Mostrando entradas con la etiqueta hh. España: El imperio español. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hh. España: El imperio español. Mostrar todas las entradas

14/5/19

La leyenda negra española que ha difundido Hollywood

"Al llegar a lo alto de la colina, Theodore Roosevelt -Medalla de Honor del Congreso de Estados Unidos y futuro presidente norteamericano- “disparó a los españoles que se retiraban, viendo caer a uno, y aunque no estaba seguro de que lo había matado, se jactó: ‘Yo maté con mi propia mano a un español como a una liebre".

 Atrás quedaba el hecho que 700 españoles habían resistido el ataque norteamericano de unos 15.000 hombres en la colina de San Juan (Cuba) durante 11 horas y que carecían de las temibles ametralladoras Maxim. Roosevelt llegó, además, cuando los Buffalo Soldiers -militares afroamericanos- habían ganado el altozano y no quedaban sino cuerpos ametrallados. 

Sin embargo, en producciones de Hollywood como Rough Riders (1997) o Noche en el museo (2006), Roosevelt es descrito como un héroe que libera a pueblos oprimidos y que se merece una distinción. Estas y otras historias sobre la leyenda negra se relatan en La imagen de la presencia de España en América (1492-1898) en el cine británico y estadounidense, ahora premiada por el Ministerio de Defensa que encabeza Margarita Robles.

El capitán e historiador Esteban Vicente Boisseau relata en su obra cómo la leyenda negra ha sido traspuesta al cine anglo y por motivos geopolíticos, incorpora estereotipos contra España. “Sin duda, la población afroamericana consideraría inadmisible que en los parques Disney hubiese una atracción, ambientada al son de una alegre música, que mostrase africanos capturados por piratas”.


“El mensaje transmitido en Piratas del Caribe es que robar, torturar y matar españoles, vender, comprar y abusar de mujeres hispanas y saquear no solo está justificado, sino que es un acontecimiento alegre, una auténtica diversión”, dice Boisseau.

En la película 1492: la conquista del Paraíso (1992) se muestra una Castilla sombría que no cesa de ejecutar herejes. Dado que la Inquisición española mató a unas 3.000 personas en tres siglos, sería de esperar que, puesto que Enrique VIII asesinó a más de 50.000 católicos, en las películas sobre su reinado se mostrasen continuas ejecuciones. Pero no.

Años después, Felipe II decidió invadir Inglaterra por el continuo ataque de los corsarios, la ejecución de María Estuardo y las persecuciones contra los católicos ingleses. Organizó una gran armada que en 1588, tras un encuentro con la flota inglesa, acabó zozobrando por una tormenta. La profesora María José Rodríguez Salgado desveló, además, que "no se perdió ningún barco español como consecuencia del combate".

En la película británica Elizabeth: la Edad de Oro, se muestra a Walter Raleigh dirigiendo un barco inglés en llamas contra la flota española, provocando la gigantesca explosión de numerosas naos españolas, aunque la realidad es que la armada se hundió varios días después por el temporal.

Las películas de Hollywood potencian la imagen de la colonización anglosajona de Norte América sin reflejar su pasado español. Se muestra el paso de los españoles como un recuerdo que no dejó huella. En Bailando con lobos (1990), el protagonista, un teniente de la Unión, hace amistad con una tribu de sioux en la que un anciano enseña el casco de un conquistador diciendo que los que lo trajeron llegaron en la época del abuelo de su abuelo, y que con el tiempo los echaron, dando la impresión de que no hubiese habido durante dos siglos una presencia continuada española en California, Florida, Nuevo México o Texas.

La gesta de Francisco Pizarro conquistando con menos de 170 hombres el Imperio inca es desvirtuada destacado que fue un traidor por matar a Atahualpa, como en el filme británico La caza real del sol. Por el contrario, los ingleses y angloamericanos no profundizan sobre cómo traicionaron, entre 1787 y 1871, 389 tratados firmados con los indios, practicando métodos de limpieza étnica.

Los filmes no hacen justicia nunca al papel protector de los gobernantes españoles, que introdujeron mejoras en América y pusieron fin a los sacrificios humanos y al canibalismo. Los monarcas Isabel I, Carlos I y Felipe II desarrollaron una red de hospitales y universidades que beneficiaron a todos, fueran españoles o nativos. El Gobierno de los Estados Unidos no reconoció la ciudadanía a todos los indios hasta 1924, cuatro siglos después.

Al poco tiempo de su llegada a Virginia en 1607, los colonos ingleses cometieron crímenes contra los indígenas. Si bien el capitán John Smith destacó por su crueldad, aparece como un personaje amable y bondadoso en Pocahontas (1995). El profesor estadounidense Theodore Jojola, de origen indio, comentó que "el gobernador inglés Ratcliffe es transformado [por Hollywood] en un conquistador español ávido de oro".

Estas imágenes han sido utilizadas con una "finalidad política" para justificar la lucha contra España por la hegemonía en el continente americano. Una vez que empezaron las hostilidades en Cuba, surgieron películas justificando su invasión.

 El poder de la tergiversación, con el filme Rough Riders (1997), ha tenido el peso suficiente para que, más de un siglo después de esa guerra, "le fuese concedida al torpe coronel de voluntarios y luego presidente de los Estados Unidos Theodore Roosevelt una Medalla de Honor del Congreso que los propios mandos militares estadounidenses de la época consideraron que no se merecía", explica Vicente Boisseau. Mató por la espalda a un soldado que huía y cuyo destacamento tenía 20 veces menos hombres que el atacante.

Dos amigos, los estadounidenses J. Stuart Blackton y Albert E. Smith, rodaron la que está considera la primera película bélica de la historia en 1897. Se llamaba Tearing Down the Spanish Flag (Rasgando la bandera española) y mostraba el arriado de la insignia nacional mientras se izaba la de EE UU sobre el castillo del Morro del puerto de La Habana.

Obtuvo un gran éxito, así como su secuela de 1899, Raising Old Glory Over Morro Castle (Levantando la vieja gloria sobre el castillo del Morro). La revista The Phonoscope hizo la crítica: “La bandera española baja, y hacia arriba flota la de barras y las estrellas.

