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10/12/20

Para que sigan encendidas las luces de las democracias: Carta abierta de investigadores académicos inquietos por el autoritarismo

 "Independientemente del resultado de las elecciones de los Estados Unidos, la democracia, tal como la conocemos, se encuentra en peligro. Sin embargo, no es demasiado tarde para revertir la marea.

Ya sea que Donald J. Trump es un fascista, un populista post-fascista, un autócrata, o simplemente un torpe oportunista, el peligro para la democracia no llegó con su presidencia y va bastante más allá del 3 de noviembre de 2020.

Si bien pareció que florecía la democracia en los años posteriores al final de la Guerra Fría, hoy parece estar marchitándose o en un descalabro a gran escala, globalmente hablando. Como investigadores académicos del populismo autoritario, el fascismo y el extremismo político del siglo XX, creemos que a menos que se tomen acciones de inmediato, la democracia tal como la conocemos proseguirá su pavorosa regresión, quienquiera que sea que se haga con la presidencia norteamericana a principios de noviembre.

Por contraposición a las vacuas proclamaciones del “inevitable” triunfo del liberalismo político y económico sobre el autoritarismo en todas sus reiteraciones, estudiar el pasado demuestra que la democracia es extremadamente frágil y potencialmente temporal, y exige vigilancia y protección.

Los investigadores académicos de la raza, el colonialismo y el imperialismo han ahondado aun más nuestras perspectivas recordándonos de qué modo los mitos de la “grandeza nacional” se escribieron y siguen escribiéndose sobre las espaldas de “otros” en buena medida silenciados, marginados y a menudo esclavizados o nada libres.

Nosotros estudiamos las condiciones que han acompañado históricamente el ascenso del autoritarismo y los regímenes fascistas. En casi todos los casos, hemos observado cuán hondamente han conmovido la confianza de la gente en la capacidad de la democracia de responder adecuadamente a sus aprietos, o de proporcionar incluso formas básicas de seguridad a largo plazo, las perturbaciones sociales, políticas y económicas, entre ellas los estragos de los conflictos militares, las depresiones y las enormes presiones provocadas por la globalización.

Hemos visto todos estos patrones en nuestro estudio del pasado y reconocemos también las señales de la crisis de la democracia en el mundo de hoy. La pandemia de la Covid-19 ha puesto de manifiesto profundas desigualdades de clase a lo largo del globo. Tal como han demostrado los últimos cuatro años, la tentación de buscar refugio en una figura de arrogante fortaleza es hoy mayor que nunca.

Para afrontar este desafío, hay varias cosas que debemos hacer.

Tenemos que salvaguardar de formar audaz y sin concesiones el pensamiento crítico basado en la evidencia. En ello va incluido demostrar las virtudes de un amplio abanico de posiciones y perspectivas, y apoyar, tanto de palabra como de hecho, el periodismo de investigación, la ciencia y las humanidades, y la libertad de prensa. Necesitamos compromisos raudos y tangibles de organizaciones mediáticas empresariales y gobiernos para abordar los peligros de la desinformación y la concentración de medios de comunicación. Debemos alentar coaliciones organizadas que traspasen las diferencias de clase, género, religión y casta, a la vez que respetamos las perspectivas y experiencias de otros. Tenemos que revelar y denunciar todas y cada una de las conexiones de quienes están en el poder con las fuerzas de justicieros y paramilitares que recurren a la violencia política para desestabilizar nuestras democracias. De forma muy semejante a los activos movimientos democráticos en todo el globo, de Nigeria a la India, de Bielorrusia a Hong Kong, tenemos que estar preparados para defender el pluralismo y la democracia en contra de los crecientes peligros de la violencia comunitaria y el autoritarismo en las urnas, pero también, si fuera necesario, por medio de la protesta no violenta en las calles.

Debemos defender la integridad del proceso electoral y garantizar la más amplia participación posible de votantes, no sólo en estas elecciones sino en cualquiera de las elecciones grandes y pequeñas de todas nuestras ciudades. Y debemos volver a comprometernos en un diálogo global sobre al apoyo a instituciones, leyes y practicas democráticas tanto dentro de nuestros respectivos países como entre ellos. Y en ello se cuenta enfrentarse directamente a la codicia sin restricciones que impulsa la desigualdad global, que ha desatado las rivalidades geográficas por el acceso a los recursos, las migraciones internacionales y el desplome de la soberanía estatal por todo el mundo.

Tenemos que apartarnos del gobierno de las élites atrincheradas y volver al imperio de la ley. Debemos substituir la política de los “enemigos internos” por una política de adversarios en un mercado de las ideas sano, democrático. Y por encima de todo lo demás, tenemos que trabajar juntos para hacer que siga brillando la luz de la democracia en nuestros respectivos países y en todo el mundo. Porque si no lo hacemos, desde luego que en adelante afrontaremos días obscuros.

Firman esta carta más de doscientos profesores y especialistas académicos de Historia y otras ciencias sociales, entre ellos Federico Finchelstein, Nancy Fraser, Martin Jay, Michael Löwy, Xosé M. Núñez Seixas, Robert O. Paxton, Enzo Traverso, Fabian Virchow o Eli Zaretsky."               (AAVV , Sin Permiso, 06/12/2020)

12/3/20

La globalización se terminó; no será de un día para otro, será un proceso anudado siempre a las relaciones de poder existentes, la globalización se termina, ¿qué hacemos cuando el vilipendiado Estado nación retorna?, ¿Cuándo las poblaciones quieren un Estado más fuerte que les proteja, que les dé seguridad y garantice el futuro? ¿Cuándo la demanda de identidad y de seguridad cultural se generaliza?

"En 2001, después de 10 años de arduo trabajo, apareció el libro de John Mearsheimer La tragedia de las grandes potencias -es bueno señalarlo- antes de los atentados del 11S. Se trataba de un trabajo singular escrito por un especialista en relaciones internacionales en el momento triunfal de eso que se llamó la globalización. 

Es interesante recordar que, en ese momento, la globalización, su novedad radical, era ensalzada una y otra vez por la academia y por los grandes medios de comunicación; su carácter irreversible e irresistible se subrayaba continuamente. Se trataba de un mundo nuevo y distinto donde emergía una “hiperpotencia” (EEUU) que organizaba unas relaciones internacionales bajo su hegemonía absoluta. 

Lo específico del libro de Mearsheimer es que fue concebido como una reivindicación del realismo estructural, precisamente en contra de esas “novedades” que la globalización llevaba aparejada. Lo del 11S era importante citarlo porque para nuestro autor era algo transitorio y coyuntural y, en muchos sentidos, ensoñaciones después de la victoria sobre el “Imperio del mal”.

El mundo que intentaba explicarnos Mearsheimer era muy diferente a lo que comúnmente se pensaba y se decía en esa época. Grandes potencias que luchan por y para el poder; una  triunfante que aprovecha la ventaja obtenida para debilitar, aislar y fragmentar a la antigua URSS; otra emergente (China) que estaba obligada a desafiar el orden existente y cuestionar la hegemonía de la hiperpotencia. En medio, un rígido control de la Administración norteamericana de las organizaciones internacionales en torno a una ideología (el neoliberalismo), un proyecto político (la globalización) y un instrumento decisivo (la financiarización). 

El 11S clarificó mucho el panorama y puso fin a lo que algunos llamamos “la utopía del 89”; es decir, el reinado de la paz universal, la tendencia al gobierno mundial y el predominio irrestricto de los derechos humanos; la cooperación sustituiría al conflicto, los dividendos de la paz harían posible el fin de la carrera armamentista y la dedicación de esos recursos para resolver los grandes problemas globales. De imperialismo poco quedaba, sustituido por un imperio de indefinidas e indefinibles relaciones de poder, que esperaba el asalto furioso de la multitud. Literatura, mala literatura.

Mearsheimer ayudó mucho (Peter Gowan lo entendió críticamente desde el principio) y la vida le fue rápidamente dando la razón: guerras, conflictos armados permanentes e intervenciones norteamericanas directas en Yugoslavia, Irak, Afganistán… A esto se le llamó el final de la “globalización feliz”. La crisis de 2008-2009 evidenció hasta qué punto la globalización implicaba recurrentes y cada vez más fuertes crisis financieras. 

El capitalismo había ganado, había desmontado todos los mecanismos políticos y sociales que lo controlaban y ya no tenía más enemigo que a sí mismo. Nunca fue capaz de crear otros instrumentos de regulación y hoy estamos a la espera de una nueva crisis sin que seamos capaces de saber sus dimensiones y sus costes económicos-sociales.

