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9/3/23

Chivos expiatorios: la frustración por unas condiciones adversas afecta a la sociedad, que reacciona proyectando sobre algunas personas los fallos del sistema... Los acusadores viven así libres de culpas y sin la responsabilidad de tener que cambiar nada

 "La salud mental ha encontrado una rendija por la que colarse en los medios. Se ha demostrado el impacto que provoca en nuestra sociedad desde el abuso de medicación hasta el aumento de suicidios. 

Era necesario poner nombre a lo que estaba silenciado por miedo, tabú o estigmatización. Sin embargo, dada la evolución del tema, cabría la posibilidad de que, en lugar de conseguir mayores recursos en la sanidad pública o disminuir las desigualdades que las causan, cayéramos en un fenómeno muy usual entre los seres humanos: la focalización sobre las personas que padecen enfermedades mentales y no sobre el sistema social que las genera. 

Etiquetar a amplios sectores de la sociedad con patologías como el trastorno por déficit de atención (TDA), espectro autista, depresión o trastornos diversos puede conllevar olvidar las causas, incluidas las sociales y económicas, y tranquilizar nuestras conciencias ubicando el malestar en esas personas, lejos del resto.

Se trata de un recurso social muy usado, el del chivo expiatorio, cuando una sociedad se siente en riesgo y tiene miedo, ansiedad o incertidumbre. Puede recaer sobre cualquier colectivo que se perciba como “diferente”. A lo largo de la historia ha sucedido, en sus formulaciones más crueles, en la persecución de las brujas en la Edad Moderna o en el genocidio nazi. Resulta fundamental analizarlo para evitar su aparición en nuestra época de enorme inestabilidad y desconcierto.

La científica Adela Muñoz Páez ha publicado recientemente su libro Brujas, en el que realiza un exhaustivo análisis de las causas que condujeron en Europa a tan cruel persecución de la brujería en la Edad Moderna. Muñoz desmonta algunos mitos, como la idea tan extendida de que las brujas eran en realidad mujeres sabias, alquimistas o hechiceras. A este potente imaginario contribuyó en gran medida el libro Brujas, comadronas y enfermeras, escrito en 1973 por las ensayistas feministas Bárbara Ehrenreich y Deirdre English. 

Con indisimulado pesar, Muñoz advierte de que no ha encontrado en su extenso estudio nada que haga pensar en una sabiduría propia de las llamadas brujas, sino que, por el contrario, encuentra en ellas de forma muy mayoritaria a las mujeres más pobres, a las analfabetas, las marginadas y, frecuentemente, con algún tipo de enfermedad mental. Sin embargo, lo que refleja el libro es el hecho de que son las condiciones socioeconómicas las que, sumadas a factores de misoginia y superstición, disparan el terror y las persecuciones. Se desencadenaron cazas de brujas en toda Europa por razones climáticas adversas, al perderse cosechas, al caer en la miseria o cuando la mortalidad infantil aumentaba.

Por su parte, los psicólogos Carl Hovland y Robert Sears mostraron un vínculo entre el linchamiento de afroamericanos y la curva de precios del algodón entre la emancipación y la Gran Depresión americana. La frustración con la economía del algodón condujo al odio hacia la minoría inofensiva representada por los esclavos negros. Por no hablar de la utilización de los judíos como chivos expiatorios para desviar las culpas de los desastres que sufrió Alemania como consecuencia de la I Guerra Mundial.

¿Podríamos identificar en la actualidad grupos con el rol de chivos expiatorios? Las personas inmigrantes, los menores adolescentes no acompañados, los jóvenes tildados de ninis, las personas con problemas de drogadicción, las sintecho, las de diferente orientación sexual son con frecuencia acusadas de todos los problemas de nuestras ciudades. También las jóvenes con anorexia o bulimia cargan con las culpas del sistema: los medios y las redes sociales muestran hasta la saciedad un prototipo de mujer imposible, pero quien sufre en sus cuerpos son las jóvenes, sin recursos para luchar contra ello y sin que la sociedad parezca apenas inmutarse.

El fenómeno del chivo expiatorio se utiliza en Psicología Social para explicar cómo la frustración o la falta de control debido a condiciones vitales adversas afectan a la sociedad, la cual reacciona proyectando sobre algunas personas o grupos las culpas del sistema. De este modo, los acusadores y la sociedad en general viven libres de culpas y no se sienten con la responsabilidad de tener que cambiar nada. Por el contrario, quienes asumen el rol de chivo expiatorio cargan con un peso emocional que afecta negativamente a su salud mental.

Las personas necesitamos mantener cierto control percibido sobre nuestro entorno y, cuando ocurren epidemias, recesiones, desempleo o guerras imprevistas, se simplifica la realidad designando uno o varios chivos expiatorios. Esta estrategia proporciona una solución aparentemente fácil, que es aislar, eliminar o focalizar el problema sobre el grupo escogido, al tiempo que nos permite mantener el mundo como estable y predecible, y no caótico o peligroso.

Por todo ello, señalar a las personas que están sufriendo psicológicamente como resultado de crisis sociales y desigualdades podría tener un efecto contrario al deseado, si no estamos muy alerta. Porque no debemos olvidar que son los chivos expiatorios quienes están reflejando, como en un espejo, el sistema en que vivimos y del que siempre somos, en alguna medida, responsables."          (Sara Berbel Sánchez , El País, 07/06/22)

7/7/20

Aporofobia, el miedo al pobre que anula la empatía

"Para que algo exista en la conciencia colectiva hay que poder nombrarlo. Poner nombre a lo que ocurre y no se ve o no se quiere ver es lo que ha hecho la filósofa Adela Cortina con una realidad que está ahí pero preferimos ignorar: el miedo, la aversión y el rechazo a los pobres.

 Lo ha denominado aporofobia, un fenómeno que está en el origen de las corrientes de xenofobia y racismo que se extienden por el acomodado mundo occidental. Adela Cortina acuñó este concepto a partir de los términos grietos griego áporos (sin recursos) y fobos (temor, pánico) y lo ha utilizado en trabajos académicos y artículos, hasta imponerlo, pese a las reticencias de los editores a las palabras extrañas, como título de su último libro: Aporofobia, el rechazo al pobre(Paidós, 2017).

El esfuerzo ha tenido recompensa. Hace unas semanas el neologismo fue incorporado al Diccionario de la lengua española y la Fundación del Español Urgente lo ha declarado la palabra del año de 2017, como en años anteriores fueron populismo, refugiado, selfi y escrache. En la palabra aporofobia Fundéu ha encontrado no solo un término muy significativo, sino una rara avis lingüística: “una voz con autor conocido y fecha de nacimiento”.

La aporofobia, como señala Adela Cortina, es lo que alimenta el rechazo a inmigrantes y refugiados. No se les rechaza por extranjeros, sino por pobres. Nadie pone reparos a que un jeque árabe se instale en un país europeo, ni a facilitar la residencia a un futbolista famoso. Los yates atracan sin problemas en la costa rica del Mediterráneo mientras las pateras se hunden tratando de alcanzarlas. A Trump no se le ha ocurrido poner un muro en el norte, en la frontera con Canadá, sino en el sur, en la frontera con México.

El odio al pobre se expresa también con los excluidos del propio país. Según el Observatorio Hatento, una iniciativa de las entidades sociales para denunciar agresiones a las personas sin techo, el 47% de quienes viven en la calle han sido víctimas de delitos de odio. Por su situación de exclusión, son también los más indefensos. La recesión económica ha exacerbado el miedo a la pobreza porque nos ha hecho ver que todos somos vulnerables. Que el mejor empleado de la empresa más segura puede quedarse de repente en la calle sin medios de subsistencia.

Pero para que el miedo se convierta en rechazo es preciso un proceso mental que anule la compasión y la empatía. Ese proceso lo proporciona la ideología y se activa cuando señala a los pobres como culpables de su pobreza. Cuando afirma que la pobreza no es fruto de unas condiciones estructurales que dejan a muchos en la cuneta, sino el resultado de una indolencia, un error individual o una culpa personal. 

