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18/3/24

Tal día como hoy, hace 48 años, Aldo Moro, presidente de la gobernante Democracia Cristiana, fue secuestrado por las Brigadas Rojas. Fue asesinado 55 días después, cambiando la historia de Italia para siempre y poniendo fin a los intentos del país de desarrollar una política autónoma de Estados Unidos. Ahora sabemos que Estados Unidos, como mínimo, presionó a las autoridades italianas para que permitieran que mataran a Moro, y posiblemente estuvieron involucrados en toda la operación desde el principio. Moro quería llevar al gobierno al Partido Comunista, el segundo partido más grande del país, poniendo fin a la exclusión de los comunistas del gobierno durante décadas (Thomas Fazi)

Thomas Fazi @battleforeurope

Tal día como hoy, hace 48 años, Aldo Moro, presidente del gobernante Partido Democracia Cristiana, fue secuestrado por las Brigadas Rojas. Fue asesinado 55 días después, cambiando la historia de Italia para siempre y poniendo fin a los intentos del país de desarrollar una política autónoma de Estados Unidos. Ahora sabemos que Estados Unidos, como mínimo, presionó a las autoridades italianas para que permitieran que mataran a Moro, y posiblemente estuvieron involucrados en toda la operación desde el principio. Moro quería llevar al gobierno al Partido Comunista, el segundo partido más grande del país, poniendo fin a la exclusión de los comunistas del gobierno durante décadas. Estados Unidos se opuso vehementemente a que el Partido Comunista más grande de Europa occidental se integrara al discurso político dominante de lo que podría decirse que era el país más importante de la OTAN en ese momento. No mucho antes de su secuestro y asesinato, Kissinger le dijo a Moro que iba a "pagar un alto precio por ello".

(On this day, 48 years ago, Aldo Moro, president of the ruling Christian Democracy Party, was kidnapped by the Red Brigades. He was murdered 55 days later, changing Italian history forever and putting an end to the country’s attempts to develop an autonomous policy from the US. We now know the US, at the very least, pressured the Italian authorities to allow Moro to be killed — and were possibly involved in the entire operation right from the start. Moro wanted to bring the Communist Party, the country’s second-largest party, into government, putting an end to the decades-long exclusion of the communists from government. The US vehemently objected to having Western Europe’s largest Communist party integrate into the mainstream political discourse of what was arguably NATO’s most important country at the time. Not long before his kidnapping and murder, Kissinger told Moro he was going to “pay dearly for it”.)

5:42 p. m. · 16 mar. 2024 24,1 mil Reproducciones

16/1/23

La última muerte de Aldo Moro... En 1978 nuestro mundo lo formaban restos de todos los naufragios

 "El estreno de una serie de televisión sobre el calvario y asesinato del que fuera presidente del Gobierno italiano Aldo Moro debería ser suficiente para una reflexión sobre la política. También sobre el cine. Un veterano como Marco Bellocchio, que hizo clásicos desde los años sesenta -"I pugni in tasca" (1965)- emprende a sus 83 años una aventura en el formato que ya se ha convertido en convencional, las series televisivas ("Exterior noche". Filmin. 6 capítulos). Una novela, una historia, que no sea posible transformar en varios capítulos parece condenada a la irrelevancia.

Reconozco mi desdén por las series de televisión. He visto tres en mi vida -"Retorno a Brideshead", sobre la novela de Evelyn Waugh, que me descubrió a un gran actor, Jeremy Irons. Luego "Yo, Claudio" a partir de las historias romanas narradas por Robert Graves, y ésta de Bellocchio, tan deudora de Leonardo Sciascia-. La industria del cine va por ahí. Parece inevitable por más que nos parezca un recordatorio de cuando las novelas se editaban por entregas en los periódicos -"La Regenta" de Clarín, sin ir más lejos-. Aseguran que este año electoral el presidente Sánchez nos amenaza con una serie de televisión sobre su vida. Algo insuperable, que de tan ridículo no merecería ningún comentario. Recuerdo que Franco se entronizó con un documental "Franco, ese hombre" (1964) del que se benefició el siempre dispuesto director imperial, José Luis Sáenz de Heredia, pariente usufructuario de José Antonio Primo de Rivera.

 La historia en la que se recrea Bellocchio no tiene comparación alguna con esas muescas del pasado. Nos sitúa en dos planos paralelos; el de un hombre condenado sin misericordia y una clase política dispuesta a sacrificarle para salvarse a sí misma. Situémonos en la Italia de 1978, un mundo con la conciencia de que nada puede seguir igual porque se ha llegado al fondo del túnel y no hay ninguna señal que consienta seguir. A su alrededor, iniciativas descabelladas que no permiten otra cosa salvo imaginar la manera de destruir la República. La P-2, la logia secreta que controla el poder y está preparada para desestabilizarlo ante la mínima sospecha de un cambio. En el aparente lado opuesto, los grupos radicales Autonomia Operaria, Prima Linea, Lotta Continua y sobre todo las influyentes Brigadas Rojas, inclinados hacia el terrorismo individual. El otro terrorismo, el indiscriminado que tiende a aterrorizar a la población, estaba al servicio de la extrema derecha cuyas redes alcanzaban directamente a la P-2, es decir el sistema en el poder durante los "años de plomo".

Es lo que se llamó estrategia de la tensión provocada por las fuerzas extraparlamentarias de derecha e izquierda. No es una ecuación de suma cero sino "pi", ese número endiablado que carece de final. En ese punto entra Aldo Moro, un curtido dirigente de la Democracia Cristiana, experto en enjuagues, maniobras, dobles lenguajes, heredero de Alcide De Gasperi, fundador del partido y de la República, un hombre de respeto. Pero en 1978 todo se ha deteriorado. Ni la Cosa Nostra es lo que era, ni la Democracia Cristiana tampoco. El dilema para el poder se reduce a abrirse al Partido Comunista, el más potente y prestigioso del mundo occidental, cuyo peso electoral es indiscutible y se ha constituido en un eje de la gobernabilidad; sin ellos no es posible seguir sin arriesgarse a una ruptura del consenso democrático que se restableció con De Gasperi y la derrota del fascismo, ese consenso que hacía posible, incluso obligado, la presencia hasta 1947 de Palmiro Togliatti; el líder comunista que sobreviviría a todo, desde Stalin hasta sus pugnaces herederos.

