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1/7/20

Aceptamos la legitimidad de la teoría económica que hace caso omiso de nuestros valores declarados. Es decir, la conciencia pública no se conmueve ante los desahucios y el empobrecimiento a gran escala porque está anestesiada por una teoría más que dudosa y por el hecho de que el poder real ha escapado al control público

"Doy por supuesto que la conciencia es un rasgo humano lo bastante generalizado para considerarse característico, que no se origina en la cultura aunque inevitablemente sea modificada por ésta. 

La culpa y la vergüenza, y el temor ante la idea de sufrirlas, están claramente asociadas a la conciencia, que les concede legitimidad y a la que ellas fortalecen. A la inversa, la creencia de que los actos de cada uno están respaldados por la conciencia puede inspirar una disposición a oponerse a las costumbres o consensos en cuestiones que, de otro modo, serían consideradas erróneas o vergonzosas, por ejemplo, a rebelarse contra el orden existente. (...)

Más allá de la facultad para evaluar los propios actos y motivos según un modelo que parece, al menos, estar aparte del impulso momentáneo o del egoísmo a más largo plazo y cuestionar a uno mismo, la conciencia es notablemente quimérica. Un asesinato honorable en una cultura es un crimen especialmente perverso en otra. 

Sabemos de casos de condenas a encarcelamiento y trabajos forzosos de madres solteras, o de mujeres jóvenes a las que se consideraba proclives a descarriarse, por leyes que estuvieron vigentes hasta hace pocas décadas en un país occidental, Irlanda, pese a las numerosas violaciones de los derechos humanos que implicaba. Uno esperaría que esos casos hubieran acabado en siglos anteriores si las conciencias se hubieran sentido concernidas.

Los americanos acaban de descubrir que hemos encarcelado a una amplia porción de nuestra población con causas leves, estigmatizándola en el mejor de los casos y privándola de la posibilidad de un vida normal y fructífera. La conciencia puede tardar en despertarse, incluso ante abusos que son manifiestamente contrarios a los valores declarados, por ejemplo la libertad y la búsqueda de la felicidad. Y si la conciencia se siente cómoda con cosas así, si la racionalidad las respalda, ¿posee todavía alguna autoridad que justifique su expresión, dado que la aceptación tiene tanto de acto de conciencia como la resistencia? 

Después de todo, en este país, en el que la libertad significa la existencia de un consenso que permite las acciones y políticas de gobierno –‍a no ser que se recurra a manifestaciones, retiradas de propuestas, destituciones, acciones legales, o rechazo de los votantes–‍, por lo general aceptamos cosas que puede que no aprobemos. La conciencia nos obliga –‍cada vez a menos de nosotros, según parece–‍ a respetar las consecuencias de las elecciones, sin lo cual la democracia ya no sería posible. No siempre es fácil diferenciar una conciencia adormecida de otra que sopesa seriamente las consecuencias.

Quienes creen que un capitalismo sin restricciones dará lugar al mejor de los mundos posibles pueden lamentar sinceramente las perturbaciones que implica, las pérdidas no compensadas que se sufrirán como consecuencia del capital que se retira de un lugar para invertirlo en otro, únicamente en interés de su propio crecimiento. Pero ¿cómo puede intervenirse en lo inevitable? ¡Los análisis de coste beneficio han eliminado las ciencias humanas! ¡Lo explican todo! Dependiendo, por descontado, de las definiciones muy particulares que se les dé a ambos términos, costo y beneficio.

Nunca he visto un cálculo de la riqueza perdida cuando una ciudad se arruina, ni tampoco de lo que se pierde cuando la mano de obra se queda parada, frente a la riqueza creada como consecuencia de esa generación de pobreza. ¿Cuál es el coste para los chinos, a los que nunca se pregunta si los beneficios del trabajo fabril importan más que la pérdida de aire limpio, agua potable y la salud de sus hijos? El hecho de que una pérdida sea incalculable no es ciertamente un argumento para no tenerla en cuenta. 

El empobrecimiento de poblaciones por el egoísmo financiero convierte en un chiste la libertad personal. Pese a todo, aceptamos la legitimidad de la teoría económica que hace caso omiso de nuestros valores declarados. Es decir, la conciencia pública no se conmueve ante los desahucios y el empobrecimiento a gran escala porque está anestesiada por una teoría más que dudosa, y por el hecho de que el poder real, que no es político ni legal ni propenso a prestar atención a la política ni a las leyes más que como intrusiones ilegítimas en sus ilimitadas prerrogativas, ha escapado al control público a medida que éste cae cada vez más en su dominio.

