"Según Francis Marmande («La dure loi du marché», Revista «Ligues»,
París 1993), «el ideal del mercado es el mercado negro. (Este último) no
es ni la desviación, ni la versión paralela del mercado a cielo
abierto, sino la verdad, la purificación, la exaltación de la ley de la
oferta y la demanda… La violación es la versión acelerada del mercado.
La pólvora su símbolo, por excelencia, de rentabilidad».
En base a esta idea nació el capitalismo; hoy, doscientos cincuenta
años después, sigue prosperando como sistema. Es, como ha dicho Ernest
Mandel, la era del «Triunfal-capitalismo».
Pero el «Dios Mercado» ha sido en todo momento el eje de una historia
que mezcla tragedia y progreso. Asi, Max Gallo, en su magnífico libro Manifiesto sobre un oscuro fin de siglo,
expone las consecuencias sociales de ese capitalismo liberal de la
segunda mitad del siglo XIX y el primer cuarto del presente:
«Miseria obrera, fisiológica y moral; degradación de las
condiciones de vida en los primeros decenios de la vida industrial;
trabajo de los niños; enfermedades profesionales y accidentes de
trabajo; hombres tratados como objetos desechables después de su uso;
mujeres reducidas a la prostitución y al alcoholismo; ¿quién hará el
recuento de las decenas de millones de vidas humilladas, saqueadas,
destruidas, que el capitalismo -antes de que se organizase la
resistencia obrera- arrojó a los altos hornos de su crecimiento y
enterró en los pozos mineros de sus crisis.»
Luego vinieron las luchas obreras, las Internacionales, los
luchadores sindicalistas, socialistas y comunistas; y las
reivindicaciones básicas: jornadas más cortas, vacaciones, salarios más
dignos, desempleo, seguridad social, educación y sanidad, jubilación,
conseguidas al precio de infinitas luchas sindicales, de la Revolución
de Octubre, y del miedo al comunista “con el cuchillo entre los
dientes.” Y también, para ser ecuánimes, gracias a un progreso
tecnológico que, al llevar a la producción en masa de bienes, obligaba,
necesariamente, a repartir medios de compra para absorber esa
producción. Luego llegaron las guerras mundiales y de nuevo los
infinitos sacrificios y, a cambio, el informe «Beveridge» y, en
consecuencia, el «Estado de Bienestar», como compensación amén de como
sostenedor del Estado Capitalista.
La propia ciencia económica progresó por la necesidad de superar las
crisis cíclicas, rebasando la vieja teoría liberal de los ciclos
«naturales», de la «mano invisible», y de las diversas «leyes de
hierro», para sustituirla por la lucha contra el sub-consumo y por el
papel del crédito, de los impuestos y de las obras públicas, bautizado
todo ello unas veces con el nombre de Keynesianismo, otras con el de
Planismo. Comenzó así, a partir de la década de los 30, una era de
expansión y de progreso social. Luego, perdieron la guerra quienes la
perdieron: el Fascismo y la Reacción, y como señala Samir Amin (en La Gestión Capitaliste de la Crise,
París, 1995): «el capitalista tuvo que ajustar sus estrategias a las
condiciones sociales que las fuerzas populares y democráticas,
reforzadas por la victoria antifascista, le impusieron. Lo contrario
exactamente de las llamadas políticas de ajuste de nuestra época».
Vinieron pues los tiempos en los que Samuelson pudo definir la economía
como la «ciencia alegre del crecimiento», y los economistas hablar de la
Edad de Oro, de los «gloriosos treinta años» y de los «milagros
económicos» de la posguerra.
Porque el espacio generacional posterior a 1945 se caracterizó por un
crecimiento extraordinario, de carácter fundamentalmente industrial,
pero que arrastró consigo también a los demás sectores: una expansión
industrial basada en las ramas química, electromecánica y siderúrgica,
pujantes en la innovación tecnológica y esenciales a la hora de
reconstruir una asolada Europa en un mundo entonces financieramente
estabilizado por el predominio monetario y ban cario-empresarial
norteamericano.
Sin embargo, a partir del inicio de la década de los 70, el panorama
cambia. Y las curvas de crecimiento se tornan mis oscilantes, con
dientes de sierra cada vez más profundos, a la vez que el crecimiento se
ralentiza. Y hoy, el mundo desarrollado y maduro se enfrenta a una
doble crisis económica: de ciclo y de mutación estructural. A su vez, en
el resto del mundo, surge el contragolpe de la crisis de los
«desarrollados».
