Mostrando entradas con la etiqueta aa. Homo Sapiens. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta aa. Homo Sapiens. Mostrar todas las entradas

2/2/21

La guerra no es innata a la naturaleza humana, sino que es un desarrollo social y cultural que comienza en ciertos lugares concretos del mundo. No obstante, una vez que surge la guerra esta tiende a extenderse... los primeros signos de guerra aparecen entre el 10.000 a. C., o hace 12.000 años.

"La investigación de Brian Ferguson sobre los orígenes de la guerra, habiéndose remontado para ello al comienzo de la historia humana y la de nuestros parientes simios más cercanos, sugiere que la guerra no es parte de nuestra evolución.

La guerra y toda su brutalidad llaman la atención y permanecen en la memoria. Los recuerdos de guerras y conquistas tienden a quedarse y ocupar el centro de atención en los registros históricos. Sin embargo, una narrativa centrada en la guerra pinta una imagen incompleta de la historia humana y de su naturaleza. Si bien existe una opinión popular en la comunidad antropológica de que la guerra es una tendencia evolutiva e innata de los humanos, también existe un rechazo a esa teoría. Existe un creciente argumento a favor de una historia humana que antecede por completo a la guerra y señala, además, que la guerra no es innata a la naturaleza humana, sino que es un desarrollo social y cultural que comienza en ciertos lugares concretos del mundo.

No obstante, una vez que surge la guerra esta tiende a extenderse, tal como explica el antropólogo histórico R. Brian Ferguson, quien ha pasado más de 40 años investigando los orígenes de la guerra. Ferguson, profesor de antropología en la Universidad de Rutgers, señala que la guerra no es lo mismo que la violencia interpersonal, o el homicidio. La guerra implica conflicto armado organizado y un homicidio aprobado por la sociedad y llevado a cabo por miembros de un grupo contra miembros de otro grupo. Ferguson sostiene que la evidencia actual sugiere que la guerra no siempre estuvo presente, sino que comenzó como resultado de cambios sociales, habiendo evidencia de que los orígenes de la guerra aparecen en marcas de tiempo muy variables y en diferentes lugares del mundo. Ferguson estima que los primeros signos de guerra aparecen entre el 10.000 a. C., o hace 12.000 años.

«Pero en algunas áreas del mundo no se ve ningún signo de guerra hasta mucho más recientemente», y señala que tanto en el suroeste de Estados Unidos como en las Grandes Llanuras no hay evidencia de guerra hasta hace unos 2.000 años.

En un artículo de Ferguson, publicado por Scientific American en 2018, y titulado «La guerra no es parte de la naturaleza humana», detalla su opinión sobre la guerra. En el artículo, resume los puntos de vista del fallecido antropólogo Keith Otterbein, sobre los dos campos antropológicos enfrentados y que este último denomina “halcones y palomas”. Los halcones argumentan que la guerra es una predisposición evolucionada en los humanos, que se remonta a cuando tenían un ancestro común con los chimpancés. Mientras que las palomas, por contrario, argumentan que la guerra solo ha surgido en los últimos milenios, motivada por las cambiantes condiciones sociales. En su artículo Ferguson escribe:

Los seres humanos, suelen argumentan [palomas], tienen una capacidad obvia para participar en la guerra, pero sus cerebros no están programados para identificar y matar a los forasteros involucrados en conflictos colectivos. Los ataques grupales letales, según estos argumentos, surgieron solo cuando las sociedades de cazadores-recolectores crecieron en tamaño y complejidad y más tarde con el nacimiento de la agricultura. La arqueología, complementada con observaciones de las culturas cazadoras-recolectoras contemporáneas, nos permite identificar los tiempos y, hasta cierto punto, las circunstancias sociales que llevaron al origen y la intensificación de la guerra.

Ferguson ha estudiado los registros antropológicos y arqueológicos a lo largo de la historia humana antigua y, en ocasiones, la más contemporánea. Afirma que hay una falta de evidencia de guerra o violencia a gran escala en muchos lugares del mundo y a lo largo de diversos períodos de la historia. Ha pasado cuatro décadas investigando y contextualizando históricamente los diversos puntos de origen de la guerra, en todo el mundo. También ha contextualizado incidentes de violencia grupal en los primos simios más cercanos de la humanidad, los chimpancés. Argumenta que la guerra no es un comportamiento innato, evolutivo ni inevitable para los seres humanos.

Reproducimos la conversación que Ferguson mantuvo con la corresponsal de “Economía de Paz Local”, April M. Short, acerca de sus hallazgos y teorías sobre la guerra y la historia humana.

April M. Short: Los grandes interrogantes son: ¿los seres humanos siempre han hecho la guerra, o la guerra tiene un origen? Y, ¿la guerra es innata a la especie humana (o tal vez solo de los hombres)? ¿Existe una predisposición evolucionada a la guerra o es un comportamiento social, aprendido, que surgió con ciertas organizaciones particulares en las sociedades?

Brian Ferguson: Existe un gran interés al respecto y en la antropología en particular, así como en la arqueología y las ciencias políticas. Ha sido un campo muy activo y hay muchas cuestiones diferentes involucradas [en ello] que están interconectados.

Para mencionar un aspecto de si la guerra siempre ha estado con nosotros o no, está la cuestión relacionada de cómo la guerra se vio afectada por la expansión de los sistemas coloniales. En particular, relacionado con Europa Occidental, pero también con otros [sistemas coloniales]. Sostengo que la expansión colonial generalmente condujo a una guerra más intensiva que muchas de las luchas que hemos visto en todo el mundo en los últimos cientos de años, desde la Era de las Exploraciónes en adelante. Esto no es un reflejo de la naturaleza humana, sino un reflejo de las circunstancias o la situación contextual.

Pero, incluso antes de los inicios del colonialismo, la guerra era bastante común en todo el mundo. La guerra deja una serie de signos diferentes, lo que es indicativo de violencia en los registros arqueológicos, siendo los más importantes el trauma esquelético y los datos de asentamiento de diferentes tipos. También existen otros indicadores, pero si tiene suficiente información de estas dos trazas, entonces si hubo guerra, su evidencia aparecerá.

AMS: Otra pregunta relacionada es si existe evidencia de un punto de partida claro para la guerra.

BF: Todo el mundo quiere saber cuándo empezó la guerra. Es difícil dar una respuesta que satisfaga a todos, porque tienes que preguntar de qué estás hablando exactamente. La evidencia de la guerra aparece en diferentes momentos en diferentes lugares. Y, una vez que comenzaba la guerra, a veces desaparecía por un tiempo, aunque ese no era el caso la mayoría de las veces. A menudo, la guerra se extendía y cambiaba con el tiempo a medida que cambiaban los sistemas políticos. Este es un campo muy complicado.

¿Pero la pregunta a la que la gente realmente quiere respuesta es si la guerra es la propia naturaleza humana? Y, en cierto sentido, la respuesta es definitivamente sí, porque los humanos hacemos la guerra, somos capaces de hacer la guerra, es una de las cosas que hacen los humanos. Pero creo que la pregunta más significativa que la gente está tratando de responderse es si: ¿hay algo que haya evolucionado en los seres humanos, o tal vez solo en los hombres, que los haga inclinarse a intentar matar, o al menos a actuar con extremo miedo a —Personas fuera de su propio grupo. ¿Es una tendencia o predisposición humana natural matar a forasteros? Eso es lo que ha argumentado mucha gente. El psicólogo cognitivo y autor científico, Steven Pinker es uno de ellos, y hay muchos otros.

Otros han argumentado algo un poco diferente, que podría enunciarse como que: tal vez no haya una tendencia innata a querer matar a los forasteros, pero la guerra sucederá naturalmente a menos que se disponga de algún tipo de sistema para detenerla. Eso es algo de lo que hablaba Thomas Hobbes en Leviatán, ¿no es cierto? Él no sabía nada de genes y esto fue antes de la teoría de la evolución de Charles Darwin. No estaba diciendo que la gente tuviera una predisposición «evolucionada» a matar a forasteros. Simplemente dijo que las personas que persiguen sus propios intereses, sin algún tipo de sociedad civil más amplia, naturalmente recurrirán a la violencia para promover sus propios intereses, y eso conducirá a la guerra. Y eso significa que la guerra es una condición natural de la sociedad humana. Entonces, ¿es [la guerra] parte de la naturaleza humana o es la naturaleza de los humanos en la sociedad?

