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18/9/15

El orgullo de los malditos... los 'agotes' navarros

El barrio de Bozate. Foto: Ander Izagirre

"—Somos hijos de una raza maldita.

Xabier Santxotena habla, a menudo, en primera persona del plural.

—Decían que éramos herejes, que hacíamos pactos con el diablo, que teníamos lepra, que no teníamos lóbulos en las orejas, que nuestra sangre hervía. Que si pisábamos descalzos, la hierba no volvía a crecer. Si agarrábamos una manzana, se pudría. En este valle no nos dejaban tener tierras, ni ganado, ni sacar madera de los bosques comunales, ni beber de las fuentes de los pueblos. Teníamos que llevar un distintivo rojo, una tela cosida en la ropa con forma de huella de oca. 

Santxotena desciende de aquellas gentes que se instalaron en la Edad Media en el barrio de Bozate, un racimo de caseríos blancos en una pradera del valle del Baztán (Navarra). Es un pueblo de cien habitantes, caminos empedrados, calles estrechas, varias huertas, una pequeña plantación de maíz, casas con explosión de geranios en los balcones y carteles que ofrecen miel casera y zumo de manzana. En la pradera pastan las ovejas, al fondo se elevan las primeras montañas pirenaicas de mil metros, un telón de laderas verdes y rasas. Bozate es una postal, Bozate fue un gueto hasta ayer. 

Sus habitantes no podían casarse con otra gente y sufrieron esa marginación, como otras, hasta bien entrado el siglo XX. La antropóloga Paola Antolini mencionó una boda que causó escándalo hacia 1940: una cocinera de Bozate se casó con un carpintero tallista de Arizkun, el pueblo que queda a un kilómetro y medio, al otro lado del río Baztán. Bozate es un barrio de Arizkun; durante siglos pareció que pertenecía a otra galaxia. La boda entre la moza de Bozate y el mozo de Arizkun fue muy criticada, escribió Antolini.

—Pues esos eran mis padres: Julián y Jesusa —dice Santxotena, que nació en Arizkun en 1946, y que pronto sospechó que algo pasaba al otro lado del río—. A mí me mandaban, de niño, a llevar las vacas de Arizkun al prado de Bozate. Cruzaba el río, con ocho o nueve años, y yo sabía que entraba en un sitio un poco especial. No recuerdo nada muy concreto, pero sabía que Arizkun y Bozate eran distintos, que la gente era distinta. Algún día me llegó la palabra. Recuerdo que se lo pregunté a mi padre: qué es eso de los agotes. Qué quiere decir que los de Bozate son agotes. Y él me dijo: ¡Eso son tonterías! No me dijo nada más.

La palabra estuvo oficialmente prohibida: en 1817, las Cortes navarras decretaron que a nadie se le llamara agote, «so pena de injuriador». Según explicaba el decreto, algunos consideraban que esas gentes descendían de los herejes albigenses de la Edad Media: «Esas conjeturas y otras vulgares tradiciones han sido causa de que hasta ahora se les haya tratado con notorio desprecio, reputándoles viles, excluyéndoles de todos los oficios públicos, incluso del trato social y civil». Prohibieron la palabra, el desprecio duró. Algo queda todavía.  (...)

—La madera es lo nuestro. Yo soy escultor porque de niño olía las virutas en el taller de mi padre, las virutas que sacaba con la garlopa, yo he seguido siempre ese olor. A nosotros durante siglos nos prohibieron tener tierras, tener ganado, así que éramos artesanos. Construíamos casas, muebles, aperos. Claro, qué otro oficio íbamos a tener. Los agotes también eran pescadores, tenían una habilidad tremenda en el río, agarraban las truchas con las manos. La pesca, la caza, la música y la madera. Eso ha sido siempre lo nuestro. 

Santxotena tiene sesenta y nueve años y es un hombre alto, corpulento, compacto como otro bloque de madera. Se nota que su oficio es físico: da forma a esculturas y acaba dándose forma a sí mismo, tiene el torso y los brazos de quien maneja sierras, cepillos y mazas. Su pelo es abundante y blanco, la barba corta y blanca, los ojos oblicuos de un verde grisáceo, rasgos nórdicos en los que a él le gusta adivinar el origen de su raza maldita. 

Habla de los godos de Alarico, derrotados por los francos de Clodoveo en la batalla de Vouillé, godos fugitivos, godos refugiados en los valles pirenaicos. Habla de esos godos como si fueran bisabuelos a los que casi conoció. Y sospecha algo: el término despectivo cagots, una contracción de cas gots («perros godos», en lengua gascona), aparece en muchos documentos franceses para nombrar a unas gentes tan despreciadas en el Bearne como los agotes en Navarra. 