La globalización se terminó; no será de un día para otro, será un proceso anudado siempre a las relaciones de poder existentes. La reciente conferencia sobre seguridad de Munich da muchas pistas sobre la realidad de un mundo que cambia aceleradamente. La sensación general era de pesimismo y de falta de perspectivas claras.

 El tema central, un mundo que se estaba haciendo menos occidental, una Alemania petrificada, cada vez más marcada por sus demonios internos y sin saber situarse en los nuevos desafíos; apareció hasta la nostalgia del viejo orden en el que EEUU hacía de policía universal y privilegiaba sus relaciones euro-atlánticas. Macrón mostraba su impaciencia y se proponía (después del Brexit) como el impulsor de una Unión Europea como sujeto global, con autonomía estratégica y con vocación de ser parte imprescindible de este nuevo orden multipolar en construcción. 

EEUU a lo suyo, que es bien simple y que lo repite una y otra vez sin disimulo: este país vive un desafío existencial para sus intereses estratégicos que se llama China. La Administración norteamericana no consentirá la consolidación de una potencia hegemónica en el hemisferio oriental. Se opondrá con todas sus fuerzas y llegará hasta el final. La destacada dirigente demócrata Pelossi, vino a defender prácticamente lo mismo y nos advirtió, como Pompeo, del peligro para nuestras libertades y para las relaciones atlánticas, de admitir a Huawei. 

No es casualidad que el 5G sea un elemento central en el conflicto estratégico político-militar. Es una señal más de una guerra económica, cultural, tecnológica y por el control de los canales básicos de la información.

La llamada revolución en los asuntos militares (RMA) está cobrando un impulso sustancial cambiando las formas y contenidos de los conflictos bélicos, situando en su centro la disputa tecnológica entre las grandes potencias. Los complejos militares-industriales existentes saben desde hace mucho tiempo que la división entre tecnología militar y civil no tiene sentido alguno. 

El ciberespacio se convierte en una nueva dimensión del conflicto; la robotización y la inteligencia artificial están jugando un papel cada vez más importante en los nuevos artefactos bélicos. Las palabras clave son aceleración, competencia estratégica  y guerra asimétrica. Algo está quedando claro: las grandes corporaciones tienen patria y la sirven cada vez que ésta las requieren. Como siempre, Snowden mediante.

La correlación de fuerzas manda siempre y en las relaciones internacionales, más. Lo que se está produciendo ante nuestros ojos es una transición, especialmente dura, de un mundo unipolar a otro multipolar, es decir, una redistribución sustancial y radical del poder. 

La historia económica nos habla de que ya hubo el intento de una globalización en el pasado (1870-1914). Sabemos cómo terminó. Hoy estamos ante el fracaso de la segunda globalización. Sus rasgos básico son: 

1) La inestabilidad económica permanente. El capitalismo financiarizado tiende a producir crisis periódicas, refuerza enormemente la desigualdad y fractura social, económica y territorialmente a nuestras sociedades. 

2) La tendencia es hacia la construcción de dos bloques económicos y político militares en torno a China y a EEUU; estos bloques son extremadamente heterogéneos y conflictuales. 

3) La UE, en tanto que tal, sigue siendo subalterna a los intereses geoestratégicos norteamericanos, carece de un proyecto común y vive una crisis existencial. 

4) El dato más relevante es que el centro de gravedad tiende hacia Oriente y se pone en cuestión, después de 500 años la hegemonía geocultural de Occidente. 

5) Los problemas globales, destacadamente la crisis ecológico-social, se siguen agravando.

Crisis económica, conflicto geopolítico y recursos están estrechamente unidos. El poder, sus relaciones y efectos no pueden ser eludidos y, mucho menos, cuando los recursos naturales y humanos se convierten hoy en un problema estratégico fundamental de los Estados. Solía decir Proudhon que quien habla de humanidad, engaña; al menos, confunde y tiende a la nada. Lo que existen son Estados jerárquicamente enlazados y en lucha permanente por el poder. Es una vieja cantinela que nos repiten cada día: los Estados son antiguallas que nada pueden ante los desafíos y las bifurcaciones de un mundo globalizado; es decir, como los problemas van más allá de los Estados, hay que disolverlos y apostar por un gobierno mundial y por el globalismo jurídico.

 Y eso ¿cómo se hace? y ¿quién lo hace? ¿Las grandes potencias? ¿Una sola potencia? Eludir el problema de las profundas asimetrías de poder en las relaciones internacionales, de eso que históricamente se ha llamado imperialismo, es equivocarse y, lo que es peor, hacer lo contrario a lo que las poblaciones deberían hacer. Los Estados nación siguen siendo el lugar del conflicto social y de la redistribución, de las libertades públicas y del autogobierno; el lugar de los derechos sociales y de la regulación del mercado. Frente a ellos y contra ellos lo único que habrá es lo que ha habido siempre, imperialismo y dominación de las grandes potencias sobre las mayorías sociales y las clases trabajadoras.

Las rebeliones contra las consecuencias y costes sociales, ambientales y culturales de la globalización capitalista crecen en todas partes. En diversos lugares su forma política están siendo los llamados populismos de derechas. Parecería que las poblaciones tienen que elegir entre unas derechas que lo son y unas izquierdas que no lo son. Es el otro lado de la contradicción: vivimos una crisis, digámoslo así, civilizatoria, sin sujeto ni alternativa. En medio, reformar lo poco reformable que admite el sistema.

La pregunta sigue siendo pertinente, la globalización se termina, ¿qué hacemos cuando el vilipendiado Estado nación retorna?, ¿Cuándo las poblaciones quieren un Estado más fuerte que les proteja, que les dé seguridad y garantice el futuro? ¿Cuándo la demanda de identidad y de seguridad cultural se generaliza? ¿Cuándo se impugna una democracia sin poder ni cualidad? ¿Cuándo el futuro se convierte en un problema político?"                  (Manolo Monereo, Cuarto Poder, 26/02/20)

10/3/20

La mitad de los ciudadanos en el mundo no está satisfecho con la democracia... varias investigaciones han llegado a la conclusión de que la democracia se encuentra en un punto de declive en el mundo

"Más de la mitad de los ciudadanos en el mundo no está satisfecho con el funcionamiento de la democracia en su país. La frustración con la clase política y la inestabilidad económica son las causas principales que conducen a que el apoyo a los valores democráticos sea más débil. Así concluye un estudio de Pew Research Center en 34 países.

Durante los últimos años varios investigadores han llegado a la conclusión de que la democracia se encuentra en un punto de declive en el mundo. Un estudio basado en encuestas de ciudadanos de 34 países dirigido por Richard Wike y Sharon Schumacher, del Pew Research Center, ha analizado la importancia para los ciudadanos de valores democráticos como la libertad de expresión, la igualdad o la justicia. Respecto a los resultados de 2015, aumenta la importancia de la igualdad de género o la libertad de expresión, pero destaca su ligero declive en países como Rusia.

En cuanto al compromiso con los valores democráticos, los habitantes de EE.UU, Europa y América Latina tienden a considerarlos como muy importantes. La existencia de un sistema judicial que trate a todos por igual y combata la corrupción política es la prioridad del 82% de los encuestados globalmente, mientras que la igualdad de género es muy importante para el 74% de los encuestados. 

En cuanto a la libertad religiosa, el 68% la considera una prioridad. Pero las diferencias entre regiones son abismales; en aquellos países donde la religión tiene un mayor peso, sus habitantes priorizan la libertad religiosa. Para los europeos es una de las últimas preocupaciones. Eso sí, aquellos que simpatizan con movimientos de extrema derecha en España y Polonia tienden a defender el derecho a practicar la religión libremente.


Seis de cada diez ciudadanos de los 34 países analizados considera que es muy importante el derecho a elecciones con un mínimo de dos partidos candidatos. En Rusia, donde la encuesta fue realizada antes de conocerse la intención de Vladimir Putin de cambiar la Constitución, el porcentaje es inferior al 50%. 

El rechazo a la censura es amplio entre los países de Europa Occidental, EE.UU. o Canadá donde siete de cada diez consideran que la libertad de discurso, de prensa o de expresión en internet son muy importantes. Su apoyo disminuye ligeramente en países de Europa del Este, mientras que menos de la mitad de los encuestados en países de Oriente Próximo, el Magreb, África subsahariana o Asia las perciben como muy importantes. Turquía, Sudáfrica y Australia destacan por ser grandes defensores de la libertad de expresión en comparativa a sus vecinos.


