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26/3/24

En defensa de la Semana Santa... nunca he tenido una educación religiosa; no estoy bautizada y siempre me consideré atea; sin embargo, si escucho las primeras notas de la saeta de Antonio Machado cantada por Serrat, o huelo el incienso que, durante estos días, queman mis vecinos en el alféizar, el estómago se me recoge en un nudo y valoro como nunca una celebración de la que no pude gozar durante los años que viví en Estados Unidos... Cada primavera de mi infancia se articulaba en torno a una espera ansiosa por el inicio de estas vacaciones que me conducirían al pueblo y, allí, de la mano de mi abuela, contemplaría el ritmo lento de los pasos a la luz de los cirios... no comprendía del todo la emoción de mi abuela, pero me gustaba acompañarla en su éxtasis, nacido horas atrás, pues acicalarse para la ocasión y coger sitio ya constituía, en sí, una fiesta... creo que la clave de mi defensa de la Semana Santa reside en ese vínculo, etéreo y, a la vez, de carne y hueso... los rituales son "técnicas simbólicas de instalación en un hogar", mecanismos para hacer habitable el tiempo, que nos arrope en un reconocimiento donde radican "las metáforas generadoras de sentido y fundadoras de comunidad que dan estabilidad a la vida"... estos procesos celebratorios nos hilvanan a otra gente que comparte con nosotros momentos dilatados y construye verdaderas redes, alejadas de la perniciosa cámara de eco de las digitales... es posible abrazar una tradición tan abarcadora desde las izquierdas sin que se nos tilde de retrógrados, ni beatos carentes de raciocinio, especialmente al enunciar desde el Sur... Desde luego, no seré yo quien cercene la ilusión de mi abuela, ni cierre los ventanales de mis vecinos (Azahara Palomeque)

 "Hace dos días que comenzó la Semana Santa. A pesar de las procesiones canceladas por la lluvia (agua bendita para la sequía), he podido toparme en Córdoba con fervorosos fans de esta festividad abarrotando las calles, hasta el punto de que ayer me fue casi imposible entrar en mi casa: un hueco, por favor –pero nadie se movía–; disculpen –y la barrera humana, pétrea como un muro, infranqueable, seguía allí-. De repente, a un señor engominado le trepó la ira por el pecho y, amarrado en jarras a su familia, me espetó: "por aquí no se pasa"; a lo que contesté, furiosa: "¡por donde tú quieras, lo que me faltaba!", y, como si hubiera pronunciado las palabras mágicas frente a la cueva de Alí Babá, mi cabreo y un par de empujones desataron la magia, y se apartó, refunfuñando.  

Al margen de su penetración cultural, nunca he tenido una educación religiosa; no estoy bautizada y siempre me consideré atea; sin embargo, si escucho las primeras notas de la saeta de Antonio Machado cantada por Serrat, o huelo el incienso que, durante estos días, queman mis vecinos en el alféizar, el estómago se me recoge en un nudo y valoro como nunca una celebración de la que no pude gozar durante los años que viví en Estados Unidos. Quizá esa privación haya despertado en mí una admiración más entusiasta de esta fiesta popular, por mucho que critique fenómenos indeseables asociados –como la turistificación– y me corten el camino señores engominados. 

Una parte de mi disfrute se debe, indudablemente, a la memoria, y es tan visceral que a duras penas podría narrarlo en detalle. Cada primavera de mi infancia se articulaba en torno a una espera ansiosa por el inicio de estas vacaciones que me conducirían al pueblo y, allí, de la mano de mi abuela, contemplaría el ritmo lento de los pasos a la luz de los cirios y el compás de la banda de música. Identificar a algún pariente entre los nazarenos me provocaba una alegría ingenua que, de alguna manera, simbolizaba una atadura al rito, lo mismo que los dedos que me agarraban suavemente me enlazaban a aquel territorio. A veces, no comprendía del todo la emoción de mi abuela, pero me gustaba acompañarla en su éxtasis, nacido horas atrás, pues acicalarse para la ocasión y coger sitio ya constituía, en sí, una fiesta.

Un año, el único que logré escaparme de Estados Unidos en estas fechas, fui yo quien la sostuvo cuidadosamente contra unas piernas ya muy frágiles, protegiéndola del vaivén del gentío; no me importaron las veinticuatro horas sin sueño del viaje, porque aquel gesto representaba tanto una deuda con ella como la confirmación de un vínculo. Más allá de que haya aprendido a apreciar también la belleza artística del espectáculo, creo que la clave de mi defensa de la Semana Santa reside en ese vínculo, etéreo y, a la vez, de carne y hueso.

Afirma el filósofo Byung-Chul Han que los rituales son "técnicas simbólicas de instalación en un hogar", mecanismos para hacer habitable el tiempo, que nos arrope en un reconocimiento donde radican "las metáforas generadoras de sentido y fundadoras de comunidad que dan estabilidad a la vida". Colectivos por definición, estos procesos celebratorios nos hilvanan a otra gente que comparte con nosotros momentos dilatados y construye verdaderas redes, alejadas de la perniciosa cámara de eco de las digitales. Que se paralice, en general, la rueda productiva del trabajo y surja una experiencia contrapuesta al rendimiento y al narcisismo de cada día, siguiendo con Han, contiene mucho de subversivo, sin mencionar cómo la ritualidad es capaz de enraizarnos al pasado y proyectarnos hacia el futuro ahora que nuestras sociedades parecen trastabillarse en una inmediatez perpetua muy próxima a la orfandad.  

Por supuesto, ni todos los rituales han de ser católicos, ni aceptados acríticamente –una comunidad puede forjarse alrededor de la violencia salvaje contra los excluidos, por ejemplo–, pero pretender castrarnos de la espiritualidad comunal, el jolgorio y las raíces supone ampliar aún más la atomización social en una época caracterizada por la aceleración sin rumbo. Al menos, me digo, en Semana Santa se permanece en alguna parte; al menos, puedo trazar una afinidad superior a mi tribu con personas que, en cualquier otra circunstancia, me serían extrañas y probablemente antagónicas ideológicamente, pero, de la misma forma que el comunista Carlos Cano logró cantar un himno tan sobrecogedor como Pasan los campanilleros y labrar con él un puente afectivo a lo largo y ancho del espectro político, es posible abrazar una tradición tan abarcadora desde las izquierdas sin que se nos tilde de retrógrados, ni beatos carentes de raciocinio, especialmente al enunciar desde el Sur. 

Es más, si la religión se concibiese en su connotación etimológica –del verbo "re-ligare", reunir–, o mutase en impulsos de justicia social similares a los presentes en la teología de la liberación o el ecologismo que busca salvar el planeta como creación divina, o aumentase el número de cofradías obreras, tal vez desencadenaría menos rechazo entre aquéllos que, en nuestro país, sólo pueden señalar su apropiación por el franquismo y herederos. Cambiar, resignificar, moldear el rito hacia posturas no dañinas; interrogarlo al modo de Saramago, pero no desear eliminarlo: ¿una solución? Desde luego, no seré yo quien cercene la ilusión de mi abuela, ni cierre los ventanales de mis vecinos. "              (Azahara Palomeque, Escritora y doctora en Estudios Culturales, Público, 25/03/24)

7/4/23

La Semana Santa como forma de resistencia a la globalización: una mirada desde la antropología... una celebración "de la primavera" en Sevilla: "Globalización significa desarraigo y este tipo de fiestas son ocasiones de reidentificación, de ver comer, de oler cosas diferentes. En la Semana Santa se reafirman identidades colectivas, que en la cotidianeidad no existen o están muy rotas, lo identitario funciona para mucha gente por encima de los contenidos explícitos de la propia Semana Santa"

 "La ciudad, Sevilla, cambia en Semana Santa. Se palpa en el ambiente. Los días previos hay cada vez más horas de luz, los relojes han ajustado ya sus agujas al llamado horario de verano, las flores lucen en algunos balcones, el azahar y su aroma coronan los naranjos. Los cofrades se aprestan a planchar las camisas, a perfeccionar el nudo de corbata; la ciudad, Sevilla, se emperifolla. Miles de nazarenos, previo pago de la papeleta de sitio, despliegan el capirote.

Hay resistencias, también, escasas, pero haberlas, las hay, por supuesto. Gente que vive de espaldas a las hermandades y fuera de ellas. La playa está también  muy a mano para quien se lo puede permitir, claro.Sin embargo, en la ciudad, Sevilla, no hay manera de evitar la Semana Santa: las trompetas llevadas al paroxismo –que Califato 3/4 ha abrillantado, actualizado– salen de los televisores y se extienden por las ventanas; basta una persona dura de oído para que una comunidad entera de vecinos escuche la fanfarria.

"La semana santa es una manifestación social y simbólica rica, compleja, diversa y polisémica. Su importancia radica en ser referente identitario para los grupos humanos que la celebran. La diversidad tanto en las formas como en los significados es enorme. En todos los casos, en Andalucía, la Semana Santa es una celebración de la primavera. Aún se rige por el calendario astronómico del equinoccio de la primavera, tan importante para las sociedades agrarias mediterráneas", afirma a Público Gema Carrera, antropóloga y presidenta de Asana, Asociación Andaluza de Antropología.

"Esa eclosión de la naturaleza se celebra a través del ritual festivo de una forma sensorial y comunicativa, estructurando el orden vital, laboral y social de los colectivos que la celebran. Largas horas y jornadas de preparativos, juegos, símbolos, cantos, músicas, escenificaciones, olores, códigos culturales y simbólicos son compartidos cada primavera. A través de la participación en esta celebración colectiva, se produce en los participantes un sentimiento de pertenencia que la sociedad de consumo, individualista y homogeneizadora en la que se enmarca, no puede cubrir. Es si se me apura, una forma de resistencia social a la globalización y a la homogeneización social", añade Carrera.

"Es una manifestación social y simbólica rica, compleja, diversa y polisémica. Un referente identitario"

La antropóloga reconoce el magisterio de Isidoro Moreno, catedrático emérito de la Universidad de Sevilla, el primero en estudiar desde Andalucía, fuera de tópicos, con espíritu científico la Semana Santa. "La he comparado, la de las grandes ciudades con un caleidoscopio, ese pequeño juego de entretenimiento de la era predigital. Si mirabas por el agujero veías un dibujo, la verdad del dibujo, pero si le dabas vueltas veías dibujos varios, sin meter ni sacar ningún elemento. Esto es una metáfora: si no se gira el cilindro alguien juraría que la Semana Santa es tal o cual cosa y que todo lo demás es artificial", afirma el catedrático en conversación con Público.

