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18/3/19

Entonces era como si encajasen por fin las piezas del rompecabezas de la vida y por un momento inapelable todo estaba bien. El disparate de la felicidad.

"Cuando ella llegaba a casa, nada más abrir la puerta, voceaba alegremente: “¡Familia!”. Como un clarín, irónico y tierno. Desde el cuarto del fondo donde sonaba la televisión respondía su madre: “¡Hola, m’hija!”. 

Y yo gruñía alegre sin apartarme del ordenador: “¡Cariño!”. Entonces era como si encajasen por fin las piezas del rompecabezas de la vida y por un momento inapelable todo estaba bien. El disparate de la felicidad. Después, su madre murió y ella entraba en casa sin decir nada. 

Venía al cuarto donde yo tecleaba y me daba un beso ligero, con una especie de suspiro que me parecía de alivio, como si llegase después de enfrentar serios peligros. Era yo por entonces quien al volver a casa la remedaba pobremente, para no perder del todo la memoria de los momentos dichosos. Pero me salía un “¿familia?” implorante y dudoso, que resultaba conmovedor por lo inadecuado.

 Lo que va de celebrar el gozo compartido a echarlo en falta, suplicando. Poco a poco, ella se acostumbró a responder “¡aquí!” desde el fondo de la casa apagada, sin más luz que la suya. Y cuando llegaba a su lado me pasaba la mano por el pelo cada vez más escaso: “Estamos tú y yo, tonto. Mientras nos tengamos el uno al otro...”.

Ella y yo, la familia escueta y completa. Porque la simple existencia —insistencia, mejor— rutinaria, biológica, necesita la presencia amada y amable para ascender a vida humana. Sin la proximidad del amor estamos lejos de nosotros mismos. Ahora ya no está. Cuando abro la puerta todo sigue apagado, se fue la luz y entro en silencio.

 Me daría miedo el eco de mi voz. Según Víctor Hugo, todo el infierno cabe en una palabra: soledad. La palabra que no puede decirse en voz alta para evitar la respuesta aciaga de la oscuridad. Pasado mañana hace cuatro años."               (Fernando Savater, El País, 16/03/19)

7/9/18

La búsqueda del yo desconocido es un factor importante en el relato del adúltero, con numerosas variantes... otros nos llevan a la oportunidad perdida, el amor que dejaron marchar, la persona que podrían haber sido... Las aventuras extramaritales nos ofrecen un atisbo de esas otras vidas, del desconocido que llevamos dentro. El adulterio es la venganza de las posibilidades desechadas...

"He mantenido conversaciones sobre aventuras amorosas no solo entre las seguras paredes de mi consulta de psicoterapeuta, sino también en aviones, cenas, congresos, mientras me hacían las uñas, con colegas, con el que vino a instalar el cable y, por supuesto, en las redes sociales. Desde Pittsburgh hasta Buenos Aires, desde Delhi hasta París, siempre estoy estudiando la infidelidad.

El adulterio existe desde que se inventó el matrimonio, pero, a pesar de ser un comportamiento de lo más corriente, sigue conociéndose muy mal. Las respuestas que obtengo en todo el mundo cuando menciono la infidelidad van desde la condena más amarga hasta el entusiasmo desatado, pasando por la aceptación resignada y una compasión llena de cautela.

 En París, el tema aporta inmediatamente cierto cosquilleo a cualquier conversación de sobremesa, y veo cuánta gente ha estado en los dos lados de la situación. En Bulgaria, unas mujeres con las que hablé parecían pensar que las correrías de sus maridos eran una desgracia inevitable. 

En México, las mujeres a las que he preguntado piensan con orgullo que el aumento de las aventuras femeninas es una forma de rebelión social contra una cultura machista en la que siempre ha habido margen para que los hombres tuvieran “dos hogares”, la casa grande y la casa chica, una para la familia y otra para la amante. La infidelidad está seguramente en todas partes, pero el sentido que le damos —cómo la definimos, la experimentamos y hablamos sobre ella— está asociado al lugar y el momento concretos en los que se desarrolla el drama.

Una cara de la moneda es el daño que hace la infidelidad al cónyuge engañado. Durante siglos, cuando se aprobaba tácitamente que los hombres tuvieran aventuras, ese daño no se tenía en cuenta, porque lo sufrían sobre todo las mujeres. 