En esa ideología, los pobres son percibidos como una amenaza. Culpabilizarlos anula la empatía y permite que se le ignore y hasta se les persiga. Y todo eso ocurre en un momento de fuerte aumento de las desigualdades."                  (Milagros Pérez Oliva, El País, 04/01/18)

17/12/19

«El empobrecimiento de la población crea chivos expiatorios»... el mensaje contra la emigración sirve para amedrentar y conseguir mano de obra más barata. Dónde más se necesita esta mano de obra, como la agricultura, es donde más se usa la amenaza. En lugares como el oeste almeriense...

"Doctor en Antropología Social, forma parte del Grupo de Investigación en Exclusión y Control Sociales (GRECS). Es presidente de la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado y autor de ensayos y novelas, entre las cuales, Aguas de venganza y Crímenes de hambre.


Está trabajando en un proyecto editorial sobre refugiados climáticos. A día de hoy, ¿Cómo sería una foto fija de esta realidad?
Lo que está pasando en este momento es que el cambio climático se está manifestando de una manera acusada en muchas zonas del planeta. No es una cosa del futuro, sino que ya está pasando. Se están destruyendo hábitats de poblaciones: terrenos de cultivo que dejan de ser productivos, costas que van desapareciendo... El nivel del mar no sube igual en todas partes. 

Lo hace más en las zonas ecuatoriales porque, al disminuir la fuerza gravitacional hacia los polos, pierden demasiado, y el agua tiende a gravitar hacia el Ecuador. Sabemos que en Barcelona ha subido 20 centímetros, pero prácticamente no lo percibimos. No es así en África o el Sudeste asiático... Están desapareciendo islas del Pacífico.
¿Cuál es la tendencia de todo esto?
Todos los informes climáticos que van saliendo advierten que las cosas están mucho peor de lo que pensábamos hasta ahora y, además, más aceleradas. Los procesos de desertificación, la subida del nivel de la mar, la pérdida de agua potable, las oleadas de calor... irán a más. Por lo tanto, esta pérdida de hábitats que ya se está produciendo será más grande y, en consecuencia, habrá más gente que tiene que marchar de dónde es.

Y esto, actualmente, es cosa de pobres…
Sí, pero hay que matizarlo. Las zonas tropicales son las más afectadas y lo continuarán siendo. Ahora, el impacto del crecimiento de los huracanes se está notando mucho en las costas de los Estados Unidos. Cada año son más destructivos. Y en Europa, todo el sur está siendo cada vez más árido y se irá desertizando. La península Ibérica lo tendrá muy mal. Londres también se podrá ver afectada por la subida del nivel de la mar y Venecia ya está sufriendo los efectos.

En el pasado, el clima ha experimentado fenómenos extremos. ¿Cuál es la diferencia respecto a los de ahora?
Ha habido un tipo de fenómenos extremos que los científicos denominan "de cada cien años". Lo que ahora está pasando es que estos fenómenos se producen cada muy pocos años, y tienden a acelerarse. Además, por primera vez los fenómenos no son causados por la misma dinámica de la naturaleza, sino que son debidos a la intervención humana. Somos los humanos con nuestras actividades los que estamos modificando el comportamiento del clima. Sobre esto hay que dejar claro que no hay controversia científica. Es unánime la opinión de que somos nosotros los que hemos elevado la temperatura de la atmósfera a unos niveles intolerables. La temperatura media actual no la hemos tenido desde hace 130.000 años.

Una consecuencia inmediata de todo esto es que la gente afectada tiene que buscarse la vida como pueda para poder sobrevivir…
Principalmente, lo que ahora está pasando es que la gente deja las zonas rurales para irse a los suburbios de las ciudades. Por eso crecen tanto las ciudades tropicales. También con los conflictos, que, a su vez, no son ajenos al cambio climático. También hay personas que se van a otros países. Los somalíes se desplazan hacia Uganda, Kenia, Etiopía... Emigran a países cercanos. 

Cuando la gente huye para salvar la vida no se va muy lejos. El 84% de los refugiados por conflictos bélicos viven en países vecinos. Sólo un 16% se van más lejos. Otra cosa es cuando se emigra para cambiar de vida, para buscarse un trabajo mejor... Esto es lo que pasa también con los refugiados climáticos.
En cualquier caso, las crisis, como las consecuencias de la pobreza, suelen ser acumulativas…
Hay muchos conflictos que están muy relacionados con el cambio climático. El más paradigmático es el de Siria, con seis millones y medio de exiliados aproximadamente y el mismo número de desplazados internos. Más de la mitad de la población de Siria. En el 2006, empezó en Siria una gran sequía. Mucha gente acabó marchándose a las ciudades, y esto, ligado con la subida del precio de los alimentos, etc., generó mucha conflictividad. La revuelta inicial siria no se explica sin esta crisis. En Darfur, los pastores de norte se quedaron sin tierras de pastos y se iban hacia el sur, donde se enfrentaban con los agricultores.

¿Así pues, la "invasión" que se proclama desde Occidente, refiriéndose a los emigrantes, parece que está bastante alejada de la realidad?
La "invasión" es una falacia. Las migraciones laborales funcionan de acuerdo con la capacidad de atracción de los países. Si no hay trabajo en un país, la gente no va. En España hubo más emigración entre el 1998 y el 2008. Y después ha ido bajando. Además, todos los estudios serios sobre emigración coinciden en que las migraciones son beneficiosas para los países receptores. 

Lo que pasa es que las mentiras de la extrema derecha funcionan, porque se trata de mensajes muy simples: nos toman nuestros puestos de trabajo, utilizan nuestra sanidad, aumenta la delincuencia. Mensajes fáciles que la gente, cuando está angustiada, acaba compartiendo.
Llama la atención la aparente contradicción entre las ventajas económicas que comporta la emigración y el discurso político que la penaliza...
Si, aunque si a esto damos la vuelta resulta que no es tan contradictorio, porque todo este mensaje contra la emigración también sirve para amedrentar y, en definitiva, para conseguir mano de obra más barata. Y dónde más se necesita esta mano de obra, como la agricultura, es donde más se usa la amenaza. En lugares como el oeste almeriense, que ha prosperado basándose en el trabajo semiesclavo, es donde se produjeron las primeras revueltas contra los inmigrantes.

¿Cómo se explica la xenofobia en un mundo tan globalizado como el actual?
Porque los problemas que sufre la gente también son muy graves, y la necesidad de buscar explicaciones fáciles nos llevan a buscar cabezas de turco. Y esto tiende a agravarse porque las desigualdades crecen, la gente se empobrece... Globalmente, las migraciones han crecido, pero de un 2,8% a un 3,2% de la población mundial. Es decir, dentro de unos márgenes perfectamente asumibles. Si no fuera porque hay partidos que están sacando rédito de la xenofobia, ni nos enteraríamos.

En la mayoría de los países europeos y en los EE.UU. de Trump, la extrema derecha presenta la emigración como el enemigo principal…
La extrema derecha actual, que nace a principios de los 80, cuando Jean Le Pen saca un 14% de los votos, enlaza con la crisis del petróleo y el empobrecimiento de la población obrera, el triunfo de Reagan, la aparición del neoliberalismo... España parecía una excepción a todo esto, porque, como en el Reino Unido de la época de Margaret Thatcher, la extrema derecha estaba oculta entre los conservadores. 

Así, cuando estos pierden el poder, como le ha pasado ahora al PP, surge una extrema derecha con más posibilidades electorales. Pero no se tiene que olvidar nunca que la extrema derecha se beneficia del empobrecimiento de la población, que necesita buscar chivos expiatorios.
Ante este panorama, no faltan movimientos de repliegue a la izquierda, como el que propone Diego Fusaro en Italia...
No creo que esto tenga salida, pero es verdad que la democracia está defraudando, porque está siendo utilizada por los más ricos para enriquecerse más. Vemos que el simple hecho que Podemos entre al gobierno está despertando alarmas muy poco fundadas. Esta tentación de ir hacia regímenes más autoritarios pero que se enfrenten a los poderes fácticos puede estar bastante justificada. 