"Para entender –prosigue Moreno– la Semana Santa, no como celebración litúrgica, apostólica y romana, sino a la manera andaluza, con la calle y las cofradías en la calle, lo fundamental es estar abierto a que existen varias realidades, múltiples dimensiones. Considerar que el único eje es el religioso es aceptar el monopolio del ámbito eclesiástico, que está muy interesado en afirmar su derecho a interpretar en exclusiva lo que ocurre y sus ramificaciones". 

Moreno agrega: "Una de las múltiples dimensiones de la Semana Santa es la identitaria, incluso por encima de los contenidos explícitos, que son escenas de al muerte y pasión de Cristo. Lo fundamental para vivir dentro de las cofradías es que da varias oportunidades de reproducir la identidad personal en el ámbito de la familia, del barrio o de la nostalgia del barrio, hoy gentrificado".

"El nivel identitario –remacha Moreno– es el central, evidentemente con referentes religiosos, eso nadie lo duda. Otra cosa que explica el auge de la Semana Santa en Andalucía y otro tipo de acontecimientos es la misma época actual, en que la tendencia es a la globalización. ¿Qué cosa es esto?: Homogeneización, desenclave de lo identitario, supuestamente es un progreso y significa debilitamiento de ls identidades colectivas. Globalización significa desarraigo y este tipo de fiestas son ocasiones de reidentificación, de ver comer, oler cosas diferentes. Es algo hegemónico. En la Semana Santa se reafirman identidades colectivas, que en la cotidianeidad no existen o están muy rotas, lo identitario funciona para mucha gente por encima de los contenidos explícitos de la propia Semana Santa".

"Globalización significa desarraigo y este tipo de fiestas sirven para ver, comer, oler cosas diferentes".

Jesús Pascual, director de la película Dolores, Guapa, en la que reflexiona sobre identidades queer en la Semana Santa de Sevilla, profundiza para Público en estas ideas: "La Semana Santa se lee desde fuera muchas veces como una fiesta católica, donde la gente que va son creyentes y van los domingos a misa, pero esto es falso. La Semana Santa de Sevilla es principalmente una fiesta de la primavera en la que se celebra un sentimiento de pertenencia a la ciudad, al barrio, a los amigos, a la familia, de conexión con tus padres, con tus abuelos". 

"Es verdad –continúa Pascual– que no se puede separar 100% de la religión y muchas veces las hermandades funcionan como un brazo ejecutor de la iglesia y evangeliza según la doctrina católica. Pero no es simplemente eso: la gran mayoría de personas tiene espiritualidad y un sentido de lo trascendente, pero desde luego, alejado de lo que dicta El Vaticano. Sí que entiende la fe y la devoción, palabras que parece que significan lo mismo en todas partes, pero pero estoy seguro de que significan cosas diferentes en Sevilla y fuera de Sevilla".

"La Semana Santa –analiza Pascual– tiene que ver con el despliegue de la calle. Se te inculca desde pequeño de manera muy lúdica. Se vive como un niño vive la navidad. Y aunque es un ejemplo bruto, el de la navidad, no del todo afinado, sí sirve para entender algunas cosas. Es decir, todo el mundo entra de pequeño en la navidad cuando es un niño. Y la navidad siendo católica, pero ha trascendido al componente católico, solo que la navidad ha trascendido a un sitio mucho más capitalista y neoliberal y la Semana Santa de momento parece que no tanto. Se asimila como parte de tu vida y no tiene tanto que ver con la religión, como con el sentirte ciudadano de Sevilla. Se celebra la primavera y el ser sevillano".

Hecho social total y la izquierda

Para la antropóloga Carrera, "la Semana Santa constituye un hecho social total –un concepto de la antropología–, cuyos significados trascienden al meramente religioso. Para comprenderla, tienen que aceptarse todas las dimensiones que tiene. Hay una parte religiosa, otra menos, hay una parte emocional, estética, artística. Precisamente por ser un hecho social total, las formas de participación, las ideologías, las posiciones sociales que se ocupan tanto dentro como fuera del ritual, multiplican las perspectivas con las que puedes enfocarla y en las que puedes participar".

"En Andalucía son muchas las semanas santas. Los ritos varían en cada pueblo. Dentro de Sevilla hay varias Semanas Santas, la vivencia de la tradición es muy personal. La navidad es una fiesta y entendemos que hay muchas navidades, cada persona entiende la fe y la devoción de una manera y se relaciona con todo lo que pasa en la ciudad en estas fechas como puede y cómo le han enseñado", afirma el cineasta Pascual.

"Lo que se ve no es una conmemoración sino una fiesta, desgajada de compromisos sociales. Hay un sector que está en las cofradías y otro sector que no. No hay correlación ideológica respectó de la religión, ni tampoco relación mecánica política en la actitud que se tiene al respecto. Esto explica mucho que una parte de la gente que se considera de izquierdas se emocione y la viva de manera especial. En el año 82 publiqué un librito como antropólogo, y hay quien hoy me para y me dice: tengo una deuda con usted, me quitó el complejo de ser de izquierdas y gustarme la Semana Santa", afirma el catedrático Moreno.

"Los barrios de extramuros conquistan cada año el centro neurálgico de la ciudad. Eso es también una forma de resistencia a otros poderes fácticos. Y en el propio centro, desde barrios, históricamente obreros, como ha sido el barrio de la Macarena, donde había una concentración importante de colectivos anarquistas, se vivía con intensidad este fenómeno de la Semana Santa. ¿Es esto contradictorio? Y cómo conviven estos contrastes que en Sevilla somos capaces de explicar, en Andalucía en general, que nos hacen de alguna manera ser capaces de relativizar mejor lo que otros consideran solo, desde una perspectiva, como verdades incuestionables. Poder convivir en el mismo fenómeno una persona atea con otra que tiene un sentimiento religioso de cualquier tipo, es lo interesante, no excluir", reflexiona Carrera.

"En la Macarena, donde había una concentración de  anarquistas, se vivía con intensidad  la Semana Santa"

"Hay una parte –prosigue la antropóloga– de la izquierda, que desde un cierto fundamentalismo laicista, es incapaz de apreciar estos significados múltiples, que no son los meramente religiosos. Pero porque no la han vivido. Algunas, si lo hemos hecho. Algunos la ven únicamente como una forma de perpetuar el poder político, religioso o económico. Evidentemente, ese intento de control de una manifestación como esta, tan fuera de cualquier control, ha sido una constante, pero afirmar que eso es la Semana Santa y reducirla a esos significados es permitir que efectivamente se convierta en eso, se reduzcan sus significados y deje de ser tan heterodoxa como de hecho siempre ha sido, de manera intrínseca, conteniéndolo todo".

"A la izquierda le fascina porque, como todas las fiestas populares, tiene un componente de resistencia. Las imágenes están en la calle, estas mismas imágenes están todo el año en los templos y no tienen la misma afluencia", apunta Pascual.

"En las imágenes de cristo, en prácticamente todos los lugares de Andalucía esa imagen es un nazareno, Jesús con la cruz a cuestas sufriente y vivo. En casi ningún sitio la imagen central es un cristo muerto, ni crucificado: eso tiene que ver con la cultura andaluza, la personalización y la humanización de las relaciones sociales", aporta Moreno.

"Se entiende perfectamente que sea la pasión de Jesús la que mejor cala, porque se habla de un hombre bueno y justo al que aprisionan y condenan. Y hay una madre que no puede hacer nada frente al poder hipócrita. Las imágenes en Andalucía son Jesús de tal y la Virgen de tal. Tienen nombres y apellidos, son diferentes unas de otras, son imágenes humanizadas. El trato con las imágenes no es vertical, es horizontal, se le habla como se le habla con alguien de tu familia. Ves a la virgen como tu madre o como tu abuela, ese componente también está", asegura Pascual.

"Hay otra característica muy andaluza: es la presencia al mismo nivel de lo femenino con lo masculino. La imagen de la dolorosa no solo en las escenas que podía aparecer en los evangelios, que podía aparecer en un trono exclusivo sin relación con el otro paso de la cofradía. Esto es la matrifocalidad de la cultura andaluza, la figura central de la madre", analiza Moreno.

"Las imágenes tienen nombres y significados propios aunque representen el mismo concepto religioso. En realidad, cada una de ellas representan y simbolizan a cada uno de los nosotros colectivos que se identifican con ella. Por eso, incluso a veces se producen rivalidades, que son rivalidades simbólicas entre grupos o barrios dentro de la misma ciudad. Algunos tienen diminutivos o sobrenombres que hablan de esta familiaridad: el abuelo de Jáen, el Prendi de Jerez, la Chari, la Encarna, la Gitana, el Manuel…Etc. A ella se les habla, se les piropea, se les pasea", abunda Carrera.

"Hay una identificación –continúa la antropóloga– de la gente con esos seres que sufren, que han sido castigados, ajusticiados y condenados, que han perdido a un hijo, que han pasado fatigas. Todo ello, sí que produce una posible identificación, sobre todo en determinados grupos sociales, que desde luego no ocupan los espacios de poder. Por ello son dioses cercanos, humanos, pasan fatigas, te ayudan a superar los problemas y se les puedes hablar de tú a tú. La gente los considera parte de su familia".

"A la izquierda le fascina porque, como todas las fiestas populares, tiene un componente de resistencia".

"Todo eso –explica Carrera– tiene que ver con la religiosidad popular que es otra forma muy diferente a la religión, cristiana, dogmática o más ortodoxa y piadosa. Bueno, ya lo escribieron algunos periodistas como Cháves Nogales o como Núñez de Herrera. Núñez de Herrera decía que una cosa es el Génesis y que otra es la Semana Santa: algo mucho más serio. Decía que "más que la salida del mundo maduro de la entraña del caos, importa la salida de la Virgen de la Amargura por el estrecho marco de su iglesia". Esa es la parte estética, quizás y de emoción colectiva que tiene que ver con la religiosidad popular, muy lejana del dogma. De hecho, durante mucho tiempo, la Iglesia no ha aceptado las formas en las que se expresan estos cultos externos de la Semana Santa y ha tenido siempre una tendencia a controlarla y a meter en el redil a todas las hermandades".

