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23/3/24

“Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Por primera vez en dos siglos, se ve al capitalismo como algo destructivo e irreversible. La pérdida de la fe en la posibilidad de un futuro poscapitalista ha alimentado un pesimismo profundo... Es la falta de una visión redentora lo que sostiene, y en parte define, el pesimismo prevaleciente de hoy... Frente a una opción entre capitalismo parasitario y neofascismo emergente, el pesimismo es razonable. Pero considerando que ni el fin del mundo ni el fin del capitalismo parecen inminentes, sigue vigente el interrogante: ¿adónde vamos ahora? (Robert Skidelsky)

 "En 2023, el crítico literario Fredric Jameson observó brillantemente que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Por primera vez en dos siglos, observó, se veía al capitalismo como algo destructivo e irreversible. La pérdida de la fe en la posibilidad de un futuro poscapitalista ha alimentado un pesimismo profundo.

Esta desesperación prevaleciente evoca el ensayo de 1930 de John Maynard Keynes “Las posibilidades económicas de nuestros nietos”, en el que advertía sobre los “dos errores opuestos del pesimismo”. El primero era el pesimismo “de los revolucionarios que piensan que las cosas están tan mal que nada nos puede salvar si no un cambio violento”. El segundo era el pesimismo de los reaccionarios que consideran que las estructuras económicas y sociales son “tan precarias que no debemos arriesgarnos a ningún experimento”.

En respuesta a los pesimismos de su época, Keynes ofrecía una visión alternativa que predecía que la tecnología introduciría una era de abundancia sin precedentes. En el lapso de un siglo, sostenía, el continuo progreso tecnológico elevaría los estándares de vida -al menos en el mundo “civilizado”- entre 4 y 8 veces por encima de cómo eran en los años 1920. Esto permitiría que los nietos de su generación trabajaran una fracción de las horas que habían trabajado sus ancestros.

La teoría del empleo de corto plazo por la cual Keynes es muy reconocido era parte de esta visión más amplia de la utopía tecnológica. En su opinión, administrar la economía en su capacidad máxima era la ruta más rápida para pasar de la necesidad a la libertad. Una vez que alcanzamos este objetivo, la “dentistería” económica que preocupaba a Keynes se volvería redundante. Nuestra atención luego podría virar a “nuestros problemas reales”, los de “la vida y las relaciones humanas, la creación, el comportamiento y la religión”.

Si bien para Keynes las ideas de Karl Marx eran incomprensibles, su visión de un futuro poscapitalista se asemejaba a la de Marx en La ideología alemana. Marx consideraba que el capitalismo era un medio para resolver el problema de la producción, mientras que el comunismo era visto como una manera de administrar la distribución, eliminando así la necesidad de una división de la mano de obra.

Al igual que Keynes, la visión del futuro de Marx abogaba por el aficionado cultivado, un rol tradicionalmente reservado para la aristocracia. Marx avizoraba una sociedad en la que uno pudiera “cazar por la mañana, pescar por la tarde, criar ganado por la noche” y “criticar después de cenar”, sin estar confinado al rol de cazador, pescador, pastor o crítico. Al igual que Keynes, veía al capitalismo como un calvario que la humanidad tenía que transitar para que se pudiera democratizar la buena vida.

Si bien Keynes y Marx veían al capitalismo como un mal necesario, ambos se oponían a los esfuerzos apresurados por abolirlo o por interferir demasiado enérgicamente en su mecanismo. Keynes advertía sobre el desmantelamiento prematuro del sistema capitalista a través de la redistribución de la riqueza y del ingreso, mientras que Marx creía que los intentos reformistas por humanizar al capitalismo no harían más que demorar la revolución. Estas posturas rígidas, en definitiva, resultaron ser demasiado extremas para los keynesianos y los socialistas que pretendían establecer democracias sociales keynesianas a mediados del siglo XX.

Pero, a pesar de sus visiones utópicas de un mundo poscapitalista, Keynes y Marx tenían visiones esencialmente diferentes de cómo superar al “monstruo” capitalista, producto de sus distintas interpretaciones del sistema. Para Keynes, el capitalismo era una deformación espiritual que se había propagado por la civilización occidental por el vector del puritanismo y que, naturalmente, se extinguiría una vez que dejara de ser necesario. En una era de abundancia, “al amor por el dinero como una posesión -a diferencia del amor por el dinero como un medio para los placeres y las realidades de la vida- se lo reconocería por lo que es”, una “morbilidad un tanto desagradable” que uno “entrega con un escalofrío a los especialistas en enfermedades mentales”.

Marx, por el contrario, no veía al capitalismo como una aflicción psicológica; lo veía, más bien, como un sistema político y social en el que la clase capitalista monopolizaba la propiedad y el control de la tierra y del capital. Este dominio permitía a los capitalistas extraer un valor adicional de los trabajadores, cuyo único bien vendible era su fuerza de trabajo. El capitalismo, sostenía Marx, no desaparecería así nomás; tendría que ser derrocado, pero no antes de que se hubiera alcanzado plenamente su potencial creativo.

El retrato del capitalismo de Marx como una fuerza creadora estaba arraigado en la dialéctica de Hegel e influenciado significativamente por la novela de Mary Shelley de 1818 Frankenstein o el moderno Prometeo. Otra fuente de inspiración fue Fausto de Goethe, donde Mefistófeles es caracterizado como un ejecutor diligente del plan de Dios para la redención humana.

En muchos sentidos, el pesimismo de hoy es más profundo que el que Keynes identificaba en 1930. Los revolucionarios izquierdistas todavía añoran una caída del capitalismo, pero no han sabido ofrecer una alternativa política viable desde el colapso del comunismo soviético. Por su parte, el conservadurismo ha evolucionado en la “derecha radical”, caracterizada por el resentimiento y el chauvinismo, pero que carece de una visión coherente para un futuro armonioso. Ninguna de las partes parece ofrecer una luz al final del túnel.

Es la falta de una visión redentora lo que sostiene, y en parte define, el pesimismo prevaleciente de hoy. Mientras que Keynes y Marx creían en el poder emancipador de las máquinas, la tecnología hoy es vista, en general, como una amenaza, aún si la tecnología y nuestro futuro siguen profundamente entrelazados. De la misma manera, Keynes y Marx suponían que el capitalismo caería mucho antes de que la naturaleza se rebelara en contra de su explotación; ahora enfrentamos la amenaza existencial del cambio climático, con pocas esperanzas de un esfuerzo global exitoso para combatirlo. Más alarmante aún es el hecho de que la confianza pública en la capacidad de los sistemas democráticos para ofrecer un progreso significativo se está erosionando a pasos acelerados.

Frente a una opción entre capitalismo parasitario y neofascismo emergente, el pesimismo es razonable. Pero considerando que ni el fin del mundo ni el fin del capitalismo parecen inminentes, sigue vigente el interrogante: ¿adónde vamos de ahora en más?"

( Robert Skidelsky, Revista de prensa, 22/03/24, Este artículo se publicó originalmente en Project Syndicate.)

4/12/23

Por qué es importante la economía del mundo real... Si la economía de mercado dominante no puede explicar muy bien el mundo real, entonces necesitamos nuevas teorías que guíen nuestras decisiones políticas ¿Cuál debería ser esa nueva economía? Permítanme recordarles algunas de las grandes cuestiones económicas que nos afectarán a todos mucho más que cualquier cosa, como si se deben aumentar o reducir los impuestos sobre la renta... En primer lugar, el cambio climático, ¿Cuáles son las teorías y políticas económicas que pueden lograr la reducción de las emisiones? Luego está la cuestión de la pobreza mundial y la creciente desigualdad de riqueza e ingresos entre las naciones de todo el mundo y dentro de las naciones ¿Qué podemos hacer al respecto? Luego está la tecnología del siglo XXI, la inteligencia artificial... calculan que desaparecerán 300 millones de puestos de trabajo en todo el mundo. Esta es otra área vital para la economía del mundo real... La economía y los economistas deberían utilizar sus conocimientos y el método científico para comprender el panorama general y contribuir así a hacer un mundo mejor para todos (Michael Roberts)

 "El pasado fin de semana pronuncié una conferencia magistral en la London School of Economics ante los estudiantes de economía de la Open University británica con motivo de su Día de la Economía. Esta es una transcripción de mi presentación.

