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7/10/19

Para ser feliz, la genética marca la diferencia. Por ejemplo, yo no nací con una genética ligada a las emociones positivas. De niño sentía ansiedad, igual que mis padres y abuelos. De media la felicidad depende en un 50% de la genética, en un 40% de las elecciones personales y en un 10% del entorno... pero el 94% de los universitarios estadounidenses sufren estrés. "Es la nueva pandemia global"...

"Tal Ben-Shahar (Ramat Gan, Israel, 1970), doctor en Psicología y Filosofía por la Universidad de Harvard, donde fue profesor 25 años, lleva otros tantos estudiando la felicidad. Como muchos otros expertos, cree que el gran enemigo del bienestar es el estrés: el 94% de los universitarios estadounidenses lo sufren. "Es la nueva pandemia global", dice en alusión al calificativo empleado por la Organización Mundial de la Salud

Los médicos lo llaman el "asesino silencioso", cuenta. Pero el psicólogo israelí cree que durante años se ha estado mirando al lado equivocado; no hay que estudiar los factores que lo provocan, sino las conductas que no lo curan. "Hemos dejado de darle importancia al descanso, a la recuperación y no basta con el sueño", apunta.
 
Ben-Shahar cambió hace unos años Boston por Nueva York y ahora imparte un seminario sobre la felicidad en la Universidad de Columbia, además de dirigir el Happiness Studies Academy, una plataforma online con cientos de estudiantes interesados en aprender a gestionar sus emociones. Desde hace años tiene claro el diagnóstico: la felicidad constante no existe.


Esta semana ha participado en EnlightED, un evento sobre el futuro de la educación y su relación con la tecnología organizado en Madrid por South Summit, la Fundación Telefónica, IE University y la Fundación Santillana.


Pregunta. ¿Existe un sistema inmune psicológico? ¿Hay personas que tienen mayor tendencia a la tristeza?

 Respuesta. La genética marca la diferencia. Por ejemplo, yo no nací con una genética ligada a las emociones positivas. De niño sentía ansiedad, igual que mis padres y abuelos; la hemos padecido generación tras generación. El hecho de ser infeliz hizo que me interesara por este campo: la ciencia de la felicidad. En los años setenta, en Estados Unidos, se hizo una serie de investigaciones sobre gemelos con idénticos genes. Se les separó al nacer, fueron criados en países distintos, con economías diferentes. Pasados los años se observó que había muchas similitudes en cuanto a sus niveles de bienestar, su comportamiento e incluso sus pasiones. De media la felicidad depende en un 50% de la genética, en un 40% de las elecciones personales y en un 10% del entorno. Esos porcentajes pueden cambiar en situaciones extremas, como una guerra.


P. ¿Cómo se miden los niveles de felicidad en el cerebro?


R. Hay patrones cerebrales que están asociados con la felicidad, con la depresión o con la rabia. No es solo una parte, sino múltiples que trabajan de forma conjunta. Un ejemplo es la corteza prefrontal: la parte izquierda se asocia con las emociones positivas y la derecha, con las negativas. Es importante conocer los hallazgos en este campo para entender que con nuestra conducta podemos mejorar los niveles de bienestar.


P. Hay un boom, cientos de best sellers sobre el tema. ¿Nos preocupamos más ahora por intentar ser felices?


R. No, es algo ancestral. Hace 2.500 años, Aristóteles escribía sobre ello. La Biblia también trata ese tema. Siempre ha sido parte de nuestro pensamiento. La diferencia es que ahora tenemos más tiempo libre y a eso se suman unas expectativas de vida irreales. El resultado es que nos sentimos infelices porque no entendemos lo que es la felicidad.


