"Una
reciente investigación muestra lo que ya percibíamos como evidente, que
nuestra sociedad está abandonando los hechos y la razón para abrazar las
emociones y los sentimientos. Sucede desde 1980 y se acelera en 2007
con las redes sociales. La consecuencia es la llamada posverdad, que
afecta a políticos pero que ya impregna a toda la sociedad.
En
los últimos años el lenguaje ha ido abandonando la racionalidad para
enfocarse más en la emoción. Eso supone que se pierde interés en los
hechos y en los argumentos racionales para dedicarse más a las emociones
y los sentimientos.
Es
la conclusión de un estudio de científicos de la Universidad e
Investigación de Wageningen (WUR) y la Universidad de Indiana publicado
hace unos pocos días en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences bajo el título The rise and fall of rationality in language
(Auge y caída de la racionalidad en el lenguaje). El uso de palabras
relacionadas con la racionalidad fue en aumento desde 1850, pero comenzó
un declive acelerado alrededor de 1980.
Los precedentes de la posverdad
Los
científicos creen que en esta evolución (o involución) podría estar el
precedente de estos tiempos en los que parece que la veracidad en el
discurso público está en desuso y la posverdad lo domina. Según los
expertos, durante los últimos cuarenta años el interés público ha
experimentado un cambio acelerado de lo colectivo a lo individual, y de
la racionalidad a la emoción.
El estudio llega a la conclusión de esta evolución en el lenguaje tras
analizar informáticamente el vocabulario utilizado en millones de
libros. Los investigadores encontraron que las palabras asociadas con el razonamiento, como "determinar" y "conclusión", aumentaron sistemáticamente desde 1850, mientras que las palabras relacionadas con la experiencia humana,
como "sentir" y "creer", disminuyeron. Pero este patrón se revirtió en
los últimos 40 años, en paralelo con un cambio de un enfoque
colectivista a uno individualista, como se refleja en la proporción de
pronombres singulares a plurales como 'yo'/'nosotros'.
También en Google
Comprobaron que la tendencia, además de producirse en los libros, de ficción y no ficción, afectaba a los periódicos como The New York Times. No solo eso, también se confirma con el análisis de las palabras más buscadas en Google a partir de 2007.
Parece
lógico pensar que la primera parte del proceso, el avance del lenguaje
racional y científico desde 1850 a 1980, obedece a que "los rápidos
desarrollos en ciencia y tecnología y sus beneficios socioeconómicos
impulsaron un aumento en el estatus del enfoque científico, que
gradualmente impregnó la cultura, la sociedad y sus instituciones que
van desde la educación a la política". Del mismo modo, lo espiritual y esotérico iba en declive en sociedades que se iban modernizando y secularizando.
Los
autores reconocen que no es fácil definir el motivo del cambio de
tendencia a partir de 1980. Quizá se deba a un sentimiento de desengaño
creado como consecuencia de las políticas económicas de entonces que se
presentaron con argumentos racionales pero que no proporcionaron
suficiente redistribución de la riqueza. También hemos de tener en
cuenta que fue a partir del fin de esa década cuando comenzó a
introducirse internet en nuestras vidas.
Aumento a partir de las redes sociales
Lo
que sí se aprecia en muchos idiomas, es que la tendencia al uso de
palabras relacionadas con el sentimiento y la intuición se incrementa
alrededor de 2007. Precisamente el año del auge de las redes sociales
fue cuando disminuyó la frecuencia de las palabras relacionadas con los
hechos mientras aumentaba el lenguaje cargado de emociones.
Los
autores del estudio hablan de un impacto de las redes sociales en las
emociones, los intereses y las visiones del mundo. Por ejemplo, las
redes podrían haber generado el efecto negativo de distorsionar tu
percepción de bienestar y sentir que tus amigos tienen más éxito, más
amigos y son más felices.
Al
mismo tiempo, el mayor acceso a las campañas de activismo social puede
aumentar la sensación de que estamos rodeados de problemas, tragedias e
injusticias. Todo ello genera impotencia y frustración en muchas
personas.
Es indiscutible que internet y las redes han supuesto una mayor difusión de desinformación y teorías de la conspiración, en lo que ya era un campo de cultivo de incertidumbre y crisis.
Los analistas se plantean si ese cambio desde lo racional a lo emocional detectado en el mundo de los libros, en The New York Times y en las búsquedas de Google se corresponde con un cambio profundo en las actitudes y el pensamiento.
Posverdad y emotividad en dirigentes políticos
Y
ahí es donde llega el momento de la posverdad, es decir, el
retorcimiento de la realidad para llevarla al campo de lo que desean
nuestros sentimientos y emociones hasta el punto de que deje de ser la
realidad. Ese es un filón que está siendo explotado por amplios sectores
de la sociedad y también por los dirigentes políticos.
Empezó
ya con esta anécdota de Ronald Reagan al descubrirse el escándalo
Irán-Contra, por el que se vendieron armas a Irán y con el narcotráfico
se financiaba la contra nicaragüense. Al salir a la luz la verdad y
quedar en evidencia la falsedad de la versión gubernamental dijo:
"Mi corazón y mis mejores intenciones siguen diciéndome que es verdad, pero los hechos y las evidencias me dicen que no lo es".
Desde
ese planteamiento, no puede ninguna frialdad racional estar por encima
de algo tan tierno y entrañable como el corazón, las intenciones o los
sentimientos.
Ya
la asesora de Trump Kellyanne Conway, cuando se desmontaban sus
mentiras, afirmaba que ellos "manejaban hechos alternativos a los que
habían mostrado los medios".
El lenguaje de la emotividad y el sentimiento es más sencillo y eficaz porque requiere de menor formación y capacitación.
En 2015, un trabajo del Boston Globedemostraba
que el lenguaje del presidente de Donald Trump era tan básico que hasta
un niño de nueve años lo podía comprender sin dificultad. Cuatro años
después un complejo estudio
elaborado por expertos en lingüística y psicología de las universidades
de Texas y Princeton y publicado también en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) confirmaba que Trump no es una extravagante excepción en la historia, sino el último síntoma de un proceso histórico.
No solamente Trump
Los
investigadores analizaron más de 33.000 textos de todos los presidentes
de Estados Unidos desde finales del siglo XVIII, así como
intervenciones en debates, entrevistas, campañas de primarias y
discursos. También mensajes de líderes internacionales y contenido
publicado en medios de comunicación, más de 5.000 novelas, 12.000
subtítulos de películas y más de dos millones de artículos del New York Times o transcripciones de programas de la CNN.
Su conclusión es que los políticos de todo el mundo han ido abandonando el discurso racional
y el pensamiento analítico y han decidido dirigirse a los votantes con
mensajes simples y elementales que sólo transmiten seguridad y emoción.
La
simplificación y emotividad del lenguaje político se aprecia en los
debates de los líderes, y en las participaciones de los ciudadanos en
las redes. En todos ellos dominan el insulto, la anécdota, el chisme,
sin lugar para el argumento elaborado o el razonamiento en profundidad.
No
es solo la simplificación, algo inevitable en los formatos
audiovisuales, sino la existencia de un discurso dirigido a lo emocional
y no a la propuesta política o programática.
Posverdad científica, biológica e histórica
Si
seguimos repasando situaciones y sectores en los que el sentimiento y
la emotividad supera a la razón podemos aterrizar en la "posverdad
científica", que lleva a negar que exista el coronavirus; la "posverdad
histórica" lleva a negar el holocausto y la "posverdad biológica" de
quienes se consideran en el derecho de elegir sexo, edad, raza y hasta
especie.
Es
evidente que puede haber intereses desde un poder político para
fomentar la emotividad y el sentimiento. Sin duda porque es la forma más
barata de un Gobierno para sembrar apoyos sin necesidad de destinar
recursos.
Dedicarse
a apoyar el orgullo, la visibilidad, la autoestima, el sentimiento y la
emoción de ser mujer, trans, homosexual o enfermo psiquiátrico es más
barato que destinar recursos para atender las necesidades específicas de
esos colectivos.
Sale
más económico y da más juego político una campaña llamada "orgullo
loco" para los enfermos mentales o llamar a la cojera "diversidad
funcional" (algo que también se podría aplicar al campeón de cien metros
lisos, ya que su superioridad también es una diversidad funcional) que
aumentarle la pensión o la asistencia a esos colectivos. Es más rentable
políticamente aplaudir sentimientos que garantizar comida, educación y
salud. Por tanto, hay que hacer bandera de las emociones y sentimientos,
y no del derecho a la alimentación o al trabajo digno.
Sucede
también en el fenómeno los extremismos religiosos, grupos sociales, con
sus correspondientes líderes, que abandonan las luchas sociales
racionales para abrazar "liberaciones" extraterrenales.