Hoy me han pedido que hable sobre el tema: ¿Por qué importa la "economía del mundo real"?  El título suscita algunas preguntas:  ¿Qué es la economía del mundo real? Y esto implica que hay una economía que no tiene que ver con el mundo real.  Y si existe una economía del mundo real, ¿qué puede aportar para hacer un mundo mejor para todos nosotros?

La economía del mundo real debería consistir en comprender lo que ocurre en el mundo que nos rodea: qué causa la inflación, el desempleo, la pobreza, la desigualdad, el cambio climático, etc. Y cuáles son las respuestas de la política económica. Y cuáles son las respuestas de política económica. Pero hay un problema.  Lo que yo llamo economía dominante no discute ni trata muy bien estas cuestiones del mundo real.

Me viene a la mente un ejemplo directamente relacionado con este mismo edificio.  En plena Gran Recesión de 2008 y 2009, cuando todas las principales economías sufrían una fuerte y profunda caída de la producción nacional, el empleo y los ingresos medios, tras un colapso colosal de los sistemas bancario y financiero, la Reina Isabel visitó la London School of Economics.

Al entrar en este mismo edificio, preguntó al grupo de eminentes economistas que se reunió con ella: "¿Por qué nadie lo vio venir?".  En otras palabras, preguntó por qué nadie había predicho el colapso financiero y la subsiguiente recesión, la peor desde los años de la depresión de 1930. Los eminentes economistas se quedaron perplejos ante la pregunta de la Reina sobre el mundo real.  Tardaron tres meses en responder, en una carta de tres páginas publicada y dirigida a la Reina.

Cito: "Todo el mundo parecía estar haciendo bien su trabajo por méritos propios. Y según las medidas estándar de éxito, a menudo lo hacían bien. El fallo fue no ver cómo colectivamente esto se sumaba a una serie de desequilibrios interconectados sobre los que ninguna autoridad tenía jurisdicción". Creo que los economistas estaban diciendo que sus teorías parecían estar bien, pero entonces un montón de cosas diferentes que conocían de alguna manera se unieron en una tormenta perfecta para crear la crisis y que no podían haber previsto.

Seis meses más tarde, la Reina visitó el Banco de Inglaterra y uno de los principales expertos en política financiera del Banco se detuvo ante la Reina para decirle que le gustaría responder a la pregunta que ella planteó por primera vez a los economistas de la LSE.  Dijo a la Reina que las crisis financieras son un poco como los terremotos y las pandemias de gripe, raras y difíciles de predecir, y le aseguró que el personal del Banco estaba allí para ayudar a prevenir otra.  El Príncipe Felipe no desaprovechó la oportunidad: "Entonces, ¿se avecina otra?".  No hubo respuesta.

Pero este es mi punto.  No se trata sólo de que los economistas no se dieran cuenta de que se trataba de algo "inesperado", como el impacto de un asteroide en la Tierra, una sacudida para un sistema económico que funcionaba perfectamente. Sus teorías descartaron por completo esa posibilidad.

Robert Lucas es un eminente economista de la corriente dominante, de hecho ganador del Premio Nobel de Economía. En 2003, unos cinco años antes de la crisis financiera mundial, declaró que "la macroeconomía ha tenido éxito: Su problema central de prevención de la depresión se ha resuelto, a todos los efectos prácticos, y de hecho se ha resuelto durante muchas décadas".

Eugene Fama es otro premio Nobel de Economía.  Su premio es por demostrar que los mercados funcionan eficientemente y, siempre que usted y yo y todo el mundo tenga suficiente información sobre lo que está pasando, entonces el mercado garantizará el pleno empleo, un crecimiento constante y el aumento de los ingresos para todos.  Es la Hipótesis de los Mercados Eficientes (HME). Tras la Gran Recesión, le preguntaron a Fama qué había fallado.  Respondió: "No sabemos qué causa las recesiones. Nunca lo hemos sabido". Hasta hoy se sigue debatiendo qué causó la Gran Depresión. La economía no es muy buena para explicar las oscilaciones de la actividad económica".

Hasta ahora he hablado de un acontecimiento económico y de una vertiente de explicación: lo que he llamado la economía dominante y su incapacidad para prever o afrontar ese acontecimiento, es decir, el colapso financiero mundial de los bancos y una profunda contracción del empleo y los ingresos a nivel mundial.  Un problema real pero sin respuesta por parte de la corriente dominante. Pero eso plantea la cuestión de que si la economía de mercado dominante no puede explicar muy bien el mundo real, entonces necesitamos nuevas teorías para guiar nuestras decisiones políticas.

Y hay otras teorías.  De hecho, podemos clasificar la economía en varias escuelas, con la división principal entre "corriente principal" y "heterodoxa".  En la corriente principal, tenemos dos grandes subdivisiones.  La primera se denomina escuela neoclásica.  Esta escuela parte del supuesto básico de que un "mercado libre", es decir, sin interferencias ni imperfecciones causadas por monopolios, sindicatos o el gobierno, producirá una mejora económica armoniosa en lo que se denomina un "equilibrio general".  Como dijo un economista neoclásico: "La economía de mercado es como un lago o un estanque tranquilo.  A veces, una roca o una piedra pueden perturbarlo, una sacudida para el entorno tranquilo, pero, con el tiempo, si cesan esas interferencias, las ondas en el estanque disminuirán y el estanque volverá a estar en calma".

Dentro de la corriente dominante, existe también la escuela keynesiana, llamada así por las teorías de John Maynard Keynes, el gran economista británico del siglo XX.  La teoría keynesiana rechaza la idea de equilibrio de la escuela neoclásica.  Los keynesianos piensan que el modelo neoclásico no es economía del "mundo real".  Los keynesianos sostienen que las economías de mercado a veces entran en "desequilibrio", lo que provoca depresiones y desempleo, de los que las economías no salen a menos que los gobiernos intervengan con medidas como imprimir más dinero o aumentar el gasto público para restablecer el equilibrio.

Pero tanto la escuela neoclásica como la keynesiana están de acuerdo en una cosa: que un sistema basado en el mercado es la única forma viable de economía.  Sólo que una escuela piensa que un crecimiento "armonioso" puede lograrse mediante un mercado libre sin interferencias y la otra piensa que el gobierno y los bancos centrales deben intervenir para corregir cualquier desequilibrio.

Pero la economía dominante parte de un supuesto que no ha demostrado, a saber, que una economía de mercado en la que las empresas emplean a personas como nosotros para producir bienes y servicios que venden en un mercado a cambio de dinero -y, lo que es más importante, de beneficios para los propietarios y accionistas de esas empresas- es la única forma de organizar la producción y distribución de las cosas que necesitamos los seres humanos.

Pero la economía de mercado no siempre ha existido; de hecho, sólo existe desde hace unos 250 años.  Antes había economías feudales en las que los campesinos o siervos trabajaban la tierra para sus amos, que consumían los productos.  Este sistema existió durante más de 1.000 años.  Antes hubo economías esclavistas en las que las personas capturadas en guerras eran obligadas a trabajar para sus amos; ese sistema existió durante miles de años.

Hago esta observación porque debemos ser conscientes de que la forma en que se gestionan ahora las economías no siempre ha sido así y puede que no perdure como la mejor forma de satisfacer las necesidades de la humanidad.  De hecho, en mi opinión, la economía de mercado muestra signos significativos de no lograrlo. Así que puede haber otras formas de organización económica.