P. ¿Qué es la felicidad?


R. No es posible estar siempre feliz. Las emociones negativas, como la rabia, el miedo, o la ansiedad, nos hacen falta. Solo los psicópatas están a salvo de eso. El problema es que, por falta de educación emocional, cuando las sentimos, las rechazamos, y eso hace que se intensifiquen y que nos domine el pánico. Si bloqueamos una emoción negativa, igualmente lo hacemos con las positivas. Hay que sentir el miedo y ser conscientes de que tiramos hacia adelante con él. No es resignación, sino una aceptación activa. Cuando nació mi hijo David, al mes empecé a sentir celos de él. Mi esposa le dedicaba más atención que a mí. En ocasiones las emociones se polarizan, llegamos a extremos y no por ello somos mejores o peores personas. Somos humanos.


P. Según un reciente estudio de la agencia europea Eurofound, los niveles de estrés están aumentando en la escuela y la transición de los jóvenes hacia la vida adulta se complica por las expectativas de sus padres y las presiones de la sociedad.


R. Las expectativas tienen un papel clave en la felicidad. La más peligrosa es creer que se puede estar en la cresta de la ola de forma constante. La obsesión por ser feliz todo el tiempo hace que la gente se sienta miserable. En los últimos años las redes sociales han influido bastante; ver las caras sonrientes de los demás, sus relaciones de pareja idílicas, un trabajo ejemplar. Cuando sentimos tristeza o ansiedad esas imágenes refuerzan nuestra idea de que algo estamos haciendo mal. Pero nada de eso es real, todos vivimos en una montaña rusa emocional. Es inevitable y no es malo.


P. El 14% de los jóvenes europeos entre 15 y 24 años está en riesgo de sufrir depresión —según el último informe de Eurofound— y lideran el ranking países como Suecia (con una tasa del 41%), Estonia (27%) y Malta (22%). En España, donde la tasa de desempleo juvenil es más elevada, está por debajo del 10%. ¿Qué está fallando?


R. Te pondré otro ejemplo. En Estados Unidos cada cinco años se miden los niveles de salud mental, que suelen variar un 1% hacia arriba o abajo. En el último periodo, los resultados han sido muy diferentes: entre adolescentes, los niveles de depresión han crecido hasta en un 30%. Uno de los motivos es que están disminuyendo las interacciones cara a cara, se sustituyen por el smartphone. Las relaciones personales son un antídoto contra la depresión.


P. En el siglo XIX se trabajaba hasta 18 horas diarias y ninguna ley impedía hacerlo 24 si era necesario. Hoy tenemos mayor calidad de vida. ¿Cuál es la raíz de la insatisfacción permanente?


R. La expectativa de vida de los trabajadores era proveer suficiente comida a su familia para sobrevivir. Hoy pensamos en ganar más dinero, en las vacaciones soñadas... Hoy lo puedes hacer todo; aunque tengas un empleo interesante y te gusten tus colegas, no es suficiente. Como puedes elegir y cambiar, nunca estás satisfecho.


P. ¿Cómo puede la escuela prepararnos para saber lo que es la felicidad?


R. Hay que enseñar a cultivar relaciones sanas, a identificar propósitos y sentido en lo que hacemos. Y lo más importante: a encontrar tiempo para el descanso. Las investigaciones han demostrado que ese el gran problema, que no nos recuperamos del estrés. No vale con leer best sellers de autoayuda, hace falta una acción. En el trabajo, hacer un parón cada dos horas de 30 minutos, o de 30 segundos si trabajas en Bolsa, pero desconectar y respirar. Tomarte un día libre. Aprender que la felicidad no es un código binario, de uno a cero, sino un subir y bajar. Es un viaje impredecible que termina cuando mueres."                         (Entrevista a Tal Ben-Shahar, Ana Torres Menárguez, El País, 04/10/19)

31/1/18

“El autodesarrollo práxico mediante la actividad es el origen del placer y de la felicidad”

"Nos habíamos quedado aquí, en este punto de la segunda parte de tu libro cuando afirmas que el fin de la política, de nuevo según Aristóteles, es el buen vivir, que es lo mismo que ser feliz. ¿La comunidad humana existe entonces para que seamos felices? ¿Cuándo lo somos, cuándo podemos serlo?

