"Los pequeños seres que mantienen la biosfera desaparecen a un ritmo tan
poco conocido como frenético. Son la base de multitud de procesos
ecosistémicos sin los que la vida desaparecería. El ser humano está
detrás de su declive, especialmente con la proliferación de la
agricultura industrial intensiva y los productos que esta necesita: los
biocidas.
Una colmena de Bombus terrestris, el abejorro común, cuesta
unos 30 euros en internet. Los humanos los utilizamos para la
polinización de cultivos hortofrutícolas en entornos artificiales. Un
invernadero de El Ejido, por ejemplo, los necesita. A ellos o a algún
tipo de abeja. Se usan sistemáticamente para el cultivo de la mayoría de
las hortalizas. Concepción Ornosa, entomóloga de la Universidad
Complutense de Madrid (UCM) y especialista en polinizadores, cuenta que
ha llegado a encontrarse subespecies italianas en pleno Maresme catalán,
“y eso es porque los habían utilizado para polinizar cultivos”. El
negocio no debe de ir mal. Se venden cada vez más, según asegura Theo
Oberhuber, coordinador de proyectos de Ecologistas en Acción. Como
explica, “en el cultivo bajo plástico no cuentan con polinizadores
silvestres. O esa función se realiza a mano, con un pincel, o se tienen
que comprar”.
Mientras la caja de abejorros llega vía mensajero a
El Ejido, un agricultor castellano esparce insecticida con su tractor en
campos de Valladolid. La llegada de la llamada revolución verde, en la
segunda mitad del siglo XX, trajo consigo un mayor rendimiento agrícola,
pero implicó el uso de técnicas y productos para que el vegetal
produjese más, y más rápido, sin amenazas ni plagas. A los fertilizantes
se les suman los biocidas: herbicidas, fungicidas e insecticidas. Y
estos afectan al resto de otros habitantes del campo.
Los más
mayores pueden atestiguar que en las siete horas en coche que existen
entre el campo vallisoletano y el invernadero almeriense hay algo que ya
no ocurre. Antes, faros y parabrisas quedaban impregnados de los
cuerpos de gran cantidad de insectos que fallecían por el impacto contra
los coches. Hoy, la cantidad es tan pequeña que a menudo no hay que
usar ni el agua del limpiaparabrisas.
Apocalipsis micro
Se comparta este último hecho o no, las matemáticas siempre mandan. Un 41% de los insectos está amenazado
y podría extinguirse en cuestión de décadas debido a las “dramáticas
tasas de disminución de poblaciones”, con un tercio del total en “grave
peligro de extinción”. No es que lo diga un estudio en concreto, lo dice
el trabajo, publicado en la revista Biological Conservation en 2019, que revisa otros 73 informes sobre la reducción de biomasa de insectos.
Francisco Sánchez-Bayo, ecólogo asentado en la Universidad de Sídney
(Australia), es uno de los dos responsables del mencionado informe, un
documento que apuntaló las últimas dudas sobre la extinción masiva de
insectos actual. “Nuestro estudio es una revisión de todo lo que se ha
publicado en los últimos 20 años sobre su declive”. Habla de que aún hay
una importante falta de datos en muchos grupos, pero otros se conocen
muy bien, especialmente los más visibles, como las mariposas o los
escarabajos. Son los que han estudiado, comparando las poblaciones
actuales con las de hace medio siglo. Y los resultados son duros: se han
dado disminuciones de poblaciones “del 50% o más” en varias especies de
mariposas o polillas. En términos humanos, sería el apocalipsis.
La
crisis de los insectos se enmarca en la llamada sexta extinción, que
engloba a todo el reino animal y vegetal y tiene en la pérdida de
ecosistemas, la contaminación, las especies invasoras y el cambio
climático sus principales causas. Todas, claro, se concentran en una: la
actividad humana.
La crisis es global y las cifras, aterradoras. Entre 1970 y 2016, las
poblaciones de especies de vertebrados han disminuido una media del
68%, según señala el informe Planeta Vivo 2020,
de WWF. Pero en el reino de los insectos, lo es aún más: “Los insectos
tienen una tasa de extinción ocho veces mayor que mamíferos, aves y
reptiles”, señala Oberhuber. Los ejemplos están por doquier. En
Alemania, un estudio publicado en la revista científica PLOS alertaba de disminuciones del 75% de la biomasa total de insectos voladores de las áreas protegidas del país. Se había producido en tan solo 27 años, entre 1989 y 2016.
Otra
investigación, en este caso firmada por la Plataforma
Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas,
habla de importantes reducciones de las poblaciones de abejas y mariposas
en el continente europeo. Del 37% y el 31%, respectivamente. Como
expone la entomóloga de la UCM, “un 46% de las especies de abejorros en
Europa están amenazadas”.
Si se quieren ejemplos más cercanos, en el caso español no se puede
decir que no se hubiese lanzado la alarma hace tiempo. En 2013, una
investigación alertaba de la pérdida para siempre de siete de las 73 especies
de la reserva natural de El Regajal-Mar de Antígola, con otras 27 en
grave declive. Y en los Pirineos, nueve de las 37 especies de abejorros
ya han desaparecido, según investigaciones en las que ha participado la
propia Ornosa. En relación a los polinizadores ibéricos, “se estima que
el 40% está en peligro de extinción”, señala Oberhuber.
