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25/8/23

¿Por qué los esclavistas nunca emanciparon voluntariamente a sus esclavos? (Branko Milanović)

 "Cuando escribí mi capítulo sobre Adam Smith en Las visiones de la desigualdad (que se publicará el 10 de octubre) me planteé incluir una sección en la que se discutieran las opiniones de Smith sobre la esclavitud. Al final decidí no hacerlo porque la esclavitud sólo desempeña un papel incidental en Smith; la mayor parte de su análisis en La riqueza de las naciones parte del supuesto de las tres clases sociales estándar que son todas formalmente libres y la interacción entre ellas genera sus ingresos y posiciones sociales. En ese contexto, los esclavos que ya no existían en los países de los que Smith se ocupaba principalmente, a saber, Inglaterra, Escocia, Francia, Países Bajos y el resto de Europa Occidental, quedaban un tanto fuera del ámbito principal de su interés.

 Sin embargo, las opiniones de Smith sobre la esclavitud son, como es bien sabido, bastante complejas. Escribí sobre su argumento de que la posición de los esclavos era mejor en los gobiernos autocráticos que en los democráticos oligárquicos. La razón es que en un gobierno oligárquico y representativo el poder lo ostentan las personas que a su vez son los mayores poseedores de esclavos (me viene a la mente EE.UU.) y es muy poco probable que emancipen a los esclavos porque así se privarían a sí mismos y a sus amigos de una gran cantidad de capital. Desconfían de tratarlos bien porque temen permanentemente la insurrección de los esclavos. En las sociedades más ricas (Smith lo explica con cierta extensión), la diferencia de ingresos y social entre el amo y el esclavo es mucho mayor. El esclavo tiene también mucho más que codiciar. De ahí que en las sociedades más democráticas y ricas el trato a los esclavos, para evitar su insurrección, deba ser especialmente duro. En el pasaje quizá más llamativo de The Lectures on Jurisprudence Smith dice:

    "La opulencia y la libertad, las dos mayores bendiciones que los hombres pueden poseer, tienden en gran medida a la miseria de este cuerpo de hombres, que en la mayoría de los países donde se permite la esclavitud constituye con mucho la mayor parte. Un hombre humanitario desearía por lo tanto, si la esclavitud ha de establecerse generalmente, que estas bendiciones más grandes, siendo incompatibles con la felicidad de la mayor parte de la humanidad, nunca tuvieran lugar. LoJ (A), 16 de febrero de 1763."

 (Creo que este pasaje se cita tan pocas veces porque cuestiona las dos creencias más arraigadas: el gobierno popular y la opulencia. Si ambos sólo pueden existir si se aterroriza a los esclavos, ¿de qué sirven? Es una afirmación sorprendente).

En formas de gobierno más autocráticas, los reyes no dependen necesariamente de los esclavos para su poder y, como explica Adam Smith en relación con la abolición de la servidumbre en Europa Occidental, puede que incluso les guste deshacerse del trabajo forzado si eso reduce el poder de los señores locales que podrían utilizar ejércitos de esclavos para desafiar al rey.

 Pero la parte más importante que atrajo la atención de los economistas, y quiero destacar un trabajo reciente de Barry Weingast, es la siguiente. Smith afirma muy claramente en sus Lectures on Jurisprudence que la esclavitud, como institución económica, es ineficiente. Eso significa que una tierra cultivada por esclavos rendiría al propietario mucho menos que si la misma tierra se arrendara por un alquiler razonable al arrendatario. La razón es obvia: el agricultor arrendatario tiene un incentivo para aumentar la producción aunque tenga que ceder un tercio (la estimación de Smith, pero podemos sustituirla por cualquier número) de la cosecha al propietario. El propietario puede calcular fácilmente que, en un período de x años, el Valor Actual Neto (VAN) de la renta que obtiene superaría el importe del excedente de producto que recibe de los esclavos, a los que sólo paga el salario de subsistencia. No estamos hablando aquí de altas matemáticas. Las cosas son bastante sencillas. Podemos introducir diferentes tasas de descuento, y diferentes cantidades para la renta, diferentes diferenciales de productividad para la tierra trabajada por mano de obra libre frente a la esclava, etc., como hace Weingast, pero sea cual sea el conjunto de supuestos (razonables) que elijamos el resultado final es el mismo. El terrateniente debería simplemente despedir a sus esclavos, ofrecer a algunos de ellos seguir trabajando como arrendatarios libres, encontrar nuevos arrendatarios si fuera necesario, y pasar el resto de su tiempo libre disfrutando de la renta.

 Entonces, ¿por qué los propietarios de esclavos no hicieron precisamente eso? ¿Por qué nunca observamos en la historia un desguace endógeno de la esclavitud cuando se trata de un sistema tan ineficiente y cuando los propietarios podían ganar más dinero contratando mano de obra libre que utilizando esclavos?

Es una pregunta justa y Weingast la resuelve utilizando un marco teórico de juegos que demuestra que ninguna de las partes puede comprometerse de forma creíble con su parte del trato. (Lo hace porque introduce, en mi opinión, una suposición totalmente innecesaria de que los esclavos compran con el tiempo su libertad. Sí, los propietarios de esclavos también pueden tratar de extraer eso, pero en un modelo simple, es superfluo. Pues los propietarios de esclavos están en mejor situación incluso si emancipan a los esclavos gratuitamente).

La razón por la que esta emancipación espontánea nunca ha ocurrido en el mundo real es la siguiente. ¿Cuál sería la reacción que nuestro terrateniente emancipador encontraría entre sus iguales ante la noticia de que acaba de liberar a todos sus esclavos? ¿Cómo verían ese acto? Desde luego, no con agrado y calidez. Como escribe Smith, los propietarios de esclavos, al igual que todos los propietarios, cuanto más ricos son más viven en un miedo perpetuo a la expropiación por parte de los pobres. Todo propietario de esclavos forma parte de esa compañía implícita. Todo aquel que, como propietario de esclavos, no respete el pacto es una amenaza tanto o más grave para los demás propietarios de esclavos que los propios esclavos.

 Smith sostiene que en los países más ricos, donde los esclavistas son mucho más ricos que los esclavos, temen especialmente las rebeliones. La única forma de sujetar a los esclavos es aplicarles un control brutal que Smith detalla, con minuciosidad sangrienta: desde azotarlos a diario, mantenerlos encadenados durante la mayor parte del día o, en el ejemplo más truculento, crucificarlos por ofensas triviales, descuartizar sus cuerpos y luego dárselos de comer a los peces. En tal ambiente de miedo a la rebelión constante, un terrateniente que siguiera la lógica económica descrita anteriormente no encontraría la simpatía de otros terratenientes. Es más, los demás terratenientes harían todo lo posible por impedir la manumisión: podrían alegar que nuestro terrateniente-economista ha perdido la cabeza, que ha sido hechizado por magos esclavistas, que está loco, que es un traidor, un agente extranjero, cualquier cosa. Harían todo lo posible por hacerle la vida imposible, por hacerle cambiar de decisión y, a falta de ello, por castigarle confiscándole las tierras que, en su opinión, está gestionando mal. Así pues, calcular las ganancias y las pérdidas de la esclavitud en un trozo de papel es algo muy distinto de actuar en función de lo que revela el cálculo.