La polis tiene como finalidad el vivir bien, la buena vida; Buen Vivir: eú zen –εῦ ζῆν-. Solo la comunidad social genera la vida humana y a la par crea la antropología, la individualidad y las necesidades humanas.

 A comenzar por los recursos materiales y espirituales, imprescindibles para nuestra socialización, sin todo lo cual no hay posibilidad de vida humana. O sea la vida humana, la buena vida, es consecuencia inmediata y solo posible gracias a -o debido a- la actividad de la comunidad social. 

La felicidad de cada individuo tiene esa precondición, no puede existir sin la misma. Pero la noción de felicidad aristotélica se basa en el autodesarrollo de cada individuo que no es posible sin su voluntad de hacer, de auto elegirse en este o aquel hacer, y en aplicarse a esa praxis.

 La felicidad es una sensación inherente a la actividad que genera en sí el individuo activo, el individuo cuya característica ontoantropológica exige que pueda hacer, cuya antropología individual como ser humano solo se genera a medida que aprende a hacer y pone en obra su hacer: el hacer es la autogénesis de cada sujeto individual, y su auto desarrollo como tal. 


Hablas de actividad...

Debemos entender por actividad todo uso –toda génesis y todo uso- de todas y cada una de las facultades intelectuales humanas, y esto incluye también a las que ponemos en obra ante el arte o en el estudio de las ciencias y demás saberes; pero no solo esas. En la Ética Nicomáquea Aristóteles reflexiona sobre este asunto del placer, y de la felicidad. Muy especialmente en el libro X.

 El placer es generado por la actividad, esto es, por el desarrollo activo de cada una de las facultades y capacidades humanas. La felicidad, por ello, es inherente a toda actividad desarrollada conforme al saber hacer previamente elaborado por la comunidad, del que nos hemos apropiado previamente y cuya apropiación nos ha desarrollado las correspondientes capacidades y facultades –las dynameis-. 

Ese saber hacer incluye el conocimiento práxico que garantiza la pericia y el conocimiento de las normas que orientan la actividad para el bien de la comunidad. La felicidad depende del ethos, que es el que nos posibilita el desarrollo de nuestras capacidades, cuando nos lo apropiamos y ponemos en obra protagónicamente, autodeterminadamente, pero este ethos incluye. a la vez, ethos como saber hacer y ethos como norma ética o norma moral. 

Podemos aceptar claramente que el autodesarrollo práxico mediante la actividad es el origen del placer y de la felicidad. Es una axiología de valor de la felicidad nada pasiva, nada basada en el fin del consumo/consumismo, sino en la creatividad, que es imposible si no es en común. Y es una axiología potente y válida. Más procelosa es la justificación de que el bien moral nos causa felicidad.


Es una idea hermosa...

Es una idea hermosa, pero hemos visto que en las sociedades divididas en clases, hay quienes se autodesarrollan plenamente con independencia de los demás, y disponen de los medios que posibilitan su actividad autodesarrollada debido al sufrimiento o explotación de los demás. 


Perdona que insista. Cuando afirmas que el desarrollo de cada individuo como género homo depende de la comunidad social, ¿no estás subvalorando la libertad de los seres humanos y poniendo en primer plano el conjunto de la comunidad? ¿No puede derivarse de esa prioridad un aplastamiento de seres humanos concretos que la comunidad puede considerar disidentes, antisociales o conflictivos, enemigos del bien común, del buen vivir, de la vida feliz de la que hablábamos?

Es importante que plantees esta pregunta, cuya respuesta conoces mejor que yo, pero que me permite salir al paso de uno de los prejuicios ideológicos que el liberalismo moviliza contra la noción de prioridad ontológica de la sociedad sobre el individuo y, por tanto, contra toda alternativa de orden social que trate de oponerse al existente.


El tema, el asunto es importante.

El ser humano, puede ser considerado consecuencia o resultado de la sociedad, o resultado de su propia inherente, y previa a la sociedad y la socialización, naturaleza. De ser así, el hacer humano sería una etología más, como la de los animales, gobernada por instintos naturales. Sería inmodificable. 

