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28/3/23

A propósito de "Crítica de la razón puta. Cartografías del estigma de la prostitución" : Yo tenía una postura abolicionista cuando comencé a investigar la prostitución... tomé la decisión de realizar trabajo de campo porque concedí que quizás la realidad social de la prostitución tenía algo que enseñarme; y así fue, lo cambió todo... el discurso abolicionista pasa por encima de la mujer de carne y hueso en aras de la defensa de la mujer simbólica. Porque si la prioridad fuesen las mujeres reales que ejercen la prostitución no se aprobaría ninguna medida que aumentase su vulnerabilidad... Las trabajadoras sexuales en España tienen restringido el acceso a la vivienda, porque carecen de nómina para alquilar y eso beneficia a los empresarios, que solo les piden el pasaporte para alojarlas en los clubes. La ilegalización del alquiler de habitaciones que pretendía Podemos y que ahora está demandando el PSOE con su reforma del Código Penal, con toda la derecha a favor, complica todavía más este derecho. Gracias a la investigación de campo en países como Argentina o el informe de Amnistía Internacional en Noruega sabemos qué ocurre cuando se aplican estas políticas: incrementan los pisos clandestinos y los desahucios. Una voluntad política a la que de verdad le importe la seguridad y el bienestar de las mujeres que ejercen la prostitución estaría favoreciendo sus derechos sociales... Mientras tanto, las trabajadoras sexuales organizadas siguen tejiendo alianzas con los movimientos sociales y con otras mujeres precarias, dando ejemplo de lo que es el activismo: de base y colectivo

 "Crítica de la razón puta. Cartografías del estigma de la prostitución. Es el título del libro recientemente editado por la editorial La oveja roja. Su autora es Paula Sánchez Perera, titulada en filosofía, que ha recorrido un largo camino de investigación sobre el genérico tema del comercio sexual. Activista feminista, su tesis doctoral es precisamente la base de este interesantísimo libro, en el que ha recurrido de forma importante a conocer y reconocer a las propias trabajadores sexuales, en diversos ámbitos geográficos del Estado y de Argentina.

Begoña Zabala- Para escribir el libro y realizar la tesis, además del evidente trabajo de investigación bibliográfica y teórica, que aparece muy potente, ¿cómo te has enfrentado al tema del trabajo sexual desde la práctica y el conocimiento de las condiciones concretas de las trabajadoras. Me gustaría que comentases lo que ha sido tu actividad de inmersión real en el tema, contactos, entrevistas, acompañamientos, conocimientos. Y claro, la importancia que tiene para ti esta metodología.

Paula Sánchez. Yo tenía una postura abolicionista cuando comencé a investigar la prostitución, entonces para un TFM (Trabajo Fin de Máster), en el que como buena titulada en filosofía me limité a la teoría. Ya para la tesis doctoral tomé la decisión de realizar trabajo de campo porque concedí que quizás la realidad social de la prostitución tenía algo que enseñarme; y así fue, lo cambió todo. Estuve casi 5 años como voluntaria de intervención social en zonas de prostitución callejera de Madrid. Por eso, en el libro las vulneraciones de derechos (tanto las derivadas de la criminalización callejera como las que son fruto de la clandestinidad forzosa) se exponen a partir de casos de estudio del trabajo de campo. Además, al cambiar de postura entré en contacto con trabajadoras del sexo activistas y me decidí a entrevistarlas porque me interesaba especialmente su historia de resistencia frente al estigma, que se produce en el contexto de la militancia. Tanto para mi proceso de conversión personal como a la hora de privilegiar el análisis de las condiciones materiales esta metodología fue crucial, pero también el comprometerme con una epistemología feminista. Solo esta entiende que las trabajadoras del sexo no son sujetos de estudio, sino agentes de conocimiento sobre su realidad.

BZ. El estigma es el concepto estrella y central, si se puede hablar solo de uno, que atraviesa el libro y así aparece. Además de entrar en el concepto mismo para entendernos y ver de qué estamos hablando, ¿nos puedes contar cómo opera el estigma en lo concreto? ¿Deriva de la criminalización, de la marginación, de la estrechez moral y la doble vara de medir? Sí sería interesante ver cómo se pueden aminorar los efectos del estigma, mientras no desaparezca, si es que ello es posible.

Paula Sánchez. Un estigma no es un atributo concreto, sino un proceso social que surge cuando se interrelacionan varios componentes, como la marginación, el etiquetaje o la ausencia de poder social. Tampoco es un asunto individual, porque para que se genere un estigma se precisa de una estructura que lo estabilice, que en nuestro caso convierta una actividad en una identidad prefijada. Todos los juicios esencialistas sobre la prostitución beben de su estigma y tienen su origen en códigos normativos que separaron a unas mujeres de otras tejiendo una jerarquía de género. El código de Hammurabi de la antigua Mesopotamia y los modelos jurídicos decimonónicos estabilizaron una red de significados (pecadora, infecciosa, delincuente y víctima) que hoy perviven y se yuxtaponen, que incluso podemos rastrear en la prensa.

Ahora bien, en todas las sociedades patriarcales aparece como constante lo que las antropólogas han llamado el intercambio económico-sexual, que se produce en modalidades mistificadas como el matrimonio y otras que no, que son estigmatizadas. En otras palabras, lo que define y distingue a la prostitución del resto de instituciones del patriarcado es el estigma, por eso lo utilizo como hilo conductor a lo largo del libro para proponer una agenda alternativa para el debate, identificando las cuatro dimensiones de ese estigma. Una de ellas es la semántica, el significado de ese estigma y por qué tiene tanto que decirnos a todas las mujeres. En el patriarcado, mientras los hombres deben demostrar que son hombres, lo que a las mujeres cis se nos exige probar es que somos buenas. Esto lo vemos cada vez que salta a la palestra pública un caso de violencia sexual: para que la víctima resulte creíble se le exige probar que su reputación moral está intacta. Por eso digo que el estigma forma parte de la bipolaridad del género femenino, para el que dibuja un modelo de desviación social que desde la adolescencia aprendemos a rechazar porque sabemos que de lo contrario todo lo que nos ocurra será justificado como “culpa nuestra”. El estigma se constituye desde la antigua Mesopotamia hasta nuestros días como un dispositivo de control patriarcal de la reputación femenina, dividiéndonos en buenas y en malas para favorecer el control del trabajo reproductivo a través de la violencia simbólica y sexual. En síntesis, diría que ese estigma deriva de la moral patriarcal y su consiguiente institucionalización normativa a lo largo de los siglos.

¿Cómo reducir este estigma? Primero se debe de erradicar su dimensión estructural, es decir, su institucionalización normativa. Al igual que con el colectivo LGTBI, para poder trabajar en la reducción del estigma social antes debemos de eliminar la criminalización y el tratamiento legal discriminatorio. Entonces ya se puede trabajar en la dimensión social del estigma desde la educación en diferentes niveles y desde un enfoque multifactorial. Sin embargo, la dimensión semántica del estigma está instalada en el patriarcado mismo y requiere de un trabajo coordinado de los feminismos para derrocarla. Mientras haya guerra interna, habrá estigma, porque el estigma es una división de mujeres y requiere para su disolución que abracemos una sororidad radical en el movimiento. Es decir, que conquistemos la igualdad política entre las mujeres, reconociendo a la otra con capacidad de tomar decisiones responsables para su vida, aunque no fuesen las que tomaría una para sí misma.

BZ. Y hablando del estigma podemos ahora entrar también a ver si los clientes están también estigmatizados, o cómo están, y por qué los hombres que ejercen la prostitución tienen más disminuido los efectos negativos del estigma.

Paula Sánchez. Los clientes no tienen ni pueden llegar a tener ese estigma. Lo que ocurre es que, al relacionarse con trabajadoras sexuales, uno se contamina momentáneamente de su estigma, pero con dejar de consumir o confesarlo ese supuesto estigma se disuelve. Los clientes no pueden ser estigmatizados porque son hombres y la doble moral patriarcal dicta que los hombres, mientras se mantengan en la heterosexualidad, lo que hagan con su sexualidad no les marca ni les devalúa. Por esa misma razón el estigma que sufren los trabajadores sexuales es de otra clase, porque lo que a ellos les estigmatiza es principalmente la homosexualidad, más que la prostitución, que a menudo se intersecciona con otros ejes de opresión como la clase y la raza. De ahí que cuando el trabajador sexual sea un gigoló o un actor porno que solo realice prácticas heterosexuales es visto incluso como un arquetipo envidiable. En nuestra cultura los insultos característicos para cada género (puta para las mujeres, maricón para los hombres) ilustran perfectamente las raíces de los estigmas vinculados al género, pero no son intercambiables.

BZ. Un tema que me parece interesante para analizar en la actualidad es el de la legislación sobre la prostitución, en todos los campos y para todas las personas que resultan afectadas por ellas. Es decir, no solo las mujeres que ejercen la prostitución, sino las personas que tienen clubs y los regentan, o las personas que pueden alquilar pisos. Si se organizan en cooperativas las trabajadoras sexuales, ¿se verían afectadas de alguna forma las participantes? ¿Qué supone en términos legales y prácticos que no puedas montar un sindicato?

Paula Sánchez. Es importante tener en cuenta que la legislación ha sido siempre bien diferente para la patronal, que ha estado reconocida por el Tribunal Supremo desde 2004, a partir del caso Mesalina, y que suele tener a las asalariadas trabajando en sus clubes como falsas autónomas. Esto lo explico en el libro a través de un caso de estudio, el de los procesos judiciales que emprendió Evelin Rochel contra su club de alterne y que nos permite entender toda la gama de derechos vulnerados a consecuencia de la clandestinidad forzosa en la que se ejerce.

Con respecto a las cooperativas de trabajo asociado, si bien son una solución para una minoría que reúne las condiciones, siempre que se han intentado conformar la administración, que tiene la última palabra, las ha obstaculizado. De todas formas, aunque es una vía interesante, desresponsabiliza al Estado de las protecciones laborales que quienes ejercen precisan.

Por otro lado, el sindicato OTRAS es perfectamente legal y así lo ratificó el Tribunal Supremo en 2020. El problema es que la relación laboral en prostitución continúa siendo ilegal, aunque sí esté reconocida en otras modalidades como el alterne o el porno. Llegamos así a una situación paradójica porque la actividad sindical está legitimada en la prostitución por cuenta propia, mientras que quienes estén por cuenta ajena carecen de herramientas para limitar el poder del empresario, hacer valer sus intereses, garantizar condiciones de trabajo, salud y seguridad mínimas e incluso denunciar la explotación laboral.