La conclusión es, desde cierto punto de vista, que los humanos siempre han hecho la guerra desde que fueron humanos. Pero lo que he estado argumentando, desde hace algún tiempo, es que si miras en todas partes del mundo, en los registros arqueológicos, los restos más tempranos no hay evidencia de guerra.

Ahora bien, cuando retrocedemos mucho, digamos que 30.000 años o más, casi no encontramos nada que siquiera indique que los seres humanos estuvieran allí. Tal vez encuentres una herramienta de piedra, o algo así, pero no puede afirmarse, basándose en la evidencia, si hubo guerra o no. Pero, cuando te acercas al presente y miras la evidencia material, tampoco encuentras evidencia de guerra durante algún tiempo.

Lo que encuentras es un patrón global. En diferentes momentos y en diferentes lugares del mundo, si se parte de la evidencia arqueológica más antigua y se avanza en el tiempo, llegará un momento en que la evidencia de guerra comenzará a aparecer. Esos cambios ocurren sin un aumento dramático en la recuperación arqueológica. No es como si estuviéramos empezando a obtener buena evidencia arqueológica, o buenos datos, y solo ahora estamos empezando a ver las señales de la guerra. Lo teníamos todo, pero no había señales de guerra. Entonces comenzaron a aparecer signos de guerra.

Un colega mío, Doug Fry, trabaja en esta área y se ha centrado más en la importancia al respecto, y un muy buen punto. Hemos estado acumulando una serie de casos de arqueólogos que trabajan en áreas particulares, y los propios arqueólogos mismos no están interesados en la pregunta de ¿cuándo comenzó la guerra? Ellos solo están cavando sus propias excavaciones. Por lo general, no están interesados en hacer comparaciones globales, como lo estoy yo. Pero encontramos que cuando los arqueólogos proporcionan resúmenes de la evidencia de violencia interpersonal de naturaleza mortal, cada vez más de estas conclusiones muestran que la guerra tiene un punto de partida.

AMS: Comentó que este es el patrón dondequiera que mires, ¿es el patrón global?

BF: en las Américas, en concreto, en donde he estado trabajando últimamente, el patrón de evidencia de guerra emergente durante un tiempo determinado en los registros, incluye la región andina, incluye la región de Oaxaca en México, incluye la costa noroeste del Pacífico de Canadá, el noroeste de Alaska, los bosques del este, las Grandes Llanuras. No estoy seguro de si se puede decir lo mismo del oeste de California, porque al oeste de California es inusual encontrar mucho signo de violencia y que se remonte tan atrás, por lo que no estoy seguro de si puede decirse, claramente, que haya un tiempo antes de que se hubiera evidencias de la guerra allí. Pero es el caso en muchos otros lugares. También investigué los patrones en Europa y el Cercano Oriente, donde se observa lo mismo: no encuentras ninguna evidencia de guerra y luego, de repente, aparece la guerra.

Una nota más sobre esto: a menudo se dice que la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia, así que si no encuentra evidencia de guerra, eso no significa que la guerra no sucediera allí. Eso es absolutamente cierto para cualquier caso particular, y cualquier excavación arqueológica en particular. Pero, si está hablando de una región más amplia con múltiples excavaciones, esta no es una declaración científica, porque no puede ser cuestionada, no puede ser falsificada. Si está diciendo: «Incluso si no encuentra evidencia de guerra, la guerra probablemente [todavía pudo sucer] allí», ¿cómo refuta eso? Pero si digo que en estas diferentes áreas no va a encontrar ninguna evidencia de guerra antes de ciertos períodos de tiempo, porque allí no hubo guerra, eso es fácil de refutar. Solo hay que encontrar la evidencia.

Me cansa un poco que se repita la frase «el hecho de que no encuentre la evidencia no significa que no esté allí», porque el patrón de ver el surgimiento de la guerra es tan claro en tantos lugares. Es hora de considerar la posibilidad de que, de verdad, la guerra no existiera antes de cierto punto.

AMS: ¿Por qué cree que la teoría popular ha sido que la guerra es innata para los seres humanos o que siempre hemos tenido guerras?

BF: Esa es una gran pregunta y es una pregunta difícil de contestar. Si hablo acerca de si hay signos de guerra en Europa en un año en particular o no, puedo hablar de eso en términos de evidencia. Pero cuando se llega a la pregunta de por qué la gente tiende [a inclinarse] hacia la teoría de que «somos innatamente beligerantes» o que «la gente es innatamente buena» (que a menudo se sugiere que es el punto de vista de Rousseau versus Hobbes), algo hay en todo esto de variedad individual de opiniones. Pero también creo que cuando observas la prevalencia de estas ideas, se ve que son específicas de un tiempo.

A finales del siglo XIX, cuando el trabajo de Darwin era nuevo, había un énfasis real en esta lucha por la supervivencia. También había una parte racial, que era la idea de que algunas razas son superiores a otras, y la lucha entre las razas lleva a los superiores a conquistar a los inferiores. Toda esa ideología social darwinista era muy común y se alimentaba de otras teorías en ese entonces, que eran una visión sombría de la humanidad. Freud estaba muy triste. Los primeros psicólogos eran muy sombríos y hablaban de que los humanos tenían instintos, y uno de los grandes instintos era el instinto de la belicosidad. Pugnacidad [N.d.T.: tal vez “combatividad”. Pugnaticidad, pugnatividad no están recogidas en la RAE ni en el diccionario panamericano] es una palabra que ya no usamos mucho, pero se decía que la pugnacidad era el instinto por el que la gente solo quería pelear. Entonces, si querías averiguar el por qué existen las guerras, es porque teníamos el instinto de la tal pugnacidad.

La Primera Guerra Mundial provocó una especie de repulsión contra la guerra. Hubo un cambio en la forma en que la gente veía las cosas. Hubo un estudio de 1915 que fue realmente revelador, titulado «La cultura material y las instituciones sociales de los pueblos más simples: un ensayo en correlación«. Observó una serie de sociedades diferentes en todo el mundo (en lo que hoy sería un método muy burdo). Afirmando que las sociedades más simples pueden tener alguna guerra, pero tenían menos guerra que las sociedades más desarrolladas. Comenzó a parecer que la guerra no era parte de la naturaleza humana, era parte del desarrollo de sociedades jerárquicas a gran escala, y llegó precisamente con esa evolución política.

Pasó el tiempo y en la década de los sesenta se desarrolló un argumento intelectual muy fuerte a favor de que la guerra fuera innata. Hubo varios escritores que fueron clave en [el desarrollo de] este argumento. Uno era un etólogo austríaco (los etólogos son personas que estudian el comportamiento animal) llamado Konrad Lorenz. Estuvo del lado alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Él era de la opinión de que si tocas una melodía marcial, los hombres dejarán todo y se irán a la guerra. Escribió el libro Sobre la agresión que fue muy influyente.

Luego estaba Raymond Dart, un paleobiólogo australiano (aunque no usaban esa definición en ese momento) que encontró cráneos y restos primitivos, y estaba convencido de que en cada cráneo que encontraba había evidencia de una muerte violenta y canibalismo. El trabajo de Dart fue recogido por un escritor muy talentoso, Robert Ardrey, quien escribió varios libros, incluidos African Genesis y The Territorial Imperative, que formaban parte de su serie “Nature of a Man”. Esa fue la base de la película de Stanley Kubrick «2001: A Space Odyssey«. Si alguna vez has visto el comienzo de esa película, a aquellos proto-simios algo les cambió en sus mentes por los obeliscos negros provenientes del espacio exterior, y comienzan a matarse entre sí, y ese es el comienzo de la creatividad humana. Eso es lo que Ardrey básicamente creía que era la verdad sobre los seres humanos, y la popularizó.

Y luego, estaba el famoso libro, “El señor de las moscas”, de William Golding. A Golding se le ocurrió la idea de que las personas eran simples piezas de trabajo. Todos estos conceptos formaban parte de la cultura popular en la década sesenta y fue muy influyente. Se convirtió en la sabiduría aceptada de que “la gente es así”.

