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22/1/24

La globalización neoliberal: una nueva fe religiosa... Cuando se analiza desde el punto de vista de las clases dominantes globalistas, la globalización puede parecer, en efecto, entusiasta y muy digna de alabanza y valorización... En los albores del nuevo milenio, Europa tiene 20 millones de parados, 50 millones de pobres y cinco millones de personas sin hogar, mientras que en los últimos veinte años la renta total en Europa ha aumentado entre un 50% y un 70%. Esto confirma, de manera difícilmente refutable, el carácter de clase de la globalización y del progreso que genera... Desde el punto de vista de los dominados (y, por tanto, vista desde «abajo»), se identifica con el infierno muy concreto de la nueva relación de fuerzas tecno-capitalista, que se consolidó a escala planetaria después de 1989 (Diego Fusaro)

 "Según la sintaxis de Gramsci, existe una «ideología» cuando «una clase determinada logra presentar y hacer aceptar las condiciones de su existencia y de su desarrollo como clase como un principio universal, como una concepción del mundo, como una religión».

El clímax esbozado por Gramsci es totalmente pertinente si nos referimos a la ideología de la globalización como una naturaleza dada, irreversible y fisiológica (globalismus sive natura). En el contexto del Nuevo Orden Mundial posterior a 1989 y de lo que se ha definido como «el gran tablero de ajedrez», se presenta como un «principio universal», porque es aceptado indiscriminadamente en todas las partes del mundo (es lo que podríamos llamar la globalización del concepto de globalización) y, al mismo tiempo, también es asumido por los dominados, que deberían oponerse a él con la mayor firmeza. Se presenta como una verdad indiscutible y universalmente válida, a la espera de ser ratificada y aceptada en forma de adaequatio cognitiva y política.

La globalización aparece así como una «visión del mundo», es decir, como un sistema articulado y omnicomprensivo, porque se ha estructurado en forma de perspectiva unitaria y sistemática, centrada en la desnacionalización del cosmopolitismo y en la eliminación de todas las limitaciones materiales e inmateriales a la libre circulación de mercancías y personas mercantilizadas, al flujo de capital financiero líquido y a la extensión infinita de los intereses competitivos de las clases dominantes.

Por último, adopta la forma de una «religión», porque se experimenta cada vez más como una fe indiscutible, muy por encima de los principios de la discusión racional socrática: quien no acepte el nuevo orden globalizado sin reflexión y con referencias fideístas será inmediatamente condenado al ostracismo, silenciado y estigmatizado por la policía de la lengua y los gendarmes del pensamiento como hereje o infiel, amenazando peligrosamente la estabilidad de la catequesis globalista y sus principales artículos de fe (libre circulación, apertura total de toda realidad material e inmaterial, competitividad sin fronteras, etc.). ). La globalización coincide así con el nuevo monoteísmo idólatra del mercado mundial, propio de una época que ya no cree en Dios, pero tampoco en el capital.

En términos generales, la globalización no es otra cosa que la teoría que describe, refleja y, a su vez, prescribe y glorifica el Nuevo Orden Mundial de clase postwestfaliano, surgido y estabilizado después de 1989 y que (por utilizar la fórmula de Lasch) ha sido elevado ideológicamente al rango de paraíso único. Este es el mundo totalmente subordinado al capital y al imperialismo centrado en Estados Unidos de los mercados de capital privado liberalizados, con la exportación colateral de la democracia de libre mercado y el libre deseo, y de la antropología del homo cosmopoliticus.

El poder simbólico del concepto de globalización es tan omnipresente que literalmente imposibilita el acceso al discurso público a cualquiera que se atreva a cuestionarlo. En este sentido, se parece más a una religión con un credo obligatorio que a una teoría sujeta a la libre discusión y a la hermenéutica de la razón dialógica.

A través de categorías que se han convertido en piedras angulares del neolenguaje capitalista, cualquier intento de limitar la invasión del mercado y de desafiar el dominio absoluto de la economía globalizada y centrada en Estados Unidos es demonizado como «totalitarismo», «fascismo», «estalinismo» o incluso «rojopardismo», la síntesis diabólica de lo anterior. El fundamentalismo liberal y el totalitarismo globalista de libre mercado también demuestran su incapacidad para admitir, incluso ex hypothesi, la posibilidad teórica de otros modos de existencia y producción.

Cualquier idea de un posible control de la economía y de una posible regulación del mercado y de la sociedad abierta (con un despotismo financiero integrado) conduciría infaliblemente, según el título de un conocido estudio de Hayek, al «camino de la servidumbre». Hayek afirma eufemísticamente: «el socialismo es esclavitud».

Evidentemente, el teorema de von Hayek y sus acólitos no tiene en cuenta el hecho de que el totalitarismo no es sólo el resultado de la planificación política, sino que también puede ser la consecuencia de la acción competitiva privada de las reglas políticas. En la Europa actual, además, el peligro no se encuentra en el nacionalismo y el retorno de los totalitarismos tradicionales, sino en el liberalismo de mercado hayekiano y la violencia invisible del garrote sutil de la economía despolitizada.

Por lo tanto, es imperativo descolonizar el imaginario de las actuales concepciones hegemónicas de la globalización e intentar redefinir su contenido de forma alternativa. Esto requiere una nueva comprensión marxiana de las relaciones sociales como móviles y conflictivas, donde la mirada cargada ideológicamente sólo registra cosas inertes y saneadas, rígidas e inmutables.

En otras palabras, necesitamos deconstruir la imagen hegemónica de la globalización, mostrando que está basada en las clases y no es neutral.

Cuando se analiza desde el punto de vista de las clases dominantes globalistas, la globalización puede parecer, en efecto, entusiasta y muy digna de alabanza y valorización.

Amartya Sen, por ejemplo, celebra enfáticamente la globalización por su mayor eficiencia en la división internacional del trabajo, por la reducción de los costes de producción, por el aumento exponencial de la productividad y (en una medida mucho más cuestionable) por la reducción de la pobreza y la mejora general de las condiciones de vida y de trabajo.

En los albores del nuevo milenio, Europa tiene 20 millones de parados, 50 millones de pobres y cinco millones de personas sin hogar, mientras que en los últimos veinte años la renta total en Europa ha aumentado entre un 50% y un 70%.

Esto confirma, de manera difícilmente refutable, el carácter de clase de la globalización y del progreso que genera. Desde el punto de vista de los dominados (y, por tanto, vista desde «abajo»), se identifica con el infierno muy concreto de la nueva relación de fuerzas tecno-capitalista, que se consolidó a escala planetaria después de 1989 con la intensificación de la explotación y la mercantilización, del clasismo y del imperialismo.

A esta duplicidad hermenéutica, que preside la duplicidad de clase en el muy fracturado contexto post-1989, se refiere el interminable debate que ha interesado y sigue interesando a los dos focos de esta contraposición frontal: por un lado, los apologistas de la globalización; por otro, los que se dedican a elaborar los cahiers de doléances del globalismo.

Los primeros (que, a grandes rasgos, pueden calificarse de mundialistas, pese a la caleidoscópica pluralidad de sus posiciones) ensalzan las virtudes de la mercantilización del mundo. En cambio, los segundos (que sólo coinciden en parte con aquellos a quienes el debate público ha bautizado como «soberanistas») subrayan las contradicciones y el carácter eminentemente regresivo del marco anterior centrado en las soberanías nacionales.

En resumen, y sin entrar en los entresijos de un debate prácticamente inabarcable por la cantidad de contenidos y la diversidad de enfoques, los panegiristas del globalismo insisten en la forma en que la mundialización extiende la revolución industrial, el progreso y las conquistas de Occidente a todo el mundo; o, dicho de otro modo, en la forma en que «universaliza» los logros de una humanidad entendida de algún modo como «superior» y, por tanto, con derecho a organizar el «expediente único» del desarrollo lineal de todos los pueblos del planeta.

Incluso los escritores más sobriamente escépticos sobre el valor axiológico de la globalización, como Stiglitz, parecen sufrir una atracción magnética y en última instancia injustificada por la labor de transformar el mundo en un mercado. Para Stiglitz y su optimismo reformista, este proceso, que al mismo tiempo «planetariza» la desigualdad y la miseria capitalista, no merece ser abandonado por los desarrollos y cambios que podría provocar."

(Diego Fusaro, Jaque al neoliberalismo, 30/12/23, fuente:  Euro Synergies)

16/2/23

Tendencias a largo plazo en la era del declive del capitalismo neoliberal... la reestructuración económica neoliberal restableció el dominio del capital estadounidense sobre el trabajo y los movimientos populares en el interior, al tiempo que restauró firmemente la hegemonía del capital estadounidense sobre sus competidores capitalistas en el exterior... La tendencia crónica de menor crecimiento después de 2008, los episodios de inestabilidad de los mercados financieros y las múltiples recesiones -moderadas y profundas- han debilitado la hegemonía del imperialismo estadounidense... A medida que el sistema capitalista mundial se ha vuelto más inestable económicamente, la inestabilidad política ha seguido a su vez, tanto dentro de los Estados nación capitalistas como entre ellos... Las relaciones políticas democráticas se están deteriorando. Las formas de democracia capitalista, incluso limitada, son cada vez menos toleradas por las élites y están siendo neutralizadas o eliminadas. A medida que se desmorona el orden económico neoliberal, también lo hacen las relaciones sociales y políticas basadas en él

 "La economía capitalista mundial se encuentra en una coyuntura histórica.  La reestructuración económica mundial que comenzó hace aproximadamente cuatro décadas -a menudo asociada con el término neoliberalismo- ha seguido su curso. Tres crisis sucesivas en aproximadamente la última década la han perturbado hasta la médula: la Gran Recesión y el colapso financiero, la crisis de Covid, y la guerra entre la OTAN y Rusia en Ucrania y sus sanciones mundiales asociadas y la bifurcación emergente de la economía capitalista mundial.