Excrementos perennes
La
humanidad no es consciente de lo que es un mundo sin insectos. La
entomóloga califica de “inimaginable”un planeta sin ellos. De la
desaparición de miles de especies de plantas por la falta de
polinizadores a un mundo cubierto de mierda —en el sentido literal de la
palabra—, la pérdida de fertilidad del suelo o la extinción de los
predadores de los insectos. “Sin ellos, el mundo estaría cubierto de
excrementos, porquería, animales muertos y muchas más cosas”, explica el
entomólogo de la Universidad de Sídney.
El reciclado de los
ecosistemas y la degradación del material orgánico son labores
fundamentales de los insectos. Los animales muertos son devorados por
ellos tras los carroñeros. Moscas y escarabajos se alimentan de heces y
animales en descomposición. Si el ecosistema está sano, no se produce un
reciclado como el de Ecoembes: este es total. Su papel como
descomponedores fertiliza además los suelos, consumiendo y digiriendo
hongos, así como materia vegetal y animal, para descomponerla en
sustancias que enriquecen el suelo y proveen de alimento a las plantas.
Otro de sus papeles fundamentales es la polinización. “La mayor parte de
las plantas con flores son polinizadas por insectos”, explica Ornosa. Y
en su gran mayoría, esta función la realizan las abejas. No hablamos
solo de la abeja de la miel. “Se calcula que hay 17.000 especies de
abejas —cuatro veces más que mamíferos—, y la melífera es solo una”,
continúa la especialista.
Si bien en este grupo de insectos se cuelan algunas mariposas,
escarabajos y algunos animales más, incluidos algunos murciélagos, son
las abejas las responsables de entre el 90 y el 95% de la polinización.
“Tienen unas características morfológicas distintas al resto de animales
que les sirven para recolectar néctar y llevarlo a sus nido”, explica
la entomóloga, lo que incluye “unos cestitos especiales que las hacen
absolutamente únicas”.
Por supuesto, los agricultores se
benefician de ellas, ya que la mayoría de los cultivos dependen de los
polinizadores. Como explica el especialista de Ecologistas en Acción,
“sin ellos no vas a poder comer manzanas o se van a encarecer muchísimo
porque dependerán de una polinización artificial o a mano, con su
coste”.
La base de la cadena
“No nos damos cuenta de que
son fundamentales para los ecosistemas”, cuenta Sánchez-Bayo. Desde las
antípodas enumera las cadenas tróficas que se romperían: el 60% de los
pájaros depende de los insectos porque son su alimento. A ello hay que
sumarle, entre otros grupos, sapos, lagartos y la mitad de los peces del
planeta, con larvas de insectos como alimento. “Incluso mamíferos:
erizos, osos hormigueros, murciélagos… Eliminarlos supone que todos
estos animales desaparezcan”.
Es algo que ya está pasando. Un estudio publicado en Nature asociaba directamente el uso de pesticidas neonicotinoides con el declive de las aves en Holanda.
Es una cadena que ni siquiera alcanzamos a imaginar dónde acaba, y es
global. Como señala Ornosa, “no hay red ecológica donde los insectos no
estén representados en todos los niveles”.
Las causas de este desastre son conocidas. Solo el 2% de los insectos
tienen efectos ‘negativos’ para el ser humano, pero la búsqueda de su
eliminación abarca mucho más. Yolanda Picó, química e investigadora de
la Universitat de València y especialista en toxicidad de los biocidas,
explica que, en general, estas sustancias son compuestos diseñados para
eliminar seres vivos. Sin embargo, “digamos que no son tan selectivos y,
si eliminan a un insecto, probablemente eliminen también toda una serie
de insectos beneficiosos”.
Desde Sídney, Francisco Sánchez-Bayo
pone el foco en que un nueve de cada diez biocidas no son un problema,
pero el restante 10% “se utiliza de continuo y en todas partes: las
compañías los promueven y dan incentivos a los agricultores para quelos
sigan usando”. De hecho, cada año es peor. “Los insectos crean
resistencias y hay que añadir cada vez más sustancias”, explica Picó,
quien no comparte el dictamen del entomólogo sobre ese 10%: “El problema
está en todos, se han diseñado para eso”.
La especialista
asegura, sin embargo, que se ha mejorado mucho en la Unión Europea.
“Hace unos años se hizo un cribado de todos los pesticidas que se
utilizaban para eliminar los más tóxicos y se prohibieron muchos”. Es el
caso de la atrazina o muchos neonicotinoides, sustancias que afectan al
sistema nervioso central, causando parálisis en el animal.
Tóxicos y lobbies
La
concienciación sobre la desaparición de las abejas llevó a que en 2013
la UE comenzara a limitar neonicotinoides como la clotianidina, el
imidacloprid y el tiametoxams, insecticidas utilizados en 140 tipos de
cosechas por todo el mundo, ampliando su prohibición en 2018 a todo
cultivo al aire libre. Sin embargo, en junio el Parlamento Europeo
aprobó una resolución que pedía una nueva evaluación científica y
consideraba que la evaluación del riesgo del imidacloprid había sido
“deficiente”.
