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9/1/25

2025: ¿Hacia dónde vamos? Tecnofeudalismo, tecnocapitalismo, turbocapitalismo... auge de monopolios des-regulados, control social por parte de corporaciones, nuevas formas de rentabilización, acceso más directo a informaciones de carácter privado desde los nuevos guardianes telemáticos de las plataformas... un tecnofeudalismo que no difiere del tecnocapitalismo que ha caracterizado la etapa del capital financiero, si bien los grados individuales de dependencia hacia el cosmos digital introducen la tesis de una relación asimilable a los siervos de la gleba... Un tecnocapitalismo que es consecuencia del turbocapitalismo... del desarrollo de una economía de mercado sin ningún mecanismo regulatorio... la aceleración del proceso de acumulación capitalista en el que el dominio de la economía financiera sobre la real es cada vez más contundente... Las relaciones de vasallaje adoptan formas distintas a las conocidas históricamente, pero permanecen inmutable dos factores, primero, quiénes controlan esos medios de producción tecnológicos son empresarios de un nuevo consenso, el Consenso del Silicon Valley... y segundo, el marcador de la explotación laboral y económica lo situamos en unas relaciones de producción en las que asalariados, profesionales y colectivos vulnerables no tienen ni informaciones simétricas, ni capacidades para revertir la desinformación. Es el capitalismo de siempre, con otra mutación... la nueva política económica se va a edificar sobre un nacionalismo fuertemente ideologizado y excluyente, el negacionismo del cambio climático, de las vacunas y de la igualdad de géneros... ultra-liberalismo acérrimo, sin la más mínima regulación y con la tesis de una darwinismo económico y social (Carles Manera)

" Se habla de que entramos en una nueva era, en un nuevo paradigma: ruptura del multilateralismo, proteccionismo económico, negacionismo generalizado, desacreditación de la democracia, dominio de los llamados tecno-magnates, búsqueda de liderazgos atribulados por redes sociales. Lo contrario, lo vigente pero en peligro, es, con todos los matices y críticas, la idea de una globalización compartida, la apertura comercial, la conciencia del problema climático y de la emergencia energética y la capacidad de las instituciones democráticas. Lo comentaba Andrea Rizzi, en un interesante artículo (“Guerras, desastres climáticos y magnates: los retos del año”, Ideas, 504, 5 de enero de 2025): este cambio de paradigma no sabemos cómo se va a dirimir, si en mesas de negociación o en campos de batalla. Nos adentramos en una fase, sea cual sea la denominación que le demos, de gran incertidumbre en un sentido preciso: el cuestionamiento del estado actual amparado por las democracias liberales, en una dirección que nada tiene que ver con procesos de mejora, sino más bien de formación de escenarios dogmáticos y autoritarios. Distopías impulsadas por personajes que utilizan el caos como arma de dominación. Una regresión en toda regla.

Se está hablando de tecnofeudalismo, concepto acuñado por Cédric Durand (El capital ficticio, Ned Ediciones, Madrid, 2018; Tecnofeudalismo. Crítica a la economía digital, La Cebra, Donostia, 2021. Ver un excelente comentario en Gemma Cairó-i-Céspedes, Revista de Economía Crítica, 33, 2022) y que Yanis Varoufakis (Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo, Deusto, Barcelona, 2024) ha seguido explorando: auge de monopolios des-regulados, control social por parte de corporaciones, nuevas formas de  rentabilización, acceso más directo a informaciones de carácter privado desde los nuevos guardianes telemáticos de las plataformas por la propiedad del “capital en la nube”. Se trata de transformaciones profundas en la economía global, que afectan a su vez a la esfera financiera. Es la transición hacia una economía que conoce avances relevantes en el plano tecnológico, pero con claros retrocesos políticos.

                Estos importantes desempeños de la tecnología punta, proveniente de la Industria 4.0 o Cuarta Revolución Industrial, están suponiendo un control social por la gran conexión de la población con las plataformas digitales. La dominación de los potentes conglomerados tecnológicos y la dependencia de los individuos, junto al incremento descomunal de los beneficios de aquellas empresas, culminan con conductas excéntricas con fines improductivos por parte de los tecno-magnates. Lo que antaño eran el consumo de lujo y la guerra se repite de nuevo, si bien con otras formulaciones: carreras espaciales que pretenden llegar a Marte e incursiones en el mundo de la política alimentando la crispación, el desorden, la manipulación y, por qué no, también la guerra. Estamos ante un tecnofeudalismo que no difiere del tecnocapitalismo que ha caracterizado –y sigue caracterizando– la etapa del capital financiero, si bien los grados individuales de dependencia hacia el cosmos digital introducen la tesis de una relación asimilable a los siervos de la gleba, para Durand y Varoufakis.

Un tecnocapitalismo que es consecuencia del turbocapitalismo, concepto aportado por Edward Luttwak (Turbocapitalismo. Quiénes ganan y quiénes pierden en la globalización, Crítica, Barcelona, 2009), que se sintetiza así: el desarrollo de una economía de mercado sin ningún mecanismo regulatorio. El turbocapitalismo arranca de los procesos des-regulatorios de los inicios de la era neoliberal, desde la década de 1980, que entierran el paradigma de la economía keynesiana que había funcionado de forma notable desde 1945/1950 hasta el estallido de las crisis energéticas de 1973 y 1979 y el proceso de estanflación. Las desregulaciones afectaron de manera remarcable al sistema financiero, alimentando además toda una constelación de productos derivados sustentados en una sofisticada ingeniería financiera –estimulada por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación– que arrasó en Wall Street.

La obsesión por una libertad económica sin control alguno, con la premisa de que el problema económico central residía en el Estado y no en el mercado y que, por tanto, se debía recortar el gasto público –el social de forma preeminente; pero no el militar, como se demostró con el programa de Ronald Reagan de la “guerra de las galaxias”–, consagró las tesis más conservadoras en el pensamiento económico, con líneas específicas de actuación: privatización de empresas y servicios públicos, reducción de costos laborales unitarios tensionando los salarios a la baja, rechazo a las negociaciones sindicales, dominio de lo privado sobre lo público, rebajas impositivas a las franjas más ricas de la población. Consecuencias: déficits gemelos en la economía de Estados Unidos, comercial y presupuestario. Un fracaso.

                El enlace de ambos conceptos parece clave: la aceleración del proceso de acumulación capitalista en el que el dominio de la economía financiera sobre la real es cada vez más contundente, según las investigaciones de Costas Lapavitsas (Beneficios sin producción, Traficantes de sueños, Madrid, 2016); y el brutal avance y consolidación de la microelectrónica digital, que aparentemente extiende posibilidades democráticas a la población, pero que acaba por ejercer un dominio aplastante sobre la misma al generar una dependencia directa de las plataformas, un empuje que se nutre de la expansión del capitalismo financiero. No estamos seguros de que, como dice Varoufakis, el capitalismo tal y como lo conocemos haya muerto; o, en expresión de Cairó-i-Céspedes, estemos ante un capitalismo senil. El sistema económico ha tenido y tiene capacidades innegables de mutación en coyunturas críticas, en etapas en las que muchos preconizaban su caída utilizando, entre otros indicadores, la evolución de la tasa de beneficio. Por el contrario, la fortaleza de esa senilidad es firme y, tal vez, el turbo sigue estando bien activo en los principales motores del crecimiento económico que nutre el sistema: las nuevas tecnologías emergentes con la Industria4.0.

Las relaciones de vasallaje adoptan formas distintas a las conocidas históricamente, si nos remontamos a la época medieval. Pero lo que permanece inmutable son dos factores: en primer término, quiénes controlan esos medios de producción tecnológicos son empresarios de un nuevo consenso que complementa el ya conocido Consenso de Washington, y que es el Consenso del Silicon Valley; y, en segundo lugar, el marcador de la explotación laboral y económica lo situamos en unas relaciones de producción en las que asalariados, profesionales y colectivos vulnerables –ubicados en mercados libres– no tienen ni informaciones simétricas ni capacidades tangibles para revertir fenómenos como, por ejemplo, la desinformación. Es el capitalismo de siempre, con otra mutación. No apreciamos semejanzas extremas con el feudalismo. Y sí observamos procesos de transición que, también históricamente, han durado siglos: no se han dirimido en poco tiempo, como precisamente acaeció con el tránsito del feudalismo al capitalismo, un tema que generó un intenso debate económico e historiográfico.

Preocupantes incertidumbres

                Esta nueva forma del capitalismo, llamémosla como queramos, se presenta espoleada por los cambios políticos que se han producido en las últimas convocatorias electorales del año 2024, con la máxima expresión en los resultados en Estados Unidos. El triunfo de Donald Trump, el ideario que ha ido comunicando y los primeros nombramientos que ha realizado, promueven una seria preocupación. Las incertidumbres que se abren son numerosas. Sin embargo, podemos aventurar las tendencias posibles.

                En primer término, la nueva política económica que se va a edificar sobre preceptos de un nacionalismo fuertemente ideologizado y excluyente. Los instrumentos, ya anunciados, son el incremento de los aranceles a productos asiáticos, europeos y canadienses bajo la premisa de reindustrializar un país, Estados Unidos, cuyas grandes empresas tienen ya intereses prioritarios en otras latitudes, tanto las del llamado “cinturón del óxido” como las de los distritos tecnológicos. La cerrazón comercial que se infiere de tales medidas proteccionistas pueden tener otras consecuencias, como el repunte de la inflación y, por consiguiente, la previsible actuación de la Reserva Federal subiendo tipos de interés –y ello impactará sobre el resto de bancos centrales–. Si a esto se suma las amenazas de expulsión de población inmigrante, el resultado no se augura positivo, ni social ni económicamente.

                En segundo lugar, el negacionismo del cambio climático, de las vacunas y de la igualdad de géneros. Las empresas que han financiado generosamente la campaña de Trump, tanto del espectro tecnológico como de las energías fósiles, van a exigir contrapartidas como, de hecho, ya está haciendo el principal adalid de todo esto, Elon Musk. Musk constituye el ejemplo de la irrupción de un personaje –hay otros– no elegido democráticamente, pero con una incidencia tremenda en la nueva administración por su poderío económico y su capacidad para generar informaciones falsas y distorsionadas. Volviendo al tema ambiental, ya en su primer mandato, Trump desautorizó las conclusiones de la Cumbre del Clima de París, donde se fijó el horizonte de incremento de 1,5 grados centígrados. Las críticas de sus nuevos nombramientos a la política de vacunaciones, del aborto y de la igualdad de oportunidades entre géneros y razas, constituyen otros vectores regresivos. Volvemos hacia atrás, en décadas.