"La iconografía religiosa ha dado lugar a que algunos lo vean como un hecho exclusivamente religioso; otros como fariseísmo religioso; y otros, como un medio de legitimación del poder eclesiástico. Todo ello es una reducción de significados que esconde un común de la semana santa: el intento de apropiación por una parte de la sociedad y la instrumentalización que de ella hacen desde algunos poderes: el político, el eclesiástico y el ecónomico para controlarla y obtener rentabilidad de ella", remacha Carrera."                  (Raúl Bocanegra, Público, 06/04/23)

25/10/21

Nadie espera a la España Vaciada... Uno de los conflictos germinales de la modernidad fue el sostenido entre el campo y la ciudad que se resolvió con una victoria total e incontestable de lo urbano... con el horizonte de la descarbonización de la economía, las zonas mineras y las de instalación de renovables van a devenir en territorios tan estratégicos como Arabia Saudí o Texas en el siglo XX... Con todo lo que eso implica. Es esta una perspectiva desasosegante, pero también esperanzadora...

 "¿Tan importante es la relación que se da entre el mundo de lo lleno y de lo vaciado? Parece probable que sí, que sea necesario todo este despliegue orientado a disimular la naturaleza conflictiva de las relaciones sociales de lo vaciado, hacia dentro y hacia fuera, sobre todo porque todos los sujetos implicados arriesgan mucho en este juego.

1. NADIE ESPERA A LA ESPAÑA VACIADA

Lo que sigue es un relato de odio. Lo es, al menos, en la medida en que uno tiene que elegir entre a) y b) para definir el humor con el que escribe. Digamos, de manera más amable, que es una historia a la contra de toda esa corriente de opinión que, por lo que sea, necesita negar la España Vaciada. Ese "por lo que sea" abarca desde la compulsión de refutar el proceso de abandono para no tener que asumir la existencia de, al menos, un problema ("siempre estuvo vacía"), hasta el intento de captura de la España Vaciada como rehén de algún tipo de proyecto nacional (sutil, liberal, autoritario) que, como norma, tendrá poco que ver con los movimientos y reivindicaciones de esos territorios en trance de desertificación demográfica. En general, nos referimos a un mar de fondo que arrastran quienes vivieron con un cierto pesar la autodenominada "Revuelta de la España Vaciada" en 2019, por cuanto ésta suponía sacudirse unas tutelas (políticas, culturales, simbólicas) que se habían dado por supuestas sobre el universo de la despoblación.

...Y que no te sepa malo

Empecemos por el principio: la España Vaciada es un concepto incómodo, más que más porque no se deja atrapar ni se corresponde por completo con otros previos. España Interior, despoblada, desaprovechada, Serrania Celtibérica / Laponia española, el despectivo Tractoria en Catalunya o incluso el propio España Vacía han fracasado a la hora de cumplir con los dos objetivos de un apelativo, a saber: describir y ser aceptado por aquel a quien se describe. Algo en lo que fallaron en mayor o menor medida todos los nombres y adjetivos anteriores, y muchos otros

 Los nombres en los mapas (esto no es un paréntesis)

Antes de seguir, cuatro avisos. Primero, escribo como aragonés. No sé hacerlo de otra forma, y si existe algo como la España Vaciada, la estoy analizando con esas gafas. Segundo: soy urbanita; en tiempos fui eso que se ha dado en llamar "híbrido", pero ahora vivo en Zaragoza full time, y enseño en Teruel. Por consiguiente, intento hablar de los aspectos de la España Vaciada con los que se relaciona la "gente de lo lleno", o de los que me siento legitimado para dialogar; del resto, por respeto y decencia, me callo o solo pregunto. Tercero: a causa de lo anterior, no busco dar una definición de la España Vaciada más allá de una ad hoc que nos sirva de hilo conductor, a saber: aquellas zonas en las que, de acuerdo con la lógica neoliberal, es más razonable o rentable dejar de prestar un servicio que privatizarlo. No es la mejor definición del mundo, pero nos sirve para pensar ciertos malestares y ciertas luchas y las representaciones que llevan aparejadas.

Cuarto, y último, también caeré puntualmente en la confusión entre la España Vaciada (permitidme, de aquí en adelante, EV) y la rural. Muy al contrario, el movimiento de la EV se fundamenta en una alianza entre zonas rurales, gentes híbridas y la débil trama urbana con la que se articulan (resulta enternecedora, por cierto, la vehemencia de los opinadores al descubrir en 2021 -¡en 2021!- que las ciudades pequeñas de la EV también se están vaciando). En ese sentido, a pesar de reconocerse las mútuas diferencias y conflictos entre zonas rurales y urbanas, se ha desarrollado un marco de análisis y una identidad común, contrapuesta a una España llena, metropolitana y densa. De hecho, a lo largo del texto emplearé el par "lo vaciado" y "lo lleno" para expresar esa oposición.

 O al menos, nadie le había dado vela ni en su entierro ni en el del Régimen del 78, si es que llegaban a celebrarse. No es de extrañar. La Transición se fundó sobre una serie de pactos entre los cuales no figuraban la despoblación y la desigualdad territorial. Hubo varias razones para esta ausencia, empezando por que a nadie parecía importarle lo suficiente. De otro lado, la herida de la despoblación estaba todavía abierta -apenas habían pasado veinte años desde el inicio del gran éxodo rural- y aún no se tenía una idea clara de sus posibles derivadas en el futuro. Así, la perspectiva popular albergaba la esperanza de "revertir la despoblación", misión encomendada a partir de 1985 a las comunidades autónomas; el proyecto de la dirigencia, a su vez, estaba a algo muy distinto y ya aprestaba las reformas del campo -agrario no es rural, ni vaciado, pero...- previstas para el ingreso en la Comunidad Económica Europea.

Solo debatiendo su papel electoral le fue permitida a la EV una discreta presencia. Pues recordemos lo que el historiador Carmelo Romero nos ha repetido hasta la saciedad: el sistema electoral vigente desde 1977 privilegió la sobrerrepresentación de una serie provincias, no por corregir desequilibrios territoriales, sino por ser donde habían ganado las derechas en las últimas elecciones democráticas, las de febrero de 1936. Es decir, la EV era, de acuerdo con la cultura política de la Transición, la España sumisa o adherida al franquismo, y ese papel de brida conservadora era lo que la definía y la silenciaba; una ilusión, pues, de acuerdo con Berger, al menos el mundo campesino no se define tanto por la defensa del orden político como la de su significado: la continuidad. Puede, entonces, que la irrupción de el movimiento de la EV en 2019 fuera especialmente incómoda para ciertos actores -culturales, políticos- porque rompía con el principal papel que se le había asignado y de cuya representación tantos dependían.

2. SERÁ USTED MÁS FELIZ CON ESTA MODERNA ASPIRADORA

Arranca el conflicto, escúpelo

Uno de los conflictos germinales de la modernidad fue el sostenido entre el campo y la ciudad. En el Estado español -en general, en la Europa continental; más en general: el mundo- éste se resolvió con una victoria total e incontestable de lo urbano, hasta tal punto que numerosos autores dudan que se pueda seguir hablando, en propiedad, aquí y ahora, de lo rural. Ahora bien, por interesante que sea este debate académico, nuestro interés radica en que, muriera o no lo rural, seguimos ante un conflicto, y negar su existencia se ha transformado en una de las Bellas Artes.

 Esta relación antagónica tiene que ver, aunque no se limita, con los intereses de gentes en territorios históricamente desiguales; por ello, con su negación se buscará, en primer lugar, recluirla en un lugar del pasado donde no moleste: "aquello (desamortizaciones, desposesión, guerras, proletarización y empobrecimiento) existió, pero ya no existe". Ante la evidencia de las desigualdades en la distribución de renta, riesgo de pobreza, acceso a servicios o abandono escolar en zonas rurales, se pasará a hablar de "problemas", que pueden ser resueltos -la sombra del solucionismo es alargada- mediante la vuelta a, por ejemplo, la nación (liberal o autoritaria) como garantía de igualdad, que toma decisiones "correctas", pero sin violar nunca las jerarquías que separan lo lleno de lo vacío. Pero, en cualquier caso, es importante que los procesos de desposesión, metropolización y de mantenimiento de las desigualdades permanezcan en un segundo plano frente al pasado, ya felizmente superado, y a la promesa de una solución.

"Nuestra adhesión y nuestra gratitud"

El orden social de la modernidad distingue y clasifica los territorios, las gentes y los saberes. La eliminación u ocultación del conflicto se daría en falso si no hubiera mecanismos que legitimaran la diferencia que, de hecho, se da entre el mundo de lo lleno y de lo vaciado, y esto se consigue, fundamentalmente, por dos vías. En primer lugar, muchas de las relaciones sociales rural-urbanas, incluso urbano-metropolitanas se fundan en la discriminación de saberes, especialmente los saberes expertos; por otra parte, el (neo)caciquismo crea figuras relevantes y redes de patronazgo que, en realidad, disfrazan su posición subordinada mediante la integración en las gramáticas y redes sociales urbanas.

El resultado suele ser invariable, esto es, la pérdida de agencia, de capacidad para hacer, de lo vaciado frente a lo lleno; una pérdida, además, imbuida en un fatalismo (es algo "inevitable"), por el cual no habría alternativa a la metropolización del mundo: ante ella solo existen espacios atomizados. Por ello, desde el sistema educativo y las universidades a los partidos políticos, cada uno de los territorios tiende a dialogar con el centro individualmente y no como un conjunto y, además, de acuerdo con unas normas de representación muy específicas que excluyen la visibilidad y la autonomía. No es raro que cuando estas normas fueron cortocircuitadas en 2019-2020 (preferencia de España Vaciada frente a Vacía, presentación a elecciones de Teruel Existe, investidura de Pedro Sánchez) la reacción del mundo lleno, el metropolitano o el que está conectado con sus organizaciones, fuera visceral, casi furibunda.

