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7/6/24

¿Qué es ser de izquierdas hoy día? Las 9.120 posibles maneras (como poco) de ser de izquierdas indican que éstas han perdido justamente su identidad común, provocando que el término «izquierda» deje ser un concepto con significado unívoco y perfectamente distinguible y apreciable, como debiera ser el que se proponga vertebrar un relato emancipador de todos los seres humanos... esas diferentes expresiones de la izquierda han renunciado a tener como señal de identidad lo que le es común. O lo que les debiera ser común, los ideales tradicionales vinculados a la liberación de los seres humanos: libertad, justicia, igualdad, paz, derechos humanos, bienestar, seguridad, soberanía, hermandad, cooperación, defensa de la vida… de las generaciones presentes y las futuras... Las consecuencias son fácilmente deducibles: se desmorona el atractivo de la izquierda, su capacidad de seducir a la gente corriente y, en consecuencia, su poder o capacidad para poner en marcha procesos de transformación social profunda que sólo pueden darse hoy día, cuando el poder del capital está más concentrado que nunca, agrupando a amplísimas mayorías sociales en torno a ideales de una gran transversalidad (Juan Torres López)

 "He recibido diferentes comentarios sobre mi artículo anterior en el que analizaba la responsabilidad de la izquierda en el ascenso de la extrema derecha. Algunos de ellos, no publicados en la web, me dicen que soy demasiado crítico diciendo que la izquierda ha perdido identidad como defensora de valores universales. Para tratar de explicar mejor lo que quería decir, voy a desarrollar el ejemplo que mencionaba en el anterior artículo.

Como dije allí, al escribir en mi último libro sobre la responsabilidad de las izquierdas en el ascenso del neoliberalismo se me ocurrió contabilizar sus diferentes corrientes.

Constaté que los principales partidos de izquierda españoles se definen como tales asumiendo que, precisamente por el hecho de serlo, son también feministas y ecologistas. Se puede comprobar fácilmente en los documentos de sus respectivos congresos o asambleas.

Sin embargo, es también muy sencillo constatar que, cuando un partido o una persona dicen ser de izquierdas, no siempre piensan o defienden lo mismo, no tienen las mismas ideas, principios y comportamientos, ni proponen políticas homologables o luchan por conseguir los mismos objetivos.

Entre otras que seguramente se me hayan podido escapar, la izquierda tiene variedades tan diversas como la socialdemócrata, socialista, marxista, autogestionaria, comunista, leninista, trotskista, anarquista, radical, populista, nacionalista, independentista, revolucionaria, indigenista, anticolonial, anticapitalista… Total, como poco, 16.

Decir hoy día que alguien es feminista tampoco aclara mucho. Se puede ser, defender, sentirse o estar de acuerdo con feminismos de muy  diferentes matices o concepciones: liberal, de mercado, radical, socialista, ecofeminista, cultural, de la diferencia, de la igualdad, comunitario, afrodescendiente, posfeminista, popular, lesbofeminista, queer, transfeminista, ciberfeminista, poscolonial, factual, anarcofeminista, provida, o científico, entre otras corrientes que quizá yo desconozca y haya dejado fuera. Hay economía feminista neoliberal y otra radicalmente contraria, por ejemplo. En total, pongamos, como poco, 21 formas de ser feminista.

No se quedan atrás los diferentes ecologismos. Hay, entre otros, liberal, conservacionista, ecomarxista, decrecentista, naturalista, tecnicista, estructuralista, radical, sociológico-político, gaianista, profundo, reformista, meliorativo, cosmético, equitativo, antiecológico, de los pobres, institucional, oficial, activista, conservacionista, ambientalista crítico, ecofeminista en general o de la supervivencia, ilustrado, social o materialista. Un total, como poco, de 27.

De ese cómputo y en función de las combinaciones posibles entre todas esas posibilidades o corrientes, se deduce que, en teoría, hay casi 10.000 formas posibles de ser de izquierdas (9.120, exactamente, tomando solamente en cuenta las 64 de partida que yo he registrado). Y eso, sin tener en cuenta que pueda haber diferencias según el orden o prioridad con que se asuma cada matiz. Es posible, por ejemplo, que quien se defina como anarquista, lesbofeminista y gaianista -por ese orden- se sienta diferente de quien lo haga como gaianista, lesbofeminista y anarquista.

¿Se puede decir, entonces, que hoy día existe una identidad de izquierdas que la gente normal y corriente pueda identificar como tal de modo preciso, inconfundible y perfectamente diferenciado de otras corrientes ideológicas?

Mi tesis es que esas 9.120 posibles maneras (como poco) de ser de izquierdas indican que éstas han perdido justamente su identidad común, provocando que el término «izquierda» deje ser un concepto con significado unívoco y perfectamente distinguible y apreciable, como debiera ser el que se proponga vertebrar un relato emancipador de todos los seres humanos.

Como he repetido muchas veces, la pérdida de esa identidad se ha producido porque todas esas 16+21+27= 64 diferentes expresiones de la izquierda (como poco) han renunciado a tener como señal de identidad lo que le es común. O lo que les debiera ser común, los ideales tradicionales vinculados a la liberación de los seres humanos: libertad, justicia, igualdad, paz, derechos humanos, bienestar, seguridad, soberanía, hermandad, cooperación, defensa de la vida… de las generaciones presentes y las futuras Han preferido mostrarse, cada una de ellas, como singulares y expresión de una particularidad, sea cual sea esta: el enfoque, una concreta atención prioritaria, su diferente grado de radicalidad, o cualquier otro rasgo distintivo.

Además, la causa de la pérdida de identidad común se produce, a mi juicio, porque esas 64 variedades y las 9.120 posibles formas (como poco) de combinarlas entre sí no se han constituido como expresiones de diversidad, un componente que, en su nivel óptimo, enriquece y acelera los procesos de cambio. Por el contrario, se han conformado como auténticos compartimentos estancos entre los cuales, en la mayoría de los casos, hay desunión, incomunicación, falta de entendimiento, animadversión, desprecio y, a veces, hasta piolets o fusiles para acabar unos con la vida de otros. Esto último, casi siempre, en masculino; todo hay que decirlo. Aunque los enfrentamientos no precisamente cordiales entre corrientes feministas también muestran que las mujeres no han sido capaces, todavía y por desgracia, de deshacerse ni de los modos típicos del viejo comportamiento patriarcal, ni del virus competitivo y fragmentador más moderno que esparce el neoliberalismo.

Las consecuencias son fácilmente deducibles: se desmorona el atractivo de la izquierda, su capacidad de seducir a la gente corriente y, en consecuencia, su poder o capacidad para poner en marcha procesos de transformación social profunda que sólo pueden darse hoy día, cuando el poder del capital está más concentrado que nunca, agrupando a amplísimas mayorías sociales en torno a ideales de una gran transversalidad o de especie.

No sé si a otras personas les pasa igual, pero a mí no sólo no me atrae nada, sino que me resisto a tener que elegir entre esas 9.120 posibilidades; no encuentro riqueza alguna en formar parte de alguno de esos cajones estancos. Si acaso, me interesa picotear, aprender, colaborar y llenarme de lo bueno que encuentre en todos esos matices. E incluso en otros que habitualmente no se consideran «de izquierdas» pero que promueven el respeto, la libertad, la justicia y la paz y ayudan tanto o más a mejorar en la práctica la vida de los seres humanos. Es por eso por lo que me parece que, quienes se consideran de izquierdas y principalmente sus dirigentes, deberían preguntarse qué es ser de esa condición hoy día. Yo no tengo clara la respuesta. He decidido rechazar las etiquetas y prefiero considerar que «los míos» no son los que llevan una u otra, sino las buenas personas y quienes, como he dicho, actúan con generosidad para mejorar las condiciones de vida de sus semejantes, sea cual sea el camino que hayan elegido para ello."                 (Juan Torres López, blog, 01/06/24)

10/5/23

¿Qué significa ser de izquierdas? Decálogo del perfecto izquierdista

 "No sé si os habrá pasado que, cada vez que adscribís una acción, una política, una idea a la izquierda, alguien dice: bueno, que eso de ser de izquierdas hoy no quiere decir mucho. Hace pocos días, intentando explicar en qué revista trabajaba a alguien que no la conocía, le dije que era «una revista de izquierdas». La respuesta con cierto retintín, fue: «Bah, eso hoy no significa nada». 

Como si el tránsito del socialismo a la socialdemocracia y, después, que esta asumiese buena parte de los postulados liberales, hubiera convertido ser de izquierdas en una declaración obsoleta, un residuo de aquella Atlántida ideológica cuyo hundimiento empezó con las dictaduras totalitarias que grababan la hoz y el martillo en sus blasones. Así que entre el comunismo imaginario y diabólico, coco que agitan los sectores más reaccionarios, y el liberalismo con tintes sociales, se habría extendido una neblina que difumina cualquier contorno ideológico.

¿Qué significa ser de izquierdas a quienes creemos que significa algo? Para resolver mi propia pregunta he confeccionado una lista de convicciones que marcarían el mínimo (lo subrayo para que no haya malentendidos), de lo que define a la izquierda –aunque no todas sean exclusivas suyas– y en la que podrían reconocerse desde acérrimos anticapitalistas hasta socialdemócratas no abducidos por el neoliberalismo. A ver qué os parece.

