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5/7/22

¿Se dirige Israel hacia una inevitable guerra civil? El exdirector del Mosad Tamir Pardo señaló que «el estado de Israel ha elegido activar el mecanismo de autodestrucción... El país es rico y próspero, con tecnología punta, agricultura, medicina, etcétera, pero se está desangrando. Pronto va a empezar a trabajar el mecanismo de autoaniquilación, de odio mutuo»

 "Israel se está precipitando por una peligrosa pendiente y que cada día cae a mayor velocidad. La fuerza del nacionalismo y de la religión tal como se aplican en el estado judío está detrás de esta dramática situación. Un gran número de notables israelíes advierten alarmados que si no se da pronto un fuerte golpe al timón, la situación se va a escapar de las manos y el país incluso podría desaparecer

Aunque ya hace tiempo que proliferan las voces que advierten que Israel avanza por el lado equivocado de la historia, esta semana se ha multiplicado la publicación de artículos que muy bien pueden interpretarse como una desesperada llamada de socorro ante la inminencia de un conflicto no pacífico entre los judíos que podría conducir incluso a la desaparición del estado sionista fundado en 1948.

El analista Zvi Barel, que escribe regularmente en las páginas de Haaretz sobre temas de Oriente Próximo, advierte que el desgarramiento del tejido social posee demasiados ingredientes que apuntan hacia una guerra civil, una opinión que no se vierte por primera vez, pero no por ello deja de reflejar el creciente malestar social, político y religioso, malestar que nunca había sido tan grande y que se agrava cada día que pasa.

El estrés proviene en primer lugar de un rampante nacionalismo que durante décadas ha estado sembrando odio, primero contra los palestinos y ahora entre los mismos judíos. Esta corriente que nada ni nadie parece capaz de detener ha ido creando una sociedad todavía más nacionalista y religiosa que se mira el ombligo intensamente y rechaza cualquier compromiso con quienes no piensan como ellos.

Nada indica que la deriva por el precipicio vaya a resolverse desde dentro, pero tampoco desde fuera. Si de verdad quiere salvarse a Israel, la comunidad internacional debería intervenir enérgicamente para poner freno a un nacionalismo que lleva incorporada la semilla de la autodestrucción. Sin embargo, nadie puede esperar que mandatarios como Emmanuel Macron o Joe Biden intervengan antes de que sea demasiado tarde.

En una conferencia pronunciada el miércoles en la ciudad de Netanya, el exdirector del Mosad Tamir Pardo señaló que «el estado de Israel ha elegido activar el mecanismo de autodestrucción». «Por favor, paren antes de que sea demasiado tarde», dijo Pardo. «No hemos aprendido nada. Vivimos en una aldea global y todo se sabe, y todos ven lo que está sucediendo aquí». «El país es rico y próspero, con tecnología punta, agricultura, medicina, etcétera, pero se está desangrando (…). Pronto va a (empezar a) trabajar el mecanismo de autoaniquilación, de odio mutuo».

 Otro articulista de Haaretz, Michael Brizon, señala que dada la situación que vive en Israel, lo más sensato que pueden hacer los judíos es volver a la diáspora, agregando que precisamente la dispersión geográfica ha permitido la supervivencia del pueblo judío durante milenios, algo que Israel no puede garantizar en las circunstancias actuales.

«Soy un judío exiliado y orgulloso. Soy un ciudadano global y no mantengo ninguna conexión con mi lugar de nacimiento. Para mí la ‘tierra’ es solo la suciedad donde se cultiva la comida. Ahí entierran a la gente, no tiene ni un ápice de sagrado y no merece que se derrame por ella ni una gota de sangre», escribe Brizon. «Somos un pueblo sin fuerza, sin tierra, sin ejército, sin templo».

«Y cuando nos hemos convertido en ‘nación’, somos tan terribles, estúpidos, violentos y codiciosos como la mayoría de las naciones del mundo. Estamos a poco tiempo de traernos a nosotros mismos la destrucción y otra vez la diáspora, y solo ahí, en el exilio, recuperaremos el sentido perdido y volveremos a la realidad de pueblo vivo». «Estamos bien siendo una minoría, incluso nos conviene un poco de opresión que nos haga sacar lo mejor de nosotros».

A continuación escribe que el estado de Israel es en realidad una continuación del Holocausto y está padeciendo la virulencia de fanáticos no menos peligrosos que en otros tiempos del pasado, como los sicarios, los seguidores del rabino Akiva o los «estúpidos discípulos de Bar Kojba», quien se rebeló contra los romanos y trajo la perdición a los judíos.

«Lo único que puede hacerse es admitir que el sionismo fue un error inocente y volver al exilio para recuperar nuestra fuerza y renovar nuestros valores», explica el articulista de ‘Haaretz’

«Así nos hemos convertido en una ‘nación’ pequeña, arrogante, violenta y mala». «Ya no hay escapatoria de este desastre. Setenta y cinco años de racismo y violencia han corrompido al electorado israelí y ya no se elegirá un gobierno saludable, por lo tanto lo único que puede hacerse es admitir que el sionismo fue un error inocente y volver al exilio para recuperar nuestra fuerza y renovar nuestros valores».

 Otro artículo no menos demoledor y que tampoco prescinde de resonancias bíblicas lo publicó hace algunas semanas el exprimer ministro laborista Ehud Barak, quien se refirió a un escenario existencial dramático. Varios comentaristas, incluido Barak, han recordado que la octava década del estado judío, en la que ahora estamos, tiene antecedentes maléficos.

Según el razonamiento de estos comentaristas, incluido Barak en el diario Yediot Ahronot, en los últimos tres mil años el pueblo judío ha gobernado Palestina en solo dos ocasiones, durante el reinado de la mítica dinastía de David y Salomón, y durante el periodo macabeo, y en ambos casos la octava década representó el final de los reinados. De ahí que recuerden que ahora nos encontramos en la octava década del estado de Israel.

En los dos casos precedentes, destaca Barak, el final de los reinados lo causaron las disensiones internas entre los judíos, una situación que se está repitiendo en la octava década en que nos encontramos. «El proyecto sionista es nuestro tercer intento en la historia (…) Hemos alcanzado la octava década y estamos obsesionados con ignorar las advertencias del Talmud, precipitando (nuestro) final y permitiéndonos un odio libre».

Otro periodista y escritor, Avi Shavit, no tiene más remedio que admitir el gran deterioro que está experimentando el estado judío. «En los últimos años todos nos hemos dado cuenta de que algo ha ido mal. Aunque Israel es una singular historia de éxito, está herido, maltrecho y desangrándose. Ha perdido la orientación y ha perdido el compás».

 Todas las citas mencionadas corresponden a solo una pequeña parte de periodistas, historiadores y políticos que estos días están escribiendo sobre la cuestión y auguran un negro futuro a Israel. Si el estado judío no se desprende del nacionalismo y la religión tal como la está aplicando, es muy probable que más pronto que tarde alcance su ruina.

(Eugenio García Gascón, Corresponsal del diario español Público en Israel. Ha trabajado casi ininterrumpidamente en Jerusalén desde 1991, Other news, 06/06/22)

24/5/22

El movimientos 'queer' aparece en las facultades de letras norteamericanas privadas. Las que están financiadas por el gran capital. Y esas teorías se venden en los medios de comunicación y en la publicidad; y se presentan como progresistas. Pero no tienen nada de eso... para ellos, puede abortar tanto un hombre como una mujer. Porque una persona gestando podría declararse varón. Son ideas muy extravagantes... Nosotros, como psicólogos, defendemos que el transgenerismo no es una enfermedad, en absoluto, pero sí genera sufrimiento en las personas... Pedimos que se nos permita a los psicólogos evaluar lo que está ocurriendo... como, por ejemplo, con los duelos o el malestar emocional de otro tipo. Pero aquí se nos pide que no actuemos y que derivemos a las personas al endocrino para que le recete hormonas. Esto es un gravísimo error... después, el malestar permanece y los intentos de suicidio también se registran. Y hay gente que se da cuenta de que cometió un error al hormonarse u operarse y ya no puede volver atrás

 "Fue hace unos días cuando un grupo de activistas 'trans' se movilizó en Barcelona para tratar de impedir la presentación de un libro que pone en evidencia el lado más irracional de su pensamiento. Se llama Nadie nace en el cuerpo equivocado: éxito y miseria de la identidad de género (Deusto). Sus autores son José Errasti y Marino Pérez Álvarez.

La manifestación terminó en disturbios, pero también provocó que las ventas de la obra aumentaran de forma automática, dado que hubo lectores a quienes se les despertó la curiosidad por este tema, desconocido para el gran público, pero que forma parte del día a día de una parte de la sociedad. En esta entrevista, Errasti ofrece algunas claves al respecto.

Pregunta: Toda esta polémica surge del contenido de su libro, que se titula 'Nadie nace en el cuerpo equivocado'. El título llama la atención. ¿Qué ocurre? ¿El rey está desnudo? 

Respuesta: Efectivamente, el rey va desnudo y nosotros lo queremos denunciar. En la psicología clínica, nosotros vemos constantemente a personas que dicen que han nacido en un cuerpo equivocado. Esa afirmación carece de toda lógica.

P: Pensé que ya se había demostrado la existencia del alma y, entonces...

R: (Ríe) Que yo sepa, científicamente no se ha demostrado. Es un error pensar que en el momento de la concepción ocurrió algún tipo de error para que los cromosomas se alinearan de forma errónea. Esa visión es casi metafísica o religiosa. El cuerpo es lo primero, el punto de partida de la persona y, por tanto, si acaso será lo que venga después, durante la vida, lo que estará en disonancia con respecto al cuerpo.

P: ¿La identidad se construye durante la existencia?

R: Efectivamente. La identidad se aprende en el entorno social donde nos educamos. Todo tipo de identidades, ¿eh? A ciertas edades, corresponden ciertos comportamientos, estéticas y formas de pensar y de sentir. También hay comportamientos que se asocian a cada clase social o a hombres y a mujeres. Aquí influyen los estereotipos sexuales, que configuran la forma en la que se educa a las personas. Todo eso es un aprendizaje social. Es decir, va desde la sociedad hasta el individuo. En libro llamamos a espejismo a este fenómeno, que es el que afirma que la persona viene con unas esencias que pueden llegar a ser distintas a las del cuerpo en el que se encuentran.

P: Se pasó del sexo al género y, ahora, del género al... ¿alma?

R: Esto es volver al machismo de toda la vida, al estereotipo de siempre, de tal forma que el sexo está demorando al género. En fin..., hace 50 años, una niña jugaba al fútbol en el patio del colegio y algún maestro podía corregirla al considerar que su conducta no era propia de su sexo. Eso implicaba poner el género a disposición del sexo. Ahora, por el contrario, ante una niña que juega al fútbol, lo que cabe dudar es que en verdad sea una niña y no haya nacido en el cuerpo equivocado. Eso defienden.

P: Le soy sincero: me pierdo entre esta terminología...

R: Es que hay protocolos educativos en todas las comunidades autónomas por los que los profesores deben estar atentos para ver qué alumnos presentan conductas que no son congruentes con el sexo que se les asignó al nacer.

P: Sexo asignado al nacer...