Todos rasos

Visto en perspectiva, debería haber sido sencillo imaginar la emergencia de este fenómeno durante la última década. Por una parte, como toda desigualdad, lo territorial se vio acentuado después de 2008 con una degradación más intensa de las condiciones de vida y de los servicios. Pero, por otro, a raíz de un tímido flujo de retorno a los pueblos como fruto de la crisis -generalmente, en busca menos de nuevas experiencias que de vidas más baratas- se desplegó a partir de 2014-16 toda una corriente (idilista a veces, irónica otras) sobre lo rural de la que surgieron ensayos, novelas, programas de televisión o influencers; nótese, por cierto, como este proceso se ha repetido, y agudizado, con los movimientos de población durante la emergencia pandémica.

 Como norma, estos productos culturales eran creados desde entornos urbanos y llevaban en su ADN una visión de lo rural inmóvil, uniforme, no conflictiva y en la que la historia de estas comunidades era sustituida por algo parecido a la tradición o a fragmentos mutilados de memoria. Por ello mismo, en medio de esta marea creativa el papel de estos territorios no podía ser sino funcional a otros fines. ¿Quiere usted criticar la vacuidad y el estrés de la vida urbana? ¿Se siente agobiado por la pérdida de empleo, por la incertidumbre? ¿Necesita una esperanza y una seguridad, aunque sean modestas? ¿Añora la España de siempre? ¿Cuál de ellas? No se preocupe: en el campo / España Vacía / lo que sea, podrá usted encontrar una respuesta a todas esas preguntas. Claro, que, entre tanta respuesta a los malestares urbanos, quedaba poco sitio para responder a los rurales o vaciados, algo todavía más difícil porque estos son, al contrario que su representación, diversos y conflictivos, aunque, oh paradoja, esta homogeneización ha sido muy útil al movimiento de la EV para fomentar su identidad y su movilización.

Nascut a Denguin

Ahora bien, existe un cierto género de malestares que no pueden ser reducidos a la homogeneidad, someterse a una jerarquía ni, tampoco, extirparse, ya que el conflicto que los originó sigue vivo. Llegados a ese punto, el mundo de lo lleno necesita de un esfuerzo mayúsculo de ocultación y violencia simbólica para legitimar una situación dada. En este esfuerzo, la asimetría de fuerzas y el enmascaramiento de las necesidades del mundo de lo lleno tras grandes principios que faciliten la desposesión serán más visibles, escandalosamente visibles, hasta el punto de invisibilizarse; ante ésta, el mundo de lo vaciado podrá optar por la aceptación, el silencio o la resistencia más allá del margen de lo "aceptable".

Entre aquellos grandes principios que afectan con más fuerza al mundo de lo vaciado, podemos citar el "interés general" o la "utilidad pública", amén de la "rentabilidad", que justifica el cierre de servicios públicos ("los de la ciudad os pagamos los servicios": recordemos el traumático cierre de líneas férreas de 1985). En los últimos años le ha llegado su turno a la "transición ecológica", en cuyo nombre fondos de inversión y empresas energéticas -con la bendición de la administración e, incluso, de Greenpeace- están apropiándose de amplísimas zonas rurales para la instalación de energías renovables. Es importante subrayar que esta violencia simbólica no implica por fuerza falta de reconocimiento hacia las “gentes de lo vaciado”, sino que, cuando se da (durante el franquismo se prefirió el silencio), es simbólico y aparece como como ritual "de noble corazón", obligando al subalterno a situarse en una postura de, incluso, agradecimiento.

3. EL CORAZÓN DE LA BESTIA / LA BESTIA SIN CORAZÓN

Pero entonces, ¿por qué se necesita tanto velo, tanto trampantojo? ¿Por qué tantas molestias? Es decir: ¿tan importante es la relación que se da entre el mundo de lo lleno y de lo vaciado? Parece probable que sí, que sea necesario todo este despliegue orientado a disimular la naturaleza conflictiva de las relaciones sociales de lo vaciado, hacia dentro y hacia fuera, sobre todo porque todos los sujetos implicados arriesgan mucho en este juego.

La bestia sin corazón

Si hablamos del "hacia dentro", el hecho es que ciertas estructuras de la EV necesitan de su relación con esta desigualdad para perpetuarse. Como hemos visto, esto suele equivaler a ocultar ambas: desigualdad y estructura; éstas no se limitan a los fenómenos de neocaciquismo incrustados en distintas instituciones, aunque sean su expresión más llamativa. Un neocaciquismo al que, por cierto, haríamos mal en interpretar solo en un plano moral (una forma de corrupción), y muy bien en hacerlo en otro político y material (un régimen de gobierno), como nos recomienda Carmelo Romero; por favor, leamos a Carmelo Romero.

Las estructuras del vaciamiento de la EV, con frecuencia, son mucho más discretas y tienen que ver con (la crisis de) su opuesto, las que se ocupan del mantenimiento de población; por ejemplo, después del gran éxodo de los años 50-70, la constante mejora de la educación entre las mujeres en el ámbito rural (frente al estancamiento relativo de los hombres) y el consiguiente cambio de expectativas llevarán a la intensificación de la emigración del colectivo femenino, y a la masculinización de amplias zonas rurales de la EV. Si bien es cierto que en las generaciones más jóvenes -escasas, con frecuencia- operan otros imaginarios, entre la población masculina de más edad es frecuente el verse como depositarios de una libertad y a una autonomía que, sin embargo, requiere de todo un sistema de cuidados y un tipo de vida que hace tiempo que entraron en crisis.

El corazón de la bestia

Sin embargo, creo que es "hacia fuera", es decir, en su relación con el mundo urbano y metropolitano, donde se justifica todo el esfuerzo desplegado en disimular, es decir, en conseguir que la propia devaluación del “mundo-vaciado” se devalúe, que carezca de relevancia, que sea un mero “proceso” o “devenir” histórico, facilitando de paso la labor de desposesión. Es central esta doble pérdida de valor. Ejemplo: se puede tener la opinión que a uno le plazca sobre la Iglesia, o sobre el papel de los párrocos (con frecuencia los expolios de bienes culturales corrían de y para su cuenta), pero eran los encargados de mantener y actualizar los archivos parroquiales. Al tener que compartir sacerdote entre varios pueblos -con el consiguiente cierre de las Casas del Cura-, muchos archivos locales se echaron a perder, y con ellos, siglos de historia y memoria local. Otro tanto ocurre con las casas del Maestro, mantenidas y sostenidas por los ayuntamientos, y ahora en desuso debido a la mayor movilidad de muchos docentes que, además, cambian de destino año tras año. Otro tanto, en fin, con los cines rurales, clausurados en su mayoría. Pues bien, no solo pierde valor la institución y sus bienes, sino que se pierden el capital construido en común por los y las vecinas y su consideración. Sin esta pérdida de valor -y toda puesta en valor producida por los subalternos o que redunde en su favor será siempre cuestionada- no son posibles los procesos de desposesión, que son, al fin y al cabo, la columna vertebral del conflicto entre el mundo de lo lleno y el de lo vaciado.

"De buen grado beberé tu sangre"

El pantano de Mularroya (Morata de Jalón, Aragón) es una obra inacabada y así debería seguir. No por algún principio ético o ecológico, sino porque acumula cinco sentencias contrarias a sus obras por motivos ambientales. Cuando el pasado abril se hizo público el último fallo en contra del embalse, el diputado del PP aragonés, Eloy Suarez, cargaba contra la Directiva Marco del Agua (DMA) en la que se basaba la sentencia, aduciendo que la DMA "está pensada para las cuencas fluviales de países centroeuropeos, lluviosos y húmedos, pero no para las zonas más áridas". Estas palabras, en cierto modo, acarician la verdad, porque las leyes ambientales europeas se crean con la mente puesta en contextos de acumulación por desposesión en los que ya no es necesaria una ofensiva constante sobre "lo vaciado", v.g., secar ríos. Pero aquí, esa constante ofensiva hace falta para seguir inyectando recursos a la agroindustria.

 

Por eso, uno de sus principales mecanismos, la Ley de Expropiación Forzosa, en lo sustancial sigue siendo la franquista de 1954, que sustituyó a otras, aún menos garantistas, de 1879 y 1939; la ley otorga al Estado un enorme poder para llevar a cabo grandes expropiaciones siempre que medie la declaración de utilidad pública. En su preámbulo llega a garantizar la posibilidad de "referir sus beneficios [de la expropiación] a particulares por razones de interés social". Por leyes como esta y por el uso que se les dio es legítimo definir el franquismo como un régimen de desposesión.

Hoy en día, la severidad de este régimen ha decaído. Lo lleno necesita de lo vaciado (desde votos a paisajes y destinos turísticos pasando por comida o energía), pero lo necesita débil para que acepte de buen grado la explotación del territorio. Como resultado, la desposesión -primero, los comunales, luego, la proletarización; entonces, la expropiación y/o la emigración; por fin, los recortes y de nuevo el extractivismo- ha moldeado una visión y una forma de relacionarse con el mundo de lo lleno. Es en ese cambio estratégico, fruto de experiencias acumuladas y cambios sociales geológicos donde se entiende mejor la alianza entre zonas urbanas y rurales de la EV, compleja e inestable, pero basada en habitus compartidos.

4. PASEANDO A MISS VACIADA

Conocimiento del opresor

Los comunes, al igual que otros bienes y formas de capital, son sustancia viva que se alimenta de las relaciones sociales en las surgen. Hace, aproximadamente, ciento setenta años no existían bienes con vocación de común, tal que el paisaje o el patrimonio cultural. El medio natural, en la manera que lo entendemos, es incluso más reciente. A pesar de encontrarse con mayor frecuencia en zonas rurales, del mundo de lo vaciado, son invenciones urbanas. Otro tanto se podría decir del triángulo antagonista del anterior, desarrollo-energías (carbono)-movilidad (tren-autovías), y que forma con los servicios públicos el leitmotiv de buena parte de los discursos en las plataformas de la EV. Siempre resulta chocante como la EV y la ruralidad han terminado por necesitar de códigos urbanos para articular sus identidades.