Incluso en la Universidad
La
tendencia a magnificar la emoción frente a la razón se aprecia en casi
todos los ámbitos. Uno de ellos, el que debería ser más resistente, es
la Universidad, especialmente las estadounidenses. Allí expertos, como
David D. Burns proclaman que deben ser nuestras emociones y sentimientos los que determinen nuestras interpretaciones de la realidad.
Los profesores deben preocuparse sobre todo de cómo sus elecciones
puedan afectar al estado emocional del alumnado. Lo que supone que la
ciencia, la lógica y el razonamiento ilustrado queda en un segundo
plano, o directamente eliminado si va afectar al estado emocional del
alumno.
Es verdad que, tras el boom de
la ciencia, hemos descubierto que los sentimientos y la emoción son
importantes, fundamentales en nuestra vida. Del mismo modo que
comprobamos que todo no podemos explicarlo con el método científico. No
se trata de ignorar lo emotivo, pero sí de preocuparnos si nos estamos
dirigiendo a un mundo que reniega de la ciencia, de la verdad, de lo
empírico. En otras palabras, de la Ilustración, de las luces que nos
sacaran del misticismo y el oscurantismo de la Edad Media.
El lenguaje como luz de alarma
Ya
estamos viendo líderes políticos y movimientos que nos están
arrastrando al mundo de la posverdad donde la mentira se convierte en
legítima o colectivos que han perdido la credibilidad en la ciencia para
abrazar las conspiraciones más peregrinas y peligrosas.
Observar
la evolución del lenguaje puede ser un buen método para percibir hacia
dónde nos dirigimos. Nos está diciendo que estamos abandonando la razón
para abrazar la emoción. Es una luz roja de alarma, que se ha encendido y
nos está advirtiendo." (Pacual Serrano, Sputnik, 19/01/22)
"A pesar del auge del posmodernismo en la izquierda, sus valores e ideas
rara vez se comprenden bien. Este texto busca abonar a la comprensión de
esos postulados, que, afirma la autora, "socavan la credibilidad de la
izquierda y amenazan con llevarnos de vuelta a una cultura irracional,
tribal y ‘premoderna’."
El posmodernismo representa una amenaza
no solo para la democracia liberal, sino para la modernidad misma. La
frase puede parecer osada o incluso hiperbólica, pero la realidad es que
el cúmulo de ideas y valores al interior del posmodernismo ha saltado
los límites de la academia y adquirido gran importancia cultural en la
sociedad occidental. Los “síntomas” irracionales e identitarios del
posmodernismo son fáciles de distinguir y han sido ampliamente
criticados, sin embargo, el ethos que subyace a ellos no se
comprende bien.
Así sucede en parte porque los posmodernos rara vez
explican sus argumentos con claridad, y en parte como consecuencia de
las contradicciones e inconsistencias inherentes a un pensamiento que
niega la existencia de una realidad estable o de un conocimiento
confiable. Sin embargo, al interior del posmodernismo hay ideas
consistentes y comprenderlas es crucial si vamos a buscar
contrarrestarlas. Son la base de los problemas que vemos hoy con el
activismo por la justicia social, socavan la credibilidad de la
izquierda y amenazan con llevarnos de vuelta a una cultura irracional,
tribal y “premoderna”.
El posmodernismo, en su acepción más
sencilla, es un movimiento artístico y filosófico que comenzó en Francia
en los años sesenta y produjo obras de arte desconcertantes y una
“teoría” aún más desconcertante. Echó mano del arte avant-garde
y del surrealismo y de ideas filosóficas de décadas anteriores, en
particular de Nietzsche y Heidegger, de quienes tomó su anti-realismo y
su rechazo al concepto del individuo unificado y coherente. Se opuso al
humanismo liberal de los movimientos modernistas en el arte y las ideas,
el cual, según los proponentes del posmodernismo, ingenuamente
universalizaba una experiencia occidental, clasemediera y de hombres
blancos.
Bajo la misma acusación rechazó la
filosofía que valora la ética, la razón y la claridad. El
estructuralismo, un movimiento que (a menudo con exceso de confianza)
intentó analizar la cultura humana y la psicología según una serie de
relaciones estructurales consistentes, fue blanco de ataques. El
marxismo, con su comprensión de la sociedad a través de estructuras de
clase y económicas, fue considerado igualmente rígido y simplista. Por
sobre todas las cosas, los posmodernos atacaron a la ciencia y su
objetivo de alcanzar el conocimiento objetivo de una realidad que existe
independiente de las percepciones humanas, las cuales consideraban
simplemente otra ideología construida y dominada por los presupuestos
occidentales y burgueses. Decididamente de izquierda, el posmodernismo
tuvo un ethos tanto nihilista como revolucionario que resonó con el zeitgeist
de posguerra y post-imperio en Occidente. Conforme el posmodernismo se
desarrolló y diversificó, su fase deconstructiva, inicialmente más
intensa, se volvió algo secundario (pero aún fundamental) para su fase
revolucionaria de “políticas identitarias”.
Un punto de discusión ha sido si el
posmodernismo surge en reacción contra la modernidad. La era moderna es
un periodo de la historia que vio el auge del humanismo renacentista, la
ilustración, la revolución científica y el desarrollo de los valores
liberales y los derechos humanos; un periodo en el que las sociedades
occidentales poco a poco comenzaron a considerar a la razón y la ciencia
como superiores a la fe y la superstición en tanto vías de acceso al
conocimiento, y desarrollaron un concepto de la persona como miembro de
la raza humana merecedor de derechos y libertades, y no como integrante
de una serie de colectivos, sometida a rígidos roles sociales
jerárquicos.
La Encyclopaedia Britannica
dice que el posmodernismo “es en su mayoría, una reacción en contra de
los presupuestos y valores de la época moderna en la historia occidental
(en específico la europea)”, mientras que la Stanford Encyclopaedia of Philosophy
niega esto y dice: “Más bien, sus diferencias se hallan al interior de
la modernidad en sí, y el posmodernismo es una continuación del
pensamiento moderno en un modo distinto”. Yo sugeriría que la diferencia
está en si consideramos a la modernidad en términos de lo producido o
de lo destruido. Si entendemos la esencia de la modernidad como el
desarrollo de la ciencia y la razón, así como del humanismo y el
liberalismo universal, entonces los posmodernos se plantean en oposición
a esto. Si pensamos que la modernidad derriba las estructuras de poder,
incluido el feudalismo, la iglesia, el patriarcado y el imperio, los
posmodernos intentan continuar con este proyecto, pero sus objetivos
ahora son la ciencia, la razón, el humanismo y el liberalismo. En
consecuencia, las raíces del posmodernismo son inherentemente políticas y
revolucionarias, aunque en un sentido destructivo, o como ellos lo
dirían, en un sentido deconstructivo.
El término “posmodernismo” fue propuesto por Jean-François Lyotard en su libro La condición posmoderna,
la cual definió como una “incredulidad respecto de los metarrelatos”.
Un metarrelato es una explicación amplia y coherente para los grandes
fenómenos. Las religiones y otras ideologías totalizantes son
metarrelatos que intentan explicar el sentido de la vida o todos los
males de la sociedad. Lyotard proponía reemplazarlos con “minirrelatos”
para dirigirse a verdades de dimensiones más pequeñas y personales. Se
dirigía así al cristianismo y al marxismo, pero también a la ciencia.
Según él, “Hay un hermanamiento entre
el tipo de lenguaje que se llama ciencia y ese otro que se llama ética y
política”. Al vincular a la ciencia y al conocimiento que produce con
el gobierno y el poder, lo que hace es rechazar su postulado de
objetividad. Lyotard describe esta condición posmoderna descreída como
algo generalizado, y dice que desde el final del siglo XIX comenzó una
“erosión interna del principio de legitimidad del saber” que provocó un
cambio en el estatus del conocimiento. Para la década de los sesenta, la
“duda” y la “desmoralización” de los científicos “interfiere con el
problema esencial, que es el de la legitimación.” No importa cuántos
científicos digan que no están desmoralizados ni tienen más dudas de las
que corresponde a un grupo de personas que trabajan con un método cuyos
resultados siempre son provisionales y cuyas hipótesis nunca quedan
“probadas”; nada lo disuadió.
En Lyotard vemos dos cosas: un
relativismo epistémico explícito (una creencia en verdades o hechos
personales o culturalmente específicos), y el privilegio de la
“experiencia vivida” por encima de la evidencia empírica. Vemos también
la promoción de una versión del pluralismo que privilegia las opiniones
de grupos minoritarios por encima del consenso general de científicos o
de la ética liberal democrática, a quienes se caracteriza como
autoritarios y dogmáticos. Todo esto es consistente con el pensamiento
posmoderno.
