Mostrando entradas con la etiqueta Ecología: contaminación: soluciones: lucha biologica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ecología: contaminación: soluciones: lucha biologica. Mostrar todas las entradas

24/2/22

Gusanos, insectos y microbios que comen plásticos

 "La propia humanidad ha creado algunos de los mayores desafíos a los que ella misma se enfrenta. Es el caso de los plásticos. La última evaluación de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) sobre este desecho advierte de que su presencia en la tierra es superior a la de los mares. 

Según la directora general adjunta de la FAO, María Helena Semedo, “los suelos son uno de los principales receptores de plásticos agrícolas y se sabe que contienen mayores cantidades de microplásticos que los océanos”. 

Frente a este reto, María José López, microbióloga de la Universidad de Almería, coordina el proyecto europeo Recover, un plan para degradar los residuos a partir de cócteles de insectos, gusanos y microbios capaces de convertir plásticos no reciclables en bioproductos o eliminarlos del suelo.

La Evaluación sobre los plásticos agrícolas y su sostenibilidad de la FAO calcula que la producción agraria y ganadera, así como el envasado de alimentos, generan al año 60 millones de toneladas de productos plásticos frente a los dos millones de toneladas procedentes de la pesca y la acuicultura. La mitad del total mundial procede de Asia.

Desde el inicio de la invasión de los plásticos, a partir de 1950, se han generado 6.300 millones de toneladas de este residuo de las que casi el 80% no se han eliminado de forma adecuada. Los microplásticos, aquellas partículas con un tamaño inferior a los cinco milímetros, se han encontrado, según advierte la FAO, hasta en las heces humanas y placentas.

La organización de Naciones Unidas propone un plan de seis erres, una línea de actuación urgente que implica “rechazar, rediseñar, reducir, reutilizar, reciclar y recuperar”. En este propósito se encuentra María José López: “A pesar de que se están implementando muchas medidas para reducirlos, se siguen generando plásticos que, al final, terminan en el medio ambiente y en nuestros hogares”.

Para hacer frente a esta plaga artificial, el proyecto Recover, financiado por la Unión Europea, que coordina la investigadora almeriense agrupa desde 2020 a 17 socios de siete países europeos para, en cuatro años, hallar posibles soluciones al problema de la contaminación del suelo mediante la transformación de los plásticos en biofertilizantes o en productos similares, pero biodegradables.

La investigadora almeriense explica: “Vamos a hacerlo gracias a la combinación de distintos microorganismos, insectos y lombrices como herramientas biotecnológicas. Los insectos y las lombrices, con los microorganismos de sus sistemas digestivos y las enzimas que producen, actúan de forma colaborativa, transforman buena parte de esos plásticos en componentes de los que vamos a extraer quitina, un ingrediente para plásticos biodegradables”.

Otra estrategia es que el mismo proceso, a partir de los excrementos de los insectos y lombrices, así como del lecho utilizado para su desarrollo a expensas de los plásticos, genere biofertilizantes. Los mismos organismos se utilizarán también para eliminar los contaminantes presentes en el abono agrícola y que se terminan incorporando al suelo.

Combinación

“Lo novedoso”, explica López, “es que vamos a combinar todos los elementos para fortalecer la acción que tienen los insectos, que ya está validada en otros estudios. Hemos visto que son capaces de eliminar una considerable cantidad en condiciones de laboratorio, pero nos falta llegar a la fase de validación en un entorno casi real. A partir de ahora se va a abordar la fase más compleja: probar los organismos seleccionados en condiciones parecidas a la realidad, en un suelo contaminado con plástico o en un proceso de compostaje donde vamos a monitorizar qué es lo que ocurre con esos plásticos. Todo esto, además, llevará implementados estudios económicos, sociales y de logística para saber cómo se van a transportar los plásticos no reciclables hacia las unidades de tratamiento y cómo se van a implementar estos procedimientos en reactores de compostaje controlado”.