 Nos hallamos ante una letra rural con música urbana, en cierto modo, pero que consiguen al fin y a la postre revitalizar y devolver dignidad al territorio que habitan, y esgrimirlo como arma de resistencia, a falta de un lenguaje propio que designe la naturaleza que realmente se le quiere otorgar a lo vaciado. Esa es, por cierto, una buena pregunta. Cuando hablamos de la España Vaciada, ¿hablamos realmente de ella? Es, después de todo, solo un término de fortuna creado al calor de una movilización en 2019, dándole la vuelta a una creación de 2016. Por tanto, ¿hay realidades más allá de esa situación de regresión y crisis secular y de esa fina pero firme red de activistas y plataformas que conforman la EV? ¿Cuáles?

El héroe de las mil caras

Es difícil de decir. En ocasiones parece acercarse o tener puntos de encuentro con la parte más suburbana o rural de los Chalecos Amarillos; alguna vez, parece beber de un federalismo de identidades periféricas dentro de las periferias de sus propias comunidades autónomas, y del hecho de que estas enarbolaron durante la Transición la bandera de la lucha contra despoblación, y fallaron. 

Hay momentos en que se diría que la EV es poco más que un lobby territorial centrado en las infraestructuras. De vez en cuando, incluso, nos encontramos con una manifestación -embrionaria, si se quiere- de una especie de "indigineidad débil", probablemente con muchos semejantes en Europa, entendida en un sentido no-étnico -ni mucho menos-, sino como la férrea voluntad de "vivir aquí" y de custodiar el territorio.

Hay muchas preguntas, algunas de las cuales afectan también al mundo-lleno. Las transiciones a las que nos enfrentamos, ¿nos abocan a un giro centrífugo, hacia una ruralidad más potente en la que nos refugiaremos? ¿Se reproducirá la desigualdad rural-urbana que creíamos superable? El rural proofing tan en boga implicaría tenerla en cuenta cuando se plantean medidas como, por ejemplo, la generalización de peajes, también cuando se plantean soluciones como dar ayudas (a las zonas rurales) para pagarlos, en lugar de eximirlos. Pero no. Si eres pobre, haz papeles. Si vives en un pueblo, haz papeles. Hay una presunción de abuso sobre el grupo subalterno que se tiene que refutar con copias compulsadas.

 Al hilo de estos cambios, me acecha el pensamiento de que, con el horizonte de la descarbonización de la economía, las zonas mineras y las de instalación de renovables van a devenir en territorios tan estratégicos como Arabia Saudí o Texas en el siglo XX o Alsacia y Lorena, Silesia o las Midlands para el XIX. Con todo lo que eso implica. Es esta una perspectiva desasosegante, pero también esperanzadora.

Hay muchas preguntas, pero se acaba mi tiempo, y mi texto. Solamente una mas: una de las derivadas de la "hipotesis Bott" es que territorios como los barrios obreros tradicionales o, incluso, los más eminentemente burgueses pueden ser espacios donde los individuos se ven sometidos a un control y a una censura social semejantes a la que se le achaca a los pueblos y "ciudades de provincias". Sitios donde todo el mundo se conoce, donde las familias extensas viven puerta con puerta, o calle con calle. La idilización de la comunidad rural, o de la pequeña ciudad nos devuelve siempre un debate sobre las condiciones (la presión, el acoso o la vigiliancia) que muchos grupos sufren. 

Ahora bien, ¿por qué no se da una idilización y un debate semejante respecto a territorios urbanos, y se asume, por el contrario, su riqueza? O, dicho de otro modo, sabiendo como sabemos de la gran pluralidad dentro del cuerpo social de lo rural y lo vaciado, ¿por qué sigue imperando una visión del mundo vaciado, idílica o infernal, pero siempre uniforme?"                         (Lorient Jiménez Martínez, ECCS, 24/06/21)

7/10/21

Rodrigo Cuevas: “Nos llevaron a una taberna y había unos paisanos cantando coplas tradicionales. Me flipó. Fue un clic. Pensé: ‘Esto es muy potente, ¿por qué no estoy aprendiéndolo?"

 "Agitador folclórico, artista total, embajador de la diversidad, estrella de los arrabales contraculturales, buque insignia del electro cuplé, provocador con coartada queer, icono sexual de la copla... A Rodrigo Cuevas (Oviedo, 36 años) le han definido de mil maneras quizás por la imposibilidad de etiquetarle. 

Un glorioso rescate de parte de nuestro folclore presentado con aires cabareteros y un juguetón espíritu hedonista. Un auténtico disfrute que ha conquistado tanto a hipsters como a señoras con ganas de verbena. “El folclore nos pone a todos en el mismo sitio”, sentencia.

Ferviente defensor de lo periférico (“usar nuestros trajes regionales nos da vergüenza pero disfrazarnos de cowboys, ninguna”), Cuevas descubrió el folclore en un congreso de musicología en Palma de Mallorca. “Nos llevaron a una taberna y había unos paisanos cantando coplas tradicionales. Me flipó. Fue un clic. Pensé: ‘Esto es muy potente, ¿por qué no estoy aprendiéndolo?’ Y ahí empecé”. 

Curiosamente no hay entrevista que se le haga en la que no se recuerde que, ojo, tiene formación clásica. “Yo no desmerezco para nada esa formación, pero lo que cuesta aprender es lo otro. No sabes dónde está, tienes que buscar, ir de casa en casa, tocar con las señoras, aprender de su cosmovisión y sentir todo eso que no se imparte en escuelas”.

En tiempos de pandemia, el artista se reconoce como afortunado: ha seguido girando con Trópico de Covadonga (donde interpreta los temas de su último disco Manual de cortejo, producido por el omnipresente Raül Refree) y su zarzuela cabaré Barbian. Este verano estará en Palencia, Benicàssim, Donosti, Barcelona o Palma de Mallorca. 

Pero, ¿cómo lleva un artista como él, tan proclive al contacto, enfrentarse a un público enmascarado? “Al principio me agobié un poco. Pensé: ‘¡A ver si voy a dejar de gustar!’. Ya me he acostumbrado y me centro en otras cosas. Intento canalizar la energía entre público y artista y llevarla por un lado más musical. Ha sido una forma de crecer”.

Encima de un escenario, Cuevas destila esa cosa tan cabaretera de interpelar al público para hacerlo partícipe en primera persona de lo que está ocurriendo: “Empecé siendo muy cabaretero, ahora no tanto, pero sigo teniendo ese deje de: ‘¡A ver, que estamos en la vida para algo!’. Que no pase eso de estar en el lecho de muerte y decir: ‘Ay, esto era la vida… Pasé vergüenza cantando, bailando, nunca me atreví a decirle a quien me gustaba que me gustaba, ni a hacer el trabajo que quería. Y mañana me muero”.

Si hay algo de lo que carece Cuevas es de vergüenza, algo que él califica de “muy moderno”. Se explica: “Antes a nadie le daba vergüenza echarse a cantar en medio de un bar aunque no lo hiciera del todo bien. Hay que recuperar eso o el mundo se va a convertir en una sosez en la que solo habrá superestrellas del pop a las que admirar siendo luego incapaces de echarnos un cantar en casa. ¡Si lo guapo de cantar es hacerlo uno mismo, no que lo hagan los demás!”.

Poseedor de ese otro tesoro de su tierra que es la retranca asturiana (“la retranca más zorrona”), Cuevas reivindica desde Manual de cortejo la seducción de la que, según dice, nos estamos olvidando en aras de las urgencias tecnológicas.

 “Perder el arte del cortejo es el mayor signo de decadencia humana. Siempre digo que o ponemos poesía o ponemos fecha y hora. Pienso en mi abuelo ligando con su mujer cantando bajo un balcón una copla preciosa tipo: ‘Bien sé que estás en la cama/ Bien sé que durmiendo no/ Bien sé que tienes la mano/ Donde el pensamiento yo’, y luego lo comparo con ese mensaje en el móvil: ‘ola, d dnd?’. Sin letras, sin vocales y con faltas de ortografía y claro… Fecha y hora y nos ahorramos disgustos”.    (Blanca Lacasa , El País, 19/07/21)

22/7/21

Lo de Ana Iris Simón o porque necesitamos una izquierda conservadora... reconstruir nuestras comunidades debe ser la tarea fundamental para responder a los dolores de los de abajo... una izquierda que no renuncie a las tradiciones de sus pueblos, que ofrezca una “democratización” de las relaciones sociales más opresivas, pero que defienda las que aun ejercen de dique comunitario, frente a la sociedad neoliberal de comunidades rotas, fragmentadas... No podemos continuar regalando a la derecha asideros tan importantes: la familia, la patria o la religión pueden tener un sentido progresista

 "El pasado 23 de mayo, la izquierda twitter protagonizo el enésimo enfrentamiento interno virtual. Cualquiera que esté un poco politizado recibió en sus notificaciones que una periodista cultural conocida como Ana Iris Simón, había pronunciado un discurso ante la mirada del presidente del gobierno en el marco del programa Reto Demográfico del documento España 2050 contra la despoblación.

 La periodista, conocida en nuestro mundillo por ser una redactora de la revista Vice, acaba de publicar una novela sobre sus orígenes familiares: “Feria” (2020, Círculo de Tiza). El primer capítulo de esta es uno de los artículos que publicó hace dos años en Vice titulado “Me da envidia la vida que tenían mis padres con mi edad”, la misma muletilla con la que inició su discurso el otro día.

La reacción a su discurso inundó las redes sociales, llegando a TT en Twitter. Conocidas personas e intelectuales de espacios políticos progresistas tacharon el mismo de “falangista” o “reaccionario” o “rojipardo”. La periodista se granjeó la enemistad de ciertas cuentas por su mensaje acerca de la familia o la migración. 

Otros señalamos una cierta coherencia con los valores de izquierdas, cuando denunciaba los precios abusivos de los alquileres, la precariedad o el despoblamiento rural. Al tiempo que algunas opiniones de ella sobre el feminismo o las migraciones nos han parecido peligrosas, creemos que ha situado temas importantes en la agenda mediática y que lejos de la cultura de la cancelación con la que se ha recibido su discurso y su libro, la izquierda debería afrontar con valentía e inteligencia el debate sobre la inmigración o la familia.

Aquí me parece ver un problema ideológico de la izquierda, que no ha dado respuesta a los diferentes retos que la crisis del 2008 planteó, y que ya venían del momento neoliberal inicial de los años 70. En ese momento, después de los “30 gloriosos” años de socialdemocracia, el curso político giraba a la derecha y bajo el discurso conservador de Thatcher y Reagan empezaba a latir una “revolución antropológica” que trastocaba las bases mismas de la sociabilidad humana.