La libertad y la soberanía de la conciencia individual son ideas que emergieron juntas y se influyeron mutuamente en sentidos importantes en la cultura americana de los primeros tiempos y en los movimientos precursores en Inglaterra y Europa. El gran conflicto de la Edad Media, dejando a un lado los aventurerismos monárquicos, la agitación de los nobles y demás, se libró entre los movimientos religiosos disidentes y la Iglesia establecida. La cuestión en disputa era si la gente tenía derecho o no a sus propias creencias."

(Marilynne Robinson es escritora y ensayista, autora, entre otros libros, de la novela ‘Gilead', con la que ganó el premio Pulitzer.

24/11/16

La confianza en la humanidad, en nosotros mismos, es algo que constituye el fundamento del pensamiento de la izquierda

"(...) Por lo demás, si tú mismo admites, que la gente percibe, percibimos, la enorme dificultad de elaborar otra alternativa empírica de vida, ¿no hay aquí una paradoja marcada y difícil? ¿Cómo entonces, admitido lo anterior, salir, superar nuestra situación si tenemos pocas fuerzas y es tan difícil elaborar una alternativa de vida?

Creo que la confianza en la humanidad, en nosotros mismos, es algo que constituye el fundamento del pensamiento de la izquierda. 

Junto a las mayores atrocidades vemos actos constantes, numerosos, cotidianos, de generosidad humana: una madre con su hijo; un desconocido que atiende a un emigrante ecuatoriano que acaba de ser desvalijado por un desaprensivo en una estación de tren; el que clava papeles en el corcho de información para sus compañeros trabajadores en un centro de trabajo,... 

Mil generosas actitudes cotidianas de miles de personas. A partir de ahí, recordemos que si el mundo humano existe es porque, a cada instante, millones de personas lo crean, lo producen y lo reproducen, con su hacer: el mundo es producto de la actividad de los subalternos. 

Y que cada individuo más que se suma a la actividad por cambiar la sociedad tal como es hoy, es un individuo menos, uno menos que la apoya, uno más que la socava: "somos" una "suma cero". Toda sociedad, en consecuencia, aún la aparentemente más sólida, se fundamenta sobre un suelo formado por millones de granos de arena suelta, granos conscientes, los seres humanos.

 Seres humanos cuya consciencia se desdobla, se extraña, percibe como ajeno, extrañado y no propio este mundo que ellos hacen; lo prueba el hecho de que en todos los tiempos históricos, las clases dominantes han tenido que emplear muchos recursos para tratar de convencer a los subalternos de que no se puede anhelar cambiar el mundo -o que anhelar eso, no está bien, es "pecado", es "el" pecado de la "consciencia desgraciada" medieval, cristiana. 

Muy bien visto. 

Porque todo ser humano, todos, generamos reflexión sobre nuestro propio vivir, sobre la actividad generada por nosotros desde nuestra consciencia y sobre las expectativas, las necesidades conscientes que tenemos, como resultado de nuestra formación dentro de un ethos.

 Esta consciencia reflexiva, esta autoconsciencia, es ya un poder pensar y considerar evaluativamente, en perspectiva, desdobladamente, nuestro vivir y el mundo que lo produce. 

Toda autoconsciencia ejercida sobre nosotros mismos, nuestro vivir, nuestra comunidad, es un vernos como entidad distinta, separada, enfrentada, extrañada, con el mundo que nos ha construido; como en potencia capaces de vivir de otra forma, de hacer otra cosa que reproducirlo. 

Esa autoconsciencia es, solo por el hecho de operarse, negatividad: estudia su mundo, o sea, lo pone frente a sí. Pero todo esto es algo que toda mente humana hace cotidianamente; por eso necesitamos del arte, porque anhelamos mejorar nuestra autocomprensión de nosotros y nuestro vivir, expresándonos por medio de un objeto artístico y porque nos sabemos capaces de otras vidas…

 Y, bueno, el mundo humano siempre cambió, nunca ha dejado de ser "histórico". 

