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13/1/22

Condonar las deudas impagables... El sentido original del Padrenuestro en hebreo y en griego es «Perdona nuestras deudas»... De eso se trató el primer sermón de Jesús... La tendencia de la deuda en cualquier familia, empresa o economía es a crecer más rápido que la capacidad de pago, hasta que en un momento se produce una crisis. Pagar se vuelve imposible. Entonces, o bien uno pierde su propiedad, o se convierte, de una u otra forma, en un esclavo de su acreedor... Si no se condonan las deudas, como sucedía en las sociedades antiguas de acuerdo con los preceptos religiosos, la concentración de la propiedad en manos de los acreedores se hace brutal... como hoy y como en Roma... Los últimos libros del Nuevo Testamento, hasta el libro de la Revelación, dicen, más o menos: «Estamos viviendo el fin de los tiempos, es terrible, Roma es el anticristo, no hay esperanza. No podemos hacer una reforma agraria. Nunca podemos condonar las deudas por la avaricia de los ricos. No hay nada más que hacer que convertirnos en mártires y morir y esperar que las cosas mejoren en un mundo próximo, donde tal vez Jesús regrese»... Toda economía con deudas que rinden interés debe reestructurarlas en algún momento. En caso contrario, terminará siendo propiedad de un pequeño grupo de personas que están en la cima de la pirámide, como sucedía en Roma, y sucede hoy

"Hace siglos que las deudas y el endeudamiento tienen efectos nocivos sobre las sociedades humanas. En el mundo antiguo, los gobernantes y sus súbditos tenían una solución: conocida como jubileo de deuda, esta práctica implicaba la supresión incondicional y periódica de toda obligación contraída. Hoy necesitamos recuperarla.

Aun cuando sea uno de los problemas más persistentes que atormentan nuestro mundo, las deudas son un hecho. La vivienda, el consumo cotidiano, en ciertos casos la educación y, si uno vive en Estados Unidos, la atención médica, dependen del endeudamiento. Uno de los resultados de esta situación son las crisis económicas periódicas a las que estamos tan acostumbrados. Cada vez que emergen estas crisis, surgen distintos pedidos que apuntan a condonar las deudas. Pero las clases dominantes y todo un ejército de «analistas» argumentan que debemos limitar esas soluciones que tienden a llevar al caos y al desorden.

No es eso lo que piensa Michael Hudson. Economista, exempleado del Chase Manhattan Bank y asesor de múltiples gobiernos, incluido el de Washington, es autor de Super Imperialism, obra importantísima en la que explica que la emergencia del sistema monetario internacional fundado en el dólar durante la época de la posguerra terminó financiando el gasto ilimitado del complejo militar estadounidense.

Hudson, quien hoy se desempeña como profesor de Economía en la Universidad de Missouri-Kansas, emprendió una investigación histórica con el fin de descubrir los orígenes de la deuda y de la propiedad privada. Conversó con Branko Marcetic, editor de Jacobin, sobre los resultados de su investigación, publicados en su libro de 2018 …and forgive them their debts: Lending, Foreclosure, and Redemption from Bronze Age Finance to the Jubilee Year. La obra abarca desde la condonación de las deudas en las sociedades antiguas hasta los importantes errores que determinan nuestra comprensión del cristianismo. La conversación fue editada en aras de la brevedad y la claridad, pero se puede escuchar completa en inglés aquí.
 

Tu estudio de la historia humana indica que nuestra relación moderna con la deuda y la forma en que la comprendemos es bastante singular. ¿Cuál era la relación de las antiguas sociedades con la deuda y cómo la mantenían bajo control?

MH: En las sociedades antiguas casi todas las deudas eran interpersonales, eran lo que los europeos denominaban deudas tipo wergeld. Si lastimabas a alguien, si le rompías un brazo o si lo matabas, había dos opciones: o tenías un feudo, y tu familia luchaba con su familia, o el conflicto se solucionaba mediante una indemnización. Con el tiempo, el pago de la wergeld, sin importar si fuera en dinero, esclavas o ganado —estos últimos casos eran más comunes cuando el asunto era muy serio— se convirtió en la palabra para designar las deudas, la ofensa, o incluso en un sinónimo de «pecado». El sentido original del Padrenuestro en hebreo y en griego es «Perdona nuestras deudas».

En la Mesopotamia, sociedad agraria, las deudas solían contraerse contra los palacios y los templos. Las obligaciones se pagaban a lo largo de todo el año. Durante el tercer milenio de Sumeria, o el segundo de Babilonia, el cliente que asistía a un bar en el año de cosechas, emitía una especie de bono que garantizaba el derecho a animales, agua o productos agrícolas futuros: la operación era una forma de crédito. Las deudas se pagaban en especie en los locales de trillado. Una unidad de grano equivalía a una unidad de plata.

Pero sucedía que se perdieran las cosechas, que hubiera una guerra o una sequía, y entonces era imposible pagar. En esa época, como estipulaban las leyes de Hammurabi, uno decía: «Si Hadad, dios de la tormenta, viene y arruina la cosecha, entonces no es necesario pagar las deudas». Básicamente, así funcionaba la sociedad durante el tercer y segundo milenios, incluso durante la primera parte del tercero. Cuando un nuevo gobernante subía al trono, o cuando había otros motivos —se terminaba una guerra o algo por el estilo—, las deudas se cancelaban, se liberaba a los sirvientes de sus cargas para que volvieran con sus familias y se les perdonaban los compromisos que habían asumido. Pues, en caso de no condonar las deudas, ¿qué habría sucedido? Todas esas personas se hubiesen convertido de pronto en servidores del acreedor, es decir, de una persona más rica que no necesariamente gobernaba.

BM: Tu análisis también muestra que este tema ocupa el centro de las historias bíblicas con las que creemos estar tan familiarizados.

MH: De eso se trató el primer sermón de Jesús. Cuando fue a la sinagoga, extendió el pergamino de Isaías el profeta, dijo, «He venido a proclamar el año del Señor», que era el año de cancelación de las deudas —el año de jubileo— que los judíos habían adoptado de los babilonios, igual que había hecho todo el Oriente Medio. Los que tradujeron la Biblia no tenían idea de lo que significaban estas palabras. ¿Qué significa, «El año del Señor»? ¿Qué significa «deror»? En realidad, el texto habla de la condonación de las deudas.
Esto quedó claro recién cuando los asiriólogos empezaron a estudiar los mecanismos de condonación de las deudas en el Oriente Medio, del mismo modo que los antropólogos descubrieron que los pueblos originarios de América y los antiguos pueblos de Europa habían recurrido a estas prácticas para recuperar el equilibrio social. La idea era simple: ¿Cómo evitar que la sociedad se desestabilice y polarice? Cancelando las deudas.

BM: ¿Cómo cambió esta actitud hacia la deuda y hacia la condonación de las deudas a lo largo de la historia?