Aldo Moro en marzo de 1978 consigue convencer a sus irreductibles de la Democracia Cristiana que hay que abrirse a consensuar un gobierno con el Partido Comunista. No que formen parte de él, sólo que no lo impidan y provoquen el colapso del sistema democrático. Será su último y funesto intento que le costaría la vida. La llamada "guerra fría" tenía muchos frentes abiertos, el de Italia quizá se presentaba como el de mayor trascendencia. El presidente del Consejo, Aldo Moro, creía posible adelantar un alfil en el trágico ajedrez de un mundo donde no se admitían más que dos jugadores. Los Estados Unidos y la Unión Soviética, los demás hacíamos de peones. ¿Dónde estábamos nosotros en 1978?

Se daban las últimas puntadas a la Constitución y nos quedaba en la conciencia tres acontecimientos de los que aprendimos. Franco había muerto en el 75, hacía menos de tres años. En Chile, Salvador Allende fue derrocado por el ejército con el apoyo explícito de los Estados Unidos y se abría una dictadura criminal donde antes hubo una esperanza y una democracia aparentemente consolidada. Fue entonces cuando el líder de los comunistas italianos, Enrico Berlinguer, se hizo una pregunta que no se dio por recibida: ¿cuántas masas se necesitan para parar un tanque? Sucedía en 1973 y apenas un año después los capitanes del Ejército portugués daban un golpe incruento que instauraba las elecciones libres. Nada que ver con nuestro ejército que había ganado de manera implacable una guerra y una posguerra, y que además se sentía gratificado por su pasado colonial y la gratificación de los EEUU, gran valedor del sistema hasta el punto de jugar a la neutralidad en el golpe del 23-F del 81. En 1978 nuestro mundo lo formaban restos de todos los naufragios.

Pero Aldo Moro en 1978 estaba vivo cuando en marzo lo secuestraron las Brigadas Rojas que jugaban el mismo juego sanguinario que el sistema corrupto, pero con diferente lenguaje. Le acabarán asesinando y depositando su cadáver en un coche aparcado a la distancia exacta que media entre la sede de la Democracia Cristiana y la del Partido Comunista. De esta reflexión cinematográfica de Marco Bellocchio de la que modestamente he intentado apuntar el contexto, queda patente la soledad de un líder secuestrado por una banda de aventados que pretendían cambiar la historia y la convirtieron en más miserable de lo que ya era.

"No me resigno a morir", dice Aldo Moro a su espantado confesor. Ni la D.C., ni el PCI, ni sus amigos más íntimos, incluido el papa Pablo VI, osan romper el círculo infernal. Para ellos el Moro secuestrado "se ha vuelto loco" porque quiere vivir. Salvar a Moro, intentarlo al menos, hubiera sido una debilidad para sus colegas cristianos. Un hombre, sea el que sea, no vale un sistema, dijeron los que serían enterrados poco después en la mierda que crearon."           (Gregorio Morán, Vox Populi, 07/01/23)

28/10/21

Comunistas contra la mafia. La batalla contra la mafia siciliana no la ganaron la policía y los jueces: la ganaron los comunistas y los militantes obreros

 "El 9 de mayo de 1978 los italianos se despertaron con la triste noticia del asesinato del ex primer ministro democristiano, Aldo Moro, a manos de las Brigadas Rojas. Esa misma mañana, en la pequeña ciudad siciliana de Cinisi, la policía encontró el cadáver de Giuseppe Peppino Impastato, un joven militante antimafia asesinado por la Cosa Nostra, la mafia siciliana.

Impastato es homenajeado cada año como ejemplo de la lucha de los jóvenes italianos contra la que fue la organización criminal más poderosa del país (y lo sigue siendo en la propia Sicilia). La versión oficial presenta este hecho como una historia no partidista que implica divisiones políticas, aunque la propia lápida de Impastato lo recuerda como un «militante revolucionario y comunista asesinado por la mafia democristiana».

Olvidar el carácter político de las figuras que lucharon contra la mafia a lo largo de los años se ha convertido en un elemento básico de la memoria pública. Conviene a quienes quieren relegar esta lucha a una cuestión puramente judicial —defender la legalidad— e ignorar la cuestión social que hay detrás. Sin embargo, si durante más de un siglo la mafia ha hecho la guerra a los campesinos y trabajadores agrícolas, a los militantes comunistas y socialistas, a los sindicalistas y a los parlamentarios comunistas, la resistencia contra su control es igualmente política.

Desde la última década del siglo XIX, la lucha contra la mafia ha sido una lucha contra el poder tanto de las clases dominantes como de sus aliados; de hecho, la propia mafia ha fusionado con el tiempo ambas categorías.

Esta es una historia siciliana, pero también un espejo de la historia nacional italiana y de las masacres ordenadas por el Estado. Quienes dirigieron estos crímenes siguen impunes. Sin embargo, pertenecen exactamente al bloque de poder burgués que durante tanto tiempo ha utilizado a grupos armados y fascistas y a la mafia para cumplir sus órdenes.

Primeras batallas

Varios estudios demuestran que la mafia surgió en las últimas décadas del siglo XIX como organización para proteger los beneficios que el crecimiento del comercio de cítricos (y sus exportaciones) aportaba a los latifondisti (grandes propietarios). Las bandas mafiosas defendían los beneficios no solo de los limones y las naranjas, sino también del azufre, ya que los propietarios de las minas buscaban una protección organizada.

Los gabellotti —empresarios que alquilaban y gestionaban las fincas de los grandes terratenientes— también eran mafiosos o estaban relacionados con la mafia. Estaban flanqueados por los campieri, un cuerpo de policía privado que mantenía el orden en las fincas, como una especie de ancestro de los caporali (jefes de cuadrilla de trabajadores), figuras que controlaban la mano de obra mediante la represión violenta.