La cultura contemporánea tiene el mérito de ser más comprensiva con el engañado. Sin embargo, para saber más sobre uno de nuestros comportamientos más antiguos, debemos examinarlo desde todos los puntos de vista. 

Con toda la atención que se presta al trauma y la recuperación, se da demasiado poca a los significados y los motivos de las aventuras amorosas, a lo que podemos aprender de ellas. Por extraño que parezca, las aventuras pueden enseñarnos muchas cosas sobre el matrimonio: nuestras expectativas, las cosas que creemos querer y las cosas a las que creemos tener derecho. Revelan nuestras actitudes personales y culturales sobre el amor, el deseo y el compromiso, unas conductas que han cambiado por completo en los últimos 100 años.

Las aventuras amorosas no son como las de antes porque el matrimonio no es como antes. Durante gran parte de la historia, y todavía hoy en muchas zonas del mundo, el matrimonio era una alianza práctica que garantizaba la estabilidad económica y la cohesión social. Nunca habían sido tan descomunales nuestras expectativas sobre el matrimonio. 

Seguimos queriendo todo lo que se supone que proporciona la familia tradicional —seguridad, respetabilidad, propiedad e hijos—, pero ahora queremos además que nuestra pareja nos quiera y nos desee. Queremos ser los mejores amigos, fieles confidentes y amantes apasionados.

El pequeño círculo del anillo de casados contiene unos ideales contradictorios. Queremos que la persona escogida nos ofrezca estabilidad, y seguridad, que sea previsible y fiable. Y, al mismo tiempo, queremos que esa misma persona sea una fuente de asombro, misterio, aventura y riesgo. 

Esperamos comodidad y audacia, familiaridad y novedad, continuidad y sorpresa. Evocamos un nuevo Olimpo en el que el amor es siempre incondicional, la intimidad es fascinante y el sexo es arrebatador, siempre con la misma persona y durante mucho tiempo. Y ese tiempo es cada vez más largo.

Además, vivimos en la era de los derechos; estamos convencidos de que uno de esos derechos es la satisfacción personal. En Occidente, el sexo es un derecho unido a nuestra individualidad, nuestra realización y nuestra libertad. Hoy en día, en general, llegamos al altar después de años de ser nómadas sexuales. 

Para cuando nos casamos, ya nos hemos acostado con varias personas, hemos tenido parejas, hemos cohabitado y hemos roto relaciones. Antes, no teníamos relaciones sexuales hasta después de casarnos. Ahora nos casamos y dejamos de acostarnos con otras personas. 

Nuestra decisión consciente de restringir nuestra libertad sexual es prueba de la seriedad de nuestro compromiso. Al dar la espalda a otros amantes estamos confirmando: “Este es el amor de mi vida. No tengo que seguir buscando”. Se supone que el deseo que pudiéramos sentir por otras personas se evapora como por arte de magia, vencido por el poder de esa atracción única.

La evolución de las relaciones estables nos ha llevado a un punto en el que creemos que no debería haber infidelidad, puesto que han desaparecido todas las razones para su existencia y se ha logrado el equilibrio perfecto entre libertad y seguridad. Y, sin embargo, sí hay infidelidades. Las hay en matrimonios que van mal y en matrimonios que van bien. 

Las hay incluso en relaciones abiertas en las que el sexo extraconyugal se negocia con sumo cuidado antes. La libertad de romper y divorciarse no ha dejado obsoleto el engaño. ¿Por qué? ¿Por qué engaña a su pareja una persona? ¿Y por qué engaña a su pareja una persona feliz?

Si tenemos todo lo que necesitamos en casa —tal como promete el matrimonio moderno—, no deberíamos tener motivos para ir a buscar nada fuera. Por tanto, la infidelidad debe de ser síntoma de que una relación se ha torcido.

Esta teoría del síntoma tiene varios inconvenientes. En primer lugar, refuerza la idea de que existe una cosa llamada matrimonio perfecto, que nos vacuna contra cualquier deseo de “ver mundo”. Pero nuestro nuevo ideal conyugal no ha reducido el número de hombres y mujeres que tienen aventuras. 

De hecho, es muy posible que, por cruel que parezca, sea la expectativa de felicidad doméstica lo que nos empuja a ser infieles. En otro tiempo, teníamos aventuras porque, en teoría, el matrimonio no tenía nada que ver con el amor y la pasión. 