 Pero vayamos más lejos y supongamos que, por alguna razón, la racionalidad prevalece y que su decisión de emancipar a los esclavos es imitada por muchos, y goza de un impulso suficiente para que, en un momento dado, un gran número de esclavos se liberen, por así decirlo, espontáneamente. Supongamos, además, algo muy poco realista: que el poder, que Smith asocia muy claramente con la gente que posee esclavos y que, como él dice, "los odia", supere el odio por interés material y acceda a la emancipación.

Tenemos que hacernos entonces la nueva pregunta: ¿qué ocurrirá después? Si la tierra era trabajada originalmente por 5 esclavos y ahora puede ser trabajada de forma igualmente productiva (rindiendo lo mismo) por 1 arrendatario, esto significa que todos los esclavos liberados no podrán encontrar trabajo en la tierra en la que trabajaban antes. Tal vez sólo una parte. Otros se congregarían en las zonas urbanas en busca de trabajo allí.

Y ahí es donde empiezan los problemas. Habrá una oleada masiva de gente embrutecida, pobre y no cualificada que entraría en una competencia feroz con el proletariado urbano, haciendo bajar los salarios y entrando en conflictos, quizás disturbios y peleas, con la clase obrera. Además, en las zonas urbanas habría ahora dos grandes clases de descontentos con trabajos inestables, salarios de subsistencia, un profundo odio mutuo y un odio aún más profundo hacia los ricos. Esto es algo que los políticos más importantes de la élite esclavista difícilmente pasarán por alto.

 No se trata de una situación muy diferente, sólo más dramática, de la que han afrontado muchos países en desarrollo contemporáneos: una inmensa afluencia de mano de obra del campo a las zonas urbanas que ha creado inestabilidad política, violencia, delincuencia y conflictos entre las diferentes partes de las clases bajas y, en última instancia, el conflicto entre las clases bajas y las clases altas.

Sólo una pequeña dosis de realidad demuestra que la idea panglossiana, compartida por algunos economistas (pero no por Adam Smith) de que al demostrar que la tenencia de esclavos no era rentable para el propietario individual debería haber conducido a la emancipación espontánea de los esclavos. Tales economistas cometen varios errores lógicos: cometen un error de composición al suponer que lo que es cierto para uno también puede serlo cuando se extiende a todo el mundo, e ignoran la externalidad política al suponer que otros propietarios de esclavos no se ven afectados por la decisión de algunos de ellos.

 Y lo que es más importante, cometen un error que Smith no cometió: no tienen en cuenta las fuerzas políticas ni las implicaciones políticas de un movimiento de tal envergadura. Al fin y al cabo, ya tenemos suficientes pruebas históricas de que ninguna sociedad ha dejado de ser esclavista espontáneamente por la sola acción de factores económicos: ni los esclavistas de Egipto, ni los persas, ni los esclavistas árabes, ni los esclavistas del Imperio Romano de Oriente de Justiniano, ni los esclavistas del Imperio Romano de Occidente, ni los esclavistas entre los visigodos y los ostrogodos, ni el trabajo forzado fue abolido espontáneamente en Francia, ni en el imperio de los Habsburgo, ni en Rusia, y obviamente tampoco en las Indias Occidentales y el Sur de Estados Unidos. Y no es porque los propietarios de esclavos no tuvieran los conocimientos numéricos suficientes para calcular el Valor Actual Neto que han descubierto los economistas.

 la forma en que se aplastó y abolió la esclavitud fue casi siempre mediante el uso de la violencia: disturbios, revolución, amenazas al gobierno y guerras civiles. Adam Smith, que creía que las fuerzas antiesclavistas nunca serían lo suficientemente fuertes como para abolir la esclavitud: "A pesar de esas ventajas [económicas] superiores, no es probable que la esclavitud sea abolida nunca, y fue debido a algunas circunstancias peculiares por lo que ha sido abolida en el pequeño rincón del mundo en el que se encuentra ahora", se equivocaba al respecto, pero nos ofrece un cuento con moraleja que demuestra que fijarse sólo en las ventajas económicas sin considerarlas en su contexto político es insuficiente. Podemos dibujar casillas de teoría de juegos, pero son un mísero sustituto de lo que observamos en la realidad. Pueden ser un punto de partida, pero nunca un punto final."              

(Branko Milanović, Brave New Europe, 15/08/23; traducción DEEPL)

20/11/20

EEUU ha replicado el orden aristocrático europeo que rechazó en sus orígenes porque la movilidad social del país depende de lo que heredas de tus padres... "La división de clases en EEUU es tan extrema que no es una democracia real"

 "Una extensa investigación ha llevado a Nancy Isenberg, escritora y profesora de Historia de la Universidad Estatal de Luisiana, a concluir que EEUU ha ocultado deliberadamente su propia historia de clases sociales; que el mito del 'sueño americano' no existe; y que EEUU "ha replicado el orden aristocrático" europeo que rechazó en sus orígenes porque la movilidad social del país "depende de lo que heredas de tus padres en lugar de tener servicios sociales que hagan que sea una cuestión de mérito". Su trabajo está recogido en el ensayo 'White trash: los ignorados 400 años de historia de las clases sociales estadounidenses' (Capitán Swing).

¿Por qué ha ocultado EEUU deliberadamente su historia de clases sociales?

Creo que parte del problema es que en EEUU prestamos mucha atención, incluso hoy en día, a celebrar nuestro nacimiento como país independiente. Todas los Estados-nación crean mitos de lo que representa su Gobierno y su país y nuestro mito se fundó en el rechazo del sistema de clases que existía en Europa. Rechazar la aristocracia, los títulos, la monarquía. Tomar esa identidad política implicaba que siempre había una tensión a la hora de discutir cuestiones de clase en el país.

Aunque hay un intento de negar la clase –ligado al mito de que América es la tierra de las oportunidades y que todo el mundo puede experimentar la movilidad social, lo cual no es cierto–, a menudo esta emerge y se convierte en parte del debate político. Incluso la Guerra Civil es sobre raza y clase. Con el New Deal y la Gran Depresión tanta gente se quedó sin trabajo que de repente ya no podían utilizar la lógica de que son los perezosos los que no trabajan. De pronto tuvieron que reconocer que Estados Unidos no sólo ha experimentado una movilidad ascendente, sino que experimentamos más movilidad descendente. Para los estadounidenses, este es un tema realmente difícil de hablar.

¿Diría usted que existe el 'sueño americano' para la clase trabajadora blanca de EEUU?

Las personas que apoyan a Donald Trump no es que adoren al presidente, sino que lo que realmente les gusta es que ha creado un espacio donde de repente la gente tiene que prestar atención a la clase obrera blanca. De pronto tienen un defensor. De pronto tienen un espacio en los medios de comunicación donde antes habían sido completamente ignorados. 

La mayoría de las personas que votó a Trump en 2016 no cree en el mito de la meritocracia –trabaja duro y serás recompensado–. En la práctica, este mito no se les aplica. Poco más de un tercio de los estadounidenses llega a tener títulos universitarios. La idea de ir a la universidad, algo que realmente cambia tus ingresos, no se aplica a ellos. También tienen miedo de perder su estatus en lugar de poder ascender, que es en lo que se centran los demócratas. No creen en la idea del profesional formado porque saben que eso no va a ser alcanzable para ellos y probablemente ni siquiera para sus hijos. Lo que quieren es ser recompensados con un retorno a los empleos de clase trabajadora más estables que han desaparecido porque todos se han llevado a otros países.

