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1/9/26

La política es la acción en la sociedad (polis) con vistas a un objetivo que concierne a toda la sociedad... hacer política significa proponer una forma de acción colectiva, que puede ir desde una revuelta hasta un partido o un Estado... La política tiene que ver con la persuasión. Si no hay política, solo existen relaciones de poder... es indispensable para que pueda existir la política que exista una sociedad, una polis o un pueblo. Y es en este punto donde la «revolución neoliberal» ha causado daños antropológicos irreparables... se ha alimentado una fragmentación horizontal de la sociedad, cultivada de forma consciente y sistemática. Se ha hecho creer a los jóvenes que debían enfadarse con los mayores, a quienes se había privilegiado, y a los mayores que los jóvenes eran unos holgazanes... Se ha alimentado un discurso de odio continuo y, a continuación, se ha advertido contra la horrible propagación de los discursos de odio... las mujeres contra los hombres, los homosexuales contra los heterosexuales, etc., todo ello en un crescendo fomentado a diario por los medios de comunicación durante décadas... Incluso la «lucha de clases» ha sufrido una grave metamorfosis... se entendía como una denuncia estructural de los mecanismos del poder económico. Sin embargo, se ha transformado en una envidia social genérica: «Nadie sabe lo duro que es mi trabajo; para él o ella, en cambio, todo es fácil»... este proceso se ha convertido en «autoafirmación individualista»... Si el mundo no acepta mis fantasías momentáneas sobre mí mismo, es el mundo el que está equivocado. Cualquier película estadounidense le explica que «puede ser lo que quiera ser» (lo cual, técnicamente, es una patología psiquiátrica). Un rechazo subjetivista del «principio de realidad» en favor de un «principio de placer» que debe materializarse en actos de compraventa en el mercado... yo mismo debería ser algo muy distinto, debería ser lo que sueño con ser; mientras que el mundo cínico y tramposo me lo impide... Obviamente, en un contexto así, cualquier acción auténticamente colectiva, cualquier política en el sentido auténtico, es como intentar remontar una cascada a nado... Nos han jodido bien jodidos (Andrea Zhok)

"Hay muchas cosas a las que se puede llamar «problema de la política», pero hay una que es más radical y originaria que todas las demás.

La política es, en su sentido etimológico y más auténtico, la acción en la sociedad (polis) con vistas a un objetivo que concierne a toda la sociedad.

Hacer política, en cualquier sentido auténtico, significa proponer una forma de acción colectiva, que puede ir desde las formas levemente coordinadas de una revuelta hasta las altamente coordinadas de un partido o de un Estado.

La política tiene que ver con la persuasión.

Si no hay política, solo existen relaciones de poder.

Pero el requisito indispensable para que pueda existir la política es que exista una sociedad, una polis o un pueblo. Y es en este punto donde la «revolución neoliberal», iniciada a finales de la década de los 70 del siglo XX, ha causado daños antropológicos irreparables.

Este proceso consta de dos fases: una destructiva y otra constructiva.

En el plano destructivo, se ha alimentado una fragmentación horizontal de la sociedad, cultivada de forma consciente y sistemática. Se ha hecho creer a los jóvenes que debían enfadarse con los mayores, a quienes se había privilegiado, y a los mayores que los jóvenes eran unos holgazanes. Se ha hecho creer que los trabajadores del sector público eran unos vagos y que los autónomos eran evasores fiscales. Se ha alimentado un discurso de odio continuo y, a continuación, se ha advertido contra la horrible propagación de los discursos de odio: racismo y autoracismo, desde los ataques a los «hombres blancos mayores» hasta los «incels», las mujeres contra los hombres, los homosexuales contra los heterosexuales, etc., todo ello en un crescendo fomentado a diario por los medios de comunicación durante décadas.

Incluso la «lucha de clases» ha sufrido una grave metamorfosis. Quienes la mencionaron por primera vez la entendían como una denuncia estructural de los mecanismos del poder económico. Sin embargo, se ha transformado en una envidia social genérica, en su mayor parte horizontal e individual: «Nadie sabe lo duro que es mi trabajo; para él o ella, en cambio, todo es fácil».

En el plano afirmativo, este proceso se ha convertido en «autoafirmación individualista», en la que la forma en que cada uno se siente y se percibe debía considerarse como el único fundamento de lo que cada uno es. Esta especie de delirio idealista en el que «tal y como me imagino, así soy» se ha convertido en sentido común. Si el mundo no acepta mis fantasías momentáneas sobre mí mismo, es el mundo el que está equivocado. Cualquier película estadounidense le explica que «puede ser lo que quiera ser» (lo cual, técnicamente, es una patología psiquiátrica). Un rechazo subjetivista del «principio de realidad» en favor de un «principio de placer» que debe materializarse en actos de compraventa en el mercado.

El resultado de todo ello es hoy evidente. Se percibe de forma especialmente aguda en las redes sociales, donde reina sin oposición precisamente la mezquindad, la frustración enconada, lo que los alemanes denominan «Schadenfreude»: el placer secreto (aunque no tanto) por las desgracias ajenas, el impulso de decir «se lo tiene merecido», «así aprenderá».

Ninguna época ha hablado tanto de «empatía» como para poder acusar a todos los demás de carecer de ella.

Cualquier otra persona tiene la grave culpa de no ser yo. Pero yo mismo debería ser algo muy distinto, debería ser lo que sueño con ser; mientras que el mundo cínico y tramposo me lo impide.

Obviamente, en un contexto así, cualquier acción auténticamente colectiva, cualquier política en el sentido auténtico, es como intentar remontar una cascada a nado.

Nos han jodido bien jodidos." 

(Andrea Zhok, blog, 31/08/26,  traducción Salvador L. Arnal) 

23/11/20

“Es una tragedia que las izquierdas hayan dejado en manos del neoliberalismo la idea de libertad”... en tanto que hijos de nuestro padre primigenio -Caín-, somos capaces de matar a nuestros semejantes. Y es justamente nuestra condición fraterna, así como lo son también nuestras ansias de libertad, aquello que nos aboca al estado de todos contra todos. Es para superar este estado por lo que los humanos se organizan políticamente, para obtener paz y seguridad

 "¿Crees que las consignas de orden y seguridad deben tener una centralidad en los planteamientos emancipatorios? ¿Qué relación podrían guardar con las ideas ilustradas de la libertad, igualdad y fraternidad?

Al objeto de refutar posteriormente sus argumentos, pensemos primero en Hobbes, quien -como buen lector de la Biblia del Antiguo Testamento-, partía en su Leviatán de la siguiente reflexión:todos somos iguales porque, en tanto que hijos de nuestro padre primigenio -Caín-, somos igualmente capaces de matar a nuestros semejantes. Y es justamente nuestra condición fraterna, así como lo son también nuestras ansias de libertad, aquello que nos aboca al estado -que Hobbes naturaliza-  del bellum omnium contra omnes: todos contra todos. Es para superar este estado (o lo que es peor, esta condición siempre latente o irrefrenable) por lo que los humanos se organizan políticamente, para obtener paz y seguridad (siempre tan precarias).

Como demostró sobriamente Eugenio Trías en La política y su sombra, el planteamiento de Hobbes es mucho más complejo de lo que parece a simple vista. De su relato idealista (mitológico, para decirlo todo) podemos extraer la siguiente lección: las categorías “luminosas” de igualdad, libertad y fraternidad hacen necesariamente cuadrilátero con la idea de seguridad, frecuentemente sustanciada como refugio comunitario ante las pasiones tristes del miedo, de la angustia, del resentimiento o del terror (que Trías, un tanto maniqueamente, tematizará como la zona umbría de nuestra condición humana- nuestra inhumanidad-). Es así que, siguiendo este hilo, según el autor, podría ser reinterpretada “la lucha a muerte por el reconocimiento” en el marco teórico hegeliano, la “lucha de clases” en la obra de Marx, la “pulsión de muerte” en el psicoanálisis de Freud, etc.

En cualquier caso, desde una perspectiva materialista, habría que sostener que, de modo inverso, son las ideas de igualdad, libertad y fraternidad las que suponen la existencia de comunidades políticas organizadas en base a un cierto orden y con unos determinados criterios de seguridad. Y son esas bases y esos criterios los que precisamente se van tejiendo y destejiendo en el sinuoso curso de la historia. Como primer analogado, a no dudar, en la transformación revolucionaria del Antiguo Régimen en las sociedades modernas burguesas. Por eso, lo que debemos decir inmediatamente es que en ningún caso se trata de contraponer los valores ilustrados de la igualdad, la libertad y la fraternidad (u otros similares) a los conceptos de seguridad u orden, sino de analizar cuáles son sus contenidos específicos, para poder juzgar sus conexiones y también sus incomensurabilidades.