–Los beneficios privados están subordinados al interés público. Por ejemplo:

• La protección del medio ambiente, la salud y el bienestar de las personas son mucho más importantes que los beneficios empresariales.
• La política de vivienda favorecerá a los ciudadanos, no a las inmobiliarias ni a las tiendas ni a la hostelería y mucho menos a las multinacionales.
• El Estado defenderá con uñas y dientes la sanidad pública.

–La igualdad de oportunidades es un pilar básico de una sociedad civilizada. Por ejemplo:

• Uno de los objetivos primordiales de la política fiscal será la redistribución de la riqueza. Los impuestos a las herencias y al patrimonio son algunas de las herramientas para dicha redistribución.
• La educación pública recibirá fondos públicos, la privada, privados –salvo cuando, de forma transitoria, la pública no consiga cubrir las necesidades–.
• Una política de becas y ayudas contribuirá a dicha igualdad si no se consigue plenamente por los otros medios.

–Las instituciones públicas están al servicio de los ciudadanos, no del Estado y mucho menos de los partidos. Esto tiene consecuencias obvias sobre la actividad policial, de los servicios de información y de la judicatura.

–Nadie será discriminado por cuestiones de raza, género, sexo, creencias, etc. Para conseguirlo no basta enunciar la no discriminación, son necesarias políticas y leyes que lo garanticen. Esto solo se puede logra en el marco de un Estado laico.

 –Los principios democráticos que se aplican en el propio país son igualmente válidos para las relaciones políticas y económicas con los demás países.

–Una persona de izquierdas desconfía de las misiones bélicas en el extranjero por mucho que se vistan de intervenciones humanitarias. Al final, siempre sirven a intereses económicos y geopolíticos y las poblaciones locales rara vez están en mejores condiciones que antes de la intervención.

–El Estado castigará a toda empresa que desvíe dinero a paraísos fiscales o realice prácticas depredadoras con las personas o con el medio ambiente nacional y de otros países.

–Otro rasgo, que olvidan a veces muchos y muchas izquierdistas, es que la promesa de un futuro más justo nunca disculpa un presente opresivo. Incluso admitiendo la necesidad de la coerción -por ejemplo, frente al delito-, hay que estar muy atentos a esa línea que la separa de la represión (también de quien piensa de manera diferente a ellos).

–La política de inmigración debe respetar siempre la dignidad de las personas y  sus derechos. Si hay una utopía que debe regir la acción de un gobierno de izquierdas es la de satisfacer las necesidades de todas las personas que se acerquen a sus fronteras y de ayudar a satisfacerlas lejos de ellas. Sí, es una utopía; alguna tiene que quedarnos.

–La cultura no es importante por su valor económico, aunque lo tenga. Su valor auténtico se debe a lo que aporta a la vida de cada individuo: la enriquece, genera placer, nos comunica con los demás, crea vínculos. Toda la sociedad se beneficia de ella. Imprescindible apreciar e impulsar la cultura que se crea en los márgenes del consenso social (por ejemplo en los Centros Sociales Okupados).

Pero este decálogo no tiene sentido sin recordar que la izquierda existe porque hubo un movimiento obrero y que es imposible concebir una ideología de izquierdas que no parta de la exigencia de que todo el mundo, independientemente de su actividad o inactividad, tenga ingresos dignos, condiciones laborales dignas y, una vida personal y familiar dignas."                  (José Ovejero , La Marea,  13/09/22)

4/10/22

Un rojipardo suele defender la integridad nacional española (y, más importante, la soberanía). Luego recuperar el nivel de vida de las clases populares, y mejorarlo, con legislaciones específicas para trabajo y vivienda. Cuando hablo de soberanía me refiero al sentido más amplio del término: política, territorial, digital, militar, cultural… Los dos libros que escribieron Manuel Monereo y Héctor Illueca para El Viejo Topo me parecen buenos puntos de partida (‘Por nuevo proyecto de país’ y ‘España: un proyecto de liberación’)... Tanto Podemos como Más País han fracasado porque no se puede ser un populista despreciando a las clases populares españolas, por las que no sienten ninguna simpatía y con las que no tienen ningún contacto cultural cotidiano. Por eso unos hablan de peronismo -están más cómodos con el pueblo argentino- y otros de Ken Loach, el zapatismo o las revueltas de Seattle. El problema es que no conocen Castilla, ni Extremadura, ni Murcia... la izquierda del PSOE encuentra sospechosos muchos sentimientos de la gente normal, trabajadores de barrio o de pueblo. Les incomoda que defiendas vínculos tan sencillos y naturales como querer a tu familia, a tu selección de fútbol o a tu país, por no hablar de sentir afinidad al catolicismo, que es la religión nacional y promueve valores de fraternidad que no deberían ser nunca ajenos a la izquierda

 "Víctor Lenore (Soria, 1972) es crítico cultural en Vozpópuli y cuenta con una larga trayectoria de periodista musical en diversos medios de comunicación. Autor de los ensayos Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural (2014) y Espectros de la Movida. Por qué odiar los años 80 (2018). Actualmente dirige el podcast ‘Truco o Trato’ en Subterfuge Radio.

En los últimos meses, sobre todo, espoleados por el discurso de Ana Iris Simón en La Moncloa, se ha perpetrado toda una ofensiva contra cierta nebulosa ideológica que está a caballo entre el movimiento político y el despertar cultural de una corriente al interno de la izquierda llamada ‘rojipardismo’.

La irrupción de Ana Iris y ‘Feria’ ha cambiado el debate público, sobre todo porque es una voz que habla con el corazón, mientras el resto de los discursos (casi todos) están basados en el cálculo. Ya nos advirtió Marx contra “las aguas heladas del cálculo egoísta”, que es lo que ofrece el Podemos actual, entre la decadencia, la picaresca y el esperpento. Sobre el rojipardismo, quien mejor lo ha definido es Juan Manuel de Prada en el programa de Julia Otero, donde dijo que se trata de personas normales y corrientes que nos negamos a aceptar la normalización de los sueldos de 1.200 euros y pisos de 40 metros cuadrados que nos impiden formar familias y desarrollar proyectos vitales que estaban al alcance de casi cualquiera en la España de los años setenta y ochenta (en el fondo, son reclamaciones parecidas a las del 15-M). El PSOE desguazó a fondo la seguridad de nuestro mercado laboral, deteriorando las condiciones de vida de las clases medias y populares. Quien necesite datos, que busque en Google el Informe Petras, que pagó el propio PSOE y luego escondió en un cajón.

En primer lugar, ¿cómo sintetizarías los puntos clave de esta corriente? ¿Acaso existe o se trata de un hombre de paja? Y aún más importante, ¿Por qué incomoda? ¿Por qué medios como Público, Eldiario.es, CTXT, El Salto Diario, Rebelión.org, Nueva Revolución, pero también El País o La Vanguardia cierran filas contra el peligrosísimo rojipardismo?

Un rojipardo suele defender la integridad nacional española (y, más importante, la soberanía). Luego recuperar el nivel de vida de las clases populares, y mejorarlo, con legislaciones específicas para trabajo y vivienda. Cuando hablo de soberanía me refiero al sentido más amplio del término: política, territorial, digital, militar, cultural… Los dos libros que escribieron Manuel Monereo y Héctor Illueca para El Viejo Topo me parecen buenos puntos de partida. Me refiero a ‘Por nuevo proyecto de país’ (2015) y ‘España: un proyecto de liberación’ (2017). Tanto Podemos como Más País han fracasado porque no se puede ser un populista despreciando a las clases populares españolas, por las que no sienten ninguna simpatía y con las que no tienen ningún contacto cultural cotidiano. Por eso unos hablan de peronismo -están más cómodos con el pueblo argentino- y otros de Ken Loach, el zapatismo o las revueltas de Seattle. El problema es que no conocen Castilla, ni Extremadura, ni Murcia, ni tienen el menor interés, por eso se estrellan en cada nuevos comicios fuera de Madrid. Tampoco es que conozcan mucho más el Madrid de más allá de la M-30.

Está claro que los medios progresistas han recibido con creciente hostilidad el rojipardismo (sea esto lo que sea). No diría que es un hombre de paja, sino un cajón de sastre donde meten a cualquiera que no comulgue con la izquierda ‘progre’, que yo prefiero llamar ‘izquierda caniche’ (siguiendo, una vez más, a Juan Manuel de Prada, que hace análisis muy crudos y certeros de la política nacional). El posmodernismo es una lógica cultural donde todos estamos insertos, pero ante eso podemos escoger enfrentarnos a ella o bajar el morro, que es lo que hace la izquierda caniche o domesticada. Está cristalizando un nuevo macartismo que no permite desviaciones de los dogmas progresistas, por eso muchos estamos en listas negras de las redes sociales, pero también empieza a cuajar un discurso muy potente que los ‘progres’ estigmatizan como rojipardo y que yo prefiero llamar nacional-popular. Podemos y Más Madrid son la izquierda más pija, esnob y desconectada de la calle que ha padecido este país (lo cual es una putada porque en esos movimientos hay muchos cuadros y militantes valiosos, que intentan mejorar el país de buena fe). Por eso llega una voz como Ana Iris Simón, que comparte preocupaciones con la gente común, y enseguida recibe una enorme atención y respeto (cien por cien merecida, en mi opinión). Y se ponen a rabiar y atacarla con mucha más bilis que a un neoliberal como Pedro Sánchez. Eso les retrata y no salen especialmente guapos.