A pesar del compromiso con los valores democráticos, el 52% de los encuestados mundiales está insatisfecho con el funcionamiento de la democracia en su país. Una de las causas, afirman los investigadores, es la clase política. En los 34 países analizados, seis de cada diez piensan que los políticos no se preocupan por sus ciudadanos. Los europeos y los estadounidenses son los más frustrados con la clase política, aunque hay excepciones como Suecia. En cambio, los ciudadanos del sudeste asiático confían más en sus líderes.

La crisis financiera del 2008 y la lenta recuperación económica posterior, se erige como otro de los pilares de la insatisfacción ciudadana. Cuanto más precaria sea la situación económica de un individuo, más crítico con la democracia será. En Grecia, por ejemplo, un 84% se siente frustrado con la élite política y tan solo un 19% confía en que el estado beneficie a toda la sociedad. Sin embargo, Wike asegura que eso no implica que la democracia siempre triunfe en países con un PIB por capita alto ya que la diferencia ideológica con el partido en el poder o la percepción de como vivirán sus hijos también juegan un papel en la insatisfacción colectiva.


Por suerte, la mayoría aún confía en el voto como mecanismo para influir en los gobiernos y sus políticas. Un 67% siente que votar cambia las cosas. España es de los países más simpatizantes con el ejercicio democrático: ocho de cada diez individuos ven el voto como una solución. Aún así, peligra que la insatisfacción generalizada con la democracia genere una desconfianza en la democracia representativa. “Este hecho deja un vacío en el sistema que los movimientos populistas y líderes alejados de los ideales democráticos buscan ocupar”, advierte el director de la investigación, Richard Wike."                     (Ionut-Cosmin Popescu, La Vanguardia, 27/02/20)

2/12/19

Manuel Castells: "Hay una falta de confianza en la democracia liberal tal y como ésta existe"

"El destacado sociólogo y economista español visitó Chile para ver de cerca el estallido social que sacude al país hace ya casi un mes. El académico explicó que el fenómeno no es algo excepcional, sino que es una tendencia global y, a su juicio, el gran problema es el capitalismo, "que si bien genera crecimiento, produce mucha desigualdad, lo que lo hace muy inestable y con cuadros de crisis recurrentes". Bajo esa premisa, el intelectual apuntó a una "crisis de la gestión de la crisis” producto de la falta de credibilidad y legitimidad de las instituciones y procedimientos democráticos. 

A raíz de esto, dijo, "se produce un bloqueo y los ciudadanos, al advertir eso, optan por salirse del marco, lo desbordan y ahí vienen las explosiones sociales". Para Castells, la única forma para superar la crisis es "intentar tender puentes entre las fuerzas políticas de gobierno y oposición, izquierdas y derechas, para encauzar lo que sucede, a través de acuerdos dónde todos cedan y siempre de manera transparente".  

A pesar de que, ante la coyuntura nacional, el equipo organizador de Puerto de Ideas Valparaíso decidió cancelar el Festival, el destacado sociólogo y economista español Manuel Castells decidió mantener en pie su concurrencia y realizó una conferencia titulada "La crisis global de la democracia liberal", la que originalmente estaba programada como actividad inaugural del encuentro.

El profesor emérito de Sociología de la Universidad de California, Berkeley y profesor de Comunicación en la Universidad del Sur de California visitó el país y comentó, en entrevista con El Mercurio, la "tormenta social" por la que atraviesa Chile.

Durante su exposición Castells, señaló que lo que ocurre en Chile, el estallido social, no es algo excepcional, sino que es un fenómeno global. A juicio del sociólogo, esto se debe a que actualmente "el capitalismo exhibe una inestabilidad de los mercados financieros globales como fruto de la crisis del 2008, que ha tenido grandes repercusiones que, entre otras cosas, han llevado a un recorte masivo del gasto social y a una disminución de las redes del Estado de bienestar".

Lo anterior, según señala Castells, ha puesto en el centro de la discusión las cuestiones propias de la desigualdad, "que ha crecido enormemente en el mundo, aunque en Chile haya disminuido un poco".
Para fundamentar esto último, el sociólogo cita el índice que mide la desigualdad en los países, el índice de Gini, que en el caso de Chile se sitúa muy por sobre el de países de la OCDE. "Por lo tanto, el gran problema del capitalismo es que si bien genera crecimiento, produce mucha desigualdad, lo que lo hace muy inestable y con cuadros de crisis recurrentes", señaló al matutino.

La desigualdad es la clave del descontento y, de acuerdo a lo señalado por Castells, "esto genera condiciones de insatisfacción", sin embargo, no es lo único. "También concurren causas propiamente políticas y sistémicas. El tipo de democracia liberal en que nos encontramos también forma parte de este cuadro de crisis, y no verlo sería simple miopía", destacó.

El intelectual asegura que la democracia se ha ido debilitando fuertemente en ciertos lugares del planeta. "Pensemos en América Latina", dice, "donde la mayor parte de los países la ha conseguido a costa de sangre, sudor y lágrimas. Si observamos los datos, vemos que la gran mayoría de las poblaciones en estos países no cree en las instituciones que los representan. Hay una falta de confianza en la democracia liberal tal y como esta existe", explicó.

Paradoja

Respecto a la falta de confianza en la democracia, Castells dice que nos encontramos en una paradoja ya que, a su juicio, "a las personas no les gusta la democracia en que les toca vivir y es verdad que en aquello los políticos son responsables, pero me parece que se exagera".
"Algunas de las críticas a los dirigentes políticos me resultan algo injustas. No todos son corruptos, no todos son oportunistas, no todos están vendidos a poderes financieros; sin embargo, la gente lo piensa así y hay que lidiar con ello", comentó.

Bajo esa premisa, apuntó a las redes sociales. "Son manipulación de información, sin filtros profesionales, que han adquirido enorme importancia en campañas políticas", argumentó comparándolas con los medios tradicionales, a los que les queda solo una esperanza: "la credibilidad", dice.

Dignidad

Un plano aéreo de la Plaza Italia de Santiago muestra un gigantesco rayado que dice "dignidad", el concepto es clave y es común verlo en pancartas de manifestantes e incluso en gritos como "el pueblo, el pueblo, el pueblo dónde está, el pueblo está en la calle pidiendo dignidad".

Para Manuel Castells, movimiento tras movimiento, sin comunicarse entre ellos, la demanda central con palabras distintas en cada idioma ha sido solo una: dignidad.
"Llego a Chile y las personas con las que he hablado, de diferentes sectores, me dicen exactamente lo mismo. Hay que ver bien cuál es el concepto que hay detrás, pero para mí dignidad quiere decir el reconocimiento de que soy un ser portador de derechos y que, en términos políticos, me tienen que rendir cuentas y respetar", apuntó.

"Por eso, sin educación, salud, sueldos mínimos, empleos, la dignidad es un concepto vacío. Dignidad es la más profunda referencia a la calidad de ser humano que tenemos las personas" señaló el sociólogo.

Navegar en medio de una tormenta

Sin duda el mundo político tiene una tarea de alta complejidad, la que se compara con "navegar en medio de una tormenta", dice Castells, pero sí se puede lograr, asegura.

¿Cómo? Según dijo en la entrevista, la clave para superar este tipo de crisis está en la gestión política. "Lo que suele presentarse es una 'crisis de la gestión de la crisis', producto de la falta de credibilidad y legitimidad de las instituciones y procedimientos democráticos". Pero, si los instrumentos para gestionar la crisis no tienen legitimidad, no existen o están desestructurados, "no podemos hacer nada", sentencia.
A raíz de esto "se produce un bloqueo y los ciudadanos, al advertir eso, optan por salirse del marco, lo desbordan y ahí vienen las explosiones sociales".

Para Castells, la única forma para superar la crisis es "intentar tender puentes entre las fuerzas políticas de gobierno y oposición, izquierdas y derechas, para encauzar lo que sucede, a través de acuerdos dónde todos cedan y siempre de manera transparente".

Violencia en las manifestaciones

Respecto a los hechos de violencia, Castells dice que lo que ahora estamos viendo, en una segunda oleada de insatisfacción ciudadana que empieza más o menos hace un año, "es que en países donde no ha habido casi ninguna respuesta ya no se presentan movimientos articulados: vemos explosiones sociales donde la gente no puede más, y dice “basta”.