La guerra de Vietnam marcó una gran diferencia. Los antropólogos no se habían interesado mucho en el estudio de la guerra antes de Vietnam. La guerra de Vietnam se prolongó durante mucho tiempo y las manifestaciones en su contra fueron muy grandes en los campus universitarios, que es donde están los antropólogos. En aquel entonces yo era un estudiante, en edad de reclutamiento, y fue entonces cuando se desarrolló por primera vez la antropología de la guerra como campo. Creció a partir de ahí y se desarrollaron diferentes perspectivas. Algunos de ellos sostenían que la guerra siempre ha estado con nosotros, otros decían que era un instinto biológico, algunos argumentaban que la guerra era un producto cultural y un desarrollo relativamente tardío. Margaret Mead [antropóloga cultural] fue una de las que dijo: «La guerra es sólo una invención, no una necesidad biológica». Y creo que tenía razón. Desde entonces, este argumento ha continuado de una manera más académica, con personas que producen evidencias. Ahora lo hemos estado haciendo durante un par de décadas y tenemos mucha evidencia.

AMS: Menciona en su artículo de “Scientific American” que las personas que argumentan que la guerra es innata a menudo usan el ejemplo de que los chimpancés son belicosos. Apuntan al ancestro común, compartido entre los chimpancés y los humanos, para argumentar que los humanos son innatamente guerreros. Ha pasado dos décadas analizando todos los incidentes de violencia registrados relacionados con los chimpancés y ha escrito un libro sobre el tema, que pronto se publicará. En su libro, usted teoriza que los chimpancés no son, de hecho, guerreros, pero que sus incidentes de violencia pueden atribuirse a contextos culturales y sociales, que involucran en gran medida la interferencia humana. ¿Puedes compartir un poco sobre tu trabajo con los chimpancés?

BF: No soy primatólogo. Nunca he trabajado con chimpancés. Soy un investigador histórico, así que leo las observaciones de otros estudiosos y contextualizo esas observaciones. Hice eso con la guerra y lo he hecho con los chimpancés.

En 1996, salió un libro llamado Demonic Males: Apes and the Origins of Human Violence. Dibujaba una visión realmente sombría de la naturaleza humana, como evolucionada para matar extraños. Y el argumento era que los chimpancés hacen esto … no porque tengan hambre o estén en algún tipo de competencia inmediata por los recursos. Es solo: que están programados biológicamente, por evolución, para hacer eso. Y el argumento era que, entonces, también lo están los humanos porque los chimpancés y los humanos lo heredaron de sus ancestros comunes en algún momento hace entre seis y 13 millones de años.

Comencé a revisar toda la literatura a fines de la década de 1990, y ahora el libro está terminado. Lo he titulado «Chimpancés, «Guerra» e Historia». Y verás que pongo comillas alrededor de «guerra». Para escribir el libro, revisé todos los emplazamientos [donde tuvo lugar la violencia del grupo de chimpancés]. Lo que encontré fue que si bien la gente diría que su comportamiento [belicoso] de buscar desconocidos o extraños y matarlos es un comportamiento normal de los chimpancés, [en realidad] es realmente raro. Si habla de una guerra como asesinatos secuenciales de miembros de otro grupo, entonces solo hay dos guerras de chimpancés que tienen lugar en un lapso de aproximadamente nueve años. Menciono esto en el artículo de Scientific American:

Mi trabajo cuestiona la afirmación de que los machos chimpancés tienen una tendencia innata a matar a los forasteros, argumentando en cambio que su violencia más extrema puede estar ligada a circunstancias específicas que resultan de la interrupción de sus vidas por el contacto con humanos. Establecer este caso ha requerido que yo pase por cada asesinato reportado de chimpancés. A partir de esto, se puede hacer una conclusión simple. Un examen crítico de una recopilación reciente de asesinatos en 18 lugares de investigación de chimpancés ─que en conjunto suman 426 años de observaciones de campo─, revela que de 27 asesinatos intergrupales observados o inferidos de adultos y adolescentes, 15 provienen de solo dos situaciones muy conflictivas, que ocurrieron en dos sitios en 1974-1977 y 2002-2006, respectivamente.

Las dos situaciones equivalen a nueve años de observación, contando una tasa de muerte de 1,67 por año durante esos años. Los 417 años restantes de observación promedian solo 0.03 al año. La pregunta es si los casos atípicos se explican mejor como un comportamiento adaptativo evolucionado o como resultado de una alteración humana. Y mientras que algunos biólogos evolucionistas proponen que los asesinatos se explican como intentos de disminuir el número de hombres en grupos rivales, esos mismos datos muestran que restar los asesinatos internos de los externos de hombres produce una reducción de los hombres externos de solo uno cada 47 años, menos de uno a lo largo de la vida de un chimpancé «.

La esencia de mi argumento es que la evidencia muestra que la violencia intergrupal letal no es un patrón de comportamiento normal y evolucionado de los chimpancés, sino una respuesta situacional a una historia local de perturbación humana. Eso es lo que demuestra el libro.

AMS: He leído que los bonobos comparten tanto ADN con los humanos como los chimpancés y no son belicosos, ni violentos; de hecho, son prácticamente noviolentos. ¿Ha tenido en cuenta a los bonobos en su libro?

BF: Efectivamente. Mi libro tiene 10 partes y la parte octava trata sobre los bonobos. Los bonobos son una comparación fascinante. Están tan relacionados con los humanos como puedan estarlo los chimpancés. Sin embargo, nunca hemos visto a un bonobo matar a otro bonobo (aunque se sospecha la muerte de un bebé, pero muy posiblemente no sucedió). Otra diferencia en los bonobos es que, en ocasiones, han aceptado a machos adultos externos en sus grupos. Bien, los chimpancés han aceptado a los machos adolescentes en sus grupos, y también han tolerado temporalmente machos adultos extraños en sus grupos, por lo que es un buen punto a considerar, pero es una distinción cualitativa entre chimpancés y bonobos.

Se decía que los chimpancés son de Marte y los bonobos de Venus. Los chimpancés son tendentes a la violencia, agresivos y están totalmente dominados por los machos; y los bonobos, tal como cuenta la historia, están dominados por las hembras y no son tan hostiles, no tan agresivos … No diría que los bonobos son matriarcales, en cambio, diría que su sociedad tiene un equilibrio de género, que es muy diferente al de los chimpancés.

Y esto nos lleva de vuelta a la cuestión de las predisposiciones innatas porque si los chimpancés nacen para matar, y si los bonobos no matan, ¿es porque de alguna manera [los bonobos] evolucionaron librándose del “modo matar”? ¿Evolucionaron para no matar?

Aparte de los dos comportamientos extremos que mencioné, aceptar machos externos en sus grupos y matar, casi todo lo que se ha visto hacer a un chimpancé, se le ha visto hacer a un bonobo. Hay mucha superposición en lo que hacen. Es una especie de diferencia de frecuencias en lugar de diferencias de corte seco.

… Los bonobos no tienen esas circunstancias que creo que hacen pelear a los chimpancés, que es la escasez de recursos relacionada con el impacto humano. Los bonobos no han tenido eso. Y al mismo tiempo, tienen algo que va en contra de las peleas, que es una organización social muy diferente a los chimpancés. No creo que esto sea el resultado de instintos o predisposición innata.

Dedico mucho tiempo en el libro a exponer el hecho de que un chimpancé macho joven crece en un mundo adulto donde los machos dominan a las hembras y las hembras no pasan mucho tiempo con otras hembras. Los machos pasan mucho tiempo saliendo con otros machos, por lo que tienen una especie de club de chicos allí, y esto los lleva a participar en una competencia de estatus entre hombres. Muy a menudo, un grupo de dos o tres machos juntos ascenderá en la jerarquía social, al unirse y atacar a otros machos como un dúo o trío, y así es como vencen al alfa. Y ser un alfa tiene muchas ventajas.