 Al respecto, y humildemente, me parece que Ana Iris se plantea el mismo problema que Pasolini: qué hacer cuando la comunidad humana se rompe y los vínculos sociales que la sostenían se disuelven.

La ideología del progreso en el marxismo

Esto no es nuevo, ya el propio Marx advertía de que el modo de producción capitalista provocaba la disolución de «los abigarrados vínculos feudales» y las «venerables tradiciones» y en el que «todo lo estable se esfuma» y «todo lo santo es profanado». El barbudo veía en esto un avance inmenso respecto a las formas comunitarias anteriores: el pasado feudal era borrado de un plumazo por la gran industria.

Quizá el panfleto del Manifiesto Comunista circuló más que el capítulo 24 del Libro I de El Capital, donde se describía el proceso de acumulación originaria como el proceso de desposesión y cercamiento de los bienes comunes. Con evidente tono de denuncia moral, Marx habla de la imposición del trabajo asalariado mediante leyes de mendicidad, o contra la picaresca que provocaban que se tuviera que pedir permiso a unos terceros para vivir.

 El capitalismo, a pesar de que incubaba grandes posibilidades de progreso, suponía un gran precio a pagar por los pueblos: no solo borraba de un plumazo la “antigüedad moral” y violaba sus tradiciones milenarias (que incluían una amplia gama de recursos compartidos en forma de bienes comunes) sino que suponía la pérdida de la libertad de los muchos.

La mayor parte de la tradición marxista, en lugar de seguir por este camino, prefirió hablar de la inevitabilidad histórica del capitalismo y el progreso que suponía la destrucción de algunas formas de comunidad humana.

Así que cuestiones como la familia, la nación, las tradiciones o la religión pasaban a ser identificadas automáticamente como parte de una superestructura burguesa que debía ser extirpada para que, de entre las cenizas de la vieja sociedad demolida, emergiera un “hombre nuevo” desligado completamente de esas formas comunitarias. Un legado que, sin duda, se heredó del desarrollo político-institucional de la Ilustración que, fruto de la derrota frente al capitalismo, terminó derivando en ese “monstruo de la Razón” que agudamente describiría Goya en su cuadro. Por decirlo con Fernández Liria, «es como si al demoler las catedrales los parlamentos perdieran todo su interés para el ser humano».

Desgraciadamente, a lo máximo que llegaron los herederos de Marx en el siglo XX fue a enseñarnos un camino en el que, como dijo Žižek, después del triunfo revolucionario siempre llegaba el Termidor. Se volvía al orden después del caos revolucionario bajo formas sociales conocidas, ya que los experimentos colectivistas no habían acabado demasiado bien.
 

Esto debería llevarnos a la misma conclusión que llega Santiago Alba Rico: que los principios socialistas se habían incubado en un suelo parcialmente podrido. Una, si se quiere, «coyuntura epistémica» bajo la cual el socialismo se había forjado en un magma de positivismo, crecentismo y progreso.

El neoliberalismo y la revolución permanente antropológica

Y justamente, tras la caída del Muro de Berlín y la expansión de la globalización capitalista, nos encontramos con que el neoliberalismo ha convertido en pesadillas atenazadoras todos y cada uno de los sueños emancipadores del socialismo: el socialismo demandaba un mundo nuevo y el capitalismo nos proporciona uno cada mañana, sin historia y sin memoria. 

El socialismo quería producir más valores de uso y el capitalismo ha arrojado sobre nuestras cabezas tal avalancha de mercancías que su propio exceso suspende toda condición de uso (y amenaza la propia existencia del planeta). El socialismo quería eliminar la división del trabajo y las “especializaciones” alienantes y el capitalismo nos ha concedido inmediatamente el trabajo precario, la flexibilidad laboral, la deslocalización y las empresas de empleo temporal.

En definitiva, como ya se ha afirmado muchas veces, la sociedad neoliberal es una sociedad de comunidades rotas, fragmentadas. El nuevo hombre neoliberal, es una persona desarraigada, sin tradiciones, soltera: es decir sin vínculos sociales. O, como decía Ana Iris, una persona que es incapaz de salir de la juventud, los itinerarios vitales se alargan, nos vemos compartiendo piso hasta los 30 años porque los alquileres no bajan, o nos imaginamos que deberemos emigrar de nuestros lugares de origen porque no tenemos ninguna oportunidad laboral.

 Por no hablar de la nueva oleada de enfermedades mentales. Como decía Cesar Rendueles en una conferencia que algunos harían bien en volver a ver, esta ruptura de la comunidad ha derivado en el alza de enfermedades mentales al mismo tiempo que las tasas de afiliación sindical caían hasta ser el país de la OCDE con menos afiliados y uno de los países europeos con menor tasa de asociacionismo. Esto era en 2016, imaginad cual es el resultado después de la pandemia y el confinamiento.

Rendueles hacía notar que frente al lenguaje del individualismo, se debía oponer el lenguaje de la obligación. Que hay lazos y reglas sociales que no dependen exclusivamente de las preferencias puntuales de los individuos, y que el proceso de cambio de estos debería ser fruto de una reflexión colectiva como sociedad. Aunque sin duda, relaciones de este tipo, obligatorias se vuelven absolutamente necesarias frente a la lógica nihilista y hedonista.

También lo vemos en las relaciones amorosas, prima el lenguaje de la preferencia individual que el lenguaje colectivo de la obligación. Como explicaba Eva Illouz, el mercado ha penetrado también en nuestras relaciones sentimentales.

Recomponer y reconstruir nuestras comunidades debe ser la tarea fundamental de una fuerza política que quiera responder a los dolores de los de abajo. O como también diría Alba Rico, se trata de preguntarse si, antes de seguir adelante, no es necesario recomponer algunos de esos lazos para poder, al mismo tiempo, combatir desde alguna parte y conservar alguna cosa para cuando haya que comenzar de nuevo.

Una izquierda arraigada y conservadora.

Esta propuesta de una izquierda que arraigue en los territorios y que conserve todo aquello que merezca la pena conservar, se pudo ver en el 15-M. En cierta forma, el mayo español de 2011 fue un anti-mayo del 68. Una serie de demandas muy básicas que escandalizarían a los estudiantes franceses de la Sorbonne, encabezaban la manifestación principal: sin casa, sin curro, sin pensión. Un trabajo y un techo dignos, para poder emanciparse, para poder dejar la juventud atrás y (si se quiere) formar una familia y una pensión para envejecer con dignidad. 

Demandas poco “eróticas” pero muy efectivas contra un régimen que había prometido precisamente esas cosas, quizá por eso el movimiento obtenía la simpatía de casi el 80% de la sociedad, era una revuelta del sentido común.

¿No es acaso lo que se pone de relieve cuando Ana Iris dice que echa de menos la vida que vivieron sus padres? ¿No decíamos en el 15-M que íbamos a ser la primera generación que iba a vivir peor que sus padres?

Yo encajaría aquí el mensaje de la periodista. Explicaría que sí que hay un problema de despoblamiento rural, que las vidas urbanas son cada vez más miserables, que hay una falta de horizontes y que la precariedad nos asfixia. Así, claro, nadie puede tener una familia. ¿Queremos tener una? Pues habrá quien sí, y quién no. La cuestión sería entenderla dentro de más formas comunitarias que pueden ofrecer, como diría Cristopher Lasch, refugio en un mundo despiadado. 

No se trata de obviar la vertiente represiva del mundo de nuestros padres y madres (de hecho la escritora lo ha enfatizado en muchas entrevistas) ni de obligar a las mujeres a ser amas de casa ni a los hombres a volver a las fábricas. Sino de no juzgar con moralismos, aprender y conservar lo bueno, criticar y deshacerse de lo malo. Pero como diría el viejo refrán “no hay que tirar al niño con el agua sucia”.

Decía Chesterton que la tradición es la democracia de los muertos y Marx que el cerebro de los muertos oprimía el cerebro de los vivos. Entre ambas fórmulas me parece divisar una izquierda que no renuncie a las tradiciones de sus pueblos, que sepa ofrecer una “democratización” de las relaciones sociales más opresivas pero que defienda las pocas que aun ejercen de dique comunitario frente al neoliberalismo. No podemos continuar regalando a la derecha asideros tan importantes: la familia, la patria o incluso la religión pueden tener un sentido progresista.

Una comunidad más fuerte es también una comunidad con más capacidad para luchar.
Que se lo digan a los indígenas latinoamericanos que llevan siglos defendiendo sus tradiciones y sus formas de vida comunes frente al capitalismo. Nos hemos dedicado a transformar el mundo cuando de lo que se trata ahora es de conservarlo."

( Xavier Calafat, politólogo y miembro del consejo editorial de Agon. Qüestions Polítiques, La Trivial)

9/12/20

Sobre los animales...

 "Un animal muerto a flechas no muere de manera certera. Seguimos su rastro por el bosque. Cuando encontramos a la bestia estaba en sus estertores. Los hombres la rodearon en círculo y observaron su muerte, en silencio. En ese momento alguien dijo algo y todos respondieron. Era una oración de agradecimiento. 

Supongo que al animal. Luego comenzó el despiece. Preciso, pero realizado con otra lógica distinta a la del carnicero. Más antigua. Me dieron el trozo más honorable. Lo comí crudo, como me indicaron. Tenía el sabor del bosque y del centro de la Tierra. Volvimos al poblado, orgullosos de llevar comida. Una comida, por otra parte, insuficiente. No habría para todos, sin embargo todos comerían de ella.

El momento religioso en torno al cadáver fue rápido y efectivo, sin sobreactuaciones. Habían quitado una vida. A otro devorador de vidas. Un hecho contradictorio, pero cotidiano e inevitable. Comemos cadáveres, en fin. Únicamente. Dejar de comer por la palabra cadáver, por el sufrimiento vertido, es no entender los sentimientos. Tal vez es el paso previo a su desaparición. 

