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1/4/13

María Magdalena... la de Jesús

" Roma tiene cuatro evangelios bien condimentados. Antes de llegar a ese canon, despreció decenas y decenas de otros relatos igualmente dignos de tener en cuenta. Por ejemplo, de la primera conferencia apostólica de los cristianos, alrededor de mediados del siglo I, muy probablemente el año 49, sabemos dos versiones o dos reseñas, la de san Pablo en una de sus cartas, y la más tardía de Lucas en Hechos de los Apóstoles.

 El resto de las informaciones se han desechado, por ejemplo el relato de lo que en aquel (llamemos) concilio hicieron las mujeres. Ni una palabra. 

Dos cosas quedaron claras en esa conferencia política. La preponderancia de Pablo frente a san Pedro, y la decisión de salirse de Israel (con el reto de llegar a Roma), para lo cual había que dejarse de circuncisiones y otras gaitas judías (ahí dejaron de ser una secta judía).

 Y otra, de más graves consecuencias históricas, el ya citado arrinconamiento de las mujeres, que, sin embargo, habían sido compañía imprescindible para Jesús, sus auténticas mantenedoras y organizadoras de la campaña electoral del fundador en sus últimos años, hasta morir en la cruz de forma tan horrible.

Es cierto que, según los evangelistas, no hubo mujeres en la última cena de Jesús con los suyos, a modo de despedida ante lo que se avecinaba, pero es también cierto que cuando, tal día como este domingo, el fundador cristiano decidió resucitar, las primeras en saberlo fueron las mujeres de su entorno, no los espantados apóstoles, que se habían escondido como conejos en un incendio forestal (Pedro incluso llegó a negar que lo conociese, una y tres veces, cuando le reconocieron como a uno de sus fieles).

Cabe suponer que la principal víctima de la conferencia política de Jerusalén fue María Magdalena, que aparece en la primera tradición cristiana especialmente vinculada a Jesús. Cierta literatura, a lo Código da Vinci, la ha convertido incluso en su amante. Es probable que lo fuese, pero en sentido espiritual, no físico, lo que enfadaba a los celosos apóstoles. 

La llamaban Magdalena porque era de Magdala, una ciudad de pescadores de la costa del mar de Galilea, entre Cafarnaún y Tiberiades, que contaba con más de 200 barcos, famosa por sus salazones. El hecho de que no llevara unido el nombre o apellido de su padre o marido, sino el de su ciudad, indica que era independiente. No estaba sometida a otras personas y tenía autoridad para formar parte del grupo de Jesús. 

Nada se dice en los evangelios sobre cómo lo conoció, pero Lucas, que no debía ser muy partidario, la presenta como endemoniada (Jesús la liberó de siete demonios, llega a decir). Supongo que era endemoniada porque era pagana antes de convertirse. Aún hoy, algunos prelados romanos tachan de endemoniados a quienes no les siguen la corriente.

Tenemos, por tanto, a María la de Magdala en el círculo más estrecho de los discípulos de Jesús. Es más, debió (de) ser una mujer con dinero, capaz de pagar las estancias (posada, comida y organización de los eventos) del revoltoso mitinero allá por donde convenía que predicase la Buena Nueva del Reino de Dios que más tarde se convirtió en una Iglesia repleta de jerarquías sacerdotales sobrealimentadas. 

De sobra se escribió en los primeros años del cristianismos que Jesús no era eso lo que vino a predicar, sino todo lo contrario: predicó contra el poder de los Caifás de turno, y para que el César tuviera lo que es del César, y Dios lo que es de Dios...   

¿Cómo y cuando cayó en desgracia María Magdalena? Es una de las más conmovedoras historias de los evangelios y también de las más enigmáticas. Inicialmente, hubo un debate para fijar su personalidad, pues hay tres pasajes con nombre de María: María la pecadora, “que unge los pies del Señor”. (Lucas, VII, 37-50); María la de Magdala, la posesa liberada por Jesús, que se incorporó a las mujeres que le asistían (también Lucas, VIII, además de Juan, XX, 10-18) hasta la crucifixión y resurrección; y María de Betania, la hermana de Lázaro y Marta. (Lucas, X, 38-42). 

La liturgia romana identifica los tres pasajes como referidos a la misma mujer: María Magdalena. La liturgia griega, sin embargo, las reconoce como tres mujeres distintas. El santoral litúrgico actual celebra a una sola: María Magdalena, en homenaje a su encuentro con Jesús resucitado. 

Lo seguro es que nuestra María estuvo al pié de la cruz donde murió su maestro, en el monte Calvario, mientras sus hombres lo han abandonado. Allí estaba Magdalena, acompañando a la otra María, la madre del crucificado. "Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena", escribe el evangelista Juan (19:25). 

