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23/5/23

Nunca se encontraron sus cadáveres

 "Verano de 2022. Mi madre tiene 91 años. Hace 86 que es huérfana a causa de la violencia nacida del alzamiento franquista contra la democracia española, en julio de 1936.

Sus padres, Arturo Sanmartín Suñer y Sofía Polo Giménez, fueron maestros. Maestros republicanos, vinculados a la Institución Libre de Enseñanza, y defensores de una enseñanza pública. Una enseñanza laica y de calidad para todos los niños y las niñas. Y para los trabajadores a los que impartieron clases nocturnas en centros de adultos.

Mi abuelo nació en Calaceite (Teruel) y mi abuela en Cervera de la Cañada (Zaragoza). Se conocieron en Calatayud en 1926. Desde ese verano nunca se separaron, ni en la vida ni en el trabajo, hasta ese sangriento verano, otra vez verano, de 1936.

Juntos fueron a Villablino (León) a las escuelas de la Fundación Sierra Pambley. Allí permanecieron dos años, 1927-1929, significativos: allí nacieron sus dos hijos, mis tíos, y convivieron con Herminio Almendros y su mujer.

Luego a Madrid, donde nació mi madre. Trabajaron en unas escuelas de la Asociación de Amigos del Progreso en el barrio de Tetuán, financiadas por la madrileña logia Libertad.

En 1934, un nuevo traslado. Mi abuelo aprobó las oposiciones a Inspección de Enseñanza Primaria y mi abuela los cursillos de selección profesional. Y los dos fueron destinados a Palencia.

Durante esos años trabajaron con ilusión para mejorar la educación de los alumnos y profesores. Los dos estuvieron en las Misiones Pedagógicas y los dos militaron en la FETE y en el PSOE. Además, mi abuelo fue pensionado por la Junta de Ampliación de Estudios.

En el año 2009, así se expresaba mi madre en una entrevista: “Mis padres estuvieron siempre muy comprometidos con la época que les tocó vivir: queriendo una enseñanza pública, laica y de calidad para todos; queriendo igualdad, libertad y justicia para todos. Justicia, no caridad. Les costó muy cara esa postura ante la derecha conservadora y clerical que dominaba en toda Castilla en los años de la República. Y que aún perdura”. Y sigue perdurando, digo yo.

El 18 de julio de 1936 todo desapareció. Se destruyó el mejor proyecto democrático que ha tenido este país y, sin ningún lugar a dudas, el mejor proyecto educativo que se ha desarrollado en la historia contemporánea de España.

A mi abuela la encontraron con sus alumnos en la colonia de verano de Monte el Viejo. La asesinaron y la desaparecieron.

A mi abuelo lo encontraron a las pocas semanas. Lo pasearon por la calle Mayor, lo asesinaron y le desaparecieron.

Saquearon su casa. Nunca se encontraron sus cadáveres. Nadie extendió sus partidas de defunción."                    (Consuelo Peláez Sanmartín, Info Libre, 22 de agosto de 2022)

5/5/16

Es el entramado de intereses y miedo colectivo donde se encuentran las razones que explican la larga duración del franquismo

"Fernando Hernández Sánchez (...) De su experiencia como docente ha realizado este libro: El bulldozer negro del general Franco (...) “historia de España en el siglo XX para la primera generación del siglo XXI”,  un libro ameno, divulgativo y didáctico que no va a dejar indiferente a nadie. (...)

¿Qué aportó la Segunda República a la sociedad española y por qué es tan denostada en muchos análisis? Por el contrario, ¿qué significó el franquismo y que se mantiene de él?

La República tuvo que acometer grandes reformas estructurales en un contexto internacional marcado por el retroceso en toda Europa de los sistemas parlamentarios y la recesión económica contando con la oposición, cada vez más virulenta, del viejo bloque hegemónico conformado durante la incompleta revolución burguesa del siglo anterior. 

 La oligarquía terrateniente, con la Iglesia como poder legitimador, el ejército como partido en armas y la monarquía como clave de bóveda, nunca le perdonaron a la República el sobresalto que supuso para su hasta entonces incontestable control patrimonial del país. Sus herederos, tampoco. A la postre, consiguieron lo que se proponían. 

Lo que no pudo la obstrucción legislativa desde dentro del sistema lo acabó consiguiendo la intervención militar. La raíz republicana, obrerista, federal y laica de la España popular acrisolada en el primer tercio del siglo XX fue arrancada de forma tan implacable que jamás volvió a rebrotar.

El franquismo fue la forma política en que se encarnó la coalición contrarrevolucionaria que venció en la guerra civil. La Iglesia católica lo legitimó obteniendo a cambio una generosa financiación estatal y la adecuación de la educación y la legislación civil a la horma de su sistema de valores. 