MH: El concepto de interés no existía en Occidente. No hay rastros de él en ningún documento griego del lineal B, escritura que abarca el período de 1600 a 1200 antes de Cristo. Alrededor del siglo ocho antes de Cristo apareció por primera vez la idea de deuda que rinde interés, y los jefes tribales de repente se convirtieron en lo que algunos historiadores denominan familias mafiosas. Descubrieron un modo de monopolizar la tierra que sirvió hasta los siglos séptimo y sexto antes de Cristo. Hubo revoluciones en todas partes, sobre todo en Grecia y en Italia. Los reformadores terminaron siendo conocidos como «tiranos».

Toda la lucha de estas sociedades antiguas se reducía a lo siguiente: ¿Cómo evitar que la población cayera en la esclavitud? La preocupación de los palacios tenía sentido. Si los pequeños terratenientes que pagaban impuestos contraían deudas demasiado grandes con sus acreedores y se veían obligados a trabajar en sus tierras en vez de bajo el sistema de la corvea —es decir, en vez de construir los muros de los palacios y cavar canales de irrigación—, no serían capaces de pagar el plusproducto de granos y de trabajo que necesitaba la nobleza. Por lo tanto, los acreedores tomarían el poder.

Los gobernantes de todo el Oriente Medio y probablemente los primeros reyes de Roma, decían: «Lo único que debemos evitar es que la clase de los acreedores se convierta en una oligarquía independiente. Pues si se vuelve independiente de nosotros y se apropia del excedente económico, utilizará ese trabajo para contratar un ejército, nos derrocarán y se convertirán en el Estado».

Así que siempre existió una lucha entre el Estado que protege a la sociedad y la clase de los acreedores —la oligarquía—, que buscaba su independencia y no quería condonar las deudas. Y fue una lucha que se propagó hasta cuatro siglos antes de Cristo. Los primeros cristianos eran básicamente defensores del año de jubileo, es decir, intentaban condonar las deudas.

BM:  ¿Cómo se presenta la deuda y el poder creciente de los acreedores en la compleja historia de Roma?

MH: En Roma, cerca del 509 antes de Cristo, los malos reyes fueron derrocados por una oligarquía que básicamente pretendía reducir al resto de la población romana a la servidumbre. Toda la República fue un largo proceso de revueltas que apuntaban a la condonación de las deudas y a la redistribución de las tierras. Es decir, apuntaban contra la democracia. Para la oligarquía, democracia significaba que todos los acreedores eran iguales y, por lo tanto, implicaba la libertad de esclavizar al resto de la población.

En síntesis, en la Antigüedad la democracia significaba la servidumbre de la mayor parte de la población. Aristóteles es muy claro. Dice: «Muchas ciudades tienen constituciones que parecen democracias, pero en realidad son oligarquías». Y, de hecho, toda democracia —escribe Aristóteles— tiende a convertirse en una oligarquía, pues los ricos se hacen más ricos; después la oligarquía se convierte en una aristocracia hereditaria y los nobles dominan el resto de la sociedad.

Todos estos antecedentes llevan al mundo moderno, que puso fin a la condonación de las deudas, que hasta entonces había servido para liberar a las poblaciones de la esclavitud y de la servidumbre. La idea subyacente a este cambio es que la ley es inexorable.

Los historiadores de hoy suelen decir: «Bueno, chicos, el Imperio romano no estaba tan mal, miren toda la plata que hizo». Pero la riqueza estaba concentrada en el 1% de la población, mientras que el otro 99% estaba atado a la tierra. Los últimos libros del Nuevo Testamento, hasta el libro de la Revelación, dicen, más o menos: «Estamos viviendo el fin de los tiempos, es terrible, Roma es el anticristo, no hay esperanza. No podemos hacer una reforma agraria. Nunca podemos condonar las deudas por la avaricia de los ricos. No hay nada más que hacer que convertirnos en mártires y morir y esperar que las cosas mejoren en un mundo próximo, donde tal vez Jesús regrese». Toda esa idea es antirromana.

Ahora bien, toda economía es planificada. La pregunta es: ¿Quiénes la planifican? ¿Deben planificarla los acreedores, como sucedió hasta hoy? ¿O llegará un gobierno, o un gobernante, que dirá «Mi trabajo es mantener a la sociedad estable y evitar sus desgarramientos y garantizar que sobreviva y avance»? A los acreedores no les interesa esa resistencia. Sus plazos son más bien cortos.

BM: Puesto que vivimos en sociedades con altos niveles de endeudamiento, ¿qué enseñanzas nos deja tu estudio a la hora de abordar la recuperación pospandémica?

MH:  La tendencia de toda economía que tiene una deuda que rinde interés es a que la deuda crezca más rápido que la economía en su conjunto. Observamos que las deudas se duplican a un ritmo demasiado acelerado y las economías nunca fueron capaces de acoplarse a él. La tendencia de la deuda en cualquier familia, empresa o economía es a crecer más rápido que la capacidad de pago, hasta que en un momento se produce una crisis. Paga se vuelve imposible. Entonces, o bien uno pierde su propiedad, o se convierte, de una u otra forma, en un esclavo de su acreedor, en el sentido de que tiene que pagar con trabajo, o con cualquier cosa que produzca. Si no se condonan las deudas, como sucedía en las sociedades antiguas de acuerdo con los preceptos religiosos, la concentración de la propiedad en manos de los acreedores se hace brutal.

Toda economía con deudas que rinden interés debe reestructurarlas en algún momento. En caso contrario, terminará siendo propiedad de un pequeño grupo de personas que están en la cima de la pirámide, como sucedía en Roma. Por eso la República romana condujo al Imperio romano.

Se volvió una sociedad centralizada. La tendencia de toda economía financierizada apunta a la centralización. Cuando se centraliza la riqueza, se centralizan en manos de las clases financieras el poder político y la toma de decisiones y, en última instancia, la fuerza militar."                               (Entrevista con Michael Hudson , JACOBIN, 12/01/22)

11/6/21

Branko Milanović: El principal impulso de la caída de los regímenes comunistas fue la deuda... el deseo de reformar su economía utilizando créditos occidentales creó una poderosa combustión que, con bastante rapidez (en menos de una década), rompió la espalda del comunismo, destino del que se salvó China

"En un excelente libro "Cómo China escapó de la terapia de choque" en cuyo lanzamiento fui uno de los ponentes (junto con Jamie Galbraith y Bin Wong), Isabella Weber analiza, entre otras cosas, cómo China escapó de la terapia de choque y el Big Bang, y creó, o tropezó con su propio camino hacia el crecimiento económico. 
 
Weber menciona solo de pasada que China también escapó de otra posible calamidad: la trampa de la deuda. Esa amenaza se cernió alrededor de 1978 cuando Hua Guofeng quiso relanzar la economía utilizando el enfoque de Europa del Este para el crecimiento económico. Weber escribe sobre las delegaciones económicas chinas que fueron a Hungría y Yugoslavia en 1988 para discutir la experiencia de las reformas en estos dos países; regresaron con una evaluación bastante negativa, basada en un crecimiento anémico y una alta inflación en estos países. 
 