R: A quien no está dentro de esta historia, esta frase le resultará extravagante. Así se expresa en algunos textos legales. Es que la responsable de Igualdad del Partido Laborista Británico ha llegado a decir que los niños nacen sin sexo; y que se les asigna basándose en algo tan banal como son sus genitales. En fin..., llevamos toda la vida intentando acabar con los estereotipos sexuales y normalizar que una niña juegue al fútbol o un niño se pinte las uñas... llevamos toda la vida diciendo que hay un millón de formas de ser mujer o varón... y ahora se pretende que el estereotipo determine el sexo.

P: Negar la biología. Parece creacionismo...

R: Es que es una postura irracional y subjetivista. Pero ojo, ese subjetivismo no es natural, sino que es aprendida en el medio en el que se mueven los individuos. Hay una generación que ha nacido sumergida en publicidad a la que cien veces al día le dicen que tiene razón, que tiene que basarse únicamente en lo que siente y que nadie puede discutir lo que diga. Entonces, estos chicos y chicas piensan que todo eso conforma un criterio propio, al que tienen que hacer caso por encima de todo... pero ese criterio se basa en repetir como loros lo que han escuchado antes. Mayoritariamente, en redes sociales, Netflix... Esto es un horror. Está llevando a los jóvenes a extremos que no podemos imaginar.

P: Movimientos como el 'queer' surgen de entornos académicos progresistas, pero imponen el individualismo sobre lo colectivo...

R: Exacto. Ellos se presentan como progresistas. Aparecen en las facultades de letras norteamericanas privadas. Es decir, las que están financiadas por el gran capital. Y esas teorías se venden en los medios de comunicación y en la publicidad; y se presentan como progresistas. Pero no tienen nada de eso.

P: Individualismo y cierto fundamentalismo, ¿no?

R: Veamos. Según ellos, si yo soy heterosexual debo sentirme atraído por cualquier persona que se identifique como mujer, tenga o no tenga pena. En caso de que yo rechace como pareja sexual a quienes se identifican como mujeres con pene, me llamarán tránsfobo.

P: Esa influencia ha enfrentado al feminismo...

R: Pero si es que hay quien defiende que el aborto salga de la agenda de derechos de la mujer porque, para ellos, puede abortar tanto un hombre como una mujer. Porque una persona gestando podría declararse varón. Son ideas muy extravagantes.

P: Y en deportes... hay otro debate...

R: Otro más. Pretenden que cualquiera compite en la categoría deportiva del sexo al que sienten que pertenecen, a pesar de que su biología sea otra.

P: Se quiere sacar a la psicología de todo lo relacionado con la transexualidad. Usted, como especialista, ¿cómo considera esta filosofía?

R: Es un peligro. Nosotros, como psicólogos, defendemos que el transgenerismo no es una enfermedad, en absoluto, pero sí genera sufrimiento en las personas. Por eso, ante ese sufrimiento, no creemos que lo mejor sea bloquear la pubertad a alguien de 11 años. Pedimos que se nos permita a los psicólogos evaluar lo que está ocurriendo.

P: A eso lo llaman 'patologizar', ¿no?

R: Pero es que no es así. Los psicólogos no evaluamos el estado 'bio-médico' de quien sufre. Esto no es una enfermedad y no lo patologizamos, pero sí debemos explorar a estos individuos para conocer las causas del transgenerismo. Porque hay preguntas interesantes que deben plantearse. Por ejemplo, ¿si no hubiera tenido acceso a las redes sociales durante varias horas al día pensaría igual? ¿Hay algún atasco de la adolescencia del que derive ese sufrimiento? Se trata de intentar ayudar como hacemos los psicólogos con problemas de todo tipo, sin que sean enfermedades. Como, por ejemplo, con los duelos o el malestar emocional de otro tipo.

P: Pero aquí se les pide que no actúen...

R: Que no hagamos nada y que derivemos a las personas al endocrino para que le recete hormonas. Esto es un gravísimo error. Es que los profesores de secundaria comienzan a reportar como habitual el que haya en cada aula 1 ó 2 casos de trasngenerismo.

P: ¿Es su libro 'tránsfobo'?

R: No. No lo es en absoluto, por mucho que lo proclamen. A nosotros en alguna ocasión nos han acusado de tránsfobos y les hemos pedido que nos indiquen una idea, un fragmento o cualquier elemento del libro donde se demuestre odio, desprecio, discriminación o maltrato de cualquier tipo hacia estas personas. Y nadie ha encontrado ni una línea. Nosotros somos psicólogos clínicos y queremos ayudar, no rechazar a estas personas. El sufrimiento de estas personas es real. ¡Sufren realmente! No mienten cuando lo dicen. Por eso, nosotros lo único que intentamos es ayudarlas. Entonces, lo que sí está pasando es que se está usando la acusación de transfobia para no tener que rebatir nuestros argumentos. Y te prometo que es la primera vez en la vida que no debaten conmigo, sino que se limitan a llamarme 'mala persona'.

P: La censura...

R: Es que la censura es la única forma de imponer este asunto.

P: Les acusan casi de herejes...

R: Y a ellos les llaman la 'Inqueersición'. La censura es la única posibilidad que tienen de que ese discurso queer radical cuele. Y esas teorías están provocando muchísimos problemas a la juventud.

P: Me habla del sufrimiento de estas personas, pero los activistas al final contribuyen a que se ponga el foco en las protestas, en lugar de en el 'malestar' de los transexuales...

R: Desde luego, esas protestas no ayudan a reducir el sufrimiento. Nosotros lo único que queremos es defender que no hay una 'esencia' con la que nace la persona, sino que eso se conforma durante la vida. ¿Por qué se niegan a debatir sobre eso? Imagina que esta teoría de la 'esencia interior' la hubiéramos aplicado durante el boom de la anorexia, hace 25 años, que también afectó principalmente a los adolescentes. Imagina que la ley nos obligara a confirmar que la chica que se siente gorda efectivamente lo está porque ella lo dice. Reitero: nosotros respetamos absolutamente a la persona que sufre. Nosotros queremos ayudarla y saber el porqué tiene ese malestar.

P: Se presentan los tratamientos de hormonas o las operaciones como un gran objetivo vital...

R: Y después, el malestar permanece y los intentos de suicidio también se registran. Y hay gente que se da cuenta de que cometió un error al hormonarse u operarse y ya no puede volver atrás.

P: Si un padre se encuentra ante esta situación, en casa, ¿qué debe preguntarle a su hijo?

R: Normalmente, los padres reaccionan con confusión. No se dan cuenta de que sus hijos quizás lleven varios años leyendo sobre el tema en las redes sociales, pero a los padres les suene a chino lo que les dicen. Puede que miren en Google ante esta situación y encuentren auténticas barbaridades. De hecho, incluso es posible que vayan al médico y les proscriban un tratamiento hormonal. Mira, hay una asociación que se llama AMANDA que está conformada por padres que no están dispuestos a que a sus hijas de 17 años les amputen los pechos o que a los 12 años les pongan un tratamiento hormonal."                    (Rubén Arranz, Vox Populi, 22/05/22)

4/2/21

Los seguidores de las teorías conspiranoicas se sienten especiales arropados y heroicos y no dejarán que la realidad les estropee todo un sistema de creencias

 "La ciudad entera iba a ser arrasada por una inundación divina. Esa era la profecía que se cumpliría el 21 de diciembre de 1954 y que había llevado a los más devotos creyentes de la secta a vender sus posesiones y a esperar que los platillos volantes los rescataran. 

Un grupo de psicólogos, comandados por Leon Festinger, vieron una oportunidad dorada de analizar cuál sería la reacción del grupo cuando las naves no llegaran y se infiltraron en él. Tenían una intuición: al llegar la gran decepción, los más fervientes no dejarían de creer e incluso reafirmarían sus dogmas. En efecto: llegado el momento, y tras la confusión inicial, se convencieron de que la divinidad se había conmovido por sus rezos y había detenido el castigo. 

A partir de aquí se desarrolló el concepto de la disonancia cognitiva: cuando el cerebro se enfrenta a una contradicción de ese calibre entre los hechos y las creencias, o niega los unos, o corrige las otras. Era imposible no recordar el libro de Festinger Cuando las profecías fallan al ver a los miembros de QAnon llorar y lamentarse durante la toma de posesión de Joe Biden como presidente de EE UU. Estaban esperando el arresto de todos los demócratas, pero esos platillos volantes nunca llegaron.

QAnon tiene todos los elementos para ser la primera teoría de la conspiración surgida de las redes que se convierte casi en una religión o un culto sectario, saltando desde los foros más exaltados de Internet hasta familias más convencionales por todo EE UU. Según los especialistas, el éxito no depende de que se cumplan o no las profecías, sino de la sensación de comunidad y el propósito idealista: se sienten arropados y heroicos. 

En un entorno de incertidumbre descontrolada y tras años de promoción desde las élites de los “hechos alternativos”, los seguidores de QAnon son víctimas de esta explicación simplista que apacigua la inquietud de sus cerebros y que se han propagado sin control en redes y medios. “Viven en su propia “burbuja epistémica que se realimenta, en un narcisismo colectivo de quienes se creen en posesión de la verdad”, según José Manuel Sabucedo, catedrático de Psicología Social de la Universidad de Santiago de Compostela. 

Y añade: “Se sienten los elegidos, pero al mismo tiempo víctimas de un enemigo que les niega ese reconocimiento que merecen”. Para Carol Galais, investigadora sobre movimientos sociales de la Universitat Autònoma de Barcelona, “hay un elemento emocional muy relevante y diferenciador: la ira, el enfado”. “Se orienta hacia un actor político y hace más probable la coordinación para una acción política, aunque sea tan descabellada como los eventos del Capitolio”, indica Galais.

En un estudio reciente se analizaron los datos de 56 grupos de teorías de la conspiración en Reddit (un foro de Internet) y observaron que el factor determinante para la captación de un nuevo miembro del grupo se da cuando mantiene diálogos con un creyente y vive cierta marginación fuera de estos foros. En ese aspecto, el paralelismo con las sectas es claro: se rompe con la familia al discutir sobre la existencia de Q, por ejemplo, y se sufre un ostracismo que en tiempos de pandemia es especialmente fácil de lograr.

 “Un factor clave que permite a las sectas aferrarse a sus creencias ante la clara evidencia de que están equivocadas es el apoyo social”, escribe el psicólogo social Jay Van Bavel, de la Universidad de Nueva York. Desde su perspectiva, es poco probable que un solo creyente aislado pueda insistir en sus falsas creencias sobre Q, pero un grupo de seguidores “pueden apoyarse mutuamente y reforzarlas”. Y añade una advertencia: “Las burlas de los no creyentes solo hacen que sea mucho más difícil para los adeptos retirarse del movimiento y admitir que estaban equivocados”.

Los miembros de la secta que analizó Festinger encontraron una forma de huir hacia delante, y los de QAnon también darán con la forma de resolver sus disonancias cognitivas. “El Elegido ha fallado”, resume Galais. “Previsiblemente, los creyentes se dividirán entre los que seguirán siendo fieles a Trump, al menos un tiempo, y los que dejen caer esta creencia en concreto para salvar la mayor parte del resto del esquema mental Q”, sugiere. Y a la larga, opina, esta será la estrategia hegemónica: Trump no era el elegido. 

 “Pueden sacrificar este elemento de la profecía y salvaguardar su sentimiento de identidad común, así como el resto de creencias”, señala. Sabucedo cree que la idea predominante será la de que lo que hicieron “funciona”, algo que les animará a mantenerse activos, quizá ligados a otros grupos extremistas: “Estuvimos cerca’, pensarán, ‘esta vez no pudo ser porque nos falló el vicepresidente o quien sea, pero no éramos nadie y casi lo conseguimos”.            (Javier Salas, El País, 31/01/21)

 

 "Historia de la ‘conspiranoia’ que llevó al asalto del Capitolio. Así funciona QAnon.