BZ. Con esta reciente ley de la libertad sexual, hubo unos momentos terribles y muy negativos para los derechos de las trabajadoras sexuales cuando, en fase de debate, se metió la tercería locativa como delictiva. Ya todas las discusiones que siguieron se fijaron ahí, exigiendo la eliminación de tal propuesta puesto que ninguneaba totalmente la voluntad y la capacidad de agencia de las trabajadoras, pues se introducía la coletilla de considerarlo delito "aunque se produzca con el consentimiento de las mujeres". ¿Qué opinas de esta penalización? Precisamente una ley que llaman del sí es sí, resultaría que sí se afirma la asertividad, pero no si es trabajadora sexual.

Paula Sánchez. Puede resultar paradójico que una ley que pretende afirmar y garantizar el consentimiento de las mujeres acabe anulando el de otras, pero no es ninguna paradoja: es una contradicción. Una contradicción perenne en el discurso abolicionista que pasa por encima de la mujer de carne y hueso en aras de la defensa de la mujer simbólica. Porque si la prioridad fuesen las mujeres reales que ejercen la prostitución no se aprobaría ninguna medida que aumentase su vulnerabilidad como esta, que las estaba desahuciando. Las trabajadoras sexuales en España tienen restringido de base el acceso a la vivienda, porque carecen de nómina para alquilar y eso beneficia a los empresarios, que solo les piden el pasaporte para alojarlas en los clubes. La ilegalización del alquiler de habitaciones que pretendía Podemos y que ahora está demandando el PSOE con su reforma del Código Penal, con toda la derecha a favor, complica todavía más este derecho. Gracias a la investigación de campo en países como Argentina o el informe de Amnistía Internacional en Noruega sabemos qué ocurre cuando se aplican estas políticas: incrementan los pisos clandestinos y los desahucios.

Una voluntad política a la que de verdad le importe la seguridad y el bienestar de las mujeres que ejercen la prostitución estaría favoreciendo sus derechos sociales, en lugar de dinamitarlos y, desde luego, derogaría la Ley mordaza que lleva siete años sancionándolas por desobediencia a la autoridad y exhibición obscena. En cambio, para esta falsa izquierda la prostitución es una cuestión recurrente con la que arañar votos, por las ansiedades sociales que vehicula, y librar la batalla por el liderazgo del movimiento feminista; es un símbolo. Mientras tanto, las trabajadoras sexuales organizadas siguen tejiendo alianzas con los movimientos sociales y con otras mujeres precarias, dando ejemplo de lo que es el activismo: de base y colectivo."                          

(Entrevista a Paula Sánchez Perera,  , Viento Sur, 24/Mar/2023)

15/6/22

Profesionales del porno: “El consentimiento es el pilar de nuestro trabajo”... “Es común escuchar a gente que ha pasado por esta industria afirmar que gracias al porno ha aprendido el valor del consentimiento mutuo y a respetar sus límites en el sexo, y también debemos recordar que son muchas las mujeres, trabajadoras sexuales de todo tipo, que se sienten empoderadas por lo que hacen”

"Una mujer despliega una pantalla en el aire y accede a un catálogo de hombres. Elige cuatro, que se materializan en unos segundos en la habitación para dar lugar a una escena de media hora de sexo en grupo. La escena pertenece a la película Hologang (2021), de Paulita Pappel, y se enmarca dentro de Hardwerk, una de sus líneas de trabajo: el “gangbang feminista”. Pappel hace también lo que ella llama “porno documental” en Lustery y es curadora del Festival de Cine Porno de Berlín. “En las películas que hago, el concepto lo desarrollamos junto a la persona que va a estar en el centro; lo primero que hacemos es mandarles una lista larguísima con opciones que esa persona rellena poniendo cuál es su experiencia con esos actos y cuántas ganas tiene de hacerlo en el contexto del shooting”, explica Pappel a El Salto.

Erika Lust, directora de cine porno y referencia del porno para mujeres, también pone el consentimiento en el centro del discurso sobre su trabajo: “Gran parte del porno se construye desde los pilares del consentimiento”, dice. Pero su apuesta va más allá: “Es común escuchar a gente que ha pasado por esta industria afirmar que gracias al porno ha aprendido el valor del consentimiento mutuo y a respetar sus límites en el sexo, y también debemos recordar que son muchas las mujeres, trabajadoras sexuales de todo tipo, que se sienten empoderadas por lo que hacen”.

Pappel y Lust piden que la conversación en torno al porno sea más profunda, empezando por poner freno al discurso que establece una relación causal entre la violencia sexual y el consumo de pornografía. A sus voces se suman la directora, performer e integrante del sindicato OTRAS Anneke Necro y al director de cine adulto gay Noel Alejandro. Estas cuatro personas firmaban esta semana un comunicado en el que expresaban su preocupación por la proposición de ley para prohibir el proxenetismo del Grupo Socialista en el Congreso, cuya toma en consideración fue aprobada este miércoles.

Los socialistas niegan que su propuesta vaya dirigida a tomar medidas contra la pornografía. Sin embargo, las personas que firman este comunicado se muestran preocupadas. En primer lugar, porque “cualquier medida que afecte a las trabajadoras sexuales nos afecta a nosotras”. En segundo lugar, porque la redacción que les puso en alerta —“el hecho de convenir la práctica de actos de naturaleza sexual a cambio de dinero u otro tipo de prestación de contenido económico, será castigado con multa de doce a veinticuatro meses”— sigue intacta en el texto que comienza su tramitación. En tercer lugar, porque la propia Adriana Lastra, que defendió la propuesta en el Congreso, la dibujó como el inicio de futuras medidas abolicionistas. Y, por último, porque una parte del movimiento feminista en el que se enmarca ese abolicionismo de la prostitución es también abolicionista de la pornografía.

“Bajo esta propuesta hay una ignorancia que raya en sexismo y misoginia pretendiendo ser lo contrario: el trabajo sexual solo es seguro cuando es descriminalizado”, lamentan. Estas cuatro personas comparten la necesidad de hablar de pornografía en unos términos más complejos, donde entren factores como el modo en el que se consume pornografía o el poder de las grandes empresas tecnológicas.
El porno no es un producto homogéneo

“La industria del porno es mucho más compleja de lo que las instituciones y los medios quieren presentar”, asegura Lust. La directora de cine porno reconoce que existe una gran cantidad de porno online que normaliza la violencia contra las mujeres, aunque añade un matiz a esta afirmación: es porno gratuito. Frente a ello, asegura que cada vez hay más alternativas de contenidos independientes que condenan esta violencia, al tiempo que un esfuerzo en general en la industria mainstream —aún insuficiente— para hacer las cosas mejor. Para Lust, la pregunta que hay que hacerse es por qué existe tanto porno sexista, racista y homófobo.

“Cuando se ve pornografía gratis en los sitios de porno propiedad de Mindgeek, como son Pornhub, YouPorn o RedTube, se está apoyando un modelo de negocio basado en la piratería y las malas condiciones de trabajo mientras se valida una representación pobre y estrecha del sexo y la sexualidad”, ahonda. En ese sentido, la responsabilidad es, sobre todo, de los consumidores: “Cuando se paga por pornografía que no se basa en la explotación, el racismo, la misoginia, la homofobia y la transfobia, se está enviando el mensaje de que estos no son los valores que el consumidor apoya”.

Anneke Necro explica cómo encontró en una página web gratuita un vídeo protagonizado por ella donde, tras la edición, se había borrado el consentimiento y la idea original del contenido. La supresión de algunas imágenes y un nuevo título convirtieron su vídeo en una cosa muy diferente. “Pero eso no lo hace una productora, sino que lo hace una persona anónima”, explica. Eso, además, se convierte en accesible de forma gratuita a personas que no se han desarrollado sexualmente ni tienen estrategias para verlo de una manera crítica.

Noel Alejandro insiste en vincular la palabra consentimiento a la producción de cine porno. “El cine para adultos se construye a través del consentimiento, si no sería flashmob o sería un delito grabado con una cámara”. Alejandro se pregunta en qué lugar queda el cine adulto dirigido a hombres gays en el debate que hay en las redes y en los medios si el argumento principal es que prohibiendo el cine porno se protege a las mujeres.

Este director está detrás de un tipo de cine que considera difícil de catalogar: en sus películas se tratan temas como el VIH, la salud mental o el consumo de drogas. En unas semanas, este productor estrena No me olvidéis, un título inspirado en el corto de Almodóvar La voz humana donde el protagonista se enfrenta al miedo de morir solo... “¡Y además hay sexo! ¿Qué más quieres?”. Alejandro reivindica su trabajo: “Este cine muestra la sexualidad de una manera más natural, un poquito más bella, y creo que da pie a que muchas personas vean el sexo entre hombres como algo de lo que no hay que avergonzarse”.
Adolescencia y consumo de porno

En septiembre de 2020, Save the Children daba a conocer el informe sobre adolescentes y consumo de pornografía (Des)información sexual: pornografía y adolescencia. Este estudio indica que los adolescentes acceden a contenidos pornográficos por primera vez a los 12 años y que casi siete de cada 10 (el 68,2%) la consumen de forma frecuente. Un consumo que se produce en la intimidad (93,9%) y en el teléfono móvil, y se centra en contenidos gratuitos online (98,5%), “basados de manera mayoritaria en la violencia y la desigualdad”. El estudio se hizo sobre la participación de 1.753 chicos y chicas de entre 13 y 17 años y señala que más de la mitad de los y las adolescentes que ven contenidos pornográficos se inspiran en ellos para sus propias experiencias y que para el 30% estos vídeos son su única fuente de información sobre sexualidad.

Lust sabe que la probabilidad de que la pornografía en línea gratuita sea la exposición de las personas adolescentes al sexo es muy alta y por eso, reciban o no educación sexual en la escuela, cree que las familias deben ser proactivas y hablar con los chavales de pornografía, algo a lo que se refiere como “alfabetización pornográfica” y en lo que ahonda con su proyecto The Porn Conversation. “Tener conversaciones continuadas con nuestros hijos los alienta a pensar críticamente sobre el contenido que consumen y los mensajes que reciben a través de la pornografía en línea gratuita”. Eso es imprescindible para construir sus propios significados a partir de lo que ven, en lugar de verse influenciados por ello a primera vista, argumenta.

Por eso ella habla de la necesidad de una alfabetización pornográfica: “La alfabetización pornográfica nos enseña que la pornografía no es una entidad separada que existe por sí misma; refleja descaradamente la tergiversación de los grupos marginados y el consentimiento que ya existe en la sociedad. Tal como ocurre en la mayoría de los medios de comunicación, cosifica a las actrices mientras reduce el deseo masculino a un impulso de conquista y posesión”.