Es difícil entender cómo estas personas llegaron a votar y convertirse en convencidos seguidores de Trump en 2016 si, como usted dice, el presidente está tan lejos de ellos y no se identifica con sus intereses.

Vivimos en un mundo de ideología y la gente en EEUU se piensa que tenemos más movilidad social que cualquier otro país del mundo, lo cual no es cierto. Está probado estadísticamente. Países como Suecia y Dinamarca tienen más movilidad social porque proveen servicios sociales. En este país, la familia promedio tiene que contribuir con el 50% de su riqueza a sus hijos. Hemos replicado el orden aristocrático porque todo depende de lo que heredas de tus padres en lugar de tener servicios sociales que hagan que sea una cuestión de mérito. Pero la mayoría de los estadounidenses saben muy poco sobre su historia y repiten una y otra vez el mito [del 'sueño americano']. 

Nuestra división de clases es tan extrema que no es una democracia real. En el Congreso son todos millonarios. Esa es realmente una de las cosas que ha cambiado sustancialmente. Inicialmente en nuestro país, si estabas en el Congreso, no ganabas mucho dinero. En 1817 decidieron aumentar sus salarios a unos 16 dólares. El problema entonces es que había que ser rico para servir en el Congreso. Pero ahora hemos ido al extremo opuesto donde toda esta gente está vinculada a grupos de presión, se gastan una fortuna en sus campañas y están totalmente fuera de contacto con la sociedad. Pasan la mayor parte del tiempo al teléfono tratando de recaudar dinero.  

 

Cuando esta gente eligió a Trump, también estaban rechazando al Partido Republicano. Estaban cansados del político al uso. La otra cosa que hace Trump que les atrae y que fue una de las claves de su éxito es la forma en que habla. Les encanta que hable a la gente a la cara, que sea grosero... Y confunden eso con la autenticidad. Es muy triste que los estadounidenses acepten esto, pero tristemente se remonta al siglo XIX. En el siglo XIX, los políticos de la élite iban al interior del país y lanzaban sus mensajes a la gente pobre que vivía en las cabañas. Y por un momento tenían que hablar su idioma. Pero tan pronto como se iban, ya no tenían ninguna obligación de apoyar ninguna política que realmente les beneficiase.

¿Por qué es tan importante la intersección de clase y raza que resulta en la 'escoria blanca'? ¿Qué le diferencia del resto de la clase trabajadora del país?

Creo que eso es muy importante. Voy a enfatizar dos grandes tendencias que suceden en la historia de EEUU sobre la intersección de raza y clase. Una es que las élites sureñas a menudo manipulaban la tensión entre los blancos pobres y los afroamericanos pobres. En la Guerra Civil, por ejemplo, cuando la Confederación era un Gobierno muy elitista, incluso pensaron en negar a los blancos pobres el derecho al voto. Tenían un profundo temor de que su población blanca pobre apoyara a Lincoln porque este prometía la Ley de la Granja –permitir a pequeños ganaderos y agricultores el acceso a tierras del Gobierno– y la concesión de tierras a los sin tierra. Entonces, las élites sureñas trataron a menudo de atraer a los blancos pobres. Lo que hicieron durante la Guerra Civil fue decirles que si apoyaban a Lincoln iban a perder su estatus y se convertirían en el equivalente a un esclavo. Siempre explotaron esa tensión. 

Eso también pasó cuando el movimiento populista a finales del siglo XIX trató de movilizar los intereses de los negros de la clase trabajadora y los sureños blancos pobres de clase trabajadora. Las élites sureñas trataron de romper esa alianza y trataron de asegurarse de que los blancos pobres estaban alineados con otros blancos de la élite o de la clase media. Eso siempre ha sido una tensión incómoda. Hacer imposible que los blancos y negros pobres creen una alianza de clase trabajadora ha sido una constante. Esta es la única tensión que se repite una y otra vez en la historia de EEUU. Pero hubo gente que trató de romper esta dinámica, como Martin Luther King (MLK). 

La gente se olvida de que MLK decía que hay que abordar la raza y la clase. No se puede asumir que la gente y sus vidas están definidas por una sola variable. La sociedad es compleja. Sin embargo, los medios de comunicación siempre quieren simplificar las cosas y terminan convirtiéndose en un disco rayado. En este sentido, la mayor parte del enfoque en estas elecciones es simplemente hablar del nacionalismo blanco todo el tiempo que, aunque refleja una parte del electorado de Trump, no refleja todo. 

Estamos en un dilema donde a menudo no conocemos el pasado y en el presente existe una jerarquía de opresiones. Esencialmente tenemos que decir siempre que la raza está en el centro de todo, cuando en realidad puede ser raza y clase. No se pierde nada al decir esto y no entiendo por qué los periodistas tienen esta especie de dogma. Hacen una genuflexión y dicen: "raza, raza, raza, raza". Y luego se pierden el panorama general. Se pierden que la raza y la clase pueden operar al unísono para oprimir a ciertos grupos de manera diferente. La clase importa tanto como la raza en lo que respecta a la fuente de esa opresión.

¿Por qué sostiene que los orígenes de la 'escoria blanca' se remontan a la colonización británica? ¿Cómo ha sobrevivido este sistema hasta nuestros días?

[Reino Unido] quería deshacerse de los pobres en el 'nuevo mundo', que no era la tierra de la libertad, sino precisamente lo contrario. El 'nuevo mundo' era básicamente un asilo para pobres para aliviar la presión económica sobre Gran Bretaña. La razón por la que el lenguaje para referirse a estas personas ha persistido y permanecido vivo tiene que ver con la persistencia de los pobres de zonas rurales. Son a menudo los pobres más invisibles, pero en cierto sentido tienen mucha influencia política, especialmente en el sur, por la forma injusta en que se cuentan los votos y la forma en que funciona el colegio electoral.

Esta división entre lo urbano y lo rural sigue vigente a día de hoy. Muchas de las personas que van a los mítines de Trump se identifican con un personaje rural: la forma en que llevan las gorras de trabajo, la forma en que llevan los vaqueros y camisetas. Están invocando una especie de identidad más antigua de estadounidenses rural."                   (Entrevista a Nancy Isenberg, historiadora, Javier Biosca, eldiario.es, 29/10/20)

29/7/20

Cómo la academia y la política en Estados Unidos llevan siglos alimentando el racismo

"Que los Estados Unidos representa la “tierra de los libres”, donde “todos los hombres son iguales”, es un mito. Esta narrativa no solo elimina o desplaza la historia de las comunidades indígenas, negras, chinas, mexicanas, e inmigrantes, sino que además coloca a los grupos blancos, considerados superiores, sobre otras etnias y razas. 


En 2020, las grandes manifestaciones contra el racismo han comenzado a remover los símbolos de la supremacía blanca. En el Reino Unido, los manifestantes lanzaron al río Avon el monumento de Edward Colston cuya fortuna se atribuye al comercio de esclavos; en Amberes (Bélgica), la estatua del Rey Leopoldo II fue blanco de ataques; y en Nueva Zelanda, fue removida la figura de John Hamilton, conocido por ser artífice de la guerra contra el pueblo Māori. En 1965, Malcolm X auguraba: “Al final, los oprimidos y los opresores se enfrentarán”. 