Para los chimpancés, pero no para los bonobos, la segunda hipótesis de mi libro es que los machos inusualmente agresivos y de alto estatus pueden, en algunas circunstancias, participar en lo que yo llamo ‘matanza de exhibición’ de individuos indefensos, incluso bebés dentro de su propio grupo, con el fin de intimidar a los adversarios del estatus.

Pero los bonobos tienen la tendencia de las hembras a vincularse (lo que puede tener que ver con el frotamiento genito-genital que realizan las hembras, aunque eso no está del todo claro), y atacarán a un macho demasiado agresivo. Si un macho quiere ascender en la jerarquía de estatus de los bonobos [necesita ser menos agresivo]… porque la estructura de la sociedad está [basada en] una escalera bisexual. Para que un macho ascienda en la jerarquía de estatus, lo mejor que puede hacer es mantenerse cerca de sus madres. El mejor aliado para un macho bonobo para acceder a la alimentación, acceder al apareamiento y ascender en la jerarquía de estatus significa estar cerca de una hembra de alto estatus. El juego del estatus se juega con las madres, no con los hermanos. De este modo es como un macho bonobo encamina sus propios intereses. Significa que están apegados a las mujeres y, muy a menudo, no están apegados en absoluto a otros machos.

AMS: Para mí, como un profano que entra en esto, aprender que estamos tan relacionados con los bonobos como los chimpancés socava la idea de que la tendencia a la guerra humana se debe al antepasado común con los chimpancés. Es interesante considerar cuánto pueden influir las estructuras sociales en los comportamientos, tanto para los humanos como para otros simios.

BF: Es ahora una gran área de investigación y la investigación de campo ha cambiado por varias razones diferentes. Una cosa que ha sucedido en la investigación de campo de primates, y también en los laboratorios, es que se ha expandido el trabajo en estudios no invasivos, que analizan los niveles hormonales y la genética. Los investigadores pueden obtener sus muestras colocando lonas debajo de los árboles y esperar a que los chimpancés orinen por la mañana. Luego pueden recopilar datos sobre los niveles hormonales y los genes.

Actualmente hay interés en la biología de estos primates, y el argumento en biología ha sido que los chimpancés y los bonobos son realmente biológicamente diferentes: genética, hormonal y conductualmente. Es un área realmente interesante que encuentro complicada debido a la naturaleza de estos estudios biológicos y la interacción naturaleza-crianza. La idea de que la biología y el medio ambiente se combinan e influyen en el desarrollo de cualquier organismo y estos cambios pueden ser epigenéticos y pueden tener que ver con el entorno del nacimiento. La acción principal de la epigenética [el estudio de los cambios hereditarios en la expresión genética] se basa en lo que sucede en la vida temprana, aunque la epigenética funciona durante toda la vida y también puede transmitirse de generación en generación.

La forma en que expuse mi argumento en una conclusión [de mi libro] es: ¿y si se cambiaran al nacer? Si a un chimpancé infantil se le pusiera bonobos y viceversa, ¿cómo serían al crecer? ¿Crecería un chimpancé criado entre bonobos para actuar como un chimpancé con todas las nociones agresivas, la vinculación masculina y todo eso? Yo sostengo que seguirían las costumbres locales [de los bonobos], harían lo que vieran hacer a otros a su alrededor. Luego después vendría la epigenética, y como se aplicó a los chimpancés, parecerá encajar perfectamente en que la primera infancia y la experiencia social de un chimpancé y un bonobo al nacer son muy diferentes.

AMS: Para volver a los humanos y cerrar el círculo, ¿cómo argumenta que esta idea de naturaleza versus crianza, epigenética y socialización, podría entrar en juego antropológicamente y en relación con la guerra?

BF: La implicación, o la enseñanza, aquí para los humanos es que los humanos son flexibles. Creo que los chimpancés son muy flexibles, no creo que tengan patrones innatos para hacer cosas como pelear entre ellos. Creo que se adquiere tanto en chimpancés como en los bonobos. Y creo que esto también es aplicable a los seres humanos. Y los humanos van mucho más allá en la complejidad de la cultura.

Muchos dirán que los chimpancés y bonobos también tienen culturas, usarán la palabra cultura para estos grandes simios. Creo que lo que tienen los chimpancés y los bonobos son tradiciones claramente aprendidas. Aprenden las cosas que hacer, cosas que hacen otros en su grupo. No creo que eso sea lo mismo que una cultura, porque la cultura implica la existencia de un medio simbólico y lingüístico. Y esa clase de cultura existe en nuestros pensamientos y en nuestro lenguaje y en nuestra habla. Así es como lo aprendes. Así es como lo comunicas. Así es como se transmite.

La cultura humana tiene un desarrollo acumulativo, y para ello necesita lenguaje y símbolos. Aprende lo que hizo una generación, luego puede hacer algo más a partir de ello. Todo lo que tenemos en este mundo se remonta a miles y miles de innovaciones, todas las cuales se han basado en las innovaciones anteriores. Los chimpancés no tienen innovaciones acumulativas.

Para la guerra, creo que la diferencia se manifiesta en que los humanos no tienen predisposiciones innatas. Algunos antropólogos argumentarán que los humanos tienen una predisposición innata a no matar a otros seres humanos, que nacieron en contra de hacer eso, y tienen que desaprender eso [para ser violentos]. Esa es una forma optimista de pensar sobre los seres humanos, y ciertamente va en contra de la idea de que las personas son asesinos natos. Espero que sea cierto, pero no estoy convencido. Creo que eso podría ser fácilmente el resultado de la forma en somos socializados en nuestras propias sociedades.

Lo que estoy diciendo es que, como mínimo, no tenemos predisposición en ningún sentido. Ciertamente no estamos predispuestos a matar. No estamos predispuestos a ser xenófobos. Etnocéntrico es un poco diferente porque etnocéntrico simplemente significa, en el nivel básico, que la forma en que te educaron es la forma en que crees que se deben hacer las cosas. Cada cultura le enseña a cada recién nacido. Todo el mundo piensa: «Mi manera es la forma correcta de hacer las cosas». Pero ir más allá de eso, a los conceptos de que otras personas son inferiores o lo suficientemente peligrosas como para ser asesinadas, eso ciertamente no es parte de la naturaleza humana. Cuando miramos a los pueblos tribales, cuando los europeos aparecieron por primera vez, la respuesta inicial típicamente fue mirar a estos extraños pueblos con curiosidad. No es una reacción natural de miedo, no es el tipo de hostilidad tribal de la que todo el mundo parece hablar siempre, y que es un montón de tonterías.

La lección es que los humanos tienen mucha plasticidad. Y podemos ser moldeados de diferentes formas. Se nos puede moldear para ser nazis, o se nos puede moldear para ser pasivistas (N.d:T.: ¿pacifistas?). Pensar que es algo que viene de los genes, que ha evolucionado y es el modo en que somos nosotros, no te ayudará a entender lo que está

Al final de mi libro, resumo todo el trabajo que he realizado a lo largo de los años sobre la guerra. Durante los últimos años, he hablado de la naturaleza humana y la guerra. Antes de eso, la gran pregunta para mí no era: «¿Es la naturaleza humana hacer la guerra?» sino, «¿Cómo explicar las guerras que realmente sucedieron en las sociedades tribales y en la sociedad moderna?» El libro no trata solo de desacreditar las teorías sobre los chimpancés, si no que trata de que: si compartes esta idea de cultura que acabo de describir, te lleva a hacerte muchas otras preguntas que son mucho más interesantes y probablemente más significativas en términos de comprender por qué sucedieron guerras reales y por qué la gente realmente es asesinada.

Hay un artículo que escribí en 2006 titulado Guerras tribales, étnicas y globales, donde resumo mi enfoque sobre las guerras que están sucediendo en todo el mundo, basado en lo que sé sobre la guerra tribal. En él trato de mostrar cómo es que han sucedido las guerras y la relación entre el interés personal práctico y los valores simbólicos que las personas tienen en una sociedad. Eso, para mí, es donde está la acción, y explica cuál es la causa de la guerra: es práctico y también simbólico.

AMS: En este momento actual de la historia humana, donde tenemos una guerra mucho más globalizada y en curso que las de nuestros antepasados antiguos, y una cultura mundial más globalizada en general, ¿hay esperanza para un futuro que no sea tan bélico?