Los resultados son prometedores. López comenta que han conseguido reducciones de hasta un 20% del peso de los plásticos entre tres y cuatro meses mientras en la naturaleza estos residuos pueden perdurar siglos. Pero es cauta: “No quiero despertar falsas esperanzas de que esto va a ser la panacea, pero confiamos en que podemos proporcionar nuevas herramientas y nuevos procedimientos para el tratamiento de estos residuos” También advierte de que el paso prioritario es reducir la generación de plásticos al máximo.

El proyecto Recover está acelerando procesos detectados en la naturaleza. Un estudio publicado en mBIO ha identificado más de 30.000 enzimas microbianas en el medio ambiente con el potencial de degradar 10 tipos diferentes de plástico de uso común. Jan Zrimec, primer autor del estudio e investigador del Instituto Nacional de Biología en Eslovenia, explica: “Actualmente, se sabe muy poco sobre estas enzimas que degradan el plástico y no esperábamos encontrar un número tan grande de ellas en tantos microbios y hábitats ambientales diferentes”.

Para Aleksej Zelezniak, profesor de Biología e Ingeniería Biológica de la Universidad Tecnológica de Chalmers, “el siguiente paso sería probar las enzimas candidatas más prometedoras en el laboratorio para investigar de cerca sus propiedades y la tasa de degradación plástica que pueden lograr. A partir de ahí, se podrían diseñar comunidades microbianas con funciones de degradación específicas para tipos específicos de polímeros”.

También se han descubierto especies de plantas y animales que colonizan las toneladas de plásticos y residuos vertidos en el mar, según un estudio publicado en Nature Communications. Un equipo del Ocean Voyages Institute ha analizado 103.000 kilogramos de desechos al norte del Pacífico y hallado especies costeras, entre las que se incluían anémonas y crustáceos, no solo sobreviviendo, sino prosperando en este entorno ajeno y artificial.

El científico Greg Ruiz, director del Laboratorio de Invasiones Marinas del Centro de Investigaciones Ambientales Smithsonian (SERC), explica: “El océano abierto no ha sido habitable para los organismos costeros hasta ahora debido a la limitación del hábitat”. Linsey Haram, autora principal del artículo añade: “Los problemas del plástico van más allá de la ingestión y el enredo. Está creando oportunidades para que la biogeografía de las especies costeras se expanda en gran medida más allá de lo que antes pensábamos que era posible”.

Sobre la existencia de estas nuevas colonias, a las que han denominado “neopelágicas”, y sus implicaciones en el ecosistema marino, Haram comenta: “Las especies costeras están compitiendo directamente con estos balseros oceánicos por el espacio y por los recursos. Y esas interacciones son muy desconocidas”.                   (Raúl Limón, El País, 8/01/22)

5/11/21

Insecticidio, el ocaso de la flora intestinal del planeta

 "Los pequeños seres que mantienen la biosfera desaparecen a un ritmo tan poco conocido como frenético. Son la base de multitud de procesos ecosistémicos sin los que la vida desaparecería. El ser humano está detrás de su declive, especialmente con la proliferación de la agricultura industrial intensiva y los productos que esta necesita: los biocidas. 

 Una colmena de Bombus terrestris, el abejorro común, cuesta unos 30 euros en internet. Los humanos los utilizamos para la polinización de cultivos hortofrutícolas en entornos artificiales. Un invernadero de El Ejido, por ejemplo, los necesita. A ellos o a algún tipo de abeja. Se usan sistemáticamente para el cultivo de la mayoría de las hortalizas. Concepción Ornosa, entomóloga de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y especialista en polinizadores, cuenta que ha llegado a encontrarse subespecies italianas en pleno Maresme catalán, “y eso es porque los habían utilizado para polinizar cultivos”. El negocio no debe de ir mal. Se venden cada vez más, según asegura Theo Oberhuber, coordinador de proyectos de Ecologistas en Acción. Como explica, “en el cultivo bajo plástico no cuentan con polinizadores silvestres. O esa función se realiza a mano, con un pincel, o se tienen que comprar”.

Mientras la caja de abejorros llega vía mensajero a El Ejido, un agricultor castellano esparce insecticida con su tractor en campos de Valladolid. La llegada de la llamada revolución verde, en la segunda mitad del siglo XX, trajo consigo un mayor rendimiento agrícola, pero implicó el uso de técnicas y productos para que el vegetal produjese más, y más rápido, sin amenazas ni plagas. A los fertilizantes se les suman los biocidas: herbicidas, fungicidas e insecticidas. Y estos afectan al resto de otros habitantes del campo.