Hoy tenemos aventuras porque el matrimonio no proporciona el amor y la pasión que esperábamos. No es que hoy tengamos deseos diferentes, sino que creemos que tenemos el derecho —incluso la obligación— de hacerlos realidad.
La infidelidad no siempre coincide con problemas matrimoniales. 

En muchos casos, sí es cierto que una aventura compensa carencias o sirve para preparar la ruptura. La inseguridad en la relación, el querer evitar conflictos, la falta prolongada de sexo, la soledad o simplemente años de tener una y otra vez las mismas discusiones: muchos adúlteros están motivados por las desavenencias domésticas. Y luego están los que caen siempre en lo mismo, los narcisistas que engañan impunemente solo porque pueden.

Sin embargo, los especialistas nos encontramos a diario con situaciones que contradicen estos argumentos. Me encuentro en muchas sesiones a personas que me aseguran: “Quiero a mi mujer/marido. Somos los mejores amigos y somos muy felices juntos”. Y añaden: “Pero tengo una relación con otra persona”.

Muchas de esas personas han sido fieles durante años e incluso décadas. Parecen personas equilibradas, maduras, atentas y muy comprometidas con su relación. Pese a ello, un día, cruzaron una línea que nunca habían imaginado traspasar. ¿Para tener un atisbo de qué?

Cuanto más oigo estas historias de transgresiones impensables —desde una aventura de una noche hasta apasionadas historias de amor—, más busco otras explicaciones. Una vez que remite la crisis inicial, es importante que, junto al dolor que causa una aventura amorosa, se explore cómo la experimentan sus protagonistas. 

Con ese fin, he animado a distintos cónyuges infieles a que me cuenten su caso. Quiero comprender qué significa la aventura para ellos. ¿Por qué lo hicieron?

Una de las verdades más incómodas de una aventura amorosa es que lo que para el amante A puede ser una traición angustiosa, para el amante B puede ser una experiencia trascendental. Las aventuras extraconyugales son dolorosas y desestabilizadoras, pero también pueden proporcionar sensación de libertad y poder. Es crucial comprender a las dos partes, tanto si la pareja decide poner fin a su relación como si decide permanecer unida.

Al adoptar una doble perspectiva sobre un tema tan polémico, soy consciente de que me arriesgo a que digan que soy “proaventuras” o me acusen de tener averiada mi brújula moral. Les aseguro que no me parecen bien los engaños ni me tomo las traiciones a la ligera. En mi consulta soy testigo a diario de los estragos que causan. Pero las complejidades del amor y el deseo no se prestan a categorizaciones simplistas de buenos y malos, víctimas y pecadores.

A veces, cuando buscamos la mirada de otra persona, no estamos apartándonos de nuestra pareja, sino de la persona en la que nos hemos convertido. Más que otro amante, lo que buscamos es otra versión de nosotros mismos. El ensayista mexicano Octavio Paz definía el erotismo como “un ansia de otredad”. Y, a menudo, el “otro” más embriagador que descubre uno en una aventura no es su nueva pareja, sino a sí mismo.

Aislado de las responsabilidades de la vida cotidiana, el universo paralelo de la aventura suele idealizarse. Para algunos, es un mundo lleno de posibilidades, una realidad alternativa en la que pueden reinventarse. Ahora bien, si se vive como algo sin límites es precisamente porque está contenido y delimitado por su carácter clandestino. 

Es un interludio poético en una vida prosaica. Las historias de amores prohibidos son utópicas por naturaleza, sobre todo en contraste con las vulgares restricciones del matrimonio y la familia. 

Una característica fundamental de este universo en nebulosa —y la clave de su poder irresistible— es que es inalcanzable. Las aventuras son por definición precarias, esquivas y ambiguas. La indefinición, la incertidumbre y el no saber cuándo volveremos a vernos —unos sentimientos que nunca toleraríamos en nuestra relación central—, en una relación a escondidas, son la chispa que enciende la ilusión. Como no podemos tener a nuestro amante, lo deseamos sin cesar. 

Esa sensación de que el otro está fuera del alcance da a las aventuras su mística erótica y mantiene la llama del deseo. A esa separación entre la aventura y la realidad contribuye el hecho de que muchas personas escogen amantes a los que no podrían o no querrían tener como parejas estables. Cuando nos enamoramos de alguien de una clase, cultura o generación diferente, jugamos con unas posibilidades que no se nos ocurrirían en la realidad.