BF: ¿Hay esperanza? Si, absolutamente. Si miras la larga historia del mundo como yo lo hago como antropólogo, ves que hemos pasado de tener miles de sociedades independientes en este planeta, que en un principio no creo que estuvieran haciendo la guerra entre sí. Con el tiempo, la guerra se desarrolló en más lugares del mundo y se extendió. Desde entonces, con el tiempo hemos tenido una consolidación de las sociedades. En la actualidad, hay menos sociedades independientes en el mundo, y hay que ser independiente para hacer la guerra. He estado usando Europa como ejemplo durante más de 20 años. Teniendo en cuenta a dónde se dirigía en el pasado, nunca hubieras esperado que Europa se uniera en la comunidad que es ahora [EU]. La guerra entre Alemania, Francia e Inglaterra, y otras partes de Europa fue historia del mundo durante bastante tiempo. Europa es solo un hilo, pero es un claro ejemplo de cómo han cambiado las cosas.

Escribí un artículo en 1988 llamado ¿Cómo pueden los antropólogos promover la paz?, y una de las cosas que dije fue que, como antropólogo, puedes decir que hay otros mundos posibles más allá. Las cosas que no podemos imaginar que fueran posibles ahora podrían convertirse en realidad. Y en este artículo, que salió en 1988, dije que una cosa que podemos decir con certeza es que en algún momento la frontera militarizada entre Este-Oeste, en Europa, dejaría de existir. Era difícil imaginar que eso sucediera entonces. Pero al año siguiente [después del artículo], desapareció. Entonces, se desconoce. No hay una dirección general hacia la paz, pero creo que una parte importante para ello es que la gente se movilice, que la gente promueva la paz, que la paz sea un valor.

Es importante que la gente vea que un mundo sin guerras es una posibilidad realista. Tal vez no ahora, pero un mundo sin guerra es algo a lo que podemos aspirar de manera realista y por lo que podemos trabajar. Si crees que es algo que nunca pueda suceder, bueno, el fatalismo es uno de los principales apoyos que mantiene la guerra. Es bueno romper esa mentalidad.

April M. Short es redactora, periodista, editora y productora de documentales. Es miembro escritora de Local Peace Economy, un proyecto del Independent Media Institute. Anteriormente, desempeñó funiones como editora gerente en AlterNet y también como escritora senior galardonada para el periódico semanal de Santa Cruz, California. Su trabajo ha sido publicado con el San Francisco Chronicle, In These Times, Salon y muchos otras publicaciones."

( April M. Short , Rebelión, 01/02/2021 . Este artículo fue elaborado por Local Peace Economy, un proyecto del Independent Media Institute.)

19/1/21

La prosa policial dramatiza la caza, actividad atávica del hombre que comenzó en la prehistoria y que, por lo tanto, se encuentra inscripta en nuestro genoma. El hombre civilizado lee porque le resulta irresistible “revivir” las múltiples experiencias del cazador primigenio: los detalles, la conjetura, el seguimiento, el acorralamiento y el asalto final

 "En uno de sus últimos textos críticos, Ricardo Piglia sostiene que el detective es una de las mayores representaciones modernas de la figura del lector. Acude, para demostrarlo, al cuento que funda todo el género: Los crímenes de la calle Morgue, que comienza precisamente en una librería de Montmartre y que presenta en sociedad a Auguste Dupin, un bibliófilo incurable.

 Poe, que cultivaba a la vez el relato gótico y sobrenatural, inventa en ese texto positivista la ficción policial, y con ese simple movimiento tiende un puente simbólico y perfecto entre el fin de una era y el comienzo de otra. Se ha escrito mucho acerca de que la novela criminal era hija del conservadurismo victoriano y de la burguesía moderna, donde el asesino rompía el orden establecido y el investigador lo restituía. 

Borges no contradecía esta hipótesis, pero tenía sus propias ideas sobre el tema. En una conferencia de 1979, afirma: “Poe no quería que el género policial fuera un género realista, quería que fuera un género intelectual, un género fantástico si ustedes quieren, pero un género fantástico de la inteligencia”.

En efecto, las facultades razonadoras de esos primeros detectives eran tan portentosas, geniales y a menudo rebuscadas que resultaban sobrehumanas, increíbles, en el fondo fantásticas. Es curioso porque esta verdadera operación de superpoderes cuasi mágicos se hacía en nombre de la ciencia. Holmes la llamaba, en concreto, “la ciencia del razonamiento deductivo”, algo que en ese momento también era una completa ficción, pero que le garantizaba verosimilitud literaria y anticipaba rudimentariamente la criminología.

 Esta disciplina social contemporánea estudia las causas y circunstancias de los distintos delitos, la personalidad de los delincuentes y el tratamiento adecuado para su represión, pero poco se parece a aquella observación infalible, milagrosa y clarividente de los investigadores ficcionales del policial “blanco”, todos ellos héroes de una agudeza exagerada, claramente imposible.

La definición de Borges es muy poco citada por los críticos pero resulta crucial, puesto que explica muy bien la inminente derivación norteamericana, la llamada “novela negra”, que no es fruto entonces del género fantástico como su predecesora, sino del realismo. 

Esta diferencia radical explica en gran parte toda la genealogía de una literatura que ha mutado y ha encontrado nuevas formas híbridas, pero que no ha dejado de producir grandes escritores ni de multiplicar lectores en todas las épocas y en todas partes del mundo. Su explosiva vigencia no se explica, a mi entender, en el hecho de que el detective sea efectivamente un lector, como prefiere Piglia, sino en que representaba entonces, y sigue encarnando ahora mismo, la figura del cazador. 

La prosa policial dramatiza la caza, actividad atávica del hombre que comenzó en la prehistoria y que, por lo tanto, se encuentra inscripta en nuestro genoma. El hombre civilizado lee acerca de peripecias y persecuciones porque tiene dentro de sí ese ímpetu dormido, ese adn explorador y carnívoro, y porque le resulta irresistible “revivir” las múltiples experiencias del cazador primigenio: los detalles, la conjetura, el seguimiento, el acorralamiento y el asalto final.

 Salvador Vázquez de Parga, tal vez el máximo especialista español de toda esta novelística, lo explica a su manera: “La novela policial es el relato de una persecución —escribe—. Hasta ahora los teóricos del tema han cifrado el corazón de la novela criminal en el enigma, y realmente en ningún caso puede carecer de él, pero su situación como punto álgido de la trama puede hallarse desplazada. La novela detectivesca pura hace efectivamente del problema el centro de gravedad alrededor del cual gira toda la narración. Las distintas transformaciones del género, sin embargo, han podido desplazar el punto vital al misterio, al suspenso, a la aventura, a la acción, al criminal, a la víctima, a la sociedad, al ambiente, etc., dando lugar a los distintos subgéneros de la literatura criminal”.

Personalmente, creo que hasta el enigma racionalista a la manera de Sherlock Holmes (alguien capaz de analizar pisadas y de utilizar un perro para seguir olores y huellas) reproduce las habilidades del hombre primitivo para deducir y anticipar los movimientos de su presa, y darle caza. Es que dentro de esta clase de narraciones hasta el problema más intelectual es, en verdad, una duda, un acertijo sobre el terreno, una búsqueda, un acoso, una batida. Borges y Bioy Casares llegan a un extremo cuando con los cuentos de don Isidro Parodi colocan al cazador en el más completo aislamiento: el “detective” está preso y por meras referencias verbales inicia la cacería mental y da con el culpable sin moverse un centímetro de su celda. Significativamente, de la caza de un animal homicida termina tratándose Los crímenes de la calle Morgue: Dupin descubre que el asesino no es un humano, sino un enorme orangután de Borneo.

Si el detective es el cazador, podemos decir que el suspenso sin investigadores es la novela de la presa, inocente o culpable: William Irish, Charles Williams, David Goodis, Patricia Highsmith y tantos otros cultivaron esta otra narración apasionante, cuya empatía y punto de vista se encuentran ya no en el clásico perseguidor sino en el perseguido.