Pero supongo que también podrían haber regresado con una advertencia sobre no caer en la trampa de la deuda. Por lo tanto, vale la pena examinar más de cerca cómo Yugoslavia, Rumania, Polonia y Hungría, todos ellos se involucraron de manera independiente en la década de 1970, después de la crisis del petróleo y cuando los petrodólares eran abundantes, en préstamos a gran escala de fuentes públicas y privadas en el Oeste. El endeudamiento respondió al deseo de acelerar el crecimiento, el proceso que también motivó las reformas económicas en Yugoslavia en 1965, Hungría en 1968 y el cambio de gobierno en Polonia en 1970 después de los disturbios de Gdansk. 
 
La idea que los reformadores tenían en mente era pedir prestado a Occidente, usar los fondos para construir industrias de sustitución de importaciones (como de hecho se hacía en la mayor parte del mundo en esos días), o una producción orientada a la exportación que genera ingresos en divisas. En cualquier caso, esperaban, los préstamos se pagarían por sí solos.
 
 Los países ahorrarían el dinero que gastaban en importaciones en moneda fuerte produciendo las "cosas" en casa, o se convertirían en exportadores a Occidente. (Polonia tenía su programa bajo Gierek más claramente definido). Además, pedir prestado era políticamente preferible a tratar de atraer a inversores extranjeros (occidentales). Cuando pide prestado, obviamente conserva el control total sobre el uso de dicho dinero; se puede optar por cumplir con otros objetivos como ayudar al desarrollo de las regiones más pobres, obtener apoyo político o incluso utilizar los fondos para el consumo. Con los inversores extranjeros, uno se limita a aceptar lo que le gusta.
 
 Esa lógica llevó, como es bien sabido, a todos los países socialistas a un callejón sin salida. Sus inversiones fueron ineficientes, las nuevas empresas se convirtieron en una carga. (Hay un libro muy bonito sobre las inversiones yugoslavas más derrochadoras del período, publicado en 1990, que leí entonces y aún guardo en mi estantería. Se titula, en la traducción al inglés, "Entre las ruinas de las inversiones desperdiciadas" de Ratko Bošković). Por lo tanto, la tasa de rendimiento del dinero prestado era más baja que la tasa de interés que pagaban los países por sus préstamos occidentales. 
 
No es imposible, creo, que la tasa de rendimiento haya sido incluso negativa. En cualquier caso, significa que todos los países socialistas que se embarcaron en una ola de endeudamiento en los años setenta, de repente, cuando las tasas de interés estadounidenses y mundiales aumentaron tras el shock de Volcker, tuvieron que transferir un porcentaje significativo de su PIB al exterior.
 
 (Se podría argumentar que Volcker terminó así con el socialismo en estos países. Por supuesto, este es un comentario un tanto gracioso, porque lo que terminó con el socialismo fue, entre otras cosas, que las inversiones eran ineficientes. El choque de Volcker simplemente lo dejó en claro). La incapacidad para pagar el servicio de la deuda se manifestó de formas diferentes pero relacionadas. 
 
En Yugoslavia, condujo a un endeudamiento masivo del FMI. El préstamo del FMI a Yugoslavia en 1981 fue el mayor préstamo que el FMI había otorgado hasta ese momento. ¡Esto, a un país de 20 millones de habitantes! Pero Yugoslavia era estratégicamente importante para Occidente. (Hay que recordar que el préstamo se produjo en el apogeo de las tensiones de la Guerra Fría, aproximadamente un año después de la invasión de Afganistán, que hizo que la importancia estratégica de Yugoslavia fuera aún mayor. Occidente siempre pensó que los soviéticos se estaban aprovechando de Yugoslavia para traerla Aunque Occidente no estaba dispuesto a perdonar los préstamos comerciales anteriores, estaba dispuesto a ayudar (o "ayudar") abriendo los grifos del FMI. Yugoslavia nunca logró salir de la "trampa de la deuda", y a mediados de la década de 1980, la hiperinflación y el alto desempleo juvenil, junto con el problema irresoluble de Kosovo, llevaron la atención de las élites políticas hacia el nacionalismo.
 
 Pero creo que hay pocas dudas de que la catástrofe económica de la década de 1980 allanó el camino. En Polonia, la crisis de la balanza de pagos llevó a los intentos de imponer la austeridad, que en condiciones de una clase trabajadora eternamente inquieta, creó la “Solidaridad” y trajo un nuevo cambio de gobierno. (Gierek cayó en la misma prueba que lo llevó al poder en 1970). Polonia impuso la ley marcial en diciembre de 1981 y dejó de cumplir con el Club de París. Aunque Polonia ya era miembro del FMI y del Banco Mundial, no recibió apoyo de ninguno de ellos. Técnicamente, la ausencia de préstamos se explicaba por su estado de incumplimiento, pero, por supuesto, la verdadera razón era política.
 
 Estados Unidos no iba a rescatar a un régimen comunista que acababa de imponer el estado de emergencia y prohibir un sindicato anticomunista de diez millones de personas. En 1988, Polonia intentó otro programa de austeridad ("La operación de precios e ingresos") que no era muy diferente del programa Balcerowicz un año después. Pero fracasó por la falta de voluntad de los trabajadores para aceptar recortes salariales. Se suponía que las conversaciones de la Mesa Redonda resolverían el estancamiento, y lo hicieron reemplazando (bastante inesperadamente) al partido comunista en el gobierno, abriendo el camino a la reprogramación de la deuda polaca y a la implementación del programa Balcerowicz. 
 
 En Rumanía, la crisis de la deuda llevó a Ceausescu a decidir emprender un curso acelerado de pago de la deuda externa, con el fin de deshacerse para siempre de la intromisión económica extranjera. Impuso medidas increíblemente austeras, incluidos cortes draconianos de electricidad, reducción de la disponibilidad de alimentos, etc. En 1989, Ceausescu era una figura solitaria en Europa y fue derrocado en un golpe de estado.
 
 Hungría cojeó con un bajo crecimiento y problemas permanentes de balanza de pagos, sin ni siquiera estar en mora, o incluso reprogramar su deuda. (Algunos húngaros solían quejarse de que, después de 1989, Polonia consiguió la condonación del 65% de su deuda, mientras que Hungría tuvo que devolverlo todo). El cambio de régimen se produjo también en Hungría.
 
 Sin embargo, China evitó todo esto, tal vez por pura suerte de ser un reformador tardío y ver a dónde conducía el endeudamiento sin un cambio en la estructura de la gobernanza económica. 
 
También escapó del Big Bang, habiendo llegado, como detalla Weber, tres veces en un abrir y cerrar de ojos para implementarlo. A diferencia de la represión en Polonia que dejó a Jaruzelski en un limbo, la violencia de Tiananmen de 1989 desplazó irónicamente las energías del cambio político al desarrollo económico. 
Cuando Deng hizo su famosa "gira por el sur" en 1992 (que hizo como, técnicamente, un ciudadano privado), China estaba lista para adoptar el otro camino: atraer inversiones extranjeras y de la diáspora, adquirir tecnología extranjera y emular a los países de Asia oriental y sus economías “milagrosas”.
 
 La historia que se cuenta aquí es importante por dos razones. Primero, en comprender las fuentes del éxito chino que no fueron planificadas, sino producto de una serie de acontecimientos fortuitos. En segundo lugar, hacernos comprender que el principal impulso de la caída de los regímenes comunistas fue económico. 
 