También está surgiendo lo que se ha denominado ecofascismo, un ecologismo que dice que los mercados no renunciarán a los combustibles fósiles, y que hay que obligarlos a hacerlo, como sea. En situaciones críticas, como la que estamos viviendo, la tentación de ir hacia poderes autoritarios es muy fuerte. Pero no veo que tenga futuro. Los autoritarios que han tomado el poder, en contra aparentemente de las élites, son parte significativa de ellas, y los más serviles.
O sea, ¿más democracia?
Sí. Y menos desorientación política, porque el cuerpo electoral actúa frecuentemente en modo zombi. Los gobiernos de Lula y Rousseff en Brasil bajaron el índice de pobreza de 34 a 13 millones de pobres, en un periodo relativamente rápido. Hicieron una revolución. Es obvio. Pero muchos que dejaron de ser pobres han votado Bolsorano. Una cosa parecida está pasando en Bolivia." 

(Entrevista a Miguel Pajares, presidente de la Comisión Catalana de Ayuda al Refugiado, El Triangle, 09/12/19)

8/10/18

En los momentos de crisis sociales muy acentuadas, cuando el sistema político se ve cuestionado y el orden simbólico se resquebraja, entonces la demagogia se refuerza echando mano de mitificaciones, además de los propios prejuicios, que igualmente tienen anclaje en el imaginario colectivo...

"Es una constante tentación simplificar los trazos con los que construimos nuestra imagen de la realidad para que ésta nos sea más manejable. 

La complejidad del mundo en el que estamos supone, al abordarla en el mismo análisis, una carga pesada que tratamos de aliviar como sea y así diseñar mapas teóricos que, aunque sean falsos, nos ayuden a pensar que nos orientamos en la realidad y, con ello, nos clarificamos en cuanto a qué hacer. (...)

De esa manera, en política, fallan las estrategias construidas con esa ley del menor esfuerzo que no da de sí más que tacticismos alicortos.  La demagogia cuenta entre sus características precisamente con la elusión de la complejidad. 

La verborrea demagógica no se complica la vida con matices y echa mano de la brocha gorda para trazar el marco de un discurso –si cabe llamarlo así- encaminado a halagar al auditorio, a la vez que se busca activar sus emociones para encaminar esas pasiones que, con tal acompañamiento, no pueden ser sino bajas.  (...)

Cuando la democracia moderna se puso en marcha volvió a toparse con la demagogia como práctica que la distorsiona, con la ayuda de elaboraciones ideológicas más sofisticadas. Los mecanismos ideológicos se instalan en la sociedad, condicionando la vida política con sutiles formas de encubrimiento de la realidad que, en esas variantes más extremas de las mismas, dan lugar a nuevas mitificaciones que se vuelven artefactos potentes para construir discursos simplistas con fuerte carga emocional.

 Es constatable cómo en los momentos de crisis sociales muy acentuadas, cuando el sistema político se ve cuestionado y el orden simbólico se resquebraja, entonces la demagogia se refuerza echando mano de mitificaciones construidas como reverso, además, de los propios prejuicios, que igualmente tienen anclaje en el imaginario colectivo.   (...)

La crisis social provocada por una economía que no remontaba y el sentimiento colectivo de humillación nacional por el Tratado de Versalles fueron generando el caldo de cultivo en el que el nazismo acabaría germinando hasta hacerse con toda la sociedad alemana como sistema totalitario. 

Conocemos las consecuencias, como sabemos de las del fascismo en Italia –podemos sumar a ello el anticipo que supuso, en cuanto a la II Guerra, el acoso y derribo al que se sometió la II República española–. 

Mucho se ha dicho y escrito acerca de cómo todo ello fue posible. Si ahora no es el momento de detenernos en recoger apreciaciones más detalladas, aunque fuera en balance apresurado, sí es pertinente recordar cómo en el periodo de entreguerras se echó mano, por parte de los movimientos totalitarios en ciernes, de las mitificaciones nacionales e incluso raciales –acentuando el reverso del prejuicio respecto al excluido como extraño, el otro diferente, el judío como chivo expiatorio–.

 Sobre tales mitos se construyó ese discurso movilizador que puso el objetivo de su desbocada demagogia en generar en las masas emociones conducentes a una ciega adhesión al líder mesiánico, por ejemplo.

 A la vez, para dejar atrás las reservas racionales que supusieran objeciones a tan funestos desvaríos se nutría la exaltación de un irracionalismo que se esgrimía como soporte de los valores fundamentales de “la tierra y la sangre”.

 Valga como referencia emblemática al respecto la obra de Oswald Spengler con título que facilitó que alcanzara la condición de best seller de la época: La decadencia de Occidente. Su influjo fue fortísimo y a ese clímax cultural no se sustrajeron pensadores de primer nivel, como fue el caso de Martin Heidegger. (...)

Lo que se ha llamado el caso Heidegger es paradigmático acerca de cómo mentes de una potencia intelectual descollante pueden sucumbir ante los cantos de sirena de la llamada de “la tierra y la sangre”, o del pueblo y la patria, o de la raza y el nuevo Reich.   (...)

Si pasamos ahora de los años veinte y treinta del siglo pasado a esta segunda década del XXI observamos que la tentación irracionalista de nuevo se hace presente. Eso ocurre, ciertamente, en un contexto distinto, por lo que toca a Europa en el contexto de sociedades con democracias más institucionalizadas –aunque no por ello aseguradas ante el empuje de lo que cabe denominar las diversas formas de neofascismo-, en marcos culturales en los que ya no entra una estetización de la política como la que acompañó a los fascismos de otrora, pero en los que sí se abre paso, dado el cinismo imperante, la perversa dinámica de lo que se ha llamado posverdad: mentira socialmente organizada, políticamente inducida, mediática y digitalmente producida, de manera que sabiendo que la verdad  no interesa, todo recae sobre la construcción de relatos, incorporando cuantas falsas noticias hagan falta, para que las multitudes individualistas castigadas por la crisis se aglutinen en virtud de la demagogia de los populismos del momento.  (...)

Resulta escandaloso oír decir desde posiciones supuestamente de izquierda que no está el horno para razones y que lo que ahora procede es activar emociones. Por ese camino no hay discurso emancipador y solidario que se pueda sostener y compartir tras objetivos de justicia. 

 La razón democrática de una conciencia republicana que, en aras de la libertad y por mor de la igualdad, busque salidas por la izquierda, ha de ser razón espoleada por esa pasión política que cuenta con la inteligencia suficiente para saber que ciertas propuestas, emocionalmente muy cargadas, no conducen sino a falsas vías de escape. "                    

(José Antonio Pérez Tapias  , catedrático en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Granada, CTXT, 01/10/18)

21/1/14

La combustión social que provoca la crisis busca responsables. Los partidos de ultraderecha europeos ya los identificaron. Emigrantes, gitanos... lo de siempre

"La crisis europea presenta, en su estado actual, una de las consecuencias más significativas en términos políticos y sociales: el rebrote de los discursos identitarios que conforman una estrategia directa para la captación ideológica de la población. 

Es un recurso añejo que se actualiza desde la extrema derecha europea quien encontró en la agitación social, producida por la debacle económica, el fermento propicio para sus metas políticas. Las huellas de la crisis no sólo se observan en las tasas de desempleo o en los ajustes y el recorte de derechos, también se manifiesta en la emergencia por reafirmar las identidades nacionales, consideras en peligro por los flujos migratorios.

La identidad es un concepto polisémico. Ese carácter implica la posibilidad de reinterpretarlo y establecerlo bajo parámetros diversos y, en ocasiones, contradictorios. El psicólogo social Henri Tajfel ha sido uno de los fundadores de la teoría de la identidad social.