Al agotamiento de las potencialidades de crecimiento económico de
posguerra por el lado de la oferta, tanto del factor de materias primas
(excepto la energía) como del tecnológico (se está ralentizando
notoriamente la innovación excepto en algunos sectores de las
comunicaciones), se suma un fenómeno de agotamiento del crecimiento por
el lado de la demanda en la CE y en USA. Por otra parte, en cuanto a los
precios, nos hallamos en fase descendiente del ciclo Kondratiev y,
además, en una fase negativa de endeudamiento empresarial (ciclo
Haberle-Sicogne).
No contribuyen a reanimar la demanda los descensos continuados de la
natalidad, la debilidad estructuralmente congénita del sector exterior,
la deslocalización industrial que crea paro y deprime aún más la
demanda, la crisis de la inversión (también por la caída de las tasas de
acumulación y de beneficio del capital), la caída del crecimiento de la
productividad, los errores de la política monetarista y el flotamiento
de los keynesianos ante una estanflación persistente, así como un
descenso de la capacidad adquisitiva del Tercer Mundo.
Todo ello ha configurado una crisis económica de carácter
pre-depresivo o, cuando mínimo, recesivo de caídas múltiples que, para
colmo, coincide con un cambio estructural profundo como es, a través de
la mecanización, el orillamiento del trabajo humano del proceso
productivo, y por ende la llegada de la era del trabajo sobrante. Mas,
como dice el proverbio, «si los imbéciles volasen taparían el sol», (o
quizá tratarían de gestionar la crisis de «forma capitalista»).
De esta guisa, al inicio de esta década de los 90 el panorama de la
reacción frente a la crisis es el siguiente: Triunfo del monetarismo,
del equilibrio presupuestario (aún a costa de la reducción de gastos
sociales esenciales no solo para los trabajadores sino incluso para la
supervivencia de la actividad económica), del dinero caro, de la
productividad a toda costa, y del absoluto y total predominio de la
economía sobre la política (sobre el destino social común, el gobierno
de los hombres, la solidaridad entre las personas). Todo esto se ha
agravado porque las medidas adoptadas sólo tienen en cuenta soluciones
favorables al capital.
Como primer ejemplo: la inflación perjudica el rendimiento del
capital. Se luchará pues prioritariamente contra ella aun cuando jamás
se ha conocido, en la historia económica, crecimiento sin algo de
inflación; así son sacrificados el consumo, el empleo…
Segundo ejemplo: se luchará tanto más contra la inflación en lugar de
contra el paro cuanto que, a menor paro, mayor precio del trabajo, con
lo que no sólo puede reactivarse la inflación sino que caerán los
beneficios empresariales; descenso del paro implicará pues, ante la
pasividad del Estado, partidos y sindicatos, descenso de la bolsa. A su
vez, se reducirá el consumo interno, pues éste será visto como una causa
de aumento de la inflación; por ello, no se hará nada o poco, o con
poca convicción para remediar la caida del consumo…
Tercer ejemplo: mantener tasas altas de rendimiento en épocas de tendencia a la caída de beneficios sólo se puede obtener:
–Por saltos tecnológicos fuertes
–Dopando el consumo (pero eso podría provocar inflación)
–Consiguiendo dinero barato: hay que crear abundancia de medios
monetarios a disposición de la inversión (dado que abundancia implica
abaratamiento!
Entonces, sobre la base de un postulado no sólo injusto sino falso (a
saber, que las pensiones sólo son financiadas a través de las previas
cotizaciones de los trabajadores, pero que dadas las actuales pirámides
de edad y el paro, disminuye la cifra de cotizantes), se incita a la
población a recurrir a los fondos privados de pensiones, es decir, se
obliga a un sobre-ahorro forzoso y se cancela una parte del ahorro
previo de los trabajadores cuando se reducen sus pensiones públicas.
Paralelamente se reducirá la presión fiscal sobre los ricos para
financiar de nuevo más ahorro excedentario. Igualmente, se generalizarán
los impuestos indirectos sobre el consumo para de nuevo gravar el
consumo, y otra vez descargar impositivamente las rentas altas.
Cuarto ejemplo: libertad de circulación de capitales, alias
«Mundialización», para compensar la tendencia a la baja de los
beneficios del capital, y así poder moverse libremente hacia donde
quieran sus dueños, hacia donde consigan más rentabilidad.
Esta última es la medida más importante en defensa del capital,
pomposamente llamada «Mundialización de la economía» o «Globalización».
Pero esta «Mundialización» sólo existe para:
–Favorecer las exportaciones, es decir, frenar el consumo interno
(con los corolarios ya vistos: menos consumo, más ahorro, menos
inflación, etc.); es el mismo «rollo» que antaño el mito del libre
comercio.