También quiero decir que hay firmas de El País que ven muy exagerada la histeria contra los rojipardos y lo han expresado en sus textos: recuerdo una pieza muy bonita de Joaquín Estefanía y algunos chistes de Daniel Gascón en su último libro de la saga “Un hipster en la España vacía”. Uno de los personajes comentaba esto: “No quiero parecer un rojipardo o un neofalangista, pero la verdad es que quiero a mis padres”. En este chascarrillo hay mucha verdad: la izquierda del PSOE encuentra sospechosos muchos sentimientos de la gente normal, trabajadores de barrio o de pueblo. Les incomoda que defiendas vínculos tan sencillos y naturales como querer a tu familia, a tu selección de fútbol o a tu país, por no hablar de sentir afinidad al catolicismo, que es la religión nacional y promueve valores de fraternidad que no deberían ser nunca ajenos a la izquierda.

Esta proliferación emotivista visceral cuenta también con publicaciones monográficas bajo títulos como: ‘Los nuevos odres del nacionalismo español’, ‘Extrema derecha 2.0’, ‘Neorrancios: sobre los peligros de la nostalgia’ o ‘De los neocón a los neonazis’ que tratan de desenmascarar (siempre con lenguaje marxistizante, claro) la verdadera relación entre la extrema derecha y dicha corriente. El último dislate es el titular que definía el libro colectivo ‘Neorrancios’ como un “manual para desactivar a una izquierda que se da la mano con la extrema derecha”. ¿Crees que lograrán cancelar y perseguir lo suficiente a sus disidentes como para desactivar a dicha izquierda?

No tengo ningún problema con incluir las emociones en el debate político, de hecho, es imposible excluirlas, pero las críticas que mencionas al rojipardismo suelen ser muy flojas. Que una periodista de tendencias de la revista S Moda arremeta contra Feria, Pedro Insúa o contra mí solo puede beneficiarnos. La columnista progresista Elizabeth Duval dijo en el programa de debate Gen Playz que el libro “Neorrancios” solo había servido para promocionar esta nueva corriente nacional-popular. Tiene toda la razón.  A una escala muy pequeña, es como cuando todas las estrellas de Hollywood se unen contra Donald Trump y eso activa a sus votantes. O como cuando Rosalía comparte en Instagram una imagen con la frase “Fuck Vox” desde su avión privado y toda la cúpula del partido verde lo retuitea porque saben que les beneficia la imagen de una estrella pop sin mucho conocimiento político, y cien por cien alejada de sus problemas, diciendo a los votantes “no metas esta papeleta en la urna”.

También te digo que darse la mano con la derecha radical no me parece rechazable por sistema: si hubiese un sector de Vox favorable a subir el SMI o comprometido con que España recupere soberanía no sé qué problema hay en sentarse con ellos y avanzar en ese sentido (de hecho, yo sospecho que ese sector existe y que crecerá). La matraca del cordón sanitario se lleva aplicando en Francia desde los años noventa y el resultado ha sido un crecimiento continuado de Reagrupación Nacional, que por primera vez puede estar en el Elíseo. Me encantaría que España tuviese una derecha enraizada en los valores católicos contra la exclusión y la pobreza, partidos que se tomasen en serio lemas como “Ni un hogar sin lumbre, ni un español sin pan”. Y, sobre todo, que se enfrentase a la UE, Silicon Valley y las franquicias transnacionales para defender a los empresarios españoles, pequeños, medianos y grandes. El distributismo cristiano es un enfoque económico que podría cuajar perfectamente en España si se articula una derecha social.

¿No te da la sensación de que se ha escrito un mismo artículo en 20 medios de comunicación diferentes? De algún modo se crea un marco de sospecha sobre quienes defienden el patriotismo, la familia, el derecho a la vivienda, los derechos laborales y la estabilidad de pareja…

Machacan tres lemas de manera constante, aunque es justo admitir que nosotros hacemos lo mismo. Esto es una batalla cultural y hay que ser siempre tan pesado como el enemigo. Últimamente lo que más me jode es la hipocresía de esa izquierda que arremete contra la familia tradicional, pero vienen justamente de familias tradicionales, donde impera el apoyo mutuo. Viven de sus padres casi hasta que llega la herencia, sin apenas manchar su hoja de vida laboral con un paso por ninguna empresa privada. Un antiguo amigo marxista tiene una forma muy graciosa de explicar este fenómeno: la izquierda madrileña pasa los veinte y treinta de fiesta en Lavapiés, compartiendo juergas con precarios y migrantes, pero a la hora de emparejarse remontan como salmones la carretera de La Coruña para criar junto a otro blanco rico de los municipios con renta más alta de la comunidad (Pozuelo, Las Rozas, Las Matas, Galapagar, Collado Villalba…). Se pasan la vida diciendo que la propiedad es un robo y que hay que abolir las herencias, pero no he escuchado que ninguno renuncie a la suya para dársela al Patio Maravillas ni a Traficantes de Sueños. Lo que proponen, básicamente, es la disolución de los lazos para la gente pobre mientras ellos cultivan los suyos a la manera tradicional de la clase alta. No hay nada más parecido a un elitista de derecha que un elitista de izquierda.

Uno de los redundantes artículos que han ido apareciendo definía a los seguidores de esta corriente como los “guardianes del templo”. Resulta gracioso dado que quienes convirtieron su relato en ideología dominante es la pseudoizquierda institucional (con presupuestos antropológicos libertarios y nihilistas). ¿No son, en realidad, los Antonio Maestre, Steven Forti, Pablo Batalla, Elizabeth Duval de turno, los verdaderos guardianes del templo? Ellos son quienes desde los medios mainstream reaccionan a la reacción. Ellos prescriben valores desde su púlpito. Diego Fusaro suele citar la mítica entrevista de 1975 a Pier Paolo Pasolini en la que profetizaba una nueva inquisición que “utilizará vuestras palabras progresistas” y “sus clérigos serán clérigos de izquierda”. ¿Qué opinión te merece esta profecía? ¿Acertada o errática?

En la lista de nombres que citas creo que hay casos muy diferentes. Siento incluso admiración por Elizabeth Duval, que ha roto algunas dinámicas políticas demenciales. Me gusta que se ponga una rojigualda en su perfil de Twitter, demostrando que para la mayoría de la gente joven de izquierda esta es hace tiempo la bandera de todos. También estoy de acuerdo con ella en que la izquierda del PSOE no va a ningún sitio si se limita a vender el miedo a Vox. Y creo que es inteligente negarse a ser encasillada como activista trans. Pablo Batalla tiene algunas intuiciones interesantes, aunque en Twitter me parece muy adolescente, y le lastran tesis loquísimas como que el gol de Iniesta en Sudáfrica es un precedente de la represión policial de Cataluña el uno de octubre de 2017. 

Steven Forti carece de cualquier talento que no sea el de comisario político, pero esto tampoco lo hace tan bien porque no ha logrado cancelar nunca a nadie. Sobre Maestre, la verdad es que sospecho que sale en tantas tertulias televisivas porque a los dueños de las cadenas les conviene mostrar que la izquierda es un señor friki hiperventilado que te regaña cuando no coincides con su visión moral. Creo que alguien tan íntegro, moderno y hedonista como Pasolini se pondría muy triste con el nivel de sumisión al sistema de la izquierda española en 2022. Y, sobre todo, se enfadaría con el asco de la izquierda del PSOE hacia el pueblo llano, con el que la mayoría se sienten tan incómodos (solo hay que ver cómo han acabado todos los obreros y campesinos que pasaron por Podemos, desde Diego Cañamero a Óscar Guardingo, pasando por Alberto Rodríguez). 

¿Podrías definir sucintamente los ejes principales de la ideología woke-progre?  ¿Qué papel juegan firmas como la tuya, Diego Garrocho, Juan Soto Ivars, Hasel Paris, Esteban Hernández o Daniel Bernabé contra esto? Si Nietzsche estuviera vivo quizá no cargaría tintas contra la moral cristiana, sino contra este ethos neoliberal-posmoderno: una verdadera moral de esclavos.

El wokismo es una versión pijo-académica del puritanismo protestante anglosajón de toda la vida. En el fondo, parecen señoras burguesas preocupadas por el buen tono y las buenas costumbres. Hace poco tomaba un café con un conocido director de cine y me contaba que viaja mucho por festivales internacionales y le toca cenar en la misma mesa que directores y guionistas ‘woke’, que son los que suelen ganar los premios. Me soltó esto: “¿De qué crees que hablan entre plato y plato? Lo típico es que la directora de clase alta libanesa, que ha hecho un drama desgarrador sobre un niño mutilado por una mina antipersonas, hable sobre irse a esquiar a los Alpes o sobre lo mal que está el servicio en su dúplex de Central Park. Son las típicas burguesas de los tés de caridad de toda la vida”, lamentaba. 

La lista que mencionas me parece llena de periodistas y pensadores valiosos, algunos son amigos y a otros simplemente les admiro. De Garrocho destacaría que no solo aspira a escribir -siempre con profundidad-, sino que sé que trabaja para articular cierto asociacionismo colectivo que nos permita ser más eficaces (eso va a ser crucial). Soto Ivars, tantas veces acusado de equidistante, suele tener  posiciones muy valientes y bien argumentadas, además de su talento -que envidio- para conectar con amplias capas de la población sin rebajar el rigor de su discurso. De Hasel Paris, que es muy joven, diría que es alguien que siempre me hace pensar, esté o de acuerdo con sus textos, que algunas veces encuentro demasiado tajantes. Me parece admirable su energía para enfrentarse a los dogmas del discurso dominante (algo que nos hace muchísima falta). Esteban Hernández para mí es un maestro del sentido común, sobre todo en el análisis de las relaciones de poder social, además de quien mejor ha explicado la trágica debacle de la clase media en España (y el error de la izquierda al defender que la clase media es un espanto del que hay que deshacerse). Por último, Bernabé es un izquierdista de los de antes, con quien muchas veces no coincido y que culturalmente veo algo elitista y anglófilo, pero que ha tenido el enorme mérito de poner en el centro del debate la tesis de Hobsbawm y Mark Lilla contra las políticas de la identidad, haciendo además aportaciones propias.  Y admiro su aguante para sobrevivir a sucesivos linchamientos de la izquierda ‘cool’. 