Como tal, hay economistas que tienen serias críticas contra la corriente principal de la economía de mercado.  Existe lo que podemos llamar las escuelas heterodoxas de economía - el término significa lo que dice, fuera de la corriente principal ortodoxa.  Dentro de esta amplia corriente, estos economistas destacan el comportamiento irracional de los mercados y la inestabilidad inherente a la economía de mercado.  Entre ellos se encuentra la escuela marxista, que sostiene que la economía de mercado siempre tendrá crisis que el mercado no podrá resolver y que, por tanto, la economía de mercado (llamada capitalismo por los marxistas) debe ser sustituida por una economía planificada basada en la propiedad común de todos los productores.

La escuela heterodoxa es muy crítica con la corriente dominante.  De hecho, hace casi exactamente seis años, destacados economistas heterodoxos celebraron un seminario aquí mismo, en la LSE, sobre el estado de la economía dominante, tal y como se enseña en las universidades.  Lo iniciaron clavando en la puerta de este edificio un cartel con 33 tesis que criticaban la economía dominante. (Puede buscarlo en Google). Era el 500 aniversario de cuando Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la iglesia del castillo de Wittenberg, lo que provocó el inicio de la reforma protestante contra la "única religión verdadera" del catolicismo.

Los economistas heterodoxos nos decían que la economía dominante era como el catolicismo y que había que protestar contra ella como hizo Lutero en 1517.  Como ellos decían: "La economía está rota".  Desde el cambio climático hasta la desigualdad, la economía dominante (neoclásica) no ha proporcionado las soluciones a los problemas a los que nos enfrentamos y, sin embargo, sigue siendo dominante en el gobierno, el mundo académico y otras instituciones económicas. Es hora de una nueva economía".

¿Cuál debería ser esa nueva economía? Recientemente, Benoît Cœuré, destacado miembro francés del Comité Ejecutivo del Banco Central Europeo, pronunció un discurso como el que yo les estoy dirigiendo a ustedes, ante estudiantes de economía de la Escuela de Economía de París, por así decirlo, la universidad hermana de la LSE. Cœuré dijo a su audiencia estudiantil que "la economía es una ciencia social. Los modelos no nos quitarán la carga y la responsabilidad de hacer juicios. La economía implica mucho ensayo y error: hay que tomar decisiones en la niebla, cuando apenas se ve la mano delante de la cara. Esto hace que nuestra profesión sea apasionante".

Para mí, la economía es una ciencia, aunque una ciencia social que trata con seres humanos, no una ciencia física.  Como ciencia, requiere un método científico. Para mí, eso significa que se parte de una hipótesis con supuestos realistas que se han "abstraído" de la realidad y, a continuación, se construye un modelo o conjunto de leyes que pueden contrastarse con las pruebas.  El modelo puede utilizar las matemáticas para afinar su precisión, pero al final son las pruebas las que deciden. En mi opinión, al igual que los físicos y los astrónomos, los economistas también deben ser capaces de desarrollar teorías sobre las economías del mundo real y probarlas empíricamente para poder hacer predicciones y, con suerte, evitar las crisis económicas que las economías modernas sufren con regularidad.

Hasta ahora he hablado de los grandes acontecimientos, como la Gran Recesión, y de la contribución o el fracaso de la economía dominante a la hora de predecirlos o explicarlos, o de proporcionar políticas económicas eficaces para remediarlos y evitar más en el futuro. Pero gran parte de la economía dominante no tiene que ver con estos grandes acontecimientos. En su conferencia de París, Benoit Cœuré rechazó la crítica de que los economistas no supieron predecir el estallido de la crisis financiera. "Esta crítica no tiene sentido. ¿Esperamos que los médicos predigan las enfermedades? Por supuesto que no. Pero esperamos que nos ayuden a curar enfermedades.  Los economistas deberían hacer lo mismo".  Así que el trabajo de la economía no es pronosticar o predecir, sino desarrollar políticas para curar los desaguisados que surjan.

Este es un tema común entre los economistas.  Otra reciente ganadora del Nobel, Esther Duflo, opinaba que los economistas deberían renunciar a las grandes ideas y limitarse a resolver problemas como los fontaneros "colocan las tuberías y arreglan las goteras".  Los economistas son más ingenieros que físicos.  Keynes sostenía algo parecido: que los economistas deberían ser como dentistas que solucionan los problemas iniciales para que el capitalismo pueda funcionar sin problemas.

Duflo considera que la analogía de los fontaneros significa que el método científico puro de analizar causa y efecto era menos importante que las soluciones prácticas.  Así pues, los economistas deberían parecerse más a los médicos que a los investigadores médicos. Fontaneros, dentistas, ingenieros, médicos... pero no, al parecer, científicos sociales.

Pero, ¿son los médicos lo único que importa en la salud humana? En realidad, la mejora de las aptitudes de los médicos para tratar a los pacientes una vez que han enfermado procede de los descubrimientos científicos sobre las enfermedades, la biología y el medio ambiente.  El éxito de los fármacos y las prácticas médicas es el resultado de aprender cuál es la causa de la enfermedad.

En la época medieval, los médicos aplicaban todo tipo de tratamientos inútiles y peligrosos (sanguijuelas, etc.) porque desconocían los "gérmenes" (bacterias o virus).  El cólera acabó desapareciendo gracias a un estudio geográfico realizado en Londres que demostró su prevalencia cerca de pozos de mala calidad.  La malaria y la viruela se resolvieron descubriendo los portadores de las bacterias en diversos animales.  Después vinieron los tratamientos médicos.

Por supuesto, eso no significa que la economía no consista en entender una economía a nivel micro o pequeño y proponer políticas para cambiar las cosas a mejor: los impuestos adecuados para recaudar fondos para los programas gubernamentales y lograr una mayor igualdad; los precios máximos adecuados para frenar los precios de la energía; las tasas de congestión adecuadas para reducir el tráfico de combustibles fósiles, un análisis claro de costes y beneficios para calibrar si el ferrocarril HS2 debe construirse o no.  Esto también forma parte de la economía.

De hecho, este es el tipo de economía y elaboración de políticas que hacen la mayoría de los economistas y probablemente la forma en que usted se ganaría la vida si se graduara y siguiera en economía. Y podrías hacerlo bien.  Couere explicaba a sus alumnos de París que ser economista era algo estupendo y bien pagado. "Para muchos, un máster es un paso natural hacia un doctorado. Y un doctorado es esencialmente una promesa de empleo. En Estados Unidos, por ejemplo, la tasa de desempleo de los doctores en economía es del 0,8%, la más baja de todas las ciencias.  No es un mal punto de partida".  Pero según Couere, el dinero es menos importante porque "tu doctorado debe estar alimentado por tu pasión y tu amor por la investigación más que por la esperanza de ganar más dinero".

Estoy seguro de que a todos ustedes les ocurre lo mismo.  Sin embargo, debo ser franco.  La experiencia de Cœuré en el sector público puede ser diferente de la de quienes hemos trabajado en el sector privado.  Habiendo trabajado en el sector privado, en bancos y otras instituciones financieras en mi "carrera", el asesoramiento en política económica y mejorar las cosas para todos no es el objetivo, sino "cómo hacer dinero". La economía se orienta a la estrategia empresarial para obtener beneficios en la producción y el comercio o a la estrategia de inversión para obtener beneficios en la especulación financiera.

En mi opinión, la economía del mundo real debe tener una visión global. Los economistas no deben ser sólo médicos, sino científicos sociales, o más exactamente, deben desarrollar una economía que reconozca las fuerzas sociales más amplias que impulsan los modelos económicos.  Es lo que se llama economía política, que no suele enseñarse en las universidades. Permítanme recordarles algunas de las grandes cuestiones económicas que nos afectarán a todos mucho más que cualquier cosa como si se construye la línea de ferrocarril HS2 o si se deben aumentar o reducir los impuestos sobre la renta.