La obra de Michel Foucault se centra en
el lenguaje y el relativismo, aunque aplicado a la historia y la
cultura. Bautizó su aproximación como “arqueología” porque consideraba
que estaba “descubriendo” aspectos de la cultura histórica por medio de
los discursos registrados (un habla que promueve o asume una perspectiva
particular). Para Foucault, los discursos controlan lo que puede
“conocerse”; en distintos periodos y lugares, distintos sistemas de
poder institucional controlan los discursos. Por eso, el conocimiento es
un producto directo del poder. “En una cultura y en un momento dados,
solo hay siempre una episteme, que define las condiciones de posibilidad
de todo saber, sea que se manifieste en una teoría o que quede
silenciosamente investida en una práctica”.1
Yendo
más allá, las personas en sí mismas están construidas culturalmente.
“El individuo, con sus características, su identidad, en su hilvanado
consigo mismo, es el producto de una relación de poder que se ejerce
sobre los cuerpos, las multiplicidades, los movimientos, los deseos, las
fuerzas”.2
Casi
no deja espacio a la agencia individual o a la autonomía. Como ha dicho
Christopher Butler, Foucault “depende de la creencia en la maldad
inherente a la posición de clase o la posición profesional del
individuo, entendida como ‘discurso’, sin importar la moralidad de su
conducta individual”.3
Presenta
al feudalismo medieval y a la democracia liberal moderna como sistemas
igualmente opresivos, y es partidario de atacar y criticar a las
instituciones para desenmascarar la “violencia política que se ha
ejercido a través de éstas de manera oculta”.4
En Foucault vemos la expresión más
extrema del relativismo cultural leído a través de las estructuras de
poder, en las que la humanidad y la individualidad compartida están casi
completamente ausentes. Al contrario, las personas se construyen por
medio de su posición en relación con ideas culturales dominantes, ya sea
como opresores o como oprimidos. Judith Butler echó mano de Foucault
para elaborar su postura fundamental en la teoría queer que se
enfoca en la construcción cultural del género, Edward Said para sus
postulados sobre el poscolonialismo y el “orientalismo”, y Kimberlé
Crenshaw en su desarrollo de la “interseccionalidad” y las políticas de
la identidad. Lo vemos también en la equiparación del lenguaje con la
violencia y la coerción, y la equiparación de la razón y el liberalismo
universal con la opresión.
Fue Jacques Derrida quien propuso el
concepto de “deconstrucción”, y también se sumó a la discusión sobre el
constructivismo cultural y el relativismo cultural y personal. Se enfocó
aún más explícitamente en el lenguaje. Su pronunciamiento más famoso,
“no hay nada fuera del texto” tiene que ver con su rechazo a la idea de
que las palabras se refieren a algo directamente. Más bien, “solo hay
contextos sin un centro de anclaje absoluto”.
Por
eso, el autor de un texto no es la autoridad sobre su significado. El
lector o escucha produce su propio significado igualmente válido y cada
texto “engendra infinitos nuevos contextos en un sentido absolutamente
no saturable”. Derrida propuso el término différance, derivado
del verbo “differer”, que significa tanto “posponer” como “diferir”.
Esto quería indicar que no solo el significado nunca es definitivo sino
que está construido por medio de diferencias, en especial por
oposiciones. La palabra “joven”, solo tiene sentido en relación con la
palabra “viejo”, y decía Derrida, siguiendo a Saussure, que el
significado se construye por medio del conflicto entre estas oposiciones
elementales que, para él, siempre son un positivo y un negativo.
“Hombre” es positivo y “mujer” negativo. “Occidente” es positivo y
“Oriente” negativo. Insistía en que “No estamos ante una coexistencia
pacífica de un vis-a-vis, sino ante una jerarquía violenta. Uno de los
dos términos se impone al otro (axiológica, lógicamente, etc.), se
encumbra. Deconstruir la oposición, significa, en un momento dado,
invertir la jerarquía”.
La
deconstrucción, entonces, implica invertir estas jerarquías percibidas;
hacer que “mujer” y “Oriente” sean positivas, y “hombre” y “Occidente”
sean negativas. Esto se debe hacer irónicamente para revelar la
naturaleza arbitraria y culturalmente construida de estas oposiciones
percibidas en un conflicto desigual.
En Derrida hay mucho más relativismo,
tanto cultural como epistémico, y más justificaciones para las políticas
de la identidad. Hay una negativa explícita a considerar que las
diferencias pueden ser algo más que oposicionales, y por lo mismo un
rechazo a los valores del liberalismo derivado de la Ilustración que
busca sobreponerse a las diferencias y enfocarse en los derechos humanos
universales y la libertad y el empoderamiento individual. Estamos ante
la base de una “misandria irónica”, del mantra “el racismo inverso no es
real” y la idea de que la identidad dicta lo que puede ser entendido.
Vemos también un rechazo a la necesidad de que haya claridad en el habla
y en los argumentos; a entender el punto de vista del otro y evitar
malas interpretaciones. La intención del hablante es irrelevante. Lo que
importa es el impacto del habla. Esto, junto con las ideas de Foucault,
son la base de las creencias actuales en la naturaleza profundamente
peligrosa de las “microagresiones” y el mal uso de la terminología
relacionada con el género, la raza y la sexualidad.
Lyotard, Foucault y Derrida son tres de
los “padres fundadores” del posmodernismo, pero sus ideas comparten
temas con otros “teóricos” influyentes y fueron suscritas por
posmodernos posteriores que las aplicaron a una gran variedad de
disciplinas dentro de las ciencias sociales y las humanidades. Hemos
visto que estas ideas incluyen una alta sensibilidad al lenguaje a nivel
de la palabra y la sensación de que lo que el hablante quiere decir es
menos importante que cómo es interpretado, sin importar lo radical que
sea esa interpretación. La humanidad compartida y la individualidad son
en esencia ilusiones y las personas son propagadoras o víctimas de
discursos dependiendo de su posición social, una posición que depende de
su identidad más que de su involucramiento individual con la sociedad.
La moral es culturalmente relativa, la realidad también. La evidencia
empírica es vista con sospecha y lo mismo pasa con ideas culturalmente
dominantes como la ciencia, la razón y el liberalismo universal. Se
trata de valores de la Ilustración que son ingenuos, totalizadores y
opresivos, y destruirlos es una necesidad moral. Importan mucho más la
experiencia vivida, los relatos y las creencias de los grupos
“marginalizados”, todas igualmente “verdaderas” y preferidas por encima
de los valores de la Ilustración para así revertir la construcción
social opresiva, injusta y totalmente arbitraria de la realidad, la
moral y el conocimiento.
El deseo de “destruir” el status quo,
de desafiar los valores ampliamente difundidos y defender a los
marginados es en esencia algo absolutamente liberal. Estar en oposición a
esto es decididamente conservador. Esa es la realidad histórica, pero
estamos en un punto único en la historia en la que el status quo es en
general bastante liberal, con un liberalismo que defiende los valores de
la libertad, los derechos igualitarios y las oportunidades para todos
sin importar la raza, el género o el sexo. El resultado es una confusión
en la que los liberales de toda la vida que quieren conservar este tipo
de status quo liberal son considerados conservadores, y aquellos que
quieren evitar el conservadurismo a toda costa terminan defendiendo el
irracionalismo y el iliberalismo. Mientras que los primeros posmodernos
desafiaron al discurso con discurso, los activistas motivados por sus
ideas se han vuelto cada vez más autoritarios y llevan aquellas ideas a
su conclusión lógica. La libertad de expresión está bajo ataque porque
el habla es ahora considerada peligrosa. Tan peligrosa que las personas
que se consideraban liberales pueden justificar el responder al habla
con violencia. Argumentar un punto de manera persuasiva por medio de
argumentos razonados ha sido remplazado cada vez más con referencias a
la identidad y con pura ira.
A pesar de la evidencia que indica que
el racismo, el sexismo, la homofobia, la transfobia y la xenofobia están
en sus niveles históricos más bajos en las sociedades occidentales, los
académicos de izquierda y los activistas en favor de la justicia social
manifiestan un pesimismo fatalista, habilitado por las prácticas de
“lectura” interpretativa posmoderna que dan valor al sesgo de
confirmación. El poder autoritario de los académicos y activistas
posmodernos parece ser invisible para ellos, aunque es evidente para
todos los demás. Como escribe Andrew Sullivan sobre la
interseccionalidad:
Propone una ortodoxia
clásica por medio de la cual se explica toda la experiencia humana –y
por medio de la cual toda habla debe ser filtrada… Como sucedió con los
puritanos de la antigua Nueva Inglaterra, la interseccionalidad controla
el lenguaje y los términos del discurso.