Estos tipos de aventuras no suelen soportar el descubrimiento. Se podría pensar que una relación por la que se ha arriesgado tanto debería sobrevivir la transición a la luz del día. En los momentos de pasión, los amantes hablan con añoranza de todas las cosas que podrán hacer cuando, por fin, puedan estar juntos.

 Sin embargo, cuando se levanta la prohibición, cuando se materializa el divorcio, cuando lo sublime se mezcla con lo ordinario y la aventura entra en el mundo real, ¿qué sucede? Algunos emprenden una vida feliz y legítima, pero son muchos más los que no. En mi experiencia, la mayoría de las aventuras terminan mal, aunque también termine el matrimonio. 

Por muy genuinos que fueran los sentimientos amorosos, el devaneo solo tenía el propósito de ser una bella ficción. La aventura vive a la sombra del matrimonio, y el matrimonio ocupa el centro de la aventura. Sin la emoción de la ilegitimidad, ¿puede seguir siendo atractiva la relación con el amante?

La búsqueda  del yo desconocido es un factor importante en el relato del adúltero, con numerosas variantes. Algunos se sienten atraídos por el recuerdo de la persona que fueron en otro tiempo. Hay otros cuyos sueños los llevan a la oportunidad perdida, el amor que dejaron marchar, la persona que podrían haber sido. 

El sociólogo Zygmunt Bauman habla de nuestra nostalgia por las vidas no vividas, las identidades no exploradas, los caminos no emprendidos. De niños, tenemos la oportunidad de jugar a que somos otros; de adultos, a menudo, nos encontramos encerrados en los papeles que nos han asignado o que hemos escogido.

 Cuando elegimos a una pareja, nos comprometemos con una historia, pero seguimos teniendo curiosidad: ¿de qué otras historias podríamos haber formado parte? Las aventuras extramaritales nos ofrecen un atisbo de esas otras vidas, del desconocido que llevamos dentro. El adulterio es la venganza de las posibilidades desechadas.

A mis pacientes les digo muchas veces que, si pudieran aportar a su matrimonio la décima parte del atrevimiento y el entusiasmo que aportan a su aventura, su vida familiar sería muy distinta. Nuestra imaginación y nuestra creatividad parecen más ricas en nuestras transgresiones que en nuestros compromisos. Pienso en una escena conmovedora de la película A Walk on the Moon (La tentación). 

El personaje de Diane Lane ha emprendido una aventura con un vendedor de blusas que es un espíritu libre. Su hija adolescente le pregunta: “¿Le quieres más que a todos nosotros?”. “No”, contesta la madre, pero “a veces es más fácil ser distinta con una persona diferente”.

Cada aventura amorosa redefine el matrimonio, y cada matrimonio determina qué herencia va a dejar la aventura. La infidelidad se ha convertido en una de las principales causas de divorcio en Occidente, pero conozco a muchas parejas que permanecen unidas después de que salga a la luz una aventura. 

En estos tiempos, muchas personas tienen dos o tres matrimonios o relaciones importantes y de larga duración. A menudo, cuando viene a verme una pareja después de que uno de los dos haya tenido una aventura, tengo claro que su primer matrimonio se ha terminado. Entonces les pregunto: “¿Estáis dispuestos a construir un segundo matrimonio juntos?”.

(Fragmento de de State of Affairs, de Esther Perel, cuyos derechos en español los ostenta Planeta México. La autora es psicoterapeuta y responsable del podcast Where should we begin? © 2017, Esther Perel, El País, 25/08/18)

18/11/16

Si no matan focas, los 'inuit' mueren

"En plena ola de frío recala en España la activista y artista inuk (plural inuit, los mal llamados esquimales) Aaju Peter. 

Recibe en su habitación de un hotel barcelonés cerca del Museo de las Culturas del Mundo, donde luego ofrecerá una charla junto a la etnóloga Michèle Therrien y ejecutará una performance ceremonial con cantos tradicionales y toque de tambor. Hoy estará en Madrid. Las sábanas en la cama deshecha sugieren las blancas extensiones heladas del Ártico.