La generalización de ello, o al menos una industria alimentaria sustentada en evitar el sufrimiento de la muerte, es algo que habla de nosotros, de nuestra época, de nuestro desastre sentimental, de un naufragio. Aquel día la oración frente al cadáver del animal fue, así la recuerdo, de una elegancia absoluta. Me recordó a las mujeres cuando era niño. Mataban a los animales pequeños. No decían ninguna oración, pero era evidente que esa oración, hacía generaciones, se habría producido. En su lugar surgía un hueco, un silencio en el preciso momento en el que el animal se adentraba sin remedio en la muerte. 

En esos momentos siempre se nos decía a los niños, que veíamos todo aquello con la boca abierta, una frase rigurosa. Era como una lección. “Mira sus ojos”. Los ojos de aquellos animales pequeños, como los de aquel animal del bosque, mutaban ante la muerte. De pronto, adquirían una calidad de inteligencia sobrecogedora. Ya no eran ojos de animales, sino de personas. Y eran trascendentes. Veían algo importante, que por fin comprendían y adquiría sentido. Curiosamente, en el momento de morir, los humanos –aún no lo sabía– articulan una mirada opuesta. Dejan de comprender. Nos vamos sin comprender. Es una suerte de sinsentido, de derrota.

Ignoro qué lección querían dar las mujeres a los niños, como los cazadores del bosque, supongo, no recordaban el por qué de sus oraciones. Supongo que no lo había. O que era la misma lección de siempre, la única que, con silencios u oraciones, pudimos transmitir mientras pudimos. Cuídate de las bestias. Es decir, cuídate de ser una. Somos la única bestia consciente del dolor infligido. Cuídate de olvidarlo. Cuídate de la gratuidad, de aplazar y no observar de cara el sufrimiento. Moriremos derrotados, pero si conseguimos no ser fieras esa será la única derrota."                   (Guillem Martínez, CTXT, 06/12/20)

13/11/20

Iván Turguéniev: 'debo decir unas cuantas palabras sobre el deporte de la caza. Cazar con una escopeta y un perro es una delicia en sí mismo... ¿Saben ustedes, por ejemplo la delicia que es salir antes del amanecer de primavera? Sales del porche y aquí y allá, sobre el oscuro cielo gris, una estrella te hace guiños'

"EL BOSQUE Y LA ESTEPA...

Y comenzó a sentir cómo / le llamaba de vuelta: la aldea, el jardín oscurecido / donde los tilos songrandes y umbríos, / y los lirios del valle huelen a muchacha, / donde los sauces redondos se desploman sobre el agua / todos en fila, / donde los enormes robles crecen sobre el trigo, /donde huele a cáñamo y a ortigas... / a lo lejos, a lo lejos, en los campos profundos, / donde la tierra es tan grande como el terciopelo, / donde el centeno, donde quieras que mires, / se extiende en suaves hondonadas. / Y los pesados y amarillos rayos del sol se desprenden / desde las nubes redondas y blancas; / Se está bien allí... (De un poema entregado al fuego).

El lector, tal vez, esté cansado de mis notas, pero me apresuro a calmar sus miedos con la promesa de que van a limitarse a los extractos impresos; y aun así, antes de despedirme, debo decir unas cuantas palabras sobre el deporte de la caza. Cazar con una escopeta y un perro es una delicia en sí mismo, für sich, como solían decir en otros tiempos. Pero supongamos que no eres un cazador de nacimiento, aunque ames la naturaleza; en ese caso, apenas puedes evitar envidiar al resto de tus hermanos cazadores... Les ruego que escuchen un momento.

¿Saben ustedes, por ejemplo la delicia que es salir antes del amanecer de primavera? Sales del porche y aquí y allá, sobre el oscuro cielo gris, una estrella te hace guiños; ligeras olas de una brisa húmeda de vez en cuando estremecen el aire a tu alrededor; pueden oírse los murmullos amortiguados y confusos de la noche y los árboles susurran dulcemente, sumergidos en la sombra. 

Cubren el carro y a tus pies se colocan una caja y el samovar. Los caballos se quejan, resoplan y estampan sus cascos con afectación; un par de gansos blancos que se acaban de despertar cruzan el camino en silencio y sin apresurarse. En el jardín, al Otro lado de la verja, el vigilante nocturno ronca pacíficamente.Cada sonido cuelga como congelado en el aire, congelado y quieto. 

Entonces tomas asiento; los caballos se ponen en marcha de inmediato, y el carro traquetea en su camino... Pasas una iglesia, bajas la colina a la derecha de una presa; una bruma comienza a elevarse sobre un estanque. El aire te hiela levemente y te cubres la cara subiéndote el cuello del abrigo; una dormidera placentera te conquista. Los cascos de los caballos chapotean en loscharcos y el conductor silba una cancioncilla. 

Para cuando has avanzado cuatro verstas más o menos, la curva del cielo comienza a enrojecerse; en los abedules las cornejas se despiertan y revolotean con torpeza de rama en rama; los gorriones trinan por los almiares oscuros. Clarea, el camino se vuelve más nítido, el cielo más límpido, permeando las nubes con blancura y los campos con verde. Las luces arden rojas en las cabañas y las voces adormiladas pueden oírse más allá de las verjas. 

Mientras tanto, el amanecer ha explotado; tiras doradas se elevan por el cielo y jirones de bruma se forman en los barrancos; el sol se alza acompañado por el canto alocado de las alondras y el murmullo del viento antes de la aurora, silencioso y púrpura, sobre el horizonte. La luz se desparrama sobre el mundo y te tiembla el corazón como sifueras un pajarillo. ¡Todo es tan nuevo, tan alegre y maravilloso! Se puede contemplar el paisaje a una gran distancia. Por aquí brilla con luz trémula una aldea con una iglesia blanca y una colina con un bosquejuelo de abedules; más allá se encuentra la ciénaga hacia la que te diriges... ¡Paso rápido, caballos!¡Vamos, al trote!... Ya no quedan ni tres verstas. 

El sol se alza con premura, el cielo clarea. Será un día perfecto. Te topas con una manada de ganado que avanza en una larga hilera hasta la aldea. Entonces subes la colina... ¡Qué vista! El río ondulea a lo largo de diez verstaso más, un fulgor levemente azulado se abre paso entre la bruma; más allá se encuentran los prados verdes y acuosos: y aún más lejos, las bajas colinas; a lo lejos viran los frailecillos, chillando sobre la ciénaga; a través de la humedad brillante que se extien de por el aire va clareando la inmensa distancia... No hay niebla estival. ¡Con cuánta libertad se hinchan los pulmones, qué ligeras se vuelven las extremidades, qué fuerte se siente uno bajo la influencia de la atmósfera primaveral! ¡Una hermosa mañana de verano del mes de julio! ¿Ha experimentado alguien, aparte de un cazador, las delicias de vagabundear entre los matojos al amanecer? 

Tus pies dejan huellas de verdes hojas sobre la hierba pesada y blanca de rocío. Apartas los matojos mojados, el aroma cálido acumulado durante la noche casi te asfixia; el aire se encuentra impregnado con la fragancia fresca y agridulce del ajenjo, el olor azucarado del trigo y del trébol; a lo lejos se alza un robledal como una pared, brillante y purpureo bajo losrayos del sol; el aire aún es fresco, pero ya se presiente el calor que se aproxima. La cabeza te da vueltas con tantos y tan variados aromas dulcísimos. Y los matojos nunca se terminan... Más allá, en la distancia, el centeno maduro refulge dorado y hay franjas estrechas de alforfón de color rojo oxidado. 

Entonces se oye un carro; un campesino adelanta al paso, y deja su caballo en la sombra antes de que el sol se caliente. Lo saludas, avanzas, y al cabo de un rato se oye a tu espalda la rasgadura metálica de una guadaña. El sol se eleva más y más, y la hierba se seca con rapidez. Ya hace calor. Pasa una hora, después otra. El cielo se oscurece en los bordes, y el aire quieto está incendiado con el calor que aguijonea.

—¿Dónde puedo beber algo, amigo?—le preguntas al campesino.—Ahí abajo, en el barranco, hay un manantial. Desciendes hasta el fondo del barranco a través de espesos arbustos de nueces enroscados con correhuela. Y allí está, en el mismo fondo del barranco se esconde el manantial. 

Un roble pequeño ha extendido con avaricia sus ramas enredadas sobre el agua; enormes burbujas plateadas se elevan en montones desde el fondo del manantial y van a parar contra un musgo delgado en la superficie del agua. Te tiras al suelo y bebes hasta quedar harto, pero no sientes deseo de volver a incorporarte.Te encuentras a la sombra, respirando la tórrida humedad; te alegra encontrarte en este lugar mientras más allá brillan las llamas con el calor y literalmente amarillean a la luz del sol.

 Pero ¿qué es aquello? Una brisa se ha elevado de pronto y se escabulle a tu lado; todo lo que te rodea se estremece. Abandonas el barranco... ¿Qué es esa franja metálica que atraviesa el horizonte? Y el aire parece más cálido ahora, ¿no es así? ¿Se está formando una nube...? Resplandece entonces un débil relámpago; ¡sí, seaproxima una tormenta! Y sin embargo el sol todavía reluce y es posible salir de caza. Pero la nube se expande: su borde más cercano se extiende como la manga de una levita y surge amenazadora. Los matorrales, la hierba, todo se oscurece de pronto... ¡Rápido, rápido! Hay un granero cercano. Rápido... Lo alcanzas, entras y llega la lluvia, el trueno, no importa... Aquí y allá el agua gotea a través del techo de paja hasta alcanzar el heno fragante; pronto el sol volverá a esconderse.

 Pasa la tormenta y te asomas fuera. ¡Oh, qué alegremente reluce todo a tu alrededor, qué puro y líquido es el aire aquí, qué dulce el aroma a setas y fresas salvajes! Pero ahora se acerca la noche. El sol se ha incendiado y ha cubierto medio cielo con su fuego. El sol comienza a hundirse. El aire a su alrededor parece especialmente luminoso, como si estuviera hecho de cristal; a lo lejos se va asentando una suave neblina, en apariencia cálida; junto al rocío desciende un brillo carmesí sobre los campos abiertos, hace tan poco inundados por los torrentes de oro líquido; desde los árboles, desde los matorrales, desde los altos almiares se extienden sombras alargadas... 