A los politólogos occidentales les encanta escribir sobre la "libertad" y el "espíritu de 1989", etc. A menudo no saben mucho sobre la economía comunista, ni tienen una idea de cuán ineficientes son las economías, y el deseo de reformarlas utilizando créditos occidentales creó una poderosa combustión que, con bastante rapidez (en menos de una década), rompió la espalda del comunismo."                   (Branko Milanović, brave New Europe, 02/06/21, traducción google)

12/1/21

Acerca de la financiación de la deuda pública

 "Recuerda en uno de sus hermosos y profundos textos Rafael Sánchez Ferlosio una anécdota del emperador Vespasiano, quien había mandado instalar letrinas de pago por toda Roma, cosa que  algunos cortesanos  opinaban impropio en la medida que el decoro del imperio podía verse ensuciado por tan sucia forma de financiación. 

La respuesta de Vespasiano, según lo cuenta  Suetonio en su obra De uita duodecim Caesarum, libri VIII, (Vida de los Doce Césares), se la dió “a su hijo Tito , que también le reprochaba el haber creado un impuesto sobre la orina” . A él, “le acercó a las narices el dinero de la primera recaudación, preguntándole si le molestaba el olor, y al contestarle Tito; “Non olet”, le replicó: “Y sin embargo es el producto de la orina””.

Sí, es cierto: el dinero “no huele”, venga de donde venga, por más oscura que sea su procedencia. ¿ Se niegan acaso los comerciantes a venderles a los acaudalados traficantes de drogas o de armas,  o a los mercenarios o a los dictatoriales jeques árabes o a sus familias cuando “honran” sus afamados locales? ¿les cierran acaso sus puertas los restaurantes u hoteles de moda? ¿no les hacen, más bien, reverencias los vendedores de vehículos de lujo, yates o aviones privados?

He recordado esta anécdota clásica tras leer el artículo que el famoso economista Raghuram G.Rajan ha publicado en el Proyect Syndicate este 30 de noviembre pasado con el título “¿Cuánta deuda es demasiada?” (se puede leer en español en el siguiente enlace:  https://www.project-syndicate.org/commentary/borrowing-and-spending-limits-in-ultra-low-interest-rate-environment-by-raghuram-rajan-2020-11/spanish

En su artículo, Rajan lanza un aviso respecto a los posibles problemas que el mundo puede afrontar a consecuencia de las nuevas emisiones de deuda pública que los gobiernos de todos los países  se están viendo obligados a hacer para financiar el incrementos de gastos en los que han tendido que incurrir para hacer frente a la pandemia de COVID-19.

Su “análisis” se centra en el caso de los EE.UU y sobre todo puede leerse como un ataque frontal a la llamada Teoría Monetaria Moderna, (TMM) para la que un gobierno que tenga soberanía monetaria o sea que controle la emisión de su propia moneda (o sea, que tenga el monopolio en la emisión de dinero legal) no tiene problemas a la hora de financiar sus déficits públicos pues siempre puede recurrir al Banco central y venderle su deuda. Hay, por supuesto, un límite a esa “barra libre” de la que dispone un gobierno monetariamente soberano, y es la inflación. La financiación monetaria del déficit público no tendrá obstáculo alguno mientras haya recursos productivos ociosos, es decir, mientras haya desempleo. También, la posible depreciación de la moneda puede poner ciertos límites a esa “financiación” gratuita del déficit público que sostienen los partidarios de la TMM.

Obviamente, si hay un país donde la TMM podría aplicarse pues cumple los criterios exigidos sería EE.UU. Al revés de España, que depende del Banco Central Europeo y éste de lo que decidan los “alemanes”, el gobierno norteamericano no sólo tiene soberanía monetaria y desempleo, sino que al ser el dólar la moneda de reserva central del sistema de pagos internacional, no cabe imaginar que ese tipo de financiación de su déficit le fuese a suponer una gran depreciación, aunque los productores americanos bien que la ansían para intentar recuperar algo de competitividad en los mercados internacionales de bienes y servicios.

Pues bien, para “bajarles los pies a la tierra” a esos ilusos de la TMM, aparece Rajan. Sí, acepta, ahora los tipos de interés están por los suelos, e incluso son negativos , por lo que es un buen momento para endeudarse como prescriben no sólo los economistas de la Teoría Monetaria Moderna sino otros, nada radicales, como por ejemplo Olivier Blanchard.

Pero, hay que tener cuidado con toda “teoría” (Rajan pone la palabra “teoría” entre comillas para dar a entender que no la considera merecedora de semejante honor) “que promete algo sin pedir nada a cambio” . Hay que tratarlas con escepticismo, venden “espejitos de colores”. Es esta opinión generalizada entre  todos aquellos que “piensan” que el lema que debe inscribirse en la entrada de toda Facultad de Economía es  NADA ES GRATIS.

No, dice Rajan, NADA ES GRATIS. Ni tampoco lo es la financiación monetaria del déficit. Hay un límite a la cantidad de deuda que un gobierno puede emitir aun en las condiciones actuales tan propicias para la aplicación de la TMM. Y cito al pie de la letra:

“Eso nos remonta a la pregunta inicial sobre cuánta deuda puede emitir un gobierno. No basta con que un gobierno garantice que puede realizar sus pagos de intereses; también debe demostrar que él y sus sucesores pueden pagar la deuda principal. Algunos lectores protestarán diciendo que un gobierno no tiene que pagar la deuda, porque puede emitir nueva deuda para pagar la deuda que vence. Pero los inversores comprarán esa deuda sólo si confían en que el gobierno puede pagar toda su deuda con sus ingresos prospectivos. Muchos mercados emergentes han enfrentado una “repentina interrupción” de deuda mucho antes de alcanzar un pleno empleo, debido a una evaporación de la confianza de los mercados en su capacidad de reestructuración de la deuda.
En otras palabras, el inversor en deuda nueva tiene que confiar en que los ingresos tributarios actuales y futuros del gobierno (netos de gasto crítico) serán suficientes para pagar su deuda acumulada. Hay un límite, pero si los fondos recaudados a través de la nueva deuda se invierten en proyectos de infraestructura de alto retorno, probablemente nunca se ponga a prueba –los ingresos futuros adicionales pagarán la deuda adicional-. Si, por el contrario, el dinero se gasta en un apoyo necesario a los hogares pobres y vulnerables, el límite finalmente estará a la vista.”.

Por supuesto, Rajan es consciente de que en los duros tiempos que corren, con los muertos por COVID acumulándose en las morgues, la defensa de la austeridad puede ser tildada de indiferencia moral, e incluso de maldad. Por ello, acaba su texto así:

“Éste no es un argumento para una austeridad inmediata. En la medida que los gobiernos puedan ponerle una meta al gasto para proteger la capacidad económica de los hogares y las empresas durante la pandemia, recuperarán esas inversiones a través de ingresos futuros”.

Pero, ¡cuidado”, ultima Rajan como neoliberal y economista neoclásico puro y duro:

“El gasto público, sin embargo, debe ser sensato, y no estar basado en un pensamiento monetario mágico“

Y es que economistas de verdad, economistas “comme il faut”, los economistas “sensatos” y “científicos” y no “mágicos” sólo lo son “ellos”, los neoclásicos, los neoliberales.