Eso sí, comenta que las explosiones sociales no tienen por qué ser en sí violentas. "Pero no podemos negar que esta existe, y la razón parecería ser que hay quienes piensan que si no emprenden acciones más duras, nadie les hará caso. Y procuran ocupar sitios simbólicos, interceptar comunicaciones, etc. La diferencia con hace pocos años es que ahora las personas no tienen miedo".

Finalmente, frente al actual de las fuerzas policiales, muchas veces calificado como excesivo y que viola los Derechos Humanos, Castells recomienda que se debe tener mucho cuidado en la forma de contener la violencia en los márgenes de esas protestas sociales.
"Evitar por todos los medios que se convierta en un elemento que acelere y radicalice las manifestaciones, haciendo entonces que la parte más amplia de los que protestan pacíficamente se añada a la violencia. Hay que saber cómo se reprime y para ello existen tácticas sofisticadas", concluyó."                       (Entrevista a Manuel Castells, El Mostrador, 17/11/19)


6/9/18

David Van Reybrouck: "La democracia ha llegado a su límite... Hay fórmulas mejores''

"Con la democracia ocurre algo curioso: todo el mundo la desea, pero no hay nadie que crea en ella". Así, con esa frase tan rotunda como polémica, arranca Contra las elecciones, el controvertido libro firmado por el historiador, arqueólogo y escritor belga David Van Reybrouck (Brujas, 1971) que ahora se publica en España.

 Son 231 páginas en las que el autor desafía con tanta osadía como agudeza el consenso generalizado según el cual la democracia tal y como hoy la conocemos garantiza la libertad y sirve de freno contra el autoritarismo. Reybrouck, con su aspecto aniñado, sostiene justo lo contrario: que la democracia electoral está completamente agotada, que la prueba de que ha llegado a su fin está en el crecimiento en todo el mundo de los populismos y que, si no se renueva, dará paso a regímenes autoritarios. 

Para evitar que eso ocurra, Reybrouck se descuelga con una propuesta sin duda original: pide que la democracia no consista sólo en votar cada cuatro o cinco años, sino que el pueblo se implique directamente en el sistema de Gobierno. Y para ello aboga por que la toma de decisiones la realice un pequeño grupo de ciudadanos comunes elegidos al azar, por sorteo.
Después de 3.000 años de existencia, sostiene que la democracia está en crisis. ¿Qué le pasa?
Pues que la gente está dejando de confiar en ella. Hasta hace poco la democracia era vista como el mejor modelo de gobierno disponible, pero para las jóvenes generaciones está dejando de ser así. Su fe en la democracia se está deteriorando y eso es un problema. Es un problema porque Churchill tenía razón: de todas las formas de gobierno, la democracia es la menos mala. Pero entiendo que la gente está dejando de confiar en la democracia porque esta forma de democracia, la democracia electoral, ha llegado a su límite. Por suerte hay otras formas de democracia que incluso son mejores.
 
Los síntomas de ese hastío son bastante claros: la abstención no deja de crecer, la afiliación a los partidos no para de bajar, crece el voto de protesta, suben los populismos... ¿No cree que parte del problema es que dado que vivimos el mayor periodo de paz en la historia de Europa mucha gente, sobre todo entre los jóvenes, da por descontada la democracia?
La democracia que vivimos hoy es fruto de la II Guerra Mundial y, efectivamente, creo que mucha gente la da por descontada. No son conscientes de lo frágil que es, de que las cosas pueden cambiar muy rápidamente, y para peor. De la democracia a la autocracia, al autoritarismo, hay sólo un paso. El terrible escenario que vimos en Turquía el año pasado no es para nada impensable que se produzca en Estados Unidos hoy en día. Podemos pasar bastante fácilmente de un modelo que afronta los conflictos de un modo no violento a otro que los encara de manera violenta, sin apenas darnos cuenta, porque no se trataría de una transición abrupta sino gradual. Estamos ya en ese proceso de deslizamiento, y la gente no es consciente de ello. El problema es que llegados a cierto punto ese proceso de transformación puede ser muy rápido. Yo defiendo la democracia porque, a pesar de sus defectos, es el mejor sistema para afrontar los conflictos. Pero no nos damos cuenta del peligro en el que se encuentra ahora mismo. La violencia física siempre comienza con violencia verbal, y en muchos países estamos asistiendo a un fuerte incremento de la violencia verbal. Y uno de los motivos es porque los procedimientos por los que se rige la democracia de hoy están completamente anticuados, fuera del tiempo, son procedimientos que datan de finales del siglo XVIII.
 
¿Acudir a las urnas, votar, le parece anacrónico?
Sí. Nuestro modelo, nuestra forma de democracia, se remonta a 200 años atrás, a una época en la que la mayoría de la gente no sabía ni escribir ni leer y apenas abandonaba su lugar de nacimiento. Votar en una urna tenía sentido en un mundo en el que el transporte era lento, la información limitada y la educación, un lujo al alcance de muy pocos. Pero todo eso ha cambiado. Hemos democratizado la información, la educación, las comunicaciones y hemos democratizado los transportes. Pero a pesar de todos esos cambios gigantescos, no hemos democratizado el proceso de toma de decisiones. Es increíble.
 
¿Cómo se puede entonces modernizar la democracia? ¿A golpe de referéndums? Ya hemos visto lo sucedido con el Brexit...
No soy un gran defensor de los referéndums. Pueden funcionar en algunos asuntos, no en todos. Basta ver lo ocurrido con el Brexit para entender el problema que entrañan. Yo creo que una decisión tan trascendental como que un país siga siendo o no parte de la Unión Europea no puede dejarse en manos de un referéndum. Me gusta la idea de que los ciudadanos tengan cada vez más poder, pero no creo que el referéndum sea el mejor modo de lograrlo. Si uno está realmente interesado en conocer la opinión de la gente no se les puede pedir a los ciudadanos que simplemente marquen una u otra casilla de una papeleta. Los referéndums son mejores que las elecciones, pero en mi opinión son también un instrumento muy primitivo y arcaico. La gente que vota algo tan importante como el Brexit tiene que ser plenamente consciente de lo que vota. Y en un referéndum el 90% vota con las vísceras, sólo un 10% con la cabeza.
 
Usted defiende que sea un pequeño grupo elegido al azar, por sorteo, el que tome las decisiones colectivas...
Eso es. Creo que una muestra representativa de la sociedad bien informada puede tomar mejores decisiones que una sociedad completa que sin embargo no está bien informada.
 
Pero eso no es democracia. El que las decisiones colectivas las tome una minoría se llama aristocracia...
Yo no defiendo eso. Yo defiendo que sea un grupo de personas elegido al azar el que, en representación de toda la ciudadanía, tome las decisiones. Se lo explicaré con un ejemplo: imagine que David Cameron, el ex primer ministro británico, hubiera sido realmente inteligente y en lugar de convocar un referéndum y de pedir a todos los británicos que decidieran sobre una cuestión fundamental para el país en la que había mucha desinformación y de la que muy poca gente conocía en realidad los detalles, hubiera seleccionado de manera aleatoria una muestra de mil británicos que representasen a toda la población y les hubiera dado seis meses para estudiar, debatir y decidir qué recomendaban hacer respecto a si el Reino Unido debía seguir siendo miembro o no de la UE. Creo que el resultado probablemente habría sido distinto y que se habría tomado una mejor decisión.
 
¿Pero eso le parece realista?
Sí. Ese modelo ya está funcionando Irlanda y se denomina asamblea ciudadana. A finales de noviembre pasado los irlandeses pusieron en marcha lo que han llamado una "convención constitucional" para debatir cinco artículos de la Constitución, incluido el que prohíbe el aborto. El aborto es un asunto muy visceral, en el que la sociedad se encuentra profundamente dividida y donde cada parte está tan aferrada a su punto de vista que apenas hay debate, así que se llegó a la conclusión de que no tenía sentido someter a referéndum una cuestión así. El Gobierno irlandés lo que hizo entonces fue elegir de manera completamente aleatoria a un centenar de ciudadanos, a los que ha dado ocho meses para estudiar la cuestión del aborto. Se ven los fines de semana, están escuchando la opinión de expertos, de testigos, de personas implicadas directamente, de políticos, de religiosos... Y, cuando tras oír todo eso y de debatir el tema lleguen a una conclusión, presentarán una recomendación con lo que crean que hay que hacer. Me parece una buena fórmula.
 