¿Existe alguna forma política que no establezca criterios de orden y seguridad? Rotundamente no. Luego el planteamiento dialéctico ha de consistir en la crítica de los contenidos específicos y la propuesta, tanto teórica como práctica, de otros alternativos.

En ese sentido, respondiendo lo más directamente a tu pregunta, diría lo siguiente: que no se preocupen las izquierdas que no planteen criterios, propuestas (o consignas, como muy bien dices) de orden y seguridad para sus comunidades políticas; las derechas lo harán por ellas.

Pero las izquierdas, además, arrastran un gran problema que con rigor podemos denominar ontológico: mientras que las ideas ilustradas casi siempre son formuladas en clave sumamente abstracta, los valores que atribuyen las derechas al orden y la seguridad suelen tener un máximum de realidad efectiva: terroríficamente efectiva contra el hostis, el enemigo público, el/lo Otro: el inmigrante que nos roba, las mujeres que descentran la función del hombre proveedor, las personas trans que desestabilizan nuestra fantasmática identidad sexual, etc. Cuando estos enfoques exclusivistas del orden y la seguridad prevalecen, se produce lo que parafraseando a Badiou llamaríamos un “desastre oscuro”. El error da paso al horror.

Recordemos que Spinoza definía la seguridad como “la alegría que nace de la idea de una cosa futura o pasada a propósito de la cual ya no hay motivos para dudar”. En épocas o fases de crisis necesitamos, más que nunca, certezas como asideros afectivos y práxicos. En efecto, las izquierdas deben ser capaces de construir certezas que, no siendo absolutas, se materialicen en sentido común, sean creíbles, convincentes, lleguen a cualquiera, se hagan carne. Y eso implica ser capaces de imaginar, siquiera, alternativas de presente y futuro a las sociedades capitalistas existentes. Nos falta imaginación y phantasia políticas: saber anticipar, partiendo de la rememoración y reconsideración de planes políticos pretéritos, proyectos de futuro desde la inmanencia del presente.

¿Qué papel juegan entonces las consignas de la libertad en los movimientos transformadores? ¿Lo consideras como un principio relevante y digno de disputa?

Como decía Marx, “nadie combate la libertad; combate a lo sumo la libertad de los otros”. Esto significa que es imposible estar a favor o en contra de la libertad. Se está a favor o en contra de determinadas concepciones o prácticas de la libertad. Verdaderamente, es una tragedia que las izquierdas hayan dejado en manos del neoliberalismo cualquier definición compartida de libertad. Asumiendo que existe una oposición necesaria, o absoluta, entre las ideas de igualdad y libertad. Desentendiéndose de esta última. Dejándose arrinconar por el mito (conservador o reaccionario) de que la igualdad supone necesariamente proyectos de homogeneización totalitaria de la sociedad.

A mi juicio, lo que debemos defender, máxime en el contexto actual, es exactamente lo contrario. A saber: modelos políticos a través de los cuales los contenidos específicos de la libertad y la igualdad -mediante parámetros y valores precisos- se presupongan recíprocamente. Para ello podemos retrotraernos, como hace en nuestros días Balibar, a las nociones romanas de aequas libertas y aequum ius, recogidas por Cicerón: “no hay nada más dulce que la libertad como el que si no es igual para todos ni siquiera es libertad” (República, I, XXXI). Es en este punto en el que volvemos a la implacable crítica marxiana: en el capitalismo, la libertad está ligada esencialmente a la propiedad privada, al disfrute de bienes por parte de unos pocos, a causa de la explotación de la fuerza de trabajo de la mayoría.

En efecto, la libertad es la libertad de la valorización del capital, de la competencia extrema, protegida y promovida por la ley (la ley de los Estados, sin lugar a dudas -mercados y estados se codeterminan históricamente-). En el caso del neoliberalismo, claramente connotado por su darwinismo social, es la libertad supuestamente individualista del “sálvese quien pueda”, del “solo sobreviven los más aptos”, del “quien fracasa es porque se lo merece”. Y decimos “supuestamente” porque el individualismo, como tal, es imposible. En rigor, se trata de una ideología de clase, y por tanto, un dispositivo grupal de pensamiento y acción. Bien lo argumentó Hegel, frente a Kant: la libertad no es una cualidad individual, aunque así se represente. Al margen de sus determinaciones sociales e institucionales, la libertad es una abstracción.

Desde mi perspectiva, adelantada en parte en mi artículo “Las antinomias del raciouniversalismo”, publicado en la revista de Filosofía Eikasía, todo proyecto de emancipación supone la liberación de un régimen de dominación. Aquí radicaría el momento negativo de la libertad (libertad de), que los liberales reducen a un plano individual (necesario, pero no suficiente). De manera conjugada, todo proyecto emancipatorio procura erigir nuevas realidades sociopolíticas e institucionales que garanticen su realización. Estaríamos ante el momento positivo de la libertad (libertad para). Pero dicho movimiento dialéctico sólo es posible desde el presupuesto de la igualdad de las inteligencias, de las capacidades de cualquiera; por expresarlo ahora con Rancière. [Tal principio igualitario, dicho sea de paso, no se puede confundir con los conceptos institucionales y sociológicos de “igualdad de oportunidades”, “igualdad de resultados”, etc. Estamos ante dos niveles fenomenológicos distintos. Dichos conceptos lo toman como base (Basis), en el sentido de Schelling: es decir, como principio dinámico, siempre constituyente, que no puede ser superado (aufheben).

Así, estos lo determinan empíricamente, pero lo presuponen como aquello que los concretiza. La fraternidad, por último, mentaría bajo este prisma la necesidad de desarrollar de manera recurrente y universal, sin posibilidad de exclusión alguna, los proyectos de emancipación; esto es, evitando cualquier tipo de repliegue identitario o comunitario. A poco que se reflexione, se observará que lo que ofrezco en escorzo es un enfoque completamente alternativo al hobbesiano. Me parece necesario, en la medida en que estamos rodeados de hobbesianos, empezando por los liberales despóticos y acabando por los populistas laclausianos. Permítaseme la provocación. 

¿Qué papel crees que juegan los horizontes utópicos? ¿Existe una potencia emancipadora en sus planteamientos? ¿La idea de utopía debe impregnar los discursos raciouniversalistas? ¿O consideras que puede ser impotente o estéril?

 Desde una concepción estática, utópico (οὐ -τόπος) es aquello que no tiene lugar ni puede tenerlo. En este sentido, una Utopía (añadiendo el sufijo -ia), en tanto que lugar ideal en el que todos los seres humanos disfrutan de relaciones armónicas, o como modelo de gobierno perfecto, es una ficción que hay que rechazar; no por ser una ficción, sino en su condición de ficción falsa. Toda sociedad política es imperfecta, in- fecta, intrínsecamente. En consecuencia, en política, defender “la utopía” es algo así como, en termodinámica, defender la construcción del perpetuum mobile.

Lo utópico también puede entenderse en un sentido dinámico, como aquello que todavía no ha tenido lugar, pero puede llegar a tenerlo. Lo que en unas condiciones determinadas no es posible de realizar, acaso lo sea en otros contextos sociopolíticos. Desde este ángulo, dibujar un “horizonte utópico” puede tener una función crítica contra todo intento de totalización absoluta de la realidad política dada (“there is not alternative”, “fin de la historia”, etc.).

En cualquier caso, su potencia emancipadora deberá ser demostrada en virtud de sus contenidos y sus efectos. Si, por ejemplo, se entiende como utópico aquello que no ha tenido lugar (“no- todavía”), pero advendrá, es porque, de alguna manera, se presupone el contenido de aquello que habrá de advenir, esto es, porque se está pidiendo el principio. De este modo, ese “horizonte utópico” está sumido en una dimensión escatológica y apocalíptica. Es el caso de Ernst Bloch.

En términos generales, en fin, para los que no creemos en la existencia de un mundus intelligibilis, la noción misma de “horizonte utópico” puede resultar superflua, e incluso perniciosa. A quienes confían en ese horizonte, les puede ocurrir como a Tántalo, incapaz de alcanzar los frutos que pendían sobre él en unas ramas, porque, al moverlas, el viento los apartaba.

¿Cómo se anuda el combate a los discursos falaces que renuncian a todo tipo de objetividad con la proposición de ficciones sobre un mundo compartido más justo? ¿Existen mitos iluminadores y mitos oscurantistas?

Existen distintas clases de logoi y el mito es una de ellas. Los mitos no se oponen a la razón, porque ellos mismos son construcciones racionales del más alto nivel desde un punto de vista evolutivo -como especie- e institucional. Como es sabido, en su génesis, la filosofía académica no establece un corte con los mitos, sino que, al contrario, se nutre de ellos, en virtud de su fuerza expresiva, comunicativa, imaginativa, simbólica. Es más, los mitos no están reñidos con las verdades, puesto que las vehiculan; contribuyen a forjarlas. Así ocurre en los diálogos de Platón.