–Favorecer la acumulación de capitales: la competitividad económica requiere concentración…
–Para hallar oportunidades (productos, países, etc..) nuevas donde
invertir con la seguridad de poder repatriar beneficios y capital, pero,
sobre todo, poder hallar inversiones más rentables…
Este punto de la libertad absoluta de acumulación de capitales es
esencial para todos aquellos que han descrito el llamado «proceso de
Mundialización»: Ignacio Ramonet, Noam Chomsky, Ricardo Petrella, Samir
Amin, J.F. Kahn, José Mª Vidal Villa, etc.. Este último afirma (en su
libro Mundialización, 1995): «La Mundialización requiere la
libre movilidad de capital a escala mundial. Este es uno de los aspectos
en los cuales el proceso está más avanzado». Pero las consecuencias son
terribles:
- Economías desestabilizadas (véase México y el impacto de su crisis sobre la lira, la libra, la corona sueca, la peseta…).
- Quiebra de las soberanías nacionales (intervenciones cada vez más
frecuentes y duras del FMI, préstamos a cambio de garantías abusivas).
Y quien se desvía es literalmente atracado; véase el caso ruso: el
atraco a este país está siendo llevado a cabo mediante el llamado
«método de la deuda» o de la «puesta al paso» o «sincronización
económica».
El «Método de la deuda» nació en el siglo XIX y fue aplicado
entonces, con éxito, en América Latina y Oriente Medio, y en África y
América Latina durante el actual siglo. Ahora, ese «método» le está
siendo aplicado a Rusia; consiste en hacer que:
- El deudor se endeude imprudentemente e invierta mal o gaste lo prestado.
- Para devolver el préstamo, el deudor tiene que aumentar (como le
señala el FMI) sus exportaciones, para lo cual aplica programas de
ajuste que son, esencialmente, programas de generación artificial de
excedentes económicos que poder exportar (por ejemplo, mediante la
política de los llamados «precios reales»).
- Ahora bien, el endeudado exportador ni está seguro de poder mantener
los precios de venta de sus productos, ni tampoco que el mercado
internacional adquiera ese excedente de bienes, apareciendo el riesgo de
paro y de ralentización de la actividad económica… Si el deudor
consigue pagar sus deudas, sale del atolladero; si no, tendrá que volver
a pedir prestado para pagar los plazos de aquéllas… lo cual sólo
obtendrá si aplica aún con más rigor la política de ajuste estructural
propuesta por el FMI, o sea, desregulación de los mercados, austeridad
fiscal, devaluaciones monetarias, descenso de los salarios, alza de los
tipos de interés, privatizaciones, etc.
- Y ello con consecuencias reales tales como que el país endeudado (en
este caso Rusia) tenderá a vender cada vez más sus materias primas para
obtener ingresos inmediatos, aunque sea rompiendo precios (es decir,
malvendiendo).
- Lo cual beneficiará sobre todo al extranjero (que compra esas
materias primas baratas y esos bienes vendidos a bajo precio) y no a la
industria rusa (la cual no podrá disponer ni de esas materias primas
baratas ni de esos bienes a bajo precio).
- Lo que el país deudor ingresará por esas ventas tomará
inmediatamente camino de los bancos de los países acreedores (el famoso
«servicio de deuda»).
- No sólo no se impedirá la huida de capitales {llamada «libre
circulación de capitales») sino que ésta será alentada. La inquietud que
genera la aparición de dificultades económicas cada vez mayores en el
deudor expulsará los capitales hacia los acreedores…
- Paralelamente, se producirá una «dolarización» de facto de la
economía: con cada devaluación (exigida por la política de ajuste del
FMI), mayor será la tendencia a huir de la moneda nacional (el rublo),
para refugiarse en la moneda acreedora (dólar y otras).
- Aparición del «narco-capitalismo». En el país deudor, ante la
desaparición de los ingresos clásicos la crisis económica incitará a
comportamientos individuales y grupales que permitan ingresos
alternativos: droga, corrupción, ilegalidades varias… Además, el sector
«narco-capitalista» tiene como principal función permitir que una parte
de los dólares pagados en concepto de servicio de la deuda vuelva al
país deudor…
- Mientras los acreedores recuperan su dinero, (y ello les hace la
espera más interesante) pueden participar en la invasión de! País deudor
por productos de los países acreedores (pues el FMI y el G7exigen
siempre la liberalización de intercambios) y en la compra de las
privatizaciones, adquiriendo las más interesantes y a buen precio.