No habría en consecuencia libertad alguna, excepto la de cumplir con la propia innata naturaleza biológica, y los impulsos e instintos naturales, ni habría por lo tanto, lugar al debate sobre lo que sea la libertad. 

Es ridículo plantearse la libertad respecto de los anélidos, las lombrices, los tiburones, etcétera. Son así, y basta, nadie puede decirles que ejerzan autodominio, que «repriman su fiera condición», para expresarlo con Calderón de la Barca, con una de las frases, dirigida a Segismundo sobre la libertad humana, que hay en La Vida es Sueño.


El individualismo antropológico es un determinismo biológico que, ese sí, excluye toda libertad humana posible


¿Por qué?

Porque convierte el asunto de la libertad en un sin sentido. Libertad sería dejar libre a la necesidad natural. Dejar a la naturaleza hacer su curso, por ser vano y loco tratar de domeñarla.

Que el individuo depende, incluso en su génesis individual, no de la naturaleza, sino de la sociedad, sin embargo, es la tesis que se abre a la libertad. 

La misma sociedad, posterior al individuo, surge como resultado de la praxis en común. y posibilita a su vez, una nueva actividad, un nuevo nivel de hacer, que es el que otorga libertad. Todo hacer decidido en grupo, genera economía de tiempo, al inventar tareas nuevas. Si un solo animal o un grupo muy reducido de individuos tiene que asumir las tareas imprescindibles para la subsistencia, hace las cosas de otro modo; el «posterior» modo social. 

Cada posterior modo social de cada posterior nivel de comunidad mayor tiene que ser traído a la realidad –inveniat, invento-. Junto al aumento de tiempo libre, que posibilita a su vez la creación o invento de nuevas acciones. El tiempo libre es lo que posibilita la auto interpelación, interpela a cada sujeto sobre qué hacer en ese tiempo. La diversidad de quehaceres interpela a la reflexión sobre posibilidad de elección, sobre qué hacer, cómo autoelegirse. 

El carácter social del hacer común exige el aprendizaje de ese saber hacer nuevo, y esto, plantea un nuevo nivel de desarrollo auto gobernado de la personalidad social: el que es inherente a la exigencia de que cada individuo ponga en obra ese saber hacer, cosa que exige que ese saber hacer que yace en nuestra consciencia sea operado protagónicamente cada caso, y eso exige, por tanto, protagonismo libre, como el desarrollo, previo, generado por cada saber hacer nuevo, de las nuevas capacidades y facultades correspondientes, en cada individuo que interioriza ese saber. 

La subjetividad y la libertad son creación, construcción derivada de esa previa, ontológicamente, construcción social, construcción en sociedad, de la propia praxis social y de la propia comunidad social activa.


La sociedad, la comunidad es la matriz generadora de la individualidad y de su necesidad de auto dirigirse y de ser libre.


Remarco lo que acabas de señalar. Disuelve un falso (e interesado) problema sobre la sociedad y el individuo.

La libertad por tanto es comunitaria, es fruto de la comunidad, porque la comunidad es autogénesis, no es natural ni posee etología natural. El ser humano que sí es comunitario y que sí es un ser que se autocrea mediante una actividad que se denomina praxis, es libre porque la praxis carece de patrón de saber hacer apriorísticamente definido por la naturaleza. Ese saber hacer debe ser creado en cada caso por cada comunidad. 

Ese ser en común, ser intersubjetivo, que dispone de capacidad de hacer, no dispone ontológicamente de saber hacer inherente. Lo debe crear, somos una subjetividad en común sin proyecto, pero necesitamos de uno que oriente nuestra praxis –fines, objetivos, saber hacer- para poder subsistir.

 Somos una nada que puede serlo todo, y eso es lo que nos hace libres ab origo, Legibus solutus, como el rey absoluto, por naturaleza. La libertad es consecuencia del orden social del que nos dotemos, pero este no es natural, sino social, histórico, autogenerado.