Pero, más allá de esa necesaria “conversación sobre porno”, las personas entrevistadas —cuyos contenidos se pueden ver en plataformas previo registro y pago— advierten: los contenidos pornográficos no están dirigidos a personas menores de edad y es responsabilidad de las empresas tecnológicas garantizar que no pueden acceder a ellos. Noel Alejandro denuncia, además, que cuando se plantean medidas en ese sentido, se hace poniendo la responsabilidad en los productores, abriendo así la posibilidad de que sean ellos quienes asuman posibles sanciones.
Lo que dicen los estudios

“Relacionan las agresiones sexuales en manada al consumo de porno online cada vez más frecuente en menores”. “La raíz de las violaciones grupales: masculinidad patriarcal, educación sexual nula y el porno como guía erótica”. Son solo dos titulares de la última semana. A ellos se suman muchas voces que se dicen expertas y que en los medios, o en las redes, han asegurado en los últimos días y a raíz del debate suscitado por la propuesta del PSOE que la violencia sexual y el consumo de pornografía van de la mano.

Sin embargo, voces expertas preguntadas por la periodista Noemí López Trujillo para un reportaje en Newtral concluyen que no es posible establecer una relación causal y directa entre pornografía y violencia sexual. El artículo cita un informe en el que cuatro investigadoras de la Universidad de Santiago de Compostela revisaron estudios sobre la relación entre el consumo de pornografía y las agresiones sexuales y concluyeron que no es posible establecer esa relación al no existir consenso entre los diversos investigadores sobre esta asociación. Sí consideran que se puede observar“que el uso de este material explícito da lugar a consecuencias individuales a nivel de expectativas en cuanto a las relaciones sexuales y a la formación de ciertas creencias sexistas, destacando la afirmación del mito de violación y de los roles de género, los cuales son representados en la gran mayoría de películas pornográficas”, recoge la periodista.

Anneke Necro introduce otro factor: que estos estudios vienen sesgados desde su origen. Para explicarlo, aporta un poco de contexto histórico y menciona los estudios que se empiezan a realizar en Estados Unidos afinalesde los años 60, en el ámbito de la psiquiatría, después de que el presidente Lyndon B. Johnson crease la Comisión Presidencial sobre Obscenidad y Pornografía. “Por un lado se pretendía demostrar lo problemático de ver porno y por otro lado, se utilizó para crear los códigos de producción del cine explícito una vez la ley Hays [un código de producción cinematográfico que determinaba qué se podía ver en pantalla y qué no] fue abolida”, dice Necro.

A día de hoy, ese sesgo viene dado por estudios difundidos por organizaciones de corte católico como Exodus Cry, cita, que define como “una organización católica que se dedica a hacer tratamientos de conversión para personas LGTBQ y que pretende criminalizar el porno”.

Paulita Pappel también señala este sesgo y apunta a otra organización, Fight the new drug, mientras pide a los medios que sean responsables cuando utilizan sus datos como fuente. “Antes se usaba el argumento de que el porno era pecado y ahora lo que se dice es que crea adicción”, explica a El Salto.

Pappel argumenta que la existencia de la violación es previa a la de la pornografía y que, además, no hay ningún estudio que pruebe que la violencia sexual haya crecido en el momento en el que la pornografía se hace más accesible con internet: “Es falso decir que la pornografía genera violencia y es un grandísimo problema decirlo porque estamos desviando la mirada del problema real, que es el sexismo en la sociedad y la falta de una aceptación del consentimiento de las mujeres y de todas las personas”.
Porno ético

Las cuatro personas entrevistadas para este reportaje tienen en común hacer un porno fuera del mainstream. Pero, ¿es eso porno ético? Para Lust, hacer películas porno producidas éticamente tiene que ver con las condiciones laborales de quienes participan en ellas. Por eso, el porno ético solo se puede encontrar tras un muro de pago, asegura. Otra etiqueta que usa Lust es “alternativo”, en el que “se hacen visibles diferentes cuerpos, prácticas, orientaciones”.

Anneke Necro encuentra confusa la etiqueta de “porno ético”. “Yo la he utilizado durante un tiempo, pero ahora la veo problemática porque establece una división entre porno bueno y porno malo, donde este último sería el porno mainstream... y ahí también hay personas cuyas vidas deben contar, independientemente de que a nivel de discurso nos pueda o no interesar”. Además, prosigue, un porno que se considere feminista por su enfoque puede no ser ético si se produce desde la precariedad.

También para Paulita Pappel el término “porno ético” es problemático. Aunque entiende que haya servido para hacer visible que el porno no es homogéneo y que existe un porno donde hay una preocupación no solo por las condiciones laborales de las trabajadores y trabajadores, sino también por mostrar diversidad de cuerpos y prácticas sexuales, hoy pide que el enfoque sea otro: “Si no es ético, no es porno”.          (Patricia Reguero Ríos  , El Salto, 11 jun 2022)

5/5/21

Esta mujer lucha por salvar el prostíbulo más antiguo de Bangladés

 "La luz todavía es tenue cuando Monawara Begum se calza las sandalias y empieza su ronda matutina. Con un ligero resoplido, esta mujer de 44 años recorre los callejones frunciendo el ceño mientras intenta distinguir sonidos que indiquen problemas procedentes de los edificios de chapa ondulada y bloques de hormigón. Un riachuelo pestilente de aguas residuales y preservativos usados corre entre las precarias construcciones. Begum sacude varias veces la muñeca cargada de pulseras para dispersar una nube de moscas. La otra mano está tensa, lista para agarrar un palo si la situación lo exige. Su reino es la comunidad cercada de Kandapara, el prostíbulo más antiguo de Bangladés. Situado en las afueras de Tangail, una ciudad textil al noroeste de la capital, Dacca, es uno de los 11 “pueblos burdel” bangladesíes, uno de los legados más desconocidos del imperialismo británico.

 En sus innumerables filas de habitaciones sin ventanas, Kandapara alberga a más de 600 mujeres y niñas. En un día normal, por sus calles pasan más de 3.000 clientes. Los niños, la mayoría nacidos en el prostíbulo, juegan al pilla-pilla en sus estrechos pasadizos corriendo junto a las paredes de color rosa brillante pintadas con enormes corazones amarillos.

Monowara (como la conocen en el burdel) llegó a Kandapara hace 30 años, cuando era una niña, víctima de la trata de mujeres. Desde entonces, armada con poco más que su ingenio, aprendió a abrirse camino a través de las intrincadas jerarquías, la crueldad y la violencia de la institución. Hoy en día es una de las mujeres más poderosas del complejo.

El año pasado necesitó usar desesperadamente su capacidad de adaptación. Cuando, en el mes de marzo 2020, la covid-19 empezó a penetrar en el país, la policía cerró a cal y canto las puertas del burdel para impedir la entrada a los clientes. Las semanas iban pasando, y muchas mujeres no tenían acceso seguro a ingresos ni a comida. En algunos casos, la pandemia ha puesto a las trabajadoras del sexo de Kandapara al borde de la inanición.

La pérdida de clientes a corto plazo no era la única amenaza real a la que se enfrentaban las mujeres. Parte de los habitantes de la ciudad de Tangail llevaban años intentando cerrar el burdel. Begum temía que un brote de coronavirus dentro de sus muros les facilitase una munición inestimable. Ella y varios centenares de mujeres más habían sido esclavizadas en Kandapara. Aun así, el prostíbulo era también su baluarte contra la indigencia. Antes, Begum se acostaba planeando su huida. Ahora lo que no la deja dormir es la posibilidad de que Kandapara se cierre en breve para siempre.

Cuando el virus llegó al sur de Asia, Begum miraba las noticias de la noche y memorizaba los síntomas. Por la mañana, daba severas instrucciones a las chicas más jóvenes para que estuvieran atentas a la tos y a los signos de gripe, y se lavasen las manos mucho rato. No decía que tenía miedo de morir, que le preocupaba que nadie la abrazase o se despidiera de ella como es debido. La vida le había enseñado una cosa: una mujer jamás debe mostrar debilidad.

 Cuando era niña, Begum pensaba que podía superar los peligros. Creció en una familia de agricultores en la lenta y húmeda ciudad comercial de Sajipur, y aprendió rápidamente el Corán de memoria. Era más rápida que sus amigos en el patio del colegio y más ágil trepando a los árboles. Su madre también tenía una vena juguetona. A veces despertaba a Monowara y a su hermana en plena noche y les daba dulces recién salidos del fuego: pakora de banana, shemai, pitha y chitoi pitha horneados, fritos o hervidos en leche, jaggery (una especie de panela) y especias.

 Cuando Begum tenía 11 años, su madre murió al dar a luz, y ella juró que no volvería a comer dulces nunca más. El bebé no sobrevivió, y el padre también murió a los seis meses. Begum y su hermana se convirtieron en propiedad compartida de sus siete tíos. Sus nuevos tutores le decían que era perezosa y difícil, que no había secado bien la paja ni barrido bien el suelo.

Begum nunca había sido una niña “modosa”, como decía su madre mientras le peinaba el cabello negro con aceite de coco. Cuando uno de sus tíos cogió el palo del ganado y la amenazó con él, ella salió corriendo por los verdes campos de yute hasta que no fue más que un puntito a lo lejos. Cuando otro la mandó a la cama sin comer durante tres días, ella se deslizó en la casa de un vecino y se dio un festín con su árbol de yaca. Escarbaba con las uñas bajo la corteza dura cubierta de púas y sacaba puñados de carne antes de envolver las semillas en una hoja de banana y enterrarlas profundamente en la tierra.

En 1988, poco después de cumplir 12 años, uno de sus tíos la casó con un hombre de más de 30. Su nuevo marido la violaba a menudo. Cuando invitó a sus amigos a hacer lo mismo, ella huyó a casa de su tío materno. Pero tampoco allí estuvo a salvo, ya que él también intentó violarla.

Begum pensó en los rumores que había oído sobre un pueblo cerca de Tangail, a una hora de distancia, donde las mujeres y las niñas vivían solas. Los hombres solo las visitaban para pagarles, decía la gente, pero ella no estaba segura de por qué. Lo que fuera que ocurriera allí tenía que ser mejor que su situación, pensó. A las tres de la madrugada, mientras su tío y su tía dormían, la pequeña atravesó sigilosamente la cabaña de barro con el sari de boda de su madre en los brazos. Una vez fuera, a la luz de la luna, se enrolló la seda roja bordada alrededor de la cintura plegando y recogiendo la tela para intentar que no arrastrase por el suelo.