 Una de las historias más populares en QAnon, un movimiento informe que agrupa un sinfín de teorías conspirativas en Estados Unidos, es en realidad más antigua que el grupo en sí. Trata de una supuesta red pedófila comandada por los popes del Partido Demócrata —con Hillary Clinton y su jefe de campaña, John Podesta, a la cabeza— que opera en una conocida pizzería de Washington llamada Comet Ping Pong. Absurdo para la mayor parte de la población, el bulo se convirtió en una obsesión para un padre de familia de Carolina del Norte, Edgar Maddison Welch, que el 4 de diciembre de 2016 agarró el coche, un fusil AR-15, una pistola, 29 rondas de munición y se presentó en el local para “investigar por sí mismo” —según dijo a la policía— la trama Pizzagate. Abrió fuego y, por suerte, no hirió a nadie. Cuando revisó el restaurante vio que no había niños esclavos por ninguna parte, sino familias aterrorizadas por su presencia; y se entregó.

Pero el relato de los abusos a menores por parte de los políticos progresistas de la capital siguió vivo gracias, en buena parte, a movimientos como QAnon. Si no era en la pizzería donde ocurrían esas tropelías, sería en otro lugar. La primera publicación detectada de “Q”, el ser misterioso detrás del movimiento, es del 28 de octubre de 2017. Aquel día, publicó en la plataforma 4chan —habitual de matones digitales y agitadores extremistas— que iban a arrestar a Clinton. Y, aunque nada de eso ocurrió, la idea de que disponía de buena información se afianzó en las redes. Lo mismo servía para agitar el bulo de los abusos como para denunciar a los satanistas que rondaban las agencias federales o para acusar a Barack Obama de espiar a Donald Trump.

Las mentiras de QAnon fueron esparciéndose como una mancha de aceite y en este 2020 tan insólito, propicio para la irrealidad, apretaron el acelerador con un bulo idóneo, ya que el fraude electoral es un temor recurrente entre los conservadores, con un apóstol de lujo: el propio presidente de Estados Unidos. Cuando el 6 de enero una turba trumpista asaltó el Capitolio con el fin de boicotear la confirmación de la victoria electoral del demócrata Joe Biden, muchas miradas se volvieron hacia QAnon. Algunos de sus miembros, como Jacob Chansley, más conocido como Jake Angel o el chamán de QAnon (con la cara pintada y cuernos en las imágenes), formaron parte de la revuelta. Ahora, con la justicia persiguiendo a los insurrectos, la sangre derramada de cinco personas y con Trump rendido, algunos de los promotores empiezan a plegar velas. La pregunta que surge es qué ocurrirá ahora.

“El movimiento de QAnon en sí ni es grande ni está creciendo, es uno de esos fenómenos que están captando más atención mediática de la que merecen”, advierte Joseph Uscinski, un profesor de Políticas de la Universidad de Miami, especializado en el estudio de movimientos conspirativos. “Se trata, en realidad, de un movimiento que agrupa todas esas teorías conspirativas que ya llevaban rondando tiempo —la del 5G, la de los antivacunas…—, pero las historias sí las creen grandes grupos de población, es algo que ha sucedido a lo largo de la historia”.

En marzo de 2020, una encuesta de Pew Research, el centro de referencia en estudios sociológicos en Estados Unidos, determinó que el 76% de los ciudadanos había oído hablar de QAnon, y en agosto de 2019, otro estudio de Emerson señaló que solo el 5% creía en sus teorías. En las manifestaciones de seguidores de Trump contra las supuestas “elecciones robadas”, muchos entrevistados o no habían oído hablar de QAnon o no seguían demasiado las redes, pero sí seguían a pies juntillas el bulo del fraude. De hecho, más de la mitad de los votantes de Trump —y fueron 74 millones— cree que Joe Biden ganó de forma ilegítima.

Lo que sí ha logrado QAnon, con su robusta red de redes y sus activos miembros, es aglutinar todo el submundo conspirativo bajo un mismo paraguas cada vez más notorio y que ha conseguido colocar a abiertas seguidoras y voceras —como Marjorie Taylor Greene, de Georgia, o Lauren Boebert, de Colorado— en la Cámara de Representantes. En una nota interna previa al ataque al Capitolio, el FBI clasificó a QAnon como una amenaza de terrorismo nacional. Independientemente del futuro, “sus seguidores seguirán creyendo todas estas conspiraciones pase lo que pase”, dice Uscinski.

Estados Unidos tiene un largo historial de teorías conspirativas, ya sea a cuenta del asesinato de John F. Kennedy o de los atentados del 11-S. La fascinación por ellas conecta con los movimientos populistas y antiestablishment porque se basa en la idea de manos negras moviendo los hilos del mundo de forma coordinada con intereses espurios. También responden a la necesidad humana de certezas existenciales. “Esas teorías tienden a florecer en tiempos de crisis, la gente busca explicaciones que les ayuden a sobrellevar la situación cuando se sienten inseguros e impotentes. También pueden estar buscando respuestas sencillas que les hagan sentir mejor, a pesar de que esto no funciona”, explica por correo electrónico Karen Douglas, profesora de Psicología Social en la Universidad de Kent, en el Reino Unido.

 El del fraude electoral, además, es un tipo de bulo lo suficientemente amplio y recurrente como para garantizar su éxito. La teoría del fraude masivo no apunta a una operación centralizada y personal fácil de identificar y, por tanto, desmentir, como una supuesta trama pedófila en una pizzería de Washington a cargo de los demócratas. En este caso, se señala un interminable cúmulo de irregularidades por el territorio estadounidense (votos tirados a la basura; otros, contados dos veces; papeletas de personas fallecidas coladas en las urnas…) que hace recaer la carga de la prueba en una masa informe de acusados. Además, hace referencia a un viejo y, por tanto, plausible temor, el de las irregularidades en las urnas. Y, por si fuera poco, decenas de legisladores en Washington le han dado pábulo, empezando por Trump.

Un informe del Network Contagion Research Institute, una entidad independiente sin ánimo de lucro, y la American University rastreó en mayo lo ocurrido con la etiqueta #subpoenaObama (la petición de citar a declarar a Obama por, supuestamente, haber espiado a Trump durante las elecciones de 2016) en Twitter y reveló un poder multiplicador asombroso. El 13 de mayo un usuario lo publicó por primera vez y animó a los seguidores de QAnon a reproducirlo. Durante aquel día y el siguiente se llegó a tuitear hasta 4.000 veces por hora. Algunas voces prominentes del mundo conservador y conspirativo, como Glenn Beck o las hermanas Diamond and Silk, se hicieron eco. El 14 de mayo, en la misma red social, Donald Trump instó al senador republicano Lindsey Graham a citar a declarar a Obama. El estudio, publicado escasas semanas antes del asalto al Capitolio, advertía sobre el potencial de este movimiento en el futuro más inmediato a cuenta de los bulos sobre fraude electoral.

Para algunos, ha sido incluso un negocio. David Hayes, un antiguo profesional sanitario de Arizona que se mueve en Internet con el nombre de PrayingMedic, ha llegado a acumular 300.000 seguidores en Twitter y otros tantos en su canal de YouTube, y en Amazon vendió un libro sobre la materia por 15 dólares (12,3 euros). El propio Trump recaudó 170 millones (140 millones de euros) durante el mes siguiente a las elecciones del 3 de noviembre tras pedir donaciones para su infructuosa batalla legal contra el escrutinio. El grueso de ese dinero se destinó a un comité que tiene como objetivo primordial financiar su actividad política posterior.

Tras el asalto y el asedio judicial, muchos promotores del gran bulo empiezan a plegar velas. Ron Watkins, exadministrador de la plataforma 8chan —una de las grandes pistas de aterrizaje de QAnon—, ejerció durante meses de teórico de referencia en las acusaciones infundadas de fraude, logrando retuits del propio presidente republicano y la atención de medios de su cuerda, como One America News Network. Se le ha señalado, además, como posible colaborador o autor de las publicaciones del misterioso “Q”. El 20 de enero, cuando Joe Biden juró el cargo, dio por liquidado el asunto: “Necesitamos volver a nuestras vidas lo mejor que podamos”, escribió en Telegram, “tenemos a un nuevo presidente y es nuestra responsabilidad como ciudadanos respetar la Constitución independientemente de si estamos de acuerdo o no con los nuevos cargos públicos”. “Ahora que entramos en la nueva Administración, por favor, recordad a los amigos y los buenos momentos de los últimos años”, remató.

Las redes sociales han apagado, además, muchos de los altavoces. Cinco días después del asalto al Capitolio, Twitter anunció que había eliminado hasta 70.000 cuentas que habían promovido las teorías de QAnon. Junto con Facebook, tomaron además la controvertida decisión de cerrar el perfil de Trump en sus últimos días de mandato.

¿Qué significa todo esto? ¿Es el principio del fin de QAnon o, pese a todo, esto solo acaba de empezar? El investigador de la organización Atlantic Council Jared Holt, que ha estudiado a este movimiento extremista, afirma que este episodio “ha puesto a prueba la fe de los creyentes de QAnon a un nivel que no había visto jamás”. “Para algunos, esta prueba ha significado un peso demasiado grande con el que cargar y están empezando a dudar de la verdad del movimiento, pero es improbable que QAnon desaparezca a corto plazo. Aunque la figura de ‘Q’ pase a un segundo plano, muchas de las teorías que promueve seguirán adelante. Probablemente lidiaremos con sus efectos residuales durante años”.

A congresistas como Marjorie Taylor Greene o Lauren Boebert les aguardan dos años en el Capitolio. Y otros muchos legisladores, si bien no se han significado tanto en las consignas específicas de este microcosmos, sí sostienen la teoría del fraude, como el senador Josh Hawley, de Misuri, que saludó a la turba puño en alto el día del asalto. “Me sorprendería que este fuera el final de la historia de QAnon”, considera la profesora Karen Douglas. “Yo creo que sus seguidores probablemente están esperando a que ocurra algo, como por ejemplo unas palabras del expresidente, para decidir qué es lo siguiente que hacen”.

Trump dio su último discurso como presidente la mañana del 20 de enero desde la base aérea Andrews (Maryland). Algunos seguidores del movimiento se percataron de que en el escenario ondeaban 17 banderas. Según publicó The Washington Post aquel día hubo quien vio una señal muy clara: la letra 17 del alfabeto es la Q. “¡17 banderas! Vamos, esto es una locura”, dijo alguien en uno de los foros habituales de los seguidores de esta teoría. “No sé cuántas señales más nos van a tener que enviar para que creamos en ‘el plan”, señaló otro. La excentricidad continuó durante unas horas, pero el republicano ya volaba junto a su esposa, Melania, rumbo a su mansión de Palm Beach, en Florida."          (Amanda mars, El País, 31/01/21)

13/7/20

Más de 150 intelectuales reivindican en Estados Unidos el derecho a discrepar. Autores y académicos como Noam Chomsky, Gloria Steinem, Ian Buruma, Margaret Atwood, Mark Lilla o Martin Amis firman una carta contra la "intolerancia” de cierto activismo progresista, que hace mella en ambientes académicos y culturales, donde hay señalamiento y boicoteo, “castigos desproporcionados” y una consiguiente “aversión al riesgo” o autocensura que empobrece el debate público

 "Una carta sobre la justicia y el debate abierto. Texto íntegro de la carta publicada en la revista 'Harper's' y firmada por más de 150 intelectuales sobre la naturaleza del debate en EE UU.