Los cagots, los agotes. Santxotena habla también de los vikingos que gobernaron Bayona durante un siglo y medio, que trajeron sus técnicas para construir barcos de madera, habla de algunos vikingos que se quedaron y fueron bautizados en masa para integrarse en la sociedad, aunque fuera como cristianos de segunda, habla de esas iglesias vascas con cubiertas de madera que parecen barcos boca abajo. Y en aquellas carpinterías Santxotena también intuye un origen. Habla, por fin, de los herejes albigenses, perseguidos por la Inquisición, que se desparramaron por el Bearne, Aragón, Navarra, Guipúzcoa.

En cualquier caso: demasiados siglos para que quede algo sin mezclar de godos, vikingos o albigenses, ¿no? 

—Sí, el rastro de los agotes se ha perdido en todas partes. Yo he buscado en el Bearne, en pueblos donde sabemos que había barrios de cagots, en Navarrenx, en Lucq, y en la Baja Navarra, en Baigorri, donde vivían en la calle Michelenea, he preguntado en todos esos sitios y ya nadie sabe nada. Te dicen: los cagots, ah, sí, eran perseguidos, eran leprosos o algo así, ¿no? Pues sí, nosotros éramos leprosos. La Iglesia nos consideraba oficialmente leprosos, pero era lepra espiritual: en la Edad Media se creía en la lepra física y en la lepra espiritual, que se transmitía de padres a hijos.

 Éramos enfermos morales, gente de sangre impura. Esas historias se fueron olvidando, los agotes se iban a otro pueblo y nadie sabía que lo eran, se mezclaban con los demás. Pero el caso de Bozate es una excepción: porque Bozate fue un enclave. Fue un asentamiento de agotes, solo de agotes, se instalaron aquí y no se mezclaron. 

En el siglo XIII un grupo de foráneos llegó al Baztán y recibió el permiso del señor feudal de Ursúa para instalarse en sus tierras. Venían atravesando los Pirineos, huyendo de la Inquisición. 

—Éramos nosotros —dice Santxotena.

En 1515 los agotes de varias diócesis —Pamplona, Jaca, Huesca, Dax, Oloron— enviaron una carta al papa León X para protestar por las discriminaciones que sufrían en las iglesias. En la carta afirmaban que sí, que descendían de los herejes albigenses, pero que ya habían pasado doscientos años y que eran tan buenos cristianos como cualquier otro. 

El papa aceptó el argumento y emitió una bula para que a los agotes se les tratara sin discriminaciones. Entonces las Cortes de Navarra les concedieron igualdad de derechos, a pesar de las protestas de algunos eclesiásticos que insistían en que los agotes eran «distintos y enfermos», pero las bulas y las leyes sirvieron de poco: en los archivos siguen apareciendo, durante tres siglos más, protestas y querellas de los agotes, que seguían marginados en las iglesias, apartados de los cargos públicos, expulsados de los terrenos comunales, castigados, insultados, reprimidos. En esa ristra de documentos queda clara otra cosa: que los agotes dieron batalla.

Pero eran los perdedores de una vieja guerra religiosa. Y lo pagaron durante siglos. Sus antepasados profesaban la fe de los cátaros o albigenses —así llamados por la ciudad de Albi, núcleo de la herejía—: negaban algunos dogmas de la Iglesia, como la divinidad de Cristo, rechazaban sus sacramentos, criticaban el poder, la corrupción y la riqueza de la jerarquía católica.

 La cruzada albigense, encabezada por el papa y el rey de Francia entre 1209 y 1244, derrotó en varias batallas a los señores feudales occitanos que defendían el catarismo. Y allí se fundó la primera Inquisición: dedicada a perseguir a los herejes occitanos. Aquellos grupos amenazados de muerte se desperdigaron por el sur y el oeste de Francia, donde se les llamaba cagots, cascarots, gaffets —¿origen del despectivo gafe?—, gabach —¿origen del despectivo gabacho?—. Algunos cruzaron el Pirineo y se asentaron en pueblos navarros y aragoneses.

A los que llegaron al Baztán, a mediados del siglo XIII, el señor de Ursúa les cedió un terreno para que levantaran el pequeño barrio de Bozate. Eran artesanos de la madera, hábiles para la construcción de casas, molinos, muebles, herramientas, y al señor feudal le convenía tenerlos bajo su régimen de servidumbre.