Se derrumba el símbolo de la tiranía y la opresión que ha gobernado en el nuevo mundo durante cuatrocientos años, y se alza la bandera de la libertad. En la distancia están las torres y almenas del Morro, la última fortaleza de España en América”.                 (Vicente G. Olaya, El País, 07/05/19)

26/4/19

No quedaban hombres para la defensa. Las mujeres se encaramaron entonces a los muros y lanzaron piedras que reventaban los cráneos de los soldados. La lucha era a muerte. María Pita agarró el arma de un soldado muerto y se lanzó desesperada contra el único alférez inglés que había conseguido sobrepasar los muros de A Coruña. Lo atravesó y despeñó su cuerpo junto a la escala por la que había ascendido... Si Drake hubiese ganado, hoy no se hablaría español en América... un desastre naval mayor que el de la Gran Armada española...

"Apenas quedaban hombres con vida en aquella localidad costera de 4.000 habitantes. Así que María Mayor Fernández de la Cámara y Pita agarró el arma de un soldado muerto en combate y se lanzó desesperada contra el único alférez inglés que había conseguido sobrepasar los muros de A Coruña. Lo atravesó y despeñó su cuerpo junto a la escala por la que había ascendido.

Era el 14 de mayo de 1589 y la escena que protagonizó María Pita forma parte de una historia prácticamente desconocida en España y en el Reino Unido: el desastre de la gigantesca armada (mayor que la Invencible) que la reina Isabel de Inglaterra envió a España tras el fracaso de Felipe II de invadir Inglaterra. Hasta ahora se creía que Pita había defendido su ciudad solo de los piratas. Un pacto "patriótico" entre el corsario Francis Drake y el comandante de la reina inglesa, John Norris, mantuvo oculta esta historia 450 años.

 “De los 27.667 hombres que formaban la flota inglesa de 180 naves, solo volvieron a reclamar su paga 3.722”, explica el historiador Luis Gorrochategui, autor del libro Contra Armada y ponente del I Congreso Internacional La Armada Española de 1588 y la Contra Armada Inglesa de 1589, que se celebra desde el martes en Cartagena (Murcia) y ha sido organizado por el Ministerio de Cultura y Deporte.

Juan Luis Sobrino Pérez-Crespo, almirante de Acción Marítima en Cartagena, cree que los españoles han terminado aceptando la leyenda negra, pero sostiene que ya es tiempo de “sacar a luz la verdad”, que empezó poco tiempo después de que Felipe II diese por fallida su empresa de invasión. El grueso de los barcos españoles sobrevivió al desastre y se refugiaron en Santander para ser reparados.


Este momento de debilidad lo aprovechó la reina inglesa para enviar su flota, la Contra Armada. Al frente de la fuerza naval colocó a Drake y comandando el ejército, al reputado militar John Norris.

El plan, a grandes rasgos, consistía en atacar los galeones españoles fondeados para su reparación en Santander, saquear la ciudad, dirigirse a continuación hacia Lisboa, provocar la sublevación contra España, tomar una isla de las Azores para esperar la llegada de naves cargadas de oro de América y, posteriormente, invadir Brasil. Pero si algo podía salir mal desde el principio, esta vez ocurrió.

El 28 de abril de 1589, 180 barcos y 27.667 hombres —la Gran Armada española estaba compuesta por 137 barcos y 25.696 hombres— zarparon de Plymouth hacia Santander. Pero los ingleses sabían que el puerto castellano no era tan débil y Drake tomó una decisión intermedia: atacaría la desguarnecida A Coruña, con muralla medieval, un castillo en el islote de San Antón y con apenas 500 soldados.


Los ingleses fondearon frente a la ciudad. El 5 de mayo, 1.500 soldados tomaron la playa de La Marina, atacando por la espalda a los defensores. Los asediados se replegaron tras los viejos muros de la parte alta y los invasores comenzaron a excavar un túnel con la intención de volar la muralla.

El gobernador militar, el marqués de Cerralbo, ordenó entonces a las mujeres que reforzaran el tramo minado. Se produjo una tremenda explosión, pero los gases no encontraron salida y buscaron escapatoria por la boca de entrada, donde se hallaban las tropas inglesas. La masacre fue absoluta, más de 300 muertos.

Pero no quedaban hombres para la defensa. Las mujeres se encaramaron entonces a los muros y lanzaron piedras que reventaban los cráneos de los soldados. La lucha era a muerte. La flota inglesa decidió retirarse, pero volver a embarcar podría ser mortal.

En el puente de O Burgo, a unos tres kilómetros de A Coruña, los españoles abatían a los ingleses que intentaban cruzarlo, hasta que lo mejor del ejército de la reina Isabel hizo huir a los defensores españoles a los montes y aldeas. Los ingleses habían perdido más de 1.500 hombres y contaban miles de heridos.

Vueltos a sus barcos, pusieron rumbo a Lisboa, donde unos 5.000 soldados españoles profesionales los esperaban. El 31 de mayo realizaron una gran encamisada —una acción de comando nocturna que ocasionó centenares de bajas inglesas— y, el 3 de junio, el virrey de Portugal aplastó el regimiento del coronel Brett, que murió en batalla. Al día siguiente, Norris intentó huir, pero fue descubierto y perdió dos banderas.

Posteriormente, el adelantado de Castilla, Martín Padilla, con galeras y brulotes —barcos incendiarios— remató a la flota de Drake en cabo Espichel, donde hundió entre cinco y siete barcos. Norris, a su vuelta, estuvo a punto de llegar a las manos con Drake y lanzó un llamamiento al patriotismo: la misión sería ocultada para siempre.

Se decidió escribir panfletos exculpatorios que, junto a la leyenda de la Armada Invencible, que distribuyó William Cecil (1520-1598), barón de Burghley, mano derecha de Isabel I, y se ocultará la derrota. “Felipe II, en cambio, apenas hizo nada. Para él era una acción más, olvidando el desastre de los otros y aceptando una falsa leyenda.

Las banderas que Norris perdió en combate han sido restauradas y lucen en la catedral de Sigüenza. Si Drake hubiese ganado, hoy no se hablaría español en América”, concluye Gorrochategui, que deja entrever una sonrisa en mitad del congreso ante la seriedad de los historiadores británicos que no dicen nada.

Miguel San Claudio, arqueólogo de las universidades de Lisboa y Texas, calcula que el número de naves históricas que guardan las costas gallegas se acerca a las 1.700. Las condiciones meteorológicas de esta parte del litoral —con fuertes vientos del noreste— hacían muy difícil la navegación a vela cuando se intentaba poner rumbo norte y muchos barcos se hundían.