 Nuestras instituciones culturales se enfrentan a un momento de prueba. Las potentes protestas por la justicia racial y social están derivando a otras exigencias atrasadas de reforma del sistema policial, junto con llamamientos más amplios por una mayor igualdad e inclusión en nuestra sociedad, especialmente en lo que se refiere a la educación superior, el periodismo, la filantropía y las artes. Pero este necesario ajuste de cuentas también ha hecho que se intensifique un nuevo conjunto de actitudes morales y compromisos políticos que tienden a debilitar nuestras normas de debate abierto y de tolerancia de las diferencias en favor de una conformidad ideológica.

 Al mismo tiempo que aplaudimos el primer paso adelante, también alzamos nuestras voces contra el segundo. Las fuerzas del iliberalismo están ganando terreno en el mundo y tienen a un poderoso aliado en Donald Trump, quien representa una verdadera amenaza a la democracia. No se puede permitir que la resistencia imponga su propio estilo de dogma y coerción, algo que los demagogos de la derecha ya están explotando. La inclusión democrática que queremos solo se puede lograr si nos expresamos en contra del clima intolerante que se ha establecido por doquier.

El libre intercambio de información e ideas, la savia de una sociedad liberal, está volviéndose cada día más limitado. Era esperable de la derecha radical, pero la actitud censora está expandiéndose en nuestra cultura: hay una intolerancia a los puntos de vista contrarios, un gusto por avergonzar públicamente y condenar al ostracismo, y una tendencia a disolver cuestiones políticas complejas en una certeza moral cegadora. 

Defendemos el valor de la réplica contundente e incluso corrosiva desde todos los sectores. 

Ahora, sin embargo, resulta demasiado común escuchar los llamamientos a los castigos rápidos y severos en respuesta a lo que se percibe como transgresiones del habla y el pensamiento. Más preocupante aún, los responsables de instituciones, en una actitud de pánico y control de riesgos, están aplicando castigos raudos y desproporcionados en lugar de reformas pensadas. 

Hay editores despedidos por publicar piezas controvertidas; libros retirados por supuesta poca autenticidad; periodistas vetados para escribir sobre ciertos asuntos; profesores investigados por citar determinados trabajos de literatura; investigadores despedidos por difundir un estudio académico revisado por otros profesionales; jefes de organizaciones expulsados por lo que a veces son simples torpezas. 

Cualesquiera que sean los argumentos que rodean a cada incidente en particular, el resultado ha consistido en estrechar constantemente los límites de lo que se puede decir sin amenaza de represalias. Ya estamos pagando el precio con una mayor aversión al riesgo por parte de escritores, artistas y periodistas, que temen por sus medios de vida si se apartan del consenso, o incluso si no están de acuerdo con el suficiente celo.

Esta atmósfera agobiante afectará en última instancia a las causas más vitales de nuestro tiempo. La restricción del debate, la lleve a cabo un Gobierno represivo o una sociedad intolerante, perjudica a aquellos sin poder y merma la capacidad para la participación democrática de todos. La manera de derrotar las malas ideas es la exposición, el argumento y la persuasión, no tratar de silenciarlas o desear expulsarlas. 

Rechazamos la disyuntiva falaz entre justicia y libertad, que no pueden existir la una sin la otra. Como escritores necesitamos una cultura que nos deje espacio para la experimentación, la asunción de riesgos e incluso los errores. Debemos preservar la posibilidad de discrepar de buena fe sin consecuencias profesionales funestas. Si no defendemos aquello de lo que depende nuestro propio trabajo, no deberíamos esperar que el público o el estado lo defiendan por nosotros.

La carta publicada en inglés en ‘Harper’s Magazine', en su versión en inglés."             (El País, 08/07/20)


"Más de 150 escritores, académicos e intelectuales ―entre los que figuran Noam Chomsky, Salman Rushdie, Gloria Steinem, Margaret Atwood o Martin Amis, entre otros― han firmado una carta abierta en la que denuncian una creciente “intolerancia” por parte del activismo progresista estadounidense hacia ideas discrepantes.

 Tal y como expone el escrito, consideran que esto hace mella en ambientes académicos y culturales, donde hay señalamiento y boicoteo, “castigos desproporcionados” y una consiguiente “aversión al riesgo” o autocensura que empobrece el debate público. “Debemos preservar la posibilidad de discrepar de buena fe sin consecuencias profesionales funestas”, señalan.

 El texto, publicado este martes en la revista Harper’s bajo el título Una carta sobre la justicia y el debate abierto, aplaude las protestas por la justicia racial y social, por una mayor igualdad e inclusión, pero alerta de que este “necesario ajuste de cuentas” ha intensificado también “un nuevo conjunto de actitudes morales y compromisos políticos que tienden a debilitar nuestras normas de debate abierto y de tolerancia de las diferencias en favor de una conformidad ideológica”.

 “Las fuerzas del iliberalismo están ganando terreno en el mundo y tienen a un poderoso aliado en Donald Trump, quien representa una verdadera amenaza a la democracia, pero no se puede permitir que la resistencia imponga su propio estilo de dogma y coerción”, señalan los autores.

La carta aborda una polémica candente en Estados Unidos, sobre si el nuevo umbral de tolerancia cero hacia inequidades como el racismo, el sexismo o la homofobia está alimentando también algunos excesos que buscan silenciar cualquier disidencia. Los críticos suelen referirse a esto como cancel culture, cuya traducción literal sería “cultura de la cancelación” y que hace referencia a los vetos y señalamiento a creadores o docentes por cualquier desvío de la norma; o woke culture (derivado del inglés, despertar), que hace referencia a una actitud de alerta permanente.

“El libre intercambio de información e ideas, la savia de una sociedad liberal, está volviéndose cada día más limitado. Era esperable de la derecha radical, pero la actitud censora está expandiéndose en nuestra cultura”, señala la carta, que no menciona directamente recientes polémicas concretas con nombres y apellidos, pero sí se explaya en describir situaciones.

 “Los responsables de instituciones, en una actitud de pánico y control de riesgos, están aplicando castigos raudos y desproporcionados en lugar de aplicar reformas pensadas. Hay editores despedidos por publicar piezas controvertidas; libros retirados por supuesta poca autenticidad; periodistas vetados para escribir sobre ciertos asuntos; profesores investigados por citar determinados trabajos”, describe el texto, entre otros ejemplos.

Uno de las polémicas recientes fue la dimisión de James Bennet como jefe de opinión de The New York Times, a principios de este mes. El motivo fue la publicación de una tribuna del senador republicano Tom Cotton, en la que el político pedía una respuesta militar a las protestas y disturbios por la muerte del afroamericano George Floyd. El torrente de críticas dentro y fuera de la redacción llevó a Bennet a ofrecer su renuncia y pedir disculpas. Este admitió que no debía haber publicado esa tribuna y que no había sido editada con suficiente rigor.

A raíz del mismo conflicto, el 10 de junio, la Poetry Foundation anunció la dimisión de dos de sus dirigentes después de una carta de protesta de 30 autores que consideraron tibio el comunicado de denuncia de la violencia policial. También dimitieron la presidenta del Círculo Nacional de Críticos de Libros y otros cinco miembros entre críticas de racismo y violaciones de la privacidad por un rifirrafe en las redes sociales. 

Un analista electoral, David Shor, fue despedido de la plataforma Civis Analytics tras la tormenta que se generó por haber tuiteado el estudio académico de un profesor de Princeton que alertaba de los efectos perversos de las protestas violentas. Según relató The New York Magazine, algunos empleados de la firma consideraron que el tuit de Shor “ponía en riesgo su seguridad”.

Guerra cultural 

El debate sobre dónde acaba la tolerancia cero hacia los abusos y dónde empieza a “cancelarse” la discrepancia también se extiende a la actual revisión de las estatuas y los monumentos nacionales. El presidente Donald Trump, que ha abrazado la guerra cultural como uno de sus argumentos de campaña, se centró en este asunto en un largo discurso del pasado viernes por la noche, en la víspera de la fiesta nacional del 4 de julio.

 “En nuestras escuelas, nuestras redacciones, hasta en nuestros consejos de administración hay un nuevo fascismo de extrema izquierda que pide lealtad absoluta. Si no hablas su idioma, practicas sus rituales, recitas sus mantras y sigues sus mandamientos, serás censurado, perseguido y castigado”, dijo.

Los intelectuales en su carta califican al presidente de “amenaza para la democracia”, pero advierten: “La restricción del debate, la lleva a cabo un Gobierno represivo o una sociedad intolerante, perjudica a aquellos sin poder y merma la capacidad para la participación democrática de todos”.

 “La manera de derrotar malas ideas es la exposición, el argumento y la persuasión, no tratar de silenciarlas o desear expulsarlas. Como escritores necesitamos una cultura que nos deje espacio para la experimentación, la asunción de riesgos e incluso los errores. Debemos preservar la posibilidad de discrepar de buena fe sin consecuencias profesionales funestas”, concluyen."                 (Amanda Mars, El País, 07/07/20)


"Mark Lilla: “Estamos en un nuevo siglo XIX”. Impulsor de la polémica carta, suscrita por 150 intelectuales, en la que se denuncia la “intolerancia” de cierto activismo progresista, el politólogo y ensayista estadounidense responde a la ola de críticas.

No tiene cuenta de Twitter, pero el politólogo y ensayista Mark Lilla (Detroit, 64 años), profesor de Historia de las Ideas en la Universidad de Columbia en Nueva York y autor, entre otros libros, de El regreso liberal y Pensadores temerarios, no es ajeno a la polémica en redes sociales. 

La tribuna que publicó en The New York Times tras la victoria de Trump en 2016, en la que reclamaba que la izquierda en EE UU abandonara la “era del liberalismo identitario” y buscara la unidad frente a la especificidad de las minorías, fue su bautismo en el convulso mundo de las broncas en redes. Esta semana ha vuelto a lo que llama “la cloaca” por la ya célebre carta abierta publicada en Harper’s.

Lilla fue uno de los impulsores de ese texto en el que se denuncia la “intolerancia” de un cierto activismo progresista que ha conducido a despidos de editores y la anulación de la publicación de libros. Los 150 intelectuales que firmaron, entre los que estaban Noam Chomsky, Gloria Steinem, Martin Amis o Margaret Atwood, reclaman el derecho a disentir sin que eso ponga en peligro el puesto de trabajo de nadie, y rechazan la autocensura que sienten que impera. Metido en el fragor de la batalla por la defensa de la carta, Lilla accede a contestar unas preguntas por videoconferencia y se muestra algo agitado.

Pregunta. ¿Cuál fue el principio de la carta?

Respuesta. Tras el despido de James Bennet, el director de opinión de The New York Times, hace unas semanas [tras publicar una tribuna del senador republicano Tom Cotton que reclamaba el despliegue del Ejército contra los manifestantes tras la muerte de George Floyd], un grupo empezamos a escribirnos y ese intercambio de ideas finalmente cuajó.

P. Muchos críticos han señalado que los firmantes gozan de amplio reconocimiento y de tribunas para exponer sus opiniones.