El sol se despide; una estrella reluce y parpadea en el mar fogoso mientras el sol se hunde... Ahora la luz empalidece: el cielo se torna más azul; sombras separadas se desvanecen y el aire se inunda con el ocaso. Es hora de irse a casa, a la aldea, a la cabaña en la que pasarás la noche. Echándote la escopeta al hombro, caminas a paso rápido a pesar del cansancio. Y mientras tanto desciende la noche; apenas puedes ver a veinte pasos de distancia; tus perros apenas son visibles en las tinieblas. 

Más allá, sobre los oscuros arbustos, la curva del cielo brilla débilmente...¿Qué es aquello? ¿Es un fuego? No, es la luna elevándose, y allí debajo de ti, a tu derecha, las luces de la aldea ya están brillando. Al cabo alcanzas la cabaña. Por la pequeña ventanita ves una mesa cubierta con un mantel blanco, una vela encendida y la cena...O bien pides que enganchen tu carro y ahí vas, a por urogallos a la foresta. Te hace feliz desplazarte por el estrecho camino entre dos altas paredes de centeno. Las puntas de las plantas te acarician suavemente la cara, y los acianos te rozan los pies, y las codornices sollozan en los alrededores, y el caballo marcha con un trote perezoso. Entonces alcanzas la foresta. Sombras y silencio. 

Álamos elegantes murmuran mucho más arriba; las ramas que cuelgan de los abedules apenas se mueven; un roble poderoso surge como un guerrero al lado de un gentil tilo. Marchas por un camino verde moteado de sombras; enormes moscas amarillas cuelgan inmóviles del polvo dorado del aire, para de repente alejarse volando. Los zancudos giran formando espirales, brillando entre las sombras, oscureciéndose a la luz del sol; los pájaros cantan pacíficamente.

 La vocecilla dorada del ruiseñor resuena con su inocente y feliz parloteo: concuerda con el aroma de los lirios del valle. Continúas avanzando, adentrándote más en el bosque... El bosque se hace más denso. Una quietud inexplicable comienza a descender sobre tu alma; y todo a tu alrededor resulta tan soñador y sereno. Pero ahora una brisa se ha despertado, y las copas de los árboles han comenzado a susurrar como si se vinieran abajo. 

A través de las hojas caídas la alta hierba crece por aquí y por allá; las setas están quietas debajo de sus pequeños sombreritos. Una liebre blanca salta de repente delante de ti y los perros corren detrás de si con altos ladridos...¡Y qué hermoso resulta ese mismo bosque a finales del otoño, cuando revolotea la agachadiza! No suelen frecuentar las profundidades del bosque,y deben buscarse en sus alrededores. No hay viento ni sol, ni rayos luminosos, ni sombra estremecida, nada se mueve y se impone el silencio; el aire dulcísimo se encuentra saturado con una fragancia otoñal, como el olor del vino; una niebla delgada cuelga a lo lejos sobre los caminos amarillos. 

A través de las ramas desnudas y marrones de los árboles, el cielo brilla con quietud; por aquí y por allá, en los tilos cuelgan las últimas hojas doradas. La tierra húmeda se hunde a tu paso; las altas briznas de hierba están quietas; los largos hilos de las telas de araña refulgen en la tierra empalidecida. Respiras con calma, aunque una extraña ansiedad invade tu alma.

 Caminas por los límites del bosque, manteniendo tus ojos en el perro, pero entre tanto aparecen en tu mente imágenes, rostros amados, los vivos y los muertos, e impresiones, subyugadas hace mucho, despiertan inesperadamente; la imaginación echa alas, y permanece en el aire como un pájaro, y todo empieza a moverse con claridad y aparece frente a los ojos. Tu corazón o bien se estremece de pronto y acelera su latido, lanzándose apasionadamente, o bien se hunde para siempre en la memoria. La vida entera se extiende tan rápida y fácilmente como un pergamino; un hombre posee todo su pasado, todos sus sentimientos, todos sus poderes, su alma al completo. 

Y no hay nada en lo que le rodea que le pueda inquietar: no hay sol, ni viento, ni ruidos...Y un día claro, otoñal, ligeramente frío,con heladas matinales, cuando el abedul, un árbol sacado literalmente de un cuento de hadas, se viste de dorado, destaca en una silueta hermosa contra el pálido cielo azul, cuando el sol, bajo en el horizonte, no tiene poder para calentar, pero reluce más brillante que el sol estival, cuando el pequeño bosquejuelo de álamos reluce por entero, como si estuviera encantado y feliz de estar allí desnudo, cuando la escarcha blanquea el fondo de los valles, pero una brisa fresca murmura quedamente y empuja las hojas caídas y torcidas delante de él, cuando las olas azules corren graciosamente sobre el río, y alzan y bajan de nuevo a los gansos y patos desperdigados por su superficie, cuando en la lejanía un molino, medio escondido por sauces,traquetea y las palomas vuelan en círculo a toda prisa sobre él, reluciendo sus muchos colores en el cielo brillante...También son maravillosos los días estivales de neblina, aunque no les gustan a los cazadores. 

Es imposible disparar en días como estos; un pájaro,incluso aunque se eche a volar desde tus pies, desaparece de inmediato en la blanquecina tenebrosidad de la neblina detenida. ¡Pero qué silencioso, qué increíblemente silencioso resulta todo! Todo está despierto y quieto. Pasas al lado de un árbol, y no se estremece, se limita a balancearse inmóvil. A través de la agradable neblina que lo llena todo, una larga fila de algo negro aparece frente a ti. Supones que se trata de un bosque, te aproximas; y el bosque resulta ser una ensenada plantada de ajenjos al borde de un campo sembrado.

 La neblina está sobre ti y te rodea. Pero entonces una débil brisa se estremece, y un trozo de cielo azul claro aparece a través de la neblina que se disuelve, que ha empezado a elevarse como el humo; de repente, un rayo de luz amarillo dorado se impone, fluye intrépido como un río, recorre los campos, alcanza un bosque, y entonces todo vuelve a ser conquistado por la bruma.

 La lucha continúa durante mucho tiempo; pero ¡qué magnífico y claro es el día en el que la luz del sol triunfa al fin, y las últimas ondulaciones de brumas calentadas por el sol, o bien se desenrollan y se extienden, tan lisas como el mantel de una mesa, o bien se enrollan hacia arriba y se disuelven en el cielo inmenso y profundo...! Pero ahora te has puesto en marcha por los caminos más lejanos y la estepa. Has caminado durante unas diez verstas por caminos rurales, y al fin alcanzas el camino principal.

 Más allá de filas interminables de carros, más allá de pequeñas posadas al borde del camino,con samovares silbando dentro del porche, con sus cancelas abiertas por entero y sus pozos, de una aldea a otra,atravesando interminables campos sembrados, al lado de plantaciones de cáñamo oscurecido, viajas una hora tras otra. Las urracas vuelan de un montón de hiniesta a otro; mujeres con rastrillos alargados se afanan en los campos; un viajero a pie, que lleva un abrigo de nankeen desgastado, y con un pequeño hatillo sobre el hombro, avanza con paso cansino; un enorme carruaje de un terrateniente, tirado por seis caballos agotados, se aproxima con lentitud hacia ti. La esquina de una almohada sobresale de una de sus ventanucas, y en el pescante trasero va sentado de lado, sobre una alfombra y agarrado a una cuerda, un lacayo vestido con una levita, cubierto de fango hasta las cejas. 

Después están las pequeñas ciudades de provincias, con las casitas de madera pequeñas y torcidas, verjas interminables, casas vacías de comerciantes hechas de piedra, y un viejo puente sobre un profundo barranco... ¡Adelante! ¡Adelante! La estepa se aproxima. 

Miras desde una colina hacia abajo, ¡qué vista! Las colinas redondeadas, aradas y sembradas hasta arriba se extienden en todas las direcciones como amplias ondulaciones; los valles llenos de matojos se mueven entre ellas; los bosquecillos están repartidos aquí y allá como islas alargadas; caminos estrechos conducen de una aldea a otra, las iglesias relucen blancas; un río pequeño fluye entre grupos de sauces y en cuatro lugares distintos están bloqueados por presas.

 Muy lejos, en el campo, pueden verse a las grullas caminando en fila; la mansión anticuada de un hacendado, con sus edificios anejos, su huerta y su trillar, está cómodamente dispuesta cerca de un estanque pequeño.

 Pero continúas viajando, más y más lejos. Las colinas se van encogiendo y apenas hay árboles. Al fin, ahí está: la infinita estepa, que ninguna mirada puede abarcar del todo.Y en un día de invierno, caminar a través de las altas pilas de nieve en busca de liebres, respirar el aire crudo y helado, cerrar los ojos de forma involuntaria contra el cegador brillo de la nieve suave; maravillarse ante el color verdoso del cielo sobre el bosque carmesí...Y luego están los primeros días de primavera, en los que todo brilla y el olor de la tierra cálida se eleva a través del humo pesado de la nieve que se disuelve, y las alondras cantan confiadamente bajo los rayos del sol sobre pedazos de suelo en los que la nieve se ha derretido, y con gorgojeos y rugidos alegres los ríos fluyen hacia los valles. 

Pero es hora de terminar. He mencionado la primavera a propósito; en la primavera es más sencillo despedirse; en la primavera incluso las personas felices se sienten tentadas a marcharse a lugares lejanos... Adiós, mi lector, te deseo eterna felicidad."

(Iván Turguéniev: Del albúm de un cazador)

('Del álbum de un cazador' recoge impresiones de la vida rural cazadas al vuelo por un autor que en sus andanzas por los campos y las aldeas de Rusia supo plasmar sus observaciones de primera mano con humor y poesía. Las anécdotas, retratos e impresiones líricas que componen este retablo de la vida campestre muestran la vida de los campesinos y los siervos sin eufemismos y con total inmediatez. 

Cuando estas prosas se publicaron por primera vez en un volumen, en1852, provocaron tanta controversiaque Turguéniev fue detenido y confinado en arresto domiciliario durante meses en su hacienda deSpasskoie. Estos esbozos ocupan hoy un lugar especial en la literaturadel siglo XIX: más allá de su valor documental y la influencia decisiva que tuvieron en la subsiguiente y definitiva emancipación de los siervos, las prosas reunidas en 'Del álbum de un cazador' se leen como relatos, las primeras joyas de un escritor que más tarde dejaría para la Historia obras maestras como Primer amor y Padres e hijos.)