Caído el Muro de Berlín y la Guerra Fría, un particular depredador aideológico se ha puesto de moda en esta gran cacería literaria, y es el asesino serial. El noir escandinavo, que se ha vuelto famoso en todo el planeta y que incluso ha contagiado al cine universal y específicamente a la televisión anglosajona, pone el ojo en ese animal sediento de sangre, y utiliza sus siniestras andanzas para mostrar las perversiones de la vida moderna y, sobre todo, el femicidio, penoso y extendido fenómeno de época que la escritura intenta denunciar. Un antecedente de esta poderosa tendencia lo constituye el “Drácula de la era de las computadoras y de los teléfonos celulares”, como Stephen King nombró alguna vez a Hannibal Lecter, que por supuesto es el más refinado depredador de la literatura policial. La criatura de Harris es cultísima y tiene predilección por la carne humana, y constituye el punto culminante de ese juego del gato y el ratón que libran el cazador y su peligrosa presa, en un permanente intercambio de roles. Dragón Rojo y El silencio de los corderos provienen de episodios tristemente célebres de la realidad norteamericana y derivan en cientos de ficciones en las que ingeniosos asesinos múltiples buscan emular al más perfecto y aterrador de todos. Holmes y Poirot fueron los responsables de una ola infinita de imitadores de esos detectives agudos y caballerescos; Hannibal es culpable de una avalancha de psicópatas monstruosos.

El paso, a principios del siglo XX, de la novela de cuartos cerrados y salones con venenos y dagas, a la calle salvaje, sucia y trepidante, encumbró a los detectives privados de Hammett, Chandler y Ross Macdonald. Estos Quijotes melancólicos y escépticos eran cazadores cansados, pero lo novedoso que tenían esas narraciones radicaba en las sociedades que sus autores pintaban con gran talento. Allí el cazador y la presa a veces no eran más que piezas de un tablero intricado y lleno de acechanzas: la ciudad como protagonista y, fundamentalmente, como selva. O “la jungla de asfalto”, como la denominó Burnett en la célebre novela que filmó John Houston. Ese género nació en un pequeño cuento de Hemingway: “Los asesinos”. Dos sicarios, dos fieras cínicas, llegan a un bar buscando a un hombre a quien deben eliminar: la psicología, la atmósfera, los diálogos y la violencia flotan en esa obra maestra que condensa y anticipa todo el género negro.

Los secretos de la selva urbana, sus interconexiones privadas, sus arquetipos, recodos y trampas, y sus lógicas de poder son esenciales para esta pléyade de detectives realistas y descarnados, a quienes Borges desdeñaba porque practicaban una cierta truculencia y le parecían simples “malevos”, pero a quienes tuvo a bien colocar en el canon literario al darles su lugar en la legendaria colección del Séptimo Círculo. Para estos narradores, el crimen es una especie de excusa de la que se valen para descubrir la trama oculta de la sociedad, donde ricos y poderosos se codean con lúmpenes, y donde al final ya casi no importa quién mató a quién sino el viaje por la jungla que hemos experimentado siguiendo los pasos audaces del cazador. Es por eso que el género negro se convierte, con el tiempo, en la gran novela sociológica. Y por supuesto, también en la novela política que da cuenta del presente.

Hoy en día la geografía se ha transformado en algo tan central y decisivo que prácticamente cada año podemos viajar a Grecia de la mano de Márkaris, a Scilia con Camileri, a Suecia con Mankell, a París con Lamaitre, a Dublín con Benjamin Black, a Shanghai con Andy Okes. Los contextos sociales, sus culturas dominantes, sus gastronomías y sus problemáticas son tan importantes como la personalidad de los detectives y de hecho mucho más relevantes que los crucigramas del enigma, convertido apenas en un anzuelo que mordemos con gusto. El lector de policiales es hoy un turista feliz que se desplaza alrededor del globo, y esos sabuesos costumbristas son guías involuntarios en lejanas y escabrosas junglas de cemento por donde vagan y husmean en busca de pistas.

 El desarrollo de este género en la Argentina está lleno de curiosidades y conflictos. Podríamos decir que goza de considerable prestigio literario merced a estos dos defensores ardorosos: Borges y Piglia. Pero aquí el género no ha brillado mayormente en novelas, sino en cuentos breves. Aun así, prácticamente no existe escritor de primera línea que no haya incursionado o, aunque sea, se haya visto tentado alguna vez a merodear el género: desde Lugones, Groussac, Nalé Roxlo y Roberto Arlt hasta Cortázar, Castillo y Saer. ¿Podríamos decir que El túnel de Sabato es de algún modo también una novela policial y que acaso El informe sobre ciegos es un thriller paranoide? Yo creo que sí. Pero vayamos a lo seguro: Borges crea a Lönnrot en La muerte y la brújula para ejecutarlo con una vuelta de tuerca en el acto final, Bioy reescribe a James Cain en Cavar un foso, Peyrou practica la alegoría en El estruendo de las rosas, Castellani se inspira en Chesterton para las pesquisas del padre Metri, Velmiro Ayala Gauna da vida a un pintoresco comisario correntino que resuelve delitos de la vida rural, Denevi sorprende con una trama amorosa ejecutada bajo una estructura de novela de misterio en Rosaura a las 10, Walsh reinventa el enigma británico en los relatos de Variaciones en roj”, María Angélica Bosco pone en escena el homicidio de una mujer y alude a lo político y a lo psicológico en La muerte baja en ascensor, Tizziani narra la fuga de un delincuente en Noches sin lunas ni soles, Feinmann dibuja un frío asesino profesional en la borgeana Ultimos días de la víctima, Soriano homenajea a Phillip Marlowe en Triste, solitario y final, Sasturain parodia a los fanáticos de Chandler y de Hammett en Manual de perdedores, Guillermo Martínez se luce con una intriga matemática en Crímenes imperceptibles y el académico Pablo De Santis da a luz a un sinfín de deliciosos investigadores amateurs. Hay muchos otros ejemplos en nuestra prosa, que sin embargo adolece de un mito propio. La gran imposibilidad de crear un detective empático y noble y a la vez creíble, que goce de popularidad y de respeto crítico entre los lectores más pedestres y entre los más calificados, como sucede en muchos otros países, ha sido quizá explicada por el propio Borges en Leyes de la narración policial, que escribe en 1933 y que recogen sus “Textos recobrados”: en esas páginas acomete irónicamente contra el criollo, a quien siempre le parece extraño —dice— “el apetito de legalidad” de los ingleses. En un ensayo posterior afirma que los argentinos no denunciamos un crimen porque nos sentimos delatores y tendemos a sospechar del Estado y a ver a la policía como una mafia. El primer concepto habla de un rasgo social, tal vez heredado de los inmigrantes italianos y españoles, pero curiosamente el segundo dejó con el tiempo de ser un prejuicio o un malentendido y terminó resultando una verdad dramática: para el ciudadano de a pie la policía es hoy sinónimo de ilegalidad y de corrupción. En la actualidad, muchos argentinos piensan, y con razón, que algunos policías manejan el delito común y el narcotráfico. Es decir, que el cazador es a la vez el depredador, como en las viejas novelas de Jim Thompson.

Como el detectivismo privado es una superstición norteamericana que resulta una impostura en la Argentina, y los comisarios e inspectores locales no gozan de buena reputación, algunos escritores han buscado en la figura del periodista de investigación o del cronista policial un sucedáneo del sabueso clásico, hasta ahora con relativa suerte. El gran detective argentino es todavía una asignatura pendiente, la presa dorada que los cazadores de la pluma seguirán buscando en la gran selva de nuestra literatura."

( , Zenda, XL Semanal, 05/01/21)

10/2/20

Nuestra capacidad para cooperar es lo que nos separa de otros animales. Algo que nos permite confiar en el valor de un dinero impreso en papel a miles de kilómetros o compartir valores... pero nuestra capacidad de cooperar evolucionó dentro del grupo. Favorecemos a los de nuestro grupo y desconfiamos de los de fuera. Esto es parte de nuestra herencia evolutiva, pero podemos reunir a gente de distintas culturas en entornos colaborativos... si trabajamos juntos tenemos la tendencia a repartir con justicia

"Desde que existimos, los humanos nos hemos sentido especiales. Durante milenios mantuvimos la ilusión de que éramos el centro de la creación, de que la Tierra se encontraba en el centro del universo, de que nuestra naturaleza no tenía nada que ver con el resto de los animales. 