Colaboradores de la dictadura fueron quienes se aprovecharon de un sistema intrínsecamente corrupto y los cómplices de la represión unidos a ella por un pacto de sangre. Sin olvidar la conformidad pasiva de la denominada mayoría silenciosa. Es en el espesor de este entramado de intereses y miedo colectivo donde se encuentran algunas de las razones que explican la larga duración del franquismo y su herencia envenenada. 

El recuerdo del baño de sangre original como elemento disuasorio del compromiso político; la tolerancia con la corrupción y la general presunción de deshonestidad en los gobernantes de cualquier tendencia sin que ello se materialice en una coherente reacción cívica; la consolidación, en definitiva, de un bajo nivel de exigencia para con los representantes públicos es el legado que la sociedad española debe a Franco mucho tiempo después de su muerte.

A tu juicio, ¿está la Transición idealizada en la historia de España?

En los últimos tiempos estamos asistiendo a una relectura del proceso, no muy bien asumida en algunos ámbitos. Nadie debería sorprenderse de que esto ocurra. La generación que protagonizó la Transición está en la estación término de su presencia pública. Según el INE, el 36% de la población española nació después de la promulgación de la Constitución y el 68% no tuvo ocasión de votarla. 

No es de extrañar, pues, que haya un movimiento de fondo que pretenda hacer realidad el viejo aforismo de los radicales anglosajones del XIX de que no debe encomendarse a los muertos el gobierno de los vivos. Máxime cuando la crisis de larga duración que venimos sufriendo desde 2008 ha erosionado los pilares del discurso sobre el que se construyó el mito: la liberalización política, la conquista de las libertades, la modernización social y económica y el protagonismo de España en el concierto internacional. El proceso no ha hecho más que empezar.

 Todavía no ha llegado el momento álgido para la crítica de la Transición en sí: pasarán décadas antes de que las fuentes primarias sean accesibles y revelen a los historiadores algunos de los secretos custodiados en el sancta sanctorum de los depósitos administrativos, diplomáticos y militares. Estamos en la fase de la crítica de la Transición para sí, del relato sobre la edificación del sistema a que dio lugar. 

Sus mayores activos, el consenso que desembocó en la promulgación de la constitución de 1978 y la previsibilidad conferida por un sistema electoral bipartidista con apoyos circunstanciales de nacionalistas moderados o de una izquierda subsidiaria, se han esfumado. 

La triple crisis, económica, social y de representatividad política desencadenada en el periodo 2008-2015 ha hecho estallar sus costuras generacionales y territoriales. Estamos, de nuevo, en tiempos de refundación. Está por ver de qué."                    (Entrevistamos a Fernando Hernández Sánchez, historiador, Diagonal, Julián Vadillo, 11/04/16)

8/10/13

Las ocupaciones de tierras de 1936

"Al alba del 25 de marzo de 1936, alrededor de 80.000 campesinos convocados por la Federación Nacional de Tra­bajadores de la Tierra (FNTT) de UGT ocuparon simultáneamente unas 3.000 fincas en Extremadura.

 Con este gesto ponían de manifiesto que para las clases populares la propiedad de la tierra seguía siendo la asignatura pendiente de la República cinco años después de su proclamación.

Mientras que en buena parte de Europa los burgueses invertían el capital acumulado durante el siglo XVIII en la industria, en la España del siglo XIX la burguesía destinó esos recursos a la compra de tierras arrebatadas a la Iglesia y a las comunidades rurales con las leyes desamortizadoras de Juan Álvarez Men­dizábal (1836) y Pascual Madoz (1855). 

No hubo reforma agraria, sólo un cambio de titulares, la propiedad de los caducos estamentos privilegiados pasó a una burguesía que administraba esas mismas tierras con criterios capitalistas o, aún peor, compraba a precio de saldo los bienes comunales que permitían a muchos campesinos garantizar su subsistencia.

La desamortización mantuvo, además, la división parcelaria que perduraba sin cambios desde la Edad Media, dejando un paisaje agrario de extensos latifundios donde convivían una minoría de prósperos dueños con masas depauperadas de campesinos sin tierra. El enfrentamiento entre unos y otros era inevitable y provocó un amplio abanico de respuestas: desde el anarquismo a la emigración y desde el motín al bandolerismo.

Ninguna de las reformas que tenía que emprender la República era tan justa, tan necesaria ni le hubiera proporcionado tanto apoyo como la reforma agraria, pero pasaron los meses sin que la burguesía reformista y sus aliados socialistas hiciesen nada para ponerla en marcha.