Y esta otra versión, por si caben dudas: "Había allí muchas mujeres mirando desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle. Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo" (evangelista Mateo 27:55-56).

Más. “Después que José de Arimatea entierra a Jesús y se fue, María Magdalena quiso quedarse. Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro" (Mateo 27:61).

María Magdalena también fue la primera en ir al sepulcro el domingo de Resurrección: "Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro" (Mateo 28:1). “Iban con los perfumes para embalsamarlo... Descubrieron así que alguien había apartado la pesada piedra del sepulcro del Señor”. 

Y ¡la noticia!: "Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios". (Marcos 16:9). 

Así que María Magdalena, la pecadora convertida en contemplativa, fue la primera que vio, saludó y reconoció a Cristo resucitado. Jesús la llamó: "¡María!" Y ella, al volverse, exclamó: "¡Maestro!" Y Jesús añadió: "No me toques, porque todavía no he subido a mi Padre. Pero ve a decir a mis hermanos: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios" (Jn 20:17)

Y María de Magdala fue, y los apóstoles no quisieron creerla. ¿Por qué se iba a aparecer el maestro a la Magdalena, si ellos eras sus preferidos, los doce, los apóstoles? Imposible de soportarlo.

La tradición oriental afirma que, después de Pentecostés, María Magdalena fue a vivir a Efeso con la madre del crucificado, y que murió allí. Una tradición francesa sostiene que María Magdalena fue con Lázaro y Marta a evangelizar la Provenza y pasó los últimos treinta años de su vida en los Alpes Marítimos. 

Sea como fuere (los evangelios no dejan de ser un cuento, dicho sea con el respeto que se supone a todas las creencias religiosas), lo cierto es que la Iglesia (hoy llamada)  romana ha demonizado a María Magdalena, identificándola como una prostituta. Ha sido la manera de espantar la posibilidad de que se consolidase un liderazgo femenino en el cristianismo primitivo, ya antifeminista.

 La literatura ha aprovechado el conflicto muchas veces, incluso novelando sobre un amor entre el fundador y su hermosa pecadora arrepentida. El último en hacerlo ha sido el escritor Jesús Bastante Liébana, en Y resucité de entre los muertos (Ediciones B. 2012). 

No hay que descartar (el famoso Brown, el autor del Código Da Vinci, también lo novela), que existió una pugna entre el "partido de la Magdalena" y el partido vencedor que sigue a Pedro y a Pablo hasta conquistar Roma y erigirse en un nuevo Imperio Romano (de perseguidos se convierten entonces en perseguidores persistentes). Lo seguro (lo sabido) es que quien perdió fue la mujer.

 La mujer caída del paraíso; la denigración de la mujer. “De todos los innumerables pecados cometidos a lo largo de su historia, de ningún otro deberían de arrepentirse tanto las iglesias como del pecado cometido contra la mujer", ha escrito la gran teóloga católica Uta Ranke-Heinemann."        (Juan G. de Bedoya, El País, 31/03/2013)

27/9/12

¿Jesús casado? Probablemente...

"Por supuesto, un manuscrito. Hasta hace un siglo, en el mercado de antigüedades de El Cairo se podían encontrar libros en papiro con los que revolucionar la historia de las religiones. 

Le ocurrió en 1896 a Carl Reinhardt, cuando compró uno escrito en copto a principios del siglo II. Lo depositó en el Museo Egipcio de Berlín y no fue desvelado hasta 1955 por el egiptólogo Carl Schmidt. Resultó ser El Evangelio de María y agitó las investigaciones sobre el protagonismo de las mujeres en las primeras comunidades cristianas.

 En una religión cuyas jerarquías desprecian, e incluso detestan, a la mujer, reabría el viejo debate sobre el estado civil de Jesús, el fundador cristiano. Así lo subrayó entonces Karen King, reputada catedrática en la Universidad de Harvard, que ofreció en 2006 otra traducción y un estudio riguroso (en español lo editó Poliedro, traducido por Marco Aurelio Galmarini).

Ahora vuelve otro papiro. Al comprado por Reinhardt le faltaban las seis primeras páginas y cuatro más del centro. Karen King cree que eran la clave de un hecho que se ha querido ocultar como si fuese peligroso. 

La semana pasada ha dado a conocer el texto en el que se dice que Jesús se casó. La tradición cristiana imperante siempre ha dicho que no lo estaba, a pesar de no existir evidencias que respalden tal afirmación o la contraria.

“Si en los primeros textos no hay referencias al matrimonio de Jesús, es porque en el contexto judío lo normal era que estuviera casado. ¿Por qué, entonces, las reacciones, más viscerales que argumentadas, en contra? 