En primer lugar, el calentamiento global y el cambio climático.  La Cop28 internacional se está reuniendo ahora mismo en Dubai para estudiar cómo reducir las emisiones de gases de efecto invernadero: lo que se necesita es una reducción del 43% de las emisiones para finales de esta década si el mundo quiere evitar un aumento medio de la temperatura global de más de 2C por encima de los niveles preindustriales.

¿Cuáles son las teorías y políticas económicas que pueden lograr esa reducción?  Es preocupante saberlo, como ha señalado el propio Nicholas Stern, de la LSE, el economista climático más importante del mundo: "La economía ha contribuido muy poco a los debates sobre el cambio climático.  Por ejemplo, la prestigiosa revista Quarterly Journal of Economics, la más citada actualmente en el campo de la economía, no ha publicado nunca un artículo sobre el cambio climático".

Luego está la cuestión de la pobreza mundial y la creciente desigualdad de riqueza e ingresos entre las naciones de todo el mundo y dentro de las naciones.  Según el Banco Mundial, hay unos 3 650 millones de personas que viven con menos de 6,85 dólares al día.  Hay más de 700 millones de personas que pasan hambre a diario.  Hay más de 3.000 millones de personas que no siguen una dieta sana y, por tanto, enferman, son obesas o incluso se emborrachan.  ¿Es moralmente correcto, o incluso económico, que el 1% de la población adulta posea casi el 50% de toda la riqueza personal del mundo, mientras que el 50% de la población más pobre sólo posee el 1%?  ¿Qué podemos hacer al respecto?

Angus Deaton es un premio Nobel de Economía británico y experto en economía de la pobreza que trabaja en Estados Unidos.  En un libro reciente, Deaton afirma airadamente que "los economistas de la corriente dominante ignoran deliberadamente los crecientes niveles de desigualdad y el horrendo impacto de la pobreza, alegando que no es asunto de la economía". .... "Existe la firme creencia libertaria de que la desigualdad no es un tema de estudio propio de los economistas.  Incluso si te preocuparas por la desigualdad, sería mejor que te callaras y vivieras con ella".

Luego está la tecnología del siglo XXI: robots, automatización, inteligencia artificial, en particular la aparición de modelos superinteligentes de aprendizaje de idiomas (LLM).  ¿Has utilizado ya LLMs como ChatGPT para tu ocio -pero esperemos que no para escribir disertaciones automáticas para tus profesores?  Al parecer, cuatro de cada cinco adolescentes británicos lo utilizan para realizar trabajos escolares, según Ofcom, el regulador tecnológico. ¿Qué significa todo esto para tus futuros trabajos cuando te gradúes? ¿Te habrá sustituido la IA antes de que te gradúes?  Algunos economistas calculan que desaparecerán 300 millones de puestos de trabajo en todo el mundo.  Esta es otra área vital para la economía del mundo real.

Termino diciéndoles a todos: recuerden que hay un mundo ahí fuera más allá de las curvas de oferta y demanda y las fórmulas matemáticas.

La economía y los economistas no deberían limitarse a ser como dentistas que arreglan dientes, sino utilizar sus conocimientos y el método científico para comprender el panorama general y contribuir así a hacer un mundo mejor para todos.  Entonces quizá podamos evitar que el Rey Carlos nos visite en algún momento en el futuro y nos repita lo que dijo la Reina Isabel: "¿por qué no lo viste venir?".

(Michael Roberts, Brave New Europe, 03/12/23; Traducción realizada con la versión gratuita del traductor DeepL.com)

10/2/23

Michael Roberts: Keynes y la izquierda

 "Las teorías de John Maynard Keynes proporcionan un marco intelectual sólido para los puntos de vista que los sindicalistas siempre habían mantenido instintivamente y sabían que eran correctos" (TUC, 1968, p. 85).  

Las ideas y teorías de John Maynard Keynes siguen dominando los puntos de vista económicos y las propuestas políticas de los líderes del movimiento obrero en las principales economías capitalistas.  Se considera que Keynes ofrece una "tercera vía" entre la economía procapitalista de "libre mercado" que domina las universidades (y entre los asesores estratégicos del gobierno) y lo contrario de la peligrosamente revolucionaria economía marxiana.  Keynes sostenía que, con una serie juiciosa de medidas políticas, se puede hacer que el capitalismo funcione mejor y se puede gestionar para que satisfaga las necesidades de muchos, sin alterar la estructura social de la sociedad.

En este blog y en otros, he desarrollado una larga y detallada crítica de la economía keynesiana.  Pero baste decir ahora que la economía de libre mercado afirma que se alcanzará la prosperidad siempre y cuando los capitalistas estén libres de cualquier regulación (medioambiental, de seguridad, sanitaria, etc.) y de demasiados impuestos, mientras que los mercados se mantengan "competitivos" y libres de monopolios, especialmente en el "mercado laboral", es decir, los sindicatos.  Entonces los capitalistas podrán competir libremente para maximizar sus beneficios y, al hacerlo, invertirán en nuevas tecnologías para aumentar la productividad del trabajo y emplear a más trabajadores, cuyos salarios aumentarán.  Todo el mundo sale ganando.

Los keynesianos replican que el capitalismo de libre mercado ("economía del laisser-faire", la llamaba Keynes) no funciona porque la economía de mercado tiene fallas que generan una falta crónica de "demanda efectiva".  Mantener bajos los salarios para aumentar los beneficios significa que los capitalistas no pueden vender toda su producción y se ven obligados periódicamente a despedir trabajadores, con el consiguiente desempleo.  Es necesario que los gobiernos intervengan y eleven los niveles salariales y/o aumenten el gasto público para colmar la brecha en la demanda agregada.  Así se creará una demanda suficiente para que los capitalistas puedan vender sus productos y obtener beneficios.  Así pues, una macrogestión juiciosa de la economía de mercado puede funcionar para todos.

El punto de vista marxista es que no se trata de la falta de demanda o de salarios bajos o de desigualdad en la distribución de los ingresos, sino de un problema en el propio sistema de producción de beneficios.  La contradicción del capitalismo es que, a pesar de los esfuerzos de los capitalistas, la rentabilidad media caerá con el tiempo. Esto provoca crisis de producción recurrentes y regulares que no pueden ser resueltas por el "libre mercado" o la gestión macroeconómica keynesiana.

Este punto de vista marxista tiene poca tracción entre los economistas y los líderes del movimiento obrero. El dominio del pensamiento keynesiano entre la "izquierda" y en el movimiento obrero se expresó más claramente en el Reino Unido la semana pasada en un informe del Congreso de Sindicatos Británicos (TUC) sobre el estado de la economía británica y qué hacer al respecto.

El informe fue redactado y presentado por Geoff Tily, economista del TUC.  Tily es un antiguo y entusiasta seguidor de Keynes, cuya obra considera radical y pertinente para resolver los problemas del capitalismo del siglo XXI.  Su libro "Keynes Betrayed" (Keynes traicionado) está considerado como uno de los más destacados al defender que Keynes fue un reformador radical de la economía de mercado.

El informe del TUC ofrece un relato contundente (con hechos y cifras) del estremecedor fracaso del capital británico.  La economía británica no sólo se considera ahora "el enfermo de Europa", sino también del G7 y, de hecho, de las 30 principales economías del mundo, al menos según el FMI, que calcula que será la única economía importante que entre en recesión este año.