La reestructuración neoliberal de la economía capitalista, que se originó en las economías anglo-estadounidenses a finales de la década de 1970 y posteriormente se extendió en menor medida a otras economías capitalistas avanzadas, comenzó a finales de la década de 1970 y principios de la de 1980 como respuesta a la anterior crisis económica mundial de la década de 1970. La reestructuración neoliberal pretendía, y en gran medida consiguió, reordenar las relaciones económicas interclasistas internas entre el capital y el trabajo dentro de las economías capitalistas avanzadas -Estados Unidos y el Reino Unido en particular-, así como las relaciones intraclasistas entre las clases capitalistas a escala mundial.  De este modo, la reestructuración económica neoliberal restableció el dominio del capital estadounidense sobre el trabajo y los movimientos populares en el interior, al tiempo que restauró firmemente la hegemonía del capital estadounidense sobre sus competidores capitalistas en el exterior.

 Estos cambios relativos en las relaciones interclasistas e intraclasistas se ampliaron y profundizaron durante las tres décadas siguientes, de 1980 a 2007-08 aproximadamente, en gran medida en beneficio de los capitalistas estadounidenses. Por lo tanto, la reestructuración neoliberal se entiende mejor como una consecuencia clasista del proyecto imperial estadounidense y no como una forma de "globalización", término este último que oculta la naturaleza imperialista clasista esencial del régimen neoliberal con su combinación histórica única de políticas fiscales, monetarias, industriales y externas (comercio/divisas).

Sin embargo, durante su fase de expansión, de 1980 a 2008 aproximadamente, también se agudizaron las contradicciones asociadas a la combinación específica de políticas y relaciones de clase del neoliberalismo.  Estas contradicciones se intensificaron después del año 2000, estallando visiblemente en la crisis financiera y económica mundial (también conocida como la Gran Recesión) en 2008-10 en los EE.UU., en 2008-15 en Europa y Japón, y en otras economías capitalistas casi avanzadas en diferentes momentos entre 2008-15.

La década 2010-2019 que siguió a la Gran Recesión y al colapso financiero se caracterizó por tasas crónicamente bajas de crecimiento real en comparación con las décadas anteriores; crecientes niveles de deuda (soberana, corporativa y de los hogares) y problemas de servicio de la deuda; un cambio cada vez mayor hacia la inversión en activos financieros en relación con la inversión en activos reales; guerras comerciales mundiales y competencia intercapitalista; creciente desigualdad de ingresos y riqueza entre las clases; intensificación de la explotación de las clases trabajadoras y debilitamiento de los sindicatos y partidos de la clase trabajadora; y una disminución de la eficiencia y eficacia de las "herramientas" tradicionales de política monetaria, fiscal y otras políticas económicas para estabilizar y hacer crecer la economía.

La débil y desigual recuperación mundial de 2010-19 chocó posteriormente contra otro segundo muro con la crisis sanitaria mundial de Covid y la profunda recesión de 2020-21. El neoliberalismo se volvió aún más inestable y sus contradicciones -arraigadas en las tendencias anteriores- se intensificaron aún más. Una tercera sacudida a la economía capitalista mundial siguió rápidamente a la caída de los Covid. Justo cuando la recuperación de la economía mundial comenzó tímidamente a mediados de 2021, la guerra de Ucrania y las sanciones económicas de EE.UU. y el G7 contra Rusia y sus socios económicos estallaron en 2022 desestabilizando aún más las cadenas mundiales de suministro, el comercio de mercancías y los flujos de capital monetario.

La economía capitalista mundial aún no se ha dado cuenta de todas las consecuencias de su triple crisis de la última década larga, es decir, la lenta recuperación económica parcial posterior a 2010, el inmediatamente posterior colapso económico de Covid de 2020-21 superpuesto a esa débil recuperación de 2010-19, seguido por la tercera sacudida al comercio capitalista mundial y las relaciones financieras que se produjo en 2022 en forma de guerra y sanciones que continúan.

 Algunas tendencias económicas clave a largo plazo

Para situar en su contexto la coyuntura actual de la economía capitalista mundial, es necesario comprender algunas de las tendencias y condiciones capitalistas más importantes de las últimas cuatro décadas. Estas ocho tendencias incluyen:

    + El capitalismo mundial nunca se recuperó del todo de la Gran Recesión que estalló en 2008. En las economías capitalistas avanzadas en particular, el crecimiento anual real del PIB fue aproximadamente la mitad del crecimiento medio del cuarto de siglo anterior, 1982-2007. El crecimiento posterior a 2008 se caracterizó por repetidas recesiones breves y poco profundas seguidas de recuperaciones económicas débiles y parciales.

    + A la década 2010-19 le siguió rápidamente la más profunda Covid precipitó el cierre económico mundial, que se produjo entre marzo de 2020 y abril de 2022 en las economías del G7 y hasta diciembre de 2022 en China. A su vez, la crisis económica Covid provocó importantes cambios estructurales en los mercados de productos y de trabajo a escala mundial, lo que frenó aún más la recuperación económica a largo plazo y generó simultáneamente presiones inflacionistas que no se veían desde la fase final de la crisis de los años setenta.

    + Durante el periodo posterior a 2008-10 y la superposición de la crisis de Covid, se ha hecho cada vez más evidente que las herramientas económicas tradicionales del Capitalismo (políticas fiscales, monetarias y de comercio/tipo de cambio de divisas) para estabilizar los ciclos económicos y garantizar la estabilidad financiera se han vuelto progresivamente menos eficientes en la consecución de sus objetivos oficiales. La ineficiencia en este sentido se refiere a la condición de que se requiere una mayor cantidad de estímulo fiscal-monetario para generar una menor respuesta positiva en el crecimiento económico a lo largo del tiempo; y, a la inversa, se requiere una mayor cantidad de contracción fiscal-monetaria para generar una menor tasa de inflación. En resumen, la crisis de Covid y la recesión de 2020-21 exacerbaron aún más la creciente ineficacia de las respuestas de política fiscal-monetaria.  También lo ha hecho el posterior choque de la guerra y las sanciones que comenzaron en 2022 y el aparente objetivo de EE.UU./G7 de bifurcar la economía mundial de bienes y flujos de dinero.

    + El capitalismo se ha financiarizado cada vez más durante la era neoliberal (1979-2022), desplazándose en términos relativos hacia la inversión en activos financieros -es decir, la creación de beneficios del capital monetario- a expensas de la inversión en activos reales que crea bienes y servicios que producen puestos de trabajo, ingresos reales y beneficios de la actividad no financiera. La financiarización del capital mundial ha generado una serie acelerada de nuevas formas de instrumentos financieros, nuevas instituciones financieras para comprar y vender esos instrumentos, y una nueva élite del capital financiero mundial, económica y políticamente poderosa, como agentes subyacentes. La financiarización provoca el desplazamiento de la inversión real en bienes y servicios al desviar el capital monetario hacia los mercados de activos financieros (acciones, bonos, divisas, derivados, etc.).

    + El cambio tecnológico se está convirtiendo en la principal "fuerza de producción" del capitalismo de finales del siglo XX y principios del XXI. Ha permitido la financiarización global, ha lanzado nuevas líneas de productos, ha comenzado a sustituir el dinero fiduciario por el digital y ha cambiado radicalmente las relaciones económicas en el trabajo en detrimento de las clases trabajadoras al permitir la generalización del empleo precario, el trabajo gig y, más recientemente, lo que será el desplazamiento de decenas de millones de trabajadores más que se han dedicado a ocupaciones de simple toma de decisiones. Las máquinas de software capaces de automantenerse, autoeducarse, comunicarse en lenguaje natural y reproducirse a sí mismas desplazarán la toma de decisiones por parte del trabajo humano. En 2030, no menos del 30% de todas las ocupaciones del mundo se verán afectadas negativamente.

    + La explotación capitalista de la clase trabajadora se ha intensificado, ampliando tanto las formas tradicionales como las nuevas de explotación laboral. Las formas tradicionales de explotación se han intensificado. También lo han hecho las formas de explotación secundaria, a medida que los capitalistas desarrollan nuevas formas de reclamar y recuperar los salarios pagados anteriormente. Los salarios reales se comprimen con el tiempo y el nivel de vida medio se reduce. La magnitud de los ingresos transferidos del trabajo al capital sólo en los EE.UU. se refleja en las corporaciones Fortune 500 que devuelven a sus accionistas desde 2010 hasta 2019 una cantidad de no menos de 15 billones de dólares en recompras de acciones y pagos de dividendos.