Las consecuencias de la meteorología permanecen en el fondo marino, pero suponen un verdadero tesoro científico para los expertos. A pocas millas de las costas, e incluso muy próximos a ella, descansan los pecios de cientos de galeones, urcas, galeras, fragatas... Como el de un galeón inglés de Drake, aún no identificado en las islas Cíes, en un saliente llamado Punta de Cañón. Los descubrimientos se repiten en Bares, Cariño, A Coruña –donde se hundió el galeón Regazona —cuyos cañones recuperados sirvieron para defender la ciudad de la Contra Armada-, Vigo, Camariñas…

“Es nuestra historia”, cuenta, al tiempo que se queja de la falta de especialistas y de una política decidida para extraer los yacimientos subacuáticos. “Le dices a los políticos que has encontrado los restos de una expedición y te responden que si llevan allí 500 años, no pasa nada porque sigan un poco más, que ahora no hay dinero”, y tuerce el gesto al recordarlo."                 (Vicente G. Olaya, El País, 24/04/19)

3/9/18

La primera globalización que existió, la ibérica, consistíó en una occidentalización, no rehuía el contacto y producía mestizaje porque quería cambiar al otro: cristianizándolo, educándolo, explotándolo o construyendo ciudades o iglesias al estilo del otro... pero hubo otra globalización, la que no se mezclaba, que proyectaba fuera de Europa sus esquemas mentales, formales y artísticos. El hecho de convivir con personas que llegan de otros continentes, esto viene del mundo ibérico, de los portugueses y españoles que crearon ciudades donde había personas de África, de Europa, de América y de Asia... Si queremos entender nuestro presente como europeos, hay que pasar por el mundo ibérico

"(...) Gruzinski, que ha sido director de investigación en el CNRS de París (Centro Nacional de la Investigación Científica) y director de estudios en el EHESS (Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales), es autor de El pensamiento mestizo (Paidós, 2000), donde sostiene que México y la Europa del XVI representaron una primera gran época de globalización.

Pregunta. ¿Qué influencia ha tenido la herencia ibérica en este mundo globalizado?

Respuesta. Las monarquías católicas de España y Portugal consiguieron que, entre 1580 y 1640, el mundo tuviera cuatro partes: Europa, América, África y Asia. Ese contexto permite hacerse muchas preguntas muy actuales. 

En ese momento se mundializó el libro europeo; el arte se internacionalizó; la filosofía aristotélica y el latín también se extendieron. 

Los horizontes europeos se dilataron mucho, y las élites globalizadas empezaron a pensar el mundo. Fue una revolución mental igual que la de ahora. La ciudad, lo local, se enfrentaba al mundo entero, se comparaba con él, se veía en él. Existía una dimensión planetaria. Y los funcionarios, los mercaderes, los religiosos, los aventureros estaban en todas partes.

P. También se daba una dominación política, militar y cultural.

R. Sí, pero había sociedades mestizas: en México, en Asia, en Sevilla, en Lisboa, en África... La modernidad de ese pasado ibérico estriba en que ya entonces había dos dinámicas. 

Una, la occidentalización, no rehuía el contacto y producía mestizaje porque quería cambiar al otro: cristianizándolo, educándolo, explotándolo o construyendo ciudades o iglesias al estilo del otro, y un segundo movimiento que no se mezclaba, la globalización, que consistía en proyectar fuera de Europa sus esquemas mentales, formales y artísticos, imponiendo el latín, el aristotelismo, la concepción del poder...

P. ¿Y cuál es el equivalente actual de aquella globalización?

R. Los McDonald's o las películas de Hollywood quizá sirvan de ejemplo. Viajan pero no se mezclan con nada. Imponen un modelo único sin tener en cuenta la realidad local; utilizan la propaganda de una manera muy intensa, se acercan mucho a la represión. Es el modo más perverso de relacionarse con el otro.

P. Pero toleran un poco de diversidad...

R. Lo mestizo sólo existe como algo curioso, exótico, interesante, divertido; sólo se acepta como un apéndice. Lo mestizo es una moda, un divertimento, un entretenimiento. El flamenco nos gusta, pero la ortodoxia, lo serio, lo nuestro, es la música clásica europea. Incluso Falla y Albéniz son exóticos, no son serios.

P. ¿Racismo?

R. Jerarquías. Les dejamos estar, no los desaparecemos. Tenemos lo serio y lo menos serio.

P. Así que lo ibérico no caló.

R. El imperio acabó con el nacimiento de las naciones. La primera mundialización muere con el fin de la dominación militar ibérica. La historia deja de pensar el mundo y empieza a construir pasados nacionales, regionales, locales... Hace de América una colonia alejada; de Portugal, un reino que no existía; de Nápoles, un hecho aislado... Se desconectan todas esas historias que estaban conectadas. 

Aunque no fuera el paraíso... (...)

Los historiadores deberíamos cerrar el negocio. Mientras el mundo se abre, la historia se cierra. No hemos podido siquiera construir la historia de Europa. Y ya es demasiado tarde. Tenemos moneda común, pero no historia común. La televisión y los media han producido amnesia colectiva. La historia empieza en 1945. Hemos perdido el pasado. Pero debemos recuperarlo. Sin leyendas rosas o negras, de una manera crítica. 

Para entender lo que implica, desarrollar una mente crítica, saber qué es nuevo y qué no, de dónde vienen las actuales formas de dominación y cómo reaccionaron los pueblos ante ellas. Ustedes necesitan referencias, pero nosotros no somos capaces de traérselas. No tenemos herramientas para entender el presente. La historia de amplios horizontes ha muerto.

P. Siempre nos quedará el pensamiento mestizo...

R. Sólo si quiere la industria cultural. Cada vez más, el imperio impone sus reglas al mundo. Hay diversidad, pero los principios básicos no se negocian. Si los discutes, te mandan al ejército y te eliminan. Sólo te aceptan en la medida en que juegas su juego. 

Derrida ha escrito que el mesianismo tecnológico de Bin Laden, una terrible reacción mestiza de rechazo, consiguió lo que nunca Rusia logró: herir el corazón del imperio. Lo que no entiendo es cómo y quién distingue lo negociable de lo que no lo es. 

Pero es curioso que la carta de los intelectuales apoyando la 'guerra justa' de Bush repite la misma retórica que usaba Sepúlveda para justificar el genocidio en América."            (Entrevista a SERGE GRUZINSKI, El País, 22/02/2002)


"Serge Gruzinski es un historiador de referencia de la llamada historia global, que intenta mirar al mundo tal como es, sin las gafas de los relatos nacionales.