Las razones tienen que ver con el sexo. Porque cae por tierra todo fundamento cristológico del celibato impuesto a los sacerdotes; porque pierde justificación la superioridad de la vida consagrada a Dios sobre la vida de los cristianos seglares, y porque se desmonta la visión negativa que la Iglesia tiene de la sexualidad y la consiguiente represión sexual que impone”, sostiene el teólogo Juan José Tamayo, autor de tres libros sobre la vida y la obra de Jesús de Nazaret.
 
En El Evangelio de María hay un diálogo de Jesús con los discípulos después de la resurrección. Entre ellos está María de Magdala (vulgarmente, la Magdalena), que antes había revelado enseñanzas que ella misma recibió en una visión del resucitado. Algunos discípulos se enfadan. 

¿Cómo podía Jesús escoger a una mujer como interlocutora, marginando a Pedro, por ejemplo? Otros reprochan a Pedro el trato que da a Magdalena: “Si el Salvador la hizo digna, ¿quién eres tú para rechazarla? El Salvador la conocía profundamente. Por eso la amó más que a nosotros. Lo que debería darnos vergüenza”.

Otro fragmento contiene esta cita: “Y Jesús les dijo: mi mujer”. A la discusión sobre si esa mujer merece ser parte de la comunidad, Jesús contesta: “Ella puede ser mi discípula también”. Con esta frase, la tesis de san Pablo ordenando callar a las mujeres en las asambleas saltaría por los aires de forma clamorosa.

Son legión los Padres de la Iglesia que detestan a la mujer. Pablo de Tarso: “Es bueno para el hombre abstenerse de mujer”. Agustín de Hipona: “El marido ama a la mujer porque es su esposa, pero la odia porque es mujer”. Tomás de Aquino: “La mujer es un hombre malogrado”. 

 Juan Damasceno: “La mujer es una burra tozuda, un gusano terrible en el corazón del hombre, ella ha expulsado a Adán del Paraíso”. Tertuliano: “No está permitido que una mujer hable en la Iglesia, ni bautizar, ni ofrecer la eucaristía, ni participar en las funciones masculinas, y mucho menos en el sacerdocio”.
 
Pese a haber habido en la historia no pocos papas casados y con hijos, se ha impuesto la idea de que, si el celibato era superior y el matrimonio inferior aunque lícito, el sexo sería en consecuencia un acto perverso y un pecado lícito solo en el matrimonio.

 Lo dijo pronto el obispo Ambrosio de Milán (373-397): “La vida conyugal es incompatible con una carrera en la Iglesia. Incluso un buen matrimonio es la esclavitud”.

Es la tesis del fundador del Opus Dei, el ya santo Josemaría Escrivá de Balaguer, en la máxima 28 de Camino, el libro de cabecera de sus influyentes seguidores: “El matrimonio es para la clase de tropa y no para el estado mayor de Cristo”.

En el Vaticano, centro del imperio católico, nunca se aceptará que Jesús fue un hombre casado. Descuartizaría las bases en las que basa su vasto poder desde que el emperador Constantino consagró el cristianismo como fe oficial de su imperio. 

Para ello hubo de intervenir enérgicamente en favor de la facción que sostenía que Jesús era hijo de Dios, incluso él mismo Dios y uno de los componentes de la ahora llamada Santísima Trinidad.
 
La principal consecuencia de la intervención de Constantino fue, sin embargo, la conversión de los cristianos en un poder con vocación de dominar el mundo con un Estado propio en la sede misma del ya caído Imperio Romano. Nada de eso pudo imaginarlo el fundador. Como dijo el clásico, Jesús anunció el Reino de Dios, y lo que vino fue la Iglesia, con poder, influencia y lujos sin cuento.

El emperador intervino —Concilio de Nicea, año 325— para poner paz entre disputadores teológicos, pero la realidad fue bien otra. Allí se engendraron incontables guerras de religión, terribles persecuciones —los hasta entonces cristianos perseguidos se iban a convertir en feroces perseguidores— y tiempos de inquisiciones y autos de fe. Voltaire calculó en su tiempo que la religión había causado un millón de muertos por siglo.

Eran la consecuencia de otra proclamación conciliar, de arrogante ignorancia: la que sostuvo hasta hace 50 años que “fuera de esa Iglesia no hay salvación” (Concilio Ecuménico de Florencia, 1442), con estas palabras: 

“La Santa Iglesia Romana cree firmemente, confiesa y proclama que nadie fuera de la Iglesia católica, sea pagano o judío, no creyente o separado de la unidad, participa de la vida eterna, sino que cae en el fuego eterno que ha sido preparado por el demonio y sus ángeles, a no ser que se incorpore a ella antes de la muerte”.  (...)