Las pasadas elecciones de Castilla y León y el papelón de la izquierda caniche son la enésima crónica de una muerte anunciada: la de aquel bonito proyecto que pese a nacer en las calles y rebelarse contra la precariedad neoliberal se ha convertido en el primo tonto de un PSOE que se cree invencible. ¿Cuál es tu balance? ¿En qué anda despistada la izquierda oficial?

Cada vez me siento más castellano viejo (castellano pollavieja, dirán los ‘wokes’). Mi padre viene de un pequeño pueblo de Burgos, Cilleruelo de Abajo, mientras mi madre es de San Esteban de Gormaz en Soria. Pasé muchos meses allí en 2021 durante la pandemia y me fascinó lo desconectada que está la izquierda del PSOE de los problemas de esos entornos. Podemos y Más Madrid solo entienden el campo como lugar de turismo rural. En vez de incorporar al partido organizadores comunitarios que vivan en esos entornos (jóvenes agricultores, trabajadores sociales, dinamizadores culturales…) se dedicaron a mandar paracaidistas con el discurso pijiprogre de la calle Argumosa, que es donde se reúnen en Lavapiés (Madrid). Los resultados se venían venir: confieso que incluso me sorprendió que consiguieran un diputado. En vez de leer tantos pensadores anglosajones pop de moda como Mark Fisher (que tiene textos muy interesantes, pero vivió sobre todo en su burbuja ‘trendy’), ya podrían ponerse alguna vez con las novelas de Miguel Delibes, aunque les duela el retrato que hacen de urbanistas empanados como ellos (y como yo, que no me excluyo de estas categorías en absoluto).

En otro orden de cosas, alguna vez has apuntado que “la derecha tiene derecho a formarse”. Muy en contra del mantra izquierdista absurdo de que el fascismo se cura leyendo o aquel en que el intelectual sólo puede ser de izquierdas, ¿Cómo valoras la emergencia de foros de pensamiento como el Instituto Superior de Sociología Economía y Política (ISSEP) que ha sido catalogado como “la escuela de la intolerancia”?

Entre las muchas disfunciones de nuestra izquierda progre destaca el clamar por una derecha civilizada, culta y moderna a la vez que se ponen histéricos cuando un proyecto de derecha da pasos en esa dirección. ¿Cómo no va a ser buena noticia que la derecha madrileña forme a sus cuadros jóvenes entre libros de Juan Manuel de Prada, clases de la filósofa católica Mariona Gumpert y análisis tan sólidos del capitalismo moralista como los de Miguel Ángel Quintana Paz? Es muchísimo mejor que lo que había antes, que en muchos casos era una derecha que se limitaba a copiar los discursos anglosajones de “bajemos los impuestos a los ricos y la economía se reactivará sola”. Es alucinante que Manuel Borja-Villel, que presume de marxista, reciba fondos constantes para El Reina Sofía por parte de Ana Botín mientras que Quintana Paz (que podría considerarse próximo a Vox) articula algunas de las críticas más sólidas a la banquera.

Llamar a ISSEP “escuela de intolerancia” demuestra muy poca cintura porque la intolerancia es un valor que debemos cultivar, ya que muchas inercias del sistema moderno son intolerables (desde los oligopolios digitales de San Francisco a los vientres de alquiler, pasando por los desahucios de familias arrasadas por las crisis especulativas) . El propio Slavoj Zizek, un filósofo posmarxista, tiene un ensayo breve muy potente titulado ‘En defensa de la intolerancia’. Me parece triste que gran parte de la izquierda española viva apegada a un discurso endeble y oenegero (ONGs) que no sirve para relacionarse con la realidad política y social actual.

¿Qué se pierde cuando el rival no se forma intelectualmente? ¿Qué opinas de la cantidad de pensadores jóvenes que está emergiendo en las filas de una derecha cristiana iliberal? ¿Enriquece el debate público? ¿Qué papel en tu opinión debe jugar una hipotética alianza entre socialistas-comunistas-cristianos y populistas iliberales?

Me parece evidente que la energía antagonista ha cambiado de bando en los últimos años desde la izquierda hacia la derecha. Yo siempre voy a atender más a un pensador cristiano, aunque sea de derecha, que a un posmo prosistema con chapita de la Agenda 2030 como los que abundan en la izquierda madrileña (aunque por desgracia también hay cristianos con la chapita). Para mí los grandes espacios para encontrarnos son el soberanismo nacional, el antielitismo y los valores católicos. También la defensa de los servicios públicos como las bibliotecas, la atención primaria y el sistema de pensiones. Defensores de estas cosas hay en la izquierda, la derecha y en el centro reformista. También hay apolíticos de buen corazón, por supuesto. Igual incluso son mayoría.

Como editor de la sección de cultura de Vozpópuli, en qué punto crees que se encuentra la cultura española. ¿Existe un legado cultural propio que merezca ser defendido de los productos culturales anglosajonizantes o, por el contrario, debemos seguir la consigna orteguiana y mirar hacia la Europa continental? ¿Qué reivindicas tú?

Para mí es hora de mirar a América Latina y a África como países hermanos. De allí han salido formas asombrosas de autoorganización del ocio musical, por ejemplo, los soundsystems que dieron lugar al dub, el hip-hop, las raves, los sonideros mexicanos y los picós de Colombia. También debemos mirar a nuestras propias costumbres: los merenderos de las bodegas de Castilla, el poteo vasco y el botellón juvenil son también formas de autoorganizar el ocio y la relación social de manera no individualista. Nuestra música popular más potente, el flamenco, es un ejemplo de siglos de cómo los excluidos y perseguidos pueden crear sus propias formas de arte, estéticamente superiores a las burguesas. Es trágico que esté desapareciendo nuestra red de librerías, bibliotecas, cines, teatros y asociaciones culturales por culpa del arrase de cuatro corporaciones de Silicon Valley. 

En el ámbito del periodismo, ¿qué impacto tanto positivo como negativo ha comportado la incorporación masiva de las nuevas tecnologías y las lógicas de mercadotecnia? ¿Qué deriva crees que seguirán los medios de comunicación en la era de la sobreinformación digital? ¿Añoras lo analógico?

No envidio especialmente lo analógico, pero sí las condiciones del gremio en los años noventa, que es cuando yo comencé a trabajar. La llegada de Internet arruinó el periodismo escrito, destruyendo la red de quioscos y quedándose Google la inmensa mayoría del pastel publicitario. La sobreinformación es una forma de censura, mucho más sofisticada que la clásica de impedirte publicar un contenido. Es más eficaz saturar que denegar. Los medios no sé qué deriva tomarán, pero la situación de precariedad es extrema y creciente, además de depender en exceso de la publicidad corporativa e institucional, aunque sean ya migajas.

Hace poco oí decir al filósofo Ernesto Castro que (al contrario de lo que se suele pensar), el auge de las redes sociales pueden ser un caldo de cultivo propicio a la apertura de espacios para el diálogo filosófico, para la emergencia de un clima cultural renovado. De hecho, describía a las nuevas generaciones de youtubers y streamers como personas dotadas del “buen decir”, de la retórica (en el mejor de los sentidos). ¿Coincides o discrepas?

Discrepo completamente. Por supuesto, en redes sociales podemos encontrar a gente muy articulada y despierta, el propio Ernesto Castro entre ellos. El problema es un sistema social donde cada vez se achican más los espacios físicos y por eso nos vemos todos empujados a relacionarnos casi siempre en redes. Bajas al barrio y son todo franquicias, tiendas cerradas y espacios privatizados. Lo importante es recuperar esos lugares comunes, tal y como ha explicado el filósofo Fernando Broncano, en vez de centrar nuestras energías en elevar el nivel de Internet, donde al final los beneficios se los llevan siempre cuatro magnates gringos.

Por otro lado, precisamente es en estos foros donde está pujante un perfil de influencer muy cercano a posturas anarcocapitalistas. Pienso en canales como Wall Street Wolverine, UHBH, Libertad Y Lo Que Surja, LIBERTAD TV, Orden Espontáneo TV, y figuras destacadas como Miguel Anxo Bastos, Juan Ramón Rallo o el recién fallecido Antonio Escohotado. Esto me recuerda a aquello de Machado: “Haced política, porque si no la hacéis, alguien la hará por vosotros y probablemente contra vosotros”. ¿Qué daños puede provocar en la juventud un contenido que está patrocinado por casas de apuestas y agencias de inversión en bolsa? ¿Qué hay de figuras como Elxokas que han cambiado repentinamente de discurso en torno al marcharse o no a Andorra para tributar menos? ¿Crees que ese es un espacio de disputa ideológica que la izquierda antiliberal debe ocupar? ¿Sabes de algún fenómeno comunicativo -más allá de Ibai- que trabaje en esa línea? Parece que Santiago Armesilla, Guillermo del Valle, Jon Illescas y otros se han animado…

Respeto mucho que Ibai defienda pagar sus impuestos en España, pero en el fondo su figura es la de un ‘influencer’ que introduce en nuestro país las novedades de los oligopolios tecnológicos. Lo que él ofrece es una promoción constante del fútbol de élite, los videojuegos y la comida basura (que tanto anuncia). Como horizonte político, me parece poco interesante. Por supuesto hay un espacio de disputa donde se encuadran todos los nombres que citas, por los que tengo máximo respeto. Más que escoger a un Youtuber u otro como mi favorito, me parece más interesante denunciar la política de sumisión tecnológica del PP y el PSOE hacia Silicon Valley. Todo esto tiene que ver con una visión errónea de la modernidad: desde los años ochenta, en España que confunde demasiadas veces ser moderno con estar a la última de las  novedades del mercado (y poder comprarlas, claro). 