No es el momento de que me ría de esa creencia estúpida. Tan sólo me referiré al argumento de Rajan. Obsérvese que toda la argumentación de Rajan descansa en la idea de que sólo hay UN tipo de dinero que sirve para pagar la deuda pública, aquel que “huele”  a “sangre, sudor y lágrimas”, aquel que viene de los impuestos y por tanto de exacciones que el gobierno hace a los ciudadanos, dinero – pues – que estos han tenido que “ganar” duramente, sufriendo, que surge por tanto de  sus dolorosos y olorosos esfuerzos productivos, de sus desvelos y trabajos. (Recuérdese aquí su prescripción según la cual el inversos “bueno”, el correcto, no puede aceptar cualquier como remuneración de la deida que ha compra sino sólo la que procede de ingresos tributarios, de impuestos:  “el inversor en deuda nueva tiene que confiar en que los ingresos tributarios actuales y futuros del gobierno (netos de gasto crítico) serán suficientes para pagar su deuda acumulada”).

Pero no, como bien sabía Vespasiano y todo un economista como Rajan ignora, es que el dinero no “huele”. que aquellos que compran deuda pública, quieren que se les pague el principal y los intereses, en dinero, venga este de donde venga. Y les debe dar  igual, a menos que sean unos sádicos, si ese dinero viene empapado de los sudores y olores del trabajo de las gentes o si viene limpito y oliendo a tinta recién impresa de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. Lo importante es que sea DINERO: algo que sirve como unidad de cuenta, medio de pago y depósito de valor. Pedir, exigir -como lo hace R.Rajan y los demás economistas neoclásicos- que la deuda pública sea pagada con “el sudor de la frente” de quienes no la tienen es una estupidez económica, si la alternativa igualmente (o más) es eficiente pagarla con dinero, con billetes que no cuesta nada hacerlos. Una estupidez que responde, sin duda, a la idea de que, a fin de cuentas, el dinero es en última parte algo costoso de producir, como el oro. Sí, realmente, en el fondo, el cerebro de los economistas neoclásicos nunca ha logrado superar el “salvaje” (en opinión de Keynes) estadio del “patrón-oro: No conciben la existencia de un dinero que no sea el dinero-mercancía, el dinero que cuesta el ser producido. Por eso no entienden nada del mundo moderno.

Dicho de otra manera, la defensa de Rajan de que la deuda pública ha de ser siempre pagada con dinero procedente de impuestos, o sea, costando esfuerzo y penalidades a quienes al final la pagan  con sus trabajos y vida, que la pagan así a quienes la han comprado previamente (o sea, los pudientes), no tiene ninguna lógica económica en las condiciones que define la Teoría Monetaria Moderna. Responde por ello más bien a un programa político muy determinado. Un programa que cuestiona la ayuda a los “pobres y vulnerables” como improductiva, pues no genera  impuestos en la cuantía necesaria para pagarla. Un programa, en suma. que defiende la desigualdad y la exclusión social, que -para colmo- pretende que la “Ciencia” Económica lo avala.

¡Cómo se les nota a estos “economistas” cuando su “ciencia” no es más que “ideología”!

Nota: Sobre esto del dinero-“sangre-sudor-y-lágromas” y del dinero-“gratis””, másd o menos, he escrito ya muchas veces. Por ejemplo en https://www.rankia.com/blog/oikonomia/4630289-casa-papel-lecciones-economicas-profesor  donde  -por una vez- los guionistas de una serie televisiva “acertaron”, lo que es difícil y digno por ello de ser reconocido."                  (Fernando Esteve Mora , redmmt, 16/12/20)

8/11/16

Desde los 80, la deuda se ha utilizado como palanca para introducir la cesión de la soberanía alimentaria a los mercados... como en Haiti

"Los recursos de los países empobrecidos se destinan ahora a pagar a los acreedores y no se pueden invertir en hacer frente al empobrecimiento de la población, a los impactos del cambio climático o a una sequía prolongada"

Hace unos días el Fondo Monetario Internacional (FMI) alertó del aumento de la deuda global en los últimos años. 152 billones de dólares. El 225% del PIB mundial. Una enorme bomba de relojería que afecta no sólo países de la periferia europea o emergentes, sino también a buena parte de los países más empobrecidos del planeta. 

Desde la crisis de 2008, una parte de los capitales que huyeron de Europa buscaron rentabilidad en los países emergentes, pero también en los estados con rentas más bajas que estaban creciendo a buen ritmo. Mozambique, Etiopia, Ghana o Senegal, entre otros, atrajeron al crédito internacional, público y privado.

La ayuda ofrecida en forma de crédito, la emergencia de nuevos acreedores como China o créditos de la banca internacional huyendo de los bajos intereses en Europa, encontraron clientes en África, América Latina y Asia.  

El nivel de crédito a los países del sur se ha multiplicado desde 2008. Algunos de estos países, que habían recibido cancelaciones de deuda, ahora vuelven al punto de partida: están en situación de sobreendeudamiento. Pareciera que nadie ha aprendido la lección. (...)

Cada nuevo crédito del FMI, cada proyecto del Banco Mundial, incluso las reestructuraciones y cancelaciones de deuda que han recibido algunos de los países más empobrecidos, han estado condicionados, hasta hoy, a la aplicación de más ajustes, de más privatizaciones, eliminación de subsidios, desregulación de mercados laborales, liberalización de mercados financieros, reducción de aranceles, eliminación de barreras al libre comercio…

En definitiva, políticas que tras décadas de aplicación y han ido dejando a los países indefensos ante uno de los mayores problemas que pueden afrontar: el hambre.

En Zambia, en 1991, los créditos del FMI para refinanciar la deuda llegaron condicionados a la eliminación de los subsidios sobre los alimentos y fertilizantes, o los créditos públicos agrícolas. Años más tarde una evaluación del propio Banco Mundial reconoció que retirar los subsidios a los fertilizantes llevó a un estancamiento económico del sector agrícola, con lo que ello supone de impacto a la seguridad alimentaria de las familias campesinas.

Un caso paradigmático es el de Haití. En los años 70, el país más empobrecido del hemisferio occidental tenía un 98% de autosuficiencia de cereales. En 2009 importaba el 82% de los cereales que consumía. En 1995 el FMI forzó al retornado presidente Aristide a reducir los aranceles sobre el comercio del arroz de un 35% a un 3%. Entonces el crédito del FMI fue una condición que el gobierno de Estados Unidos impuso a Aristide para poder volver al país después del golpe de Estado de 1991.

La medida supuso un incremento de un 150% de la importación de arroz entre 1994 y 2003. La mayor parte de ese arroz proveniente de Estados Unidos, subvencionado por su gobierno y vendido en Haití a precio inferior del precio de producción del arroz haitiano. Aún hoy es más fácil y más barato comprar arroz estadounidense en los mercados haitianos que el producido en el país.En las zonas de producción de arroz en Haití se concentran los mayores porcentajes de malnutrición del país.