 El informe del TUC describe la economía británica como un "círculo vicioso", término utilizado por la actual portavoz laborista de economía, Rachel Reeves: "Este Gobierno ha obligado a nuestra economía a entrar en un bucle catastrófico, en el que el bajo crecimiento conduce a una subida de impuestos, una menor inversión, una reducción de los salarios y el desmantelamiento de los servicios públicos. Todo ello golpea de nuevo al crecimiento", Rachel Reeves, respuesta a la Declaración de Otoño, 17 de noviembre de 2022. Según el argumento del "círculo vicioso", la vasta erosión de alrededor de un tercio de la economía británica y el nivel de vida detenido de los trabajadores son consecuencia de las políticas de "austeridad" fiscal aplicadas desde 2010.  El informe del TUC hace referencia al antiguo marxista (ahora keynesiano) Paul Mason, que explica el bucle: "la oferta es deficitaria, pero la causa inmediata de esta deficiencia es la demanda agregada. Esto significa que los responsables políticos durante 2022 y en 2023 están intensificando la política contractiva frente a una demanda agregada deficiente."

 Así que el fracaso del capital británico se debe a las políticas de austeridad desde 2010 de recortar el gasto público creando una falta de demanda.  Se ignora lo que le ocurrió al capital británico antes de 2010.  La respuesta política es revertir la austeridad, aumentar el gasto público y los salarios y entonces la demanda agregada aumentará a través de lo que se llama el multiplicador keynesiano y así restaurar el crecimiento económico. "Con estos mecanismos identificados, se puede recuperar la prosperidad perdida".  

El informe del TUC critica a los izquierdistas que consideran que la crisis actual se debe a limitaciones de la oferta.  En su lugar, "lo que falla es que se están infrautilizando la capacidad y los recursos existentes y no que sólo haya que invertir para tener más capacidad".  El informe del TUC hace referencia a un artículo de James Meadway, quien sostiene que "el núcleo de la estrategia de la izquierda actual -incluido su programa para el medio ambiente- es la redistribución".  (Meadway). Puede que no sea lo que quiere decir Meadway, pero el informe del TUC quiere interpretar que no es necesario sustituir el modo de producción capitalista, sino que basta con hacer más justa la redistribución de la renta y la riqueza para que la economía dé un salto adelante.

El editorial del periódico The Guardian describía, en su loor de alabanzas, que el informe del TUC "se basa en gran medida en la reciente literatura de la 'Nueva macroeconomía', que a su vez recuerda las contribuciones históricas de J. A. Hobson (1858-1940) y J. M. Keynes (1883-1946). Éstas hacen hincapié en la relación entre un rendimiento demasiado alto de la riqueza y un rendimiento demasiado bajo del trabajo, así como en las teorías de la sobreproducción y el subconsumo. Más que una oferta deficiente, el problema subyacente de la economía mundial es una oferta excesiva en un contexto de demanda deficiente".  En serio: ¡oferta excesiva!

Según el informe del TUC, el problema es que el "desequilibrio excesivo hacia la riqueza del trabajo distorsiona la actividad económica a través de una dislocación entre la producción agregada y el poder adquisitivo agregado. Por un lado, unos salarios demasiado bajos ponen los bienes y servicios fuera del alcance de los trabajadores. Por otro, los ingentes recursos de los ricos no compensan porque están relativamente menos interesados en bienes y servicios ..... Por lo tanto, el consumo se queda corto y el resultado es la sobreproducción".

 De este modo, Tily nos presenta sin ambages una teoría de las crisis basada en el subconsumo.  Como él mismo dice, la lógica de su argumentación "lleva a la conclusión vital de que el subconsumo y la sobreproducción son concepciones relativas: la producción sólo es excesiva en relación con un poder adquisitivo y una remuneración deficientes. De ello se deduce que un mejor equilibrio entre trabajo y capital permitirá una mayor producción en sentido absoluto". Este análisis siempre ha atraído a la izquierda, sobre todo motivando el Manifiesto Laborista de 1945: la sobreproducción no es la causa de la depresión y el desempleo; es el subconsumo el responsable (subrayado mío)".

Esta burda teoría del subconsumo de las crisis fue refutada por Marx hace 160 años y se ha demostrado empíricamente errónea a lo largo del tiempo.  Ni siquiera es estrictamente la teoría de Keynes.  Pero aparentemente es la base del análisis actual del TUC. ¿Cuál es la causa de este subconsumo crónico?  Según Tily, es que la inversión no puede ampliar la capacidad si los tipos de interés, el coste de los préstamos, son demasiado altos.  Keynes demostró que son los altos tipos de interés fijados por el capital financiero los que debilitan el capital productivo, no la rentabilidad subyacente del capital productivo.  Como dice Tily "El punto central de su análisis y de gran parte de su trabajo práctico fue asegurar una reducción permanente del tipo de interés a largo plazo".  De hecho, acabar por completo con el dominio del capital financiero, "la eutanasia del rentista", como lo llamó Keynes.

No queda claro cómo iba a lograrse esto, dado el creciente papel del capital financiero en las economías modernas.  La reforma del sector financiero a través de la "regulación" es aparentemente la medida política.  ¡Buena suerte con eso!  El TUC y Tily nunca abogan por la propiedad pública de los grandes bancos y el cierre de los fondos especulativos de cobertura y los bancos de inversión.  Tales políticas son tabú.

 Además, ¿cómo se explica que los bajísimos tipos de interés de los que ha disfrutado Gran Bretaña en los últimos 20 años no hayan propiciado una inversión y un crecimiento más rápidos del sector productivo?  La respuesta de Tily es que "hay que distinguir entre las políticas de bajos tipos de interés de Keynes y la forma de la política monetaria en la última década. Keynes buscaba tipos de interés bajos sobre todo para reforzar la inversión en capital fijo, y preveía medidas internas en el contexto del control de capitales en el ámbito internacional.  En la actualidad, las políticas de tipos de interés bajos se enmarcan en un régimen mundial totalmente desregulado. En lugar de fomentar la producción nacional, los tipos bajos se han reciclado para obtener grandes beneficios en un terreno más especulativo".

Tal vez sea así, pero eso sigue planteando la pregunta: ¿por qué esta vez el crédito barato ha sido invertido por los bancos y las grandes empresas en especulación financiera y no en inversión productiva (como, según Tily, ocurría en la Edad de Oro)?  La razón seguramente es que ahora es más rentable hacer lo primero que lo segundo.  En la edad de oro posterior a la Segunda Guerra Mundial, la rentabilidad era alta en los sectores productivos y el sector financiero no era dominante.  Es la caída de la rentabilidad lo que ha provocado el paso a la especulación financiera.

Curiosamente, Tily se retracta ligeramente de su opinión de que es la teoría de Keynes sobre los tipos de interés y no la rentabilidad la que proporciona la explicación de las crisis, cuando admite que "sobre bases teóricas, la idea (del lado de la oferta) de una caída de la tasa de beneficio puede seguir siendo persuasiva y considerarse reivindicada por los resultados de la productividad en un horizonte a largo plazo".

Y Tily continúa admitiendo que Keynes no era un reformista radical como él afirma, ya que se oponía firmemente a la economía marxiana.  "Keynes estaba en el registro haciendo comentarios estúpidos, por ejemplo en su (1925) 'A short view of Russia': "¿Cómo puedo adoptar un credo que, prefiriendo el fango al pescado, exalta al proletariado grosero por encima de los burgueses y los intelectuales que, con cualesquiera defectos, son la calidad de vida y seguramente llevan la semilla de todo avance humano?". (CW IX, p. 258) De hecho, Keynes se negó a apoyar al partido laborista en la década de 1930, alineándose con los liberales porque el laborismo era "un partido de clase y la clase no es mi clase. La guerra de clases me encontrará del lado de la burguesía educada".