Bueno, me he puesto a rebuscar argumentos y me han salido bastantes. Está claro que la skepsis vale tanto contra el optimismo como contra el pesimismo…

Seguramente, pero tu defensa del esperancismo es muy hermosa, muy machadiana. (...)"       (Entrevista a Joaquín Miras Albarrán sobre Praxis política y Estado republicano. Crítica del republicanismo liberal, Rebelión, 22/11/16)

24/4/13

“La mentalidad mágica humana es genética, producto de la evolución”

"A Juan Luis Arsuaga, como paleontólogo que es, le interesan todas las especies y su evolución, aunque por la especie humana siempre ha tenido una fascinación especial. (...)

“Es que El sello indeleblees un libro más sobre el presente y futuro de la especie humana que sobre su pasado”, dice este catedrático de la Universidad Complutense.
 
Pregunta. ¿La especie humana es especial?

Respuesta. Sí, francamente. Es un acontecimiento único en la evolución. Como si fuera la tercera forma de materia: hay materia inanimada, materia viva y materia consciente, nosotros, aunque todas hechas de los mismos átomos, por supuesto. 

El hombre es consciente de sí mismo, se pregunta, razona, tiene yo, es un organismo hecho de carbono, hidrógeno... pero capaz de reflexionar. Es tan fantástico que se han buscado explicaciones no naturales.

P. ¿Cuánta diferencia determinan las razas?

R. Esto es muy sorprendente porque todo el mundo pensaba que éramos la especie más variada de la Tierra. Las diferencias aparentes son tan evidentes que incluso parecía que éramos una especie ya casi dividida en subespecies. 

Sin embargo, al secuenciarse el genoma se ha visto que no es así: somos de las especies menos variadas genéticamente. Ahora tenemos un nuevo problema: por qué, siendo todos tan iguales de piel para dentro, somos tan distintos epidérmicamente.

P. ¿Alguna idea de por qué?

R. No hay una explicación. Se han buscado argumentos adaptativos, pero no se ve una relación directa. Ahora se ha recuperado una explicación olvidada: las razas se han hecho distintas por la otra fuerza que Darwin argumentó en su libro El origen del hombre y es que las razas son diferentes por selección sexual, es decir, por cuestión de gustos.

 Sería algo parecido a los vestidos: el hecho de que los chinos fueran con quimono y nosotros de otra manera no tiene que ver con el ambiente o la temperatura, es una selección del gusto. Eso sí, la ciencia ha demostrado que no hay diferencia intelectual ni nada parecido entre las razas humanas.  (...)

P. Los humanos, ¿somos hostiles o sociales?

R. Tenemos una inteligencia social. El científico Richard Alexander dice que en nuestra evolución hay un momento en que las fuerzas selectivas dejan de ser las fuerzas hostiles de la naturaleza porque alcanzamos el dominio ecológico: los glaciares o el clima adverso, los depredadores o la hambruna... dejan de ser un obstáculo, porque nos protegemos con la tecnología.

 Pero seguimos evolucionando porque hay una competencia dentro del grupo, nuestro medio social, en el que competimos por descendencia y recursos. Para eso necesitamos un órgano que permita procesar información social. Así, el éxito depende de hacer muchos amigos y tener pocos enemigos.  (...)

P. ¿Cómo aborda la ciencia una especie como la humana?

R. Todavía no está claro siquiera en qué somos únicos. Hay una asociación internacional de científicos en la que intentamos elaborar una definición de ser humano. Y queda mucho por hacer, pero algunas características son chocantes. 

Por ejemplo, unos rasgos que no desearíamos, porque nos delatan ante los demás, pero no podemos evitar: el blanco de los ojos, que indica adónde o a quién miramos, y la capacidad de ponernos colorados. Otro rasgo, al parecer, es la buena puntería, tenemos mucha coordinación.

P. Y el cerebro.

R. La consciencia es algo obvio, pero otras cosas no lo son tanto, como la mentalidad mágica, no racional. Gran parte de nuestro pensamiento es mágico, no en el sentido religioso, sino que no tiene que ver son la razón. 

Mucha gente cree que es cultural, que viene de nuestro pasado ignorante y que lo estamos superando... Pues no, está en los genes, es un producto de la evolución y no nos lo vamos a quitar de encima."        (Entrevista a Juan Luis Arzuaga, El País, 2404/2013)

29/7/08

¿Dentro de 100 años nos entenderemos?