    + La tendencia crónica de menor crecimiento después de 2008, los episodios de inestabilidad de los mercados financieros y las múltiples recesiones -moderadas y profundas- han debilitado la hegemonía del imperialismo estadounidense. A medida que más economías nacionales buscan la independencia económica o se atreven a desafiar esa hegemonía, las élites estadounidenses han respondido de forma cada vez más agresiva y violenta, participando en la desestabilización política interna de los regímenes, empleando confiscaciones directas de activos, sanciones económicas y de otro tipo, e iniciando guerras directamente o por delegación. Estas respuestas de los imperialistas estadounidenses están provocando un mayor lastre para el crecimiento económico mundial y están desestabilizando el comercio mundial y los flujos de divisas.

 + A medida que el sistema capitalista mundial se ha vuelto más inestable económicamente, la inestabilidad política ha seguido a su vez, tanto dentro de los Estados nación capitalistas como entre ellos. El giro a la derecha de los partidos políticos, los movimientos, los medios de comunicación y los gobiernos de los Estados capitalistas se está produciendo en más países de todo el mundo. Las relaciones políticas democráticas se están deteriorando. Las formas de democracia capitalista, incluso limitada, son cada vez menos toleradas por las élites y están siendo neutralizadas o eliminadas. A medida que se desmorona el orden económico neoliberal, también lo hacen las relaciones sociales y políticas basadas en él."                 

(Jack Rasmus es autor de "El azote del neoliberalismo: La política económica estadounidense de Reagan a Trump", Brave New europe, 24/01/23)

3/2/23

Defensa del proteccionismo

 "Según Francis Marmande («La dure loi du marché», Revista «Ligues», París 1993), «el ideal del mercado es el mercado negro. (Este último) no es ni la desviación, ni la versión paralela del mercado a cielo abierto, sino la verdad, la purificación, la exaltación de la ley de la oferta y la demanda… La violación es la versión acelerada del mercado. La pólvora su símbolo, por excelencia, de rentabilidad».

En base a esta idea nació el capitalismo; hoy, doscientos cincuenta años después, sigue prosperando como sistema. Es, como ha dicho Ernest Mandel, la era del «Triunfal-capitalismo».

Pero el «Dios Mercado» ha sido en todo momento el eje de una historia que mezcla tragedia y progreso. Asi, Max Gallo, en su magnífico libro  Manifiesto sobre un oscuro fin de siglo, expone las consecuencias sociales de ese capitalismo liberal de la segunda mitad del siglo XIX y el primer cuarto del presente:

«Miseria obrera, fisiológica y moral; degradación de las condiciones de vida en los primeros decenios de la vida industrial; trabajo de los niños; enfermedades profesionales y accidentes de trabajo; hombres tratados como objetos desechables después de su uso; mujeres reducidas a la prostitución y al alcoholismo; ¿quién hará el recuento de las decenas de millones de vidas humilladas, saqueadas, destruidas, que el capitalismo -antes de que se organizase la resistencia obrera- arrojó a los altos hornos de  su crecimiento y enterró en los pozos mineros de sus crisis.»

Luego vinieron las luchas obreras, las Internacionales, los luchadores sindicalistas, socialistas y comunistas; y las reivindicaciones básicas: jornadas más cortas, vacaciones, salarios más dignos, desempleo, seguridad social, educación y sanidad, jubilación, conseguidas al precio de infinitas luchas sindicales, de la Revolución de Octubre, y del miedo al comunista “con el cuchillo entre los dientes.” Y también, para ser ecuánimes, gracias a un progreso tecnológico que, al llevar a la producción en masa de bienes, obligaba, necesariamente, a repartir medios de compra para absorber esa producción. Luego llegaron las guerras mundiales y de nuevo los infinitos sacrificios y, a cambio, el informe «Beveridge» y, en consecuencia, el «Estado de Bienestar», como compensación amén de como sostenedor del Estado Capitalista.

La propia ciencia económica progresó por la necesidad de superar las crisis cíclicas, rebasando la vieja teoría liberal de los ciclos «naturales», de la «mano invisible», y de las diversas «leyes de hierro», para sustituirla por la lucha contra el sub-consumo y por el papel del crédito, de los impuestos y de las obras públicas, bautizado todo ello unas veces con el nombre de Keynesianismo, otras con el de Planismo. Comenzó así, a partir de la década de los 30, una era de expansión y de progreso social. Luego, perdieron la guerra quienes la perdieron: el Fascismo y la Reacción, y como señala Samir Amin (en  La Gestión Capitaliste de la Crise, París, 1995): «el capitalista tuvo que ajustar sus estrategias a las condiciones sociales que las fuerzas populares y democráticas, reforzadas por la victoria antifascista, le impusieron. Lo contrario exactamente de las llamadas políticas de ajuste de nuestra época». Vinieron pues los tiempos en los que Samuelson pudo definir la economía como la «ciencia alegre del crecimiento», y los economistas hablar de la Edad de Oro, de los «gloriosos treinta años» y de los «milagros económicos» de la posguerra.

Porque el espacio generacional posterior a 1945 se caracterizó por un crecimiento extraordinario, de carácter fundamentalmente industrial, pero que arrastró consigo también a los demás sectores: una expansión industrial basada en las ramas química, electromecánica y siderúrgica, pujantes en la innovación tecnológica y esenciales a la hora de reconstruir una asolada Europa en un mundo entonces financieramente estabilizado por el predominio monetario y ban cario-empresarial norteamericano.

Sin embargo, a partir del inicio de la década de los 70, el panorama cambia. Y las curvas de crecimiento se tornan mis oscilantes, con dientes de sierra cada vez más profundos, a la vez que el crecimiento se ralentiza. Y hoy, el mundo desarrollado y  maduro se enfrenta a una doble crisis económica: de ciclo y de mutación estructural. A su vez, en el resto del mundo, surge el contragolpe de la crisis de los «desarrollados».

Al agotamiento de las potencialidades de crecimiento económico de posguerra por el lado de la oferta, tanto del factor de materias primas (excepto la energía) como del tecnológico (se está ralentizando notoriamente la innovación excepto en algunos sectores de las comunicaciones), se suma un fenómeno de agotamiento del crecimiento por el lado de la demanda en la CE y en USA. Por otra parte, en cuanto a los precios, nos hallamos en fase descendiente del ciclo Kondratiev y, además, en una fase negativa de endeudamiento empresarial (ciclo Haberle-Sicogne).

No contribuyen a reanimar la demanda los descensos continuados de la natalidad, la debilidad estructuralmente congénita del sector exterior, la deslocalización industrial que crea paro y deprime aún más la demanda, la crisis de la inversión (también por la caída de las tasas de acumulación y de beneficio del capital), la caída del crecimiento de la productividad, los errores de la política monetarista y el flotamiento de los keynesianos ante una estanflación persistente, así como un descenso de la capacidad adquisitiva del Tercer Mundo.

Todo ello ha configurado una crisis económica de carácter pre-depresivo o, cuando mínimo, recesivo de caídas múltiples que, para colmo, coincide con un cambio estructural profundo como es, a través de la mecanización, el orillamiento del trabajo humano del proceso productivo, y por ende la llegada de la era del trabajo sobrante. Mas, como dice el proverbio, «si los imbéciles volasen taparían el sol», (o quizá tratarían de gestionar la crisis  de «forma capitalista»).

De esta guisa, al inicio de esta década de los 90 el panorama de la reacción frente a la crisis es el siguiente: Triunfo del monetarismo, del equilibrio presupuestario (aún a costa de la reducción de gastos sociales esenciales no solo para los trabajadores sino incluso para la supervivencia de la actividad económica), del dinero caro, de la productividad a toda costa, y del absoluto y total predominio de la economía sobre la política (sobre el destino social común, el gobierno de los hombres, la solidaridad entre las personas). Todo esto se ha agravado porque las medidas adoptadas sólo tienen en cuenta soluciones favorables al capital.

Como primer ejemplo: la inflación perjudica el rendimiento del capital. Se luchará pues prioritariamente contra ella aun cuando jamás se ha conocido, en la historia económica, crecimiento sin algo de inflación; así son sacrificados el consumo, el empleo…

Segundo ejemplo: se luchará tanto más contra la inflación en lugar de contra el paro cuanto que, a menor paro, mayor precio del trabajo, con lo que no sólo puede reactivarse la inflación sino que caerán los beneficios empresariales; descenso del paro implicará pues, ante la pasividad del Estado, partidos y sindicatos, descenso de la bolsa. A su vez, se reducirá el consumo interno, pues éste será visto como una causa de aumento de la inflación; por ello, no se hará nada o poco, o con poca convicción para remediar la caida del consumo…

Tercer ejemplo: mantener tasas altas de rendimiento en épocas de tendencia a la caída de beneficios sólo se puede obtener:

–Por saltos tecnológicos fuertes

–Dopando el consumo (pero eso podría provocar inflación)

–Consiguiendo dinero barato: hay que crear abundancia de medios monetarios a disposición de la inversión (dado que abundancia implica abaratamiento!