 En¿Para qué sirve la historia? (Alianza Editorial, 2018), Gruzinski ofrece una síntesis de su visión: una historia global, sí, pero arraigada en lo local y en el presente (...)

Gruzinski parte en el libro de experiencias concretas, por ejemplo la de colegas suyos en una escuela de Murcia, donde el reto para los profesores consiste en enseñar una historia común a alumnos de origen diverso.
 
PREGUNTA. ¿Cómo explica Murcia la historia global?

RESPUESTA. No explica la historia global, pero para mí es una especie de detonante. No hago historia global porque pueda estar de moda. La historia global responde a situaciones reales que, como historiador y profesor, encuentro en Francia, Europa, América Latina. 

Cuando hay una población como Murcia, donde viven castellanos de origen, indios ecuatorianos y personas del Magreb, ¿qué historia les enseñamos? Yo soy de Roubaix, en el norte de Francia, donde la población en las escuelas es, en el 70%, de origen magrebí y musulmana. Ya no se puede enseñar la historia como antes. 

Es una urgencia social absoluta: no podemos educar a la población con modelos del siglo XIX.

P. ¿Los Estados necesitan un relato o novela nacional?

R. Lo necesitaron en el siglo XIX. Francia, la República, se creó y se construyó al mismo tiempo que este relato nacional. Los otros países europeos también. No funcionó demasiado bien para España, aunque esta es otra cuestión. Pero pensarse como nación es propio del siglo XIX y de principios del XX. 

El problema es que, si esto tenía un sentido en 1870, hoy, en un contexto de globalización, resulta no sólo absurdo sino arcaico.

P. ¿Qué papel tiene la historia en los actuales conflictos políticos e identitarios en España?

R. Es difícil para un francés juzgar España. Su gran contribución a Europa es la historia extraordinaria, penosa y trágica, de sus relaciones con América. La península Ibérica ha sido incapaz de explicar al resto de europeos la importancia de sus vínculos con otras partes del mundo como América Latina.
P. ¿Por qué esta incapacidad?

R. El regionalismo, la división de España en entidades que reivindicaban, cada una, su pasado y su historia, no ha facilitado la toma en consideración de este pasado. También está, claro, la herencia del franquismo. El hecho de que el franquismo utilizase todo este pasado iberoamericano para construirse ideológica y políticamente es un hándicap. 

Ahora bien, tampoco es que los historiadores franceses, alemanes o italianos hayan contribuido demasiado a una historia europea.

P. Sostiene que la mundialización actual es ibérica: nace en el siglo XVI con España y Portugal.

R. Sí, la mundialización nació en España. Esto significa que hay una responsabilidad histórica fuerte, y que la prioridad debe ser explicar este proceso porque lo que vivimos hoy forma parte de este siglo XVI ibérico. Yo vivo en el distrito 15 de París, donde las poblaciones se mezclan, o no. 

El hecho de convivir con personas que llegan de otros continentes, esto viene del mundo ibérico, de los portugueses y españoles que crearon ciudades donde había personas de África, de Europa, de América y de Asia. Hay muchas cosas en nuestro mundo contemporáneo que se pusieron en pie bajo el dominio ibérico y como reacción a este dominio. Si queremos entender nuestro presente como europeos, hay que pasar por el mundo ibérico. 

El problema no es saber si España fue entonces el faro del mundo, o si fue un verdugo monstruoso que destruyó las Indias, sino saber qué ocurre cuando empieza un proceso de mundialización, qué implica, y qué hemos heredado hoy.

P. ¿Se puede hacer historia global sin un punto de vista determinado?

R. No. La historia global siempre parte del ámbito local. Yo, estando en París, me intereso por la historia de México, Brasil y España, y lo hago con relación a la realidad en la que vivo. Intento entender un mundo que se globaliza, y para entenderlo, si viajo al siglo XVI, debo ir a España, Portugal y sus territorios, pero a partir de una problemática local."                   

(Entrevista a Sergi Gruzinski, Marc Bassets, El País, 25/08/18)

30/5/17

La “leyenda negra” se resiste a desaparecer. En un estudio actual sobre la despoblación de Nuevo México, investigadores de Harvard sostienen que tuvo lugar un siglo después de la llegada de los españoles y que fue esencialmente fruto de epidemias

"En un artículo de EL PAÍS (2 de abril de 2016) se hablaba del exterminio y holocausto de los indios tras la llegada de los españoles a América en 1492. Son términos, junto a genocidio, que se siguen empleando. Al decir de Todorov (La conquista de América), ninguna de las grandes matanzas del siglo XX es comparable a dicha hecatombe. 

Y según un historiador catalán (Izard), los “castellanos” que arribaron a América asesinaron a millones de indígenas y esclavizaron a la mayoría de los que sobrevivieron al “sadismo de los blancos” y a las enfermedades contagiosas. A su juicio, la represión de Somoza y Pinochet no sería más que la continuación de la iniciada por Cortés y Pizarro. En resumen: 500 años de iniquidades. El mayor genocidio de la historia humana, equiparable al Holocausto, ahí es nada.


Otros artículos de la autora

A pesar de que la investigación histórica ha barrido muchos tópicos, la leyenda negra sobre España se resiste a desaparecer, dispuesta siempre a rebrotar cuando la ocasión lo permite (V centenario del descubrimiento de América, bicentenario de la independencia de las excolonias españolas, etcétera). La imagen negativa de España y la actitud derrotista de los españoles ante su propia historia persisten.

¿Qué se reprocha a España? ¿Cuáles son los pecados que ha venido arrastrando durante siglos y de los que nunca ha sido absuelta, pecados que los propios españoles no se perdonan? ¿La actuación de la Inquisición? ¿La conquista y colonización de América? 

¿El mítico “carácter nacional” (Caro Baroja), codicioso, orgulloso, fanático, perezoso e ignorante, marcado por esa brutalidad tan enraizada cuyo símbolo es la fiesta de los toros, que tanto horroriza a la sensibilidad occidental? ¿Su raza mestiza, mezcla de moros y judíos, tan demonizada?

Las últimas investigaciones han desmitificado la imagen de Felipe II, acusado injustamente de asesinar a su propio hijo; han revisado a la baja la represión del duque de Alba en los Países Bajos (que el príncipe de Orange magnificó para justificar su sublevación contra el imperio español), han reducido el número de víctimas de la Inquisición (institucionalizada, organizada y burocratizada, cierto, pero menos mortífera que otras). 