En cuanto al apoyo a los aumentos salariales para resolver las crisis, Keynes no era tan partidario de aumentar los salarios como solución a una depresión.  "en general, un aumento del empleo sólo puede producirse con el acompañamiento de un descenso de la tasa de los salarios reales. Así pues, no discuto este hecho vital que los economistas clásicos han afirmado (con razón) como imprescriptible". De hecho, Keynes en sus últimos años enfatizó cada vez más la corrección de la "economía de libre mercado, lo que él llamaba "economía clásica".  "No supongo que la medicina (neo)clásica funcione por sí misma ni que podamos depender de ella. Necesitamos ayudas más rápidas y menos dolorosas. Pero, a la larga, estos expedientes funcionarán mejor y los necesitaremos menos, si también actúa la medicina clásica. Y si rechazamos por completo la medicina de nuestros sistemas, es posible que vayamos a la deriva de apaño en apaño y nunca volvamos a estar realmente en forma". Keynes 1940.

Esto es lo que dijo Keynes en sus últimos años: "Si nuestros controles centrales consiguen establecer un volumen agregado de producción que corresponda al pleno empleo lo más cerca posible de lo practicable, la teoría clásica vuelve a cobrar sentido a partir de este momento". Así pues, una vez alcanzado el pleno empleo, podemos prescindir de la planificación y de la "inversión socializada" y volver al libre mercado y a la economía y política neoclásicas dominantes: "el resultado de rellenar las lagunas de la teoría clásica no es prescindir del 'Sistema de Manchester' (mercados 'libres' - MR), sino indicar la naturaleza del entorno que el libre juego de las fuerzas económicas requiere para poder realizar todas las potencialidades de la producción".

Cuando el archi-libremercadista Friedrich Hayek publicó su libro Camino de servidumbre, que predicaba que el control estatal acabaría con la "democracia" y la libertad de la economía de mercado, Keynes escribió a Hayek: "moral y filosóficamente me encuentro de acuerdo con prácticamente la totalidad del mismo; y no sólo de acuerdo con él, sino profundamente conmovido".

Como concluyó: "En su mayor parte, creo que el capitalismo, sabiamente gestionado, puede probablemente ser más eficiente para alcanzar fines económicos que cualquier sistema alternativo aún a la vista, pero que en sí mismo es en muchos aspectos extremadamente objetable. Nuestro problema es elaborar una organización social que sea lo más eficiente posible sin ofender nuestras nociones de un modo de vida satisfactorio". El ánimo de lucro debe permanecer: "La pérdida de beneficios puede deberse a todo tipo de causas, pero, a falta de pasar al comunismo, no hay posibilidad de curar el desempleo si no es devolviendo a los empresarios un margen de beneficio adecuado." Como Keynes argumentó que "La prosperidad económica es... dependiente de una atmósfera política y social que sea congenial al empresario medio".   Difícilmente son comentarios de un reformista radical.

Tily y la hornada de economistas keynesianos que intervinieron en la presentación del informe del TUC siempre se remiten a los días dorados de la década de 1960, cuando supuestamente las políticas keynesianas funcionaban y se lograba una economía próspera mediante la gestión de la economía. Pero esto es un mito.  En la década de 1970 aumentaron el desempleo y la inflación, y disminuyó la rentabilidad del capital.  ¿Cómo fue posible si las políticas keynesianas tuvieron tanto éxito?

A diferencia de Keynes, Marx decía que la clave para entender el modo de producción capitalista residía en la naturaleza de la producción para vender mercancías en un mercado con fines de lucro. El beneficio era la clave. Ahora bien, los capitalistas tienen que utilizar parte de ese beneficio para pagar los intereses de los préstamos o los alquileres de las propiedades y, si estos "rentistas" (banqueros y terratenientes) aprietan demasiado al capitalista que tiene beneficios, claro que podrían provocar una crisis de la inversión.  Pero incluso si los tipos de interés son bajos o nulos e incluso si los alquileres son bajos o nulos, seguiría habiendo crisis, caídas y depresiones. ¿Por qué? Porque la renta, el interés y el beneficio proceden de la plusvalía, y no al revés.

Keynes y Tily dicen que la crisis se produce por una falta de "demanda efectiva", es decir, por una caída inexplicable de la inversión y el consumo y esto hace que caigan los beneficios y los salarios. Marx dice: empecemos por los beneficios. Si los beneficios caen, entonces los capitalistas dejarían de invertir, despedirían trabajadores y los salarios caerían y el consumo caería. Entonces habría una falta de demanda efectiva, como les gusta decir a los keynesianos, pero esto no se debería a una caída de los "espíritus animales", o de la "confianza" (a menudo oímos esa frase de los economistas, "falta de confianza"), o incluso debido a unos tipos de interés "demasiado altos", sino porque los beneficios han bajado. El problema reside en la naturaleza de la producción capitalista, no sólo en el sector financiero.

Las políticas diseñadas para reducir los tipos de interés, o incluso para poner en marcha algo de gasto público, es decir, las políticas keynesianas, no evitarían estas caídas ni siquiera pondrían en marcha la recuperación. De hecho, un mayor gasto en prestaciones sociales y desempleo podría hacer subir los impuestos y un mayor endeudamiento podría hacer subir los tipos de interés. Y una mayor inversión pública que sustituyera o invadiera la inversión del sector privado podría ser perjudicial para la rentabilidad del capital. Así que las políticas keynesianas podrían incluso retrasar la recuperación económica.

De hecho, las políticas de austeridad de la mayoría de los gobiernos no son tan descabelladas como piensan los keynesianos. Las políticas de austeridad son perfectamente racionales: se derivan de la necesidad de reducir los costes, especialmente los salariales, pero también los fiscales y los de intereses, y de la necesidad de debilitar el movimiento obrero para poder aumentar los beneficios. Es una política perfectamente racional desde el punto de vista del capital, razón por la cual las políticas keynesianas nunca se introdujeron en ningún grado en la década de 1930.

El análisis de Marx muestra que el sistema capitalista no sólo sufre un "mal funcionamiento técnico" en su sector financiero (debido a los altos tipos de interés), sino que tiene contradicciones inherentes en el sector de la producción, a saber, la barrera al crecimiento causada por el propio capital. De ello se desprende que el sistema capitalista no puede reformarse ni corregirse para lograr un crecimiento económico sostenido sin auges ni depresiones, sino que debe sustituirse. Esa es la acción política definitiva para la izquierda."    
             (Michael Roberts, brave New Europe, 07/02/23; traducción DEEPL)

12/1/23

En este año que acaba, la ideología económica neoliberal ha hecho un ridículo histórico... A Lizz Truss le ha correspondido protagonizar el coitus interruptus más clamoroso de la política económica... provocó tal desastre que solo pudo aguantar 45 días aplicando esas ideas... desde que se aplicaron políticas liberales, la tasa de crecimiento fue menor y cayeron los ingresos de la inmensa mayoría de la población y de las pequeñas empresas. Los capitales se orientaron hacia las finanzas especulativas, más rentables que la actividad productiva. así que las crisis, la deuda y la desigualdad alcanzaron los niveles más elevados de la historia contemporánea... Hasta la pandemia, todo se disimulaba por el poder de las grandes empresas que dominan los medios de comunicación... La crisis que empezó en 2007 fue un primer aviso... con la del covid-19, el planeta se vio envuelto en un shock tan traumático, que Estados Unidos, la superpotencia, ni siquiera podía producir productos simples como máscaras y otros equipos de protección... Para evitar que la economía colapsara, los gobiernos tuvieron que intervenir masivamente, los servicios públicos resultaron esenciales y los principios neoliberales se guardaron en el cajón. Ningún gobierno tuvo la insensatez de aplicarlos. Y cuando lo hicieron, como ocurrió con la política de vacunas, se produjo un desastre... la aplicación de las reglas neoliberales de propiedad intelectual de la Organización Mundial del Comercio inhibió la producción de vacunas en muchas partes del mundo... por todo esto, hoy, los organismos internacionales piden a los gobiernos que establezcan impuestos sobre los más ricos y las ganancias extraordinarias

 "Hasta que estalló la pandemia, los efectos negativos de las políticas neoliberales se disimularon sin demasiada dificultad gracias al enorme poder mediático y cultural de las grandes corporaciones. La crisis de la covid-19 demostró, ya sin paliativos, que sus principios de actuación sirven para que ganen más dinero los ricos, pero no para resolver los problemas socioeconómicos de mayor envergadura. En este año que acaba, la ideología económica neoliberal ha hecho un ridículo histórico.