La medida supuso el empobrecimiento de miles de familias campesinas, que abandonaron el campo para vivir en los arrabales de las ciudades. Los mismos arrabales que en 2010 fueron derrumbados por el terremoto y hace unos días arrasados por el huracán Matthew.

Mali recibió en 2006 una importante cancelación de deuda por parte de sus acreedores bilaterales y multilaterales. Más de 1.600 millones de deuda cancelada. El acuerdo estuvo condicionado a la adopción de medidas de ajuste (o de "modernización y crecimiento económico", como eufemísticamente las llaman a menudo en Washington).

Entre ellas se obligó a acabar con el precio subsidiado del algodón, del que vivían unos 3,5 millones de personas en el país. El algodón no subsidiado maliense tuvo que competir en los mercados internacionales con el algodón subsidiado y producido en Estados Unidos o la Unión Europea. En pocos años la deuda ha vuelto a crecer, y los campesinos de Mali han seguido empobrecidos y sin posibilidad de competir con los gigantes del Norte.

Malawi, también en una operación de "alivio de la deuda" siguió las indicaciones del FMI y acabó privatizando el sistema público de comercialización agrícola (que permitía mantener stocks de grano para hacer frente a períodos de sequía u otros imprevistos), eliminando también los subsidios a los fertilizantes.

Entre 2001 y 2005, cuando el país tuvo que afrontar situaciones de crisis alimentaria, no disponía de herramientas para hacerlo. De hecho, en 2002 el ministro de Agricultura de Malawi, Aleke Banda, declaró que el FMI estimuló al gobierno a vender al menos parte de la reserva de alimentos en el año 2000 para reducir la deuda.

El FMI negó la mayor, argumentando que en realidad tan sólo aprobó una recomendación de la Comisión Europea para que Malawi redujera su excedente de granos. Nada de presiones, argumentó el FMI. Pero claro, ¿quien es el ministro de agricultura africano que, teniendo una cancelación de deuda pendiente por parte del FMI, no hace caso a las "recomendaciones" de la Comisión Europea y el propio FMI? Al completar el proceso de cancelación de deuda bajo la tutela del FMI, en 2006, Malawi reintrodujo los subsidios agrícolas, permitiendo así incrementar la producción de maíz.

La lista de ejemplos sigue. En los años 90, el Banco Mundial, con sus economistas formados en las mejores universidades, recomendó a países como Vietnam, Uganda, Etiopía o Kenia a incrementar la producción de café a la exportación. El aumento de la oferta hizo colapsar el precio del café en los mercados internacionales. Economía básica. Ley de la oferta y la demanda. Los productores se quedaron sin recursos para comprar comida, una comida que antes producían en lugar de café. 

Desposesión de soberanía alimentaria 
Pueden parecer casos aislados, pero no lo son. Desde la década de los 80, la deuda se ha utilizado como palanca para introducir medidas neoliberales, como la reducción del papel del Estado y la cesión de la soberanía a los mercados, incluida la soberanía alimentaria. 

El mantra de focalizar los esfuerzos en una agricultura moderna para la exportación ha dejado a la mayoría de campesinas del mundo sin capacidad para producir sus propios alimentos. Ha abierto las puertas al acaparamiento de tierras por parte de inversores extranjeros y ha dejado a millones de personas sin acceso a la tierra. 

El propio Banco Mundial reconoció en un informe en 2005 que esta estrategia basada en la promoción de la exportación de productos básicos agrícolas puede llevar al empobrecimiento. Sin embargo, no ha cambiado la estrategia.  (...)"              (Iolanda Fresnillo

3/6/15

La deuda pública a escala mundial asciende a casi 50 billones de euros, mientras que el PIB de todos los países supera por poco los 70 billones. El mundo está en quiebra técnica

"(...) La deuda pública a escala mundial asciende a casi 50 billones de euros, mientras que el PIB de todos los países supera por poco los 70 billones. De esa producción global convertida en dinero o valores financieros, el 25 por ciento, cerca de 18 billones, se encuentran escondidos en paraísos fiscales.(...)

 La deuda pública a escala mundial asciende a casi 50 billones de euros, mientras que el PIB de todos los países supera por poco los 70 billones. De esa producción global convertida en dinero o valores financieros, el 25 por ciento, cerca de 18 billones, se encuentran escondidos en paraísos fiscales.  (...)

 Si se sumara a la deuda pública el astronómico fardo de la privada (bancos, empresas, familias) entraríamos en un absurdo de perfil aún superior: el mundo estaría (¿está?) en bancarrota técnica pues las deudas son infinitamente mayores que la producción. (...)

¿Cómo es posible que un prestamista acumule un excedente de riqueza que transformada convenientemente por la ingeniería financiera cede a terceros mediante un interés monetario como si fuera dinero propio? Gracias al robo, legalizado o no. 

O a la plusvalía obtenida previamente en negocios no laborales que genera un ahorro particular extraordinario. O a la especulación con cantidades no necesarias para el gasto vital mínimo. O a través de la gestión colectiva de pequeños fondos de particulares. O extrayendo recursos y materias primas de países pobres a precios de saldo. (...)

Ahí se oculta uno de los trucos del concepto de deuda pública. Los países captan fondos del mercado y se debe, por ende, a las instituciones privadas que operan como fantasmas en el mismo. En pocas palabras, los países deben a las empresas y jamás al contrario. Cuando se dice, por ejemplo, que Grecia tiene contraída una deuda con Alemania resulta completamente falso: son bancos alemanes los acreedores de los griegos, no el país como tal. 

Si fueran obligaciones contractuales entre países, las deudas globales y particulares entre ellos quedarían reducidas, modificadas o condonadas de modo más sencillo y transparente, restando o cancelando cantidades que se superponen entre sí y obteniendo saldos simples a favor o en contra. Pero la realidad resulta más sofisticada y compleja. Bancos españoles pueden ser acreedores a la vez de Alemania, Grecia y España. 

Y entidades de cualquier país de otros terceros. Por ello, cuando los gobiernos de turno defienden los intereses de todos los habitantes en la deuda de un país dado la mentira que deviene es colosal: solo hablan en interés de bancos o empresas privadas anónimas, jamás en el mal utilizado interés público o general.

Por tanto, la deuda pública es una falacia ideológica y política tal y como se plantea por los gurús financieros, analistas de mercado o bursátiles y los ministros de finanzas, hacienda o economía de los países occidentales. Sobre esa falacia argumental y su lógica absurda descansa el sistema neoliberal de la globalidad contemporánea.  (...)"         (Armando B. Ginés , Rebelión, 30/05/2015)

19/2/14

La tiranía de la deuda en el imperio de los acreedores


El antropólogo estadounidense David Graeber, líder del movimiento 'Occupy Wall Street', reexamina en la obra 'En deuda' los violentos cimientos económicos del capitalismo, y describe la deuda como una herramienta de los Estados para controlar a los ciudadanos y emplaza a una condonación de los créditos

"El mundo necesita condonar todas las deudas existentes. Tanto las internacionales como la de los consumidores. De esta manera, se “aliviría sufrimiento” y la humanidad recordaría que el “dinero no es inefable”, que “pagar los propias deudas no es la esencia de la moralidad” y que la democracia es el sistema que permite a las personas ponerse de acuerdo para buscar lo mejor para todos.