Así comienza a escribirse una nueva historia


¿Quiénes son los que niegan la historia, el racismo, y la violencia racial? Negar la historia es ocultar la verdad, pero lo que se ha callado volverá a conocerse. La violencia racial se sustenta y expresa a través de un lenguaje racista. Tal como señala el escritor Ralph Ellison, “la forma de segregación más insidiosa y menos comprendida es la de la palabra. Porque si la palabra tiene la potencia de revivir y hacernos libres, también tiene el poder de cegar, encarcelar y destruir”.


La retórica de la supremacía blanca ha existido desde los inicios de Estados Unidos. Surgió en el mundo Atlántico en el siglo XVI. Ibram X. Kendi señala que fueron los españoles (siglo XVI) los primeros en llevar la ideología racial a América del Norte, seguidos, un siglo después, por los ingleses.


En las trece colonias, tanto las tradiciones religiosas como las teorías científicas justificaron la esclavitud. Los colonizadores europeos, explica Ronald Takaki, percibían a los indígenas como bárbaros y salvajes incivilizados, y los asociaban con el demonio. 


Americanos blancos superiores


Durante el período de la Ilustración, el nuevo pensamiento científico incorporó las ideas raciales y propulsó el racismo científico. 


Filósofos como Benjamin Franklin, Carolus Linnaeus, John Locke y Thomas Jefferson creían que los americanos blancos eran superiores a las personas esclavizadas provenientes de África, los negros libres y la población indígena.


A fines del siglo XVIII, las revoluciones atlánticas cuestionan el colonialismo europeo y expanden nuevas ideas políticas, pero solo la revolución haitiana (1791-1804) culmina con el fin de la esclavitud. En Estados Unidos, la constitución fue escrita por hombres blancos para hombres, una carta fundamental que excluyó a las mujeres, los negros y los pueblos originarios. 


Bajo la influencia del darwinismo social, personalidades como Samuel Cartwright reforzaron la creencia de que la raza blanca era superior. 


A comienzos del siglo XIX, el Nordicismo, la idea de que los pueblos nórdicos pertenecían a una raza superior, se expandió. Los textos de Arthur Schopenhauer, filosofo alemán que atribuía a la raza blanca una supremacía cultural, tuvieron gran recepción en Estados Unidos. 


Los contenidos de los cursos de historia no solo omiten la verdad, sino que además sostienen una interpretación racista del pasado que enaltece a los hombres blancos como héroes de la historia.


Si bien la Guerra Civil (1861-1865) terminó con la esclavitud, surgieron grupos terroristas como el Ku Klux Klan que utilizaban la violencia extrema para defender la hegemonía de la supremacía blanca y establecer la segregación racial. Estos grupos aterrorizaban a la población negra.

Separados pero iguales


En 1896, la Corte Suprema, en el famoso caso Plessy v. Ferguson, declaró que la práctica “separados pero iguales” no contradecía la Constitución. 


En los años siguientes, se aprobaron numerosas leyes que segregaron los espacios públicos, también se construyeron monumentos y memoriales. El mito de la causa perdida influyó sobre la memoria colectiva de los estados del sur y se convirtió en la base de una nueva interpretación histórica sobre la Confederación y la Guerra Civil.


En Richmond, Virginia, por ejemplo, un grupo de mujeres blancas creó la Confederate Memorial Literary Society, institución que tenía como solo objetivo construir una narrativa positiva sobre la esclavitud y enaltecer la confederación en la memoria colectiva.


De hecho, durante este período, que se inicia a partir de 1896, los neo-Confederados introdujeron la teoría de los derechos de los estados y “enseñaron que la supremacía blanca era la forma correcta de organizar la sociedad”. 


Expansión de las ideas raciales en el Caribe y el Pacífico


La conmemoración de la Confederación y la conservación del poder de los grupos blancos en los estados del sur ocurrió al mismo tiempo que Estados Unidos expandía su imperio y sus ideas raciales en el Caribe y en Pacífico.


El mundo académico es cómplice de esta historia, y algunas disciplinas han contribuido a sostener ideológicas racistas y a fortalecer “este territorio que niega” la historia. 


La antropología cultural surgió de la mano del racismo científico, mientras que la historiografía, hasta la década de 1970, excluyó la historia de negros, centroamericanos, mexicanos, y otras personas racializadas. 


Durante una reunión de la Sociedad Americana de Archivistas, en 1970, el historiador Howard Zinn señaló que “por mucho tiempo los archivos olvidaron a gran parte de la sociedad y privilegiaron a los ricos y poderosos”.


En los cursos sobre “civilización occidental” no se abarca con profundidad la historia de la violencia racial o cómo surgió el lenguaje racista que la sustenta.


Diana Roberts acusa a académicos como Michael Hill, fundador de la Southern League en 1994, de “convertir la bandera confederada en un fetiche. Y a los confederados en héroes”.

En 2017, el historiador William Scarborough invocó el “patrimonio histórico” para justificar su apoyo a la bandera confederada en Mississippi. Dinesh D’Souza utiliza un lenguaje cargado de connotaciones racistas y, con frecuencia, ataca a historiadores como Kevin Kruse. Académicos como Steven Pinker buscan relativizar la relación que existe entre racismo y ciencia, mientras Martin J. Medhurst, experto en retórica, ha recibido duras críticas de parte de importantes académicos por sus intentos de menoscabar la existencia del racismo estructural. 


En twitter se puede seguir este debate, así como la experiencia de académicas y académicos negros.


Estados Unidos pertenece a los americanos… blancos


A comienzos de junio 2020, Trump defendió el derecho de algunas bases militares a llevar el nombre de generales de la confederación ya que era su derecho a conmemorar el pasado; pero esta actitud solo contribuye a reafirmar que Estados Unidos pertenece a los americanos blancos.


En discursos y editoriales se continúa utilizando la retórica de la supremacía blanca, lo que refuerza la narrativa del racismo y la discriminación y la violencia racial en los Estados Unidos. Este discurso no sólo busca influir en la opinión pública, sino reescribir una historia que minimiza el impacto y el legado de la discriminación racial y la violencia racial. 


En las redes sociales y foros virtuales, políticos, líderes mundiales, y académicos han refinado la retórica racial; sus declaraciones, controvertidas y agresivas, han resonado con amplios sectores de la población.

Después de las elecciones presidenciales de 2016, resurgió un lenguaje racista que no es siempre explícito, pero que busca llegar a las bases políticas de Trump.

Este discurso apela a sus partidarios que van desde los sectores evangélicos hasta grupos racistas violentos, como los Boogaloo Boys. 


El discurso de Trump


Durante su campaña, Trump “se distanció renuentemente” de David Duke, ex lider del Ku Klux Klan y político de Luisiana. En lugares públicos, conferencias de prensa, y en Twitter, Trump ataca a musulmanes, inmigrantes, académicos, religiosos anti-racistas, disidentes y críticos con su administración.


Este discurso racista y anti-inmigratorio no es nuevo. Estados Unidos prohibió el ingreso de musulmanes en la década de 1790 y las leyes de Extranjería y Sedición definieron la composición racial aceptable de los Estados Unidos. 