                En tercer lugar, el diseño de otra geopolítica que permeabilice las relaciones con Rusia fortalezca la alianza con Israel, debilite la Unión Europea y la OTAN y se distancie de China, considerada la potencia emergente y un adversario a batir. Los conflictos vigentes –Ucrania, Gaza, Oriente Próximo– serán piedras de toque que deberán poner en guardia, especialmente, a los gobiernos europeos. Pero la crisis de la Unión Europea no invita al optimismo: Francia desencajada, Alemania con severas amenazas de triunfo de la extrema derecha y en recesión económica, posiciones dispares en el seno de diferentes socios comunitarios. Un caldo de cultivo para los desestabilizadores europeos, que pretenden un retorno a un neo-nacionalismo, desde las mismas entrañas de la Unión, con un neo-fascismo como reclamo central. Esto se vincula, a su vez, con el ataque reiterado a las coordenadas básicas –separación de poderes, elecciones libres, importancia del Estado del Bienestar– de las democracias liberales, desde posicionamientos que se engarzan con el anarco-capitalismo: ultra-liberalismo acérrimo, sin la más mínima regulación y con la tesis de una darwinismo económico y social.

Frente a esto, sendos documentos tratan de poner ejes claros de actuación. El de Mario Draghi (véase https://equipoeuropa.org/informe-draghi-ue-competitiva/) propone un ambicioso plan de reindustrialización de la Unión, focalizado en los grandes retos económico-sociales que van desde la transición energética hasta la aplicación de nuevas tecnologías, inteligencia artificial y defensa. Se plantea una inversión que oscila entre 750 mil y 800 mil millones de euros anuales, si bien Draghi piensa que buena parte debieran provenir del sector privado. Por otra parte, el de Enrico Letta (véase: https://www.hablamosdeeuropa.es/es/Paginas/Noticias/El-Informe-Letta-el-futuro-del-mercado-%C3%BAnico-europeo-.aspx) sobre el mercado único plantea la necesidad de capturar los factores intangibles de la economía digital y los beneficios de la economía circular con el objetivo de encarar el cambio climático. Apoyar la transición verde y digital, la promoción de la paz y el respeto al Estado de Derecho, y el reforzamiento de un mercado único –con la apuesta por estimular el crecimiento en tamaño de las empresas– para crear empleo y facilitar la posibilidad de hacer negocios, son otros elementos que Letta aporta. Ambos textos son complementarios y su aplicación supondría tres consecuencias básicas:

  • La flexibilización de las reglas fiscales europeas, es decir, una visión más acorde con los planes de actuación que se desempeñaron con la COVID;
  • La apuesta clara por la inversión pública como palanca inicial para estimular el efecto multiplicador sobre la privada;
  • El reforzamiento de una gobernanza que supone establecer consensos entre formaciones con objetivos distintos.

No es fácil; pero probablemente sea esta una vía razonable de actuación, una hoja de ruta a seguir.

                En definitiva, tal y como señala Laura Camargo (Trumpismo discursivo. Origen y expansión del discurso de la ola reaccionaria global, Editorial Verbum, Madrid, 2024), Donald Trump ya está actuando, y va a actuar más, como catalizador clave de todo este nuevo relato reaccionario y retrógrado. Es, para Camargo, lo que denomina “trumpismo discursivo”, que ha redefinido la comunicación política contemporánea con la internacionalización de un estilo agresivo, simplista y provocador para escandalizar, polarizar y confundir. Una herramienta fundamental para ello son las redes sociales, en las que este tipo de relatos tienen predicamento por parte de las extremas derechas del mundo, en su defensa de nuevos regímenes de sello autoritario. La gran damnificada es la información veraz, habida cuenta que esas infraestructuras digitales tienen tras de si empresarios que alimentan la desinformación, como indica Julia Cagé (Salvar los medios de comunicación, Anagrama, Barcelona, 2016). De ahí que resulte fundamental la calidad de la información más que la cantidad de la misma.

Conclusión

                Creemos que el capitalismo sigue siendo un sistema fuerte, con capacidad manifiesta de mutación, de adaptabilidad. El tecnofeudalismo, el turbocapitalismo son, a nuestro parecer, versiones que no particularizan al sistema, sino que son expresiones de su enorme capacidad de cambiar, a partir de la actuación de los agentes económicos, sociales y políticos. Las sombras de una posible crisis se proyectarán en función de los cisnes negros que puedan aparecer, o de las dislocaciones socio-económicas que generen los gobernantes histriónicos. En la coyuntura actual, los datos disponibles sobre beneficios empresariales son positivos, en el sentido de que la tasa de ganancia crece. Decimos esto porque este indicador, que es determinante, suele adoptarse como posible señal que aventura la posibilidad de una recesión, en caso de caídas graves de los beneficios. Acceder a datos sobre este asunto no suele ser sencillo. Para el caso de España, disponemos del Observatorio de Márgenes Empresariales (https://www.observatoriomargenes.es/wme/es/), con variables significativas desde 1994 sobre más de 800 mil empresas, procedentes de los registros mercantiles y depositadas en la Central de Balances del Banco de España. Para la primera mitad de 2024, las empresas españolas ostentaban un beneficio sobre ventas del 13,6% entre abril y junio, frente al 12,5% que se registró entre enero y marzo. La media esperada por la Agencia Tributaria se situaría entorno al 13,5%, tasa que supera la recogida para ejercicios pasados. Todo esto encaja con la evolución de la trayectoria económica española: un crecimiento del 3,1% en previsión de cierre para 2024; la creación de medio millón de nuevos empleos; una tasa de paro de poco más del 11%; y un cuadro macroeconómico agregado –déficit público, deuda pública– con cifras muy razonables.

                Las magnitudes sobre crecimiento económico en Estados Unidos infieren, igualmente, buenos resultados empresariales desde la óptica de la tasa de beneficio. Por ello, las medidas económicas que se piensan aplicar desde la administración Trump pueden inducir una recesión, forzándola, sin que existan causas que la justifiquen, más allá de las fobias ideológicas del presidente estadounidense y sus asesores. Nos adentramos, pues, en un futuro en el que el principio de incertidumbre, alimentado además por iniciativas de corte caótico desde una administración desballestada, va a estar más presente que nunca. E incidirá en todo el planeta. Tenemos ante esto una necesidad imperiosa de seguir analizando la evolución de la economía con rigor, perseverancia, altas dosis de paciencia y confianza en que el futuro depare, también, alguna esperanza."

(Carles Manera, Un. Illes Balears, Economistas frente a la crisis, 08/01/25)

28/9/24

En el momento de negociar programas de precios en la Argentina, los gobiernos tienen que sentar en la mesa a productores industriales y supermercadistas... Las tierras están en manos de 20 terratenientes. Entre los que más concentran hay empresarios y grupos que tienen entre 100 mil y más de un millón de hectáreas de todo tipo, como Benetton, Eduardo Elsztain o Eurnekian... Ninguno de los complejos exportadores, donde el 42.1% de las ventas al extranjero son el sojero, maicero, triguero, girasolero y de la carne, son argentinos... el petroquímico o el automotriz están dominados por grandes transnacionales... Sólo extracción, liquidación y fuga de divisas y dependencia de materias primas y minerales... De esta manera, es imposible que un Estados-nación que no funcionan como tal, la democracia sea una vía alternativa de elección para mejorar. Si los Estados juegan a acatar lo que dicen las empresas, ¿quién controla a las empresas más poderosas del mundo? Vanguard y BlackRock, los dueños del mundo... Son dos empresas, dos gigantes del mundo financiero, que se esconden detrás de todas las Big Tech y de todas las grandes compañías del mundo. Dos fondos de inversión que gestionan un total de 17 billones de dólares. cifra similar al PIB de toda la Unión Europea... Estos dos gestores de fondos son el poder en la sombra de las principales empresas del mundo (Alejandro Marcó del Pont)

  "(...) Los golpes de Estado, las crisis económicas, el endeudamiento externo, la fuga de capitales, entre otras cosas, abrieron la posibilidad de la concentración y la hegemonía corporativa, que año tras año tuvo más incidencia en los lineamentos de políticas económicas locales, eliminando gradualmente a sus representantes políticos como mediadores. El caso extremo, sería la Argentina actual, donde la sociedad votó por que las empresas sean quienes determinen los destinos del país en base a los negocios particulares, con una absurda participación de resistencia en redes sociales. La democracia corporativa virtual.

¿Por qué se pierde la autonomía? Juan Carlos Puig (abogado y diplomático argentino que se destacó como teórico de la relación entre la dependencia y la autonomía de los países periféricos) estableció las categorías de dependencia y autonomía, la paracolonial: las élites que conducen ese Estado periférico se consideran un apéndice político, económico e ideológico de la metrópoli. Por lo que no hay proyecto de país, ni integración regional para obtener poder. No sirve como estrategia la unión o potencializar los BRICS o el Mercosur si no son sujetos de beneficio.

Así, internamente se pueden estudiar múltiples relatos de la generación de la inflación, pero al momento de negociar programas de precios en la Argentina, los gobiernos tienen que sentar en la mesa a productores industriales y supermercadistas. Allí, sólo necesita tener representantes de 20 empresas, entre fabricantes y comerciantes, para armar el tablero de los alimentos que deberían llegar a las mesas argentinas. El 74% de la facturación de las góndolas de los supermercados está en manos de apenas esa cantidad de compañías.

Las tierras están en manos de 20 terratenientes. Entre los que más concentran hay empresarios y grupos que tienen entre 100 mil y más de un millón de hectáreas de todo tipo, como Benetton, Eduardo Elsztain o Eurnekian. Elsztain tiene 538.822 hectáreas y ahora administra la Agencia de Bienes del Estado, el inventor del presidente Eduardo Eurnekian tiene 105.397 hectáreas. La mayoría de los dueños de las tierras son también de las mineras, por ejemplo, Integra Lithium, conglomerado presidido por José Luis Manzano, tiene 573.000 hectáreas, además de su participación en empresas energéticas y medios de comunicación.

 Ninguno de los complejos exportadores, donde el 42.1% de las ventas al extranjero son el sojero, maicero, triguero, girasolero y de la carne, son argentinos; el petroquímico o el automotriz están dominados por grandes grupos económicos o transnacionales, ninguno con ellos siquiera tiene una Dependencia racionalizada: donde las elites tienen un proyecto nacional pero dependiente del centro. Sólo extracción, liquidación y fuga de divisas y dependencia de materias primas y minerales.

De esta manera, es imposible que un Estados-nación que no funcionan como tal, la democracia sea una vía alternativa de elección para mejorar. Si los Estados juegan a acatar lo que dicen las empresas, ¿quién controla a las empresas más poderosas del mundo? No hay una respuesta absoluta a estas preguntas, pero sí hay una explicación muy cercana. Son dos empresas, dos gigantes del mundo financiero, que se esconden detrás de todas las Big Tech y de todas las grandes compañías del mundo. Dos fondos de inversión que gestionan un total de 17 billones de dólares. cifra similar al PIB de toda la Unión Europea.

