burgués. Es que, según este, la contradicción central de la sociedad hoy está planteada en términos Estado y mercado, de manera que todo lo que engorde al Estado favorecería la lucha por “domar a los mercados”.

Naturalmente, el punto de partida del marxismo es diferente: la contradicción que atraviesa a la sociedad contemporánea no es entre el Estado y el mercado, sino entre el capital y el trabajo, siendo el Estado parte del polo capital. O sea, por encima de tensiones y hasta conflictos que pueda tener con los capitales privados, el Estado es capitalista.

 Por eso, la burocracia – ese gigantesco cuerpo de funcionarios – que conforma, junto a los organismos de represión y control, la estructura fundamental del Estado, es capitalista. Más en particular, la burocracia, y los organismos represivos, viven de los impuestos, que es valor generado por el trabajo impago de los obreros productivos. La crítica marxista de la burocracia es entonces parte fundamental de la crítica al dominio del capital.

La crítica de Marx

A fin de recuperar esta tradición crítica, que ha sido ahogada por infinitas capas de estatismo burgués, reproduzco el pasaje de Marx al que aludí en la charla. Pertenece a Las luchas de clases en Francia (edición Claridad, Buenos Aires, 1973).

Señala primero que en Francia “la fortuna pública” caía en manos de la alta finanza, debido al creciente endeudamiento del Estado, y plantea que ese endeudamiento tenía por causa continuo exceso de los gastos por sobre los ingresos. Escribe luego:

“Para escapar a este endeudamiento es preciso que el Estado limite sus gastos, es decir, simplifique y reduzca el organismo gubernamental, gobierne lo menos posible, que emplee el menor personal posible, que se ponga lo menos posible en relación con la sociedad burguesa”. Poco más abajo explica que, además de reducir los gastos y evitar las deudas, era necesario “pesar sobre los hombros de las clases más ricas  contribuciones extraordinarias”.

Sin embargo, hacer pesar esas contribuciones sobre las clases más ricas implicaba afectar los intereses de esa misma clase dominante. Por eso Marx se pregunta: “¿Para sustraer la riqueza nacional a la explotación de la Bolsa, el partido del orden debía sacrificar su propia fortuna en el altar de la patria? ¡Pas si bête! (no tan estúpido). Por lo tanto, sin subversión completa del Estado francés, no es posible la subversión del presupuesto público francés” (p. 120; énfasis añadido). Subrayo: la crítica a la estructura burocrática y a la maraña gasto – deuda pública – negociados, enlaza con el llamado a la “subversión completa” del Estado francés. Un planteo bastante más radical que la típica reforma impositiva “progre” con que se suelen entretener los partidos pequeñoburgueses.

Pero todavía más tajante es la crítica a la burocracia estatal contenida en El dieciocho brumario de Luis Bonaparte (aquí). Luego de referirse a la burocracia “omnipotente e inmutable”, Marx escribe: “Los impuestos son la fuente de vida de la burocracia, del ejército, de los curas y de la corte; en una palabra, de todo el aparato del poder ejecutivo. Un gobierno fuerte e impuestos elevados son cosas idénticas. La propiedad parcelaria (se refiere a las parcelas campesinas) se presta por naturaleza para servir de base a una burocracia omnipotente e innumerable”. Y en otro pasaje:

“Se comprende inmediatamente que en un país como Francia, donde el poder ejecutivo dispone de un ejército de funcionarios de más de medio millón de individuos y tiene por tanto constantemente bajo su dependencia más incondicional a una masa inmensa de intereses y existencias, donde el Estado tiene atada, fiscalizada, regulada, vigilada y tutelada a la sociedad civil, desde sus manifestaciones más amplias de vida hasta sus vibraciones más insignificantes, desde sus modalidades más generales de existencia hasta la existencia privada de los individuos, donde este cuerpo parasitario adquiere, por medio de una centralización extraordinaria, una ubicuidad, una omnisciencia, una capacidad acelerada de movimientos y una elasticidad que sólo encuentran correspondencia en la dependencia desamparada, en el carácter caóticamente informe del auténtico cuerpo social, se comprende que en un país semejante, al perder la posibilidad de disponer de los puestos ministeriales, la Asamblea Nacional perdía toda influencia efectiva, si al mismo tiempo no simplificaba la administración del Estado, no reducía todo lo posible el ejército de funcionarios y finalmente no dejaba a la sociedad civil y a la opinión pública crearse sus órganos propios, independientes del poder del Gobierno.

Pero, el interés material de la burguesía francesa está precisamente entretejido del modo más íntimo con la conservación de esa extensa y muy ramificada maquinaria del Estado. Coloca aquí a su población sobrante y completa en forma de sueldos del Estado lo que no puede embolsarse en forma de beneficios, intereses, rentas y honorarios. De otra parte, su interés político la obligaba a aumentar diariamente la represión, y por tanto los recursos y el personal del poder del Estado, a la par que se veía obligada a sostener una guerra ininterrumpida contra la opinión pública y mutilar y paralizar recelosamente los órganos independientes de movimiento de la sociedad, allí donde no conseguía amputarlos por completo”.

Observemos que de lo anterior se desprende una propuesta de programa democrático: simplificar la administración del Estado; reducir todo lo posible el ejército de funcionarios; dejar que la sociedad civil y la opinión pública generen sus órganos propios, independientes del poder del Gobierno. Programa que, de alguna manera, Marx consideró luego que cumplió la Comuna de París. En La guerra civil en Francia escribió: “La Comuna convirtió en una realidad ese tópico de todas las revoluciones burguesas, que es un ‘Gobierno barato’, al destruir las dos grandes fuentes de gastos: el ejército permanente y la burocracia del Estado” (p. 68; edición Fundación Federico Engels). Enfatizamos: gobierno barato, un anhelo democrático elemental (al pasar, ¿por qué diablos la izquierda hoy ha cedido esta bandera a la ultraderecha?).