Entonces, sobre la base de un postulado no sólo injusto sino falso (a saber, que las pensiones sólo son financiadas a través de las previas cotizaciones de los trabajadores, pero que dadas las actuales pirámides de edad y el paro, disminuye la cifra de cotizantes), se incita a la población a recurrir a los fondos privados de pensiones, es decir, se obliga a un sobre-ahorro forzoso y se cancela una parte del ahorro previo de los trabajadores cuando se reducen sus pensiones públicas. Paralelamente se reducirá la presión fiscal sobre los ricos para financiar de nuevo más ahorro excedentario. Igualmente, se generalizarán los impuestos indirectos sobre el consumo para de nuevo gravar el consumo, y otra vez descargar impositivamente las rentas altas.

Cuarto ejemplo: libertad de circulación de capitales, alias «Mundialización», para compensar la tendencia a la baja de los beneficios del capital, y así poder moverse libremente hacia donde quieran sus dueños, hacia donde consigan más rentabilidad.

Esta última es la medida más importante en defensa del capital,  pomposamente llamada «Mundialización de la economía» o «Globalización». Pero esta «Mundialización» sólo existe para:

–Favorecer las exportaciones, es decir, frenar el consumo interno (con los corolarios ya vistos: menos consumo, más ahorro, menos inflación, etc.); es el mismo «rollo» que antaño el mito del libre comercio.

–Favorecer la acumulación de capitales: la competitividad económica requiere concentración…

–Para hallar oportunidades (productos, países, etc..) nuevas donde invertir con la seguridad de poder repatriar beneficios y capital, pero, sobre todo, poder hallar inversiones más rentables…

Este punto de la libertad absoluta de acumulación de capitales es esencial para todos aquellos que han descrito el llamado «proceso de Mundialización»: Ignacio Ramonet, Noam Chomsky, Ricardo Petrella, Samir Amin, J.F. Kahn, José Mª Vidal Villa, etc.. Este último afirma (en su libro Mundialización, 1995): «La Mundialización requiere la libre movilidad de capital a escala mundial. Este es uno de los aspectos en los cuales el proceso está más avanzado». Pero las consecuencias son terribles:

  1. Economías desestabilizadas (véase México y el impacto de su crisis sobre la lira, la libra, la corona sueca, la peseta…).
  2. Quiebra de las soberanías nacionales (intervenciones cada vez más frecuentes y duras del FMI, préstamos a cambio de garantías abusivas).

Y quien se desvía es literalmente atracado; véase el caso ruso: el atraco a este país está siendo llevado a cabo mediante el llamado «método de la deuda» o de la «puesta al paso» o «sincronización económica».

El «Método de la deuda» nació en el siglo XIX y fue aplicado entonces, con éxito, en América Latina y Oriente Medio, y en África y América Latina durante el actual siglo. Ahora, ese «método» le está siendo aplicado a Rusia; consiste en hacer que:

  1. El deudor se endeude imprudentemente e invierta mal o gaste lo prestado.
  2. Para devolver el préstamo, el deudor tiene que aumentar (como le señala el FMI) sus exportaciones, para lo cual aplica programas de ajuste que son, esencialmente, programas de generación artificial de excedentes económicos que poder exportar (por ejemplo, mediante la política de los llamados «precios reales»).
  3. Ahora bien, el endeudado exportador ni está seguro de poder mantener los precios de venta de sus productos, ni tampoco que el mercado internacional adquiera ese excedente de bienes, apareciendo el riesgo de paro y de ralentización de la actividad económica… Si el deudor consigue pagar sus deudas, sale del atolladero; si no, tendrá que volver a pedir prestado para pagar los plazos de aquéllas… lo cual sólo obtendrá si aplica aún con más rigor la política de ajuste estructural propuesta por el FMI, o sea, desregulación de los mercados, austeridad fiscal, devaluaciones monetarias, descenso de los salarios, alza de los tipos de interés, privatizaciones, etc.
  4. Y ello con consecuencias reales tales como que el país endeudado (en este caso Rusia) tenderá a vender cada vez más sus materias primas para obtener ingresos inmediatos, aunque sea rompiendo precios (es decir, malvendiendo).
  5. Lo cual beneficiará sobre todo al extranjero (que compra esas materias primas baratas y esos bienes vendidos a bajo precio) y no a la industria rusa (la cual no podrá disponer ni de esas materias primas baratas ni de esos bienes a bajo precio).
  6. Lo que el país deudor ingresará por esas ventas tomará inmediatamente camino de los bancos de los países acreedores (el famoso «servicio de deuda»).
  7. No sólo no se impedirá la huida de capitales {llamada «libre circulación de capitales») sino que ésta será alentada. La inquietud que genera la aparición de dificultades económicas cada vez mayores en el deudor expulsará los capitales hacia los acreedores…
  8. Paralelamente, se producirá una «dolarización» de facto de la economía: con cada devaluación (exigida por la política de ajuste del FMI), mayor será la tendencia a huir de la moneda nacional (el rublo), para refugiarse en la moneda acreedora (dólar y otras).
  9. Aparición del «narco-capitalismo». En el país deudor, ante la desaparición de los ingresos clásicos la crisis económica incitará a comportamientos individuales y grupales que permitan ingresos alternativos: droga, corrupción, ilegalidades varias… Además, el sector «narco-capitalista» tiene como principal función permitir que una parte de los dólares pagados en concepto de servicio de la deuda vuelva al país deudor…
  10. Mientras los acreedores recuperan su dinero, (y ello les hace la espera más interesante) pueden participar en la invasión de! País deudor por productos de los países acreedores (pues el FMI y el G7exigen siempre la liberalización de intercambios) y en la compra de las privatizaciones, adquiriendo las más interesantes y a buen precio. Habitualmente, ello acentúa el deterioro económico, pues las privatizaciones suelen acarrear más despidos.
  1. Si se ve que el país deudor puede «quebrar», para paliar que suspenda el pago de la deuda se le pedirán garantías físicas (caso del petróleo mexicano), o financieras (caso de las aduanas otomanas), u otras (compromisos de desarme, o de no rearme), o de realineamiento en política exterior (caso de Rusia).

La crisis que atravesamos no es una crisis económica sencilla. Así, no es normal el nulo impacto económico positivo de la guerra contra Irak, dada la reconocida eficacia de los conflictos bélicos contra las crisis cíclicas del capitalismo. Los periodos de retroceso o de estancamiento se alternan con  recuperaciones ficticias o muy cortas. Japón y Alemania están cada vez peor, Francia no despega, y los casos de USA y UK se basan en la creación de empleos precarios y son relanzamientos momentáneos causados por la disminución del endeudamiento y, a veces el aumento del beneficio empresarial, pero con nula reactivación del consumo.

Esta crisis está repercutiendo cada vez más negativamente sobre lo que queda del Estado de Bienestar. ¿Cuáles son los ejes del asalto al que éste está sometido? Amén del artificial y forzado descenso del nivel de vida (por la creación forzada de excedentes para las exportaciones, del descenso de los salarios monetarios y de los reales y del fomento del sobre-ahorro de las clases menos pudientes), están las privatizaciones masivas en muy sabrosas condiciones para el capital, el recorte paulatino de los seguros de desempleo y de jubilación, y el de las prestaciones sanitarias y educativas…

Todo ello con un trasfondo de retorno a las argumentaciones reaccionarias sobre la inutilidad del progreso social y el carácter intrínsecamente vago de los trabajadores a los que el seguro de desempleo o salarios decentes «desmotivan» o vuelven aún más perezosos…

Como la mayoría de los economistas no corrigen el tiro, como se obstinan en que la equivocada es la realidad, sólo cabe pensar:

  1. Que los economistas creen sinceramente que hay que volver al monetarismo clásico: una «gestión capitalista de la crisis» intentará sobrellevarla hasta su término, hasta que las curvas, «naturalmente», vuelvan a ascender. Lástima, el economista especialista en econometría, Timbergen, ha calculado que los dramas sociales de nuestra época quedarán resueltos, de aplicarse las recetas del Banco Mundial y del FMI, en unos ¡908 años!
  2. Que entre ellos abunden los tontos.
  3. Que se dedican a encubrir, con pseudo-cíencia, una actitud de clase o favorable a determinadas clases sociales.

Porque hay evidencias de las que, sin embargo, nadie habla. En el interior del sistema, el obrero, el trabajador, el Estado de Bienestar se enfrentan a tres volantes de paro:

  1. el coyuntural, derivado de la incapacidad de los actuales dirigentes de hallar soluciones imaginativas para combatir la «sequedad» de las recuperaciones
  2. el estructural, derivado del orillamiento del trabajo por la robotizacion

Ambos son remediables mediante el reconocimiento: 1°) de que la sociedad industrial ha resuelto el problema de la producción; 2º) pero no el del consumo; 3º) que éste último ya no se puede resolver vía salarios; 4º) por lo que hay que ir a una primera desconexión histórica: la de la remuneración exclusivamente por el trabajo, por una parte, y enfocar la cuestión de la reducción del tiempo de trabajo, por la otra…

A esos dos volantes de paro hay que añadir otro, también interior: c) el de la nueva modalidad de trabajo servil para jóvenes, y el constituido por los esfuerzos tendentes a aplazar la edad de jubilación (medida absurda, por cuanto a los 60 años, la mitad de los trabajadores llevan ya años sin trabajo).