Casi siempre, nos separamos incluso del resto de los de nuestra especie, llegando a inventar dioses omnipotentes que habían elegido nuestro pueblo entre todos los de la Tierra. Los científicos, sin embargo, aguaron la fiesta. Los astrónomos nos colocaron en los suburbios de una galaxia entre millones y los biólogos nos enseñaron lo mucho que nos parecemos a los otros animales.

El hecho es que, pese a la cura de humildad de los últimos tiempos, los humanos somos unos animales diferentes, capaces de colonizar en pocos milenios todos los rincones del planeta y con un talento inédito en bichos de nuestro tamaño para crecer y multiplicarnos. Esta semana, en la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, se reunieron los principales investigadores del mundo sobre cognición y cultura en el contexto evolutivo. Puesto de una manera más simple, científicos que indagan sobre qué nos hace humanos.

Michael Tomasello (1950, Bartow, Florida, EE UU) es uno de estos investigadores. Codirector del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig, Alemania, ha trabajando con chimpancés, nuestros parientes animales vivos más cercanos, y bebés, en busca de algunos rasgos que hacen especiales a los sapiens y ha llegado a la conclusión de que es nuestra capacidad para cooperar y conectar nuestras mentes lo que nos separa de otros animales. Algo que, en último término, nos permite confiar en el valor de un dinero impreso en papel a miles de kilómetros de nuestra casa o compartir valores.

Pregunta. Dice que una de las particularidades que nos hace humanos es nuestra capacidad para cooperar poniendo juntas nuestras cabezas. ¿Cuándo sucedió y por qué?

Respuesta. Nuestra hipótesis es que, hace alrededor de medio millón de años, hubo una gran explosión de poblaciones de monos que les estaban robando la comida a los humanos. En esa situación, tuvieron que encontrar otras formas de conseguir comida y acabaron colaborando para conseguir alimentos, como los antílopes, fuera del alcance de los monos. En esa situación, si no podías colaborar, no podías sobrevivir, así que había presión para colaborar.

Ese es el paso uno. Después se acaban formando grupos en los que todos los individuos dependen del resto. Así aparece la división del trabajo: tú haces una actividad y yo hago otra, y ahora dependemos mutuamente, especialmente cuando hay competición con otros grupos o guerras. A partir de ahí necesario que unamos nuestras cabezas para sobrevivir. Este proceso comienza hace medio millón de años y avanza hasta la aparición de la cultura hace 150.000 años.

P. ¿Somo altruistas o egoístas por naturaleza?

R. A veces somos generosos y a veces egoístas, dependiendo de la situación. Pero hemos visto que cuando se colabora, la gente tiende a repartir con justicia lo que se obtiene. Cuanto más podamos construir situaciones en las que la gente colabore, y hagan cosas juntos de forma interdependiente, se facilitará un tratamiento más justo para todo el mundo. 

Incluso si es gente a la que no conoces, si trabajas con ellos sientes que lo adecuado es compartir con igualdad. Esto se puede ver en las relaciones europeas después de la Segunda Guerra Mundial. Algunas herramientas como el euro han hecho interdependientes a diferentes naciones y eso lleva a que se traten entre ellas con mayor justicia.

P. Muchas de las personas con más éxito de la sociedad son muy buenas organizando a los demás para que cooperen en su propio beneficio, pero no se preocupan demasiado por tratarlos con justicia

R. Eso puede suceder, sí, pero creo que otra forma de pensar sobre ello es fijarte en como tratan a sus amigos y su familia. Incluso gente que es muy competitiva en otros contextos, como en los negocios o donde sea, son muy generosos en su entorno de amigos y familia. Lo que pasa es que estas personas juzgan de manera distinta qué condiciones aplican a las personas que pertenecen a su grupo y a las que no.

P. ¿Por qué hay gente encantadora con su familia o incluso con la gente de su país, pero despiadada con los que están fuera de ese círculo?

R. Puedes considerarlo un hecho desafortunado, pero nuestra capacidad de cooperar, evolucionó dentro del grupo. Hace 100.000 años éramos interdependientes con nuestro grupo cultural, pero luchábamos con otros grupos, y no confiábamos en otros grupos, no podíamos entender su idioma... Es uno de los hallazgos más sólidos de la psicología, las diferencias de trato a los miembros del grupo y a los que no lo son. Favorecemos a los de nuestro grupo y desconfiamos de los de fuera.

 Esto es parte de nuestra herencia evolutiva, puede que no nos guste, pero lo es, y no tienes que ir muy lejos para encontrar pruebas de que es así. Si es algo que quieres cambiar, es posible que no puedas cambiar la biología, pero podemos crear instituciones sociales que reúnan a gente de distintas culturas en entornos colaborativos.

Las normas sociales pueden cambiar muy rápido. Yo crecí en el sur de EE UU, en lo que básicamente era una situación de apartheid, donde los afroamericanos tenían peores casas o peores escuelas. Todo el mundo vivía con ello, pero de repente, los negros empezaron a protestar y a decir que no iban a aceptar más esa situación. Los blancos que no habían sido racistas, pero sí complacientes, aceptando la situación como si fuese normal, vieron que no estaba bien. 

Y las normas sociales cambiaron muy rápido. Por supuesto aún hay vestigios de racismo, pero no puedes utilizar determinadas palabras en público, no puedes discriminar a la hora de ofrecer oportunidades de alojamiento o trabajos... Creo que incluso en casos en los que tenemos un sesgo evolutivo, trabajando en otra dirección se pueden cambiar las normas sociales relativamente rápido.

P. ¿Ha cambiado la forma de relacionarse con los otros desde la aparición de la agricultura y de la civilización?

R. Sí. Lo que sucede es que antes de la agricultura solo existían grupos de cazadores recolectores. Eran bastante igualitarios, no había muchas posesiones privadas, se compartía todo. Con la agricultura, y Marx fue el gran analista de esta situación, se produce una acumulación de recursos que no existía antes. 

En un grupo de cazadores recolectores, una de las razones por las que todo el mundo comparte es porque no puedes guardar, no hay frigoríficos. Cuando hay un animal muerto te lo tienes que comer en 48 horas o se echará a perder. Cuando llega la agricultura, puedes acumular grano y lo tienes que proteger con armas. 

En el análisis de Marx se dice que si tengo mucho grano, ese grano va a estar ahí durante un largo periodo de tiempo, y tú que no tienes grano, lo único que tienes es tu trabajo, así que digo, bueno, abrillanta mis zapatos y te daré algo de grano. Se construyen estas relaciones de poder sobre el hecho de que algunas personas controlan los recursos que aparecen con la agricultura y se complica la situación.

P. ¿Cómo podemos mejorar la cooperación después de esos cambios?

R. Nuestras capacidades de cooperación evolucionaron para una vida en pequeños grupos. Con la agricultura, mucha gente llegó a por comida a las ciudades y se crearon entornos multiculturales. Adaptarse a la nueva situación es duro. Podría decir que todos los conflictos serios en el mundo se dan entre gente que dice: nosotros frente a ellos. Muchos de los grandes problemas en el mundo hoy son fruto del colonialismo, en el que los europeos dibujaron círculos en los que introdujeron a gente dentro de un mismo país que tenían un gran historial de odio mutuo.

P. ¿Les preguntan los políticos sobre cómo resolver este tipo de conflictos?

R. No hacemos eso en mi instituto, pero si hemos averiguado cosas que pueden ayudar. Sabemos que si trabajamos juntos para producir los recursos, tenemos la tendencia a repartirlos con justicia. Esto es algo que incluso los niños de tres años lo tienen muy integrado.

Que biológicamente seamos de una forma no significa que no podamos cambiar, solo que tenemos que trabajar duro para cambiarlo y que es necesario cambiar normas sociales y percepciones. Si vas a construir una sociedad mejor, tienes que tener en cuenta que hay mucha gente que no confía en los extranjeros o los de fuera del grupo, y no puedes descartar sin más ese hecho. Es un fenómeno real y lo tienes que tener en cuenta, poniendo un esfuerzo extra para que la gente se conozca mejor, que trabajen juntos...