Aquellos recién llegados lo tenían todo para que los demás habitantes del Baztán los rechazaran: eran extranjeros, eran herejes, además formaban un gremio, y como todos los gremios de la época, se transmitían los saberes con ritos secretos de iniciación. Gente sospechosa. Les negaron el derecho de vecindad, les prohibieron participar en la vida pública, ocupar cargos, casarse con otros. Los agotes se vieron abocados a la endogamia y es posible que esto alimentara la leyenda negra: se les atribuían todo tipo de enfermedades y deformaciones.

—Éramos cristianos pero no cristianos limpios —dice Santxotena—. Si vas a la iglesia de Arizkun, en la parte trasera todavía verás un arco cegado. Esa era la entrada de los agotes. Tenían que entrar por una puerta distinta y se quedaban en la parte trasera de la iglesia, separados por una verja. Había una aguabenditera y una pila bautismal aparte para ellos, y les daban la comunión con unas pinzas, para no tocarles las manos.  (...)

—Me han dicho que la iglesia tiene una puerta tapiada…
—¿Una puerta tapiada? No sé, no tengo ni idea —sonríe, un poco apurado por no saber de qué le hablo—. Bueno, tienes el atrio, con las losas, ¿las has visto?, son losas de tumbas, con los nombres de las familias. Eso antes era el cementerio. Pero de la puerta, ni idea. Jo, ya lo siento, ¿eh?, es que yo, de iglesias y eso…
Vuelvo a la parte trasera de la iglesia y justo pasa por allí una monja clarisa muy pequeña, un poco encorvada, con hábito marrón y toca blanca. Rondará los ochenta. Le pregunto por la puerta tapiada.
—Por ahí entraban a misa los del barrio de Bozate.
—¿Los agotes?
—Sí. Entraban aparte. Hasta que vino un párroco y dijo que eso no podía ser, porque todos somos iguales, no se podía andar separando así a la gente en la iglesia. Mandó cerrar esta puerta. Y se tuvo que ir.
—¿Se tuvo que ir el párroco?
—Sí. Los del pueblo se le pusieron… ¡buf!
—Pero eso será una historia antigua, ¿no?
—Sí, sí. Ya no hay nada de eso, gracias a Dios. Los agotes eran una gente muy fina, muy trabajadores, muy buenos. Eso ya se acabó.
—Ya no hay discriminación.
—No, ni agotes tampoco. Agotes ya no queda ninguno. (...)

Para algunos viejos todavía sí. En 1998, Santxotena abrió la casa-museo Gorrienea, en Bozate. En ella enseña cómo eran las viviendas de los agotes, mucho más pequeñas que las del resto del valle, porque les prohibían tener ganado y labrar campos, así que no necesitaban establo ni granero. Enseña los dormitorios, los muebles de madera tallada, las herramientas. 

Algunos vecinos se tomaron mal la apertura del museo y alguien le hizo una pintada: Utzi auzoa bakean («deja el barrio en paz»). En Bozate aún desconfían de quienes vienen preguntando por la historia de los agotes, o quizá sea más justo decir que ya están hartos. 

—Es comprensible —dice Santxotena—. Hubo novelistas que dieron una imagen siniestra del barrio. Ya ves cómo son las casas, muy bien construidas, encaladas, limpias, luminosas. Si es que los agotes eran constructores: cómo iba a ser su barrio, pues un barrio estupendo. Y tenían oficios cualificados, ganaban bien, tenían un nivel de vida igual o mejor que el resto del valle. Pero estaba la leyenda negra. Y eso ha durado mucho, todavía sigue pasando, se han hecho programas de televisión sensacionalistas…

Pero en los últimos años han proliferado las novelas y películas situadas en el Baztán, que han tocado el tema de los agotes, y la propia oficina de turismo del valle promociona ya esta historia, como atracción. El tabú se derrite.

—Los recelos y los complejos son por pura ignorancia —dice Santxotena—. Se acabarán cuando divulguemos bien la historia de los agotes, que es fantástica: está el misterio de su origen, está su barrio, con su arquitectura tan peculiar, están sus oficios, sus habilidades, las huellas de los agotes que podríamos buscar en templos medievales como el santuario de La Antigua, en Zumárraga, con esa cubierta de madera que parece un barco boca abajo… Cuando apreciemos todo esto, la mentalidad cambiará. Yo estoy convencido: en una generación, lo que era vergüenza pasará a ser orgullo."          ( , Jot down)

10/2/15

La mejor forma de honrar la memoria de Charlie es que su asesinato obligue a una reflexión colectiva sobre cómo vivir juntos en un mundo fanatizado

"(...) la comunidad religiosa más numerosa del mundo y cuya inmensa mayoría reprueba la violencia y el terror porque son los musulmanes los que más sufren de los ataques yihadistas. Pero este rechazo puede cambiar si siguen las ofensas gratuitas y la asimilación entre Mahoma y terrorismo. 