Pero hay más: es necesaria una segunda desconexión, porque el mayor y más inmediato peligro para el mundo del trabajo y para el Estado de Bienestar es que corre el riesgo de «taiwanización», derivado de la imposición del libre comercio y de la libre circulación de capitales. Es el cuarto cinturón, exterior. Y agravado por la deslocalización.

Ya hemos visto por qué ejes es asaltado el Estado de Bienestar. A lo que se va es a la destrucción de la mayor parte de lo arrancado. Como  apunta Samir Amin, «el paro es deseado, por el Estado del capital, para romper lo conseguido por el movimiento obrero». Porque si en economías de predominio de la demanda o de «crecimiento autocentrado», el mercado interior es el eje y, para absorber los excedentes, hay que subir el nivel de salarios y, por ello, el de vida, en el modelo de libre cambio, por el contrario, juega de lleno la rivalidad salarial. Con claridad, el efecto real, hoy, del libre cambio, de la mundialización, es el predominio casi absoluto del capital y el derrumbamiento del modelo de protección social. En el estudio magistral, llevado a cabo por Paul Bairoch, titulado Myths e t paradoxes de l’histoire económique, bastan doscientas noventa páginas para destrozar la tesis de que el libre cambio favoreció históricamente a los pueblos, excepto (y no siempre tampoco) a la Gran Bretaña y luego al mundo anglosajón. Bairoch demuestra, con cifras irrefutables, que la imagen de un «siglo XIX paraíso del proteccionismo» es radicalmente falsa. La consideración de la década de los 20, en este siglo, como una década proteccionista es, igualmente, falsa, como lo es la acusación hecha al proteccionismo de haber sido el causante de la gran crisis del 29: el  proteccionismo ni fue la causa del crack, ni una de ellas. Sencillamente, no existió en el periodo considerado.

Pero, además, prosigue Bairoch, tampoco es cierto que los periodos considerados más librecambistas lo fueran realmente; sin embargo, sí que puede ya establecerse una identidad entre los periodos de mayor crecimiento económico y un mayor grado de proteccionismo (o, lo que es lo mismo, de menor liberalización legal de los intercambios). Mas aún; increíble, pero cierto: los años de mayor grado de protección lo han sido también de un desarrollo más vigoroso de los intercambios exteriores.

En realidad, siempre según Bairoch, no ha habido más que dos fases de libre-cambio real en Europa: entre 1860 y 1879, a consecuencia del Tratado Anglo-francés al respecto; y, un siglo después, desde mediados de la década de los 60 hasta la actualidad.

Ahora bien, además de la crisis del 29, el mundo no ha conocido más que dos crisis de igual o similar magnitud: la de 1869-1873, con una caída brutal del P B por habitante; y la actual… «No al proteccionismo», «No al desarrollo aurocentrado», es pues el primer tabú que debe ser abandonado, sin rubor ni duda alguna. Ello tanto más cuanto la obligación de centrar el crecimiento económico en el propio mercado continental (hablamos siempre de mercado continental, no de mercado nacional) obliga a fomentar el consumo interno y el alza del nivel de vida de la propia población, y a respetar e incluso a potenciar el «Welfare State». Proteccionismo, es decir, la protección de grandes espacios económicos frente a otros, de manera que no se permita la generación de más del 12-15% del PNB por el sector exterior de la economía considerada, y que equivale pues, sobre todo hoy, a más nivel de vida y mayor bienestar social.

 Y no se argumente que ello frenaría el progreso técnico. Los actuales procesos de concentración de capital sí que son peligrosos; pero bloques de 350-400 ó más millones de habitantes son el primer seguro contra aquello. Deniro de los bloques autocentrados, habría una libertad radical de comercio y circulación de capitales y, por ello, una rivalidad, empresarial y  tecnológica, real: no se permitirá a las empresas cubrir más de una cuota dada de mercado del bloque geográfico de crecimiento autocentrado. Hacia fuera, complementariedad y rivalidad limitada.

Además, cerrar hasta el 15% los Bloques «autocentrados» es lo único que puede obligar a los demás Bloques a tener que absorber el excedente productivo a través de la demanda interna; y por ello, esta es la mejor arma contra el subdesarrollo y contra la dictadura económica y social del capital. Recuérdese, finalmente, que:

  1. Hay que rechazar, por falsa, la afirmación según la cual existe una relación inversa entre mayor «Estado de Bienestar» y competitividad. Lo cierto es que esta última requiere la existencia de un elevado número de empresas, lo cual a su vez exige un gran mercado, única garantía de que exista una demanda amplia y sostenida…
  2. La economía sólo crece, real y duraderamente, gracias al mercado interno…
  3. Al mercado exterior sólo pueden ir los excedentes reales, no los creados artificialmente.
  4. Aumentar estos excedentes bajando el nivel de vida de la población, es decir, disminuyendo la demanda interna, sólo producirá dificultades mayores para, cuando el tirón del comercio exterior se agote, volver a requerir una demanda interna -repito, deprimida hoy adrede- para tirar del carro."                   (Jorge Verstrynge , El Viejo Topo,  09/12/22)

13/6/22

El hombre que ha arruinado el futuro de EEUU... con la llegada de Welch General Electric, el foco de la innovación no se puso tanto en los productos como en la generación de dividendos... fue uno de los impulsores de los despidos, de las deslocalizaciones, de las externalizaciones, de las adquisiciones de otras compañías, de las subidas en bolsa, de las recompras de acciones y de la desindustrialización. El resultado fue muy satisfactorio para el prestigio y la remuneración del directivo... dado que hemos vivido una etapa sistémica en la que las expectativas han tenido mucho más que poder que las realidades, a la empresa le fue bien: la acción estaba sólida, los números cuadraban y él conservó durante la década de los 90 todo su prestigio... el impulso efervescente a corto plazo fue nefasto a medio y largo. GE dejó de ser un gigante, y fue reduciendo su presencia y su tamaño, hasta terminar siendo dividida en tres firmas más pequeñas... dejó un reguero de directivos, algunos de los cuales habían trabajado para él, que copiaron sus fórmulas, con consecuencias muy negativas para el tejido industrial estadounidense, pero muy positivas para ellos... esa política de 'coge el dinero y corre' es responsable de buena parte de las tensiones geopolíticas actuales y del desafío chino a la hegemonía estadounidense

 "Es una historia que nos debería advertir de los riesgos en los que están inmersas nuestras sociedades, que tendría que funcionar como señal de alarma en tiempos de enfrentamiento geopolítico y de la que se deberían extraer lecciones morales. La narra el periodista del 'New York Times' David Gelles en un reciente libro, 'The Man who Broke Capitalism', en el que recorre el mandato de Jack Welch al frente de General Electric (GE), así como la herencia que dejó, tanto en el seno de la compañía como fuera de ella. Welch fue uno de los grandes innovadores en la gestión, y se convirtió en una referencia evidente de hacia dónde debía ir el capitalismo. Sus 20 años liderando GE, de 1981 a 2001, fueron enormemente influyentes, por los cambios que supusieron, por el éxito que obtuvo y por lo mucho que transformó el libro de estilo del gestor.

La innovación de Welch

GE, antes de la llegada de Welch, era una compañía muy importante en los EEUU, no solo por su cuenta de resultados, sino por la influencia que tenían sus productos en la vida cotidiana. Como narra Gelles, las centrales eléctricas, las bombillas, las máquinas de rayos X, la tostadora, los lavavajillas, y tantos otros productos eran fabricados y mejorados por GE. La firma tuvo influencia en otros ámbitos, llegando a participar en las misiones Apolo. Era una de las grandes firmas norteamericanas, hasta el punto de que se hizo popular el dicho "según le va a GE, le va a EEUU".

 Con la llegada de Welch, el foco de la innovación no se puso tanto en los productos como en la generación de dividendos: las ideas brillantes pasaron de lo físico y lo cotidiano hacia los juegos para aumentar los márgenes. Welch fue uno de los impulsores de los despidos, de las deslocalizaciones, de las externalizaciones, de las adquisiciones de otras compañías, de las subidas en bolsa, de las recompras de acciones y de la desindustrialización. El resultado fue muy satisfactorio para el prestigio y la remuneración del directivo, así como para los accionistas de la empresa, algunos de los cuales eran trabajadores de la misma.

 O, al menos, así fue durante un tiempo, porque el impulso efervescente a corto plazo fue nefasto a medio y largo. GE dejó de ser un gigante, y fue reduciendo su presencia y su tamaño, hasta terminar siendo dividida en tres firmas más pequeñas.

Un reguero de directivos

Las consecuencias de la gestión de Welch tardaron tiempo en producirse, porque si bien la compañía real estaba cada vez más débil (ya que no se estaba dedicando a fabricar, mejorar e inventar productos), la compañía ficticia estaba cada vez más fuerte, puesto que utilizaba nuevas fórmulas para sacar más partido al capital. Y dado que hemos vivido una etapa sistémica en la que las expectativas han tenido mucho más que poder que las realidades, a la empresa le fue bien: la acción estaba sólida, los números cuadraban y su CEO conservó durante la década de los 90 todo su prestigio.