Habitualmente, ello acentúa el deterioro económico, pues las
privatizaciones suelen acarrear más despidos.
- Si se ve que el país deudor puede «quebrar», para paliar que
suspenda el pago de la deuda se le pedirán garantías físicas (caso del
petróleo mexicano), o financieras (caso de las aduanas otomanas), u
otras (compromisos de desarme, o de no rearme), o de realineamiento en
política exterior (caso de Rusia).
La crisis que atravesamos no es una crisis económica sencilla. Así,
no es normal el nulo impacto económico positivo de la guerra contra
Irak, dada la reconocida eficacia de los conflictos bélicos contra las
crisis cíclicas del capitalismo. Los periodos de retroceso o de
estancamiento se alternan con recuperaciones ficticias o muy cortas.
Japón y Alemania están cada vez peor, Francia no despega, y los casos de
USA y UK se basan en la creación de empleos precarios y son
relanzamientos momentáneos causados por la disminución del endeudamiento
y, a veces el aumento del beneficio empresarial, pero con nula
reactivación del consumo.
Esta crisis está repercutiendo cada vez más negativamente sobre lo
que queda del Estado de Bienestar. ¿Cuáles son los ejes del asalto al
que éste está sometido? Amén del artificial y forzado descenso del nivel
de vida (por la creación forzada de excedentes para las exportaciones,
del descenso de los salarios monetarios y de los reales y del fomento
del sobre-ahorro de las clases menos pudientes), están las
privatizaciones masivas en muy sabrosas condiciones para el capital, el
recorte paulatino de los seguros de desempleo y de jubilación, y el de
las prestaciones sanitarias y educativas…
Todo ello con un trasfondo de retorno a las argumentaciones
reaccionarias sobre la inutilidad del progreso social y el carácter
intrínsecamente vago de los trabajadores a los que el seguro de
desempleo o salarios decentes «desmotivan» o vuelven aún más perezosos…
Como la mayoría de los economistas no corrigen el tiro, como se obstinan en que la equivocada es la realidad, sólo cabe pensar:
- Que los economistas creen sinceramente que hay que volver al
monetarismo clásico: una «gestión capitalista de la crisis» intentará
sobrellevarla hasta su término, hasta que las curvas, «naturalmente»,
vuelvan a ascender. Lástima, el economista especialista en econometría,
Timbergen, ha calculado que los dramas sociales de nuestra época
quedarán resueltos, de aplicarse las recetas del Banco Mundial y del
FMI, en unos ¡908 años!
- Que entre ellos abunden los tontos.
- Que se dedican a encubrir, con pseudo-cíencia, una actitud de clase o favorable a determinadas clases sociales.
Porque hay evidencias de las que, sin embargo, nadie habla. En el
interior del sistema, el obrero, el trabajador, el Estado de Bienestar
se enfrentan a tres volantes de paro:
- el coyuntural, derivado de la incapacidad de los actuales dirigentes
de hallar soluciones imaginativas para combatir la «sequedad» de las
recuperaciones
- el estructural, derivado del orillamiento del trabajo por la robotizacion
Ambos son remediables mediante el reconocimiento: 1°) de que la
sociedad industrial ha resuelto el problema de la producción; 2º) pero
no el del consumo; 3º) que éste último ya no se puede resolver vía
salarios; 4º) por lo que hay que ir a una primera desconexión histórica:
la de la remuneración exclusivamente por el trabajo, por una parte, y
enfocar la cuestión de la reducción del tiempo de trabajo, por la otra…
A esos dos volantes de paro hay que añadir otro, también interior: c)
el de la nueva modalidad de trabajo servil para jóvenes, y el
constituido por los esfuerzos tendentes a aplazar la edad de jubilación
(medida absurda, por cuanto a los 60 años, la mitad de los trabajadores
llevan ya años sin trabajo).
Pero hay más: es necesaria una segunda desconexión, porque el mayor y
más inmediato peligro para el mundo del trabajo y para el Estado de
Bienestar es que corre el riesgo de «taiwanización», derivado de la
imposición del libre comercio y de la libre circulación de capitales. Es
el cuarto cinturón, exterior. Y agravado por la deslocalización.