 Sus estudios se focalizan en la construcción de un sentimiento de pertenencia a nivel grupal o social que excede la singularidad de la persona. Su aporte coloca al prejuicio en el centro del análisis sobre la constitución del “nosotros” y la clasificación de los “otros”. 

La doctora en Psicología Olga Lasaga Millet auguraba, hace sólo algunos años, sobre la identidad europea: “Si se consigue generar en la ciudadanía un sentimiento de identidad, es decir que ser europeo se convierta en una referencia para cada individuo, se coadyuvará a que prospere una Europa social, fuerte y solidaria que garantice el bienestar y la prosperidad de su población.” 

Las continuas reafirmaciones por preservar las identidades nacionales “amenazadas” refutan la profecía de la psicóloga. El “otro” es constituido por diferentes movimientos políticos no sólo como lo diferente sino como lo peligroso, como el enemigo que atenta contra la unidad nacional. 

No es necesario realizar una revisión profunda por la historia moderna de los estados nacionales para corroborar las múltiples atrocidades que buscaron refugio legitimador en la cuestión de la identidad. Los influjos del positivismo durante el siglo XIX y sus resabios en la primera mitad del siglo XX garantizaron un sustento científico- ideológico para jerarquizar las “razas” humanas. 

El continente europeo fue testigo privilegiado de los conflictos entre naciones que tuvieron su desenlace en los campos de batalla. En coyunturas belicosas la categoría de “enemigo” se utiliza ligada a la cuestión de la supervivencia. La construcción de su figura –elaborada siempre a partir de una identidad diferente, sea religiosa, política o étnica- se sustenta en la disposición combativa de ese “otro” que comparte el código de luchar hasta el final.

 Empero, cuando la guerra no forma parte de la escena presente, el referente para la amenaza y el peligro debe reconocerse en otra parte. La Europa contemporánea ha designado como enemigo a los inmigrantes que provienen no sólo de otros continentes sino de los países más pobres de la Unión. 

Sus itinerarios deshacen los caminos de un pasado de imperio y conquista a fuerza de sangre y fuego. Este “enemigo” ya no viste de soldado ni porta armamentos de vanguardia a diferencia de los ejércitos de las potencias europeas, sino que se moviliza en pos de modificar sus condiciones de vida. (...)

El escenario político europeo presenta varios indicadores que permiten alertar sobre el avance de la extrema derecha. España, Grecia, Italia, Alemania, Francia, son algunos de los países en los cuales se produjeron movilizaciones a partir de distintas agrupaciones políticas que desarrollan una retórica filo-fascista.

 Es interesante observar los argumentos y las estrategias discursivas que pronuncian para construir una explicación de la crisis que omita o matice la responsabilidad del sistema capitalista en su conjunto. 

El Frente Nacional Francés, con Mariane Le Pen en la dirección, es un penoso ejemplo de la estigmatización que sufren los inmigrantes desde esos sectores políticos. Para el histórico partido francés, que viene celebrando un incremento importante en su poder de convocatoria, la causa principal de la crisis radica en la “invasión” proveniente de los países africanos y de los denominados “países árabes”.

 El desempleo, el déficit, la inseguridad y demás consecuencias que pueden reconocerse como endémicas al funcionamiento del sistema se simplifican y caracterizan en la figura de los inmigrantes.

El historiador polaco Witold Kula esperaba que las experiencias del pasado adviertan lo que no hay que hacer, y no lo que debe hacerse. La advertencia parece no ser escuchada en el continente europeo. El alegato de la identidad intensifica una efervescencia que no sólo se legitima desde la defensa y la exaltación de lo “propio” sino que se va solidificando a partir de la exclusión, rechazo, y –en algunos casos- odio del enemigo construido. 

La violencia simbólica, que se práctica desde los discursos políticos, en ocasiones se torna física. La nacionalidad y el amor a la patria se confunden con intransigencia y exclusión de la diversidad. La combustión social que provoca la crisis busca responsables. Los partidos de ultraderecha europeos ya los identificaron."            ( Matías Emiliano Casas

11/11/13

Las élites financieras y su brazos político-mediáticos se han convertido en la nueva clase aristocrática

"La actual crisis sistémica está poniendo de manifiesto la farsa en la que han convertido algunas democracias occidentales, cuyos gobernantes actúan al dictado de las mismas élites financieras y económicas que la generaron.  

Estas élites, en última instancia, quieren recuperar sus tasas de ganancia a costa de los ciudadanos, a base de los sacrificios del resto de empresarios y trabajadores, y de espaldas a las aspiraciones de la mayoría de la población. Quieren imponer, en definitiva, un decrecimiento real de las condiciones de vida para mantener sus privilegios.  

Nuestra querida España es un ejemplo de ello, se ha convertido en una muestra de Totalitarismo Invertido, término introducido en 2003 por Sheldon Wolin, profesor emérito de filosofía política de la Universidad de Princeton.

 El totalitarismo invertido es el momento político en el que el poder corporativo se despoja finalmente de su identificación como fenómeno puramente económico y se transforma en una coparticipación globalizadora con el Estado.

 Mientras que las corporaciones se vuelven más políticas, el Estado se orienta cada vez más hacia el mercado. España, en su actual deriva, es un excelente ejemplo de ello. La antidemocracia, y el dominio de la élite son elementos básicos del totalitarismo invertido. (...)

Pero la actuación de las élites político-financieras a través de sus brazos mediáticos es mucho más sutil. La antidemocracia se ha apoderado definitivamente de nuestro país. Es una fórmula que funciona de manera indirecta. 

Se alienta a los ciudadanos a desconfiar de su gobierno y de los políticos - en realidad se trata auténticos zoquetes al servicio de estas élites-; a concentrarse en sus propios intereses; a quejarse de los impuestos; a cambiar el compromiso activo por gratificaciones simbólicas de patriotismo.

 Sobre todo, se promueve la despolitización envolviendo a la sociedad en una atmósfera de temor colectivo y de impotencia individual: miedo a la pérdida de puestos de trabajo, incertidumbre de los planes de jubilación, gastos en educación y sanidad en ascenso.

Socialmente las consecuencias son demoledoras. El totalitarismo invertido, en última instancia, explota a los pobres, reduciendo o debilitando los programas de salud y los servicios sociales, reglamentando la educación masiva para una fuerza de trabajo insegura, amenazada por la importación de trabajadores de bajos salarios.

Debemos denunciar de manera clara y rotunda como las élites financieras y su brazos político-mediáticos se han convertido en la nueva clase aristocrática.

 Hoy más que nunca es necesaria una reconstrucción del poder político soberano y democrático donde los gobiernos salidos de las urnas protejan en última instancia a la ciudadanía de las agresiones sistemáticas que estas élites ejercen sobre la sociedad mediante la acumulación y concentración de poder económico. "                (Juan Laborda, Vox Pópuli, 02/11/2013)

28/10/13

¿Cómo se explica que el paraíso nórdico, la cuna y ejemplo del welfare reproduzca un malestar que conduzca a adoptar posturas nacionalistas y, a veces, xenófobas?

"No es un nuevo fantasma que recorre Europa. Es una realidad cada día más evidente, que se desarrolla de Norte a Sur del continente, y para la que los laboratorios políticos no han encontrado, de momento, un antídoto. 

En lo que sí parecen ponerse algo de acuerdo los politólogos es en las supuestas causas que han disparado el fenómeno: crisis económica, descomposición del Estado del bienestar, inmigración desbocada, autismo de los apparatchiks ante los requerimientos de los ciudadanos…

Noruega acaba de inaugurar gobierno.  Uno de los países más ricos de Europa gracias a su renta petrolífera, cuenta con tres ministros de la derecha populista del Partido del Progreso, en coalición con el mayoritario Partido Conservador. 

Sus vecinos suecos conocieron en 2010 el éxito de los «Demócratas suecos», que obtuvieron 20 escaños defendiendo ideas similares. En Finlandia, los «Verdaderos finlandeses» representan casi un 20 por ciento del electorado.