Y han explicado en parte el desplome demográfico de la población indígena americana por las enfermedades y el traumatismo de la conquista. En un estudio actual sobre la despoblación de Nuevo México, investigadores de Harvard sostienen que tuvo lugar un siglo después de la llegada de los españoles y que fue esencialmente fruto de epidemias.

Los datos aportados por testigos y cronistas dan fe de los hechos inhumanos de los primeros 50 años de la conquista. Eso no se puede negar. Pero nunca hubo voluntad de exterminar a los indios porque eran la mano de obra de los encomenderos y porque la Corona les protegió con su legislación, aunque esta no siempre se cumplió. 

Y, si bien los conquistadores fueron violentos y crueles, no lo fueron más que los alemanes en Venezuela (bajo el gobierno de la casa Welser), los británicos en Estados Unidos (extinción de la mayoría de los pieles rojas), los holandeses o los franceses cuando tuvieron oportunidad de serlo.

 No podemos juzgarlos desde nuestros valores actuales, sino desde la perspectiva de unos cristianos imbuidos de fuertes convicciones religiosas y de un sentimiento de superioridad, que contemplaban horrorizados cómo unos “bárbaros” hacían sacrificios humanos y practicaban la antropofagia.

La pregunta se impone: ¿por qué ha sufrido España un trato diferente al de otros países europeos cuya historia ofrece episodios de crueldad e iniquidad similares? ¿Por qué se han subrayado y, a veces exagerado y falseado, los aspectos negativos de su historia, obviando deliberadamente los positivos? ¿Por qué ese ensañamiento?

La leyenda negra fue fruto de la hegemonía española durante el periodo 1450-1650 y de los rencores que despertó en Europa su expansión territorial, su poderío militar y su dominio cultural (sobre todo en los países protestantes como Inglaterra y Holanda). Es verdad que otros países padecieron también campañas de desprestigio, pero la propaganda antiespañola presenta dos rasgos distintivos. No fue efímera y ha estado teñida de vituperios contra el carácter y la raza españoles.

Si se puede hablar de leyenda negra es porque las críticas no se limitaron a denunciar la política colonial, religiosa, sociopolítica o económica de España (una política que cabría corregir en el futuro), sino que criminalizaron rasgos étnicos y geográficos, inalterables por definición, que fijaban para siempre a los españoles en una condición de inferioridad. Un ejemplo. Un folleto inglés de 1598 describía a los españoles como una mezcla de “una taimada zorra, un voraz lobo y un rabioso tigre”, además de “un inmundo y sucio puerco, una lechuza ladrona y un soberbio pavo real”. Y aludía a “la perversa raza de esos medio visigodos (...) semimoros, semijudíos y semisarracenos”.

En el siglo XVIII la Europa ilustrada marginó a una España semiafricana de hábitos y gustos de “origen no europeo” (Montesquieu, Kant) que quedaba fuera de la franja de los 40 a 50 grados de latitud en que habitaban los países civilizados (Buffon). Los enciclopedistas como Diderot seguían viendo a España como la patria de los conquistadores, no como el país que llevaba a cabo una política ilustrada (con Carlos III), que más dinero invertía en las expediciones científicas a América (según Humboldt) y que había fundado 20 universidades.

En el XIX, el dicho atribuido a Alejandro Dumas de que África empieza en los Pirineos debió de calar hondo en la mentalidad europea, pues al diplomático Juan Valera solían preguntarle si en España se cazaban leones.

El estigma racial persistía en el siglo XX. Hitler se refería despectivamente a la mezcla de sangre de godos y moros que corría por las venas del pueblo español. Y en Estados Unidos los manuales escolares y universitarios estaban plagados de clichés antiespañoles, fruto de un “legado de odio e incomprensión”, como reconocía en 1944 el Consejo Americano de Educación.

Julián Marías se preguntaba qué tiene de peculiar la historia de España para haber engendrado el monstruo de la leyenda negra. Que algunos intelectuales españoles (Las Casas) la fomentaron ha sido subrayado. Que la propaganda antiespañola disimulaba las ansias coloniales de los rivales de España es notorio. 

Basta recordar las palabras atribuidas a George Canning (ministro británico de Exteriores que apoyó los movimientos independentistas de la América hispana, con el envío de mercenarios ingleses y el contrabando de armas): “¡Sudamérica libre y, en lo posible, inglesa!”. 

Pero tal vez se olvide que España fue el país colonizador que paralizó por primera y única vez una conquista, para determinar cuál era el trato justo que se debía otorgar a los pueblos conquistados (Controversia de Valladolid)."                      ( , El País, 20/05/17) 

8/4/16

«El imperio español se preocupó por sus condiciones morales, eso es impresionante»

"En una librería londinense de la mayor cadena del Reino Unido, Waterstones, está expuesto en un lugar de honor un voluminoso tocho con unas letras doradas en portada, titulado «Spain».

Debajo, un subtítulo: «The centre of the world, 1519-1682». El autor es un historiador londinense llamado Robert Goodwin, y publica una editorial de fuste, Bloomsbury. Ojeas el libro y sonríes con una inesperada satisfacción. Esta vez no se trata del enésimo zurriagazo de la academia anglosajona al imperio español.

Goodwin parece un apasionado de los hombres que construyeron aquel prodigio y expone con pasión sus méritos. Hay que buscar a este tipo y charlar con él. (...)

Goodwin se arranca comentando algo poco sabido: Samuel Johnson, el gran sabio británico del XVIII, «era un admirador de algunos logros intelectuales del Siglo de Oro español, en concreto de la Escuela de Salamanca, que fue precursora en cierto modo de lo que hoy llamamos derechos humanos».

-Me ha llamado la atención su enfoque. Lo habitual en el mundo anglosajón es más bien denigrar la conquista española, enfatizar que fue un acto de barbarie.

-Está claro que desde el punto de vista indígena, para los que habitaban allí, el colonialismo fue una especie de desastre. Eso es así. Pero se puede decir lo mismo de cualquier imperio y de cualquier acto colonial. No han sido los españoles los exclusivamente malos.

También los británicos, por ejemplo, o los chinos. Lo que sí se puede añadir y destacar es que en aquel entonces en España la gente se preocupaba por lo salvajes que eran algunos españoles. Un imperio tiene sus buenos, malos y mediocres.

-¿Qué aportaciones positivas destacaría de nuestro Siglo de Oro?