R. Desde que existe Twitter nadie está silenciado, todo el mundo puede entrar en cualquier discusión y ese diferencial de poder no es exacto. Reducen todo a una lucha de poder y no hablan de lo que la carta plantea. Además, dan por hecho que la gente de una misma raza o género tiene los mismos intereses y opiniones, y esto lo ha firmado gente diversa.

P. ¿Por qué no mencionaron el caso que inspiró esta iniciativa?

R. Se trataba de denunciar un clima general, no un caso concreto. Lo de Bennet tiene que ver con peleas en The New York Times sobre las tribunas, pero también con que él no hizo su trabajo [no la leyó antes de que se publicara]. Lo que hemos tratado de capturar es el clima, algo complicado porque puedes sentir la presión barométrica pero eso no siempre significa que puedas señalar lo que ocurre. La gente perteneciente a minorías entiende muy bien esto cuando denuncia que trabaja en un lugar en el que hay un ambiente hostil hacia ellos, es muy difícil hablar de cosas concretas. Creo que hoy hay una psicología de intimidación y miedo, una cobardía a la que nos hemos visto arrastrados.

P. ¿Cómo siente que ha evolucionado la política identitaria desde que publicó su artículo y su libro?

R. Como ha señalado Andrew Sullivan, hemos pasado a vivir todos en un campus universitario. A nuestros hijos se les educa con una conciencia racial y dentro de una narrativa determinada sobre la historia de EE UU. Y esto tiene aspectos positivos. El asesinato de George Floyd ha demostrado que el país estaba listo para abordar el tema racial. Esto es muy bueno. Pero también parece que nos ha conducido a un tipo de política histérica y performativa.

P. ¿Cómo se ha llegado a esto?

R. En EE UU lo que está pasando no es algo tan nuevo. Al final del siglo XX el país no se movió hacia el siglo XXI sino que regresó realmente al siglo XIX. Y aquel siglo trató de fervor religioso, denuncias, censura, indiferencia a las artes, filisteos. Estamos en un nuevo siglo XIX.

P. ¿Quisieron subir el volumen y generar debate y polémica con la carta?

R. Vimos que nadie estaba alzando la voz frente a las campañas de señalamiento. Ahora tenemos a 100 personas más que quieren sumarse. También creímos que la carta sería ignorada. Y, por último, valoramos que podría desatar una tormenta de mierda y esto es lo que ha ocurrido.

P. ¿Cuáles son sus primeras conclusiones sobre semejante tormenta?

R. Es demasiado pronto, estoy en medio apagando fuegos cada media hora. Es deprimente ver el nivel de la discusión y el rencor que hay en la sociedad estadounidense. Este es un momento increíblemente importante con la covid-19, las manifestaciones, Trump, las elecciones. Eso es lo que preocupa a la gente progresista, no lo demás. No soy optimista.

P. Muchos apuntan que la carta le hace el juego a Trump y da munición a la derecha radical. ¿Qué responde a esto?

R. Lo mismo que Orwell cuando habló de la gente que quiere silenciar el intelecto y el debate. Ellos siempre dirán que al hablar y decir la verdad estás beneficiando al otro lado. Pero la verdad nunca es enemiga de la causa.

P. ¿Eran conscientes de que incluir a J. K. Rowling sería aún más controvertido que la propia carta?

R. Hicimos una lista al principio para ver a quien contactaríamos. Algunos querían decírselo a ella porque ha sufrido parte de lo que denuncia carta. No preví que esto sería una excusa para que alguna gente dijera que el texto es tránsfobo. Es una locura, porque no hay una palabra sobre ese tema, y hay un par de personas transgénero que firmaron también y han sido muy atacadas. Esto muestra el tipo de fanatismo y solipsismo que hay. Malcolm Gladwell ha escrito que firmó precisamente porque había otros firmantes cuyos puntos de vista en otros asuntos detesta. Eso es lo que hace que una sociedad sea liberal.

P. ¿Esta discusión ha revigorizado a la clase intelectual estadounidense?

R. Más bien ha revelado cómo de mal está la cosa. Alguien ha escrito que puede que la carta en sí no se sostenga a priori muy bien, pero la reacción en su contra realmente ha demostrado cuánta razón contiene.





"Y la carta de los intelectuales desató la tormenta.  La misiva firmada por 150 personalidades contra la “intolerancia” del activismo progresista enciende un agrio debate, que se libra sobre todo en las redes sociales.

 Firmantes que se han retractado, otros que han defendido orgullosos el escrito, periodistas que han denunciado a compañeros y un torrente de críticas en las redes sociales. La carta abierta firmada por más de 150 intelectuales —entre otros, por figuras de primer orden como Noam Chomsky, Gloria Steinem, Ian Buruma o Margaret Atwood— hecha pública el martes en la revista Harper’s ha avivado una intensa polémica.

El texto alertaba contra una creciente “intolerancia” del activismo progresista en el debate público, aunque expresaba su apoyo a las protestas y denuncias que desde la muerte de George Floyd han tomado las calles y las redes. Entre las respuestas que el texto ha recibido ha habido réplicas agudas, pero también reproches aparatosos que acaban por corroborar precisamente lo que denuncia el escrito.

El episodio en sí refleja lo que se debate estos días en el país más poderoso del mundo: dónde acaba la libertad de expresión y empieza la incitación al odio, cuál es el límite entre la tolerancia cero al abuso y la censura. Los despidos en el mundo académico y editorial y el acoso en las redes era lo que los 150 firmantes parece que querían denunciar y de alguna manera han fomentado. También encarna el pulso que se libra entre las voces anónimas o alternativas y los altavoces académicos y culturales tradicionales, que en la era de las redes sociales se topan con detractores estruendosos.

“No firmé la carta cuando me lo pidieron hace nueve días porque pude ver en 90 segundos que era fatua, una chorrada vanidosa que sencillamente iba a enfadar a la gente a la que supuestamente quería apelar”, escribió Richard Kim, director ejecutivo del Huffpost. Linda Holmes, escritora y presentadora de un programa cultural de la radio pública NPR, señaló que la misiva “es de gente infeliz porque ya no dirigen la conversación y va dirigida a otra gente que ellos creen que también están infelices porque no la dirigen”.

Buena compañía

El caso de la escritora Jennifer Finney Boylan, una de las firmantes, ha sido uno de los más sorprendentes, ya que tras el revuelo que ha generado el escrito se ha retractado. “No sabía quién más iba a firmar esa carta. Pensé que significaba respaldar un mensaje bienintencionado, aunque vago, en contra del señalamiento en Internet. Sabía que Chomsky, Steinem y Atwood estaban ahí y pensé: ‘Buena compañía’. Tendré que cargar con las consecuencias. Lo siento mucho”, señaló. 

A muchos de los firmantes se le ha echado en cara que aceptaran sumarse junto a algunas de las personalidades que ahí aparecen, y a otros simplemente se les ataca por la posición de “privilegio” que ocupan. La escritora y columnista Meghan Daum se defendía aclarando que “es el deber de gente con una tribuna plantarse y denunciar lo que está pasando”.

La historiadora Kerri Greenidge, afroamericana, tuiteó por la mañana que había pedido a Harper’s que quitara su nombre. La revista respondió que había confirmado cada firma, incluida la suya, pero que atendería su petición. Al mediodía Greenidge restringió la visibilidad de su cuenta de Twitter, que pasó a ser privada.

Que la mayor parte de rifirrafes tengan lugar en Twitter no es anecdótico. Esta red es el agente decisivo en un cambio de paradigma, que ha democratizado el debate público pero también ha dado alas a campañas de boicoteo y acoso. “El libre intercambio de información e ideas, la savia de una sociedad liberal, está volviéndose cada día más limitado”, señalaba la carta abierta, y subrayaba como ejemplo el despido de editores, la retirada de libros y el veto a periodistas y profesores.

Entre los firmantes hay personalidades muy diversas, pero todas consolidadas y conocidas. Una voz de la izquierda como Noam Chomsky coincide en la lista de firmantes con la histórica feminista Gloria Steinem o el politólogo conservador Francis Fukuyama. Uno de los impulsores del escrito, el escritor afroamericano Thomas Chatterton Williams, respondió a los reproches: “Algunos críticos dicen de la carta cosas como ‘Esto solo es gente asustada que teme los cambios’. No, esto es gente preocupada por el clima de intolerancia, que cree que la justicia y la libertad están unidos indisolublemente. La gente asustada no firmó”, apuntó, si bien añadió que muchos lo hicieron con miedo.

En la extensa lista figura, por ejemplo, Matthew Yglesias, un escritor y articulista en la publicación Vox. Otra de las firmas de dicho medio, Emily VanDerWerff, que es transgénero, hizo pública una carta que había enviado a los editores del medio de comunicación deplorando que Yglesias formase parte de esa carta, firmada también por “varios prominentes anti-trans”. Esto, dijo, hace su trabajo “más difícil” a partir de ahora, si bien, recalcó, no quería ninguna represalia para el autor. “Esto consolidaría la idea de que es un mártir”, afirmó.

Se refería, aunque sin mencionarlo, a la famosa escritora J. K. Rowling, creadora de la saga Harry Potter, que lleva tiempo en el ojo del huracán por sus críticas hacia las teorías queer sobre el género. Rowling, que ha sido acusada de transfobia,  se declaró “muy orgullosa” de haber firmado una carta en defensa de “un principio fundacional de las sociedades liberales, la libertad de expresión debate y pensamiento”.

Esa misma libertad -y ahí estriba el debate- es la que también arrogan para sí todos sus críticos en Twitter.  “Esta es la primera vez en la historia de América que gente aparte de la financiada por Nueva York y Washington tiene la oportunidad de que se oigan sus voces y los firmantes de Haper’s pierden los papeles porque hay gente malvada con ellos en Twitter, qué embarazoso”, escribió uno de ellos."                       (Amanda Mars, El País, 08/07/20)


 "Auge y caída de J. K. Rowling. La autora de ‘Harry Potter’, enfrentada por sus opiniones a los transgénero, es una de las firmantes más controvertidas de la misiva suscrita por 150 intelectuales.

Érase una vez, podría decirse —puesto que la historia tiene algo de fábula, aunque envenenada—, una madre soltera que dio forma a una saga millonaria en una cafetería. No había calefacción en su casa, tenía un bebé que cuidar, y no quería que pasase frío. Desde la cafetería —de la que hoy es propietaria, The Elephant House— veía un castillo, porque estaba en Edimburgo. Lo convirtió en una escuela de magos, a la que acudiría un niño dickensiano —huérfano y maldito—con el poder para acabar con todos los males.

Así Joanne Rowling se hizo popular. Casi no hubo niño nacido en los noventa que no leyera sus libros. Su nombre, escondido en las iniciales J. K., se instaló en el Olimpo de aquellos que hacen fácil lo más difícil: crear lectores. Capaz de convertir un libro en el más esperado de los objetos —cada nueva entrega era un acontecimiento mundial—, dirigiéndose al público más complejo, el adolescente, J. K. Rowling consintió en dejar que el monstruo creciera y acabara hasta con su última oportunidad de escapar de él.

Sus intentos por distanciarse del universo juvenil —la novela Una vacante imprevista y la serie noir firmada como Robert Galbraith— y acercarse a la literatura para adultos menoscabaron, en cierta manera, su imagen perfecta, pese a contener el principal ingrediente que hizo de la saga de Harry Potter un superventas: vivísimos personajes, en lo que parece un cruce perfecto entre Stephen King y Roald Dahl. Se decía, y ella no abría el pico al respecto, que sus lectores habían permitido a Barack Obama llegar a presidente de Estados Unidos, por su visión tan aperturista del mundo. A posteriori, tal vez su obsesión por no conceder entrevistas tuviese algo de prudente, dadas sus no siempre tan progresistas opiniones.