Es más, el contexto de la recepción de este tipo de mensajes es una Europa caracterizada por la xenofobia y el racismo contra una amplia minoría étnico-religiosa, que representa entre el 8% y el 12% de la población en muchos países. Más aún, se trata de un grupo en situación social, económica y educativa muy inferior a la media del país. Y en donde la discriminación laboral y el acoso policiaco son la experiencia cotidiana de muchos musulmanes. 

En esa situación de exclusión social los jóvenes, en su mayoría ciudadanos que han crecido sin poder ser aceptados como franceses o belgas pero que tampoco conocen otro país, se aferran a su identidad religiosa como forma de afirmación de su existencia, su única fuente de identidad compartida en realidad, tal como se documenta en el libro Europa musulmana o Euro-Islam que publiqué hace algún tiempo. 

El sarcasmo y el insulto contra ese último refugio de dignidad es una humillación insoportable que está en la base del fenómeno masivo de adhesión a Al Qaeda y al Estado Islámico, a pesar del barbarismo de estos movimientos yihadistas. 

Las victorias militares del Estado Islámico en Siria e Iraq han suscitado el entusiasmo entre jóvenes humillados que ahora tienen una causa por la que morir. Y que establecen un puente humano de ida y vuelta entre las tierras liberadas para el islam y sus comunidades de origen en donde tratan de sembrar el caos para vengar las afrentas. 

En esa ágora global que es internet disponen de un espacio de expresión libre en donde se intercambian experiencias, informaciones, relatos y canciones que proporcionan el común sustrato cultural, tal como fueron los espacios liberados para todos los movimientos revolucionarios en la historia. 

Y en este caso se incluyen informaciones e instrucciones para construir su propio armamento y desarrollar sus tácticas sin necesidad de recibir órdenes de un mando centralizado. Y aunque en algunos casos los objetivos que atacar son identificables, como Charlie Hebdo o la policía, este tipo de terror puede descentralizarse ampliamente: cualquier judío, cualquier sinagoga, cualquier sede de gobierno, cualquier organización mediática, según el nivel de rabia y obsesión de cualquier islamista dispuesto a morir.

Las armas proliferan, los posibles contactos son múltiples. Y el control y represión crecientes de las unidades antiterroristas exacerban el desafío y entrenan a nuevas oleadas de candidatos al martirio cuyo asalto disperso no es controlable salvo instalar un régimen general de emergencia policiaca que hará peligrar nuestras libertades. Porque el instrumento crea la función.

 Cuanta más policía de élite y más medidas de excepción se aprueben, mayor probabilidad de que se cometan abusos contra cualquier persona. De hecho, eso es lo que buscan los movimientos yihadistas: implantar un estado de guerra en que las democracias desaparezcan como forma de vida aunque sobrevivamos atrincherados en nuestros hogares, entre el miedo y el odio a los otros. Piensan que en esta lógica tienen superioridad estratégica porque, como dijo Bin Laden, nosotros tenemos miedo a morir y ellos no.

Encender la mecha de la provocación gratuita en medio de ese polvorín de pasiones, injusticias y fanatismos contrapuestos es absolutamente irresponsable. Defender la libertad no puede eximir la irresponsabilidad. Por cuanto la libertad de expresión no es la misma para Charlie Hebdo que para el cómico Dieudonné, arrestado por decir en Facebook: “Me siento Charlie Coulibaly”, aunque luego lo borrara.

 La mejor forma de honrar la memoria de Charlie, o de Wolinski, compañero de movimiento en Mayo 1968, es que su asesinato obligue a una reflexión colectiva sobre cómo vivir juntos en un mundo fanatizado, en crisis de identidad y dispuesto a destruirse en violencia fratricida. Porque todos somos humanos antes de ser Charlie."             (La mamá y el puñetazo, de Manuel Castells en La Vanguardia, en Caffe Reggio, 17/01/2015)

19/4/11

"Si la religión quiere ocupar... un lugar en el espacio público y quiere defender allí sus ideas debe hacerlo en pie de igualdad"

"Hablo de oídas, más de lo habitual, pero parece que han prohibido en la ciudad de Madrid una procesión atea que iba a coincidir con la celebración católica del Jueves Santo.