Los más mayores pueden atestiguar que en las siete horas en coche que existen entre el campo vallisoletano y el invernadero almeriense hay algo que ya no ocurre. Antes, faros y parabrisas quedaban impregnados de los cuerpos de gran cantidad de insectos que fallecían por el impacto contra los coches. Hoy, la cantidad es tan pequeña que a menudo no hay que usar ni el agua del limpiaparabrisas.

Apocalipsis micro

Se comparta este último hecho o no, las matemáticas siempre mandan. Un 41% de los insectos está amenazado y podría extinguirse en cuestión de décadas debido a las “dramáticas tasas de disminución de poblaciones”, con un tercio del total en “grave peligro de extinción”. No es que lo diga un estudio en concreto, lo dice el trabajo, publicado en la revista Biological Conservation en 2019, que revisa otros 73 informes sobre la reducción de biomasa de insectos.

 Francisco Sánchez-Bayo, ecólogo asentado en la Universidad de Sídney (Australia), es uno de los dos responsables del mencionado informe, un documento que apuntaló las últimas dudas sobre la extinción masiva de insectos actual. “Nuestro estudio es una revisión de todo lo que se ha publicado en los últimos 20 años sobre su declive”. Habla de que aún hay una importante falta de datos en muchos grupos, pero otros se conocen muy bien, especialmente los más visibles, como las mariposas o los escarabajos. Son los que han estudiado, comparando las poblaciones actuales con las de hace medio siglo. Y los resultados son duros: se han dado disminuciones de poblaciones “del 50% o más” en varias especies de mariposas o polillas. En términos humanos, sería el apocalipsis.

La crisis de los insectos se enmarca en la llamada sexta extinción, que engloba a todo el reino animal y vegetal y tiene en la pérdida de ecosistemas, la contaminación, las especies invasoras y el cambio climático sus principales causas. Todas, claro, se concentran en una: la actividad humana.

 La crisis es global y las cifras, aterradoras. Entre 1970 y 2016, las poblaciones de especies de vertebrados han disminuido una media del 68%, según señala el informe Planeta Vivo 2020, de WWF. Pero en el reino de los insectos, lo es aún más: “Los insectos tienen una tasa de extinción ocho veces mayor que mamíferos, aves y reptiles”, señala Oberhuber.  Los ejemplos están por doquier. En Alemania, un estudio publicado en la revista científica PLOS alertaba de disminuciones del 75% de la biomasa total de insectos voladores de las áreas protegidas del país. Se había producido en tan solo 27 años, entre 1989 y 2016.

Otra investigación, en este caso firmada por la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas, habla de importantes reducciones de las poblaciones de abejas y mariposas en el continente europeo. Del 37% y el 31%, respectivamente. Como expone la entomóloga de la UCM, “un 46% de las especies de abejorros en Europa están amenazadas”.

 Si se quieren ejemplos más cercanos, en el caso español no se puede decir que no se hubiese lanzado la alarma hace tiempo. En 2013, una investigación alertaba de la pérdida para siempre de siete de las 73 especies de la reserva natural de El Regajal-Mar de Antígola, con otras 27 en grave declive. Y en los Pirineos, nueve de las 37 especies de abejorros ya han desaparecido, según investigaciones en las que ha participado la propia Ornosa. En relación a los polinizadores ibéricos, “se estima que el 40% está en peligro de extinción”, señala Oberhuber.

Excrementos perennes

La humanidad no es consciente de lo que es un mundo sin insectos. La entomóloga califica de “inimaginable”un planeta sin ellos. De la desaparición de miles de especies de plantas por la falta de polinizadores a un mundo cubierto de mierda —en el sentido literal de la palabra—, la pérdida de fertilidad del suelo o la extinción de los predadores de los insectos. “Sin ellos, el mundo estaría cubierto de excrementos, porquería, animales muertos y muchas más cosas”, explica el entomólogo de la Universidad de Sídney.