En el mundo digital todo se convierte en un enorme supermercado. En especial me interesa tu opinión respecto al supermercado del amor en la era de las Apps de citas. Zygmunt Bauman desarrollaba el concepto de “amor líquido” sugiriendo que “En una vida de continua emergencia, las relaciones virtuales superan fácilmente lo real. Es la capacidad electrónica de multiplicar los encuentros interpersonales, lo que les confiere un carácter fugaz, desechable y superficial. Las relaciones virtuales están provistas de las teclas suprimir y spam que protegen de las pesadas consecuencias (sobre todo, la pérdida de tiempo) de la interacción en profundidad”. ¿Cómo se puede revertir esta situación? Conociéndote imagino que en tu opinión el poder congregador de la música puede jugar un papel interesante…

A mi juicio, Michel Houellebecq ha hecho la crítica más clara y completa de este fenómeno, desde su novela ‘Ampliación del campo de batalla’ hasta ‘Plataforma’ y ‘Serotonina’. Las relaciones sexuales, que antes de Mayo del 68 estaban en un alto grado  ajenas al mercado, ahora son otros sector del consumo y del consumismo, con perdedores y ganadores radicales.  También es muy interesante lo que explica  JG Ballard en su libro ‘Noches de cocaína’, curiosamente situado en el Levante español. Lo que viene a decir es que vivimos narcotizados por el confort o pseudoconfort y que incluso la violencia y la enfermedad mental son preferibles a esta empanada existencial que llevamos encima. Por supuesto, una salida a esto es potenciar espacios de relación comunitaria donde la música popular puede jugar un papel importante. Te lo digo solo medio en broma: Juan Gabriel y Rocío Jurado pueden darnos una educación política antielitista tan potente como la que ofrecen Terry Eagleton y Slavoj Zizek

¿Qué tipo de relaciones se está fomentando entre los preadolescentes que tienen móvil desde hace ya tiempo? Hay, por ejemplo, una crítica feminista sugerente acerca del nocivo impacto del porno en la psique de nuestros jóvenes…

Por supuesto, la pornografía es una mierda enorme, no solo un sucedáneo de las relaciones sino un sustituto en muchos casos. Tener la fuerza de voluntad para no usarla es uno de los caminos al placer y la cordura. No rechazo la pornografía por su contenido explícito, sino porque muchas veces es un obstáculo psicológico para disfrutar del sexo real.  Las autoras feministas han hecho buenas críticas a este fenómeno, sin duda. Recuerdo el libro “Lo que esconde el agujero”, de Analía Iglesias y Marta Zein, que explica de manera muy rotunda que el porno hace peores nuestras vidas sexuales y nuestras vidas en general.

Por último, ¿con cuál de los insultos que has recibido como sinónimo de rojipardo te quedas? ¿Cuál te parece más original? ¿Cabe espacio a la reapropiación de etiquetas como “nazbol”, “tricornio”, “neorrancio”, “neofalangista” o “rojipardo”?

Una vez preguntaron a Javier Tebas, presidente de La Liga de Fútbol Española, si seguía profesando la ideología falangista. Su respuesta fue algo así como “si me preguntas si aún creo que todos los españoles deben tener una casa, educación y un trabajo pues sí, sigo pensando lo mismo que hace años”.  Si “tricornio” es no tragar los delirios de los indepes que quieren desmembrar mi país pues soy muy tricornio. “Neorrancio” también seré porque prefiero el cante plebeyo de José Menese antes que el posmoderno Niño de Elche (aunque encuentro su voz muy bonita). También prefiero a De Prada, Delibes y Ana Iris Simón antes que a la mayoría de los ensayos que arrasan en las librerías cool de Malasaña y el Raval. “Nazbol” lo acepto también porque me cae bien Limónov, aunque prefiero nacional-popular, digamos Miguel Hernández, Pasolini y Camela. Mi insulto favorito sin duda es “pollavieja”, algo complicado de rebatir porque mi aparato genital va a cumplir pronto medio siglo. Creo que debemos desconfiar de los movimientos políticos que estigmatizan a los mayores, desde la Revolución Cultural de Mao hasta Mayo del 68 o el propio partido nazi. Con todos los problemas que hay en el mundo, preocuparse por la edad avanzada de nuestros penes me parece estar muy perdido (y es triste menospreciar cualquier fuente de alegría)."                 

(Entrevista a Víctor Lenore, El Viejo Topo, Nº 412 (Mayo)

22/7/21

Lo de Ana Iris Simón o porque necesitamos una izquierda conservadora... reconstruir nuestras comunidades debe ser la tarea fundamental para responder a los dolores de los de abajo... una izquierda que no renuncie a las tradiciones de sus pueblos, que ofrezca una “democratización” de las relaciones sociales más opresivas, pero que defienda las que aun ejercen de dique comunitario, frente a la sociedad neoliberal de comunidades rotas, fragmentadas... No podemos continuar regalando a la derecha asideros tan importantes: la familia, la patria o la religión pueden tener un sentido progresista

 "El pasado 23 de mayo, la izquierda twitter protagonizo el enésimo enfrentamiento interno virtual. Cualquiera que esté un poco politizado recibió en sus notificaciones que una periodista cultural conocida como Ana Iris Simón, había pronunciado un discurso ante la mirada del presidente del gobierno en el marco del programa Reto Demográfico del documento España 2050 contra la despoblación.

 La periodista, conocida en nuestro mundillo por ser una redactora de la revista Vice, acaba de publicar una novela sobre sus orígenes familiares: “Feria” (2020, Círculo de Tiza). El primer capítulo de esta es uno de los artículos que publicó hace dos años en Vice titulado “Me da envidia la vida que tenían mis padres con mi edad”, la misma muletilla con la que inició su discurso el otro día.

La reacción a su discurso inundó las redes sociales, llegando a TT en Twitter. Conocidas personas e intelectuales de espacios políticos progresistas tacharon el mismo de “falangista” o “reaccionario” o “rojipardo”. La periodista se granjeó la enemistad de ciertas cuentas por su mensaje acerca de la familia o la migración. 

Otros señalamos una cierta coherencia con los valores de izquierdas, cuando denunciaba los precios abusivos de los alquileres, la precariedad o el despoblamiento rural. Al tiempo que algunas opiniones de ella sobre el feminismo o las migraciones nos han parecido peligrosas, creemos que ha situado temas importantes en la agenda mediática y que lejos de la cultura de la cancelación con la que se ha recibido su discurso y su libro, la izquierda debería afrontar con valentía e inteligencia el debate sobre la inmigración o la familia.

Aquí me parece ver un problema ideológico de la izquierda, que no ha dado respuesta a los diferentes retos que la crisis del 2008 planteó, y que ya venían del momento neoliberal inicial de los años 70. En ese momento, después de los “30 gloriosos” años de socialdemocracia, el curso político giraba a la derecha y bajo el discurso conservador de Thatcher y Reagan empezaba a latir una “revolución antropológica” que trastocaba las bases mismas de la sociabilidad humana.

 Al respecto, y humildemente, me parece que Ana Iris se plantea el mismo problema que Pasolini: qué hacer cuando la comunidad humana se rompe y los vínculos sociales que la sostenían se disuelven.

La ideología del progreso en el marxismo

Esto no es nuevo, ya el propio Marx advertía de que el modo de producción capitalista provocaba la disolución de «los abigarrados vínculos feudales» y las «venerables tradiciones» y en el que «todo lo estable se esfuma» y «todo lo santo es profanado». El barbudo veía en esto un avance inmenso respecto a las formas comunitarias anteriores: el pasado feudal era borrado de un plumazo por la gran industria.

Quizá el panfleto del Manifiesto Comunista circuló más que el capítulo 24 del Libro I de El Capital, donde se describía el proceso de acumulación originaria como el proceso de desposesión y cercamiento de los bienes comunes. Con evidente tono de denuncia moral, Marx habla de la imposición del trabajo asalariado mediante leyes de mendicidad, o contra la picaresca que provocaban que se tuviera que pedir permiso a unos terceros para vivir.

 El capitalismo, a pesar de que incubaba grandes posibilidades de progreso, suponía un gran precio a pagar por los pueblos: no solo borraba de un plumazo la “antigüedad moral” y violaba sus tradiciones milenarias (que incluían una amplia gama de recursos compartidos en forma de bienes comunes) sino que suponía la pérdida de la libertad de los muchos.

La mayor parte de la tradición marxista, en lugar de seguir por este camino, prefirió hablar de la inevitabilidad histórica del capitalismo y el progreso que suponía la destrucción de algunas formas de comunidad humana.