Tu reflexión, en mi opinión, tiene mucho interés. Abuso un poco más. Aristóteles, señala, lo citas tú mismo, que todo es obra de la filia, de la amistad, que la elección de la vida en común presupone amistad. Pero ¿es eso posible en comunidades grandes, enormes y complejas como las nuestras? ¿Cómo podemos sentir amistad por gentes que no conocemos ni conoceremos seguramente a lo largo de nuestra vida?

Recuerdo un hermoso ejemplo que debo a Cornelius Castoriadis. 


Un autor muy estudiado por uno de nuestros compañeros, por Jordi Torrent Bestit.

Sí, efectivamente. Él, Cornelius, decía que su abuelo, ya muy mayor, se había puesto a plantar olivos. Olivos que él sabía que no iba a disfrutar él. Y sin conocer quién acabaría disfrutando. Este es un hecho empírico.


Aparte de eso, todos nos sabemos miembros de comunidades, y las comunidades sociales nos transmiten –paideia- la solidaridad. Una catástrofe nos conmueve y si nos hallamos próximos, tratamos de ayudar, como podemos. La percepción de copertenencia a una sociedad y a la especie humana nos induce a comportamientos sociales solidarios, no por utilitarismo sino por reversibilidad de consciencia: no espero nada a cambio de lo que hago, pero hago lo que quisiera que se hiciera conmigo, con los míos, lo hago porque son mis iguales.


Mis iguales, en efecto.

Porque me parece que no es justo que teniendo yo para comer haya quién no pueda comer, puesto que es mi igual; no seré yo quien se ría de quien aporta unos alimentos a un centro de reparto. 


Yo tampoco, pienso que es una blasfemia hacerlo.

No es mala consciencia, pero incluso si aceptáramos esa ofensa: por qué de la misma. Es la ideología del individualismo antropológico liberal la que hace apología del aislamiento. Pero la experiencia de que toda actividad nuestra es en común, es inmediata…Y además, la creación de instrumentos para la organización política que nos permita intervenir en la sociedad, nos crea mayor consciencia de ello.


De acuerdo, tienes razón en lo que señalas. Lo dejamos aquí por ahora."          

(Entrevista a Joaquín Miras Albarrán sobre Praxis política y estado republicano. Crítica del republicanismo liberal, Salvador López Arnal , en Rebelión,  28/01/18)

22/1/16

Lo mejor de la vida, la felicidad, sólo puede ser un subproducto de algo que es auténticamente bueno (a saber, una buena acción, una noche de sueño reparador, el amor)

"Lo mejor de la vida, la felicidad, sólo puede ser un subproducto de algo que es auténticamente bueno (a saber, una buena acción, una noche de sueño reparador, el amor) y está ausente de cualquier mercado. (...)

Tratar de substituir la auténtica felicidad con algún objeto o servicio adquiridos es el equivalente de substituir el sopor provocado por una píldora para dormir con una noche de sueño reparador. En el siglo XIX, algunas revistas norteamericanas publicaban esta definición: 

“La felicidad es como una mariposa, que siempre parece más allá de nuestra alcance cuando se la persigue; pero que, cuando nos sentamos tranquilamente, puede posarse sobre nosotros”. ¡Abandonar esta búsqueda materialista no cuesta nada en absoluto!

Si se condena la búsqueda de la felicidad como contraproducente, ¿cuál debería ser nuestra guía? El optimista que hay dentro de mí cree que hay algo innato en los seres humanos que, como el mecanismo que da pie a que los girasoles sigan al sol a lo largo del cielo, puede ayudar a desatar nuestro lado creativo. Porque sí. Con la felicidad como subproducto no buscado, la mariposa que se nos posa suavemente en el hombro.

Ay, las sirenas del diario esfuerzo pueden distraernos y convertirnos en consumidores a los que les gusta lo que compran, compran lo que creen que les gusta y acaban aburridos e insatisfechos, permanentemente incapaces a la hora de concretar la naturaleza de su descontento y confirmación viviente de lo razonado por Mark Twain acerca de la “multiplicación sin límite de innecesarias necesidades”.