El reciclado de los ecosistemas y la degradación del material orgánico son labores fundamentales de los insectos. Los animales muertos son devorados por ellos tras los carroñeros. Moscas y escarabajos se alimentan de heces y animales en descomposición. Si el ecosistema está sano, no se produce un reciclado como el de Ecoembes: este es total. Su papel como descomponedores fertiliza además los suelos, consumiendo y digiriendo hongos, así como materia vegetal y animal, para descomponerla en sustancias que enriquecen el suelo y proveen de alimento a las plantas.

 Otro de sus papeles fundamentales es la polinización. “La mayor parte de las plantas con flores son polinizadas por insectos”, explica Ornosa. Y en su gran mayoría, esta función la realizan las abejas. No hablamos solo de la abeja de la miel. “Se calcula que hay 17.000 especies de abejas —cuatro veces más que mamíferos—, y la melífera es solo una”, continúa la especialista.

 Si bien en este grupo de insectos se cuelan algunas mariposas, escarabajos y algunos animales más, incluidos algunos murciélagos, son las abejas las responsables de entre el 90 y el 95% de la polinización. “Tienen unas características morfológicas distintas al resto de animales que les sirven para recolectar néctar y llevarlo a sus nido”, explica la entomóloga, lo que incluye “unos cestitos especiales que las hacen absolutamente únicas”.

Por supuesto, los agricultores se benefician de ellas, ya que la mayoría de los cultivos dependen de los polinizadores. Como explica el especialista de Ecologistas en Acción, “sin ellos no vas a poder comer manzanas o se van a encarecer muchísimo porque dependerán de una polinización artificial o a mano, con su coste”.

La base de la cadena

“No nos damos cuenta de que son fundamentales para los ecosistemas”, cuenta Sánchez-Bayo. Desde las antípodas enumera las cadenas tróficas que se romperían: el 60% de los pájaros depende de los insectos porque son su alimento. A ello hay que sumarle, entre otros grupos, sapos, lagartos y la mitad de los peces del planeta, con larvas de insectos como alimento. “Incluso mamíferos: erizos, osos hormigueros, murciélagos… Eliminarlos supone que todos estos animales desaparezcan”.

Es algo que ya está pasando. Un estudio publicado en Nature asociaba directamente el uso de pesticidas neonicotinoides con el declive de las aves en Holanda. Es una cadena que ni siquiera alcanzamos a imaginar dónde acaba, y es global. Como señala Ornosa, “no hay red ecológica donde los insectos no estén representados en todos los niveles”.

 Las causas de este desastre son conocidas. Solo el 2% de los insectos tienen efectos ‘negativos’ para el ser humano, pero la búsqueda de su eliminación abarca mucho más. Yolanda Picó, química e investigadora de la Universitat de València y especialista en toxicidad de los biocidas, explica que, en general, estas sustancias son compuestos diseñados para eliminar seres vivos. Sin embargo, “digamos que no son tan selectivos y, si eliminan a un insecto, probablemente eliminen también toda una serie de insectos beneficiosos”.

Desde Sídney, Francisco Sánchez-Bayo pone el foco en que un nueve de cada diez biocidas no son un problema, pero el restante 10% “se utiliza de continuo y en todas partes: las compañías los promueven y dan incentivos a los agricultores para quelos sigan usando”. De hecho, cada año es peor. “Los insectos crean resistencias y hay que añadir cada vez más sustancias”, explica Picó, quien no comparte el dictamen del entomólogo sobre ese 10%: “El problema está en todos, se han diseñado para eso”.

La especialista asegura, sin embargo, que se ha mejorado mucho en la Unión Europea. “Hace unos años se hizo un cribado de todos los pesticidas que se utilizaban para eliminar los más tóxicos y se prohibieron muchos”. Es el caso de la atrazina o muchos neonicotinoides, sustancias que afectan al sistema nervioso central, causando parálisis en el animal.

Tóxicos y lobbies

La concienciación sobre la desaparición de las abejas llevó a que en 2013 la UE comenzara a limitar neonicotinoides como la clotianidina, el imidacloprid y el tiametoxams, insecticidas utilizados en 140 tipos de cosechas por todo el mundo, ampliando su prohibición en 2018 a todo cultivo al aire libre. Sin embargo, en junio el Parlamento Europeo aprobó una resolución que pedía una nueva evaluación científica y consideraba que la evaluación del riesgo del imidacloprid había sido “deficiente”.