Por supuesto, en la política los mitos son también esenciales en tanto que catalizadores de afectos. Frente al economicismo de las versiones marxistas más vulgares, Gramsci sabría comprender su función en la organización de la multitud, en la constitución de subjetividades emancipatorias: “el proceso de formación de una determinada voluntad colectiva […] no es representado a través de pedantescas disquisiciones y clasificaciones de principios y criterios de un método de acción, sino […] despertando la fantasía artística de aquellos a quienes se procura convencer y dando una forma más concreta a las pasiones políticas”. [He aquí, sin lugar a dudas, una diferencia esencial entre la praxis política y la sistematicidad filosófica que, sin embargo, si es resueltamente materialista deberá asumir el criterio metapolítico gramsciano].

Ahora bien, ciertamente hay mitos luminosos y mitos oscurantistas, como bien dices. Esta distinción es debida a Gustavo Bueno (quien añade un tercer tipo de mito combinatorio, definido por sus claroscuros y ambigüedades, en el que ahora no nos detendremos). En efecto, no es lo mismo el mito de la caverna de Platón, que nos permite discernir las diversas formas de realidad y de conocimiento (entrelazando a su vez las dimensiones ontológica y epistemológica), el papel crítico del filósofo, etc. (estemos más o menos de acuerdo), que el mito nazi de la raza aria, basado en la sangre y el suelo –Blut und Boden-, en el deseo de exterminación de los otros, el mito de la mujer negra disoluta u otros mitos tenebrosos que conducen directamente al terror y a la barbarie.

Lo mismo podríamos decir, en general, a propósito del concepto de ficción. Las ficciones son tramas racionales que estructuran y producen significaciones, afectos y acciones. No son el reverso de la realidad material, sino una forma de realidad material que involucra, intercala y relaciona otras formas de materialidad, como son los objetos físicos o las síntesis científicas. Esta es la paradoja: reducir la materia a las realidades cósicas es propio del espiritualismo. Espiritualismo que comparten quienes subordinan, quiéranlo o no, “lo simbólico” (o lo cultural) a “lo material”, como si fueran dos bloques contrapuestos (aunque reconozcan, a posteriori, su “interacción”; también Descartes suponía la interacción entre la res cogitans y la res extensa, entre el alma y el cuerpo).

Las ficciones, los mitos, los discursos (incluyendo su modalidad no meramente lingüística, sino su caracterización como tramas relacionales de prácticas diversas- en el sentido de Laclau y Mouffe-), no son, entonces, extraterritoriales a la materialidad del mundo, sino parte constitutiva y constituyente del mismo. En palabras de Rancière, las ficciones pro- ponen realidad. Pero, como hemos dicho, estas solo pueden desplegarse a partir de la existencia de otras materialidades empíricas (cosas, artefactos, aparatos, etc.). De no ser así, girarían en el vacío. Y esto es imposible. En consecuencia, reconocer la función determinante de las ficciones en la política, la filosofía, etc. no supone negar la objetividad, sino indagar en sus condiciones de posibilidad. Debemos, por tanto, evitar dos errores simétricos: de un lado, desligar las ficciones de los referentes corpóreos fisicalistas, abatiendo la realidad a los “hechos observacionales”, considerados como algo ya dado -el positivismo es una forma de metafísica-; de otro, eclipsar u ocultar la necesidad de dichos referenciales para la conformación de las ficciones, lo que conduce al idealismo formalista -reduciendo las instituciones simbólicas al lenguaje-.

Un último apunte para precisar mi argumentación. Desde una óptica materialista, la racionalidad es eminentemente operatoria, práxica. No se predica de un sujeto incorpóreo, de una entidad espiritual, de una mente, sino que se refiere a la transformación intersubjetiva del mundo. Pero la racionalidad tiene como motor el deseo, según ya fue definido por Aristóteles o Spinoza; el querer o ansia, como lo entendieron los grandes idealistas alemanes: Fichte, Shelling o Hegel -algo que tan bien ha estudiado Ana Carrasco Conde-. La racionalidad, por tanto, siempre es afectiva, en la medida en que somos modos capaces de afectar y ser afectados. Además, nuestra racionalidad está normativizada por una serie de instituciones simbólicas.

Dicho de otro modo: somos seres instituyentes e instituidos simbólicamente: por los mitos, las técnicas, las tecnologías, las ciencias, las artes, las religiones, el amor, la filosofía, etc. Desde luego, la mediación del lenguaje es esencial. Por último, la racionalidad humana nunca es absoluta: no puede totalizar el mundo, roturarlo completamente. Siempre mantiene una tensión con un Afuera -no dado- que la desborda o se le resiste. En resumen, la racionalidad es práxica, afectiva, simbólica e incompleta (siempre hay algo que -dicho con Schelling- “no se deja disolver en el entendimiento” y que “conmueve [nuestra] singularidad”).

A vueltas ahora con el debate entre la identidad y la diversidad, a propósito de la clase obrera y los movimientos sociales. ¿Cómo se constituye esa tensión entre la aspiración a modificar el statu quo o ser una minoría autoafirmativa, a la que has aludido en algún artículo? ¿El objetivo de reconstruir y deconstruir tales identidades implica un proceso doloroso?

No es lo mismo el reconocimiento de la identidad, los derechos y las virtualidades emancipatorias de grupos sociales oprimidos, vilipendiados (trabajadorxs, migrantes, mujeres, personas trans, etc.), que el identitarismo excluyente de proyectos políticos que, autocalificándose como superiores, pretenden erigirse sobre el resto de la humanitas con voluntad de dominación. Se trata de formas de identidad antitéticas.

La identidad “se dice de muchas maneras”. De hecho, las identidades suelen ser más confusas y conflictivas de lo que parece, como advirtió Stuart Hall. Mi compromiso es con la de aquellos sujetos políticos, individuales o colectivos, que sufren las consecuencias del entrecruzamiento de diversas políticas particularistas: la expropiación extractivista, la explotación laboral, la depredación ecológica, las violencias machistas, la discriminación por motivos de género u orientación sexual, la opresión racial, etc. Es necesario hacer notar que se trata de formas de dominación que se coproducen y alimentan entre sí, huyendo consecuentemente de lo que Nancy Fraser denomina “separatismo crítico”. Para mí, las reflexiones filosófico-políticas carecen de valor alguno si no van encaminadas al repudio y la erradicación de estas situaciones. Como diría Deleuze, a la denuncia de la estupidez y la bajeza, fruto de la mala (o falsa) conciencia. La filosofía es una “empresa desmitificadora” o no es tal.

La denuncia de estas injusticias es también la preocupación por las heridas “psíquicas” de estos individuos y comunidades; su dolor, su duelo, su sufrimiento. Nada de idealismo subjetivista hay en este giro afectivo, que tan magníficamente están desarrollando autoras como Sara Ahmed, Wendy Brown o Judith Butler. Quien prejuzga como subjetivista la referencia a los afectos es porque, paradójicamente, los concibe como si fueran subjetivos. Según hemos argumentado, la racionalidad es intrínsecamente afectiva. Los afectos no están encerrados en “mente” alguna, sino que circulan trans-individualmente. Son el resultado de la praxis y de las relaciones entre nuestros cuerpos pensantes.

Entonces, si como indica Judith Butler, un sujeto no es una sustancia, sino una “serie activa y transitiva de interrelaciones”, que la vida de cualquiera sea digna significa que esta importe a terceros, a diversos círculos de reconocimiento. Pero que esta importe no se consigue con “pensamiento positivo” (caso, ahora sí, de idealismo), sino garantizando una serie de medidas políticas efectivas de las que ninguna persona o grupo social puedan ser excluidos por principio: asegurando derechos laborales, una vivienda adecuada a cualquiera, procurando transporte público, sanidad y educación universales, centros de cuidados, empleo de calidad, servicios sociales integrados en los barrios, participación y acceso a contenidos culturales sin restricciones ni elitismos, etc. Lo que demuestra, consecuentemente, que las dimensiones de la distribución y el reconocimiento social también se coimplican, que en ningún caso son esferas herméticas o reinos separados.

Retomo entonces una pregunta planteada con anterioridad y amplío la respuesta: sólo asegurando “derechos de existencia” (la expresión es de Robespierre) puede afianzarse la seguridad. La libertad pasa, por tanto, por el cumplimiento de estas condiciones materiales, que son también afectivas. Libertad y seguridad, así, se presuponen recíprocamente. En palabras de bell hooks: “La libertad en tanto que igualdad positiva que garantiza a todos los humanos la oportunidad de moldear sus destinos del modo productivo más saludable y común sólo podrá ser una realidad completa cuando nuestro mundo deje de ser racista y sexista”. Y, por supuesto -reafirmo yo-, clasista.