Impuesta la tesis de que Jesús es Dios —e hijo de Dios—, ¿cómo sostener que se hubiese casado con mujer terrenal e incluso que tuviese hijos? No podía ser. Dios no se casa.

 La fórmula fue radical: la proclamación de unos pocos escritos canónicos (cuatro Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, el Apocalipsis) y una radical eliminación del resto de los escritos, varios de ellos también conocidos hasta entonces —y ahora— como evangelios, a ser posible en el fuego. (...)

“El papiro desvelado por Karen King confirma lo que teólogas y teólogos hemos afirmado hace tiempo”, sostiene Margarita Pintos, presidenta de la Asociación para el Diálogo Interreligioso.

 “En el siglo primero, la normalidad era que hombres y mujeres se emparejasen para tener descendencia, y más en familias judías que esperaban a un Mesías liberador. Pero identificar a esa mujer con María Magdalena es una lectura patriarcal. No podemos imaginar que una mujer por sí misma, sin referencia a un varón, sea libre, independiente y depositaria del anuncio de la Resurrección. 

Siempre que aparece un documento que pone a Jesús en relación con alguna mujer, se la quiere identificar como su madre, su esposa, su amante, etcétera. Las mujeres que vivieron en la proximidad de Jesús fueron, seguramente, personas peculiares, con pensamiento propio, dispuestas a poner en práctica una noticia liberadora para sus vidas sometidas al orden patriarcal. 

En el discipulado igualitario de Jesús encontraron ese espacio para desarrollarse en libertad. Por su valía personal fueron depositarias del anuncio de la resurrección, predicaron en las ciudades del Imperio y a muchas les costó la vida”, añade la teóloga. (...)

“Jesús pudo estar casado y haber formado una familia. El modelo de familia defendido por el Evangelio tendría más peso si el mismo Mesías hubiera formado una. Durante años se dio por sentado que Jesús tuvo hermanos e incluso una compañera, que bien podría haber sido María Magdalena.

 Fue bastante después, atendiendo a criterios patriarcales, cuando la Iglesia acabó por institucionalizarse, cuando se cerró la vía de que Jesús hubiera podido tener una familia. La mujer era símbolo de pecado, y el celibato acabó imponiéndose como un modo de superioridad del hombre sobre la mujer. 

Ahí María, o la mujer de Jesús si tuviera otro nombre, no tenía cabida. Así se impuso la castidad como modelo de perfección, pese a que los eclesiásticos no han sido precisamente un ejemplo de cumplimiento”.

El teólogo Tamayo toma la idea de san Josemaría (“si Jesús hubiera estado casado pasaría a ser tropa”) para recordar que cada vez que los investigadores, sobre todo las investigadoras feministas, plantean la posibilidad de que Jesús estuviera casado, la jerarquía católica pone el grito en el cielo. 

“Lo hacen como si se tratara de una verdad de fe, cuando no pertenece al núcleo del cristianismo y resulta irrelevante en los evangelios, que destacan las excelentes relaciones de Jesús con las mujeres y de ellas con Jesús”.          (El País, 24/09/2012)

6/9/11

"No hay ni una sola razón para dejar fuera del sacerdocio a la mujer"

"P. No apueste. En 2006 apostó usted por que Benedicto XVI admitiría antes de cinco años el sacerdocio femenino, y ya ve.

R. Estoy a punto de ganar.

P. Hombre, no. Este Papa va en la dirección contraria. En la última reforma del llamémoslo código penal del Estado vaticano se han endurecido las penas por ordenar mujeres, casi a la par que el delito de pederastia.

R. Sí, pero ahí está un cardenal Martini y otros prelados y teólogos que piden lo mismo que yo.

P. Son personas marginales, a los que Roma no hace caso. En el episcopado español no hay ni un solo obispo partidario de ordenar mujeres.

R. Lo que los obispos digan... Viven mirando a Roma, como decía el cardenal Tarancón.

P. Decía que los obispos tenían tortícolis de tanto hacerlo. Pero Roma es quien manda

R. Roma ha cambiado. El Papa también cambió cuando ha llegado al cargo. Pero, sobre todo, sigo creyendo en el Espíritu Santo. En cualquier momento le puede influir. Sé que lo que digo va a molestar como si estuviera cometiendo un sacrilegio, pero no hay ni una sola razón para dejar fuera del sacerdocio a la mujer.

P. Lo cierto es que el Papa le va a hacer perder la apuesta." (PADRE ÁNGEL: "No hay ni una sola razón para dejar fuera del sacerdocio a la mujer". El País, ed. Galicia, 03/09/2011, p. 35)