Así que cuestiones como la familia, la nación, las tradiciones o la religión pasaban a ser identificadas automáticamente como parte de una superestructura burguesa que debía ser extirpada para que, de entre las cenizas de la vieja sociedad demolida, emergiera un “hombre nuevo” desligado completamente de esas formas comunitarias. Un legado que, sin duda, se heredó del desarrollo político-institucional de la Ilustración que, fruto de la derrota frente al capitalismo, terminó derivando en ese “monstruo de la Razón” que agudamente describiría Goya en su cuadro. Por decirlo con Fernández Liria, «es como si al demoler las catedrales los parlamentos perdieran todo su interés para el ser humano».

Desgraciadamente, a lo máximo que llegaron los herederos de Marx en el siglo XX fue a enseñarnos un camino en el que, como dijo Žižek, después del triunfo revolucionario siempre llegaba el Termidor. Se volvía al orden después del caos revolucionario bajo formas sociales conocidas, ya que los experimentos colectivistas no habían acabado demasiado bien.
 

Esto debería llevarnos a la misma conclusión que llega Santiago Alba Rico: que los principios socialistas se habían incubado en un suelo parcialmente podrido. Una, si se quiere, «coyuntura epistémica» bajo la cual el socialismo se había forjado en un magma de positivismo, crecentismo y progreso.

El neoliberalismo y la revolución permanente antropológica

Y justamente, tras la caída del Muro de Berlín y la expansión de la globalización capitalista, nos encontramos con que el neoliberalismo ha convertido en pesadillas atenazadoras todos y cada uno de los sueños emancipadores del socialismo: el socialismo demandaba un mundo nuevo y el capitalismo nos proporciona uno cada mañana, sin historia y sin memoria. 

El socialismo quería producir más valores de uso y el capitalismo ha arrojado sobre nuestras cabezas tal avalancha de mercancías que su propio exceso suspende toda condición de uso (y amenaza la propia existencia del planeta). El socialismo quería eliminar la división del trabajo y las “especializaciones” alienantes y el capitalismo nos ha concedido inmediatamente el trabajo precario, la flexibilidad laboral, la deslocalización y las empresas de empleo temporal.

En definitiva, como ya se ha afirmado muchas veces, la sociedad neoliberal es una sociedad de comunidades rotas, fragmentadas. El nuevo hombre neoliberal, es una persona desarraigada, sin tradiciones, soltera: es decir sin vínculos sociales. O, como decía Ana Iris, una persona que es incapaz de salir de la juventud, los itinerarios vitales se alargan, nos vemos compartiendo piso hasta los 30 años porque los alquileres no bajan, o nos imaginamos que deberemos emigrar de nuestros lugares de origen porque no tenemos ninguna oportunidad laboral.

 Por no hablar de la nueva oleada de enfermedades mentales. Como decía Cesar Rendueles en una conferencia que algunos harían bien en volver a ver, esta ruptura de la comunidad ha derivado en el alza de enfermedades mentales al mismo tiempo que las tasas de afiliación sindical caían hasta ser el país de la OCDE con menos afiliados y uno de los países europeos con menor tasa de asociacionismo. Esto era en 2016, imaginad cual es el resultado después de la pandemia y el confinamiento.

Rendueles hacía notar que frente al lenguaje del individualismo, se debía oponer el lenguaje de la obligación. Que hay lazos y reglas sociales que no dependen exclusivamente de las preferencias puntuales de los individuos, y que el proceso de cambio de estos debería ser fruto de una reflexión colectiva como sociedad. Aunque sin duda, relaciones de este tipo, obligatorias se vuelven absolutamente necesarias frente a la lógica nihilista y hedonista.

También lo vemos en las relaciones amorosas, prima el lenguaje de la preferencia individual que el lenguaje colectivo de la obligación. Como explicaba Eva Illouz, el mercado ha penetrado también en nuestras relaciones sentimentales.

Recomponer y reconstruir nuestras comunidades debe ser la tarea fundamental de una fuerza política que quiera responder a los dolores de los de abajo. O como también diría Alba Rico, se trata de preguntarse si, antes de seguir adelante, no es necesario recomponer algunos de esos lazos para poder, al mismo tiempo, combatir desde alguna parte y conservar alguna cosa para cuando haya que comenzar de nuevo.

Una izquierda arraigada y conservadora.

Esta propuesta de una izquierda que arraigue en los territorios y que conserve todo aquello que merezca la pena conservar, se pudo ver en el 15-M. En cierta forma, el mayo español de 2011 fue un anti-mayo del 68. Una serie de demandas muy básicas que escandalizarían a los estudiantes franceses de la Sorbonne, encabezaban la manifestación principal: sin casa, sin curro, sin pensión. Un trabajo y un techo dignos, para poder emanciparse, para poder dejar la juventud atrás y (si se quiere) formar una familia y una pensión para envejecer con dignidad. 

Demandas poco “eróticas” pero muy efectivas contra un régimen que había prometido precisamente esas cosas, quizá por eso el movimiento obtenía la simpatía de casi el 80% de la sociedad, era una revuelta del sentido común.

¿No es acaso lo que se pone de relieve cuando Ana Iris dice que echa de menos la vida que vivieron sus padres? ¿No decíamos en el 15-M que íbamos a ser la primera generación que iba a vivir peor que sus padres?

Yo encajaría aquí el mensaje de la periodista. Explicaría que sí que hay un problema de despoblamiento rural, que las vidas urbanas son cada vez más miserables, que hay una falta de horizontes y que la precariedad nos asfixia. Así, claro, nadie puede tener una familia. ¿Queremos tener una? Pues habrá quien sí, y quién no. La cuestión sería entenderla dentro de más formas comunitarias que pueden ofrecer, como diría Cristopher Lasch, refugio en un mundo despiadado. 

No se trata de obviar la vertiente represiva del mundo de nuestros padres y madres (de hecho la escritora lo ha enfatizado en muchas entrevistas) ni de obligar a las mujeres a ser amas de casa ni a los hombres a volver a las fábricas. Sino de no juzgar con moralismos, aprender y conservar lo bueno, criticar y deshacerse de lo malo. Pero como diría el viejo refrán “no hay que tirar al niño con el agua sucia”.

Decía Chesterton que la tradición es la democracia de los muertos y Marx que el cerebro de los muertos oprimía el cerebro de los vivos. Entre ambas fórmulas me parece divisar una izquierda que no renuncie a las tradiciones de sus pueblos, que sepa ofrecer una “democratización” de las relaciones sociales más opresivas pero que defienda las pocas que aun ejercen de dique comunitario frente al neoliberalismo. No podemos continuar regalando a la derecha asideros tan importantes: la familia, la patria o incluso la religión pueden tener un sentido progresista.

Una comunidad más fuerte es también una comunidad con más capacidad para luchar.
Que se lo digan a los indígenas latinoamericanos que llevan siglos defendiendo sus tradiciones y sus formas de vida comunes frente al capitalismo. Nos hemos dedicado a transformar el mundo cuando de lo que se trata ahora es de conservarlo."

( Xavier Calafat, politólogo y miembro del consejo editorial de Agon. Qüestions Polítiques, La Trivial)

7/1/21

El libro de Yanis Varoufakis: ¿Qué vendrá después del capitalismo? Es el momento de formar una Internacional Progresista eficaz y exitosa, o compartiremos la culpa del fracaso de la humanidad en servir a las personas y al planeta... necesitamos una tasa impositiva corporativa mínima global del 25%, que luego se redistribuya en todo el mundo... convertir a todos los empleados de las empresas en socios igualitarios... y una Unión de Compensación Monetaria Internacional

 "(...)  La pregunta que plantearé hoy tiene dos ejes. El primero es ¿por qué y para qué necesitamos una Internacional Progresista? Y la segunda parte de la misma pregunta es ¿por qué la Internacional Progresista necesita pensar en un poscapitalismo?

 La era en la que vivimos será recordada por la marcha triunfal de un autoritarismo gemelo bajo el que la mayor parte de la humanidad expe-rimenta dificultades innecesarias y el ecosistema del planeta sufre un cambio climático evitable.Pero quiero ir un poco más atrás en el tiempo. 

Durante un breve período, lo que Eric Hobs-bawm describió como el corto siglo XX, las fuerzas del establishment se unieron para hacer fren-te a los desafíos de una variedad de progresistas que buscaban cambiar el mundo. Quizá recuer-den que fueron los socialdemócratas originales quienes buscaron redistribuir el poder entre el capital y los trabajadores dentro del capitalismo, por ejemplo, los regímenes vinculados a la Unión Soviética experimentaron con modos de producción no capitalistas pero centralizados, Yugoslavia se esforzó por alcanzar la autogestión, hubo movimientos de liberación nacional en África y Asia y surgió el partido verde radical original en lugares como Alemania occidental.En ese entonces, el establishment estaba unido contra todos esos progresistas que de-safiaban la autoridad.

 Crecí en Atenas bajo una dictadura fascista de derecha que fue instigada por Estados Unidos durante el go-bierno de Lyndon Johnson. Paradójicamente, los gobiernos más progresistas de los Estados Unidos en lo que respecta a la política inter-na, la sociedad en general y los movimientos de derechos civiles fueron, sin embargo, los que no dudaron en apuntalar a los fascistas en Grecia o en bombardear Vietnam. De hecho, lo que ahora llamamos el establish-ment liberal utilizó a fascistas y déspo-tas locales libremente para establecer el llamado estilo de vida occidental.  