Por otro lado, Dorothy Parker dijo que deberíamos “cuidarnos de los lujos y las necesidades se cuidarán por si solas”. Por supuesto, las necesidades se cuidan de sí mismas sólo para aquella gente que pertenece al minúsculo segmento de la sociedad en el que se reproduce el privilegio. 

Una sociedad civilizada le proporciona a todo el mundo condiciones que otorguen libertad vigorosa y creativamente para buscar sus propias metas. Pero para que esto suceda, cada uno ha de tener libertad frente al miedo, el hambre y la explotación, así como disponer, de acuerdo con Virginia Woolf, de “una habitación propia”."           (Yanis Varoufakis, Sin Permiso, en jaque al neoliberalismo, 23/12/15)
Yanis Varoufakis)

3/1/09

La ciencia descubre las claves de la felicidad

"Resulta que la búsqueda de la felicidad, del bienestar subjetivo, del sentimiento de satisfacción personal, ya no es cosa de gurús que dan consejos, sino que ha entrado de lleno en el ámbito de las ciencias si no exactas, sí experimentales. (...)

Y algunos de sus hallazgos son sorprendentes. Muestran, por ejemplo, que hay más felicidad en el altruismo que en el hedonismo, y en dormir más cada día que en comprarse un coche nuevo. También se sabe que cada uno de nosotros tiene una felicidad basal dependiente de los propios genes pero no por ello marcada a fuego: es posible manipularla... siempre que se descubran los mandos correctos. (...)

El estado de máxima felicidad tiene un nombre: flow, flujo, un concepto acuñado hace dos décadas por el psicólogo de origen húngaro afincado en EE UU Mihaly Csikszentmihalyi, y que hace referencia a la absorción total que experimenta desde quien se entrega por completo a una tarea intelectual hasta quien se sumerge en un videojuego. (...)

Los resultados de estas encuestas pintan grosso modo el siguiente panorama. En los países ricos se es más feliz que en los pobres. Bien. Pero superado un nivel mínimo de riqueza, dinero y felicidad se desacoplan: aunque la capacidad adquisitiva se multiplique, el sentimiento de bienestar apenas varía. La paradoja ya la señaló en los años setenta el economista Richard Easterlin, y se corrobora a lo largo de los años. Fernández Abascal lo ha expresado así: "Mis hijos tienen todas las videoconsolas y no son más felices de lo que era mi padre, que jugaba con una cuerda y una caja de cartón en la calle: tenían menos medios, pero los niveles de felicidad eran parecidos".

Las encuestas del WVS también muestran que el nivel de felicidad se mantiene más o menos estable a lo largo de los años, así como las diferencias entre países. En los países nórdicos y en América Latina se declaran más felices que en Asia (Dinamarca, Colombia, Nigeria y Puerto Rico están habitualmente en cabeza). Sin embargo, tras los últimos datos, del pasado julio, Ron Inglehart, el responsable del WVS, llamó la atención sobre el hecho de que desde 1981 la felicidad parece haber aumentado en 45 de los 52 países estudiados. Inglehart y otros autores lo atribuyen a la mejor calidad de vida en países que empiezan a salir de la pobreza y a la extensión de la democracia, supuestamente asociada a más libertad personal.

Pero, en cualquier caso, la foto que proporcionan las grandes encuestas es para muchos demasiado borrosa, así que tratan de afinar con investigaciones más precisas, a menor escala. Algunas dan resultados sobre edad y sexo. En general, hay coincidencia en que son más felices los jóvenes y los jubilados. Un reciente estudio del Instituto Nacional de Estadística francés (INSEE) con encuestas realizadas después de 1975 revela que, tras un bache en torno a los cuarenta años, la felicidad "remonta y alcanza su apogeo durante la sesentena", independientemente del estado civil o el nivel de renta. Y el pasado julio investigadores estadounidenses -Easterlin entre ellos- analizaron décadas de datos antes de concluir que de jóvenes las mujeres se declaran más felices, pero hacia los 48 años las tornas cambian y son ellos quienes se sienten más satisfechos con sus vidas.