-Pues para mí, por ejemplo, lo interesante es que en el siglo XVI, en el inicio de la época moderna, cuando aún no había llegado la Ilustración, cuando Europa no tenía todavía dos o tres siglos de desarrollo intelectual a sus espaldas, españoles importantes y con influencia, como Francisco de Vitoria, Bartolomé de las Casas, toda la Escuela de Salamanca, preguntaban cuáles serían las cuestiones morales y legales que deberían reglar todo el proceso del imperialismo, del colonialismo. Eso es impresionante.

-¿Los escuchó la Monarquía?

-Pues ahí viene justamente lo más importante. La Monarquía de los Austrias, en la figura de Carlos V primero y luego con Felipe II, intentó parar los actos más salvajes del imperio en las Indias.

Su junta de teólogos y juristas se ocupaba de estas cosas, por ejemplo en los famosos debates de Valladolid, que en realidad entroncan ya con lo que se hacía desde una generación atrás; las leyes de Burgos, que intentaron amortiguar y aliviar la experiencia del indígena, eran de 1512. La Monarquía intervino con la intención de establecer para el imperio un armazón legal y conceptual de naturaleza moral.

-Leyéndole, usted parece reivindicar que en aquel momento España alumbró varias instituciones relevantes, como sus universidades, un cierto respeto a la ley, o lo que acaba de referir…

-Sí, sobre todo la universidad y el sistema legal de aquella España. Aunque en realidad, cuando digo España hablamos fundamentalmente de Castilla, que era entonces el centro del mundo. Hemos puesto «Spain» de título porque para vender libros en Londres o Nueva York es más fácil, pero fundamentalmente hablamos de instituciones castellanas.

En el siglo XVI, Castilla era uno de los reinos más litigiosos de la historia, y un campesino no acude a un tribunal sino considera fiable el sistema. La gente normal se fiaba de su sistema legal, que dependía de una Corona lo suficientemente poderosa como para imponer su ley, el derecho, a las grandes casas aristócratas y otras instituciones fuertes, como las ciudades.

-¿Fueron cambios rápidos?

-Sí, asombrosos. En medio siglo, España pasó de ser un país donde los poderosos eran una banda de aristócratas con sus propios ejércitos, a un país en el que si tú como individuo tenías alguna queja frente a alguna casa importante disponías de la posibilidad de querellarte de una manera más o menos eficaz.

Evidentemente había muchísima corrupción, pero la opción estaba ahí. La gente acudía a las audiencias a resolver sus problemas, todo el mundo lo hacía.

-Sin embargo, los españoles actuales no ponemos en valor todo esto, parecemos empecinados en denigrar lo nuestro. ¿Por qué cree que actuamos así?

-Es curioso, porque allá donde vayas en el mundo, normalmente la gente del país reacciona mal frente a un comentario político o histórico de un extranjero. Pisas sobre ascuas. Yo lo he visto en reseñas de mis libros en Estados Unidos, cuando dicen «el historiador británico», y ese británico no es neutro, porque derrotarnos fue su mito fundacional. Pero en España, curiosamente, desde hace una o dos generaciones, han sido mucho más receptivos a la idea de que lleguemos gentes de fuera a comentar sobre su país.

Normalmente eso se interpreta como una especie de complejo de inferioridad. Pero también se puede interpretar como que el español está muy seguro de sí mismo, que le da igual. Es como cuando te dicen en Sevilla: «¿Viajar? Yo solo voy al extranjero para saber que aquí se está mejor que en cualquier otro sitio». España es un país maravilloso.

-Usted lo acaba de decir, «un país maravilloso». Pero me temo que los españoles, en general, no se dan cuenta.

-España vive tan solo un momento de resaca, la gran resaca española. Hubo una época que era como una boda con barra libre. En Sevilla todo el mundo se montaba a caballo en la feria. (...)

Pero no se debería confundir la fiesta y su resaca con lo que es lo esencial de España, que es un país con muchísima calidad humana. Además se come muy bien. Aunque curiosamente, a nivel de local ordinario, algo peor a raíz de ese boom de riqueza, que se llevó aquellas glorias sencillas, como unos huevos con patatas fritas. Ahora hay muchas tascas superpijas, pero sin gracia.

-¿El problema catalán forma parte de esa resaca?

-Yo soy poco fan de cualquier tipo de nacionalismo. Lo de Cataluña me parece una mala idea. Durante el referéndum de Escocia, yo decía que si los escoceses decidían irse tendríamos que aceptar su decisión y abrir los brazos a muchos amigos de Escocia que tendrían que marcharse por la política nacionalista.

Hasta cierto punto diría lo mismo en lo de Cataluña. Si quieren separarse sería una tragedia. Pero se debe superar, tendiendo además una mano de amistad a todos los catalanes que pasarían a sentirse extranjeros en su propio país.

-Triste panorama.

-Sí. Yo soy abonado del Chelsea y me siento al lado de un amigo escocés. Tres días después del referéndum nos vimos en el partido y le dije: «Oye, enhorabuena». Y me respondió: «Sí, enhorabuena, porque podía estar aquí en un estadio del extranjero». En un mundo democrático toca aceptar si se quieren ir de España, pero sería una tragedia.

-Pero sería el principio del fin de España, ¿no?

-Eso no lo tengo muy claro. España sin Cataluña no sería la España que conocemos, eso sí. Pero personalmente dudo mucho de que se vayan de España. Al político nacionalista le interesa sobre todo tener apoyo popular, y eso se logra mejor funcionando dentro del Estado, porque es más fácil protestar que gobernar.

Fuera de España, al pueblo catalán le resultaría muy difícil conseguir unas condiciones de vida mejores que las que tienen las otras regiones españolas.

«Felipe II superó la primera crisis de deuda soberana de la historia»

-¿Qué valoración hace de la figura de Carlos I, un hombre que aterriza en España como un marciano?

-Aterrizó en España con 17 años y acaba muriendo en Yuste, en Cáceres, en 1558. A lo largo de 40 años está continuamente de viaje fuera de España.

Pero en a lo largo de esa vida impresionante llegó a la conclusión que España era su casa, su hogar. También es verdad que si Tiziano no miente en el cuadro, su emperatriz, Isabel de Portugal, era guapísima, aunque se casó con ella sobre todo por los Comuneros.