El miedo y el aborrecimiento al populismo de derecha que podemos encontrar hoy en cada página del New York Times no existía en ese entonces. El establishment liberal solo retrató como enemigos de la libertad a los progresistas, nunca a los monstruos como Papadopoulos o Pinochet.La situación cambió notablemente después de 2008, el año en que el sistema financiero occidental se derrumbó. Tras veinticinco años de financiarización, bajo el manto de una ideo-logía llamada neoliberalismo, el capitalismo global atravesó una crisis similar a la de 1929 que lo puso prácticamente de rodillas. 

La reacción inmediata fue utilizar las imprentas de los bancos centrales, pero también transferir las enormes pérdidas bancarias a los ciudadanos más débiles de todo el mundo con el fin de reavivar las instituciones financieras y los merca-dos. Esta combinación de socialismo para unos pocos y de estricta austeridad para las masas generó dos reacciones. 

En primer lugar, redujo la inversión real a nivel mundial (las empresas podían ver que las masas no tenían dinero para comprar sus pro-ductos, por lo que no invirtieron). Al mismo tiempo, las imprentas de los bancos centrales produjeron enormes cantidades de efectivo, lo que dio liquidez principalmente a los ricos. El resultado fue, por un lado, el descontento de la mayoría y, por el otro, estupendas riquezas para la oligarquía.En segundo lugar, propició el surgimiento de movimientos progresistas, levantamientos, como el movimiento Occupy Wall Street en Estados Unidos y Gran Bretaña, los “indignados” en España y los aganaktismeni aquí en Grecia, y diversas fuerzas de izquierda que llegaron a manos de algunos líderes políticos en Améri-ca Latina. 

Pero el establishment logró aplacar-los de manera eficiente y directa (por ejemplo, el aplastamiento de la Primavera Griega en el verano de 2015) o indirecta por medio del es-tancamiento del capitalismo global (por ejem-plo, recordemos los regímenes progresistas la-tinoamericanos que fueron socavados cuando la demanda china de sus exportaciones colapsó debido al desequilibrio entre el ahorro global y la inversión global).

 Debido a que las causas progresistas fueron silenciadas una a una, el descontento de las ma-sas tuvo que encontrar una forma de expresión. Fue entonces cuando surgió un período de gue-rra posmoderna que imitó el ascenso de Mus-solini, quien prometió cuidar a los más débiles y hacerlos sentir orgullosos de ser italianos. 

 Nuestra generación fue testigo de lo que yo lla-mo el ascenso de la internacional nacionalista. La expresión derechista del Brexit. ¿Recuerdan el eslogan? “Queremos recuperar a nuestro país”, o Donald Trump, quien afirmó que se ocuparía de aquellos que Wall Street dejó de lado. Bolsonaro, Modi, Le Pen, Salvini, Orban.

 Es así que, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, la gran contienda política no se dio entre el establishment y una variedad de movimientos progresistas, sino entre diferentes partes del establishment autoritario: una parte se presenta como incondicional de la democra-cia liberal, la otra, como la representante de la democracia iliberal. 

Por supuesto, esta contien-da entre el establishment liberal y la internacio-nal nacionalista fue completamente ilusoria. Macron, el presidente de Francia, necesitaba a Le Pen, sin quien nunca se habría convertido en presidente. 

Y Marine Le Pen necesitaba a Ma-cron y al establishment liberal, cuyas políticas de austeridad avivaban la llama del descontento que la convertía en actora política.Sin embargo, el hecho de que el establishmentliberal y la internacional nacionalista fueran en realidad cómplices no significa que el conflicto cultural y personal entre ellos no fuera auténtico.  

La contienda era “auténtica”, por ejemplo, entre Hillary Clinton y Donald Trump, a pesar de la falta de una diferencia política real entre ellos. Por ejemplo, cuando Trump se mudó a la Casa Blanca, en lugar de drenar el pantano, contrató profesionales de Wall Street y los puso en el Departamento del Tesoro. 

Por lo tanto, a pesar de esta diferencia política inexistente entre ellos, la auténtica contienda entre estas figuras hizo casi imposible que los progresistas fueran escuchados debido a la cacofonía que provocó el conflicto.

 Es por ello, amigos míos, que necesitamos una Internacional Progresista. Porque la falsa oposición entre las dos variantes del autoritarismo gemelo (el establishment liberal y la internacional nacionalista) amenaza a la humanidad, ya que nos atrapa en una agenda de normalidad que destruye los proyectos de vida y desperdicia las oportunidades de poner fin al cambio climático.

 ¿Cómo podemos superar la opresión del auto-ritarismo gemelo? 

Recordemos nuestras derrotas en Grecia en julio de 2015, cuando tuvo lugar una rebelión progresista prometedora contra la “austeridad para el pueblo” y los “rescates para la oligarquía”. O bien el exitoso socavamiento de Jeremy Corbyn y Bernie Sanders dentro de sus propios partidos. Corbyn y Bernie Sanders, como les sucedió a los líderes progresistas populares de Brasil, Bolivia y Ecuador, fueron expulsados de la contienda política. Observemos el modo en que se coloca un velo de silencio sobre las valientes luchas por la autodeterminación de innumerables comunidades en África y la India. 

Analicemos atentamente este sinnúmero de derrotas. Seguramente coincidamos en que solo una Internacional Progresista eficaz y bien organizada podría prevenirlas. 

Compañeros, ¿acaso no ha llegado el momen-to de que los progresistas emulen a los banqueros y fascistas de la siguiente manera: mediante el uso, la implementación y la reactivación del internacionalismo? ¿Acaso no es momento de seguir su ejemplo, de unirnos más allá de las fronteras mediante una agenda común, de crear una narrativa común, de poner nuestras capacidades al servicio de la misma agenda a favor de la mayoría, deimplementar un plan de inversión conjunta para salvar el planeta? Este es el momento.

 Creo que ha llegado. Ahora es momento de formar una Internacional Progresista eficaz y exitosa, o compartiremos la culpa del fracaso de la humanidad en servir a las personas y al planeta.Pero, escucho que muchos de ustedes preguntan: “¿qué implica la Internacional Progresista en términos prácticos?”. “¿Qué significa en la práctica?”.

 Si bien un proyecto tan grande no puede basarse en un modelo ajeno y debe construirse de manera orgánica y democrática a través de la colaboración masiva de ideas, una cosa está clara, al menos para mí: la Internacional Progresista no tendrá éxito si simplemente emula esfuerzos, como el Foro Social Mundial o el formato de discusión abierta brillante de Occupy Wall Street o de los “indignados”, que brindó una plataforma para que todos se expresaran. 

Necesitamos algo de lo que carecieron los primeros intentos de unir a los progresistas: un programa común y un plan de acción colectiva.

 Ya he hablado a favor de confrontar el in-ternacionalismo de los banqueros y los fascistas con un internacionalismo progresista. No olvidemos que los fascistas y los banqueros tienen un programa común. Ya sea que hablemos con un banquero en Chile o con uno en Suiza, escucharemos la misma historia: que la ingeniería financiera proporciona el capital necesario para invertir en todo lo que necesitamos, que la privatización es una necesidad que solo los tontos y los pensadores irracionales disputan, que es necesario ofrecer a los inversores certeza frente a las legislaturas, los populistas, los parlamentos y los tribunales locales. 

De manera similar, cada vez que hablamos con un miembro de la internacional nacionalista, escuchamos la misma historia: que las cercas fronterizas electrificadas son esenciales para las democracias soberanas, que el trabajo migrante amenaza nuestra cultura y nuestro sistema de bienestar social, que es importante proteger a los nativos al mismo tiempo que se dificulta la vida de aquellos considerados ciudadanos menos leales o dignos, o que profesan la religión equivocada. 

Mi punto es el siguiente. Los progresistas también necesitan un programa común. También debemos tener un solo discurso con una misma voz humanista y programática en todo el mundo. 

Por supuesto, el discurso no sirve un propósito si no está respaldado por la acción. El establish-ment liberal no tiene este problema, ya que gobierna en casi todas partes y, aunque no sea parte real del gobierno, ciertamente está en el poder. Las acciones de sus políticos, burócratas y banqueros tienen un impacto en el mundo cada segundo del día, de manera permanente y consistente para promover su propio programa común colectivo. 

 La internacional nacionalista también influye en el mundo. Ya sea a través de la violencia en las calles de Portland o de El Pireo, o mediante las políticas de Trump, Bolsonaro y Modi, siempre actúan en total armonía con su agenda común misantrópica, xenófoba y reaccionaria. Tenemos que emularlos también en este sentido: tenemos que planificar y llevar a cabo acciones colectivas. 

En resumen, la Internacional Progresista necesita dos cosas: un programa común y un plan de acción colectiva poco común.¿Qué plan de acción colectiva deberíamos concebir? (...)

 ¿Cómo debería ser nuestro plan común? ¿Por qué deberíamos luchar?La buena noticia es que tenemos una gran variedad de Green New Deals en-tre los que podemos elegir. Sin embargo, si bien cada uno propone ideas útiles, es necesario sintetizarlas en un plan global, coherente y coordinado a nivel internacio-nal, un Green New Deal que sea común a todos los progresistas.

 Sabemos lo que debemos hacer, lo que debe ser parte integral de esta red internacional. Necesitamos que la generación de energía cambie por completo de modo que se reemplace el consumo de combustibles fósiles por el de energías renovables. 