 Lo último que le dijo su madre antes de morir fue que intentara ser amable. Begum esperaba poder acordarse de cómo comportarse cuando estuviera en aquel pueblo, no ser grosera o defraudar a su madre. Se levantó la falda y corrió hacia el mercado local. No tenía dinero cuando se marchó de casa de su tío, pero se encontró con un conductor de autobús que había conocido a su padre y accedió a no cobrarle el billete. Cuando bajó del autobús en la ciudad de Tangail, no sabía a dónde ir. Un vendedor de té la vio junto a su puesto y se ofreció a ayudarla a encontrar trabajo como criada, pero al cabo de unos meses su nuevo jefe también intentó casarla. A sus 12 años, huyó por tercera vez en un año.

De vuelta a las calles de Tangail, Begum describió el pueblo de las mujeres a un conductor de rickshaw (bicitaxi) y le rogó que la llevase allí. Él la condujo a través de la ciudad hasta que llegaron a un grupo de chozas que se levantaban sobre un barro pegajoso que llegaba hasta los tobillos. El conductor llamó a una mujer bajita que estaba sentada debajo de una ceiba delante del conjunto. La mujer cruzó la calle descalza, haciendo señas a Begum para que bajara.

La pequeña sintió que se sonrojaba: le había llegado la menstruación, y notaba cómo la sangre empapaba el asiento de cuero. La mujer sonrió y trajo agua para limpiarlo. Le dijo que se llamaba Sufia, y que podía quedarse y dormir en su cama. Luego acompañó a la niña al interior del recinto a través de una valla de alambre de espino.

 Los tres primeros días que Begum pasó con Sufia transcurrieron en una nebulosa de ratos durmiendo agotada, tentempiés y té. De vez en cuando, de camino a la bomba de agua que había al final de un callejón, veía a niñas que parecían de su edad llevando a hombres a sus habitaciones. Cuando les preguntó por qué, las niñas se rieron y le dijeron que pronto ella haría lo mismo. Begum sabía que algo pasaba, pero no pudo averiguar qué era.

Al cuarto día, Sufia la despertó con un golpecito. “Uno de mis hermanos ha venido a verte”, le dijo. “Recíbelo y habla con él”. Begum negó con la cabeza. El hombre que estaba en la puerta parecía aún más viejo que el marido del que había huido. Sufia no cedió. “Puede que este hombre sea viejo, pero el dinero no tiene edad”, zanjó. Más tarde, llorosa y dolorida, Begum le pidió a Sufia sus honorarios. La mujer le respondió que el dinero ya se había gastado en pagar el alquiler.

Conmocionada por la agresión y la traición de Sufia, Begum pidió ayuda a uno de los policías uniformados que patrullaban el prostíbulo. Le contó que un hombre la había violado y que Sufia no le permitía volver a casa. El agente accedió a interrogar a Sufia, que inmediatamente le ofreció un trato: él también podía violar a la niña sin coste. “Una vez que estás aquí, no hay vuelta atrás”, le advirtió el policía cuando ella le rogó que parase. “Tienes que hacer lo mismo que hacen las demás”.

 Begum no quería hacer lo que hacían las demás. Al cabo de unas semanas, una mañana lavó el sari de boda de su madre y lo puso a secar al sol. Cuando volvió por la tarde a recogerlo, había desaparecido.

Después de eso, tuvo que huir. Justo antes del amanecer, se escabulló por entre la alambrada de espinos que rodeaba Kandapara y corrió por las calles oscuras hasta llegar al mercado central de Tangail. Allí se acurrucó detrás de un saco de arroz y buscó a alguien a quien pedir ayuda.

Un tendero la reconoció del prostíbulo y mandó a un chico corriendo a despertar a Sufia, que acudió con cara de furia. La mujer arrastró a Begum de vuelta hasta el burdel seguida por una multitud de espectadores atraídos por los gritos de aquella niña de 12 años. Begum aulló hasta que le dolió la garganta. “Te estás portando como una loca”, le recriminaba Sufia. Otra mujer amenazó con pegarle hasta que se callase. La encerraron en una habitación y montaron guardia. Los clientes iban y venían, pero ella no podía salir.

El complejo de abuso infantil a escala industrial en el que Begum se había metido llevaba funcionando unos 200 años. Aunque se desconoce la fecha exacta de su creación, Kandapara es un producto del Imperio británico. El prostíbulo se levanta a orillas del río Louhajang, un afluente del Brahmaputra, mucho mayor y una de las grandes arterias del comercio imperial. Kandapara era uno de los pueblos-burdel que se desarrollaron a lo largo del curso del gran río, que corre desde el Himalaya hasta el golfo de Bengala. Otros prostíbulos, como el de Daulatdia, al oeste, se instalaron a lo largo de las vías férreas construidas también durante la época imperial.

Los británicos transformaron la prostitución en el sur de Asia al trasladar a las trabajadoras sexuales a enclaves como Kandapara y establecer barrios de burdeles en las ciudades. En el siglo XIX, las enfermedades venéreas proliferaban entre los regimientos de ultramar, y el Gobierno de Londres se desesperaba por mantenerlas bajo control. A pesar de las pruebas de que los soldados contagiaban a las mujeres locales, y no al revés, en todo el Imperio los administradores segregaron a las trabajadoras sexuales, confinándolas en casas y complejos donde pudieran tenerlas vigiladas para detectar indicios de infección.

 Los prostíbulos siguieron funcionando después de que los británicos abandonasen el subcontinente en 1947. Prestaban servicio a los clientes locales y proporcionaban lucrativos ingresos a los propietarios. En teoría, la independencia de Bangladés de Pakistán en 1971 abrió un nuevo capítulo para instituciones como Kandapara. El joven país tenía una visión relativamente liberal de la prostitución, y la profesión fue declarada formalmente legal en 2000. Un artículo de la Constitución de Bangladés también establecía que el Estado se “esforzaría por impedir” el negocio, una ambigüedad que persigue a las trabajadoras del sexo bangladesíes hasta el día de hoy. Su profesión se tolera, pero sus derechos no se defienden como se debería, y las mujeres solo disponen de una protección legal limitada. Los funcionales locales están obligados legalmente a certificar que todas las que trabajan en un prostíbulo son mayores de 18 años, pero varias organizaciones sin ánimo de lucro han informado de que muchas de las chicas son menores de 15 años.

 En 1998, cuando llegó Begum, Kandapara se había convertido casi en un núcleo urbano con alrededor de 50 establecimientos. Las casas-dormitorio estaban construidas en parcelas de propietarios privados de la ciudad o de madamas más ricas, conocidas como sardernis en bengalí. La mayoría de estas sardernis obtenían sus ganancias no de vender sexo, sino de comprar jóvenes y menores de edad para que trabajaran para ellas. Las chicas se endeudaban con la madam hasta que habían reembolsado la suma pagada por ellas. Algunas sardernis tenian 10 o 12 chicas a la vez, y utilizaban los ingresos para construir más casas en el prostíbulo y aumentar su influencia. Incluso cuando las víctimas del tráfico habían saldado su deuda, a menudo tenían que pagar un alquiler a sus explotadoras.

Cada amanecer, centenares de hombres llegaban a Kandapara: conductores de autobús, policías, maestros, ingenieros y chicos de camino a la escuela. Hacían cola delante de las habitaciones de las chicas mientras se desabrochaban la camisa para ganar tiempo. Cuando terminaban, salían a toda prisa con las sandalias en la mano.

Con 12 años, Begum entró en el escalón más bajo del complejo sistema económico del prostíbulo. En un día recibía de media a cinco hombres, uno detrás de otro, hasta el anochecer, cuando empapaba una tela en agua caliente y se la ponía en el cuerpo para intentar aliviar el dolor. A veces, por lo general mientras se vestía, algún cliente le preguntaba su edad. Cuando se la decía, él solía echarse a llorar.

 Después de ocho meses como chica de Sufia, Begum volvió a intentar liberarse. Encontró a otro policía y le pidió algo más realista. Le dijo que quería quedarse en el prostíbulo, pero trabajar para ella misma. El policía decidió ayudarla, y ordenó a uno de los propietarios que alquilase a la niña una habitación en el otro lado del complejo. Aunque Begum seguía teniendo que pagar un alquiler, en teoría ahora podía decidir cómo ganar el dinero, con quién tener relaciones sexuales, y cuánto cobrar por ello.

 Begum no sabía qué había empujado al policía a intervenir. Quizá el hecho de que se hubiera presentado en Kandapara por su propia voluntad, pensó. Como Sufia no la había comprado, no había adquirido ninguna deuda. El prostíbulo era un lugar sin ley en muchos sentidos y, sin embargo, funcionaba de acuerdo con una serie de normas no escritas. Que Sufia se quedara con ella supondría infringir el código.

A lo largo de los siguientes cinco años, Begum aprendió a vivir con distancia su experiencia con los hombres, a los que trataba como si fuesen ruido de fondo. De vez en cuando disfrutaba del contacto físico; la mayor parte de las veces sentía aburrimiento o repugnancia. También empezó a hacer amigas. Cuando un cliente le llevó un reproductor de casetes y una colección de cintas, otras chicas del burdel se apiñaban en su pequeña habitación para cantar a coro. Se reían las unas de las otras y bromeaban con que Begum parecía un chico, ya que a los 15 años todavía era delgada como un palillo y llevaba el pelo corto. Los fines de semana, ella y sus nuevas amigas paseaban por Tangail y veían películas en el cine. El argumento siempre era el mismo: una chica estaba en peligro por culpa de unos malvados villanos, hasta que, al final, un hombre apuesto y generoso intervenía y la salvaba.

Begum empezó a pensar en su futuro. Veía dos posibles caminos para salir de la prostitución. El primero era ahorrar lo que ganaba y comprar ella a una adolescente víctima de la trata. Algunas sardernis tenían poco más de 20 años, no eran mucho mayores que ella, y tenían dos o tres chicas encerradas en pequeñas habitaciones. Sus amigas intentaron que se interesase por la trata, pero ella sentía que no podía hacerle a otra niña lo que Sufia le había hecho a ella. Las sardernis se encogían de hombros: “O compras, o te compran”, le decían.

 La otra posible vía era que un cliente se convirtiera en su novio o en su marido. Los hombres solían susurrar esa clase de promesas cuando se abrochaban el cinturón, y muchas amigas de Begum se tragaban sus cuchicheos, garabateaban sus nombres y números de teléfono con pintalabios en las paredes de la habitación, y arrancaban fotos de saris de boda de las revistas. Cuando el joyero local hacía su ronda con la vitrina de cristal bajo el brazo, las chicas se agolpaban a su alrededor y señalaban los brazaletes que llevarían el día de su boda. Insistían en que estaban a punto de marcharse, que solo faltaban unos meses para que abandonasen el burdel.