Peter, nacida en Groenlandia en 1960, reside desde 1981 en Iqaluit en el norte (muy norte) del Canadá, en la isla de Baffin. En su ciudad están hoy a 19 grados bajo cero. Abogada, madre de cinco hijos, es una defensora de la cultura y los derechos de su pueblo —y especialmente de las mujeres—, y se ha enfrentado a los animalistas reivindicando la costumbre ancestral inuit de la caza de focas. En 2012 recibió la medalla de la Orden del Canadá.


¿A quién detesta más, al explorador Robert Peary, que se aprovechó de los inuit y los trató tan desconsideradamente, o a Brigitte Bardot? Aaju Peter arquea las cejas, entre las cuales, como en la barbilla, manos y muñecas luce tatuajes tradicionales, pero sonríe. 

“Los inuit, por costumbre, no solemos odiar, no nos lo permitimos. Los enfrentamientos los solventamos con duelos cantados. Peary era un mentiroso arrogante, aunque he de recordar que no debo decir nada malo de nadie. 

En cambio apreciamos a Matthew Henson, que aprendió nuestras técnicas. Por eso sobrevivió, mientras que Franklin, por ejemplo, murió: ¡A quién se le ocurre llevar un piano al Ártico!”.

Henson era el explorador negro que acompañó a Peary en su ataque al Polo Norte en 1909. Le llamaban Miy Paluk, querido Matthew. También él, como su jefe, tomó concubinas inuit y tuvo descendencia mestiza.

Se ha hablado mucho de la permisiva sexualidad inuit, la poligamia, la cesión de la mujer al visitante, el lesbianismo alentado por las largas ausencias de los cazadores (la palabra arnaqatiminoortoq significa “mujer a la que le gustan las mujeres” y no tiene ninguna connotación negativa). 

“Somos criaturas sexuales, es parte de la naturaleza. Y algunas de esas costumbres que cita servían para paliar la escasa diversidad genética. Pero no quiero perpetuar estereotipos. Exploradores y balleneros dejaron su semen en el Ártico”. Eso sí que es congelar esperma. Peter ríe la broma. “Pero esos hombres no se preocuparon de la responsabilidad con los hijos que tuvieron...”.

Volviendo a BB... “No la conozco personalmente. Se equivoca, como los que quieren prohibirnos cazar focas. Nosotros dependemos de la caza de focas. Toda nuestra vida, nuestra cultura, nuestra economía gira en torno a ello. Impedirnos cazarlas es una forma de genocidio cultural. 

Hay muchas mentiras e hipocresía en torno a la caza de la foca. La que cazamos mayoritariamente es una especie muy prolífica, nunca ha estado en peligro de extinción y en los últimos años incluso se ha multiplicado: hay cerca de 14 millones de individuos. Son más que nosotros”.

Peter confía en que los animalistas y la sociedad occidental entera entiendan que la caza de focas es una actividad esencial para la pervivencia de los inuit. Mientras habla acaricia el colgante de plata en forma de foca que lleva al cuello. 

“Celebramos la foca”, dice. Sus manos tatuadas y de uñas azules resultan hipnotizantes. No ha visto la película de Isabel Coixet, Nadie quiere la noche, que ficcionaliza el encuentro entre la esposa de Peary y la amante inuit del explorador, pero muestra un gran interés al hablarle de ella.

¿Porqué se aferran los inuit a ese mundo hostil? “Sabemos que en cinco minutos podemos morir. Vivir exige conocimiento y respeto. Pero es un lugar increíblemente bello”. Y, añade, de una intensa espiritualidad. “El cuerpo no es mucho, pero la mente se eleva allí como el ave en la tundra”.

¿Está buena la foca? “En realidad prefiero la ballena. Me encanta la ballena hervida. ¡Soy inuit!”.        (Entrevista a la activista inuit Aaju Peter, El País, 10/11/16)

25/1/16

¿Es cierto que tiene dos esposas? Sí, las tengo. Tengo una mujer y una compañera y las quiero a las dos. Pero amo a todas las mujeres que he amado

"(...) P. En La guitarra azul el arte crea vida: Su protagonista, Olly, cuando se enamora de Polly parece crear a su personaje amado, en lugar de amar exactamente a la que es.
R. De todos los monstruos que he creado, Olly es el mayor monstruo, tengo un amigo que es muy tartamudo (lo imita) y me dice: te he leído, es el peor tipo, miente a todos, sobre todo miente al lector, ¿a que es bueno?