-Usted cuenta con detalle sus homenajes gastronómicos en Yuste, ¡qué saque!…

-Sí. Era un ser fascinante. Un monarca que tenía una colección de relojes, que era la última tecnología de la época, y el tío se dedicaba a desmontarlos y montarlos. Luego está también la importante movida de los Comuneros, que se podría interpretar casi como una reacción nacionalista castellana frente un rey extranjero.

Dicho en términos taurinos, al principio de su experiencia en España los castellanos lo castigaron con una puya en condiciones, y les ganó con una nobleza y bravura que le resolvió el tema para el resto del reinado.

-¿Qué tal gobernante fue su hijo? No hay película, documental o serie inglesa sobre el tema que no pinte a Felipe II como un incompetente burlado por Isabel I de Inglaterra. Un poco maniqueo, ¿no?

-El hijo fue un gran gobernante y administrador. Siempre es más difícil dominar un imperio que conquistar sus tierras. Fíjate en la Guerra de Irak. El problema no fue la guerra, un gran éxito militar de Estados Unidos, sino que no se preocuparon de ganar la paz. Cuando llega Felipe II tiene que manejar muchas novedades.

Le quieren prestar dinero constantemente, un poco como ha pasado ahora en la España actual. En 1575 se da cuenta de que no puede pagar lo que debe. Fue la primera crisis de deuda soberana de la historia y él, negociando dos años con sus banqueros, consiguió reestructurar esa deuda.

Nunca se había hecho algo así. Además reconoció que no se podía gobernar sin una estructura, virreyes, administradores, adelantados… Su padre no tenía eso, intentó hacerlo como un príncipe potentado del Medievo.

-De todos los personajes que aborda, ¿quién goza de sus mayores simpatías?

-Cervantes, sin duda. Soy un enamorado de él. Me encanta cómo escribe y su ironía, que no sé de dónde la sacó. En España esa ironía, parecida a la inglesa, solo la hay en Sevilla y en Galicia." (Entrevista a Robert Goodwin, ABC, 07/06/15)

12/6/14

La Confederación ibérica de España, Portugal... y Galicia

"SABEMOS sobradamente que el portugués Fernando Pessoa (1888-1935) fue un personaje poliédrico.(...)

 Conocemos su pluralidad poética pero hasta hace muy poco (entre los papeles de sus baúles) yacían muchos proyectos no conclusos, no menos plurales que su poesía, pero de todos los órdenes: Desde hacer un libro sobre el poeta persa Omar Khayyám hasta escribir sobre el futuro de la península ibérica, en un libro que se hubiese titulado Iberia. Introducción a un imperialismo futuro.

 Los papeles conservados han dado para hacer el libro que, con el título mencionado, acaba de editar en español Pre-Textos de Valencia. No es el único Pessoa político que conocemos, pero estamos ahora ante un Pessoa, que pese a momentos que pueden parecer utópicos, es un pensador político sobre el destino (que él desea importante) de nuestras patrias: Portugal y España. 

Para Pessoa no somos estrictamente países latinos (aunque vengamos del legado de Roma) sino que por nuestro contacto islámico somos «países ibéricos». Así no cabe hablar de Latinoamérica ni de Hispanoamérica –este último término parcial– sino de Iberoamérica, no sólo fruto de nuestra historia sino señal suprema de nuestro futuro. 

Pero empecemos por el principio. Pessoa escribió los no pocos fragmentos del citado libro entre 1914 y 1930, lo que es importante tener en cuenta para justificar el cambio o el avance de algunas de sus opiniones.

 Para Pessoa, Portugal (renovado con la República de 1910, aunque no lo suficiente todavía) es sobre todo –en relación con España– un país muy cohesionado, enteramente cohesionado –«vertebrado» hubiera dicho Ortega– frente a España que, tras su época imperial, se ha convertido en una nación de naciones.

 Para Pessoa España engloba bajo la hegemonía de Castilla (entiéndase el antiguo reino de Castilla, o mejor aún, todas las zonas que hoy hablan castellano) a dos naciones más, Cataluña (singularmente) y Galicia. En un primer estadio de sus reflexiones Pessoa cree que en la Confederación ibérica que busca, en la Iberia global que nunca pierde de vista, Galicia debiera unirse a Portugal. 

Sin embargo pronto se da cuenta de que Galicia ya no es Portugal y que, consecuentemente –tras siglos de distancia– Galicia está tan cerca de Castilla como de Portugal. Y dice: «Nadie que sea verdaderamente portugués quiere para nada Galicia. No queremos que Galicia sea parte de Portugal, o que Galicia y Portugal sean un solo país». Y más adelante: «Sería –Galicia– un cuerpo extraño que perturbaría por exceso la gran virtud portuguesa, que es la formidable unidad de nuestra nación». 

Sin duda Pessoa respiró un fuerte nacionalismo lusitano, pero ello no le impidió pensar que el futuro de Portugal pasaba por Iberia, es decir, por su confederación con España. Pero si Portugal es un país fuertemente unido, España no. Y su principal problema es Cataluña.

 Y tiene por cierto que Cataluña es una nación pero a la que por distintos motivos que a Galicia (de hecho la compara con la Provenza francesa) se le ha pasado su momento histórico de ser una gran nación independiente. «Cataluña es para España exactamente lo que Provenza para Francia. En ambos casos la nación cultural se sobrepuso a las naciones naturales». Cataluña es una nación, pero no sólo necesita y es parte de Iberia, sino que su independencia le privaría de toda grandeza futura.

 «¿Quién sabrá, en la posteridad, salvo sólo por saberlo, que hubo catalán, que hubo provenzal o incluso que hubo holandés o cualquiera de las lenguas escandinavas? Solo sobreviven las lenguas imperiales».

Algunos dirán, leyendo lo que antecede, que Pessoa era un protofascista o que estaba contra las culturas minoritarias. No, Pessoa respeta todo hecho cultural pero lo subordina al otro hecho civilizacional. «Sólo hay dos naciones en Iberia: España y Portugal. La región que no forma parte de una forma parte de otra. 

El resto es filología». Para entender que en Pessoa no hay desprecio por ninguna cultura, sino sólo el sueño de un nuevo imperio cultural, ese «Quinto Imperio» al que se refirió a menudo, tenemos que acudir a José Saramago, cercano (con mayor realismo) a alguno de estos postulados, desde su novela La balsa de piedra. 

Iberia no es un país, sino una confederación de naciones, desde la unitaria Portugal a la plural España. España respetará y dejara libre a las naciones que la componen, pero sin salirse del marco de Iberia. Porque el futuro cultural de esa Iberia es ser una de las culturas hegemónicas del mundo basándose en la América española y en Brasil. 