Suele decirse que se tarda años en construir una reputación pero bastan cinco minutos para arruinarla. Hoy en día, bastan un tuit y un enzarzamiento virtual. Por la boca muere el pez. Y también J. K. Rowling para muchos fans, que han desterrado su nombre de todo lo que tiene que ver con la saga y la acusan ya de antisemitismo —los duendes de Gringotts tienen mucho de la caricatura que los nazis hacían de los judíos—, antifeminismo —el rol de Hermione es siempre secundario—, discriminación hacia los gordos o clasismo. El detonante fue su reacción a un artículo llamado Creando un mundo poscovid-19 más igualitario para las personas que menstrúan, asegurando que a esas personas antes se las llamaba mujeres.

La comunidad trans y, en general, muchos de sus seguidores lo entendieron como un ataque transfóbico, del que Rowling se defendió insistiendo en que no había que eliminar el género biológico de la ecuación y justificándose, en su web, ante la misoginia sufrida y su lucha como mujer que nació “20 años antes” de lo que le hubiera gustado. Se la incluyó automáticamente en el bando de las llamadas TERF, las feministas transexcluyentes, pero la puntilla la puso Stephen King. Primero compartió un mensaje de la escritora sobre la violencia de los hombres contra las mujeres. En cuanto ella se lo agradeció, declarándose fan, contraatacó: “Las mujeres trans son mujeres”. En segundos, Rowling borró la conversación, pero eso no impidió que se convirtiera en el hazmerreír de Twitter.

El último capítulo de su caída en desgracia —hasta los actores de las películas de Harry Potter han lanzado diatribas contra ella— tiene forma de carta. Rowling es una de los 150 escritores y profesores que han suscrito un texto en el que denuncian la intolerancia de lo que llaman “la cultura de la cancelación”. Salman Rushdie, Margaret Atwood, y Gloria Steinem, entre otros, también firmaron la carta. Pero seguramente ha sido el nombre de la madre del niño mago el que más incomodidad ha causado entre algunos de esos mismos firmantes. Muchos han afirmado que no sabían quiénes eran los demás nombres que se habían sumado a la carta hasta que se publicó esta semana en la revista Harper’s.

El debate, y la guerra, han vuelto a Twitter. Aunque el de Rowling se dirige ahora solo a los niños: cuelga incesantemente los dibujos que le hacen llegar sus seguidores más pequeños. No en vano, algunos de ellos ilustrarán la edición en papel de The Ickabog, el cuento infantil que distribuye por entregas de forma gratuita desde el inicio de la pandemia."                  (Laura Fernández, El País, 12/07/20)

6/7/20

«La extrema derecha violenta y el yihadismo comparten una misma cosmovisión»... comparten lecturas reaccionarias de las religiones en las que se sustentan, se alimentan del descontento popular, de la incertidumbre dominante en nuestro tiempo, de la precariedad, de una melancolía por un supuesto pasado heroico al que habría que volver… y sobre todo, son dos fenómenos que se retroalimentan

"Moussa Bourekba, investigador experto en procesos de radicalización, extremismo violento en Europa y en el Norte de África, así como en Islam en los países occidentales, analiza en esta entrevista la relación simbiótica entre la extrema derecha y el yihadismo.

Hace apenas cuatro meses, antes de que la pandemia y sus consecuencias lo ocupasen y englobasen todo, ya vivíamos uno de los momentos históricos más convulsos y violentos: decenas de países aplacaban sin contemplaciones revueltas de su ciudadanía descontenta, los efectos de la crisis climática se hacían acuciantes, el auge de la extrema derecha se materializaba en cada vez gobiernos y parlamentos más autoritarios y el terrorismo yihadista seguía expandiéndose. 

Paradójicamente, la extrema derecha y el yihadismo se presentan y, a menudo así son descritos en los medios de comunicación, como fenómenos contrarios. Los partidos y líderes neofascistas se promocionan como antítesis y antídoto del fundamentalismo islamista, cuando son las manifestaciones más evidentes de la ola involucionista que vive el mundo.  

 Ambas propuestas comparten  lecturas reaccionarias de las religiones en las que se sustentan, se alimentan del descontento popular, de la incertidumbre dominante en nuestro tiempo, de la precariedad, de una melancolía por un supuesto pasado heroico al que habría que volver…  Y, sobre todo, son dos fenómenos que se retroalimentan: cuanto más crece uno, más lo hace el otro, aumentando la polarización de nuestras sociedades.

Sobre esta íntima relación entre la extrema derecha y el yihadismo conversamos con Moussa Bourekba, investigador francés del think tank CIDOB (Centro de Asuntos Internacionales de Barcelona) y profesor asociado de la Universidad Ramon Llull, de la misma ciudad. Experto en los procesos de radicalización, en el extremismo violento en Europa y en el Norte de África, así como en Islam en los países occidentales, es una de las voces más autorizadas para desentrañar este interesado binomio. 

¿Por qué la opinión pública generalista sigue percibiendo la extrema derecha y el yihadismo como fenómenos contrarios cuando son fenómenos simbióticos que responden a la misma lógica involucionista? 

Porque la lectura que se hace es como si de una guerra se tratase. La extrema derecha violenta sostiene, según una lectura huntingtoniana del mundo [la que dio lugar a la teoría del Choque de Civilizaciones], que Occidente está en guerra contra el Islam. Los yihadistas responden que, efectivamente, Occidente ha declarado la guerra a esta religión y que toca defenderse. Y ambos coinciden en presentar ambos bloques como homogéneos. 

En 2015 tienen lugar los atentados de Charlie Hebdo, el 7 de enero, y de París, el 13 de noviembre. Para entonces, la sociedad francesa ya estaba muy polarizada y una parte de la extrema derecha no violenta, que se identifica con Marine Le Pen, explicó estos atentados como la prueba definitiva de la naturaleza violenta del Islam y de su proyecto de conquista e islamización de Occidente. Por su parte, el yihadismo defiende la idea de que Occidente declaró la guerra a los musulmanes a través de la injerencia en Libia, Irak, Palestina, Afganistán y, como la extrema derecha, sostiene que musulmanes y occidentales no pueden convivir.

La extrema derecha violenta considera que el pueblo blanco constituye una entidad homogénea en vía de extinción, por lo que toca salvaguardarla. Y los yihadistas que un musulmán no puede vivir en una tierra donde no rige la ley islámica. Al final, la extrema derecha violenta y el yihadismo comparten una misma cosmovisión en la que oponen dos bloques monolíticos. 

Ha hablado de la extrema derecha no violenta, pero la violenta ya comete más atentados en el mundo que el yihadismo, aunque su número de víctimas sigue siendo menor. ¿Qué métodos comparten estos dos movimientos terroristas? 

Hay un aumento espectacular de atentados de la extrema derecha desde 2015, precisamente cuando la organización Estado Islámico lanzó su campaña internacional de atentados. Hay una similitud sorprendente en las técnicas de propaganda que utilizan ambos para el reclutamiento. Al igual que las organizaciones yihadistas, la extrema derecha violenta también recluta por las redes sociales, así como en foros y plataformas de videojuegos.

También comparten códigos de comunicación: apología de la violencia, convertir en héroes a los que se ‘sacrifican’ para cometer atentados… Incluso hemos visto materiales de la extrema derecha violenta que muestran a yihadistas, por ejemplo, para aprender a elaborar TATP, la sustancia que iban a utilizar los terroristas de Ripoll y Barcelona. O declaraciones en las que dicen seguir como ejemplo a los yihadistas porque comunican y reclutan bien, porque no tienen miedo a la muerte y porque hay un tema de masculinidad tremendo: entienden que castigan como ha de castigarse a las mujeres, que las devuelven a su sitio natural, a los roles tradicionales y nada de feminazis ni igualdad de género… 

Ahora estoy investigando si el escenario ucraniano será para la extrema derecha violenta lo que fue y sigue siendo Afganistán o Siria para los yihadistas. Es decir, un escenario de guerra en el que tenemos a los llamados combatientes extranjeros: en este caso, muchos neonazis de países europeos que se han unido a la lucha en Ucrania, lo que significa que saben manejar armamento, producir explosivos…

Y también estamos viendo una transnacionalización de los grupos de extrema derecha, cuando tradicionalmente eran muy nacionales. El ejemplo es el atentado de marzo de 2019 en Nueva Zelanda, en el que un señor de Australia atentó en nombre de un manifiesto inspirado por un escritor francés. Ya no podemos entender la extrema derecha violenta en términos nacionales.  

¿Qué semejanzas encuentra en el uso que hacen estos grupos de las redes sociales?

Es preocupante porque estamos viendo con la extrema derecha violenta lo que ocurría con el yihadismo hasta 2015-2016, momento en el que las plataformas de redes sociales y los proveedores de Internet empezaron a preocuparse por la divulgación de su propaganda. Es decir, en la actualidad, la extrema derecha está siguiendo las lógicas algorítmicas por las que te puedes radicalizar mirando vídeos de Youtube. Si pones en su buscador “La gran sustitución” [la teoría del escritor ultraderechista Renaud Camus] es muy probable que en cinco vídeos estés viendo llamadas a masacrar a los no blancos.

Luego están sus propios códigos, por ejemplo, los memes de The Frog: recurrir al humor para reclutar a gente. Y también el reclutamiento presencial, en protestas como las que se están dando ahora del movimiento White Lives Matter como repulsa al de Black Lives Matter, o las manifestaciones contra los refugiados… Una táctica que no puede darse en el caso del yihadismo porque no hay manifestaciones a favor de Bin Laden convocadas con el consentimiento de las autoridades.

¿Y el yihadismo está copiando algo de la extrema derecha violenta? 

No lo sé, pero es cierto que, aunque la extrema derecha violenta es más antigua, en términos de experiencia sobre el terreno, de lucha de guerrilla, de sobrevivir en condiciones duras, tiene que aprenderlo todo del yihadismo. De hecho, en muchos foros online donde se juntan neonazis encuentras documentos del yihadismo, como el de referencia Gestión del salvajismo, en el que se da pautas de cómo intervenir en lugares donde el Estado está ausente o por qué usar las decapitaciones. Es fascinante ver a gente de extrema derecha decir que hay que inspirarse en esa gente a la que detestan y odian profundamente.

Si bien es cierto que la extrema derecha violenta no tiene tanta experiencia militar, es cierto que en los últimos años ha aumentado mucho su presencia en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad de Francia, de Alemania, y parece que ahora también en España. Esto significa que tenemos a gente con formación militar y policial que, llegado el caso, podrían organizarse en grupos paramilitares de extrema derecha. ¿Cómo ha sido este fenómeno en Francia? 

Es difícil de cuantificar, pero hay encuestas y sondeos que reflejaban que más de la mitad de los policías franceses votan por la extrema derecha. Es habitual que se desmantelen grupos en Facebook de agentes que llaman a masacrar a los árabes. En Estados Unidos hemos visto que soldados, a su retorno de Irak o Afganistán, se unían a grupos de extrema derecha violenta, y ahora lo estamos viendo en Francia. 