P. Cuando el protagonista se enamora de Polly…

R. ¿Se enamora? ¿Cree que se enamora de verdad?

P. Bueno, es lo que dice: enamorado otra vez.

R. Creo que solo está enamorado de sí mismo.

P. Pero lo dice: de nuevo enamorado. Y crea su propia imagen de Polly a su imagen y semejanza. Y cuando se estropea todo y ella viene llorando esta imagen se desvanece.

R. Ella cambia todo el rato, es lo que está tocando la guitarra azul. De eso va el libro: de cómo el arte crea vida pero distorsiona la vida también. Crea belleza de lo ordinario. Si te enamoras, la persona se convierte en dios. Estás obsesionado. Todo lo que hace te interesa. 

El artista se concentra en el objeto mientras el amante se concentra en el amor. Me acuerdo una vez acostado con una chica, ella me dijo: Lo hago por llevarte la contraria, pero sabes que te quiero mucho, ¿verdad?

P. Usted presenta el amor como egoísta, narcisista.

R. Todo amor es narcisista, y luego se convierte en otra cosa.

P. ¿Es posible el amor sin herir? Él hiere a su mujer, a su amigo, a su amante, a todos.

R. Lo pondré así. Cada mujer que he conocido ha sido encantadora, amable, todo lo que he aprendido en la vida lo he aprendido de las mujeres, las mujeres me parecen completamente diferentes de los hombres, no puedo imaginar una cena con 12 hombres, toda esa testosterona… toda mujer que he amado de alguna manera me ha seguido queriendo.

P. ¿Pero es posible amar sin daños?

R. He intentado hacerlo sin daños. El amor del que hablamos solo dura poco tiempo. El enamoramiento. Luego cambia a otra cosa más importante, gustar es una palabra débil, pero es bueno gustar.

P. Puedo preguntarle algo personal, si no quiere no conteste. ¿Es cierto que tiene dos esposas?

R. Sí, las tengo. Tengo una mujer y una compañera y las quiero a las dos. Pero amo a todas las mujeres que he amado. Me enamoré por primera vez a los 11 años, con una chica de Liverpool que venía con su familia en verano. Teníamos 11 años y nos veíamos dos o tres semanas al año. Y así hasta los 17 años. Entonces fui a pasar la navidad con ellos y en Nochebuena rompió conmigo.

P. En su novela, ¿quién inspiró este Olly, este personaje?

R. Probablemente es como me veo a mí mismo, este horrible hombrecillo.

P. Pero él hiere a la gente.

R. Sí…

P. Él está bloqueado, no logra pintar de nuevo. ¿También es usted?

R. Pero creo que Olly volverá a pintar. Mire Picasso. Antipático, brutal y bajito. El artista es despiadado, éste y todos los artistas, son caníbales. 

Una vez, hace muchos años, estábamos mi mujer y yo en el coche y tuvimos una de estas discusiones, me dijo algo que sonaba bien y le dije: ¿puedo usar eso? Eres un monstruo, dijo. Lo sé, pero ¿puedo usarlo? Pero ella es la mujer de un artista y sabe el coste. Es una mujer maravillosa.

P. ¿Es escritora?

R. No, es lectora.

P: ¿Le entiende?

R. Sí. Rara vez pierde la paciencia. Cuando le digo que la quiero, me responde que ella también pero que no se lo pongo fácil. Y entonces yo le respondo que se aburriría si se lo pusiera fácil. Cuento esto, pero no quiero ni pensar en el dolor que he ocasionado. (...)

El escritor, ya en el café, enseña las fotos de esas hijas y un nieto.
R. Tengo dos hijos con mi mujer, que parecen mayores, más maduros que yo, ahora en sus cuarenta, y dos hijas con mi pareja, de 26 y 19 años.

P. ¿Y lo llevan bien? ¿Se conocen?

R. ¡Oh, no! Mi mujer me mataría…

P. Pero ella lo sabe.

R. Oh, claro. Paso la mitad de la semana con mi mujer y la otra con mi pareja

P. ¿Y ella está de acuerdo?

R. No.

P. O sea que el amor duele.

R. Claro que duele. Mucho. Pero no soy Olly, no tengo su egoísmo."          (   , El País,  2 ENE 2016)

25/6/09

La crisis es peor para l@s segund@s espos@s

"Los abogados matrimonialistas tienen claro que la crisis ha acabado con la imparable tendencia alcista de los últimos años y que sus clientes se lo piensan ahora un poco más antes de romper. La inmensa mayoría de las rupturas (121.814) fueron divorcios, pues desde la reforma del Código Civil de 2005 es muy minoritario pasar por esa fase intermedia que es la separación.