El posmodernismo se ha convertido en un
metarrelato lyotardiano, un sistema foucaultiano de poder discursivo y
una jerarquía opresiva derridiana.
Con frecuencia los filósofos le han
señalado a los posmodernos el problema lógico de la autoreferencialidad.
Sin embargo, estos no lo han resuelto de manera convincente. Como
señala Christopher Butler, “la plausibilidad del argumento de Lyotard
sobre el declive de los metarrelatos a final del siglo XX depende de
recurrir a la condición cultural de una minoría intelectual”. En otras
palabras, el argumento de Lyotard surge de los discursos que lo rodean
en su burbuja académica burguesa y, de hecho, se trata de un metarrelato
del que él no tiene la menor duda. Así mismo, el argumento de Foucault
sobre el conocimiento como algo contingente a la historia debe ser
contingente a la historia también y uno se pregunta por qué Derrida se
ocupó de explicar la maleabalidad infinita de los textos con ese nivel
de detalle si yo puedo leer su obra y decir que se trata de un cuento
sobre conejitos con el mismo grado de autoridad que él.
Obviamente esta no es la única crítica
que se le hace al posmodernismo. El problema más evidente del
relativismo cultural epistémico ya ha sido abordado por filósofos y
científicos. El filósofo David Detmer en Challenging Postmodernism, dice:
Consideremos este
ejemplo, planteado por Erazim Kohak, “Cuando intento, sin éxito, meter
una pelota de tenis dentro de una botella de vino, no necesito probar
con distintas botellas de vino ni con distintas pelotas de tenis,
aplicando los cánones de inducción planteados por Mill, para llegar a la
hipótesis de que las pelotas de tenis no caben en las botellas de
vino”… Ahora estamos en la posición de invertir la cancha ante [los
argumentos de relativismo cultural del posmodernismo] y plantear la
pregunta, “¿Si yo considero que las pelotas de tenis no caben en las
botellas de vino, ¿puede demostrar con precisión cómo es que mi género,
ubicación histórica y espacial, clase social, grupo étnico, etc., mina
la objetividad de mi juicio?”
Sin embargo, ningún posmoderno le ha
explicado su razonamiento, y más bien describe una conversación
desconcertante que tuvo con la filósofa posmoderna Laurie Calhoun:
Cuando tuve la
oportunidad de preguntarle si era o no era verdad que las jirafas son
más altas que las hormigas, me dijo que no era un hecho sino un artículo
de fe religiosa en nuestra cultura.
Los físicos Alan Sokal y Jean Bricmont hablaron de este mismo problema desde la perspectiva de la ciencia en su libro: Fashionable nonsense: Postmodern intellectuals’ abuse of science:
¿Quién puede negar en
serio el “gran relato” de la evolución, salvo alguien que esté atenazado
por un relato mayor y mucho menos plausible como el creacionismo? ¿Y
quién querría negar la verdad de cierta física elemental? La respuesta
es “algunos posmodernos”.
y
Hay algo muy extraño en
la creencia de que al buscar leyes causales o una teoría unificada, o
al preguntar si los átomos obedecen las leyes de la mecánica cuántica,
las actividades de los científicos son inherentemente “burguesas” o
“eurocéntricas” o “masculinistas” o incluso “militaristas”.
¿Cuánto amenaza el posmodernismo a la ciencia? Sin duda existen algunos ataques externos.En una protesta reciente en contra de
una charla dada por Charles Murray en Middlebury, la gente que
protestaba gritaba al unísono:
La ciencia siempre se
ha usado para legitimar el racismo, el sexismo, el clasismo, la
transfobia, la discriminación contra las personas con discapacidad y la
homofobia, todo planteado como racional y como un hecho, y apoyado por
el gobierno y el estado. En el mundo de ahora hay muy poco que sea un
‘hecho verdadero.
9
Cuando
los organizadores de la Marcha por la Ciencia tuitearon: “la
colonización, el racismo, la migración, los derechos nativos, el
sexismo, la discriminación por discapacidad, la queer-, trans-,
intersexfobia y la justicia económica son temas científicos”
10
,
de inmediato muchos científicos criticaron que se politizara la ciencia
y se perdiera de vista el énfasis en mantener a la ciencia lejos de las
manos de la ideología interseccional. En Sudáfrica, el movimiento de
estudiantes progresistas #ScienceMustFall y #DecolonizeScience anunció
que la ciencia era solo un modo de conocimiento que a la gente se le
había enseñado a aceptar. Sugirieron que la brujería era una
alternativa.
A pesar de esto, la ciencia como
metodología no se irá a ningún lado. No puede “adaptarse” para incluir
al relativismo epistémico y los “conocimientos alternativos”. Puede, sin
embargo, perder la confianza del público y por lo mismo, el
financiamiento público, y esta es una amenaza que no puede desestimarse.
Además, en un momento en el que los líderes del mundo dudan del cambio
climático, los padres creen en la falsedad de que las vacunas causan
autismo y las personas buscan homeópatas y naturistas para resolver
problemas médicos serios, seguir minando la confianza de las personas en
las ciencias empíricas es tan peligroso que representa una amenaza
existencial.
Las ciencias sociales y las
humanidades, sin embargo, están en riesgo de cambiar hasta quedar
irreconocibles. Algunas disciplinas dentro de las ciencias sociales ya
han cambiado. La antropología cultural, la sociología, los estudios de
género, por ejemplo, han sucumbido casi completamente al relativismo
moral y al relativismo epistémico. En mi experiencia, las letras
inglesas también están enseñando una ortodoxia enteramente posmoderna.
La filosofía, como hemos visto, está dividida. Lo mismo la historia.
Los posmodernos con frecuencia critican
a los historiadores empíricos por asegurar que saben lo que sucedió en
el pasado. Christopher Butler recuerda la acusación de Diane Purkiss en
cuanto a que, cuando mostró evidencia de que las acusadas de brujería
eran por lo general mujeres mendicantes y sin poder, Keith Thomas
habilitaba un mito que funda la identidad histórica de los hombres en la
“impotencia y el silencio de las mujeres”. Es de suponerse que debió
haber dicho, contra la evidencia, que se trataba de mujeres ricas, o
mejor aún, de hombres. Dice Butler:
Pareciera que los
argumentos empíricos de Thomas simplemente contradicen el principio
organizador del relato histórico de Purkiss: que debe ser utilizado para
apoyar las nociones contemporáneas de empoderamiento femenino.
Yo me topé con el mismo problema cuando
intenté escribir sobre raza y género en el siglo XVII. Había postulado
que al público de Shakespeare no le habría costado entender la atracción
de Otelo, un soldado cristiano de raza negra, hacia Desdémona, una
mujer blanca, porque el prejuicio contra el color de la piel no se hizo
prevalente hasta más adelante en el siglo, cuando el comercio de
esclavos en el Atlántico adquirió más fuerza, y que las diferencias
religiosas y nacionales eran mucho más profundas antes.
Un eminente profesor me informó que la
mía era una postura problemática y me preguntó cómo se sentirían las
comunidades afroamericanas en Estados Unidos ahora por mi aseveración.
Si las personas afroamericanas se sentían incómodas, era la implicación,
entonces mi postulado tuvo que haber sido falso en el siglo XVII o
sería moralmente equivocado mencionarlo ahora. En palabras de
Christopher Butler:
El pensamiento
posmoderno percibe que la cultura contiene una serie de historias que
están en perpetua competencia cuya efectividad depende no tanto de
recurrir a un estándar independiente de evaluación, y sí de recurrir a
las comunidades en las que circulan.
Temo por el futuro de las humanidades.
Pero los peligros del posmodernismo no
se limitan a ciertos núcleos de la sociedad aglutinados en torno de la
academia y la justicia social. Las ideas relativistas, la sensibilidad
al lenguaje y el enfoque en la identidad por encima de la humanidad o la
individualidad se han vuelto más dominantes en la sociedad en general.
Es mucho más sencillo decir lo que uno siente que examinar rigurosamente
la evidencia. La libertad de “interpretar” la realidad según los
valores de cada quien se alimenta de la tendencia muy humana de recurrir
al sesgo de confirmación y al razonamiento motivado.