Por otro lado, debemos considerar que, en líneas generales, la noción de sujeto político puede interpretarse en dos sentidos límite: (1) bien sea designando la sujeción de individuos o colectivos a determinadas estructuras o instituciones simbólicas, a su anclaje en un orden dado; (2) o como una práctica de subjetivación que certifica una fisura en el reparto de roles y funciones del mismo, una subjetividad que se constituye en el movimiento de emancipación respecto de dicho orden. Este movimiento implica la suspensión de los criterios existentes de pertenencia (∈) a una comunidad dada. De este modo, como afirma Badiou, el sujeto se divide en el hiato “no…sino”: “no [rechazo de los principios que conforman un orden político particular]…sino [apertura e involucración en alguna forma de acontecimiento universalista e igualitario, esto es, diagonal a cualquier forma política]. Se apreciará, por cierto, que la reducción de la noción de sujeto a la primera opción (1) conduce al fatalismo, así como la segunda (2) nos arrastra al voluntarismo.

Pues bien. Desde estas coordenadas, cuando las demandas de los grupos sociales injuriados no son impugnatorias del statu quo, podemos afirmar que estos se convierten, efectivamente, en minorías autoafirmativas. Como ha explicado Wendy Brown, su potencial subversivo queda reducido a una miríada de atributos y diferencias perfectamente asimiladas por la normatividad disciplinaria de las prácticas capitalistas y sus tecnologías de poder. Así, la reivindicación de la diferencia supone la aceptación del consenso único; deviene en diferencia administrada [convengamos, asimismo, que todo consenso se establece contra algo u alguien]. En este sentido, se refuerzan las identidades delineadas y se fija a sus miembros, muchas veces, como víctimas (así suele ocurrir en las concepciones humanistas).

Por el contrario, cuando estos grupos sociales se organizan y ponen en solfa el reparto de poderes establecido, conforman una subjetividad emancipatoria que ofrece resistencias, modifica estructuralmente el statu quo, plantea renovadas prácticas sociopolíticas e inventa nuevas formas de experiencia. De este modo, las identidades preestablecidas se deconstruyen y configuran un sujeto político (plural, pero dotado de unidad de acción) que aspira a hacer posible otros modos de vida sin dominación, otras formas de relacionarnos y otros usos del tiempo, creando gramáticas alternativas de acción, percepción, afectos y pensamiento.

Esto supone rechazar la existencia de privilegios innatos, que no serían sino efecto de la naturalización de aquellos privilegios que en realidad se adquieren históricamente. Significaría, en definitiva, no conformarse con el ajuste a una condición social (laboral, pero también sexual, estética, etc.) entendida como un destino inalterable y verificar, mediante nuevas propuestas políticas singulares, nacidas de tales escenarios de desprecio, agravio y explotación, la hipótesis de la “igualdad de las inteligencias”.

De la conformación de esta como proceso recurrente, sin principio ni fin absolutos, sin arjé ni telos, Marx y Engels ya darían cuenta entre 1845 y 1846 en La Ideología Alemana: “no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de sujetarse la realidad”. Emplearían para ello una hermosa palabra: “Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual”.

Ahora bien, si queremos que nuestro análisis materialista sea lo más honesto y riguroso posible, debemos hacernos cargo de dos realidades a menudo incómodas desde el punto de vista emancipatorio. Por un lado el hecho de que, a poco que analicemos los acontecimientos históricos, nos percataremos de que no existe una división absoluta, pura, entre liberación y opresión. Las prácticas emancipadoras y los dispositivos de control coexisten, se entremezclan en grados variables. Lejos de ser momentos sucesivos o alternativos, se presentan como fenómenos simultáneos, contaminantes, que cohabitan líneas de sombra comunes; resultando ser procesos más entreverados de lo que nos gustaría en distintos contextos y experiencias. Esto, que ya fuera señalado de manera penetrante por Foucault, parece ocultarse por momentos en las exposiciones teóricas de Badiou o Rancière.

Por otro lado, habrá que entender que, en muchas ocasiones, los síntomas de indignación de determinados individuos o colectivos sociales ante un orden social opresivo no suponen la inequívoca asunción, por su parte, de que dicho orden sea injusto, cuanto una reacción al hecho de que no se les permita participar en las estructuras de poder existentes.

Pero así como, desde un punto de vista ético o moral, la posible génesis narcisista de un comportamiento verdaderamente generoso queda difuminada en virtud de la estructura de este, independientemente de la voluntad subjetiva o grupal, podríamos enunciar que estamos ante un acontecimiento emancipatorio cuando los intereses particulares o espurios resultan neutralizados por el signo liberador del mismo.

Sé que también le estás dedicando muchas horas de reflexión a un asunto que levanta ampollas: la noción del trabajo en la tradición interpretativa marxista. ¿Cuáles son las principales nociones del trabajo en la literatura marxista? ¿Cómo se articulan estas con las prácticas emancipatorias?

A mi juicio, en la literatura marxista hay dos registros conceptuales de la noción de trabajo que constantemente se están confundiendo. De un lado, (1) el trabajo como universal antropológico, esto es, la concepción del trabajo como motor de transformación de la realidad, como producción práxica del mundo. Es de este modo como Marx confronta la concepción idealista hegeliana según la cual la realidad sería fruto del despliegue del Espíritu (Geist). A su vez, esta transformación será concebida como eminentemente social y relacional, de suerte que la transformación operatoria de la realidad es coextensiva a la autorrealización del ser genérico del hombre. De lo que se sigue que el mundo no es una instancia previa a los sujetos, ni viceversa, sino que las realidades definidas por ambos vocablos se van conformando dialécticamente. Esta es, por ejemplo, la lectura realizada por Marcuse en base a los Manuscritos del 44, en peculiar interlocución con la ontología heideggeriana.

Por otro lado, (2) tenemos la noción moderna de trabajo asalariado, es decir, el trabajo como producción, distribución, cambio y consumo de mercancías para la valorización del capital, lo cual supone la separación de los medios de producción y la fuerza de trabajo (Arbeitskraft). En sentido marxista, el trabajo asalariado será concebido como forma de explotación y también como un mecanismo de alienación, como anegación de nuestra singularidad [en este punto el razonamiento es netamente hegeliano. En efecto, como explica Catherine Malabou, la alienación es para Hegel la figura invertida de la idiocia: mientras que esta se define como un exceso de la identidad sobre sí misma, un repliegue -el encierro del espíritu natural que petrifica un contenido determinado como si fuera una “representación fija”-, la alienación se basa en la férrea adherencia del sí- mismo a una determinidad particular; una profunda inmersión en determinadas estructuras absorbentes (económicas, políticas, etc.) que bloquea cualquier intento de liberación o emancipación y nos hace sumamente dependientes].

Ahora bien: ¿cuál es la conexión existente entre ambos planos de la idea de trabajo? Este es uno de los temas sobre el que más frecuentemente converso con mi amigo Jorge Moruno, profundo conocedor de la materia. ¿Constituye la noción moderna de trabajo asalariado, como forma de explotación, una degeneración del trabajo entendido como esencia genérica del hombre, en tanto que producción de mundo y, al tiempo, proceso de humanización, o acaso no ocurrirá que la idea genérica, global y abstracta de trabajo es también un producto del capitalismo, del productivismo y de su correspondiente ética del trabajo? Me decanto por lo segundo. La concepción de la fuerza de trabajo como potencia humana fundamental, o dicho de otro modo, la identificación reductiva de cada individuo con su fuerza de trabajo, está configurada por la economía capitalista.

Es así como, entrando en contradicción con su propia metodología materialista, algunas concepciones marxistas naturalizan la noción de trabajo, identificándola con la totalidad social de un modo transhistórico, e interpretan los procesos de emancipación como la extracción de la esencia genérica del trabajo de los diques de contención que representan las relaciones sociales capitalistas. O, en sus versiones negristas, como la liberación del “general intellect” de la concha del Imperio global; la autonomización del trabajo respecto de su camisa de fuerza capitalista. Desde estos enfoques, y en esto tiene razón Postone, las relaciones sociales capitalistas ocultarían o impedirían la realización personal del hombre a través del trabajo. Así, a fin de cuentas, la emancipación sería la reconciliación o reencuentro del trabajo consigo mismo. O, por mejor decir, la inversión del proceso de succión del trabajo vivo por los medios de producción capitalistas.