¿Cómo se explica que el paraíso nórdico, la cuna y ejemplo del welfare reproduzca un malestar que conduzca a adoptar posturas nacionalistas y, a veces, xenófobas? Siguendo hacia el sur, daneses y holandeses, siempre considerados generosos en la asistencia social y abiertos a la acogida de exiliados económicos y perseguidos políticos, conocen también la misma reacción entre buena parte de sus habitantes.

Todos estos países, además de Suiza, de Francia, donde el Frente Nacional es el único partido que crece-  y de Austria, donde el populismo flirtea sin tapujos con la nostalgia hacia el Tercer Reich, han tenido o tienen algo en común: un sistema de ayudas sociales caro, pero generosísimo con nacionales e inmigrantes.

 Y si Francia sigue siendo un ejemplo en ese sentido, no es menos cierto que los gobiernos de Viena ya empezaron a conocer antes de la caída del Muro de Berlín las protestas de ciertos  austriacos que consideraban que su sistema de ayuda social era  dilapidada generosamente en la ayuda a los « extranjeros » instalados en el país.

Ciertos analistas señalan que además de  la pérdida de la riqueza material, los europeos temen perder su patrimonio cultural: libertades individuales, igualdad entre sexos, laicidad o, al menos, preminencia del Estado sobre la religión.  El comunitarismo y la una islamización creciente, que muchos ven como otro fantasma, es en realidad un denominador común en el sentir de muchos de los ciudadanos que han optado por las formaciones llamadas populistas. (...)"                (Luis Alberto Rivas, RIA Novosti, Rebelión, 28/10/2013

12/3/13

"Hasta que no siente el dolor, el itálico de clase media se mantiene apático. Cuando empieza a sentirlo echa la culpa a los primeros falsos enemigos que le agitan delante"

"Cada ser humano dotado del uso de lenguaje se expresa a través de “frame”, encuadres de referencia, conjunto de imágenes y relaciones entre conceptos que estructuran nuestro pensamiento, algunos desde la primerísima infancia [...]

En la comunicación política no hay palabra o frase que no encuadre un problema dado según la perspectiva ideológica de quien la usa.

Cada término lleva consigo un mundo. Por ejemplo, imponer el uso de “centroderecha” y “centroizquierda” en lugar de “derecha” e “izquierda” ha sido una operación de encuadre que ha tenido consecuencias devastadoras: en la derecha el eufemismo ha servido para legitimar sujetos sucios y fascistas sin ni siquiera limpiarlos; en la izquierda ha impuesto la creencia de “desplazarse al centro” sino….. “no se gana”. 

Sólo que, en la realidad concreta, el “centro” no existe. Quien se dice “de centro” es en realidad de derechas y hace cosas de derechas, como Casini, Monti, Montezemolo, ahora incluso el postfascista Fini… Y entonces ¿“quién” “gana”?, ¿para hacer qué? “Desplazándose al centro” no se hace otra cosa que ir a la derecha ( a la búsqueda de irreales “moderados”) y seguro que no se harán políticas de izquierda.

Otro ejemplo es el discurso sobre la “seguridad”: si, como pasa cada día, un político usa en la misma frase la palabra “seguridad” e “inmigración” está evocando en la mente del que escucha una comunidad homogénea amenazada por una diferencia proveniente del exterior, y esto es la quintaesencia del encuadre de todas las derechas, en primer lugar de la fascista.

Basta mirar contra quién se han lanzado los que se han llenado la boca y nos han llenado las cabezas de narraciones tóxicas sobre el “libre mercado”, desde la Thacher hasta Reagan y todos los republicanos USA hasta el Tea Party etc

Hoy todo iría mejo si el mercado hubiese sido dejado en su funcionamiento natural, y viviríamos en una comunidad sana, justamente basada en la competición que premia a los mejores, y una sociedad que premia a los mejores hace el bien a todos.

Antes era así, cuando existían los “pioneros”. Sin embargo, después hubo una fractura: la izquierda y las minorías. Los liberales estatalistas y los “rojos” nutridos de falsas ideas venidas de fuera han turbado este equilibrio con reivindicaciones que han turbado el funcionamiento del mercado, ayudando a los autoproclamados “débiles”, expandiendo el rol del estado en sectores de los que debería estar fuera, negociando el precio del trabajo según criterios que lesionaban los intereses de los empresarios (que son los “héroes” de la historieta).

Este es el encuadre de toda la contrarevolución capitalista iniciada a principios de los ochenta. También aquí hay una armonia turbada por fuerzas “externas”, la confirmación de que esta narración es intrínsecamente de derechas y de que una “izquierda liberal” no puede existir.

Si te das cuenta, en la propaganda de los republicanos USA, del Tea Party etc, el enemigo siempre se refiere a un “otro lugar”: New York, la costa Este, Europa, Canadá y, obviamente, los estados canalla.

Cuando, antes de la visita a China, le preguntaron a Nixon si alguna vez había estado en un país socialista, respondió: “Sí, en Massachusetts”. Para un republicano, en aquella época, New England era “otro lugar”.

No existe un enemigo “interno”, generado por las contradicciones internas del sistema. Si está en el interior es porque se ha introducido entre nosotros.

Este encuadre es activado continuamente en política exterior: estamos “nosotros” (occidente, las democracias de libre mercado) y están los enemigos de turno (“el imperio del mal”, la URSS y sus satélites, las guerrillas que agitan el patio trasero latinoamericano, el terrorismo que amenaza nuestros valores, etc) El “Choque de Civilizaciones” es la máxima expresión del encuadre de la “comunidad armoniosa que se defiende”.

Los liberales nos han enseñado a considerar el fascismo una derecha completamente diferente de la suya, incluso con trazas de izquierda en cuanto presuntamente antiliberal y estatalista.
Detrás de este punto de vista, que es muy difuso, hay una buena dosis de mistificación. Usando la lente de la “comunidad armoniosa que es molestada por el intruso” vemos cómo el fascismo siempre ha usado la versión liberal de este encuadre.

El fascismo original, el squadrismo, se justificaba a sí mismo justo como la defensa armada de la “mano invisible” y de la armonía entre clases sociales. El aceite de ricino y los asesinatos de “subversivos” restablecían la libertad de empresa, la libertad de comercio y el funcionamiento “normal” de la economía capitalista.

 Es famoso, por ejemplo, este póster propagandístico fascista: (primera postal del enlace original. Leyenda: “1919 Bolchevismo// 1923 Fascismo. El fascismo saca los grillos de la cabeza de los trabajadores y vuelve a poner en su sitio a los explotados. Metámonos con buen ánimo y esforzaos.”)

Al tomar el poder, Mussolini declaró: “El gobierno fascista acordará la plena libertad de la empresa privada y abandonará cualquier intervención en la economía privada”. Durante años los fascistas (subidos al poder en coalición con los liberales, no será una casualidad) condujeron una política económica liberal y sólo en una fase sucesiva empezaron a aplicar medidas keynesianas. 

Durante los primeros años de gobierno hubo privatizaciones (fue privatizada incluso la ceca), una política monetaria restrictiva, un aligeramiento de la carga fiscal (en particular el gravamen progresivo)

Cuando ésto ya no respondía a las necesidades económicas del gran capital industrial, en particular en torno a la crisis del 29, se pasó a una política económica diferente y se adecuó la fraseología propagandística al culto al Estado, a la lucha contra el individualismo burgués y todas las puestas en escena con las que todavía nos rompen las pelotas los neofascistas.

También los neofascistas, todavía, alguna vez se quitan la máscara y hablan como liberales. Por ejemplo, Forza Nuova en Génova tenía como primer punto de su programa político la lucha contra la Compañía Única de estibadores, que según ellos estrangula la ciudad impidiendo la libertad de empresa en el puerto. 