Los ataques de Trump contra China recuerdan un pasado xenófobo relacionado con la prohibición a la inmigración china en 1882 y la deportación de residentes chinos en 1889.

El acoso se extiende a otras comunidades de inmigrantes. Durante una reunión sobre inmigración en 2018, Trump declaró que no quería que llegaran inmigrantes provenientes “de países de mierda”, como Haití, El Salvador, y países de África.


Trump también ha atacado a los inmigrantes mexicanos, un discurso que resuena en su base de seguidores. Al describir a los inmigrantes mexicanos como “animales”, Trump utiliza la misma ideología racial que Shakespeare usó para describir Calibán en La Tempestad, y que siglos más tarde impulsó la violencia de los ingleses hacia las comunidades indígenas.


Trump se ha destacado por convocar a los nacionalistas blancos y afirmar que Estados Unidos es un país de hombres blancos. Como señaló Roxanne Dunbar-Ortiz, “los nacionalistas blancos no son marginales en el proyecto estadounidense; deben ser entendidos como los descendientes espirituales de los colonos”.

El eslogan Make America Great Again se basa en el deseo de retroceder en el tiempo. Volver al país anterior a la Ley de Derechos Civiles de 1964 y la Ley de Inmigración y Nacionalidad de 1965.

Para las actuales organizaciones de supremacistas blancos y grupos racistas, estas leyes simbolizan el fin de una época. Utilizan conceptos como “genocidio blanco”, “despojo blanco”, y “la gran teoría del reemplazo” para crear miedo y legitimarse. 


También utilizan los mitos de “crímenes de negros contra negros” para validar las ideologías raciales y la idea del Renacimiento estadounidense, que es impulsada por una organización seudo-académica que difunde el mito de la criminalidad negra, el racismo científico y la eugenesia. 


Trump recurre con frecuencia a la frase “ley y orden”. Su forma de criticar a la izquierda, condenar a la prensa, y describir lo Antifa son un fiel reflejo de su visión racista de la historia. Al describir a la prensa como enemiga del pueblo y reprimir a los manifestantes que protestaban en los alrededores de la Casa Blanca, Trump nos recuerda la censura y las tácticas represivas utilizadas por Augusto Pinochet y el presidente brasileño Jair Bolsonaro.


Racismo presidencial


Trump no es el primer político en utilizar un lenguaje racista. Los gobernadores George Wallace (Alabama), Orval Faubus (Alabama) y Ross Barnett (Mississippi) fueron famosos por sus tácticas de amedrentamiento y acoso.


Ronald Reagan criticó la cultura que existía en la Universidad de California en Berkeley. Al igual que Wallace, Reagan jugó con las ansiedades y los temores, y usó un lenguaje racista para describir a los delegados de la ONU de Tanzania: para él eran “monos”.


Cuando Richard Nixon anunció en 1971 una “guerra contra las drogas”, esta se dirigió contra los “hippies” y los negros. En 1981, el estratega republicano Lee Atwater reveló durante una entrevista la estrategia de utilizar un lenguaje específico para atraer a los racistas, una estrategia que había comenzado en 1940 cuando los demócratas dejaron de apoyar la legislación racista.


George Bush padre utilizó la historia de Willie Horton para cuestionar la entrega de permisos de salida a presos. El comportamiento de Trump tampoco es nuevo. Fue acusado de prácticas discriminatorias en la vivienda en 1973 y publicó un anuncio de página completa en apoyo de la pena de muerte tras el arresto de los Central Park Five, un grupo de adolescentes afroamericanos y latinos acusados de golpear y violar a una mujer blanca.

Hoy somos testigos de un importante realineamiento del mundo. En una entrevista reciente con la televisión británica, Angela Davis afirmó que en este momento de la historia somos testigos de un “cuestionamiento global del racismo”. Prestemos atención."          

(La versión original de este artículo fue publicada por el Centro de Investigación Periodística (CIPER) de Chile. Dawn A. Dennis, Historiadora. Experta en raza y etnicidad, The Conversation)

7/7/20

¿Quieren un monumento al sur confederado? Mi cuerpo es un monumento a la Confederación Mis antepasadas negras eran propiedad de mis antepasados blancos y las violaban. ¿Quién se atreve a decirme que los celebre?

"Tengo la piel del color de una violación. Mi negritud morena clara es testimonio viviente de las reglas, las prácticas y las causas del Viejo Sur.

Para quienes quieren recordar el legado de la Confederación, los que quieren monumentos, bueno, entonces, mi cuerpo es un monumento. Mi piel es un monumento.
A los confederados muertos se les honra en todo el país: con estatuas privadas caricaturescas, solemnes monumentos públicos e incluso en los nombres de las bases del Ejército de Estados Unidos. 

Me fortalece y me anima ser testigo de las protestas contra esta práctica y el creciente clamor de los servidores públicos serios y apartidistas para remediarla. Pero todavía existen quienes, como el presidente Donald Trump y el líder de la mayoría del Senado, Mitch McConnell, son incapaces de entender la diferencia entre reescribir y replantearse el pasado. Yo digo que no se trata de “alterar” la historia, sino de añadir una nueva perspectiva.

Soy una mujer negra, sureña, y todos mis antepasados blancos inmediatos eran violadores. Mi propia existencia es una reliquia de la esclavitud y de Jim Crow.


Según la regla de la hipodescendencia (la práctica social y jurídica de asignarle a una persona de raza mixta genética la raza con menos poder social) soy hija de dos personas negras, nieta de cuatro personas negras, bisnieta de ocho personas negras. Si retrocedemos una generación más, las cosas se complican y se tornan más siniestras. Como cuenta la historia que se dice en mi familia, y como me han permitido confirmar las modernas pruebas de ADN, soy descendiente de mujeres negras que eran sirvientas domésticas y hombres blancos que violaban a sus empleadas.

Es una realidad extraordinaria de mi vida que biológicamente soy más de la mitad blanca y, sin embargo, no hay ninguna persona blanca en mi genealogía en la memoria viva. Ninguna. Blancura. Voluntaria. Más de la mitad de mi ser es blanca y nada de eso fue consensuado. Los hombres blancos sureños, mis antepasados, tomaron lo que querían de mujeres que no amaban, sobre las que tenían un poder extraordinario y luego no reconocieron a sus hijos.

¿Qué es un monumento sino un recuerdo permanente? Un artefacto para hacer tangible la verdad del pasado. Mi cuerpo y mi sangre son una verdad tangible del sur y su pasado. Los negros de los que provengo eran propiedad de los blancos de los que provengo. Mis antepasados blancos lucharon y murieron por su Causa Perdida. Y ahora pregunto: ¿quién se atreve a decirme que los celebre? ¿Quién se atreve a pedirme que los acepte en sus pedestales?

No pueden desestimarme por no entender. No pueden decirme que no fueron los miembros de mi familia los que lucharon y murieron. Mi negritud no me pone del otro lado de nada. Me ubica directamente en el centro del debate. No solo vengo del sur. Desciendo de los confederados. Por mis venas corre sangre azul gris rebelde. Mi bisabuelo Will fue criado con la conciencia de que Edmund Pettus era su padre. Pettus, el histórico general confederado, el gran dragón del Ku Klux Klan, el hombre por el que el Puente del Domingo Sangriento de Selma, Alabama, se llama de esa forma. Así que no es una persona ajena la que hace estas demandas. Soy tataranieta.