Vanguard y BlackRock, los dueños del mundo. Estos dos gestores de fondos son el poder en la sombra de las principales empresas del mundo. Tal es así, que son los primeros accionista de Apple, Google, Amazon y el resto de Big Tech, también de Coca Cola, Disney y las principales empresas de nuestro país. BlackRock compró Global Infrastructure Partners por $12.5 mil millones, lo que la convertirá en la segunda mayor firma de infraestructura del mundo, y junto con Vanguard son el primer y la tercer inversor en empresas armamentísticas a nivel mundial (Las bombas evaporan la austeridad), o sea, pueden destruir Ucrania y reconstruirlo, todo en el mismo negocio entre Demócratas o Republicanos.

¿Por qué esta división del mundo no hizo realidad antes? La Doctrina Primakov, estratégica para la política exterior rusa, formulada por Yevgeny Primakov, un destacado diplomático y político ruso, se centra en la Multipolaridad: reemplazar el orden unipolar liderado por Estados Unidos con un sistema multipolar donde múltiples potencias, incluidas Rusia, China, la India, la Unión Europea y otros actores importantes, tengan una influencia equilibrada. Y se propone realizar alianzas estratégicas con el objetivo de fortalecer las relaciones con países clave como China y la India, así como con otras naciones que compartieran intereses similares para contrarrestar la influencia occidental. Y rechazo a la expansión de la OTAN.

Esta idea no germinó antes porque el poder de los EE.UU. y sus trasnacionales era demasiado grande y el de sus alternativas dema­siado débil. Pero, notoriamente, las cosas están cambiando. En todo caso, el plan es el mismo. Lo nuevo, que no lo es tanto, es que ahora comienzan a destacar organizaciones internacionales que, hasta la guerra de Ucrania, han tenido una existencia letár­gica, como la Organización para la Cooperación de Shanghai (OCS), creada en 2001, con la mirada puesta en evitar cualquier tendencia unipolar estadounidense. Ahí estaban, desde el principio, China y Rusia, así como India, y la mayoría de las exrepúblicas soviéticas de Asia Central, con Kazajistán a la cabeza. Pero se han ido sumando otros Estados, como Irán o Pakistán. Aunque también se debería pensar en los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), cuyo acrónimo se ha quedado muy corto, ante el aluvión de nuevas peticiones de ingreso, incluyendo Argelia, Túnez, o… ¡Turquía!

De hecho, la coincidencia de Rusia, China e India en las dos insti­tuciones debería hacer reflexionar a EEUU acerca de la pér­dida de su centralidad geopolítica, así como retirarse por un tiempo de ser el gendarme mundial. La Casa Blanca han tomado nota de la existencia de al menos dos potencias revisionistas: Rusia y China, pero insertar ahí a la India, descompone la ecuación. Uno de los cambios provocados por la guerra de Ucrania se refiere a la creciente distancia que separa a la India, parte de la OCS y de los BRICS desde hace años, de los EE.UU. Pero la geo­metría variable a la que aspiraban en la Casa Blanca se ha hecho trizas en favor del realineamiento de India con las potencias dís­colas del sistema político mundial. (...)"                            (Alejandro Marcó del Pont, El tábano economista, 25/08/24)

28/5/24

¿Qué salió mal con el capitalismo? La teoría capitalista de la desaparición del capitalismo... el capitalismo ha tenido suficiente espacio para funcionar durante más de 250 años con sus auges y depresiones; sus crecientes desigualdades a nivel mundial; y ahora su amenaza medioambiental para el planeta; y el creciente riesgo de conflictos geopolíticos. No es de extrañar que el 58% de los jóvenes demócratas estadounidenses prefieran el socialismo (Michael Roberts)

 "Ruchir Sharma ha publicado un libro titulado What went wrong with capitalism?  Ruchir Sharma es inversor, autor, gestor de fondos y columnista del Financial Times. Dirige el negocio internacional de Rockefeller Capital Management y fue inversor en mercados emergentes en Morgan Stanley Investment Management.

Con esas credenciales de estar «dentro de la bestia» o incluso de ser «una de las bestias», debería conocer la respuesta a su pregunta.  En una reseña de su libro en el Financial Times, Sharma esboza su argumento.  En primer lugar, nos dice que «me preocupa hacia dónde está dirigiendo Estados Unidos el mundo ahora. La fe en el capitalismo estadounidense, que se construyó sobre un gobierno limitado que deja espacio a la libertad y la iniciativa individuales, ha caído en picado».  Señala que ahora la mayoría de los estadounidenses no esperan estar «mejor dentro de cinco años», un mínimo histórico desde que el Barómetro Edelman de Confianza formuló esta pregunta por primera vez hace más de dos décadas. Cuatro de cada cinco dudan de que la vida sea mejor para la generación de sus hijos de lo que lo ha sido para la suya, también un nuevo mínimo. Y según las últimas encuestas de Pew, el apoyo al capitalismo ha caído entre todos los estadounidenses, especialmente entre los demócratas y los jóvenes. De hecho, entre los demócratas menores de 30 años, el 58% tiene ahora una «impresión positiva» del socialismo; sólo el 29% dice lo mismo del capitalismo.

 Son malas noticias para Sharma, como firme defensor del capitalismo.  ¿Qué ha ido mal?  Sharma dice que es el auge de los grandes gobiernos, el poder de los monopolios y el dinero fácil para rescatar a los grandes.  Esto ha llevado al estancamiento, al bajo crecimiento de la productividad y al aumento de la desigualdad.

Sharma sostiene que la llamada revolución neoliberal de los años 80, que supuestamente sustituyó a la macrogestión de estilo keynesiano, redujo el tamaño del Estado y desreguló los mercados, era en realidad un mito.  Sharma: «La era del gobierno pequeño nunca existió».   Sharma señala que en Estados Unidos el gasto público se ha multiplicado por ocho desde 1930, pasando de menos del 4% al 24% del PIB, y al 36% si se incluye el gasto estatal y local.  Junto a los recortes fiscales, aumentaron los déficits públicos y se disparó la deuda pública.

En cuanto a la desregulación, el resultado fue en realidad «normas más complejas y costosas, que los ricos y poderosos estaban mejor equipados para sortear».  En realidad, las normas reguladoras aumentaron.  En cuanto al dinero fácil, «temerosos de que las deudas crecientes pudieran acabar en otra depresión al estilo de los años 30, los bancos centrales empezaron a trabajar junto a los gobiernos para apuntalar a las grandes corporaciones, a los bancos, incluso a países extranjeros, cada vez que los mercados financieros se tambaleaban». Así que no hubo ninguna transformación neoliberal que liberara al capitalismo para expandirse, sino todo lo contrario.

Pero, ¿es realmente correcta la historia económica de Sharma del periodo posterior a la década de 1980?  Sharma intenta retratar el periodo posterior a la década de 1980 como un periodo de rescates de bancos y empresas durante las crisis, en contraste con la década de 1930, cuando los bancos centrales y los gobiernos siguieron la política de «liquidación» de los que tenían problemas.  En realidad, esto no es correcto, salvar el capital corporativo y los bancos fue la fuerza motriz del New Deal de Roosevelt; la liquidación nunca se adoptó como política gubernamental.  Además, la década de 1980 fue sobre todo una década de altos tipos de interés y política monetaria restrictiva impuesta por banqueros centrales como Volcker, que buscaban reducir la inflación de la década de 1970.  De hecho, Sharma no tiene nada que decir sobre la «estanflación» de los setenta, una década, según él, en la que el capitalismo tenía un gobierno pequeño y poca regulación.

Sharma habla mucho del aumento del gasto público, incluido el «gasto social», en los últimos 40 años.  Pero no explica realmente por qué.  Tras el aumento del gasto y la deuda durante la guerra, gran parte del aumento del gasto desde entonces se ha debido a un aumento de la población, en particular un aumento de los ancianos, lo que ha llevado a un aumento del gasto (improductivo para el capitalismo) en seguridad social y pensiones.  Pero el aumento del gasto público fue también una respuesta al debilitamiento del crecimiento económico y de la inversión en capital productivo a partir de la década de 1970.  A medida que el PIB crecía más lentamente y el gasto social crecía más rápidamente, el gasto público en relación con el PIB aumentaba.

Sharma no dice nada sobre otros aspectos del periodo neoliberal.  La privatización fue una política clave de los años de Reagan y Thatcher.  Se vendieron activos estatales para impulsar la rentabilidad del sector privado.  En este sentido, se produjo una reducción del «gran Estado», contrariamente al argumento de Sharma.  De hecho, desde mediados de los años setenta, se vendió el capital del sector público. En Estados Unidos, se ha reducido a la mitad en porcentaje del PIB.

Del mismo modo, después de los años 80, la inversión del sector público en porcentaje del PIB se ha reducido casi a la mitad, mientras que la del sector privado ha aumentado un 70%. 

No es el «gran Estado» el que controla las decisiones de inversión y producción, sino el sector capitalista.  Esto apunta a la razón para reducir el papel del sector público.  El problema para el capitalismo a finales de los años 60 y 70 fue la drástica caída de la rentabilidad del capital en las principales economías capitalistas avanzadas.  Había que invertir esa caída.  Una política fue la privatización.  Otra política fue el aplastamiento de los sindicatos mediante leyes y reglamentos diseñados para dificultar, si no imposibilitar, la creación de sindicatos o la adopción de medidas industriales.  También se produjo el traslado de la capacidad manufacturera del «Norte Global» a las regiones de mano de obra barata del Sur Global, la llamada «globalización».  Combinada con el debilitamiento de los sindicatos nacionales, el resultado fue un fuerte descenso de la parte del PIB destinada a la mano de obra junto con la mano de obra barata en el extranjero; y un (modesto) aumento de la rentabilidad del capital.

Sharma admite que «la globalización trajo más competencia, manteniendo a raya la inflación de los precios al consumo» en contra de su tesis del estancamiento de los monopolios, pero luego argumenta que la globalización y los bajos precios de los bienes importados «solidificaron la convicción de que los déficits y la deuda públicos no importan».  ¿En serio?  A partir de la década de 1990, los gobiernos intentaron imponer la «austeridad» en nombre del equilibrio presupuestario y la reducción de la deuda pública.  Fracasaron, no porque pensaran que «los déficits y la deuda no importan», sino porque el crecimiento económico y la inversión productiva se ralentizaron.  Los recortes del gasto público fueron significativos, pero la proporción del PIB no disminuyó.

Sharma considera que «las recesiones fueron menos frecuentes y más espaciadas» en el periodo posterior a los años ochenta.  Hmm.  Dejando de lado la enorme doble recesión de principios de los 80 (otro factor clave en la reducción de la fuerza laboral), hubo recesiones en 1990-1, 2001 y luego la Gran Recesión de 2008-9, culminando en la recesión pandémica de 2020, la peor recesión en la historia del capitalismo.  Tal vez menos y más espaciadas, pero cada vez más dañinas.

Sharma señala que después de cada desplome desde la década de 1980, la expansión económica ha sido cada vez más débil.  Esto parece un misterio para los defensores del capitalismo. «Detrás de la ralentización de las recuperaciones estaba el misterio central del capitalismo moderno: un colapso en la tasa de crecimiento de la productividad, o producción por trabajador. Al comienzo de la pandemia, había caído más de la mitad desde los años 60».