Se ha vuelto un lugar común señalar que
la extrema derecha ahora utiliza la política de identidad y el
relativismo epistémico de una manera muy similar a la izquierda
posmoderna. Claro, ciertos elementos de la extrema derecha siempre han
sido divisivos en términos de raza, género y sexualidad, y dados a hacer
propias perspectivas irracionales y anticientíficas. Sin embargo el
posmodernismo ha producido una cultura mucho más receptiva a esto. Kenan
Malik ha descrito este cambio así:
Cuando propuse que la
idea de “hechos alternativos” se basa en “una serie de conceptos que en
décadas recientes han sido utilizados por radicales”, no me refería a
que Kellyanne Conway ni Steve Bannon, mucho menos Donald Trump, hubieran
estado leyendo a Foucault y a Baudrillard… Más bien son sectores de la
academia y de la izquierda quienes en décadas recientes han ayudado a
crear una cultura en la que el relativismo de los hechos y el
conocimiento no resulta algo problemático, y por lo mismo es más
sencillo para la derecha reaccionaria no solo reapropiarse de ella, sino
promover estas ideas reaccionarias.
Esta “serie de conceptos” amenazan con
regresarnos a una época previa a la Ilustración, cuando la “razón” se
consideraba no solo inferior a la fe, sino que también era considerada
un pecado. James K. A. Smith, un teólogo reformista y profesor de
filosofía, ha visto lo provechoso que esto resulta para el cristianismo y
considera al posmodernismo como “un viento fresco del Espíritu, enviado
para revitalizar los huesos secos de la iglesia”. En Who’s afraid of postmodernism?: Taking Derrida, Lyotard, and Foucault to Church, dice:
Estar comprometidos con
el posmodernismo nos invita a mirar hacia atrás. Veremos que mucho de
lo que sucede bajo el auspicio de la filosofía posmoderna tiene un ojo
en las fuentes antiguas y medievales, y constituye una importante
recuperación de modos de conocimiento, de ser y de hacer premodernos.
y
El posmodernismo puede
ser un catalizador para que la iglesia recupere la fe, no como un
sistema de verdad dictado por una razón neutral, sino como una historia
que requiere “ojos que vean y oídos que escuchen”.
Quienes estamos en la izquierda debemos
temerle a lo que “nuestro lado” ha producido. Claro, no todos los
problemas de la sociedad son producto del pensamiento posmoderno, y no
sirve de nada sugerir que así es. El alza del populismo y el
nacionalismo en Estados Unidos y en Europa también tiene su origen en
una extrema derecha fortalecida y en el miedo al islamismo provocado por
la crisis de refugiados. Estar rígidamente en contra de los “guerreros
de la justicia social” y echarle la culpa de todo a este elemento de la
izquierda adolece a su vez de razonamiento motivado y sesgo de
confirmación. La izquierda no es responsable de la extrema derecha ni de
la derecha religiosa ni del nacionalismo secular, pero sí es
responsable por no hacerle frente de manera razonable a preocupaciones
razonables, y por lo mismo provocar que sea más difícil que las personas
razonables la apoyen. Es responsable de su propia fragmentación, de sus
exigencias de pureza y de las divisiones que provoca y que hacen que la
extrema derecha parezca coherente y unida en comparación.
Para recuperar la credibilidad, la
izquierda debe recuperar el liberalismo fuerte, coherente y razonable.
Para hacer esto, necesitamos vencer por la vía del discurso a la
izquierda posmoderna. Necesitamos hacerle frente a sus oposiciones,
divisiones y jerarquías con principios universales de libertad, igualdad
y justicia. Debe haber una consistencia entre los principios liberales
en oposición a todos los intentos por evaluar o limitar a las personas
por raza, género o sexualidad. Debemos atender las preocupaciones sobre
migración, globalización y políticas de identidad autoritarias que dan
poder a la extrema derecha en lugar de tildar a las personas que las
expresan de “racistas”, “sexistas” u “homofóbicas”, y acusarlas de
violencia verbal. Podemos hacer esto y al mismo tiempo oponernos a las
facciones autoritarias de la derecha que son realmente racistas,
sexistas y homofóbicas, pero que ahora se esconden tras la fachada de
ser una oposición razonable a la izquierda posmoderna.
Nuestra crisis actual no es una que
enfrente a la izquierda contra la derecha, sino una en la que la
consistencia, la razón y el liberalismo universal están enfrentadas a la
inconsistencia, el irracionalismo, las certidumbres fanáticas y el
autoritarismo sectario. El futuro de la libertad, la igualdad y la
justicia se ve igual de desolador si la izquierda posmoderna o la
extrema derecha ganan la guerra actual. Aquellos que valoramos la
democracia liberal y los frutos de la Ilustración, la revolución
científica y la modernidad misma, debemos ofrecer una mejor opción."
(Helen Pluckrose Este artículo fue publicado originalmente en Areo y se reproduce con autorización. )
"El auge de los discursos neofascistas, la
proliferación de los canales de difusión de las fake news, el mal uso de
las redes sociales y la irresponsabilidad del periodismo juegan un
papel fundamental en la polarización de la sociedad.
Ismael Serrano odia a Jorge Drexler. Y a Pedro Guerra. Y a Rozalén. Y
a Silvia Pérez Cruz. Dice que hacen cosas maravillosas. Pero dice,
además, que puede que también los ame, las ame. «Pero que no salga de
aquí”, avisa en una red social. “Uno tiene una reputación que mantener –prosigue–. Y a Twitter vinimos a odiar». El auge de los discursos fascistas y neofascistas, la expansión de los rumores y las fake news,
y el modelo de confrontación que han normalizado determinadas tertulias
televisivas se han instalado en nuestras vidas. O es blanco o es negro.
O estás conmigo o contra mí.
No hay apenas margen para los matices. La
endogamia que han institucionalizado los algoritmos de Google y las
redes sociales han venido a reforzar la tendencia humana a la atención y
memoria selectivas, que nos hacen atender y retener aquellos argumentos
que reafirman nuestras preconcepciones y rechazar cada vez más los
contrarios.
Lo hemos visto con el conflicto en Cataluña, lo estamos viendo con los feminismos y lo vemos también con los desencuentros feroces entre la propia izquierda
–sin contar, por supuesto, la polarización entre posiciones de derecha y
de izquierda–. Son solo algunos ejemplos. ¿Recuerdan los insultos a
Serrat, a Ada Colau? ¿Les suenan los ataques a propósito de las
propuestas de abolición o regulación de la prostitución? ¿Acaso alguien
no ha oído hablar aún de La trampa de la diversidad, de Daniel Bernabé?
Hace
tres años, la Universidad Politécnica de Madrid desarrolló un modelo
para detectar el grado en que una conversación en Twitter está
polarizada. En concreto, medía el efecto que una minoría de individuos
influyentes, o «usuarios de élite» –en la política, en el periodismo…–,
tuvo en la opinión de cualquier usuario o usuaria de la red. El caso elegido para el estudio fue la muerte en 2013 del presidente de Venezuela, Hugo Chávez.
Durante los días más críticos –entre la muerte y el funeral–, la
polarización cayó a sus niveles más bajos, debido al hecho de que la
población usuaria extranjera se unió a la conversación. Seis días
después, cuando comenzó la campaña política electoral, volvió la
estructura polarizada de la red social, que se correspondía con los
registros de votación y las afiliaciones políticas de cada municipio.
Un estudio reciente, publicado el pasado noviembre en la revista científica PNAS, analiza, con el caso de Cataluña de fondo, cómo los bots
se dirigen principalmente a personas influyentes, pero generan
contenido semántico dependiendo de la postura polarizada de sus
objetivos. «Durante el referéndum catalán de 2017, utilizado como un
estudio de caso, los robots sociales generaron y promovieron contenido
violento dirigido a los independentistas, lo que finalmente exacerbó el
conflicto social online«, dice el estudio, que recoge cuatro millones de publicaciones en Twitter el 1-O generadas por casi unmillón
de personas usuarias.
Aunque estos sistemas pueden ser beneficiosos,
por ejemplo, para mejorar el rendimiento colectivo, expresa la
investigación, su uso incorrecto puede tener efectos dramáticos:
«Nuestros hallazgos respaldan la hipótesis de que los bots pueden
influir en la difusión de información en los sistemas de redes sociales,
específicamente al acentuar la exposición a contenidos negativos,
inspiradores de odio e inflamatorios, lo que exacerba los conflictos
sociales online. Esta tendencia relativa, junto con la capacidad
emergente de controlar redes que varían en el tiempo, como los sistemas
sociales online, motiva aún más la necesidad crucial del desarrollo de
técnicas cuantitativas como la que aquí se propone para desenmascarar la
manipulación social promulgada por los robots».
Tras 20 añostrabajando para los principales medios estadounidenses, Amanda Ripley,
abrumada por la creciente crispación en su país, decidió dedicar tres
meses a investigar cómo podía contrarrestarse esta peligrosa deriva
desde el periodismo. Entre sus conclusiones, publicadas en The whole story,
explica que de las personas que participaron en laboratorios de debate
sobre cuestiones en las que tenían opiniones polarizadas, “las que
habían leído artículos basados en planteamientos simplistas antes de su
intervención tendían a permanecer en actitudes negativas durante la
conversación.