Esto llevó a la resistencia de los trabajadores, como fue el caso de los Fasci dei Lavoratori (Ligas de Trabajadores), también conocidos como los Fasci Siciliani (Ligas Sicilianas), un movimiento popular que se desarrolló entre 1891 y 1894 antes de ser reprimido por el Ejército Real del Primer Ministro Francesco Crispi, así como por la Mafia.

Estos Fasci surgieron como respuesta de las clases subalternas cuando los terratenientes de Sicilia descargaron los costes de la crisis agrícola sobre los jornaleros y los mineros. Fundados oficialmente por Giuseppe de Felice Giuffrida el 1 de mayo de 1891, se organizaron en secciones territoriales a nivel provincial. Tenían un enfoque explícitamente socialista, a diferencia de las otras ligas que surgieron en otras regiones, fuertemente influenciadas por el anarquismo.

El movimiento de los obreros agrícolas, de los trabajadores de las minas de azufre y de los campesinos exigía mejores condiciones de trabajo, la reducción de la jornada laboral, aumento de los salarios y reducción de las tareas gratuitas a las que se veían obligados a servir a los terratenientes o a los gabellotti que dirigían las explotaciones. Pero también querían una reforma agraria que redistribuyera la propiedad de la tierra.

Eran, por definición, antimafia, porque luchaban tanto por el estatus como en oposición a la opresión económica y militar impuesta por los mafiosos.

Resumiendo esta postura, los Estatutos del Fascio de Santo Stefano Quisquina prohibían a sus miembros «asociarse con todos aquellos que hayan traicionado los objetivos del Fascio (…) o con aquellos que sean conocidos como vagabundos, mafiosos y hombres involucrados en transacciones criminales».

Estos Fasci hicieron uno de los primeros grandes movimientos en Italia, como dijo Antonio Labriola, uno de los primeros y más grandes estudiosos del marxismo en Italia; fue el segundo gran movimiento de la masa proletaria que surgió en Italia después de 1888-1891.

Escribiendo en 1893, un año antes de que el gobierno eliminara a Fasci por la fuerza, Labriola expresó un poderoso optimismo de la voluntad, añadiendo que «el movimiento siciliano no debe desaparecer nunca».

Desgraciadamente, el movimiento estaba efectivamente roto. Pero no murió del todo, porque la lucha por la tierra y la liberación de las clases trabajadoras, así como la inspiración socialista del movimiento (más tarde también comunista) estaba destinada a tener una larga historia en Sicilia. De hecho, fue gracias a la «larga ola» del movimiento por la tierra y por la reforma agraria democrática que el Partido Comunista Italiano (PCI) pudo conseguir apoyo en la isla y convertirse en un partido de masas al final de la Segunda Guerra Mundial.

 En las elecciones regionales del 20 de abril de 1947, el bloque popular comunista y socialista obtuvo el 29,13% de los votos, frente al 20,52% de los democristianos. Las capas populares se organizaron, lucharon y votaron contra el bloque de poder del que formaba parte la mafia.

Un baño de sangre antizquierdista

Sin embargo, se enfrentaron a una represión brutal. Ya en los primeros meses de 1947, antes de las elecciones, la mafia asesinó a Nunzio Sansone (fundador y secretario de la Cámara del Trabajo de Villabate) y a Leonardo Savia —como Sansone, comunista en la primera línea de lucha por la reforma agraria—. Los mafiosos también mataron a los activistas Accursio Miraglia y Pietro Macchiarella.

Después de que los sicilianos dieran su veredicto en las urnas, demostrando que no se dejarían intimidar, la Mafia respondió con una masacre en Portella della Ginestra el 1º de mayo de 1947. En la concentración para celebrar el Día Internacional de los Trabajadores en la pequeña comuna siciliana, las ráfagas de ametralladora mataron a once personas y dejaron casi un centenar de heridos.

Este fue un momento decisivo en la historia de Italia, ya que mostró las fuerzas que estaban detrás del bloque gobernante que se formó en los años de la posguerra. La Democracia Cristiana gobernaba Italia junto con los partidos conservadores, y en alianza entre la burguesía industrial del Norte y los terratenientes del Sur, un pacto del que ahora formaba parte la Mafia.

En este entorno, los comunistas y los socialistas eran el enemigo número uno. Y el ministro del Interior en 1947 era Mario Scelba, anticomunista por excelencia, que reprimió sangrientamente al movimiento obrero tanto en los años inmediatos a la posguerra como en la década de 1960.

Las opiniones anticomunistas de las autoridades italianas y sicilianas resonaron en las palabras del otro gran aliado del bloque gobernante: la Iglesia católica, conservadora y anticomunista. El entonces cardenal de Palermo, Ernesto Ruffini, presionó al gobierno demócrata-cristiano de Alcide de Gasperi para que prohibiera a los comunistas, tras asegurar su excomunión por la propia Iglesia.

La represión continuó en los años siguientes, cosechando nuevas víctimas entre los socialistas y comunistas de Plácido Rizzotto y Salvatore Carnevale. Esta represión también estaba vinculada al destino del movimiento campesino y a la cuestión no resuelta del Sur: la lucha de clases fuera de las fábricas. En estos años, la izquierda tenía que entender esta relación entre el proletariado y la lucha de clases, entre la organización y las alianzas de clase, para tener un camino a seguir.

Un movimiento político

Tal vez la mejor expresión sea la de los textos de Raniero Panzieri recogidos en L’alternativa socialista: scritti scelti 1944-1956. En esa época era dirigente del Partido Socialista Italiano; más tarde fue uno de los fundadores del laborismo. Enviado por su partido a Sicilia en 1949, criticó la incapacidad de la izquierda para comprender la situación:

Muchos compañeros piensan que el movimiento campesino y, en particular, las ocupaciones de tierras son un movimiento «espontáneo», es decir, un movimiento puramente económico. Creo que debemos ser claros: políticamente, el movimiento campesino es un intento de revolución democrática. Pero a este nivel, está lejos de ser un movimiento espontáneo y económico. Avanza en formas y objetivos políticos e ideológicos no menos que los económicos, por ejemplo a través de la demanda de nuevas formas de gobierno local, de una justicia administrativa y fiscal diferente, de la elevación del nivel cultural, etc..