CasaPound ha tomado partido sobre el ILVA de Tarento (haciendo escribir un informe a nuestro viejo conocido, el “ingeniero” Di Stefano) tomándola con los ecologistas que, compinchados con oscuros potentados europeos, quieren ahogar la siderurgia italiana.

Al final de la feria, liberalismo y fascismo tienen el mismo héroe-símbolo: el esquirol.

El problema más grave de este país, históricamente, es la indolencia de la pequeña burguesía, que es la más vulgar de Europa y oscila perennemente entre la indiferencia ante todo y la disponibilidad a cualquier aventura totalitaria. Aventura “vicaria”, naturalmente, vivida por Duce interpuesto que vocifera. Sólo un escalofrío de vez en cuando, para interrumpir el run run, disfrutar de las endorfinas y volver al lugar que le corresponde.

Hasta que no siente el dolor, el itálico de clase media se mantiene apático. Cuando empieza a sentirlo no sabe decir lo que le ha ocurrido, blasfema incoherentemente, echa la culpa a los primeros falsos enemigos que le agitan delante (a escoger: emigrantes, gitanos, comunistas, huelguistas, judíos…) y busca un Hombre Fuerte que los combata. En Italia como en pocas otras naciones, no hay nada más fácil que empujar al empobrecido a odiar al pobre."             (Sociología Crítica, 04/03/2013)

2/8/12

El racismo europeo... el nordismo

"Las empresas exportadoras españolas multiplicaron por cuatro sus ventas en el exterior desde 1990, muy por encima de las alemanas. Fuente: “La paradoja del ahorro: España vs. Alemania”, por José Carlos Díez.

 El nordismo se basa en estereotipos fomentados por la clase política de los países del norte de Europa, con gran arraigo popular y mucho seguidismo en algunos países del sur del continente. Pero esconde importantes porcentajes de incertidumbres 

Denominamos “nordismo” a un nuevo tipo de dialéctica que se sustenta en la presunta superioridad cultural –en sentido amplio- de la comunidad de países del norte de Europa en relación a los de sur. Desde la manifestación de los aspectos más agudos de la crisis presente, se ha ido extendiendo de forma notable en todo tipo de foros públicos.

 En ese contexto, el nordismo adquiere unos marcados contornos regeneracionistas: la acción salvífica de países como Alemania, Holanda, Finlandia, Dinamarca, etc., serviría no sólo para rescatar la economía y las finanzas del proceso de integración europeo, insuflando un nuevo orden regenerador; el nordismo incluso aportaría una corriente de moral estoica y renovadora.

En principio, el nordismo sólo se aplica en las evaluaciones internas de políticos, medios e intelligentsia de algunos países del norte europeo hacia los del sur en ese mismo continente. Por el momento, no se considera apropiado –o políticamente correcto- extender apreciaciones nordistas a países y poblaciones no europeas. 

 Aunque, potencialmente, enlaza en ocasiones con posturas de la extrema derecha clásica o reciclada en relación a asuntos como la inmigración, y más específicamente, a las manifestaciones más combativas de la cultura musulmana. Pero aún así, siempre se pretende hacer pasar como defensa de los derechos humanos y las libertades democráticas lo que no son sino iniciativas abiertamente ofensivas.

El nordismo presenta algunas características peculiares. Una de ellas es el sentimiento de pertenencia a esa opción política altamente subjetivo, conforme se desciende hacia el sur. Así, no cabe duda de que un finlandés o un estonio, por el mero hacho de haber nacido muy al norte del paralelo 50º pueden considerarse depositarios de las virtudes nordistas en estado más puro.

 Dada la peculiar posición de Gran Bretaña con respecto a Europa ya no resulta tan claro que un inglés pueda considerarse nordista, aunque el discurso de eficacia y superioridad nordista se salva ejerciéndolo contra Irlanda, por ejemplo.

En consecuencia, las expresiones de nordismo siguen expresándose miles de kilómetros más al sur del núcleo nórdico o incluso centroeuropeo, en países o comunidades de los extremos meridionales de Europa, utilizándose en detrimento de vecinos de más sureños (siempre vive alguien más al sur). Sin llegar a tales extremos, el nordismo se alimenta, al menos en parte, de la aquiescencia y hasta admiración por parte de los países del sur, llegando a posiciones serviles o por deseo de emulación. 

En grados muy diversos, la idea de que los países del norte de Europa realmente funcionan y están llamados a ejercer un regeneracionismo real sobre la totalidad del continente, es una actitud muy extendida en el sur del continente. 

En parte, ello obedece a supuestas limitaciones culturales históricamente asumidas, a actitudes contra-nordistas exaltadas (recordemos la polémica Unamuno-Ortega de comienzos de siglo XX, con el conocido “¡Que inventen ellos!” unamuniano) o a complejos y victimismos nacionalistas relacionados con el “déficit de europeidad”.

Resulta curioso constatar cómo el nordismo es un sentimiento para consumo interior que finalmente cuaja hacia en su uso internacional , pero conservando siempre su utilidad primigenia. En una encuesta de opinión publicada por el Pew Research Center resulta que en Alemania el 48% de los consultados consideran que el trabajo duro no garantiza el éxito social, frente al un 51% que sí lo asume. Un resultado tan equilibrado parece desmentir la supuesta actitud nordista de los alemanes hacia el trabajo, expresada por políticos y medios de comunicación.

 La diferencia no es tanta con respecto a las opiniones expresadas por los encuestados griegos (51 % no, frente a 43% si) o italianos (46%-43%) sino porque es claramente batida por un inesperado nordismo español: 43% no, 56% si.

 Por lo tanto, la confianza en el valor social del trabajo en el mundo capitalista no es una actitud respaldada por la realidad cultural y la voluntad regeneracionista de los países nordistas, sino por una confianza en los valores capitalistas, cuya máxima expresión, lógicamente, son los Estados Unidos de América: 20% no, 77% si.

Lógicamente, el nordismo, como todo sentimiento de superioridad étnica, escaquea aquellos fenómenos y datos objetivos que ponen en tela de juicio sus posicionamientos. Un ejemplo fácil de comprobar es la nula referencia a la quiebra islandesa de 2008 –país en modo alguno catalogado como PIG- y la consiguiente Revolución Geyser o reacción nacional contra el sometimiento a la disciplina financiera dictada por las potencias nordistas de la UE.

El nordismo tiende a vivir de prejuicios, rentas y estereotipos, aplicados a conveniencia propia. De hecho, los logros de la eficacia nordista han sido reiteradamente cuestionados de forma absolutamente empírica. En un reciente reportaje televisivo se puede apreciar cómo las excelencias del sistema laboral alemán se apoyan en flagrantes abusos contra el trabajador. 

La realidad es que las condiciones sociales en los países del norte han generado un empobrecimiento cultural apreciable en las últimas décadas, incluyendo graves connotaciones sociales. Ello se ha traducido, paradójicamente, en una expansión cada vez más populista –y hasta populachera- de las consignas y estereotipos nordistas.

En una reciente entrevista, el escritor griego Petros Márkaris emitía un diagnóstico preciso sobre la esencia de la limitación esencial del nordismo:
“La prensa alemana me tiene loco preguntándome qué va a pasar, y solo puedo explicarles que a veces no hay respuestas. Y si me preguntan qué puede hacer Alemania por Grecia, les digo que mantengan callados a sus políticos. 

Que dejen de insultar a los griegos, El 24 de mayo estuve en Bonn para dar una conferencia y vi una portada de Die Welt, el diario conservador, en la que una ministra proclamaba: “Europa debe aprender de Alemania”. Nosotros no aprendemos, cierto, pero los alemanes tampoco aprenden. Recuerdo cuando los estadounidenses nos decían: “Nosotros tenemos el poder, así que debéis hacer lo que nosotros ordenamos”.