Desde finales de los años setenta del siglo pasado se comenzaron a aplicar en casi todo el mundo políticas económicas inspiradas en el liberalismo decimonónico. Sus principios son bien conocidos: el mercado es el único sistema que resuelve bien los problemas económicos; el capital y las empresas son racionales y, por tanto, quienes mejor saben las decisiones que hay que tomar para que la economía funcione de la mejor manera, de modo que hay que darles la mayor libertad posible; no hay que preocuparse si la renta se concentra en los más ricos porque se producirá un goteo que hará que los ingresos lleguen a todos; la intervención del Estado es nefasta, cuanto menos impuestos se establezcan más se recaudará y lo mejor es que cada cual se resuelva sus problemas, dejando que la caridad y la buena voluntad ayude a los necesitados.

Las consecuencias de la puesta en marcha de estas políticas están perfectamente documentadas en cientos de estadísticas e investigaciones. La tasa de crecimiento de la actividad económica fue menor y cayeron los ingresos de la inmensa mayoría de la población y de las pequeñas y medianas empresas. Buscando el mayor beneficio, los capitales se orientaron hacia las finanzas especulativas, más rentables que la actividad productiva. En consecuencia de ambas circunstancias, el número de crisis, la deuda y la desigualdad alcanzaron los niveles más elevados de la historia contemporánea. El neoliberalismo fue extraordinariamente exitoso para proporcionar beneficios más elevados a las grandes corporaciones empresariales y financieras, pero debilitó a la economía productiva y la capacidad de creación de valor y riqueza: hambriento de la ganancia que se podía obtener sin límite, el capitalismo se consumía a sí mismo y enfermó de empacho.

Hasta la pandemia, todo eso se disimulaba sin problemas gracias al poder inmenso de las grandes empresas que dominan los medios de comunicación, mantienen grupos de presión capaces de influir en las decisiones políticas, y financian a académicos, magistrados, policías, militares, periodistas, partidos, organizaciones no gubernamentales o fundaciones para que difundan o apliquen las ideas que les benefician.

La crisis que empezó en 2007 fue un primer aviso y ya antes de la del covid-19 muchos dirigentes de las mayores empresas y bancos mundiales comenzaron a darse cuenta de que las cosas estaban fallando y de que ese capitalismo voraz y embriagado de beneficio y poder estaba destrozando sus propios cimientos. Comenzaron a hablar sin ambages de la necesidad de "reiniciarlo" pero la covid-19 puso todo patas arriba.

Cuando el planeta se vio envuelto en un shock tan traumático, ya no se pudo disimular lo que estaba pasando: una globalización concebida y diseñada con el exclusivo propósito de dar plena libertad al capital para que produzca con el menor coste posible y obtenga el máximo beneficio generaba un déficit extraordinario en seguridad y riesgos muy costosos; y dejar que solo los mercados y la iniciativa privada resolvieran los problemas económicos se reveló como suicida. Como escribió hace unos meses Joseph Stiglitz, "Estados Unidos, la superpotencia, ni siquiera podía producir productos simples como máscaras y otros equipos de protección, y mucho menos artículos más sofisticados como pruebas y ventiladores". Para evitar que la economía colapsara, los gobiernos tuvieron que intervenir masivamente, los servicios públicos resultaron esenciales y los principios neoliberales se guardaron en el cajón. Ningún gobierno tuvo la insensatez de aplicarlos. Y cuando lo hicieron, como ocurrió con la política de vacunas, se produjo un desastre. Como también dice Stiglitz, la aplicación de las reglas neoliberales de propiedad intelectual de la Organización Mundial del Comercio inhibió la producción de vacunas en muchas partes del mundo, provocando la muerte innecesaria de miles de personas.

Cuando se decía que pronto entraríamos de nuevo en la normalidad, las cosas volvieron a complicarse. La inseguridad y los bloqueos derivados de la globalización neoliberal, el enorme poder sobre los precios de las grandes empresas, la crisis climática, la especulación financiera, la debilidad del tejido empresarial que se dedica a crear riqueza y los problemas geopolíticos asociados a una sociedad mundial gobernada por los mercados y los capitales y no por instituciones democráticas... es decir, los grandes problemas que habían venido generando casi cuarenta años de políticas neoliberales se hicieron más patentes que nunca y han hecho que 2022 haya sido el año en que se ha desatado una nueva crisis. La describo con detalle en un libro de Ediciones Deusto que estará a la venta a finales del próximo enero con el título Más difícil todavía.

Pero lo interesante de lo ocurrido en estos últimos 12 meses es que la ideología económica neoliberal no solo se ha mostrado de nuevo como incapaz de proporcionar algo más que beneficios a los más ricos. Ha sido el año en el que ha quedado públicamente en evidencia, haciendo un espantoso ridículo.

A los neoliberales británicos y a Lizz Truss en particular les ha correspondido el honor de protagonizar el coitus interruptus más clamoroso y transparente de la historia de la política económica. Después de repetir como papagayos el mantra neoliberal, asegurando que la solución frente a la caída de la actividad económica era bajar impuestos a los ricos, reducir el gasto público y dar plena vía libre a los mercados, provocaron tal desastre que solo pudieron aguantar cuarenta y cinco días aplicando esas ideas desde el gobierno.

No ha sido esa la única marcha atrás en 2022 del neoliberalismo económico. En España se ha tenido que reconocer que las subidas del salario mínimo han ayudado a reactivar el mercado interno gracias al mayor consumo de los trabajadores de menor renta y que no ha tenido los efectos devastadores anunciados; la bondad para fortalecer el empleo de las reformas laborales que desactivaban los aspectos más negativos de las anteriores de perfil más neoliberal; o que bajar impuestos no es lo que aumenta la recaudación. En Europa se ha terminado aceptando que hay que corregir a los mercados para frenar la subida de precios, que las empresas no sobreviven sin el apoyo del Estado, o que las inversiones públicas son imprescindibles; la ley para la reducción de la inflación o la nueva estrategia industrial de Biden son misiles en la línea de flotación de la ideología neoliberal; y los organismos internacionales piden a los gobiernos que establezcan impuestos sobre los más ricos y las ganancias extraordinarias. Por no hablar del cambio de estrategia de miles de empresas de todo el mundo para evitar los fallos de seguridad y resiliencia a los que ha llevado el buscar tan solo el mínimo coste.

Escribió Stendhal en La cartuja de Parma que "no existe lo ridículo cuando nadie lo nota". A los neoliberales se les ha notado en este año que acaba. Los ideólogos y los burócratas de la patronal no lo reconocerán, a quien se juega los cuartos más le vale ser realistas, darse cuenta de lo que se nos viene encima y cambiar de discurso y estrategia."                     (Juan Torres López , Público, 29/12/22)

10/10/22

La guerra de Ucrania acaba con las medidas neoliberales en Europa... La caída de aquellos dos tótems –mutualización de deuda y suspensión y reforma de las reglas fiscales– durante la pandemia han sido sólo el aperitivo de lo que está llegando... En estos siete meses no han hecho sino caer tabúes liberales... Y los que quedarán por caer: Intervención de los precios del gas, reforma del mercado eléctrico, emisión de deuda conjunta, impuestos a las grandes empresas... La crisis actual está alumbrando salidas que ponen en jaque muchos de los principios liberales que han marcado el curso de la economía europea

 "De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”. La vieja máxima popularizada por Carlos Marx parece estar vengándose después de varias décadas de hegemonía neoliberal en la organización de las sociedades y economías europeas. La ortodoxia liberal, que ha venido decretando disciplinas fiscales por la vía del gasto y no de los ingresos; rebajas de impuestos sin fin; y rechazo a la intervención de precios, está cada vez más desenfocada en la Unión Europea.