Y debo decir que hay muchas cosas del sur que me resultan valiosas. Hago lo mejor que puedo enseñando y escribiendo aquí. Sin embargo, hay un peculiar modelo del orgullo sureño que ahora, por fin, debe tenerse en cuenta.


No es un orgullo ignorante sino desafiante. Es un orgullo que dice: “Nuestra historia es rica, nuestras causas están justificadas, nuestros ancestros están más allá de todo reproche”. Es un anhelo de grandeza, si se quiere, un deseo de volver a tener un cierto tipo de memoria estadounidense. Un recuerdo digno de un monumento.

Pero esta es la cuestión: nuestros antepasados no merecen su orgullo incondicional. Sí, estoy orgullosa de cada uno de mis antepasados negros que sobrevivieron a la esclavitud. Se ganaron ese orgullo, según el criterio de cualquier persona decente. Pero no estoy orgullosa de los antepasados blancos que sé, por mi propia existencia, que actuaron mal.

Entre los apologistas de la causa sureña y de sus monumentos, hay quienes se olvidan de las dificultades del pasado. Imaginan un mundo de amos benévolos y hablan con lágrimas en los ojos de la gentileza, el honor y la tierra. Niegan las violaciones en las plantaciones, o las justifican, o cuestionan el grado de frecuencia con el que ocurrieron.

A esas personas es mi derecho decir: yo soy prueba de ellas. Soy prueba de que cualquier otra cosa que el sur pudiera haber sido, o pudiera creerse que es, fue y es un espacio cuya prosperidad y sentido del romance y la nostalgia se construyeron sobre la penosa explotación de las vidas negras.

La versión soñada del Viejo Sur nunca existió. Cualquier monumento fabricado de esa época y en ese lugar dice, cuando mucho, la mitad de la verdad. Las ideas e ideales que pretenden honrar no son reales. Para aquellos que han aceptado estas fantasías: ahora es el momento de volver a examinar su postura.

O han estado ciegos a una verdad que la historia de mi cuerpo los obliga a ver, o de verdad quieren honrar a los opresores a expensas de los oprimidos y, por fin, deben reconocer su interés emocional en un legado de odio.

 De cualquier manera, digo que los monumentos de piedra y metal, los monumentos de tela y madera, todos los monumentos hechos por el hombre, deben caer. Desafío a cualquier sureño sensible a defender a nuestros antepasados ante mí. Literalmente, estoy hecha de razones para despojarlos de sus laureles."                

 (Caroline Randall Williams es autora de Lucy Negro, Redux y Soul Food Love y escritora en residencia de la Universidad de Vanderbilt. The New York Times, 05/07/20)

18/7/18

La esclavitud fue y es una de las principales fuentes de riqueza

"Cuando los españoles llegaron a América había unos 70 millones de habitantes. Un siglo y medio después la población se redujo a los 3,5 millones. Debido a la progresiva falta de mano de obra en los campos de la muerte, los españoles -y en mayor medida los ingleses-, se volcaron al comercio de esclavos negros.

Ese fenómeno, con esas cifras, lo explica muy bien Eduardo Galeano en “Las venas abiertas de América Latina”, obra a mi juicio imprescindible para conocer un poco qué pasó a ambas orillas del océano, convertido durante siglos en un inmenso Mar Mediterráneo donde se arrojaba por la borda a todo esclavo que dejaba de “ser explotable”, para saciar el hambre de los tiburones (sinónimo, cada vez más vigente, de mercaderes).

En general la mayoría de los pueblos europeos participaron, por etapas, en el genocidio (americanos nativos y negros africanos). Esos crímenes contra la Humanidad -que no se enseñan en las escuelas- están tan empapados de sangre que tardarán Eras en secarse. En limpiarse, nunca.

Gracias al comercio de esclavos negros el marqués de Comillas se convirtió en uno de los hombres más ricos del mundo. Eso explica, entre otras cosas, que la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, no quiera en su urbe ninguna estatua de ese aristócrata que, sin duda, contribuyó económicamente al esplendor de “la ciudad condal”.

Los mercaderes y la nobleza inglesa contribuyeron en gran medida al auge del imperio británico con el lucrativo comercio de esclavos negros, a los que se marcaba con hierro candente en el pecho, cual ganado, con las iniciales de su propietario.

En los campos de caucho, algodón, etc., los terratenientes europeos empleaban mano de obra esclava que trabajaba jornadas infernales y sin apenas comida. Millones morían agotados, sus mujeres eran violadas diariamente, los que huían eran cazados y sentenciados al látigo y la horca.

Leopoldo II de Bélgica (1835-1908) fue uno de los mayores genocidas de la Historia. En el Congo Belga -que fue literalmente propiedad suya desde finales del siglo XIX a principios del XX- murieron en los campos de caucho y en las minas alrededor de diez millones de esclavos (las cifras varían según los historiadores), es decir el 40% de la población de aquel entonces.

Como las plantaciones de caucho se encontraban en zonas silvestres los esclavos del Rey -que disponía de una legión de sicarios a su servicio- tenían que trepar a los árboles. Para que pudieran hacer su tarea se les quitaban las cadenas durante la jornada laboral y, para asegurarse de que no escaparan, se retenía como rehenes a sus mujeres e hijos.

En el caso de que optaran por la fuga se procedía a la amputación de manos y/o pies de su familia, independientemente de que fueran menores o niños. Bajo el reinado de Leopoldo II se registraron amputaciones y violaciones masivas de mujeres y menores, así como el exterminio completo de poblados donde se daban brotes de rebeldía.

Leopoldo II, que prácticamente se hizo con el monopolio mundial de caucho, amasó con el genocidio una inmensa fortuna sin tener que rendir cuentas a nadie. En 1906, presionado por la ONU, vendió “su propiedad” al Estado belga. El Congo no conseguiría su independencia hasta 1960.

Desde que “se abolió el trafico humano” los mercaderes encontraron otra alternativa para hacerse ricos, gracias a la globalización y a la deslocalización, y, en vez de explotar a negros y negras encadenadas, trasladaron sus centros de producción a los países del Tercer Mundo, a fábricas donde los menores y los débiles trabajan en infrahumanas condiciones de semiesclavitud.

¿No podríamos devolver un poquito de la riqueza que saqueamos a los migrantes que huyen de la hambruna y de las guerras? ¿Acaso somos tan miserables que sólo nos interesa “la memoria histórica” como un lujo cultural para hacer política en nuestro barrio?

El racismo -como sabemos todos- (por libros o por instinto) es económico. Somos racistas con los pobres, no con los ricos. Nadie expulsa a los jeques que amarran sus yates palacio en la Costa Azul. El problema de fondo (el de los migrantes) es abrumador, un espejo de lo que fuimos o somos. Mientras la revolución no se haga en serio y no construyamos un sistema económico internacional justo, seguiremos poniendo parches y dando palos de ciego."                   (Javier Cortines , Rebelión, 07/07/18)

1/2/18

¿Qué es un “país de mierda” y por qué está tan obsesionado Trump con Haití?