 Lo mismo decían, con más brutalidad, los soviéticos a los polacos o los checos: “Cumplid nuestras órdenes y callad, porque somos los más fuertes”. Los alemanes, en cambio, no nos dicen que son más fuertes, sino que son “mejores” (…) [los alemanes] tienen el trauma de la Segunda Guerra Mundial. No se atreven a decir “somos más fuertes que vosotros” y optan por decir “somos mejores que vosotros”, lo cual es mucho peor”.             (Rebelión, 02/08/2012, Eurasian Hub)

29/8/11

"Sarah Palin publicó un mapa en su página web marcando con dianas a los congresistas que había que "eliminar", entre otros a Gifford"

"Una vez celebrados los funerales por las víctimas que Anders Behring Breivik asesinó en su cruzada para defender a Europa contra la supuesta invasión del islam, es preciso abrir una serie de debates. (...)

Breivik impactó contra el Partido Laborista, al que culpa de la presencia de inmigrantes en Noruega. Es un caso extremo por el uso masivo de la violencia, pero su crimen tiene un contenido cultural (frenar la inmigración musulmana supuestamente responsable de modificar la identidad noruega), racista, y político (castigar a los compatriotas que permiten la llegada de inmigrantes y refugiados).

La patología del asesino no oculta este triple carácter que refleja el discurso que mantienen ideólogos ultraderechistas y partidos populistas en ascenso en Finlandia, Austria, Dinamarca, Noruega, Holanda, Francia y España, entre otros. (...)

En enero pasado, un individuo sin pertenencia a ningún grupo político acabó en Arizona con la vida de seis ciudadanos, y dejó en estado grave a la congresista demócrata Gabrielle Giffords. Su acción se fundamentó en el clima de odio político que impera en Estados Unidos. (...)

Poco antes del atentado, Sarah Palin publicó un mapa en su página web marcando con dianas a los congresistas que había que "eliminar", entre otros a Gifford, quien había respondido: "Cuando la gente marca con una diana un nombre tiene que darse cuenta de las consecuencias de sus acciones".

La ultraderecha europea tiene en la diana a las sociedades multiculturales. Su mensaje violento es que la identidad cultural y religiosa de Europa corre el riesgo de verse destruida por la diversidad y la pluralidad; que los europeos serán minoría en una futura Eurabia; que los Gobiernos son cómplices o no responden con suficiente fuerza y que, por lo tanto, hay que actuar con determinación.

Como respuesta, diversos gobernantes se movilizan: la canciller Angela Merkel y el primer ministro David Cameron anuncian la muerte del multiculturalismo, tratando de complacer a posibles votantes que sufren el miedo a las transformaciones.

Algunos políticos saben que es más sencillo acusar al inmigrante musulmán o al refugiado negro de los cambios sociales y la crisis que explicar el impacto de la economía neoliberal, la especulación financiera, y la globalización de la producción y el consumo sobre las sociedades.

Al acusar "al otro", al "diferente", movilizan un nacionalismo primario, y evitan el debate público sobre la convivencia entre la sociedad local y las diferentes comunidades de inmigrantes.

El diálogo es sustituido, en el mejor de los casos, por "tolerar" a los otros, y en el peor, por tratar de que dejen de venir, limitar sus derechos, o expulsarlos." (MARIANO AGUIRRE: Los discursos del odio. El País, ed. Galicia, 22/08/2011, p. 21)

19/8/11

" El miedo existencial al otro siempre va acompañado de un proceso de "demonización" de ese otro. La demonización se alimenta del miedo y del odio"

"El miedo no precisa de definición. Es el padre de la violencia. Quizá por eso un autor como Montesquieu lo considerara una "pasión tiránica". Pero lo peligroso del miedo es que es una enfermedad contagiosa: otros pueden contraerla.

El miedo existencial al otro siempre va acompañado de un proceso de "demonización" de ese otro. La demonización se alimenta del miedo y del odio. Y cuando se convierte en algo aceptable, en parte del discurso político ortodoxo, crea un clima que propicia la violencia. (...)

En Occidente, el miedo al islam se ha convertido en un fenómeno social y el 11 de septiembre de 2001 convirtió la imagen del musulmán invasor en la de un musulmán terrorista. (...)

En el mundo contemporáneo, la islamofobia arranca de una concepción culturalista y esencialista del islam, que no ve en él una forma de espiritualidad, sino una cultura totalitaria que comporta una amenaza para el universalismo occidental. (...)

Esta representación errónea del islam va de la mano de otra relativa a Occidente. De este modo, la "islamofobia" o miedo a la corriente islámica se ve contrarrestada, al otro lado, por la "fobia a Occidente".

En realidad, la representación errónea del islam convence a los musulmanes de que ni siquiera los occidentales razonables pueden comprender su credo y de que existe realmente un odio muy arraigado contra ellos. Esa fobia a Occidente crea una imagen especular: todo lo que viene de Occidente se pasa por el filtro de la sospecha y el odio.

Llevada a su extremo, esa fobia antioccidental hace que los talibanes afganos agarren sus armas y disparen a las televisiones porque para ellos representan todo lo que hay de sexo y violencia en Occidente.Estereotipar es típico de los musulmanes extremistas, que poca atención prestan al carácter heterogéneo del mundo occidental. (...)

Queda por dilucidar cómo podemos ir más allá de este choque de intolerancias. (...)

Muchos musulmanes del mundo han alzado realmente su voz contra la violencia, defendiendo igualmente soluciones espirituales y no violentas como el diálogo y la paz.

Pero no han logrado contener la marea. Son voces que es preciso escuchar, amplificar y enseñar, tanto en Occidente como en el mundo musulmán.

Más que nunca, ha llegado el momento de que el islam y Europa vuelvan la vista a su legado común y comiencen un nuevo diálogo." (RAMIN JAHANBEGLOO: Europa, el islam y la política del miedo. El País, ed. Galicia, 13/08/2011, p. 23)

5/6/11

Indignados con el Sur. La crisis y el populismo alientan tensiones entre los vecinos europeos

"Sin el miedo al populismo que recorre Europa, no se explica la resurrección de rancias ideas que pretenden ahondar la diferencia entre el sur y el norte del continente, y que en estos momentos abonan la cizaña entre Alemania y España.

La tensión comenzó con un comentario de la propia canciller alemana, Angela Merkel, sobre las muchas vacaciones que ella supone que se toman los españoles (y otros trabajadores del sur de Europa). Solo faltaba la crisis del pepino para completar el súbito cuadro de desconfianza hacia el país más grande de la Unión Europea. (...)

Es difícil explicarse lo ocurrido sin tener en cuenta las tendencias aislacionistas que se advierten en Alemania. Una actitud que parece tentar a la propia canciller y a su partido, muy afectado por problemas electorales.

Los democristianos de Angela Merkel quedaron relegados a la tercera posición en las elecciones de Bremen del 22 de mayo. Un poco antes habían sido apeados de seis décadas de poder en el Estado de Baden-Württemberg, el más industrializado de Alemania, donde han sido ejecutados por una coalición entre Los Verdes y el SPD. (...)

La canciller y su entorno argumentan que Alemania es el principal beneficiario del euro y que por eso interesa a su país ayudar a los países en dificultades, pero los golpes electorales están ahí, explicados por algunos observadores en función del malhumor ocasionado por los miles de millones de euros acordados en ayudas a Grecia, Irlanda y Portugal, con los temores sobre España al fondo.

"No se puede gobernar el euro con líderes políticos enfrentados constantemente a elecciones parciales", comentaba recientemente a este periódico una autoridad europea. El resto, las muestras de menosprecio por los socios del sur, constituyen la música que adorna la partitura esencial.

Se descubre así que tantos años de cooperación entre los Estados europeos, y de intercambios culturales y turísticos masivos entre sus pueblos, no sirven para borrar las ideas heredadas del pasado. (...)

Mientras que en España y en Grecia se multiplican las protestas ciudadanas contra la falta de perspectivas de futuro, los alemanes parecen muy dubitativos sobre la relación que deben mantener con los países del sur, a los que imputan haber vivido a crédito.