Sharma presenta su explicación: «un creciente conjunto de pruebas señala con el dedo acusador a un entorno empresarial repleto de regulación gubernamental y deuda, en el que las megacompañías prosperan y cada crisis sobrevive más madera muerta corporativa».  Los rescates de los grandes monopolios («tres de cada cuatro industrias estadounidenses se han osificado hasta convertirse en oligopolios») y el «dinero fácil» han mantenido un capitalismo estancado que se arrastra, engendrando empresas «zombis» que sólo sobreviven pidiendo prestado.

Sharma pone aquí el caballo delante del carro.  El crecimiento de la productividad se ralentizó de forma generalizada porque cayó el crecimiento de la inversión productiva.  Y en las economías capitalistas, la inversión productiva está impulsada por la rentabilidad.  El intento neoliberal de aumentar la rentabilidad tras la crisis de rentabilidad de los años setenta sólo tuvo un éxito parcial y llegó a su fin al comenzar el nuevo siglo.  El estancamiento y la «larga depresión» del siglo XXI se manifiestan en el aumento de la deuda privada y pública, ya que los gobiernos y las empresas intentan superar el estancamiento y la baja rentabilidad aumentando el endeudamiento.

 Sharma proclama que el «inmovilismo social está ahogando el sueño americano».  Mientras que en el pasado color de rosa del «capitalismo competitivo», a fuerza de trabajo duro y empuje empresarial, se podía pasar de la pobreza a la riqueza, ahora eso no es posible.  Pero el «sueño americano» siempre fue un mito.  La mayoría de los multimillonarios y ricos de EE.UU. y de otros países heredaron su riqueza y los que se hicieron multimillonarios en vida no lo hicieron sin fondos iniciales considerables de sus padres, etc.

Y permítanme añadir que la tesis de Sharma se basa por completo en las economías capitalistas avanzadas del Norte Global.  Tiene poco que decir sobre el resto del mundo, donde vive la mayoría de la gente.  ¿La movilidad social se ha estancado o nunca ha existido? ¿Existe en estos países un gran Estado con un gasto masivo en bienestar social?  ¿Las empresas obtienen préstamos con facilidad?  ¿Hay monopolios nacionales que eliminan la competencia?  ¿Hay rescates en abundancia?

Esto nos lleva al mensaje principal de Sharma sobre lo que está mal en el capitalismo.  Para Sharma, el capitalismo tal y como él lo concibe ya no existe.  En su lugar, el capitalismo competitivo se ha transformado en monopolios reforzados por un gran Estado.  «La premisa del capitalismo, de que un gobierno limitado es una condición necesaria para la libertad individual y la oportunidad, no se ha puesto en práctica durante décadas».

 El mito de un capitalismo competitivo que proyecta Sharma suena similar a la tesis de Grace Blakeley en su reciente libro, Vulture Capitalism, donde argumenta que el capitalismo nunca ha sido realmente una batalla brutal entre capitalistas competidores por una parte de los beneficios extraídos del trabajo, sino una economía bien acordada y planificada controlada por grandes monopolios y respaldada por el Estado.

En efecto, tanto Sharma como Blakeley coinciden en señalar el surgimiento del «capitalismo monopolista de Estado» (CME) como la razón de lo que ha ido mal con el capitalismo.  Por supuesto, difieren en la solución.  Blakeley, que es socialista, quiere sustituir el SMR por la planificación democrática y las cooperativas de trabajadores.  Sharma, que es «una de las bestias», quiere acabar con los monopolios, reducir el Estado y restaurar el «capitalismo competitivo» para que siga su «camino natural» y proporcione prosperidad a todos. Sharma: «el capitalismo necesita un campo de juego en el que los pequeños y los nuevos tengan la oportunidad de desafiar -destruir creativamente- las viejas concentraciones de riqueza y poder».

Verán, los capitalistas, si se les deja en paz para explotar la mano de obra, y se les libera de la carga de las regulaciones y de tener que pagar por el gasto en bienestar, florecerán de forma natural. «Las ciencias reales explican la vida como un ciclo de transformación, de cenizas a cenizas, y sin embargo los dirigentes políticos siguen escuchando a asesores que afirman saber cómo generar un crecimiento constante. Hay que contener su exceso de confianza antes de que haga más daño».  Así que, según Sharma, el capitalismo volverá a ir bien, si dejamos que los ciclos capitalistas de auge y caída se desarrollen de forma natural y no intentamos gestionarlos.

«El capitalismo sigue siendo la mejor esperanza para el progreso humano, pero sólo si tiene suficiente espacio para funcionar». Pues bien, el capitalismo ha tenido suficiente espacio para funcionar durante más de 250 años con sus auges y depresiones; sus crecientes desigualdades a nivel mundial; y ahora su amenaza medioambiental para el planeta; y el creciente riesgo de conflictos geopolíticos.  No es de extrañar que el 58% de los jóvenes demócratas estadounidenses prefieran el socialismo."

( Michael Roberts, blog, 27/05/24, traducción DEEPL, gráficos y enlaces en el original)

28/2/24

Oxfam: “siete de las 10 empresas más grandes del mundo tienen un director general milmillonario, o a un milmillonario como su principal accionista. A base de exprimir a sus trabajadores y trabajadoras, evadir y eludir impuestos, privatizar los servicios públicos y alimentar el colapso climático, las empresas están impulsando la desigualdad y generando una riqueza cada vez mayor para sus ya ricos propietarios”... Únicamente el 0,4 % de las 1600 empresas más grandes e influyentes del mundo se comprometen públicamente a pagar a sus trabajadores y trabajadoras un salario digno y a abogar por el pago de salarios dignos en sus cadenas de valor

 "La organización Oxfam acaba de publicar un informe sobre la desigualdad en el mundo, “Desigualdad SA”, que lleva como subtítulo “Una enorme concentración de poder empresarial y monopolístico está exacerbando la desigualdad en la economía mundial”. Un trabajo que viene a aportar mucha luz en estos días en los que los medios se dedican a informar del Foro Económico Mundial o Foro de Davos. Como es sabido, este Foro, fundado en 1971, se reúne entre el 15 y el 19 de enero en la ciudad suiza de Davos.

Allí se encuentran los principales líderes empresariales, políticos, académicos y sociales para analizar los problemas más apremiantes que afronta el mundo. Abogan por un mundo globalizado gobernado por una coalición de corporaciones multinacionales, multimillonarios, gobiernos y organizaciones de la sociedad civil seleccionadas en lugar de las estructuras democráticas clásicas. Allí estarán líderes empresariales destacados, como el fundador de Microsoft, Bill Gates, el director ejecutivo de Tesla, Elon Musk, y la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, entre otros. Es decir, cualquier cosa menos democracia.

En la década de los noventa, la izquierda mundial y el activismo antiglobalización denunciaba y se manifestaba contra el Foro de Davos, acusándolo, con razón, de ser una élite poderosa que se reunía para manejar las finanzas y la política mundial. Las movilizaciones contra Davos se han ido apagando, pero las élites siguen igual de activas y separadas de los pueblos en su reunión anual. Y encima con el lema este año de “Reconstruir la confianza”.

De modo que Oxfam ha aprovechado la reunión de los ricos para explicar el panorama mundial entre ricos y pobres.

Comienzan contando que la riqueza conjunta de los cinco milmillonarios más ricos del mundo se ha duplicado con creces desde el inicio de la década actual, mientras que la riqueza acumulada del 60 % de la humanidad se ha reducido.

Oxfam advierte que “existe un peligro muy real de que estos extremos tan alarmantes se estén convirtiendo en la nueva normalidad. Como muestra este informe, el poder empresarial y monopolístico es una máquina implacable de generación de desigualdades”.

Estos cinco hombres son Elon Musk (Tesla y Twitter), Bernard Arnault (empresario francés del sector de artículos de lujo), Jeff Bezos (Amazon), Larry Ellison (del sector del software) y Warren Buffet (inversor estadounidense). Algunos de ellos estarán en Davos (o enviarán a algún “testaferro”) y desde allí nos contarán cómo arreglar el mundo en el cual ellos se enriquecen gracias a la pobreza de los medios.

Oxfam recuerda también que “siete de las 10 empresas más grandes del mundo tienen un director general milmillonario, o a un milmillonario como su principal accionista. A base de exprimir a sus trabajadores y trabajadoras, evadir y eludir impuestos, privatizar los servicios públicos y alimentar el colapso climático, las empresas están impulsando la desigualdad y generando una riqueza cada vez mayor para sus ya ricos propietarios”.

Veamos el ejemplo de Jeff Bezos, uno de esos cinco más ricos. Su fortuna, de 167.400 millones de dólares estadounidenses, ha aumentado en 32.700 millones de dólares desde 2020. Bezos viajó al espacio por 5.500 millones de dólares, y agradeció a los trabajadores y trabajadoras de Amazon el haberlo hecho posible. Oxfam recuerda que Amazon “lleva años esforzándose por evitar la sindicalización de los trabajadores”.

El informe también aporta algunos otros datos interesantes y elocuentes:

  • Si cada uno de los cinco hombres más ricos gastase un millón de dólares diarios, les llevaría 476 años agotar su riqueza conjunta.
  • A nivel mundial, los hombres poseen 105 billones de dólares más de riqueza que las mujeres: esta diferencia de riqueza equivale a más de cuatro veces el tamaño de la economía estadounidense.
  • El 1 % más rico de la población mundial posee el 43 % de los activos financieros globales. Es decir, las personas más ricas no solo son las mayores beneficiarias de la economía global, sino que también ejercen un control notable sobre ella en la medida en que controlan las finanzas mundiales.
  • Y para cuando oigas que todos estamos terminando con el planeta, recuerda que el 1 % más rico de la población mundial generatantasemisiones de carbono como los dos tercios más pobres de la humanidad.
  • En Estados Unidos, la riqueza de una familia negrapromedio representa solo el 15,8 % de la de una familiamedia blanca.
  • Únicamente el 0,4 % de las 1600 empresas más grandes e influyentes del mundo se comprometen públicamente a pagar a sus trabajadores y trabajadoras un salario digno y a abogar por el pago de salarios dignos en sus cadenas de valor.
  • Una trabajadora del sector sociosanitario necesitaría 1.200 años para ganar lo que un director general de una de las empresas de la lista Fortune 100 acumula en promedio en tan solo un año.

Para lograr mantener ese poder, e incluso aumentarlo, es necesario controlar la economía mundial. De ahí que también son muy oportunos los datos que ofrece el informe sobre la concentración de los mercados.