El año pasado se desmanteló una célula terrorista con veteranos militares y policías que planeaban atentar en Francia. Y en Alemania parte de la extrema derecha violenta creó una lista de personalidades públicas que matar para la que fue necesaria la colaboración de policías. Es un fenómeno muy preocupante porque son personas familiarizadas con técnicas de combate o incluso que han podido estar destinados en escenarios bélicos. Frente a la preocupación que hay por los combatientes extranjeros que retornan de Irak o Siria, no hay una atención equivalente a cómo miembros de nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado pueden estar amenazando nuestra seguridad. 

De hecho, Francia lleva desde 2015 combatiendo el yihadismo en el Sahel con la operación Barkhane. ¿Se está atendiendo a qué pasa con estos soldados cuando vuelven? ¿Si pueden haberse radicalizado y unirse a grupos de extrema derecha violenta? 

No es un tema que se está abordando. Pero es más. Hay combatientes franceses que se unieron a los kurdos en el conflicto sirio, que han retornado y que no han tenido que pasar un examen psicológico, ni han sido juzgados ni han tenido que dar explicaciones. Recuerdo el caso de un joven que contó ante las cámaras en prime time que había sido francotirador durante dos años con los kurdos, que echaba de menos su arma porque era adictivo lo que hacía… Y no parece que se hayan tomado medidas para juzgarlo o encarcelarlo. 

Hemos hablado sobre los factores que tienen en común ambos fenómenos. En el caso de sus públicos objetivos, de los colectivos que reclutar, ¿tienen algo en común también?

Estoy muy de acuerdo con el profesor de Psicología José María Rodríguez cuando sostiene que “hay tres tipos de mentiras: las grandes, las pequeñas y los perfiles de radicalizados”. 
En el caso de la extrema derecha violenta no tengo conocimiento de estudios que demuestren que existe un perfil de radicalizado de extrema derecha. Se trata, en general, de hombres jóvenes, blancos, que enganchan con la narrativa de que el pueblo blanco está amenazado por la extinción, por las olas migratorias, por la presencia musulmana y por los atentados terroristas. 

En el caso del yihadismo, en Francia hubo un estudio en el que se analizaba el perfil de 137 personas que se fueron a combatir a Siria e Irak. Revelaba que no se diferencian mucho del perfil de los detenidos por delincuencia o crimen en Francia: pobres, que proceden de suburbios, cuyas familias son de origen magrebí, que han vivido con un sentimiento de humillación y frustración… 

¿Qué políticas está desarrollando el Gobierno francés para frenar ambos fenómenos?.

En cuanto a los yihadistas, desde 2014 se han adoptado cuatro planes de lucha antiterrorista, que han pasado de un paradigma centrado en las medidas represivas a otro más preventivo que consiste en: actuar antes de que la amenaza aparezca. 

El problema es que el Estado francés tiene un carácter extremadamente centralizado, cuando sabemos que este tipo de políticas son mucho más eficaces si se desarrollan a escala local. En cuanto a la amenaza de la extrema derecha, ni Francia ni la mayoría de los países europeos están dándole la prioridad política y securitaria que merece. 

En 2016, le preguntaron a Patrick Calvar, número uno de la Dirección General de la Seguridad Interior (el CNI francés) por la mayor amenaza a la que se enfrentaba Francia. No contestó el yihadismo, sino el peligro de que estallase una guerra civil por la retroalimentación constante entre el yihadismo y la extrema derecha violenta. Advirtió de la expansión de la esta última en un país donde hay campamentos de verano en los que te puedes formar militarmente. Las autoridades son conscientes de esto,  pero es como si estuviésemos ciegos ante algo tan gordo.

Cuando la extrema derecha violenta comete atentados en Francia, Reino Unido o Canadá, se habla de desequilibrados, de locura transitoria y problemas psiquiátricos. El año pasado, un hombre intentó incendiar la mezquita de Bayona para matar a quienes estaban en su interior y disparó a dos personas. Lo trataron como un desequilibrado y no hubo reacción gubernamental. El verano pasado, un imam muy famoso y seguido en Francia fue acribillado con cuatro disparos ante su mezquita y tampoco hubo respuesta oficial. Esto sería impensable si hubiese sido un rabino o un cura.

Me preocupa que se suela politizar la violencia, a veces apolítica, de algunos individuos porque son musulmanes, mientras se despolitiza otros actos de violencia claramente política cometida por individuos blancos. Es un problema ante el que hay que reflexionar. 

Ambos fenómenos también comparten en su origen un conflicto con el concepto de la libertad. En el caso de la extrema derecha, se aprovecha de que la libertad, como pilar fundamental de nuestras sociedades, ha desembocado en parte de la población en la incertidumbre de no saber qué significa realmente frente a una especie de dictadura de los mercados y de la precariedad. Un contexto que ha desembocado en una tendencia a la frustración por no cubrir las expectativas de unas vidas en las que se nos vendía que todo lo que deseáramos era posible. En el caso del yihadismo, la libertad se plantea como un concepto occidental que degenera las sociedades. Y al mismo tiempo, que en los países europeos la libertad está restringida a los blancos, mientras los musulmanes son oprimidos económica, social y religiosamente. ¿Cómo podría revertirse esas lecturas conflictivas de la libertad?

Es una pregunta eminentemente filosófica. El uso de la libertad es bastante distinto según el tipo de extremismo violento. En el de las extrema derecha violenta y no violenta, me preocupa que nos hayamos acogido al pretexto de la libertad de pensamiento y del pluralismo para mover las fronteras de lo aceptable. Es decir, hace diez o veinte años no creo que fuese aceptable tener un discurso supremacista blanco. Es preocupante que ahora lo sea. El proceso de presentar esta deriva ideológica como aceptable ha sido sencillo en Europa.

 Aquí cada vez se habla menos de inmigrantes bengalíes, pakistaníes, turcos o argelinos, y más de musulmanes. La extrema derecha se acogió a esta excusa de la libertad para decir “nosotros no somos racistas porque no tenemos problema con su origen o color de piel, sino que su religión y sus valores son incompatibles con los nuestros”. Así, la extrema derecha ha conseguido que puedas tener un discurso, aceptable para la ley, racista y lleno de odio porque ha trasladado el conflicto del ellos versus nosotros al terreno de los valores. 

La mejor demostración de este giro del discurso islamófobo es que la inmensa mayoría de las víctimas son las mujeres, porque llevan el velo y, por tanto, son más visibles, porque el velo ‘constituye una separación entre hombres y mujeres’… La extrema derecha violenta defiende que hay que luchar contra lo políticamente correcto y el ‘buen pensamiento’ que, según ellos, es la fachada más visible de una conspiración de los gobiernos y las élites corruptas que nos están escondiendo la verdad. Cosas como que en las hospitales materno-infantiles nacen diez musulmanes frente a un blanco.

En el caso del yihadismo, el concepto de libertad es muy interesante porque por una parte sostiene que es occidental, pero, por otro, que la libertad no es eso, sino que se recupera cuando te sometes a su ideología. Durante años hemos pensado que las mujeres que se fueron a Siria e Irak eran víctimas de esta ideología, una lectura profundamente machista porque se basa en que las mujeres no tienen autonomía intelectual. 

Sin embargo, hemos visto que algunas de ellas aprueban completamente una separación estricta entre hombres y mujeres, de tareas asignadas según el género, y que rechazan el modelo occidental de igualdad. Los recientes estudios sobre las motivaciones de esta mujeres revelan que fueron seducidas por un discurso que denuncia la falsa libertad occidental y que organizaciones como Estado Islámico les ofrecen una verdadera emancipación, concebida como el retorno a los roles tradicionales de hombres y mujeres.

Para revertir esta lectura de la libertad, en el caso de la extrema derecha tenemos que pensar en los límites de lo aceptable. ¿A qué nos da derecho la libertad? Dos de las personas que figuran en el manifiesto al que se acogió Brenton Tarrant, el autor de la matanza de Nueva Zelanda, Eric Zemmour y Renaud Camus, están diariamente en los medios de comunicación franceses. Esta gente que promociona una dicotomía entre el ellos versus nosotros, que denuncian la llamada gran sustitución, ¿hasta qué punto se les puede dejar seguir sembrando la semilla del odio? 

En el caso de la organización Estado Islámico, para revertir este concepto de libertad hay que enseñar lo que hacen en el día a día. Y ahí te metes en un campo, muy extenso y aún verde, que es el de las contranarrativas y narrativas alternativas. Es decir, dentro del mito del Estado Islámico ¿qué hay realmente? Así encontrarán cosas que les lleven a plantearse su concepción de libertad.

¿Cree que es posible la desradicalización?

Me cuesta pensar que tengamos la solución para hacer cambiar unas profundas convicciones ideológicas de una persona que cree en la extrema derecha violenta o en el yihadismo. La inmensa mayoría de las experiencias que se presentan como exitosas no cuentan con evidencias científicas. La radicalización engloba dos conceptos: adoptar una ideología radical y actuar de forma violenta.

 Una cosa es que alguien pueda pensar que el Califato es la mejor forma de vivir y que lo que hace Estado Islámico en Irak es legítimo. Otra es que se vaya allí a luchar o que haga promoción de esas ideas. Creo que tenemos más posibilidades de hacer que renuncien al uso de la violencia que de desradicalizarlos. 

En Alemania existe la política de llevar exneonazis a las escuelas y a las cárceles para hablar con grupos ya radicalizados. Y se ve que funciona. En Dinamarca, muchos daneses se fueron de la ciudad de Aarhus a combatir en Siria o Irak. Algunos de ellos volvieron traumatizados porque vieron que los yihadistas eran violentos, racistas, porque no defendían a sus hermanos sirios de los ataques de Assad… Volvieron y lo que las autoridades les dijeron fue que tenían derecho a soñar con el Califato, a considerar que la sharia es el mejor modo de gobernanza, pero que estaban en Dinamarca y que allí no podían emplear la violencia. Desarrollaron programas de acompañamiento psicológico, económico y social para reinsertarles en la sociedad. 

Creo que se puede conseguir desactivar las ganas de pasar al acto violento, pero no una ideología profundamente anclada en la mente de un individuo. 

En una entrevista que le hice a José Luis Gordillo, profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad de Barcelona, cuestionaba que hubiera formaciones dirigidas a prevenir la radicalización porque  “¿cómo previenes la radicalización sin controlar la ideología de la gente?”. Considera que son propuestas liberticidas. ¿Qué opina usted?

En los cursos en los que yo participo lo que intento es que se entienda la ideología, que no es un factor determinante para la radicalización, pero que sirve para entender el fenómeno. También es fundamental distinguir la radicalización cognitiva, el hecho de adoptar ideas radicales, de la radicalización conductual, es decir adoptar un comportamiento violento. La ley condena sólo el segundo tipo de radicalización, y esto es clave para evitar lo que llamas “propuestas liberticidas”.

 Primero hay que entender por qué la gente se radicaliza: la ideología sólo es uno de los posibles motivos. En segundo lugar, hay que recordar que la adopción de ideas radicales no lleva automáticamente a la adopción de un comportamiento violento.  Ha habido una explosión de cursos sobre la radicalización en la que no siempre intervienen expertos con las titulaciones adecuadas. A veces, llegan al extremo de dar a entender que la radicalización nace de una práctica demasiado intensa del Islam. Dan una serie de indicadores, supuestamente para detectar la radicalización, que no se sustentan en ningún tipo de evidencia científica. 