 De hecho, las reivindicaciones sociales del movimiento eran lo contrario de las estructuras de poder cristianas y democráticas establecidas, basadas en el chantaje, la especulación y los privilegios. Tratando de proteger este poder, las fuerzas reaccionarias trabajaron para impedir que los comunistas y socialistas fueran elegidos en los municipios y gobiernos municipales. En repetidas ocasiones se les impidió presentarse a las elecciones, mediante la intimidación y el asesinato de quienes se obstinaban en transformar Sicilia y sus diversas localidades en una tierra de democracia.

Hubo avances excepcionales, como se ve en el relato de Vera Pegna, una joven que se trasladó a Sicilia y se unió al PCI en Palermo. Aunque parecía que las exigencias urgentes de la acción diaria eran la única necesidad real, estudió el Manifiesto Comunista de Marx y Engels y el ¿Qué hacer? de Lenin; era necesario que cualquier militante que se incorporara a las filas del partido desarrollara una sólida base teórica.

El centro de su actividad era Caccamo, una de las ciudades donde la mafia había impedido a los comunistas participar en las elecciones locales. Desafió el poder del jefe de la mafia Panzesca y, cuando los comunistas se presentaron en la votación de 1962, eligieron a cuatro representantes. Pero este fue un éxito relativo y poco frecuente. Poco después, Pegna abandonó la isla, sacudida por las amenazas de la mafia y la sensación de aislamiento.

De hecho, la mafia nunca ha dejado de atacar a los sindicalistas de origen comunista y socialista. Si en las elecciones regionales de 1955 los partidos que formaban el Bloque Popular se presentaron en listas separadas por primera vez desde antes del fascismo, y presentaron candidatos, durante la campaña mantuvieron un frente común contra la mafia. Al fin y al cabo, ese mismo año la mafia había matado a varios militantes, entre ellos Salvatore Carnevale, trabajador de las minas de azufre, que también era dirigente del sindicato CGIL. Las autoridades de la Democracia Cristiana no asistieron a su funeral, pero los trabajadores mineros y agrícolas acudieron en masa.

Panzieri, que llegó a ser secretario regional del Partido Socialista, convocó una manifestación masiva para honrar a su compañero asesinado. En el pueblo de Sciara acudieron dirigentes políticos regionales y nacionales: desde el entonces secretario regional de la CGIL, Pio La Torre, hasta el secretario Pompeo Colajanni del PCI de Palermo y el diputado socialista Sandro Pertini (posteriormente presidente de la República), que cerró la manifestación con un llamamiento a la clase y especialmente a los jóvenes: «De su muerte debemos dar un ejemplo y una inspiración. Y el ejemplo que dejó es el de la lealtad a la clase trabajadora y al partido».

Panzieri subrayó la íntima conexión entre todas las luchas de clase contra el bloque burgués-mafioso:

Salvatore Carnevale nació para ser testigo, a través de su lucha y de su vida, del irresistible despertar de las fuerzas campesinas decididas a afirmar su presencia, sus derechos históricos, sus derechos humanos en este país contra la dominación sórdida e inhumana de los terratenientes, los barones, los mafiosos y el crimen.

La caída del movimiento

Entre 1946 y 1956, unas 274 000 personas emigraron de Sicilia al norte de Italia o al extranjero; formaban parte de una población que no superaba los 4 millones; les siguieron otras 352 000 en la década siguiente.

La mayoría se convirtieron en trabajadores precarios en las industrias del Norte, donde su lucha continúa en todas partes, dentro y fuera de la fábrica. Sin embargo, esta experiencia puede enriquecer los debates contemporáneos sobre la lucha de clases y la migración.

 En esas décadas se produjo el crecimiento económico que siguió a la reconstrucción de posguerra, con un desarrollo industrial acelerado en el sur y no solo en el norte. Junto a esto, del desarrollo intensivo en capital, hubo un gran crecimiento en la subcontratación de empresas por parte del Estado, desde la recuperación de tierras para la agricultura hasta la expansión de la infraestructura de la región.

Esto supuso considerables beneficios tanto para los terratenientes como para la burguesía urbana de la que formaba parte la propia mafia. La «Cassa per il Mezzogiorno», un organismo público destinado a invertir miles de millones y financiar el desarrollo del sur, permitió a la mafia acumular beneficios y capital, convirtiéndose en una potencia económica que pronto se trasladaría también a las regiones del norte, con oportunidades aún mayores. Lo que siguió fueron décadas de sangrientas guerras entre clanes mafiosos en las que nadie se salvó, culminando con el asesinato del general de los carabinieri [policía militar] Carlo Alberto dalla Chiesa en 1982 y de los jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino en 1992. La mafia atacó a los comunistas y también al sistema judicial.

Un ejemplo de ello fue el caso de Peppino Impastato, el militante asesinado en 1978, que era un joven comunista activo en la izquierda en los años 60 y 70. Apoyó las luchas de los trabajadores rurales y de los desempleados. Pero, sobre todo, fue una desafiante voz de protesta contra la expropiación de las tierras de los campesinos para construir la tercera pista del aeropuerto de Palermo. Esta era la principal base de poder del jefe de la mafia Cinisi, Gaetano Badalamenti, cuyo control del aeropuerto garantizaba un considerable flujo de drogas. Peppino informó con irreverencia sobre estos acontecimientos en las protestas callejeras y en la radio a través de la emisora que fundó, Radio Aut.