Yo crecí en los sesenta en EE UU, y había muchas comunas de jipis y era una gran idea. Yo no participé en ellas durante mucho tiempo, pero las conocí de cerca. La mayor parte de ellas fracasaron, y esto se puede aplicar al comunismo en general, porque tenían una visión demasiado optimista de la naturaleza humana, sobre la posibilidad de que todos trabajemos duro y compartamos nuestros recursos. Cuando el tipo de al lado no hace nada y tiene lo mismo que nosotros, nos molesta. Es un hecho sobre la naturaleza humana que muchas comunas no tuvieron en cuenta: que hay que hacer algo sobre los aprovechados. 

Ellos tienen que sufrir alguna desventaja o la gente no seguirá trabajando. Hay diferencias individuales, también tenemos santos y los santos no piensan así, pero la gente normal sí, y lo vemos desde un momento muy temprano de la infancia, así que cualquier planificación social que hagamos tiene que tomar eso en cuenta. Mejorar la sociedad implica no obviar los aspectos negativos de nuestra biología."                  


24/4/13

“La mentalidad mágica humana es genética, producto de la evolución”

"A Juan Luis Arsuaga, como paleontólogo que es, le interesan todas las especies y su evolución, aunque por la especie humana siempre ha tenido una fascinación especial. (...)

“Es que El sello indeleblees un libro más sobre el presente y futuro de la especie humana que sobre su pasado”, dice este catedrático de la Universidad Complutense.
 
Pregunta. ¿La especie humana es especial?

Respuesta. Sí, francamente. Es un acontecimiento único en la evolución. Como si fuera la tercera forma de materia: hay materia inanimada, materia viva y materia consciente, nosotros, aunque todas hechas de los mismos átomos, por supuesto. 

El hombre es consciente de sí mismo, se pregunta, razona, tiene yo, es un organismo hecho de carbono, hidrógeno... pero capaz de reflexionar. Es tan fantástico que se han buscado explicaciones no naturales.

P. ¿Cuánta diferencia determinan las razas?

R. Esto es muy sorprendente porque todo el mundo pensaba que éramos la especie más variada de la Tierra. Las diferencias aparentes son tan evidentes que incluso parecía que éramos una especie ya casi dividida en subespecies. 

Sin embargo, al secuenciarse el genoma se ha visto que no es así: somos de las especies menos variadas genéticamente. Ahora tenemos un nuevo problema: por qué, siendo todos tan iguales de piel para dentro, somos tan distintos epidérmicamente.

P. ¿Alguna idea de por qué?

R. No hay una explicación. Se han buscado argumentos adaptativos, pero no se ve una relación directa. Ahora se ha recuperado una explicación olvidada: las razas se han hecho distintas por la otra fuerza que Darwin argumentó en su libro El origen del hombre y es que las razas son diferentes por selección sexual, es decir, por cuestión de gustos.

 Sería algo parecido a los vestidos: el hecho de que los chinos fueran con quimono y nosotros de otra manera no tiene que ver con el ambiente o la temperatura, es una selección del gusto. Eso sí, la ciencia ha demostrado que no hay diferencia intelectual ni nada parecido entre las razas humanas.  (...)

P. Los humanos, ¿somos hostiles o sociales?

R. Tenemos una inteligencia social. El científico Richard Alexander dice que en nuestra evolución hay un momento en que las fuerzas selectivas dejan de ser las fuerzas hostiles de la naturaleza porque alcanzamos el dominio ecológico: los glaciares o el clima adverso, los depredadores o la hambruna... dejan de ser un obstáculo, porque nos protegemos con la tecnología.

 Pero seguimos evolucionando porque hay una competencia dentro del grupo, nuestro medio social, en el que competimos por descendencia y recursos. Para eso necesitamos un órgano que permita procesar información social. Así, el éxito depende de hacer muchos amigos y tener pocos enemigos.  (...)

P. ¿Cómo aborda la ciencia una especie como la humana?

R. Todavía no está claro siquiera en qué somos únicos. Hay una asociación internacional de científicos en la que intentamos elaborar una definición de ser humano. Y queda mucho por hacer, pero algunas características son chocantes. 

Por ejemplo, unos rasgos que no desearíamos, porque nos delatan ante los demás, pero no podemos evitar: el blanco de los ojos, que indica adónde o a quién miramos, y la capacidad de ponernos colorados. Otro rasgo, al parecer, es la buena puntería, tenemos mucha coordinación.

P. Y el cerebro.

R. La consciencia es algo obvio, pero otras cosas no lo son tanto, como la mentalidad mágica, no racional. Gran parte de nuestro pensamiento es mágico, no en el sentido religioso, sino que no tiene que ver son la razón. 

Mucha gente cree que es cultural, que viene de nuestro pasado ignorante y que lo estamos superando... Pues no, está en los genes, es un producto de la evolución y no nos lo vamos a quitar de encima."        (Entrevista a Juan Luis Arzuaga, El País, 2404/2013)

10/5/10

Nuestros ancestros... los neandertales

"El Homo sapiens, la especie vencedora en la historia evolutiva de los humanos, se hibridó con los neandertales que encontró cuando empezó a salir de África hace unos 80.000 años, aunque lo hizo probablemente durante poco tiempo. Esto es lo que cree el equipo internacional que ha conseguido secuenciar el genoma completo del neandertal, un gran proyecto que empezó hace cuatro años y cuyos resultados publica hoy la revista Science.

Este logro no ha servido sólo para conocer cómo era la rama lateral de homínidos extinguida que habitó Europa hasta hace sólo 30.000 años, sino, sobre todo, para saber qué nos hace humanos. "Es genial saber que algunos de nosotros tenemos un poco de ADN del hombre de Neandertal, pero, para mí, la oportunidad de buscar evidencia de la selección positiva que ocurrió poco después de que las dos especies se separaran es probablemente el aspecto más fascinante de este proyecto", dice Svante Pääbo, el más reconocido experto en ADN fósil y director del trabajo.

Los investigadores, entre ellos varios españoles, compararon el genoma del neandertal con los de cinco humanos de los cinco continentes de la época actual. Los resultados revelan que 78 genes (83 según otro método), de los más de 23.000 existentes, son probablemente distintos funcionalmente en los humanos y los neandertales, y que entre un 1% y un 4% del material genético humano moderno procede de la especie extinguida, lo que indica que sí hubo mestizaje. (...)

"El flujo génico descubierto únicamente puede detectarse de neandertales a humanos modernos, por la dinámica expansiva de las poblaciones humanas modernas, pero no es descartable que fuera bidireccional. Por el contrario, no hay rastros de que hubiera flujo génico después, cuando nuestros antepasados entraron en Europa hace 40.000 años", explica Antonio Rosas, paleobiólogo del CSIC y miembro del equipo. (...)

"Estas variaciones indican que son buenas mutaciones, beneficiosas de alguna forma en la evolución. Esto ilumina nuestra historia evolutiva, al identificar regiones del ADN candidatas a explorar para comprender lo que cambió en los humanos modernos desde que se separaron evolutivamente y por qué", resume Richard E. Green, de la Universidad de California, primer firmante del artículo que publica Science."

"Con los datos generados por el Proyecto Genoma Neandertal podemos empezar por fin a construir una definición objetiva de lo que significa ser humano. Este ideal, perseguido desde hace milenios por teorías filosóficas sin base empírica, puede acotarse estudiando aquellos genes que son diferentes entre los neandertales y nosotros. (...)

Todas estas evidencias parecen indicar que podría haber diferencias sustanciales en aspectos cognitivos entre nosotros y los neandertales. Pero un cambio genético no nos informa directamente de su repercusión en la función en el organismo vivo. Para poder entender el listado de humanidad deberemos llevar a cabo estudios funcionales con cada uno de estos genes, si es preciso mediante la neandertalización de ratones (es decir, creando ratones transgénicos con genes neandertales). Este trabajo durará muchos años, pero nos permitirá entender al fin en qué somos diferentes de los otros humanos del pasado, en qué somos únicos. Nos permitirá, en cierta manera, ser nosotros mismos." (El País, ed. Galicia, 07/05/2010, p. 34)