 Esta es la “propuesta” que lanza el antropólogo estadounidense David Graeber, líder del movimiento Occupy Wall Street, en su ensayo En deuda, una historia alternativa de la economía (Ariel) [Debt: The First 5000 Years]

La propuesta de Graeber, doctor en Antropología y profesor del Goldsmiths de Londres, no es producto de una genialidad propia, siquiera de una observación de la realidad económica del mundo occidental, sumido en una grave crisis de deuda desde 2008. 

Graeber repasa la historia de la economía mundial desde la antigua Mesopotamia hasta la actualidad a lo largo de 516 de páginas, en las que reexamina los orígenes de diferentes mitos y aseveraciones que el sistema ha convertido en verdades indiscutibles como el origen del capitalismo o el propio concepto de deuda. (...)

La premisa que da lugar al análisis de la historia económica es contundente. Tras la explosión de la crisis en 2008 quedó patente que “la historia que se había contado a todo el mundo durante la última década se había revelado como una inmensa mentira”.

 Por lo que Graeber considera imprescindible iniciar un “auténtico debate público acerca de la naturaleza de la deuda, del dinero y de las instituciones financieras que han acabado teniendo el destino del mundo en sus manos”. Un debate indispensable en las puertas de un cambio de era, según Graeber. “Cada vez más, parece que no tenemos otra opción”. (...) 

Smith y los posteriores historiadores de la economía olvidan adrede, a juicio de Graeber, que la historia del mercado y de la deuda, y del capitalismo por extensión, están ligadas a la guerra, la conquista militar, la esclavitud o el tráfico de personas.

 Remarca Graeber que la deuda y el mercado no han existido sin la compañía de una institución fuerte, ya sea ley sharia, la monarquía de origen divino, o el Imperio romano que imponen a ciudadanos o súbditos que imponga determinados tributos, impuestos y dé valor a las deudas adquiridas. (...)

 Para Groeber, la economía como tal surge en el momento en el que en la antigua Mesopotamia se iniciaron a contabilizar por escrito las deudas. En todas y cada una de las experiencias humanas en sociedad, argumenta Groeber, ha existido la deuda. 

Sin embargo, las diferentes civilizaciones, como la romana o la griega, quienes también se vieron envueltas en diferentes crisis de deuda, insistieron en “suavizar el impacto, eliminar abusos evidentes como la esclavitud por deudas” o “emplear los botines del imperio para proporcionar todo tipo de beneficios extra a sus ciudadanos pobres a fin de mantenerlos más o menos a flote pero que nunca cuestionaran el propio concepto de deuda”. 

Asimismo, otras sociedades aplicaban una especie de año Jubileo en el que se borraban todas las cuentas y se reiniciaban las cuentas para que las bases sociales del sistema no se sublevaran.

El imperio capitalista, forjado durante los últimos 500 años, aprendió esta lección. A través de la deuda, sus principales potencias establecieorn una jerarquía mundial condenando a una gran mayoría del mundo a una esclavitud eterna (en este punto el autor pone como ejemplo la historia de Haití, pero sabía cómo mantenerse.

 El sistema en una "situación de conflicto de clases" límite que ponía en peligro su propia viabilidad, debido al auge del comunismo en el período de entreguerras y tras la Segunda Guerra Mundial, supo repartir “los botines del imperio de la deuda” entre los ciudadanos de los países dominantes. Tal y como hizo Roma o Atenas para superar sus respectivas crisis de deuda.

En el caso de que las instituciones no respondieran a tiempo a la situación de crisis se corría el peligro de una sublevación popular. “A lo largo de la mayor parte de la historia, cuando ha aparecido un conflicto abierto entre clases, ha tomado la forma de peticiones de cancelación de deudas: la liberación de quienes se contraban en la servidumbre por ellas y, habitualmente, una redistribución más justa de las tierras”, escribe.

El sistema aplicó las tesis keynesianas y “suspendió la guerra de clases”. “Para explicarlo crudamente: a las clases trabajadoras y blancas de los países de Atlántico Norte, de Estados Unidos a Alemania, les ofrecieron un trato. 

Si acordaban dejar de lado las fantasías de cambiar radicalmente la naturaleza del sistema, se les permitiría mantener sus sindicatos, disfrutar de una amplia gama de ventajas sociales (...)”, explica.(...) Sin embargo, en 1979 con la llegada de Ronald Reagan y Margaret Thatcher al poder en Estados Unidos y Gran Bretaña, respectivamente, el sistema capitalista volvió a mutar y el “trato quedó deshecho”. (...)

No obstante, a diferencia de otras fases de la historia el Estado o el Imperio no ha actuado para defender a la población de los acreedores. Muy al contrario, ha obligado a los “deudores pobres” a rescatar a los “deudores ricos” y ha modificado las normas para proteger a los acreedores de manera que el pago de la deuda por parte de los pobres sea obligatoria. “Resulta que no todos tenemos que pagar nuestras deudas, sólo algunos”, analiza.

Por ello, Groeber emplaza a “limpiar la pizarra [de deudas] a todo el mundo y volver a comenzar”. La manera de organizarse en esta nueva etapa aún es desconocida. La alternativa no lo tendrá fácil, recuerda Groeber, quien señala que durante los últimos treinta años la sociedad ha presenciado “la creación de un vasto aparato burocrático para la creación y mantenimiento de la desesperanza” cuyo objetivo es asegurarse de que “los movimientos sociales no crezcan, florezcan o propongan alternativas”. “Cualquier idea de cambiar el mundo parece una fantasía vana e infundada”, apunta.

El primer paso de la nueva forma de organización social está señalado. “Limpiar la pizarra de deudas”. Después, apunta Groeber habrá que continuar debatiendo. “Lo que sí sabemos es que la historia no ha acabado y que surguirán con total seguridad nuevas y sorprendentes ideas”, concluye."                  (Jaque al neoliberalismo, 22/01/2014)

14/1/14

Los tres ciclos de la especulación financiera

"Esta situación recuerda, una vez más, la teoría sobre la inestabilidad natural del sistema financiero que desarrolló en los ochenta Hyman Minsky, que ha sido reproducida en el libro titulado Ulises y las comadrejas, del gestor alemán de fondos Georg von Wallwitz (El Acantilado editorial). 

Minsky sostenía que los mercados financieros pasan siempre por tres estadios, que se repiten de modo cíclico. 

En el primero, los inversores no son codiciosos y valoran ante todo la seguridad; las adquisiciones se financian de forma conservadora y los ingresos cubren los intereses y la amortización de los créditos. El inversor dice: “las cosas no pueden ir muy mal si el crédito que he solicitado para financiar un inmueble o para comprar otra empresa es tan bajo que los ingresos que obtengo por su alquiler o los dividendos que reparte la compañía me permiten devolver el dinero que he pedido prestado”.

 En el segundo estadio, la moderación cambia de signo. Ante el alza de los precios de los activos, el inversor pide más créditos. Sus ingresos siguen cubriendo los intereses, pero ya no le permiten amortizar el capital. El inversor paga los intereses y confía en que podrá refinanciar lo que debe con nuevos créditos. Ello solo será posible mientras los precios sigan creciendo.