No veo por qué en ese pequeño grupo de personas elegidas aleatoriamente no se iba a producir la misma visceralidad o cerrazón que puede haber en un referéndum...
Se equivoca: el poder debatir y profundizar en un argumento supone una diferencia importantísima. Hace ya dos años Irlanda revisó ocho artículos de su Constitución, el más polémico de los cuales hacía referencia a la posibilidad de abrir el matrimonio a los homosexuales. Ahí también puso en marcha una convención formada por gente elegida al azar para analizar la cuestión, y fue alucinante, porque ese proceso demostró la capacidad de la gente de cambiar de opinión. Había, por ejemplo, un señor de 70 años que confesó que de niño había sido violado por un hombre y que a partir de ese momento había considerado siempre a los homosexuales como criminales. Admitió que en un referéndum habría votado contra el matrimonio gay porque odiaba a los homosexuales. Pero después de escuchar argumentos en un sentido y en otro, de oír a decenas de expertos y de saber de primera mano cómo era la vida de los homosexuales en Irlanda, cambió de opinión y se mostró a favor de legalizar el matrimonio gay. La convención de la que formaba parte ese hombre recomendó de hecho reformar la Constitución para hacer posible el matrimonio gay en Irlanda, esa recomendación pasó al Parlamento y éste decidió someter la cuestión a referéndum. Y el resultado fue que cerca del 70% de los irlandeses apoyó en la consulta el matrimonio gay. Ese es el modelo que yo creo que hay que seguir, porque ese modelo saca lo mejor de la gente, mientras que votar en unas elecciones o en un referéndum no. Para lo que sirven los referéndums y las elecciones, lo estamos viendo, es para dividir a la sociedad y tomar decisiones irracionales...
 
¿Entiende que la gente esté enfadada y que lo manifieste en las urnas?
Por supuesto. Entiendo a los británicos que han votado por el Brexit, entiendo a los estadounidenses que han votado por Trump. Los entiendo, sólo que no creo que haber votado como lo han hecho vaya a resolver sus problemas.
 
¿Y quién tiene la culpa de que hayamos llegado a este desgaste de la democracia electoral? ¿La clase política, corrupta y convertida en élite?
Sí, la culpa es suya. De hecho, no deja de ser curioso que elecciones y élite tengan la misma raíz etimológica, y que los que nos gobiernan sean los elegidos. Lo que ha ocurrido con el Brexit y con Trump así como el auge de los populismos es el resultado normal de una democracia que se reduce a elecciones, debates televisivos y redes sociales. Los medios sociales están democratizando la información y la comunicación. Eso está cambiando el mundo, y sin embargo la democracia no cambia. Y si no la cambiamos la mataremos...
 
Creo que su propuesta no tiene en cuenta que vivimos en un mundo globalizado, en el que las decisiones escapan muchas veces a la esfera nacional. Lo hemos visto en Grecia: el partido de izquierda radical Syriza ganó en 2015 las elecciones, convocó un referéndum contra las medidas de austeridad, arrasó y a pesar de eso no les quedó más remedio que tragar con lo que exigía Bruselas, el FMI y el Banco Mundial. De poco sirve renovar el proceso de toma de decisiones cuando en realidad son pocas las cuestiones en las que se puede decidir.
Estoy absolutamente de acuerdo. Escribí este libro en 2013 pensando cómo mejorar la democracia a nivel nacional, y lo de Grecia fue en 2015. Recientemente he escrito una carta abierta a Juncker, el presidente de la Comisión Europea, en la que le expongo mi convicción de que a nivel europeo deben empezar a aplicarse cambios en la toma de decisiones. No tiene sentido renovar las democracias nacionales si no se renueva Europa.
 
¿Y cree que le harán caso?
Tengo claro que las iniciativas de cambio no partirán de las autoridades europeas sino de los ciudadanos. La ira populista a la que estamos asistiendo en realidad es un regalo, una magnífica oportunidad, sólo que envuelta en alambre de espino. Pero las élites, en lugar de darse cuenta de que son necesarios cambios, se están haciendo más elitistas aún, tienen miedo de perder su poder y de que pueda reinar el caos. Pero es al revés: si no se presta oído a este enfado y se ofrecen soluciones, habrá realmente caos. Es muy peligroso, podemos no sólo deslizarnos hacia sistemas autoritarios sino que la Unión Europea podría estar finiquitada a finales de este año. Nadie parece darse cuenta de ello. Si Marine Le Pen se convierte en presidente de Francia, algo perfectamente posible, si el ultraderechista Geert Wilders llega a presidente de Holanda y si la extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) se convierte en el segundo partido de ese país, la UE está acabada. Así de simple."          
 (Entrevista a David Van Reybrouck, Irene Hernández Velasco, El Mundo, 24/02/17)

23/7/18

El referéndum que legalizó el aborto en Irlanda no fue consecuencia de la actividad parlamentaria. Los artífices del histórico proceso han sido los 99 ciudadanos elegidos al azar que conforman la Citizens’ Assembly

"El referéndum que legalizó el aborto en Irlanda no fue consecuencia de la actividad parlamentaria. Los partidos políticos tampoco tuvieron nada que ver. Más bien todo lo contrario: los bloques políticos fueron incapaces durante años de afrontar la legalización del aborto, que requería de una reforma constitucional. 

Los artífices del histórico proceso han sido los 99 ciudadanos elegidos al azar que conforman la Citizens’ Assembly. Y fue precisamente la incapacidad para entenderse entre los bloques políticos del Parlamento lo que llevó al Gobierno, configurado por los liberales del Fine Gael y los laboristas, a poner en marcha los mecanismos de la democracia por sorteo.

Los 99 ciudadanos fueron seleccionados por una empresa especializada en demoscopia, Red C, que recibió del Gobierno el encargo de encontrar una muestra representativa de la sociedad irlandesa. 

Y, tras aplicar los criterios de representatividad –género, edad, localización y clase social–, Red C conformó un dream team de ciudadanos de a pie con el cometido de realizar, ni más ni menos, la octava enmienda a la Constitución de Irlanda que regula el aborto. 

Tras una serie de encuentros presenciales, en los que las 99 personas de la Citizens’ Assembly deliberaron pros y contras del cambio constitucional, se llegó a un consenso: agregar una nueva subsección al Artículo 40 de la Constitución de Irlanda, el Artículo 40.3.3.

Y el resto es historia. Un referéndum con un resultado contundente: un 66.9% votó a favor de la enmienda que legalizó el aborto. En realidad, la Citizens’ Assembly de Irlanda tiene un antecedente: la Convención Constitucional. Creada el 1 de diciembre de 2012 para proponer cambios en la Constitución de Irlanda, la Convención Constitucional estaba compuesta por 100 miembros: 29 parlamentarios, 4 representantes de partidos políticos de Irlanda del Norte y 66 ciudadanos elegidos por sorteo. 

A pesar de que no existía un mecanismo vinculante entre la convención y el Gobierno, el plan discurrió mejor de lo pensado. Los encuentros deliberativos entre la ciudadanía resultaban más productivos y eficaces que las sesiones en el Parlamento, en las que nunca se conseguía avanzar en los temas más polémicos. 

Ciudadanos y ciudadanas que apenas cobraban las dietas correspondientes a los días de los encuentros llegaban a más acuerdos que los políticos profesionales. Y entonces, se produjo la primera sorpresa: el Gobierno aceptó la propuesta de la Convención Constitucional de convocar referéndum sobre el matrimonio gay. 

El amplio consenso que se dio en la Convención llevó al Gobierno irlandés a pensar que la sociedad no tenía tantos tabús como el Parlamento. El resultado del referéndum sobre el matrimonio gay asombró a todo el mundo: un 62% votó a favor. 

Y abrió el camino para una Citizens’ Assembly sin representantes de fuerzas políticas, compuesta exclusivamente por ciudadanos elegidos al azar. 99 personas corrientes con la misión de reformar una constitución, una situación que evocaba, en cierto modo, el lema de “Somos el 99%” de Occupy Wall Street. 

¿Qué se puede aprender del caso irlandés?

Tras el terremoto del Brexit, el escritor belga David Van Reybrouck publicó un texto que se hizo viral: Por qué las elecciones son malas para la democracia. En su artículo, David reivindicaba el sorteo como un mecanismo clave para la salud democrática del nuevo milenio: “La democracia florece al permitir que se escuche una diversidad de voces. 