 A Begum no le gustaba tanto soñar despierta. Las películas estaban muy bien, pensaba, pero el matrimonio siempre acababa en violencia o violación. Por las tardes, cuando los hombres habían vuelto a sus oficinas y las calles de Kandapara estaban tranquilas, la joven se sentaba a escuchar a las ancianas del burdel, antiguas trabajadoras sexuales de 50 y 60 años que ahora sobrevivían gracias a la generosidad de mujeres más jóvenes. Ellas le enseñaron a cocinar y a cuidar de su salud. Aunque no le seducía la idea de convertirse en una de ellas, parecía la opción menos mala.

El rito de iniciación para los adolescentes: las prostitutas

Cuando un adolescente de Tangail consigue su primer trabajo, sus compañeros hombres de más edad suelen ofrecerse a guiarlo a través de un rito de iniciación: una noche de copas en Kandapara seguida de la pérdida de su virginidad. Cuando el muchacho sale tambaleándose de la habitación, sus amigos lo reciben con un sonoro aplauso. Entonces ya forma parte de la multitudinaria y plurigeneracional clientela de Kandapara, formada por los miles de hombres que cruzan a diario las puertas del prostíbulo.

Aunque los destinos de Kandapara y Tangail están íntimamente unidos, la relación entre ambas es tensa. El dinero se filtra a través de Kandapara y vuelve a la economía de Tangail. Las mujeres de las familias más pobres de la ciudad trabajan en el prostíbulo como cocineras y limpiadoras. Los ingresos medios mensuales de una trabajadora sexual son de unos 30.000 takas, el equivalente a alrededor de 300 euros y aproximadamente cinco veces más de lo que gana una limpiadora. Los funcionarios de la administración local son visitantes asiduos. A pesar de ello, los habitantes de la ciudad ven a Kandapara con desagrado, y está prohibido que las trabajadoras sexuales sean enterradas en los cementerios públicos.

 Bangladés es mayoritariamente musulmán, con una importante minoría hindú, y se fundó sobre unos principios laicos. A lo largo de los últimos 50 años, las voces religiosas conservadoras se han hecho oír con más fuerza. Las autoridades municipales y los grupos religiosos de otras zonas del país consiguieron cerrar varios prostíbulos en la década de 1990, y Kandapara también se enfrentó a peticiones de clausura.

Durante mucho tiempo, las habitantes del complejo estaban obligadas a identificarse en público como trabajadoras sexuales cuando iban a Tangail. Tenían prohibido llevar salwar kameez (el conjunto tradicional de camisa larga y pantalón), y tenían que plegar el sari para que se les viese la enagua, de manera que se señalasen a sí mismas como mujeres del burdel. Lo más humillante de todo era que no se les permitía llevar zapatos. La sarderni más veterana del prostíbulo colaboraba con la policía para que multase a cualquier mujer que infringía el código de vestimenta fuera de las puertas de Kandapara.

A medida que Begum se acercaba a los 20 años, crecía su resentimiento por el desprecio con que la trataban. Odiaba las normas sobre la forma de vestir y la manera en que la gente la miraba. Las mujeres agarraban a sus maridos cuando ella se dirigía al mercado, y los tenderos le hacían comentarios groseros. La vergüenza era insidiosa, muchas mujeres caían en la depresión, y las autolesiones estaban a la orden del día. Begum solía ver a grupos de mujeres y niñas rezando en el principal santuario hindú del prostíbulo, pidiendo perdón. Algunas no querían salir nunca del burdel.

 Begum no era la única que aborrecía las reglas. Hashi y Alo (un pseudónimo) habían llegado a Kandapara siendo niñas, víctimas de la trata. Hashi tenía 15 años más que Begum, y para entonces se había convertido en una sarderni que controlaba a varias niñas, incluida su hermana menor. Las tres mujeres no eran exactamente amigas, pero se unieron en 1996, cuando una organización sin ánimo de lucro llamada CARE Bangladesh, dedicada a fomentar una mejor salud sexual entre las trabajadoras del prostíbulo, organizó un curso fuera del recinto. Las mujeres querían ir elegantes, y las tres se pusieron zapatos.

 Cuando volvieron, la sarderni principal del burdel las estaba esperando. Vio los zapatos e inmediatamente les puso una multa. Ellas se pusieron furiosas, y Alo se negó a pagar. Las tres mujeres empezaron a animar a otras a oponerse a las normas. Decenas de trabajadoras sexuales respondieron al llamamiento y empezaron a salir del recinto con zapatos y salwar kameez, la túnica tradicional del país.

La policía respondió al instante: les quitó los zapatos por la fuerza y las tiró al suelo. Detuvieron brevemente a Alo. Corrían rumores de que la sarderni más veterana del burdel ofrecía una recompensa por cada una de las promotoras de la protesta. Begum estuvo escondida unos días en la casa de un vecino.

Las mujeres se dirigieron a un médico de CEDA Bangladesh en busca de consejo. El médico organizó una reunión con el comisario de la policía local, el cual, para sorpresa de Begum, pareció más interesado en escucharlas que en reprenderlas. La noche siguiente, convocó otra reunión en el santuario central del prostíbulo y anunció que las ocupantes de Kandapara podrían vestirse como quisieran cuando fueran a Tangail.

 Begum se sintió embriagada por el sentimiento de victoria. Un año después, CEDA se ofreció a pagar a 25 mujeres de Kandapara un vuelo a India para asistir a un congreso sobre los derechos de las trabajadoras sexuales. En Calcuta, la joven se quedó asombrada al ver que todo el mundo vestía igual; era imposible distinguir quiénes eran trabajadoras del sexo y quiénes funcionarias del Gobierno. Allí conoció a las miembros de Durbar, una cooperativa de más de 30.000 trabajadoras sexuales indias que la convencieron de que merecía algo más que zapatos. El mundo de Begum cambió profundamente cuando se dio cuenta de que no era occhut, una intocable.

En el avión de vuelta a casa, Monowara, Hashi y Alo se gritaban ideas a través del pasillo. Decidieron crear una organización para velar por los intereses de las trabajadoras del sexo de Kandapara. La llamaron Nari Mukti Sangha (liberación de las mujeres). En cuanto dieron a conocer sus planes, 40 compañeras se apuntaron.

Las fundadoras de Nari Mukti Sangha abrieron un despacho justo al otro lado de las paredes del burdel. Pagaron su precaria administración con donaciones antes de poner en marcha un programa de microcréditos y utilizar los intereses para pagar el alquiler de la oficina. Las escaleras que conducían a su cuartel general eran estrechas y estaban polvorientas, pero ellas pintaron la barandilla de amarillo y rosa y compraron un sofá bajo de ratán y un gran escritorio de madera. Cuando todo estuvo instalado, Begum se sentó detrás del escritorio, aplastó un cigarrillo de marihuana en el cenicero y reflexionó sobre lo que quería hacer. Tenía la esperanza de convencer al Gobierno de que construyese un refugio para las trabajadoras sexuales retiradas y un colegio para los niños nacidos en el burdel. Sobre todo, quería acabar con la práctica de comprar a niñas menores de edad.

Antes de que eso pudiese hacerse realidad, las tres mujeres tenían que consolidar su autoridad en el prostíbulo. Kandapara siempre había tenido una líder: la sarderni más rica e influyente, que tenía el peso y los recursos para sobornar al departamento de policía local. Por entonces, la sarderni jefa era una amiga de Begum, una mujer guapa y carismática llamada Aleya que seducía a los jefes de policía y a los funcionarios del Gobierno para que hicieran la vista gorda al imperio del tráfico de niñas a cambio de una parte de los beneficios. Aleya rara vez compraba y vendía niñas ella misma. No lo necesitaba. Utilizaba sus contactos y se llevaba un porcentaje de los ingresos de otras mujeres.

 Tardaron años en desplazar a Aleya. En vez de enfrentarse a ella directamente, las tres mujeres crearon una estructura de poder paralela para socavar poco a poco su autoridad. Se codearon con funcionarios de Tangail y Dacca, y se dirigieron a otras organizaciones para obtener ayuda suplementaria, como preservativos y suministros médicos gratuitos. En 2002 invitaron a las habitantes del prostíbulo a votar la junta directiva de Nari Mukti Sangha. Alo se convirtió en presidenta, y Begum en secretaria.

La red clientelar de Aleya se fue debilitando, pero la sarderni jefa no aceptó tranquilamente la derrota. Begum cuenta que tenía miedo de que Aleya hiciera que la mataran a ella, a Hashi y a Alo. Al final, las fundadoras de la organización se pusieron en contacto con el comisario de policía que había apoyado sus protestas contra el código de vestimenta. Le dijeron que Aleya estaba sobornando a notarios y agentes de policía para que falsificaran documentos certificando que niñas de tan solo 11 o 12 años eran lo bastante mayores como para trabajar legalmente en el burdel.

 Begum había visto con sus propios ojos cómo un policía mataba a golpes a una de las niñas de Aleya, a la que había metido una toalla en la boca para sofocar sus gritos. A raíz del suceso, el comisario envió una nueva unidad de policía al burdel. Después de aquello, Aleya no resistió mucho tiempo. En 2004, se marchó a escondidas de Kandapara. La organización para la liberación de las mujeres había ganado.

Al llegar a la treintena, Begum era una de las personalidades más destacadas del prostíbulo. Ya no trataba directamente con los clientes, sino que se llevaba una parte de los alquileres que cobraba en representación de las sardernis propietarias de parcelas. Sin embargo, descubrió que el liderazgo tiene sus límites. Cada pocas semanas, oía el sonido familiar de las ruedas de las maletas de plástico arrastradas por el suelo de losas del burdel y sentía que el estómago se le encogía. Algunas mujeres llegaban por decisión propia, a menudo huyendo del maltrato o la miseria; muchas habían sido vendidas contra su voluntad para prostituirlas.

Acabar con el tráfico ‒la práctica que la había atrapado en Kandapara‒ era más difícil de lo que ella esperaba. Bangladés estaba haciendo avances en reducir la pobreza y mejorar el acceso de las niñas a la educación, así que no había tantas menores expuestas a ser víctimas de la trata como cuando Begum llegó al prostíbulo. Con todo, había buenas oportunidades de negocio para los traficantes, conocidos como dalals, que sacaban provecho del sistema y no iba a rendirse sin pelear.