Por orden de Badalamenti, Peppino murió en una explosión. Para ocultar la mano de la Mafia en el asesinato, los investigadores y la prensa afirmaron que Peppino se había suicidado accidentalmente mientras organizaba un atentado terrorista. En aquellos años, era una práctica habitual culpar de las bombas y las masacres al enemigo político interno, los comunistas. Pero el asesinato fue ordenado por los poderes locales. Solo en la década del noventa se volvió a abrir el caso Impastato, con la acusación contra Badalamenti y su mano derecha Palazzotto, detenido por el asesinato en 2002.

En 1982, unos meses antes del asesinato del jefe de policía Dalla Chiesa, también fue asesinada otra figura importante en la lucha contra la mafia: el parlamentario comunista Pio La Torre, que había sido dirigente de la CGIL en Sicilia en los años 50 y un incansable defensor de la tierra. La Torre había detectado con perspicacia las fallas de la mafia como sistema organizado de poder y acumulación de capital.

Fue gracias a su propuesta —que luego se convirtió en ley— que la mafia fue reconocida como una organización criminal y, por lo tanto, castigada no solo con el encarcelamiento de sus miembros, sino con la confiscación de sus bienes (inmuebles, negocios y tierras de cultivo). Para el comunista, atacar el corazón de este negocio —parte del capitalismo— requería atacar su poder de acumulación y su control y propiedad del capital.

Han pasado más de tres décadas desde que se introdujo la ley, y la mafia aún no ha muerto. Ha demostrado ser capaz de transformarse y entrar en el laberinto interior del capitalismo italiano, basándose en el gran poder económico que ha acumulado. La Cosa Nostra ya no utiliza las armas tanto como antes. Pero sigue teniendo el control."                   (Marta Fana, JACOBIN Latinoamérica, 14/09/21)

29/5/15

El terrorismo de la OTAN

"El 2 de agosto de 1990, el entonces presidente de Italia, Giulio Andreotti, reconoció ante el Senado italiano la existencia de una red de ejércitos secretos a lo largo de la Europa occidental.

 Aquella noticia era terrible y confusa en términos iguales. Terrible debido a que habían existido tropas paramilitares no controladas por el poder civil; confusa porque no se sabía ni cuáles eran los objetivos de estas tropas stay behind, ni quiénes la formaban, ni qué acciones habían llevado a cabo.

En este artículo se intentará dar respuesta a qué fueron los ejércitos secretos de la OTAN, quiénes lo formaron y cuáles fueron sus operaciones y sus objetivos. (...)

Después de la II Guerra Mundial, Italia quedó encuadrada dentro del bloque occidental. Sin embargo, Estados Unidos sabía a la perfección que las probabilidades de que el PCI llegase al poder en las elecciones de 1948 eran bastante altas. 

Con el objetivo de evitar tal situación, la CIA organizó un operativo cuyo principal fin era que la Democracia Cristiana se alzase con la victoria en las elecciones del 48. Para ello se usaron varios recursos, desde una campaña difamatoria contra el PCI dirigida y realizada por la Iglesia católica italiana, pasando por un refuerzo económico a Italia y a la Democracia Cristiana para llevar a cabo su campaña, finalizando en una operación donde los italo-americanos enviaban cartas a sus familiares en Italia avisándoles de los peligros de votar al PCI.

La estrategia funcionó a la perfección y la Democracia Cristiana obtuvo los mejores resultados en su historia en esas elecciones de 1948. Pero lo más relevante de la victoria de la DC fue el éxito de una de las primeras acciones encubiertas de la CIA. De hecho, en caso de que el PCI hubiera ganado aquellas elecciones, los EEUU habían planeado un Plan B que consistía en una invasión de la Italia, tal y como reconoció décadas después Francesco Cossiga, presidente de Italia entre 1985 y 1992. 

No sería hasta la década de 1960, más concretamente en 1963, cuando Italia volvería a estar en el radar de los Estados Unidos. En esta ocasión no se trataban de una posible llegada del PCI al poder italiano, sino de la entrada del Partido Socialista Italiano (PSI) en el ejecutivo nacional. El objetivo de la alianza cristiana-socialista era dar mayor estabilidad al panorama político y social italiano a través de una coalición de centro-izquierda. 

Sin embargo, la CIA y los sectores más reaccionarios de la política italiana y estadounidense mostraron una preocupación ante el giro a la izquierda y aprovechando el asesinato de J.F. Kennedy en noviembre de 1963, planearon llevar a cabo un golpe de estado. Dicho golpe fue marcado para el año siguiente, aunque finalmente no fue necesario ejecutarlo debido a la salida de los socialistas del ejecutivo. El golpe, que ha pasado a ser conocido bajo el nombre de “Piano Solo”, triunfó sin poner en marcha el músculo militar que había tras él.

“Piano Solo” no fue el único golpe de estado planificado en Italia durante la Guerra Fría. Apenas seis años después del éxito del golpe de 1964, en 1970 desde los servicios secretos y militares italianos junto con los paramilitares de Borghese, se volvía a preparar otro golpe de estado, en esta ocasión liderado por Valero Borghese. Los golpistas debían ocupar las sedes del Ministerio de Defensa y de Interior, al mismo tiempo que hacerse con el poder en la sede de la RAI y otros medios de comunicación de importancia. 

Posteriormente, todos aquellos elementos calificados como subversivos serían detenidos y un gobierno militar sería instalado con el objetivo de volver a instaurar el orden y la disciplina a Italia. Sin embargo, y por razones que aún hoy se desconocen, Borghese ordenó que el golpe se detuviese y que Italia no se despertase bajo un gobierno militar.

La Estrategia de la Tensión, los años del plomo y la Operación Gladio

Para comprender la década de 1970 en Italia, primero deben ser clarificados los significados de “años del plomo” y “estrategia de la tensión”. Respecto al primero, se puede definir como el contexto de violencia callejera que evolucionó a la lucha armada por parte de grupos extremistas (de derecha y de izquierda) que recurrieron a la violencia para conseguir sus objetivos aprovechando la debilidad de las instituciones políticas y económicas, del caos político y de la negativa coyuntura económica italiana derivada de la crisis del petróleo de 1973. 