 Entre­tenidos en debates teóricos y en combates parlamentarios de guante blanco, la conjunción gubernamental posponía su aprobación por las Cortes; sólo el fallido golpe de Estado del general José Sanjurjo en el verano de 1932 sacó al Gobierno de su apatía y lo empujó a aprobar el 9 de septiembre de ese año una Ley de Reforma Agraria que nació insuficiente y alicorta.

Esta reforma permitía la expropiación de tierras a los latifundistas que no las cultivaban para

someter por hambre a sus braceros, pero exigía que se les compensase económicamente, por lo que su aplicación dependía del presupuesto que se entregase al Instituto de Reforma Agraria. Sus penurias económicas –sólo dispuso de cincuenta millones de pesetas–, fueron la causa de que, cuando se celebraron elecciones en noviembre de 1933, sólo 12.000 familias hubieran recibido tierras de cultivo.

A ese ritmo, habrían hecho falta más de cien años para dar parcelas a todos los campesinos sin tierra, que llevaban siglos esperando justicia y a los que se les seguía pidiendo paciencia. ¿Cómo extrañarse de que hubiese estallidos revolucionarios de los que nada tenían? 

Se ha culpado a la CNT de estas llamaradas de violencia campesina apelando a una supuesta “gimnasia revolucionaria”, pero los campesinos tenían en común su miseria, fuese cual fuese su afiliación: de CNT en Casas Viejas, de UGT en Castilblanco, republicanos en Arnedo o comunistas en Yeste.

A lo largo de todo el quinquenio republicano se produjeron numerosos incidentes sangrientos que tenían su origen en la protesta de los campesinos sin tierra o en su intento de ocupar latifundios sin cultivar: en agosto de 1931 en Posadas; en septiembre en Rute y Corral de Almaguer; en noviembre en Parla, en enero de 1932 en Zalamea de la Serena, Épila y Xeresa... 

Estas ocupaciones no fueron fruto de la inconsciencia o la impotencia, los campesinos se encuadraron en potentes organizaciones sindicales: la FNTT ugetista nació en 1930 con unos 40.000 afiliados y a finales de 1932 eran 400.000; la Unió de Rabassaires sumó dos millares de adheridos al fundarse en 1922 y diez años después ya eran 22.000.

Por las insuficiencias del primer bienio y la contrarreforma del segundo bienio, los jornaleros tenían que escuchar a los terratenientes que les decían: “¿No queríais República? Pues, ¡comed Repú­blica!”. Esperaron cinco años que la República les diese de comer, y en marzo de 1936 decidieron que ya había llegado su hora."            (Juan Pablo Calero Delso. Guadalajara, Diagonal, 17/09/13)

18/4/11

"El primer día nos entregaban El Quijote, un lápiz y un cuaderno para que buscáramos palabras"

"A los 10 años, justo uno después de que se proclamara la Segunda República que ahora cumple 80 años, dejó su León natal para formarse en una escuela de la Institución Libre de Enseñanza. Su padre, abogado del Estado, quería que sus dos hijas se educaran en un instituto-escuela.

Han pasado 81 años y la menor de las hermanas Zuloaga todavía habla en presente de su colegio. "Le debo mucho al instituto-escuela. Te pone en una actitud ante la vida tan curiosa...", reflexiona. Por primera vez, estudió idiomas y practicó deporte. Y durante tres años se olvidó de los libros de texto.

"Recuerdo que el primer día nos entregaban El Quijote, un lápiz y un cuaderno para que buscáramos palabras", explica entre canelón y canelón. "¡Había tantas del castellano antiguo...! Las escribías y ya no cometías faltas", detalla Zuloaga. Sus mejores recuerdos coinciden con las excursiones a la sierra y a las fábricas.

"Era bonísimo ver cómo se hacían los filamentos de cristal para las bombillas", gesticula imitando el proceso industrial. La enseñanza en el Instituto-escuela era muy exigente, asegura esta nonagenaria, que tuvo que repetir el primer año. "Mi letra no era bonita, no tenía cuidado con los borrones", razona.La sede de Retiro fue su casa durante tres años, hasta que, a los 13, un principio de tuberculosis la separó de las aulas.

Su hermana Maravillas estudiaba en Hipódromo con los mayores. Se curó cuando ya era tarde. Había comenzado la Guerra Civil y las fuerzas franquistas "asesinaron" a su padre por defender el caso de "un rojo". La segregación por sexos y la mano dura volvieron a las aulas. "Allí llegó Franco a salvar a España y lo mató todo", lamenta." (Mª ÁNGELES ZULOAGA: "Puedo competir y disfrutar con otros jóvenes". El País, 15/04/2011, última)