Desde hoy, Pessoa podría haber sido más ambicioso o más amplio, añadiendo casi la mitad de los Estados Unidos y las colonias portuguesas de África, Angola y Mozambique, que aunque sigan siendo países muy pobres, son grandes territorios. Pessoa no piensa en la abolición de una identidad catalana (o gallega) ni literaria ni autonómica de amplio espectro, sugiere sólo que esas partes deben remar en pro del conjunto de Iberia, no monárquica. (...)

Es cierto que parte de estas ideas o propuestas no dejan de estar muy signadas por la época en que Pessoa escribe (1930, fecha tope) pero no es menos cierto que, entre las inexactitudes o los excesos idealistas, hay muchos temas o propuestas que admiten una lectura hodierna.

 Por ejemplo, en una España futura mejor estructurada –la actual tiene claras fisuras– no sería mala idea contar con Portugal, acercarse a Portugal, pues si el «iberismo» es un tema relativamente nuevo en España –aparte de Unamuno–, en Portugal ha sido siempre una corriente notable. 

Y si precisamos que la Confederación que Pessoa pregona admite la libertad interna de cada país (incluyendo Cataluña) a la vez deja clara la dirección en que han de remar todos: no la grandeza de España ni de Portugal (que ya la tuvieron, además) sino la grandeza de Iberia.

Es verdad que Pessoa era muy anticatólico (pero no todos creemos que el nacionalcatolicismo haya sido bueno) y bastante antifrancés, pues piensa que la cultura cartesiana de Francia es una de las enemigas culturales de Iberia. («Lúcidos, completos en su nivel inferior, los franceses han sido los corruptores de nuestra civilización ibérica».) 

De ahí los clamores latinos de este Pessoa entre realidad y utopía: «Delenda Galia! Delenda Germania! Delenda Ecclesia!» Insisto, leer estas reflexiones de Pessoa tiene mucho de paseo por la utopía de nuestra sangre. Pero aseguro que está lleno de puntos inmensamente actuales. La importancia de Iberia y su pluralidad unificante. Un paseo para vivir el presente, lejos y cerca."            (EL MUNDO 09/06/14, LUIS ANTONIO DE VILLENA, en Fundación para la Libertad)

3/12/09

Joseph Pérez disecciona los porqués de la 'leyenda negra'

""España en aquel tiempo no existía en verdad como tal", dice Joseph Pérez cuando se refiere a aquellos remotos años en que reinaban Carlos V y Felipe II. "Lo que existe es una monarquía católica, no forzosamente española, que gobierna lo mismo en Flandes que en el Milanesado, en Nápoles como en vastas zonas de Alemania, en las Indias y, claro, en Castilla y Aragón. Son los jefes de la Casa de Austria, y ocupan un lugar preeminente en la Europa de su época: mandan en cuestiones diplomáticas, militares, económicas".

El hispanista Joseph Pérez acaba de publicar La leyenda negra (Gadir), un ensayo que reconstruye cómo y cuándo, siguiendo qué estrategias, con qué fin y sirviéndose de qué modos se fue construyendo un discurso que convirtió a los españoles en paradigma del fanatismo y la crueldad, de la cerrazón dogmática alrededor de la bandera del catolicismo y del puro afán de dominio utilizando los resortes de un Estado poderoso.

"La idea del libro surgió en la Francia de hoy, donde observaba cómo existe una rendición incondicional a la cultura que viene de Estados Unidos, sus películas y sus autores y todo lo demás, y un feroz rechazo a su política imperial", contaba ayer el historiador en una entrevista en Madrid, poco antes de presentar su ensayo. "Todo eso le pasó a España hace unos cuantos siglos. Los franceses se volvían locos por aprender su lengua, copiaban sus guantes y sus trajes de cuero, el propio Luis XIV adaptó la etiqueta de las cortes de los Austria e, incluso, Pascal se rendía ante santa Teresa y san Juan de la Cruz".

Pero no toleraban que aquellos poderosos monarcas impusieran su política, y sus intereses, a toda Europa. Una política y unos intereses que eran, en realidad, los de los Habsburgo, "aunque, claro, gobernaban desde Castilla y, sobre todo, contaban con el oro que venía del Nuevo Mundo", observa Joseph Pérez. "Para hacerse una idea del poder que llegó a tener la monarquía de los Austria hace falta decir que su moneda -los reales de a ocho, las pias-tras- fue la moneda de circulación del mundo entero hasta bien entrado el siglo XIX. Sin una base económica tan fuerte sería inexplicable su inmenso poderío diplomático, militar, político. Se dice que fueron españoles los responsables de aquel imperio y, sin embargo, el personaje más relevante en política exterior fue un francés, Granvelle, y entre sus héroes militares están el conde de Egmont (flamenco), Alejandro Farnesio (genovés) o Spinola, duque de Parma. (...)

Las 200 páginas en las que sintetiza lo que ha sido la leyenda negra son una lección de claridad y sabiduría. "Todo empieza cuando Felipe II pone un precio a la cabeza de Guillermo de Orange, el príncipe protestante de Flandes, que reacciona recusando su legitimidad y enfrentándose a su poder. No era habitual en aquellos tiempos cuestionar la autoridad real, así que para armarse de argumentos el flamenco desarrolla una apabullante propaganda que subraya (y exagera) lo peor de su gran enemigo: un hombre capaz de asesinar al príncipe don Carlos, su hijo (lo que se reveló falso), que se sirvió de la Inquisición para acabar con sus enemigos y que permitió las mayores crueldades durante la conquista de América".

La brutalidad de las guerras de religión que dividieron la Europa de aquellos años, los intereses particulares de cada región enfrentados a la política imperial, el discurso religioso que alimentó los peores fanatismos, el culto a la razón de Estado para proteger los intereses de la Casa de Austria: Joseph Pérez empieza con la expansión de la corona de Aragón por el Mediterráneo y termina con el dilema de las dos Españas que puso en circulación Larra en el siglo XIX.

"La leyenda negra se construye para debilitar el poder de la Casa de Austria, pero cuando viene su declive, a partir de la paz de Westfalia en 1648, el argumento es el de una España rendida al oscurantismo del papado frente al progreso de las Luces. A finales del XIX, las naciones anglosajonas miran con desprecio a las latinas. La leyenda negra seguía presente". (El País, ed. Galicia, cultura, 21/11/2009, p. 34)