Por otro lado, respecto al segundo concepto, se puede considerar como una táctica para cometer actos terroristas y atribuirlos a la otra parte. El término tensión se refiere a la tensión emocional, a aquella que crea una sensación de miedo; el término estrategia se refiere a quién alimenta el miedo en la sociedad y lo dirige contra un grupo o sector determinado. En el caso italiano, el grupo era la izquierda, representada principalmente por el Partido Comunista Italiano.

La Operación Gladio, esto es, el uso indiscriminado del terrorismo contra la población civil italiana, comenzó el 12 de diciembre de 1969 con la explosión de cuatro bombas en Roma y en Milán que mataron a 16 personas. De estos cuatro atentados, el más famoso ha sido el de la sede de la Banca Nazionale dell’ Agricoltura, localizada en Piazza Fontana. En un primer momento, las autoridades culpabilizaron de los atentados a la izquierda, exactamente a grupos anarquistas.

No obstante, desde los primeros momentos del atentado muchas dudas surgieron en torno a la autoría de los atentados. De hecho, legal y jurídicamente, ninguna persona y/u organización ha sido declarada culpable de la matanza. Aún con lo anterior, un informe secreto del SID, los servicios secretos italianos, datado a 16 de diciembre, mencionaba la posibilidad de que los atentados en Milán y Roma hubiesen sido perpetrados por grupos de la derecha con el apoyo de la CIA. Esta mención se vio confirmada años después con las declaraciones del General Maletti sobre cómo la CIA brindaba apoyo a terroristas de la extrema derecha para detener el avance de la izquierda en Italia.

En 1972, cuando Italia aún se recuperaba de los acontecimientos de 1969, tres miembros de los carabinieri fueron asesinados en un atentado acontecido en Peteano. Al igual que los sucesos de 1969, el atentado fue atribuido a grupos de extrema izquierda revolucionaria. Sin embargo, como sucedió en Roma y Milán, las dudas surgieron rápidamente. 

En primer lugar, porque según el General Serravalle, tres de los siete depósitos de explosivos C4 localizados en Trieste y pertenecientes a la red Gladio habían desaparecido a sólo dos meses del atentado de Peteano. 

Y en segundo lugar porque, durante su juicio en 1984, Vincenzo Vinciguerra confirmó la existencia de una “superorganización” organizada por la OTAN y con la colaboración de los servicios secretos italianos y fuerzas militares y paramilitares italianas. Pero no sólo eso, sino que Vinciguerra contextualizó las acciones de grupos paramilitares de extrema derecha tales como Ordine Nuovo o Avanguardia Nazionale como acciones llevadas a cabo dentro de la Operación Gladio.

En 1974 se produjeron nuevos incidentes. Por un lado, en una manifestación anti-fascista en la ciudad de Brescia se produjo un atentado en donde fallecieron ocho personas y 102 resultaron heridas. Llevado a cabo por personajes encuadrados en grupos de extrema derecha, en 1982 los imputados por el caso fueron declarados inocentes, lo que llevó a una manifestación espontánea en el lugar donde había tenido lugar el atentado y a una reflexión por parte de la izquierda institucional que cobraría todo su sentido tras el descubrimiento del ejército paralelo de Gladio: 

¿Cómo era posible que mientras a los responsables del terrorismo de la extrema izquierda se les juzga y se les condena, a los de extrema derecha nunca se les consigue condenar porque al final resultan siempre inocentes? 

Esta reflexión es también válida para los resultados de la investigación de la “Operación Tora Tora” donde las pesquisas llevadas a cabo sobre el caso dieron el resultado de 145 personas acusadas, de las cuales 78 de ellas fueron llevadas a juicio y de estas 78, 46 fueron sentenciadas culpables, los cuales apelaron al Tribunal Supremo Italiano y fueron finalmente exonerados de sus cargos.


Otro incidente de importancia ocurrido en 1974 se localizó en el tren que hacía la ruta Roma-Münich, en donde fallecieron 12 personas y 48 resultaron heridas. Además, en este año, el que había sido miembro de la logia P2 y director del Servizio Informazioni Difesa (SID), Vito Miceli, fue arrestado bajo los cargos de “conspiración contra el Estado” en relación con la “Operación Tora Tora”. Durante el juicio, Miceli declaró la existencia del Operativo Gladio (sin nombrarlo) y cómo éste estaba coordinado desde la OTAN y desde los EEUU.

Del Compromiso Histórico al atentado de Bolonia

Formulado en octubre 1973, el “compromiso histórico” es como se conoce a la intención del PCI de formar una coalición de gobierno junto con la DC con el objetivo de dar estabilidad política a Italia y así evitar que una solución más autoritaria fuera tomada para internar resolver los problemas económicos y sociales por los que atravesaba el país. 

En el fondo de este compromiso está el fundamento ideológico del Eurocomunismo, pero también el temor de Berlinguer de que si el PSI y el PCI formaban una alianza para formar un ejecutivo, esto provocaría una reacción de la derecha en forma de golpe de estado. 

La sombra de Salvador Allende y el golpe de estado de Pinochet eran alargada. Desde el ala más progresista y moderada de la Democracia Crsitiana se acogió la idea del “compromiso histórico” favorable, por lo que la DC y el PCI acercaron posturas y comenzaron a armonizar sus objetivos.

Un año después de la formulación del “compromiso histórico”, Aldo Moro, primer ministro de Italia, viajó a Washington donde le comentó a Henry Kissinger y a Gerald Ford su intención de incluir al PCI en el ejecutivo italiano, a lo cual recibió una respuesta negativa por parte de ambos, los cuales recordaron a Aldo Moro que ningún elemento comunista podía participar en el gobierno. 

Sin embargo, los resultados de las elecciones de 1976, en donde el PCI logró el mejor resultado en su historia, llevaron en 1978 a Aldo Moro a intentar poner en marcha el “compromiso histórico” formulado cinco años antes. El 16 de marzo de 1978, Aldo Moro se dirigió a la Cámara de los Diputados para presentar el proyecto. Sin embargo, nunca llegó al Parlamento ya que fue secuestrado ese mismo día.