Necesitamos que el transporte terrestre sea eléctrico, mientras que el transporte aéreo y el transporte maríti-mo deben recurrir a nuevos combustibles sin carbono, como el hidrógeno. La producción de carne debe disminuir de forma significativa, y debemos hacer un mayor énfasis en los cultivos de plantas orgánicas. Necesitamos límites estrictos al crecimiento físico (desde la producción de toxinas y CO2 hasta el cemento). 

También sabemos que todo esto costará al menos USD 8 trillones anuales. Necesitamos crear, visualizar y planificar instituciones que coordinen los diversos trabajos y distribuyan los costos y los beneficios entre el Norte global y el Sur global. Sin duda, la tarea parece enorme. En un mundo donde incluso el modesto Acuerdo de París está hecho trizas, es muy fácil rendirse y que triunfe la desesperanza. 

Esta es precisamente la razón por la que necesitamos una narrativa del New Deal a escala global.

 Franklin D. Roosevelt tuvo éxito en 1933 porque llegó en el momento en que las uvas de la ira “se están llenando y se vuelven pesadas, listas para la vendimia”. (...) El éxito del New Deal fue presentar un plan que tenía sentido para quienes habían perdido la esperanza y ofrecerles oportunidades a los emprendedores. 

Se trató de un plan que cambió el marco con el que la mayo-ría de las personas valoraba sus circunstancias y capacidades colectivas.Las cuestiones clave con respecto a la financiación y distribución también se pueden responder a través de este nuevo marco. Los USD 8 trillones que necesitamos anualmente se pueden financiar tanto con fuentes públicas como privadas. Las finanzas públicas, al igual que en el New Deal original, deben involucrar instrumentos financieros como bonos transnacionales e impuestos neutrales a las ganancias sobre el carbono, para que el dinero recaudado de los impuestos al diesel pueda ser devuelto a los ciudadanos más pobres que dependen de los automóviles diesel, para así fortalecerlos en general y también permitirles comprar un automóvil eléctrico. 

Mientras tanto, ¿cómo derrotamos la evasión fiscal sin una tasa impositiva corporativa efecti-va mínima global, es decir, el internacionalismo, una tasa impositiva corporativa mínima del 25%, que luego se redistribuya en todo el mundo te-niendo en cuenta la distribución geográfica de las ventas que generan las multinacionales?Para invertir estos recursos en inversiones ecológicas, necesitamos nuevas organizaciones, como una nueva Organización para la Coope-ración Ambiental de Emergencia (OEEC), homónima de la OEEC original que se utilizó en la década de los cincuenta para canalizar la financiación del Plan Marshall hacia Europa con el fin de reconstruir el continente. Esta vez no reconstruiremos, sino que construiremos nuevas tecnologías verdes, será una transición verde.

 No reconstruiremos la contaminante industria marrón. La OEEC, por lo tanto, combinaría la capacidad intelectual de la comunidad científica internacional en algo así como un Proyecto Manhattan verde, que en lugar producir asesinatos en masa, tendría como objetivo evitar la extinción. 

Si somos aún más ambiciosos, la Internacional Progresista podría proponer una Unión de Compensación Monetaria Internacional, del tipo que sugirió John Maynard Keynes durante la conferencia de Bretton Woods en 1944, que incluiría restricciones bien diseñadas a los movimientos de capital. Al reequilibrar los salarios, el comercio y las finanzas a escala mundial, tanto la migración involuntaria como el desempleo involuntario retrocederían, y se pondría fin al pánico moral con respecto al derecho humano a movernos libremente por el planeta. 

La necesidad de una agenda común y un plan de acción colectivo común implica que la Internacional Progresista debe incluir una organización internacional. La gran pregunta para todos los involucrados en la magnífica iniciativa de la Internacional Progresista es la siguiente: ¿cómo podemos crear esta organización esencial sin convertirnos en presa de los escollos organizativos habituales, como la burocracia, la exclusión, los juegos de poder que tienen lugar dentro de nuestras organizaciones? 

Esta es una pregunta difícil, para la que no tengo respuesta, y que los miembros del Conse-jo de la Internacional Progresista deben abordar. Sin embargo, no tener una respuesta a esta al-tura es algo bueno, ya que debemos descubrirla juntos. Debemos buscar financiación de manera colectiva, colaborar de forma masiva, cocrear.El único punto que quiero señalar en este momento es que la dificultad de responder a esta pregunta sobre cómo establecer una organización eficaz no es excusa para no continuar. Los ban-queros y los fascistas han encontrado respuestas.  

Para nosotros los progresistas, que tenemos una aversión natural a las jerarquías, las buro-cracias y las usurpaciones del patriarcado y el paternalismo, es más difícil lograrlo. Se nos dificulta organizarnos a escala global, pero tenemos el deber de encontrar respuestas. (...)

 Nuestra Internacional Progresista debe tener en cuenta seriamente la posibilidad de que no solo valga la pena terminar con el capitalismo por las válidas razones progresistas y socialistas, sino, lo que es más urgente, debe considerar que el capitalismo sufre un espasmo y está dando lugar a un poscapitalismo distópico en este mismo momento. Si estoy en lo cierto al respecto, incluso los miembros de la Internacional Progresista que albergan esperanzas de civilizar el capitalismo, deben considerar la posibilidad de que la Internacional Progresista tenga el deber de mirar más allá del capitalismo, de hecho, de planificar un poscapitalismo humanista decente. (...)

En un libro que se publicó esta semana, llama-do Another Now, trato de imaginar que mi gene-ración respondió en 2008 al colapso de los merca-dos financieros. Seamos creativos e imaginemos que organizamos pacíficamente una revolución de alta tecnología que condujo a una democracia económica poscapitalista. ¿Cómo sería?

 Para ser atractivo, nuestro poscapitalismo debería presentar mercados de bienes y servicios. (...)

¿Puede funcionar una economía avanzada sin mercados laborales? Por supuesto que sí. Enmen-dar la ley corporativa para convertir a todos los empleados en socios igualitarios, otorgándoles un voto no negociable por persona, una acción por persona, es una propuesta tan radical hoy como lo fue el sufragio universal en el siglo XIX. 

Al otorgar a los empleados el derecho a voto, una idea propuesta por los primeros anarcosindi-calistas en la década de 1920, se pone fin a la distinción entre salarios y ganancias, y las nuevas herramientas de colaboración digital están listas para eliminar todas las ineficiencias que, de otro modo, obstaculizarían las perspectivas de una corporación gestionada democráticamente. 

 La posibilidad de un proceso de producción de vida económica democratizado se vuelve distinta, lo que provocaría la desaparición de los mercados de acciones y la necesidad de una deuda gigantesca para financiar fusiones y adquisiciones.Los bancos centrales, que brindan a todos los ciudadanos de su país una cuenta bancaria digital gratuita, están pensando en hacerlo bajo el capitalismo.

 Una vez que desaparezca el apalancamiento de la deuda de las fusiones y adqui-siciones vinculadas a los mercados de acciones y la banca personal, ¿de qué servirán los bancos? ¿También desaparecerán? Goldman Sachs y otros grupos similares se extinguirán, sin que siquiera necesitemos prohibirlos legalmente. 

¿Qué pasaría si lleváramos esta idea más allá y propusiéramos que el banco central también acreditara a cada una de esas cuentas un estipendio mensual fijo (un dividendo básico universal)?  

Como todos usarían su cuenta del banco central para realizar pagos internos, la mayor parte del dinero acuñado por el banco central se transferirá a su libro de contabilidad. Además, el banco central podría otorgar una cierta cantidad de di-nero a todos los recién nacidos, un fondo fiduciario que utilizarían al cumplir 18 años. 

Por lo tanto, las personas en el sistema de mercado, el sistema de mercado socialista poscapitalista, recibirían dos tipos de ingresos. Por un lado, dinero que ingresa como dividendos sociales y que proviene de la participación en las ganancias por trabajar en una empresa corposindicalista. En esta economía, ¿cómo se financiaría el gobierno? No se necesitarían más los impuestos a las ganancias, no se necesitarían más los impuestos sobre las ventas. En cambio, tres tipos de impuestos financiarían esta clase de gobierno. 

Primero, un impuesto a todas las empresas, que serían cooperativas, solo sobre el 5% de sus ingresos. 

En segundo lugar, un impuesto al carbono. Siempre lo necesitaremos hasta que logremos una economía con cero emisiones de carbono. 

Y en tercer lugar, el producto del arrendamiento de tierras (que pertenecería en su totalidad a la comunidad) para uso privado y por tiempo limitado, cuyo alquiler también iría a la comunidad. 

Una vez que se incorpora este principio, un modelo socialista de mercado surge por sí solo.  

Cuando están liberadas del poder corporativo, de la indignidad impuesta a los necesitados por parte del Estado de bienestar y de la tiranía de la contienda entre ganancias y salarios, las personas y las comunidades pueden comenzar a imaginar nuevas formas de desplegar sus talentos y creatividad.

 En resumen, frente a la onerosa tarea de luchar contra los autoritarismos gemelos, los progresistas necesitamos un plan, una organización común y una voluntad común de concebir el poscapitalismo juntos. Nuestra Internacional Progresista es una oportunidad única para satisfacer estas tres necesidades. En todo el mundo. Podemos hacerlo."

Yanis Varoufakis: ¿Qué vendrá después del capitalismo?... Libros CLACSO, Libro digital, 2020... ver en PDF