Agreguemos que Marx consideraba que la Economía Política, en su período clásico, había cumplido un rol progresivo en la crítica a la maquinaria estatal. En este respecto, fue muy importante la distinción entre trabajo productivo e improductivo, realizada por Adam Smith. Según Smith, los funcionarios estatales, los militares, sacerdotes, jueces, y similares, participaban del consumo como parásitos de los trabajadores productivos (que generan plusvalía). Pero posteriormente esa crítica fue abandonada por los ideólogos burgueses. En Teorías de la plusvalía Marx explica ese giro: “En su período clásico, la Economía Política adoptó una muy crítica actitud respecto de la maquinaria del Estado. En una etapa posterior se dio cuenta y –como además aprendió en la práctica – aprendió por la experiencia que la necesidad de la combinación social heredada de todas estas clases, que en parte eran por completo improductivas, surgía de su organización misma” (p. 148, t. 1, edición Cartago).

Precisemos que la crítica de Marx es a la burocracia, a esa red de funcionarios que parasitan y sacan provecho de sus cargos en el Estado, ejerciendo, además, tareas de control y/o represión de las masas trabajadoras. No es una crítica a los trabajadores del Estado que, a cambio de un salario (que muchas veces no alcanza siquiera para reproducir la fuerza de trabajo) contribuyen a la producción y reproducción de lo que puede llamarse capital constante “social” (por caso, obreros estatales dedicados a la obra pública); o a la preparación y conservación de la fuerza de trabajo (trabajadores de la educación o de la salud). Estos trabajadores, aunque no generen plusvalía, son explotados por el capital y su Estado.

Burocracia estatal y corrupción de dirigentes 

Lo explicado en el apartado anterior debemos actualizarlo destacando la manera en que el moderno aparato estatal burocrático se ha convertido en un factor de cooptación, corrupción, división y desorganización de movimientos sociales o partidos de tipo izquierdista. En Argentina, por lo menos, es algo muy común (pero compañeros brasileños me dicen que en su país ocurre algo similar, en especial con cuadros del PT). 

Se trata de centenares o incluso miles de dirigentes y activistas, que obtienen puestos – la imaginación para inventar cargos es inagotable – en ministerios, secretarías, subsecretarías, direcciones, a los niveles nacional, provinciales o municipales, más infinidad de  organismos de tipo autonómico. Cargos que les sirven para embolsarse buenas sumas de dinero, sostener punteros políticos y lúmpenes “todo terreno”. Además de ejercer como correas de transmisión de ideologías y políticas que contribuyen a la reproducción del dominio sobre el trabajo. Todo esto en colaboración con burócratas sindicales, dirigentes barriales, funcionarios eclesiásticos, y similares. Y con la ayuda accesoria de intelectuales progres e izquierdistas, dispuestos a justificar cualquier cosa para seguir con la farsa de la “liberación nacional” y “la lucha contra el mercado”. Se asiste así al triste espectáculo de centenares de arribistas, hundidos en la vileza (aunque se llaman a sí mismos “militantes”), arrastrándose sin fin para obtener su tajada en el festín. Indudablemente, son factores de división y desmoralización en las masas. No hay nada en esta manga de parásitos que favorezca a la clase obrera.

Burocracia y el proyecto socialista

La crítica a la burocracia estatal nos plantea también la cuestión de por qué y cómo la burocracia se reprodujo y amplió en los regímenes llamados socialistas. Tengamos presente que en El Estado y la revolución, y en la tradición de Marx, Lenin también consideró que la burocracia y el ejército permanente son “un parásito adherido al cuerpo de la sociedad burguesa, un parásito engendrado por las contradicciones internas que dividen a esta sociedad, pero, precisamente, un parásito que tapona los poros vitales” (énfasis añadido). Por eso también, pocas líneas más abajo, reivindica la idea del anarquismo, del Estado “como un órgano parasitario”.

Sin embargo, Lenin pensaba que, una vez que la clase obrera conquistara el poder, con medidas sencillas, como la elegibilidad y revocabilidad de los funcionarios del Estado obrero, y la reducción de sus salarios al nivel del salario de un obrero, se podría llevar a la práctica una democracia proletaria radicalmente nueva. Se haría realidad entonces la demanda del gobierno barato. La disolución del ejército permanente, junto a la creación de la milicia, constituiría el otro pilar de esa democracia de las masas trabajadoras.

Pero a poco de andar el nuevo régimen hubo de constatarse que la burocracia resurgía, se fortalecía y se imponía a los propios funcionarios comunistas (véase la intervención de Lenin en el 11° Congreso del PCUS, marzo – abril de 1922). Y adquiriría proporciones mucho mayores en los 1920 y 1930. Así, hasta la consolidación de la nomenklatura (una extendida capa de burócratas que vivían del trabajo de los obreros y campesinos). Algo similar ocurrió en el resto de los regímenes llamados “socialismos reales”; o en el llamado “socialismo siglo XXI”. Todos los movimientos y partidos que proclamaron la construcción del socialismo “desde arriba” (desde el Partido, desde el Comité Central, desde el líder), terminaron segregando monstruosos aparatos burocráticos. No es casual que las militancias PC y ex PC, los maoístas, castristas y variantes afines, hayan silenciado, sistemáticamente, la crítica marxiana a la burocracia.

Es necesario restablecer la centralidad de la crítica a la burocracia, sea capitalista, u “obrera” (o socialista). Forma parte de la lucha del socialismo con las ideologías burguesas y burocrático-stalinistas."                (Rolando Astarita  , Sin Permiso, 21/11/2020)