En general, hay acuerdo en que estos trabajos muestran que la felicidad se correlaciona con "beneficios tangibles en muchos ámbitos de la vida", ha escrito Sonja Lyubomirsky, de la Universidad de Stanford. Entre ellos: más probabilidades de estar casado y menos de divorciarse; más amigos y mayor soporte social; más creatividad y productividad en un trabajo de más calidad y bien pagado; más actividad y energía vital; mejor salud mental y física; capacidad de autocontrol; e incluso más longevidad. Además, "la gente feliz no es egoísta; la literatura sugiere que tienden a ser relativamente más cooperativos; caritativos y centrados en los demás", dice Lyubomirsky en Review of General Psychology. (...)

Con este método realizó y publicó en Science en 2004 un trabajo con casi un millar de mujeres que declaraban cómo de satisfactorias eran sus actividades: el sexo, salir con amigos y relajarse ante la tele figuraban muy alto en la lista, mientras que dormir poco y una agenda laboral muy apretada eran de lo más desagradable. De nuevo, familia y amigos se revelan importantes, pero no el dinero (cubierto lo básico).

Y este no es el único resultado anti-intuitivo sobre la felicidad. Hay más, como que pacientes operados de cáncer puedan sentirse más felices que personas sanas; que víctimas de accidentes muy graves declaren niveles altos de felicidad; o que -por el contrario- personas que han ganado la lotería no sean, poco después del susto, más felices que el común de los mortales. La explicación podría estar en los genes. Varios estudios con gemelos indican que hay una especie de nivel permanente y personal de felicidad, al que pasado un tiempo todo el mundo tiende a volver pase lo que pase, o casi. Ya en 1996 un trabajo con 4.000 parejas de gemelos sugirió que el sentimiento de bienestar con la propia vida es genético en al menos un 50%. Y este mismo año, investigadores británicos y australianos han vuelto a obtener un resultado similar.

Otro resultado anti-intuitivo: genera más felicidad gastar dinero en los demás que en uno mismo. Lo ha demostrado un trabajo de Elizabeth W. Dunn (Universidad British Columbia, Vancouver, Canadá) en Science el pasado marzo, en el que se daba dinero a voluntarios, se les instruía sobre cómo gastarlo y se medía después su grado de satisfacción personal. Este resultado coincide con otros donde la mayor felicidad se correlaciona con acciones de ayuda a los demás y de promoción de la virtud. El altruismo, concluyen los investigadores, pone sobre la pista de la felicidad mucho más que la búsqueda del placer. "Dado que la gente parece pasar por alto los beneficios, las políticas que lo promuevan podrían ser una buena manera de traducir más riqueza nacional en más felicidad nacional", escribe Dunn.

Pero entonces, si el dinero no da la felicidad y el placer personal tampoco, ¿por qué la sociedad actual parece concentrarse en esos factores? ¿Hay un desenfoque generalizado? La causa podría ser un fenómeno ilusorio que Kahneman describió, en Science y otras publicaciones, en 2006. "Cuando la gente considera el impacto de un único factor en su bienestar -como los ingresos, pero no únicamente-, es propensa a exagerar su importancia; llamamos a esta tendencia ilusión de foco (...). Esta ilusión puede ser fuente de errores en la toma de decisiones importantes", ha escrito este experto.

Este fenómeno tampoco ayuda a estimar la felicidad de los demás. "A todo el mundo le sorprende lo felices que pueden ser los parapléjicos", ha dicho Kahneman. "La razón es que no son parapléjicos todo el tiempo. Disfrutan de sus comidas, de sus amigos. Leen las noticias. Tiene que ver con dónde se pone la atención". (El País, ed. Galicia, 28/12/2008, p. 26/7)