Mientras que aquellas que habían leído informaciones más
complejas hacían más preguntas, proponían ideas de mayor calidad,
finalizaban su participación en los grupos más satisfechas con sus
conversaciones” y con mayor predisposición a continuar con la
conversación.
La creciente precarización del periodismo
–con el despido de más de 12.000 profesionales de los medios de
comunicación en esta década de crisis en España– ha conllevado la
proliferación de freelances y falsos autónomos/as. Y esta radical
transformación del ecosistema del oficio ha convertido la profesión
periodística no solo en productora de información, sino también en
representación y divulgación de la misma a través de las redes sociales.
La ecuación, por tanto, parece de cajón: a mayor visibilidad, mayor
difusión del trabajo. Es decir, donde antes había un simple o una simple
periodista, una firma sin más –o acreditada por una trayectoria
rigurosa–, ahora existe una marca. Crearse una marca, como enseñan en
algunas facultades de periodismo. “Es un disparate.
Es verdad que los
medios tradicionales han perdido la credibilidad y quienes la conservan
son los nombres, da igual que trabaje para la BBC o para La Voz del
barrio. Y es natural que 20 o 40 años de buen trabajo te generen una
firma, pero el objetivo no puede ser empezar por crearte un envoltorio
de ‘qué guay soy’ y que dentro no haya nada”, afirma el veterano y
reputado periodista Javier Espinosa. Una marca crece gracias a la
satisfacción de sus clientes, una firma se construye a través de los
años con la calidad de su trabajo.
Y aquí llega otro
factor que influye en la polarización. Ganar seguidores o depender
económicamente de tu comunidad, en el caso de los medios de
comunicación, no está exento de riesgos para la independencia. Porque el
peaje en forma de campañas de descrédito, unfollows e, incluso,
destierro de determinados espacios o eventos, puede también desembocar
en la tentación de abstenerse de informar sobre temas incómodos o
enrevesados. Y aquí llega otra cuestión importante: otra forma de
autocensura, tan vilipendiada cuando nacía de la dependencia de los
medios a los intereses económicos y políticos de sus financiadores, pero
tan difícil de admitir cuando se trata de nuestros propios lectores y
lectoras. Es decir, en algunos casos, se ha pasado de la autocensura por
la publicidad a la autocensura por las audiencias.
Retroalimentación
Ressetting the table
es una organización estadounidense dedicada a fomentar el diálogo entre
comunidades divididas por sus opiniones. En su documentación explican
que “según pasa el tiempo, las personas crecen alimentando su certeza en
lo obvio que resulta la veracidad de sus creencias y el rechazo a lo
que les parece irracional, maléfico, extremista o loco de los
posicionamientos o acciones de los otros”. Esta tendencia natural a la
reafirmación conduce a la búsqueda de aquellas informaciones que refrendan nuestras preconcepciones, que resuenan como nuestro eco y, consecuentemente, penaliza aquellas que la contradicen total o parcialmente.
Este
proceso de retroalimentación conduce a la polarización de las
sociedades en aquellos asuntos más controvertidos, como estamos viendo
en los temas anteriormente mencionados, el auge de los discursos
fascistas, el conflicto sirio o la reciente crisis nicaragüense. Cubrir
estos procesos en los que hay sectores con posiciones muy alejadas y
hacerlo atendiendo a su complejidad, zonas grises, matices e, incluso,
incoherencias, es a menudo penalizado en un contexto en el que la
búsqueda de la tribu se construye desde el relato del ‘nosotrxs versus
ellxs’, y en el que apenas hay espacios de encuentro o desde los que
empezar a construir consensos.
Así fue cómo el triunfo del presidente de EEUU, Donald Trump,
pilló por sorpresa a muchos de los grandes medios de comunicación
estadounidenses y a parte de su sociedad. Haber querido entender y
explicar las complejas razones de una parte importante del electorado
para votar al candidato republicano no era tarea fácil, y la
simplificación, mucho más consumida y demandada por su fácil digestión,
no se lleva bien con la realidad.
Más cercano nos pilla el ejemplo de la guerra siria:
periodistas con reconocidas trayectorias han sufrido insultos y
campañas de descrédito por incluir en sus informaciones datos sobre los
crímenes de lesa humanidad del régimen de Assad documentados in situ.
Algo muy parecido a lo que está ocurriendo ahora con quienes están
contándonos los asesinatos, violaciones y desapariciones que están
sucediendo en Nicaragua desde que parte de la ciudadanía nicaragüense
saliese a las calles a protestar contra la corrupción y la censura del
gobierno de Daniel Ortega. En ambos casos, hay una parte minoritaria de
la izquierda que se ampara en la crítica al imperialismo de EEUU para
ocultar los crímenes de quien considera sus hijos de puta, una expresión muy usada por los secretarios de Estado norteamericanos desde los tiempos de Roosevelt.
En el debate sobre la prostitución,
los y las autoras de artículos que no partan claramente de una de las
dos posiciones dicotómicas –el abolicionismo o el regulacionismo– son
habitualmente tildadas de aliadas de los proxenetas y las redes de trata
o, desde la posición contraria, negadoras de los derechos laborales de
las ‘trabajadoras sexuales’. Cécile Barbeito, investigadora de la Escola
de Cultura de Pau de la Universitat Autònoma de Barcelona, una reputada
institución dedicada a la investigación y la práctica de la mediación y
la resolución de conflictos, sostiene que para que una confrontación o
disensión se resuelva, es necesario incorporar al diagnóstico todas las
visiones sobre un asunto, sin demonizar ninguna de las partes y, desde
luego, jamás reducirla a dos facciones en liza.
“El prestigioso
negociador de conflictos John Paul Lederach nos dijo una vez que había
que pasar de las conjunciones disyuntivas a las copulativas, es decir,
el trabajo de alcanzar la paz consiste en conseguir una cosa y la otra,
hacer compatibles ideas que de entrada parece que no lo son a través de
los puntos en común”.
Intensidad emocional
Este
tipo de análisis, tradicionalmente observado como propio de los
posconflictos, resulta cada vez más pertinente para promover la sana
convivencia y para los medios de comunicación que configuran “actitudes
sociales en relación con los conflictos y su transformación” y que, en
algunos casos, tienden a fomentar “los estereotipos, las imágenes del
enemigo y las demonizaciones”, como lo resume en sus escritos Vicenç
Fisas, director de la Escola y experto mediador internacional.
La
investigadora del Centro Suizo de Ciencias Afectivas Cristina Soriano
analizó en una de sus investigaciones los tipos de metáforas que usamos
para hablar de las negociaciones y cómo afecta su uso en la resolución
de conflictos. Según explicó en un workshop del Instituto Cultura
y Sociedad, recogido por la Universidad de Navarra, el primer tipo de
metáforas tiene que ver con la lucha: «Consiste en plantear la
negociación como una guerra, con un ganador y un vencedor, sin confiar
en el otro, y llama al no entendimiento”.
La segunda fórmula consiste en
entender los conflictos como una construcción. Y en tercer lugar, habla
de las metáforas neutras. “Estas ni ayudan ni perjudican, son metáforas
en las que la negociación se entiende como un proceso abierto que no
sabemos dónde va a llegar». Tras realizar un experimento en el que
varias personas tenían que negociar, se llegaba a la conclusión de que
si todas colaboraban ganaban dinero, si ninguna cooperaba todas perdían
mucho dinero. Y si una decidía cooperar pero la otra persona no, la que
no cooperaba se lo llevaba todo y la que cooperaba lo perdía todo.
Lo estamos viendo, insiste Barbeito, en el caso del procés,
que lo pone como ejemplo para hablar sobre cómo algunos medios
contribuyen al enrocamiento de la controversia: “En contextos muy
polarizados, los medios empiezan a fijarse cada vez más en los polos
extremos porque son los más llamativos, convirtiendo a las personas con
posiciones más equilibradas en chivos expiatorios. Pasó con Serrat
cuando fue a visitar a los presos: fue acusado de todo porque era
socialista y estos son antiindependentistas y, por el lado contrario,
porque se acercase a los presos. Hay que mostrar que hay posiciones
intermedias pero haciéndole preguntas distintas”.
Barbeito subraya la
necesidad de proponerles hablar de cuestiones transversales al conflicto
y que alumbren así nuevos espacios de encuentro, en lugar de
plantearles las mismas cuestiones que a los polos más distanciados, lo
que les obligaría a rebatir los argumentos de ambas y exponerse así a
sus agravios. “Lo que quiero es comprender”, respondió la filósofa
Hannah Arendt cuando parte de la sociedad judía estadounidense la
rechazó y boicoteó por contar en The New Yorker, por primera vez,
el papel que tuvieron los representantes de la comunidad judía en el
Holocausto. La acusaron de responsabilizar a las víctimas, cuando lo que
buscaba era que comprendiésemos los mecanismos del mal.