 Como todos los esquemas que funcionan al estilo Ponzi, hay un periodo de auge que se prolonga en la medida en que la sensación de éxito empuja al alza, pero en cuanto se percibe la desnudez, la debacle es inevitable. Eso no significa que no hubiera quienes se hicieran ricos, empezando por Welch y sus directivos, y algunos trabajadores de GE, a los que les fue bien por el camino, pero no en tanto trabajadores, sino en cuanto accionistas. En esa clase de modelos de negocio te va bien si te retiras del juego antes de que la realidad comience a asomar. Desde luego, Welch fue un buen jugador: él creó las condiciones, las consecuencias las pagaron otros. Por el camino dejó un reguero de directivos, algunos de los cuales habían trabajado para él, que copiaron sus fórmulas, con consecuencias muy negativas para el tejido industrial estadounidense, pero muy positivas para ellos.

Aparece la realidad

Los efectos, sin embargo, fueron más allá del mal momento de una serie de compañías. En realidad, Jack no fue más que uno de los impulsores, quizá el que contó con mayor brillo mediático, de una nueva forma de gestión de la economía occidental que, como le pasó a GE, fue muy exitosa hasta que sus debilidades se dejaron de sentir de golpe. La crisis financiera de 2008 fue exactamente esto. 

 No hay que olvidar lo que supuso este tipo de gestión para la economía cotidiana. El número de trabajos en buenas condiciones se redujo, la industria local se contrajo, las pequeñas y medianas empresas tuvieron que ajustar mucho sus márgenes para sobrevivir. El resultado fue que clases medias y las trabajadoras se empobrecieron, fruto del deterioro sistemático de los ingresos provenientes del trabajo. Pareció no importar demasiado en la medida en que el crédito fácil fue supliendo la falta de recursos, hasta que llegó la crisis de 2008. Si EEUU era un país fragmentado entonces, en la última década las divisiones del país, en lo político, en lo territorial, en lo económico y en lo cultural se hicieron mucho más profundas.

Europa siguió un camino similar, tanto en la debilidad interna como en los efectos en sus clases medias y trabajadoras, y en la transformación política. La recesión de 2008 provocó que las grietas sistémicas apareciesen, y el covid y la crisis derivada de la guerra de Ucrania, con sus cambios geopolíticos, nos sumen en una situación muy complicada.

La relación especial con China

El paso del tiempo permite hacer balance respecto de la arquitectura económica que Welch y la gente como él pusieron en marcha, y no es precisamente positivo. En primera instancia, las recetas de Welch solo podían funcionar si las deslocalizaciones encontraban un lugar para relocalizarse: en alguna parte había que producir. China fue el lugar elegido, y se creó una relación especial. Mientras las empresas como GE y, por tanto, los accionistas de Wall Street, dependían de China para aumentar su margen de beneficios, Pekín fue creciendo gracias a todo lo que le aportamos (recursos, 'know how', tecnología, capital e influencia) y a una intención estratégica a la que no se prestó atención. Por decirlo de otro modo, esa actitud de 'coge el dinero y corre' es responsable de buena parte de las tensiones geopolíticas actuales y del desafío chino a la hegemonía estadounidense.

 Al mismo tiempo, la economía de la mayoría de la gente, de las clases medias y trabajadoras occidentales, se vio empobrecida, porque los trabajos bien pagados menguaron, se impulsó una economía de contenedor con salarios bajos, las pequeñas y medianas empresas lo tuvieron mucho más difícil y los costes de los bienes necesarios para la subsistencia aumentaron. Todo esto derivó en lógicas tensiones políticas. El descontento generalizado y la ausencia de futuro generaron un malestar intenso que ha sido canalizado de diferentes maneras.

Buena parte de las materias prima y de los bienes que necesita Occidente están en manos de terceros países, no siempre amistosos

En tercer lugar, el covid-19 hizo patente que EEUU, como el resto de Occidente, carecía de muchos de los bienes de primera necesidad que hacían falta en una situación grave. Cuando eran precisos, estaban lejos, eran escasos y caros. Aquella convicción en el 'just in time' y en los precios baratos que traía la globalización desapareció de golpe. Se explicó como un desajuste causado por un acontecimiento excepcional, como era la pandemia, pero después llegaron los aumentos de los precios de combustible y la escasez de productos, ya que la salida de la crisis del covid habían disparado la demanda, y más tarde estalló la guerra de Ucrania. La ficción eufórica de la globalización es difícil de mantener cuando la inflación es elevada y se anuncian tiempos difíciles, y todo ello tiene mucho que ver con esa dependencia exterior de Occidente, ya que buena parte de las materias y de los bienes que necesita diariamente están en manos de terceros países, no siempre amistosos.

Nuestros monstruos

En ese escenario, no solo tenemos problemas externos, y la guerra de Ucrania lo ha subrayado, sino que fabricamos nuestros propios palos para las ruedas. Y provienen del mismo lugar que alentó a los Welch de este mundo. Muchas de nuestras dificultades presentes parten de esta teórica orientación hacia el accionista que no consistía más que en una forma de parasitismo que consumía las compañías productivas en las que se implantaba, así como el tejido social y económico dependiente de ellas. Una vez que una empresa se agotaba, se saltaba a la siguiente, y el ciclo seguía. Y cuando no era posible, y los riesgos se convertían en sistémicos, se recurría a los Bancos Centrales. 

En los últimos años, tanto el BCE como la Reserva Federal han respaldado a los mercados financieros, tras la crisis de 2008 y con la del covid, reduciendo las tasas de interés a mínimos históricos y gastando cantidades ingentes de dinero en bonos del Tesoro, bonos hipotecarios y bonos de empresas cotizadas (lo que infló aún más el mercado, no hay más que ver los resultados de las firmas que cotizan en bolsa tras la pandemia). Ahora llega el momento del ajuste, y es cuando grandes empresas financieras están atacando a los Estados occidentales que las ayudaron: la apuesta de Bridgewater contra los bonos corporativos de EE. UU. y Europa por temor a la desaceleración es un buen ejemplo.

Tras la época de celebración y de efervescencia, aparece la realidad, como le pasó a la General Electric de Welch, solo que ahora está ocurriendo en el plano sistémico. Occidente se enfrenta no solo a enemigos exteriores, sino a serias tensiones interiores en lo político, a una situación difícil en lo económico, a una ausencia de músculo industrial propio, a la escasez de energía (salvo en EEUU), y a una pobreza de pensamiento preocupante. Pero eso importa menos que el hecho de que no hemos terminado de aprender la lección y se persiste en las mismas ideas y en los mismos términos. Y así seguiremos hasta que la historia nos despierte de golpe."                (Esteban Hernández ,El Confidencial,  12/06/22)

26/10/21

El mundo está asistiendo al prolongado, conflictivo y agónico cierre de la globalización neoliberal. Estamos en un proceso emergente de desglobalización económica... en una articulación imprevista de cuatro crisis que se retroalimentan: una crisis médica, una crisis económica, una crisis ambiental, y una crisis política. Una coyuntura de enorme perplejidad y angustia... El horizonte predictivo se ha roto, se ha desintegrado. Nadie sabe lo que va a suceder... hasta el FMI dice que “hay que prorrogar los vencimientos de la deuda pública”. Es decir, está proponiendo que los países no paguen su deuda pública, que prorroguen y que establezcan mecanismos de repagos para los siguientes años... Algo está cambiando. Se acabó el recetario de austeridad fiscal... la hegemonía neoliberal conservadora implementada en los últimos 40 años ha perdido su capacidad de regeneración, de impulso irradiador y de articulación de esperanzas. El neoliberalismo se mantiene por la inercia, por la fuerza de la herencia pasada... ha perdido el optimismo histórico... Además, por primera vez, la democracia comienza a presentarse como un estorbo para las perspectivas neoliberales... mientras se produce revitalización de los Estados como sujeto protagónico... y aparece los gigantescos retos para las fuerzas progresistas y de izquierda del planeta para enfrentar la gravedad de este horizonte... con seis temas con que asumir la batalla por el sentido común

 "Vivimos la articulación imprevista de cuatro crisis que se retroalimentan mutuamente: una crisis médica, una crisis económica, una crisis ambiental, y una crisis política. Una coyuntura de enorme perplejidad y angustia. Pareciera que la sociedad y el mundo hubieran perdido el rumbo, una dirección hacia dónde ir, su destino. Nadie sabe lo que va a pasar en el corto y mediano plazo, ni puede garantizar si habrá un nuevo rebrote o si surgirá un nuevo virus, si la crisis económica se intensificará, si saldremos de ella, si tendremos trabajo o ahorros. Esto da lugar a una parálisis del horizonte predictivo, no solamente en los filósofos, que es algo normal, sino en la gente común, en los ciudadanos y ciudadanas, en las personas que van al mercado, en los trabajadores, obreros, campesinos, en los pequeños comerciantes. El horizonte predictivo es la capacidad imaginada de proponernos cosas a mediano plazo, cosas que muchas veces no suceden, pero guían nuestra acción y nuestro comportamiento. El horizonte predictivo se ha roto, se ha desintegrado. Nadie sabe lo que va a suceder.

La suspensión del tiempo

Es en este sentido que propongo la categoría de un “tiempo suspendido”. A pesar de que suceden cosas, a pesar de que brotan conflictos, problemas, novedades, cada día estamos viviendo una suspensión del tiempo. Hay un movimiento del tiempo cuando hay un horizonte, cuando podemos al menos imaginar hacia dónde vamos, hacia dónde nos dirigimos. Se trata de una experiencia muy desgarradora, una experiencia nueva que estamos viviendo, en el sentido de que no existe una dirección hacia dónde ir, lo cual es angustiante.