“En principio, la legislación es estricta y se sigue, pero cuando más dinero tienes más capacidad tienes para realizar estudios y para presentarlos de una manera adecuada, y ahí existe una cierta capacidad de lobby [de la industria]”, apunta la química.

 El Europarlamento también recordaba que varios estudios habían catalogado el imidacloprid “como una sustancia tóxica para la reproducción y un alterador endocrino que puede afectar negativamente al corazón, el riñón, la tiroides y el cerebro y puede provocar síntomas neurológicos, como insuficiencia respiratoria y la muerte”. Precisamente, ese mismo mes tenía lugar un debate sobre la propuesta de utilizarlo para acabar con los parásitos de los salmones en las piscifactorías de Gran Bretaña. “Habrán hecho estudios y las compañías dijeron que no era peligroso para los peces porque tenía solo cierto nivel de toxicidad. Pero claro, en el agua no solo están los salmones”, añade Sánchez-Bayo.

 Las dos grandes amenazas, para Theo Oberhuber, están ligadas a la actividad agraria. Además de los biocidas, señala los cambios de uso del suelo y la continua pérdida de hábitats por la expansión agrícola, que deja sin su espacio a insectos que han evolucionado para adaptarse a medios concretos. “La agricultura, con las famosas concentraciones parcelarias, se ha ido intensificando y ha supuesto la destrucción de hábitats de muchas especies”. Por su parte, Sánchez-Bayo añade que “la agricultura intensiva supone la deforestación de bosques originales y zonas arbustivas”, remarcando que la tala masiva para macroexplotaciones intensivas en países como Brasil, Indonesia o varias naciones tropicales africanas supone la causa fundamental en el ecocidio de los insectos en dichos lugares.

Además, junto a las especies invasoras transportadas por el ser humano, que desequilibran los ecosistemas, el cambio climático se suma al cóctel, favoreciendo la proliferación de algunas “especies plaga”. “En los bosques, en concreto, se ha demostrado que les afecta mucho la falta de humedad. Con el calentamiento se evapora del suelo y muchas de las larvas que viven allí mueren”, explica a El Salto el entomólogo.

Modelo agrario

Hecho el diagnóstico, faltan soluciones. Theo Oberhuber incide en la necesidad de cambiar el modelo agrario y favorecer una transición a una agricultura más ecológica, que limite al máximo el uso de fitosanitarios: “Hay que explicar a los agricultores que, en el fondo, son prisioneros de esos productos porque cada vez tienen que echar más”, dice, algo que también ocurre con los fertilizantes.

Picó, por su parte, insiste en aplicar mejor los productos, un mayor control de las sustancias permitidas y el uso de sustancias más dirigidas a una plaga en concreto y que sean menos tóxicas para el resto. “Hay productos muy prometedores, pero están en una fase experimental o no se han generalizado entre los agricultores”, apunta. El cumplimiento y la ampliación de normativas que mejoren la situación, tales como no fumigar en periodos de floración, también son claves para la investigadora.

 Incidiendo en que lo principal es controlar el uso de biocidas y promover una agricultura más sostenible, Ornosa habla de restaurar la flora autóctona. “No hay que quitar las malas hierbas de las ciudades, que en realidad no lo son, sino que son la flora autóctona; hay cantidad de seres que las utilizan”.

Sánchez-Bayo, por su parte, apuesta por el control integrado de plagas, como se conoce al uso de métodos naturales para prevenirlas. “Hay que utilizar las especies naturales depredadoras de estos insectos, así como los parásitos, para controlar las plagas”, afirma. “Son cosas que se conocen bastante bien en muchos casos, pero hay que implementarlas”.

Existen además soluciones más simples. Como plantea Oberhuber, “hay cosas superfáciles; por ejemplo, en los años 60 las cunetas y los terrenos cercanos a las carreteras eran silvestres y una zona con una altísima densidad de plantas silvestres. Al final son muchas hectáreas, y todo eso ha desaparecido”. Es una solución que se está implantando en Alemania.  