 Begum veía a menudo cómo los dalals (que casi siempre eran hombres) tanteaban a las trabajadoras sexuales para averiguar qué sardernis podían estar buscando una nueva chica para comprarla. Una vez lo dirigían a una posible compradora, el dalal iniciaba una sinuosa conversación mientras tomaban un té, durante la cual la sarderni evaluaba hasta qué punto el dalal era de fiar, y este sopesaba qué precio podía pedir. Cuando llegaban a un acuerdo, la sarderni hacía un pago por adelantado al dalal. Al cabo de un par de días, este volvía, acompañado invariablemente por una adolescente adormilada y aterrorizada. Si la chica era muy joven, la sarderni le daba Oradexón, un esteroide que suele utilizarse para engordar a las vacas, con la esperanza de acelerar su desarrollo.

 Cada dalal tenía su propia técnica para encontrar niñas en Bangladés. A veces, un hombre engatusaba a una chica haciéndole creer que estaba enamorado de ella, con el único fin de venderla en el prostíbulo en cuanto bajara la guardia. Otros se ponían de acuerdo con mujeres para abordar a las chicas en las paradas de autobús y las estaciones de tren, ofrecerles trabajo en una fábrica de ropa, y acabar llevándolas a Kandapara.

Si una niña acudía a Begum porque quería abandonar el prostíbulo, esta la ayudaba. La ex trabajadora sexual calcula que unas 30 niñas escaparon de Kandapara con su ayuda a lo largo de los años. Las sardernis refunfuñaban a sus espaldas. “No les gusto, es la pura verdad”, reconocía ella. Algunas sardernis intentaban congraciarse con Begum ofreciéndose a comprar a los traficantes una niña para ella. Begum las rechazaba con una sonrisa, bromeando que no entendía el negocio y que nunca sería rica.

Para cumplir sus aspiraciones de ser presidenta de la organización de mujeres, sabía que necesitaba el apoyo de las sardernis, que seguían teniendo peso en el prostíbulo. Hasta la mujer más ruidosa y grosera se callaba cuando pasaba una de ellas con el oro y la plata tintineando en muñecas y tobillos. Begum nunca las denunció al comisario de policía ni al comisionado de la ciudad, con los que hablaba varias veces por semana. Si alguien preguntaba, ella respondía que hacía tiempo que no veía ninguna chica menor de edad.

 La mujer acallaba su conciencia diciéndose a sí misma que, de todas maneras, en Bangladés las mujeres y las niñas acababan siendo víctimas del maltrato y la explotación. Al menos en Kandapara existía algo parecido a una red de apoyo. Si ella llegase a estar al mando, las cosas serían diferentes, pensaba. No solo acabaría con el tráfico de mujeres, sino con la tragedia incesante del burdel. En Kandapara siempre había rivalidades y venganzas, y las mujeres mandaban a los amigos de sus novios a amedrentar a otras mujeres que las habían hecho enfadar o se habían interpuesto en su camino.

 Cuando Begum creía que estaba imponiendo poco a poco algo así como un orden, la peleas volvían a empezar: una mujer adicta a la metanfetamina pegaba a su hijo, o una chica daba a luz y alguien intentaba robarle el bebé. A veces, Begum tenía la sensación de que no tenía más remedio que coger el palo de uno de los guardas. Es por su bien, pensaba mientras hacía crujir el bambú contra la parte posterior de los muslos de una adolescente. ¿Por qué demonios no podían aprender a comportarse?

Cuando más le gustaba el prostíbulo a Begum era por las noches. Las calles se refrescaban, la mayoría de los hombres se habían marchado, y las mujeres podían relajarse y respirar. Subían el volumen de 20 equipos de sonido que competían entre sí y se arremolinaban cogidas del brazo por las callejuelas en una confusión de cabello suelto, risas y alboroto.

A ella nunca le gustó bailar. Por aquel entonces, había cumplido los 40 y solía mirar las fiestas desde un rincón de la habitación de una de las mujeres más jóvenes, envuelta en humo de marihuana y sirviéndose chupitos de aguardiente casero a temperatura ambiente. En aquellos momentos, se sentía casi como en casa. Como si tuviese algo que perder.

 Una mañana de sábado del verano de 2014, docenas de jóvenes, encabezados por el hermano del alcalde, llegaron armados de palos y queroseno y amenazaron con quemar el burdel hasta los cimientos si sus habitantes no se marchaban en una hora. Los funcionarios de la administración decían que iban a derribarlo. Los periódicos locales informaron de que el ataque era un intento de quedarse con los terrenos del prostíbulo.

Ante la amenaza de perder su hogar, su comunidad y su medio de vida, Begum y sus amigas viajaron a Dacca a protestar. Al cabo de unos meses, el Tribunal Supremo de Bangladés permitió a las mujeres volver a Tangail y reconstruir el complejo.

La breve clausura de Kandapara puso de manifiesto la falta de opciones para sus ocupantes. Algunas amigas de Begum intentaron encontrar trabajo en la industria de la confección de Dacca, pero el estigma de la prostitución dificultaba conseguir o conservar un empleo en otros sectores. La mayoría acabaron ofreciendo servicios sexuales en la calle, donde estaban mucho más expuestas a la violencia.

A Begum no le cabía ninguna duda de que las trabajadoras sexuales se encontraban más seguras cuando estaban juntas. Las veteranas enseñaban a leer a las recién llegadas, y las mujeres en la veintena cocinaban para las que tenían demasiada artritis para trabajar. A veces, las mujeres aceptaban más clientes de lo habitual para pagar el alquiler de una amiga si esta no podía trabajar, por ejemplo, porque se estaba recuperando de un aborto. Si un hombre pegaba a una mujer, las sardernis llegaban corriendo con palos y piedras, se lo llevaban a rastras y se aseguraban de que no volviese.

 A veces, Begum trataba a las mujeres más jóvenes como una madre. “La felicidad es ayudar a los demás”, entonaba mientas les peinaba el cabello con los dedos repitiendo las palabras de su madre. Cuando una mujer iba a dar a luz ‒algo que sucedía cada pocos meses‒, Begum rasgaba trapos y hervía agua para ayudar en el parto. Pocas cosas le gustaban tanto como ver la cara de un recién nacido.

A pesar de todo, la suya era una vida solitaria. Cuando llegó la pandemia a principios de 2020 y el Gobierno cerró las puertas de Kandapara, solo quedaban 10 mujeres de las que había en el burdel cuando ella llegó. Unas cuantas amigas habían conocido a hombres que habían cumplido su promesa de liberarlas; otras se habían quitado la vida, como Sahana, con su cara dulce, “hermana de día, hija de noche”. También Anu, que llevaba el pelo canoso recogido en un cuidadoso moño, igual que Begum, y que había muerto de sida en 2019. Y Shirin, que fue asesinada dos semanas antes del confinamiento del pasado marzo. Nadie sabía quién la había matado.

Hasta Alo y Hashi, con las que había fundado Nari Mukti Sangha, habían empezado a desaparecer durante semanas. Estaban comprando terrenos para empezar una nueva vida fuera del prostíbulo. Begum sentía que las estaba perdiendo. A veces le costaba saludarles con alegría cuando volvían de un viaje.

Por supuesto, la marcha de Alo de Kandapara podía tener su lado bueno. Después de 18 años, Begum no era más que la secretaria de Mari Mukti Sangh, y Alo seguía siendo la presidenta de la organización. Se suponía que había que celebrar elecciones cada dos años, pero Alo no se había molestado en organizarlas desde 2013.

Las chicas del burdel ya llamaban a Begum Netri (líder), y ella quería que se confirmase su autoridad. Ella era la persona a la que acudían las mujeres en busca de ayuda. Ella fue la que cruzó Tangail en rickshaw en plena pandemia para pedir al comisionado de la ciudad apoyo para Kandapara. Ella negoció una entrega de 10 kilos de arroz por persona al principio del brote, así como una pequeña reducción del alquiler.

 En junio del año pasado, las mujeres llamaban a la puerta de Begum a todas horas. El arroz se había acabado, y el burdel confinado estaba empezando a hervir de impaciencia. Las primeras en estallar fueron Hashi, la otra miembro del trío fundador de Nari Mukti Sangha, y su hermana pequeña, que robaron un juego de llaves a un guarda de seguridad y abrieron a la fuerza una de las puertas del prostíbulo. Begum le gritó que no lo hiciera, y las mujeres se pelearon delante de una multitud de espectadores. Al final las separaron, pero Hashi y su hermana ganaron: en contra de las recomendaciones del Gobierno, las puertas quedaron abiertas y los clientes empezaron a dejarse caer por allí. Begum no sabía qué hacer.

Las estaciones pasaban, el aire estaba cargado de humedad. Al final del día, Begum se descalzaba sus sandalias de cuero. No paraba de toser, y le preocupaba si sobreviviría a los próximos meses. Algunas noches rezaba pidiendo perdón. Otras veces pensaba en su pasado: los dulces recién sacados del fuego que comía cuando era niña; la sangre que empapaba el asiento de un rickshaw; un sari de boda robado de la cuerda de tender. En su vida tantas cosas habían salido mal que pensaba que era culpa suya. “El valor sale de los pies y sube a la cabeza”, decía Hashi los días malos. “No hay más que seguir adelante”.

A veces se imaginaba otra vida. ¿Le estaría permitido a una mujer de 44 años volver a Sajipur y cultivar arroz y trigo sin un hombre? Se preguntaba cómo sería su familia si se hubiese quedado con su marido y hubiese tenido hijos. Quizá hubiera sido mejor que estar sola. Entonces recordaba al hombre con el que la habían obligado a casarse, sus puños violentos, y se reía. Qué suerte tenía de ser libre."            

(Corinne Redfern y Ali Ahsan, El País, 30/04/21; Este artículo se ha realizado en el marco de la asociación entre la revista 1843 de The Economist y The Fuller Project. Puede leer la versión original en este enlace.

3/3/21

Objeciones feministas al actual proyecto de Ley de libertades sexuales. Encontramos en él una preocupante apuesta por el punitivismo que solo puede acabar siendo funcional al avance de las derechas. Detectamos una deriva puritana, y medidas que van a suponer aun mayores obstáculos para mujeres que ya sobreviven en condiciones de alta precariedad, como es el caso de las trabajadoras sexuales

 "Quienes firmamos estas líneas consideramos que dentro de los feminismos existe una rica y poderosa genealogía de luchas por la emancipación que es hoy especialmente importante para hacer frente tanto a la desposesión y precarización generalizada que produce el capitalismo financiero global como a los proyectos reaccionarios que amenazan con recortar nuestros derechos y libertades. 