La suspensión del tiempo arrastra un conjunto de síntomas y consecuencias. La primera de ellas es lo que podríamos denominar “un ocaso de época”. El mundo está asistiendo al prolongado, conflictivo y agónico cierre de la globalización neoliberal. Estamos en un proceso emergente de desglobalización económica que se ha ido acentuando, pero que comenzó hace cinco o diez años atrás con idas y vueltas. La primera oleada de globalización se dio en el siglo XIX, hasta principios del XX, y la segunda a finales del siglo XX, entre 1980 y el 2010. Esta segunda oleada de globalización ha entrado en un proceso de una deshilachamiento parcial, en un proceso de desglobalización económica parcial. Hay cuatro datos que permiten afirmar esta hipótesis:

Primero, el comercio mundial tenía una tasa de crecimiento, entre 1990 y 2012, de dos a tres veces por encima de la tasa del crecimiento del PIB global. Desde el 2013 hasta el 2020 es menor o, en el mejor de los casos, igual a la tasa del crecimiento del PIB. El comercio, que es la bandera de los mercados globalizados, se ha reducido, según informes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE.

El segundo dato es que los flujos transfronterizos de capital, que entre 1989 y 2007 habían crecido del 5% al 20% respecto al PIB mundial, pasaron a tener una tasa menor al 5% entre 2009 y la actualidad.

El tercer dato es la salida de Inglaterra de la Unión Europea, el Brexit, que ha establecido un límite a la expansión, al menos por el lado de Occidente, de esta articulación de mercado, economía y política europea. Por su parte, Estados Unidos inicia con el gobierno de Trump un proceso gradual de repatriación de capitales bajo el lema “América Primero”. En su gobierno, Trump desplegó una guerra comercial contra China, pero también contra Canadá y luego contra Europa. Destapó viejos fantasmas de seguridad nacional para intentar impedir que China tome el liderazgo mundial y controle la red 5G. Además, el COVID-19 ha acelerado los procesos de reagrupación de las cadenas de valor esenciales, para que no se repitan procesos que se dieron en Europa cuando, entre países supuestamente pertenecientes a la misma unión comercial, se peleaban en la frontera por los respiradores e insumos médicos. Este control les permite no depender de insumos de China, Singapur, México o Argentina, o del país que fuera. Entonces, tenemos un escenario paradójico con China y Alemania aliadas por el libre comercio y Estados Unidos e Inglaterra aliados en una mirada proteccionista de la economía y del mundo. En los años 80, estos dos últimos países encabezaron la oleada globalizadora con Ronald Reagan y Margaret Thatcher, y ahora son sus líderes los que encabezan una mirada proteccionista y los comunistas, a la cabeza de China, los que convocan a todo el mundo a abrir fronteras y a no impedir que la globalización se detenga.

Un último dato de esta desglobalización parcial que estamos viviendo es el documento que acaba de publicar el Fondo Monetario Internacional. Hay un monitor fiscal y un reporte de la economía mundial que presenta un conjunto de recomendaciones sorprendentes, paradójicas, e incluso chistosas viniendo del FMI: “hay que prorrogar los vencimientos de la deuda pública”. Es decir, están proponiendo que los países no paguen su deuda pública, que prorroguen y que establezcan mecanismos de repagos para los siguientes años. No se olviden que el FMI junto con Merkel y el Deutsche Bank fueron los que se impusieron sobre Italia, luego sobre Irlanda y finalmente sobre Grecia, para obligar a que asuman sus compromisos de endeudamiento. El informe sugiere “incrementar los impuestos progresivos a los más acaudalados”, no es el programa de un partido de izquierda radical, es la recomendación del Fondo Monetario. También, propone impuestos “a las propiedades más costosas, a las ganancias de capital, y a los patrimonios”, siendo incluso más radical que algunas propuestas que se habían manejado en los grupos de izquierda del continente. Sigue con “modificar la tributación de las empresas para asegurarse de que paguen impuestos”. Es decir, pide ser más audaces y modificar el sistema tributario porque hay muchos ricos que han evadido los impuestos. Cierra con una sugerencia para la tributación internacional a la economía digital, apoyo prolongado a los ingresos de los trabajadores desplazados e incremento de la inversión pública. Se trata de un programa de reformas que hace un año era impensable, era una herejía que viniera de estos organismos internacionales que funcionan como el cerebro del capitalismo mundial.

Esto está marcando una modificación del espíritu de la época. Algo está cambiando. Se acabó el recetario de austeridad fiscal, la amenaza de que espantar a los ricos imponiéndoles impuestos nos hará perder riqueza y empleos. Hay una modificación de los parámetros epistemológicos con los que este sector del capital mundial estaba mirando lo que se viene en términos de esta articulación de la crisis ambiental, médica, económica y social. Evidentemente, hay un miedo a las clases peligrosas y a los estallidos sociales que está llevando a un cambio de 180º de las posiciones de políticas económicas que impulsan estos ideólogos del capitalismo mundial, y que habían comandado todo el neoliberalismo desde los años 80 hasta el 2020, en términos de reducción del Estado, de la inversión pública, de los impuestos a la gente rica y de apoyos sociales a los trabajadores. No sabemos si será temporal, pero se trata de un giro sustancial.

El desgaste de la hegemonía neoliberal conservadora

Un segundo efecto de este tiempo suspendido es lo que podemos calificar como un estupor y cansancio de la hegemonía neoliberal conservadora implementada en los últimos 40 años. No es que se acabó, puede durar un buen tiempo más, pero ha perdido su capacidad de regeneración, de impulso irradiador y de articulación de esperanzas. El neoliberalismo se mantiene por la inercia, por la fuerza de la herencia pasada. Esto lo visualizamos en la crisis de los instrumentos que habían sido fetichizados para organizar el futuro.

El neoliberalismo utilizó tres instrumentos para crear un relato, un imaginario, falso en los hechos, pero creído por mucha gente sobre quiénes organizaban el futuro: el mercado, la globalización y la ciencia. El mercado globalizado ha mostrado que no es un sujeto cohesionador. Frente a la crisis del virus y a la expansión de los contagios, ningún mercado hizo nada. Al contrario, los mercados escondieron la cabeza como avestruces y lo que salió a relucir como la única y última instancia de protección social fueron los Estados. La globalización, como un ideario de modernización, mejora de la vida y de expansión ilimitada de las oportunidades, ya no tiene la capacidad para contener a los descontentos, para organizar a la gente que tiene miedo ni para calmar las preocupaciones de los angustiados. La ciencia, en la que se depositó de manera imaginada y tergiversada una potencia ilimitada y una capacidad infinita para transformar y resolver los problemas de la humanidad, ahora muestra sus límites. Hay cosas que los humanos no podemos resolver, enfrentar o remontar, fruto de nuestras propias acciones. La ciencia también tiene un horizonte de época, puede resolver muchas cosas y otras no. Se requiere mucho tiempo, esfuerzo, recursos y una modificación de los comportamientos para que la ciencia pueda abarcar y resolver los problemas que estamos ocasionando, especialmente por nuestra manera de haber roto metabólica, orgánica y racionalmente nuestra relación con la naturaleza.

Todo esto significa que la hegemonía neoliberal ha perdido el optimismo histórico. Ya no se presenta ante el mundo como portador de certidumbres imaginadas, horizontes plausibles, conquistables y realizables a mediano plazo. Las certezas imaginadas del futuro se han quebrado y este es ahora el nuevo sentido común. Ahora nadie puede decir cuál es el destino de la humanidad. La humanidad nunca tiene un destino, siempre es una incertidumbre, pero las grandes hegemonías lo que hacen es crear un imaginario del destino de la humanidad. Las ideologías y las hegemonías tienen una facultad performativa: la capacidad de crear lo que enuncian. Esta capacidad es la que perdió la hegemonía neoliberal planetaria porque ya no tiene la fuerza de despertar entusiasmo, crear adherencias duraderas, ni proponer un horizonte factible en el tiempo. Es un momento de cansancio y de estupor hegemónico, un momento que habilita una nueva materialidad de la hegemonía, que se vuelve porosa. Ya no se presenta como un caudal imbatible que va hacia un lado, sino como aguas estancadas, donde se filtran otro tipo de sustancias, otro tipo de elementos. Por lo tanto, estas aguas estancadas de la hegemonía conservadora hablan de la parálisis del horizonte predictivo. Repito: no es el fin ni del neoliberalismo económico ni de la hegemonía neoliberal. Es un momento de cansancio, de agotamiento y debilitamiento que puede arrastrarse incluso todavía años, cada vez con más dificultades, con menos irradiación, con menos entusiasmo, con menos capacidad de generar adherencias duraderas y legitimidades activas.