Ya hemos visto por qué ejes es asaltado el Estado de Bienestar. A lo
que se va es a la destrucción de la mayor parte de lo arrancado. Como
apunta Samir Amin, «el paro es deseado, por el Estado del capital, para
romper lo conseguido por el movimiento obrero». Porque si en economías
de predominio de la demanda o de «crecimiento autocentrado», el mercado
interior es el eje y, para absorber los excedentes, hay que subir el
nivel de salarios y, por ello, el de vida, en el modelo de libre cambio,
por el contrario, juega de lleno la rivalidad salarial. Con claridad,
el efecto real, hoy, del libre cambio, de la mundialización, es el
predominio casi absoluto del capital y el derrumbamiento del modelo de
protección social. En el estudio magistral, llevado a cabo por Paul
Bairoch, titulado Myths e t paradoxes de l’histoire económique,
bastan doscientas noventa páginas para destrozar la tesis de que el
libre cambio favoreció históricamente a los pueblos, excepto (y no
siempre tampoco) a la Gran Bretaña y luego al mundo anglosajón. Bairoch
demuestra, con cifras irrefutables, que la imagen de un «siglo XIX
paraíso del proteccionismo» es radicalmente falsa. La consideración de
la década de los 20, en este siglo, como una década proteccionista es,
igualmente, falsa, como lo es la acusación hecha al proteccionismo de
haber sido el causante de la gran crisis del 29: el proteccionismo ni
fue la causa del crack, ni una de ellas. Sencillamente, no existió en el
periodo considerado.
Pero, además, prosigue Bairoch, tampoco es cierto que los periodos
considerados más librecambistas lo fueran realmente; sin embargo, sí que
puede ya establecerse una identidad entre los periodos de mayor
crecimiento económico y un mayor grado de proteccionismo (o, lo que es
lo mismo, de menor liberalización legal de los intercambios). Mas aún;
increíble, pero cierto: los años de mayor grado de protección lo han
sido también de un desarrollo más vigoroso de los intercambios
exteriores.
En realidad, siempre según Bairoch, no ha habido más que dos fases de
libre-cambio real en Europa: entre 1860 y 1879, a consecuencia del
Tratado Anglo-francés al respecto; y, un siglo después, desde mediados
de la década de los 60 hasta la actualidad.
Ahora bien, además de la crisis del 29, el mundo no ha conocido más
que dos crisis de igual o similar magnitud: la de 1869-1873, con una
caída brutal del P B por habitante; y la actual… «No al proteccionismo»,
«No al desarrollo aurocentrado», es pues el primer tabú que debe ser
abandonado, sin rubor ni duda alguna. Ello tanto más cuanto la
obligación de centrar el crecimiento económico en el propio mercado
continental (hablamos siempre de mercado continental, no de mercado
nacional) obliga a fomentar el consumo interno y el alza del nivel de
vida de la propia población, y a respetar e incluso a potenciar el
«Welfare State». Proteccionismo, es decir, la protección de grandes
espacios económicos frente a otros, de manera que no se permita la
generación de más del 12-15% del PNB por el sector exterior de la
economía considerada, y que equivale pues, sobre todo hoy, a más nivel
de vida y mayor bienestar social.
Y no se argumente que ello frenaría el progreso técnico. Los actuales
procesos de concentración de capital sí que son peligrosos; pero
bloques de 350-400 ó más millones de habitantes son el primer seguro
contra aquello. Deniro de los bloques autocentrados, habría una libertad
radical de comercio y circulación de capitales y, por ello, una
rivalidad, empresarial y tecnológica, real: no se permitirá a las
empresas cubrir más de una cuota dada de mercado del bloque geográfico
de crecimiento autocentrado. Hacia fuera, complementariedad y rivalidad
limitada.
Además, cerrar hasta el 15% los Bloques «autocentrados» es lo único
que puede obligar a los demás Bloques a tener que absorber el excedente
productivo a través de la demanda interna; y por ello, esta es la mejor
arma contra el subdesarrollo y contra la dictadura económica y social
del capital. Recuérdese, finalmente, que:
- Hay que rechazar, por falsa, la afirmación según la cual existe una
relación inversa entre mayor «Estado de Bienestar» y competitividad. Lo
cierto es que esta última requiere la existencia de un elevado número de
empresas, lo cual a su vez exige un gran mercado, única garantía de que
exista una demanda amplia y sostenida…
- La economía sólo crece, real y duraderamente, gracias al mercado interno…
- Al mercado exterior sólo pueden ir los excedentes reales, no los creados artificialmente.
- Aumentar estos excedentes bajando el nivel de vida de la población,
es decir, disminuyendo la demanda interna, sólo producirá dificultades
mayores para, cuando el tirón del comercio exterior se agote, volver a
requerir una demanda interna -repito, deprimida hoy adrede- para tirar
del carro." (Jorge Verstrynge , El Viejo Topo, 09/12/22)