En el XIII Seminario Internacional de Lengua y Periodismo
celebrado el pasado mayo en San Millán de la Cogolla, la ponencia de la
investigadora Soriano –leída por el investigador en el Complexity
Science Hub de Viena David García– incidía en la importancia del
lenguaje y las emociones para frenar esta polarización: «Construimos una
representación de la realidad simplemente por lo que los demás sienten y
nos hacen sentir. […] Una mayor competencia lingüística contribuye a
una mayor inteligencia emocional», resumió.
«¿Por qué creemos lo que creemos?
Necesariamente tenemos que cuestionarnos aquello que creemos»,
intervino durante las jornadas la filósofa Ana Carrasco. De no hacerlo,
advirtió, existe un riesgo de contribuir no ya a la posverdad, sino a lo
que llamó «posrealidad»: «No es la realidad, pero la ha deformado. Las
falsas noticias han tenido éxito», dijo. El proyecto Maldito bulo,
inmerso estos días en un crowdfunding para recaudar fondos que le
permitan seguir trabajando, se encarga precisamente de chequear las
noticias. “Hace poco fui a trabajar con un grupo temas de inmigración y
refugio. Ante los rumores que reproducía el alumnado –”se llevan todas
las ayudas”, “vienen a quitarnos el trabajo”…– les exponía los datos de
la ONU, del Ministerio de Trabajo. No se los creían.
Fueron siete
jornadas y era evidente que me rechazaban. La orientadora me explicó por
qué: «Les hacía pensar y eso les disgustaba porque conlleva una
deconstrucción, lo que no es fácil para nadie”, cuenta Ana Soriano,
técnica de Educación para el Desarrollo de la ONG CEAR Madrid. Para
cambiar la atmósfera que se había creado, Soriano echó mano de su
herramienta más eficaz: “Escucharles, porque cuando las personas se
sienten escuchadas, sienten que son tomadas en consideración, y entonces
hablan”.
Esa es una de las sugerencias que ofrece en sus manuales, disponibles online, la plataforma Stop Rumores,
de Andalucía Acoge. Entre sus recomendaciones sobre cómo desmontar
prejuicios racistas, subrayan la importancia de elegir momentos de baja
intensidad emocional y ofrecer información al interlocutor o
interlocutora de manera amable para que sean ellos quienes lleguen a sus
propias conclusiones. Una práctica de esos buenos tratos –conciliación,
desapasionamiento, escucha activa– que, el periodismo de paz, una
metodología con casi medio siglo de existencia basada en el análisis del
funcionamiento de los conflictos, propone que convirtamos en noticia,
dándole así el valor social que merecen.
Puesto que el
respeto por la pluralidad de ideas –siempre que respeten los derechos
fundamentales– y la convivencia las construye la ciudadanía a través de
los hechos, pero también de la comunicación, el periodismo de paz nos
ofrece una serie de técnicas aplicables al ejercicio informativo y a las
relaciones personales. En su investigación sobre esta práctica
periodística, Eva Espinar Ruiz y Maribel Hernández Sánchez reivindican
la necesidad de desarrollar el sentido del escepticismo teniendo en
cuenta que “la información es una representación” construida a través
del sesgo que nos atraviesa a cada uno de nosotros y nosotras. Pero,
sobre todo, mirar la realidad con una perspectiva periférica y buscar
narraciones periodísticas que no teman problematizar la realidad,
describirla desde su complejidad.
“La complejidad es contagiosa, funciona, lo que resulta una maravillosa noticia para la humanidad”, concluye Ripley en The whole story.
Y esa asunción de la complejidad es el primer paso para deshacernos de
los pensamientos únicos, aprender a debatir sobre ideas sin que se viva
–o se convierta– en un cruce de ataques personales. Se trata, al fin y
al cabo, de respetar, que no es sino una forma de cuidar y de cuidarnos." (Patricia Simón, La Marea, 01/01/19)
"Algunos de los acontecimientos
de los últimos meses han hecho que se hable más de la verdad, de las
noticias falsas, de la objetividad.
El periodismo ha sido muy responsable de todo esto. Ha
dado alas a la idea de que la verdad era un asunto que no tenía
sentido: se hablaba de la pluralidad, la libertad, los poliedros.
¿Qué papel han tenido el relativismo y el posmodernismo en ese descrédito?
Ese es el suelo pedante, pero ha habido muchos otros
factores. Hay una cosa fundamental que es la política de la identidad.
Es interesante vincular el fracaso de la verdad a finales del siglo XX, a
partir de los años sesenta, con la aparición de las políticas de
identidad. Según estas, lo que importa no es lo que uno dice sino quién
es uno.
Eso ha socavado de manera brutal el concepto de la objetividad.
Cuando daba clase en la universidad, el primer día les decía a mis
alumnos: lo primero que quiero decirles es que la verdad existe y es
una. Siempre salía alguno que decía: oiga, pero esta mañana nos han
dicho en otra asignatura que la verdad no existe.
Empecé a dar clases en
el año 93, estuve diecisiete años, el 90% de los profesores decían que
la verdad no existía, que era un desiderátum: hablaban del punto de
vista, de la desaparición del canon, de la discriminación positiva...
Se han popularizado el término posverdad y la idea de la democracia posfactual. ¿Posverdad es una categoría útil?
Hay gente que dice que es un eufemismo más. Pero no me
parece mal que hayan surgido esos términos. De alguna manera, el
lenguaje es eso: se renueva, pone la luz. Las palabras se gastan. Me
parece muy bien que se hable de posverdad. Quiere decir lo mismo, pero
también me gusta el prefijo pos, que vincula. La posmodernidad es el
reino de lo posfactual.
¿Qué es lo que ha cambiado?
Las cosas nunca son iguales. En la época analógica,
cuando grababas un disco con un casete hacías una operación. Internet ha
multiplicado de manera exponencial la réplica y ha convertido en un
problema cultural gravísimo la reproducción; del mismo modo, la
capacidad multiplicadora de las mentiras en la era digital se convierte
en un problema mucho mayor.
Y esto ocurre cuando el periodismo ha
perdido el monopolio de la información y del debate, y coincide con
empresas periodísticas débiles a las cuales, no nos engañemos, el poder
siempre ha querido someter. Esa pretensión del poder, por otra parte, me
parece bien. En esa dialéctica están las claves de la libertad.
El
periodismo es una institución de la gente, antes de que se ensuciara
esta palabra, una institución de los ciudadanos. En nuestra decadencia,
se ha convertido muchas veces en una institución del poder contra los
ciudadanos.
En cierta manera, Trump está haciendo un gran favor al
periodismo. Si no salimos de esta no saldremos nunca. Es interesante ver
en qué va a acabar este combate. Porque este es el combate final. Para
decirlo con palabras propagandísticas y altisonantes, la sociedad tiene
un enorme reto: comprobar que la verdad pública es importante.
Tras los resultados del
Brexit y la victoria de Trump se ha extendido la preocupación de que la
prensa mainstream no llega a determinados grupos sociales.
Nunca han llegado. El periodismo siempre se ha
dirigido a la sociedad alfabetizada. Cuando ha penetrado en alguna capa
popular ha sido a través de diarios que sometían la verdad a sus
regateos o a través de la amenidad, que era algo que también gestionaban
los periódicos y ahora prácticamente ya no. Había gente que compraba
los periódicos por el crucigrama.
Y esto es algo que los periodistas no
hemos entendido todavía, y deberíamos aprenderlo. Hay una sociedad en
sombra que está fuera de los periódicos. No ha estado fuera de la
televisión. Ha estado más o menos fuera de la radio. Pero sí fuera de
los periódicos de referencia (no el Sun o el Bild).
Estos periódicos de referencia trazaban antes el guion del mundo, y a
este se acogían las radios, la televisión. El guion se popularizaba a
través de otros medios.
Ya no pasa. Ese guion del mundo compite con la
ruidosa turbamulta de eso que llaman las redes sociales, que generan su
propio guion, a veces pervirtiéndolo: a veces no es el guion de los
periódicos sino su reverso. Dependen todavía de los periódicos. No para
exhibirlos sino al revés. Los periódicos de referencia dicen unas cosas
sobre la inmigración, y el apogeo del vocerío lo convierte en otra cosa.
Ha hablado del momento en que
en los periódicos españoles se empezó a ver el noticiero de la noche
para diseñar la portada del día siguiente.