Necesitamos hoy un feminismo que apueste por políticas transformadoras fuera del abuso del código penal que caracteriza a la política conservadora, comprometido con ampliar nuestros márgenes de autonomía y libertad y que defienda los derechos de las mujeres más precarias y vulnerables.

Por ello, consideramos urgente y necesario destacar los problemas que en este sentido supone la aprobación del Anteproyecto de Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual tal y como ha sido propuesto por el actual Gobierno de coalición. Encontramos en él una preocupante apuesta por el punitivismo, detectamos una deriva puritana que no hace más que reforzar los argumentos patriarcales de la sacralidad del sexo de las mujeres e identificamos medidas que van a suponer aun mayores obstáculos y dificultades para mujeres que ya sobreviven en condiciones de alta precariedad, como es el caso de las trabajadoras sexuales.

Este proyecto de ley es punitivo al suponer una ampliación de las conductas que pueden ser consideradas delitos, como es el caso del acoso sexual callejero, la tercería locativa y una nueva definición de proxenetismo no coactivo. Nos parece que un feminismo emancipador debe ser crítico con las formas tradicionales de ejercer el poder y con el endurecimiento de un sistema penal que siempre recae con más intensidad sobre las poblaciones más vulnerables.

 En cuanto a las formas de comportamiento sexista más leves que las mujeres pueden vivir —tanto en la calle como en otros espacios—, creemos que el feminismo está hoy en día capacitado para combatir el machismo a través de la educación, la pedagogía y la disputa cultural de los sentidos comunes, pero nunca colaborando en la construcción de un sentido común punitivo que solo puede acabar siendo funcional al avance de las derechas.

El abordaje penal de las violencias de género no se ha demostrado eficaz como estrategia de prevención del delito y no ha dado resultados significativos respecto a la disminución de los índices de violencia. Creemos que el feminismo tiene que apostar más por la transformación de las conductas que por la sanción y el castigo. Si algo sigue estando pendiente en las políticas públicas feministas es la puesta en marcha de políticas basadas en el fortalecimiento de la capacidad de agencia y de decisión de las mujeres.

 Esperamos por parte de un gobierno progresista la apuesta tanto por un derecho penal mínimo como por políticas decididas contra la pobreza, la precariedad y la falta de independencia económica de las mujeres. En este sentido nos parece preocupante la propuesta de un reforzamiento penal que no está basada en la eficacia y que parece tener más que ver con el derecho penal simbólico o las rentabilidades políticas del populismo punitivo.

Esta ley, de orden proteccionista y centrada en las “soluciones” penales, desatiende que el principal reto para ampliar la libertad de las mujeres es el de deshacer la tradicional estigmatización del deseo y el placer femeninos. 

En este sentido, la petición de un sexo explicitado que hace la ley, supuestamente purificado de todas las ambigüedades, dudas, inconsciencias o incluso malentendidos que forman inevitablemente parte de la negociación sexual, nos parece que no va a suponer una ampliación del margen de las mujeres para explorar los deseos con libertad, sino un contraproducente incremento de la regulación sexual en nombre de la seguridad. 

La definición de consentimiento recogida en el anteproyecto de ley, que establece que todo acto sexual en el que no se manifieste la voluntad expresa de participar en el mismo puede ser considerado delito, nos parece que refuerza la imagen patriarcal tradicional de la vulnerabilidad y la fragilidad femeninas. Esta manera de entender el consentimiento promueve una visión sacralizada e infantilizada de la sexualidad de las mujeres al impedirles elaborar, por sí mismas y al margen del proteccionismo estatal, estrategias para establecer límites sexuales ante conductas intrusivas de baja entidad.

Basándose en esta mirada victimizadora de las mujeres y en un excesivo proteccionismo estatal, se niega la capacidad de decisión de las trabajadoras sexuales al establecer como delito el proxenetismo no coactivo. Queremos manifestar nuestro rechazo a un texto legal que considera a las mujeres no aptas para otorgar consentimiento, dando por hecho que encontrarse en una situación de vulnerabilidad te convierte en alguien que no sabe lo que quiere. 

De nuevo creemos que la tarea de las instituciones ha de ser garantizar derechos para fortalecer, empoderar y ampliar la capacidad de negociación, pero nunca poner en duda la mayoría de edad de las mujeres. No creemos que las mujeres tengan siempre razón —como no lo creemos de los hombres—, pero, como feministas, combatimos el tradicional descrédito que el patriarcado ha hecho de la voz de las mujeres. 

En este sentido nos parece indefendible, y menos en nombre de lemas como “Yo sí te creo”, la introducción en nuestro código penal de delitos sexuales que quedan establecidos volviendo inválido e irrelevante el consentimiento de las mujeres. Manifestamos nuestra profunda preocupación por la posibilidad de que, en nombre del consentimiento de las mujeres, se apruebe un texto legal que supone la anulación del valor del consentimiento de las mujeres.

Laura Macaya es especialista en intervención y diseño de políticas públicas en violencia de género. Activista en Proyecto X. Empar Pineda Erdozia es cofundadora de la Comisión proderecho al aborto y del Colectivo de Feministas Lesbianas de Madrid. Clara Serra es filósofa, profesora e investigadora de la Universidad de Barcelona y Cristina Garaizabal es activista feminista y psicóloga. Cofundadora del Colectivo Hetaira. Firman además este texto: Rosa Montero. Periodista y escritora. Santiago Alba Rico. Filósofo y escritor. Nanina Santos, Equipo redacción ANDAINA, revista galega de pensamento. feminista. (et al.)."         

 ( Cristina Garaizabal, Laura Macaya, Empar Pineda, Clara Serra , El País,  01/03/21)

9/6/20

La Prostitución y el Socialismo: por un debate sincero y abierto

"En este artículo me centraré en un tema en cual personas que se dicen socialistas o comunistas adquieren, sin despeinarse, la ideología pequeño-burguesa y embrutecen con ello, la ideología, la conciencia e incluso las vidas de la clase obrera. El tema en cuestión es la posible regularización de la prostitución como ya ocurre en los Países Bajos o Alemania.

Legalización para:


• Plenos derechos de las trabajadoras y los trabajadores del sector como cualquier otro trabajador o trabajadora.
• Libertad para poder trabajar como asalariada y asalariado o bien como autónoma o autónomo o en cooperativas autogestionadas si se tuviese la oportunidad.
• Plenos derechos de sindicación y de huelga.
• Plenos derechos para el servicio y la cotización en la Seguridad Social.
• Inspecciones laborales en los lugares de trabajo para asegurar que se respetan los derechos laborales de la trabajadora o el trabajador tales como: pago íntegro del sueldo por parte del empresario en casos de enfermedad o maternidad, cumplimiento de la jornada laboral, etc.

Resulta muy triste ver a muchos compañeros y compañeras que se dicen de izquierdas, y que en gran parte de sus acciones en verdad lo son, cómo en lo referente a la cultura, la libertad y la moral socialista, dejan mucho que desear. Es lamentable comprobar cómo, sin nada nuevo que aportar, conforman su opinión ética de muchos temas bajo la hipócrita moral pequeño-burguesa de centro-izquierda llamada progresista (siguiendo el paradigma positivista, eurocentrista y principalmente anglosajón) y que nada tiene que ver con la mejor tradición socialista auténtica y por tanto, consecuentemente revolucionaria. Olvidan los intereses emancipadores de la clase trabajadora (obreros, campesinos y el resto de las clases populares) y con ellos, los del género humano. 

Todo esto, mediante un ejercicio de simple y burda mímesis por la cual adquieren la mentalidad de una hipócrita subclase (en el sentido de que es una clase inestable, sin verdadera ideología ya que la misma viene impuesta desde arriba) como lo es, la llamada por los acólitos liberales, “clase media”. Esto se ve en su modo de vida, confuso e incoherente: consumo de estupefacientes, proyectos e ilusiones de vida trazados por el imperio lúdico norteamericano (vertiente demócrata claro), soledad producto del individualismo, fetichismo animal, miedo endémico al desconocido, etc...

La prostitución (del latín prostitutio: exponer para la venta) es, como bien es sabido, un viejo oficio de las mujeres y también de los hombres, en el cual una persona decide por medio de un salario realizar un trabajo especializado con su propio cuerpo. La pequeña-burguesía, venga de donde venga, incluido el feminismo liberal encubierto bajo siglas comunistas o socialistas, diría que cómo es posible esto. Sin embargo, ellos se empeñan en afirmar incansablemente que la prostitución no es sino violencia de género, la venta del propio cuerpo, y bla, bla, bla...

Respecto a la violencia de género, decir que es simplemente una falacia. Primero, porque cada vez hay un mayor número de hombres que se dedican a la prostitución, en especial en el Caribe y en las zonas litorales del Mediterráneo. Segundo, porque ¿qué ocurre cuando es una mujer lesbiana la que contrata el servicio de otra mujer?, ¿o cuando un hombre gay contrata el servicio de un compañero? Y por último, como tercero y más importante, porque NO ES VIOLENCIA de ningún tipo. 

Para que sea violencia implicaría que se hiciera contra la voluntad de la otra persona o que se produjera daño físico. Una relación con un prostituto o una prostituta no tiene porqué implicar violencia del mismo modo que no tiene porqué implicarla una relación sentimental estable. Por ello, aunque haya desalmados y desalmadas que peguen o dañen a su pareja violentamente y que deben ser penalizados y neutralizados por la ley, no se nos ocurriría decir que el matrimonio o vivir en pareja son violencia de género.

Respecto a la venta del cuerpo, es asombroso cómo se puede decir una sandez de tal magnitud y quedarse tan tranquilo/a, cosa que hacen muy bien algunos en el “Manifiesto de hombres por la abolición de la prostitución”1 respaldado lamentablemente por lo que debiera ser la “vanguardia del proletariado” en el Reino del Borbón: el Partido Comunista de España. Ver para creer. Si las prostitutas “venden” su cuerpo, entonces la inmensa mayoría de la clase trabajadora lo hace también; Si éstos pequeño-burgueses entienden por “vender el cuerpo” el hecho de ganarse la vida mediante el mismo; toda la clase trabajadora lo hace también (y lo cierto es que en el capitalismo venden hasta su alma, pero en el socialismo o en el comunismo también se trabajaría y eso no sería “vender el cuerpo a la colectividad”). 