Se trata de tener la misma voz, un derecho igual para determinar qué acción política se toma. Para mantener viva la democracia tendremos que aprender que la democracia no se puede reducir únicamente a votar”. Aparte de citar el caso irlandés, David hacía un repaso a experiencias basadas en el sorteo en países como Holanda, Bélgica, Australia o Estados Unidos. 

Y colocaba sobre la mesa el peso histórico del sorteo, un sistema tan viejo como la democracia, empleado en la antigua Atenas o en ciudades-estado como Florencia. Los jurados populares estadounidenses, sin ir más lejos, son supervivientes de la democracia por sorteo.

Ante la crisis de la democracia representativa, la random democracy vuelve a estar de moda. Cuando Bélgica estuvo bloqueada políticamente, sin gobierno, la ciudadanía acudió al rescate fundando el G1000, una cumbre ciudadana para dirigir propuestas políticas al Parlamento. 

Cuando los bloques ideológicos de Irlanda entraron en cortocircuito con los asuntos tabú para la moral católica, la ciudadanía se puso de acuerdo para legalizar el matrimonio gay y el aborto. En la Columbia Británica de Canadá, una Asamblea Ciudadana reformó la ley electoral. 

En Australia, ante la polarización de las fuerzas políticas ante los residuos nucleares, se creó el Jurado Ciudadano sobre Residuos Nucleares. Islandia realizó en 2010 una reforma constitucional profunda con una muestra compuesta de 950 personas seleccionadas de manera aleatoria empleando un sistema de cuotas.

¿Y en España? El G1000 de Madrid, la cumbre ciudadana organizada por el Ayuntamiento de Madrid en 2017, fue la primera acción con respaldo político en esta dirección. El Observatorio de la Ciudad de Madrid, cuyo funcionamiento todavía tiene que ser aprobado por el pleno del Ayuntamiento, está anclado también en el paradigma de la democracia por sorteo. 

El Observatorio estará formado por vecinos y vecinas elegidos por sorteo, en una muestra representativa de la población. Y tendrá cierto peso, en colaboración con expertos, en las políticas públicas de la ciudad.

La mayoría de los casos de éxito combinan los mecanismos del sorteo y la democracia deliberativa tejida en encuentros presenciales. Birgitta Jónsdóttir, una de las fundadoras del Partido Pirata de Islandia que empujó la reforma constitucional, destaca la importancia de los encuentros presenciales: “Cuando estás en el mismo espacio con personas, ocurre algo completamente diferente. Hay que dar voz a la gente y empoderar”. 

¿Los encuentros políticos presenciales usando el sorteo ayudarán a romper las burbujas en las que se han convertido las redes sociales y las endogamias ideológicas?

En un país como España, en el que nunca se ha convocado al pueblo a un verdadero proceso constituyente, la Citizens’ Assembly de la católica Irlanda muestra un posible camino. Si los bloques políticos están enfrentados tras la crisis catalana, el sorteo y la democracia deliberativa podrían romper tabúes. 

Si la clase política no se pone de acuerdo para reformar la constitución de 1978, la ciudadanía podría encontrar consensos. Si un proceso constituyente es, a día de hoy, una utopía distante, una asamblea ciudadana elegida por sorteo sí podría ser efectiva para aterrizar la Carta Magna española en el nuevo milenio."         (Bernardo Gutiérrez, CTXT, 18/07/18)

15/11/17

El municipalismo se pregunta: ¿Cómo organizamos la sociedad en formas que promuevan la ayuda mutua, el cuidado y la cooperación?

"(...) El municipalismo se pregunta: ¿qué significa ser un ser humano? ¿Qué significa vivir en libertad? ¿Cómo organizamos la sociedad en formas que promuevan la ayuda mutua, el cuidado y la cooperación?

Estas preguntas y las políticas que se desprenden de ellas contienen un imperativo ético: porque tenemos la necesidad de vivir en armonía con la Naturaleza o destruiremos la base de la propia vida, pero también porque tenemos el mandato de maximizar la igualdad y la libertad.

La buena noticia es que esta política se articula con creciente fuerza en movimientos horizontalistas, por todo el planeta. En los movimientos de recuperación de fábricas de Argentina, en la Guerra del Agua en Bolivia, en los consejos de barrio surgidos en Italia, donde el gobierno mostró ineficacia a la hora de asistir a los municipios afectados por graves inundaciones, vemos una y otra vez a la gente organizarse en el ámbito local para ejercer el poder, para crear un poder alternativo que disputa con cada vez más fuerza el poder del Estado-nación.

Estos movimientos toman la idea de la democracia y la expresan en su máximo potencial, y generan una política que atiende a las necesidades de la gente, que favorece la cooperación y el compartir, la ayuda mutua y la solidaridad, y que reconoce que las mujeres debemos ejercer un rol de liderazgo.

Conseguir esto significa llevar la política a cada rincón de nuestros barrios, haciendo lo que los conservadores llevan haciendo con tanto éxito en las últimas décadas en todo el mundo: presentar candidatos en el ámbito municipal.

También significa crear un programa de mínimos (acabar con las ejecuciones hipotecarias, frenar las subidas del alquiler y la desestabilización de nuestros barrios producto de la gentrificación), pero también un programa de máximos en el cual podamos imaginar cómo sería nuestra sociedad si pudiéramos construir una economía solidaria, emplear nuevas tecnologías y expandir el potencial de cada ser humano para vivir en libertad y ejercer sus derechos civiles en tanto miembros de comunidades prósperas y verdaderamente democráticas.

Y debemos confederarnos, trabajar más allá de las fronteras de los Estados y las naciones, desarrollando programas que aborden cuestiones de escala regional o incluso internacional. Esta es la respuesta para aquellos que dicen que no seremos capaces de resolver grandes problemas transnacionales por ceñir nuestras acciones al ámbito local. 

De hecho, es precisamente en el ámbito local donde día tras día se resuelven estos problemas. Incluso los grandes temas como el cambio climático se pueden gestionar a través de una confederación de comunidades que envíen delegados para atender los asuntos regionales e incluso transcontinentales. La burocracia del Estado centralizado no es necesaria.

Es necesario crear instituciones políticas permanentes en el ámbito local: no simplemente políticos que articulen un programa de justicia social, sino instituciones que sean directamente democráticas, igualitarias, transparentes, completamente responsables, anticapitalistas, con conciencia ecológica y que den voz a las aspiraciones de la gente. Requerirá tiempo, educación y la creación de asambleas municipales que contrarresten el poder del Estado-nación, pero es la única esperanza de transformarnos en esos nuevos seres humanos necesarios para crear una nueva sociedad.

Éste es nuestro momento. En todo el mundo, la gente no solo quiere sobrevivir, también desea vivir. Si queremos lograr la transición desde la espiral de muerte de la sociedad que nos han impuesto las décadas de neoliberalismo hacia una sociedad racional y plenamente humana, debemos crear una red global de ciudades, pueblos y aldeas sin miedo. No merecemos menos que eso."

( Debbie Bookchin es autora y periodista de investigación premiada. Durante los tres años en que prestó servicio en la U.S. House, fue secretaria de Prensa del candidato presidencial de Estados Unidos Bernie Sanders, CTXT, 26/07/17, Texto adaptado de comentarios del plenario de Fearless Cities, Barcelona, 10 de junio de 2017.)

26/11/15

Los ejes de antagonismo en las democracias: izquierda/derecha, identificación nacional, razón tecnológica/razón popular

"(...) -Actualmente está en boga el concepto de “democracia líquida”. ¿Compartes esta noción, o la contradicción real es la tradicionalmente planteada entre democracia representativa y democracia directa?

Mi proyecto de reflexión desde hace unos años tiene que ver con la idea de democracia “compleja”. Es decir, creo que casi todas las categorías con las que contamos para concebir la democracia proceden de hace 300-400 años, cuando las sociedades eran muy simples. Los espacios eran entonces muy delimitados y pequeños, y los problemas que había que resolver no tenían la complejidad técnica que tienen en el mundo interdependiente actual, con el cambio climático, la complejidad del mundo financiero… 

El gran desafío que se nos plantea es cómo repensar la democracia en unas condiciones para las que no estaba concebida. Los espacios se han vuelto mucho más complejos e interdependientes, coinciden los tiempos –que pueden ser contradictorios- de las finanzas, los medios de comunicación, el consumo y la reposición de los medios naturales; también el conocimiento requiere un grado cada vez mayor de saber experto, sin que la democracia sea el poder de los expertos.