Bien es cierto que, según Marx, la dominación capitalista es la dominación del trabajo muerto sobre el trabajo vivo. Sin embargo, también lo que es -y aquí está la clave- que la relación “diferencial”, “antitética” o “polarmente opuesta” (expresiones todas empleadas por el de Tréveris) entre el trabajo vivo y el trabajo muerto se efectúa en el proceso de producción capitalista, siendo tales categorías intrínsecas a la economía política capitalista, y estando por tanto inextricablemente unidas, como las caras de una misma moneda. Marx es rotundo al respecto: “Trabajo inmediato y trabajo objetivado, trabajo presente y pasado, trabajo vivo y acumulado, etc., son fórmulas, pues, en las cuales los economistas expresan la relación entre el capital y el trabajo”. Dice más: “estas fuerzas productivas sociales el trabajo históricamente no se desarrollan sino con el modo de producción específicamente capitalista, y por lo tanto aparecen como algo inmanente a la relación del capital e inseparable de la misma” [ambas citas pertenecen al Capítulo VI (inédito) del Libro I de El Capital].

No en vano recordaba Rosa Luxemburgo que es la producción capitalista la que sitúa a la clase obrera como clase dependiente del salario (o lo que es lo mismo: ser obrero es ser dependiente de las estructuras de dominación que personifican los capitalistas). Sin embargo, mi posición nada tiene que ver con el “rechazo al trabajo”, pues con este sintagma se vuelve igualmente a esencializar la idea de trabajo, confundiendo así las distintas acepciones que el término ostenta [las propuestas políticas del grupo Krisis me parecen ciertamente insuficientes y paralizantes]. Más bien, me conformaría con rechazar la concepción del “sujeto del trabajo” como una sustancia prefijada, así como la reducción de lo que somos [”multitud”, “ser singular-plural”, “pueblo”, etc. -este es otro debate-]  a la condición de meros agentes de producción.

Congruentemente con lo que precede, nuestra propuesta no podrá consistir, entonces, en hacer una crítica del capitalismo “desde el punto de vista del trabajo”, en el sentido abstracto antes denunciado, sino en combatir la explotación laboral, así como el resto de formas de opresión intrincadas, empuñando el principio insobornable de la “igualdad de las inteligencias” -mediante la articulación de “derechos de existencia”- en pos de la emancipación del capitalismo. Para una filosofía materialista crítica, esta no será una cuestión accesoria, sino una necesidad interna de su mismo ejercicio práctico."            

(Juan Ponte es profesor de Filosofía en el IES Pérez de Ayala (Oviedo, Asturias) y Concejal de Cultura y Participación Ciudadana en el Ayuntamiento de Mieres (gobernado por IU con mayoría absoluta), Sin Permiso, 20/11/20)

30/7/20

Jon Beasley-Murray: “La clave del cambio social no es la ideología, sino los cuerpos, los afectos y los hábitos”... debemos pensar la política, no tanto como la misión de educar a los demás y explicarles cómo son las cosas, sino como el arte de facilitar encuentros y formar hábitos que construyan cuerpos colectivos más potentes (multitudes)

"Entrevista a Jon Beasley-Murray, autor del importante y polémico ensayo. Poshegemonía, sobre el concepto político de moda en España gracias a Podemos: la "hegemonía".

Según Antonio Gramsci, el poder es un centauro: mitad coerción, mitad legitimidad. El Estado mantiene su dominación por medio del consenso de los dominados. Y sólo allí donde no se logra el consenso, se recurre a la represión. El poder, por tanto, no sólo es un asunto de fuerza, sino sobre todo de hegemonía: persuasión, convencimiento, creencia, seducción. En este enfoque, la lucha ideológica se vuelve fundamental: deslegitimar la explicación dominante del mundo, provocar su descrédito, proponer una nueva explicación. 

Hegemonía es hoy un concepto de moda en el debate político contemporáneo. En España ha irrumpido de la mano del grupo fundador y dirigente de Podemos. La lucha ideológica se desarrolla ahora en los platós de televisión donde se produce la opinión pública. Se trata de arruinar la legitimidad del relato que protegía al régimen del 78 y ofrecer una nueva explicación y un nuevo pacto social que se gane el consenso de la “mayoría social”. 


John Beasley-Murray (@jbmurray) ha dedicado el largo trabajo de investigación culminado en su libro Poshegemonía a cuestionar esta mirada sobre el orden social y esta comprensión 'discursivista' de la hegemonía, muy basada en la capacidad de articulación comunicativa de los intelectuales. Y no sólo. A partir de un minucioso acercamiento a los movimientos políticos latinoamericanos del siglo XX (el peronismo, los movimientos de liberación nacional y las guerrillas, etc.), Poshegemonía propone también otra lectura de lo que hace y deshace el orden de las cosas, de lo que sostiene la dominación y de lo que anima la revuelta, convirtiéndose en una aportación imprescindible a la discusión teórica que acompaña a las luchas contra el neoliberalismo.

1- Pablo Iglesias decía el otro día, en un programa de La Tuerka dedicado a Podemos y el populismo, que “la ideología es el principal campo de batalla político”. Tu sin embargo lo ves muy diferente...programa de La Tuerka
 

Jon Beasley-Murray. Sí, desde luego. Me parece que esa idea (de que "la ideología es el principal campo de batalla") implica que la tarea política más urgente es la de educar a la gente, mostrarles que las cosas no son cómo aparecen. Por eso los proyectos de hegemonía son siempre esencialmente proyectos pedagógicos y la teoría de la hegemonía otorga tantísima importancia y centralidad a los intelectuales (algo muy visible en Podemos). Es un error histórico de la izquierda occidental. 


Más allá de la condescendencia implícita, lo que presupone esta actitud es que lo que cuenta en el fondo es la opinión y el saber. Y yo estoy más bien de acuerdo con lo que dice Slavoj Zizek: en general, la gente ya sabe, sabe que el trabajo es una esclavitud, sabe que los políticos son unos mentirosos y los banqueros unos ladrones, que el dinero es una mierda y los ricos no lo son por una virtud propia, que la democracia liberal es un fraude y que el estado reprime más que libera, etc. Todo eso es parte del sentido común actual. Y aún así, cínicamente, actuamos como si estas ficciones fueran verdaderas. 


El cinismo actual puede haber roto con una complacencia y credulidad previa, pero las cosas siguen más o menos igual. Lo cual sugiere que la “lucha ideológica”, no sólo no tiene la centralidad que tenía antes, sino que en realidad nunca la tuvo. La lucha por la hegemonía siempre funcionó como una distracción o una cortina de humo que oscurecía poderes y luchas más fundamentales. 


2- Pero en el libro no sólo hay crítica de esta idea de hegemonía, sino la exposición de otra manera de entender los procesos políticos y vitales.
 

Jon Beasley-Murray. Sí, en el libro trato de esbozar otra teoría para explicar, por un lado, la razón del orden social, es decir, por qué la gente no se rebela cuando más esperamos que se rebele. Es una pregunta básica de la teoría política, desde Étienne de la Boétie hasta Gilles Deleuze, pasando por Spinoza o Wilhelm Reich: ¿por qué las masas desean su propia servidumbre y represión? 


Y, por otro lado, intento pensar también la otra cara de la moneda: por qué la gente se rebela en un punto en el que ya no aguanta más. Mi respuesta es que la política no tiene tanto que ver con la ideología, como con la disposición de los cuerpos, su organización y potencias. Para entender esto, propongo los conceptos de afecto, hábito y multitud. 


Una política de los cuerpos


Una política de los cuerpos3- ¿Podrías explicarlos brevemente?
 

Jon Beasley-Murray. Un afecto es el índice de la potencia de un cuerpo y del encuentro entre cuerpos. Cuanta más potencia tiene un cuerpo, más afectividad tiene, es decir, más capacidad para afectar y ser afectado. A la vez, los encuentros entre cuerpos se pueden dividir en buenos y malos encuentros: los buenos son los que aumentan la potencia de un cuerpo y se caracterizan por la producción de afectos positivos (como la alegría); los malos son los que disminuyen la potencia de cuerpo y se distinguen por la presencia de afectos negativos (como la tristeza). Aquí sigo a Spinoza y a los neo-spinozistas, como Deleuze y Brian Massumi. Deleuze hace una distinción importante entre afecto y emoción: mientras que el sentimiento es privado y personal, el afecto es una intensidad impersonal, colectiva.


En segundo lugar, el hábito es un concepto que tomo de Pierre Bourdieu. Podemos pensar los hábitos como “afectos congelados”. Son los encuentros cotidianos, rutinarios, de los cuerpos, sobre los cuales ni siquiera pensamos la mayor parte del tiempo, hasta el punto de que son casi completamente inconscientes. Son disposiciones corporales e inconscientes. Pero, a pesar o quizá gracias a esto, los hábitos tienen sus propias potencias. Y podemos diferenciar también entre hábitos buenos (por ejemplo, los que ayudan a constituir lo común, la comunidad) y hábitos malos (los auto-destructivos, los que nos restan potencias). 