También en el entorno urbano hay opciones, como la iniciativa holandesa de plantar especies silvestres sobre las marquesinas de autobús. Favorecer especies autóctonas en la jardinería de las ciudades en vez de plantas ajenas al medio en concreto, “algo que además cuenta con un presupuesto importante”, recuerda Oberhuber, ayudaría asimismo a incrementar la biomasa de insectos de pueblos y ciudades. Y volviendo al campo, la implantación de zonas arbustivas o silvestres en los lindes de los cultivos sería un paso de gigante, explica.

Por último, Francisco Sánchez Bayo lanza un mensaje: “Somos consumidores y como tal tenemos que exigir que los productos que compramos utilizan el mínimo de pesticidas”. Ahora, a trabajar."           (Pablo Rivas, El Salto, 21/08/21)

7/7/21

Depuradoras de de aguas residuales con microalgas: ahorran energía, absorben CO2 y producen fertilizantes sostenibles

 "(...) En la actualidad, en los países desarrollados ya no se ven las aguas residuales discurriendo por las calles. Pero como bien saben los creyentes, esto no significa que no existan. Para verlas, solo es necesario conducir unos pocos kilómetros hacia cualquier depuradora funcionando en las afueras de las ciudades. Estas instalaciones se encargan de retirar contaminantes del agua residual, permitiendo verterlas o reutilizarlas de forma segura. Han sido un gran avance y son imprescindibles. Sin embargo, los contaminantes retirados no se recuperan y son procesos caros que demandan una gran cantidad de energía.

Microalgas: depuradoras eficientes y sostenibles

En plena era del cambio climático, la regeneración de las aguas residuales es de vital importancia para el desarrollo sostenible. Un refrán antiguo dice que no se extraña el agua hasta que el pozo esta seco. Lo cierto es que el pozo aún no esta seco, pero poco a poco lo estamos secando. La situación ya es dramática. Una de cada tres personas no tiene acceso a agua potable salubre. Alrededor de 4 000 millones de personas carecen de servicios básicos de saneamiento. Además, las aguas contaminadas son la principal causa de muerte a nivel mundial.

 Ante esta situación, una de las principales metas de las Naciones Unidas es lograr el acceso universal y equitativo al agua. Las microalgas están llamadas a ser una de las claves para la gestión integrada de los recursos hídricos. Nos permiten depurar aguas residuales con un menor consumo de energía y aumentar la sostenibilidad del proceso al mismo tiempo. Consumen menos energía porque hacen la fotosíntesis y, por lo tanto, se nutren de luz solar.

 Otra enorme ventaja de estos microorganismos es que consumen dióxido de carbono para producir y acumular compuestos de interés. No olvidemos que el dióxido de carbono es uno de los principales causantes del cambio climático. Estos productos de interés, por ejemplo bioestimulantes agrícolas, permiten obtener beneficios de donde antes solo se generaban costes.

Su capacidad de depurar aguas residuales les da un rol dual: permiten recuperar contaminantes del agua residual y producir compuestos de valor simultáneamente. Esta es una de sus mayores virtudes. En los procesos basados en microalgas, la palabra recuperar es la clave. Mientras que los nutrientes y contaminantes del agua residual se retiran en los procesos convencionales, las microalgas tienen la capacidad de recuperarlos.

Estos microorganismos recuperan carbono, nitrógeno y fósforo de las aguas residuales para reproducirse y producir más individuos, o lo que es lo mismo, biomasa. Podemos utilizar la biomasa producida como un fertilizante ecológico y sostenible o como ingrediente para piensos animales.

Los bioestimulantes basados en microalgas son una garantía de sostenibilidad. Consumen dióxido de carbono durante su producción y permiten obtener frutas y hortalizas de calidad con un menor consumo de fertilizantes fósiles y agua. Su utilización en piensos también es sostenible. No solo mejoran la salud de los animales, también minimizan la necesidad de importar productos como la soja.