Además de atea la procesión era burlona y se anunciaba con unos lemas que a una juez le han parecido irreverentes. La decisión vuelve a probar el estatus de privilegio que las ideas religiosas tienen en la sociedad española.(...)

La prohibición de Madrid se fundamenta en un peligroso supuesto: que la procesión atea no es disenso sino ofensa. Como las ideas no pueden ofenderse unas a otras, ha de concluirse que la religión, para los que han prohibido el acto, es algo más que una idea.

Exactamente, una forma de orden público, cuya alteración resultaría perseguible de (santo) oficio. Algo que resulta intolerable. Si la religión quiere ocupar, como tantas veces reclama, un lugar en el espacio público y quiere defender allí sus ideas debe hacerlo en pie de igualdad.

Cuando una idea cualquiera, sean Dios, la Patria, el Partido o el Equipo, no se limita a exhibirse en el espacio de discusión pública, sino que pretende diseñar sus límites, a la sociedad democrática no le queda otro remedio que exigir su expulsión de ese espacio.

La democracia puede acoger a los que quieren destruirla; pero naturalmente debe asegurarse de que no puedan cumplir sus propósitos.

El Jueves Santo es un día más, normalmente soleado, y festivo en algunas comunidades. Algunos ciudadanos tienen la creencia de que en ese día se produjo, me parece, el prendimiento de Jesús, y exhiben su convencimiento en las calles, a veces con una belleza muy conmovedora y adictiva.

Otros ciudadanos creen que esa creencia es falsa y dañina. Y quieren combatirla utilizando la razón, la burla y el sarcasmo. El ateísmo, como indica la propia naturaleza de la palabra (sindios), es una creencia subordinada, cuyo carácter los ateos, al igual que los antifascistas o los anticomunistas, aceptan con honor y hasta con alegría.

Y es por eso que para sus libres manifestaciones eligen el Jueves Santo y no el 15 de agosto en Madrid, Baden-Baden." (Diarios de Arcadi Espada: Ideas y orden público, 19/04/2011)

7/4/11

"Si las cuidadoras de guardería pueden llevar velo, si las madres tienen derecho a llevarlo cuando vayan a buscar a sus hijos al colegio

"El debate celebrado ayer en París sobre la laicidad que monopolizaba -y monopoliza- la vida política francesa se cerró con una batería de propuestas. Algunas se convertirán en leyes pronto y otras, después de las elecciones de 2012.

Entre ellas destacan la de prohibir el rezo en la calle, los menús especiales por causas religiosas en los comedores en los colegios o el rechazo a un médico por su sexo o su religión en un hospital o centro de salud.

Los empresarios no deberán ceder a las exigencias de sus empleados en materia religiosa y los trabajadores que quieran que se respeten sus exigencias en cuanto a ayunos deberán prevenirlo en la entrevista de contratación.

También se regulará, entre otras cosas, la financiación de los centros religiosos y la forma de matar ganado por el rito musulmán. El debate no solo ha dividido a la sociedad francesa, sino a la formación de centroderecha del presidente Nicolas Sarkozy. (...)

Se trataba, en teoría, de proponer medidas para regular "algunos usos polémicos del islam en Francia". ¿Qué usos? Pues, entre otros, si se debe o no rezar en la calle, si las cuidadoras de guardería pueden llevar velo, si las madres tienen derecho a llevarlo cuando vayan a buscar a sus hijos al colegio o acompañen a los profesores en una excursión... (...)

También se le acusaba de tratar de regular prácticas minoritarias. Por ejemplo: es difícil ver en París a alguien rezando en la calle. Tampoco se sabe cuántas madres musulmanas con velo acompañan a las profesoras en las salidas escolares... Otro dato que encoleriza a los detractores del debate: fue Marine Le Pen, en diciembre, la que denunció los rezos en la calle, calificándolos de ocupación. (...)

(Alain Juppé) "Estas cosas se sabe cómo despegan, pero no cómo aterrizan".

Para colmo, una encuesta publicada por Le Parisien el domingo mostraba que el tema del laicismo era de los que menos interesaban a los votantes de la derecha francesa, por detrás de asuntos como el paro, el nivel de vida o la subida de los precios." (El País, 06/04/2011, p. 2)