Por último, pienso la multitud (con Antonio Negri) como el afecto en acción. Una red de cuerpos en conexión. 


4- ¿Y qué consecuencias políticas se derivan del hecho de poner los afectos y los hábitos en el centro de atención?
 

Jon Beasley-Murray. En términos abstractos, pero al mismo tiempo muy concretos y materiales, creo que debemos pensar la política, no tanto como la misión de educar a los demás y explicarles cómo son las cosas, sino como el arte de facilitar encuentros y formar hábitos que construyan cuerpos colectivos más potentes (multitudes). De construir otras formas de sincronizar y orquestar cuerpos y ritmos; otras lógicas prácticas y encarnadas. No nos conformamos al capitalismo porque nos convenza una trama ideológica súper-coherente y persuasiva, sino por los afectos y los hábitos (como el consumo, etc.).

5- Me parece que, frente a cierta “espiritualización” de la política, fruto de una teoría de la hegemonía de base muy discursiva, como afirman Verónica Gago, Diego Sztulwark y Diego Picotto, vuelves a situar el cuerpo en el centro de las preocupaciones por la transformación social, ¿es así? Un materialismo de los cuerpos frente a un idealismo de los significantes.como afirman Verónica Gago, Diego Sztulwark y Diego Picotto
 

Jon Beasley-Murray. Sí, pero debo clarificar que por “cuerpo” no quiero decir (simplemente) el cuerpo humano e individual. Un cuerpo puede ser una parte del cuerpo humano (mano, puño, oreja, lengua), una combinación de cuerpos humanos (grupo, familia, partido, muchedumbre), algo absolutamente no humano (roca, zorro, tijeras, selva) y/o alguna combinación de humano y no humano (empresa, tren, dispositivo).


6- Pero el cuerpo humano no es algo limpio y puro. Está educado, dañado... El racismo, por ejemplo, ¿lo podríamos pensar como un afecto? En ese caso, no se trata de una lucha entre los afectos y el poder, sino que hay buenos y malos afectos, ¿cómo distinguirlos?
 

Jon Beasley-Murray. Como las almas, sólo los cuerpos platónicos son limpios y puros... y eso por no ser cuerpos reales, sino ideales. Además, todo cuerpo está “dañado” en el sentido de que está abierto a su alrededor, no tiene límites fijos ni bordes duros: su piel siempre puede ser atravesada, siempre está ahí la posibilidad de la disolución, de perder una parte... Este es el otro lado de la gran potencia que tienen los cuerpos: la apertura siempre puede mostrarse o sentirse como herida, llaga, amputación. 


Por supuesto que el racismo tiene que ver con los afectos y los hábitos, aún con los afectos y los hábitos de los liberales biempensantes. Por eso en el libro enfatizo que ninguno de estos términos tiene un valor pre-establecido, sino que son todos ambivalentes. No hay que celebrar el afecto (contra el sentimiento) o el hábito (contra la opinión), ni celebrar la multitud (contra el pueblo). Existen afectos, hábitos y -también, a pesar de Negri- multitudes malas, que nos dañan, que disminuyen nuestra potencia. La alternativa nunca consiste en buscar la limpieza ni la pureza, porque son las mismas propiedades que nos abren a los otros las que nos permiten dañarlos, son las mismas propiedades que posibilitan la construcción de formas cooperativas de vivir juntos las que nos permiten herir a los demás.

7- En las movilizaciones recientes en España (15M, mareas, etc), los afectos han sido un motor muy importante: la indignación, por ejemplo, o la alegría de estar juntos en las calles. Pero suele decirse que ese motor “no dura mucho”, que se necesita otra cosa, algo menos errático e inconstante, un suelo firme, etc. ¿Estás de acuerdo? ¿Cómo pueden sostenerse en el tiempo esas politizaciones existenciales y no simplemente discursivas o ideológicas?
 

Jon Beasley-Murray. Creo que todo empieza por el afecto: lo que se siente. John Holloway afirma que “todo empieza por el grito”. Pero de igual importancia es la construcción de hábitos. O, mejor dicho, porque hábitos siempre hay, la sustitución de unos hábitos por otros. Un afecto como la indignación puede ayudar a la tarea de, primero, identificar y, segundo, romper con los hábitos malos, los que tienden a disminuir la potencia de los cuerpos singulares y colectivos. Pero el desafío es construir nuevos hábitos, nuevas formas estables de lo común y la comunidad. No tanto un “suelo firme”, como modos y herramientas de convivencia, que diría Iván Illich.

Es decir, lo primero es la línea de fuga, el momento en que rechazamos un sistema que ya no se soporta ni se tolera. Pero la línea de fuga es ambivalente: puede ser una línea de construcción o seguir una tendencia autodestructiva. Nunca se sabe de antemano. Todo es cuestión de experimentación y el gran valor de lo que ha estado pasando en España (pero también Grecia y en muchos lugares de América Latina) es que se han constituido laboratorios políticos de enorme potencia, vitalidad y diversidad. No siempre han tenido buenos resultados (pienso en la deriva de la “primavera árabe”), pero han supuesto una verdadera reinvención de prácticas y posibilidades políticas, sociales, culturales.

Crítica de Laclau y de la razón populista


Crítica de Laclau y de la razón populista8- Aprovechando el quiebre/desplazamiento del sentido común generado por el clima de las plazas 15M, en España aparece en cierto momento Podemos, con la intención de conquistar la opinión pública, los votos y el poder institucional. La cúpula dirigente habla en este sentido de “operación hegemónica” y se refiere a las teorías de Ernesto Laclau, el gran pensador del populismo, que le sirven de referencia. En tu libro eres muy crítico con Laclau. ¿Por qué? ¿Qué tipo de política organiza la “razón populista”?quiebre/desplazamiento del sentido común

Jon Beasley-Murray. La razón de ser del populismo es precisamente construir un pueblo. Aunque las teorías liberales proyectan el pueblo como antecedente, fuente y origen de la política, Ernesto Laclau reconoce que el pueblo no está dado, sino que hay que construirlo. ¿Cómo? Enlazando las demandas insatisfechas (“cadena de equivalencias”) en torno a un “significante vacío” (que suele ser el nombre de un líder, como Perón) con vistas a la conquista del Estado. Pero creo que se trata de una versión muy restringida de la política, que niega otras muchas alternativas existentes, a mi juicio más interesantes. 


Mi crítica a Laclau es, muy resumidamente, que 

1) reduce los movimientos a “demandas” que se dirigen al Estado, en lugar de ver en ellos instancias creadoras de nuevas realidades, valores y relaciones; 

2) que hace de la relación entre pueblo y Estado la relación fundamental de toda lucha política, reificando y fetichizando así una instancia trascendente y separada de poder como es el Estado, que a mi juicio es un pliegue y una limitación del poder constituyente de la multitud; y que 

3) coloca en el centro lo nacional, cuando el desafío político más interesante (esbozado por los movimientos de las plazas) sería inventar una nueva articulación entre los distintos niveles de la vida terrestre (la especificidad de la plaza y el barrio, lo continental, lo global). 


Pueblo, demanda, Estado, nación: me parecen todos ellos conceptos limitadores de las posibilidades que abren los movimientos más recientes. 


9- ¿Y cómo explicas entonces el éxito del populismo, a los dos lados del charco?
 

Jon Beasley-Murray. Uno de los problemas con la teoría de la hegemonía en clave populista es que acepta la auto-representación del populismo sin cuestionarla. No problematiza la idea de que la fuerza del populismo viene de la capacidad de articular equivalencias entre significantes y así construir un significante (casi) vacío que reuniría una cantidad de identidades y demandas particulares, formando con ellas un pueblo. ¡Yo no acepto la explicación populista sobre el propio funcionamiento de los movimientos populistas! 


Una lectura más cuidadosa del fenómeno peronista, por ejemplo, muestra que su éxito, cuando lo hubo, vino precisamente de su capacidad para movilizar y desmovilizar cuerpos -en la plaza, en las urnas- y de convertirse en hábito. Por eso el triunfo del populismo se expresa en esa frase famosa tomada de un libro de Osvaldo Soriano: “Nunca me metí en política, siempre fui peronista”. 


Esto puede explicar la gran ansiedad del discurso populista sobre la multitud: es la materia prima que se apropia y a la vez se niega. Es la gran ansiedad del populismo argentino con respecto a la insurrección de 2001, es la gran ansiedad de los dirigentes de Podemos hacia el 15M. 