Cuando oigamos relatos conspiranoicos de fuerzas ocultas o clandestinas que manejan el mundo desde la sombra, recordemos estas cifras. Ni están ocultas, ni son clandestinas, ni operan en la sombra. Dominan el mundo, se adueñan de las riquezas, empobrecen a millones de personas de forma criminal y todo lo hacen a la luz del día y ante la mirada de gobiernos e instituciones democráticamente electas que, con su impasibilidad, terminan siendo cómplices de las desigualdades."                  (Pascual Serrano , El Viejo Topo, 25/02/24)

23/1/24

La supercrisis mundial llegará como se predijo... los dirigentes mundiales han frenado deliberadamente el desarrollo científico y tecnológico, que ya estaba perdiendo impulso, al limitarlo, en su propio interés, a un único campo, el de la información y la comunicación, es decir, las tecnologías digitales. Éstas pueden utilizarse para un fantástico lavado de cerebro y para el control de la población... La mayoría de los últimos inventos de las últimas décadas han ido por el lado del ocio y el entretenimiento, no de la producción... el desarrollo del capitalismo desde los años 60 ha sido un camino ascendente que conduce hacia abajo, no hacia el progreso sino hacia la regresión... ¿Qué significa esto en términos de conclusiones sociales y políticas? El comienzo de una nueva ola de inhumanidad de las clases altas hacia las clases bajas. Pero el hecho es que esta ola ya ha comenzado

 "La aplicación de medidas antisociales fuera del corazón del sistema capitalista ha permitido durante mucho tiempo a los gobernantes capitalistas mitigar el conflicto social dentro del corazón del sistema y ralentizar y modificar la lucha de clases. Como dijo Cecil Rhodes a finales del siglo XIX, «o te conviertes en imperialista o tienes una guerra civil». Y, efectivamente, la fase imperialista del capitalismo fue un intento de evitar la guerra civil en su propia sociedad recurriendo a la expansión exterior. Pero el hecho es que el imperialismo estaba limitado desde el principio por el tamaño del planeta, y a finales de los siglos XIX y XX, las zonas exteriores, a expensas de las cuales se podían limar los conflictos sociales en el centro, estaban agotadas, y para evitar la guerra civil, se necesitaban guerras no coloniales, sino imperialistas, es decir, entre las propias potencias imperialistas.

Esto coincidió, entre otras cosas, con el desarrollo de la segunda revolución industrial (1870-1910). La segunda revolución industrial significó la electricidad, el motor de combustión interna y, en la vida cotidiana, el teléfono, el telégrafo, el cine, el suministro de agua y los ascensores. Hay que señalar que la segunda revolución industrial duró menos que la primera. La primera revolución industrial fue la máquina de vapor y los ferrocarriles entre 1750 y 1830. La línea descendente de la dinámica económica industrial del capitalismo se demuestra de forma aún más llamativa con la tercera revolución industrial: 1970-2000. Hablamos del ordenador, el teléfono móvil, Internet y los robots.

La posmodernidad es el estado natural de la civilización occidental después de la modernidad, es decir, la era del Sturm und Drang de una sociedad industrial de masas progresiva con un sistema comercial-industrial que destruyó sucesivamente la organicidad de la jerarquía social de la Edad Media y creó gradualmente un hábitat global tecno-trónico artificial y el culto al individualismo.

Hace ya 60-70 años, algunos escritores de ficción estadounidenses dibujaban distopías en las que las cosas son casi desechables, porque es necesario mantener la industria en marcha con altos niveles de empleo y consumo, y la gente es absolutamente tolerante entre sí, por lo que en la sociedad no debe haber nadie que se eleve por encima de los demás con sus cualidades superiores, porque esto genera envidia malsana de las masas y malestar social.

Comparada con los logros de las dos primeras revoluciones industriales, la tercera palidece y duró incluso menos que la segunda. Es más, los dirigentes mundiales han frenado deliberadamente el desarrollo científico y tecnológico, que ya estaba perdiendo impulso, al limitarlo, en su propio interés, a un único campo, el de la información y la comunicación, es decir, las tecnologías digitales. Éstas pueden utilizarse para un fantástico lavado de cerebro y para el control de la población.

A finales del siglo XX, la introducción de las ciencias aplicadas en la producción real, con excepción de la militar, estaba casi completamente bloqueada, debido al control casi total del capital financiero, es decir, del capital no productivo, sobre el capital industrial, por así decirlo. La mayoría de los últimos inventos de las últimas décadas han ido por el lado del ocio y el entretenimiento, no de la producción. Pensemos en los últimos siglos del Imperio Romano, cuando la situación era más o menos la misma. La tasa de crecimiento de la productividad y del crecimiento económico en la tercera revolución industrial es inferior a la de la segunda revolución industrial, pero se trata de una tendencia. Aquí llegamos a una conclusión paradójica.

La fase tecnoindustrial en el desarrollo del capitalismo desde los años 60 ha sido un camino ascendente que conduce hacia abajo, no hacia el progreso sino hacia la regresión. Es más, la expansión del sistema patronal y esclavista de la época apoyó el desarrollo de este sistema a costa de destruir el entorno externo, es decir, el segundo principio de la termodinámica, al aumentar la entropía del entorno externo. Y cuando el entorno externo se agotó, comenzó la entropía del propio sistema capitalista, la fase final y terminal a la que estamos asistiendo.

Un buen ejemplo de regresión industrial y económica a partir de cierto momento del desarrollo del capitalismo es el crecimiento medio de la productividad del trabajo desde la segunda revolución industrial.

Veamos esta cifra. De 1891 a 1972, la tasa de crecimiento de la productividad del trabajo fue del 2,33; de 1972 a 1996, del 1,38; de 1996 a 2004, es decir, en 8 años, volvió a ser del 2%, debido al saqueo del antiguo campo socialista, a la reducción temporal de los gastos de guerra occidentales y a la distribución a gran escala de productos chinos baratos. Pero esto pronto llegó a su fin. De 2004 a 2012, la tasa de crecimiento de la productividad laboral fue del 1,33% y del 0,4 al 0,5% a partir de 2012. Es lo que llamamos «asíntota de Hola». Estoy de acuerdo con los economistas que piensan que no habrá más revoluciones industriales ni científicas y tecnológicas. La cuarta revolución industrial de Schwab no puede considerarse una revolución científica y tecnológica.

A finales del siglo XXI, si no se produce una catástrofe mundial, el mundo, sobre todo teniendo en cuenta la desindustrialización en curso, volverá completamente a la asíntota, a 0,2-0,4. El célebre economista Gordon, de la Northeastern University de Estados Unidos, ha mostrado muy claramente, utilizando el ejemplo de Estados Unidos, por así decirlo con los dedos de una mano, cómo se logrará el retorno a tasas de crecimiento del 0,4 e incluso del 0,2. Ha identificado 6 factores, cada uno de los cuales es un factor de crecimiento. Ha identificado 6 factores, cada uno de los cuales es capaz de garantizar el retorno a la asíntota. Ha identificado 6 factores, cada uno de los cuales reduce una parte del crecimiento económico. El primer factor. La baja demografía de la población activa, a pesar de que entre 1965 y 1990 las mujeres se incorporaron al mercado laboral como una reserva adicional que había que explotar. Hoy, este reservorio se ha agotado, los baby-boomers, la generación que traicionó a América, como se la llama, están muriendo y jubilándose. De ahí la disminución del número de horas trabajadas per cápita y la caída del 0,2% del crecimiento económico. Si restamos esta cifra del 1,8 actual, obtenemos 1,6.

Debido a la baja tasa de natalidad, Estados Unidos espera una «gran remontada» en el futuro, según ha declarado el multimillonario estadounidense Elon Musk. Así comentaba el empresario la publicación de Reuters de que las reservas del principal fondo fiduciario del sistema de seguridad social estadounidense se agotarán en 2033, un año antes de lo previsto en las previsiones del año pasado. «Se avecina un gran peaje debido a las bajas tasas de natalidad. Japón es un indicador adelantado», escribió Musk en su cuenta de Twitter. En 2022 nacieron en Japón 799.700 personas. Es la primera vez desde 1899, cuando se empezaron a llevar estas estadísticas, que la tasa de natalidad cae por debajo de los 800.000 nacimientos.

El segundo factor es que, desde la década de 1990, Estados Unidos no ha visto aumentar su nivel educativo, y el país ha descendido cada vez más en la lista de países con mayor porcentaje de personas con un título universitario. Gordon resta otro 0,2%, lo que da 1,4.

Tercero. El rápido crecimiento de la desigualdad en Estados Unidos desde la década de 1980. Tras la crisis de 2008, comenzó a crecer a un ritmo frenético. De 1993 a 2008, el crecimiento medio de la renta real en Estados Unidos fue del 1,3%, con un crecimiento del 0,75% para el 99% de la población y del 52% para el 1%. En otras palabras, el 99% tiene menos del 1% y el 1% tiene el 52%. Desde 2009, el 1% de la población estadounidense ha recibido el 93% de la renta nacional gracias a lo que se conoce como crecimiento de sustitución. Gordon resta otro 0,5% y ya tiene el 0,9%.

Cuarto. Las modernas tecnologías de la información y la globalización han tenido efectos tanto positivos como negativos en la economía estadounidense. Los centros de llamadas y otros servicios se han deslocalizado a otros países. Resta otro 0,2 y ya tiene el 0,7.

Quinto. La agenda «verde» se convierte en prioritaria, en detrimento de otras áreas de crecimiento económico, reste otro 0,2. El resultado final es 0,5.

Por último, los déficits gemelos, por cuenta corriente y presupuestario, pierden 0,3. Y obtenemos el 0,2% de la tasa de crecimiento de la productividad y del crecimiento económico en Inglaterra entre 1300 y 1750.

A la luz de todo esto, Gordon predice una recesión mundial que durará para siempre.

Sabemos que nada dura para siempre, pero la economía asintótica existe desde hace 10.000 años y el mundo moderno parece estar cayendo en ella. Esto no significa que la industria vaya a desaparecer por completo. Pero sí significa que la industria será muy limitada. La verdadera industria estará destinada a la cima, mientras que el resto de nosotros tendremos un agujero para panecillos. O, como dice Schwab «elegantemente», entre comillas, en su libro, «a la mayor parte del mundo le espera la patagonización».

La Patagonia es una región de Argentina habitada por pastores, gauchos y una economía de subsistencia. Cualquiera que haya leído Los hijos del capitán Grant, de Julio Verne, recordará que los héroes también viajaron por la Patagonia. Eso demuestra lo que es la Patagonia. Según Schwab, la Patagonia representa el destino de una gran parte del mundo, es decir, la vida en una economía preindustrial. Balatsky coincide básicamente con las conclusiones de Gordon. No sé si Balatsky conoce el trabajo de Gordon, pero ambos piensan en la misma línea, por así decirlo. Según Balatsky, tras una breve pausa de 250 años, el mundo está volviendo a caer en la trampa maltusiana. Yo diría más bien el seno de la asíntota, pero da igual. Balatsky cita estadísticas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que muestran que la tasa de crecimiento de la productividad laboral, una de las medidas más importantes del rendimiento económico, cayó del 2,3% al 1% en Estados Unidos entre 2006 y 2017, y del 2,2% a medio punto porcentual en el Reino Unido. El ritmo de crecimiento económico se está ralentizando y los cálculos de Gordon sugieren que deberíamos alcanzar entre el 0,2% y el 0,4% en 2030.