"El jueves 11 de enero, víspera del octavo aniversario del terremoto en Haití que mató al menos a 230.000 personas, el presidente Trump llamó a Haití - junto con una indiferenciada “África” - “país de mierda”.

 Como la profesora de literatura haitiana Regine Jean-Charles ha escrito, no le han sorprendido los comentarios, que son “evidencia de un tipo de racismo que siempre ha estado presente en la sociedad estadounidense, pero que desde la campaña electoral de 2016 se ha avivado hasta convertirse en llamas virulenta.”

¿Qué hay detrás de la obsesión de Trump - y de la América blanca - con Haití?

Haití ha sido objeto de esa obsesión por su papel decisivo a la hora de desafiar lo que los hacendados del Sur - incluyendo ocho presidentes de los EE UU - han llamado una “institución peculiar”. La revolución de Haití fue la primera vez que los esclavos fueron capaces de abolir para siempre la esclavitud y forjar una nación independiente. 

También fue un punto de inflexión en la historia de Estados Unidos, que llevó a la compra de Luisiana en 1803, allanando el camino para el “destino manifiesto” de unos EE UU que se extendieron de mar a mar y su hegemonía global. 

Chicago, la tercera ciudad más grande del país, fue fundada por un haitiano, Jean Baptiste Point du Sable, que el historiador haitiano Marc Rosier llama un “agente” del gobierno de Haití cuyo objetivos era alentar una política internacional a favor de la libertad de los esclavos.

La contribución de Haití a la “grandeza” de los Estados Unidos ha sido durante mucho tiempo silenciada. La decisiva Revolución de Haití fue literalmente “impensable”, como el antropólogo haitiano Michel-Rolph Trouillot ha señalado. 

La demonización de Haití era tan fuerte, su ejemplo para los esclavos tan peligroso, que el Congreso impuso una moción de silencio en 1824, prohibiendo que la palabra Haití fuese pronunciada en el Congreso, un año después de que se proclamase la imperialista Doctrina Monroe.

El supremacismo blanco no fue derrotado en el Palacio de Justicia de Appatomox en 1865, ni gracias a la XIII Enmienda, que permitió una legalización indirecta de la esclavitud, ni en la sentencia de 1954 Brown v. Board of Education del Tribunal Supremo, ni en la Ley de Derecho al Voto de 1965 tras el “domingo sangriento” en Selma, ni con la elección del primer presidente afroamericano en 2008.

A pesar de todo, como la antropóloga haitiana Gina Athena Ulysse analizó, Haití ha sido utilizada como la “bestia negra” de una campaña de difamación deliberada contra los descendientes de las personas que dijeron no a la supremacía blanca.

Estas narrativas de Haití continuaron tras la respuesta inicial al terremoto de 2010, propagadas por el tele-evangelista Pat Robertson y el periodista del New York Times David Brooks. Como señaló la articulista del New Yorker Doreen San Félix señaló, esta obsesión con Haití tiene que ver con el rechazo de la sociedad blanca de la libre determinación de los negros.

Estos discursos tienen consecuencias materiales concretas y de gran alcance.

Francia, que en 2001 declaró la esclavitud un “crimen contra la humanidad”, extorsionó 150 millones de francos a Haití como condición para reconocer su independencia, hundiendo a Haití en una deuda de 120 años que consumió hasta el 80% de la base impositiva de Haití. El presidente Jacques Chirac se burló de la petición del presidente de Haití Jean-Bertrand Aristide de reparaciones, antes de ser el primero en exigir su renuncia en 2004.

Llamar a Haití “ingobernable” sirvió de justificación para la intervención de Estados Unidos: Estados Unidos invadió Haití veintiséis veces entre 1849 y 1915, cuando los marines desembarcaron y ocuparon el país durante diecinueve años. 

Durante la ocupación de EE UU, los marines reclutaron un ejército moderno, entregaron la tierra a propietarios extranjeros, solidificaron la desigualdad racial y de clase, asentando las bases para la dictadura de los Duvalier de 1957-1971.

La culpabilización interesada de Haití por su papel en la epidemia del SIDA acabó con la industria del turismo, que, junto con la destrucción deliberada de la cabaña porcina de Haití, hundió la economía del país. Intereses capitalistas neoliberales aprovecharon la oportunidad para beneficiarse del éxodo rural masivo para construir fábricas y talleres, explotando la miseria de la gente ofreciendo los salarios más bajos en el mundo.

 Con salarios de pobreza y una deuda externa agobiante, que según el propio FMI fue a parar a los paramilitares tonton makout, los barrios pobres de Port-au-Prince no tuvieron ni servicios ni seguridad del gobierno. Estas intervenciones extranjeras fueron la principal causa de mortalidad del terremoto de 2010.

Acusar a los haitianos de “saqueadores” y utilizar otros calificativos racistas familiares, además de describir a Haití como un “estado fallido”, provocó la invisibilidad de la primera respuesta heroica del pueblo de Haití, y también la exclusión completa de los actores estatales y no estatales haitianos en la reconstrucción de su propio país y la distribución de ayuda.

 Bill Clinton co-presidió la Comisión Provisional de Reconstrucción de Haití, tomando decisiones sobre la ayuda, y la ayuda humanitaria fue coordinada en una Base Logística de las Naciones Unidas, donde los haitianos fueron excluidos por soldados extranjeros responsables de la epidemia de cólera que mató a casi 10.000 personas o por el uso del idioma inglés en las reuniones. 

Las organizaciones no gubernamentales reprodujeron una estructura jerárquica vertical que excluía de la toma de decisiones a las personas que vivían en los campamentos. Estas actuaciones "humanitarias" provocaron, entre otras consecuencias, la desintegración de las familias haitianas y el aumento de la violencia contra las mujeres.

Llamar a un precedente mundial de la libertad un “país de mierda” degrada no sólo a los diez millones de habitantes de la isla y a los tres millones de haitianos que viven en EE UU, sino que es una afrenta a la libertad y la igualdad humanas.  (...)"              

 (Mark Schuller  . Profesor Asociado de Antropología de la Universidad de Illinois. Fuente:  Counterpunch,  en Sin Permiso, 18/01/18)

11/3/16

Los esclavos negros del sur y los esclavos blancos del norte de los Estados Unidos

 

"No hay nada peor que una guerra civil. Los coterráneos son los seres que más se odian cuando se entremeten en un conflicto armado. Estados Unidos puede dar testimonio de la veracidad de tal afirmación. El Norte y el Sur llevaron a cabo, entre 1860 y 1865, una guerra feroz, sanguinaria. La excusa fue la esclavitud. 

El Norte quería abolirla. El Sur conservarla. El Norte quería obreros libres para sus industrias. El Sur, esclavos para sus plantaciones de algodón y tabaco. El Norte sabía, siguiendo el ejemplo de Inglaterra, que sólo el valor agregado que la industria añadía a los productos del suelo establecía un valor superior.

 El monocultivo sureño conducía al atraso. El industrialismo del Norte era el ariete que abría las puertas del progreso. Así, todo indicaba que el Sur quería esclavos para cosechar la tierra. Y el Norte obreros para sus industrias. Esto entusiasmaría a los socialistas europeos, todos partidarios del Norte. 