-¿De qué modo observas la dialéctica escenificada entre “vieja” y “nueva” política? ¿Qué opinas de fenómenos políticos como “Podemos” y “Ciudadanos”?

Creo que hoy lo “nuevo” está sobrevalorado en política, pero ciertamente ese eje “viejo”/ “nuevo” funciona. A veces tiene que ver con la renovación, la juventud y el cambio. Pero éste no es el único eje del antagonismo político. 

Por ejemplo, cuando “Podemos” irrumpe en el espacio público y afirma que no es de izquierdas ni de derechas, ya que aspiran a ser un movimiento transversal que recoja la experiencia del 15-M, el gran desmentido lo constituye la aparición de “Ciudadanos”. El hecho de que surja una fuerza de “renovación” de derechas (“Ciudadanos”) frente a una de izquierdas (“Podemos”), significa que este eje ideológico (izquierda/derecha) es muy resistente y nos va a continuar acompañando.

 Además, en las sociedades democráticas se están pluralizando los ejes del antagonismo, que también son de identificación nacional; o un eje sutil, pero muy importante, entre razón tecnológica y razón popular (o entre populismo y tecnocracia). Quien se sitúe en uno sólo de los ejes no tendrá capacidad transformadora ni de comprender lo que está pasando.

-¿En qué consiste la disyuntiva entre razón tecnológica y razón popular?

En medio de la crisis del euro, el presidente del BCE, Mario Draghi, un técnico que sólo de una manera muy indirecta obedece a un criterio de representación democrática, formula una frase “mágica”: “Haremos todo lo que sea necesario para salvar el euro”. Aquello tuvo un efecto “mágico”, ya que aquella urgencia se resolvió. Pero Draghi es un técnico que no responde a ningún electorado. 

Por otra parte, un político portugués me dijo durante la actual crisis que debía hacer determinados discursos para atraer a los inversores internacionales y aplacar a los mercados financieros. Sin embargo, decía, hay discursos que le servían para ganar votos pero que le destrozaban la “estabilidad” económica. Es un drama real, esa tensión existe.

-Hay discursos que se refieren a la calle como un territorio prístino, virginal, del que salen propuestas autenticas y directamente conectadas con la voluntad popular. Por otro lado caminarían las instituciones, fósiles, burocratizadas y al servicio del poder financiero. ¿Estás de acuerdo con este análisis?

No me lo creo, porque en la calle hay movimientos reaccionarios. Si hacemos estos días en Francia una encuesta, que supongo no haremos, encontraríamos un crecimiento de la xenofobia tras los atentados de París. 

Muchas medidas progresistas, por ejemplo en relación con los derechos de los homosexuales, las han introducido los gobiernos, por ejemplo en Irlanda o en algunos estados de Estados Unidos. A veces las instituciones son más progresistas que la calle. La gente tiene la última palabra, pero eso no significa que tenga razón. O que la tenga siempre.

-¿Qué sentido tendría la actual democracia representativa sin presión social ni movimientos sociales, en un contexto de corrupción, “puertas giratorias” y fuerte control del poder financiero?

Es cierto que no lo podemos confiar todo a la “clase política”, pero nuestros representantes están vigilados por la gente, los medios de comunicación, las encuestas, las instituciones de derechos humanos o protección del medio ambiente. No pensemos que tenemos unos representantes que no están sometidos a una presión externa. En las sociedades complejas hay un ámbito representativo-institucional rodeado de mucha presión, vigilancia y observación.

-En cuanto a los puntos de referencia ideológicos, ¿es válido para la izquierda el viejo programa socialdemócrata-keynesiano, al que apelan diferentes partidos y sindicatos?

Cuando, como consecuencia de la crisis económica, fallaron los mercados, hubo un cierto “engaño” óptico: el hecho de pensar que nos hallábamos en un momento neokeynesiano. Pero eso se ha revelado como falso. 

Opino que actualmente la contraposición mercado-estado es muy elemental, y no sirve para mercados globalizados, espacios abiertos y economías fuertemente financiarizadas. Keynes pensaba en unos efectos de contagio entre economías muy limitadas y controlables, sin mercados tan abiertos ni financiarizados como los actuales.

-¿Por dónde debería transitar entonces la izquierda? Manifestabas que el eje ideológico izquierda/derecha continúa vigente…

En el libro indico varios caminos. Considero que la izquierda ha dejado en manos de la derecha la descripción de la realidad, y se ha dedicado durante los últimos años al cuidado de unos ciertos valores (igualdad, justicia…) sin conexión con esa realidad. Lo que la derecha ha puesto de manifiesto es que tenía una mala descripción. Ha habido un fracaso de la economía. 

Hasta el Financial Times reconoce que sin una cierta igualdad la economía no puede funcionar. Creo, por tanto, que la primera batalla que la izquierda tiene que dar es la de una descripción de la realidad más ajustada que la que tiene la derecha, y no combatir sólo en el plano de los valores.

-¿Si se trata de un problema de descripciones, significa que en el fondo la izquierda debería asumir el actual estado de cosas, una economía liberal, desregulada, privatizada y al albur de los mercados financieros?

No, en absoluto. Como consecuencia de la crisis económica hay una gran discusión incluso en las facultades de Economía y las escuelas de negocios, sobre qué teoría y qué descripción de la realidad económica se ha dado. El fracaso de esa teoría y la inestabilidad dramática que ha producido, están exigiendo una ciencia económica diferente. 

La Economía dominante en los últimos años ha sido una ciencia abstracta, sin ninguna consideración hacia factores políticos y sociales. Pensaba que era una ciencia exacta, donde la dimensión humana era una variable prescindible, a diferencia de cuando uno lee a Adam Smith, Marx o Keynes, donde encuentra que la economía se halla integrada en una teoría general de la sociedad, vinculada a una política y una ética. 

En cambio, la gente que ha tenido el poder de decisión económica detrás de las grandes innovaciones financieras ha sido gente joven, economistas-matemáticos (económetras), que medían aspectos muy menores y sin ninguna contextualización social. Por supuesto el medio ambiente no entraba en ninguna consideración.

-Por otro lado, en algún artículo has planteado la necesidad de “desconexón” frente a la sobresaturación informativa. Tal vez por ejemplos como la cadena de atentados de París o el proceso soberanista en Cataluña… ¿Es imprescindible esta “desconexión” para fraguar ciudadanos críticos?

Me parece que la categoría básica del flujo informativo que hoy tenemos es la redundancia. Uno pone el informativo de radio, televisión o se conecta a las redes sociales y, lo que generalmente oye, es el mismo tipo de discursos repetidos con mil matices y reduplicados. Pienso que en estos momentos si uno quiere tener una visión crítica de lo que está ocurriendo, ha de introducir procedimientos de reflexión y hacer que las cosas pasen por el pensamiento propio. 

De lo contrario, nos convertimos en máquinas que repiten el eco que hay en la sociedad. Actualmente, el gran valor es saber de qué fuente informativa puedo prescindir. O, mejor dicho, qué puedo considerar como ruido al que no debo prestar atención. Y el ruido es prácticamente la totalidad.

-También has escrito sobre la preponderancia germana en la Unión Europea. ¿Puede ser éste un límite a la soberanía popular en el interior de los estados nacionales?

Creo que nos hemos de acostumbrar a vivir en espacios más inclusivos, en el que unos países tengan en consideración lo que otros le dicen. El problema de Europa es que no hay reciprocidad. Hay países que tienen más capacidad de entrometerse en los procesos de decisión de otros que al contrario.

 No me parece mal que Alemania, país con un peso considerable en la zona euro, tenga capacidad de establecer vigilancia sobre los presupuestos de otros países, lo que me parece es que la capacidad debería ser recíproca. Por ejemplo, el estado español también debería poder pedir que Alemania aumentara su demanda interna. Lo que no entiendo que sea correcto es la asimetría.  (...)"       

(Entrevista a Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política y autor de “La política en tiempos de indignación”, en Rebelión, 24/11/15)

3/11/15

La lamentable decadencia de la democracia

"El último estudio global realizado por la Encuesta Mundial de Valores sobre la solidez de la democracia en 2015 arroja datos sumamente preocupantes. No obstante, ha sido totalmente ignorada, excepto por el New York Times, que publicó un informe especial.