Desentrañar las soluciones a todo este delicado problema ya es suficientemente complicado como para enzarzarse en ocurrencias de trazo grueso. Como la sugerencia hecha a los griegos por dos diputados de la mayoría en el poder en Alemania, el liberal Frank Schäffler y el cristianodemócrata Josef Schlarmann: ¡si los griegos tienen problemas de tesorería, que vendan sus islas!" (El País, 04/06/2011, p. 34/5)

8/11/10

"¿El velo? Crecí con monjas tapadas hasta el cuello"

"Este tipo de conferencias son importantes, hay que luchar contra ciertos estereotipos que afectan sobre todo a las mujeres musulmanas", empieza Blair, que ha insistido en que el encuentro gire en torno a este tema. "Solemos creer que están oprimidas, son inseguras o incapaces de pensar por sí mismas y no es cierto", dice expresiva y con marcado acento. (...)

Reputada abogada, hace años llevó el caso de una estudiante musulmana que quería llevar la túnica tradicional a clase. Perdió. "Una de las cosas que intento es ayudar a explicar que el islam es una religión abierta en la que las mujeres tienen influencia, oculten o no su cabello.

¡Yo crecí educada por monjas que iban tapadas hasta el cuello!", dice Cherie, que es una ferviente católica, religión a la que Tony se convirtió cuando dejó el cargo de primer ministro. Tanta sorpresa o más ha causado la conversión al islam de su medio hermana Laureen, habitual de los tabloides. "Es su elección", dice brevemente al respecto.

"Usamos la apariencia de las mujeres como metáfora de nuestro miedo hacia una supuesta amenaza islámica", continúa Cherie, que no olvida a qué ha venido. "En Europa hay miles de musulmanes que participan de nuestro estilo de vida y piensan seguir haciéndolo y si por sus creencias quieren vestir de cierta forma no debemos sentirnos amenazados". (CHERIE BLAIR:: "¿El velo? Crecí con monjas tapadas hasta el cuello". El País, 04/11/2010, última)

18/6/09

Atrapados por el miedo, el de las ciudades ricas... a la pobreza

"Una cumbre social celebrada en Roma ha dado a conocer los datos del miedo. Un estudio de Censis, basado en 5.000 entrevistas a habitantes de 15 a 75 años de 10 grandes ciudades (Londres, París, Roma, Moscú, Bombay, Pekín, Tokio, Nueva York, São Paolo y El Cairo), indica que, aunque la angustia domina en las poblaciones urbanas, la gente, todavía, no se deja arrastrar por el pánico.Aunque el 90% de los habitantes metropolitanos declara que sufre al menos algún tipo de miedo, y el 42,4% siente un "miedo muy fuerte", sólo un 11,9% afirma que es el sentimiento que describe mejor su actitud vital. Uno de cada cuatro se percibe con "incertidumbre". Pero la mayoría muestra una actitud positiva. La encuesta confirma también que el miedo va por barrios, y por edades. Cunde un poco más entre las mujeres, y sobre todo entre los que tienen menos medios, menos cultura y más años. Lo sufren el 8% de los que viven en familias acomodadas frente al 22,5% de los que provienen de origen humilde; el 27,5% de los que sólo tienen educación primaria frente al 10% de los que han recibido una educación superior. Roma es la capital mundial del miedo, y Londres, la más optimista. En Londres y Nueva York, pese a los atentados terroristas, prevalece la confianza (el estudio es anterior al colapso del sistema financiero). Al otro lado del mundo, las dos ciudades del poder emergente, Pekín y Bombay, aparecen exultantes: el 65% de los chinos y el 83,3% de los indios se mueven entre la confianza y el entusiasmo. El pésimo dato de Roma es uno de los que más choca a los expertos, porque al mismo tiempo la ciudad encabeza las tablas de las ciudades más seguras del mundo (...)

"Los temores de la gente provienen del entorno, de la economía, del racismo", explica Hillman. "De la arquitectura, de los sistemas de enseñanza, del capitalismo, de la explotación, de la precariedad. Vienen de muchos sitios que la psicoterapia y la política no tratan".

La lógica populista del chivo expiatorio lleva centurias funcionando como receta política, y Hillman tiene una bonita teoría para explicar la persecución secular de judíos y gitanos. "Más que el chivo expiatorio, esa política encarna el mal absoluto. Las minorías suelen llevar vidas libres, fuera del sistema, ajenas al Estado, y eso nos produce mucha envidia. Los gitanos viven en la calle o en el campo, a menudo no pueden trabajar. Representan algo inalcanzable. Es una envidia fea, esa. No quiero ser gitano, pero me gustaría ser como ellos".

Según Giuseppe Roma, director de la Fundación Censis, la razón del temor romano "es la nula adaptación de la ciudad al cambio generado por la inmigración. Si ciudades como Pekín y Bombay presentan altos niveles de satisfacción, es entre otras cosas por la interpretación positiva de los flujos migratorios". (...)

Pero sentimos un miedo nuevo que resume todos los demás. "Es el temor a no ser adecuado, a no servir. Sabemos que podemos ser excluidos si no somos lo suficientemente hábiles". Ese miedo viene de todos los rincones del capitalismo global, concluyó el sociólogo de la modernidad líquida: "Podría desaparecer la empresa para la que trabajamos, podrían no hacer falta más nuestras competencias".

Y ahí es donde surgen la política y el mercado, dándonos seguridad falsa. "El miedo es una ganancia permanente para los políticos que parecen arrogarse el deber de acabar con él. Lo mismo vale para las empresas que nos ofrecen seguridad privada. Unos y otros prefieren no resolver nuestros miedos, porque cada uno de ellos genera nuevos réditos", dice Bauman.

Para vencer el miedo, subraya Hillman, es preciso dialogar, conocer al otro, salir de la parálisis y la desconfianza. "Amos Oz dice que imaginar al otro cura el fanatismo. Conocerlo seguramente es mejor".

Pero la manipulación de ese sentimiento que convierte a una minoría en objeto del pavor colectivo ofrece grandes ventajas, explica el psicoanalista: "Une al Estado porque crea un enemigo común.(...)

Casi empatada con la violencia física, aparece la exclusión, la marginalidad, la posible pérdida de la posición social como factor de incertidumbre. Si falta el Estado social, cuanto más pobres, más miedo. Los neoyorquinos, por ejemplo, temen más a no ser capaces de mantener su estilo de vida (17,2%) que a los atentados terroristas (16,6%) o a un conflicto internacional (14,6%). En la muy insegura São Paulo, la gran causa de inseguridad es el dolor físico (24,8%), seguida de la miseria (19,8%). El aumento de la violencia terrorista y xenófoba está entre los nuevos fantasmas contemporáneos, pero genera más miedo la disminución del nivel de protección social y la pérdida de valores como la solidaridad. (...)

La gente sabe bien quién cabalga el miedo, quién saca tajada de él. Los políticos, para generar consenso, (29,5%); los terroristas, para infundir pavor (25,7%) y los medios, para ganar audiencia (20,4%). "El discurso de unos y otros intenta reducir el miedo a la categoría de problema de orden público: criminalidad, inseguridad, violencia aparecen como los únicos factores que resumen una complejidad mucho mayor", afirma el estudio.

Según el sociólogo de la comunicación David Altheide, de la Universidad de Arizona, el lenguaje de los medios crea, diseña y amplifica el temor. Y el poder político hace uso instrumental. (...)

El escritor indio Suketu Mehta cree que Bombay está entre las ciudades más optimistas del planeta porque la vida y la muerte "se basan en un sistema de solidaridad. Los indios saben que ante una catástrofe natural el sentido de autogobierno que se crea entre los ciudadanos resolverá la crisis". En Campania, en cambio, es el sistema camorrista quien gestiona el miedo, dijo Saviano. Y "la solidaridad es solo el instrumento de la Camorra que alimenta el miedo y después la explota para sustituir al Estado". (El País, ed. Galicia, 03/10/2008, p. 36/7)