La sentencia judicial de divorcio al uso que se dicta en España atribuye a la mujer la custodia de los hijos, una pensión de alimentos y el uso de la vivienda. Es decir, que de entrada sale beneficiada en aplicación del artículo 96 del Código Civil, que atribuye la vivienda al cónyuge custodio. O sea, a las mujeres en más del 95% de los casos.

"El año pasado tuvieron que irse de su casa más de 70.000 hombres y el 80% no tenían medios para poder pagar una nueva vivienda", explica Justo Sáenz, presidente de la Confederación Estatal de Madres y Padres Separados. En muchos casos, la pareja no se pone de acuerdo para vender el que fue su domicilio familiar y eso impide pasar página y facilitar la compra de una vivienda que se ajuste más a las nuevas necesidades. La consecuencia es que ella sigue disfrutando de la casa mientras tiene los hijos y él sigue pagando la mitad de la hipoteca de una vivienda en la que no habita, a no ser que ceda a la presión y la acabe malvendiendo para levantar cabeza.

Eso coloca a decenas de miles de hombres en una situación de asfixia económica, asegura Sáenz, al punto de que a muchos no les queda más remedio que regresar con sus padres, ir a vivir a casa de un amigo o acabar en condiciones cochambrosas. Como Jon, un bilbaíno al que denunció su ex mujer en 1992 por hechos supuestamente ocurridos cuando estaba en Madrid. "La denuncia fue archivada, pero yo tuve que salir por piernas", explica. "Un amigo me dejó una habitación, luego me metí en un piso de protección oficial, mis padres me ayudaron y así volví a empezar", recuerda.

"A la larga las mujeres acaban siendo las perjudicadas por ese trato inicialmente favorable en el divorcio", relata Sáenz. "Y es que cuando el hombre deja de pagar la hipoteca de la que fue su casa y los hijos ya se han independizado, muchos solicitan la división de la cosa común y ellas tienen que elegir entre comprar la vivienda al valor de mercado de entonces o perderla y que salga a subasta". Jon tiene claro qué es lo que va a hacer en cuanto pueda y su hijo se independice.

"Cada vez nos llegan más casos de mujeres mayores de 55 años que se divorciaron hace tiempo y que ahora no tienen dinero para comprarle a su ex la otra mitad, por lo que la casa acaba saliendo a subasta. Con lo que ella obtiene no puede meterse en un nuevo piso, ahora los bancos no les dan un préstamo y muchas no tienen derecho ni a vivienda de protección oficial por su salario", explica Sáenz. Es una situación que, según dice, se está extendiendo a todas las capas sociales.

Y es que convertir la vivienda en moneda de cambio tiene sus riesgos. La situación de paro en la que están quedando muchos hombres les está llevando a dejar de pagar la mitad de la hipoteca de aquella casa. "Como ella no puede hacer frente a toda la cuota, se dan casos en que le acaba perdonando la pensión de alimentos de los hijos a cambio de que pague su parte para no perder la casa", relata Sáenz." (El País, ed. Galicia, 23/06/2009, p. 28/9)

22/5/08

Maridos, mares idos de las orillas, de las esposas

“mi abuela materna, mujer sabia a golpe de desierto sonorense, decía que un marido era precisamente eso: un mar ido. El hombre seduce a la mujer con el vaivén de sus olas, susurraba. A veces, con la furia de un tsunami o con el misterio de las mareas altas; a veces, imperceptible como la mar en calma. Pero todos, al final, terminan por irse a buscar el horizonte hasta que la resaca les hace volver, aseguraba. Para rematar su teoría, la abuela Alicia esta convencida de que la esposa en realidad debería ser llamad orilla. Esa lengua de tierra a la que el mar ido siempre vuelve, seguro de su presencia.

Y si unos se van para hacerte viuda, otros lo hacen para hacerte desgraciada. Otros se quedan para no hacerte nada.” (Reseña del libro de Ángeles Mastretta: Maridos, por Alejandra Díaz Ortiz. Letra Internacional, nº 98, p. 86)

Alejandra Díaz Ortiz,