Durante 55 días Aldo Moro estuvo secuestrado, hasta que el 9 de mayo su cadáver apareció en una calle céntrica de Roma. Supuestamente su secuestro y ejecución fueron realizadas por las Brigate Rosse, pero lo cierto es que el secuestro y posterior asesinato del ex primer ministro italiano estaba lleno de misterios.

 El principal era si la CIA, los servicios secretos italianos o la estructura Gladio tenían algo que ver con la cuestión Moro. Según el periodista italiano Carmine Pecorelli detrás de la muerte de Aldo Moro no estaban las Brigate Rosse sino la CIA y la estructura Gladio. Si Pecorelli tenía razón o no fue algo imposible de verificar ya que fue asesinado el 20 de marzo de 1979. 

Lo más inquietante es que entre los imputados por el caso se encontraba el entonces primer ministro Giulio Andreotti, el cual fue declarado inocente junto al resto de acusados en 1999. Sin embargo, en 2002 Andreotti fue declarado culpable de instigador de homicidio, aunque finalmente el Tribunal Supremo italiano lo exoneró de la anterior condena en el 2003.

Es probable que nunca se sepa a ciencia cierta quién estuvo detrás del secuestro y asesinato de Aldo Moro. La comisión del Senado que investigó la estructura Gladio en la primera mitad de la década de 1990 sospechaba que la CIA, los servicios secretos italianos y la estructura Gladio estaban tras el asesinato de Moro. Sin embargo, cuando se dispusieron a investigar esa hipótesis descubrieron que la mayor parte de los documentos relacionados con el secuestro y asesinato habían desaparecido.

La última acción de importancia que se encuadra dentro de la “estrategia de la tensión” fue el atentado de 1980 en la estación de tren de Bolonia. Un total de 85 personas fallecieron y los heridos ascendieron a más de 200 en uno de los peores atentados sobre suelo europeo que se había registrado hasta aquel momento. Según la comisión investigadora del Senado, el atentado de Bolonia fue la acción más mortífera conectada con la red Gladio.

Tras la masacre de Bolonia, la estrategia de la tensión, los años de plomo y los atentados de bandera falsa comenzaron a cesar debido a que el Estado fue capaz de controlar la situación y a que la opinión pública, tras una década de asesinatos, atentados, muertes y heridos rechazó de plano la violencia.

 Sin embargo, la consecuencias sociales de la década de 1970 en Italia fueron tremendamente dolorosas, tal y como constató la comisión de investigación del Senado en su informe, señalando que entre 1969 y 1987, 491 civiles fallecieron, mientras que 1.181 fueron heridos.

Conclusiones

Originariamente, la stay-behind nació como un ejército paralelo y secreto que sólo se accionaría en caso de ataque por parte fuerzas extranjeras, que en la lógica de la Guerra Fría no podía ser más que las fuerzas del bloque socialista sobre un territorio del bloque capitalista. Y así ocurrió en 7 de los 15 países que integraban la estructura secreta de la OTAN. 

Sin embargo, en los restantes países de la trama parece claro que sus estructuras stay-behind han tenido alguna relación con actos de terrorismo con el objetivo de desacreditar a la izquierda y que ésta no pudiera llegar al poder a pesar de la aceptación de la “reglas del juego” exigidas por los Estados del bloque occidental.

Desmantelada a comienzos de la década de 1990, no se puede asegurar si los ejércitos secretos de la OTAN han sido disueltos definitivamente, ya que la OTAN jamás ha reconocido oficialmente la existencia de esta estructura. 

Sin embargo, su existencia está fuera de toda duda, mientras que en Italia el operativo estuvo ligado estrechamente con atentados terroristas que tenían el objetivo de desacreditar a la izquierda, especialmente al PCI, para restarle el gran apoyo popular con el que contaba.

Que una estructura similar a Gladio pueda seguir existiendo es una posibilidad y más después de que la prensa italiana diera a conocer la existencia de Department of Anti-terrorism Strategic Studies (DSSA), especia de policía paralela, fundada por Gaetano Saya y Rocardo Sindocca, los cuales habían formado parte de la red Gladio. 

Aun así, dictaminar la existencia de una red paralela como Gladio es en la actualidad imposible por falta de evidencias. Sin embargo, nunca es descartable que los Estados vuelvan a usar este recurso con el fin de ejecutar decisiones u obtener objetivos de distinta naturaleza que serían imposibles conseguir sin el uso de la tensión y las operaciones de falsa bandera."              ( , El orden mundial en el siglo XXI, 27 may, 2015)

4/11/10

Amante del gánster, querida del obispo... Marcinkus


Sabrina Minardi

"Mediados de los años setenta, primeros ochenta. Italia era un polvorín. El laboratorio del mundo moderno. La vanguardia cultural y política. Plena guerra fría, los años de plomo. Palestinos e israelíes, la CIA y el KGB, las Brigadas Rojas y el terror negro. Los comunistas pactando con los democristianos. La Mafia siciliana llenando las calles de heroína y cocaína.

Pasolini asesinado en Ostia. Juan Pablo II preparando, con el Opus Dei, el inminente hundimiento del bloque soviético. Aldo Moro secuestrado. Aldo Moro asesinado. La matanza de la estación de Bolonia. Andreotti, El Divo, y su hipotético beso a Totó Riina, el capo sanguinario. Sordi y Gassman, Mastroianni, Fellini y Antonioni. Celentano y el arzobispo Paul Marcinkus, dando alegría a las finanzas de la Santa Sede.

La quiebra del Banco Ambrosiano. El asesinato de Roberto Calvi (Londres, puente de los Frailes Negros). Y el de Michele Sindona, banquero de Cosa Nostra: un poco de veneno en el café. (...)