De esta forma, Marx y Engels envían cartas alentadoras a Lincoln. Si el Norte triunfa será un país autónomo, industrial. Si lo hace el Sur hundirá a la nueva nación surgente en el atraso, en la sumisión a Inglaterra, de donde continuará importando sus productos manufacturados a cambio de algodón y tabaco extraído por manos esclavas.

En Washington, los senadores del Sur atacan a los del Norte, todos abolicionistas, diciéndoles que el supuesto “obrero libre” de la industria norteña lleva una vida más desdichada que el esclavo del Sur. Con burla, con cruel ironía, les piden a los industrialistas del Norte que liberen antes a sus Esclavos Blancos y luego se ocupen de los esclavos negros del Sur. 

¿Qué es un Esclavo Blanco? Ni más ni menos que el “obrero libre” que Marx describe en el primer tomo de El Capital. El que vende al capitalista lo único que tiene, su único valor de cambio: si fuerza de trabajo. Una vez en la fábrica, el valor de cambio del obrero se transforma en valor de uso en beneficio del patrón.

 Ahí, si el obrero produce por valor de 100, el patrón le paga 30. La diferencia entre 30 y 70 es la plusvalía y se la queda el patrón. Ese es el esclavo blanco. La expresión de su esclavitud es el salario. El salario sólo reconoce el 30% de lo que produce la fuerza de trabajo. El resto, el 70%, no. En ese 70% el obrero del Norte o el inglés de Manchester y Liverpool son iguales al esclavo del Sur. 

Su trabajo, lo que ese trabajo produce como valor, no es recompensado. Sin embargo, siguen argumentando los senadores sureños, el obrero del Norte, cuando es despedido, queda abandonado a su suerte, siempre amarga, solitaria. Se lo deja morir de frío o de hambre. Al no tener salario no puede comprar ni lo que antes compraba: ropas, un techo (por exiguo que fuere) y alimentos. 

Porque los seres humanos, con empleo o sin él, necesitan comer. Al llegar a viejos, los espera el desamparo absoluto. ¿Cómo podrían alimentarse o alimentar a su familia si no pueden trabajar, si han perdido lo único que podían ofrecer: su fuerza de trabajo? Notemos que, con gran habilidad, son aquí los sureños los que se presentan como almas buenas, sensibles ante el dolor de los otros. 

Nosotros, seguirán, no tratamos así a nuestros negros. Ellos, que sí, que son nuestros esclavos, viven mejor que los esclavos de ustedes. Cuando se enferman, se los atiende. Cuidamos que nunca pasen hambre o frío. Siempre se los alimenta (y bien: queremos que sean fuertes). Y cuando llegan a la ancianidad los cuidamos como si fueran semejantes a nosotros, cosa que no son. 

Pero no los dejamos morir en la indigencia, solos. El fruto literario de esta concepción de la esclavitud fue La Cabaña del Tío Tom (Uncle Tom’s Cabin) de Harriet Beecher Stowe, publicada antes de Guerra Civil, en 1851. 

Aunque el texto desborda sentimientos humanitarios hacia los esclavos, aunque hace de su protagonista, Uncle Tom, una especie de sabio patriarca, y hasta de profeta tramado por una honda fe y una religiosidad profundas, ha permanecido como sinónimo del “esclavo bueno”, del esclavo fiel al patrón. 

Podría establecerse un paralelo con el Martín Fierro de la Vuelta o el Don Segundo Sombra de Güiraldes. Ser un “negro Tío Tom” es ser un traidor a la lucha de los negros por su liberación definitiva. Más aún después de los Panteras Negras, de Malcolm X o de Muhammad Alí. 

Se cuentan dos anécdotas sobre Lincoln y la autora de La Cabaña del Tío Tom, Beecher Stowe. En una, Lincoln, al conocerla, le dice: “Así que usted es la pequeña señora que desató esta guerra”. En la otra, que beneficia, creo, algo más a Stowe, Lincoln le dice: “Así que usted es la pequeña señora que ganó esta guerra”. Colocado en su momento, dentro de sus creencias religiosas, el esfuerzo de Beecher Stowe no es desdeñable.

En este intento por indagar las complejidades del pensamiento político norteamericano nos acercamos a la pieza oratoria de la que habremos de partir: el discurso que pronunció Lincoln meses después de la batalla de Gettysburg. 

Pocos antes de morir, George Gersh- win, respondiendo a la pregunta sobre qué pensaba componer en el cercano futuro, dijo: “Quiero ponerle música al Discurso de Gettysburg”. Esta batalla, terriblemente sangrienta, fue el punto de no retorno de la guerra. El triunfo quedó en manos del Norte. 

Las tropas de la Unión estaban al mando de George A. Mead. Las del Sur, al mando del General Robert E. Lee. Duró, la batalla, tres días: Desde el primer día del mes de julio de 1863 hasta el tercero. Las tropas de Lee, entre muertos y heridos, tuvieron 30.000 bajas. Las del Norte, 23.000.

 El discurso de Lincoln es del 19 de noviembre de ese mismo año, y concluye así: “Más bien es a nosotros a quienes toca dedicarnos a la gran tarea que tenemos por delante (...) resolver aquí, por encima de todo, que estos muertos no murieron en vano; que esta nación, bajo la mirada de Dios, tendrá un nuevo nacimiento de la libertad y que el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo, no desaparecerá de la tierra”. Lincoln fue asesinado el 15 de abril de 1865. 

En un teatro y por un actor, John Wilkes Booth. Que le disparó un tiro a quemarropa en la cabeza. Hay un chiste macabro sobre esto. Se sabe que Lincoln era un hombre reservado, envuelto siempre en sus pensamientos. Incluso el Discurso de Gettysburg no tiene más de 300 palabras, seguramente menos. Nadie sabía, nunca, qué pensaba. El chiste dice: “El único que entró en el cerebro de Lincoln fue Booth”.

Si bien el General Lee se rinde ante el General Ulysses S. Grant en Appomattox Court House, Virginia, el día 9 del mes de abril de 1865, el racismo sigue. El 24 de diciembre de ese mismo año aparece el Ku Klux Klan. La película inaugural del cine norteamerico, El Nacimiento de una Nación, empieza con la imagen de un negro llegando a Estados Unidos y una leyenda que dice: “Cuando llegó el primer negro empezó la división”. 

 La otra película “clásica” sobre la Guerra Civil se narra desde la óptica sureña, Lo que el viento se llevó. Walt Disney, a comienzos de los 40, quiere homenajear al “viejo Sur” y lleva a cabo un film que se llama Canción del Sur - Los Cuentos del Tío Remus. El día del estreno, al actor que personifica al Tío Remus, que era, desde luego, negro, no lo dejan entrar al cine. 

A comienzos de los sesenta, un boxeador negro que se ha consagrado como campeón olímpico y le han dado, coherentemente, una enorme medalla, entra orgulloso en un bar, con su medalla en medio del pecho, se sienta y llama a la camarera: “Un café y un hot dog”, pide. 

“Aquí no servimos negros”, le dice la camarera. El boxeador dice: “Yo no le pedí un negro. No quiero comerme a un negro. Quiero solamente un café y un hot dog”. Era, en ese entonces aún, Cassius Clay. Después fue Muhammad Alí. Negro, fue siempre. Y estaba orgulloso de serlo."               (José Pablo Feinmann, Página 12,en Jaque al neoliberalismo, 01/02/16)