Desafíos para su aplicación a gran escala

La depuración de aguas residuales que utilizan microalgas es una tecnología novedosa. Aún esta en desarrollo y se enfrenta a una serie de desafíos. Al tener un color intenso, las microalgas se sombrean unas a otras. Debido a su necesidad de luz, se debe trabajar con aguas poco profundas.

Uno de los principales objetivos de los estudios en este ámbito es incrementar la eficiencia de dichos procesos, permitiendo depurar mayores volúmenes de agua en reactores mas pequeños. Además, se conoce muy poco sobre cómo los parámetros ambientales y de trabajo afectan a la calidad de las microalgas producidas. Esto es de vital importancia, ya que afecta directamente a la calidad del producto final.

 También se están realizando grandes esfuerzos para comprender como interaccionan estos organismos con las bacterias. Las bacterias están presentes de forma natural en el agua residual y el medio ambiente. Colaboran con las microalgas en la depuración de las aguas. Conocer con más detalle este proceso permitirá diseñar sistemas mas eficientes y sostenibles.

Las aguas residuales han pasado de ser aguas negras en la Edad Media a oro negro en el siglo XXI. Aunque aún queda un largo camino por recorrer, los resultados obtenidos hasta la fecha son prometedores. Ya hay ciudades como Chiclana, en Andalucía, que utilizan depuradoras de microalgas. En Mérida se esta construyendo una de las mayores depuradoras de microalgas de Europa gracias al proyecto H2020 SABANA. Poco a poco aprenderemos a aprovechar las grandes ventajas que nos ofrecen estos pequeños y valiosos seres vivos."               

 (Investigadora en Biotecnología, Universidad de Almería, Investigador del área de Ingeniería Química, Universidad de Almería,The Conversation, 04/07/21)

29/5/19

Insecto contra insecto: la (rentable) guerra de las plagas... Agrobío factura 30 millones con plaguicidas biológicos en los que depredadores ‘buenos’ sustituyen al uso de químicos

"De las tres principales empresas del mundo capaces de producir docenas de millones de insectos al año —abejorros, chinches o ácaros —, que los agricultores luego sueltan para polinizar sus verduras o prevenir plagas, una de ellas es española, Agrobío.

 Este grupo, de La Mojonera (Almería), situada en medio de la mayor concentración de invernaderos de Europa, da servicio con sus plaguicidas ecológicos a más de 45.000 hectáreas de cultivos protegidos. En España sirve a Almería, Murcia y Málaga, y en el exterior tiene presencia en 40 países. Uno de cada cuatro abejorros que se utilizan en el mundo para polinizar tomates procede de sus tres fábricas, la de La Mojonera, y las de Antalya (Turquía) y Agadir (Marruecos).

Considerada como la gran pionera en España de los antiplagas bio, esta compañía viene avalada por un rápido crecimiento. Sus ventas han crecido en los últimos años a tasas anuales del 20%. La facturación, de 25 millones de euros en 2017 (año en el que ganó 1,7 millones), subió hasta los 30 millones el pasado año.

 “En 1997, en el segundo año de existencia de la empresa, vendíamos 15.000 colmenas de abejorros: ahora estamos sobre las 500.000”, comenta José Antonio Santorromán, cofundador y director de Agrobío.

 “Cada año tenemos que aumentar las instalaciones”, dice. Desde que se lanzó al mercado con sus insectos para polinizar el tomate, la empresa se ha ido ganando el favor de los agricultores. Fue la primera firma capaz de hacer frente a la Tuta Absoluta, una plaga del tomate llegada de Sudamérica que asoló las regiones ribereñas del Mediterráneo en 2007.

Fundada en 1995, inició su andadura con la producción de los abejorros polinizadores, una propuesta que cambió los modos de trabajar de los agricultores almerienses, y que hoy representa el 40% de su cifra de negocio. “En unos pocos años el 100% de los tomates eran polinizados con estos insectos”, explica Santarromán. Creados para el tomate de invernadero, los abejorros cumplen hoy funciones de polinización con pimientos, berenjenas, calabacines, fresas o frutales, incluso al aire libre.