Por cierto que ese mismo libro de Osvaldo Soriano (No habrá más penas ni olvido) muestra la precariedad del triunfo populista: algo se le escapa siempre, su máquina de captura no lo puede todo. 


¿Qué puede el lenguaje?


¿Qué puede el lenguaje?10- ¿El lenguaje es (o puede ser) cuerpo o cae siempre del lado de la representación y el discurso? ¿Cuál es (o podría ser) la potencia propiamente política del lenguaje?
 

Jon Beasley-Murray. Sí, una lectura equivocada de Poshegemonía sostiene que digo que el lenguaje no cuenta. Pero es obvio que un discurso (en el sentido de un discurso político, pero también de una conversación entre amigos, un eslogan gritado en una manifestación, un libro leído en una biblioteca, etc.) puede ser un acontecimiento y tocar los cuerpos. 


Lo que yo creo -con Deleuze, Félix Guattari o Michel Foucault- es que no se explica un texto a través de lo que representa o significa, sino del modo en que funciona. Véase por ejemplo mi lectura en el libro del famoso “Requerimiento” colonial, supuestamente una justificación del derecho español en territorio americano, dirigido al indígena para informarlo y educarlo, pero que tenía sus efectos principales en habituar y moldear los cuerpos mismos de los conquistadores. 


No entendemos mucho si nos fijamos sólo en lo que dice un texto, lo más interesante está en otro lado o por debajo, en el discurso como forma de organizar y sincronizar la intuición, el instinto y el afecto. 


11- ¿Y qué valor le das a la explicación, a la pedagogía? Tu libro, por ejemplo, es una cierta explicación de cómo funcionan las cosas.

Jon Beasley-Murray. Precisamente por ser alguien cuya vocación y oficio es enseñar, sé que no hay que poner mucha fe en el proceso de enseñanza. Como dijo Freud, la pedagogía, por su propia naturaleza, es una de las “profesiones imposibles”. 


Para mí, está claro que la enseñanza y el aprendizaje dependen muchísimo de los afectos: desde la humillación ritual de estudiante que carece de “capital cultural” hasta las posibilidades de transformación que promete el profesor apasionado. Pensemos en las representaciones icónicas de la enseñanza, como La plenitud de la señorita Brodie o El club de los poetas muertos: lo que funciona ahí no tiene que ver con la explicación, sino con otro tipo de cosas. 


Mi libro intenta explicar algunos procesos tal y como yo los veo, pero no trato de convencer a nadie de nada. Más bien preferiría inspirar a algunos a formular su propia versión de la poshegemonía. 


El lado oscuro de la fuerza (creadora)


El lado oscuro de la fuerza (creadora)12- Los movimientos políticos que te interesan son “enigmáticos, invisibles, misteriosos y fuera de lugar”. No representan ni se dejan representar. Funcionan de alguna manera como los propios afectos: opacos y sin discurso articulado, sin demanda ni proyecto. Pero ese tipo de fuerza, ¿puede ser algo más que destituyente? ¿Puede convertirse también en un poder constituyente, creador de instituciones que organicen nuestra vida cotidiana?
 

Jon Beasley-Murray. ¡Son muchos los movimientos políticos que me interesan! O, en otras palabras, son muchos (¿todos?) los que tienen su costado enigmático, invisible, misterioso y fuera de lugar. Para mí, no se trata de escoger los movimientos que te gustan y apostar todo en ellos, como si se tratase de una carrera de caballos. Los movimientos son procesos de experimentación y los resultados nunca se pueden predecir ¡ni prevenir! Esa experimentación sin garantías es la esencia de la política, de otro modo no estamos hablando de política, sino de implementación de planes técnicos. En cada caso, en cada momento, está presente la posibilidad de ambivalencia, de error, de desastre.


No vamos a ninguna parte sin reconocer esa opacidad inherente e inevitable de la política. Mejor afirmarla que negarla o intentar eliminarla. Sobre todo, porque es desde ese lado oscuro que emerge cualquier posibilidad de lo nuevo, de la creación. Así que lo veo todo al revés de como lo plantea tu pregunta: lo que es claro, visible, ordenado, previsible y cognoscible me parece que nunca puede ser constituyente, porque (para bien o para mal) es pura repetición de lo mismo. 


Pero bueno, algo que aprendemos del hábito es que la repetición de lo mismo es otra ilusión: aún dentro de las repeticiones más regulares, algo se escapa, entra siempre la opacidad y el enigma. Y es por esto que debemos atender a estos momentos, de desviación y deriva, por sutiles y (casi) invisibles que sean.

13- Si no es la toma del poder, ¿qué sería un éxito, un logro, una victoria para los movimientos que te interesan?
 

Jon Beasley-Murray. La creatividad, la creación, la invención de nuevas formas de vivir; la expansión de lo común, de la comunidad. Un éxito nunca acabado, por supuesto; una victoria siempre por venir. O, en palabras del marqués de Sade, supuestamente en reacción a la Revolución Francesa: encore un effort si vous voulez être vraiment républicains! (todavía un esfuerzo si queréis ser verdaderamente republicanos)" 

(Pensé las preguntas con Álvaro, Diego, Luis, Marga, Susana y Vicente, Alberto me ayudó con la mediación, ¡gracias!; Entrevista a Jon Beasley-Murray, Amador fernández-Savater, Interferrencias, eldiario.es, 20/02/15)

29/1/16

El poder político está cambiando, se ha vuelto más fácil de obtener, más difícil de usar y mucho, mucho, más fácil de perder

"El poder ya no es como era antes. El venezolano Moisés Naím, en su best seller El Fin del Poder -libro que recomendó Mark Zuckerberg en su club de lectura online-, sostiene que está cambiando de manos y de forma; se ha vuelto más fácil de obtener, más difícil de usar y mucho, mucho, más fácil de perder. (...)

 Los ciudadanos, en la era de la Sociedad Red, están relacionados e informados como nunca antes. Son más críticos, exigentes, desconfiados y reactivos. Ya no se limitan a observar la realidad de forma pasiva, sino que también han desarrollado su capacidad de acción. (...)

Este nuevo ciudadano-elector está, además, sometido a un promedio de 3.000 impactos publicitarios diarios; un fenómeno que algunos expertos han llamado infoxicación. La publicidad ha perdido peso y terreno, ya no cambia percepciones, ni actitudes o conductas. 

Tiene tasas de retorno cada vez más ineficientes y la televisión ha perdido su peso hegemónico. Ante una sociedad de audiencias múltiples y diversas, de espectadores multipantalla y multiformato, se necesita menos publicidad y más comunicación.  (...9

Si la sociedad, como vimos, ha cambiado y está cambiando, la política también tiene que hacerlo. Las siguientes diez estrategias -antepuestas por el prefijo micro- nos ayudarán a pensar en esta nueva praxis electoral:

1. Microideas. El profesor David Perkins apunta que “es posible aprender a pensar mejor con estrategias sencillas que mejoran las capacidades que ya tenemos”. Así, ante la complejidad del mundo, se imponen soluciones prácticas, concretas, simples.

 Los grandes programas dan paso a propuestas centradas en la vida cotidiana y en los intereses pequeños. Son múltiples mensajes segmentados que se entrecruzan y conviven armoniosamente. Prevalecen las emociones… pensamos lo que sentimos y votamos lo que sentimos.

2. Microrrastros. El uso constante de la tecnología va dejando a nuestro paso huellas digitales. A partir de nuestro comportamiento en redes, se podría determinar con quiénes nos relacionamos, qué pensamos, qué decimos, qué nos gusta… quiénes somos. 

Los rastros semánticos en los buscadores (especialmente en Google), más la conversación en redes sociales, configuran una minería de datos que no puede desperdiciarse.

3. Microsegmentación. La micropolítica plantea la necesidad de ir más allá de la demoscopia tradicional. Las encuestas y los focus groups no son suficientes, dan fotografías incompletas de lo que piensa y siente la ciudadanía. Saber poco de muchos no sirve. 

Mejor será saber mucho de pocos; afinar la puntería al máximo para hacerles llegar a los votantes el mensaje oportuno; hablarles de lo que verdaderamente les importa y moviliza.

4. Microcomunicación. Cada vez se observa con mayor claridad cómo el marketing comienza a guiarse por la lógica de los micromomentos, que son las oportunidades específicas que las marcas buscan identificar para hacer llegar el mensaje adecuado, por el medio adecuado y hacia las personas adecuadas. 

Junto a esta búsqueda de los mejores momentos, hay una renovación total del lenguaje, mucho más simple y visual. De los grandes enunciados a los hashtags; del texto a la imagen y al video. Es la fuerza creativa del ARTivismo.