Por tanto, según las premisas del feminismo burgués o mujerismo, habrá que ir pensando en sacar un “Manifiesto de hombres por la abolición del trabajo”, así, a secas. El que contrata los servicios de un trabajador o una trabajadora del sexo no paga para comprar a éste o ésta como una mercancía, sino que contrata su fuerza de trabajo (su especialidad y habilidad).

 Si en cambio, sus mojigatas y vetustas mentes lo entienden por exhibir o mostrar su cuerpo, entonces, del mismo modo “venderían” el cuerpo numerosos deportistas ligeros de prendas, los y las modelos de los artistas plásticos (¡acabemos pues también con el desnudo en el arte!), los actores y actrices de cine/teatro en numerosas escenas fingidas o no de sexo, los y las socorristas de las playas e incluso las bailarinas y los bailarines del “Mira quién baila”2 (lo cual no dejaría de ser sino una afirmación mucho más consistente de su parte).

Yo, que me considero socialista revolucionario, digo: la prostitución es un trabajo especializado que se realiza mediante el entrenamiento del cuerpo y la mente, por el cual una trabajadora o trabajador del sexo realiza un servicio a un compañero o compañera mediante el pago de una cuantía determinada y pre-estipulada que junto con otras cuantías conforman su salario mensual y por tanto, su sustento. 

Ello no hace que se diferencien en nada respecto a la inmensa mayoría de los trabajos de la clase obrera que se basan en la utilización del propio cuerpo para ganarse la vida: un minero, carpintero, albañil, soldador, etc... Pero incluso más cercano por trabajar no sólo con su cuerpo sino con el cuerpo de la persona a la que presta su oficio: un masajista, un fisoterapeuta o un cirujano. No existe ninguna diferencia ética o moral: una trabajadora o un trabajador que realiza un servicio mediante la utilización de ciertas partes de su cuerpo, que ha condensado una experiencia y habilidad en hacer una labor beneficiosa para la otra persona que paga por ella 3.

¿Saben dónde está la diferencia para la pequeña-burguesía? Estriba en que según ella, la mujer vende su ser (¡!). Los miembros inconscientes de esta infame pseudo-clase influenciados por un patriarcado galopante, la vetusta élite dirigente de la Iglesia Apostólica Católica Romana y un paternalismo insultante para el feminismo revolucionario de clase, confunden el ser de una persona con el cuerpo, que por otra parte ni siquiera es verdad que lo vendan, al menos no más que cualquier otro obrero u obrera bajo el régimen capitalista de expropiación. 

Además, ni cortos ni perezosos, afirman sin apenas sonrojarse que en la “práctica totalidad son mujeres”. Evidentemente esto no es cierto, ya que cada vez más, un mayor número de hombres se dedican laboralmente al trabajo del sexo especializado como dije al principio del artículo. 

Los voceros de la pequeña burguesía le hacen el juego a su hermana mayor, la gran burguesía, y permiten de este modo que miles de hombre y mujeres permanezcan en una verdadera situación de neoesclavismo y trata de blancas al no estar regularizada esta profesión, y por tanto, al margen de todo control legal. Así, un trabajo que jamás desaparecerá y menos en la sociedad capitalista, se perpetua bajo el control de las mafias más salvajes, cruentas, inhumanas y paracapitalistas que ejercen un control “de facto” sobre estos seres humanos.

Por otra parte, mi llamamiento a la solidaridad socialista para el reconocimiento de esta profesión, no impide que denuncie la situación de muchas mujeres, hombres y niños inmigrantes o no, que se les obliga a ejercer la prostitución mediante el engaño o la amenaza de mafias organizadas con un pie en la ilegalidad (trata de blacas, venta de drogas ilegales, etc.) y otro en la legalidad (negocios para blanquear dinero como inmobiliarias, restaurantes y su participación en los muy legales y permitidos paraísos fiscales) y en connivencia con una parte de la clase política y la patronal. Contra estas mafias, solamente queda la labor decidida de policías y jueces.

 Una labor que nunca será suficiente para acabar con este problema estructural bajo el capitalismo y la ilegalidad. Además, las prostitutas y prostitutos, como cualquier otro trabajador contribuirían a la riqueza nacional mediante el pago de impuestos, y un dinero que ahora va a parar a mafiosos, serviría para contribuir a realizar más hospitales, escuelas, ayudas sociales, etc.

Por ello hago un llamamiento para su legalización y posterior regularización. Reclamo:

• Plenos derechos de las trabajadoras y los trabajadores del sector como cualquier otro trabajador o trabajadora.
• Libertad para poder trabajar como asalariada y asalariado o bien como autónoma o autónomo o en cooperativas autogestionadas si se tuviese la oportunidad.
• Plenos derechos de sindicación y de huelga.
• Plenos derechos para el servicio y la cotización en la Seguridad Social.
• Inspecciones laborales en los lugares de trabajo para asegurar que se respetan los derechos laborales de la trabajadora o el trabajador tales como: pago íntegro del sueldo por parte del empresario en casos de enfermedad o maternidad, cumplimiento de la jornada laboral, etc.

Por supuesto que no pienso que este sea el fin idílico de los socialistas, sino un avance para miles de trabajadores y trabajadoras dentro del sistema pseudo-democrático del Estado liberal o burgués, ¡dentro del capitalismo vaya! Un objetivo más profundo sería el decisivo paso democrático que significaría la normalización legal de un hecho tan normalizado históricamente en la praxis del género humano como lo es el trabajo sexual, para después dar el decisivo salto a su normalización en la sociedad socialista mediante la nacionalización de los centros donde desarrollen su trabajo estos y estas profesionales, ahora llamados burdeles, clubs, puticlubs, etc.

En una fase superior, en la sociedad socialista estos trabajadores y trabajadoras serían funcionarios del Estado con un tiempo máximo de trabajo al día de 6 horas (como era intención de aprobar en la Reforma Constitucional Venezolana de finales de 2007) que iría reduciéndose paulatinamente como en el resto de profesiones. 

Dentro de estas 6 horas, sólo 2 o 3 estarían dedicadas al trabajo sexual activo propiamente dicho y el resto estaría asignado a la formación técnica, física y humanista de estos trabajadores y estas trabajadoras para dar un salto cualitativo revolucionario en su labor que a penas hoy podemos imaginar. Avance que sólo el transcurso de la historia de la sociedad socialista revelará. Las trabajadoras y trabajadores tendrían habilitadas en su centro de trabajo, bibliotecas para la formación cultural y psicológica, también dispondrían de gimnasio, centro de salud primario y sala de estética. 

 Además el servicio sería público y de libre adscripción laboral. De tal forma que, si como dicen los voceros de la burguesía reaccionaria disfrazada, la prostitución fuese un trabajo para personas sin escapatoria ni otras oportunidades, éste iría desapareciendo a medida que los ciudadanos no eligieran esta profesión para ganarse la vida. Ello sería debido a que, a diferencia de la sociedad capitalista, el trabajo estaría plenamente garantizado y sería un derecho universal en la nueva sociedad socialista.

Aquí no he hecho sino esbozar unas ideas revolucionarias y liberadoras, con la intención de romper con la anquilosada idea reaccionaria de lo que es el trabajo de los y las profesionales del sexo. Del mismo modo, animo a los socialistas de mente y corazón, a que si desean y creen que la prostitución es una lacra social, y no se corresponde con la construcción de la sociedad socialista, que garanticen pues “de facto” que cualquier hombre o mujer podrá ganarse la vida con otra profesión. 

Pero así mismo, les pido que jamás la censuren por paternalismo machista e imposición, o por vestigios culturales de mentalidad capitalista o feudal, y que sea pues la razón de sus argumentos y el desenlace de la libre voluntad de las y los trabajadores del sexo en el sistema socialista los que me digan que estoy equivocado. Esto es, que estos trabajadores del sexo dejasen su profesión porque pudiesen elegir una mejor (si así lo considerasen), y no porque nadie desde el poder coercitivo del Estado se lo impusiese.

Volviendo al mundo real de la sociedad capitalista en donde vivimos (por ahora), quiero destacar la función social que hacen las trabajadoras y los trabajadores del sexo, que no sería sino aumentada hasta cotas inimaginables bajo el socialismo y con una vanguardia revolucionaria a la altura de las circunstancias. Estos y estas profesionales pueden realizar un servicio básico para ciudadanos con minusvalías físicas puesto que lo tienen más difícil para compartir y explorar su sexualidad con otras personas en su día a día. De esta manera, no se ven privados de una dimensión humana que también les es propia.

También, para personas que por acontecimientos en su vida necesitan de un cariño que muchas veces sólo estos y estas profesionales pueden y saben ofrecer; personas recientemente divorciadas y que no están preparadas para nuevos compromisos, que no desean hacer daño a nadie; personas solitarias o introvertidas que necesitan cariño, comprensión y autoconfianza, etc.

Porque la sexualidad compartida es mucho más de lo que las cerradas mentes pequeño-burguesas pueden alcanzar a entender o desear. La sexualidad compartida es uno de los momentos superiores de la fraternidad humana, un vehículo para el entendimiento, un vínculo para la amistad y para la paz vital.

Por todo ello, hago un llamamiento para que las socialistas y los socialistas honestos de todo signo y las feministas socialistas revolucionarias, atiendan a las razones aquí expuestas y a que se liberen de las cadenas superestructurales de la burguesía y la fuerzas reaccionarias de la élite eclesiástica que ataca sus conciencias y les impiden la genuina emancipación efectiva de género y de clase. Por el ser humano, para cualquier trabajador o trabajadora que haga un bien colectivo, socialismo o barbarie.

* Este artículo fue publicado originalmente en Rebelión en mayo del 2007, la versión actual ha sido revisada reciéntemente por el autor para Argenpress Cultural.
**El autor es licenciado en Bellas Artes, artista plástico y teórico del arte socialista.
Para cualquier comentario el autor del artículo: jonjuanma@gmail.com


1. Ejemplos del reaccionarismo pequeño-burgués disfrazado de falso progresismo:
https://www.firmasonline.com/1Firmas/camp1.asp?C=215
http://www.pce.es/secretarias/secmujer/pl.php?id=2554
http://www.pce.es/secretarias/secmujer/pl.php?id=1564
2. Programa muy popular en España del canal estatal La Primera de Radiotelevisión Española, en donde conocidos personajes públicos concursan aprendiendo a bailar con bailarines y bailarinas profesionales. El concurso sigue la estela neoliberal de cualquier otro programa de la televisión privada.
3. Interesantísima página de profesionales y simpatizantes por la regularización de la prostitución:
http://www.colectivohetaira.org/
Enlace al blog de Montse Neira, una prostituta que aboga por la legalización de su profesión: http://prostitucion-visionobjetiva.blogspot.com/