E incluso Thomas Piketty ha escrito que «a principios del siglo XXI, el volumen de capital inmobiliario acumulado muestra todos los signos de un exceso de oferta». De ahí la disminución de su rentabilidad. Según este indicador, como señala Piketty, «el mundo se encuentra ahora al nivel de las dos guerras mundiales anteriores del siglo XX». de hecho, añadiría yo, estas guerras sirvieron para elevar este indicador. Y lo elevaron, por así decirlo, hasta mediados de los años 60 del siglo XX.

¿Qué significa esto en términos de conclusiones sociales y políticas? Balatsky, y estoy de acuerdo con él, predice el comienzo de una nueva ola de inhumanidad de las clases altas hacia las clases bajas. Pero el hecho es que esta ola ya ha comenzado."

( Andrei Fursov, Jaque al neoliberalismo, 13/12/23; fuente:  Euro-Synergies)

8/11/23

Michael Roberts: No existe una mano invisible que guíe los mercados, ni una institución estatal sabia que dirija la economía. La base del sistema es la competencia por las ganancias que surgen de la explotación, multiplicando la riqueza de las minorías y el sufrimiento de las mayorías... en el imperialismo moderno, la transferencia de valor de la periferia a las economías centrales a través del intercambio desigual en el comercio se debe principalmente a diferencias de productividad y superioridad tecnológica, y sólo en menor medida debido a mayores tasas de explotación en la periferia. Y no se debe a salarios más bajos per se

 "La teoría de la dependencia surgió en los años 60 y 70 como crítica a la teoría de la "modernización", que sostenía que los países pobres podrían desarrollarse siguiendo el mismo camino que los países ricos.  Los teóricos de la dependencia sostenían que esto no era posible porque los países pobres son sistemáticamente explotados por los países ricos.  La teoría se desarrolló principalmente en América Latina, cuando la llamada Edad de Oro del pujante desarrollo capitalista posterior a la Segunda Guerra Mundial en las principales economías capitalistas avanzadas llegó a su fin.

Parecía que el desarrollo económico de "Occidente" no se aplicaba a las economías de Sudamérica, Oriente Medio o África.  En 1945, países latinoamericanos como Argentina y Brasil tenían rentas per cápita no muy inferiores a las de las economías capitalistas más débiles del sur de Europa y se esperaba que, bajo gobiernos que pretendían seguir a las economías industriales del Norte, América Latina prosperaría.  Esa esperanza se evaporó con la caída de la rentabilidad y la inversión que sobrevino a finales de los años sesenta y durante el resto del siglo XX.

En su libro, publicado ahora en inglés, Claudio Katz, profesor de la Universidad de Buenos Aires y autor de numerosos libros sobre economía y sociedad latinoamericana, nos ofrece un amplio relato de la teoría de la dependencia tal como se ha expuesto principalmente en América Latina en los últimos 50 años.  Ganó el premio Libertador al Pensamiento Crítico en 2018.

Creo que podemos empezar a considerar la teoría de la dependencia a partir de una breve frase que Marx escribió en su prefacio de 1867 al Tomo uno de El Capital.  Escribió: "El país más desarrollado industrialmente sólo muestra, al menos desarrollado, la imagen de su propio futuro."  Marx escribía cuando Gran Bretaña estaba en la cúspide de su poder económico y su potencia industrial.  El Capital era un análisis de esa economía capitalista.  Y Marx pensaba que el capitalismo se extendería por todo el mundo, de modo que surgirían otras potencias capitalistas rivales, y tenía razón.  Alemania, Francia y, sobre todo, Estados Unidos alcanzaron a Gran Bretaña (a su "imagen") a finales del siglo XIX.

Pero ahora sabemos que sólo sería un pequeño grupo de economías capitalistas industriales y comerciales las que alcanzarían la predicción de Marx.  Esas potencias fueron entonces capaces, gracias a sus proezas militares, financieras y tecnológicas, de bloquear el progreso de los capitalistas y sus trabajadores en la mayor parte del resto del mundo.  Lenin escribió en 1915 que sólo había un puñado de países que controlaban la tecnología, las finanzas y los recursos del mundo.  Cien años después, esas economías "imperialistas" son prácticamente las mismas y, en líneas generales, siguen siendo dominantes.  Por tanto, podemos hablar de un bloque imperialista dominante y de un resto del mundo "dependiente".

Pero "dependencia" puede tener diferentes significados y Katz nos muestra que así es con su análisis de las variantes dentro de la escuela de la dependencia.  Los teóricos de la dependencia identifican dos grupos principales de países en el sistema económico mundial: el núcleo y la periferia. Los países centrales son países ricos que controlan la economía mundial. Los países periféricos son países pobres que dependen de los países centrales para el comercio, la inversión y la tecnología.  De hecho, la palabra "periferia" me parece mejor que "dependiente".  Esta última podría implicar que la clase capitalista de la periferia no desempeña ningún papel independiente en la explotación de su propia clase trabajadora y que la explotación es totalmente el resultado de la dominación imperialista y de las empresas extranjeras.

Donde la teoría de la dependencia desempeña un papel explicativo positivo es en la idea de que los recursos fluyen desde una "periferia" de Estados pobres y subdesarrollados hacia un "núcleo" de Estados ricos, enriqueciendo a estos últimos a expensas de los primeros. Esta teoría rechaza la teoría dominante de la "economía del desarrollo" en la que se basan las instituciones internacionales de las Naciones Unidas (UNCTAD - "comercio y desarrollo"), el Banco Mundial y el FMI, según la cual todas las sociedades progresan a través de etapas similares de desarrollo y, por tanto, las zonas subdesarrolladas actuales se encuentran en una situación similar a la de las zonas desarrolladas actuales en algún momento del pasado.  Por lo tanto, la tarea de ayudar a las zonas subdesarrolladas a "salir de la pobreza" consiste en acelerarlas a lo largo de esta supuesta senda común de desarrollo capitalista, por diversos medios como la inversión, las transferencias de tecnología y una mayor integración en el mercado mundial.  La periferia se describe así como economías "emergentes" o "en desarrollo".

Sería un error pensar que Marx adoptó la "economía del desarrollo" en ese sentido, como en la cita de El Capital.  Entonces se refería a las economías capitalistas industriales inmediatas de su época.  En sus escritos posteriores, hizo hincapié en cómo los países más poblados, como India, Rusia y China, fueron explotados y finalmente suprimidos en su capacidad de unirse a las principales naciones industriales.

Katz concentra su explicación de la teoría de la dependencia en su variante marxista, en lugar de la corriente principal que sostiene que la dependencia puede superarse mediante políticas nacionales de gasto estatal de tipo keynesiano, sustitución de importaciones de bienes extranjeros y regulación financiera. Esta variante ha demostrado haber fracasado en la práctica a la hora de llevar a países como Argentina o Brasil al nivel superior de las economías capitalistas. En cambio, la teoría marxista de la dependencia sostiene que estos países seguirán siendo “dependientes” debido a la enorme extracción de valor del trabajo en sus economías hacia el bloque imperialista a través del comercio, las finanzas y la tecnología. El “intercambio desigual” en el comercio internacional es un componente fundamental de la teoría del valor de Marx. 

Sin embargo, dentro de la teoría de la dependencia, surgen diferencias sobre la naturaleza de ese intercambio desigual: ¿se debe a diferencias salariales o a diferencias de productividad impulsadas por la tecnología? ¿Obtienen los países imperialistas, a través de sus multinacionales, beneficios excedentes de la mano de obra barata de los países periféricos o de su tecnología superior y menores costos unitarios en el comercio internacional? Katz reconoce que el más destacado de los teóricos marxistas de la dependencia latinoamericanos, Ruy Mauro Marini, “tenía mayores afinidades que aquellos que atribuían el intercambio desigual a diferencias en productividades más que a salarios”. Este sostenía que las brechas salariales se explicaban por disparidades en el desarrollo de las fuerzas productivas y no al revés. “El salario es un resultado más que un determinante de la acumulación, argumentando que los niveles salariales en cada país dependen de la productividad, los ciclos, el stock de capital y la intensidad de la lucha de clases”.

Si ésta era la posición de Marini, entonces estoy de acuerdo. Mi propio estudio empírico conjunto con Guglielmo Carchedi sobre el imperialismo moderno encuentra que la transferencia de valor de la periferia a las economías centrales a través del intercambio desigual en el comercio se debe principalmente a diferencias de productividad y superioridad tecnológica (...), y sólo a una en menor medida debido a mayores tasas de explotación en la periferia (RSV). Y no se debe a salarios más bajos per se.

Sin embargo, Marini propuso el concepto de superexplotación, es decir, cuando los salarios en la periferia caen por debajo del valor de la fuerza de trabajo o por debajo del salario internacional promedio. Según Katz, “fue la tesis central de la teoría de la dependencia inspirada en Marini”. Pero Katz sostiene que la “superexplotación” no puede ser el principal determinante de la transferencia de valor entre países ricos y pobres. “Diluye la lógica de la plusvalía” y sugiere un concepto Proudhoniano de robo en lugar de la “lógica objetiva de la acumulación”. Como señala Katz, la superexplotación también existe en las economías imperialistas neoliberales con “empleo precario” y contratos de cero horas, etc. En mi opinión, la cuestión es que la transferencia de valor al Norte imperialista se produce debido a su tecnología y productividad laboral superiores. Eso permite al Norte imperialista vender sus productos en los mercados mundiales a costos inferiores al promedio internacional. Los capitalistas de la periferia intentan compensar su menor nivel técnico y productividad reduciendo los salarios de sus trabajadores. De modo que la mayor tasa de explotación en el Sur, ya sea por superexplotación o no, es una reacción al fracaso en competir contra el Norte.

¿Fue el poder monopolista la principal causa del dominio de las empresas imperialistas? Algunos teóricos de la dependencia así lo afirman. Sin embargo, Katz considera que no fue el caso de Marini. “Marini siempre estuvo más cerca de pensadores marxistas como Mandel, quienes resaltaron esta dinámica de competencia diferenciada entre monopolios. Mantuvo una mayor distancia de teóricos como Sweezy, que enfatizaban la capacidad ilimitada de las grandes empresas para gestionar los precios”. Pero Marini no llegó tan lejos como Shaikh, quien, según Katz, niega "la clara existencia de corporaciones gigantescas que obtienen ganancias extraordinarias en ciertos mercados a expensas de empresas más pequeñas".