5. Microeventos. Se acabó el monopolio de los multitudinarios mítines de campaña. Se imponen, en su lugar, los actos reducidos, con pocos asistentes y de bajo coste. Se trata de encuentros más descentralizados, con escenografías sencillas que sugieren intimidad; ‘actos de bolsillo’ que son bastante más memorables que las concentraciones masivas.

6. Microacciones. Los modelos y los actores tradicionales anclados en viejas fórmulas para la acción política no parecen encajar en la demanda de una ciudadanía organizada en red. Se ‘comunica’ lo que se hace. No hay lugar para el oscurantismo ni para tomar decisiones sobre qué, cuándo y cómo se comunica.

 La política está vigilada y será mejor que se comunique lo que se hace y que se haga lo que se comunica. Internet, por otra parte, favorece la organización desde la base ciudadana, a menudo desde su vertiente más crítica… Es la movilización de las redes, el ACTivismo.

7. Microrreacciones. La velocidad aumenta y las reacciones, por lo tanto, deben volverse inmediatas. Nikesh Arora, quien fuera representante de Google, decía: “La competencia ya no será entre grandes y pequeños, sino entre rápidos y lentos”. 

Los equipos de campaña y activistas se vuelven comandos de guerrilla comunicacional, de intervención y respuesta rápida. El timing electoral ya no es planificado de una vez y para toda la campaña, sino que se convierte en un cúmulo de reacciones, propias y ajenas, superpuestas, simultáneas.

8. Microrredes. El comportamiento de redes es viral, no secuencial. La ciudadanía se organiza en redes y comunidades en torno a intereses comunes. La estructura vertical y centralizada ha mutado hacia una distribuida que favorece los movimientos bottom-up. 

Hay una Red, pero infinitas pequeñas comunidades radiales. El interés por el análisis de su evolución y conversación es constante, igual que la necesidad de identificar patrones de comportamiento.

9. Microinfluencias. Los mensajes que se elaboran y difunden desde las organizaciones cada vez son menos eficaces, pero cuando estos mismos mensajes son contados por otros, las posibilidades de impactar a las personas aumentan. Hoy en día prevalece la credibilidad de aquellos que son como nosotros, el poder del boca a boca se ha vuelto decisivo. 

Te convence alguien cercano, próximo, que tiene (o crees que tiene) el aval de una trayectoria y un comportamiento ejemplares. Por ello, se vuelve esencial identificar a los influencers, a los grandes y pequeños, a los offline y a los online.

10. Microcandidato. Los candidatos ya no son ‘propiedad’ exclusiva de los partidos. Con frecuencia irrumpen outsiders y renovadores que trastocan las estructuras de poder clientelar, territorial, históricas. 

Y cuando no es así, el fenómeno de la personalización hace que el contrato (el compromiso) sea directamente con los electores, sin intermediarios, pero también sin amparo. De ‘el candidato’ a ‘mi candidato’. Relaciones más directas, mayor accountability.

Estas diez estrategias micro conforman un nuevo paradigma, caracterizado por sentimientos, emociones, relaciones, comunidades y valores. Si se pretende llegar lejos, mejor será dando pasos cortos y seguros; es la metáfora del martillo pequeño: agilidad, precisión, persistencia, constancia y focalización. De la masificación a la personalización; de lo macro a lo micro."                  (Antoni Gutierréz-Rubí, 10/01/16, Publicado en: El Telégrafo , Ecuador)

27/3/14

La deshonestidad de un representante político es directamente proporcional a la dejadez y el cinismo de sus electores

"Según Medvic, la ‘trampa de las expectativas’ surge de tres grandes contradicciones que subyacen en nuestras expectativas respecto de los políticos:

a) Esperamos de los dirigentes políticos que lideren, que marquen orientaciones a la ciudadanía y, a la vez, que estén dispuestos a ser dirigidos por los ciudadanos.
b) Esperamos líderes políticos que se mantengan fieles a sus principios ideológicos y programáticos, y a la vez estén dispuestos a renunciar a ellos, sean pragmáticos y alcancen acuerdos en todas las grandes materias con sus oponentes.
c) Finalmente, esperamos líderes de cualidades excepcionales, de formación y  comportamiento sobresalientes, a la vez que se muestren ordinarios, cercanos al individuo común y representativos del mainstream social. 

No es muy difícil observar que, ante tales contradicciones, es muy probable que nuestras expectativas sobre los representantes políticos acaben viéndose defraudadas y alimenten la desafección contra lo político.

Hay dos elementos en la historia y en la cultura política españolas que alimentan esa ‘trampa de las expectativas’. Por un lado, la relevancia dada al valor del igualitarismo (que no significa necesariamente lo mismo que igualdad) que vino de la mano de la democratización posfranquista, y que tiende a valorar negativamente cualquier atisbo aparente o difuso de exclusividad o excelencia social o cultural.

Por otro lado, la historia de violencia política y autoritarismo que ha acompañado la tortuosa consolidación de la democracia en nuestro país ha contribuido a estigmatizar el carácter inherentemente conflictivo que acompaña a todo proceso y debate políticos. 

No soportamos el tono de contraste que suele rodear cualquier controversia política, y no hemos sido educados –en general– para sobrellevarlo de forma cordial y sosegada. ¿Hemos presenciado alguna vez a alguien que pierde los nervios porque otro le llevaba la contraria en una discusión política? ¿Sabemos admitir honestamente la relatividad de nuestras propias convicciones políticas cuando otro trata de refutárnoslas? 

En este contexto, muchos de los más convencidos se vuelven sectarios de sus ideas y pierden cualquier sospecha de duda. Pero la amplia mayoría desarrolla una cultura política ‘naíf’, desprendida y escéptica ante lo político. 

No es de extrañar que en 2002, en plena época de bonanza económica y bajo desempleo, la política suscitara a los españoles ‘desconfianza’ (28,8%), ‘indiferencia’ (27,2%) y ‘aburrimiento’ (14,8%), y que el 65,4% nunca o raramente hablara de política con otras personas.

¿Quizá esto pueda cambiar con el renovado interés por la política que ha traído la crisis económica actual, tal como nos explicaba Carol Galais?

Para Medvic, esta cultura de la desconfianza se manifiesta en una visión hipercrítica de la política y de los políticos, que se traduce en los frecuentes prejuicios con que muchos ciudadanos abordan tanto la vida pública como la vida privada de los políticos.

En cuanto a la vida pública, los ciudadanos suelen reprochar a sus representantes el populismo, el electoralismo y el partidismo de sus planteamientos. Por un lado, los políticos tienden a abusar de los mensajes populistas para atraerse el apoyo de los ciudadanos. Pero no es menos cierto que los ciudadanos parecen muy proclives a responder positivamente a las ofertas más populistas que les hacen sus representantes, siempre que estas puedan resultarles individualmente beneficiosas. 

Por otro lado, suele reprocharse que los políticos estén pensando siempre en las próximas elecciones. Ciertamente suele ser así, aunque con ello olvidamos que el horizonte electoral es el principal estímulo para que los políticos traten de mantener y reforzar el apoyo de sus electores, y, por lo tanto, les incentiva a una cierta rendición de cuentas y un seguimiento atento de las preferencias de estos. 

Finalmente, se acusa a los políticos de mostrarse siempre excesivamente partidistas en sus posiciones y demasiado críticos de entrada con las propuestas de sus adversarios. No obstante, hay que recordar la importancia que los electores dan a la claridad –a menudo simplista– en las posiciones políticas de sus representantes. Muchos electores son incluso más propensos a votar ‘en contra’ de otras posiciones o líderes políticos que a favor de su propio partido.

La valoración respecto de la vida privada de los políticos es si cabe aún más dura. Tenemos ciudadanos hipercríticos con las cualidades morales de sus representantes, a los que se les recrimina cualquier atisbo de ambición personal –a pesar de que una cierta dosis de ambición resulta inexcusable para soportar los elevados costes personales que genera la participación en política, como recuerda el Joseph A. Schlesinger en su clásico Ambition and politics (Rand McNally, 1966)– y de hipocresía –aunque esta sea en buena medida necesaria para mantener la convivencia cordial del sistema político en general y el ‘fair play’ en la disputa política en particular, como señala David Runciman en su 'Political hypocrisy' (Princeton University Press, 2010)–.

Y por encima de todo, los ciudadanos se muestran tremendamente exigentes en términos morales ante la mentira, el engaño y el uso de lo público en beneficio propio. El 60,6% de los españoles consideran que la desconfianza ante los políticos está relacionada con la corrupción que supuestamente muchos practican. 

El problema es que no sólo luego esa exigencia moral no se traduce automáticamente en castigo electoral ante los políticos, sino que los propios ciudadanos parecen sucumbir demasiadas veces a la tentación de tales defectos, o al menos se muestran socialmente más permisivos de lo que sugieren sus expectativas políticas.