“En principio, la legislación es estricta y se
sigue, pero cuando más dinero tienes más capacidad tienes para realizar
estudios y para presentarlos de una manera adecuada, y ahí existe una
cierta capacidad de lobby [de la industria]”, apunta la química.
El Europarlamento también recordaba que varios estudios habían
catalogado el imidacloprid “como una sustancia tóxica para la
reproducción y un alterador endocrino que puede afectar negativamente al
corazón, el riñón, la tiroides y el cerebro y puede provocar síntomas
neurológicos, como insuficiencia respiratoria y la muerte”.
Precisamente, ese mismo mes tenía lugar un debate sobre la propuesta de
utilizarlo para acabar con los parásitos de los salmones en las
piscifactorías de Gran Bretaña. “Habrán hecho estudios y las compañías
dijeron que no era peligroso para los peces porque tenía solo cierto
nivel de toxicidad. Pero claro, en el agua no solo están los salmones”,
añade Sánchez-Bayo.
Las dos grandes amenazas, para Theo Oberhuber, están ligadas a la
actividad agraria. Además de los biocidas, señala los cambios de uso del
suelo y la continua pérdida de hábitats por la expansión agrícola, que
deja sin su espacio a insectos que han evolucionado para adaptarse a
medios concretos. “La agricultura, con las famosas concentraciones
parcelarias, se ha ido intensificando y ha supuesto la destrucción de
hábitats de muchas especies”. Por su parte, Sánchez-Bayo añade que “la
agricultura intensiva supone la deforestación de bosques originales y
zonas arbustivas”, remarcando que la tala masiva para macroexplotaciones
intensivas en países como Brasil, Indonesia o varias naciones
tropicales africanas supone la causa fundamental en el ecocidio de los
insectos en dichos lugares.
Además, junto a las especies invasoras
transportadas por el ser humano, que desequilibran los ecosistemas, el
cambio climático se suma al cóctel, favoreciendo la proliferación de
algunas “especies plaga”. “En los bosques, en concreto, se ha demostrado
que les afecta mucho la falta de humedad. Con el calentamiento se
evapora del suelo y muchas de las larvas que viven allí mueren”, explica
a El Salto el entomólogo.
Modelo agrario
Hecho el
diagnóstico, faltan soluciones. Theo Oberhuber incide en la necesidad de
cambiar el modelo agrario y favorecer una transición a una agricultura
más ecológica, que limite al máximo el uso de fitosanitarios: “Hay que
explicar a los agricultores que, en el fondo, son prisioneros de esos
productos porque cada vez tienen que echar más”, dice, algo que también
ocurre con los fertilizantes.
Picó, por su parte, insiste en
aplicar mejor los productos, un mayor control de las sustancias
permitidas y el uso de sustancias más dirigidas a una plaga en concreto y
que sean menos tóxicas para el resto. “Hay productos muy prometedores,
pero están en una fase experimental o no se han generalizado entre los
agricultores”, apunta. El cumplimiento y la ampliación de normativas que
mejoren la situación, tales como no fumigar en periodos de floración,
también son claves para la investigadora.
Incidiendo en que lo principal es controlar el uso de biocidas y
promover una agricultura más sostenible, Ornosa habla de restaurar la
flora autóctona. “No hay que quitar las malas hierbas de las ciudades,
que en realidad no lo son, sino que son la flora autóctona; hay cantidad
de seres que las utilizan”.
Sánchez-Bayo, por su parte, apuesta
por el control integrado de plagas, como se conoce al uso de métodos
naturales para prevenirlas. “Hay que utilizar las especies naturales
depredadoras de estos insectos, así como los parásitos, para controlar
las plagas”, afirma. “Son cosas que se conocen bastante bien en muchos
casos, pero hay que implementarlas”.
Existen además soluciones más
simples. Como plantea Oberhuber, “hay cosas superfáciles; por ejemplo,
en los años 60 las cunetas y los terrenos cercanos a las carreteras eran
silvestres y una zona con una altísima densidad de plantas silvestres.
Al final son muchas hectáreas, y todo eso ha desaparecido”. Es una
solución que se está implantando en Alemania.
También en el entorno
urbano hay opciones, como la iniciativa holandesa de plantar especies
silvestres sobre las marquesinas de autobús. Favorecer especies
autóctonas en la jardinería de las ciudades en vez de plantas ajenas al
medio en concreto, “algo que además cuenta con un presupuesto
importante”, recuerda Oberhuber, ayudaría asimismo a incrementar la
biomasa de insectos de pueblos y ciudades. Y volviendo al campo, la
implantación de zonas arbustivas o silvestres en los lindes de los
cultivos sería un paso de gigante, explica.
Por último, Francisco
Sánchez Bayo lanza un mensaje: “Somos consumidores y como tal tenemos
que exigir que los productos que compramos utilizan el mínimo de
pesticidas”. Ahora, a trabajar." (Pablo Rivas, El Salto, 21/08/21)