Es un momento básico en la historia del periodismo
español. Ahora, todo esto hay que mirarlo de una manera fría, nada
apocalíptica si puede ser, pero teniendo conciencia de que estamos
viviendo una situación decisiva porque es muy difícil asumir que una
sociedad puede vivir sin verdades.
Es un experimento social interesante.
Trump ha llegado al poder mintiendo de manera infame y Gran Bretaña,
país ejemplar siempre citado como modelo de liberalidad, respeto a las
reglas y sentido común, ha caído en un montón de mentiras.
Richard Rorty decía: cuida de
la libertad y la verdad ya se cuidará sola. Usted, sin embargo, ha
escrito: el derecho a la verdad debe convertirse en uno de los derechos
fundamentales de los ciudadanos.
Estoy a favor de un ministerio de la verdad. Orwell
es uno de mis escritores más queridos y estaría de acuerdo conmigo,
dispuesto a rectificarse... Creo que la verdad es como la sanidad y las
cosas que pertenecen al dominio de lo público. A mí no me parece mal que
se vendan Mein Kampf o las mentiras de David
Irving siempre que se diga: Este señor fue condenado...
La circulación
de las mentiras no me preocupa. Mark Zuckerberg es un personaje
interesante y ahora tiene mala conciencia de haber servido al triunfo
del mal. Defiende que hay que señalar las fake news,
las mentiras. Pero creo que ese es el camino equivocado. Facebook, su
deontología, por decirlo así, está construido para que la gente diga
mentiras, verdades, lo que sea.
Lo que hay que construir, en el sistema
analógico y en el digital, es la protección de la verdad. Facebook no
debe señalar las mentiras, sino construir un ISO [organismo
internacional para la estandarización] moral, como los que se dan a las
empresas, que identifique aquellas organizaciones de noticias que
cumplen una serie de parámetros. Es una candidez rortiana impresionante
decir que la verdad se defiende sola.
¡Que venga Rorty y lo vea! La
verdad es un bien común y debe ser protegida con los instrumentos de que
disponen los ciudadanos. ¿Qué es esto de que el Estado tenga que
ocuparse de nuestra salud, del gas y de la electricidad y de internet y
de los servicios básicos, pero no de la verdad? La verdad es un servicio
básico.
¿Qué es eso de que como es opinable no hay que protegerla?
Perdone, la verdad no es opinable. Lees Verdad y mentira en política
de Hannah Arendt y ves cosas que son extremadamente modernas,
contemporáneas. Por ejemplo, ese párrafo sobre el nacimiento de la
objetividad: cuando te preguntas no por tus muertos sino por los muertos
de los otros. Es una candidez casi fourierista pensar que el bien y la
belleza no deben ser defendidos.
Pero ¿cómo se lleva eso a la práctica? ¿Cómo funciona ese ministerio?
Se puede descender al ejemplo si se traza el
perímetro. El ministerio de la verdad es una metáfora. En todo caso,
tendría que ser un ministerio transversal. Es evidente, por ejemplo, que
si los medios que tienen la verdad como asunto principal no pueden
sobrevivir económicamente, alguien los tiene que proteger. ¿Cómo
organizamos eso? No lo sé.
Desgraciadamente no puedo decirte cómo,
porque eso requeriría un estudio técnico, jurídico, pluridisciplinar.
Cuando lo dices enseguida surge la objeción: ¿Usted está hablando de
medios pagados? Pero no digo medios pagados por el Partido Republicano:
hablo del Estado.
Y me dicen: Pero es que el Estado... Bueno, la
respuesta es: ¿Conoce usted algo mejor? La verdad debe defenderse y es
la sociedad quien debe hacerlo. Si la sociedad no tiene medios o no cree
que eso le afecta, entonces las élites tendrán que realizar su papel, y
las élites no solo son las élites económicas o de la sociedad civil.
Creo que Google o Facebook tienen un serio asunto que resolver.
Hablábamos del Estado pero Facebook y Google también lo son, en manos
privadas.
Hace poco le decía a Antonio
Lucas que los periódicos deben vivir una revolución, porque se siguen
haciendo como en el siglo XIX.
Lo que no puede ser es que el periódico, ante lo que
ha pasado, siga siendo más o menos organizado con los mismos criterios
que el periódico del inicio de la modernidad. La resignación de las
empresas de periódicos me provoca admiración. Dicen: Bueno, estamos
perdiendo mil lectores o la cantidad que sea al día, qué le vamos a
hacer. Si estás vendiendo algo que por las razones que sean pierde al
día una cuota de mercado de esa categoría, algo habrá que hacer.
Pero
parece que lo se piensa es: Aguantemos hasta la jubilación, a ver si el
trocito de lectores que nos queda dura hasta ese día y después, ¡fuera!
Les pasa también a los editores. Su enorme pereza a la hora de encajar
en la revolución digital viene de ahí. Eran gente de mi edad, que
pensaba que solo había que aguantar unos añitos... Pero no es así.
¿Cómo debe ser ese cambio?
Tendrás que plantearte si realmente vale la pena que
un periódico haga dos ediciones al día. ¿Crees que tiene sentido
practicar del mismo modo el concepto de noticia, si tienes una web que
actualiza las noticias cada cinco minutos? ¿Crees que unas exclusivas
que duran exactamente un milisegundo pueden aguantar un proyecto
periodístico?
¿Qué haces con cosas un poco cursis derivadas de la
experiencia digital pero sobre las que habría que detener la atención,
como eso que dicen que la gente aprecia la experiencia que vive en un
medio o una web? ¿Qué hay del periódico como objeto bello? El periódico
es un objeto. ¿Por qué la gente sigue apreciando el libro de papel?
Quizá tiene que ver con que esté bien editado, esté bien hecho.
¿Deberíamos revisar el concepto de belleza para el periódico? Y a lo
mejor eso sirve a muchos menos lectores de lo que servía antes. Pero eso
ya está pasando.
¿No nos podríamos adelantar? ¿Tiene sentido practicar
la bigamia de dar las noticias y la crónica social por otro lado? ¿Tiene
sentido la inflación de la opinión, por la cual un periódico ha acabado
pareciéndose a una red social en que todo dios opina las cosas más
inverosímiles?
¿Por qué no ponemos a nuestros grandes escritores y a los
jóvenes, en vez de que se pudran en sus gabinetes escribiendo novelas
de mierda por las que no les van a pagar nada, a hablar de hechos,
aunque no les guste? ¿Qué sentido tiene un suplemento? Para todo esto
tienes que estar convencido de una cosa; yo lo estoy, pero lo importante
es que esté convencido quien lo va a comprar.
Para mí el periódico es
útil: es un guion del mundo. Me precio de distinguir a la gente que
tiene la cabeza amueblada, que lee periódicos, de quien solo lee
noticias. Además, estamos perdiendo dinero. La ventaja es que partes de
esa situación. Pero no veo que lo haga el Times ni el Guardian.
¿En qué ha mejorado la prensa en los últimos quince años?
En todo. Está mucho mejor escrita, hay muchas menos
erratas, es mucho más fiable. En general la prensa es como el mundo. ¿En
qué ha mejorado el mundo? Pues en todo. Tengo un gran cariño a mis
muertos, me gustan mucho los escritores del siglo pasado –Camba, Pla–,
pero los periódicos que hacían eran muy inferiores a los que hacemos
nosotros. Y también desde el punto de vista de la literatura, el estilo.
Una de las cosas que los apocalípticos no ven es cómo el WhatsApp ha
mejorado la escritura y la creatividad, el hecho de que la gente se pase
el día escribiendo. Es el ejemplo del mono que escribe el Quijote. Si le das tiempo, lo escribe. Pues ahora hay gente que pasa así el día. Si encima pudiéramos comer de ello, sería maravilloso.
Lleva mucho tiempo analizando los periódicos. ¿De qué manera lo han marcado?
Pienso a menudo en eso. Han sido fundamentales para
mí, y no me refiero a que me gane la vida con ellos. Soy un lector. Todo
lo que sé lo he aprendido en los periódicos. Todo lo interesante de mi
vida lo he encontrado en ellos. Hemingway decía que un periodista debe
saber dejarlo a tiempo. Puede ser, yo no estoy de acuerdo.
Y desde luego
no le pasa al lector de periódicos. Lo que sucede es que los periódicos
lo están abandonando. Pero aun así siguen cumpliendo una maravillosa
función. Siguen alimentando cosas: cómo me entero de lo que se publica,
de lo que hay en el mundo. Me mantengo fiel a la máxima de que lo más
interesante de la vida pública sigo aprendiéndolo en los periódicos." (Entrevista a Arcadi Espada, Daniel Gascón