Ruptura del consenso neoliberal político y económico

La tercera característica de este ocaso es la ruptura del consenso neoliberal político y económico. Desde los años 80, la hegemonía neoliberal pudo desarrollarse en los ámbitos económicos y discursivos porque fusionó dos cosas: la economía de libre mercado y la democracia representativa. Esto le dio mucha fuerza. Había una retroalimentación entre el horizonte económico que buscaba reducir el Estado, entregar los bienes públicos a los actores privados, regular y fragmentar la fuerza laboral, reducir salarios y derechos, con un sistema de democracia representativa. Luego de la caída del muro de Berlín y del comunismo como una alternativa a la sociedad capitalista, todas las élites, sean de izquierda o derecha, habían apostado por el neoliberalismo, con un sentido un poco más social o más empresarial, porque compartían el mismo horizonte sobre el destino de la humanidad.

Luego de 40 años, ese núcleo de economía de libre mercado y democracia representativa comienza a dislocarse y disociarse, mientras surge un neoliberalismo cada vez más enfurecido. Esta es una de las características de la época. Cada año vamos a tener un replanteamiento de la propuesta neoliberal, cada vez más enfurecida, autoritaria, racista, xenofóbica, antiliberal, antifeminista, cada vez más vengativa, cada vez más fascista. Es lo que ha pasado en América Latina y en otras regiones del mundo. El caso del golpe en Bolivia, la situación de Brasil, Estados Unidos, Polonia y muchos otros países. Hay un neoliberalismo cada vez más autoritario, como una manera de atrincherarse, cuando sus fuerzas y su capacidad de atracción van menguando.

Además, por primera vez, la democracia comienza a presentarse como un estorbo para las perspectivas neoliberales. Se perdió el optimismo de los años 80 y ahora se miran con sospecha las banderas democráticas porque hay una divergencia entre las élites. Es decir, por un lado, hay élites que propugnan por continuar con el neoliberalismo: hay que enriquecer a los ricos, voltear de arriba abajo a los pobres, seguir privatizando y manteniendo la austeridad fiscal; y, por otra parte, hay élites y bloques sociales dispuestos a implementar otro tipo de políticas más híbridas: preocuparse de los pobres, replantearse los temas de la propiedad, los impuestos, el potenciamiento de lo común, entre otras cuestiones. Esta divergencia y la falta de un mismo horizonte de expectativas compartido preocupan a las élites neoliberales que comienzan a mirar con sospecha, recelo y distancia a la propia democracia y a los procesos electorales.

Tendencias de la suspensión del tiempo en el futuro inmediato

En este tiempo suspendido y de quiebre del horizonte predictivo podemos identificar cuatro tendencias para el futuro inmediato.

La primera está sucediendo en el debate de los grandes centros pensantes del capitalismo mundial: la revitalización de los Estados como sujeto protagónico. Esto ocurre bajo dos modalidades. La primera es la revitalización de la utilización de recursos públicos para atenuar las pérdidas o ampliar las ganancias empresariales. Esta es la vieja modalidad neoliberal que busca achicar el Estado, pero para agrandar sus riquezas con los bienes comunes que están bajo control o bajo propiedad del Estado. Actualmente, se está utilizando dinero público para la compra de acciones de las grandes empresas que han visto afectada su producción o comercialización por el confinamiento de los últimos meses.

Según un informe del Fondo Monetario Internacional, en octubre de 2020 las economías avanzadas habían utilizado capital propio de los Estados equivalente a un 11% de sus PIB en préstamos y garantías, y un 9% en gasto adicional. Es decir, las economías avanzadas, como Estados Unidos, Inglaterra, España, Italia, Alemania, Noruega, Suecia, Dinamarca, Japón o Canadá han utilizado entre el 15% y el 20% de sus PIB para comprar acciones de empresas, nacionalizar las pérdidas corporativas, entregar crédito a los bancos o amortiguar la reducción de ganancias de las empresas. Se trata de una revitalización del Estado, pero en términos de monopolios privados.

Otra modalidad de revitalización que pugna también por sobresalir es la del Estado en su dimensión de comunidad, que busca la protección social, mejorar salarios, ampliar derechos, aumentar la inversión pública, proteger a los más débiles, invertir en salud y en educación, crear empleos o nacionalizar empresas privadas para generar recursos públicos en favor de la gente.

Todo Estado tiene estas dos dimensiones. Como señala Marx, “el Estado es una comunidad ilusoria”, que tiene la dimensión de los bienes comunes (la riqueza es un bien común, los impuestos son un bien común, las identidades son bienes comunes), pero son bienes comunes de administración monopólica. Lo que están haciendo las fuerzas conservadoras es utilizar los bienes comunes para beneficio privado, a través del potenciamiento de lo monopólico del Estado; en tanto que las fuerzas sociales progresistas se esfuerzan por la ampliación del Estado como comunidad con bienes para ser distribuidos y utilizados por la mayoría de la población. Hacia dónde se incline el Estado dependerá de las luchas sociales, de la capacidad de movilización, de gobernabilidad vía parlamento y en las calles, de la acción colectiva, etcétera.

Una segunda tendencia del momento actual es el uso del excedente económico de cada sociedad. En los siguientes meses y años se van a incrementar las luchas sociales, políticas e ideológicas entre los distintos partidos, conglomerados, grupos de presión, clases y movimientos sociales, para determinar quién se va a beneficiar con los recursos públicos que son escasos. Con necesidades muy grandes y bienes escasos, ¿se beneficiará al sector empresarial, trabajador, campesino, obrero, medio? ¿A la burocracia, a los terratenientes, a los hacendados o a los banqueros? Los Estados se están endeudando una o dos generaciones por delante y están emitiendo más dinero para que haya circulante y movimiento económico. Ahí aparecen dos querellas: por el uso de ese dinero y por quién va a pagar ese dinero.

La tercera tendencia es lo que podemos definir como apertura cognitiva de la sociedad. En la medida en que las viejas certidumbres se vuelven más rudimentarias y ásperas, y que el horizonte predictivo de la sociedad neoliberal se achica, la gente comienza a abrir su capacidad y disposición para recibir nuevas ideas, creencias y certidumbres. Los seres humanos no pueden permanecer indefinidamente sin horizontes de predicción más o menos estables y de mediano plazo. Es una necesidad humana porque necesitamos “terrenalizar”, necesitamos anclar la proyección de nuestras vidas, acciones, trabajo, esfuerzos, ahorros, apuestas académicas y amorosas en un tiempo más o menos previsible. Cuando eso no se da, se busca por donde sea. Esta es la base para el surgimiento de propuestas muy conservadoras, cuasi fascistas, que es lo que está sucediendo en algunos países del mundo. En Bolivia, los perdedores de las elecciones han ido a rezar ahí, han ido a hincarse ante los cuarteles para pedir que los militares tomen el gobierno. La salida ultraconservadora, fascistoide reunió a toda la gente que se metió en el golpe de Estado: Añez, Carlos Meza, Tuto Quiroga, la Organización de Estados Americanos, OEA. Esto es algo nunca había sucedido en el continente, ni en los años 70, en el continente. Ahora vemos esas imágenes patéticas del abandono de la racionalidad política para pedir este tipo de salidas.

La cuarta tendencia son los gigantescos retos para las fuerzas progresistas y de izquierda del planeta para enfrentar la gravedad de este horizonte predictivo quebrado y diluido. Simplemente voy a mencionar los seis temas que cualquier propuesta debería abordar al momento de asumir la batalla por el sentido común y por el horizonte predictivo de la sociedad en los siguientes meses y años:

1. La democratización política y económica, y sus distintas variantes. Esto es lo que algunos denominan la posibilidad de un socialismo democrático.

2. La lucha contra la explotación, incluyendo no solamente la distribución de la riqueza sino también la democratización de las formas de concentración de la gran propiedad.

3. La desracialización y la descolonización de las relaciones sociales y de los vínculos entre los pueblos y entre las personas incluidas al interior de las organizaciones.

4. Los procesos de despatriarcalización y la reivindicación de la soberanía de las mujeres sobre la gestión de sus cuerpos y de sus vínculos.

5. Un ecologismo social que no mire a la naturaleza como un parque, sino que vea la naturaleza en su relación con la sociedad. Se requiere un enfoque que restablezca el metabolismo racional entre el ser humano y la naturaleza, tomando en cuenta la satisfacción de las necesidades básicas imprescindibles de la gente más humilde, de los pobres y de los trabajadores.

6. Un internacionalismo renovado. Los retos de la izquierda y de las fuerzas progresistas en los siguientes años van a radicar en la capacidad de impulsar propuestas de democratización política y económica cada vez más radicales.

Creo que estamos ciertamente ante tiempos sociales muy estremecedores. Paradójicamente, a pesar de que hablamos de un tiempo paralizado, se están desarrollando local y tácticamente un conjunto de luchas, convulsiones e inestabilidades permanentes que nos indican que las victorias del lado conservador y las victorias del lado progresista o de la izquierda, tampoco han de ser duraderas. Es un tiempo en que nada ha de ser duradero durante un periodo prolongado. Cada victoria de las fuerzas conservadoras tendrá pies cortos y podrá derrumbarse, y cada victoria de las fuerzas de izquierda podrá tener pies cortos si es que no sabe corregir errores e impulsar un conjunto de vínculos con la sociedad.

Este es el conjunto de ideas que quería compartir con ustedes sobre nuestro tiempo presente."   

(Álvaro García Linera , El Viejo Topo, 25/09/21; Fuente: Página 12.)