En el tercer y último estadio se produce lo que se denomina una “financiación Ponzi” (un sistema piramidal que no se rompe mientras siguen entrando nuevos inversores: se paga a los antiguos con el dinero de los nuevos, hasta que…).

 Los ingresos ya no son suficientes ni para cubrir los intereses ni para amortizar el principal del crédito. Una financiación así solo es posible mientras los precios suben con fuerza y el inversor puede colocar el inmueble o la empresa comprada, a un precio notablemente superior. Tarde o temprano, el sistema piramidal se viene abajo.

Eso es lo que ocurrió en el sistema hipotecario norteamericano a partir del año 2007, y lo que ha sucedido en España con muchas empresas, que ahora están en el tercer estadio. Según Minsky, el capitalismo moderno, basado en las finanzas, está condenado a repetir una y otra vez este movimiento pendular, que le lleva de la financiación conservadora a la “financiación Ponzi” y viceversa.

Las políticas económicas deben tratar de estabilizar esta inestabilidad. En España no se ha conseguido. De ahí estos extravagantes porcentajes de lo que los españoles debemos y la duda de si es posible pagarlos sin quitas."               ( , El País, Madrid 3 NOV 2013 )

29/4/12

La primera palabra registrada que significa “libertad” es la sumeria amargi que quiere decir libre de deudas y por extensión, libertad. En sánscrito, hebreo y arameo, “deuda”, “culpa” y “pecado” son la misma palabra.

"Cuando dices que al comenzar los registros históricos en torno al 3.200 ac ya hay una arquitectura financiera compleja ¿Está al mismo tiempo la sociedad dividida en clases de deudores y acreedores? Si no, cuando sucede esto. ¿Es esta la división de clase fundamental en la historia de la humanidad?

Históricamente, hay dos posibilidades. Una es la que existe en Egipto: un Estado fuerte centralizado con una administración que extrae impuestos de la población. Durante la mayoría de la historia de Egipto nunca tuvieron costumbre de prestar dinero a interés. Posiblemente, tampoco tuvieron necesidad.

Mesopotamia era diferente porque el Estado apareció de una manera irregular e incompleta. Al principio tenían unos templos burocráticos gigantescos y después palacios y no extraían impuestos, estos sólo se consideraban apropiados para las poblaciones conquistadas.

 Más bien eran complejos estatales con sus propias tierras, rebaños y fábricas. El dinero aparece como unidad de cuenta para la asignación de recursos en estos sistemas estatales.

Los préstamos a interés, a su vez, se originaron en acuerdos entre los administradores y los mercaderes que llevaban, por ejemplo, las manufacturas laneras producidas en las factorías-templo (que en el primer periodo eran, al menos en parte, casas de caridad para huérfanos, refugiados o discapacitados) y los cambiaban en tierras lejanas por metal, madera o lapis lazuli.

 Los primeros mercados que se formaron en los márgenes de estos complejos parece que operaron utilizando ampliamente el crédito y las medidas de cuenta de los templos. Este mecanismo dio a los mercaderes, los administradores del templo y otros tipos adinerados la posibilidad de dar préstamos al consumo a los granjeros que, después, si la cosecha era mala, caían en las trampas de la deuda.


Este fue el gran mal social de la antigüedad, las familias tenían que empeñar sus rebaños y sus campos, y al poco tiempo sus mujeres y sus hijos caían en la servidumbre por deudas.

Con frecuencia la gente abandonaba las ciudades, y se unían a bandas seminómadas con la amenaza de volver con fuerza para derrocar el orden establecido. Los gobernantes se dieron cuenta de que la única manera de prevenir la ruptura social completa era el “borrón y cuenta nueva”, cancelaban toda la deuda y comenzaban de nuevo.

 En realidad, la primera palabra registrada que significa “libertad” es la sumeria amargi que quiere decir libre de deudas y por extensión, libertad. Literalmente, amargi, quiere decir “volver con la madre” porque una vez que se habían cancelado las servidumbres por deuda los peones podían volver a su casa. (...)

En sánscrito, hebreo y arameo, “deuda”, “culpa” y “pecado” son la misma palabra. Gran parte del lenguaje de los grandes movimientos religiosos -concienciación, redención, contabilidad kármica y demás- están tomados de las finanzas antiguas.

 Pero es un tipo de lenguaje que siempre se muestra inadecuado y forzado para querer decir algo completamente diferente.

Es como si los grandes profetas y los maestros religiosos tuvieran que comenzar con ese tipo de lenguaje porque no había otro disponible, pero que lo hicieran para algo completamente diferente: como una manera de decir que las deudas no son sagradas y que el perdón de la deuda, la capacidad de anular la deuda o de tomar conciencia de que las deudas no son reales, son los actos verdaderamente sagrados.

¿Cómo sucedió esto? Como dije al principio la gran pregunta acerca del origen del dinero es ¿Cómo se transforma el sentido de la obligación, el “te debo una”, en algo que puede ser cuantificado con precisión? La respuesta parece ser: cuando hay potencial para que la situación se vuelva violenta.

 Si das a alguien un cerdo y te da a cambio unos cuantos pollos puede ser que pienses que es un rácano y que te burles de él, pero es poco probable que encuentres una fórmula matemática que te diga exactamente como de tacaño es tu vecino.

 Si alguien te saca un ojo en una pelea, o mata a tu hermano, es cuando empiezas a decir “la compensación tradicional es exactamente de veintisiete terneros de la mejor calidad y si no son de la mejor calidad, esto es la guerra”.

El dinero, en el sentido de un equivalente exacto, parece emerger de ese tipo de situaciones pero también de la guerra y el saqueo, del control de los botines y la esclavitud. En la Irlanda medieval, las esclavas eran la moneda de mejor calidad.

 Y se podía especificar el valor exacto de todo lo que había en una casa, a pesar de que poquísimos de esos objetos estaban a la venta en ninguna parte porque estas equivalencias se utilizaban para pagar multas o reparaciones en el caso de que alguien las rompiera.

Una vez que se comprende que los impuestos y el dinero comienzan con la guerra es más sencillo comprender lo que ha sucedido. Cualquier mafioso comprende esto: si se quiere tomar una relación de extorsión violenta, de puro poder, y encima, hacer que parezca que las víctimas tienen la culpa, hay que convertirla en una relación de endeudamiento.

 “Te debo algo, pero ahora mismo no te puedo pagar”. Es imposible saber cuantas veces han dicho esto los endeudados a lo largo de la historia. La cuestión fundamental es que el único paso posible después es decir “espera un minuto, ¿quién debe qué a quién?” y, por supuesto, esta ha sido la respuesta de los perjudicados durante muchos años, pero en el momento en que se enuncia, se esta usando el lenguaje del poder y admitiendo que deuda y moralidad son una y la misma cosa.

Esta es la situación en la que se vieron atrapados los pensadores religiosos cuando comenzaron a utilizar el lenguaje de la deuda y después lo convirtieron en otra cosa."             (Rebelión, 12/04/2012,'¿Qué es la deuda?', Philip Pilkington, nakedcapitalism.com)