Antes de la apuesta de Agrobío, los agricultores polinizaban las flores del tomate con hormonas. Ahora lo hacen con una colmena (una caja) de abejorros compuesta por una reina y 100 obreros, que se dispersan por los cultivos. Cada hectárea exige 30 colmenas. “Además, los tomates son de mejor calidad”, asegura el directivo.




La segunda gran oportunidad de Agrobío llegaría en 2007, con la llamada crisis del pimiento. Pese a que la compañía llevaba varios años tratando de convencer a los agricultores de los invernaderos para que utilizaran sus insectos, estos preferían los plaguicidas químicos. “Hicimos muchos esfuerzos por difundir los insectos antiplagas, pero sin mucho éxito”.

Eso hasta que se produjo una alarma sanitaria de la Comisión Europea contra los pimientos de la zona que estuvo punto de acabar con la producción local. “Se estaban utilizando masivamente productos químicos ilegales venidos de China, y en Bruselas se pusieran serios: o acaban con esas prácticas o les cerraban las explotaciones”, recuerda el empresario. Fue así como nació una nueva línea de negocio, la de control biológico, que no ha parado de crecer, con nuevos insectos predadores y aplicaciones y que es ya mayoritaria en Agrobío, acaparando el 60% de su facturación.

Además, a los agricultores les vino bien: no solo era más sana, sino también más eficiente pues eliminaba el problema de las mutaciones y resistencias. Esto, además de que los pesticidas, eran perjudiciales para los trabajadores.

Dada la amenaza de cierre, las empresas agrícolas se apuntaron rápidamente. “Nunca se había visto tal reconversión en solo tres años. De tener 200 hectáreas con ese sistema en 2007 se pasó a 7.000 ya al año siguiente”. En la actualidad, el 80% del cultivo intensivo en Almería utiliza estos insectos buenos. En el pimiento llegan al 100%. Aquí se emplean chinches, ácaros y parasitoides.

A los chinches, que se venden en botes de plástico de un cuarto de litro, se les suelta y enseguida se ponen a trabajar y van en busca de sus enemigos. “Los parasitoides, por su parte, ponen su huevo en un bicho malo, que una vez que nace en el cuerpo del otro, se lo come”.

Agrobío, más que un productor de insectos, prefiere definirse como una empresa biotecnológica. En la actualidad es miembro de las principales organizaciones de control biológico del mundo. “Cada año nuestro equipo acude a foros internacionales y acoge visitas de científicos, grupos de agricultores, técnicos y personalidades interesadas en conocer cómo funciona nuestro modelo”, dicen.
La empresa está involucrada en Proyectos Europeos 2020 e Interconecta, un programa que buscar soluciones a retos como el control del pulgón o la araña roja. “Cada año”, dice Santorromán, “incorporamos unos 30 bichos nuevos, para diferentes plagas”.

Apuesta por el I+D

Para detectar los depredadores eficientes, en el departamento de I+D de la empresa (que consume el 10% de las ventas), consultan los datos de investigación básica de las universidades. “Hay millones de especies. Lo que hacemos es ver qué insecto puede ser utilizado contra una plaga y si lo podemos multiplicar nosotros, lo que no siempre es posible”. Todo ello obliga a la empresa a mantener una plantilla muy especializada: Entre los 170 trabajadores (140 en España) hay ingenieros técnicos, biólogos, ingenieros agrónomos, economistas o técnicos comerciales, que son los que asesoran a los agricultores.

Cuando Santorromán inició el negocio, hace 24 años, ya tenía otra empresa, Almeriplant, de comercialización de semilleros, que sigue existiendo. “Decidimos entrar en el negocio de los insectos al ver que había salido un experimento con estos bichos en el norte de Europa, que empezaban a utilizarse para polinizar el tomate, y que algunos agricultores los estaban importando de Holanda”. Dado el éxito de la empresa en Almería, Agrobío decidió aprovechar en 2007 su éxito en el campo almeriense con los antiplagas para empezar a exportar.

 “Nuestro principal cliente es Holanda, por su similitud con Almería en cuanto a los invernaderos, pero también vendemos bastante en Italia, Francia, Marruecos, Argelia o Jordania”. El gran reto ahora es entrar en EE UU e Iberoamérica."                    (Fernando Barciela, El Paí, 16/05/19)