“¿Cómo resume el descubrimiento que le valió el Oscar de Medicina en 2000? "Aprender cambia la forma como las células del cerebro se comunican entre ellas en centros específicos. El punto de comunicación se llama sinapsis, y demostré que éste puede transformarse según la forma de aprendizaje". Es decir, que los recuerdos de larga duración cambian la anatomía del cerebro.

"Aún no sabemos qué es la consciencia. Ahora comprendemos sólo del 15% al 20% del cerebro. Hemos progresado mucho, y no se resolverá en menos de cien años. Cuando yo empecé en los cincuenta, teníamos el 5%. Parecía un sueño imposible. Según mi filosofía, uno debiera tener sueños imposibles sólo si supone que los va a transformar en posibles. Dedicarse a sueños imposibles que uno sabe que no son realizables es perder el tiempo". ¿No es cuestión de carácter? "No, es estupidez". (ERIC KANDEL: "¡Ya he logrado comprender el 15% del cerebro!". El País, ed. Galicia, última, 17/07/2008)

18/4/08

La evolución de un optimista

“Arias dice: "No, jamás ha vivido la humanidad un momento mejor que éste; mira los avances en la medicina, ¡y lo que se prepara! ¡Nunca una persona enferma ha tenido tantos medios técnicos para salvarse! Sólo tienes que ver las estadísticas de la esperanza de vida. ¿Alguna vez pensamos que íbamos a vivir saludables el doble de la edad que tuvieron nuestros inmediatos antepasados?".

Brasil es su referencia, "la felicidad de Brasil". Su salutación optimista se la inspiró un médico, José Augusto Messias, a quien va dedicado Proyecto esperanza. Lo primero que le enseñó fue la realidad de las favelas, "donde niños en la edad más difícil arrancaban de la vida una esperanza que parecía que les tendría que estar negada".

Y a partir de ahí empezó a ver el mundo alrededor. "Las mujeres, por ejemplo. ¿Tú te das cuenta de la cantidad de cosas que hace cincuenta años no podían hacer? En España no podían abortar, divorciarse, no podían invertir, no podían abrir una cuenta en un banco, ¡no podían viajar sin permiso de sus maridos! ¿Ha cambiado poco la vida de las mujeres?".

No, no es la salutación de un optimista, dice Arias. "Es un libro realista... Ni pesimista ni optimista, realista. Se suele decir que el optimismo construye el mundo. Pero una cosa es tener clara la realidad y otra encerrarte a llorarla, a decir que esto que vivimos es una mierda... Lo más fácil es la desesperanza. La esperanza hay que labrarla".

Claro que para tener esperanza hay que hacer una gimnasia. "Fíjate en Brasil: aquí tienen los europeos 10 veces más que ellos, allí están felices y aquí están desesperados. ¿Qué les falta a los europeos? Que siguen desencantados, no se dan cuenta de que nunca tuvieron a mano tantas facilidades". ¿Y por qué están tan contentos los brasileños? "Porque tienen solidaridad entre ellos, no viven para trabajar, trabajan para vivir. ¡Quizá ellos no sepan que no tienen mucho futuro, y por eso viven el tiempo presente! Y lo viven a tope, cada día. Aquí ustedes tienen cada vez más nostalgia del pasado y más miedo del futuro. Si la gente viviera el hoy no estaría tan de mala leche". Y hay que vivirlo, para quitarse de encima la mala leche, dice Arias, "convencidos de que éste es el mejor momento de la historia".

Sin esperanza, en fin, no hay felicidad. "Si no tienes esa conciencia", apuntala Arias su optimismo, "no construyes, y la vida hay que basarla en la convicción de que lo que viene será mejor. Yo estoy convencido de que no vivimos en el mejor de los mundos, pero sí vivimos en un mundo mejor que el que hubo en el pasado".

¿Y Dios qué tiene que hacer en todo esto? "Quién es Dios. El concepto de divinidad está dentro del hombre; los milagros que se decía que hacía Dios los hace la medicina. La única forma de encontrar a Dios es en la conciencia; la conciencia es lo más severo que existe. Te puede perdonar un juez, pero tu crimen siempre estará en tu conciencia, no perdona. El Dios de verdad está dentro de tu conciencia, a la conciencia tú no la engañas". (JUAN ARIAS: "La humanidad jamás ha vivido un momento mejor". El País, ed. Galicia, Sociedad, 10/04/2008, p. 45)