Primero fue la pandemia, que dio dos pasos decisivos: el primero, un fondo de recuperación de 750.000 millones fundamentado, por primera vez, en deuda comunitaria conjunta, aquello que Angela Merkel dijo hace una década que no pasaría jamás. El segundo paso decisivo fue la suspensión de las reglas fiscales, es decir la barra libre del gasto público, aún a costa del aumento de la deuda y el déficit. Una suspensión del Pacto de Estabilidad que ha conducido, además, a su reforma.

La caída de aquellos dos tótems –mutualización de deuda y suspensión y reforma de las reglas fiscales– durante la pandemia han sido sólo el aperitivo de lo que está llegando después a raíz de la invasión rusa de Ucrania, decretada por Vladímir Putin el 24 de febrero pasado.

En estos siete meses no han hecho sino caer tabúes liberales... Y los que quedarán por caer.

¿Laissez faire, laissez passer? Pues bien, la Unión Europea ha acordado, ni más ni menos, que se ponga un tope a los beneficios caídos del cielo de las empresas de energía dedicadas a la nuclear, las renovables y el lignito. Es decir, se interviene el mercado para limitar beneficios empresariales. En otras palabras: lo público decide cuánto puede ganar el sector privado.

Pero no sólo es eso. ¿No se decía que el dinero está mejor en los bolsillos de los contribuyentes que en la Hacienda pública? Pues ahora resulta que la Comisión Europea lo que dice es que no son tiempos para bajar impuestos. Y recuerda algo que muchos han querido olvidar, salvo la troika, que recortaba gastos sociales y pedía subir el IVA: es decir, que el equilibrio fiscal tiene mucho que ver con los ingresos fiscales; con los impuestos. Y, por eso, cuando la primera ministra británica, Liz Truss, anuncia una rebaja de impuestos radical a las rentas más altas, hasta los mercados financieros reaccionan en contra con tanta dureza que tiene que retirar la medida para no hundir la libra y la prima de riesgo del país.

¿Y qué le dice Bruselas a la ortodoxia liberal que encarnan Truss y hasta el propio PP de Alberto Núñez Feijóo? Que en estos días de crisis energética y con una inflación disparada, los ingresos son fundamentales para auxiliar a empresas y familias. Es decir, que no toca adelgazar las arcas públicas, sino más bien al contrario. ¿Y en qué se traduce eso? En que los 27 Estados miembros de la Unión Europea han decidido que hay que gravar un mínimo del 33% a los súperbeneficios de las empresas de combustibles fósiles. Un mínimo del 33% a los beneficios extraordinarios.

“En estos momentos no está bien recibir beneficios de la guerra y que paguen el pato los consumidores. Los beneficios deben compartirse y canalizarse hacia quienes más los necesitan”, ha sentenciado Ursula von der Leyen: de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades... Un razonamiento que, por analogía, abre la puerta a mayores tributaciones para sectores con ingresos multimillonarios –la banca– o personas ricas y súperricas, en la línea de lo que ya ocurrió tras la Segunda Guerra Mundial con impuestos extraordinarios de hasta el 90% a los más ricos“.

“Es muy interesante la manera en la que en Alemania, donde la inflación provocó muchos de los males que azotaron a este país y tuvieron consecuencias en el resto de Europa, optaron en los años 50 por un impuesto sobre la riqueza muy ambicioso y progresivo sobre el grupo más rico”, recordaba el economista Thomas Piketty en elDiario.es: “Con esta medida impositiva pudieron reducir su deuda pública sin inflación, aunque además se beneficiaron de la cancelación de la deuda. Tenemos retos nuevos y sería necesario tomar decisiones innovadoras con la deuda pública como ya hizo Europa en el siglo pasado. Esta cancelación de la deuda permitió a Europa construir su nuevo modelo de desarrollo y reconstruirse después de la Segunda Guerra Mundial”.

Y para atajar la inflación, Europa está recurriendo, de un lado, a intervenir el mercado energético, cuyos precios disparados tienen gran peso en la escalada de la inflación. Pero, también, a una herramienta creada para tiempos en los que los precios subían más por la demanda que por problemas de suministros, es decir, la subida de tipos por parte del BCE que amenaza con asfixiar una economía que se aproxima a la recesión.

Tope al precio del gas

El propio economista de la Comisión Europea Declan Costello, quien estuvo detrás del rescate a Grecia, se refería recientemente en Madrid a “áreas en el ámbito de la fiscalidad, sean medioambientales, societarias, de riqueza, que pueden ayudar a abordar este déficit”.

Y tirando de ese hilo, de un mercado que se está beneficiando de una guerra mientras la población europea se empobrece, cae otro mito: el de la no intervención pública de los mercados y los precios. En efecto, la Unión Europea está decidiendo desligar el precio del gas de la factura de la luz en dos momentos: ahora, con urgencia, interviniendo el mercado y, en el corto plazo, acometiendo su reforma.

Pero, ¿qué más podría pasar? Que uno de los epicentros calvinistas y ordoliberales de Europa, Países Bajos, alberga el índice gasístico que contamina el precio de lo que se comercia en Europa. El TTF Dutch, que también tiene los días contados. ¿Cómo? Porque los líderes de la UE ya están discutiendo cómo poner un tope al precio del gas mientras se crea un nuevo índice europeo.

Y esa intervención de los mercados, además viene de la mano de otra derrota neoliberal: debe seguir unas reglas, debe salvaguardar la competencia leal y no debe poner en riesgo la unidad del mercado interior de la UE. ¿Y eso qué significa? Pues que no vale que el más fuerte y poderoso, Alemania, reparta 200.000 millones de euros que blinden a sus empresas frente a las del resto de la UE.

Por eso, precisamente por eso, regresa el debate sobre un nuevo fondo europeo financiado con deuda común. Y la idea ya no viene de Grecia o España, sino que es la propia Comisión Europea la que lo ha metido en la agenda a través de su comisario de Economía, Paolo Gentiloni, quien el lunes pasado lo mencionó en la reunión del Eurogrupo en Luxemburgo. Gentiloni defendió la creación de un instrumento similar al SURE, puesto en marcha en la pandemia para financiar programas de protección del empleo como los ERTE y los autónomos. Aquel estaba dotado con 100.000 millones –21.300 fueron para España– captados en los mercados por la Comisión Europea y se basaba en créditos blandos.

Este nuevo instrumento financiero que ha puesto sobre la mesa Gentiloni serviría para sufragar la respuesta a la crisis actual e inversiones en infraestructuras con vistas a la transición y autonomía energética europea. No obstante, países autodenominados frugales, los ricos de Europa, como Holanda y Suecia, por ejemplo, rechazan esta idea. Este viernes, la primera ministra sueca, Magdalena Andersson, decía en Praga algo repetido por el Gobierno neerlandés, que no hay necesidad de un nuevo apoyo financiero en tanto que quedan fondos por gastar del instrumento de recuperación de la pandemia, y llamaba a los Estados miembros a ahorrar en los buenos tiempos para poder brindar apoyo en los malos.

Una tesis ortodoxa ya empleada recurrentemente en 2020 y que terminó derrotada por la realidad con la creación del fondo de 750.000 millones de deuda común.

La pandemia, la crisis, la guerra, el curso de la historia del tiempo presente está acabando con tabúes liberales en Europa al son de “cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”.                (Andrés Gil, eldiario.es, 08/10/22)