Como el protocolo catalán contra la radicalización que establecía como un indicio que un niño dejase de beber Coca-Cola… 

Exacto. O que deje de ir a clase el viernes para rezar, o que las mujeres se tapen un poco más que antes, o que dejen de ir al cine o de escuchar música. Existe un verdadero negocio de la radicalización, del que se aprovechan decenas de consultorías y asociaciones y hay que ser consciente de esta realidad. En realidad lo que buscan es detectar la radicalización y no prevenirla, como las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que lo que querrían sería un kit en el que se les dijese A más B igual a radical. 

Pero se trata de un proceso fundamentalmente íntimo, que pasa en la mente de una persona y que no sigue un patrón inamovible de explicaciones. 

Para prevenir la radicalización tenemos que conocer las ideologías para entender por qué atraen a gente de tan distintos perfiles. La cuestión no es saber cuánto conocía del Corán tal terrorista de Ripoll, sino por qué el discurso de que los españoles son unos infieles que hay que matar ha tenido resonancia en esta persona. Si ha sido solo fruto de la manipulación del imán, o porque vive en un contexto social que le lleva a creer que hay una guerra global, en la que tiene que defender a los hermanos sirios, a los que no conoce y cuya lengua no habla, de sus vecinos, a los que sí conoce. 

Es un proceso tan complejo que merece más la pena explicar a la gente que trabaja en el terreno y a los políticos lo que no es radicalización antes de cómo prevenirla. Con eso estaría un 80% del trabajo hecho. 

Ha explicado que la mayoría de las personas que sufren ataques islamófobos son mujeres, entre otras cuestiones porque son más visibles por el velo. Siendo francés, ¿qué opinión tiene sobre el debate entre laicismo, el velo u otros símbolos religiosos como la cruz cristiana o el velo de las monjas? 

La laïcité, es decir, el respeto por la ley es lo que los musulmanes quieren. Los que no están contentos son los que quieren cambiar la ley, que no dice que haya que guardar los símbolos religiosos en el ámbito privado, sino que no tienen cabida en el espacio en el que se expresa la fuerza pública. Por la calle puedo llevar una cruz o a ponerme lo que sea. Otra cosa es que sea diputado o que represente al Estado siendo alcalde, doctor en un hospital público… 

Como explicaba Raphaël Liogier en su magnífico libro El mito de la islamización. Ensayo sobre una obsesión colectiva,  la laïcité es “como el castillo de Versalles, un patrimonio del que los franceses se sienten orgullosos pero en el que ya no vivimos”. 

Se ha pasado de una concepción extremadamente práctica del laicismo, por la que no se hacía ninguna distinción entre nadie, a la “laïcarde”, como se llama en francés: una visión muy restrictiva que intenta borrar cualquier símbolo del religioso del espacio público en general. Y eso es liberticida. 

El objetivo de la laicidad era la igualdad, que todo el mundo pudiera pensar e interactuar independientemente de su fe. Pero si lo que hacemos es restringir el derecho en nombre de la emancipación y la libertad, lo que estamos haciendo es dictaminar una cierta concepción de la libertad.  

Para mí, el laicismo es dejar que una mujer lleve lo que quiera, la ley no tiene que imponer nada en ese sentido. No hay nadie más laico ahora que el Frente Nacional, un partido de tradición católica que ha trasladado el discurso racista del color de piel o de la raza a un tema religioso. Han convertido el laicismo es una nueva herramienta para recordar que no todos somos iguales y que hay un problema de incompatibilidad entre un grupo de la población: los musulmanes y la mayoría. 

Hay otro factor fundamental en el origen y motor del yihadismo y la extrema derecha: el miedo. Ese miedo a la incertidumbre, pero también al otro, al subalterno, a ese enemigo que se ha construido el uno del otro. ¿Dónde está el origen de ese miedo recíproco? ¿Cómo combatirlo? ¿Qué miedos comparten ambos procesos?

Hay un miedo muy práctico que es la supervivencia de sus organizaciones: tener finanzas, simpatizantes, cobertura mediática, seguir reclutando. La periodista italiana Loretta Napoleoni desarrolló muy bien esta tesis comparando Al Qaeda e ISIS con grandes empresas. Y esto se puede aplicar perfectamente a la extrema derecha violenta. 

El segundo miedo, y puede sonar hippy, es que un acto terrorista sea respondido con la fraternidad y no con el odio o el miedo al otro. Un atentado no es un fin, sino un medio de la organización para comunicarse con el Estado, para amenazarlo, aterrorizar a la población y que la respuesta estatal se radicalice. Una respuesta desproporcionada como el estado de alerta francés tras los atentados de París o la Patriot Act en Estados Unidos puede acabar afectando a gente que no tiene nada que ver con el terrorismo y radicalizándola. También hace subir a los partidos de extrema derecha. Otro de sus temores es que sus atentandos no tengan la suficiente repercusión en los medios.

Entonces, ¿cómo se debería informar en los medios de comunicación de esos atentados?

Lo primero que deben hacer es plantearse su responsabilidad, su rol social. Hemos visto como con la pandemia han tenido que hacerse un planteamiento ético: si debían dar más miedo, solo informar o amplificar sus consecuencias. En el caso de los atentados de índole yihadista, vemos que reciben mucha más atención que los de la extrema derecha violenta y que siempre se menciona el origen de la persona que atenta. 

Si no es un elemento relevante, ¿para qué sirve? Cuando se explican los motivos de un atentado, se reproduce la explicación del terrorista, pero el periodista tiene que investigar y contrastarlos. Explicar quién es esta persona, su contexto. Hay que desideologizar nuestra aproximación a los atentados y recordar que es una táctica de guerra con unos objetivos determinados. 

En los casos de atentados de la extrema derecha violenta, dejemos de hablar de locos. En una investigación noruega se comprobó cómo en los 800 primeros artículos publicados tras la masacre cometida por Anders Breivik en 2011 no se mencionó la palabra terrorista: siempre era un loco. Él reivindicó que no lo estaba, que sabía perfectamente lo que hacía. 
En contraposición, cuando dos narcotraficantes se matan en Bélgica, inmediatamente se baraja la posibilidad de que sean terroristas porque son musulmanes.

El reto de los medios está en el relato. Un atentado es un medio de comunicación en sí mismo. Y la eficiencia, la amplitud del mensaje depende de los medios de comunicación. Sin cobertura mediática, un grupo terrorista pierde su audiencia, finanzas, simpatizantes… 

En uno de sus últimos artículos ha abordado el peligro de que las medidas excepcionales adoptadas para frenar la pandemia de la COVID-19 se mantengan una vez acabe o se controle. Y lo ejemplifica con todas aquellas normativas antiterroristas que se pusieron en marcha tras los atentados de Charlie Hebdo y del Bataclán, y que se mantuvieron en Francia durante tres años de estado de excepción hasta que se incluyeron en el derecho común. ¿Qué otras lecciones podemos aprender de la pérdida de derechos que se ha justificado por la lucha antiterrorista?

Va a ser muy difícil evitar que todas las medidas excepcionales que se han creado para frenar la pandemia se incorporen a la ley común. La justificación va a ser la de evitar rebrotes. ¿Cuánta gente habría aceptado hace cuatro meses instalarse una aplicación esponsorizada por el gobierno que puede rastrear tus contactos durante los últimos quince días? Da igual que sean datos desagregados. Esta aceptación generalizada es resultado del discurso de que es por el imperativo mayor de la salud de todos. 

Me preocupa el uso de nuestros datos. Hemos visto cómo todos los gobiernos de las sociedades democráticas han mantenido conversaciones con corporaciones como Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft, que tienen una cantidad gigante de datos personales nuestros para compartirlos y no sabemos casi nada de esos encuentros. Quiero saber qué datos tienen sobre mí y no me vale la excusa que ponen algunos de que no tienen nada que ocultar. Tengo derecho a la privacidad, a determinar qué quiero que sepan de mí, y con esta pandemia también se ha cedido en ese límite. 

Otro límite que se sobrepasó con los atentados fue la videovigilancia. Más del 98% de la información que ha permitido impedir atentados en Europa ha sido de fuentes humanas. Las cámaras son inútiles para prevenir el crimen. Y, sin embargo, se han seguido implantando y desarrollando el reconocimiento facial. En la ciudad de Niza se puso en marcha un programa piloto de videovigilancia tras los atentados del verano 2016 que se extenderá al resto de Francia en los próximos años.

En definitiva, la cuestión es cómo un Estado democrático utiliza el miedo para mover las fronteras de lo aceptable. ¿Por qué se tiene que plantear todo en términos del dilema seguridad versus privacidad? Yo quiero ambas, a menos que me demuestren que es imposible. 

La lucha va a depender de la ciudadanía porque no se puede olvidar que se trata de un negocio de miles de millones de euros entre gobiernos y corporaciones. Superan todo lo imaginable, por lo que ya hay un lobby muy fuerte para ir hacia este tipo de sociedad. El caso chino nos ofrece un buen ejemplo de lo que nos podría pasar con medidas como el crédito social, el uso de la vigilancia con la minoría uigur –que luego se extendió a toda la población–… Me preocupa como muchos aplaudieron el modelo chino en el principio de la pandemia. 

¿De dónde viene su interés por investigar a estos grupos y personas violentos?

No me interesa investigar a las personas, sino el perfil o las pautas que puedes encontrar en los procesos de radicalización. Mi perspectiva no consiste en decir los terroristas son malos o están locos, por que no lo están. Lo que me apasiona es que los terroristas son el reflejo de lo que está pasando en nuestras sociedades y en el mundo. Paradójicamente, tenemos que humanizar al terrorista, no deshumanizarlo, para entender, que no es justificar. Me interesa mucho entender las dinámicas sociales, políticas y económicas que hacen que una persona se convierta en terrorista, porque nadie nace siendo terrorista, ni se levanta una mañana y dice voy a coger un kalashnikov.

Lo que despertó mi interés en estos temas es que tras los atentados de Charlie Hebdo y de Bataclán, cuando yo trabajaba otros asuntos, iba a un seminario en Europa y me preguntaban “¿por qué se radicalizan los marroquíes?”. Y cuando iba a El Cairo o Estambul, la pregunta era “¿por qué más de 5.000 europeos se han ido a combatir a Siria o Irak?, ¿Qué está tan mal en Europa para que esto pase?”. Al final ves que es un reflejo de la sociedad que no queremos ver.

 El terrorista siempre es el Otro en una sociedad determinada. Por eso, cuando se habla de un atentado yihadista, conviene hablar de un individuo de origen marroquí para evitar decir que se radicalizó aquí. O si es de extrema derecha, que es un loco porque no interesa entender que nosotros hemos producido esto. Son los monstruos de nuestra sociedad, y para prevenir necesitamos entender lo que está ocurriendo.  

Las imágenes de un exlegionario simulando una ejecución de miembros del Gobierno nos ha recordado episodios como el asesinato de la diputada laborista inglesa Jo Cox a manos de un terrorista de extrema derecha. ¿Somos conscientes del riesgo que entraña informar sobre estos individuos? 

Mi perfil es distinto porque como investigador no tengo una gran audiencia para el público general. Es diferente si sales en la tele o tienes una gran presencia mediática. Aunque los periodistas hacen un favor a estos grupos al hablar de ellos, les hacen publicidad. En los comentarios de muchos vídeos de Youtube de la extrema derecha ves que varias personas preguntan cuántos han llegado al mismo tras leer un artículo de un medio. Y por las respuestas ves que son muchos."                   

(Entrevista a Moussa Bourekba, investigador experto en procesos de radicalización, Patricia Simón, 03/07/20)