Katz considera que Marini tenía lo que yo llamaría una comprensión ecléctica de la teoría del valor de Marx. “Pertenecía a una tradición de la economía marxista que no estaba de acuerdo con los enfoques centrados exclusivamente en el análisis del valor en la esfera de la producción. Ese enfoque cuantifica el valor sólo en la fase inicial de la creación de plusvalía, señalando insistentemente el peso que Marx dio a la lógica de la explotación y deduciendo todas las contradicciones del capitalismo desde esta esfera”. Marini quiso incluir “desequilibrios situados en la esfera de la demanda”. Katz resumió la visión de Marini sobre las crisis económicas como un “enfoque multicausal de la crisis, que combina desequilibrios de realización con la tendencia a la baja de la tasa de ganancia”. Los lectores de este blog sabrán que, como defensor de un análisis “monocausal” de las crisis, creo que la visión de Marini nos deja sin teoría alguna de la crisis.

Ésa no es la única debilidad de la versión de Marini de la teoría de la dependencia. Promovió fuertemente la idea del “subimperialismo”, una categoría de países intermedios entre la periferia dominada y el núcleo imperialista. Katz dedica varios capítulos a discutir la relevancia de esta categoría. En resumen, dice que “ayuda a comprender la estructura jerárquica del capitalismo contemporáneo” con “una cúspide de potencias centrales y una base de países dominados... en el medio están estas potencias subimperiales tratando de obtener hegemonía regional”.

Dudo que el subimperialismo nos ayude a comprender el capitalismo contemporáneo. Debilita la delimitación entre el bloque imperialista central y la periferia de los países dominados. Si cada país es un “poco imperialista”, si entra en guerra con un vecino por mercados, recursos y territorio, entonces el imperialismo comienza a perder su validez como concepto útil. Los países llamados subimperialistas no reciben transferencias enormes y sostenidas de valor y recursos desde economías más débiles. En nuestro propio trabajo sobre el imperialismo y en el trabajo empírico de otros, esta estructura jerárquica de transferencia de valor no se revela. India, China y Rusia en realidad transfieren cantidades de valor mucho mayores al bloque imperialista que América del Sur. (...).

 Tomemos como ejemplo a los BRICS, los mejores candidatos por ser “subimperialistas”. No hay evidencia de transferencias de valor significativamente grandes y duraderas hacia ellos desde economías más débiles y/o vecinas. Simplemente no tienen la superioridad financiera, tecnológica y militar para obtener tales transferencias. ¿Se pueden considerar imperialistas de algún modo útil las guerras entre países periféricos (por ejemplo, Irán contra Irak, Azerbaiyán contra Armenia)? ¿No sería mejor verlos como guerras entre países capitalistas débiles para obtener beneficios económicos y políticos? De hecho, Katz señala que Brasil no es subimperialista como lo veía Marini. No se ha convertido en una potencia industrial en ascenso que domina el subcontinente.  

La gran esperanza de la década de 1990, promovida por la economía del desarrollo dominante, de que Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (BRICS) pronto se unirían a la liga de los ricos en el siglo XXI, ha demostrado ser un espejismo. Estos países siguen siendo perdedores y todavía están subordinados y explotados por el núcleo imperialista. Y la brecha entre las economías imperialistas y el resto no se está reduciendo, al contrario. Y eso incluye a China, que tampoco se unirá al club imperialista.

Sin embargo, Katz quiere preservar el concepto de Marini: “En este contexto, las formaciones intermedias ocupan un lugar significativo que rompe el estricto paralelo entre potencias subimperiales y semiperiferias económicas, ya que el peso geopolítico de algunos países difiere de la integración en la producción globalizada. logrado por otros. La teoría de la dependencia es muy útil para comprender esa variedad de situaciones. Explica la lógica del subdesarrollo y la marginación de la periferia sin limitar su análisis a las polaridades globales, y también analiza las bifurcaciones y diferencias entre distintas formaciones intermedias”. No estoy seguro de que así sea. 

 Lo que sí muestra el amplio estudio de Katz sobre 50 años de teoría de la dependencia es que la teoría del valor de Marx de “la globalización productiva basada en la explotación de los trabajadores remodela las divisiones entre el centro y la periferia a través de transferencias de plusvalía”. Y es que “la omisión de ese mecanismo impide que los críticos de la dependencia comprendan la lógica del subdesarrollo”. Así pues, “reintegrar la teoría del valor en la explicación de la dependencia también es vital para descubrir el esqueleto oculto del capitalismo actual. No existe una mano invisible que guíe los mercados, ni una institución estatal sabia que dirija la economía. La base del sistema es la competencia por las ganancias que surgen de la explotación, multiplicando la riqueza de las minorías y el sufrimiento de las mayorías. La misma indignación y rebelión que impulsaron el estudio del subdesarrollo en el pasado orienta esa investigación en el presente”.

 (Michael Roberts, Brave New europe, 05/11/23; traducción google)

18/10/23

Forbes publicó su conocido análisis de las 2.000 mayores empresas del planeta... todas ellas acumulan riqueza por valor de 231 billones de dólares y 538 financieras poseen 171 billones de dólares... sólo esas 2.000 grandes empresas tienen la mitad de la riqueza mundial y las grandes financieras el 37%... La economía capitalista no es de libre competencia, sino que provoca una enorme concentración del capital y de la riqueza, de modo que el poder, la capacidad de decisión, también termina estando en muy pocas manos. Y, como consecuencia de ello, tampoco es cierto que todos los individuos disfruten del mismo grado de libertad en el capitalismo

 "Uno de los mitos más extendidos en nuestra sociedad es que la economía capitalista en la que vivimos funciona o puede funcionar guiada tan sólo por una mano invisible que, a partir de la simple iniciativa individual, organiza todo el orden económico garantizando -automáticamente y sin necesidad de ninguna otra intervención- estabilidad y plena satisfacción de los intereses generales.

Es un mito porque la realidad muestra constantemente que las cosas funcionan de otro modo. La economía capitalista no es de libre competencia, sino que provoca una enorme concentración del capital y de la riqueza, de modo que el poder, la capacidad de decisión, también termina estando en muy pocas manos. Y, como consecuencia de ello, tampoco es cierto que todos los individuos disfruten del mismo grado de libertad en el capitalismo. Salvo en el sentido irónico de Anatole France: «Los pobres han de trabajar ante la majestuosa igualdad de las leyes que prohíben, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar en las calles y robar pan»

En junio pasado, la revista Forbes publicó su conocido análisis de las 2.000 mayores empresas del planeta. Según sus datos, todas ellas acumulan riqueza por valor de 231 billones de dólares y 538 financieras poseen 171 billones de dólares. Teniendo en cuenta que la riqueza total que hay en el planeta es de 454,4 billones de dólares, según Credit Suisse, resulta que sólo esas 2.000 grandes empresas tienen la mitad de la riqueza mundial y las grandes financieras el 37%.

No es una mano invisible lo que mueve el mundo, sino esas grandes corporaciones que, disponiendo de esa inmensa riqueza, pueden comprar medios de comunicación, universidades, partidos, fundaciones, ong’s… y mantener en nómina a miles de periodistas, académicos, militares y políticos para que difundan la ideología y los mitos que permiten fortalecer su poder, como ese de la mano invisible.

El periodista estadounidense Thomas Friedman, tres veces ganador del Premio Pulitzer y columnista durante mucho tiempo de The New York Times, escribió un artículo en ese diario el 28 de marzo de 1999 en el que lo decía muy claramente, sin perder actualidad: «La mano oculta del mercado nunca funcionará sin un puño oculto: McDonald’s no puede prosperar sin McDonnell Douglas, el constructor del F-15. Y el puño oculto que mantiene al mundo seguro para las tecnologías de Silicon Valley se llama Ejército, Fuerza Aérea, Armada y Cuerpo de Marines de los Estados Unidos».

Esa es la realidad. No hay mano invisible sino un puño de acero que se oculta para defender los intereses de las grandes corporaciones. Eso es lo que hay, así se gobierna el mundo y eso es lo que explica el vasallaje de la Unión Europea y de los gobiernos en general ante el poder imperial de Estados Unidos. El gasto militar billonario (un negocio en sí mismo), los conflictos bélicos y la violencia no se producen en defensa de nuestras patrias, ni para defender a la gente corriente y hacerla más libre, como dicen. No es nuestra libertad la que defienden sino la de quien acumula riqueza y poder. A los ingenuos que no se dan cuenta de ello se les pueden aplicar las palabras de Goethe: «Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo».                (Juan Torres López, blog, 17/10/23)

16/6/23

Michael Roberts: La economía moderna de la oferta y el Nuevo Consenso de Washington son modelos, no para mejorar la economía y el medio ambiente del mundo, sino para una nueva estrategia global que sostenga el capitalismo estadounidense en el interior y el imperialismo estadounidense en el exterior... El libre comercio y los flujos de capital y la no intervención gubernamental van a ser sustituidos por una "estrategia industrial" en la que los gobiernos intervienen para subvencionar y gravar a las empresas capitalistas de modo que se cumplan los objetivos nacionales. Habrá más controles sobre el comercio y el capital, más inversión pública y más impuestos para los ricos. Debajo de estos temas está que, en la década de 2020 y más allá, cada nación irá a lo suyo: no habrá pactos globales, sino acuerdos regionales y bilaterales... Y en torno a eso, nuevas alianzas militares para imponer este nuevo consenso.

 "La economía moderna de la oferta y el Nuevo Consenso de Washington.

 El mes pasado, el Asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Jake Sullivan, expuso la política económica internacional de la administración estadounidense.  Fue un discurso fundamental, porque Sullivan explicó lo que se denomina el Nuevo Consenso de Washington sobre la política exterior estadounidense.

El Consenso de Washington original era un conjunto de diez recetas de política económica que se consideraba que constituían el paquete de reformas "estándar" promovido para los países en desarrollo en crisis por instituciones con sede en Washington, D.C., como el FMI, el Banco Mundial y el Tesoro estadounidense. El término fue utilizado por primera vez en 1989 por el economista inglés John Williamson. Las recetas abarcaban políticas de fomento del libre mercado, como la "liberalización" del comercio y las finanzas y la privatización de activos estatales. También implicaban políticas fiscales y monetarias destinadas a minimizar los déficits fiscales y el gasto público.  Era el modelo político neoclásico aplicado al mundo e impuesto a los países pobres por el imperialismo estadounidense y sus instituciones aliadas.  La clave era el "libre comercio" sin aranceles ni otras barreras, la libre circulación de capitales y una regulación mínima, un modelo que beneficiaba específicamente a la posición hegemónica de Estados Unidos.

Pero las cosas han cambiado desde la década de 1990: en particular, el ascenso de China como potencia económica rival a escala mundial y el fracaso del modelo económico internacional neoliberal y neoclásico a la hora de generar crecimiento económico y reducir la desigualdad entre las naciones y dentro de ellas.  Especialmente desde el final de la Gran Recesión en 2009 y la Larga Depresión de la década de 2010, EE.UU. y otras economías capitalistas avanzadas líderes han estado tambaleándose.  La "globalización", basada en el rápido aumento del comercio y los flujos de capital, se ha estancado e incluso ha retrocedido.  El calentamiento global ha aumentado el riesgo de catástrofe medioambiental y económica.  La amenaza a la hegemonía del dólar estadounidense ha crecido.  Se necesita un nuevo "consenso".