Según la autorizada institución, que cuenta con gran prestigio en el seno de las Naciones Unidas, en Estados Unidos, el número de ciudadanos que aprueban la ley que legaliza la tenencia de armas, ha pasado de uno cada 15 en 1995, a uno cada seis en 2015.

Mientras que entre los nacidos antes de la Segunda Guerra Mundial, un sólido 72 por ciento asignó a vivir en una democracia el valor más alto, para los nacidos después de 1980 la cifra se redujo a menos de 30 por ciento, ligeramente menor a la opinión de 32 por ciento de europeos nacidos también después de 1980.

La proporción es aún más pequeña en Europa del Este, donde alcanza solo al 24 por ciento. En esa región, la preocupación principal es el nivel de ingresos, un trabajo seguro y la posibilidad de una jubilación, son más importantes que el tipo de régimen bajo el cual vivir.

Para esto, por supuesto que existe una explicación generacional. La democracia fue una victoria, un tesoro para construir, para quien vivió los horrores de la segunda guerra mundial. La generación más joven tiene sólo una idea intelectual de lo significa vivir bajo una dictadura, no una experiencia de vida. Como dijo Altiero Spinelli, ahora todo el mundo duerme sin temor a ser despertado durante la noche.

Pero el debate es mucho más complejo. Se acepta como una verdad incuestionable que una vez que un país se convierte en democrático, un sistema alternativo de gobierno no es más posible, ya que los ciudadanos ven la democracia como la única forma legítima de gobierno.

La democracia y el crecimiento económico y social marchan paralelos. La teoría fue que cuando China tenga una clase media consistente, necesariamente entrará en un sistema multipartidista.

Existe ahora una creciente corriente de opinión acerca de las carencias e ineficiencia de la democracia. En tiempos del gobierno militar chileno, periódicamente aparecía quien subrayaba las ventajas del "modelo chileno" y ahora lo hace sobre "modelo chino", mucho más eficaz y productivo, que el engorroso proceso que requiere la democracia.

En la propia Europa, tenemos al húngaro Viktor Orbán, primer ministro de un país ex comunista, haciendo declaraciones públicas criticando la obsolescencia de la democracia parlamentaria. Y Orban ha sido escogido libremente en las urnas.

Rusia es el caso más estridente. Putin, que es el modelo supremo de la autocracia, tiene un apoyo popular cerca del 80 por ciento. De lo que se informa poco, es que líderes de la extrema derecha de Europa, tales como la francesa Marine Le Pen o el italiano Matteo Salvini, ven a Putin como un modelo y lo afirman públicamente.

Ya es hora de reflexionar sobre las causas de la decadencia de la credibilidad de las instituciones políticas. ¿Es sólo un problema generacional o también es que la legitimidad del sistema político está cada vez más en tela de juicio?

Cuando se observa el costo de la campaña presidencial de los Estados Unidos, que se acerca a los 4.000 millones de dólares, se descubre que un pequeño grupo de donantes ricos domina los aportes electorales, con 130 familias y sus negocios, que han proporcionado más de la mitad del dinero recaudado durante junio por los candidatos republicanos.

Así es difícil ver esa democracia vibrante, ese faro del mundo que la retórica norteamericana reclama permanentemente.

Un estudio citado por los politólogos Martin Giles y Benjamin I. Page en el New York Times, señala que mientras los grupos de interés y las élites económicas fueron muy influyentes en los últimos 30 años, las opiniones de los ciudadanos comunes no tuvieron prácticamente ningún impacto, concluyendo que "en Estados Unidos, la mayoría no gobierna".

Según la Encuesta Mundial de Valores, un tercio de los estadounidenses tienden hacia el extremo inferior en una escala de 10 puntos: los Estados Unidos de América son "nada democráticos".

Asimismo, el desafío original entre los dos descendiente de dinastías políticas, Hillary Clinton y Jeff Bush , ha sido superado por foráneos : un totalmente imprevisible e impresentable Donald Trump entre los republicanos y Bernie Sanders, un candidato socialista, lo que es una herejía en los EE.UU.

Este desarrollo sin precedentes muestra la creciente desconexión entre los ciudadanos y la política tradicional. Las mismas sorpresas han surgido en Europa, con Jeremy Corbyn en Inglaterra y Alexis Tsipras en Grecia. Es poco probable que los partidos tradicionales logren la mayoría en España. Hasta ahora, sólo los partidos de la extrema y ultra derecha siguieron aumentando. El neo nazi Aurora Dorada es tercero en Grecia...

Las dos líneas de fractura en la Comunidad Europea: la brecha entre el Norte y el Sur de Europa con respecto al modelo de gobernanza económica (austeridad contra el desarrollo) y la brecha entre Europa Occidental y del Este sobre la solidaridad (refugiados), está oscureciendo el problema de la legitimidad de las instituciones europeas.

El hecho de que en una noche en Bruselas un grupo de personas decide el destino de millones de ciudadanos, sin ningún tipo de consulta (Grecia pagó caro el referéndum de los ciudadanos), está creando una tercera división, más profunda y más seria que las otras dos.

El caso de Grecia fue precedido por Chipre, que era un ejemplo de falta de responsabilidad y transparencia. Eurócratas avergonzados, entre ellos Mario Draghi, tuvieron que reconocer que tomaron una mala decisión y debieron dar la vuelta, pero siempre torciendo el brazo del gobierno.

El hecho de que los dos primeros rescates griegos fueron básicamente concebidos para rescatar a los bancos franceses y alemanes, con muy poco que fue a la economía helénica, ha aumentado la percepción de los ciudadanos que los bancos son más importantes que las personas.

Este año el número de banqueros que recibieron más de un millón de euros fue de 3.178. De esos, 2.086 en Gran Bretaña. Pero, en realidad, la mayoría obtuvo sobre 2 millones de euros. Nueve de ellos en Gran Bretaña, ganaron más de 10 millones de euros...

Si observamos el caso de los millonarios, en 2014 se convierten en 920.000. Las personas con abundante riqueza líquida, unida a la de la casa y otras propiedades, con más de 1 millón de dólares, según el último Informe sobre riqueza en el Mundo, fue a 14.6 millones en 2014, equivalente a un aumento del 7% con respecto a 2013.

Lo que es nuevo en los últimos años, es que instituciones muy conservadoras, como el Fondo Monetario Internacional (FMI) han estado advirtiendo que el crecimiento de la brecha social constituye un freno para el crecimiento económico, haciéndose eco de un estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos - OCDE.

El último estudio del FMI advierte sobre la reducción de la clase media y el aumento de pobres y ricos, claro que en medidas muy diferentes. Asimismo, la Encuesta Mundial de Valores, concluyó que 40 por ciento de los ricos estadounidenses aprueban a un "líder fuerte que no tenga que molestarse con el Congreso o las elecciones". En 1995 eran solo 20 por ciento.

Este declive de la clase media es acompañado por una polarización en la política y el crecimiento constante de los partidos extremistas y xenófobos, que ahora recogen votos entre los trabajadores y los menos favorecidos, que una vez votaron izquierda, lo que está cambiando por completo el escenario político.

¿Quién hubiera creído que Dinamarca, uno de los pocos países del mundo que dedica el 1% de su presupuesto a la ayuda al desarrollo (Estados Unidos solo llega a 0,2%), bajo la presión del ala derecha del partido gobernante rechazaría todo refugiado de su suelo? ¿Y que Hungría habría de recurrir a acciones que son una reminiscencia de la época nazi? ¿Y que al mismo tiempo, Europa del Este declara abiertamente que están en la Unión Europea para recibir y no para dar nada?

El sistema democrático adquirió legitimidad en su capacidad para apoyar a valores como la justicia, la solidaridad y el desarrollo general de la sociedad. No hay precedentes históricos para prever qué va a pasar en circunstancias en que los ciudadanos viven un deterioro social y económico desde hace décadas y los jóvenes no ven un futuro claro.

Pero sí que hay precedentes históricos que nos dicen que las sociedades en crisis pueden caer fácilmente en regímenes populistas y autoritarios, especialmente si las élites ricas apoyan ese camino.

Por ahora debe estar claro para todos que el sistema se descompone y necesita ser reparado. Pero esta democracia en declive, con tan pocos estadistas y tantos políticos, ¿será capaz de proporcionarla? Esta una cuestión que por desgracia, necesitamos empezar a afrontar."                     (Roberto Savio, Alainet, en Jaque al neoliberalismo, 04/10/2015)