De aquel agujero regresó hace cuatro años, de la forma más inesperada, a través de un programa de televisión -el Quién sabe dónde italiano-, una dama que cabalgó a fondo aquellos años locos y sangrientos. La dama se llamaba, y se llama, Sabrina Minardi. (...)

Ahora, tras pasar 25 años escondida y huida de la justicia (fue arrestada por ayudar a huir a Renatino), Minardi ha reaparecido y ha decidido cantar. Contar sus secretos. Pero no todos, según advierte la periodista Raffaella Notariale en la introducción al fascinante libro de memorias Secreto criminal, la verdadera historia de la banda de la Magliana, recién publicado por la editorial romana Newton Compton y firmado a medias por ambas mujeres. (...)

Como meretriz, Minardi era un cometa y no hacía prisioneros... Minardi, como De Pedis, toreaba en todo tipo de plazas. Por ejemplo, en San Pedro. Calvi, presidente de la Banca Ambrosiana, perdió la cabeza por ella.

Y el arzobispo Marcinkus no se quedó atrás. En la página 114 del libro, Minardi asegura que se acostó varias veces con el banquero de Dios: "No sé qué le habrían contado de mí, quizá que era alegre y mona con la gente generosa. En fin, el caso es que él quería estar conmigo". "¿Y tú?" pregunta la periodista. "Y yo estuve con él. No te puedes echar para atrás en situaciones como esa (...) El curilla era muy directo, no le gustaban los preámbulos", dice. Incitada por la reportera, Minardi va tirando de memoria: "No sabes cuántas chicas le llevaba al arzobispo". (...)

Minardi lleva meses colaborando activamente con la justicia y se ha convertido en el gran testigo de cargo de la Fiscalía de Roma. Su contribución parece fundamental sobre todo para aclarar uno de aquellos grandes misterios sin resolver, quizá el más oscuro de todos: la desaparición de Emanuela Orlandi, una joven ciudadana vaticana, hija de un funcionario eclesial, que desapareció para siempre el 22 de junio de 1983, cuando tenía 15 años. (...)

Según Notariale, Minardi ha aclarado a los fiscales que el holding criminal de la Magliana tenía relación con la Mafia, la Camorra, la masonería, los servicios secretos, políticos como Andreotti, empresarios, banqueros y altos prelados.

Según una declaración de Minardi, entre 1982 y 1984, a pesar de estar huido de la justicia, Renatino cenó más de una vez en casa de Andreotti, cosa que este ha desmentido (aunque no suele hacerlo porque dice que desmentir es dar una noticia dos veces).

Ante la Fiscalía y ante la periodista que le ha entrevistado, Sabrina Minardi ha declarado que la banda ingresaba su dinero en el Instituto para las Obras de Religión (IOR) a través de la Banca Ambrosiana, que entonces presidía Roberto Calvi. Ese dinero fresco y negro servía, entre otras cosas, para que Juan Pablo II financiara al sindicato Solidarnosc, de Lech Walesa, con la idea de abrir brecha en el bloque soviético, siempre según Minardi.

"Recuerdo que Renato una vez llegó a casa con una bolsa de Vuitton llena de dinero", cuenta Minardi en el libro. "Hicimos los paquetes, contamos mil millones de liras (cien millones de pesetas de entonces) y al día siguiente se lo llevamos a Marcinkus".

Según su reconstrucción, De Pedis estaba indignado con la Santa Sede porque el presidente del IOR se negaba a devolver a las mafias el dinero que había ido ingresando. Minardi cuenta que el gánster tenía una relación de gran confianza con el cardenal Ugo Poletti, presidente de la Conferencia Episcopal italiana; pero que esa relación no le sirvió para recuperar la inversión.

De modo que buscó una forma de chantajear al Vaticano. El procedimiento fue secuestrar a Emanuela Orlandi: "La secuestraron y la llevaron a la casa de mis padres en Torvaianica, cerca de Roma. Renato me dijo que el apartamento le servía para una noche, que era una emergencia, pero al final la tuvo allí un par de semanas".

"Renato y Sergio (su chófer) me la subieron en el coche", prosigue. La chica secuestrada "estaba trastornada, confusa, lloraba, reía. Le habían cortado el pelo de una forma obscena. Me dijo: 'Me llamo Emanuela".

Un día, Renatino llegó a comer al restaurante Pippo l'Abruzzese; iba con Sergio, el chófer, y llevaban dos sacos, continúa. "Fuimos a una obra, y yo me quedé en el coche. 'Así hacemos desaparecer todas las pruebas', dijeron". En uno de los sacos, sostiene la mujer, estaba el cuerpo de Orlandi; y en el otro, "el de un niño de 11 años al que mataron por vendetta; era Domenico Nicitra, hijo de otro miembro de la banda".

Según Minardi, la operación tenía un motivo: presionar al Vaticano para que devolviera a la mafia el dinero ingresado en el IOR a través del Ambrosiano. El nombre de Marcinkus quedó unido para siempre a la logia secreta Propaganda Due (P2) y a los escándalos financieros de la época, como el crash del Ambrosiano. Monseñor mantenía sólidas relaciones con personajes como Michele Sindona, el banquero de la Mafia, y el maestro de la P2 Licio Gelli.

"Renatino veía bien a la masonería. Y conocía a Gelli", explica Sabrina Minardi. "Formaba parte de la lista secreta, de aquella que nunca se encontró. Siempre decía que ser masón te abría mil caminos nuevos, no solo por el dinero, sino porque el que pertenecía a ella nunca acababa siendo un desgraciado".

"Muy probablemente", escribe Notariale, "Renatino intervino en la negociación abierta entre las cúpulas del Vaticano y la Cosa Nostra para restituir el dinero que la mafia había entregado al Ambrosiano a través de Calvi".

Un favor hubo, "eso es seguro", concluye. "Si no, no se explica un tratamiento como el que le dieron al enterrarle en Sant'Apollinare". Según la periodista, la decisión la tomó el jefe de los obispos italianos: su Eminencia Ugo Poletti." (El País, Domingo, 10/10/2010, p. 12/3)