El ascenso de China, con un gobierno y una economía que no se pliegan a los deseos de Estados Unidos, es una señal de alarma para los estrategas estadounidenses.  Las cifras del Banco Mundial que figuran a continuación hablan por sí solas.  La cuota de Estados Unidos en el PIB mundial aumentó del 25% al 30% entre 1980 y 2000, pero en las dos primeras décadas del siglo XXI volvió a caer por debajo del 25%.  En esas dos décadas, la cuota de China pasó de menos del 4% a más del 17%, es decir, se cuadruplicó.  La cuota de otros países del G7 -Japón, Italia, Reino Unido, Alemania, Francia, Canadá- descendió bruscamente, mientras que los países en desarrollo (excluida China) se han estancado como porcentaje del PIB mundial, variando su cuota en función de los precios de las materias primas y las crisis de deuda.

 El Nuevo Consenso de Washington pretende sostener la hegemonía del capital estadounidense y sus aliados menores con un nuevo enfoque.  Sullivan: "Ante la agravación de las crisis -el estancamiento económico, la polarización política y la emergencia climática- se requiere una nueva agenda de reconstrucción". Estados Unidos debe mantener su hegemonía, dijo Sullivan, pero "la hegemonía, sin embargo, no es la capacidad de prevalecer -eso es dominación- sino la voluntad de que otros la sigan (bajo coacción), y la capacidad de establecer agendas".  En otras palabras, Estados Unidos establecerá la nueva agenda y sus socios menores la seguirán: una alianza de voluntarios.  Los que no la sigan pueden atenerse a las consecuencias.

Pero, ¿en qué consiste este nuevo consenso?  El libre comercio y los flujos de capital y la no intervención gubernamental van a ser sustituidos por una "estrategia industrial" en la que los gobiernos intervienen para subvencionar y gravar a las empresas capitalistas de modo que se cumplan los objetivos nacionales.  Habrá más controles sobre el comercio y el capital, más inversión pública y más impuestos para los ricos. Debajo de estos temas está que, en la década de 2020 y más allá, cada nación irá a lo suyo: no habrá pactos globales, sino acuerdos regionales y bilaterales; no habrá libre circulación, sino capital y mano de obra controlados nacionalmente.  Y en torno a eso, nuevas alianzas militares para imponer este nuevo consenso.

Este cambio no es nuevo en la historia del capitalismo.  Siempre que un país se convierte en dominante económicamente a escala internacional, quiere libre comercio y mercados libres para sus bienes y servicios; pero cuando empieza a perder su posición relativa, quiere cambiar a soluciones más proteccionistas y nacionalistas.

A mediados del siglo XIX, el Reino Unido era la potencia económica dominante y defendía el libre comercio y la exportación internacional de sus capitales, mientras que las potencias económicas emergentes de Europa y América (tras la guerra civil) se apoyaban en medidas proteccionistas y en la "estrategia industrial" para construir su base industrial.  A finales del siglo XIX, el Reino Unido había perdido su hegemonía y su política pasó al proteccionismo. En 1945, después de que Estados Unidos "ganara" la II Guerra Mundial, entró en juego el consenso de Bretton Woods-Washington y se volvió a la "globalización" (para Estados Unidos). Ahora le toca a Estados Unidos pasar del libre mercado a estrategias proteccionistas dirigidas por el gobierno, pero con una diferencia.  Estados Unidos espera que sus aliados también sigan su camino y que, como resultado, sus enemigos sean aplastados.

Dentro del Nuevo Consenso de Washington hay un intento por parte de la corriente económica dominante de introducir lo que se denomina "economía moderna de la oferta" (EMES).  La "economía de la oferta" era un enfoque neoclásico opuesto a la economía keynesiana, que sostenía que todo lo que se necesitaba para el crecimiento eran medidas macroeconómicas fiscales y monetarias para garantizar una "demanda agregada" suficiente en una economía y todo iría bien.  A los partidarios de la oferta les disgustaba la implicación de que los gobiernos debían intervenir en la economía, argumentando que la macrogestión no funcionaría, sino que simplemente "distorsionaría" las fuerzas del mercado.  En esto tenían razón, como demostró la experiencia de los años setenta en adelante.

La alternativa del lado de la oferta era concentrarse en impulsar la productividad y el comercio, es decir, la oferta, no la demanda. Sin embargo, los partidarios de la oferta también se oponían totalmente a la intervención pública en la oferta.  El mercado, las empresas y los bancos podrían hacer el trabajo de mantener el crecimiento económico y los ingresos reales, si se les dejaba solos.  Esto también ha demostrado ser falso.

Así que ahora, dentro del Nuevo Consenso de Washington, tenemos la "economía moderna de la oferta".  Así lo expuso la actual secretaria del Tesoro estadounidense y ex presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, en un discurso pronunciado en el Stanford Institute for Economic Policy Research.  Yellen es la Nueva Keynesiana por excelencia, que defiende tanto las políticas de demanda agregada como las medidas del lado de la oferta.

Yellen explicó: "el término "economía moderna de la oferta" describe la estrategia de crecimiento económico de la Administración Biden, y la contrastaré con los enfoques keynesianos y tradicionales de la oferta".  Y continuó: "Con lo que realmente estamos comparando nuestro nuevo enfoque es con la "economía de la oferta" tradicional, que también busca expandir la producción potencial de la economía, pero a través de una agresiva desregulación emparejada con recortes fiscales diseñados para promover la inversión de capital privado."

¿Cuál es la diferencia? "En cambio, la economía moderna de la oferta da prioridad a la oferta de mano de obra, el capital humano, las infraestructuras públicas, la I+D y las inversiones en un medio ambiente sostenible.  Todas estas áreas de atención tienen como objetivo aumentar el crecimiento económico y abordar los problemas estructurales a largo plazo, en particular la desigualdad"

Yellen descarta el antiguo enfoque: "Nuestro nuevo enfoque es mucho más prometedor que la antigua economía de la oferta, que considero una estrategia fallida para aumentar el crecimiento.  Los importantes recortes fiscales sobre el capital no han logrado los beneficios prometidos.  Y la desregulación tiene un historial igualmente pobre en general y con respecto a las políticas medioambientales, especialmente en lo que se refiere a frenar las emisiones de CO2".  Efectivamente.

Y Yellen señala lo que hemos discutido en este blog muchas veces. "Durante la última década, el crecimiento de la productividad laboral en Estados Unidos apenas alcanzó una media del 1,1%, casi la mitad que durante los cincuenta años anteriores.  Esto ha contribuido a un lento crecimiento de los salarios y la remuneración, con ganancias históricas especialmente lentas para los trabajadores en la parte inferior de la distribución salarial."

 Yellen orienta a su audiencia de economistas de la corriente dominante hacia la naturaleza de la moderna economía de la oferta.  "El potencial de crecimiento a largo plazo de un país depende del tamaño de su mano de obra, la productividad de sus trabajadores, la renovabilidad de sus recursos y la estabilidad de sus sistemas políticos.  La economía moderna de la oferta trata de estimular el crecimiento económico impulsando la oferta de mano de obra y aumentando la productividad, reduciendo al mismo tiempo la desigualdad y los daños medioambientales.  Esencialmente, no nos centramos únicamente en lograr una cifra de crecimiento superior que sea insostenible, sino que aspiramos a un crecimiento que sea integrador y ecológico". Así pues, la economía del MSSE pretende resolver los fallos del capitalismo del siglo XXI.

¿Cómo?  Básicamente, mediante subvenciones públicas a la industria, no mediante la propiedad y el control de los sectores clave de la oferta.  Como ella dice: "la estrategia económica de la Administración Biden adopta, en lugar de rechazar, la colaboración con el sector privado mediante una combinación de incentivos mejorados basados en el mercado y un gasto directo basado en estrategias empíricamente probadas.  Por ejemplo, un paquete de incentivos y descuentos para energías limpias, vehículos eléctricos y descarbonización incentivará a las empresas a realizar estas inversiones críticas."  Y gravando a las empresas tanto a nivel nacional como a través de acuerdos internacionales para poner fin a la evasión de paraísos fiscales y otros trucos de elusión del impuesto de sociedades.

En mi opinión, los "incentivos" y las "regulaciones fiscales" no lograrán el éxito del lado de la oferta más que la versión neoclásica de la ESS, porque la estructura existente de producción e inversión capitalista permanecerá en general intacta.  La economía moderna de la oferta espera que la inversión privada resuelva los problemas económicos y que el gobierno "dirija" dicha inversión en la dirección correcta.  Pero la estructura existente depende de la rentabilidad del capital.  De hecho, es más probable que los impuestos a las empresas y la regulación gubernamental reduzcan la rentabilidad más de lo que los incentivos y las subvenciones gubernamentales la aumenten.

La moderna economía de la oferta y el Nuevo Consenso de Washington combinan la política económica nacional e internacional de las principales economías capitalistas en una alianza de voluntades.  Pero este nuevo modelo económico no ofrece nada a los países que se enfrentan a crecientes niveles de deuda y costes de servicio que están llevando a muchos de ellos al impago y a la depresión.

 El Banco Mundial ha informado esta misma semana de que el crecimiento económico en el Sur Global fuera de China caerá del 4,1% en 2022 al 2,9% en 2023. Golpeados por la alta inflación, el aumento de los tipos de interés y los niveles récord de deuda, muchos países se están empobreciendo. Catorce países de renta baja se encuentran ya en situación de alto riesgo de sobreendeudamiento, frente a solo seis en 2015. "A finales de 2024, el crecimiento de la renta per cápita en cerca de un tercio de los EMDE será inferior al registrado en vísperas de la pandemia. En los países de renta baja -especialmente los más pobres- el daño es aún mayor: en alrededor de un tercio de estos países, los ingresos per cápita en 2024 se mantendrán por debajo de los niveles de 2019 en una media del 6%."

Y no hay cambios en las condiciones de préstamo del FMI, la OCDE o el Banco Mundial: se espera que los países endeudados impongan medidas fiscales austeras sobre el gasto público y privaticen las entidades estatales restantes.  La cancelación de la deuda no está en la agenda del Nuevo Consenso de Washington.  Además, como dijo recientemente Adam Tooze, "Yellen trató de demarcar los límites de una sana competencia y cooperación, pero no dejó ninguna duda de que la seguridad nacional triunfa sobre cualquier otra consideración en Washington hoy en día".  La economía moderna de la oferta y el Nuevo Consenso de Washington son modelos, no de mejores economías y medio ambiente para el mundo, sino de una nueva estrategia global para sostener el capitalismo estadounidense en casa y el imperialismo estadounidense en el exterior."                   

(Michael Roberts es economista en la City de Londres, Brave New Europe, 08/06/23; traducción DEEPL)